Archivos para 31 agosto 2008

31
ago
08

A veces pasa

Ya sabes, a veces pasa. Recibiste un sms que nunca debería haberte llegado. No ponía Isa, te seguiré escribiendo poemas por siempre. Ponía Eva, te seguiré escribiendo poemas por siempre. Y sólo cambian dos letras, pero según la nota que dejaste esos dos putos fonemas cambiaron tu vida por completo y de golpe. Yo me di cuenta de la cagada al instante. Y decidí ir a verte. Pero no contestabas al telefonillo. Quería poner mi mejor cara de niño bueno y explicártelo, mentírtelo. Hablarte de la otra utilizando la expresión “la otra” para que te creyeras que tú eras “la única” y me perdonaras. Pero supongo que mientras yo llamaba al timbre tú estabas despidiéndote de mí a través del rollo de cocina, lo primero que encontraste a mano, seguro. Ahora es lo más valioso que me queda de ti: tu letra pequeña y puntiaguda deformada por las rugosidades absorbentes de un papel creado para limpiar suciedad. Ahora es lo más valioso que me queda de ti: la guardo en un sobre de plástico para que el tiempo no pase por ella. Por ti. Mis amigos me dicen que reaccione, que ya ha pasado mucho tiempo y que yo no tuve la culpe de nada. Que siempre estuviste loca. Pero aquella mañana ellos no estaban en tu portal llamando a tu puerta 5 cuando empezaron a llover papelitos. Cientos de pedazos de papel trazando lentas espirales verticales y hacia abajo. Cogí uno y leí la palabra Pequeña y leí la palabra Enganchados. Y luego leí la palabra Follar. Y aunque no era un manuscrito supe que era un trozo de algo que te escribí algún día porque la palabra Sudor estaba escrita en rojo. Antes de que pudiera mirar hacia tu balcón oxidado te reventaste contra el pavimento, justo a mi lado. La nube de celulosa aún descargaba. Algunas letras cayeron sobre el enorme charco que se formó alrededor de tu cabeza, y se deshicieron sin remedio. Pero yo me fijé más en que llevabas puesta tu camiseta de dormir, con la que solías despedirte de mí cuando dormía en tu casa. Me jodías la vida. Me gustaba que me jodieras la vida. Pero no tanto. Ahora sólo espero que aquella Eva de la que ni siquiera recuerdo su cara sufra una tragedia extrema, algo que la obligue a abrirse las venas en la bañera o alguna cosa por el estilo. Es la única redención que se me ocurre.

26
ago
08

La vida en la superficie

Llevo una hora cavando.

Cuando ayer me dicen que hoy por fin nos traerán ese árbol enfermo del jardín de los señores de Noséqué me dan ganas de quitarme el mono y tirárselo a la cara a mi jefe. Es un árbol enorme; sus raíces necesitan que les prepare un hoyo en el que cabría dos decenas de cuerpos humanos. Así que cuando ayer, casi al terminar la jornada, el jefe se me acerca mientras preparo el abono especial para los rosales, se tapa la nariz con un pañuelo increíblemente blanco y bromea conmigo diciéndome que duerma bien por la noche porque al día siguiente me espera una buena sesión de pala, estoy tentado de aplastarle la cabeza con ella. Pero no lo hago. En lugar de eso sigo removiendo mierda con las manos hasta que suena la sirena de Se acabó por hoy. Al volver a casa hay una nota sobre la mesa de la cocina. La nota. La misma desde hace semanas. No es que el texto contenga un mensaje idéntico al de la vez anterior, es que es físicamente el mismo cuadrado de papel. Tiene manchas de café y la tira adhesiva se ha impregnado de polvo y pelusa y pelos del gato que se nos murió a zarpas del perro del vecino. Ya ni siquiera se toma la molestia de perder veinte segundos escribiéndome una excusa cuando un par de veces por semana tiene que volver al trabajo de noche para resolver algún asunto urgente. Supongo que se limita a sacar el post-it de dondequiera que lo guarde y dejármelo sobre la encimera, la tele o la cisterna del váter. Los pocos lugares comunes que nos quedan. En eso pienso. En qué le pasará por la cabeza cada vez que decide desaparecer por otra noche. Si al menos la sacudirá una pequeña punzada de pena, remordimiento, culpa o si simplemente dudará entre coger la ronda de circunvalación o atravesar en línea recta la ciudad para reunirse lo más rápido posible con el hijoputa de su jefe. En eso pienso mientras saco de la nevera una porción de pizza de anteayer para calentármela en el microondas. Pero entonces me doy cuenta de que el microondas ya no está. Debe de haberse pasado por aquí algún matón del prestamista. Y automáticamente dejo de darle vueltas a posibles explicaciones para toda esta decadencia. No tiene mucho sentido buscar el origen del desastre cuando estás de mierda hasta el cuello. Así que entro en la ducha y me rasco el estiércol de la piel hasta que me duelen las uñas y todos los poros del cuerpo. Y sin secarme me voy a dormir dejando la ventana abierta, con la esperanza de que una neumonía o el ébola entren por ella y me hagan olvidarme de todo durante un tiempo. Pero ya son las cinco de la mañana y suena el despertador y estoy jodidamente sano y nada ha entrado. Ni por la ventana ni por la puerta. La otra mitad del edredón sigue insultantemente lisa, como si fuera su estado natural, lo más normal del mundo. Vale, pienso, y estampo la lamparita de noche contra la pared. Y me levanto y suelto una larga meada y me miro en el espejo y decido que hoy no me afeito. Que ni siquiera voy a lavarme los dientes. Pienso en hacer una llamada, para desahogarme. Pero tampoco lo hago. Los de Transportes ya deben de haber descargado el árbol en los viveros es lo siguiente que me viene a la mente. Y desde ese momento lo único digno de mención es que ya llevo una hora cavando en la oscuridad. Y estoy en el fondo de dos horas y un agujero de dos por dos por dos cuando asoman por el borde las ridículas botas camperas de mi jefe. Desde lo alto del contrapicado me pregunta Qué tal por ahí abajo, pero antes de que le pueda responder o matar me dice que él sólo ha madrugado porque se va a la costa a navegar un rato y que además quería comprobar que no se me hubiera ocurrido coger la retroexcavadora. Ya sabes, dice, no hay nada como un agujero hecho a pico y pala. Las excavadoras remueven demasiado la tierra, mezclan estratos, y un árbol tan delicado como el de los Noséqué no puede permitirse tierra revuelta. Eso sería una aberración, añade justo en el momento en que el cielo empieza a clarear sobre él y sobre mi agujero y supongo que sobre todo lo demás. Entonces sonrío en medio de la penumbra. Hay nubes densas como bolas de mercurio ahí arriba; mal día para coger el velero. Muy mal día, porque ráfagas de resplandores y rugidos empiezan a caer de las alturas. Dibujos de luz en el cielo. Flashes que iluminan el mundo por un segundo aleatoriamente, desde todos los ángulos posibles. Temblores que hacen que las paredes del agujero se estremezcan, que se les desprendan terruños plagados de gusanos y filamentos de raíces antiguas, muertas. Y algo así como un viento incandescente debe de recorrer el paisaje sólo un palmo por encima de mi pelo, porque veo cómo mi jefe se convierte en ceniza y se vuela con la brisa de este extraño amanecer. Y lo veo casi sin asombro, casi sin miedo, como si se tratara de un final esperado. Luego el bramido cesa y durante unos segundos mis oídos sólo son capaces de percibir un silencio denso. Pero cuando me habitúo al nuevo orden de cosas consigo escuchar lo que pasa ahí arriba. Miles o tal vez millones de personas, plantas y animales caídos, calcinados, deshaciéndose al ritmo que quiera marcar el viento. Podría pensar en ondas piroclásticas, en rayos extraterrestres o en colas de cometas. Pero no lo hago. Lo que sí hago es sentarme sobre la tierra húmeda, levantar la vista y contemplar las cataratas de polvo que se precipitan sobre mí. Eso y pensar que, en realidad, la vida en la superficie no ha cambiado gran cosa. Que todo llevaba años arrasado.

22
ago
08

Válvulas de escape

Mi amigo y yo vivimos de los recuerdos. Es mejor así. Nuestros respectivos presentes no se parecen demasiado a lo que alguna vez planeamos. Aunque es probable que nunca planeáramos demasiado nada. Pero el caso es que jamás soñamos con llegar a esta edad trabajando diez horas en sendas oficinas llenas de archivadores y zumbidos de aparatos eléctricos o electrónicos. Así que vivimos de los recuerdos y de alguna que otra pequeña venganza. Ridículas válvulas de escape. Por ejemplo, cuando mi jefe sale de su despacho acristalado y se despide de nosotros -el personal-, yo le contesto Hasta mañana de modo que él medio entienda Hijo de puta. O al revés. Me ha llevado años aprender a mover independientemente las cuerdas vocales y los labios. Por su parte, mi amigo desinstala una vez por semana el antivirus del ordenador de su patrón y lo bombardea con archivos infectados. Y si ésa es la mayor satisfacción de tu día, deberías empezar a admitir que estás bastante jodido. Pero no lo haces. Porque a nadie le gusta hacer balance negativo de su propia vida. Por eso, en lugar de a la autocrítica mi amigo y yo recurrimos sencillamente a la crítica. Vale, sería más honesto utilizar la palabra burla. Pero ni mi amigo ni yo lo somos. Nos cruzamos emails durante la jornada laboral, para soportarla un poco mejor. Nos contamos el uno al otro las cosas mediocres que hemos tenido que contemplar por la calle, por el mundo. Mi amigo me escribe casi a diario sobre un gordo gordísimo que cada mañana a las nueve pasa por delante de su oficina, haciendo footing. Dice que hace meses que lo hace y que no ha perdido ni un gramo. Y luego me describe cómo el pantaloncito que usa la bola de sebo se le mete entre las piernas un centímetro más a cada zancada que da, como si hasta su culo tuviera hambre. Yo leo y me río sólo en mi mesa. Y como todos los días hoy también mete la cabeza en mi cubículo el cretino que se pudre en el de al lado. Jeje, dice, ¿qué haces? Y yo ya ni le contesto. Antes le respondía Cosas o Nada o Déjame en paz. Pero ahora ni le contesto. Lo que sí que hago es enviarle a mi amigo un email larguísimo sobre el asco que me produce el fisgón de mi compañero de oficina. Es cojo. Tiene una pierna menos desarrollada que la otra. Es sólo un poco mayor que yo y fue una de las últimas víctimas de los fallos de la vacuna contra la polio. Los días que me jode mucho, tras recoger mis trastos al acabar la jornada, me apoyo en su muleta, le miro fijamente y le pregunto si le apetecería venirse el sábado a jugar un partidito de fútbol. Hoy se lo diré, le escribo a mi amigo. Y como posdata le pregunto: ¿Cómo es posible que este tipo todavía no haya intentado matarme? Un nuevo email de mi amigo llega cuando no han pasado ni tres minutos. No ha intentado matarte porque tú tienes dos piernas para patearle la cabeza, me aclara. Pero, tranquilo, si sigues haciéndolo tan bien más pronto que tarde te echará raticida en el café y toda esta mierda se acabará. Y sigue: por si te sirve de algo, a mí hoy la señora de la limpieza ha intentado agredirme con una fregona impregnada en amoníaco. Se ve que no le gusta que me burle de sus varices cuando se sube a la escalera para limpiar los neones. En fin, hablamos de cosas así. De que hay gente en el metro que parece aún más triste que nosotros. Nos reímos de cosas así. De personas tan normales como mi amigo y yo que son elevadas a los altares sólo por morir en un accidente aéreo. Pero, por la razón que sea, sobre todo nos burlamos de Dani. Es el protagonista más habitual de nuestros correos. Hace diez años mi amigo y yo vivíamos con él en un piso de estudiantes. Era una de esas personas que caen bien porque no arriesgan demasiado. Ni una palabra más alta que otra, nunca. Resultaba fácil convivir con él. Si le pedíamos que hiciera la cena, no rechistaba. Nos dejaba pasta cada vez que se lo pedíamos. Total, él nunca salía. Aborrecía el alcohol y tartamudeaba si una chica le preguntaba la hora. Al cabo de medio año estábamos empezando a quererle a nuestra manera. Pero, joder, un día llegamos a casa antes de lo previsto y nos lo encontramos sentado frente al ordenador. Bastante normal si no fuera porque iba vestido de niña pequeña, con una peluca rubia con trencitas y dos redondeles de colorete rojo en las mejillas. Alguien que me pareció un hombre de unos cincuenta conversaba con él a través de la webcam. Mentiría si dijera que le dimos ocasión de explicar qué cojones hacía. Todo lo que hicimos fue revolcarnos de risa en el suelo a dos pasos de él y bajar corriendo a contárselo a los colegas. Dani aguantó los comentarios y los cotilleos durante lo que quedaba de curso. Al llegar el verano desapareció y no volvimos a saber nada de él. Hasta ayer, que me lo encontré al salir del trabajo. El tiempo parecía no haber pasado por él. Tenía el cutis igual de terso que a los veinte años y olía a nenuco y a potingues para la piel. Pero parecía aún más asustadizo que una década antes. Ostia, Dani, le dije, ¿cómo estás? Bien, me dijo, ¿y tú? Le conté lo típico, lo que se le cuenta a alguien con quien tropiezas sin ganas: que trabajaba en el edificio que teníamos delante, que era una puta mierda pero me daba el suficiente dinero como para no tener que vivir en un piso compartido. Y luego le dije ¿Te acuerdas de aquella temporada…? Y él me contesto que sí. Y que tenía prisa. Que ya nos veríamos. Recorrí riéndome todo el camino hasta mi casa. Me regodeaba pensando que mi amigo iba a flipar cuando le contara que Dani seguía vivo y con la misma cara de pringao de siempre. Luego me calenté un sopinstant y me fui a dormir luciendo lo más parecido a una sonrisa de triunfo que fui capaz de recordar. Pero hoy, cuando me dispongo a redactar el email que más va a hacer reír a mi amigo, un mensajero entra en la oficina y pronuncia mi nombre. Me entrega un paquete a portes pagados. Remitente: Dani. Dentro hay un cedé. Escrito en él a mano con rotulador de punta fina: cuentas pendientes. Lo pongo en el ordenador y de los altavoces sale la voz de Dani. La historia de Dani. Dice que la mañana de un domingo cualquiera de cuando él tenía ocho años su padre, su hermana pequeña y él bajaron a dar una vuelta por su barrio. Pensaban ir al parque, pero antes su padre pasó por un quiosco para comprar el periódico. Y Dani se empeñó en que le comprara un cochecito matchbox. El hombre le dijo que no y Dani se enfadó. Se enfadó tanto que salió a la calle lloriqueando, pataleando. Se enfadó tanto que cuando su padre le dijo que ya estaba bien, que andando, que uno no puede tener todo lo que quiere, y lo intentó coger de la mano, Dani se soltó y sin saber muy bien por qué decidió atravesar corriendo la calzada. Una mujer que conducía un Renault 11 tuvo que dar un volantazo. Los novecientos kilos del coche se subieron a la acera y aplastaron a su hermana contra la pared. Fui a psicólogos y psiquiatras durante años, continúa diciendo la voz de Dani. No es fácil asumir la visión de la cabeza rubia y roja de tu hermana separada del cuerpo, rodando por el pavimento como una pelota imperfecta. Pero acabé comprendiendo que lo más probable es que no merezca librarme de esa culpa. Así que puse en práctica otro tipo de terapia. A mi padre, al menos, le sienta bien. Cuando hablo con él a través de la cam imitando la voz, los gestos y la ropa de una niña pequeña, le tiemblan los ojos al principio, pero luego sonríe y le dice a mi hermana un montón de cosas que se le quedaron por decir.

Y eso es todo. No hay más en el cedé ni en el sobre. Tras un momento de duda, empiezo a reírme. Cada vez más y más fuerte. El jefe sale de su templo de cristal y me pregunta si estoy bien. Perfectamente, señor, le digo, pero él medio entiende Métete en tus asuntos, bastardo. Cuando me deja en paz empiezo a escribir a mi amigo.

13
ago
08

Huyendo

Aún no son las ocho de la mañana y voy por el tercer café. Esto no es bueno para mi salud. En realidad para la de nadie, pero los demás me dan igual. Por supuesto. Además, a estas horas todo el mundo es antipático. La camarera vieja que me acaba de servir me ha derramado buena parte de la taza encima de los pantalones. Ni siquiera se ha disculpado. Lo cual tampoco es bueno para mi salud. Puedo sentir, casi oír cómo se me pinzan las cervicales y la sangre late en mis sienes. Malo. Ganas de vomitar. Por no hablar de que tengo a Mario, el conductor, sentado frente a mí. No para de hablar. Es increíble la cantidad de palabras por minuto que suelta. Y es aún más increíble que ninguna de ellas despierte en mí el menor interés. Miro la autopista a través de los ventanales y él habla de que la mili le sirvió para hacerse un hombre. Dice que medio añito de prácticas militares nos vendría muy bien a unos cuantos mientras remueve su café y mira de reojo la botella de Terry que hay sobre la barra. Luego chasquea la lengua y dice que la puta de su exmujer le está sacando las entretelas a costa de la pensión. Y dice que su hijo saca malas notas en el colegio pero que no es culpa del chaval sino de la zorra de su madre que no le cuida como es debido y eso que además el pobre sufre un trastorno de atención pero que la verdad es que el crío es muy listo, muy avispao, porque para eso es hijo suyo. Yo le miro. Fuma ducados negro con ansia. Yo le miro mejor y veo cómo un par de gotas de pura sordidez, viscosas y de color mierda, le resbalan de la nariz y se hunden en su taza. Y empiezo a preocuparme seriamente por mí. Pero ya es la hora de subir de nuevo al autobús. Así que parpadeo con fuerza para borrar la visión, pago mi consumición y la del conductor y grito en medio de la cafetería del área de servicio Por favor, viaje a Extremadura, vayan dirigiéndose al autocar. La empresa nos instruye a todos los guías para que digamos autocar y no autobús. Una vez le dije a un compañero que me resultaba raro lo de decir autocar, que me sonaba a palabra de hace cincuenta años. Y me contestó que tenía entendido que ésa era precisamente la razón por la que nos obligaban a utilizarla. Me dijo Todos nuestros clientes son jubilados o prejubilados; en su época se decía autocar. No me convenció, pero me pareció estúpido profundizar en el tema. Porque lo mío no es vocacional, me importa una mierda la política de la empresa, su estrategia publicitaria, los resultados de los tests de calidad que tendré que pasarles a todos estos pensionistas dentro de una semana, durante el trayecto de regreso. Yo sólo quería alejarme un poco de mi mundo habitual y di con un anuncio en Laboris. Bastaba con tener el graduado y disponibilidad para viajar. Dos días después guiaba a mi primer rebaño hacia la otra punta de la península sin ningún problema. A estas personas les da igual que les digas que los pescadores de la Costa da Morte viven de la pesca del atún o de la del morrajo. Lo que de verdad quieren es desobedecer por una semana las recomendaciones de su médico acerca del ácido úrico y atiborrarse a percebes. Y llevarles a sus nietos algún llaverito con la fachada principal de la plaza María Pita. En fin, que ninguno de ellos va a poner en duda tus conocimientos, porque el guía es guía por algo. Es lo que le suele decir su mujer al típico abuelete sabelotodo que hay en todo grupo del INSERSO que osa cuestionar mis palabras con o sin razón. Lo malo es que esto ya se está alargando demasiado. Quería curarme, olvidar ciertas cosas. Supuse que pasarme unos cuantos meses atravesando el país por carretera en un vehículo impregnado de olor a alcanfor me ayudaría a encontrar otras ilusiones. Creí que estar todo el día rodeado de tercera edad me serviría para darme cuenta de que aún soy joven y más o menos fuerte. Pero es como si el pasillo central del autobús estuviera inclinado hacia delante y un montón de flujo senil se deslizara hasta mi asiento, porque cuando llega el séptimo día y veo reaparecer el paisaje de esta ciudad trágica al otro lado de la luna delantera del bus me aún siento tan débil, cansado, herido y repentinamente viejo como aquel día. Todavía se me revuelven las tripas por miedo a encontrármela.

11
ago
08

Ocio Nocturno (II)

El gordinfón del bar llega a su casa. Introduce un dvd en el aparato Siemens y se deja caer en el sofá, que chirría o gruñe como un objeto-animal viejo, igual de oxidado que harto de soportar ciento veinte kilos de manteca pastosa, resudada. Frente a él, el televisor con la pantalla en blanco del canal AV a la espera de que pulse el play. Encima de la tele, a duras penas visible entre la penumbra tenue que emite la tele pero reproducible a la perfección por su mente de mirarla un millón de veces, hay una fotografía muy similar a las que le acompañan noche tras noche en su negocio. Una fotografía ampliada en la que aparece en su hábitat natural: la barra de su local de copas, la trinchera desde la que tiene cierto protagonismo en su propia vida. Se le ve rodeado de cuatro chicas que sostienen vasos de alcohol mientras con sus manos libres se abrazan al corpachón cilíndrico de su gigantesco y tontorrón osito de peluche. De su particular suministrador de diversión. Una fotografía dedicada en la que se lee “A Damián, el mejor barman de todo el mundo”. En los bordes de la imagen hay estampados labios de carmín. Diversas tonalidades palidecidas de rojo. A veces Damián los besa. Luego se pasa la lengua por los suyos, una lengua extremadamente corta, e impregna su boca de un sabor a polvo y saliva propia que a él le resulta delicioso. Hoy, sin embargo, no le apetece besar a ninguna de sus chicas. Hoy ninguna le ha hablado demasiado en el bar, hola y adiós y ya está, ya no están, están riéndose en la mesa más alejada, hablando con chicos de su misma edad en la mesa más alejada, a muchos años luz de él. Piensa en ello con la mirada perdida en algún punto del techo y el dedo índice indeciso sobre el botón del mando a distancia. Piensa que tampoco ningún chaval se ha sentado en un taburete y ha intentado caerle en gracia alabando la música que pincha en el local. Una vez se tiró a un tío. Y disfrutó. Tenía el culo duro y rasurado. Un culo perfecto, asexuado si te lo follabas como él lo hizo, poniéndolo a cuatro patas y manteniéndole la cabeza gacha para no ver la los rasgos masculinos de aquella cara. Tuvo que pagar. Quería probarlo. En el fondo sabe que lo hizo porque creía que le sería más fácil tener sexo estable si fuera gay. Pero las mujeres le gustan mucho más. Desclava del techo los ojos y los fuerza a atravesar la penumbra de la habitación en busca de su fotografía preferida, lo único remotamente similar a un recuerdo amoroso o simplemente sentimental que decora su casa. El resto, a excepción de su equipo de música e imagen de última generación, son cosas pasadas de moda. Paredes revestidas de papel floreado. Un par de figurillas de porcelana gris y rosa que, por mucho que Damián se empeñe en distanciar, aunque las obligue a darse la espalda, conforman el núcleo indivisible de un joven decimonónico retratando a su amada. Un armario de conglomerado color crema con polvo en los estantes, unas sillas de escai beige, el tapizado cuarteado, las patas apolilladas y cojas. Y él se siente un mueble viejo y ridículo. Un gran baúl vacío. Inútil. Sus ojos no le han obedecido. Tras recorrer la desolación de la estancia, se posan sobre la rotunda realidad de su cuerpo esférico. Y de modo casi inconsciente, como quien enciende el enésimo cigarro, o bebe otra copa jurando que será la última o arroja por la ranura de una tragaperras el sueldo de todo el mes, intenta escapar de sí mismo poniendo en marcha la cinta. Nunca deja de sorprenderse al ver los baños de su pub desde esa perspectiva en contrapicado. Los azulejos de las paredes están relucientes, el espejo perfectamente iluminado, ni una de las bombillas halógenas que lo enmarcan está fundida o parpadea. Una confortable sensación de limpieza, incluso asepsia, caracteriza la atmósfera de los servicios femeninos de su bar. Lo friega y lo perfuma de arriba a bajo cada día antes de abrir las puertas al público, a las once de cada noche. Es importante que las chicas se sientan absolutamente cómodas allí. De pie o sentadas, ni rastro de gérmenes. Sólo así se relajan, se toman su tiempo para retocarse el maquillaje o para quitarse las prendas superiores y colocarse correctamente las tetas, desafiando la ley de la gravedad. Para cambiarse el tampón o, de vez en cuando, alguna, hacerse un dedo mirando la papelera metálica de diseño pop-art atornillada al suelo detrás de la puerta, justo frente a la taza del váter, sin sospechar que tiene un doble fondo en el que se camufla una mini-cámara con micrófono incorporado. En la pantalla aparece la primera chica de la peli de esta noche. Ahora todas sus grabaciones duran ciento veinte minutos; filmados en tiempo real: de doce y media a dos y media de la madrugada. Hace ya bastante que descubrió que ése es el intervalo de mayor movimiento en los servicios. Apenas una hora después de empezar a beber, las vejigas femeninas se saturan. La primera protagonista de la película de hoy es una pelirroja de aspecto a la vez frágil y atlético. Alta y delgada como un junco. Sus ojos verde oscuro contribuyen a ello, a hacerle parecer un junco, un vegetal sano y flexible, una zanahoria, una acelga. También su casi absoluta carencia de glándulas mamarias. Insecto palo, mantis religiosa de ojos inmensos, la chica verde y naranja sale del plano sin haber hecho otra cosa que lavarse las manos y refrescarse la nuca. Damián imagina la fragancia que habrá quedado flotando en el ambiente, hierba recién cortada, algo así, y de pronto se siente más sucio, más pringoso de lo normal. Se despega del sofá humedecido y en la cocina, a la luz ambarina de la nevera entreabierta, se sirve un gran vaso de leche, azúcar, colacao y cereales chocolateados. Con el vaso en la mano se acerca de nuevo al televisor, despacio, retraído, mirándolo con cierto temor o vergüenza, de reojo. El escenario está desierto. Igual que su cuarto de baño doméstico, al que dirige sus pasos tras dejar la bebida hipercalórica en la mesilla que media entre la tele y el sofá. Como en cualquier váter occidental, hay un armarito-botiquín blanco anclado a la pared. Lo abre y empieza a escarbar en sus tripas. Sus dedos tiemblan ligeramente. Caen cajas y prospectos sueltos. Damián se sorprende a sí mismo alarmado. Piensa que está haciendo demasiado ruido, crujidos de cartón y de papel, frascos rodando por el suelo, piensa que alguien va a llamar a la policía por el escándalo. Que una pareja de agentes se presentará en su casa y le joderá le velada; confiscarán su videoteca y se lo llevarán esposado entre inquisidoras miradas y comentarios de mal gusto. Pero ya sostiene en las manos una docena de tabletas, pastillas redondas, píldoras de todos los colores, cápsulas rellenas de medio miligramo de yin-yang, de salud y enfermedad, de vida y muerte comprimidas. Sólo quiere sentirse bien. Vuelve a la sala de estar, que en realidad nunca ha sido más que el cuarto en el que se sienta a ver la tele y engordar. La pantalla sólo muestra la deslumbrante pulcritud de los servicios de El Último Mono. Se sienta en el sofá, justo sobre la gigantesca huella de su culo, excavada sin esfuerzo pero con cierto dolor durante años y años. Con bastante dolor, ahora lo descubre sin lugar a dudas. Un dolor lento y sordo, sin heridas ni hemorragias externas, pero que no se detiene jamás, que corre igual que una toxina por sus venas gordas como túneles oscuros que amenazan con colapsarse. Un malestar que a veces, sólo algunas pocas veces, por ejemplo durante un instante de normalidad en su bar o escuchando un cedé de Nacho Vegas en la seguridad de su casa, consigue reducir a mera molestia, a peculiaridad de su persona. A aire de malditismo. A algo que le jode pero que también le hace ser quién es, para bien o para mal. Sin embargo, lo habitual es que el dolor sea sufrimiento puro, suplicio que Damián aguanta día tras día del modo discreto en que cualquier mártir aguanta su martirio, en privado, en silencio, en la cruel intimidad. Como esta noche, en la que se encuentra agotado, tanto que ni siquiera se siente triste, abandonado o perdido. Nota su cerebro hinchado como una bolsa repleta de basura. Obsceno, corrompido. Quiere descansar, sentirse bien. O creer que se siente bien, simplemente eso. Con un movimiento pausado, inapropiado para una mano que más bien recuerda –por la grasa, por los pelos- a la pezuña de un cerdo, ciento veinte analgésicos suaves y brillantes o rugosos y mates o translúcidos o como recubiertos de polvillo, de todas las texturas imaginables, caen y se hunden en el edulcorado brebaje marrón. Y un momento después, el revoltijo de leche, chocolate y drogas cae y se hunde en el estómago sin fondo de Damián. Le sabe igual que todas las noches. Se limpia la boca con los bajos de la camiseta. Igual que todas las noches. No percibe cambio alguno en sus capacidades. Se recuesta en el sofá, que deja escapar otro gruñido oxidado, a la espera de que suceda algo distinto. Agazapado animalmente en la tiniebla añil, mira la pantalla, la foto de la pared, la pantalla, la foto… todo está quieto, callado. Y así sigue un rato. Hasta que, de pronto, se hace el sonido. El micrófono de la mini-cámara capta el subidón de ruido de fondo al abrirse la puerta del baño, voces y música y tintineo de cubitos de hielo luchando por imponerse. Una joven entra en escena. Se apoya en la pila, resopla, se estira y ordena su pelo apresuradamente, peinándolo/despeinándolo con las manos, agitando la cabeza de lado a lado, girando el cuello cada cinco segundos en dirección a la puerta. Parece un poco más bajita, menos estilizada en la pantalla, pero no hay duda de que es ella, la chica más guapa de la noche, la única que hoy ha hecho que Damián se sintiera alguien-algo visible durante un par de minutos. Es la chica más guapa y no tiene motivo alguno para repasarse el contorno de los labios como ahora está haciendo, evidentemente nerviosa. Un escalofrío recorre a Damián de pies a cabeza hasta materializarse en una punzada de sudor frío en su nuca. Tal vez sea el primer ataque de los medicamentos, piensa. Pero lo cierto es que tiene más que ver con la triste premonición que late en el centro de su cerebro desde que ella ha aparecido en la película con su despliegue de gestos excitados y su afán de mejorar aún más la imagen perfecta que le devuelve el espejo. Y ya no necesita presentir cuando un chico alto, afeitado y engominado se incorpora al plano-secuencia haciendo gala de ese saber estar que tienen las estrellas de cine. Ya no necesita presentir porque ahora todo es concreto y duro como una ostia en la cara. Como otra ostia. Damián, viendo en High Definition los dos cuerpos modélicos unidos un poco por debajo de sus respectivos centros de gravedad, oyendo en High Fidelity los gemidos, ya sólo siente una mezcla de pena y rabia que le da ganas de prepararse otro batido de calmantes. Damián, eterno espectador… siempre detrás de la barra o al otro lado de la pantalla, el lado malo, el lado del mundo en el que las cosas no suceden, simple y llanamente se suceden, se observan suceder, sin posibilidad alguna de alterarlas… adquiere la certeza de que ha hecho bien engullendo el bebedizo. Lo único que le inquieta es la posibilidad de haber calculado mal la dosis, de haberse quedado corto, de tener que quedarse aquí un tiempo más. No, eso no, se dice, no sé cuánto tiempo necesitaría para volver a experimentar un verdadero impulso suicida, porque si no me muero esta noche, mañana despertaré y la inercia me atrapará de nuevo, la parte sana de mi cerebro me dirá que lo de hoy no puede repetirse, que es una locura, que en realidad no tengo razones para hacer esto, y luego llamará mi madre como todas las mañanas, para desearme un buen día y decirme si iré a comer a su casa, y yo le diré que sí y a mediodía me presentaré allí y me comeré siete u ocho morcillas ante su satisfecha mirada maternal, de madre de niño un poco inútil del que hay que estar siempre pendiente, aunque tenga cuarenta y cuatro años… No, eso no, ya no más… Tiene que ocurrir ahora. Damián intenta incorporarse para hacerse otro vaso de drogas y descubre que sus músculos no le responden. Están fofos, dormidos. Una arcada profundísima, como nacida en el mismo centro de su alma, le dobla por la mitad. Le saca de dudas, le reconforta. Incluso le hace querer sonreír, pero sus labios están aflojados y sólo logran conformar una mueca torcida desde la que se escurre una babilla densa y espumosa, como la de las vacas. Queda postrado en posición fetal sobre el sofá. Su campo de visión ya es sólo un túnel, un círculo del negro más puro y una lejana luz de treinta y ocho pulgadas centelleando en el centro, una luz blanca como los azulejos del wc de su pub y como las tetas de la última chica que verá en su vida. La sabiduría o la tozudez de la naturaleza hacen que las entrañas de Damián se contorsionen intentando expulsar el veneno que las ha invadido. Pero esta vez está decidido a ganar: se tapona la boca mordiendo un almohadón polvoriento y, con un gran esfuerzo, carga todo su peso sobre su mordaza. Una oleada de vómito, sangre y última despedida le desborda por la nariz, encharcando sus ojos. La trémula chica de la pantalla se está poniendo las bragas cuando el corazón de Damián se para.

02
ago
08

Vacaciones

En cuanto cierro la puerta se entreabre la de al lado y mi vecino asoma por el hueco su cabeza arrugada y calva. Y se queda ahí, mirándome en absoluto silencio si no fuera porque aún no se ha puesto la dentadura postiza y de cuando en cuando tiene que sorber la baba que se le empieza a derramar. Joder… Sería más agradable vivir en una pensión del barrio chino. Intento evitar a esta chusma decadente, así que lo he visto muy pocas veces. Un hola o adiós rápido en el rellano y me libro de él cogiendo las escaleras. Por ahí ni él ni los demás ancianos de esta comunidad pueden seguirme. No les pongo nada fácil que me asquéen con sus conversaciones sobre el tiempo, las pastillas para la tensión o si ya me he echado novia. Pero hoy son las siete de la mañana, llevo a cuestas un par de maletas y prefiero coger el ascensor. Así que ahí estoy, esperando a que llegue con la cara color cerumen de mi vecino escrutándome con gesto de mala ostia. Éste, además de viejo, es minusválido. Tendrá ochenta tacos y aún usa una de ésas prótesis ortopédicas que les ponen a los niños que nacen con una pierna más corta que la otra. También se sirve de un bastón. Reluciente. Barnizado y acabado en un mango plateado. La cabeza de una cobra con dos piedras rojas por ojos. Y eso es lo que blande cuando con dos pasitos torpes se atreve a salir de la seguridad de su piso y me espeta A ti quería yo verte, cabrón. Reprimo las ganas de escupirle a la cara o romperle el cuello pensando con todas mis fuerzas de que es un pobre abuelo solitario y que las hordas del Alzheimer deben de estar arrasándole el cerebro. Imagino que le habrá dado alguna clase de derrame, algo que le hace confundirme con alguno de sus demonios internos. Pero entonces me dice que lleva semanas sin dormir por mi culpa, que mire que ojeras tiene. Le doy la razón como se les da a los locos y le digo que no se preocupe. Me voy de vacaciones; durante una semana no le molestaré con la música tan alta. ¡Qué coño dices, hijoputa!, me suelta. Lo que me toca los cojones son los gritos que das en mitad de la madrugada. Y esos golpes que no cesan, como si estuvieras pegándote cabezazos contra las paredes. Mírate, chaval; estás hecho polvo. Entonces se abren las puertas del ascensor recién llegado y en el espejo veo a alguien más muerto que vivo.

El abuelo tiene razón.

Quizá me vengan bien estas vacaciones.

01
ago
08

Revelaciones

Es madrugada de fin de semana y no tenemos nada mejor que hacer que beber. Vamos a una tienda de chinos y el sonriente dependiente no pone ningún problema para vendernos un par de botellas. Somos tres; se supone que será suficiente. El calor es nauseabundo. Hace que la ciudad entera huela como un vertedero. O quizá el hedor provenga de nuestros propios cuerpos, resudados y adheridos a los asientos de piel falsa del coche. No tiene aire acondicionado, claro. Sin necesidad de mencionarlo decidimos que lo mejor va a ser ir a la playa. Puede que allí el ambiente sea más respirable, pienso. Todo más soportable. No sé. Es lo que a menudo sale en las pelis, ¿no? El protagonista de turno –en plena crisis existencial- se tira varias horas mirando la espuma del mar, a solas con las cosas de su cerebro, y después se reincorpora a su vida de perdedor como fortalecido de algún modo. Como inundado por una revelación mística. Como antihéroe mutado en héroe por arte de magia. En fin, ficción. Nosotros llevamos años acercándonos al mar en verano, cuando el apestoso caldo de cultivo de esta puta ciudad se recalienta aún más de lo normal y estalla en burbujas de pura mierda. Y la verdad es que nunca nos ha servido para convertirnos en algo mejor. Simplemente nos ponemos ciegos y disfrutamos de ver las cosas borrosas durante unas horas. Y eso nos basta para seguir un día más. Así que por fin llegamos y dejamos el coche en un parking de cemento, arena y salitre sucio y vemos que un gorrita negro se acerca. Como ninguno de nosotros lleva el euro, el tipo pide que le demos un cigarro.

Toma.

Lo coge y mira el logotipo en el papel y dice:

¿No tienes Marlboro?

Pues no tío, no soy un estanco ambulante.

Entonces paso.

Me lo devuelve y se larga insultándonos en voz baja. Y de golpe ratifico con absoluta certeza algo que venía intuyendo desde hace tiempo. Que el fin del mundo ya ha empezado. Que ya no hay nada que hacer, que la especie humana es basura antropomorfa y que además de justo sería hasta bonito que el asteroide del 2019 nos convirtiera a todos en polvo cósmico. Porque alguien que buscaba bienestar y que se jugó la vida al atravesar el estrecho en patera o se desolló vivo saltando la superalambrada esa de Ceuta o Melilla acaba de rechazarme un cigarro por no ser de su marca favorita. Pero en lugar de correr tras él y darle motivos para matarme saltándole encima e intentando degollarle con cualquier objeto más o menos afilado, me enciendo el cigarro menospreciado y me adentro en la playa con mis amigos. Unos metros hacia el norte hay una terraza de ésas que alternan los grandes éxitos de los triunfitos con los grandes éxitos de los reyes del reguetón o como coño se escriba. La reverberación se impone incluso sobre el sonido del mar, así que la arena está repleta de grupitos de gente disfrutando de la buena música. Calentando motores. Emborrachándose contrarreloj para entrar a la disco con el puntito exacto de desinhibición. La mayor parte de los animales que pueblan la arena son chavales jóvenes hiperciclados y chavalas jóvenes siliconadas. Putas y chulos de putas, por resumir. Al menos, eso es lo que parecen. Mientras avanzamos entre ellos, mi amigo A dice que tengamos cuidado, que no levantemos mucha arena al caminar, que esta chusma necesita muy poco para reventarle a uno la cabeza. Mi amigo B dice Sí, ojito. Y yo no digo nada pero pienso que por desgracia tienen razón. Y ahí estamos: los tres andando en fila india y de puntillas para evitar problemas. Y me sorprendo a mí mismo confeccionando mentalmente una lista de lugares prioritarios en los que colocar una bomba.

Tiendas de rayos UVA.

Gimnasios.

Multicines.

Discotecas.

Centros comerciales.

Tiendas de scooters.

Para mantener una distancia de seguridad con las bestias aparentemente más peligrosas acabamos por acampar casi en la misma orilla. Nos mojamos el culo al sentarnos y me sube una náusea repentina y se me van las ganas de pillarme una buena castaña. Pero en el fondo sé que la sobriedad es el peor estado posible para pasar un buen rato en tal escenario. Por eso ya voy bastante cocido cuando cuatro tipejos se nos acercan y nos piden que les pongamos un cubata. En realidad, no lo piden. Uno de ellos, más ancho que alto, se recoloca la cadena dorada del grosor de un dedo humano que lleva colgada de la cerviz y ordena:

PoneRnos unos cubatas.

¿Unos cubatas…?

Sí, ¿no me oyes? Unos cubatas.

Y, joder, puede que sea un momento tan bueno como cualquier otro para dejar de ser una presa fácil. Pero los jodidos mecanismos de autodefensa se activan automáticamente en mi interior. Se resumen en una máxima: me da miedo el dolor físico. Total, que antes de darme cuenta los cuatro gorilas ya tienen sus respectivos cubatas entre sus zarpas. Entonces, por alguna razón que no comprendo, el mono jefe dice Gracias y después me pregunta cómo me llamo. Se lo digo. Y él/ello:

Coño, somos tocayos.

Ah.

¿No te lo crees? Mira, lo llevo tatuado.

Se levanta la minúscula y apretadísima manga y me enseña la cara interna de su bíceps, del tamaño de mi muslo:

Ivan en letras azules.

Se me eriza el pelo y casi puedo oír el estertor de mi último átomo de fe en la humanidad, recién desintegrado por cansancio y tedio y pura repulsión.

En ese mismo instante sé que no voy a poder aguantarme. Necesito una pequeña revancha. Un arranque de dignidad, por insignificante que sea, para levantarme mañana sin pensar demasiado en lo asombroso del poder cortante de la cuchilla de afeitar. Sin la obsesión de hurgar en los enchufes en busca de diminutos tesoros ocultos. Y digo:

Joder, tanta carne para escribir en ella y se te olvida el acento…

Recobro el conocimiento con un diente partido por la mitad y la boca y los ojos llenos de arena y sangre. Una revelación tan esclarecedora como otra cualquiera, al borde del mar.




new!!

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