Las nueve de cada mañana. El 40 me lleva de casa al trabajo. Un cuarto de hora de trayecto y la ciudad siempre igual. Tienen razón. En alguna ocasión he oído decir que esta ciudad es amarilla y huele a cloaca los días en que sopla en determinada dirección. Eso afirman muchos de los que vienen aquí por primera vez. Pues tienen razón.
Me siento invariablemente en el lado izquierdo del bus. Para reparar lo menos posible en la gente que repta por la calle. Sí, de cuando en cuando se puede ver a una chica guapa. Pero en general sólo es gente vulgar reptando por la calle. Así que me siento del lado de las ventanillas que dan a la calzada y paso quince minutos mirando motores y tubos de escape, metal vibrando. Y hago lo posible por no fijarme en el tufo cetrino del aire. Y todo sería más o menos llevadero si no hubiera tanto gilipollas aburrido.
Porque desde hace dos meses coincido en el autobús con un tipo de ésos que hablan y hablan. De cualquier cosa. No recuerdo exactamente por qué empezó a dirigirme la palabra. Tampoco es un dato relevante. Lo que cuenta es que el tío se sube en la parada siguiente a la mía, me saluda con la mano mientras pica el bonobús y luego avanza hasta ponerse justo a mi lado. Si voy en uno de esos asientos individuales se queda de pie junto a mí, colgado de la barra superior. Si estoy sentado en una zona biplaza y la otra mitad está libre, ahí que coloca su culo y me dice Qué tal al tiempo que me da una palmadita en la rodilla, rollo colegueo, rollo asqueroso. Da igual donde me ponga. El hombre-lapa es mi sombra. Si voy de pie o medio agachado en la parte trasera del vehículo, intentando pasar desapercibido entre los viajeros, él me localiza y viene hasta mí sonriendo, con su eterna bolsa bajo el brazo. Y empieza su cháchara. Hablándome desde demasiado cerca. No le importa que intente poner un poco de espacio entre los dos echándome discretamente hacia atrás. Tampoco se da por aludido si le empujo suavemente. Al día siguiente el cabrón vuelve a violar mi espacio vital, mi oreja vital. Mi cerebro vital. Y así durante sesenta días.
He empleado todas las técnicas socialmente admitidas para que deje de tocarme los cojones.
El primer día le sigo la corriente. Contesto a sus preguntas y apostillo sus estúpidos comentarios como haría cualquier descerebrado de los que pueblan esta puta ciudad. Y cuando bajo del autobús me tranquilizo pensando que habré tenido mala suerte, que hoy me ha tocado la china del tocapelotas de turno pero que mañana haré tranquilo el camino hacia mi curro de mierda.
Pero ya es mañana y se me erizan los pelos cuando lo veo subir al autobús, llegarse hasta mí y saludarme como si fuéramos amigos de toda la vida. Así que decido ponerme borde y no le sigo la charla ni con monosílabos. Miro por la ventana, mordisqueo nervioso la funda del abono-transporte, intento pensar en cosas agradables. Pero el hijoputa no capta el lenguaje no verbal; no calla ni un segundo. Me habla de cosas de las que ni mi madre se atreve a hablarme. No deja de soltar mierda por la boca. Dice que vive pared con pared con un matrimonio octogenario que por las noches no le deja dormir porque ambos están sordos y ponen la tele a todo volumen. Jaja. El otro día llamé a su puerta para pedirle que la rebajaran pero, claro, como están como una tapia, pues no me abrieron. Jeje. Me cuenta que vive con su madre. Está enferma de los nervios. Y además tiene la tensión alta. Desde que murió mi padre soy el único que cuida de ella. No me quejo, ¿eh? Lo pasamos bien… Jugamos al parchís todas las noches. Jiji.
Esa es la clase de mierda que vierte en mis oídos día tras día.
Y no hay solución. No hay manera de deshacerse de él.
Si intento darle esquinazo pillando el bus unos minutos antes o después de lo habitual, se las apaña para subir en el que yo he cogido.
Ya no sé qué hacer.
Por eso ayer, mientras lo tengo a un palmo de mis narices soltándome sandeces –lo caro que se ha puesto el gasoil, y qué me dices de las patatas, y mientras los políticos llenándose los bolsillos…-, me doy cuenta de que tengo muy claro que voy a matarlo. Que mañana sin falta me lo cargo. Y comprendo que debo haber estado acariciando inconscientemente la idea durante mucho tiempo, porque el modus operandi se dibuja en mi mente con absoluta precisión.
Ayer mismo al salir del trabajo me acerco hasta el vertedero de la zona sur y le pido al encargado si podría indicarme donde almacena los plásticos. Más bien, tela plastificada, le aclaro. O lona. Algo así. Voy a pintar en casa y necesito cubrir muebles y suelo. Salgo de allí llevando en brazos veinte kilos de un tejido impermeable que huele a productos químicos. En metros cuadrados, unos sesenta. Y una vez en casa me dedico a forrar de arriba abajo las paredes de mi cuarto. Meto los muebles fáciles de trasladar en otra habitación. Los más grandes, los envuelvo también. El trabajo me ocupa hasta las tres de la madrugada. Gasto todas las chinchetas y grapas que encuentro en los cajones de casa y ya entrada la noche tengo que ir a abastecerme a una tienda de chinos de las que abren hasta las tantas. Pero si mañana todo sale como tiene que salir, habrá valido la pena. Mañana aceptaré su invitación y todos contentos: él experimentará un rato de alegría y yo me libraré de él para siempre.
Y ya es mañana de nuevo. Joder, veo mi reflejo traslúcido en la ventanilla del autobús: soy la viva imagen de la felicidad mientras espero ansioso a que ese cerdo suba en la siguiente parada. Tengo que contenerme un poco. Ahí viene. Lo mismo de siempre. Ya está a mi lado. Ya está hablando. A estas alturas de nuestra curiosa relación ya me lo ha contado todo tres o cuatro veces. Hoy, parece, le toca recordarme que es limpiador en un colegio. Que los niños son unos malos bichos, que lo dejan todo perdido. ¿Sabes? Limpiar los baños de un colegio público –enfatiza en lo de público- es el trabajo más duro que he hecho en mi vida. Yo le contesto. Le digo Sí, ¿en serio?, y procuro recordar cuál es la cara que se pone cuando de verdad te interesa lo que alguien te está contando. Parece que actúo bien porque el pesado se emociona y empieza a darme detalles.
Cuál es el mejor limpiacristales del mercado.
A la larga, los guantes de látex pueden producir eccema y diferentes tipos de dermatitis de contacto.
El Pato WC es insuperable; sus imitaciones marca blanca son más baratas, está claro, pero ni se te ocurra recurrir a ellas si quieres obtener un nivel de higiene óptimo.
Y sí, hoy sí: hoy toda esa mediocridad me parece música celestial porque lo único que veo cada vez que parpadeo es a este tipo, de cuyo nombre ni siquiera me acuerdo, entrando en mi habitación. Cuando abra la puerta se sorprenderá un segundo al ver el cuarto entero forrado de un plástico aislante. Pero no podrá confirmar ninguna de las posibles respuestas que le vengan a la cabeza porque ya se la habré partido con la maza que, de paso, compré anoche en los chinos. Después lo de siempre: serrar, empaquetar y enterrar.
Esta vez, si me pillan, estaré realmente jodido. Por aquello de la presión social. No creo, pero si cuando sea la época algún buscador de setas o de trufas metomentodo se topa con lo que quede del cuerpo y algún poli competente llega hasta mí, la opinión pública hablará de crimen pasional o de crimen homófobo. Tendrán que sacarle punta, porque hoy en día es más condenable matar a un homosexual que matar a un heterosexual. Es el reverso tenebroso de lo políticamente correcto. Así que a todo el mundo se la traerá muy floja que mi explicación sea que lo único que hizo el pobre comosellame fue inundarme el cerebro durante dos meses seguidos con todo tipo de detalles sobre su vida de mierda. No querrán admitir que, sencillamente, ya tenía bastante con lo mío y no podía tolerar que ese tío me contaminara más. Se empeñarán en ver cosas donde no las haya y me entraré en la cárcel con una fama muy poco conveniente. En su imbecilidad, los que crean que fue un asunto pasional verán aumentadas las probabilidades de violarme sin que me defienda. Y los que crean que fue un crimen homófobo y se den por aludidos intentarán rajarme a las primeras de cambio.
Pero no voy a ponerme en el peor de los casos. Hasta ahora siempre me ha salido bien; nadie ha desenterrado nunca una de mis cosas. Y no hay motivo para creer que esta vez surgirán problemas.
Estoy a punto de decirle que acepto lo que me propuso hace unas semanas, que pasemos de ir al trabajo y vayamos a divertirnos a mi casa, cuando el tipo empieza a hablarme de sus sueños. Dice que esto de limpiar letrinas es sólo temporal.
Dice:
Sí, ya son cinco años, pero es sólo temporal.
Y luego tartamudea un poco y dice:
Porque sé que algún día realizaré mi sueño. De hecho, quizá el mes que viene me apunte a una academia. He visto unos folletos sobre unos cursos. No sé si decantarme por el de Técnico Superior en Asesoramiento de Imagen Personal o el de Técnico en Estética Personal Decorativa.
Las ganas de cargármelo se me han ido casi por completo cuando añade:
Ojalá algún día logre maquillar a Sarita, a Conchita, a Marujita.
Un segundo después le vomito encima. Él saca de su bolsa un paquete de hojas de papel absorbente. Extra-absorbente, asegura la etiqueta.
No te preocupes, me dice con una sonrisa, esto va fenomenal. Y me quedo mirando cómo se limpia, con cuidado, sin un mal gesto, toda mi porquería. El mundo fuera y dentro de mí, amarillo y maloliente.
Alguien ha estado viendo Dexter…
Nada tío, yo te entiendo, por culpa de todos los Don Noseomosellama que me he topado en mi vida me he convertido en un auténtico sociópata.
Agur.
Querido compañero, ese fulano no hubiera durado dos minutos vivo a mi lado. Le habría atraído hacia mi ascensor, por ejemplo, y le habría exanguinado allí mismo. Previamente le habría cortado la lengua.
Aysss, qué vida ésta.
Daemonicus Imprimatur.
¿¿¿¿¿Recuerdas lo que le hacen al alcahuete en ” El expreso de medianoche”?????