Archivos para Octubre 2008

29
Oct
08

Al lado

Sábado por la mañana y aún tengo legañas cuando algo me nubla el cerebro y el día recién nacido y no sé por qué me da por pensar en la cena de esa noche y decido que debería cocinar yo, así que me voy a la carnicería que hay dos calles más abajo intentando recordar alguna de las recetas de ese tío de la tele. Compro el periódico de camino. El viejo del quiosco me habla un rato. De lo de siempre, del tiempo y de la inminente jornada de fútbol. Y sí, puede que hoy por fin el cielo esté despejado pero dice que le duele la rodilla izquierda y apuesta su vida a que el temporal no tardará mucho en volver. Tampoco se juega gran cosa; roza los ochenta y la dentadura postiza le baila dentro de la boca cuando pronuncia las eses. Me deshago de su cháchara al tercer intento y sigo caminando bajo un sol agradablemente tibio que hace que me sienta un poco mejor a cada paso. Consigo disipar el mal recuerdo de anoche mucho antes de llegar a la carnicería. Cuatro niños juegan al fútbol en la puerta de un garaje, y me quedo mirándolos un momento. Recibo un pelotazo accidental en plena cara pero no me importa demasiado porque estoy convencido de que las cosas están a punto de mejorar. Así que les devuelvo el balón con un toque sutil que sin embargo me produce una microrrotura fibrilar en la parte posterior del muslo izquierdo, pese a lo cual reanudo mi trayecto sin apenas dolor ni cojera visible pero pensando que hacer un poco de ejercicio me/nos sentaría bien. Justo sobre el letrero de la carnicería una pareja de jubilados acodada en la repisa mira la mañana con caras tan cercanas a la diversión como al tedio más profundo, pero decido que, sin duda, debe de tratarse de lo primero, porque de lo contrario estarían dentro de casa haciendo calceta o buscando las gafas de cerca para leer el prospecto de cualquier medicamento contra la hipertensión. Una vez en la tienda ese olor condensado a sangre fría/carne fría que siempre me ha dado asco me resulta de pronto acogedor y ni siquiera la visión de los brazos inhumanamente peludos del tipo de detrás del mostrador altera mi flamante fe en la posibilidad de la felicidad. Hay cierta inconsciencia en ella, es cierto. La que conlleva el saber que es ahora o nunca, que quizá mañana mismo sólo queden las ruinas de lo que hoy aún resiste en pie. Por eso dejo de divagar y me concentro en ser muy preciso al pedirle al carnicero que me ponga dos filetes o bistecs o chuletones o como coño se llame su producto estrella. Lo mejor que tenga. Lo más fresco y jugoso. Sin asomo de vetas nervudas ni grasa fea para la vista. Un par de pedazos de pura carne pura, uniforme y tersa y apetitosa hasta para el más recalcitrante de los vegetarianos. Y lo más simétricos posible, que queden muy bien uno al lado del otro. Un segundo antes de que ocurra presiento que el tipo va a soltar una de esas frases que el secundario de turno dice en las películas en situaciones de este tipo. Intuyo que va a decir Ah, parece que tiene usted una cena romántica… Y casi acierto porque lo único que cambia es que, claro, me habla de tú y sustituye la palabra Romántica por Íntima. Y automáticamente pienso en esos amigos a los que les puedes contar cualquier cosa y en productos para la higiene de las partes más sensibles. Pero la mayor parte de mis conexiones neuronales se esfuerzan por saber por qué lo ha dicho con esa medio sonrisa. Dejando escapar un soplido a través de sus fosas nasales. Y con la vista clavada en el taco de carne que está a punto de rebanar. No le contesto. Me limito a mirarle ahí plantado al otro lado del expositor refrigerado, tan de blanco y tan manchado de rojo y manejando con habilidad un cuchillo gigantesco que centellea como una espada láser cuando refleja los tristes neones blancos incrustados en el techo. Pero no quiero que se me dispare la imaginación. Es lo que siempre me dice, que me invento cosas que no vienen a cuento. Eso, y que le jodo la vida. Lo mejor va a ser coger el paquete de papel de estraza que me tiende el carnicero con la misma mueca de antes y preocuparme sólo de si vuelvo a casa directamente o paro a tomarme una cerveza en el bar de la esquina. Lo primero que oigo cuando entro es su voz. Habla por teléfono desde la salita. Tiene puesta la tele. Yo digo Hola pero es evidente que no me oye porque se sorprende y deja de reír cuando vuelve la cabeza y me ve al final del pasillo, con la carne enfriándome las manos. Termina la conversación diciendo cualquier frase anodina y no me pregunta cuánto tiempo llevo ahí escuchando. En realidad unos pocos segundos, pero tal vez los más importantes. Por eso no guardo la carne en la nevera sino que abro un armario de la cocina y la meto absurdamente en la olla a presión que nunca utilizamos. Por eso ni le respondo cuando por la tarde me dice Hasta luego, he quedado con mi hermana y sale por la puerta envuelta en disimulo de gloria. Pero miro por la ventana y cuando veo que se sube al bus que conduce al centro de la ciudad corro a por un taxi y le pido que pise a fondo hasta el hotel que le he oído mencionar cuando hablaba por teléfono. Le doy su nombre al tío de recepción y no me contesta que esa información es confidencial ni ninguna excusa por el estilo. Me dice Sí, tiene reservada la 313, pero aún no ha llegado. No importa, deme cualquiera de las habitaciones contiguas. Y el tipo obedece y antes de darme la llave me dice que serán sesenta euros. Joder. El cuarto huele a resudor, tiene desgastada la moqueta y las paredes están forradas de un papel grueso y medio despegado a la altura del techo y con dibujos de floreros en tonos chillones rojos y verdes. No es el mejor sitio para esperar a comprobar si lo que he oído por teléfono es lo que imagino o todavía cabe una explicación amable para todo esto. Por suerte estamos en Europa y la tele no funciona a base de monedas y la cama no es de agua y no existe la opción de ponerle un filtro rojo a la lámpara del techo. Eso haría la situación demasiado sórdida. Con todo, no me quito los zapatos ni la chaqueta cuando me dejo caer sobre el colchón. Por si me entran ganas de salir a toda prisa de la habitación. Estoy palpándome la rotura muscular que me hice esta mañana cuando oigo voces dos voces avanzando alegremente por el pasillo. No necesito acercarme a la puerta para identificar una de ellas. La otra me suena, pero no siento la urgencia de saber si mis sospechas son acertadas. Ni de oír lo que va a pasar al otro lado de la pared. Eso son sólo detalles que podré improvisar cuando quede con algún amigo y le cuente lo que para él será la última historia que me habré inventado. En fin, oigo que se meten en la habitación y salgo de la mía sin la precipitación ni la rabia ni la fuerza que había pensado que me invadirían. Al contrario, con cierta tranquilidad. Sintiéndome un poco más listo. Y ya en casa saco los dos filetes de su escondite en la olla y los meto poco a poco en el triturador de basura. Hay algo solemne en mi manera de sostenerlos entre las manos por última vez. Algo así como ese cuidado y respeto con que se trata a los cadáveres. Y pienso en los viejos de esta mañana, los de la ventana. Y comprendo que, sin duda, estaban hartos el uno del otro. Y que lo único que pasa es que siempre es mejor mirar hacia otra parte. Y se pone a llover.

21
Oct
08

autoayuda

De golpe pasaron las cosas que nunca deben pasar, y se quedaron en informes abortos las que esperaba, las que a lo mejor me habrían hecho feliz. Se quedaron en montones de babas y vísceras a medio formar. Se me quedaron dentro. Podía sentirlos conmigo incluso mientras dormía o jugaba al fútbol. Siempre acechándome, dejando un rastro viscoso y de olor fétido en el que nadie más que yo parecía reparar. Así que en un momento de falsa lucidez o de algún espejismo por el estilo de ésos en los que te crees mejor de lo que eres comprendí con cierta claridad que me encontraba en la gran encrucijada. Ésa a la que nadie quiere llegar: intentar hacer algo digno con mi vida o mantenerme anestesiado en la suave y lenta y sin impacto mortal caída que mi cuerpo venía y vendría para siempre dibujando en el espacio-tiempo. Como era x tiempo más imbécil que ahora, no me quedó otra que optar por lo primero. Y una buena mañana dejé el trabajo en la cadena de montaje. Muchas veces había pensado que cuando al fin me decidiera abandonaría la factoría por la puerta grande. Flashes y micros. Con el mono manchado no sólo de grasa sino de una vez surcado de regueros del más precioso rojo tras haber metido a mi encargado en la máquina atornilladora. Por ejemplo. En la prensa de titanio. Por ejemplo. Sin embargo, ni siquiera tuve que salir de la fábrica. Me limité a no presentarme en la parada del autobús empresarial. Como cada madrugada, el despertador me insistió un rato, pero terminó callándose. Y yo seguí durmiendo, recuperando las horas de sueño perdidas durante años. Dormí dos días enteros, medio despertándome únicamente para mear o beber o sólo disfrutar de mi flamante duermevela, de no estar donde debería estar. Pero, ya digo, quería dignificarme. Así que en cuanto mi cuerpo hubo descansado lo necesario, la satisfacción de ya no estar alienado por una multinacional se volvió insuficiente. Y una mañana tan luminosa o lúgubre como cualquier otra decidí hacer lo que hacen los occidentales con ahorros en la cuenta corriente y con ansias de purificación, y me apunté a una oenegé. No fue difícil encontrar una en la que me pagaran algo de pasta a cambio de poner a su servicio unas cuantas horas de mi conciencia. Suburbia Acoge, ponía en el letrero luminoso que coronaba la planta baja a la que acudí. Ahí plantado en la acera, me pregunté por qué algún cabecilla de aquella plataforma humanitaria habría considerado conveniente poner bombillas en un rótulo en lugar de destinar esos fondos a alguna actividad de mayor utilidad cívica. Pero no llegué a ninguna conclusión plausible, así que entré y empecé mi período de activista social. Bastante aburrido, por cierto. Bastante triste. La mayor parte del tiempo mis compañeros se limitaban a ir y venir por el linóleo del local llevando de un lado a otro, muy serios, con el aspecto circunspecto del que cree que lo que hace puede cambiar el universo, impresos de color beige o salmón. Solicitudes de trabajo de algún centroafricano. La instancia para la repatriación del cadáver de algún inmigrante magrebí. Parecían muy preocupados por el éxito de las peticiones, pero lo cierto es que los papeles acumulaban polvo en las rejillas durante semanas. Y cuando alguno de aquellos negros o moros o sudacas se ponía nervioso por su futuro y sobre todo por su presente y el de su familia a orillas, no sé, del Río Congo y empezaba a dar patadas a las paredes o rompía a cabezazos el cristal de la puerta del despacho del director de la fundación lo primero que hacían era llamar a la policía, cuyo número tenían almacenado en la memoria del móvil bajo el número 1. Además, el hecho de que todos, ellos y ellas, llevaran cruzado sobre el pecho un bolso de mercadito y aspecto jipi en el que guardaban su móvil de última generación no ayudaba mucho a digerir todo aquella mierda. Con todo, iba tirando hasta que una noche, de vuelta a casa en el metro con una de mis colegas de redención, vi cómo sacaba de la mochila y empezaba a leer un libro de autoayuda. Quiérete, haz el bien. Ayuda a otros y ayúdate. Cualquier basura similar. En fin, conseguí salir del vagón sin vomitar encima de nadie y al día siguiente, otra vez, me quedé durmiendo en casa mientras, supongo, mis antiguos compañeros, tan bienintencionados y tan rastafaris y tan socialmente comprometidos intentaban facilitar la vida de personas a las que olvidarían al instante en caso de que les tocara el euromillón o la persona idónea decidiera que las quería hasta la muerte. Es lo que hago desde entonces, dormir y procurar no tener demasiado contacto con los que explotan y los que se creen defensores de los explotados. Y mis propios abortos continúan mordiéndome en cuanto me descuido con sus dientes de leche podrida, vale, pero al menos no intento matarlos a base de ver que hay gente que lo pasa peor que yo.

08
Oct
08

La crisis

La gente habla y habla de crisis pero a mí me da igual porque tengo un perro precioso. Se llama Malo. Eso me dijo el tipo que me lo vendió. Supuse que sería un gilipollas de esos que utlizan a su mascota para atemorizar a los ancianos del barrio. De ésos que les dan palmadas fuertes en el cuello y les dicen Tranquilo, campeón o Buen chico cada vez que el animal se sienta o mueve las orejas. El caso es que vi un anuncio en internet. Creo que fue esta misma mañana. Alguien vendía un husky de pedigrí por un precio realmente asequible. Llamé al móvil de contacto y la voz me aseguró que el perro en cuestión era el mismo que el de la foto. Genética de primera certificada. Tres años. Veinticuatro kilos. Cincuenta y siete centímetros entre el suelo y la nuca. Pelaje abundante y sano, blanco impoluto casi en su totalidad. Sólo un ligerísimo reflejo grisáceo a lo largo del lomo. Heterocromía ocular. Marrón y azul hielo. En fin, me dice el tío desde donde quiera que me esté hablando, un auténtico lobo doméstico. Eso tendré que verlo. Cuando quieras. Y un rato después estoy llamando al timbre de un chalé de una zona residencial de la periferia. En cuanto suena el ding-dong oigo ladrar al perro al otro lado del muro. En realidad, más bien aúlla. Igual el gilipollas ha sido sincero con la foto y la descripción telefónica. Pero cuando la puerta de la verja se abre el que me recibe no es un macarra con camiseta ceñida y mechas en el pelo. Como siempre prejuzgo, de vez en cuando me equivoco. Es un tipo normal. Al menos, parece tan normal/vulgar/inofensivo como cualquiera de los que andamos por la calle. Me estrecha la mano y creo que no noto que la tenga llena de callos ni cicatrices laborales ni nada por el estilo, pero esto es sólo un detalle en que me fijo sin que venga mucho al caso. Nos adentramos en el jardín y llama al perro por su nombre. Es la primera vez que lo escucho y me planteo por qué lo llamará así. Y por qué lo venderá. Sin embargo, no lo pregunto porque Malo aparece por un lateral de la casa, trotando tranquilo. Imponente, incluso. Resplandece como una compacta bola de nieve a la luz de la mañana mediterránea. Se acerca y yo me acuclillo y el todavía dueño del husky dice Adelante, sin miedo. Y yo acaricio al animal detrás de las orejas y le paso la mano por la cara y el bicho saca la lengua y me llena los dedos de saliva cálida. Nunca me había interesado por los perros. De hecho, un último relámpago de absurdidad me pasa por la mente: ¿qué cojones hago aquí? Pero por la razón que sea lo único que sale de mis cuerdas vocales es Vale, cuánto. Mil euros. Ya te digo, te doy el certificado de estirpe, y además te regalo el collar y el bozal. Me parece bien, entre otras cosas porque no tengo ni puta idea de lo que vale de verdad un husky siberiano. Así que le pago en metálico con el importe casi íntegro de mi último sueldo y me alejo de allí con Malo en el asiento de atrás. Respira serenamente junto a mi cabeza. Me llega la nube de su aliento canino, puro, sin toxinas ni colorantes ni conservantes. Ni palabras. Y me digo a mí mismo que acabo de hacer la mejor inversión posible en compañía. Conduzco y pienso en que cuando lleguemos a la ciudad le compraré jamón y salmón y otras cosas selectas. Que lo cuidaré y él me querrá instintivamente y me defenderá si alguien me ataca por la simple razón de que tendrá la tripa llena y el pelo corto y limpio cuando lo necesite. Pienso que de una vez todo será fácil en casa. Y pasamos junto a una zona de ocio a la misma distancia de ser parque que jardín o minúsculo reducto de bosque. Me da igual cómo lo califique el PAI de turno; es un buen sitio para estrenar el perro. Así que aparco en el arcen y abro la puerta trasera y Malo sale corriendo hacia el espacio abierto y soleado. Luego se detiene, gira la cabeza hacia mí y lanza un ladrido seco. Y reemprende la carrera hasta desaparecer entre los árboles medio pelados que rodean un pequeño conjunto de columpios, desierto. Todo está tan tranquilo que puedo oír sus pisadas rápidas yendo y viniendo sobre las hojas secas, al otro lado de los arbustos, los troncos, las ramas y los setos. Me siento en el columpio y me balanceo un poco. Sólo por hacer algo, sólo porque en mi vida he sido dueño de nada y no sé si tengo que ir tras Malo, llamarle a gritos para demostrarle mi autoridad o esperar a que aparezca de nuevo y venga a pedirme que le lance un palito. Y, claro, lo más fácil es columpiarse. Notando el calor tibio del sol, entornando los ojos por el resplandor, oliendo la nueva estación y despejando la mente hasta sólo pensar que igual mi vida no es perfecta pero podría ser mucho peor. Como la de aquella cajera de mi Mercadona que en dos semanas pasó de ser guapa a estar enterrada por culpa de un supertumor cerebral. Sí, lo más fácil es procurar olvidar lo que pasó hace unos meses, columpiarse e intentar ser feliz por contraste con los más desafortunados. Y eso es lo que hago hasta que el ruido que sale de entre la vegetación deja de sonar a simple correteo animal. Ahora el ruido son gruñidos y gemidos ahogados o probablemente las dos cosas a la vez. Me levanto y me adentro en la espesura imaginando que voy a encontrar a mi perro mordisqueando una liebre o un pájaro. O quizá se haya lastimado una pata y esté esperando que vaya a rescatarlo. Cosas por el estilo. Imagino cosas por el estilo pero lo que acabo descubriendo es el cuerpo musculoso de Malo clavando sus patas en el pecho de una forma que se parece demasiado a la de un niño tendido como para no serlo. Pero me equivoco, porque desde más cerca veo que en realidad es una niña. Un par de trenzas se agitan en el suelo terroso levantando pequeñas nubes de polvo cada vez que mi husky le da un lametón la cara. Y lo peor es que, aun a unos veinte metros de distancia, me atrevería decir que la niña no tiene cara, sólo unos jirones de piel y una masa tierna y roja. Entonces algo dentro de mí se rompe y niega la evidencia y mi único pensamiento lógico es el de correr y correr hasta allí. Y conservo unas gotas de esperanza hasta que llego a la escena y tiro del collar de Malo y lo compruebo todo desde medio metro de distancia. Compruebo que no, no hay cara. Que lo que la niña tiene por encima del cuello únicamente conserva a duras penas su forma en la mitad izquierda. Distingo una mejilla arañada o mordida, no sé, y unos párpados medio descolgados porque un tajo grueso y profundo los ha seccionado por la mitad. Pero lo demás ya sólo puedo intuirlo. No hay nariz ni boca ni ojo derecho; agujeros llenos de sangre y mucosidades y dientes de leche y líquido vítreo ocupan su lugar. Lo demás ya no es más que una plasta viscosa y que brilla demencialmente a los rayos del sol, que se cuelan sin problemas entre las raquíticas ramas de los árboles de hoja caduca. Una cosa repugnante bajo la que todavía late vida, porque puedo oír el silbido que hace el aire al abrirse camino hacia los pequeños pulmones a través de todos esos colgajos. El ruido más aterrador que jamás he escuchado. Pero no tengo tiempo para quedarme paralizado por el miedo porque una voz llama desde algún lugar cercano, buscando a una niña. Y yo tiro del perro y corro y subimos al coche y conduzco a toda velocidad, con esa cosa resollando y relamiéndose el hocico, que parece el de un oso polar después de cazar una foca. Pringándome de rojo el tapizado. Y llegamos a un descampado remoto que conozco donde hay una incineradora de basuras que nunca se apaga. Ahora, simplemente, esperamos que se haga de noche. De cuando en cuando Malo ladra porque se aburre, supongo, y yo le tiro una piedra o una maderita y pasamos unos minutos entretenidos. Pero dentro de un rato, en cuanto nadie pueda ver, cogeré esa estaca de ahí y moleré a palos con ella a mi flamante y precioso perro. Y supongo que luego lo veré arder poco a poco entre rescoldos de inmundicia mientras me pregunto cosas como si alguien habrá apuntado mi matrícula, si me estará buscando la policía, si la niña sobrevivirá. Si lo consigue, mi vida cambiará bastante. La cirugía de reconstrucción ha avanzado mucho, pero ni dios podría reparar los rotos de esa cara. Así que si la poli no se presenta mañana en en mi casa para deternerme, leeré en la prensa el nombre de mi víctima y dedicaré el resto de mis días a romper los retrovisores de los coches que aparquen en su calle. A destrozar el espejo de su ascensor. A apedrear el tenue reflejo de la marquesina del autobús que pase por allí cerca. Y, claro, por todo esto me la trae bastante floja la crisis. Y todo lo demás, también.




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