11
Ago
08

Ocio Nocturno (II)

El gordinfón del bar llega a su casa. Introduce un dvd en el aparato Siemens y se deja caer en el sofá, que chirría o gruñe como un objeto-animal viejo, igual de oxidado que harto de soportar ciento veinte kilos de manteca pastosa, resudada. Frente a él, el televisor con la pantalla en blanco del canal AV a la espera de que pulse el play. Encima de la tele, a duras penas visible entre la penumbra tenue que emite la tele pero reproducible a la perfección por su mente de mirarla un millón de veces, hay una fotografía muy similar a las que le acompañan noche tras noche en su negocio. Una fotografía ampliada en la que aparece en su hábitat natural: la barra de su local de copas, la trinchera desde la que tiene cierto protagonismo en su propia vida. Se le ve rodeado de cuatro chicas que sostienen vasos de alcohol mientras con sus manos libres se abrazan al corpachón cilíndrico de su gigantesco y tontorrón osito de peluche. De su particular suministrador de diversión. Una fotografía dedicada en la que se lee “A Damián, el mejor barman de todo el mundo”. En los bordes de la imagen hay estampados labios de carmín. Diversas tonalidades palidecidas de rojo. A veces Damián los besa. Luego se pasa la lengua por los suyos, una lengua extremadamente corta, e impregna su boca de un sabor a polvo y saliva propia que a él le resulta delicioso. Hoy, sin embargo, no le apetece besar a ninguna de sus chicas. Hoy ninguna le ha hablado demasiado en el bar, hola y adiós y ya está, ya no están, están riéndose en la mesa más alejada, hablando con chicos de su misma edad en la mesa más alejada, a muchos años luz de él. Piensa en ello con la mirada perdida en algún punto del techo y el dedo índice indeciso sobre el botón del mando a distancia. Piensa que tampoco ningún chaval se ha sentado en un taburete y ha intentado caerle en gracia alabando la música que pincha en el local. Una vez se tiró a un tío. Y disfrutó. Tenía el culo duro y rasurado. Un culo perfecto, asexuado si te lo follabas como él lo hizo, poniéndolo a cuatro patas y manteniéndole la cabeza gacha para no ver la los rasgos masculinos de aquella cara. Tuvo que pagar. Quería probarlo. En el fondo sabe que lo hizo porque creía que le sería más fácil tener sexo estable si fuera gay. Pero las mujeres le gustan mucho más. Desclava del techo los ojos y los fuerza a atravesar la penumbra de la habitación en busca de su fotografía preferida, lo único remotamente similar a un recuerdo amoroso o simplemente sentimental que decora su casa. El resto, a excepción de su equipo de música e imagen de última generación, son cosas pasadas de moda. Paredes revestidas de papel floreado. Un par de figurillas de porcelana gris y rosa que, por mucho que Damián se empeñe en distanciar, aunque las obligue a darse la espalda, conforman el núcleo indivisible de un joven decimonónico retratando a su amada. Un armario de conglomerado color crema con polvo en los estantes, unas sillas de escai beige, el tapizado cuarteado, las patas apolilladas y cojas. Y él se siente un mueble viejo y ridículo. Un gran baúl vacío. Inútil. Sus ojos no le han obedecido. Tras recorrer la desolación de la estancia, se posan sobre la rotunda realidad de su cuerpo esférico. Y de modo casi inconsciente, como quien enciende el enésimo cigarro, o bebe otra copa jurando que será la última o arroja por la ranura de una tragaperras el sueldo de todo el mes, intenta escapar de sí mismo poniendo en marcha la cinta. Nunca deja de sorprenderse al ver los baños de su pub desde esa perspectiva en contrapicado. Los azulejos de las paredes están relucientes, el espejo perfectamente iluminado, ni una de las bombillas halógenas que lo enmarcan está fundida o parpadea. Una confortable sensación de limpieza, incluso asepsia, caracteriza la atmósfera de los servicios femeninos de su bar. Lo friega y lo perfuma de arriba a bajo cada día antes de abrir las puertas al público, a las once de cada noche. Es importante que las chicas se sientan absolutamente cómodas allí. De pie o sentadas, ni rastro de gérmenes. Sólo así se relajan, se toman su tiempo para retocarse el maquillaje o para quitarse las prendas superiores y colocarse correctamente las tetas, desafiando la ley de la gravedad. Para cambiarse el tampón o, de vez en cuando, alguna, hacerse un dedo mirando la papelera metálica de diseño pop-art atornillada al suelo detrás de la puerta, justo frente a la taza del váter, sin sospechar que tiene un doble fondo en el que se camufla una mini-cámara con micrófono incorporado. En la pantalla aparece la primera chica de la peli de esta noche. Ahora todas sus grabaciones duran ciento veinte minutos; filmados en tiempo real: de doce y media a dos y media de la madrugada. Hace ya bastante que descubrió que ése es el intervalo de mayor movimiento en los servicios. Apenas una hora después de empezar a beber, las vejigas femeninas se saturan. La primera protagonista de la película de hoy es una pelirroja de aspecto a la vez frágil y atlético. Alta y delgada como un junco. Sus ojos verde oscuro contribuyen a ello, a hacerle parecer un junco, un vegetal sano y flexible, una zanahoria, una acelga. También su casi absoluta carencia de glándulas mamarias. Insecto palo, mantis religiosa de ojos inmensos, la chica verde y naranja sale del plano sin haber hecho otra cosa que lavarse las manos y refrescarse la nuca. Damián imagina la fragancia que habrá quedado flotando en el ambiente, hierba recién cortada, algo así, y de pronto se siente más sucio, más pringoso de lo normal. Se despega del sofá humedecido y en la cocina, a la luz ambarina de la nevera entreabierta, se sirve un gran vaso de leche, azúcar, colacao y cereales chocolateados. Con el vaso en la mano se acerca de nuevo al televisor, despacio, retraído, mirándolo con cierto temor o vergüenza, de reojo. El escenario está desierto. Igual que su cuarto de baño doméstico, al que dirige sus pasos tras dejar la bebida hipercalórica en la mesilla que media entre la tele y el sofá. Como en cualquier váter occidental, hay un armarito-botiquín blanco anclado a la pared. Lo abre y empieza a escarbar en sus tripas. Sus dedos tiemblan ligeramente. Caen cajas y prospectos sueltos. Damián se sorprende a sí mismo alarmado. Piensa que está haciendo demasiado ruido, crujidos de cartón y de papel, frascos rodando por el suelo, piensa que alguien va a llamar a la policía por el escándalo. Que una pareja de agentes se presentará en su casa y le joderá le velada; confiscarán su videoteca y se lo llevarán esposado entre inquisidoras miradas y comentarios de mal gusto. Pero ya sostiene en las manos una docena de tabletas, pastillas redondas, píldoras de todos los colores, cápsulas rellenas de medio miligramo de yin-yang, de salud y enfermedad, de vida y muerte comprimidas. Sólo quiere sentirse bien. Vuelve a la sala de estar, que en realidad nunca ha sido más que el cuarto en el que se sienta a ver la tele y engordar. La pantalla sólo muestra la deslumbrante pulcritud de los servicios de El Último Mono. Se sienta en el sofá, justo sobre la gigantesca huella de su culo, excavada sin esfuerzo pero con cierto dolor durante años y años. Con bastante dolor, ahora lo descubre sin lugar a dudas. Un dolor lento y sordo, sin heridas ni hemorragias externas, pero que no se detiene jamás, que corre igual que una toxina por sus venas gordas como túneles oscuros que amenazan con colapsarse. Un malestar que a veces, sólo algunas pocas veces, por ejemplo durante un instante de normalidad en su bar o escuchando un cedé de Nacho Vegas en la seguridad de su casa, consigue reducir a mera molestia, a peculiaridad de su persona. A aire de malditismo. A algo que le jode pero que también le hace ser quién es, para bien o para mal. Sin embargo, lo habitual es que el dolor sea sufrimiento puro, suplicio que Damián aguanta día tras día del modo discreto en que cualquier mártir aguanta su martirio, en privado, en silencio, en la cruel intimidad. Como esta noche, en la que se encuentra agotado, tanto que ni siquiera se siente triste, abandonado o perdido. Nota su cerebro hinchado como una bolsa repleta de basura. Obsceno, corrompido. Quiere descansar, sentirse bien. O creer que se siente bien, simplemente eso. Con un movimiento pausado, inapropiado para una mano que más bien recuerda –por la grasa, por los pelos- a la pezuña de un cerdo, ciento veinte analgésicos suaves y brillantes o rugosos y mates o translúcidos o como recubiertos de polvillo, de todas las texturas imaginables, caen y se hunden en el edulcorado brebaje marrón. Y un momento después, el revoltijo de leche, chocolate y drogas cae y se hunde en el estómago sin fondo de Damián. Le sabe igual que todas las noches. Se limpia la boca con los bajos de la camiseta. Igual que todas las noches. No percibe cambio alguno en sus capacidades. Se recuesta en el sofá, que deja escapar otro gruñido oxidado, a la espera de que suceda algo distinto. Agazapado animalmente en la tiniebla añil, mira la pantalla, la foto de la pared, la pantalla, la foto… todo está quieto, callado. Y así sigue un rato. Hasta que, de pronto, se hace el sonido. El micrófono de la mini-cámara capta el subidón de ruido de fondo al abrirse la puerta del baño, voces y música y tintineo de cubitos de hielo luchando por imponerse. Una joven entra en escena. Se apoya en la pila, resopla, se estira y ordena su pelo apresuradamente, peinándolo/despeinándolo con las manos, agitando la cabeza de lado a lado, girando el cuello cada cinco segundos en dirección a la puerta. Parece un poco más bajita, menos estilizada en la pantalla, pero no hay duda de que es ella, la chica más guapa de la noche, la única que hoy ha hecho que Damián se sintiera alguien-algo visible durante un par de minutos. Es la chica más guapa y no tiene motivo alguno para repasarse el contorno de los labios como ahora está haciendo, evidentemente nerviosa. Un escalofrío recorre a Damián de pies a cabeza hasta materializarse en una punzada de sudor frío en su nuca. Tal vez sea el primer ataque de los medicamentos, piensa. Pero lo cierto es que tiene más que ver con la triste premonición que late en el centro de su cerebro desde que ella ha aparecido en la película con su despliegue de gestos excitados y su afán de mejorar aún más la imagen perfecta que le devuelve el espejo. Y ya no necesita presentir cuando un chico alto, afeitado y engominado se incorpora al plano-secuencia haciendo gala de ese saber estar que tienen las estrellas de cine. Ya no necesita presentir porque ahora todo es concreto y duro como una ostia en la cara. Como otra ostia. Damián, viendo en High Definition los dos cuerpos modélicos unidos un poco por debajo de sus respectivos centros de gravedad, oyendo en High Fidelity los gemidos, ya sólo siente una mezcla de pena y rabia que le da ganas de prepararse otro batido de calmantes. Damián, eterno espectador… siempre detrás de la barra o al otro lado de la pantalla, el lado malo, el lado del mundo en el que las cosas no suceden, simple y llanamente se suceden, se observan suceder, sin posibilidad alguna de alterarlas… adquiere la certeza de que ha hecho bien engullendo el bebedizo. Lo único que le inquieta es la posibilidad de haber calculado mal la dosis, de haberse quedado corto, de tener que quedarse aquí un tiempo más. No, eso no, se dice, no sé cuánto tiempo necesitaría para volver a experimentar un verdadero impulso suicida, porque si no me muero esta noche, mañana despertaré y la inercia me atrapará de nuevo, la parte sana de mi cerebro me dirá que lo de hoy no puede repetirse, que es una locura, que en realidad no tengo razones para hacer esto, y luego llamará mi madre como todas las mañanas, para desearme un buen día y decirme si iré a comer a su casa, y yo le diré que sí y a mediodía me presentaré allí y me comeré siete u ocho morcillas ante su satisfecha mirada maternal, de madre de niño un poco inútil del que hay que estar siempre pendiente, aunque tenga cuarenta y cuatro años… No, eso no, ya no más… Tiene que ocurrir ahora. Damián intenta incorporarse para hacerse otro vaso de drogas y descubre que sus músculos no le responden. Están fofos, dormidos. Una arcada profundísima, como nacida en el mismo centro de su alma, le dobla por la mitad. Le saca de dudas, le reconforta. Incluso le hace querer sonreír, pero sus labios están aflojados y sólo logran conformar una mueca torcida desde la que se escurre una babilla densa y espumosa, como la de las vacas. Queda postrado en posición fetal sobre el sofá. Su campo de visión ya es sólo un túnel, un círculo del negro más puro y una lejana luz de treinta y ocho pulgadas centelleando en el centro, una luz blanca como los azulejos del wc de su pub y como las tetas de la última chica que verá en su vida. La sabiduría o la tozudez de la naturaleza hacen que las entrañas de Damián se contorsionen intentando expulsar el veneno que las ha invadido. Pero esta vez está decidido a ganar: se tapona la boca mordiendo un almohadón polvoriento y, con un gran esfuerzo, carga todo su peso sobre su mordaza. Una oleada de vómito, sangre y última despedida le desborda por la nariz, encharcando sus ojos. La trémula chica de la pantalla se está poniendo las bragas cuando el corazón de Damián se para.


2 Respuestas a “Ocio Nocturno (II)”


  1. 1 Annie L.
    11 Agosto, 2008 a las 9:59

    Acabo de ponerme al dia….. me voy a ir a dormir con el estómago encogido…
    Sublime, como siempre, no se cual es mejor.

    Pobre Damian, pero valiente al fin y al cabo

  2. 2 Sulo Resmes
    13 Agosto, 2008 a las 6:35

    Brutal Ivanauskas… un crescendo de intensidad arrebatadora. Como una canción de post-rock (del bueno, ya me entiendes)alternando momentos de calma tensa para terminar con ese final.

    Espectacular.

    Poca broma.


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