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Necesidades

Tengo que reconocer que hace unos años las cosas eran peores. Por ejemplo aquella noche. Llevaba sólo unos pocos días en una ciudad que no era la de siempre, que no era la mía. Aunque, a decir verdad, creo que por entonces yo ya no era de ningún sitio. El caso es que hacía frío y el aire empezó a cortarme las mejillas en cuanto oscureció. Luego se me entumecieron las articulaciones y al poco ya no me sentía los dedos. Y yo andaba con las manos debajo de los sobacos por un barrio muy extraño. Multitud de casas con jardín y luz en las ventanas. Algún que otro bloque de apartamentos. Ninguno de más de tres plantas. Todos de alto standing, a juzgar por los guardias de seguridad que los custodiaban viendo la tele y/o mirando revistas porno y bebiendo café humeante dentro de sus garitas. Ya digo, un barrio muy extraño: decenas y decenas de viviendas de lujo y hectáreas y hectáreas de césped recién cortado pero ni rastro de cajeros automáticos ni estaciones de metro en los que refugiarse de la ola de frío polar. Y, joder, tampoco un puto bar. En fin, algo inexplicable. Pero juro que cierto. Con todo, no me importaba una mierda el dolor de huesos ni los primeros síntomas de congelación en mi nariz y mis orejas. No buscaba un sitio caliente donde pasar la que, según había leído por la mañana en un periódico gratuito, iba a ser la noche más fría del año. Porque lo que de verdad me angustiaba era algo si cabe más físico. Llevaba horas necesitando ir al servicio. Al baño. Al aseo. Al retrete. Y el asunto era mucho más complejo que alejarse de los círculos de luz que caían de las farolas y mear en cualquier muro de los alrededores. Se trataba de palabras mayores. Vale, estaba oscuro y no había un alma por la calle. De cuando en cuando los faros de un coche centelleaban en la distancia hasta que doblaban una esquina o se metían en un garaje. Un par de veces oí cómo se abría la puerta de algún chalé y la voz de un amo llamaba a su perro. Vamos, Tyson, entra en casa antes de que se te congelen las pelotas, dijo un hombre al otro lado de un seto de minicipreses. Y poco más; ése era todo el movimiento. Lo que quiero decir es que probablemente nadie se habría enterado si me hubiera agachado con los pantalones por las rodillas entre dos coches o detrás de un árbol. Pero tenía la sensación de que eso marcaría un punto de inflexión en mi vida. Uno más. Quizá el último, el de no retorno. Así que, después de andar un rato más por las aceras con el culo apretado, acabé empujando una verja y llamando a un timbre. El ding-dong me pareció estruendoso. Miré hacia atrás por encima del hombro pero no capté ningún movimiento en la calle ni tras los visillos de las casas vecinas. Detrás de mí el mundo seguía tan distante y relativamente plácido u hostil como siempre, pero tal dato no me tranquilizó demasiado. Al fin y al cabo, supongo que es lógico sentir cierta vergüenza cuando estás en plena noche plantado frente a la puerta de madera de roble de un desconocido buscando la manera menos chocante de pedirle permiso para cagar en su cuarto de baño. Aunque, en realidad, hoy puedo decir que en aquellos momentos de apuro tampoco me preocupaba demasiado qué decir. Por alguna razón, durante los instantes que transcurrieron desde que pulsé el timbre hasta que la puerta empezó a abrirse lentamente acudieron a mi mente cosas de otra etapa de mi vida. Cosas, personas, ideas en las que no pensaba desde hacía años. Y de repente me parecieron necesidades tan básicas y urgentes como comer, dormir, follar o hacer lo que esperaba hacer en cuanto aquella puerta se cerrara a mi espalda. De pronto me resultó inconcebible haber pasado meses, años sin dedicarle un pensamiento a lo que una vez habitó mi vida. Y me sentí sucio y triste. Y solo. Tiempo después supe que buena parte de aquel mundo, lo que quedaba de él, aún buscaba mi rastro. Que todavía había gente que cada dos o tres meses colgaba una nueva tanda de carteles con mi foto y mi nombre en las farolas de las ciudades más importantes del país. Pero supongo que cuando me enteré ya era tarde para sentirme conmovido o agradecido. Sí, en aquel trance, ante aquella puerta extraña, habría dado cualquier cosa porque algo de todo aquello apareciera junto a mí y me rescatara. Pero, por supuesto, no sucedió nada por el estilo. Sencillamente, una anciana enjuta asomó su nariz aguileña y media gafa por el hueco que permitía la cadena de seguridad. Me miró de arriba a abajo y el modo en que frunció los labios reveló que no le gustaba demasiado lo que veía. Aun así, no dijo nada. Se limitó a observarme desde dentro de su refugio caliente y con váter. Así que fui yo el que abrió la boca: Buenas noches, señora, necesito usar su baño. Sólo se lo pensó un par de segundos. Descorrió la cadena y me dijo Al fondo a la derecha. Todos los muebles del aseo estaban cubiertos de pañitos de encaje. Había manchas verdosas de humedad en el techo, sobre la ducha. Y, allí sentado, me fijé sobre todo en que en el aire flotaba ese olor mezclado tan característico, tan desagradable: olor a gente vieja y a colonia para gente vieja. El tufo que desprenden las cosas que están a punto de desaparecer. Creo que fue una suerte, porque lo identifiqué con las imágenes que habían vuelto a mi mente unos minutos antes. Y me ayudó a apartarlas de mí para siempre. Hasta hoy.


3 Respuestas a “Necesidades”


  1. 1 Sulo Resmes
    9 Junio, 2008 a las 4:51

    … fue visto por última vez poniendo una ponda en casa de una vieja. Sería curioso.

    Me gusta. Debe ser duro tener la certeza de que uno no quiere ser encontrado…por nadie.

  2. 2 jano
    9 Junio, 2008 a las 6:59

    Olería a algo mas que a colonia de viejos,no?

  3. 3 Daemonicus Imprimatur
    10 Junio, 2008 a las 8:23

    Joer, espero que nunca tenga un apretón en una noche gélida y sin ningún lugar al que acudir a aliviarme.

    Buena historia.


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