En cuanto cierro la puerta se entreabre la de al lado y mi vecino asoma por el hueco su cabeza arrugada y calva. Y se queda ahí, mirándome en absoluto silencio si no fuera porque aún no se ha puesto la dentadura postiza y de cuando en cuando tiene que sorber la baba que se le empieza a derramar. Joder… Sería más agradable vivir en una pensión del barrio chino. Intento evitar a esta chusma decadente, así que lo he visto muy pocas veces. Un hola o adiós rápido en el rellano y me libro de él cogiendo las escaleras. Por ahí ni él ni los demás ancianos de esta comunidad pueden seguirme. No les pongo nada fácil que me asquéen con sus conversaciones sobre el tiempo, las pastillas para la tensión o si ya me he echado novia. Pero hoy son las siete de la mañana, llevo a cuestas un par de maletas y prefiero coger el ascensor. Así que ahí estoy, esperando a que llegue con la cara color cerumen de mi vecino escrutándome con gesto de mala ostia. Éste, además de viejo, es minusválido. Tendrá ochenta tacos y aún usa una de ésas prótesis ortopédicas que les ponen a los niños que nacen con una pierna más corta que la otra. También se sirve de un bastón. Reluciente. Barnizado y acabado en un mango plateado. La cabeza de una cobra con dos piedras rojas por ojos. Y eso es lo que blande cuando con dos pasitos torpes se atreve a salir de la seguridad de su piso y me espeta A ti quería yo verte, cabrón. Reprimo las ganas de escupirle a la cara o romperle el cuello pensando con todas mis fuerzas de que es un pobre abuelo solitario y que las hordas del Alzheimer deben de estar arrasándole el cerebro. Imagino que le habrá dado alguna clase de derrame, algo que le hace confundirme con alguno de sus demonios internos. Pero entonces me dice que lleva semanas sin dormir por mi culpa, que mire que ojeras tiene. Le doy la razón como se les da a los locos y le digo que no se preocupe. Me voy de vacaciones; durante una semana no le molestaré con la música tan alta. ¡Qué coño dices, hijoputa!, me suelta. Lo que me toca los cojones son los gritos que das en mitad de la madrugada. Y esos golpes que no cesan, como si estuvieras pegándote cabezazos contra las paredes. Mírate, chaval; estás hecho polvo. Entonces se abren las puertas del ascensor recién llegado y en el espejo veo a alguien más muerto que vivo.
El abuelo tiene razón.
Quizá me vengan bien estas vacaciones.
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