Mi madre murió de cáncer un par de años después de que consiguiera irme de casa. Recuerdo que cuando sonó el teléfono yo estaba tirado en mi piso de alquiler viendo por la tele un partido de segunda división. Y también recuerdo que nada más escuchar la noticia calculé con absoluta precisión cuánto tiempo, mesessemanasdías, hacía que no hablaba con ella. Aquello debió de afectarme de algún modo porque me propuse limpiar -en la medida de lo posible- la mierda de mi vida. Quiero decir que acababa de desaparecer para siempre uno de los dos seres humanos que me habían creado y, a pesar de que mi padre siempre me había dado una mezcla de miedo y asco, de pronto tenía la firme sensación de que lo mejor que podía hacer era normalizar un poco mi relación con él. Llamarle de vez en cuando, en navidad o por su cumpleaños, invitarle a comer algún día, contarle lo de la hepatitis que me pegó aquella puta. Cosas así. Un poco de feedback padre-hijo, o algo por el estilo. Lo que pasa es que los viejos dicen que las desgracias nunca vienen solas y tienen que ser muy sabios porque no pasaron ni tres días desde la incineración de mi madre hasta que mi padre sufrió el ataque. En el hospital encontraron en en bolsillo de su chaqueta un papelito con mi número de teléfono. Eso fue lo primero que me dijo la voz desde el otro extremo de la línea. Bueno, lo cierto es que antes que nada se identificó como la enfermera García, del Hospital General Universitario. Y luego me contó lo del papelito en el bolsillo del Sr. Sánchez -estatura media, complexión normal, pelo entrecano, ni fu ni fa- y quiso saber, por favor, con quién hablaba. Con su hijo; voy para allá. Lo encontré tumbado con los ojos abiertos pero inmóviles en una de las camillas que colapsaban el pasillo principal de la zona de urgencias. No reaccionó externamente cuando le toqué el hombro y le dije Padre al oído. Así que sólo tuve que fijarme en que llevaba el mismo traje oscuro con que había asistido a la cremación de mi madre. Y olía como si no se lo hubiera cambiado en todos esos días. Olía a alcohol de diversas marcas y a sudor apelmazado. La misma voz que me había hablado por teléfono sonó a mi espalda: Disculpe, me lo llevo a hacerle unas pruebas. Vale. Y cuando la mujer giró la camilla intentando enfilar el pasillo me di cuenta de que mi padre aún llevaba la etiqueta con el precio en la suela de su zapato izquierdo. Le pedí a la enfermera que esperara un momento y me acerqué para despegársela. Por alguna razón ese detalle me dio vergüenza ajena. Tal vez propia. Como si ese trozo de papel adhesivo en el zapato de mi padre fuera la materialización, naranja chillón y a la vista de cualquiera, de hasta qué punto me había jodido la vida, nos había jodido la vida. Aunque aquí no voy a contar los detalles. El caso es que no sé qué debió ver la enfermera en mi cara mientras yo intentaba arrancar la pegatina con mis uñas comidas, pero dijo -en ese tono que utiliza quien finge empatizar-: No es el mejor final para una boda. Supongo que se dejó engañar por el traje de mi padre, sucio pero elegante. Y yo no respondí nada pero pensé que no, no era el mejor final, y que en realidad la señora no iba tan desencaminada. Al cabo de un buen rato mi nombre crepitó por la megafonía y acudí a una pequeña sala, donde una doctora me hizo saber que, aunque nunca se debe perder la esperanza, lo más probable era que mi padre no volviera a moverse nunca más. Dijo: Para que usted me entienda, se le ha quemado buena parte del cerebro. No podrá alimentarse solo. Ni vestirse. Ni asearse. Lo tendremos ingresado unos días, por precaución. Sepa usted que su padre aún conserva cierta actividad cerebral. Y quizá en determinados momentos pueda comprender lo que oiga y lo que vea; así que trátelo con cariño. Es lo que más aprecian estos enfermos. Y además es lo único que podrá usted hacer por él: darle cariño. Eso fue lo último que me dijo aquella tía desde dentro de su bata blanca inmaculada. Y lo dijo como si fuera lo más normal del mundo.
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Cosas pegadas
ns/nc
Por mi experiencia. Dijeron que ésa era la razón para escogerme. Aunque puede que fuera porque no puse pegas cuando me explicaron el sueldo y el horario. Una mierda ambas cosas. Pero, bueno, supongo que como en cualquier parte.
Poco después reapareció Leo. Si llevas el suficiente tiempo frecuentando determinado tipo de sitios acabas mezclándote con gente como Leo. Hacía bastante que no nos veíamos. En realidad, nunca habíamos sido amigos, medioamigos, colegas. Simplemente coincidíamos de cuando en cuando en ciertos bares y a lo mejor yo necesitaba meterme algo o conseguir un poco de pasta o un arma más o menos limpia. Él se encargaba de todo. Yo nunca me retrasaba en los pagos. Así que todo era muy cordial. Fácil, rápido. Los problemas no me gustan; los elimino. Eso solía decirme cada vez que nos despedíamos, justo después de asegurarme que le gustaba hacer negocios conmigo.
Total, que hacía bastante que no nos veíamos hasta que tropezamos con él en la calle, un par de meses atrás. Tropezamos. M. Barbaresco y yo. Un apellido raro. Un compañero del centro me dijo que el viejo era rumano o albanés, no lo sabía exactamente. Que en su tierra había sido músico en una de esas orquestinas zíngaras que salen tan a menudo en las pelis del Este. Luego se había venido aquí con su hijo y al poco un ictus lo dejó así, en silla de ruedas y babeando. Y con esos ojos como descolgados mostrando el revés desvaído del párpado inferior. Un apellido realmente raro; supongo que lo recordaría aunque no lo hubiera leído todas esas veces, bordado en cada pieza de la ropa interior del abuelo. Porque este trabajo no sólo consiste en sacarlos a dar una vuelta, asegurarte de que les dé el sol un rato. Si quieren mear tienes que ayudarles. Si quieren cagar, también. Y es de verdad complicado saber en qué momento se le van a aflojar los esfínteres a un vegetal.
El caso es que nos sentamos los tres en un banco del jardín donde siempre llevaba a M. Barbaresco y a los demás. Leo me preguntó si el mudo era pariente mío. Y yo le presenté a Eme y le expliqué lo de mi nuevo trabajo. ¿Ahora eres decente?, dijo Leo. Habló en un tono extraño. De hecho, estoy casi seguro de que la frase no era una pregunta pero, mira, ya he puesto los signos de interrogación. Así que ahí se quedan.
Al acabar de fumarnos el purito ya hacía un buen rato que había aceptado la oferta de Leo. Era algo fácil y rápido, como a él le gustaba. Sólo que esta vez yo sería el suministrador. Me dijo que conocía a personas que estarían interesadas. Hay gente para todo, ya sabes. Y resultó que Leo tenía razón.
Con el Sr. Barbaresco la cosa resultaba aún muy precipitada, y decidimos esperar a que me asignaran el siguiente anciano con la capacidad de habla atrofiada. Recuerdo la cara de aquel pionero, pero he olvidado su nombre; debía de ser menos exótico que el de Eme. Luego vinieron unos cuantos más. Era fácil y rápido, he de reconocerlo. En lugar de llevarlos a un parque los metía en un taxi y nos íbamos a una parcela que Leo había alquilado a las afueras de la ciudad. Aquello debía de ser suelo industrial. Nada más que un pequeño cuadrado de terreno pedregoso con una caseta cúbica de cemento en el medio. Como una especie de cobertizo destinado en tiempos a guardar herramientas agrícolas. En un rincón había una azada oxidada y la hoja abandonada de una guadaña. Eso y botes vacíos de pesticidas y otras cosas por el estilo ya estaban allí cuando Leo alquiló el escondrijo. Lo que él o sus clientes habían instalado era más moderno. Casi sin querer me dio tiempo a echar un vistazo rápido en una ocasión en que la operación de entrega se alargó más de la cuenta por culpa de la resistencia que ofrecía el paquete. Una camilla acolchada, tipo sala de dentista, a la que se le habían acoplado diversas correas de cuero. Cosida al cabezal, una mordaza. De ésas con una bola de goma en el centro. También había una cámara digital montada sobre un trípode.
Cuando el taxi desaparecía acercaba al viejo de turno a la puerta de la casucha y esperaba a que alguien la entreabriera. Un instante después el anciano era absorbido a través del hueco para permanecer allí dentro una hora. Ése era el trato: una hora y nada de señales visibles. Sin sangre. Rápido y fácil. Yo hacía tiempo tomándome algo potente en cualquier bar del polígono anexo hasta que transcurría el plazo e iba a recogerlos. Normalmente el viejo/-a ya estaba esperando en la puerta de la parcela. Sentado/-a en su silla, perfectamente vestido/-a y con cara indescriptible. Y con quinientos euros en el bolsillo trasero del pantalón. Supongo que podría haber sacado más, pero ése era el trato.
Y poco más que contar. Los llevaba de vuelta a la residencia y Hasta la próxima. Lo que pasa es que el otro día, mientras me despedía afectuosamente del último viejete delante de buena parte del personal de la recepción de la residencia, el tipo empezó a mover los labios y acertó a preguntarme Por qué. Y no supe qué contestarle. Una enfermera me miró fijamente, pero me la quité de encima diciendo que el hombre llevaba todo el día muy raro, que le dieran un valium.
Al volver a casa vi que mi hermano pequeño había tenido una de sus pataletas. Quiero decir que se había liado a patadas con los muebles. A pesar de usar una diminuta 36 había perforado las puertas de varios armarios. No sé… quizá cuando no tienes brazos la fuerza se te concentra en las piernas. Él los perdió hace un par de años. Mi madre se los metió en un puchero con agua hirviendo. A veces el chaval me pregunta por qué. Y, a pesar de mi experiencia, no se me ocurre qué contestarle.
Titán
Puede que sea verano y que estés sudando viendo la Teletienda a las tres y pico de la madrugada y que lo que siempre te persigue vuelva a atraparte. Es una pulsión que cada vez más a menudo te hace plantarte ahí en medio con un viejo radio-casette en los brazos. Las respiraciones flotando en el aire recalentado del cuarto cerrado, cada una a su ritmo. O sosteniendo un jarrón de porcelana mala. Hace años que duermen en camas separadas. Los mismos que han pasado desde que empezaron a odiarse. Seguramente toda la vida, supones. Y de pie a oscuras en el metro escaso que queda entre los dos mundos en guerra de los que vienes piensas que por qué no, que está justificado y que tú también mereces que –a falta de algo mejor- la prensa hable de ti. O notando el esfuerzo de tus bíceps al sujetar una olla exprés de ésas de acero macizo. E inoxidable. Pero la gente y los medios de comunicación hablan del asesino de la catana o del asesino de la ballesta. Y piensas que necesitas algo dotado de más glamour para reventar a tus padres mientras duermen justo cuando la voz en off de la Teletienda empieza a hablar de un las bondades del sacacorchos Titan Glam.
Una oferta irresistible. Tan útil como elegante.
De titanio.
Con punzón en espiral y cachas de madera de roble barnizada.
Y tuercas con cromado americano.
Por sólo 80 euros.
El lujo a su alcance…
Y escuche esto: si lo compra usted ahora mismo, ¡recibirá totalmente gratis este magnífico escurregotas bañado en plata de ley!
Las imágenes que complementan el discurso disipan cualquier duda al respecto. Ese tubo seccionado en diagonal, el escurregotas, parece muy capaz de perforar la carne. Pero es demasiado corto y, como no tiene mango, probablemente te cortarías uno o dos dedos si lo clavaras violentamente en un cuerpo humano. Además, ¿quién coño sabe lo que es un escurregotas? Ningún periódico de provincias se atrevería a etiquetarte como el asesino del escurregotas. Ni del radio-casette. Ni de la olla a presión. Pero el asesino del sacacorchos… Sí. El asesino del sacacorchos de titanio.
Lo más apropiado para abrir recipientes llenos de tonos rojos, cereza y carmesí. Saborearlos unos segundos. Y, después, escupir.
Así que lo tienes claro. Ya sólo estás a 80 euros de la gloria, el reconocimiento. Esas cosas.
Marca personal
Algunos amigos que dicen estar estresados van a clases de yoga, pilates, taichi… como coño se escriba. Ese rollo zen de Pon tu mente en blanco y desconecta. Mierda. Nadie se relaja doblando las piernas antinaturalmente y hundiéndose en sus pensamientos. A poco que uno use su cerebro, encerrarse en una habitación aséptica oyendo la voz de un monitor/-a (que asegura estar superfeliz con su vida de mierda de monitor/-a) que te guía hacia tu animal del poder es lo más agobiante que se pueda imaginar. Por eso, cuando ya no puedo soportar más lo que me toca vivir me reúno con mi amigo Marc y nos adentramos en zona prohibida: en el germen de nuestro asco vital: en el centro de la ciudad. Concretamente, en la retícula de calles donde se concentran los comercios más importantes del mundo. Zara, El Corte Inglés, Bershka, etc. Ahora, en rebajas, el entorno es todavía más hostil de lo normal. Miles de personas correteando de una tienda a otra, con prisa, para que nadie les quite de las zarpas la ganga de turno. Marc y yo juntamos lo que cuesta un paquete de pipas y nos sentamos en un banquito o en un bordillo, reprimiendo las ganas de vomitar ante lo que desfila ante nuestros ojos, a la espera de seleccionar la presa de hoy. Hay muchos candidatos que lo merecerían. En la calle Colón de esta repugnante ciudad hay tantos emos como popis. Tantos modernitos fashion como pijos. Pero lo que ni mi amigo ni yo podemos soportar son los carteles ambulantes. Los hombres-anuncio. Con sus ces y sus kas, y sus des y sus ges. Así que le digo a Marc:
-Creo que hoy le va a tocar a ése.- Y se lo señalo.
Camiseta UCB con las letras del tamaño de cabezas humanas; pantalones Energie con el logo repetido a lo largo de las perneras; un cinturón tan grueso como el de un campeón mundial de boxeo: la E de Emporio y la A de Armani forman la descomunal hebilla.
Y me contesta:
-Puajj, realmente nauseabundo, pero mide casi dos metros… Demasiado para nosotros.
-Va, tío, nosotros somos dos.
-No sé, no sé…
Pero entonces nuestra inminente víctima saca de algún sitio unas gafas de sol y se las pone. La D y la G rebosan la patilla, joder, y Marc concluye:
-Vale, es él.
Empezamos a seguirle a distancia prudencial. Durante las siguientes dos horas le vemos entrar en una infinidad de tiendas de moda. En una de ellas se compra seis pares de calzoncillos Calvin Klein. De ésos con la marca bien visible en el elástico. De ésos que hacen que la gente vaya por ahí enseñando el culo para que todo el mundo pueda ver que llevas unos gallumbos del puto señor Klein. En fin, todo muy hiriente. Marc y yo empezamos a estar realmente cabreados. Y encima el puto engendro decide acabar su jornada de shopping tirándose media hora en una cabina de rayos UVA.
Mientras esperamos a que salga noto que la prisa me va invadiendo. A ver si este tipo sale de aquí y pilla un taxi o un deportivo descapotable para volver a casa. A ver si se nos va a escapar. ¿Por qué no entramos y nos lo cargamos mientras se broncea?
Pero Marc me frena. Marc siempre me frena. Supongo que si no fuera por él ya estaría a la sombra. Gracias, Marc, siempre a tus pies.
En efecto, no había por qué ponerse nervioso. El hombre-anuncio sale de la tienda de soles y echa a andar hacia calles cada vez más despejadas. Quince minutos después entramos tras él en su portal. Y me cago en la puta, aquello es un palacio. Por suerte, el portero ya debe de haber acabado su jornada de lameculos. Allí en el zagúan no hay nada más que un tipo realmente alto y corpulento y bronceado y depilado -ascoascoasco – y el ruido del ascensor bajando y Marc y yo, con las manos temblando.
-Tío, vas muy cargado -le suelto.
Y supongo que el especimen se siente amenazado de algún modo porque hace ademán de ponerse en guardía. Pobre cretino… Marc ya se le ha echado encima. Y en seguida yo. Y 1 + 1 es más que 1. Así que no nos resulta difícil quitarle las gafas, arrancarles las patillas y empezar a golpear, arriba y abajo, zas, zas, zas, zas, cada uno con una de ellas. Al principio el tío grita como un ser humano; pero no tarda en ponerse a chillar como una rata o algo aún más insignificante. Le amordazamos con algo que sacamos de una de sus bolsas. Son unos calcetines Adolfo Domínguez. Y, claro, seguimos clavando y clavando. Con más saña. Tiene ya varios boquetes en el torso. Las letras de UCB que utiliza para exhibir su perímetro torácico hace ya un rato que han dejado de ser blancas. Clavamos y clavamos y pienso Joder, estas gafas son realmente de buena calidad. No se han doblando ni un poquito. Y pasamos a los ojos. Todo ese vítreo manando. Parece gel. Parece semen. Algo gelatinoso y gris claro.
Ya casi no se mueve cuando veo que Marc está levantándole la camiseta y le palpa las costillas.
-Espera un momento; aún no.
Entonces le quito el cinturón y caliento la hebilla con el mechero. Se la grabo en la frente. Y le digo a mi amigo:
-Vale, adelante.
Marc busca con los dedos el tercer espacio intercostal izquierdo de lo que tenemos a los pies, e introduce poco a poco la patilla. Es carne humana, pero el plástico entra fácil. Como en mantequilla fundida.
Anestesia
Resulta que unos pisos por encima vive un pobre hombre. Como no hay ascensor puedes saber qué tal le va siguiendo el rastro que deja en la escalera. Si al salir de casa por la mañana sólo tienes que esquivar charcos de vómito es que ayer fue otro día normal en su vida de mierda. Cuando además encuentras sangre o, quizá, algún diente, te alegras por él. Porque anoche consiguió meterse en un lío gordo y ahora el dolor le durará un poco más de lo habitual. Y le dará un respiro. Porque su cerebro pasará unos días ocupado en asumir las molestías de los cortes o las costillas rotas. Y lo otro quedará en segundo plano. Lo otro se lo has oído balbucear a veces. Todos murieron. Él fue el único que se salvó. Quizá fue culpa suya, no lo sabe o no quiere saberlo. La verdad es que da igual. Lo que cuenta es que eso es lo que opina la gente que antes le quería. Le dicen que él es quien tendría que haberse carbonizado allí. Han dejado de hablarle, asegura. Ya nadie le llama. Lleva años solo. Y sólo cuando está al borde del desmayo etílico consigue sentirse un poco menos triste. Por eso bebe tanto, te dice un buen día, qué coño te has pensado. Tiene sus razones. Y son tan poderosas que cuando no tiene alcohol procura apartar su mente de lo de siempre machacándose las falanges con un martillo. Y te fijas en su mano izquierda y, joder, parece que un coche le haya pasado por encima. Ahí dentro tiene huesos rotos en más de cinco ocasiones. Frases por el estilo, torpes y babosas como su lengua de borracho, son las que has ido acumulando durante años hasta lograr formar tu propia versión de lo que tuvo que pasarle a tu vecino. Los demás miembros de la comunidad están hasta los huevos de él. Muchos de ellos han interpuesto denuncias y demandas. Dicen que por las noches pone la tele muy fuerte y que de su casa suele salir un olor insoportable a basura. También salen pequeños ratones, juró una mujer joven en la última reunión de propietarios. Da muy mala imagen a nuestra comunidad. Puede que tengan razón. A lo mejor lo ideal sería que un día viniera algún funcionario y se lo llevara a un sanatorio-residencia. Pero resulta que este mundo no es ideal, y que probablemente lo que tu vecino tiene grabado en la cabeza es tan horrible que no se puede soportar sin alcohol ni dolor físico. Por eso cada mañana le dejas una botella de algo junto a su puerta. Si te va bien vodka del bueno. Si estás en una mala racha, Don Simón. Es tu manera de ayudarle. Estás honestamente convencido de que no hay alternativa mejor. Bueno, si lo encuentras dormitando en un rellano, manchado de mierda y bilis pero no de sangre, completas su pasaporte a la anestesia dándole alguna patada en la boca.
Salvavidas
Estoy en un tren y llevo un regalo sobre las rodillas. La típica imagen de un regalo, ya sabes, una caja cúbica envuelta en papel de colores chillones y rematada con un lacito. Además, voy de traje. Y vale, soy yo quién está en el vagón vestido de pingüino y soy yo a quien le sudan las manos pero podrías ser tú. Sólo necesitarías estar bastante hasta los huevos y que en tu barrio hubiera una droguería, una ferretería. Quizá una tienda de productos de bellas artes. Porque cualquier día puedes encontrarte en el buzón un sobre de papel grueso. Con tu nombre escrito con tinta plateada o dorada. Dentro hay una invitación. Un par de años después de Todo te está invitando a su boda. Se ruega confirmación, dice al pie del tarjetón. Así que después de pensarlo durante unos días decides que lo mejor es asistir. No sabes si seguirá teniendo el mismo número, pero le envías un mensaje al móvil. Felicidades, me alegro mucho por ti, allí estaré. Alguna mentira por el estilo. Y ya sólo te queda comprarle un regalo. Buscas en Internet. Y, claro, acabas optando por un reloj-despertador. Según la red de redes es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Lo ideal.
La “termita” es una mezcla de combustible oxidante capaz de generar temperaturas cuasinucleares. 2.200 º, más de la mitad del calor que origina una bomba atómica. Y te asombra cómo has podido vivir todo este tiempo sin tal información. Pero lo más increíble es lo fácil que es de fabricar. Fight Club tenía razón.
Por eso en el tren no estás tranquilo. Tienes prisa y también ganas de vomitar. Te gustaría que todo hubiera pasado ya. No entiendes por qué coño le ha dado por casarse en una pequeña ciudad a trescientos kilómetros de la que creías que era la vuestra. En realidad, no entiendes por qué coño le ha dado por casarse. El caso es que llevas ya una hora de trayecto pero aún faltan un par más. Esto no es la Alta Velocidad. Esto es uno de esos viejos cacharros demasiado ruidosos que paran en cada pueblo por el que pasan. Y durante un momento te asusta la idea de perder la noción del tiempo y cagarla bien cagada. Retiras las manos del regalo. Pero luego miras la hora en el móvil y recobras la calma. Todo va según lo previsto.
En la droguería te facilitarán sin hacer preguntas óxido de hierro en polvo y aluminio en polvo. Es importante que lo utilices a partes iguales. Muchas webs recomiendan 10 gramos de cada. Pero más vale asegurarse. Y pones el doble. Remueves con cuidado hasta obtener una textura y color homogéneos. Luego añades un poco de cloruro de potasio y unas gotas de ácido sulfúrico, para potenciar la velocidad ignífuga del compuesto. Y metes el polvo en una caja. Preferiblemente, de cartón. El plástico acumula electricidad estática.
El tren se detiene en una ciudad intermedia. Miras por la ventanilla. Una ciudad de mierda, a juzgar por el estado de abandono en que se encuentra el andén. Hay herrumbre en las barandillas y en los bancos. La caseta en la que se compran los billetes tiene las paredes desconchadas. Y piensas Joder, quizá la culpa no sea mía, quizá es que la vida no es gran cosa. Y te dispones a seguir pensando en busca de sucedáneos de legitimidad pero te distrae alguien que se sienta a tu lado. Por el rabillo del ojo y por las fosas nasales concluyes que el sujeto es Mujer Joven. Sientes cierta curiosidad. Lo típico: si estará buena. Pero hay cosas más importantes en las que ocupar la mente y logras mantener la mirada en dirección al decrépito mundo exterior. Lo malo es que no pasan ni tres minutos desde que el tren recupera la marcha hasta que te dice ¿Vas a un entierro? Aun así, sigues sin girarte hacia ella cuando le contestas:
-Llevo traje negro, pero también un regalo; saca tus propias conclusiones.
-No lo digo por el traje. Lo digo por tu cara.
-Ah, vale… Entonces sí, voy a un entierro.
El hecho de estar seguro de que la conversación va a continuar no te ayuda a soportar mejor la voz de tu vecina de asiento. Sigue:
-¿Crees en dios?
-No.
-Mejor.
Luego se calla un minuto, hasta que suelta:
-Yo antes creía en dios. Ya sabes, por esto…
Justo después de esos puntos suspensivos oyes un toc-toc de origen desconocido, pero ni siquiera eso consigue que te vuelvas y mires de una puta vez a la persona que ha decidido joderte un poco más de lo que ya estás. Ella sigue:
-Pero hace tiempo que entendí que lo que de verdad necesito es otro tipo de amor. Algo más de carne y hueso.
-Me alegro de que tengas las cosas claras.
-Hoy empiezo mis vacaciones. Llevo yendo al mismo sitio desde hace cuatro años. Un pueblecito costero. Él está allí, vigilando la costa desde su torre. No es tan espectacular como los vigilantes de la tele. Es un tío normal, pero a mí me gusta.
-Me alegro de que tengas las cosas claras.
-Lo que pasa es que no me hace ni puto caso. Todos los veranos finjo que me ahogo justo delante de él pero nunca viene a rescatarme. Termina acudiendo algún bañista buenapersona que me saca del agua y luego corre hasta la torre de vigilancia para echarle la bronca por no hacer su trabajo. Entonces, delante de mí, él explica a los curiosos que lo que pasa es que estoy loca y que todos los años igual. Eso dice, que estoy loca. Pero yo sé que lo único que explica que no venga a salvarme es esto…
Toc-toc.
En este punto cedes a la curiosidad. La miras y ella te mira directamente a los ojos y luego baja la vista hacia su falda, se la recoge un poco y te muestra su pierna ortopédica. Ella vuelve a mirarte, pero tú sigues clavado a ese pedazo de madera vieja.
Dice:
-Sé que es horrible pero… ¿sabes cuánto cuesta una de esas piernas ultraligeras y estilizadas de fibra de carbono que fabrican ahora? Ni te lo imaginas…
Y dice:
-Por cierto, ¿qué hay dentro de la caja?
Lo ideal es que sea un reloj-despertador electrónico. Que lleve un zumbador o un altavoz. Es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Ni siquiera necesitas haber visto Bricomanía. El ferretero de tu barrio te ayudará a continuar el proceso vendiéndote una pequeña bombilla. Pequeñísima. Con 1,5W hay de sobra. La rompes con cuidado de no cargarte el filamento incandescente y la conectas en el lugar del altavoz-zumbador-buzzer, de manera que esté en contacto con la cajita repleta de termita. Vuelves a atornillas el despertador y lo programas. Las diez de la noche es un buen momento para hacer entrega de tu regalo. En pleno banquete.
Dices:
-Ni te lo imaginas.
Y dices:
-Aquí no puedo enseñártelo. Vamos.
Dos minutos más tarde estás en el último vagón del convoy, en el WC. Te has olvidado del regalo. Está en el lavamanos, bajo un grifo goteante. Y tú entre las piernas de la chica. O algo parecido, ya me entiendes. Y oyes el toc-toc-toc de su prótesis chocando contra las paredes de PVC del aseo. Que es una pierna Erickson, te comenta mientras os movéis al ritmo del traqueteo del tren. Que la robó en uno de esos sanatorios tétricos donde la gente deja reliquias a cambio de obtener el derecho a un milagro. Que se vendieron millones de unidades durante la II Guerra Mundial y que ya está algo pasada de moda. Pero que da igual porque al fin y al cabo su vigilante particular nunca se fijará en ella.
-A mí me gusta –le dices-. Es raro.
Al acabar te pide que le enseñes el regalo. Cumples tu palabra.