El otro día el perro de mi jefe se muere y el cabrón acaba deciéndome que no empatizo. Puede. Pero es que hace unos años mi cuñada intentó matarme con una aguja de ésas que se utilizan para hacer peucos o guantecitos de lana. Puede, también, que todo venga de aquello. Lo que pasa es que intento no plantearme el porqué de las cosas. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque son las siete de la mañana y Lucrecia o Lupita o algo así -nunca lo he tenido muy claro- llama a la puerta y eso significa que en teoría puedo desentenderme durante unas horas. Desconectar, suelen llamarlo. Así que como cada lunes, martes, miércoles, jueves, viernes le dejo a Lucrita quince euros sobre la mesa de la cocina. Para el taxi. Y cierro la puerta con cuidado para no despertarle y conduzco rumbo al trabajo unos tres cuartos de hora, minuto arriba o abajo en función de la suerte con los semáforos. Y mientras el sol naciente inunda el paisaje rodante de una luz color zumo de limón oigo hablar a vehementes tertulianos en la radio del coche. Parece que están muy seguros de lo que dicen, que tienen muy claro el funcionamiento del orden mundial. Y me extraña, porque yo ya no entiendo nada. Ya ni siquiera sé si prefiero llegar pronto o llegar tarde a la oficina o simplemente empotrarme contra una farola y no llegar jamás. Desconectar, en la práctica. Lo que pasa es que intento no plantearme en qué se está convirtiendo mi vida. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque cuando quiero darme cuenta estoy subiendo al trabajo en el ascensor mirando sin sorpresa el reflejo de mi decadencia a la luz de los halógenos de baja intensidad y alto ahorro energético, llenándome los pulmones de un aire que huele a metal pulido y a cristasol y a muchas otras cosas ajenas a la naturaleza humana.
Contraté a Lupecia a través de un papel plagado de faltas de ortografía que vi pegado en una parada de autobús. Lo primero que me contó durante el simulacro de entrevista al que le sometí sólo para tener la mente ocupada un rato fue que en Sudamérica había dejado una hija preadolescente embarazada y un hijo pandillero y otros dos enterrados. Y que se había venido a Europa porque quería que los miembros de su familia que aún respiraban tuvieran un abanico más amplio de posibilidades para cagarla. Su ilusión era ofrecerles algo mejor. A ellos y a sí misma. Ya estaba cansada de pasarlo mal, concluyó. Encomiables intenciones, algo muy conmovedor si te lo cuenta una señora demacrada y mal vestida sentada en tu sillón, con humedad en los ojos y un potente aliento a vino barato forrando cada una de sus palabras. Aunque, la verdad, supongo que tampoco con ella empaticé. Sin embargo, me pareció una buena mujer a la que le quedaba bastante que aprender de la vida en el primer mundo, así que le dije que sí y acordamos un más que digno salario en negro. De esto hace ya un par de años. El mes pasado Lupita se marchó por diez días a su tierra para asistir al entierro de su joven ñeta o lo que fuera, y aún no ha regresado. Yo mismo la llevé al aeropuerto y le pagué el billete para generarle cierto sentimiento de deuda para conmigo. Para que no me dejara tirado. Cuando por fin dijo adiós comprobé que su boca olía a alcohol mucho más intensamente que el día que la conocí. Puede que nunca hubiera dejado de beber, no lo sé. Lo que puedo asegurar es que en ningún momento desde que le dieron la noticia por teléfono se tomó la libertad de mostrarse demasiado dramática en mi presencia. No me dio detalles, ni yo le di el pésame, ni me agradeció nada. A lo mejor es que ya había aprendido algo gracias a mí. Por ejemplo, a consolarse ella sola pensando que la ropa con la que al día siguiente metería a su hijo en el ataúd sería mejor que la que habría lucido antes de que ella decidiera prosperar al otro lado del Atántico. Y que con lo que había ahorrado trabajando en mi casa podría emborracharse muy lujosamente en su país hasta que el hígado le reventara, y olvidarse de que al fin y al cabo puso seis mil kilómetros de por medio con lo que le importaba. Y creerse un poco feliz hasta que el efecto de la anestesia se evapore.
Cuando llego a la oficina digo hola y nadie me contesta o al revés. Saco del cajón el botecito de las chinchetas y lo vacío sobre mi silla con cuidado de que todas las puntas oscuras queden orientadas hacia el cielo que debe haber muchos kilómetros por encima de estos neones. Y luego me dejo caer sobre el asiento sin hacer el menor esfuerzo por frenar el efecto de la gravitación universal sobre mi cuerpo. Decenas de pinchos se me quedan clavados pero muy pocos logran atravesar la costra que recubre la parte de atrás de mis muslos después de repetir esta acción a diario durante meses y meses. Así que hace tiempo que no me tengo que preocupar de ponerme pantalones oscuros. Tengo que preocuparme de cosas mucho más dolorosas, más difíciles. Por ejemplo, mantenerme detrás de mi mesa cuando mi jefe se planta al otro lado y me dice casi sollozando que sigue triste por la muerte de su perro. Lleva una foto del animal bajo el brazo y le echa un vistazo cada cinco segundos sin que deje de temblarle la barbilla. Yo tengo una sobre mi escritorio, de cuando tenía sentido que los dos y más gente nos fuéramos a hacer una parrillada en el monte, pero jamás me ha preguntado quién es el de la imagen. Me parece increíble no saltar sobre él y graparle la boca y los párpados. En lugar de eso concentro mis fuerzas en alzar un poco la cabeza y decirle Tranquilo, sólo es un perro. Y él me suelta con odio que no empatizo. Que no me implico en la empresa, ni con los compañeros ni con nadie. Miro el reloj que hay en la pared y calculo que me faltan siete horas y cuarenta y nueve minutos para salir de aquí. Y echo de menos lo bien que me sentaba el prozac al principio de todo esto. Y luego el cipramil y el dumirox y la cymbalta. Pero ahora necesitaría litros de fluoxetina para alcanzar el único descanso viable a estas alturas.
Porque cada vez que paso por delante de un contenedor de basura, o aunque no sea así, me acuerdo de que aquella noche habíamos estado bebiendo unas cervezas. En plan despedida de la buena vida. Mi hermano iba a ser padre en dos semanas y en adelante tendría ya pocas opciones de ver un partido de fútbol de mierda con los amigos. Lo pasamos bien hasta que mientras lo llevaba de vuelta a casa nos estrellamos contra un camión de basura que salió marcha atrás de un callejón. Cuando mi ex cuñada me vio por primera vez después de aquello quiso matarme con lo primero que encontró a mano. No se lo tengo en cuenta. Ni eso ni que haya rehecho su vida y sólo venga por nuestra casa una vez cada quince días. Ni siquiera sube a casa. Espera en el patio con la niña y yo bajo a recogerla. Pasa con nosotros un fin de semana de cada dos. Ella ya mira sin asomo de extrañeza cuando le curo a mi hermano las llagas del culo y le limpio el tubo del respirador mecánico. Es una buena cría. Muy lista. He conseguido que le llame papá. Y a mí hijoputa.