Resulta que vivo en un bloque de nueve pisos muy cerca de la universidad de esta ciudad. Todo estudiantes, todo veinteañeros y treintañeros. Cuando me los cruzo en la escalera parecen felices, con independencia de que estén borrachos o no. La portera no debe de ser mucho mayor, pero su aspecto no es tan risueño. Quizá se deba a que tiene un hijo preadolescente y probablemente no deseado de unos doce o trece y con algún tipo de autismo o algo peor. O puede que la explicación radique en que el chaval mide uno ochenta y pasa de largo los cien kilos. No sé… puede. Puede que tal envergadura haga la situación aún más inmanejable. Entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche la mujer está en el portal, fregando los escalones o quejándose por teléfono con voz demasiado audible o limpiando los cristales del cuartucho en el que se mete de rato en rato. Dentro tiene una Singer con la que remienda los rotos de los pantalones de su hijo. Porque a las cinco de la tarde el autobús del centro especial o como se llamen esas escuelas para niños diferentes descarga al chaval en la esquina y todo lo que hace desde entonces hasta que su madre cierra con llave el cuartito es arrastrarse por el gres. Ella no puede levantarlo del suelo así que le repite que se levante y se siente a hacer no sé qué en un cuadernillo. Sin la menor señal de enfado en su tono. Ni de cariño. Pronunciando de la manera en que se habla a un perro que te ha salido un poco difícil. Pero supongo que él no se da por aludido porque jamás le he visto obedecer a una de esas órdenes. Ni siquiera reaccionar física o verbalmente. De hecho, nunca le he oído hablar. Lo único que sale de su boca son babas y sonidos guturales. La portera tiene un novio que va a verla de cuando en cuando. Bastante desagradable. Tiene la frente estrecha y la mandíbula hacia fuera y cuando saluda al chaval lo hace dándole un manotazo en el pescuezo o tirándole de la patilla. Porque el autista no es más que un niño pero ya tiene una barba cerrada. Lo bastante para que su madre tenga que afeitarle cada dos o tres días. En fin, que el novio de la portera es un tipo bastante desagradable pero por algún motivo indescifrable ella se muestra muy cariñosa con él. En varias ocasiones he oído cómo le pedía perdón por su realidad diciendo cosas como No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está muy bien o Qué me vas a contar; me tiene harta. Y luego le da un beso al hombre en sus labios de animal. Él siempre se echa hacia atrás. La otra tarde me decido por fin a poner la lavadora. Luego subo a la azotea a tender mis cosas. Como en cualquier edificio antiguo, la casa de la portera está en el último piso. La puerta está abierta pero no miro al pasar porque la verdad es que me importa una mierda lo que pueda ocurrir dentro. Así que salgo a la azotea y veo un par de sombras proyectadas sobre una sábana blanquísima. Se mueven, como si se abrazaran y se besaran o como si forcejearan, no lo sé. Tampoco salgo de dudas cuando retiro la tela y veo a la portera y a su hijo demasiado cerca de la barandilla y demasiado cerca el uno del otro. Ella me mira con una cara extraña, de circunstancias y de miedo al mismo tiempo. El chaval me mira con la única cara de que es capaz. No digo nada. Vuelvo a refugiarme tras la sábana. Mientras tiendo ellos siguen a lo suyo. Les oigo gemir, respiran profundo. Qué más da, pienso, sólo son dos vidas de mierda.
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