Archivos para Diciembre 2008

21
Dic
08

El espíritu de la navidad

El hombre que está sentado delante de mí habla y habla aparentemente ajeno a mi falta de atención a lo que dice. Ya tengo dentro bastante mierda propia por rumiar y digerir como para fijarme en la que el tipo intenta colocarme. Mi móvil y mi bandeja de entrada callados desde hace más de una semana y el desconcierto dando paso a un miedo mezclado con rabia. Más de siete días, más de ciento sesenta y ocho horas sin noticias de lo vital. Y aquí estoy, en el trabajo, intentando ganarme la vida pero olvidando un poco más a cada segundo lo que ese verbo y ese sustantivo significan. Así que pongo la cara de alguien que escucha aunque en realidad mis sentidos sólo dan para informarme de que el humano que está ahí enfrente se mueve de tanto en tanto, emite sonidos y parece un ser vivo. Cada cierto rato cruza las piernas y en una de éstas reparo en sus calcetines y sin querer, como siempre me pasa, empiezo a tirar del hilo. Calcetines negros de ejecutivo. Me parece que son de ésos que no tienen costuras en el talón ni en la puntera. De ésos que los ejecutivos superocupados pueden comprar por internet en packs de cinco pares por un precio razonable. De ésos que pueden dar el pego. Lo que pasa es que están hechos a base de poliester, poliamida o alguna materia igual de contaminante y miles de diminutas fibras reflejan cegadoramente el resplandor que cae de los fluorescentes del techo cada vez que al hombre empieza a temblequearle el pie suspendido. Destruyendo así cualquier ilusión de elegancia. Y además desde aquí veo la marca que la goma le hace en la carne pálida, en la que ya no hay pelos, nada más que una leve pelusa dispersa. Porque el hombre que habla y carraspea y vuelve a hablar al otro lado de la mesa debe rondar los sesenta. Puede que alguno más. Y de repente pienso Podría ser mi padre. Y a lo mejor por eso un tenue amago de simpatía se me remueve dentro. O puede que la razón sea que el tipo está evidentemente nervioso y tartamudea al empezar todas y cada una de las frases con las que intenta convencerme de que esta oficina sería un lugar mucho mejor si dejáramos que la empresa a la que representa nos instalara nuevo hardware, nuevo software y otras cosas igual de modernas. O igual el vendedor me cae bien porque cada vez que se inclina hacia adelante y la chaqueta se le abre un poco puedo ver los inmensos rodales de sudor que le manchan la camisa blanca mal planchada. O, por qué no, quizá se trata sólo del modo inseguro que tiene de removerse en el asiento, cruzando una pierna sobre la otra para dentro de medio minuto deshacer la operación y hacerla en el sentido contrario. O de ese flácido filete de carne rosácea que le cuelga sobre el cuello de la camisa por culpa de la corbata demasiado apretada. Qué más da. El caso es que ha vuelto a ocurrir la putada habitual: que sin razón concreta un extraño consiga despertarme simpatía, solidaridad, cierto afecto. Uno de esos sentimientos vagamente positivos que no sirven para otra cosa que hacerte comprobar de inmediato cuánto te has equivocado al darles cabida. Joder, el tipo está sufriendo y sudando al recitarme las bondades del plan de gestión informática integral que sueña con encasquetarme. Esas parrafadas no puede soltarlas uno así como así. Me lo imagino perdiendo horas de sueño para repasar las características técnicas de programas de ordenador diseñados por sus jefecillos. Chavales más jóvenes que sus propios hijos pero que son los que le pagan a final de mes y le conceden otros treinta días de supervivencia a la crisis si ha alcanzado los objetivos previstos. Me lo imagino estudiándose por enésima vez el manual de su producto estrella en el ascensor justo antes de entrar en esta oficina y poner una parte de su destino en mis manos. Y sin siquiera darme cuenta estoy aflojándome aún más el nudo de mi corbata. Para que se relaje y haga lo mismo con el suyo. Para que vea que la perfección de su corbata me importa aún menos que él hasta hace unos segundos. Pero en ese momento el tipo decide cagarla. El tipo entiende lo contrario de lo que mi gesto ha querido decir y se hiergue sobre la silla, la espalda muy recta, y aprieta un poco más su nudo mientras mueve el mentón a izquierda y derecha y estira hacia abajo las comisuras de los labios. Tío, ¿por qué lo has hecho? Eso pienso. Pienso: Sólo estaba siendo amable contigo, pero eres tan imbécil que no te das ni cuenta. Iba a comprarte lo más caro de tu catálogo. Ni siquiera puedo hacerlo sin la autorización de mi jefe de departamento, pero iba a comprártelo. Porque sí, por hacer algo digno por alguien o simple y egoístamente por tener algo digno en que pensar al irme a dormir. Pero me has demostrado que no lo mereces, que estás más muerto que vivo y ojalá te despidan mañana mismo. Eso es lo que pienso pero lo que hago es interrumpirle y lo que digo es Lo siento, no siga, no me interesa. Y el hombre se levanta y empieza a recoger sus papeles con una lentitud y una cara de idiota que me obligan a aferrarme a los brazos de la silla para no saltar sobre él y echarle a patadas. Porque de repente me siento al límite de algo oscuro y no creo que pueda tener mucho más tiempo ante mi vista una nueva prueba de que este mundo es el peor lugar en que vivir. Evitando mirarle a sus ojos de viejo tan mediocre que se ha dejado avergonzar por un gilipollas como yo le espeto que se dé prisa, que salga, por favor, que tengo muchas cosas que hacer. Pero es mentira porque lo único cierto es que en mi mente sólo hay sitio para planes que no sucederán. Deseos que sé no cobrarán forma pero con los que me quiero quedar a solas y lamentar mi suerte. Lamerme las heridas a falta de otra saliva. Y dejar pasr el tiempo hasta que el dolor se convierta en norma y resulte imperceptible. Y mientras el tipo guarda en su maletín los folletos de todo lo que me ha intentado vender de entre las páginas de uno de ellos se desliza una tarjeta. Un abeto rodeado de estrellas doradas y trineos voladores aterriza en la mesa. Cosas imposibles, cosas milagrosas. El hombre la recoge y duda un momento si dármela o no. Se decanta por lo que merezco y sale por la puerta teniendo al menos el detalle de decirme adiós y cerrarla a su espalda. Sí, es verdad, la navidad está a la vuelta de la esquina. Y asumo que este año me gustará aún menos de lo normal. Me faltará un regalo. Me faltará hacer un regalo. Caminando de vuelta a casa la noche no lo parece. Las bombillas de los escaparates y de los adornos que cuelgan sobre las calzadas lo envuelven todo en una bola de luz cálida dentro de la que la gente parece encontrarse a gusto. Pasan a mi lado cargados de bolsas y paquetes desprendiendo algo parecido a lo que la gente normal llama Felicidad. El puto espíritu de la navidad poseyéndolos a todos. Pero en lugar de alegrarme por ellos sólo puedo sentir la convicción de que están equivocados. Y que más pronto que tarde la verdad se materializará ante sus ojos, les pondrá su filo helado en el cuello y les hará conscientes de que lo bueno suele acabar pronto y de la peor manera. El móvil se pone a vibrar en mi bolsillo. A los de Movistar les ha dado por llamarme todos los días a esta hora. Quieren que me una a su club. Todas y cada una de sus teleoperadoras de dulce acento latinoamericano me han jurado que si lo hago me regalarán un teléfono nuevo y mil mensajes gratis. No tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, decidí confesarle ayer a una voz que dijo llamarse Zaida. Ya no tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, joder, deja de llamarme o tendré que buscarte y matarte. Pero parece que tampoco ella me tomó en serio. Así que saco el móvil dispuesto a decirle a la de Movistar alguna barbaridad todavía mayor y casi se me cae de las manos cuando veo el nombre que aparece en la pantalla. Y las ganas se imponen fácilmente a mi débil orgullo. Descuelgo y hablo y habla y creo que he acertado al renunciar a los principios que no tengo porque acabo escuchando lo que quería escuchar. Si me paro a pensarlo casi me da asco/vergüenza reconocer que una llamada haya servido para hacerme sentir bien. Que haya alguien en el mundo capaz de convertirme en un zombie cuya única misión sea hacer lo que me pida. Que de pronto la ciudad no me parezca un nido de ratas y que los escaparates atraigan mi atención en busca de lo que le regalaré mañana. Pero prefiero no pararme a pensarlo. Prefiero, como cualquiera, intentar estar contento y que los demás lo estén conmigo. Por eso entro en el superbazar chino que hay en la esquina de mi calle y le compro a mi hermano pequeño un Papá Noel escalador. Hace unos días me preguntó si podía poner uno en el balcón. Y le contesté que no. Y cuando insistió le dije que eso era algo de muy mal gusto y que dejara de tocarme los cojones. Le hablé como a un adulto. Peor, le hablé como un adulto que tuviera el deber de soportar mi pena. El chino del mostrador me cobra treinta euros por el muñeco más grande de cuantos tiene y estoy tan aliviado por la llamada que acabo de recibir que no me parece una estafa aunque el trasto no cante ni baile mecánicamente ni emita destellos de colores. Cuando le doy el Papá Noel a mi hermano me da las gracias y un abrazo fuerte. Y no sé qué me sorprende más. Qué fácil es satisfacer cierto tipo de deseos. Me planteo fugazmente si ella estará pensando lo mismo respecto a mí. Si le dará a su llamada la misma nimia importancia que yo le doy al detalle que acabo de tener con mi hermano. Pero me quito rápidamente ese temor de la cabeza gracias al subidón de serotonina que acabo de experimentar. Y me voy a la ducha y me recreo bajo el chorro. Hasta silbo. Hasta me pongo suavizante en el pelo. Y me hago una paja para cumplir mejor mañana. Y me corto las uñas de los pies y mientras me afeito le grito a mi hermano qué quiere para cenar. No me contesta, sólo se oye la tele emitiendo anuncios de juguetes, perfumes y chocolates y otras cosas por el estilo que se pueden comprar en El Corte Inglés. Salgo del cuarto de baño y me dirijo a la cocina. Le prepararé una pizza de las que le gustan. Y nos la comeremos juntos viendo en la tele lo que él quiera ver. Por qué no, yo ya tengo lo que quería y lo demás me da igual. Me siento bien por primera vez en bastante tiempo y todo sería perfecto si no fuera por esa sirena que no para de sonar en la calle. Meto la pizza en el horno y voy a ver qué pasa. Salgo al balcón. La cara regordeta y sonriente de Papá Noel me mira por encima de la barandilla. Me asomo. Y antes de ver la ambulancia veo que el muñeco no tiene piernas. Por debajo de su cinturón sólo hay tripas de gomaespuma agitándose al viento. Sus extremidades inferiores están en suelo, veinte metros por debajo. Junto al cuerpo reventado de mi hermano.

07
Dic
08

Un día en el mundo

A las 8 a.m. estoy en la ducha. Ojalá pudiera alargar hasta el infinito mi vida bajo el chorro caliente. Eso pienso cada mañana. Quedarme ahí para siempre, ciego y sordo dentro de la nube de vapor y ruido líquido. No pisar la calle dura nunca más. Lo que pasa es que ni siquiera ese refugio es invulnerable. Porque a intervalos regulares una ráfaga de gotas frías cae sobre mi hombro derecho. Alguna de las tías del piso de arriba tiene la puta costumbre de ducharse a la misma hora que yo. Tan estudiantes, tan teenagers, tan pijas y aparentemente tan inofensivas. Dejan el aire del ascensor impregnado de perfumes frescos y champú Johnson’s. Olores casi infantiles. Y cuando hablan por el móvil con sus padres que las esperan por navidad en cualquier pueblo interior de mala muerte se despiden con un dulce Te quiero, papi/mami. Pero todas las noches las oigo follar ahí arriba como expertos animales salvajes. O quizá es que las paredes de este edificio son demasiado finas. No lo sé. El caso es que las oigo, durante horas. Mi compañero también y de vez en cuando entra en mi cuarto de madrugada con las manos en la cabeza. Maldice su suerte en su lengua materna y asegura que así no puede dormir y que necesita hacerse otro porro. Él lo lleva peor; es italiano. En fin, me resulta inevitable imaginar de qué están preñadas las gotas turbias que se precipitan plop-pesadamente-plop sobre mí desde la parduzca humedad que crece y crece en el techo del cuarto de baño. Así que me veo obligado a salir de mi cálida catarata y reincorporarme a un nuevo día viejo. Eso implica toparme con la portera en el zaguán. Una mujer diminuta, sin un gramo de grasa, exasperantemente jovial y objetivamente fea. Y con un hijo autista al que está limpiando los mocos o atusando el pelo o recolocando la mochila o dando besos en sus supermejillas el noventa por ciento de las veces que salgo del ascensor. Un chaval con mirada espeluznante, de unos doce años y unos cien kilos en canal. Sólo le he oído pronunciar palabras como Hola, Adiós, Polla o Helado. Cosas primarias. Y, con independencia de cuál sea su indescifrable estado anímico, las dice a pleno pulmón con voz de cochinillo en día de matanza. -Hoy también- chilla Hola al verme y yo me cago en su madre por dentro porque casi me explota la cabeza de la resaca que -hoy también- empieza a desperezarse en mi organismo. Por alguna razón, me aclaró en cierta ocasión la mujer, el crío me ha cogido cariño. Lo cual es muy raro, añadió mirándome sonriente a los ojos como si tal revelación debiera realizarme como persona. Aquella confesión me tuvo agobiado durante varios días. Quién sabía, igual la mujer, siempre atareada fregando nueve pisos de escaleras o pasando el plumero por los buzones, maquinaba convertirme en un colaborador en la educación de su hijo. Igual cualquier día me pedía por favor que lo llevara al parque de atracciones o a ver a los gorilas del bioparc. Sí, me agobié y, sin saber cómo reaccionar ante su afecto, una tarde de debilidad y buenas intenciones el destino me dio la oportunidad de saldar mis deudas sentimentales. Y cometí el error de regalarle al chico un cochecito de juguete que me encontré en el suelo junto a un contenedor. Algo aséptico y convencional, nada más que un gesto amable, como darle las gracias al camarero cuando te pone un café. Pero desde entonces tengo que soportar los gritos y los torpes palmoteos del tonto del barrio de buena mañana. A veces hasta se atreve a abalanzarse sobre mí, cogerme la mano y apretarla entre sus dedos rechonchos mientras balbucea desde sus profundidades y me enseña demenciales dibujos escolares o algún aborto de pesebre hecho a base de palos de polo. No necesito esta clase de amor unidireccional e inmerecido, joder; si fuera así ya me habría comprado un perro. Quizá si soltara algo por el estilo en adelante la portera se cuidaría de coincidir conmigo y tendría un motivo menos para salir a la calle cagándome en dios. Pero en lugar de verbalizar mi pensamiento me escabullo del portal sin dar los buenos días a la madre, ni al hijo ni al fontanero al borde de la jubilación que entra en ese momento ya manchado de polvo y escayola y puro asco vital frunciéndole el ceño, hecho a la idea de meter por enésima vez sus manos en un váter ajeno. Que la especie humana está sobrevalorada es algo que compruebo mientras espero que el bus llegue a mi parada. Una mujer de mediana edad se queja del retraso. Es una de las habituales de la línea 71. Maquillaje excesivo y el pelo teñido de un rubio solar demasiado llamativo para lo que tiene que enseñar. Aires de marquesa de solarium de barrio, aires de encargada de perfumería Prieto. Lo sé porque ella misma se ha encargado, a lo largo de cientos de trayectos, de que todos sus compañeros de viaje lo sepamos. Igual que sabemos que su marido es jefe de ventas de una empresa de recambios de automoción y lleva un par de meses dudando entre comprarse un BMW o un Saab. En fin, una vida magnífica que le da derecho a vomitar su cháchara de cotorra cabreada en cuanto el autobús se retrasa un minuto más de lo que ella considera aceptable. Se queja y se queja y sólo deja de despotricar para rellenar sus pulmones de aire y volver a ladrar. Se caga en la EMT y luego en el metro, que, según dice, tampoco es que funcione como un reloj suizo. Y después se caga en los políticos porque ellos se mueven en limusina y los problemas de los ciudadanos y contribuyentes les importan una mierda. Otro gallo cantaría si mandara quien tiene que mandar, pero claro… Saca un kleenex del bolso y escupe en él un chicle rosa y tira el papel y la goma al suelo. Y continúa lamentando la ineficiencia de los servicios publicos. Sus comentarios suben de tono y volumen cuando el autobús se detiene por fin ante nosotros y ella y yo y unos cuantos desgraciados más entramos en él como reses voluntarias. Sube la primera con paso decidido y focaliza toda su ira en el conductor. Se planta ahí, frente a la bandejita, y comienza a soltarle lo que los de la parada hemos oído cinco veces en diez minutos. Pero el tipo, que lleva un número de tres dígitos tatuado en la mano derecha y el Marca apoyado contra la luna delantera, la corta en seco. Le ordena que se aparte porque está taponando la entrada y con tanta gilipollez no vamos a acabar nunca este puto trayecto. Y la rubia teñida obedece, se retira farfullando de un modo casi inaudible y se sienta al fondo del bus. Y a mí me dan ganas de correr hasta allí y arrancarle su inútil lengua que sólo le ha servido para aumentar varios puntos mi nivel de angustia existencial de buena mañana. Algo parecido a lo que me pasa minutos después con el tipo del bar donde me tomo un café antes de subir a la oficina. Se cree con derecho-deber de darme conversación durante cada uno de los minutos que permanezco apoyado en su barra, metiéndome en la sangre dosis triples de cafeína y nicotina con la sola intención de terminar de revolverme el estómago y tener que ir a cagar en cuanto suba a la oficina. Cualquier recurso es bueno para mantenerme alejado del ordenador, el fax, la fotocopiadora y todos esos aparatos electrónicos que hacen que demasiado a menudo me quede absorto observando el dorso azulado de mis muñecas. El caso es que tampoco el camarero me deja digerir tranquilo mi propia mierda cotidiana. Se empeña en mezclarla con la suya. Que su hijo tiene unas ojeras con muy mala pinta, que está preocupado. Que si se estará drogando. O que le está costando dios y ayuda devolver el préstamo que pidió para comprarse un apartamento en Santa Pola. Y a él tampoco le digo que a lo mejor su problema es que no debería tener un apartamento ni siquiera tener hijos. Que a lo mejor es tan patético que no debería aspirar a otra cosa que tirar las cañas de cerveza con la espuma exacta. Que así sería más feliz. A lo mejor. No, no se lo digo. Lo que hago es dejarle unos céntimos de propina y dirigirme al trabajo. Paso junto al mostrador del conserje y, como ya es norma, el chaval que sustituye al empleado titular me llama por mi nombre. No sé cómo lo sabe, pero sé que no se lo preguntaré nunca. Me llama para lo de siempre, para enseñarme cómo mola lo que se está leyendo. Porque resulta que el tipo que me sube el correo a la oficina y limpia las cagadas que se hacen en el patio los caniches de los ricachones que viven en este lujoso edificio es un cerebrito que está preparando una tesis doctoral sobre literatura de ciencia-ficción. Y seguramente por mi pinta se ha hecho la idea de que me encanta que me aborde con sus historias de o sobre Vonnegut o Simak o Lem. Lo que pasa es que hace muchos años que leí y olvidé lo que este tipo ha decidido convertir en el centro de su vida. Hace muchos años que escribí mi último relato fantástico. Y volver atrás, a un tiempo en el que las historias sobre futuros llenos de viajes interesterales y rayos gamma me parecían interesantes, es lo último que necesito cuando estoy a punto de empezar una nueva jornada en mi presente de mierda. Así que echo un vistazo a la página que hoy me da a leer pero en lugar de concatenar letras me limito a visualizarme a mí mismo haciéndole tragar sus libritos, sus apuntes y todos sus planes de progreso vital. Luego le digo Sí, tío, qué chulo y me siento un imbécil al verme reflejado en sus gafas de culo de vaso. Y me siento aún más imbécil cuando el tío me sonríe y me veo devolverle el gesto. Joder… Nada más entrar en la oficina el jefe me dice que llego tarde. Tiene razón: según la esfera de medio metro de diámetro que cuelga de la pared llego con un minuto quince segundos de retraso. Tiene razón, sí, pero según mi concepto personal de justicia ese comentario me legitimaría para sacarle los ojos con las manecillas del reloj. Sin darme tiempo a quitarme la chaqueta me pregunta si he mandado las cartas que me dijo. Y, la verdad, no me acuerdo. Es una pregunta muy similar a la que me hizo ayer y anteayer y hace un año. Tal vez por eso no me acuerdo pero le digo que sí y me olvido del tema hasta que me lo vuelva a preguntar. Cada media hora aproximadamente hago alguna de las tareas por las que se supone que me pagan pero lo cierto es que paso la mayor parte de la jornada mirando porno en internet y mandando violentos correos electrónicos a ong’s. No sé por qué, ellos se toman a diario la libertad de intentar captarme vía e-mail para alguna de sus excelsas causas. ¿Sabías que en África occidental quedan menos de tres mil ejemplares de Moitú? No permitas que desaparezca, ¡únete a nuestra organización! O El niño de la foto se llama Sebastián Ramírez Yamchapaxi y en menos de dos años se quedará ciego por culpa de la fortísima radiación solar que incide sobre sus montañas natales. Apadrínalo. O Mejor desnudos que vestir con pieles. O las ballenas azules y los zorros árticos. O el derecho sagrado de las hijas de integristas a envolverse la cabeza en un trozo de tela en cualquier parte del mundo. Esa clase de mierda. Así que contestarles con emails igual de intimidatorios es la única válvula de escape que me tomo al cabo del día. Ya de noche vuelvo a casa y en la mente me da vueltas la idea de que en realidad la vida no es gran cosa. Así que nada de todo esto debería ponerme tan enfermo. Me compro unas cervezas en consum y miro un rato por la ventana.

01
Dic
08

Reparto a domicilio y otros fenómenos paranormales

Se presentó en mi casa a las tantas. Plantada delante de la puerta, con un menú para dos de comida china dentro de una bolsa de plástico que no lograba retener en sus tripas el tufo denso de los tallarines industriales y el sucedáneo de bambú, estaba a la misma distancia de ser ridícula que interesante. Pero cuando me preguntó si tenía hambre opté por responder que no. Lo malo es que me replicó que en realidad no importaba porque lo que quería era embadurnarse de esa salsa roja pegajosa y que después folláramos de una puta vez. Tenía que lavar las sábanas, así que Vale. Dejó la bolsa en la mesa del comedor y empezó a quitarse la ropa con la mayor naturalidad y sin decir nada, como si estuviera acostumbrada a esa clase de repartos a domicilio. Cuando me acerqué percibí su perfume dulzón de chica de apellido polaco y pensé Joder, este olor se ha puesto demasiado de moda. Por suerte, de inmediato cumplió lo prometido y vertió la salsa agridulce sobre su cuerpo. Su aroma se disipó despacio, a la misma velocidad que el rojo viscoso le resbalaba desde los hombros hasta los pies. Y allí, pringándome, de pronto tuve ganas de dejar aquella farsa y ponerme a leer el libro que había sobre mi mesita de noche. Pero no lo hice, y empecé a morder sin demasiado apetito. Un rato más tarde dormíamos o medio dormíamos y creo que mi cerebro recién evacuado de unos cuantos centílitros cúbicos de tensión se debatía entre acabar de despertarse y retomar En la mente del monstruo o acabar de despertarse y decirle que la verdad es que me había gustado su visita sorpresa. No hubo ocasión para ninguna de las dos cosas. Un fuerte golpe en la puerta de casa me devolvió al mundo real. Me levanté y me dirigí a la puerta de puntillas y sin encender las luces. Como siempre, al pegar el ojo a la mirilla pensé que una bala me atravesaría el cráneo de un momento a otro. Pero, como siempre, no sucedió. Tampoco había nadie en el rellano, así que por un instante imaginé que a lo mejor todo era cosa mía. Para descartarlo volví a la habitación y la desperté. Y en lugar de lo que un minuto antes había pensado decirle le pregunté si ella también lo había oído. Abrió los ojos y me parecieron muy brillantes en la penumbra y puede que en ellos hubiera algo parecido al bienestar. Pero esto es pura conjetura. Lo que de verdad sé es que dijo que no y me dio la espalda y empezó a respirar profundo. Me aterrorizó la idea de que volviera a dormirse, temí con todas mis fuerzas despertar con ella al lado a plena luz del día. Así que le dije que era hora de irse. Cuando se hizo de día, mientras me tomaba un café, me entretuve un rato buscando formas en el gotelé de las paredes. Luego metí las sábanas en la lavadora y me arrodillé en el salón para limpiar el charco reseco del suelo. Me sentí un poco triste hasta que la mancha desapareció. Entonces decidí seguir con mi vida. Pero aún a ratos tengo que abrir las ventanas para airear la atmósfera viciada de Lolita y pollo con almendras.




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