Abrir el pequeño armario superior derecha de la cocina y comprobar que aún queda café en el bote de cristal. Salir al balcón en pijama con el calor negro humeando en la mano derecha. Calor insuficiente. Igual que el que irradia el sol blanco de febrero que se desparrama por el terrazo. Ni siquiera traspasa el algodón de los calcetines. Se limita a resaltar la negrura de los goterones resecos de vete a saber qué que motean las baldosas. Es media mañana y todo lo que se mueve en la calle debe de llevar varias horas a pleno rendimiento. Pero te acabas de levantar y la vida aún parece desenvolverse a cámara lenta. En realidad siempre te lo parece. El café y el cigarro te revuelven el estómago para darte los buenos días. Aunque es posible que la razón de las náuseas sea la música de mierda que te llega desde el piso de al lado. El vecino es un tipo de aspecto sórdido que roza la cuarentena y es fan de todas esas cantantes negras clónicas que salen en la MTV. No escucha otra cosa. Las melodías de esas afroamericanas venidas a más son lo único físico que se filtra hasta ti a través de las paredes que te protegen de él. Pero es mucho peor lo que te impregna si intentas imaginar cómo es su piso por dentro. Su vida por dentro. Porque sólo puedes visualizar cortinas color beige y una moqueta atestada de pelos y pelusas y lámparas con demasiadas bombillas fundidas y un olor desagradable saliendo de la nevera. Es esa clase de sordidez la que te transmite cuando coincides con él en el ascensor. Es lo que se desprende del ejemplar de Penthouse que suele llevar medio escondido dentro del periódico doblado. De las manchas en la bragueta. De las gafas con cristales amarillentos. Del modo en que le oyes respirar al otro lado de su mirilla cada vez que entras o sales de casa. Así que si lo piensas bien la música que le gusta es incluso demasiado buena. Y si lo piensas aún mejor concluyes que si tuvieras la pasta suficiente insonorizarías tu casa o contratarías a un sicario para que eliminara el problema. Probablemente lo del exterminador sea más barato. Eso te planteas por un instante. Pero desechas la idea de inmediato porque por muy barato que sea será más caro que lo que te puedes permitir y total llevas ya dos semanas consiguiendo no salir de casa así que ni de coña vas a hacerlo para ir a mirar cuánto te queda en la cuenta corriente. Además la solución fácil es la de otras veces. Por eso arrastras los pies hasta el baño dejando algo parecido a huellas humanas en el polvo que recubre el suelo y dejando algo parecido a suciedad pero tan consistente y pesado como auténticos escombros en tus calcetines. Lo malo es que en el baño ya no queda ni una de esas bolitas multicolor de algodón que usa para desmaquillarse. Cada día desaparece algún vestigio de otra época. Podría ser una reflexión triste pero estás tan asqueado que la piensas con la frialdad y distancia que emplearía un arqueólogo o algo por el estilo. Alguien acostumbrado a llegar demasiado tarde a los sitios. Cuando ya sólo puedes contemplar las ruinas de cosas que siempre imaginaste más bonitas o más puras y casi inmortales. En fin. No hay bolitas de algodón y tienes que taponarte los oídos con dos pedazos de simple papel higiénico. Anodinamente pálido cuando lo miras. Dolorosamente rugoso cuando te lo metes hasta el tímpano. Pero en realidad agradeces sentir algo intenso y además por lo menos amortigua un poco la música y las voces y al volver a hundir la vista en la soleada calle con el filtro aséptico en las orejas todo queda envuelto en un medio silencio irreal que aleja un poco más las cosas. En la esquina de enfrente una anciana en bata rosa y con una sola zapatilla intenta sin demasiado éxito recogerse las canas en una coletita grasienta mientras mira alrededor como buscando algo o a alguien pero con cara de no saber qué o a quién. Algunos de los que pasan andando a su lado la miran con cierta extrañeza pero ninguno se detiene a ver si necesita algo. Te preguntas si tú también la ignorarías y por suerte antes de que la respuesta se defina con claridad en tu mente un grito no del todo humano atraviesa tus barreras protectoras de celulosa y te hace mirar hacia la acera. Quince metros justo por debajo de ti los hijos de la portera de tu edificio juegan a pelearse o se pelean de verdad. Lo cual sería normal y hasta saludable si no fuera porque uno de ellos padece el síndrome X frágil. No necesitas ser médico para saberlo. Basta con observarle y luego poner en Google cosas como “retraso mental” “mandíbula inferior prominente” “cara larga y estrecha” “orejas grandes” “pies planos” “estrabismo” “lenguaje desordenado y repetitivo” “ecolalia” “aleteos con las manos” “morderse los dedos”. Y si después clicas en cualquier entrada del listado que se te ofrezca aprenderás un poco más sobre genética y neurología y el fabuloso mundo de las enfermedades raras. Y sobre todo obtendrás una información que te permitirá afirmar desde tu mirador que los dos hermanos de ahí abajo no están jugando. Que se están peleando de verdad. Porque el normal ya es lo bastante mayor como para comprender que si quiere ser un buen hermano antes o después tendrá que cargar con el tarado hasta que uno de los dos se muera. Pero de momento aún es un niño y nadie se va a enfadar demasiado con él si lo putea un poco. De momento nadie le acusará de maldad. Será simple travesura. Así que quizá haga bien en resarcirse por anticipado de toda la mierda que empezará a tragar dentro de no muchos años y de la que jamás podrá librarse so pena de ser acusado de mala persona. Además tampoco pasa nada por unas leves bofetadas y collejas mientras el otro gruñe y bracea torpemente. Puede que hasta sea poco. Pero sea como sea no te resulta un espectáculo agradable. Y haces lo primero que se te ocurre para volver a poner del mismo lado a los dos chavales. Te reclinas sobre la barandilla y calculas el ángulo de tiro. El niño raro está exactamente en tu perpendicular. Ves su cabeza puntiaguda como a través de una cámara cenital. Ves incluso cómo centellea al sol ese labio inferior sobresaliente y encharcado de babas perennes. Y entonces casi sin darte cuenta has escupido y estás observando el proyectil de saliva manchada de cafeína y mil cosas peores que cae y cae y cae tan a cámara lenta que piensas que sólo lo estás imaginando. Hasta que se estrella en el mismo centro del cráneo del retrasado emitiendo un sonido indudablemente real. Lo que pasa cuando los dos niños entienden la situación es que mientras uno llora y se da manotazos en la cabeza el otro te localiza en el balcón y te grita hijo de puta y amenaza con matarte. Y los ves tan unidos en su odio hacia ti que encuentras algo reconfortante en todo ello. Algo casi mesiánico. Supones que es lo que se siente al conseguir hacer algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio. Y fugazmente piensas que no eres tan malo como solía echarte en cara. Que cuando quieres puedes ser tan altruista como un monje tibetano sólo que empleando técnicas un poco más agresivas. Aunque lo cierto es que sabes que es mentira. Que lo más probable es que hayas atentado contra el miembro más débil de la manada sin ningún motivo o simplemente por demostrarte que aún puedes hacer daño. Que todavía hay gente a la que puedes joder. Y no al revés. Así que te das por satisfecho momentáneamente y sigues oteando el horizonte de cemento y metal que te regala tu observatorio. Tres portales más para allá un hombre va y viene sobre sus pasos y mira a todos lados varias veces antes de llamar a un timbre. Es la casa de putas que abrieron hace poco. Los que la regentan son discretos. No son de ésos que ponen tarjetitas publicitarias en las ventanillas de los coches. Al menos no en los de por aquí. Pero sabes que ahí hay una casa de putas porque has visto ya a decenas de hombres feos y menos feos comportarse de igual modo ante ese portal. Además de por la colección de microtangas que las trabajadoras de la casa tienden los días que hace sol. Y sigues observando y ves al niño del tercer piso jugando en el balcón con un coche de juguete igual que tantas otras veces a estas horas. Debe de tener cinco años. Una mala edad para dejar a alguien tantos metros por encima del asfalto. Lo que pasa es que las cortinas de la casa no son lo bastante tupidas y sabes que cuando su padre decide amanecer se desayuna la media botella de ginebra que no se cenó anoche y empieza a apalizar a su madre. Y la mujer aún no ha encontrado un lugar mejor donde refugiar al niño. Está claro que la vida no es gran cosa. Tienes claro que es mejor limitarse a analizarla que participar de ella. Por eso apuras la taza y rezas para que mañana abras el pequeño armario superior derecha de la cocina y aún quede café en el bote de cristal.
Archivos para Febrero 2009
Mirador
Medianías
Estás en una ciudad mediana sin ese tranquilo encanto de lo pequeño ni una enorme cantidad de alternativas de ocio y ni siquiera te molestas en coger del mostrador de la recepción del hotel el típico folleto de vulgaridades locales. Sabes que tu sitio habitual presume de idénticas mediocridades y que mañana o dentro de diez años estarás en un lugar en que la gente se aburra con las mismas cosas. Un nuevo parque de atracciones. Gente girando en una noria forrada de fluorescentes en torno a un mecanismo que fue revolucionario a principios del siglo pasado. Un zoo sobrepoblado de animales encerrados pero sin rejas oxidadas ni candados a la vista del público. Burdas formas de autoengaño en las que a veces apetece caer. Sobre todo los domingos. Porque en estos domingos de sol todo se ralentiza y se te concede el tiempo para hacer lo que estás haciendo ahora. Estés donde estés. Contemplar e insensibilizarte aún más. Contemplar hectáreas y hectáreas de terrazas de cafetería alrededor de plazas que en un mundo más amable serían peatonales. Cualquiera de ellas te vale para pretender convencerte de que tu cansancio es físico y apoyar los riñones en un respaldo marcado con el logotipo de un refresco o una cerveza. Y desde tu mirador de plástico arrastras entre la multitud miradas serpenteantes como culebras huyendo del incendio simplemente por si se detienen en alguien tan evidentemente desahuciado que te haga sentir medio vivo por contraste. Pero no. Nadie parece a punto de atravesarse el corazón con el tenedor manchado de salsa brava. Ningún valiente hunde la cabeza en la fuente pública del centro de la plaza que expulsa y traga y expulsa y traga agua no potable que sólo sirve para que hordas de palomas sucias de CO2 se laven las alas. No encuentras más que muestras de la decadencia socialmente admitida. Hombres que cumplen con sus familias pagando una ensaladilla rusa al sol mientras les ignoran leyendo en el Marca la crónica del partido de ayer o la previa del de esta tarde. Grupos de chavales con gafas oscuras que se tocan la nariz mecánicamente y toman café con leche y tostadas de mermelada de frambuesa porque alguien les ha dicho que internet dice que ésa es la pócima de la resurrección más efectiva. Eso y poco más. Un hemipléjico sudoroso que intenta abrirse camino nervioso entre un laberinto de mesas y sillas y piernas muchas piernas bien formadas despreocupademente estiradas. Pasos demasiado rápidos y a la vez demasiado torpes para lo que dan de sí sus extremidades. Asumiendo el riesgo de tener que amortiguar con una sola mano el golpe que se da al caer de cara al suelo infestado de colillas, servilletas usadas y cagadas de pájaro porque un rechoncho borderline con gorra y riñonera pero sin el lastre de la muleta le está haciendo la competencia lotera unos metros más allá. Y entonces el silencio de cientos de ojos clavándose en el desgraciado y una chica joven que le ayuda a levantarse evitando cogerle por las axilas mientras los demás os limitáis a seguir masticando aceitunas y tragando cerveza. Justo lo mismo que habría ocurrido en tu ciudad natal. Lo sabes. Sabes muy bien que no tiene mucho sentido seguir huyendo de la vida que te espera cuando a última hora de este domingo 8 este tren te deje de nuevo en casa. Y sabes aún mejor algo mucho peor. Que tampoco lograrás escapar de tu modo de ver las cosas. Que esta misma noche retomarás la lectura de los relatos de ese tal Sepúlveda o de los de Montaner y al finalizar cada párrafo no podrás evitar darle la vuelta al libro y sentir el dolor de leer “estilo luminoso”, “su hermosa descripción le coloca en la élite de los cuentistas”, “su prosa elegante destila auténtica sabiduría”, “un gran don de evocación que le permite estilizar las cosas, los seres y los acontecimientos más complejos hasta sublimarlos en pura y objetiva belleza”. Y tampoco esta vez podrás dar crédito a esas palabras. Buscarás en cada página de ésos y de todos los otros libros algo que justifique el éxito ajeno y tu enésimo fracaso. Algo que te haga darle la razón al tipo de la editorial más insignificante de esta ciudad clon de la tuya que ayer te dijo lo de siempre. Muchas gracias pero el suyo no es el producto que buscamos. Pero no lo encontrarás. Porque junto a ti se ha sentado un viejo que sostiene en la palma de la mano una pequeña caja de cerillas a la que de tanto en tanto acerca los labios y susurra algo. Es un anciano sin dientes y no tarda mucho en ponerse a hablar. Dice que su mascota se marea con el traqueteo del tren. Que siempre la lleva consigo para que no le pase nada malo. Que cuando deja de hacer ruido la sustituye por otra y punto. Que ésta en concreto es la número dos mil setecientos treinta y siete y que es lo que más quiere en el mundo aunque lo que a él de verdad le encanta son los gorriones. Pero que su padrastro era el hombre más salvaje que te puedas imaginar y hace mil años le cortó las patas a aquél que él había encontrado herido bajo un árbol. Y que luego le obligó a mirar cómo se desangraba. Desde entonces no es capaz de acercarse a ningún pájaro pero tampoco puede evitar sentir adoración por las criaturas con alas. Eso te cuenta. Y que a veces se le saltan las lágrimas por el simple hecho de verlos volar. Eso te cuenta mientras te percatas de que al anciano le supone un auténtico esfuerzo no mirar hacia los campos tardíos que se extienden fuera del vagón. Pero luego añade que no pasa nada. Que hay cosas peores. Que casi todo tiene solución. Y abre un par de milímetros la caja de cerillas. Con sumo cuidado. Casi con devoción. Al otro lado de la ranura una mosca zumba y zumba intentando escapar de su cárcel de cartón. Y te quedas callado un rato. Un buen rato. El necesario para asimilar el sucedáneo de felicidad que ha encontrado el anciano. Y luego empiezas a pensar el modo de contarlo. Porque es verdad. Hay cosas peores.