Archivos para Enero 2008

29
Ene
08

Film Stars

Paso a por Lola a mediodía, con un sol incendiario en medio del cielo.

Lola tiene nombre de vieja, de Señora Lola, no la he visto por misa últimamente o algo por el estilo. Pero el hecho es que es dos años más joven que yo y quizá nunca llegue a ser una señora. Paso a por ella en el coche. Me detengo en doble fila frente a su portal y veo que me está esperando medio escondida detrás de la puerta de cristal. Da saltitos nerviosos mientras se tapa el pubis con una mano y el pecho con la otra. Toco el claxon y, como un resorte, Lola sale del portal, cruza la acera a la carrera y se sienta en el asiento del acompañante. El tapizado de eskai chirría al contacto con su cuerpo. Ñiic-ñiic, y Lola dice:

-No estoy segura de que esto sea una buena idea.

Tardo unos segundos en contestarle. Los mismos durante los que la contemplo de pies a cabeza. Está preciosa. Más que nunca. Parece una crisálida: suave y frágil y de vivos colores. Bajo toda esa mierda transparente, tiene el cuerpo entero ligeramente sonrosado por la no-transpiración. Y creo que percibo cómo la temperatura dentro del vehículo sube unos grados por el calor que ella irradia. Es como una crisálida humana, como un resplandeciente envoltorio con una vida de mujer joven en su interior. Dan ganas de mirarla y mirarla, de no dejar de mirarla. Pero hemos quedado para hacer algo. Así que me esfuerzo y consigo apartar la vista de Lola.

Girando la llave de encendido, le contesto que yo tampoco estoy convencido de esto, pero que qué más da. Meto la primera y el coche avanza rápido dejando atrás pequeñas nubes blancas con olor a caucho quemado. Y le digo:

-Qué más da… Al fin y al cabo, nunca estamos seguros de nada.

Conducimos en silencio hacia el centro de la ciudad. Lo único que dice Lola lo dice cuando, por la razón que sea, se gira torpemente y ve el asiento trasero lleno de rollos de papel de film. Mira los rollos, frunce el ceño y dice:

-¿No te parece que ya es suficiente con lo que llevamos puesto?

Y es evidente que no, esto no le parece buena idea. El plan le gustaba cuando lo trazamos un par de noches atrás. Sí, hagámoslo, dijo, hagámoslo aunque sólo sea por hacer algo distinto. Se la veía con ganas de envolverse en papel transparente y salir a pasear por la ciudad. Se la veía con tantas ganas que cualquiera habría dicho que había estado esperando ese momento toda la vida. Pero ahora, con el culo plastificado relampagueando energía estática contra el asiento al menor movimiento, se siente incómoda/ridícula/estúpida envuelta en papel de film.

Qué más da. Nunca estamos seguros de nada.

Por eso hay que intentar asegurarse. Le explico que he cogido algunos repuestos por si se nos rasga el papel que nos re-viste. Que es una indumentaria muy delicada y un enganchón con el pico de una mesa o los mordisquitos de un perro juguetón en el tobillo pueden dejarnos completamente desnudos. Y que si eso ocurre ya no seremos carne empaquetada, precintada, impermeable al mundo; sino un simple par de gilipollas andando en pelotas por la calle, con un rastro de metros y metros de papel arrugado, sucio y sudado a sus espaldas. Pero Lola, encogida en su asiento y mirando de reojo por encima de la portezuela del coche, no atiende a mis explicaciones. Sigue claramente violenta con la situación. Así que también le digo lo que está deseando oír. Le digo:

-Podemos dejarlo, si quieres.

Y ella se endereza en el asiento y responde:

-No. -Respira hondo y añade-: ¡Claro que no, joder!

Así que continuamos conduciendo y nos adentramos en el centro urbano, con todos esos rótulos publicitarios, y tiendas y cines y salones de belleza y gente a la misma distancia de la pobreza que de la riqueza. Y con una cafetería Starbuck’s en cada manzana. Con mil lugares perfectos para andar entre el gentío pero ni un hueco libre para aparcar. Damos vueltas y más vueltas por las calzadas llenas de coches y rayas de pintura blanca, y nos damos cuenta de que los más observadores ya se han fijado en nosotros. Algunos pasajeros de los autobuses nos ven cuando pasan junto a nuestro coche, le sueltan un codazo a quien tienen al lado y nos señalan. Y las caras se multiplican rápidamente tras las ventanillas de los autobuses. Caras de asombro o de desaprobación. Caras divertidas y caras escandalizadas. Caras de todas las edades, que, al cabo, esbozan una sonrisa medio torcida, despectiva, o una risa absolutamente burlona y enfatizada con un dedo índice extendido. En cualquier caso, risas o sonrisas. Muecas, comisuras hacia arriba. Gente que nos enseña los dientes desde el mundo exterior. Sin excepción.

Buscando aparcamiento, pasamos varias veces por los mismos sitios. En algunas esquinas se forman corros de peatones curiosos que esperan nuestro paso para comprobar con sus propios ojos si es verdad lo que han oído. Y cuando asumen que no les han tomado el pelo, nos gritan Degenerados o Locos o Putos Bohemios de Mierda. Y luego un montón de carcajadas, hasta que los metros entre ellos y nosotros las borran del aire. Pero es como si nada nos afectara demasiado. Esta indumentaria parece hecha a prueba de miradas por encima del hombro. La incomprensión, la altivez de los triunfadores de clase media, de todos los que ya tienen ganado su sitio en el mundo, hasta su puta condescendencia o misericordia, no atraviesan la micra de plástico que nos forra. Y, joder, esto empieza a ser divertido, porque por primera vez en años nos sentimos algo seguros de nosotros mismos. Somos nosotros y nada más que nosotros, gloriosamente desnudos bajo una capa aislante transparente. Aún no hemos puesto un pie en el suelo y la gente ya habla/comenta/piensa sobre nosotros como si fuéramos relevantes en sus vidas. También Lola se lo está pasando bien. Ya no se agazapa en el asiento. Se ha desabrochado el cinturón de seguridad y se revuelve en todas direcciones, con los pelos de punta por las minidescargas -chac-chac-chac- de electricidad acumulada en el plástico. En busca de nuevas reacciones a nuestro espectáculo. Igual que yo. Me fijo un momento en una pareja de modernos que nos ven pasar mientras esperan cogidos de la mano a que el semáforo se ponga en verde para los peatones. Hablan. Veo moverse los labios del chico. No logro descifrar sus palabras. Pero los labios de la chica son más carnosos y leo sin problemas el silencio articulado que sale de ellos: Debe de ser una performance.

Los dejamos atrás.

A ellos y a todos los demás.

Miro el retrovisor y lo encuentro lleno de seres humanos que observan con fijeza cómo nos alejamos. Los dejamos atrás. Al menos hasta que dentro de unos minutos recorramos de nuevo la misma arteria o el mismo minúsculo vaso capilar de esta puta ciudad. Hasta la próxima vez que volvamos a ponernos en su punto de mira. Protegidos por el plástico invulnerable.

Después de unos cuantos kilómetros más rodando en círculos por el asfalto, arremolinando curiosos en las aceras, agolpándolos contra las ventanillas de los autobuses, haciendo que una nube de conductores nos siga en plan comitiva, nuestras emociones ya no son tan fuertes. Necesitamos con urgencia algo más directo. Algo más piel contra piel plastificada. Prescindir del armazón del coche de una vez. Así que nos metemos en el parking de El Corte Inglés.

El súperemporio nacional no nos pone ningún problema para entrar en sus instalaciones. La valla automática de acceso al aparcamiento no tiene prejuicios y se levanta obedientemente en cuanto pulso el botón. Descendemos por la rampa. El creciente silencio y la penumbra fosforescente que cae del techo nos acarician como un bálsamo de camino al último sótano. Nos relajan los músculos. Y Lola habla en voz baja. Dice:

-Me siento bien. Más conforme conmigo misma.

Yo me alegro, pero no se lo digo.

En el sótano más hundido en la tierra hay muy pocos coches. Pienso que no sería un mal lugar donde detenerse unas horas. Detener el mundo por un rato. Quedarnos allí, hablar un poco, ver gotear agua del techo, volver a hablar un poco y reírnos de nuestra locura. Y quizá, al final, besar a Lola o que ella me bese a mí. Y comprendo que cambiaría cualquier cosa por ese beso. Que prefiero eso a ir por ahí transgrediendo convenciones sociales, escandalizando, pretendiendo impresionar al mostrar mi hastío de la manera más radical y absurda que se me ha ocurrido. Pero no se lo digo. Total, puede que dentro de cinco minutos opine todo lo contrario. Total, qué más da… Nunca estoy seguro de nada.

Además, mientras aparco en una de las decenas de plazas libres, Lola despeja cualquier duda acerca de lo que vamos a hacer cuando dice que está deseando entrar en el centro comercial. Dice:

-Necesito más acción-reacción.

Al final, nuestra idea le está gustando. Yo sigo callado y ella sigue hablando.

-Estoy deseando ver lo que dicen las dependientas cuando nos vean recorrer los pasillos así -con un gesto rápido señala los genitales de ambos-, entre abrigos de visón, trajes de chaqueta o lo que sea.

Y abre la puerta y sale del coche con decisión. Yo hago lo mismo, pero sin tener las cosas tan claras. Andamos despacio por el cemento rugoso del parking en dirección al ascensor que nos llevará al mismísimo corazón de la superficie comercial. Sin nada en los bolsillos, sin bolsillos, la vida es ligera. Simple. Casi pura. Tanto, que me gustaría no tener que llevar las llaves del coche en la mano. Fundamentalmente porque me siento un poco imbécil forrado en plástico y con las llaves de un Ford tintineando entre mis dedos. Caigo en la cuenta de que el dato rompe mi imagen transgresora. Desentona con el entusiasmo de Lola. Es como si el llavero me encadenara a la realidad a la que estamos intentando escupir en la cara. Y me debilito por momentos. Pero, claro, sigo a Lola a través del sótano, bajo pálidos tubos de neón, sobre piedrecitas y pequeñas bolitas de neumático quemado. La seguiría a todas partes. Y la sigo entre olor a gasolina y las miradas de un montón de conductores camuflados en la sombra, tras las columnas que mantienen en pie El Corte Inglés y el mundo entero. Miradas que no vemos pero que notamos. Hay gente observándonos, sin duda. Nos lo dicen las voces que llegan a nuestros oídos una y otra y otra vez. Puede que se deba al eco, o puede que la gente sea poco original y todos digan más o menos lo mismo. ¿Has visto a ésos? Qué vergüenza… Voy a avisar a Seguridad.  De vez en cuando los focos de algún automóvil nos delatan por completo. Y nuestros cuerpos resplandecen fugazmente como dos adornos navideños gigantes y ambulantes. O algo parecido; absurdo. Entonces las voces arrecian. Y también los cláxones burlones. Los insultos y las carcajadas. Pero estamos revestidos por esta mágica tela, extrafina pero híperresistente; el traje que más nos ha abrigado en toda nuestra vida. Probablemente, el único. Así que seguimos. Pasamos junto a un coche que acaba de detenerse. Una señora de mediana edad está a medio salir de su flamante Jaguar metalizado. Pero nos ve y se mete deprisa en el coche. Y cierra los pestillos. La veo llamar a alguien desde su móvil sin dejar de mirarnos de reojo. Otra reacción para nuestro catálogo mental, para cuando tengamos que recordar todo esto.

Llegamos al ascensor. Cuando suena el ding y las puertas se abren ante nosotros, una familia entera se queda paralizada en el mismo centro del aparato, mirándonos. Un matrimonio y tres niños con los ojos como platos y los cuerpos congelados. Hasta que el padre balbucea Por favor, no nos hagan daño. Y la madre empieza a agitar los brazos para tapar con sus manos los ojos sorprendidos de sus tres hijos. Siempre le queda uno por cubrir. Así que sonrío. También Lola. Sonreímos amablemente y nos hacemos a un lado para que salgan. Y los cinco se aplastan como lagartijas contra la pared, estirando todo lo posible la distancia de seguridad entre ellos y nosotros. Con la espalda pegada a los espejos, con largos pasos laterales, se dirigen afuera todo lo rápido que les permite su miedo mezclado con curiosidad. Porque no dejan de mirarnos. Se alejan por el parking sin dejar de mirarnos. Andando hacia atrás. Miran cómo sonreímos. Miran de arriba abajo o de abajo a arriba nuestros cuerpos. Miran cómo Lola estira su terso brazo de plástico y pulsa el botón de Planta Baja. La familia entera no deja de mirarnos hasta que desaparecemos de su vista cuando las puertas se cierran con un dong.

El ascensor empieza a subir. Lo sé por el zumbido que emite. Vale, también lo sé por que veo cómo cambian los números en la pantalla digital que hay en el panel de control. Pero sobre todo lo sé por ese cosquilleo en la entrepierna. Y en eso estoy pensando cuando ocurre lo más extraño de nuestra excursión. Entre el Sótano 2 y el Sótano 1, y luego entre el Sótano 1 y la Planta Baja, Lola me coge de la mano. Nada más que eso. No dice una palabra. Ni siquiera nos miramos. Allí, plantada a mi lado de cara a la puerta del ascensor, a punto de adentrarnos en territorio hostil, Lola se limita a coger mi mano y apretarla durante todos esos segundos. Plástico contra plástico, sí, pero puedo sentir el calor de su sangre agitada. Radiante por dentro, empezando a sudar, le devuelvo el gesto. Y ella lo da por finalizado bruscamente cuando el ascensor se detiene y nos arroja a las luminosas entrañas de El Corte Inglés. Justo cuando las puertas se abren se suelta con un rápido movimiento que suena igual que cuando separas un pedazo de belcro. Por un instante pienso que incluso así, medio disfrazada o medio desnuda, le da vergüenza que la vean conmigo. No le importa pasearse tapizada de film transparente por unos grandes almacenes abarrotados de extraños, pero siente cierto pudor por cogerme de la mano en público. Y de repente vuelvo a sentir cómo me invade ese debilitamiento creciente que acaba de intentar atraparme en el parking. Fluctúo de una emoción a su contraria en cuestión de segundo. Y concluyo que tal cosa no puede ser buena señal. Pero poco importa ahora lo que me advierta la parte racional de mi mente; ya estamos recorriendo, casi descalzos, los pasillos de goma, llenos de marcas de suelas de zapatilla y de los surcos que dejan las carretillas que cada noche transportan los repuestos de las mercancías vendidas durante el día. Lola camina unos pasos por delante de mí, muy erguida, con la cabeza alta y de puntillas. Casi volando. Derrocha esa actitud decidida que se ha apoderado de ella desde que los pasajeros de aquel autobús la miraron. Desde que se sintió el centro de atención de la ciudad por primera vez. En cambio, yo estoy desbordado por la situación. Es probable que sea porque esto no está dando el resultado que me había figurado. No nos estamos uniendo más. Ella camina por delante de mí y yo la persigo procurando mantener la vista en el suelo. Pero aún así veo que dejamos a un lado la librería y al otro la sección joyería-relojería. Noto el asqueroso olor híbrido de la sección de perfumería. Y el contraste que debemos de causar al andar, tan translúcidos, entre un montón de percheros de los que cuelgan vestidos de noche de colores chillones, tipo boda. Y veo, oigo, percibo, siento que una nube de silencio se levanta allá por donde pasamos. La gente que se va a cruzar con nosotros calla y se aparta, nos deja el camino libre. Pero un momento después, cuando toda esa gente queda a nuestra espalda, su silencio se transforma en una tormenta de voces que hablan en cualquier tono imaginable, menos en el que indicaría cierta solidaridad. Dicen lo mismo que otros nos han dicho en la calle. Locos, enfermos, artistas chiflados, inadaptados, pobres pringaos. Y alguien dice:

-Si ni siquiera tienen buen cuerpo.

Todo acaba cuando un par de guardias de seguridad nos interceptan.

-Tengan la bondad de acompañarnos a la salida -dice uno de los dos hombres armados.

El contenido de su frase choca con la forma en que la pronuncia: no hay ni rastro de educación o respeto en sus cuerdas vocales. Lola le contesta, entre divertida y desafiante:

-Tenemos el coche en el parking.

Y el otro hombre armado nos aconseja que no nos conviene hacernos los listillos. Entonces extiendo una mano y le enseño las llaves.

Cinco minutos después la valla del centro comercial se levanta y nos reincorporamos a las calles. Ninguno de los dos dice nada en todo el trayecto. Sólo cuando la dejo frente a su patio, Lola dice que le ha gustado. Que, definitivamente, ha sido una buena idea. Que le ha venido bien. Muy bien. Y con la puerta del coche abierta, con uno de sus pies de plástico pisando ya la acera, dice:

-Cuando me despegue toda esta mierda y me ponga ropa de verdad, tendré la fuerza necesaria para llevar una vida normal.

Eso dice ella. Pero yo no estoy seguro.

21
Ene
08

Durante años

Mauro estuvo viniendo por aquí durante años. Todos los jueves por la noche durante años. Los jueves o cualquier otro día de la semana, en realidad. Recuerdo que una vez yo estaba mirando uno de esos calendarios de santos cuando mi amigo llamó a la puerta. ¿Se llaman almanaques? ¿Santorales? Ni puta idea. Supongo que algún cerrajero, algún electricista o cualquier otro chapuzas a domicilio lo echaría por debajo de la puerta para captar la predisposición de las beatas necesitadas de arreglos caseros. Creo que había un número de teléfono impreso en el cartón. Algo así como 666.666.666: fontanero de urgencia. Yo no tengo teléfono, por lo que aquella cartulina sólo me sirvió de posavasos. El caso es que gracias a ese calendario puedo decir que Mauro venía a mi casa cada noche que le daba la gana. Porque, aunque quizá lo natural sería que hubiera olvidado ese detalle, recuerdo perfectamente que el calendario aseguraba que aquel día era martes, San Antonio, y hacía frío. Lo que pasa es que era jueves la primera vez que Mauro me visitó, y nuestros encuentros siempre fueron iguales. Siempre en mi casa, siempre de noche, siempre que a él se le pasaba por los cojones hablar un rato conmigo y echar una ojeada a mis papeles. Así que qué más da decir si me visitaba los jueves o los martes. Fuera el día que fuese, venía y se sentaba en mi parte preferida del sofá. Yo aún no había cerrado la puerta, y él ya estaba repantigado en mi parte preferida del sofá. La preferida por cualquiera, pues el resto del tapizado estaba agujereado y los muelles acababan por taladrarte el culo si te quedabas sentado más de cinco minutos. Se sentaba en la parte acolchada, se sacaba la petaca del bolsillo y empezaba a hablar. Nunca compartió su bebida conmigo, pero cuando se le acababa acudía al armarito de debajo del fregadero de la cocina-office y se servía de la mía. Cada vez que rellenaba su petaca me decía Gracias por tu hospitalidad; algún día te recompensaré. Y luego se reía de esa manera asquerosa en la que él reía, sin saber si lo hacía de verdad o se estaba burlando de mí. Se reía y daba vueltas por la habitación hasta que se acercaba a la mesa del ordenador. Ahora caigo en la cuenta de que también debí sospechar de él por su modo de andar. Siempre estirado, manteniendo la cabeza lo más alejada posible del suelo. Como si mi terrazo sucio no fuera lo bastante bueno para sus zapatos de piel. Y por su modo de hablar. Hablaba y hablaba sin parar. De su poesía. De sus nuevos poemas. A veces, incluso, recitaba poemas que había escrito diez años antes. No lo hacía para mí; era evidente que se escuchaba a sí mismo mientras pronunciaba sus versos o cualquier cosa que se le pasaba por la mente. No exagero al decir que nuestras conversaciones eran monólogos de Mauro salpicados de algún asentimiento mío, alguna protesta tímida, alguna frase que él interrumpía a la segundo palabra. Se acercaba a la mesa del ordenador, cogía mis últimos folios y se ponía a leerlos retomando su paseo por la habitación. Mi habitación. Decía Humm o Ajá, y nada más. Nunca calificaba mis historias, ni las alababa ni las despreciaba. Lo habitual era que al cabo de unas semanas o meses, viéndolo andar en círculos por mi piso, le oyera declamar un poema muy parecido a alguno de mis relatos. Algunos cambios, poco más. Lo justo para transformar párrafos en estrofas. Unos cuantos retoques para conseguir la rima y un vocabulario menos frecuente. Sustituía Bonito por Hermoso. Feo por desagradable/áspero. Rojo por Púrpura y Muerte por Funesto tránsito. En fin, esa clase de tinta que fantasea con la podredumbre pero no quiere mancharse. Nunca le dije nada al respecto. Para qué… Mauro era exactamente igual que yo, un pobre pringao. Aunque supongo que él se habría definido como un romántico, un maldito, un ser humano sublimemente sensible. Creo que algo por el estilo fue lo que una noche dijo de sí mismo. No estoy seguro porque la borrachera empezaba a zancadillearle la lengua; puede que le entendiera mal. Pero lo más probable es que mis oídos funcionaran bien, porque he sabido que ahora da conferencias en universidades y firma libros de poemas en grandes superficies. Leí un artículo en el que se hablaba de él como el “resucitador del género”. Imagino que hay que tener confianza en uno mismo para conseguir eso. Aún no sé nada de la recompensa que me prometió a cambio de beber gratis en mi casa o de lo que fuera. Tampoco la espero, ni la quiero. Me conformaría con que viniera a verme un día de éstos y se sentara en mi parte preferida del sofá. Hace años que nadie se pasa por aquí.

19
Ene
08

El gran brindis

Aproximadamente medianoche.

Una bodega repleta de gente. Se agrupan en corros alrededor de las pequeñas mesas redondas. Muchos otros intentan hacerse un hueco en la superpoblada barra. De pie o sentados, todos tienen los mofletes encarnados y un alegre brillo etílico en los ojos. Todos ríen sonoramente, a carcajadas que expulsan bocanadas de humo. Todos ríen como si no fueran conscientes de lo mal que va el mundo. Una atmósfera festiva los envuelve y parece mantenerlos a salvo de cualquier peligro o dolor. Se diría que la bodega es un anticipo terrenal del paraíso.

Pero, de repente, alguien se levanta en uno de los corros y se sube a la mesa. Es un joven normal pero a la vez extraño, con cierta cara de ido, de saturación. Ese tipo de persona que parece guardar algo oscuro en su cerebro. Ese tipo de persona a la que nadie le apetece acercarse demasiado. Lleva una copa de líquido rojo en la mano izquierda. La alza por encima de su cabeza, y habla sonriente:

-Amigos míos -dice mirando a sus compañeros de mesa-, ¡amigos todos! -grita girando teatralmente trescientos sesenta grados en su púlpito circular-, permitidme brindar por todos vosotros.

La clientela reacciona con risas, voces, silbidos y aplausos. Los amigos del orador se miran entre sí. Se les nota que no entienden lo que está pasando. El chaval dice desde su púlpito cutre:

-¡Silencio, malditos! No he acabado. No he hecho más que empezar.

Dice esto ya sin sonreír, sin la menor amabilidad, en tono claramente amenazador. Aun así, las mofas no cesan, y algún que otro tapón de corcho cruza el aire del local y hace blanco en el chico, que continúa:

-¡Qué falta de respeto! ¡Qué atropello a la razón! No importa, seguid con vuestra genial hilaridad. También brindo por ello. Y por vuestra gran ignorancia. Por no ser como ninguno de vosotros. Por lo modernos que os creéis. Brindo incluso por el calvo de la mesa del fondo, que además es gordo. Brindo por él con la mayor devoción que me permite mi desencanto general, pues, a pesar de su evidente fealdad, se está riendo de mí como si yo fuera el raro y él el normal, como si creyera que tiene más probabilidades que yo de alcanzar un poco de felicidad doméstica. ¡Bravo! Perdón, rectifico: ya no ríe.

Sí, brindo por todo y por todos.

Brindo por este fantástico lugar y por su dueño y camarero, que nos arregla las noches y nos estropea el hígado con licores de mala calidad.

Dedico este vino a las niñas que están siendo emborrachadas por algunos de vosotros. A ver si tenéis suerte. Y al viejo de la tragaperras. A ver si tiene usted suerte.

Se lo dedico a los parados, a los alcohólicos y a los solitarios de todo tipo que veo por aquí, y a la mugre de sus ropas.

A ese negro de allí que vende llaveros y aguanta, por qué no decirlo, como un negro los excesos verbales y las tomaduras de pelo del primer mundo.

A los estudiantes extranjeros: a su gran poder adquisitivo y a su horrible albinismo.

A las chicas escotadas hasta el ombligo que se lo toman a mal si les miras las tetas más de medio segundo.

Sí, por supuesto, brindo por la igualdad sexual. Por el condón prehistórico que lleváis en el bolsillo. Por los comentarios soeces que he tenido que escuchar a estos críos de la mesa de al lado cada vez que una mujer pasaba por su lado para ir al servicio.

Ofrezco generosamente mi coma etílico a vuestra esplendorosa decadencia. A la falta de lectura que oscurece vuestro vocabulario, a lo mucho que me recordáis a los gorilas de la selva. A lo poco conscientes que soy de vuestra patética condición.

Brindo por lo simpáticos que pensáis ser después de esnifar polvo blanco en el servicio, y sobretodo por lo ridículos que se os ve desde aquí arriba. Tan ridículos que, a pesar de mi precaria economía, voy a invitaros a seguir bebiendo y hablando de vuestros coches y vuestros aumentos de sueldo. Sí, por favor, no dejéis nunca de deleitar mis oídos con tanta inteligencia.

Por eso brindo para que la salud os acompañe a todos eternamente y hagáis de este mundo un lugar mejor. ¡Camarero, una ronda para todos ellos! Que ninguno de estos grandes hombres tenga la garganta seca en mi presencia. Que se acuerden de este pobre chaval cuando triunfen en la vida.

Y ahora, con vuestro permiso, voy a rematar mi discurso saltando de cabeza contra el suelo.

Y lo hizo. Se oyó un fuerte crac y el joven quedó atontado a los pies de sus espectadores, entre suciedad y colillas, sangrando sobre charcos de aceite de berberechos y envoltorios de salchichón. En medio de un silencio total. Duró poco, sin embargo. La gente pronto empezó a murmurar con el tono que se utiliza en la iglesia o en el cine. Algunos se levantaron para asistir al herido. Entre ellos el gordo calvo, que aprovechó el desconcierto para darle con disimulo una patada en las costillas.

15
Ene
08

Parecido a lo de siempre

No había luna.

Estrellas. Lo único que veía era miles de estrellas temblando ahí arriba, a millones de apagados años luz. Todo lo demás era oscuridad impenetrable. Invasora, incluso. Algo parecido a una gigantesca pero intocable bestia que parecía querer tragársela.

En medio de ese negro infinito, Graziella Riviera, sobrecargo o asistenta de vuelo de Aerolíneas Argentinas (azafata, en una palabra), ni siquiera alcanzaba a distinguir sus manos, sus codos, sus hombros. Aunque se los pusiera a un milímetro de las pupilas. Y tampoco podía apreciar la inmensidad del océano que la rodeaba. Mejor. Si sabía que flotaba en el mar era porque el aire helado olía a sal, estaba calada hasta los huesos y el murmullo del agua, incomprensiblemente tranquilo, como el de un estanque de ciudad, la acompañaba en su deriva.

Acababa de recuperar la consciencia. Se había desmayado justo antes del impacto. “Brutal impacto”, dirían en todos los canales de televisión del mundo. Así que no tuvo ocasión de contemplar el espectáculo. “Espectáculo dantesco”. El fuel ardiendo sobre la superficie del mar. “Un pavoroso incendio”. Ni los chispazos eléctricos y el ensordecedor zumbido de los motores al hundirse. Hasta se había librado de la peor imagen: las enormes turbinas resistiéndose a apagarse, formando remolinos de agua, gasolina y sangre que succionaban y trituraban a pasajeros y tripulantes. Muertos o todavía medio vivos. (No hay frases hechas para describir lo que se vivió/murió en aquel punto del océano; “amasijo de carne”, tal vez). Sencillamente, acababa de despertarse entre tinieblas, frío, mar, cielo y silencio aterrador. Todavía sentada, como por arte de magia, sobre el revestimiento acolchado de su asiento reconvertido en balsa.

Le parecía estar ciega y sorda casi por completo. Constelaciones y ese rumor de aguas demasiado serenas para tal situación, nada más percibían sus sentidos. Pero estaba viva. Lo sabía porque le dolía la cabeza. El hilillo de sangre que le caía de la frente calentaba cada centímetro de su aterida piel por el que discurría. Sí, estaba viva; de eso no había duda. Y perdida en el Atlántico, también este extremo estaba claro. Por eso, Graziella tuvo miedo. Mucho. Algo insignificante, sin embargo, comparado con la inconsolable vergüenza que, en cuanto puedo pensar con cierto orden, empezó a crecerle dentro.

Hacía sólo unos minutos, a doce mil pies sobre el mundo, se había sorprendido a sí misma deseando con todas sus fuerzas que el avión se estrellara. Una mala racha… Que coño mala racha; esto dura ya demasiado, y tiene visos de eternidad. Eso había pensado tan sólo un rato antes, mientras limpiaba con lejíaaromapino la mezcla de somníferos, güisqui y sándwich vegetal que un aviofóbico había vomitado en la taza, el suelo y las paredes de pvc del aseo.

Lo cierto es que aquélla había sido la primera vez en su vida que pensaba seriamente en la muerte. En la conveniencia de la muerte. Por su letargo, por su quietud, su silencio y su frío acogedores. Y por su asepsia. Y es que el avión aterrizaría dentro de unas pocas horas en otra ciudad, en otro país, en un continente distinto. En otra puñetera franja horaria. Pero cuando llegara a una habitación de hotel muy parecida a cualquier otra y se tumbara en la cama, las cosas empezarían de nuevo a girar en su mente. Y tendría que concluir que su vida siempre sería igual.

Su vida de verdad, la que ocurría fuera del fuselaje de los aviones, siempre sería la misma mierda.

Y tal revelación la sacudió por dentro en la estratosfera.

Viajando de punta a punta del planeta en vuelo transoceánico.

Sobrevolando a mil kilómetros por hora humanidad que dormía, humanidad que trabajaba, que se alegraba o se entristecía de lo que le pasaba al cabo del día.

Humanidad que delinquía, que era desahuciada por un médico impasible, que hacía el amor o hacía footing o macarrones a la palermitana.

Tal revelación, en la estratosfera, le pareció de una dureza imposible de encajar.

Allí abajo había personas con verdaderas razones para querer vivir o para querer morir. Graziella, en cambio, sólo podía argumentar la ausencia de lo uno y de lo otro para desear que aquello terminara. Aquello, que era su vida. Una película aburrida, de las que te hacen apagar la tele. En fin, le resultó demasiado cruel disponer de un punto de vista privilegiado desde el que mesurar la verdadera importancia de las frustraciones que la atormentaban y no poder sino reconocer que, aunque no supiera exactamente por qué, estaba segura de que jamás conseguiría ser feliz. Y con el hedor de vómitos ajenos envenenando aún más su cerebro dolorido, pidió que el aparato cayera en picado y se enterrara para siempre en el mar nocturno.

Su deseo se había cumplido a medias.

La corriente la arrastraba ahora hacia cualquiera de los puntos cardinales. Habían pasado unas horas y el asiento seguía soportando el peso de Graziella, manteniendo a flote su vergüenza y su miedo. Un terror que a cada segundo colonizaba otra de esas neuronas donde antes, sólo un rato antes, había anidado el sentimiento de culpa más triste que nadie hubiera experimentado. La negrura total es un buen lugar para que la imaginación se dispare, para que te preocupes única y exclusivamente por conservar tus cuatro extremidades. Sobre todo porque, en realidad, ni siquiera tenía que fantasear con monstruos marinos que la devoraban. Le bastaba con recordar los documentales de National Geographic. Tiburones con tres filas de dientes en las mandíbulas. Medusas de metro y medio de diámetro. Calamares gigantes; los científicos lo aseguraban: el kraken existe y es híperagresivo. Mal momento para dar crédito a la criptozoología. Todas esas criaturas acechando bajo las aguas negras, rozando sus pies congelados. Letales peces araña, enormes pulpos viscosos, cangrejos de tenazas más potentes que cualquier alicates industrial. Y mil especies más dispuestas a mutilar y comer carne humana.

Pero nada había mordido sus piernas cuando el sol salió.

El sol, que borró de un soplo las estrellas.

El sol, que tiñó primero el agua de naranja. Luego, sólo durante un momento, reinó el amarillo, un amarillo como el del trigo. Y pocos minutos después todo lo que existía entre los cuatro horizontes era de un resplandeciente azul marino. Quizá en otras circunstancias aquello fuera un bonito paisaje, un paisaje de postal, pero a Graziella no se lo pareció.

Ni siquiera cuando ese sol empezó a secar y calentar su uniforme de azafata hecho jirones, su entumecido cuerpo de azafata formado a base de productos light. Seguramente, en términos objetivos esa calidez también fuera una sensación agradable. Lo malo es que iba unida a la evidencia de lo inabarcable del sitio en el que iba a morir. Allí ella era igual de insignificante y efímera que cualquiera de los retales de espuma que surgían a su alrededor, tan rápido como desaparecían. Era una superviviente a una “catástrofe aérea” (y acuática) a la que nadie podía haber sobrevivido. Nadie se molestaría en buscarla. Igual que nadie buscaría la botella de champán llena de agua atlántica que absurdamente acababa de cruzarse con ella en alta mar y que, aún más absurdamente, ella había rescatado simplemente porque el cine y algún libro le habían enseñado que así intentaban comunicarse los náufragos. Lo que pretendía era tener la compañía de un elemento de origen humano. Algo a lo que abrazarse, nada más. ¿Qué importaba que no tuviera lápiz ni papel para escribir un mensaje y lanzarlo hacia la nada dentro de la botella? ¿Qué importaba la lógica sobre la fosa abisal que con toda seguridad iba a tragársela? ¿Qué coño importaba nada bajo el sol asesino que pronto le haría caer en la tentación de beber agua de mar?

Un sol que, en cuanto se hubo elevado lo suficiente sobre la línea de agua y cielo y se volvió blanco y más y más ardiente, confirió a Graziella aspecto de estatua de sal. Una infinidad de cristales de salitre rebozaban su cuerpo. No podía escrutarse la piel en busca de hematomas y heridas aún no descubiertas, ni calcular cuánto le quedaba mirando la hora en su reloj parado a las tres de la madrugada hora ######; los rayos solares se reflejaban en cada uno de aquellos minidiamantes salados, cegándola. Pero eso carecía de importancia comparado con el otro efecto que la combinación sol-sal producía en su cuerpo. El efecto lupa: los pegotes de salitre multiplicando por X la velocidad e intensidad de las quemaduras que empezaban a desollarla viva. El dolor era creciente y pronto llegaría a Nivel Insoportable. Cualquier persona habría implorado a los dioses que el final llegara lo antes posible. Y sin embargo fue precisamente entonces, en el primer trance de sufrimiento extremo de su vida, cuando la azafata se dio cuenta de que quería sobrevivir a toda costa. Le daba igual quedar marcada para siempre por el sol, o que una bestia marina le amputara una pierna. Lo único que deseaba es que un pesquero, un helicóptero de rescate o cualquier otra nave tripulada por humanos apareciera antes de que fuera demasiado tarde y la llevara a un lugar seguro desde el que poder recomenzar su vida con más acierto. Y formuló su deseo con toda su alma pero con la voz reducida a un susurro rasposo en la boca de la botella de champán: empezar a aprovechar todo lo que suponía estar viva. Luego lanzó al mar el recipiente de sus esperanzas, y se puso a llorar.

Fue en ese momento cuando un gigantesco carguero coreano dibujó su contorno en el horizonte. Naturalmente, la moribunda azafata no lo vio. Pero un marinero que jugueteaba en cubierta con un viejo catalejo creyó distinguir algo extraño un par de millas al oeste.

No voy a extenderme en lo que sucedió desde que aquellos orientales la subieron a bordo hasta el momento en que Graziella, mirando por la ventana de su habitación, estaba a punto de abandonar el hospital en el que había estado recuperándose durante una semana. El hospital de una ciudad de primer mundo casi idéntica a la suya. No voy a extenderme en ello porque es irrelevante y presumible: periodistas y curiosos agolpados a las puertas de la clínica para ver la cara de la mujer más afortunada del mundo. También algún que otro iluminado que suplicaba a celadores y médicos que le permitieran acercarse a la superviviente para “ver su luz divina”. De hecho, Graziella había sabido que tres sectas religiosas norteamericanas y otras tantas japonesas la habían proclamado su nueva Mesías. Se lo había dicho el Director General de su compañía aérea durante la visita de tres minutos que le había dicho unos días atrás. Se lo había dicho alegremente, en un desmedido tono bromista, como si con el hecho de que ella hubiera sobrevivido todo lo demás fuera fácilmente solucionable.

Graziella no estaba de acuerdo.

Cuando la enfermera vino empujando una silla de ruedas para llevarla a la puerta del hospital, la azafata tardó en reaccionar ante su presencia. Siguió un rato mirando ensimismada la ciudad que anochecía al otro lado de la ventana. Como hipnotizada por algo terrible. Por las farolas naranjas que empezaban a encenderse, tan frías como las estrellas del otro confín del Universo. Y por la oscuridad que colonizaba todo lo que quedaba fuera de los círculos de luz de las bombillas. Como aterrada por las tinieblas que notaba volvían a instalarse en su cerebro. Como acosada por algo parecido a una gigantesca pero intocable bestia que parecía querer tragársela.

La enfermera cogió por el codo a Graziella y la sentó en la silla de ruedas. De camino a la salida, recorrieron pasillos llenos de habitaciones llenas de niños, hombres, mujeres y ancianos que no querían morirse. Y luego cogieron el ascensor, que también estaba ocupado por el mismo tipo de gente. Ya en la planta baja la azafata la empujó hacia la puerta principal. Era de cristal y se abría gracias a un sensor de movimiento que había sobre ella. Funcionó a la perfección cuando ella y su remolcadora estuvieron lo bastante cerca. Cegada por el resplandor de los flashes, supo con más certeza que nunca que lo que había pensado mientras limpiaba vómitos en el aseo del avión era la pura y dura verdad. Nunca iba a ser feliz.

Añorando el fondo del Atlántico, que seguramente no llegaría a conocer, se abrió paso entre la multitud.

15
Ene
08

VOlgA

Me enseñaste las maravillas de hundirme en ti. Y ahora amenazas con anegarme.

Tantos grados bajo cero en el exterior… Calles desiertas, sábanas sin cutículas, teléfonos mudos y buzones en ayunas. Frío polar en el mundo exterior, y tú viniste a brindarme el cálido uno sobre cero que reina en tus profundidades transparentes. Aunque tal vez fui yo el que decidió brindar solo contigo, que nunca hablas, ni protestas, ni reprochas. Que te limitas a acogerme en tu claro abismo y transformar el cielo, las nubes y cada trozo de mundo que veo al otro lado de tu superficie ondulante. A convertirlo todo en dulces mentiras. Así que sí, habré de admitir que fui yo quien decidió brindar por ese fondo donde hibernar sin morir congelado. Tu fondo, de hielo y cristal templados, sin légamo ni algas parduscas en las que quedar enredado para siempre. Puro y resbaladizo letargo y nada más que sumergirme y dejar que la corriente perfumada me arrastre durante unas cuantas horas. Hasta que vuelvas a traicionarme. Hasta que de nuevo me escupas al barro de cualquiera de tus meandros, al apestoso barro de las orillas del mundo exterior. Con todas las cosas que me pesan aún lastrando mis bolsillos. Todas las cosas que me duelen aún clavadas en mi carne, de fuera a dentro o de dentro a fuera. Y otra vez me sentiré abandonado y engañado, harto de que zambullirme en tu caudal desinfectante no tenga ningún efecto curativo. Sí, con una sola arcada me vomitarás de tus entrañas, rebozado en una humedad pegajosa, con el aliento nauseabundo y los ojos rojos. Y dirás que lo haces por mi bien. Nadie puede aguantar tanto tiempo buceando en mi interior sin ahogarse, eso me advertirás. Que es la última vez que me permites naufragar en tu tranquilidad. Hasta puede que sea yo el que diga que jamás volveré a sumergirme en ti, que reprimiré el asco y echaré a andar hacia una vida vacía. Pero te estaré mintiendo. Porque lo que discurre a cada lado de tu cauce vaporoso es demasiado palpable, duro. Es peor que tus espejismos sinuosos. Es nieve y fango aplastados y mezclados en el suelo. Suciedad inodora, asumida como lógica. Yo prefiero hundirme en ti. Lavarme en la tibieza de tus aguas viscosas. Desactivar mi cerebro, irritarme la garganta, destrozarme la víscera asimétrica al intentar beberme todos y cada uno de los hectómetros cúbicos del Volga. Y creer que todo es posible. Porque aunque no cures, al menos sí anestesias, adormeces, arrullas gota a gota de camino a ese lugar inexistente donde sobreviven mis sueños medio muertos.

10
Ene
08

Deformografía

Una jaula abollada, maltrecha, con sus rejas llenas de hendiduras y salientes tiene a la fuerza que desfigurar al pájaro o reptil que la habite.

Deformidad.

Deformación.

Malformación.

Leo siempre tuvo problemas de respiración. Su caja torácica adolecía de defectos congénitos. Una malformación de ésas que no son lo bastante aparatosas como para inspirar lástima. Una deformidad sin ventajas sociales, sin posibilidad de ser atracción de feria, que nadie pagaría un céntimo por observar de cerca. Una malformación absurda e inútil que Leo se esforzó por perfeccionar hasta alcanzar el nivel de deformación voluntaria. Los barrotes que eran sus costillas, no pudiendo fortalecerse desde un punto de vista físico a pesar de las pastillas de calcio que tomaba diariamente desde pequeño, tendieron a soldarse mediante membranas invisibles para cualquier radiografía. Membranas de doble función: impedir que nada externo penetrara demasiado hondo y le hiciera más daño del que causan las cosas cotidianas, y aplastar sus pulmones, su corazón, venas y arterias para obstruir el flujo sanguíneo y regar premeditadamente mal su cerebro.

Así vivía en un terreno desierto que él poblaba y repoblaba con los seres de mentira que había averiguado le hacían sentirse un poco menos solo. Seres que eran como él o que eran él mismo, tan enfermos como Leo, seres a medio hacer por fuera, con los que hablaba y a los que escuchaba, a los que comprendía sin tener que rebajar demasiado su actividad neuronal, que le comprendían sin reproches.

Estaba a gusto con esos engendros viviendo dentro de su pecho. Eran sus amigos, por no decir sus hijos, y los quería a todos. Lo malo era que cada cierto tiempo, alguna persona tangible, con la totalidad de sus huesos bien ubicados y el cerebro perfectamente oxigenado, conseguía colarse por algún poro de su membrana intercostal. Una palabra, un gesto, una imagen y todo ese mundo grotesco pero feliz construido con años de imaginación se derrumbaba. Su población interna moría en masa víctima del virus de la perfección. Y él lo pasaba muy mal, se entristecía mucho. Sin embargo, seguía respirando, a duras penas, pero respirando. A la espera de la siguiente decepción real, de la inexorable generación de monstruos íntimos.

10
Ene
08

Trabajo sucio

Llegué antes de la hora señalada.

Siempre llego a mis encuentros con antelación, pues son citas de trabajo y no puedo permitirme ser despedido.

El caso es que todavía faltaban treinta minutos y yo ya daba vueltas a la manzana del edificio en el que me habían citado. Era más de medianoche: las doce y cuarenta y tres de un día laborable de invierno, y mañana sería lo mismo, así que las luces que aún brillaban en algunas ventanas eran cada vez menos. Por la calle pasaba de vez en cuando algún coche, pero ningún peatón. Sólo me crucé con una pareja de jovencitos que se reían refugiados del frío en una vieja cabina de teléfono. Cuando pasé junto a ellos se callaron; no fue por vergüenza, sino por miedo. Lo vi en sus caras, y me pregunté si acaso en la mía podía leerse la sordidez de mi trabajo. Una pregunta retórica.

Di unas cuantas vueltas más. La angustia me iba creciendo en la boca del estómago, como siempre. Mi instructor me había advertido que no esperara acostumbrarme a esto. A la una y ocho respiré hondo y me colé en el edificio donde me esperaba mi trabajillo. Subí por la escalera hasta el ático. Entré con facilidad. El interior de la casa estaba oscuro pero no tropecé con nada. Los ronquidos de un hombre me guiaron hasta el dormitorio. La persiana estaba subida y dejaba entrar el resplandor suficiente para ver que quien allí dormía era un hombre de mediana edad con aspecto vulgar, de taxista o de revisor de metro. Hubiera preferido que se tratara de un niño o de una chica guapa, pero por entonces llevaba poco tiempo dedicándome a esto y aún no me encargaban cosas reconfortantes. Desenfundé mi pistola y me agazapé en el rincón más oscuro de la habitación.

Transcurrieron unos instantes que se hicieron muy largos. De repente, el airé se tornó gélido y esperé ver aparecer su silueta por la puerta. Pero no fue así: quizá por tratarse de un ático, La Vieja decidió atravesar lentamente el cristal de la ventana sin que ni siquiera su oxidad guadaña lo rompiera. La sombra se posó elegantemente, como una nube oscura, sobre la cama y el tórax del hombre empezó a agitarse en busca del oxígeno que se le escapaba de los pulmones. Apunté hacia donde intuía que se encontraba la calavera y disparé deseando que la bala de plata diera en el blanco. Un chillido ultrasónico fue todo lo que pude oír antes de que la muerte se convirtiera en un relámpago extraño, más negro que la oscuridad, y se replegara sobre sí misma hasta no dejar ningún rastro de su visita.

Los perros del vecindario ladraron un buen rato. Pero el hombre no se despertó. Su respiración se tranquilizó y volvía a roncar plácidamente cuando su ángel de la guarda le dejó solo.

Al volver a casa vi que tenía un e-mail. Era del jefe. Buen trabajo, decía, ya sólo te quedan mil años en el purgatorio.




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