La Señora Gutiérrez acaba de cumplir setenta años. Naturalmente, si surge el tema ella dirá que tiene unos cuantos menos. Es una de esas mujeres mayores enjutas, cuya buena vida les permitió un buen día deshacerse de la grasa que un mal día empezó a acumularse en sus caderas, y conservan así cierta movilidad natural en sus articulaciones, cosa que aprovechan para ir a la peluquería cada dos días y tintarse el pelo de colores deslumbrantes. Cuando se va de compras, entrega a la dependienta de turno nada más que la tarjeta de crédito. Sólo si se lo exigen, lo cual ocurre muy esporádicamente pues de la Señora Gutiérrez únicamente se puede sospechar que está forrada, presenta también su carné de identidad. Y siempre coloca el dedo de tal forma que tape la fecha de nacimiento.
Yo sé que Dolores, ése es su nombre de pila, tiene setenta años porque hace ya diez que soy el portero del lujoso edificio en el que ocupa un ático-dúplex, y, claro, en este trabajo uno acaba enterándose de todo. Lo de su edad me lo dijo, hace ya tiempo, el tipo de su seguro de vida. Creo que también le lleva sus fondos fiduciarios. Se llama Camilo y tiene esa pinta de… de trabajador de seguros. Es como una nubecilla gris. Pelo canoso, corbata fina y oscura, calcetines de color blanco, o beige, o gris, todo ello envuelto en la bruma indescriptible de un traje de alpaca. Tras unos cuantos encuentros en el vestíbulo, hablando de pólizas, del dinero de sus clientes, de sus yates y sus clubes de golf, de esto y de aquello, le pregunté por la Señora Gutiérrez. No lo hice por nada en especial; supongo que, simplemente, me vi obligado a rellenar un silencio en la conversación. Él me habló de Dolores, él la llamaba Dolores, en un tono que al principio me pareció cariñoso y luego definitivamente cínico. No empleó palabras malsonantes ni ninguna expresión que pudiera resultarle comprometedora en caso de que a mí me diera por relatar por ahí nuestra charla, pero se cercioró de mencionar dos veces la edad de su Dolores, y me comentó, bajando aún más la voz, que desde la muerte de Trufa, su caniche enano de un millón de las antiguas pesetas, los años se le habían echado encima. Era del todo evidente que aquel hombrecillo bajito, físicamente anodino y de aspecto inofensivo detestaba a la Señora Gutiérrez y, muy probablemente, a todos sus demás clientes.
Camilo continúa pasando por aquí cada dos meses, pero ya no se muestra tan hablador conmigo. Imagino que ha leído en mi cara que sus historias de viejas no me interesan. En ocasiones, incluso, me parece notar que se avergüenza de lo patético que se mostró en aquellas conversaciones, hace ya varios años. Sigue siendo una nubecilla gris, y se pone muy tenso si la Señora Gutiérrez, él y yo coincidimos en la recepción.
Me acuerdo muy bien de Trufa. Siempre se meaba en el macetero de la entrada. También tenía la costumbre de olisquearme los zapatos y deshilacharme los cordones. La dueña lo justificaba diciéndome que el pobrecito me tenía cariño. Se refería a lo de los zapatos. Lo de mearse en el portal se debía, según ella, a que Trufa era un bromista empedernido y tan inteligente, que se había dado cuenta de la manera de jugar conmigo. ¿Verdad que sí?, Trufita, le decía la Señora Gutiérrez a su perro de peluquería, y ambos sacaban sus lenguas y se lamían mutuamente los morros. Yo contemplaba el espectáculo intentando poner la mejor de mis caras, mascullaba un jeje e iba a por la fregona preguntándome si el perro era realmente el mejor amigo del hombre.
Lo cierto es que Camilo tenía razón al decir que la desaparición del caniche supuso un golpe muy fuerte para Dolores. No me atrevería a decir, como él, que su edad real afloró sobre su imagen plastificada, que el dolor le descolgó los liftings, que el verdadero color de su pelo atravesó la capa de tinte rubio platino, pero, sin duda, es cierto: porque aquellos días los ojos de la Señora Gutiérrez parecían más los de un muerto que los de un vivo. Fueron tiempos muy duros para ella. Más duros si cabe que los que vivió cuando murió su marido, Don Gerardo, del cual no tengo demasiados recuerdos ni, por tanto, gran cosa que contar, pues falleció a las pocas semanas de mi llegada al edificio. No negaré que la Señora Gutiérrez llorara por él, pero tampoco puedo discutir que pareciera más preocupada por la magnificencia de las coronas, por la pulcritud del coche fúnebre y por la elegancia de su traje, zapatos y velo para el funeral, que afligida por la pérdida de un ser querido.
Don Gerardo y Dolores, el Señor Padre y la Señora Madre, habían procreado tiempo atrás: Andrés, un hijo perfecto, pues con el paso de los años llegó a ser lo que estaba escrito en su acta de nacimiento: el único heredero de un nuevo rico de la construcción. En cuanto murió su padre y benefactor, hizo exactamente lo que se suponía que debía hacer, es decir, asumió el mando de la empresa familiar, convertida ya en multinacional, nombró un consejo de administración de su entera confianza, colocando a algunos de sus amigos de carrera y manteniendo en el cargo a viejos amigos de toda la vida de su padre, tal y como éste le había aleccionado para que hiciera una vez llegara el momento, y se marchó a dar la vuelta al mundo; convenientemente provisto, eso sí, de un móvil de los que por aquel entonces eran de última generación, para estar en cualquier momento localizable y permanecer informado, en caso de que él lo considerara conveniente, de la marcha del negocio. A día de hoy, diez años después, Andrés Gutiérrez sigue de viaje de placer y tiene casa en Miami y Dubrovnik. Por aquí sólo se le ve en navidad, cada año con una acompañante distinta. Mejor. Mejor que venga poco: me cuesta mucho tratarle de usted, y no sólo porque tenga mi edad.
Esta mañana le tengo que ayudar a transportar el arsenal de regalos que trae para su madre, todos perfectamente empaquetados, como si Andrés tuviera contratada a una persona para realizar especialmente esta labor, dos dedos de dobladillo rectísimo a cada lado, todos con el mismo tipo de papel muy suave y con la misma cinta dorada rematada en forma de flor en el mismísimo centro de cada paquete, todos sin abombamientos, sin pliegues innecesarios, sin trozos visibles de celo, todos tan tersos que se podría dudar si los regalos están en el interior de las cajas o son precisamente los envoltorios lo que constituye por méritos propios la maravilla que este año la Señora Gutiérrez va a recibir de su hijo.
En el ascensor huele a frutas silvestres. Es la novia. Lo percibo desde mi rincón. No sé si su champú o su perfume, pero es algún potingue que usa ella, rubia, alta, con mirada de tonta y un buen par de tetas. Igual que la anterior y la anterior y la anterior… Pero hay otro olor menos agradable en el ascensor. Andrés me ha cargado con todos los bultos menos uno. Una caja cuadrada y de cierto tamaño, también meticulosamente empaquetada, en cuya parte superior se ha practicado una serie de agujeros del diámetro de monedas. El Señor Hijo lo sostiene con cuidado y, de vez en cuando, echa un ojo al interior mientras mete el índice por otra abertura. Entonces la caja se agita y se oyen débiles gruñidos y el ruido de dientes o patas arañando el cartón. El sustituto de Trufa, pienso. El sustituto de Trufa, dice Andrés casi al mismo tiempo, guiñándome un ojo y sonriéndome sin disimular una buena dosis de sorna. Meados, cagadas, babas en los cordones. Para mí, eso es el regalo que Andrés, ahora Don Andrés, le trae a su madre.
Lo malo de la señora Gutiérrez es que siempre sonríe. Sonríe a su hijo y a su novia en cuanto abre la puerta, mostrando dos filas de dientes que parecen demasiado grandes en una cara tan chupada. Y también me sonríe a mí. Yo le devuelvo la sonrisa como puedo desde detrás de los paquetes que me cubren hasta las cejas y los chorros de sudor que me resbalan por ellas, y digo Con permiso.
Deposito los bártulos en una mesa de estilo victoriano sobre la que hay abierto un ejemplar de Casa & Jardín. La terraza del ático tiene ciento cincuenta metros cuadrados y está llena de plantas de toda clase. Hasta hay palmeras no muy grandes. Hasta hay plantas carnívoras. Las vi un día que la Señora Gutiérrez tuvo una fuga en el sistema de riego y me llamó para que subiera a echarle una mano. Ahora, secándome las sienes con el pañuelo rojo y azul que forma parte de mi uniforme, sólo alcanzo a ver una pequeña parte de la jungla en miniatura que se extiende al otro lado del gran ventanal del salón, y me sorprendo deseando que estuviera abierto, que me llegara el olor a tierra húmeda y tapara el aroma a frutas silvestres, el hedor a animal encerrado y el tufo a vejez tapizada de cosmética que se arremolinan en mi nariz.
Me imagino abriéndome paso a machetazos entre una espesura de color verde esmeralda en cuya atmósfera zumban miles de insectos.
La Señora Gutiérrez me saca de mis pensamientos para ofrecerme una tónica. No me gusta la tónica, pero es lo que siempre me ofrece cuando por alguna razón tengo que pasar más de un minuto en su casa. Ellos descorchan una botella de vino. Me pide que espere un momento a que abra los regalos y luego le haga el favor de llevarme los paquetes y tirarlos a la basura. Me lo pide con una sonrisa excesiva. Asiento con la cabeza mientras bebo un trago amargo.
Las cajas van abriéndose y liberando objetos sorprendentes.
Una alfombra de aspecto oriental. Un jarrón de más de medio metro de altura. Un palo de ésos que, al moverlos, simulan el sonido de la lluvia.
Y yo vuelvo a verme en medio de una selva ya sin mosquitos porque está lloviendo a cántaros. Tanto, que me hundo en el barro hasta las rodillas. Tanto, que miro hacia el cielo y saco la lengua: el agua dulce me llena la boca, me limpia el mal sabor.
La Señora Gutiérrez sigue destripando cajas.
Sus manos huesudas sostienen un chal negro de seda con flores bordadas en rojo. Made in India. Y Dolores sonríe.
Un pequeño telescopio dorado.
Y sonríe.
Un billete en business-class para Tokio.
Y sonríe.
Una cubertería de plata para el picnic de primavera en el club de campo.
Y sonríe.
Y muchos más prodigios de la civilización occidental. Y muchos más dientes grotescos.
Yo apuro la tónica y un escalofrío me eriza el pelo de la nuca. Ellos parecen estar pasándolo muy bien. Se han besado tras cada regalo. Han exclamado Jajaja, Muchas gracias, Te queremos, Feliz Navidad, Os quiero y otras palabras por el estilo.
Pero todavía falta lo mejor.
Andrés, Don Andrés, el Señor Hijo coge la caja agujereada y se la alarga a su madre. La rubia dice Andrés me ha contado cuánto querías a Trufa; espero que te guste: lo elegí yo. Oír el nombre del caniche y temblarle las pupilas es lo mismo para la Señora Gutiérrez. Pero no deja de sonreír un solo instante mientras el rímel azul eléctrico se licua en sus afiladas mejillas, mientras deshace el envoltorio con manos trémulas, mientras su voz entrecortada pronuncia ¿Un caniche? ¡Ay! ¿Un caniche? Dime que me has traído un caniche enano.
Nadie le contesta. Hijo y rubia se limitan a mirar a Dolores y mirarse complacidos por tanta emoción y como expectantes ante lo que va a ser una sorpresa aún mayor. Yo me limito a intentar no sudar. No puedo parar. Me asusta que la reencarnación del Trufa salga de un salto de la caja y se mee en mis zapatos. Me espanta lo que mi cerebro imagina que sucedería después.
Quiero volver a la selva, pero no consigo concentrarme.
Mi vista está clavada en la cubertería de picnic.
Me repito mentalmente Estás a la orilla del… Amazonas, por ejemplo, sentado bajo… una palmera, por ejemplo. Estás en un sitio mejor.
Pero no veo esas imágenes. Lo único que se perfila y afila en mi cabeza es la silueta plateada del cuchillo para la mantequilla y/o la mermelada.
Entonces, por fin, la caja se abre y la Señora Gutiérrez exclama ¿Qué es esto?
La rubia se acerca y saca la maravilla. Es una bola de grasa y pelo corto, un animal pequeño y feo y oscuro que, desde luego, no tiene nada que ver con un caniche enano. Hijo y rubia dicen a la vez Es un cerdo vietnamita. Y se ríen. Y añaden Es la última moda en mascotas: en la Quinta Avenida se ven a decenas; aquí tú serás una pionera. Y Andrés se saca del bolsillo una correa terminada en un collar de diamantes, de imitación o no, da igual.
La Señora Gutiérrez duda durante unos segundos.
Hijo y rubia le explican que los cerdos vietnamitas son animales muy limpios y muy cariñosos, y que éste en concreto les ha costado una buena suma, pues no ha sido criado en ninguna granja occidental, sino que procede directamente de Vietnam.
La Señora Gutiérrez parece complacida y decide llevar a cabo la prueba definitiva: coge al cerdo y lo sostiene delante de su cara, le dice frases cariñosas, las mismas frases y en el mismo tono con que se habla a los bebés.
Yo deseo con todas maneras que no, que no ocurra.
Son momentos de tensión. Para bien o para mal.
Finalmente, el cerdito saca la lengua y lame el carmín rancio que usa la Señora Gutiérrez. Los tres humanos que me acompañan se ponen muy contentos y gritan y dan palmas, emocionados.
Y después todo sucede muy rápido.
Movido por un asco imposible de describir, rescato al animal de las zarpas de la vieja. Golpeo a su hijo con el flamante jarrón. Cae al suelo envuelto en sangre y en añicos de porcelana. Con el palo de lluvia le machaco el cráneo con quince o veinte golpes precisos que le asesto en menos de cinco segundos. Cuando acabo con él, compruebo que las mujeres siguen en el mismo metro cuadrado que cada una de ellas ocupaba antes de presenciar el asesinato. No parpadean. No hacen nada. Ni siquiera se han puesto a gritar. Únicamente cuando me acerco a la rubia, se pone a gemir en un tono muy grave, encorvándose, cubriéndose la cabeza con las manos. Noto que tengo algo frío en la mía. Es el cuchillo para untar. Reluce. El filo refleja mis ojos, porque son mis ojos, pero parecen distintos. Ajenos. Se lo clavo varias veces a la chica, en el pecho, en el cuello. Desde tan cerca, su perfume silvestre no me resulta tan agradable. Con total frialdad, pienso que tal vez se haya cagado, o tal vez se deba a que la he oído hablar y ha dejado de ser algo atractivo de mirar para convertirse en la falsa y bonita fachada de un edificio interiormente en ruinas. Y como un edificio en ruinas al que le ha llegado la hora de ser demolido, se tambalea un poco antes de desplomarse, en tal posición que se pringa de sangre por completo y deja de ser rubia. Y el cuchillo ya no reluce. En cambio, mancha. Como mi ropa y mi nariz. Como todo yo: mancha humana.
Y ya sólo falta la Señora Gutiérrez.
La anciana plastificada de eterna sonrisa.
Y sí, ahora también sonríe. Casi de la misma manera que me ha sonreído desde hace diez años, para requerir mis servicios ante cualquier avería en su casa, para usarme como divertimento de su perro, para pedirme que le llamara a un taxi, para darme los buenos días o las buenas noches…
Casi de la misma manera, revelando el cinismo de todas las sonrisas anteriores.
Casi de la misma manera, porque ahora los labios le tiemblan.
Definitivamente, lo malo de la Señora Gutiérrez es que sonríe; y ya no lo puedo soportar.
La agarro por la nuca mientras con el cuchillo voy rajando la mojama de sus mejillas, su barbilla y la piel de debajo de su nariz, estirada y rígida como un pergamino. Voy horadando más y más. La hoja se engancha a menudo entre sus dientes y se dobla. Pero al fin consigo extraer de una pieza toda su dentadura. Con lengua y todo. Con encías sangrantes. Sostengo el amasijo rojo y blanco en la mano y no siento ganas de vomitar. El pequeño cuerpo de la Señora Gutiérrez me mira sin verme, tendido sobre una alfombra carísima, boca arriba. Pero sin boca. Me gusta más así.
Y no siento ganas de vomitar.
Y me siento bien.
Tan bien que cojo al cerdo y salgo con él bajo el brazo a la terraza-jardín-selva.
Es mediodía del día de navidad. Si me asomara a la barandilla vería hordas de gente saliendo y entrando de todos los portales, yendo o viniendo a comer, todos cargados de regalos. Quizá alguno de ellos con un cerdo vietnamita envuelto en papel de regalo.
Por eso no me asomo.
Por eso me tumbo a descansar entre las plantas carnívoras y meto los dedos entre sus fauces, para que se estimulen con la sangre y me muerdan y me hagan daño y me hagan sentir vivo. Para que no me sonrían como si me hicieran un favor.
Charlie, nada de Trufa 2, se frota contra un tronco.
Sé que si pudiera hablar me agradecería haberle librado de lo que le esperaba. En lugar de eso, mordisquea los despojos bucales de la Señora Gutiérrez, mientras me mira moviendo alegremente la cola.
Moviéndola como la movería un cerdo en el claro de un bosque de Vietnam.
Antes de ser domesticado.