Archivos para Septiembre 2008

27
Sep
08

Rumbo a casa

Después de casi un día entero corriendo rumbo a casa ha visto anochecer y volver a amanecer. Esto último aún le sorprende. Anoche llegó a asumir que cuando el sol saliera él llevaría horas muerto. En cambio ahora lo ve brillar ahí arriba, en medio de un cielo perfectamente azul. Y hasta la hierba huele bien, a vida húmeda. Y todo parece tan en calma que por un instante cree que simplemente ha estado soñando. Que sueña con el infierno pero pronto despertará entre sábanas limpias. O que se trata de una broma de mal gusto para uno de esos programas de televisión o internet, tan de moda. Pero la ilusión se desvanece en cuanto se atreve a incorporarse un poco en la cuneta para mirar carretera arriba. Hace un rato oyó los ruidos y se metió de un salto entre la maleza, rezando por vez primera en su vida. Suplicando que pasaran de largo. Así fue. Aunque alguien no había tenido tanta suerte. Una nube de moscas zumba alrededor de unos cuantos bultos informes, unos cien metros más adelante. Pedazos de un rojo brillante. Restos desperdigados en pequeños montones. Jirones de tela y bocados de carne recientes que todavía huméan bajo la luz quirúrgica de la insultantemente radiante mañana, como los despojos de una aberrante intervención. También el sol tibio contribuye a devolverle a la realidad. Brilla y calienta como si nada pasara, es verdad, como si lo que ocurre en la tierra no tuviera la menor importancia. Pero la parte cruel del astro es que reseca el barro que le cubre de pies a cabeza, y la piel le tira volviéndole más consciente de su estado si cabe. Y entonces sabe que no es una pesadilla, que anoche llovía y tuvo que correr y saltar y arrastrarse por el sucio bosque que se extiende en torno a la ciudad. Porque ahora, acuclillado entre unos matorrales que tampoco parecen preocuparse demasiado por lo que vaya a ser de él, toda esa costra se le empieza a desprender. Al menor movimiento, un simple pestañeo, una avalancha de polvo marrón cae sobre la hierba húmeda y sobre sus zapatos rajados. La suela del izquierdo está atravesada por un clavo. Al igual que la planta de su pie. Se descalza procurando hacer el menor ruido posible. Apretando los dientes consigue liberar el pie, el calcetín bañado en sangre. Algún instinto natural le hace apretárselo fuerte entre las manos, pero en seguida lo suelta por culpa del dolor lacerante. Y sin razón concreta o con un millón de ellas se pone a pensar en el niño de anoche. En realidad no ha conseguido quitárselo de la cabeza ni un segundo desde entonces. Ahora el chaval comparte espacio con ella en su cerebro. Ella le preocupa como nada antes en su vida; él le apuñala la conciencia. Porque anoche, un par de horas después de que oscureciera, detuvo su carrera para apoyarse en el tronco de un pino y recobrar un poco el aliento. Y entonces algo crujió débilmente en la copa y él levantó la cabeza aterrado y allí arriba sólo había un niño empapado y pálido y con los ojos muy abiertos, temblando tanto que algunas hojas del árbol se desprendían y caían despacio, los brazos arañados rodeando con todas sus fuerzas una rama, como si ese trozo de madera fuera la única cosa del mundo que pudiera salvarlo de una muerte horrible. Le llamó, claro, pero el crío no hizo otra cosa que mirarlo fijamente y lloriquear muy bajito. Le dijo que bajara, se lo gritó mil veces, y nada más que el temblor incontrolable animó su pequeño cuerpo. Quiso subir a por él pero todo era agua y barro y nerviosismo y el traje de ir a la oficina no es la ropa idónea para rescatar a nadie en pleno bosque y el pie izquierdo le dolía como si algo se lo hubiera traspasado, y resbaló todas las veces que lo intentó. Sentado resoplando sobre la tierra deshecha comprendió que nunca lo conseguiría. Y además, joder, tenía prisa. Se preguntó cómo lo habría logrado el chaval y concluyó que alguien, seguramente su madre o su padre o alguien que lo quería lo bastante desesperadamente como para izar a pulso treinta kilos hasta la copa de un árbol, habría dedicado su último acto humano a poner a salvo al niño. Quienquiera que haya sido, recuerda que pensó, debe de estar despedazado por aquí cerca. Y recuerda que luego pensó Y él lo habrá visto todo desde ahí arriba. Lo recuerda todo tan claramente… Le entran ganas de llorar, y empieza a hacerlo y ahora mira al sol y sólo ve una bola de fuego que vibra y se licua a ciento cincuenta millones de kilómetros. Y se atrevería a jurar que le oye reírse de su inminente extinción. Pero aún conserva la cordura necesaria para saber que eso, llorar y delirar, no le ayudará en absoluto. La primera señal de debilidad traerá consigo otra y otra más, y estará tan muerto como el niño antes de cinco minutos. Por eso se seca los ojos con el canto de las manos, ensuciándoselos de sangre y barro, e intenta mantener su mente activa concentrándose en extraer el clavo de la goma del zapato. Pero está demasiado atascado. Y sus manos demasiado resbaladizas y trémulas. No puede sacarlo. Y tiene prisa. La misma que tenía anoche. Así que tendrá que correr medio descalzo. Calcula que aún le quedan unos cuantos kilómetros para llegar, para poder estar tranquilo. Tranquilo en el sentido de Ya no podemos hacer nada más, que sea lo que tenga que ser, pero lo más rápido e indoloro posible, y que el final nos alcance a la vez. El ansia por estar en casa se acentúa de pronto y casi sin darse cuenta ya está dando zancadas en la calzada, dejando huellas polvorientas y líquidas tras él. Pasa corriendo al lado del cadáver mutilado que había visto desde la cuneta y no siente la necesidad morbosa de mirarlo atentamente. Desde que todo empezó, no hace aún ni un día, ha visto morir muchos seres humanos a dentelladas. Esas cosas infestaron la ciudad en pocos minutos. Se dirigía al trabajo en el metro. Escuchaba la radio y la locutora dijo que algo había pasado en la Plaza Central, que había una decena de cuerpos “reventados… como eviscerados”, tendidos en el suelo. Que fuentes policiales informaban que la hipótesis de un atentado terrorista quedaba descartada. Luego dieron paso a la llamada de un oyente que aseguraba estar viendo un rastro de carne y sangre a lo largo de la Avenida Principal. Durante unos segundos se hizo el silencio en la línea telefónica. Luego, la voz histérica dijo Es como un reguero de… no sé… carne a medio masticar; y me parece que son cuerpos humanos. La locutora cortó la comunicación y exprimió sus años de experiencia radiofónica para sacar fuerzas con las que llamar a la calma a la ciudadanía. Dijo, y sonó casi como una promesa de esas que se saben condenadas al fracaso nada más se pronuncian, que en cuanto tuvieran más información seguirían narrando con todo detalle estos sucesos. Pero a los pocos minutos la radio se calló. Ninguna emisora emitía. El móvil sin red y la angustia creciendo dentro como por intuición. Y cuando el metro se detuvo en su estación y emergió a la calle con toda esa gente que también iba a sus trabajos, o de compras, o a estudiar o a hacer cuaquier otra cosa propia de la especie humana, lo que vio a su alrededor le hizo comprender que el fin del mundo había empezado. Y emprendió el viaje de vuelta a casa. Esas criaturas por todas partes. Desmembrando hombres, mujeres y niños, en las aceras, en los centros comerciales y en los parques. Atacan en manadas de cientos. Mientras corre hacia la casa donde quizá ella aún esté viva el niño del árbol reaparece en su cabeza. No consiguió subir a por él ni hacerlo bajar. Esperó hasta el último momento. Hasta que las babosas se hicieron audibles y luego visibles y cercaron el pino-refugio del niño. Él salió de allí como pudo, a saltos de piedra en piedra. Pisó algún que otro bicho y uno le desgarró el camal del pantalón con sus dientes triangulares. Cuando estuvo lo bastante lejos se volvió a mirar y vio la masa de engendros formando un tupido círculo de muerte, latiente, oscilante y viscoso, alrededor del chaval. Seguía agarrado a la rama, y está casi seguro de que lo miraba directamente a los ojos desde el otro extremo de la oscuridad. Seguro que ahora no es más que un montón de huesos quebrados y tendones deshilachados. Quizá igual que ella. Lo último que le dijo ayer no fue demasiado agradable. Y desde que empezó el fin es urgente, es fundamental, es lo único que cuenta que no acabe sin verla y decirle algo mucho más bonito. Pero al acercarse a la casa observa rastros sinuosos en el polvo del camino. Hasta la misma puerta de la pequeña parcela en la que viven alquilados. En realidad su mente piensa “vivíamos”. Y se fija mejor y se da cuenta de que hace bien porque en uno de los pedacitos de cristal verde que pusieron en lo alto del muro que rodea la casa como toda defensa ante la invasión de una banda de albano-kosovares hay una pedazo de masa gelatinosa enganchado. Alguna de esas cosas se desgajó la cola al intentar superar el obstáculo. Aún aletea, brillante y demencial a la luz de la mañana. Y más cansado que triste se sienta en el suelo y piensa que si hay otras vidas no lo dejará todo para el último momento. Se sienta y espera que todo se apague, con el sol todavía en lo alto.

22
Sep
08

Otoño

Empieza el otoño. Los científicos presumen, intentan hacerte creer que hay que realizar un montón de cálculos astronómicos para averiguar que la hora exacta en cuestión es 11:21 del domingo 20-S. Una verdad inopinable. Si vives en el hemisferio Norte, claro. Una verdad científica; no la discutas. Limítate a agradecer a esos grandes sabios que hayan consagrado su vida a estudiar para poder determinar el segundo exacto en el que comienza cada estación. Sí, que ellos se lleven el mérito de la erudición. Y nunca les digas que, en realidad, si tú y yo -y bastantes científicos- sabemos que estamos en otoño es sólo porque así lo indica el logotipo de Google. Y a esa fuente de información sí que no se te ocurra ponerla en entredicho. No te preguntes si el google boliviano estará celebrando la llegada de la primavera. Porque a nadie le importa una mierda lo que ocurra en el altiplano andino. Y a mí menos. Ya tengo bastante con moverme entre las montañas de basura que pueblan mi ciudad natal-mortal. ¿Que estamos en otoño? Pues felicidades a los árboles de hoja perenne, y a los diseñadores de la nueva temporada otoño-invierno de El Corte Inglés, y a los recolectores de setas. Para el resto, para los millones de individuos-animales que andamos por las calles, la nueva estación supone lo mismo que la anterior: la misma mediocridad. Mierda idéntica. Tal vez en, no sé, Centroeuropa haya alguien que salga a pasear con una cesta para rescatar del suelo preciosos trozos de naturaleza agonizante por el cambio del tiempo, frutas y hojas y flores pequeñas y suaves y aún aromáticas caídas de las copas de los árboles para ser rematadas por pisadas humanos, con prisa o despreocupadas. Puede que en algún sitio haya quien cuide de esas cosas y haga algo bonito con ellas. Pero para los demás el primer martes de otoño será como el último de verano, y quedaremos con los colegas para ver la Champions League. Así que no te preocupes demasiado por equinoccios ni solsticios. Hazme caso; ve a la esquina a por más cervezas y procura que el tiempo vaya pasando sin que seas muy consciente de lo que ocurre a tu alrededor. No hay mejor camino hacia los sucedáneos de felicidad que no fijarse demasiado en las cosas. Por eso, lee sólo los titulares de las noticias. Y, ya puestos, no te salgas de la sección deportiva. Cuando decidas ir a ver una peli elige siempre unos multicines. Y si te compras un cd que sea de alguien cuyo talento haya sido previamente demostrado ganando un concurso de televisión. Lobotomízate. Que ni por un momento te pase por la cabeza que la portada del periódico del otro día era un insulto a la inteligencia, un escupitajo en plena cara. Grandes letras de imprenta rezaban que algún desalmado había matado a unos gatos sepultándolos en cemento. Y una foto elegida por su poder para despertar el morbo colectivo mostraba un mazacote de hormigón apelmazado en el que se distinguían las siluetas petrificadas de lo que podrían ser, en efecto, un puñado de gatos, conejos o perros pequeños. Una salvajada importante, sin duda. Aunque, tal y como funciona el cerebro humano, estoy seguro de que el director del periódico habría preferido que los cuerpos enterrados vivos hubieran sido de niños recién nacidos. Por aquello de aumentar la tirada. En fin, pura mierda que, sin embargo y créeme, a estas alturas de decadencia estás preparado para digerir sin vomitar, por la fuerza de la costumbre. Además, lo realmente malo, lo que te habría privado para siempre de tu último átomo de fe en la humanidad, sólo lo habrías descubierto si hubieras seguido leyendo hasta tropezar sin querer con una escuálida columna en la página 63. allí habrías leído que en la madrugada del 12 de septiembre un don nadie llamado David Foster Wallace se había ahorcado en su casa de Claremont, California. Habrías leido “46 años y pulsión suicida diagnosticada desde hacía tiempo”. Y reuniendo tus últimas fuerzas para avanzar un poco más en el raquítico artículo podrías haberte enterado de que el desgraciado escribía como un dios. Que escribía cuentos sobre el declive de este mundo cada vez más sucio, sobre lo sórdido y triste que es contemplar a diario gente que degenera hasta prescindir de su moral por alcanzar el éxito material, en forma de empleo mejor o de popularidad en el instituto. Escribía sobre gente vacía, como nosotros. Gente cobarde, como nosotros. Gente que pasa la vida entera en este planeta, con un futuro asombroso esperando que mueva ficha, y acaba mueriendo sin haber hecho nada merecedor de llamarse humano. Gente que nunca llega a reaccionar. Y gente que, curiosamente, nunca se atreve a suicidarse. En fin, para concluir la historia con los datos que no daba el periódico, voy a suponer que la otra noche él se dio cuenta de que ya había hecho algo digno con su vida. La putada es que probablemente comprendió también que si en ese momento saliera al jardín con una áspera cuerda entre la manos, la atara a una rama y se la pusiera alrededor del cuello, se subiera a una silla de mimbre y dijera ¡Que os jodan a todos, putos ciegos! justo antes de hacerla volcar, justo antes del intesísimo dolor de la traquea al partirse y de la tibieza de su meado bajándole por las piernas, los periódicos del mundo no le harían mucho caso al día siguiente. Igual intuyó que en España habría uno que pondría en su portada la foto de una camada de gatos sacrificados. Y decidió que no merecíamos más de su arte. Que este otoño tendríamos que buscarnos otros refugios. O seguir siendo muertos vivientes.

19
Sep
08

Peor/igual/mejor

La tarde es perfecta. El sol se está poniendo y la temperatura es ideal. El verano se acaba y el calor hace días que empezó a rebajarse. El mundo es tibio y la gente pasea un rato antes de cenar, o se toma unas cervezas en las terrazas. Buen ambiente. Felicidad aparente. O, al menos, ausencia de dolor. La posibilidad de un cataclismo nuclear o algo por el estilo parece remota. Pero acabo de salir del trabajo y mi futuro inminente resulta desolador. Porque sé que será el de todos los días. Tampoco es que mi pasado inmediato haya sido mucho mejor. Ha sido también el de todos los días. Sólo que hoy, además, el jefe de departamento me ha llamado la atención por llevar una mancha de algo rojo en la corbata. Y luego por encontrar otras cuantas del mismo color en el informe de riesgos y expectativas que me tiré toda la noche haciendo. A nadie debería importarle si una cadena de hostelería pierde o gana pasta montando una sucursal en determinado punto de la ciudad. Pero el caso es que me dedico a valorar la rentabilidad de ese tipo de cosas. ¿Por qué? Ni idea. Antes pensaba que era un trabajo tan normal como cualquier otro. Que me ayudaba a alimentar a mi familia y a pagar la casa. Pensaba esa clase de gilipolleces. Ahorá sólo sé que no sé por qué lo hago. No me gusta, y nadie me agradece el esfuerzo. Igual no tienen por qué hacerlo, pero sería reconfortante, coño. Y, en un mundo perfecto, con eso debería bastar. En cambio, tengo que aguantar que el jefe de departamento me abronqué en público como a un niño pequeño. ¿Y qué si no lavo la ropa tan a menudo como dictan los cánones? Hay cosas mucho más importantes. Por ejemplo reunir las fuerzas para volver a casa. Soportar ese olor a nada. A asepsia. A hospital. A guantes de cirujano o a juguetes de plástico. Todos huelen de un modo extraño en casa. Y es lo que me tocará aguantar dentro de un rato. Ése es mi futuro acechante. Así que me importa una mierda si la gente que anda por la calle irradia placidez. Lo que cuenta es lo que a mí me pasa. Y lo que me pasa es que estoy cruzando la calzada pensando en toda esta basura cuando un coche está a punto de mandarme al otro barrio. Frena a cinco centímetros de mis rodillas. Hasta noto en las mejillas el calor sucio que sube de su capó. Y una inyección de adrenalina en mi torrente sanguíneo. Y ahí medio encogido en mitad del tráfico, como un gilipollas entre conductores y peatones que me miran fijamente, me sorprendo pensando que tiene que haber formas más dignas de comprobar que soy un ser vivo. Formas diferentes a las de siempre desde hace ya un montón de años. Diferentes a la vergüenza, el miedo, el dolor, la tristeza, la culpa. Y a lo mejor por eso hoy decido posponer un rato mi vuelta a hogar, dulce hogar y echo a andar sin rumbo fijo. Total, mi familia no va a empezar a cenar sin mí. No son capaces de hacer nada sin mí. Camino y procuro mantener la vista en las puntas de mis zapatos. No quiero tropezar con nadie ni nada que me distraiga, porque por primera vez en mucho tiempo están viniendo a mi cabeza planes de fuga. Estrategias para acabar con esto. Debo aprovechar este momento de inspiración. Y sí, en casi todas ellas me veo a mí mismo recurriendo a la violencia. Reduciendo a cenizas sus cuerpos tendidos en la bañera, sobre mantas ignífugas. O descuartizándolos y arrojándolos al mar en bolsas de plástico lastradas. Pero qué más da… Pensándolo bien, no hay nada de malo en ello. Sigo andando dándole vueltas a cosas más o menos tristes y atravieso el parque central. Allí no me libro de ver a un indigente desmigando un mendrugo de pan y echándoselo a los patos del estanque. Probablemente, el mayor acto de generosidad que jamás he visto. Que se joda Bill Gates y sus fundaciones benéficas. Él lo tiene fácil; éste, no. Pero tampoco me apetece quedarme mirando su bondad, porque lo que siento dentro no es precisamente eso. Así que me alejo y el azar quiere que vuelva a ser consciente de la realidad justo cuando paso por la puerta de una cafetería de ésas que anoche me encargué de evaluar. Y entro. Y huele a café de máquina mezclado con ambientador de pino. Pero a ninguno de los clientes parece molestarle esa mezcla absurda. Agrupados en torno a las mesas, en dúos, cuartetos y otros conjuntos de composición par, hablan animadamente, más alto o más bajo, pero cordialmente. Los que aún no se han sentado hacen cola frente a la cajera para pedir sucedáneo de café o un zumo bajo en calorías. Pero también parecen alegres. Me pongo a la cola más que nada por no quedarme de pie en medio del local. De repente me invade la idea de que debo de tener una pinta sospechosa. Por eso intento pasar desapercibido, y me pongo a la cola. Delante de mí hay una pareja de emos adolescentes. Lucen cicatrices en sus muñecas. Pintadas con permanenete. Cuando quiero darme cuenta me he agenciado un vaso vacío y estoy en el servicio, llenándolo con mi orín. Luego no me resulta muy difícil dar el cambiazo al pedido de los emos. No me quedo a mirar su reacción al tragarme, pero cuando lno hace ni cinco segundos que he salido de la cafetería oigo al chico gritar y emitir sonoras arcadas. Parece que, después de todo, tu vida no era tan oscura, chaval. Eso pienso: seguro que fantaseas con una muerte dramática pero no eres capaz de aguantar el tipo si lo que bebes te resulta sospechosamente amargo. Que te jodan; mereces vivir una vida larga y mediocre. Como yo. Luego cojo el bus que definitivamente me depositará en mi casa. Y miro la ciudad a través de las ventanillas. Y me pregunto si lo que veo es feo o bonito. Si hay una verdad absoluta o todo depende del punto de vista. Pero estoy cansado y sé que no voy a llegar a ninguna conclusión plausible, por lo que me concentro en rascar las manchas de mi corbata. Cuando entro en mi portal me saluda la ancianita del quinto. Cada vez que nos vemos mantenemos la misma conversación. Ella me dice ¿Cómo está usted? Y yo le contesto Bien. Y ella añade Me alegro; y ya sabe: si necesita cualquier cosa… Y concluye: Dios le guarde. Esta noche me cuesta mucho más de lo normal tragarme su dosis diaria de lástima. Tengo que morderme la lengua hasta hacerla sangrar para no mandarla a tomar por culo. A ella y a todos, en realidad. En el ascensor mi limpio lo rojo con la corbata y procuro no hiperventilar. Pero el tedio se agudiza cuando entro en casa y veo a mi familia sentada a la mesa, todos tan silenciosos como siempre. Mi mujer me costó 6.900 euros del año 2008. Una pasta, pero es que me la hicieron de encargo y a medida. Me pareció una buena inversión. Y durante unos cuantos años conseguí que la cosa funcionara bastante bien. Me esforcé en pensar que todo había sido un mal sueño y seguí con mi vida normal. Seguimos con nuestra vida normal. Tan satisfecho estaba en aquellos primeros tiempos que también compré a mi hijo. Un niño de cinco años es más barato, claro. Más pequeño. 3.000 euros por transferencia y sólo tres semanas después descargaban en casa a Dani. De regalo, por ser tan buen cliente, un kit de mantenimiento (talco + peine) y un kit de reparación (silicona líquida + endurecedor). La verdad es que mi familia sigue tan perfecta como el primer día que me la entregaron. Tan perfecta como el último día antes de que dos de tres murieran mientras dormían. Una fuga de gas. A mí el calor me había hecho salirme a dormir al comedor, junto al balcón. Los médicos dijeron que eso me salvó. Yo he opinado justo lo contrario durante demasiados años. Pero últimamente empiezo a estar cansado de tener que compartir mi casa con un par de muertos de látex. Debería prenderles fuego o trocearlos y tirarlos al mar o al contenedor. Igual así me sentiría un poco mejor.

13
Sep
08

Trece

En realidad da igual, porque a nadie le importa. Pero a lo mejor se cumple el aniversario de tu día y hora y puto minuto de nacimiento mientras estás atravesando la madrugada y la autopista subido en una de esas ruidosas máquinas que pintan las líneas de las carreteras. Y ya puestos puede que pienses Joder, las tres de la mañana; se supone que hace tres horas que está abierta la veda para que los correctos queden bien y los que de verdad me quieren queden aún mejor, pero ni un jodido sms. Así que ves a Mustafá corriendo de un lado a otro delante de tu camioneta trazadora de asquerosas líneas rectas y de pronto te sientes mejor. O peor. De repente no sabes si bien o mal. Los criterios que utiliza el mundo para clasificar el bien y el mal se te confunden en la mente y te dan ganas de pegar un volantazo y hacer volcar el ridículo vehículo en el que (no)viajas ocho horas al día. Lo malo es que el trasto se mueve a diez por hora, y así todo es difícil. El caso es que el otro día el magrebí te dijo que ni siquiera ha querido comprarse un móvil. Que todo lo que gane aplastando los desniveles del alquitranado va a ir directo a Fez o alguna ciudad por el estilo, con moscas y colorines saliendo de las ventanas. Te contó que él es ingeniero de caminos, puertos y canales. Que el asfalto que ambos estáis acondicionando a base de pala y pintura pulverizada bien podría haberlo trazado él. Pero que no se queja de adónde le ha llevado la vida. Que en su tierra hay gente que le quiere y le espera y que depende de lo que él pueda sacar de aquí. Y de repente, mientras vuelve a tu mente esa conversación que mantuvisteis mientras guardabais cola para mear en las letrinas de pvc que la empresa de contratas instala cada cinco kilómetros de trazado, te dan ganas de materializarte en Fez o como coño se llame el poblucho del que salió Mustafá y amenazar con hacer sangrar a su mujer y a sus hijos y a sus padres si no hace algo digno con su vida. Lo malo es que entonces ves tus manos aferradas como ramas muertas al volante de la pequeña camioneta que marca el rumbo de tu futuro. Y piensas: ¿quién soy yo para eso?




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