Archivos para Diciembre 2007

27
Dic
07

Rendición (o En caso de accidente)

El martes era un día como otro cualquiera. Algunos decían que Jesucristo había re-nacido por enésima vez la víspera, regándolo todo de luz. Pero a fecha 26/12/2007 el mundo seguía pareciéndome poca cosa. La misma ciénaga oscura de siempre. No había dinero ni amor, y el alcohol de las comilonas navideñas ya se había diluido en mi organismo, tan rápido como el espejismo de bienestar que me había producido. En fin, nada endógeno o exógeno me aportaba felicidad.

Pero habíamos quedado. Eran las ocho de la tarde y estaba esperándote en la puerta de un bar, apoyado en el morro de un coche. Y, al fin y al cabo, quién sabía lo que podía ocurrir entre nosotros al final de la noche. ¿Un milagro? Joder, habría estado bien. Durante un momento, hasta me pareció adecuado, justo, necesario que cuando llegaras me dijeras que me querías, que siempre me habías querido y que siempre me querrías. Me pareció casi indudable. Qué mejor contexto para lo divino que el que formaban el asfixiante espíritu fraternal, los comercios llenos de guirnaldas y un ejército de papanoeles escalando por todas las fachadas. Pero mi arranque de seguridad duró menos de un segundo. Lo cierto era que tenía poca fe y bastante miedo de lo que pudiera pasar cuando llegaras. El día anterior, o el otro, no sé, habíamos hablado y no se te notaba muy alegre de conocerme. Así que, en el fondo y como de costumbre, iba preparado para que no aparecieras o, si al final lo hacías, fuera para plantarte ante mí, mandarme a la mierda y largarte a un lugar mejor.

En eso, todo y nada al mismo tiempo, algo tan inabarcable y difuso como el amor de alguien, en eso pensaba cuando un calor intenso y repentino empezó a subirme desde el culo hasta la nuca. Toqué el capó del coche de manera instintiva, pues ya sabía que estaba frío. Me levanté y empecé a buscar alguna anomalía a mi alrededor. Creo que imaginé un cable eléctrico relampagueando entre mis pies. O algún fuego inexplicable en el suelo, en el coche o en mi ropa. Pero no di con ningún foco de calor cerca de mí. Nada fuera de lo normal. No sé por qué, lo único que atrajo mi atención fue una extraña pegatina redonda que había en la parte inferior izquierda del parabrisas delantero del vehículo. Quise verla de cerca. Y cuando vi lo que estaba grabado en ella, entendí el por qué de la irradiación térmica que me había hecho apartarme del coche. En grandes letras de imprenta a lo largo del perímetro del círculo podía leerse EN CASO DE ACCIDENTE, LLAME A UN SACERDOTE. En el centro del disco, un cristo crucificado, ensangrentado y escuálido -todo lo contrario a un bebé recién nacido- miraba al cielo con cara implorante. Y yo a él desde el más profundo desconcierto.

Porque me había perdido.

Porque fue como si el último átomo de esperanza que conservaba en la Humanidad se volatilizara ante tal visión. Pude notar que algo en mi interior se vaciaba, se agotaba, se hacía viejo de golpe. Y se moría. Sí, lo noté. Un crujido de huesos rotos recorriéndome de pies a cabeza. Y luego Nada más. Ni siquiera experimenté dolor por lo que me acababa de pasar; también esa sensibilidad se me acababa de quebrar. Simplemente, entendí que la espesa capa de la resignación había caído sobre mí como a cámara lenta pero en un segundo, aplastándome. Y no me importó saber a ciencia cierta que en adelante ya nada despertaría mi ilusión. Que jamás volvería a sentir nada digno de los receptores sensoriales con que la Naturaleza dotó a la especie humana milenios y milenios antes de que yo naciera.

Por eso de repente dejó de preocuparme gustarte cada día un poco más que el anterior. De pie frente al bar de tantas veces, esperándote entre frío y ciudadanos aparentemente adaptados a las reglas, asumí que las cosas entre tú y yo no iban a mejorar. Que, hasta que decidieras irte de mi mundo, lo que me esperaba era verte de vez en cuando y quererte siempre y tú a mí nunca. Porque este sitio en que vivimos, todo lo que nos rodea, la gente de la calle, los animales de los zoológicos, los amigos y las estrellas del cine, el hijoputa del jefe, el tráfico y la polución, los bosques y los polvorientos jardines urbanos sembrados de mierdas de perro, conformamos un panorama desolado, que tiende a la desgracia. Quiero decir que, en caso de accidente, al dueño del coche de la pegatina le preocupa más morir en paz con dios que ser asistido por un médico. Y supongo que, a ser posible, con sus partes impuras tapadas. Tal vez hasta le ponga pañales al niñito Jesús que, seguro, tiene postrado en un pesebre en el recibidor de su casa por estas fechas. Quiero decir que contra cosas así es imposible luchar. Igual que contra lo que te enseñan desde pequeño. Lo que sale de la tele, el modelo de ganador que arrasa en los negocios, en el amor y hasta en el arte. La música de moda que zumba en cada local al que entras para tomarte uno, dos o seis cubatas. Lo que tus padres quieren que seas. La manera en que tu pareja quiere que te comportes cuando estás en público. El dinero que has de tener en el bolsillo cuando alcanzas determinada edad. Ser guapo. Ser rico. Y hablar con la fluidez exacta para que nadie se plantee si tienes cerebro, pero tampoco que lo tengas perturbado en plan psico-killer. Ése es el camino del éxito: justo el del medio. Ni un grado de desviación. Y yo comprendí, interioricé y asumí que no era el mío en el preciso momento en que te vi doblar la esquina y venir hacia mí.

Como todo indicaba, estabas de mal humor. No me importó.

Mientras bebíamos algo en el bar, pensé que estabas guapa. Pero no me afectó demasiado. No me afectó nada. Ni siquiera te lo dije. Porque ya me había rendido, como me parece que llevabas tiempo esperando.

Acabamos y cada uno se fue por su lado. Literalmente. Tomamos la acera en direcciones contrarias, como cualquier otro día. Pero esta vez no me volví para ver si tú también girabas la cabeza. O sí. No me acuerdo. Lo que recuerdo es que pensé que, en caso de accidente, si te quedaras tetrapléjica, yo te querría igual. Pero juré no decírtelo nunca más.

18
Dic
07

El gigante más pequeño del mundo

Buscas en todas partes. Querrías ser una hormiga o un gigante. Tener un punto de vista nuevo. Observarlo todo con ojos diferentes, descubrir sorprendentes dimensiones en la realidad. Ser tan pequeño que pudieras colarte sin peligro entre las cuchillas de la trituradora de papel, o ser tan grande que pudieras usarlas como cepillo de dientes eléctrico.

Pero la máquina de triturar papel tiene el tamaño exacto para joderte la vida. El tamaño, la forma y la función idóneas para que esté en tu lugar de trabajo y un jefe aburrido la vea allí, quieta y silenciosa, intolerablemente más ociosa que él, y cada dos días te mande llegarte hasta el almacén, coger una caja de facturas antiguas, ejercicio 2000, ejercicio 1999… y triturarlas.

Seguramente no hay el más mínimo asomo de verdad en ello, pero no puedes evitar imaginarte al jefe al otro lado de tres o cuatro paredes, tan cerca pero tan lejos allí sentado en su sillón de cuero, viendo su reflejo triunfante en las puntas de sus brillantísimos zapatos apoyados sobre la mesa. Viendo su propio reflejo sonriente que se ríe de ti.

Hace tiempo que ni siquiera te planteas la posibilidad de decir que no a la autoridad. Te limitas a hacer las cosas mal. A hacer mal. Llegas cinco minutos tarde y te vas cinco minutos antes de la hora. Eres desagradable cuando te toca atender el teléfono. Entras en cualquier página de Internet sólo por si así se cuela algún virus en el ordenador. Mata al enemigo desde dentro, piensas, como hacen los virus. Por eso un minuto después estás sentado en una silla coja ante el aparato, mirando su perenne lucecita verde de Todo Va Bien Aquí Dentro mientras le introduces puñados muy arrugados y gordos, de medio kilo o más, por su boca de ortodoncia. Pero la eficaz trituradora de tecnología alemana no tose ni una sola vez, ni un carraspeo que augure el soñado colapso. Entonces le das un tímido puntapié y te sientes un poco mejor al ver cómo sus portezuelas y resortes tiemblan ligeramente y sus tripas hacen croc-croc un momento antes de volver al zumbido característico de la correcta digestión. Te sientes solamente un poco mejor, un poco más grande, que ya es bastante.

Aunque lo cierto es que pronto tendrás que reconocer que no es suficiente, ni de coña, porque casi sin darte cuenta vuelves a golpear la máquina. Y luego otra patada y en seguida otra más. Cada vez más fuerte, más ruidosamente. Algunos de tus compañeros despegan la mirada de su trabajo y no vuelven a coserla a él cuando te ven pateando la trituradora de papel, insultándola, escupiendo dentro de su boca. Ya incorporados de sus asientos, todos murmuran entre sí y no saben dónde poner las manos para fingir que tienen mejores cosas que hacer que ponerse al alcance del loco que está haciendo papilla a la pobre trituradora de papel. Pero a ti te da igual. Lo único que piensas es que tendrías que haberte puesto las botas de bola de acero. Las uñas de tu pie derecho sangran y puedes sentir cómo se inflaman dentro de tu zapato. Sí, sangras, y los goterones forman charquitos informes, que se mezclan con el refrigerante azulado que se le escapa a la máquina volcada por cada boquete. Sólo cuando empieza a oler a humo viene alguien blandiendo un extintor y gritando que cuidado, que la trituradora se está incendiando, fuego, fuego, ¡FUEGO!

No te apetece explicarle que eres tú el que se ha quemado.

17
Dic
07

El hielo

Se llamaba Braulio y era uno de los vecinos de mi bloque. Un chaval. Debía de tener mi edad, año arriba o abajo. La verdad es que por aquel entonces, cuando las cosas eran relativamente normales, no podía decir mucho más de él. Era un vecino, punto. Y yo, supongo que como cualquier persona corriente, nunca me he preocupado por conocer a mis vecinos. Pero si queréis saber con mayor detalle cómo era el pobre Braulio, os diré que tenía un aspecto fuerte y saludable. Noventa kilos de energía y sangre joven. Mis huesos, músculos, estatura y peso multiplicados por dos. De su cerebro, de su manera de pensar y sentir, su opción política, su cociente intelectual, su bondad o maldad, sencillamente, no disponía de datos para emitir un juicio fiable. Os repito que no lo conocía. Nuestras costumbres sólo nos cruzaban algunos domingos a primera hora de la mañana en la puerta de casa. Yo volvía de fiesta y él salía del portal con su bici (y su culotte y su maillot dorado y sus zapatillitas de diseño ergonómico para adaptarse perfectamente a la forma del pedal), dispuesto a devorar, no sé, ochenta kilómetros de arcén antes de permitirse parar a almorzar. Supongo que él me catalogaba como un bicho raro. De ser así, el sentimiento era recíproco. En fin, que a pesar de que ambos habíamos pasado nuestros primeros veintiséis, veintisiete, veintiocho años en el mismo edificio, ése era el único trato que manteníamos: un hola y adiós demasiado temprano para uno y demasiado tarde para otro. Y reconozco que me habría gustado verle aún menos a menudo, en seguida os explicaré por qué. Entenderlo es cosa vuestra.

El domingo en que todo empezó a cambiar era igual que tantos otros. Sólo que la prensa y la televisión habían puesto de moda el tema de los aerolitos, que si era realidad o un simple bulo para ociosos. Los conspiranoicos decían esto y los científicos, lo otro. Pero yo no pensaba en esas historias. Para mí todo era igual que cualquier otro domingo de resaca a punto de empezar. Un coche con el radio-cd a máximo volumen dio un frenazo frente a mi patio y me descargó sobre la escarcha del asfalto justo cuando Braulio Garmendia (hasta tenía nombre de ciclista) sacaba por la puerta la rueda delantera de su reluciente bici, cuidando de no rascar la pintura de la puerta. O la pintura de su propia bici. O, seguramente, ambas pinturas; se me había olvidado comentaros que los vecinos decían que Braulio era un joven muy atento. A mí me toleraban los ruidos, los golpes, la música, o la tele, o la música y la tele atronando a las cinco de cualquier madrugada porque mi familia había muerto dos años antes en un accidente de tráfico. Pero cualquier imbécil se habría percatado de que lo hacían más por ser políticamente correctos que por sincera humanidad.

Con todo, esa diferencia de trato no tenía nada de raro ni de hiriente; es cierto que Braulio era mucho más deportista, educado y formal que yo. Y a mí no me importaba que los que se fijan en esas cosas se dieran cuenta de ello. Mejor para él. Mejor para ellos. Lo que me jodía era la coincidencia de los domingos. Si yo volvía muy borracho, no me afectaba. Pero si ese sábado la mierda de mi cabeza se había mostrado inquebrantable, obstinada en su negativa a ser medio borrada con alcohol, entonces me repateaba tropezarme con el tipo de la bici y su exultante derroche de vida. Y aquel gélido amanecer de domingo era el triste final de una de esas noches de sábado de tolerancia extrema a la bebida: no había conseguido olvidarme de mi casa, ni del vacío y el silencio, ni de mí mismo en toda la noche. Por eso me cagué en la puta que parió a Braulio en cuanto lo vi salir a la calle, tan despejado y tan recién duchado. Sintiendo crecer en mí el odio hacia aquel extraño, empecé a recorrer los escasos diez metros que me separaban del portal. De él. También Braulio avanzó hacia mí. En realidad, hacia el bordillo de la acera, con pasitos torpes por culpa de sus ridículas zapatillas de ciclista y, supongo, del frío que debía de tener con sus mallas cortas. Dos segundos después estábamos a punto de cruzarnos y saludarnos con una sonrisa falsa, como de costumbre. Y así habrían sido las cosas si los aerolitos no hubieran elegido ese preciso momento para dejar de ser una leyenda urbana. Porque un sonido atronador, algo así como la estratosférica tos de un dios, rompió de repente el cielo azul pálido escupiendo una piedra de hielo del tamaño de un balón de fútbol, que se estampó contra la cabeza de mi vecino a la velocidad de la luz. El impacto, en cambio, produjo un ruido leve, sordo, parecido al reventón de una sandía. Recordando la situación ahora, con perspectiva, creo que ese ruido fue lo que más me llamó la atención. Lo que me hizo entrar en estado de shock. De hecho, tardé unos instantes en horrorizarme al entender que ya no había más que silencio y aire y Vacío sobre el cuello mutilado de Braulio. Ni notar en mi cara el frío-calor de mil salpicaduras de cráneo, sangre, sesos y hielo me desbloqueó lo suficiente como para gritar. Pero dio igual; no me hizo falta sacar el móvil para llamar a emergencias e intentar explicarle a un teleoperador somnoliento y sin ganas de guasa lo que acababa de suceder. Ni siquiera tuve que correr a transmitir la noticia a los principales afectados. Quizá la madre de Braulio se asomó al balcón debido al sonido amortiguado que acompañó a la tragedia. A lo mejor fue una convulsión instintiva lo que la sacó de la cama. O puede que cada domingo madrugara para ver desde la ventana cómo su único hijo -su única familia- se alejaba en la bicicleta. No lo sé, y no creo que importe en absoluto. El caso es que unos chillidos me hicieron apartar la vista de lo que quedaba de Braulio. Allí arriba, en el quinto, estaba la pobre mujer. Volviéndose loca. En bata.

El suceso fue imagen de portada en todos los medios de comunicación. Se generó una especie de histeria colectiva. La gente quería saber qué riesgo corría al salir a la calle. Un comité de expertos lo estableció en 1/1.000.000. Aun así, durante aquellos días de locura cada tienda, almacén o fábrica del país agotó sus stocks de cascos.

El caos, sin embargo y como siempre, no duró mucho. A todos nos gusta vivir más o menos tranquilos, y hay quien tiene la gran Suerte de olvidar pronto. Muy pronto. Al cabo de una semana, sólo la madre de Braulio seguía traumatizada por lo ocurrido. La psicosis se había instalado en su interior. Pude comprobarlo poco tiempo después, durante un trayecto vertical y hacia arriba de veinte segundos que compartí con ella en el ascensor de nuestro edificio. Llevaba en la mano un gran frasco de somníferos. Normal. Y supongo que también era normal que hubiera niebla en sus ojos, algo así como un filtro sombrío que parecía mantenerla alejada de cuanto pasaba fuera de su cerebro. Así que no me extrañé demasiado cuando me preguntó por qué me había ido de casa.

-El domingo pasado no fuimos al cine -dijo, a punto de echarse de llorar-. Sabes que es nuestro mejor momento de la semana: ver una película y luego comentarla dando una vuelta por el centro. Además, te tocaba a ti elegir… No entiendo por qué no fuimos. Al menos, podías haberme avisado.

La puerta automática se abrió en el quinto y la mujer salió sin despedirse. Yo tampoco me atreví a pronunciar palabra.

-…

Proseguí en solitario los tres pisos que aún quedaban hasta llegar a mi rellano. Mientras subía, me miré en el espejo del ascensor de pies a cabeza. La buena señora se había vuelto loca; Braulio y yo no nos parecíamos en nada, de eso no había duda. Pero me preocupé un poco al darme cuenta de que me costaba reconocer la figura que me escrutaba desde el espejo. Aunque, naturalmente, en cuanto me encerré en mi solitario piso, rodeado de recuerdos y de nada, me esforcé en dejar de darle vueltas a lo que acababa de ocurrir. No quería implicarme en una locura ajena. Tampoco podía; ya tenía suficiente con convivir conmigo mismo y La tristeza.

El sábado siguiente volví a hacer lo de siempre. Y en esa ocasión logré emborracharme de verdad. Así que me sentía bien. Enfermo pero bien, no sé si me explico. Ausente y difuminado. Dulcemente desmemoriado. Tanto que cuando algún amigo sin cara ni nombre me dejó frente al portal, tenía la cabeza tan intoxicada que ni las resistentes manchas de sangre que había dejado Braulio como prueba de que una vez había estado vivo consiguieron que pensara en él, o en los fenómenos meteorológicos casi paranormales, o en las muertes absurdas que se producían a mi alrededor. En nada. Pero el mundo no estaba dispuesto a darme tregua tan fácilmente. Una voz crispada salió del telefonillo cuando yo trataba de acertar a meter la llave en la cerradura:

-Braulio, ¡Braulio! Ten cuidado en la carretera. ¡Ponte el casco, por el amor de Dios!

Me parece recordar que puse una mueca cínica. Bueno… Para ser sincero, no lo recuerdo. Pero lo imagino. Me lo temo. Y no iba a hacer ni decir nada más. Quería abrir la puerta, subir y dormir dos o tres meses seguidos. Pero la madre del muerto volvió a chillar desde el otro lado del interfono. El tono acalambrado de su voz me molestaba, se parecía demasiado al que salía de mis cuerdas vocales durante aquellos primeros meses, años. Incluso todavía ahora, algunas veces. En fin, me hizo daño. Despertó en mi mente borracha demonios que nadie más que yo tenía derecho a invocar. Supongo que eso explica que quisiera sacudirla con contundencia:

-Señora -le corregí, procurando pronunciar de manera inteligible-, su hijo no es más que un cadáver decapitado dentro de un ataúd, con una bolsita de terciopelo verde llena de astillas de lo que fue su cráneo entre las manos.

-¡Nooogrriiiiiiichhhk!

Os prometo que eso es lo que me contestó la madre del Chico del Aerolito, que era como habían bautizado a Braulio las páginas de Internet que, por votación popular, determinaron que mi vecino era el humano muerto de forma más desgraciada y ridícula a lo largo de toda la Historia Universal. Sí, eso, un graznido-negación, un alarido animal fue lo único que la mujer pudo encontrar dentro de sí para reaccionar contra mi diagnóstico-blasfemia desde la soledad matinal de su casa. Un graznido demencial y larguísimo que me estremeció hasta el punto de que dejé de intentar abrir la puerta y me alejé corriendo de allí. Dos manzanas más abajo, vomité en una papelera. Y lo amargo no era la bilis, sino la conciencia de haber interrumpido a la madre de Braulio en su desesperado intento de comunicarse con su hijo a través del portero automático. Me sentía asqueroso por haberme burlado de la angustia de aquella mujer. Vale, no la conocía en realidad, ni la quería, ni le tenía un afecto mínimo siquiera. Pero, joder, la había visto hacerse vieja durante más de un cuarto de siglo, en viajes de ascensor, en la cola del súper, en encuentros de un instante subiendo o bajando escaleras, con o sin bolsas de compra, llena de alegría o preocupación. La había visto moverse y hablar como una persona normal. Y ahora sufría como yo, y la pena la envejecía más rápido, mucho más rápido. Como a mí. Y le destruía millones de neuronas cada día. Y ahora sólo eran somníferos y calmantes con receta pero no tardaría mucho en echarse a la bebida, igual que yo. O a las vías del tren. Como yo haría algún día, probablemente. Así que comprenderéis que de pronto no me parecía justo exorcizarme cebándome en la recién estrenada debilidad de mi vecina. Yo sabía que el aerolito la acompañaría hasta el fin de su vida, que jamás podría ver El Tiempo del telediario sin ponerse a temblar. Que ya siempre sería la desgraciada madre del joven del aerolito, el joven entre un millón, el que murió vestido de ciclista al ser alcanzado de lleno por un bloque de hielo caído desde el rincón más siniestro del cielo. Y también tenía muy claro que, a sus ojos, yo era el que debía haber muerto aquel día. Tal vez tuviera razón. Llevaba pensando en ello, aunque fuera de modo inconsciente, desde el mismo instante del impacto. ¿Qué queréis que os diga…? No me habría importado gran cosa que el cubito gigante de hielo me hubiera fulminado a mí. Es una puta mierda ser el eterno superviviente. Que en un segundo los protagonistas de tu vida desaparezcan. Hablar con ellos en tu imaginación, sin darte cuenta, y luego recuperar la noción de las cosas en una realidad que huele a muerte. Quedarte solo. Solamente tú y tus heridas, los trastos viejos que no te atreves a tirar. Y tu maldita memoria, inmune a los favores del alzheimer. Así que allí, aferrado al metal helado de una papelera llena de vómitos y vidas condenadas al dolor, lo vi claro: ni ella ni yo sanaríamos jamás, pero quizá pudiera hacer algo para aliviar un poco su dolor. Se me ocurrían dos alternativas. La primera que pasó por mi mente consistía en matarme para transmitirle el mensaje de que sí, comprendía lo injusto de aquel fenómeno meteorológico, que asumía que el azar, o el destino, o el viento, o dios, o la rotación del planeta habían cometido un grave error eligiendo a Braulio en lugar de a mí como blanco de su ira. Dejar, incluso, una nota de suicidio detallando mis razones. Pero tal solución implicaba dolor físico, y ya tenía y tengo bastante con el sufrimiento hondo y sin sangre con el que vivo desde que me despierto hasta que me duermo. Por eso, puse en práctica mi segunda y definitiva idea.

Anduve hasta el centro de ciudad y, a pesar de ser domingo, no me resultó difícil dar con una tienda de bicicletas. Me compré una bici de carreras y un equipo completo semiprofesional, con guantes y gafas de sol contra la radiación ultravioleta. Fui fiel a lo que recordaba de la vestimenta de Braulio. Hasta pedí que xerografiaran en la espalda del maillot el nombre de mi vecino. Luego me puse la ropa deportiva en los lavabos de un parque y me dirigí a casa. A casa de Braulio y su madre. A ella no pareció sorprenderle el regreso de su querido hijo.

-Me tenías preocupada -dijo, intentando disimular su enfado.

-Lo siento, mamá.

Ésas y sólo ésas fueron las palabras mágicas que pronunciamos para reordenar nuestra realidad. Hay momentos en que creo que esto está bien, que ambos nos sentimos mejor ahora. Pero de vez en cuando alguno de los dos se despista y sintoniza los últimos minutos del telediario o de un boletín informativo de la radio. El saldo mortal de la carretera cualquier fin de semana. El pronóstico de algún temporal. Y volvemos a sentir el frío. El hielo clavado dentro.

03
Dic
07

Segunda mano

Conocía a una monja. Me explico: coincidía de vez en cuando con ella en una tienda de compraventa de ropa usada a la que solía acudir por entonces. Yo iba buscando gangas más o menos decorosas, y ella sacaba algún dinero para su congregación vendiendo las prendas donadas que a fin de mes no se habían llevado los mendigos ni los toxicómanos que frecuentaban su albergue.

Se llamaba Hermana. Quiero decir que de este modo la llamaba el dependiente de la tienda. Buenas tardes, Hermana, Gracias, Hermana, que tenga un buen día. Y yo nunca la traté lo suficiente como para saber el nombre que le pusieron sus padres. Total, da igual; he oído que las monjas hacen como los papas o los emperadores antiguos, que se cambian el nombre por otro más impresionante cuando asumen el desempeño de sus funciones sobrehumanas. Así que supongo que Hermana está bien para referirse a ella. No es mentira, al menos. No es su postergado nombre de persona mortal ni el pseudónimo con que la mentaban intramuros del convento. Hermana resume a la perfección lo que era aquella mujer: un ser extraño en mi entorno. Una sonriente religiosa repleta de amor fraternal irracional y hasta intimidante, completamente ciega a la podredumbre del mundo real. A mí, además y no sé por qué, me cogió un cariño especial. Puedo asegurar que yo no era mucho mejor que el resto de desechos humanos que deambulaban por aquel suburbio de gran ciudad. Imagino que se enteró de que escribía, y debió de parecerle una cualidad muy chocante en alguien como yo. Tenía aspecto de borracho porque la verdad es que era un borracho que se abastecía de ropa en una tienda de segunda mano y por las noches dormía sobre una colchoneta de playa, en un húmedo trastero de la pensión que había al final de la calle. Y gracias a que allí trabajaba un colega. No fue una buena temporada aquélla. Peor que ésta, si cabe. Todo sigue siendo una mierda, vale. Aún me complico la vida con la bebida y no consigo librarme de una considerable cantidad de vicios, pero ahora por lo menos puedo pagarme el alquiler y escribo con una Olivetti prestada. Hasta tengo un microondas. He progresado; por aquel entonces tenía que apañármelas con latas de conservas, un lápiz y una libretita de gusanillo.

La cuestión es que, por la razón que fuese, la buena mujer decidió centrar en mí toda la energía de su espíritu misericordioso. Era verme en la tienda, en la puerta del bar que había al lado o en cualquier otro rincón del barrio y plantarse delante de mí. Y hablar y hablar. Predicar y rezar en voz alta por el pobre desgraciado que se tambaleaba frente a ella. Hermana a un metro de mí, rogándome que por la tarde me pasara por La Casa del Señor (¿?) y pidiera perdón por mis pecados. Que sabía que yo era un buen chico, eso decía, y que ya iba siendo hora de cambiar. Que en su comedor público siempre habría un plato caliente para mí. Que si alguna vez necesitaba cualquier cosa, charlar, compañía, resguardarme del frío por un rato, sólo tenía que llamar a la puerta de su convento o como se diga el sitio donde viven las monjas del tercer milenio. Ciertamente vergonzoso… Hermana sermoneándome en plena calle envuelta en su hábito sobrecogedoramente inmaculado, cegador a la luz del sol de los marginales. Todavía entorno los ojos al recordar la túnica de Hermana, tan resplandeciente como la piel de su cara de buena persona jamás maquillada. Sólo agua y un poco de jabón mañana tras mañana desde, yo qué sé, ¿cuatro décadas atrás? Podría ser. Debía de andar cerca de los sesenta y sobre su cabeza aún flotaba esa turbadora aureola que corona a quienes nunca han sido ensuciados por fuera ni por dentro. O lo han olvidado. Lo que corona a algunos niños y a los locos. A ella, por una cuestión de edad, la incluí en la segunda categoría, claro. Siempre he pensado que quienes creen en un dios, cualquier dios, están algo zumbados. Así que procuro mantenerme alerta frente a toda clase de captadores de almas: telepredicadores, párrocos del extrarradio, ostentosos embajadores de dios, misioneros. Son como esos tipejos flaquísimos que se suben a una banqueta y sueltan sus discursos apocalípticos en el parque, entre gente que pasea o se droga sin molestar a nadie. Exactamente igual de ajenos a la realidad. Me ponen nervioso, me dan miedo. Pero, si me paro a pensar, nada resulta más aterrador e incomprensible que una persona, hombre o mujer, que consagra su vida, su vida entera, cuerpo y mente, juventud, madurez, vejez y muerte a venerar la polla etérea de un supuesto ser celestial. Tiene que haber algo mortalmente enfermo dentro de sus cabezas.

El trastorno de Hermana encontró su detonante una mañana como otra cualquiera en la tienda de ropa usada. Allí estaba yo, apoyado en el mostrador luchando por mantenerme en posición más o menos vertical y preocupado por la posibilidad más que probable de que el tendero se aprovechara de mi cerebro intoxicado para timarme. Allí y así estaba yo cuando ella entró. Blanquísima. Límpida y desinfectante como un puñado de polvos de talco. Joder… la decencia hecha ser humano. Una vez más se me erizó el pelo cuando vi que la monja se me acercaba despacio -era una de esas personas sin prisa-. Su vocecilla, más empalagosa que dulce, brotó de su boca para repetirme lo de siempre. Estaba a tiempo de salvarme. Ella rezaría por mí cada noche, pero la completa salvación dependía de mi esfuerzo (ella dijo Sacrificio). El Señor estaba a mi lado y de mi lado, no debía dudarlo, pero era yo el que tenía que reaccionar y dejar atrás toda aquella mierda (ella empleó el término Porquería). Hoy estoy seguro de que alguna de las mitades de sus enunciados era cierta, aunque no me atrevería a afirmar cuál. En cualquier caso, eso no importa ahora: no estoy hablando de mí; estoy hablando de Hermana.

Y Hermana seguía lanzándome su absurda arenga. Parecía no querer admitir que yo había dejado de ser un hombre, que ya no oía, no veía, no sentía lo que sienten las personas. Se negaba a reconocer que hacía ya mucho tiempo que las palabras no surtían efecto en mí. Ni las que ella me ofrecía, ni las que en algún momento de tenue lucidez captaba en la tele del bar. Ninguna en absoluto. Ni siquiera las que oía en el interior de mi propia cabeza lograban hacerme pensar demasiado. Pero Hermana no se rendía y ahí estaba otra vez, hablándome, tendiéndome su angelical manita de hierro, tratando de motivarme mientras escrutaba mis escombros más visibles desde la insultantemente segura, piadosa y optimista profundidad azul de sus ojos.

Nada hacía prever que aquélla iba a ser la última monserga que me soltara.

Durante un buen rato, el tipo de la tienda observó con paciencia el monólogo que Hermana me dedicaba. Se limitaba a ratificar, asintiendo con la cabeza, cada uno de los consejos que ella me regalaba. Supongo que buscaba la aprobación de la monja y, por qué no, ver si ella se la otorgaba vendiéndole la ropa sobrante del albergue a un mejor precio. Pero al final el tendero se cansó de esperar y se puso a trajinar con unas bolsas llenas de ropa que había sobre el mostrador. Revolvía las prendas, las sacaba a la luz un momento y les grapaba una etiqueta de cartón antes de colocarlas en alguno de los huecos de la gran estantería que se levantaba a su espalda. Yo seguía con mirada borrosa los movimientos de manos del hombre. Observaba la mugre de sus uñas y sus dedos amarillentos. Más que nada, imagino, para mantener la vista alejada del derroche de pureza que era Hermana. Se me hacía menos duro ver algo acorde con mi propio aspecto. Era mucho más llevadero cobijar mi vergonzosa mirada en la suciedad del tendero usurero, o en la pareja de enamorados seropositivos que se pinchaban en el interior de un coche abandonado, o en el trabajador nocturno que volvía a su hogar familiar VPO con la cifra de su miserable nómina escrita en la frente. Mucho mejor que admirar la cómoda fe en la humanidad de una monja que en su puta vida sabría lo que es dormirse y despertarse sobre la incómoda verdad de una colchoneta hinchable tamaño infantil.

Por eso miraba los asquerosos dedos del tipo de la tienda. Y así fue como le vi extraer de una de aquellas bolsas un horrible vestido de novia repleto de trasnochados brocados y encajes y culminado con un larguísimo velo de tul, desgastado y manchado de vino tinto. Además, su color ya no era blanco. Más bien tenía el color de un colmillo de elefante: marfil sucio. Pude oler el tufo rancio que salía del pedazo de tela. Olor a recuerdos enmohecidos durante años en el fondo de un armario. También Hermana debió de olerlo porque se calló de golpe y giró la cabeza en dirección a aquel trapo. Y ya no volvió a mirar nada más. Ante la mirada extrañada del dependiente, se acercó al mostrador con mayor parsimonia que la que era habitual en cada uno de sus gestos. Se acercó y se acercó hasta que tuvo el vestido justo delante. Hermana me daba la espalda, así que no podía verle la cara. Pero me la imaginé y me la imagino muy diferente a su semblante de monja bondadosa. Me la imagino desencajada, golpeada, rota, pues recuerdo que las manos le temblaron antes, en el instante y después de atreverse a tocar aquellos restos, despojos de un viejo y ajeno proyecto de vida en común. Luego se abalanzó sobre los harapos nupciales y los apretó contra su pecho. Me pareció oírla llorar, pero no estoy seguro. De repente, sin decir una palabra, salió por la puerta a toda prisa. Ni siquiera hizo ademán de pagar su adquisición.

Nunca más la he vuelto a ver. Sólo puedo contar lo que he oído por ahí, y no tiene por qué ser cierto. Que todos los días una vieja loca recorre de punta a punta la playa de esta ciudad. En invierno o en verano. De día o de noche. Llueva, nieve o granice, de punta a punta. De punta a punta. Disfrazada de novia, así la describen. Pidiéndole a cualquier hombre que se case con ella. Pidiéndole a cualquiera que se la folle. Hasta a niños que aún usan pantalón corto. En fin, eso he oído. Naturalmente, yo llevo años sin pisar la playa. Tengo miedo de encontrármela… No sé qué le contestaría. Tal vez decidiera tomarme venganza abochornándola en público. O puede que le estrenara su vestido de segunda mano. La verdad es que no, no sé qué le contestaría. Y vuelvo a tenerle miedo.




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