Archivos para Febrero 2008

29
Feb
08

Tarde y mal

El periódico titula en la sección cultural:

Varón de edad indeterminada, pero aparentemente joven según la esperanza media de vida de nuestro país, se suicida alegremente.

Y sigue:

El finado, que responde a las iniciales de XXX y fue hallado por su hermano ya en avanzado estado de descomposición, decidió quitarse la vida mientras escuchaba la banda sonora de Ojos Negros, disco éste que se encontró reproduciéndose una y otra vez a todo volumen en su equipo de música. Lo cual, según fuentes bien informadas, motivó que una vecina octogenaria que se ha empeñado en que su nombre conste en este artículo, Doña Jéssica Hortaleza, llamara trece veces en trece días a la policía y asestara trece hachazos en la puerta de XXX, sin que de momento se haya podido constatar si esto último lo hizo de una tacada, con una periodicidad de hachazo por día, u obedeciendo a algún otro patrón de conducta.

Volviendo al suicida, llama la atención la depurada técnica que empleó para llevar a buen término su decisión. El forense asegura que el primer paso fue cortarse los tendones de Aquiles con la tapa del táper que le había servido como plato en su última cena, regada con vino de Utiel-Requena. Posteriormente, se desgarró las partes más blandas de su cuerpo (genitales, glúteos, pantorrillas, orejas, lengua, un ojo…) con un abrelatas, las envolvió en un trozo de papel de estraza en el que escribió con sangre “Fiambre de primera”, y las introdujo en el táper. A estas alturas, la pérdida de fluidos corporales debía de ser considerable, lo cual explicaría que no tuviera fuerzas para reducir a fragmentos más pequeños el teléfono móvil que se encontró sonando en su estómago. El ayudante del forense, un tipo jovial acostumbrado a trabajos desagradables, extrajo el aparato. En la pantalla ponía ELLA, 27 llamadas perdidas. Las autoridades competentes investigan ahora si esto tiene alguna relación con el rictus sonriente con que XXX expiró.

27
Feb
08

Una historia real

Mientras el bus me lleva al trabajo, me doy cuenta de que hoy voy a llegar antes de hora. No me da la gana regalarle minutos de mi tiempo a nadie, así que me bajo tres paradas antes de la habitual y echo a andar.  El suelo está mojado. Anoche hizo frío. O puede que una patrulla de recogida de residuos acabe de dar un manguerazo por aquí. A quién le importa. Lo que sé es que los pantalones me vienen grandes y los bajos se pringan de agua sucia. Camino sin prisa, mirando los escaparates de los comercios aún cerrados y la gente que bebe café en los bares. Me apetece uno. En realidad, no sé si me apetece o lo necesito, pero viene a dar igual. Toco con la punta de los dedos las dos monedas que entrechocan en mi bolsillo. En total, 1,05 euros. No cobro hasta dentro de cuarenta y ocho horas, pero eso no me parece tan importante como resolver el aquí y ahora. Una taza caliente y hojear gratis la prensa deportiva. Es lo que quiero, aquí y ahora; ya irá avanzando el día, con demasiadas horas para pensar en anhelos más importantes. Eso, estimulantes y cosas fáciles, es lo que quiero para afrontar un poco más vivo la puta jornada que me espera. Pero me faltan cinco céntimos para poder pagarme un cortado. Supongo que el camarero de cualquiera de los bares que voy dejando atrás sería capaz de hacerme el favor de sacar la pequeña moneda de su cartera y prepararme cafeína. Y al instante siguiente acierto al sopesar la humanidad y supongo que no, que el tipo llevará tras la barra desde las seis de la mañana y no estará por la labor de prestarle cinco céntimos al primero que decida tocarle los huevos. No, al menos, sin poner cara de perdonavidas. Y eso sí que no estoy dispuesto a aguantarlo. Ya ando bastante jodido como para que otro proletario se tome la licencia de juzgarme de buena mañana. Sigo caminando. Despacio. Cruzo semáforos, esquivo mierdas de perro, doblo esquinas. Callejeo sin necesidad para posponer el día en ciernes. Falta un minuto para que mi sueldo de mierda me obligue a sentarme delante de un ordenador y teclear números, cuando por fin me adentro en la calle donde se encuentra mi oficina. Oigo ruidos extraños unos metros por encima de mí. Habría sido más prudente seguir con la cabeza gacha, pero, joder, miro. Hay un montón de loros graznando en las ramas de un árbol canijo y pelado. Verdes y con la cabeza roja. Diecinueve loros, ni uno más ni uno menos, que se resguardan del caos del tráfico y los viandantes y la polución en un arbolito urbano muy diferente a los de la selva en la que quiero pensar que nacieron. Y, claro, me quedo observánolos. Puede que la palabra sea Contemplar. Sí, creo que es ésa. Porque estoy profunda y tristemente seguro de que la docena y media más uno de pájaros tropicales que aletea ahí arriba es lo más exótico que veré en mi vida. Por eso, pienso, vale la pena demorar unos minutos la llegada al trabajo y aguantar la bronca del jefe. Porque mañana esos pájaros no estarán aquí. Con un poco de suerte, el instinto los guiará hacia un lugar mejor. O puede que acaben enjaulados en el zoológico de esta ciudad, donde todo se construye para ser lo más grande del mundo en su categoría. La verdad es que ésa es la opción más probable: el zoo, al que ahora llaman bioparc, los acogerá entre sus rejas, poniendo así algo de coherencia entre las diecinueve aves y el resto de animales parlantes que pagarán treinta euros para mirarlas desde el otro lado la jaula. Contemplo su plumaje, tan llamativo entre cemento, asfalto y humo, y lamento su inminente destino de animal. De cualquier animal. No tendrán lo que desean, igual que yo, que daría mi 1,05 por poder quedarme bajo el árbol un rato más a pesar de que las cervícales duelan y el cerebro se encamine sin remedio hacia una extraña melancolía. El paréntesis termina cuando un niño que pasa por la calle se suelta de la mano de su madre y lanza un piedra contra la raquítica copa del árbol-selva. Y me quedo viendo y oyendo cómo la pequeña bandada de loros emprende el vuelo de manera sincronizada, y se aleja, y se pierde en el cielo azul pálido de una mañana como cualquier otra. Volved, volved y sacadle los ojos a picotazos a este enano cabrón. Es lo que gritaría si no supiera que me traería problemas asustar a un niño en plena calle. Además, tal cosa sólo pasaría en una peli. Así que vuelvo a coser la mirada al pavimento sucio, a andar pegado a la tierra, a sentirme un pájaro mutilado. Rumbo a la oficina. A la nada.

26
Feb
08

No volver esta noche

A Susi no le gustaba que él ya no trabajara establemente, formalmente, de continuo, que Quique ya no tuviera un jefe cabrón al que maldecir durante las sobremesas. Sobre todo desde que ella se había puesto de cajera en Carrefour. Durante mucho tiempo se abstuvo de decírselo con palabras. Pero ahora ya no era tan sutil, ya no se reprimía. No le importaba soltárselo a solas con él o en medio de la gente, entre amigos, en familia. Ese comentario se había convertido en su arma favorita cuando las discusiones se ponían serias. Igual que un golpe en el hígado, dejaba sin aire a Quique, sin nada que replicar. Al fin y al cabo, él no podía negarlo. Normalmente se limitaba a meterse en la cocina y preparar la comida o la cena o el café. Meterse en el baño. Esconderse en cualquier parte. Sólo a veces tenía el valor de encerrarse en el cuarto del ordenador. Entonces, echaba el pestillo y se ponía a escribir deprisa, como si fuera la última vez que lo haría.

Sin embargo, aquella tarde Quique reaccionó de otra manera.

Cogió la chaqueta del perchero azul que ella había comprado hacía poco en Ikea y se sorprendió ligeramente al oír retumbar a su espalda el portazo que él mismo acababa de dar. Se apoyó en la puerta y se pasó la mano por la cara. Susi estará descolgando el teléfono para contárselo a cualquiera de sus amigas, amigos, compañeros de trabajo, pensó, intentando oír algo al otro lado. Pegó una oreja a la madera, luego la otra, y no escuchó nada.

En la calle anochecía, pero aún quedaba al menos una hora de actividad comercial, de escaparates y tráfico intenso. Aún tenía un rato para perderse entre la gente e imaginar que él sólo era uno más, normal, con virtudes modestas y defectos tolerables. Alguien tan bueno o tan malo como cualquiera. Echó a andar por la avenida. Recorrió cuatro manzanas de bloques idénticos. Bajo resplandores eléctricos, vio niños que salían de dar clases de inglés. Y algún quinceañero con el dinero suficiente como para esperar, montado en su flamante ciclomotor, a que su novia saliera del portal. Vio trabajadores empapados en sudor reseco refrescándose con cerveza dentro de cada uno de los bares ante los que pasó. Parejas que entraban en casa cargadas con bolsas llenas de comida para ellos y de comida para perros. En unos años, quizá sólo meses, cargarían comida para bebés. En fin, vio gente que se perfeccionaba. O que, al menos, resistía. Niños, adultos y viejos haciendo cosas para que la nada no se los tragara. Y deseó estar en el cuarto del ordenador, pero lo único que hizo fue girar a la izquierda por la cuarta bocacalle. A medida que se adentraba en ella, el ruido y la luz disminuían. Menos tiendas, menos coches y menos luz. Y muy poca gente; unas cuantas siluetas oscuras andando deprisa hacia sus refugios. Nada más. Y en el fondo no quería que eso ocurriera. Le habría gustado tener un claxon estridente dentro de su oído interno, no oírse a sí mismo, pero sabía que tarde o temprano tendría que volver a casa. Por eso había decidido cortar ya su paseo-huída y meterse en esa calle, para después girar de nuevo a la izquierda y dirigirse hacia su piso, ver aparecer el edificio a lo lejos, y luego, habiendo avanzado un poco más, vislumbrar la luz encendida en la ventana del pequeño pero funcional salón, y quizá la hermosa silueta de Susi yendo de un lado a otro.

Le supo mal que todo viniera a su cabeza tan maquinalmente. Le supo peor saber que parte de la culpa le correspondía a él. A lo mejor sería conveniente que no volviera esta noche, se dijo. Puede que un imprevisto, algo sorprendente aunque sea para mal, nos haga recapacitar. No obstante, sus pies seguían caminando hacia el lugar de siempre cuando una chica joven, casi adolescente, le salió al paso en la acera. A pesar de que ya había oscurecido por completo, llevaba una gorra. Y una camiseta roja lo bastante ceñida como para que él no pudiera evitar fijarse en sus tetas. La chica le entregó un folleto. Bronceado, depilación, manicura, pedicura, limpieza de cutis, baños de barro caliente, todo tipo de tratamientos de belleza. Unisex. Algo así se leía en el papel. Acabamos de abrir, dijo ella sin dejar de sonreír con sus dientes blanquísimos de persona sana y relativamente feliz, señalando la tienda, excesivamente iluminada y con la fachada acristalada desde el suelo hasta el techo. Mucha gente guapa esperaba su turno en las sillas de diseño, leyendo revistas. Si quiere pasar, una de nuestras chicas le hará una demostración de nuestros servicios. Sin ningún compromiso y totalmente gratis. Él vaciló. Tengo prisa, se excusó. Pero la joven le dijo que no tendría que esperar, que le había caído bien y ella misma le atendería porque, total, la verdad es que ya he acabado mi turno como relaciones públicas.

Un minuto después ambos estaban en una especie de cubículo cerrado por mamparas de plástico de poco más de metro y medio de altura. Quique se sentó en una camilla que aún olía a piel nueva. Ella le pidió que se reclinara boca arriba. Entre obediente y resignado, se quitó la chaqueta y siguió sus instrucciones mientras se preguntaba qué estaba haciendo allí. Intentar no volver esta noche, hubo de concluir.

Relájese y déjeme hacer a mí, dijo ella a su espalda. Se oía ruido de frascos y él percibió que un olor cosmético invadía el aire. Dos manos surgieron de pronto a cada lado de su cara. Dos manos frías y pringosas que se posaron sobre sus mejillas y empezaron a masajearlas. Y luego siguieron con la frente y la barbilla y los pómulos. Cerró los ojos y trató de no pensar en nada. Pero el frío le trajo la imagen de Susi, su nueva imagen, la que mostraba desde un tiempo atrás, congelada, la imagen en la distancia. Y también oyó lejana la voz de la chica.

-Tiene usted la piel muy descuidada. Pero no se preocupe, hoy saldrá de aquí un poco más terso. Le estoy aplicando una crema muy buena. La mejor. De algas del Mar Rojo. Mi jefa dice que es nuestro producto estrella y que no debemos utilizarlo en las promociones. Pero ya le digo: me ha caído usted bien.

-Tú también me caes bien -contestó él desde detrás de sus párpados.

Ella prosiguió:

-Día tras día, nuestra epidermis está expuesta al clima, al sol y al aire frío. A la contaminación. Se nos ensucia. Enferma y se muere. Miles de partículas de piel muerta se nos desprenden de la cara al cabo del día. No pasa nada; ése no es el problema: mientras somos jóvenes, nuevas células las sustituyen. Lo malo es que, como dice mi jefa, parte de esa piel muerta se resiste a caer. Se queda adherida, como colgando, supongo, no recuerdo qué palabra usa ella exactamente. En fin, se queda ahí, infectando la nueva capa. Y nos salen espinillas, granos, puntos negros. Por eso es fundamental usar a diario una buena crema exfoliante. ¿Le he dicho ya que ésta es nuestra mejor crema? En realidad no es una crema; es un gel. ¿Nota esa textura tan suave, tan blandita?

-Sólo noto que está fría. Pero sigue hablando -le replicó y le pidió con cierta dureza.

La chica obedeció sin molestarse lo más mínimo. Le contó muchas cosas. Todas igual de banales o trascendentales. Le habló de lo que había estudiado en el instituto, sólo un par de cursos porque hincar los codos no era lo suyo. Lo suyo era trabajar y ganar dinero lo antes posible para poder irse a vivir con su chico. Su padre es fontanero y de momento él es su ayudante, pero no tardará mucho en ocupar el puesto de su padre. Un fontanero gana mucho dinero, ¿sabe? Y además ya tiene una clientela fiel… Tenemos grandes planes. Supongo que acabaremos casándonos porque nos queremos mucho, tanto que a veces me asusto. Pero, bueno… aún es pronto para pensar en eso. Dentro de un rato vendrá a recogerme en la moto y nos iremos a dar una vuelta.

Le contó más cosas, todas parecidas a éstas. Habló del trabajo y de su pueblo. De dónde iba a pasar el próximo puente. Le confesó que lo que más le preocupaba era que hiciera buen tiempo esos días. Eso la obsesionaba, quería que todo saliera perfecto, no explicó por qué. Dijo cientos de cosas triviales o serias en función de la mierda que uno haya tenido que tragar en su vida.

En cierto momento, cuando la voz de la chica ya no era para él más que una cascada viscosa en la que no podían distinguirse significantes ni significados, se atrevió a abrir los ojos. Por un resquicio de las falsas paredes vio pasar a un hombre mayor muy bronceado y con los músculos deltoides hiperdesarrollados pero descolgados. Llevaba una toalla blanca en la cintura y chanclas de marca.

Quique le dijo a la chica que le hiciera algo más, lo que fuera, que pagaría lo que hiciera falta. Quería quedarse allí, escondido de la decadencia entre cuatro paneles de plástico. Sí, le habría gustado quedarse allí para siempre oyendo a una cría balbucear sobre sus preciosos proyectos, oyendo el sonido de dos manos jóvenes al frotarle la piel. Ella le descalzó, le colocó unas pequeñas almohadillas entre los dedos de los pies y se puso a hacer algo con una lima y un frasquito de contenido traslúcido.

Eran ya las diez de la noche cuando tuvo que levantarse de la camilla. La chica le ofreció un espejo y él vio su nueva cara, más limpia, reluciente y ligeramente abultada y enrojecida de tanto masaje. En unos minutos la inflamación bajará, no se preocupe, le dijo ella. Él asintió y se miró los pies, con las uñas brillantes y perfectamente igualadas. Y luego, al despedirse de su esteticién particular, se fijó otra vez en sus tetas sin importarle demasiado que ella lo notara. Sólo entonces volvió a pensar en Susi. En las tetas de Susi y en todo lo demás.

Tenía ganas de verla. Los dos se reirían de lo que le acababa de ocurrir. Hablarían de ello y así evitarían, sin reconocerlo ni por un instante, hablar de lo de siempre. Pasarían una noche distinta, mejor. Mejor por distinta. Por eso anduvo rápido, casi corrió hacia su casa sobre sus elegantes pies, con el viento frío escociéndole en cada microscópica grieta de su pulido cutis. Vislumbró a lo lejos la luz en la ventana y se alegró de que cada fase de su regreso a casa no le resultara ahora tan predeterminada como hacía sólo un rato. Porque la luz parecía más tenue de lo normal allí arriba, más íntima y acogedora, como si una bombilla cómplice se hubiera fundido en la lámpara.

Con ese ánimo absurdo recorrió los últimos metros, abrió la puerta del portal, subió los cuatro escalones y cogió el ascensor. Casi contento. Durante el breve trayecto se contempló en el espejo de cuerpo entero y se encontró gracioso. Incluso rió una vez. Y cuando el aparato se detuvo, salió de él con las llaves prestas en la mano. Por muy poco no tropezó con un par de maletas que descansaban frente a la que había sido su puerta. Un par de maletas viejas, unos cuantos paquetes envueltos en papel de estraza y muchas carpetas llenas de folios escritos por él quién sabe cuándo.

Mientras bajaba en el ascensor, que chirriaba más de la cuenta y parecía ligeramente acelerado por el peso de su vida empaquetada, pensó fugazmente que a lo mejor habría sido conveniente no volver a casa esa noche. Pero lo dejó estar; era tarde para darle demasiadas vueltas. Ya en la calle, de camino a algún sitio nunca pisado, empezó a reptar como una serpiente de piel muerta o renovada. Volvió la cabeza por un instante y vio que iba dejando un rastro de pellejos tras de si. Que levantaba pequeñas nubes de cutículas. No supo determinar si era buena o mala señal.

26
Feb
08

Reencarnaciones

Reencarnación 1

En la cola del supermercado me encontré la otra mañana con un delincuente famoso.

Unos días antes había ido a la comisaría para renovar mi carné y, claro, igual que hace todo el mundo, mientras esperaba mi turno me había fijado en las fotos de los criminales peligrosos.

Como tengo memoria fotográfica, en cuanto lo vi en el super me vino a la cabeza toda su información.

Leovigildo Trapero.

31 años.

1′79m., cabello y tez morenos, complexión fuerte.

Delincuente muy peligroso (puede que vaya armado).

Leovigildo estaba haciendo la compra. En la cesta llevaba un bote de Aquarius, compresas y un helado de chocolate belga.

Lo del Aquarius me pareció lógico: cuando te tienen en busca y captura debes estar permanentemente hidratado y vitaminizado por si se da la situación de tener que echar a correr.

Sin embargo, los otros artículos me parecieron absurdos para alguien en sus circunstancias. Me planteé la posibilidad de que, tal vez, su compañera sentimental estuviera embarazada y de repente se le hubiera antojado un helado de chocolate. Pero, si estaba embarazada, ¿para qué las compresas?

Aquel misterio me cautivó hasta tal punto, que ni siquiera me alarmé cuando Trapero se sacó una pistola del calcetín y les gritó a todos los empleados y clientes del supermercado que se tiraran al suelo y no le miraran ni un instante, que aquello era un atraco.

Cuando quise darme cuenta, ya era tarde. Una bala me había reventado la cabeza y, de paso, también había desintegrado un bote de tomate frito que reposaba en la estantería situada detrás del lugar en el que me había detenido a reflexionar sobre el enigma de las compresas y el helado.

Sangre y tomate se confundieron en el suelo. Yo, reencarnado en compresa super-absorbente, contemplé mi cadáver mientras lamentaba mi mala suerte, mi fatídico destino: otra vez condenado a morir ensangrentado.

Reencarnación 2

La vida de mi yo compresa fue, tal y como había temido desde el principio, corta y con final previsible.

Tras el atraco y el asesinato de mi yo humano, la policía y el juez se presentaron en el super e hicieron lo que se suele hacer en esos casos. Un agente cogió entre sus manos con guantes de látex la cajita rosa en que me había transformado y me puso un post-it en el que estaba escrito ¿Huellas? Pero lo cierto es que nadie me analizó.

Yo, extrañado por el giro de los acontecimientos y, sobre todo, por mi nueva fisonomía, trataba de hacerme oír, lo cual, claro, resultó inviable, pues las cajas de compresas no tienen aparato de fonación.

Así que alguien volvió a colocarme en una estantería. Y allí pasé un tiempo, poco, hasta que una mujer gorda y sin ningún tipo de encanto físico me llevó a su casa, me metió en sus bragas y me… violó.

Al cabo de lo que me pareció una eternidad, volví a ver la luz. Pero sólo por un momento. Ya estaba herido de muerte, empapado en sangre viscosa.

La mujer se apiadó de mí, y me tiró por el retrete.

Unos pocos metros tubería adentro, perecí ahogado.

Reencarnación 3

Evidentemente, una rata.

Apestosa y bigotuda, como todas.

Me sorprendí royendo la goma de lo poco que quedaba de una bota. Sujetaba el pedazo de zapato con mis flamantes manitas y lo mordisqueaba con la misma avidez que un etíope famélico devoraría un suculento pastel. Es curioso: observadas de cerca, las garras de una rata se parecen muchísimo a las manos de una abuela artrítica.

El olor en aquella alcantarilla era objetivamente nauseabundo, pero mi nueva naturaleza me predisponía a sentirme cómodo/-a en medio de tanta inmundicia.

Tan cómoda, que, en cierto momento, salté a las aguas fecales movido por algún instinto. Emergí con algo parecido a un gran gusano atravesado en mis incisivos. Lo engullí al tiempo que de mi garganta brotaba un hii-hii-hii.

La silueta de un humano se recortó en la penumbra de las cloacas. Sentí una honda nostalgia. Recordé los buenos tiempos, cuando caminaba sobre dos piernas y las ratas me daban asco. Muy bien, me dije, acabemos cuanto antes. Correteé hacia el operario, salté a su alrededor, le provoqué mordiéndole las botas. Pero no me mató ni a mí ni a ninguna de mis congéneres. Supongo que estaba habituado a nosotras. Quizá, incluso, nos apreciaba. Al fin y al cabo, éramos su única compañía allí abajo.

En vista de que aquel tipo no iba a hacer nada por acabar con mi vida de roedor, decidí suicidarme: calculé la cadencia de sus pasos y, con total sangre fría de rata, me lancé bajo sus suelas. El pisotón me dejó media muerta al borde del río de mierda que fluía lento por el colector: los intestinos asomaban por un agujero abierto en mi abdomen, mi sangre resbalaba hasta el canal sin alterar lo más mínimo el color parduzco de su caudal. No podía moverme. Era una rata paralítica, y por un momento me estremecí al pensar cuánto tiempo sobreviviría. Todo el mundo sabe que las ratas son muy resistentes, y me aterró la idea de ser una rata parapléjica durante meses o años. Por suerte, fueron mis nuevas hermanas las que, en un ataque de compasión, me rodearon y me comieron hasta matarme.

Reencarnación 4

Desperté sin saber lo que era ahora. Y así pasé un tiempo indeterminado.

Todo a mi alrededor era cálido y confortable, aunque inquietantemente oscuro. De una oscuridad translúcida, para ser exactos.

Intenté escrutar mi cuerpo, pero no tenía extremidades ni nada por el estilo. De hecho, ni siquiera supe determinar mi sexo, pues no había en mi nueva forma ningún rasgo aclaratorio de este extremo (por eso voy a seguir tratándome en masculino… por costumbre). Todo mi yo era, sencillamente, como una gran cabeza dedicada únicamente a observar las paredes gelatinosas que me envolvían. Al cabo de un tiempo, sin embargo, mi masa empezó a extenderse. Cuatro pares de minúsculas patas serradas afloraron por mis costados. Y, poco después, dos grandes dientes, o mandíbulas, o mandíbulas-dientes, no sé, surgieron a ambos lados de mi gran cabeza originaria. El proceso se completó con el crecimiento de un vello duro y corto por toda la superficie corporal hasta que, en cierto momento, algo me impulsó a perforar mi habitáculo, para lo cual me valí de mis prodigiosos dientes.

Una vez fuera, pude comprobar que había nacido de un pequeño huevo. Aquello sí que era novedoso: tras dos vidas como mamífero y una como objeto plastificado, ahora me tocaba ser un insecto. ¿Qué hay de maravilloso en ello? Algo muy importante para cualquiera que una vez fue humano, el mayor sueño de los hombres: volar.

Me concentré en batir las alas y despegar para salir de aquella atmósfera pestilente, para planear bajo el sol y ser un poco más feliz. Pero no pude: no tenía alas. Desgraciadamente, me había tocado ser una araña. Lo supe cuando reparé en el brillante rastro de seda que mi culo iba dejando en el suelo.

Profundamente contrariado, y sin pensar demasiado en lo que hacía, me dirigí a los pocos restos que mis amigas las ratas habían dejado de mi anterior forma corpórea y devoré algunos de los microorganismos que estaban empezando a desarrollarse en él. Supongo que también dejé algunos.

Una vez realizada mi labor, trepé por la pared como si lo hubiera hecho ya un millón de veces y me detuve en el techo. Vista del revés, la cloaca era igual de repugnante. Tenía que salir de allí como fuera, y me vino al cabezón arácnido el humano cuyo pie había empezado a matarme cuando era una rata. Él podría llevarme al mundo exterior.

Lo busqué desde mi atalaya. Finalmente, lo vi. Sin duda había acabado su jornada laboral y se dirigía a la salida. Los dioses de las arañas quisieron que pasara justo debajo del lugar en que yo me encontraba, momento que aproveché para, con una agilidad envidiable, saltar sobre su espeso manto capilar.

Unos minutos después, el sol bañaba mis ocho patas y un aire fresco me hacía sentir la araña más afortunada del mundo.

Viajé cómodamente hasta su casa. Durante el trayecto le piqué varias veces en la cabeza. Por primera vez en mis vidas, me gustó el sabor de la sangre. Él se rascaba con ganas pero sin éxito: ni en una ocasión estuvo cerca de aplastarme: su pelo era para mí un espeso bosque, una selva húmeda y tropical que me protegía amortiguando las acometidas de sus manazas.

Ya en casa, el hombre, mi medio de transporte y mi cantimplora de RH, fue a darle un beso a su hijo.

El bebé dormía plácidamente en su cuna blanca y con olor a ropa limpia.

El bebé era una apetitosa bolita de grasa.

El bebé era sonrosado de pies a cabeza. Parecía que su finísima piel dejara vislumbrar la sangre dulce y pura que corría por sus venas.

Haciendo un uso magistral de mis hilos de seda, me dejé caer hasta la camita, y de nuevo volví a sentir aquella intensa melancolía, el regusto agridulce de los tiempos mejores, perdidos, cuando podría haber sido un humano sano y deportista, haber hecho verdadero rápel.

La frustración me invadió. Lo pagué con el crío: cosí su cuerpecito a dentelladas. Las picaduras pronto empezaron a dolerle. El niño lloraba mientras yo me asqueaba de mí mismo por no ser capaz de experimentar compasión humana. Seguí picándole. Su cuerpo estaba ya hinchado a nivel general. Me posé sobre su ojo y le mordí en el iris. El niño aumentó la intensidad de sus quejidos. Y ahí estaba yo, bailando la danza de guerra de las arañas sobre la preciosa carita de un bebé, con el abdomen repleto de sangre fresca, casi borracho, fuera de mí, enloquecido, dispuesto a masacrarle, a martirizarle, a cobrarme a su costa el precio de mi destino, cuando una lágrima como un tsunami rodó por su mejilla inflamada y me alcanzó de lleno, arrastrándome hacia las sábanas.

El padre y una mujer (la madre de mi víctima, a juzgar por el espanto que expresaron sus ojos al ver la carnicería operada en el niño) acudieron al fin. Después de atender a su hijo buscaron la causa del crimen. Y me encontraron paralizado en medio de lo que a ellos les pareció una diminuta mancha húmeda. Un enorme lago salado, para mí.

El hombre dijo Hija de puta, y me aplastó entre sus dedos pulgar e índice. Supongo que le manché las yemas.

23
Feb
08

En la carretera

Todo mengua a su espalda. Todo desaparece. El retrovisor ya ni siquiera refleja el resplandor de la pequeña ciudad dormida. Más allá del trecho de asfalto iluminado por los faros, sólo hay negro. Nadie se cruza. Salvo el discreto ruido del motor, silencio. Nadie se acerca. Oscuridad, silencio y una carretera desierta que le lleva lejos, no sabe hasta dónde exactamente. Ni le importa. El lugar no es relevante. Ocurrirá en cualquier parte.

Los que ahora descansan lo condenarán por la mañana. Es probable que lo estén haciendo ahora mismo, incluso mientras duermen. Algunas cosas son ciertas hasta en sueños. Se despertarán y verán que ya no está. Ha vuelto a irse, dirán. Lo llamarán cobarde cuando hablen entre sí y se alegrarán de no quererle demasiado, de haber llegado a inmunizarse contra las decepciones que él les causa. Volverá con el rabo entre las piernas y la cabeza baja, como siempre. Eso dirán, juzgando y sentenciando su futuro.

Nada más que oscuridad y silencio y una carretera de doble sentido por la que nadie viene, por la que solamente circulan sus pensamientos, exhaustos, ansiosos por llegar al final del trayecto, sea donde sea. El lugar no es relevante. Porque ocurrirá en cualquier parte. En la carretera. En el final, donde todo se pierde en la distancia.

El nuevo amanecer les dará la razón. Se reafirmarán en su ya inamovible convicción. Cuando alguien vea su cama sin deshacer. Cuando otro repare en su silla vacía en el trabajo. Habrá quien le llame al móvil y no obtenga respuesta. Y todos ellos concluirán lo mismo, que lo ha vuelto a hacer, se ha ido una temporada, tal vez sólo por unas horas. Luego regresará y veremos en su cara cierta vergüenza. Y nos bastará con eso. No haremos leña del árbol caído. Ya no, para qué.

Un destello surge en el impreciso horizonte. Las luces del destino. Ya se acerca al final. Una última recta le separa de él. Apaga los faros. Siente que esto hay que hacerlo sin alardes, sin focos. Igual que todo en su vida. Si pudiera apagaría las estrellas. Sin faros y a ciento veinte kilómetros por hora, le parece que brillan demasiado. Que le observan. Aun así, gira levemente el volante hacia la izquierda e invade el carril contrario hasta colocarse en su mismo centro. Las luces de enfrente se agrandan poco a poco. Tan poco a poco que tiene tiempo de sobra para pensar mil posibilidades acerca de quién irá en ese coche. Pensar en cómo serán las personas a las que está a punto de joderles la vida. Y se da cuenta de que va a ser más difícil de lo que creía, porque no sabe cómo pero ha vuelto a su carril. Y le parece que el volante pesa mil kilos cuando vuelve a girarlo hacia la izquierda. Y en seguida está de nuevo en el carril de la derecha. Las luces se acercan y él va y viene de un carril a otro, va y viene y va y viene y va y viene y…

Sólo cuando las luces del otro coche pasan a su lado asume que no ha tenido valor. Y se siente mal, pero sólo un instante. Porque al momento siguiente se siente aún peor al vislumbrar a diez metros de él un coche sin luces que se le viene encima. Se siente peor, mucho peor, indescriptiblemente mal. Y no por sentir los hierros entre las piernas y entre las tripas, no por quedarse ahí con la cabeza baja, muy baja, rodando por el asfalto, sino por acabar como siempre, como un desgraciado y no, por primera y última vez, como un cabrón.

O puede que su dolor se debiera a comprender demasiado tarde que tal vez no estaba tan solo en la carretera. Que hay más perdedores.

21
Feb
08

Excursiones

Casi nunca salíamos de la ciudad. Las excursiones al campo nos aburrían. Hasta las excursiones a la playa nos aburrían. Pero aquel tipo del trabajo, creo que se llamaba Dani, llevaba meses dando la paliza con el tema. Cada viernes a las ocho de la tarde, cuando nos despedíamos hasta el lunes siguiente, me decía:

-Entonces, ¿tampoco os viene bien este fin de semana?

Y yo me lo quitaba de encima con la primera excusa que se me pasaba por la mente. La primera; ni siquiera intentaba disimular, ser educado. Dani o comoquiera que se llamara me resultaba bastante pesado. No me caía bien. El destino había querido que trabajáramos juntos en una oficina como cualquier otra, eso era todo, pero él estaba empeñado en ser mi amigo. En que los cuatro fuéramos amigos. Ellos más nosotros. Salir a cenar y luego tomar algo en un karaoke o en un pub de aire irlandés. Cada vez más a menudo, incluso, decía que estaría bien que tuviéramos hijos más o menos al mismo tiempo. Que le haría mucha ilusión. Alegrando todavía más la cara de bonachón que lucía desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde, arqueaba las cejas y decía:

-Además, así los críos serán amigos desde el primer día de sus vidas.

Ése era el tipo de relación feliz que quería que tuviéramos. Dani, llamémosle Dani y olvidémonos del asunto de una puta vez, creía que esa clase de mierda light, biberones sincronizados y fotos de picnics periféricos con ciudad al fondo, era lo que nos convenía. A él y a mí, como si nos pareciéramos en algo.

Un sábado por la mañana sonó el telefonillo. Clara aún dormía. Yo estaba en la cocina, esperando en pijama a que el café hirviera. Supuse que sería un repartidor de publicidad, así que contesté:

-Tienes el buzón de propaganda ahí mismo, chaval, junto a los timbres.

Pero la respuesta no fue el Vale esperado. La voz electrónica de Dani, que me sonó mucho más risueña, aguda y ridícula de lo habitual, resonó en cada rincón de nuestra pequeña casa cuando dijo Soy yo, Dani, tu compañero. Y me sobresalté como si sus palabras encerraran una oscura premonición. Casi al instante, sin embargo, la impresión dejó paso al enfado. Supongo que balbuceé algunas sílabas inconexas con los labios pegados al micrófono, porque el pesado me interrumpió:

-¿Qué dices? No te entiendo.

Y siguió hablando sin darme tiempo a decir nada. Su discurso de siempre:

-Va, poneos algo y bajad. Hemos hecho comida de sobra. Y llevamos un montón de cervezas.

Debí haberle dicho que ya teníamos planes. Que se me estaba quemando el café. Haber improvisado cualquier pretexto. O, simplemente, haberle dicho que se largara. Haberle mandado a la mierda. El lunes más, tío, ahora déjanos en paz. Pero no lo hice. A través del hueco de la puerta de la cocina, vi que Clara se había levantado. Estaba en el balcón, mirando hacia la calle y saludando a alguien con la mano. Luego se giró hacia mí. Sonreía, y supe que no había nada que hacer. Dejé el aparato colgando del cable en espiral, con la vocecilla de Dani martilleando al otro lado, y fui a vestirme.

Mi compañero tenía un Hyundai Tucson bastante cómodo. Al menos, permitía que los cuatro viajáramos rumbo a algún paraje semisilvestre sin que la distancia entre cada uno de nosotros nunca fuera menor de medio metro. Durante el trayecto, claro, hablamos del trabajo. Dani y yo del nuestro, como si no nos lo supiéramos ya de memoria, y ellas de los suyos. Y hablamos de nuestras casas, de si estaban en buena zona y de que quizá algún proyecto de expansión urbanística las revalorizara pronto. Y del buen día que nos había salido. Que nos encantaría el sitio, dijeron Dani y su compañera. Puede que no lo hicieran al unísono ni empleando exactamente las mismas palabras, pero ambos repitieron unas cuantas veces:

-Ya veréis cómo os gusta…

-Solemos venir aquí casi todos los fines de semana…

-Y vosotros siempre estáis tan ocupados…

-Ya veréis cómo os encanta…

Hablamos y hablamos mientras el ambientador aroma-pino oscilaba en el retrovisor y yo miraba mis pantalones vaqueros, mis zapatillas deportivas, mi jersey de punto. Pensando que ni siquiera tenía ropa apropiada para ir de excursión.

Tras veinte kilómetros de autovía y tres o cuatro de carretera comarcal, el coche se detuvo a la entrada de una pequeña explanada surcada de huellas de neumáticos y rodeada de árboles. Nada más poner el suelo en la tierra parduzca, quedó claro que el ambientador del que acabábamos de librarnos no olía como los pinos que nos envolvían. Olía a productos químicos, a lejía y otras sustancias tóxicas. Y noté cómo el aire más o menos puro que soplaba en el exterior aliviaba la irritación de mis fosas nasales. En los márgenes del llano, a la sombra de los árboles, había algunos coches aparcados. Hasta había una autocaravana con un porche improvisado a base de telas traslucidas, bajo el que dormitaba un anciano al que las moscas parecían no molestar. A pesar de lo que Dani pretendía vendernos, resultaba evidente que aquel sitio no era precisamente un paraje reservado sólo a los senderistas más intrépidos.

El líder indiscutible de nuestra expedición comprobó si todos los pasadores de su todoterreno estaban bien cerrados, cargó con la nevera portátil y una mochila, y dijo:

-El río está sólo a diez minutos hacia el norte.

Señaló en determinada dirección, y dijo:

-¿Sabéis? No hay pueblos grandes río arriba. Aquí el agua aún baja limpia.

Y luego se rió y dijo:

-Y no os preocupéis: hemos traído bañadores para todos.

Me picaron varios insectos a lo largo de esos putos seiscientos segundos de camino. Arbustos, árboles, piedras, todos sucios, recubiertos del polvo levantado por los vehículos utilizados por los urbanitas para llegar hasta allí, purificarse un poco y deteriorar otro tanto el paisaje. Quizá me picaron porque hasta ellos, con sus microcerebros, se dieron cuenta de que yo no debía estar allí.

El río, en efecto, parecía limpio. La primavera acababa, empezaba a hacer calor. Sudaba. Los demás preparaban todo lo necesario para pasar unas cuantas horas viendo discurrir las aguas y oyendo conversaciones propias y de los otros excursionistas que había desperdigados por el lugar. Y a mí, fugazmente, me pasó por la mente la idea de sumergirme en el río. De pasarme el día entero en el agua, intervenir lo mínimo en la preparación de la comida, en las charlas, en las bromas. Apartarme de toda esa mierda. Me acerqué a la orilla y me subí a una piedra. Realmente, me apetecía darme un largísimo baño. Pero enseguida pensé que el hecho de pedirle a Dani que me dejara ese bañador sería un triunfo para él. Así que preferí la opción de torrarme al sol mientras ellos se lo pasaban bien, impacientándome progresivamente, esperando a que aquello acabara. Me imaginé a mí mismo en el trabajo, el lunes siguiente, diciéndole a Dani que jamás volviera a aparecer así en mi casa. Que la próxima vez le partiría la cabeza. Y él arrinconado, cada vez más encogido detrás de su mesa, pidiéndome disculpas sin saber por qué. Me gustaba lo que veía en mi imaginación. Hasta que una palmadita en la espalda me sacó de mis sueños. Dani me rodeó los hombros con su brazo y con el otro me tendió una cerveza. La acepté. Y me dirigí con él hacia la mesa de camping en la que nos esperaban Clara y su mujer.

Las horas pasaron. No comí nada, pero perdí las cuentas de las cervezas que bebí. A lo mejor por eso, cuando mi compañero de oficina cogió la mano de aquella mujer, cómo coño se llamara, y dijo que íbamos a ser los primeros en saber que iban a tener un hijo, no supe hacer nada más que abrir otra lata y evitar cruzar mis ojos con los de Clara. Además, no necesitaba hacerlo. Sabía que ella estaría clavándome la mirada con esa cara que siempre acababa poniendo cuando hablábamos del tema. Y sabía que dentro de unos segundos, tras felicitar a nuestros jodidos anfitriones, se levantaría con cualquier excusa, se alejaría un poco y empezaría a llorar bajito.  Preferí no verlo. Eran ya demasiadas veces de las mismas palabras, el mismo enfrentamiento sin solución. Sin paciencia.

Y fui yo el que se alejó primero. Caminé a lo largo del río, bajo un cielo de un azul perfecto, en medio de un ambiente casi veraniego, entre lejanas voces de niños alegres. Caminé hasta que, en un bancal que se levantaba a escasos metros del agua, vi a un hombre que asestaba hachazos a un tocón que se alzaba en el centro de su huerto. El hombre me vio al mismo tiempo que yo a él. Se quedó plantado con los brazos en jarras, mirándome directamente. Luego se secó el sudor de la frente con el antebrazo y me hizo señas para que me acercara. Cuando estuve junto a él, me tendió la mano y yo se la estreché. Y señalando con la cabeza los restos de aquel árbol impertinente, me dijo:

-¿Podrías ayudarme a arrancarlo? Yo ya estoy viejo… Me duele la espalda.

Me gustó que me tuteara. Así que le respondí:

-Claro. Pero nunca he hecho esto antes.

-Tranquilo, es fácil. Levanta el hacha por encima de la cabeza y déjala caer con todas tus fuerzas.

Eso fue lo que hice. Una y otra vez, sin importarme que alguna esquirla de madera me sacara un ojo. Unos minutos más tarde, el cadáver del árbol reposaba horizontalmente entre el hombre y yo. Me quedé un rato mirando los gusanos blancos, asquerosos que se removían entre las raíces desnudas.

El hombre del hacha dijo:

-Gracias.

Y yo contesté:

-De nada.

Volví la vista hacia el lugar de nuestro picnic. Ya no había nada allí. Ni la mesa, ni la nevera portátil, ni las bolsas de basura donde habíamos ido depositando las latas vacías de cerveza. Ya no quedaba allí nada ni nadie. Me despedí del hombre y eché a andar hacia la carretera. Tal vez él haya conseguido continuar con su vida.

18
Feb
08

Necronomicón

Entré en aquella librería sin ningún motivo en especial. Había pasado por allí casi a diario durante años, pero jamás había reparado en la pequeña tienda. Era un bajo sin reclamo alguno. Ni un cartel luminoso, ni un simple toldo. Nada en la fachada anunciaba lo que se vendía dentro. Y en el modesto escaparate, sólo un par de libros sobre una tela de terciopelo rojo. Dos libros grandes y antiguos, y con sus títulos escritos en latín. Eso era todo. Pero, ya digo, entré. Probablemente habría entrado en cualquier establecimiento en el que hubiera podido curiosear un rato, distraerme. Una ferretería, un centro comercial, un concesionario de coches. Por qué no una librería… No tenía nada mejor que hacer. Me habían echado del trabajo tan sólo media hora antes, y me negaba a meterme en un bar y gastar en alcohol mi poco dinero. Era probable que cayera en esa tentación más pronto que tarde. Pero, por el momento, aún me sentía más indignado que abatido. Tampoco me apetecía volver al hostal en el que vivía desde que Eva me dejara, tres semanas antes. Así que, tras fumarme unos cuantos cigarros a la puerta del edificio donde había estado mi empleo, me puse a andar sin dirección determinada. Pensando. Intentando recomponer mi propio caos. Hasta que me detuve frente al escaparate de la librería y me acerqué al cristal, atraído por su sobriedad, por la tranquilidad que desprendía. Permanecí un rato allí plantado, viendo caer la noche en el reflejo del cristal, viendo pasar la ciudad a mi espalda, con sus miles de luces eléctricas y sus miles de vidas, todas rumbo a algún lugar. Mirando mi propio reflejo paralizado, más del revés que nunca. Y entré en la tienducha. Sin ningún motivo en especial. Supongo que porque no tenía nada mejor que hacer.

Algo, una campanilla o un atrapasueños, qué más da lo que fuera, tintineó sobre mi cabeza en cuanto empujé la puerta. No levanté la mirada para ver lo que era exactamente. Todos mis sentidos se concentraron en respirar hondo y absorber la mayor cantidad posible de la atmósfera que me daba la bienvenida a la tienda. Era agradable, como una caricia aérea y silenciosa cargada de olor a cuero, papel rancio y dulzones pegamentos naturales. Era, al menos, muy diferente al ambiente de la calle, del trabajo, de la habitación de la pensión. Al asqueroso ambiente que se estaba instalando en mi vida progresivamente. Quizá por eso me sentí mejor nada más inhalar aquella mezcla de aromas, rodeado de tanta quietud, y empecé a avanzar por el pequeño local. Tenía planta rectangular. A excepción de la del fondo, donde vi un mostrador de madera oscura y una portilla, que supuse daría a un almacén, las paredes estaban revestidas de estantes llenos de libros. Desde el suelo hasta el techo. De mil colores y tamaños, pero todos ellos de otra época. Otra estantería, quizá medio metro más baja que las demás pero igualmente repleta de volúmenes con cubiertas de piel, se extendía a lo largo de la tienda desde la entrada hasta el mostrador, partiendo la estancia en dos.

Nunca he sido un gran lector, pero me costó unos diez minutos recorrer los escasos cinco metros que mediría la parte larga de la sala. Aquellos libros tenían algo que conseguía que me olvidara de la decadencia en que estaba cayendo de un tiempo a esta parte. Los miraba con detenimiento, y cogía y hojeaba aquéllos que me llamaban especialmente la atención por la razón que fuera. Por un momento me sorprendí a mí mismo reprendiéndome por perder el tiempo examinando un viejo tratado sobre anatomía escrito en un idioma del que no entendía una palabra. Joder, me dije, debería estar ahí fuera intentando poner solución a toda esta mierda. Pero la sensatez se esfumó tan rápido como había venido. Y continué con mi lento paseo entre esas paredes de papel.

Llegué al extremo opuesto de la tienda. Vi de cerca el mostrador y confirmé que no había nadie tras él. Tampoco se oía ningún ruido procedente del probable almacén que hubiera al otro lado de la pequeña portezuela. Supuse que el librero habría salido un momento a hacer cualquier cosa y, contento de no tener que hablar siquiera con el dependiente, doblé el armario central para proseguir la inspección de aquel ordenado universo, aquel reducto de serenidad y silencio aparentemente tan lejano, tan a salvo de la basura que me acechaba en el mundo exterior.

Recuerdo que sostenía un grueso volumen sobre la Paranoia, fechado en 1858, cuando oí sonar la campanilla de la entrada. Eché un vistazo por el estrecho hueco que quedaba sobre los libros del anaquel que se extendía justo delante de mi cara, pero no podía ver la puerta desde donde me encontraba. Y volví a mi insospechada lectura, escrita probablemente en alemán u holandés y llena de radiantes ilustraciones del cerebro y la espina dorsal. Sin embargo, los cadenciosos pasos de quien acababa de entrar en la librería no me permitían concentrarme. Ahora me doy cuenta de que, sin ningún motivo objetivo para ello, aquellas pisadas me inquietaron desde la primera vez que resonaron en la tienda. Como si, de algún modo, estuviera seguro de que quien había entrado no era el librero. Ni un cliente normal. Ni alguien como yo, que sólo pretendía esconderse un rato. Como si hubiera en aquel lento zapateo un eco demasiado sigiloso, una dosis de traición latente que debió haberme puesto en guardia. Aunque puede ser que todas estas conclusiones sean fruto única y exclusivamente de mi imaginación podrida. De las mil vueltas que le he dado a lo que hace ya casi medio año pasó en aquella maldita librería sin nombre ni propietario. Puede ser que nada en los pasos del tipo que acabó apareciendo por el recodo de la estantería resultara especialmente sospechoso. No sé qué me inquieta más.

Era un hombre joven. De hecho, más bien era un chico. Vestido de traje oscuro y con unos zapatos negros relucientes. Recorrió el trecho de pasillo que le separaba de mí, mirando los estantes sin demasiada atención, hasta que se detuvo a mi lado. Entonces me di cuenta de su extrema delgadez. El traje le quedaba grande por todas partes, sus pómulos sobresalían desagradablemente de su cara, de una palidez cetrina. Y un ligero temblor lo sacudía de pies a cabeza. Con todo, me miró con ojos firmes. Firmes y oscurísimos. Y me habló con la misma seguridad. Dijo que estaba buscando el Necronomicón. Que si podía hacer el favor de ayudarle a localizarlo. Tal vez debí contestarle que yo no era el dependiente. Decirle, simplemente, que no sabía indicarle dónde encontrar ese libro. Pero no fue eso lo que salió de mi boca. Y le respondí lo que hasta alguien como yo sabía: que el Necronomicón no existía, que era un texto imaginario citado recurrente por Lovecraft en su producción, a modo de supuesta génesis de sus mitos y leyendas. El chico extraño se mostró repentinamente molesto. Dijo que no estaba de acuerdo conmigo, que sabía a ciencia cierta que la obra en cuestión existía realmente porque él mismo la había tenido incontables veces en sus manos en esa misma tienda y en muchas otras. Y se alejó por el pasillo, temblando a cada paso y mirándome más a mí que a los estantes donde se suponía que iba a encontrar el Libro de los Muertos. Sin dejar de mirarme de reojo, asió una escalerilla de pared que caía desde la cima de una de las estanterías y subió casi hasta arriba.

Tal vez debería haber salido del local. Alejarme de aquel loco, cuya hostilidad era creciente; podía oír cómo me maldecía bajito desde lo alto de la escalera, dos o tres metros por encima de mi cabeza, mientras rebuscaba ruidosamente entre una fila de libros pequeños y de tapas negras. Sin embargo, no quería reintegrarme al mundo gris sin llevarme conmigo alguna de las preciosas antigüedades de tinta, piel y papel que me tanta calma me habían proporcionado. Concreta y absurdamente, estaba empeñado en comprar el compendio sobre la Paranoia que había estado mirando hasta la interrupción de aquel idiota. Así que saqué la cartera del bolsillo y me acerqué al mostrador, como si con ese gesto fuera a anticipar el regreso del librero, que ya estaba tardando demasiado.

Al cabo de un par de minutos, el chico exclamó algo así como Lo he encontrado, aquí está, y se echó a reír de la manera más siniestra que jamás había escuchado. Que jamás escucharé, estoy seguro. Se rió mientras bajaba de la escalera, mientras avanzaba despacio hacia mí por el pasillo y mientras me enseñaba el libro. En efecto, eso decía el título que había impreso en letras rojas en la cubierta: Necronomicón (El Libro de Los Muertos). ¿Lo ve?, me soltó, acercando su cara demacrada hasta casi rozarme la nariz, Éste es el libro del que le hablaba. No me preocupé de comprobar si aquel volumen era lo que yo suponía, nada más que un texto explicatorio de la obra de Lovecraft o alguna novela barata inspirada en ese libro irreal. Estaba realmente asustado y, ahora sí, quería salir de allí con o sin el libro que había decidido comprar. Me daba miedo que aquel demente me sacudiera con su maldito Necronomicón, o me apuñalara, o me robara el poco dinero que tenía en la cartera. Supongo que por eso la aferré con fuerza. Y el chico percibió mi gesto. Sin separarse un centímetro de mí, esbozó una media sonrisa y me dijo Tranquilo, no voy a robarle su dinero. Y luego dijo Me basta con que me diga cómo se llama su hijo. Y luego añadió Y no me diga que no tiene hijos; lleva una foto de su niño en la cartera. Claro que me estremecí al preguntarme cómo podía saber eso, pero un nombre me pareció un precio razonable que pagarle a un tipo que me estaba aterrorizando más y más a cada segundo. Así que lo dije. Dije Guillermo. Y él abrió el pequeño librito imposible y, tras sacar una vieja pluma del bolsillo interior de su chaqueta, escribió el nombre de mi hijo en una de sus páginas, al final de una columna en la que podían leerse otros nombres comunes. Lo escribió con lentitud, con la misma lentitud con la que se movía para andar. Lo vi escribir cada una de las nuevas letras que componían el nombre de mi hijo, y lo vi rematarlo con un punto final oscuro y redondo y denso. Y estoy casi seguro de que en ese preciso instante, una oleada de calor y color invadió su interior. Dejó de temblar y, como si todos sus vasos capilares se hubieran abierto bajo su piel, un rubor le pinto los labios y borró sus ojeras. Y, sin decir adiós, dio media vuelta, llegó hasta la escalerilla, la subió con más agilidad que la primera vez, dejó el librito, desanduvo los peldaños y, dirigiéndose hacia la puerta, la estantería lo ocultó a mi vista. No me atreví a moverme hasta el clinc-clinc que oí inmediatamente después.

Cuando calculé que ya no había riesgo de tropezarme con él en las inmediaciones, dejé el tratado de Paranoia sobre el mostrador y salí de la librería.

Y eso y sólo eso es lo que sucedió en la tienda. Casualidad, maldición… no lo sé. Lo único que sé es que no puedo contárselo a nadie. Porque cinco minutos después, caminando aún inquieto hacia la pensión, recibí una llamada en mi móvil. Era Eva, y decía Ven ya, ven, ven ya… a Guille le pasa algo… Dios, creo que no respira. Decía algo así, el tono es fácil de imaginar.

Y, claro, no puedo contárselo a nadie.

14
Feb
08

Vietnam

La Señora Gutiérrez acaba de cumplir setenta años. Naturalmente, si surge el tema ella dirá que tiene unos cuantos menos. Es una de esas mujeres mayores enjutas, cuya buena vida les permitió un buen día deshacerse de la grasa que un mal día empezó a acumularse en sus caderas, y conservan así cierta movilidad natural en sus articulaciones, cosa que aprovechan para ir a la peluquería cada dos días y tintarse el pelo de colores deslumbrantes. Cuando se va de compras, entrega a la dependienta de turno nada más que la tarjeta de crédito. Sólo si se lo exigen, lo cual ocurre muy esporádicamente pues de la Señora Gutiérrez únicamente se puede sospechar que está forrada, presenta también su carné de identidad. Y siempre coloca el dedo de tal forma que tape la fecha de nacimiento.

Yo sé que Dolores, ése es su nombre de pila, tiene setenta años porque hace ya diez que soy el portero del lujoso edificio en el que ocupa un ático-dúplex, y, claro, en este trabajo uno acaba enterándose de todo. Lo de su edad me lo dijo, hace ya tiempo, el tipo de su seguro de vida. Creo que también le lleva sus fondos fiduciarios. Se llama Camilo y tiene esa pinta de… de trabajador de seguros. Es como una nubecilla gris. Pelo canoso, corbata fina y oscura, calcetines de color blanco, o beige, o gris, todo ello envuelto en la bruma indescriptible de un traje de alpaca. Tras unos cuantos encuentros en el vestíbulo, hablando de pólizas, del dinero de sus clientes, de sus yates y sus clubes de golf, de esto y de aquello, le pregunté por la Señora Gutiérrez. No lo hice por nada en especial; supongo que, simplemente, me vi obligado a rellenar un silencio en la conversación. Él me habló de Dolores, él la llamaba Dolores, en un tono que al principio me pareció cariñoso y luego definitivamente cínico. No empleó palabras malsonantes ni ninguna expresión que pudiera resultarle comprometedora en caso de que a mí me diera por relatar por ahí nuestra charla, pero se cercioró de mencionar dos veces la edad de su Dolores, y me comentó, bajando aún más la voz, que desde la muerte de Trufa, su caniche enano de un millón de las antiguas pesetas, los años se le habían echado encima. Era del todo evidente que aquel hombrecillo bajito, físicamente anodino y de aspecto inofensivo detestaba a la Señora Gutiérrez y, muy probablemente, a todos sus demás clientes.

Camilo continúa pasando por aquí cada dos meses, pero ya no se muestra tan hablador conmigo. Imagino que ha leído en mi cara que sus historias de viejas no me interesan. En ocasiones, incluso, me parece notar que se avergüenza de lo patético que se mostró en aquellas conversaciones, hace ya varios años. Sigue siendo una nubecilla gris, y se pone muy tenso si la Señora Gutiérrez, él y yo coincidimos en la recepción.

Me acuerdo muy bien de Trufa. Siempre se meaba en el macetero de la entrada. También tenía la costumbre de olisquearme los zapatos y deshilacharme los cordones. La dueña lo justificaba diciéndome que el pobrecito me tenía cariño. Se refería a lo de los zapatos. Lo de mearse en el portal se debía, según ella, a que Trufa era un bromista empedernido y tan inteligente, que se había dado cuenta de la manera de jugar conmigo. ¿Verdad que sí?, Trufita, le decía la Señora Gutiérrez a su perro de peluquería, y ambos sacaban sus lenguas y se lamían mutuamente los morros. Yo contemplaba el espectáculo intentando poner la mejor de mis caras, mascullaba un jeje e iba a por la fregona preguntándome si el perro era realmente el mejor amigo del hombre.

Lo cierto es que Camilo tenía razón al decir que la desaparición del caniche supuso un golpe muy fuerte para Dolores. No me atrevería a decir, como él, que su edad real afloró sobre su imagen plastificada, que el dolor le descolgó los liftings, que el verdadero color de su pelo atravesó la capa de tinte rubio platino, pero, sin duda, es cierto: porque aquellos días los ojos de la Señora Gutiérrez parecían más los de un muerto que los de un vivo. Fueron tiempos muy duros para ella. Más duros si cabe que los que vivió cuando murió su marido, Don Gerardo, del cual no tengo demasiados recuerdos ni, por tanto, gran cosa que contar, pues falleció a las pocas semanas de mi llegada al edificio. No negaré que la Señora Gutiérrez llorara por él, pero tampoco puedo discutir que pareciera más preocupada por la magnificencia de las coronas, por la pulcritud del coche fúnebre y por la elegancia de su traje, zapatos y velo para el funeral, que afligida por la pérdida de un ser querido.

Don Gerardo y Dolores, el Señor Padre y la Señora Madre, habían procreado tiempo atrás: Andrés, un hijo perfecto, pues con el paso de los años llegó a ser lo que estaba escrito en su acta de nacimiento: el único heredero de un nuevo rico de la construcción. En cuanto murió su padre y benefactor, hizo exactamente lo que se suponía que debía hacer, es decir, asumió el mando de la empresa familiar, convertida ya en multinacional, nombró un consejo de administración de su entera confianza, colocando a algunos de sus amigos de carrera y manteniendo en el cargo a viejos amigos de toda la vida de su padre, tal y como éste le había aleccionado para que hiciera una vez llegara el momento, y se marchó a dar la vuelta al mundo; convenientemente provisto, eso sí, de un móvil de los que por aquel entonces eran de última generación, para estar en cualquier momento localizable y permanecer informado, en caso de que él lo considerara conveniente, de la marcha del negocio. A día de hoy, diez años después, Andrés Gutiérrez sigue de viaje de placer y tiene casa en Miami y Dubrovnik. Por aquí sólo se le ve en navidad, cada año con una acompañante distinta. Mejor. Mejor que venga poco: me cuesta mucho tratarle de usted, y no sólo porque tenga mi edad.

Esta mañana le tengo que ayudar a transportar el arsenal de regalos que trae para su madre, todos perfectamente empaquetados, como si Andrés tuviera contratada a una persona para realizar especialmente esta labor, dos dedos de dobladillo rectísimo a cada lado, todos con el mismo tipo de papel muy suave y con la misma cinta dorada rematada en forma de flor en el mismísimo centro de cada paquete, todos sin abombamientos, sin pliegues innecesarios, sin trozos visibles de celo, todos tan tersos que se podría dudar si los regalos están en el interior de las cajas o son precisamente los envoltorios lo que constituye por méritos propios la maravilla que este año la Señora Gutiérrez va a recibir de su hijo.

En el ascensor huele a frutas silvestres. Es la novia. Lo percibo desde mi rincón. No sé si su champú o su perfume, pero es algún potingue que usa ella, rubia, alta, con mirada de tonta y un buen par de tetas. Igual que la anterior y la anterior y la anterior… Pero hay otro olor menos agradable en el ascensor. Andrés me ha cargado con todos los bultos menos uno. Una caja cuadrada y de cierto tamaño, también meticulosamente empaquetada, en cuya parte superior se ha practicado una serie de agujeros del diámetro de monedas. El Señor Hijo lo sostiene con cuidado y, de vez en cuando, echa un ojo al interior mientras mete el índice por otra abertura. Entonces la caja se agita y se oyen débiles gruñidos y el ruido de dientes o patas arañando el cartón. El sustituto de Trufa, pienso. El sustituto de Trufa, dice Andrés casi al mismo tiempo, guiñándome un ojo y sonriéndome sin disimular una buena dosis de sorna. Meados, cagadas, babas en los cordones. Para mí, eso es el regalo que Andrés, ahora Don Andrés, le trae a su madre.

Lo malo de la señora Gutiérrez es que siempre sonríe. Sonríe a su hijo y a su novia en cuanto abre la puerta, mostrando dos filas de dientes que parecen demasiado grandes en una cara tan chupada. Y también me sonríe a mí. Yo le devuelvo la sonrisa como puedo desde detrás de los paquetes que me cubren hasta las cejas y los chorros de sudor que me resbalan por ellas, y digo Con permiso.

Deposito los bártulos en una mesa de estilo victoriano sobre la que hay abierto un ejemplar de Casa & Jardín. La terraza del ático tiene ciento cincuenta metros cuadrados y está llena de plantas de toda clase. Hasta hay palmeras no muy grandes. Hasta hay plantas carnívoras. Las vi un día que la Señora Gutiérrez tuvo una fuga en el sistema de riego y me llamó para que subiera a echarle una mano. Ahora, secándome las sienes con el pañuelo rojo y azul que forma parte de mi uniforme, sólo alcanzo a ver una pequeña parte de la jungla en miniatura que se extiende al otro lado del gran ventanal del salón, y me sorprendo deseando que estuviera abierto, que me llegara el olor a tierra húmeda y tapara el aroma a frutas silvestres, el hedor a animal encerrado y el tufo a vejez tapizada de cosmética que se arremolinan en mi nariz.

Me imagino abriéndome paso a machetazos entre una espesura de color verde esmeralda en cuya atmósfera zumban miles de insectos.

La Señora Gutiérrez me saca de mis pensamientos para ofrecerme una tónica. No me gusta la tónica, pero es lo que siempre me ofrece cuando por alguna razón tengo que pasar más de un minuto en su casa. Ellos descorchan una botella de vino. Me pide que espere un momento a que abra los regalos y luego le haga el favor de llevarme los paquetes y tirarlos a la basura. Me lo pide con una sonrisa excesiva. Asiento con la cabeza mientras bebo un trago amargo.

Las cajas van abriéndose y liberando objetos sorprendentes.

Una alfombra de aspecto oriental. Un jarrón de más de medio metro de altura. Un palo de ésos que, al moverlos, simulan el sonido de la lluvia.

Y yo vuelvo a verme en medio de una selva ya sin mosquitos porque está lloviendo a cántaros. Tanto, que me hundo en el barro hasta las rodillas. Tanto, que miro hacia el cielo y saco la lengua: el agua dulce me llena la boca, me limpia el mal sabor.

La Señora Gutiérrez sigue destripando cajas.

Sus manos huesudas sostienen un chal negro de seda con flores bordadas en rojo. Made in India. Y Dolores sonríe.

Un pequeño telescopio dorado.

Y sonríe.

Un billete en business-class para Tokio.

Y sonríe.

Una cubertería de plata para el picnic de primavera en el club de campo.

Y sonríe.

Y muchos más prodigios de la civilización occidental. Y muchos más dientes grotescos.

Yo apuro la tónica y un escalofrío me eriza el pelo de la nuca. Ellos parecen estar pasándolo muy bien. Se han besado tras cada regalo. Han exclamado Jajaja, Muchas gracias, Te queremos, Feliz Navidad, Os quiero y otras palabras por el estilo.

Pero todavía falta lo mejor.

Andrés, Don Andrés, el Señor Hijo coge la caja agujereada y se la alarga a su madre. La rubia dice Andrés me ha contado cuánto querías a Trufa; espero que te guste: lo elegí yo. Oír el nombre del caniche y temblarle las pupilas es lo mismo para la Señora Gutiérrez. Pero no deja de sonreír un solo instante mientras el rímel azul eléctrico se licua en sus afiladas mejillas, mientras deshace el envoltorio con manos trémulas, mientras su voz entrecortada pronuncia ¿Un caniche? ¡Ay! ¿Un caniche? Dime que me has traído un caniche enano.

Nadie le contesta. Hijo y rubia se limitan a mirar a Dolores y mirarse complacidos por tanta emoción y como expectantes ante lo que va a ser una sorpresa aún mayor. Yo me limito a intentar no sudar. No puedo parar. Me asusta que la reencarnación del Trufa salga de un salto de la caja y se mee en mis zapatos. Me espanta lo que mi cerebro imagina que sucedería después.

Quiero volver a la selva, pero no consigo concentrarme.

Mi vista está clavada en la cubertería de picnic.

Me repito mentalmente Estás a la orilla del… Amazonas, por ejemplo, sentado bajo… una palmera, por ejemplo. Estás en un sitio mejor.

Pero no veo esas imágenes. Lo único que se perfila y afila en mi cabeza es la silueta plateada del cuchillo para la mantequilla y/o la mermelada.

Entonces, por fin, la caja se abre y la Señora Gutiérrez exclama ¿Qué es esto?

La rubia se acerca y saca la maravilla. Es una bola de grasa y pelo corto, un animal pequeño y feo y oscuro que, desde luego, no tiene nada que ver con un caniche enano. Hijo y rubia dicen a la vez Es un cerdo vietnamita. Y se ríen. Y añaden Es la última moda en mascotas: en la Quinta Avenida se ven a decenas; aquí tú serás una pionera. Y Andrés se saca del bolsillo una correa terminada en un collar de diamantes, de imitación o no, da igual.

La Señora Gutiérrez duda durante unos segundos.

Hijo y rubia le explican que los cerdos vietnamitas son animales muy limpios y muy cariñosos, y que éste en concreto les ha costado una buena suma, pues no ha sido criado en ninguna granja occidental, sino que procede directamente de Vietnam.

La Señora Gutiérrez parece complacida y decide llevar a cabo la prueba definitiva: coge al cerdo y lo sostiene delante de su cara, le dice frases cariñosas, las mismas frases y en el mismo tono con que se habla a los bebés.

Yo deseo con todas maneras que no, que no ocurra.

Son momentos de tensión. Para bien o para mal.

Finalmente, el cerdito saca la lengua y lame el carmín rancio que usa la Señora Gutiérrez. Los tres humanos que me acompañan se ponen muy contentos y gritan y dan palmas, emocionados.

Y después todo sucede muy rápido.

Movido por un asco imposible de describir, rescato al animal de las zarpas de la vieja. Golpeo a su hijo con el flamante jarrón. Cae al suelo envuelto en sangre y en añicos de porcelana. Con el palo de lluvia le machaco el cráneo con quince o veinte golpes precisos que le asesto en menos de cinco segundos. Cuando acabo con él, compruebo que las mujeres siguen en el mismo metro cuadrado que cada una de ellas ocupaba antes de presenciar el asesinato. No parpadean. No hacen nada. Ni siquiera se han puesto a gritar. Únicamente cuando me acerco a la rubia, se pone a gemir en un tono muy grave, encorvándose, cubriéndose la cabeza con las manos. Noto que tengo algo frío en la mía. Es el cuchillo para untar. Reluce. El filo refleja mis ojos, porque son mis ojos, pero parecen distintos. Ajenos. Se lo clavo varias veces a la chica, en el pecho, en el cuello. Desde tan cerca, su perfume silvestre no me resulta tan agradable. Con total frialdad, pienso que tal vez se haya cagado, o tal vez se deba a que la he oído hablar y ha dejado de ser algo atractivo de mirar para convertirse en la falsa y bonita fachada de un edificio interiormente en ruinas. Y como un edificio en ruinas al que le ha llegado la hora de ser demolido, se tambalea un poco antes de desplomarse, en tal posición que se pringa de sangre por completo y deja de ser rubia. Y el cuchillo ya no reluce. En cambio, mancha. Como mi ropa y mi nariz. Como todo yo: mancha humana.

Y ya sólo falta la Señora Gutiérrez.

La anciana plastificada de eterna sonrisa.

Y sí, ahora también sonríe. Casi de la misma manera que me ha sonreído desde hace diez años, para requerir mis servicios ante cualquier avería en su casa, para usarme como divertimento de su perro, para pedirme que le llamara a un taxi, para darme los buenos días o las buenas noches…

Casi de la misma manera, revelando el cinismo de todas las sonrisas anteriores.

Casi de la misma manera, porque ahora los labios le tiemblan.

Definitivamente, lo malo de la Señora Gutiérrez es que sonríe; y ya no lo puedo soportar.

La agarro por la nuca mientras con el cuchillo voy rajando la mojama de sus mejillas, su barbilla y la piel de debajo de su nariz, estirada y rígida como un pergamino. Voy horadando más y más. La hoja se engancha a menudo entre sus dientes y se dobla. Pero al fin consigo extraer de una pieza toda su dentadura. Con lengua y todo. Con encías sangrantes. Sostengo el amasijo rojo y blanco en la mano y no siento ganas de vomitar. El pequeño cuerpo de la Señora Gutiérrez me mira sin verme, tendido sobre una alfombra carísima, boca arriba. Pero sin boca. Me gusta más así.

Y no siento ganas de vomitar.

Y me siento bien.

Tan bien que cojo al cerdo y salgo con él bajo el brazo a la terraza-jardín-selva.

Es mediodía del día de navidad. Si me asomara a la barandilla vería hordas de gente saliendo y entrando de todos los portales, yendo o viniendo a comer, todos cargados de regalos. Quizá alguno de ellos con un cerdo vietnamita envuelto en papel de regalo.

Por eso no me asomo.

Por eso me tumbo a descansar entre las plantas carnívoras y meto los dedos entre sus fauces, para que se estimulen con la sangre y me muerdan y me hagan daño y me hagan sentir vivo. Para que no me sonrían como si me hicieran un favor.

Charlie, nada de Trufa 2, se frota contra un tronco.

Sé que si pudiera hablar me agradecería haberle librado de lo que le esperaba. En lugar de eso, mordisquea los despojos bucales de la Señora Gutiérrez, mientras me mira moviendo alegremente la cola.

Moviéndola como la movería un cerdo en el claro de un bosque de Vietnam.

Antes de ser domesticado.

 

12
Feb
08

hermanos de sangre

Para mí no resulta especialmente agradable ni me hace sentir orgulloso, pero, ya sabéis, es lo que tiene ser el hermano mayor, debes cuidar de tu hermanita, llevarla y traerla, alimentarla y peinarle su largo e increíblemente suave pelo rubio, vamos, estar pendiente de que no le pase nada malo.

El autobús de la escuela la deja en la esquina a las cinco de la tarde, sólo a unos pocos metros de casa, a dos minutos o menos, un camino asequible incluso para una niña de poco más de diez años, sí, pero yo la espero allí siempre. No falto ni un día, da igual lo que tenga que dejar de hacer por ello. La espero sentado en el único banco que hay en el jardín mustio de este barrio aburrido y, por tanto, repleto de cagadas de mascotas y de gente que no para de hablar y de hablar. Las otras personas que van a recoger a sus niños, casi todas madres, saben que ése es mi banco; nunca me quitan el sitio. Forman corrillos más o menos numerosos y se ponen a hablar de sus cosas. Nosotros somos una de sus cosas. A menudo alguna señora me mira de reojo y comenta algo con las demás, acercando su cabeza teñida a las otras, también teñidas, cerrando el círculo, bajando la voz hasta convertirla en el inconfundible siseo de serpiente que se emite cuando se critica a alguien presente. No sé si hablan de mí o de mi hermana. Supongo que hablan de los dos, de nosotros, porque está claro que somos una de sus cosas preferidas. Nosotros y nuestra historia que nadie olvida, que todos se encargan de mantener viva y sangrante poniendo y quitando datos, retocándola para que sea todavía más espectacular cuando se la cuenten al vecino nuevo de turno. Por eso de vez en cuando algunos de sus niños lanzan huevos a nuestra ventana. Luego se van corriendo, riéndose e insultándonos. Me gritan Bicho raro, le gritan Pianista. Y regresan al calor de sus hogares normales. Me imagino a sus orgullosas madres normales diciéndoles lo que hay que decir en estos casos, que eso no se hace, pero recompensándoles esa misma noche y como el que no quiere la cosa con su comida favorita, con una galletita. Buen chico, buen perro.

Nuestra madre no es normal y tampoco cocina extraordinariamente bien, pero hace unas albóndigas riquísimas. Es uno de los primeros recuerdos que tengo: los jueves eran el día de las albóndigas. Nuestro padre, que por aquel entonces aún era sólo mi padre, volvía del trabajo y la cena estaba lista en la mesa. Una gran cazuela de albóndigas perfectamente esféricas, con canela y bañadas en una salsa marrón con tropezones de huevo y piñones. Me gustaba el aroma que desprendían. Hace tiempo que no lo huelo. Cenábamos los tres en la mesa de la cocina y me atrevería a jurar que se respiraba la típica felicidad de cuando la vida va más o menos bien y no hay nada de verdad preocupante acechando al día siguiente. Durante años, la noche del jueves fue así, tranquila y acogedora. Pero en algún momento debió de suceder algo, una de esas cosas que tarde o temprano les ocurren a todo el mundo, que sólo necesitan de tiempo y roce en exceso para producirse.

Mi hermana nació cuando yo tenía diecisiete años.

Nada fue culpa suya; las albóndigas se habían estropeado mucho antes.

Nuestra madre se asustó bastante. Puede que ya fuera demasiado mayor para sentirse madre. Yo diría que, sencillamente, no le apetecía nada tener otro hijo con mi padre, que noche sí noche también volvía a casa cuando ella y yo llevábamos ya un buen rato en la cama.

Tuvimos que estar encima de ella durante el embarazo. Hasta mi padre se preocupó un poco. La vigilábamos para que se cuidara. El médico que controló la gestación aseguraba que aquello era algo casi corriente entre las mujeres que se quedaban embarazadas cuando lo más lógico sería que empezaran a sentir los primeros síntomas de menopausia. Sin embargo, a mí se me hacía raro ver a mi madre tirarse premeditadamente y panza abajo por las escaleras de casa. Por las noches le atábamos las muñecas a los hierros del somier; se golpeaba el vientre dormida. Con todo, después del sexto mes se tranquilizó bastante. Las pastillas que tomaba no eran desde luego las más fuertes y eficaces, pero eran las únicas que podía ingerir sin dañar a la inminente Cloe. En fin, ya os digo, al final el doctor dio con la dosis apropiada y mamá volvió a parecerse a la de antes, cosa que aprovechó mi padre para volver a sus andadas, a pasar poco por casa y a gastar buena parte del sueldo familiar en quién sabe qué y quién.

Cloe fue un bebé precioso; nació sana a pesar de todo, y nuestra madre no tardó en quererla como casi todas las madres quieren a sus hijos. Lo más probable es que nunca olvidara por completo lo que había intentado hacerle a su hija cuando ésta aún ni siquiera había nacido. Pero la terapia a la que asistía dos tardes por semana acabó por convencerla de que, al fin y al cabo, simplemente había atentado contra la vida de alguien que aún no existía, así que durante la primera fase de la vida de mi hermana, nuestra madre la trató con amor maternal. Hasta le daba el pecho; compaginado con suplementos artificiales, claro, pues, como se ha apuntado, mi madre ya era más que una mujer madura cuando se convirtió en nuestra madre. Hoy, viendo a Cloe jugar con sus muñecas con su torpeza habitual, sólo puedo decir que lo ha hecho bien, mucho mejor de lo que lo habría hecho cualquiera de ésos que nos despellejan. Sí, lo está haciendo muy bien. Es una preciosa niña de diez años, pero la gente suele quedarse sólo con su lado extraño, con lo que de ella da lugar al comentario susurrado, como si una cosa y otra fueran absolutamente incompatibles, como si su fantástica capacidad para seguir respirando después de haber pasado lo que pasó no fuera digna de consideración.

Y a mí me da ganas de matar a alguien. A todos.

Hablando de cadáveres, nuestro padre lleva varios años muerto. Se llamaba Lucas, y por este nombre lo conoce Cloe. En realidad, sabe muy poco de él. Me he ocupado personalmente de ello. Pero como 1. Nadie es perfecto y 2. Las cosas tienden al desastre, el otro día mi hermana encontró una vieja foto en el fondo del cajón que hay en la mesilla del teléfono. Se le cayó al suelo. Boca abajo, por supuesto, y no era capaz de darle la vuelta. Quizá esto le hizo sentirse impotente, torpe en exceso, o quizá la náusea sedada se despertó en su interior al contemplar aquellas dos caras, no lo sé, pero Cloe estaba llorando bajito cuando la descubrí acuclillada junto a la mesilla. No sé qué estaba buscando allí: ella nunca utiliza el teléfono. El hecho de que mi hermanita no tenga ni una verdadera amiga hace que esto sea menos penoso. El caso es que encontró la foto. Se veía a Lucas y a nuestra madre sentados en la arena muy amarilla de alguna playa, probablemente de la costa este, ambos aún objetivamente jóvenes, ambos sonriendo a pesar de los hombros enrojecidos por el sol. Yo estaba dentro de la prominente barriga de nuestra madre, cuyo nombre no importa. Cloe está medio ausente desde entonces. Supongo que su mente ha recordado cosas. Habrá atado cabos en la medida de sus posibilidades. Eso es algo de lo que no puedo protegerla mientras está en el colegio con sus asquerosos compañeros, que le cuentan la versión más cruel posible de lo que oyen a sus padres comentar en casa, que le preguntan burlones por qué no se apunta a la clase de piano y le lanzan a la cara pelotas o estuches para que ella haga el ridículo intentando despejarlos. Pero me duele en el alma y no puedo perdonarme que aquí mismo, después de todo el esfuerzo que los dos hemos invertido para lavar las manchas de aquella noche y convertir esta casa en un refugio impermeable a la mierda, en nuestra madriguera acorazada, mi niña haya tenido que encontrarse literalmente cara a cara con sus monstruos.

Siempre ha sido muy inteligente. Su pediatra lo detectó en seguida. Le sorprendió que la niña reaccionara tan pronto y de forma tan evidente a estímulos demasiado complejos para una criatura de nada más que meses. Letras, música. Al año ya hablaba de forma inequívoca. Era capaz de pedir con palabras lo que quería o necesitaba. Agua, comida, algún juguete. Y socorro. Por eso, dijo, hubo de amordazarla. Aunque imagino que en esos momentos Cloe tuvo que gritar y llorar como cualquier otro niño. De hecho, tras lo que sucedió esa noche, pasaron años hasta que volvió a utilizar sus cuerdas vocales. Lo hizo para emitir una especie de gruñido larguísimo, supongo que el eco interno del alarido que no pudo hacer oír a nadie durante aquel interminable par de horas encerrada en el cuartito de los trastos de limpieza. Dos horas eternas. Inextinguibles. Proyectadas hacia el futuro y encadenándolo sin remedio a un lugar muy negro del pasado. Ciento veinte minutos que nada podrá matar nunca, ni el amor más sublime ni el dolor más insoportable. Porque lo primero es muy improbable que le toque con su varita brillante y porque lo segundo simplemente no existe para un niño que ha visitado el infierno.

Tengo entendido que encontraron a Lucas colgando del techo del garaje de casa. En el suelo, junto al lógico charco de pis, había un cubo lleno de sus vómitos. Es lo que oí decir; yo no lo vi. Y me habría gustado. Creo que me haría bien tener otra imagen grotesca en mi particular galería de los horrores. La de alguien cuya tortura no me importara tanto como la de mi hermanita. Es una lástima… Poco antes del fin, nuestro padre -perdón, Lucas, joder- nos reunió en la cocina y nos anunció que iba a largarse, que sería lo mejor para todos y que, por supuesto, vendría a vernos a menudo porque siempre, siempre iba a querernos. A mí no me afectó la noticia. Y Cloe aún era demasiado pequeña para preocuparse, alegrarse o cualquier otra cosa… ni siquiera estaba cerca de celebrar su segundo cumpleaños. Nuestra madre fue la única a la que el golpe perturbó, pero lo disimiló muy bien. Debería haber estado más atento.

En el salón había un viejo piano de pared. Junto a la ventana. Desde el taburete de rosca se veía, al otro lado del seto que enmarcaba nuestro jardín, pedazos de las fachadas de las casas de enfrente y el camino de grava por el que antes entraba y salía el coche familiar, hasta que se convirtió en vehículo de uso exclusivo de Lucas. Eso era todo lo que hacía yo con el piano: sentarme ante él en los ratos de aburrimiento y aporrearlo sin sentido mientras miraba por la ventana. Luego llegó Cloe y, como por arte de magia, un buen día el mueble se convirtió en instrumento. Evidentemente, sus dedos eran tan cortos como los de las niñas de su edad y no podía tocar con gran destreza, pero la perfección en la ejecución era lo de menos: lo que estaba claro era que sólo sería cuestión de tiempo que mi hermana se convirtiera en una pianista notable, o, al menos, decente. La típica niña que ameniza las cenas de navidad interpretando lo mejor de los clásicos populares. Quién sabe, puede que hasta hubiera llegado a ser una virtuosa que viajara por el mundo dando recitales benéficos o remunerados. O no. Lo más probable es que esa supuesta superdotación de la que hablaba su pediatra hubiera terminado quedándose en nada más que un buen expediente académico. Un poco mejor que el que tiene ahora, con esa puñetera anotación en el párrafo destinado a Observaciones. Plástica: Exenta. En cualquier caso, entonces nadie se paraba a pensar en esto, en cómo podría haber sido la vida. Sencillamente era fantástico verla ahí sentada, tan pequeña y sonriente, con los pies balanceándose aún a mucha distancia del suelo y los ojos muy brillantes clavados en las teclas. Me asombra que todavía se siente en el taburete de vez en cuando, aunque ya no toque el piano. Igual hay cosas conectadas en su cerebro, porque ni siquiera lo mira. Es como si hubiera una frontera invisible entre el piano y ella y el horrible taburete tapizado fuera lo único que ambos pudieran compartir, para recordar viejos tiempos. A veces pienso que mi hermana y el mueble han llegado a una especie de acuerdo y se ignoran mutuamente de forma consciente. Porque él siempre mantiene cerrada la tapa del teclado, como para no ponerle a Cloe las cosas más difíciles, y ella procura darle la espalda en todo momento y aprieta los párpados cuando se produce un inoportuno cara a cara con el piano si en alguna ocasión, jugando consigo misma, se despista y empieza a dar vueltas sobre el asiento giratorio. Así que lo habitual es verla sentada junto a la ventana en ese asiento que es para ella el sitio más cercano al horror pero también el único lugar en el que se siente valiente porque le permite demostrar que aún se atrevería a meter la mano en la boca del lobo… verla sentada con la mirada perdida en algún lugar al otro lado del cristal de la ventana recubierto del pringue amarillento de los huevos y de algún que otro escupitajo lanzado por los chavales más valientes del vecindario.

Cuando dos que se han querido dejan de hacerlo, no es extraño que cada uno de ellos acabe odiando con especial intensidad, con rabia y asco, justo lo más sublime del otro. De joven, Lucas quiso ser pianista. Dicen que lo hacía bien, que tenía cualidades, los dedos apropiados. Pero dejó embarazada a mi madre y se casó con ella, y sustituyó las teclas del piano por las de una máquina de escribir en una oficina de tráfico. No es que me parezca una tragedia: conociéndolo, sé que al final habría desperdiciado su talento por cualquier otro motivo. No obstante, hay que reconocer que el hombre nunca dejó por completo de cultivar su afición. Como suelen hacer los fracasados, Lucas quiso perpetuarla inculcándosela a su primogénito, pero supongo que pronto se dio cuenta de que sería una pérdida de tiempo y dinero, porque no recuerdo que me apuntara a clases de solfeo ni nada por el estilo. En los años buenos, se limitó a sentarme en sus rodillas y conducir mis manos por el teclado. Con Cloe las cosas fueron diferentes desde el principio -tenía algo-, y supongo que Lucas vio en ella una segunda oportunidad que la naturaleza le ofrecía para acabar lo que había dejado a medias mucho antes. Mi hermana y su habilidad musical se convirtieron en la única razón para que de vez en cuando lográramos sumar cuatro en la misma habitación. No había una rutina en ello, no había horarios ni nada remotamente parecido a un compromiso, por supuesto. Lucas se dejaba caer por aquí cuando ninguno de sus asuntos personales se lo impedía, pero es innegable que existía un vínculo entre ambos que hacía muchísimos años que no se daba entre los tres habitantes más antiguos de la casa. Él le enseñaba sencillas melodías y a Cloe se la veía contenta, como si agradeciera de veras que alguien compartiera su lenguaje. Sí, podría decirse que estaban unidos, que se llevaban bien, incluso que se querían. Hasta sacó tiempo para comprarle un órgano electrónico más acorde con la longitud y fuerza de los deditos de mi hermana.

Nuestra madre preparó sus míticas albóndigas para la cena de despedida. Dijo que era algo así como un homenaje hacia nuestro pasado y que sería la última ocasión en que lo hiciera. Aquella noche la situación no parecía especialmente tensa. Puede que durante un instante sus ojos se licuaran, tal vez la locura se asomó a su rictus fugazmente, pero en general la atmósfera estaba tranquila. Lucas acudió con un libro de partituras para niños bajo el brazo. Tenía intención de empezar con la primera canción esa misma noche, pero Cloe ya estaba durmiendo. Así que cenamos los tres solos, como antes. Apuramos el puré de verduras y vimos cómo las manos de mamá temblaban mientras venía hacia la mesa con la fuente de albóndigas. Nos sirvió a los dos una ración generosa. Ella también se puso unas cuantas, pero ni las probó. Se quedó sentada mirando fijamente a Lucas, sin decir ni mu. En realidad, nadie habló demasiado durante la cena. Aquello era un mero trámite, se trataba de dar a nuestra madre y a su futura ex-mujer la satisfacción de ponerle al asunto un punto final a su gusto. Por eso tanto él como yo nos limitamos a comer. No alabamos lo sabrosas que le habían salido las albóndigas, más ricas que nunca. No nos interesamos por preguntarle qué era aquel toque distinto, ese sabor tan fresco, esa textura tan tierna que parecía que la bolita de carne se te desintegraba en la boca sin necesidad de masticar. Nos limitamos a comer y no dejamos ni un pedazo de carne en el plato. Lucas repitió. Estábamos con el postre cuando oímos por primera vez el ruido. Aun hoy juraría que sonaba igual que unas uñas arañando madera. Aun hoy, sabiéndome de memoria el informe policial, los múltiples recortes de prensa, el expediente del juzgado y la ficha médica de mi hermana, mentiría si dijera que aquello no sonaba como unas uñas desesperadas haciéndose trizas contra la cara interna de la puerta del armario empotrado. Yo pensé que algún roedor se habría colado en casa y su instinto le habría indicado que el espacio estrecho y oscuro en que guardábamos los trastos de limpieza era un buen lugar para instalar su madriguera. Recuerdo que esa fue la palabra exacta que me pasó por la mente: madriguera. Tengo perfectamente claro en la memoria que estaba distraído visualizando eso, mi idea de lo que debía ser una buena madriguera, cuando Lucas, que se había levantado de la mesa dispuesto a aplacar su curiosidad, abrió el armario. Las bisagras chillaron, la luz artificial invadió el pequeño hueco, y todo cambió de golpe cuando la vimos. Cloe tendida en posición fetal en el suelo mojado, amordazada con un trapo sucio, muy pálida, medio muerta, eso dijeron después los médicos, mediomuerta, sin separación al pronunciar las palabras, sin entonación, como si fuera un solo término, como si fuera un diagnóstico que debiera tranquilizar las mentes una vez identificado el problema, del mismo modo inflexible que un especialista acostumbrado a hablar de ello pronuncia esquizofreniaparanoide o cáncerterminal o leacompañoenelsentimiento. Eso comentaban los policías que no sé cómo aparecieron tan pronto en casa y los médicos del hospital que no pudieron hacer nada más que coser lo mejor posible los muñones de mi hermana: que era un milagro que siguiera viva cuando la encontramos encerrada en el armario, con dos ríos rojos todavía brotando débilmente de donde debían empezar sus manos. Que estaba medio muerta, pero que sobreviviría.

Luego pasaron cosas. Cloe estuvo una buena temporada hospitalizada, yo me instalé en casa de unos tíos a los que antes sólo veía una vez al año, Lucas se ahorcó y nuestra madre fue internada en un centro psiquiátrico de la otra punta del país, donde permanece. Nunca hemos ido a visitarla. Nuestro asistente social dice que a veces sus ojos parecen normales y pregunta por nosotros, que cómo estamos, que si Cloe sigue tocando el piano. Me la imagino mirando durante horas el mismo punto del techo liso y muy blanco de su habitación, o pegándose cabezazos contra las paredes acolchadas de espuma color verde claro. Entonces siento un poco de algo que quizá podría llamarse pena y pienso en dolorosas explicaciones para justificar lo que hizo, aunque para ello tenga que verter sobre mí una parte de la culpa de lo que sucedió, por no estar atento, por no cuidar mejor a mamá cuando se hacía vieja y se quedaba sola, por verla degenerar día a día y no hacer nada para rescatarla. Supongo que cuesta dejar de querer absolutamente a una madre. Pero en seguida me viene a la mente la frialdad con la que se mantuvo sentada, con una mirada terroríficamente tranquila siguiendo cada uno de los movimientos apresurados de Lucas, con una expresión de venganza emanando de todo su ser inmóvil, mientras él y yo intentábamos socorrer a la pequeña Cloe y lo único que hacíamos era pringarla con nuestros vómitos incontrolables. Pringarla en realidad con su propia carne picada a medio digerir. Y se me pasa la lástima.

Ahora tengo veintimuchos años y me mantengo por mí mismo, además de gracias a la pensión que la Seguridad Social nos ingresa en el banco cada primero de mes. Hace tiempo que las autoridades decidieron que lo mejor para Cloe era estar con su hermano. Así que, a pesar de lo que opine la gente del vecindario, parece que sobre el papel soy una persona lo bastante estable como para ser el responsable de mi hermanita minusválida. Y la verdad es que para mí no resulta especialmente agradable ni me hace sentir orgulloso, pero, ya sabéis, es lo que tiene ser el hermano mayor, debes cuidar de tu hermanita, llevarla y traerla, alimentarla y peinarle su largo e increíblemente suave pelo rubio, vamos, estar pendiente de que no le pase nada malo.

Ella es el centro de mi vida. Lo único. En todos estos años, por ejemplo, no he besado a ninguna chica. Y no lo echo de menos. Supongo que es comprensible: resulta muy difícil tener ganas de probar nuevos sabores cuando has comido carne humana. Cuando llevas impregnado en tus papilas el sabor de unas albóndigas hechas con las manos trituradas de tu propia hermana y, muchísimo tiempo después de aquella cena, no consigues librarte de él ni lavándote los dientes hasta hacerte sangre.

Es posible que haya gente por el mundo con alguna experiencia similar a la mía. No tengo ni idea de cómo sobrellevarán la situación esas personas. En mi caso particular, me estoy dando cuenta de que a menudo me observo a mí mismo desde fuera. No sé si me explico. Comprendedlo, es complicado. Quiero decir que creo que cosas como la que nos pasó a nosotros te cambian, te convierten en un extraño ante tus propios ojos. Porque el cerebro es muy listo y se las apaña para hacerte creer que lo que sucedió no te sucedió a ti, que a lo mejor fueron tus dientes los que masticaron las bolitas da carne pero que, desde luego, ya no tienes nada que ver con ese lamentable incidente, que tú no eres aquel caníbal y que antes o después te levantarás un día encontrándote totalmente limpio y sin náuseas. Sí, te ves desde fuera, intentas alejarte de aquello y normalizarte, y te sientes distinto, sano, cuando alguna vez logras pasar dos minutos sin pensar en la tragedia. Pero entonces escuchas una voz que te dice que estás en deuda con Cloe. Mírala, estás en deuda con ella y tú lo sabes, te susurra al oído esa voz que suena igual que la tuya pero no es la tuya. No te atrevas a olvidarlo: te debes a tu hermanita: eres sus manos. Y debe de ser verdad, porque te despiertas y te acuestas pensando en qué puedes hacer para compensarle. Sueñas con ella. Le prestas toda tu atención. Coges trabajos compatibles con su horario escolar sin preguntarle al entrevistador por el sueldo o el puesto a desempeñar, pues únicamente exiges que te permitan estar puntualmente a las cinco en la parada de su autobús, abrazarla y hacer lo que ella te pida. Ves los programas que a ella le gustan. Le preparas sus comidas favoritas, y si en alguna ocasión se queda mirando los garfios ortopédicos de los que se sirve para pinchar una patata o coger el vaso y se pone a llorar, tú mismo le das de comer. O le limpias el culo. O la vistes. O le rascas la espalda. O la bañas. O le lees un cuento antes de dormir, y noche tras noche la ves hacerse mayor, más consciente, más triste. Preguntarse cosas, por qué la llaman pianista, cuándo dejarán de tratarla como a una apestada, de no mirarle a los ojos, si alguien a parte de ti le hará sentirse bien alguna vez. Casi puedes oír el ruido de las dudas dando vueltas en su cabeza de niña que crece. Y te estremece la certeza de que no tardará mucho en averiguar que las respuestas son demoledoras de cara a conseguir eso que quiere cualquiera, eso que la gente con poco vocabulario y menos problemas llama Felicidad. Tú hace tiempo que conoces la dolorosa verdad… Lo que pasará, por ejemplo, simplemente por ejemplo, cuando se desarrolle y tenga ganas de masturbarse. Cuando necesite sentirse mujer y los hombres sólo vean de su cuerpo la parte que le falta. Sabes muy bien lo que pasará entonces, lo que harás, porque estás en deuda con ella. Y lo estarás de por vida. Porque sois hermanos de sangre.

11
Feb
08

Cartas

La cerradura del buzón lleva meses funcionando mal. Ayer, otra vez, la llave se quedó atascada. Luché un buen rato por liberarla, pero en esta ocasión se me hizo más difícil sacarla de allí. Al poco, de forma un tanto extraña por no decir ridícula, me encontraba realmente angustiado ante la idea de no poder rescatar a mi pequeña llave de aquel cepo maldito. Me la imaginaba ahí adentro, totalmente atorada, sin poder mover ni uno solo de sus inexistentes músculos, asfixiándose lentamente, gritando con la voz chirriante que tendría una llave vieja y medio oxidada, una voz de anciana o de bebé, que es lo mismo. Mi desesperación era tal que el sudor me caía por las sienes y me mojaba los dedos; no podía cogerla, no podía tirar de ella, se me resbalaba, notaba cómo se me moría entre las manos. Y, al final, dejé de oír su gritito. Un espanto loco me invadió en un último instante de ansiedad extrema. La náusea me subió por la garganta como una bola de billar astillada y vomité muchas cosas dentro de mi casillero, hasta llenarlo. La oleada de babas y bilis desbordó por la ranura y arrojó a mis pies un montón de cartas pestilentes. Ninguna de ellas era la que yo esperaba.




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