Aún no son las ocho de la mañana y voy por el tercer café. Esto no es bueno para mi salud. En realidad para la de nadie, pero los demás me dan igual. Por supuesto. Además, a estas horas todo el mundo es antipático. La camarera vieja que me acaba de servir me ha derramado buena parte de la taza encima de los pantalones. Ni siquiera se ha disculpado. Lo cual tampoco es bueno para mi salud. Puedo sentir, casi oír cómo se me pinzan las cervicales y la sangre late en mis sienes. Malo. Ganas de vomitar. Por no hablar de que tengo a Mario, el conductor, sentado frente a mí. No para de hablar. Es increíble la cantidad de palabras por minuto que suelta. Y es aún más increíble que ninguna de ellas despierte en mí el menor interés. Miro la autopista a través de los ventanales y él habla de que la mili le sirvió para hacerse un hombre. Dice que medio añito de prácticas militares nos vendría muy bien a unos cuantos mientras remueve su café y mira de reojo la botella de Terry que hay sobre la barra. Luego chasquea la lengua y dice que la puta de su exmujer le está sacando las entretelas a costa de la pensión. Y dice que su hijo saca malas notas en el colegio pero que no es culpa del chaval sino de la zorra de su madre que no le cuida como es debido y eso que además el pobre sufre un trastorno de atención pero que la verdad es que el crío es muy listo, muy avispao, porque para eso es hijo suyo. Yo le miro. Fuma ducados negro con ansia. Yo le miro mejor y veo cómo un par de gotas de pura sordidez, viscosas y de color mierda, le resbalan de la nariz y se hunden en su taza. Y empiezo a preocuparme seriamente por mí. Pero ya es la hora de subir de nuevo al autobús. Así que parpadeo con fuerza para borrar la visión, pago mi consumición y la del conductor y grito en medio de la cafetería del área de servicio Por favor, viaje a Extremadura, vayan dirigiéndose al autocar. La empresa nos instruye a todos los guías para que digamos autocar y no autobús. Una vez le dije a un compañero que me resultaba raro lo de decir autocar, que me sonaba a palabra de hace cincuenta años. Y me contestó que tenía entendido que ésa era precisamente la razón por la que nos obligaban a utilizarla. Me dijo Todos nuestros clientes son jubilados o prejubilados; en su época se decía autocar. No me convenció, pero me pareció estúpido profundizar en el tema. Porque lo mío no es vocacional, me importa una mierda la política de la empresa, su estrategia publicitaria, los resultados de los tests de calidad que tendré que pasarles a todos estos pensionistas dentro de una semana, durante el trayecto de regreso. Yo sólo quería alejarme un poco de mi mundo habitual y di con un anuncio en Laboris. Bastaba con tener el graduado y disponibilidad para viajar. Dos días después guiaba a mi primer rebaño hacia la otra punta de la península sin ningún problema. A estas personas les da igual que les digas que los pescadores de la Costa da Morte viven de la pesca del atún o de la del morrajo. Lo que de verdad quieren es desobedecer por una semana las recomendaciones de su médico acerca del ácido úrico y atiborrarse a percebes. Y llevarles a sus nietos algún llaverito con la fachada principal de la plaza María Pita. En fin, que ninguno de ellos va a poner en duda tus conocimientos, porque el guía es guía por algo. Es lo que le suele decir su mujer al típico abuelete sabelotodo que hay en todo grupo del INSERSO que osa cuestionar mis palabras con o sin razón. Lo malo es que esto ya se está alargando demasiado. Quería curarme, olvidar ciertas cosas. Supuse que pasarme unos cuantos meses atravesando el país por carretera en un vehículo impregnado de olor a alcanfor me ayudaría a encontrar otras ilusiones. Creí que estar todo el día rodeado de tercera edad me serviría para darme cuenta de que aún soy joven y más o menos fuerte. Pero es como si el pasillo central del autobús estuviera inclinado hacia delante y un montón de flujo senil se deslizara hasta mi asiento, porque cuando llega el séptimo día y veo reaparecer el paisaje de esta ciudad trágica al otro lado de la luna delantera del bus me aún siento tan débil, cansado, herido y repentinamente viejo como aquel día. Todavía se me revuelven las tripas por miedo a encontrármela.
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