Archivos para Noviembre 2008

26
Nov
08

Problemas de empatía… qué coño

El otro día el perro de mi jefe se muere y el cabrón acaba deciéndome que no empatizo. Puede. Pero es que hace unos años mi cuñada intentó matarme con una aguja de ésas que se utilizan para hacer peucos o guantecitos de lana. Puede, también, que todo venga de aquello. Lo que pasa es que intento no plantearme el porqué de las cosas. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque son las siete de la mañana y Lucrecia o Lupita o algo así -nunca lo he tenido muy claro- llama a la puerta y eso significa que en teoría puedo desentenderme durante unas horas. Desconectar, suelen llamarlo. Así que como cada lunes, martes, miércoles, jueves, viernes le dejo a Lucrita quince euros sobre la mesa de la cocina. Para el taxi. Y cierro la puerta con cuidado para no despertarle y conduzco rumbo al trabajo unos tres cuartos de hora, minuto arriba o abajo en función de la suerte con los semáforos. Y mientras el sol naciente inunda el paisaje rodante de una luz color zumo de limón oigo hablar a vehementes tertulianos en la radio del coche. Parece que están muy seguros de lo que dicen, que tienen muy claro el funcionamiento del orden mundial. Y me extraña, porque yo ya no entiendo nada. Ya ni siquiera sé si prefiero llegar pronto o llegar tarde a la oficina o simplemente empotrarme contra una farola y no llegar jamás. Desconectar, en la práctica. Lo que pasa es que intento no plantearme en qué se está convirtiendo mi vida. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque cuando quiero darme cuenta estoy subiendo al trabajo en el ascensor mirando sin sorpresa el reflejo de mi decadencia a la luz de los halógenos de baja intensidad y alto ahorro energético, llenándome los pulmones de un aire que huele a metal pulido y a cristasol y a muchas otras cosas ajenas a la naturaleza humana.

Contraté a Lupecia a través de un papel plagado de faltas de ortografía que vi pegado en una parada de autobús. Lo primero que me contó durante el simulacro de entrevista al que le sometí sólo para tener la mente ocupada un rato fue que en Sudamérica había dejado una hija preadolescente embarazada y un hijo pandillero y otros dos enterrados. Y que se había venido a Europa porque quería que los miembros de su familia que aún respiraban tuvieran un abanico más amplio de posibilidades para cagarla. Su ilusión era ofrecerles algo mejor. A ellos y a sí misma. Ya estaba cansada de pasarlo mal, concluyó. Encomiables intenciones, algo muy conmovedor si te lo cuenta una señora demacrada y mal vestida sentada en tu sillón, con humedad en los ojos y un potente aliento a vino barato forrando cada una de sus palabras. Aunque, la verdad, supongo que tampoco con ella empaticé. Sin embargo, me pareció una buena mujer a la que le quedaba bastante que aprender de la vida en el primer mundo, así que le dije que sí y acordamos un más que digno salario en negro. De esto hace ya un par de años. El mes pasado Lupita se marchó por diez días a su tierra para asistir al entierro de su joven ñeta o lo que fuera, y aún no ha regresado. Yo mismo la llevé al aeropuerto y le pagué el billete para generarle cierto sentimiento de deuda para conmigo. Para que no me dejara tirado. Cuando por fin dijo adiós comprobé que su boca olía a alcohol mucho más intensamente que el día que la conocí. Puede que nunca hubiera dejado de beber, no lo sé. Lo que puedo asegurar es que en ningún momento desde que le dieron la noticia por teléfono se tomó la libertad de mostrarse demasiado dramática en mi presencia. No me dio detalles, ni yo le di el pésame, ni me agradeció nada. A lo mejor es que ya había aprendido algo gracias a mí. Por ejemplo, a consolarse ella sola pensando que la ropa con la que al día siguiente metería a su hijo en el ataúd sería mejor que la que habría lucido antes de que ella decidiera prosperar al otro lado del Atántico. Y que con lo que había ahorrado trabajando en mi casa podría emborracharse muy lujosamente en su país hasta que el hígado le reventara, y olvidarse de que al fin y al cabo puso seis mil kilómetros de por medio con lo que le importaba. Y creerse un poco feliz hasta que el efecto de la anestesia se evapore.

Cuando llego a la oficina digo hola y nadie me contesta o al revés. Saco del cajón el botecito de las chinchetas y lo vacío sobre mi silla con cuidado de que todas las puntas oscuras queden orientadas hacia el cielo que debe haber muchos kilómetros por encima de estos neones. Y luego me dejo caer sobre el asiento sin hacer el menor esfuerzo por frenar el efecto de la gravitación universal sobre mi cuerpo. Decenas de pinchos se me quedan clavados pero muy pocos logran atravesar la costra que recubre la parte de atrás de mis muslos después de repetir esta acción a diario durante meses y meses. Así que hace tiempo que no me tengo que preocupar de ponerme pantalones oscuros. Tengo que preocuparme de cosas mucho más dolorosas, más difíciles. Por ejemplo, mantenerme detrás de mi mesa cuando mi jefe se planta al otro lado y me dice casi sollozando que sigue triste por la muerte de su perro. Lleva una foto del animal bajo el brazo y le echa un vistazo cada cinco segundos sin que deje de temblarle la barbilla. Yo tengo una sobre mi escritorio, de cuando tenía sentido que los dos y más gente nos fuéramos a hacer una parrillada en el monte, pero jamás me ha preguntado quién es el de la imagen. Me parece increíble no saltar sobre él y graparle la boca y los párpados. En lugar de eso concentro mis fuerzas en alzar un poco la cabeza y decirle Tranquilo, sólo es un perro. Y él me suelta con odio que no empatizo. Que no me implico en la empresa, ni con los compañeros ni con nadie. Miro el reloj que hay en la pared y calculo que me faltan siete horas y cuarenta y nueve minutos para salir de aquí. Y echo de menos lo bien que me sentaba el prozac al principio de todo esto. Y luego el cipramil y el dumirox y la cymbalta. Pero ahora necesitaría litros de fluoxetina para alcanzar el único descanso viable a estas alturas.

Porque cada vez que paso por delante de un contenedor de basura, o aunque no sea así, me acuerdo de que aquella noche habíamos estado bebiendo unas cervezas. En plan despedida de la buena vida. Mi hermano iba a ser padre en dos semanas y en adelante tendría ya pocas opciones de ver un partido de fútbol de mierda con los amigos. Lo pasamos bien hasta que mientras lo llevaba de vuelta a casa nos estrellamos contra un camión de basura que salió marcha atrás de un callejón. Cuando mi ex cuñada me vio por primera vez después de aquello quiso matarme con lo primero que encontró a mano. No se lo tengo en cuenta. Ni eso ni que haya rehecho su vida y sólo venga por nuestra casa una vez cada quince días. Ni siquiera sube a casa. Espera en el patio con la niña y yo bajo a recogerla. Pasa con nosotros un fin de semana de cada dos. Ella ya mira sin asomo de extrañeza cuando le curo a mi hermano las llagas del culo y le limpio el tubo del respirador mecánico. Es una buena cría. Muy lista. He conseguido que le llame papá. Y a mí hijoputa.

21
Nov
08

3 at.

El niño chapoteaba en el agua. Nadaba, buceaba, corría y corría y superaba las olas saltándolas o atravesándolas igual que Superman haría con paredes de hormigón. El sol había dejado atrás su cénit unas cuantas horas antes, pero aún quemaba. Por eso estaban bajo la sombrilla. Sentados uno junto al otro en sillas reclinables, orientados hacia el mar o hacia el niño o hacia ninguna de las dos cosas. Probablemente orientados hacia la inmensidad por la simple razón de que es algo mucho más fácil de mirar que la decadencia de las cosas pequeñas. Lo cierto es que llevaban diez minutos sin hablar y sin ganas de hacerlo y aquello empezaba a volverse insoportable. El hombre se levantó haciendo umpff y salió a la arena soleada. Se plantó en un pequeño hoyo que hizo cavando con los pies y encendió un cigarro. Deberías cuidarte más, le dijo la mujer sin dejar de mirar al azul infinito. Y del mismo modo añadió ¿Tú te has visto…? Él se observó de arriba a abajo o al revés casi sin querer, casi por inercia, casi con esa cara de tonto con la que alguien se mira el pecho cuando otro le gasta la broma de la mancha en la solapa. Y sí, la barriga iba en aumento. Si ahora corriera hasta la caseta de helados para comprarle el que a ella tanto le gustaba su estómago se desplazaría un palmo de lado a lado dentro de su piel tirante. Pero daba igual porque no pensaba hacerlo. Porque qué importaba; la práctica en su oficina indicaba que aún se podía follar a tías considerablemente más jóvenes que él. Así que no se sintió ofendido. Durante un instante pensó en volverse hacia el mar y distraerse, olvidarse de todo, intentar dejar de sentirse sucio viendo nadar al niño. No lo hizo. Un impulso cruel le obligó a acercarse a ella con una sonrisa burlona y señalar con el dedo, teatralmente, cada una de las varices de la mujer. Ella intentó alejarlo de sí lanzándole un manotazo con la zurda. Llevaba todo el día usando demasiado a menudo la mano izquierda. Por eso el hombre pensó que Qué coño, qué hay que perder, y le dijo que llevaba un reloj muy bonito. Y luego preguntó de dónde lo había sacado. Un regalo de la empresa, contestó la mujer. Pues debes de hacer muy bien tu trabajo; a mí sólo me regalan una botella de vino por navidad. La cogió por la muñeca e inspeccionó de cerca el reloj. Esfera dorada. De oro, probablemente. Cristal extraplano. Números romanos. Correa de piel de calidad. De canguro o de alguna extravagancia similar. 3 at water resistant en el centro de la esfera. Cartier en caracteres demasiado grandes como para no ser el obsequio de alguien que intenta impresionar a alguien. Joder, sí, debes de estar haciéndolo muy bien. Ella dijo Cállate. Y enseguida dijo No has parado de mirar el móvil en todo el día. Y lo llevas en modo silencio. Así que cállate de una puta vez, concluyó tras levantarse de golpe de la tumbona. Se miraron un momento el uno frente al otro. Más cara a cara que nunca en años. Luego ella avanzó hacia la orilla y, como en las películas de Tiburón, escrutó el agua haciendo visera con la mano. La derecha, esta vez. Al cabo de unos segundos el hombre llegó a su lado. El sol enorme cayendo en picado repentinamente acelerado y el mar moviéndose en rojo hacia todas partes. Quizá en ese momento ambos pensaron que si el niño fuera entonces sólo un trozo de carne enredado entre algas a treinta metros de profundidad sería un final más que merecido a la historia. Y una gaviota chilló en el cielo y dos o tres olas más se estrellaron contra sus tobillos.

17
Nov
08

Problemas de empatía

Censurado por la Autoridad Moral.

Os dejo los tags para que os montéis con ellos la historia que mejor os parezca.

08
Nov
08

Días felices

Mis vecinos hablan en la escalera de la entrada. En el zaguán. Pero especialmente los oigo bisbisear en los rellanos superiores. A todas horas. Y me imagino saliva rancia apelmazada en las comisuras de todos esos labios finos y translúcidos como papel de fumar. Y a veces el asco me supera y salgo de mi planta baja con la intención de pegarles un grito o una patada en la sien. Pero entonces miro hacia arriba y aseguraría que sus voces caen por el hueco de la escalera en forma de catarata de mierda y babas y vómito y otras cosas viejas y usadas, y corro a encerrarme en casa sin llegar a decir nada. En fin, os lo juro: una incesante diarrea de palabras perfectamente visible y audible y todo lo demás precipitándose de piso en piso hasta la misma puerta de mi casa. Aunque supongo que habrá quien diga que eso es imposible, que debe de ser cosa mía. El caso es que como la mayoría de ellos hace tiempo que entró en la tercera edad, sería más acertado decir que son mis ancianas vecinas super-supervivientes de otro mundo las que regurgitan palabras desgastadas en la escalera, día tras día. Porque me parece que sólo quedan dos viejos, obstinados en poner en entredicho lo que la estadística determina sobre la esperanza de vida media de los varones de este país. Y también ellos suelen unirse al coro de momias que se mueve por ahí arriba. Así que todos, ellos y ellas, pululando tan cerca de mí, igual que artríticas cucarachas enlutadas, agazapadas en cada rincón de este edificio. Con el mismo corte de pelo, el mismo tinte de pelo. Y las mismas zapatillas de felpa negra y suela amarilla que hacen ñiiie ñiiie sobre la imitación de mármol que el constructor de todo esto instaló hace cincuenta, sesenta o más años. Todos menos la del cuarto. Una tipa de unos cuarenta. A veces pienso que está bastante buena, pero otras creo que no es más que puro contraste con los muertos vivientes de este edificio. No sé, qué importa. Lo que para mí cuenta es que parece que va a la suya, que no participa en los cotilleos intervecinales de mi bloque. Pasa de largo de los corrillos casi sin saludar o despedirse. Eso he sabido gracias a la indiscreción del viejete del 2ºA. Sólo conserva un diente, entre marrón y amarillo y que se ve demasiado grande y obsceno en el agujero negro de su boca, pero resulta evidente que aún le sirve para pronunciar perfectamente las fricativas y todos los demás fonemas de nuestro idioma. Un día vuelvo del trabajo y el abuelo está esperando el ascensor y en los pocos segundos que tardo en abrir mi puerta me dice que tenga cuidado con la del cuarto. Que es mala gente. Que cree que fuma hierbas prohibidas, que él no es tonto y sabe muy bien qué es ese olor que a veces sale de su piso. Y yo me imagino al viejo arrodillado clandestinamente sobre el felpudo de la tía del cuarto, arrimando su enorme nariz aguileña a la rendija inferior y aspirando profundo humo de porro y bolitas de pelusa. Así que me entra el miedo y de nuevo me encierro en casa, sin insultarle ni empujarle para que caiga y se rompa la cadera. Sin hacer nada. Un par de semanas o meses después me encuentro a una anciana diminuta a la que juraría no haber visto antes. Pasa un paño húmedo por los barrotes del primer tramo de barandilla con máxima concentración, como si no fuera consciente de que la vida en La Tierra es un puta mierda. Y sin apartar la vista del metal bruñido me suelta que la “joven” de ahí arriba es una fresca y que por algo su marido la dejó. ¿No ha notado usted los colores que luce en las mejillas? No sé qué me sorprende más de su discurso, si la palabra joven, o la palabra fresca, o la palabra lucir, o que me haya hablado de usted o enterarme de que antes había un marido. Aunque, en realidad y seguramente por suerte, nunca me entero de nada del mundo real, por lo que decido no pensar demasiado en mi nula capacidad de observación, paso de largo de la vieja y me hago el firme propósito de pisar una mierda antes de volver a casa y luego restregar la suela a lo largo de la reluciente barandilla. En sucesivos encuentros similares con los cotillas de esta finca confirmo que la mujer del cuarto se ha quedado embarazada sin que se conozca quién es el padre de la criatura. Eso dicen, pobre criaturita y cosas por el estilo. Dicen que a la zorra se le está pasando el arroz pero que tendría que haber sido menos egoísta y haber reprimido sus instintos maternales, que es inmoral traer un niño a este mundo si no vas a poder darle un ambiente familiar como dios manda. Esa clase de basura es la que reverbera en el hueco de la escalera durante meses. Hasta que un día como cualquiera me dicen que el niño ha nacido y pocos días más tarde oigo un vocerío demasiado cordial en el zaguán y pego al ojo a mi mirilla y ahí están todos los vejestorios haciendo cola ante el carrito para tocar las mejillas del bebé con sus manos huesudas y llenas de manchas cutáneas. Le dan la enhorabuena a la madre y en cuanto se alejan unos pasos de ella se cogen del brazo de dos en dos o forman pequeños enjambres y empiezan a despellejarla. Lo bueno es que a ella parecía no importarle en absoluto y puede que hasta disfrutara bastante obteniendo reacciones políticamente correctas de todas esas brujas. Sí, creo que fueron días felices para ella. Una tarde coincidimos en el portal. Ella entraba, yo salía. Empujaba su carrito y me miró y yo la miré y creo que esperó que le sostuviera la puerta. O creo que esperó que me inclinara sobre el cochecito y le dijera algo a su hijo y luego a ella. Algo amable, básicamente. Pero no hice nada de eso porque simplemente no se me pasó por la cabeza ni por un instante. Lo lamenté levemente cosa de una semana después, cuando a través de los cauces habituales fui informado de que el crío había muerto mientras dormía. Seguro que el forense dijo Muerte súbita, pero los vecinos de este edificio dicen que a saber, porque es evidente que no era buena madre y que estaba claramente desequilibrada. Lo lamenté levemente entonces porque a un niño de semanas que a lo mejor ni siquiera es tuyo no se le coge demasiado cariño. Y lo lamento sólo un poco más intensamente ahora que, mientras me calentaba una pizza precocinada, la del cuarto acaba de atravesar el techo de uralita de mi galería.




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