Archivos para Febrero 2009

28
Feb
09

Mirador

Abrir el pequeño armario superior derecha de la cocina y comprobar que aún queda café en el bote de cristal. Salir al balcón en pijama con el calor negro humeando en la mano derecha. Calor insuficiente. Igual que el que irradia el sol blanco de febrero que se desparrama por el terrazo. Ni siquiera traspasa el algodón de los calcetines. Se limita a resaltar la negrura de los goterones resecos de vete a saber qué que motean las baldosas. Es media mañana y todo lo que se mueve en la calle debe de llevar varias horas a pleno rendimiento. Pero te acabas de levantar y la vida aún parece desenvolverse a cámara lenta. En realidad siempre te lo parece. El café y el cigarro te revuelven el estómago para darte los buenos días. Aunque es posible que la razón de las náuseas sea la música de mierda que te llega desde el piso de al lado. El vecino es un tipo de aspecto sórdido que roza la cuarentena y es fan de todas esas cantantes negras clónicas que salen en la MTV. No escucha otra cosa. Las melodías de esas afroamericanas venidas a más son lo único físico que se filtra hasta ti a través de las paredes que te protegen de él. Pero es mucho peor lo que te impregna si intentas imaginar cómo es su piso por dentro. Su vida por dentro. Porque sólo puedes visualizar cortinas color beige y una moqueta atestada de pelos y pelusas y lámparas con demasiadas bombillas fundidas y un olor desagradable saliendo de la nevera. Es esa clase de sordidez la que te transmite cuando coincides con él en el ascensor. Es lo que se desprende del ejemplar de Penthouse que suele llevar medio escondido dentro del periódico doblado. De las manchas en la bragueta. De las gafas con cristales amarillentos. Del modo en que le oyes respirar al otro lado de su mirilla cada vez que entras o sales de casa. Así que si lo piensas bien la música que le gusta es incluso demasiado buena. Y si lo piensas aún mejor concluyes que si tuvieras la pasta suficiente insonorizarías tu casa o contratarías a un sicario para que eliminara el problema. Probablemente lo del exterminador sea más barato. Eso te planteas por un instante. Pero desechas la idea de inmediato porque por muy barato que sea será más caro que lo que te puedes permitir y total llevas ya dos semanas consiguiendo no salir de casa así que ni de coña vas a hacerlo para ir a mirar cuánto te queda en la cuenta corriente. Además la solución fácil es la de otras veces. Por eso arrastras los pies hasta el baño dejando algo parecido a huellas humanas en el polvo que recubre el suelo y dejando algo parecido a suciedad pero tan consistente y pesado como auténticos escombros en tus calcetines. Lo malo es que en el baño ya no queda ni una de esas bolitas multicolor de algodón que usa para desmaquillarse. Cada día desaparece algún vestigio de otra época. Podría ser una reflexión triste pero estás tan asqueado que la piensas con la frialdad y distancia que emplearía un arqueólogo o algo por el estilo. Alguien acostumbrado a llegar demasiado tarde a los sitios. Cuando ya sólo puedes contemplar las ruinas de cosas que siempre imaginaste más bonitas o más puras y casi inmortales. En fin. No hay bolitas de algodón y tienes que taponarte los oídos con dos pedazos de simple papel higiénico. Anodinamente pálido cuando lo miras. Dolorosamente rugoso cuando te lo metes hasta el tímpano. Pero en realidad agradeces sentir algo intenso y además por lo menos amortigua un poco la música y las voces y al volver a hundir la vista en la soleada calle con el filtro aséptico en las orejas todo queda envuelto en un medio silencio irreal que aleja un poco más las cosas. En la esquina de enfrente una anciana en bata rosa y con una sola zapatilla intenta sin demasiado éxito recogerse las canas en una coletita grasienta mientras mira alrededor como buscando algo o a alguien pero con cara de no saber qué o a quién. Algunos de los que pasan andando a su lado la miran con cierta extrañeza pero ninguno se detiene a ver si necesita algo. Te preguntas si tú también la ignorarías y por suerte antes de que la respuesta se defina con claridad en tu mente un grito no del todo humano atraviesa tus barreras protectoras de celulosa y te hace mirar hacia la acera. Quince metros justo por debajo de ti los hijos de la portera de tu edificio juegan a pelearse o se pelean de verdad. Lo cual sería normal y hasta saludable si no fuera porque uno de ellos padece el síndrome X frágil. No necesitas ser médico para saberlo. Basta con observarle y luego poner en Google cosas como “retraso mental” “mandíbula inferior prominente” “cara larga y estrecha” “orejas grandes” “pies planos” “estrabismo” “lenguaje desordenado y repetitivo” “ecolalia” “aleteos con las manos” “morderse los dedos”. Y si después clicas en cualquier entrada del listado que se te ofrezca aprenderás un poco más sobre genética y neurología y el fabuloso mundo de las enfermedades raras. Y sobre todo obtendrás una información que te permitirá afirmar desde tu mirador que los dos hermanos de ahí abajo no están jugando. Que se están peleando de verdad. Porque el normal ya es lo bastante mayor como para comprender que si quiere ser un buen hermano antes o después tendrá que cargar con el tarado hasta que uno de los dos se muera. Pero de momento aún es un niño y nadie se va a enfadar demasiado con él si lo putea un poco. De momento nadie le acusará de maldad. Será simple travesura. Así que quizá haga bien en resarcirse por anticipado de toda la mierda que empezará a tragar dentro de no muchos años y de la que jamás podrá librarse so pena de ser acusado de mala persona. Además tampoco pasa nada por unas leves bofetadas y collejas mientras el otro gruñe y bracea torpemente. Puede que hasta sea poco. Pero sea como sea no te resulta un espectáculo agradable. Y haces lo primero que se te ocurre para volver a poner del mismo lado a los dos chavales. Te reclinas sobre la barandilla y calculas el ángulo de tiro. El niño raro está exactamente en tu perpendicular. Ves su cabeza puntiaguda como a través de una cámara cenital. Ves incluso cómo centellea al sol ese labio inferior sobresaliente y encharcado de babas perennes. Y entonces casi sin darte cuenta has escupido y estás observando el proyectil de saliva manchada de cafeína y mil cosas peores que cae y cae y cae tan a cámara lenta que piensas que sólo lo estás imaginando. Hasta que se estrella en el mismo centro del cráneo del retrasado emitiendo un sonido indudablemente real. Lo que pasa cuando los dos niños entienden la situación es que mientras uno llora y se da manotazos en la cabeza el otro te localiza en el balcón y te grita hijo de puta y amenaza con matarte. Y los ves tan unidos en su odio hacia ti que encuentras algo reconfortante en todo ello. Algo casi mesiánico. Supones que es lo que se siente al conseguir hacer algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio. Y fugazmente piensas que no eres tan malo como solía echarte en cara. Que cuando quieres puedes ser tan altruista como un monje tibetano sólo que empleando técnicas un poco más agresivas. Aunque lo cierto es que sabes que es mentira. Que lo más probable es que hayas atentado contra el miembro más débil de la manada sin ningún motivo o simplemente por demostrarte que aún puedes hacer daño. Que todavía hay gente a la que puedes joder. Y no al revés. Así que te das por satisfecho momentáneamente y sigues oteando el horizonte de cemento y metal que te regala tu observatorio. Tres portales más para allá un hombre va y viene sobre sus pasos y mira a todos lados varias veces antes de llamar a un timbre. Es la casa de putas que abrieron hace poco. Los que la regentan son discretos. No son de ésos que ponen tarjetitas publicitarias en las ventanillas de los coches. Al menos no en los de por aquí. Pero sabes que ahí hay una casa de putas porque has visto ya a decenas de hombres feos y menos feos comportarse de igual modo ante ese portal. Además de por la colección de microtangas que las trabajadoras de la casa tienden los días que hace sol. Y sigues observando y ves al niño del tercer piso jugando en el balcón con un coche de juguete igual que tantas otras veces a estas horas. Debe de tener cinco años. Una mala edad para dejar a alguien tantos metros por encima del asfalto. Lo que pasa es que las cortinas de la casa no son lo bastante tupidas y sabes que cuando su padre decide amanecer se desayuna la media botella de ginebra que no se cenó anoche y empieza a apalizar a su madre. Y la mujer aún no ha encontrado un lugar mejor donde refugiar al niño. Está claro que la vida no es gran cosa. Tienes claro que es mejor limitarse a analizarla que participar de ella. Por eso apuras la taza y rezas para que mañana abras el pequeño armario superior derecha de la cocina y aún quede café en el bote de cristal.

09
Feb
09

Medianías

Estás en una ciudad mediana sin ese tranquilo encanto de lo pequeño ni una enorme cantidad de alternativas de ocio y ni siquiera te molestas en coger del mostrador de la recepción del hotel el típico folleto de vulgaridades locales. Sabes que tu sitio habitual presume de idénticas mediocridades y que mañana o dentro de diez años estarás en un lugar en que la gente se aburra con las mismas cosas. Un nuevo parque de atracciones. Gente girando en una noria forrada de fluorescentes en torno a un mecanismo que fue revolucionario a principios del siglo pasado. Un zoo sobrepoblado de animales encerrados pero sin rejas oxidadas ni candados a la vista del público. Burdas formas de autoengaño en las que a veces apetece caer. Sobre todo los domingos. Porque en estos domingos de sol todo se ralentiza y se te concede el tiempo para hacer lo que estás haciendo ahora. Estés donde estés. Contemplar e insensibilizarte aún más. Contemplar hectáreas y hectáreas de terrazas de cafetería alrededor de plazas que en un mundo más amable serían peatonales. Cualquiera de ellas te vale para pretender convencerte de que tu cansancio es físico y apoyar los riñones en un respaldo marcado con el logotipo de un refresco o una cerveza. Y desde tu mirador de plástico arrastras entre la multitud miradas serpenteantes como culebras huyendo del incendio simplemente por si se detienen en alguien tan evidentemente desahuciado que te haga sentir medio vivo por contraste. Pero no. Nadie parece a punto de atravesarse el corazón con el tenedor manchado de salsa brava. Ningún valiente hunde la cabeza en la fuente pública del centro de la plaza que expulsa y traga y expulsa y traga agua no potable que sólo sirve para que hordas de palomas sucias de CO2 se laven las alas. No encuentras más que muestras de la decadencia socialmente admitida. Hombres que cumplen con sus familias pagando una ensaladilla rusa al sol mientras les ignoran leyendo en el Marca la crónica del partido de ayer o la previa del de esta tarde. Grupos de chavales con gafas oscuras que se tocan la nariz mecánicamente y toman café con leche y tostadas de mermelada de frambuesa porque alguien les ha dicho que internet dice que ésa es la pócima de la resurrección más efectiva. Eso y poco más. Un hemipléjico sudoroso que intenta abrirse camino nervioso entre un laberinto de mesas y sillas y piernas muchas piernas bien formadas despreocupademente estiradas. Pasos demasiado rápidos y a la vez demasiado torpes para lo que dan de sí sus extremidades. Asumiendo el riesgo de tener que amortiguar con una sola mano el golpe que se da al caer de cara al suelo infestado de colillas, servilletas usadas y cagadas de pájaro porque un rechoncho borderline con gorra y riñonera pero sin el lastre de la muleta le está haciendo la competencia lotera unos metros más allá. Y entonces el silencio de cientos de ojos clavándose en el desgraciado y una chica joven que le ayuda a levantarse evitando cogerle por las axilas mientras los demás os limitáis a seguir masticando aceitunas y tragando cerveza. Justo lo mismo que habría ocurrido en tu ciudad natal. Lo sabes. Sabes muy bien que no tiene mucho sentido seguir huyendo de la vida que te espera cuando a última hora de este domingo 8 este tren te deje de nuevo en casa. Y sabes aún mejor algo mucho peor. Que tampoco lograrás escapar de tu modo de ver las cosas. Que esta misma noche retomarás la lectura de los relatos de ese tal Sepúlveda o de los de Montaner y al finalizar cada párrafo no podrás evitar darle la vuelta al libro y sentir el dolor de leer “estilo luminoso”, “su hermosa descripción le coloca en la élite de los cuentistas”, “su prosa elegante destila auténtica sabiduría”, “un gran don de evocación que le permite estilizar las cosas, los seres y los acontecimientos más complejos hasta sublimarlos en pura y objetiva belleza”. Y tampoco esta vez podrás dar crédito a esas palabras. Buscarás en cada página de ésos y de todos los otros libros algo que justifique el éxito ajeno y tu enésimo fracaso. Algo que te haga darle la razón al tipo de la editorial más insignificante de esta ciudad clon de la tuya que ayer te dijo lo de siempre. Muchas gracias pero el suyo no es el producto que buscamos. Pero no lo encontrarás. Porque junto a ti se ha sentado un viejo que sostiene en la palma de la mano una pequeña caja de cerillas a la que de tanto en tanto acerca los labios y susurra algo. Es un anciano sin dientes y no tarda mucho en ponerse a hablar. Dice que su mascota se marea con el traqueteo del tren. Que siempre la lleva consigo para que no le pase nada malo. Que cuando deja de hacer ruido la sustituye por otra y punto. Que ésta en concreto es la número dos mil setecientos treinta y siete y que es lo que más quiere en el mundo aunque lo que a él de verdad le encanta son los gorriones. Pero que su padrastro era el hombre más salvaje que te puedas imaginar y hace mil años le cortó las patas a aquél que él había encontrado herido bajo un árbol. Y que luego le obligó a mirar cómo se desangraba. Desde entonces no es capaz de acercarse a ningún pájaro pero tampoco puede evitar sentir adoración por las criaturas con alas. Eso te cuenta. Y que a veces se le saltan las lágrimas por el simple hecho de verlos volar. Eso te cuenta mientras te percatas de que al anciano le supone un auténtico esfuerzo no mirar hacia los campos tardíos que se extienden fuera del vagón. Pero luego añade que no pasa nada. Que hay cosas peores. Que casi todo tiene solución. Y abre un par de milímetros la caja de cerillas. Con sumo cuidado. Casi con devoción. Al otro lado de la ranura una mosca zumba y zumba intentando escapar de su cárcel de cartón. Y te quedas callado un rato. Un buen rato. El necesario para asimilar el sucedáneo de felicidad que ha encontrado el anciano. Y luego empiezas a pensar el modo de contarlo. Porque es verdad. Hay cosas peores.

 

 

 

02
Feb
09

Canguro en el extrarradio

Cuesta levantarse. Los vapores de demasiadas cervezas me pesan como piedras en el estómago y me infectan la boca. No es que anoche hubiera juerga. Ya no hay ni ganas de eso. Me las bebí tumbado frente a la tele viendo uno de esos programas de catástrofes aéreas, atracos a licorerías americanas y niños dejándose los dientes en cualquier columpio con aplausos de fondo. Tragedias grandes o pequeñas contadas por sus supervivientes. Enseñanza: lo malo acaba pasando. O, en el peor de los casos, acaba siendo asimilado. Y después la teletienda, ya en plena madrugada. Robots multifuncionales para la cocina, colchones ergonómicos, modelos anoréxicas adelgazando un poco más a base de microdescargas eléctricas. Un montón de recursos a disposición de los insomnes para hacerles creer que su mañana puede ser mejor. Enseñanza: lo bueno siempre acaba llegando. Si tienes la pasta suficiente. Pero ya es mañana y la habitación huele a cerrado a pesar de que deben haber pasado ya unas horas desde que ella haya abierto la ventana. No sé qué hora es pero la intensidad y el ángulo con que el sol choca contra las paredes me dicen que no se me ha hecho tarde. Que si quiero hoy será un día normal. Otro. Como ayer. Que en mi mano está ser responsable, darle continuidad a todo lo que he conseguido reunir en esta casa que ni siquiera es mía, desde el dvd capaz de leer copias piratas hasta la propia Ella. Retenerlo todo un tiempo más. Y en lugar de alivio siento angustia. Y ganas de vomitar al meterme el cepillo de dientes en la boca mientras miro mi reflejo y no sé muy bien qué pensar sobre lo que veo. Desde el otro lado de la puerta del cuarto de baño su voz dice fríamente que se va a dar una vuelta, tiene cosas que hacer, ha quedado con no sé quién, nos vemos esta noche, a lo mejor yo podría hacer el esfuerzo de aprovechar el rato y salir a buscar algo de una puta vez. Dejar de tocarme los cojones frente al teclado y colaborar un poco. Frases por el estilo se despedazan al atravesar el conglomerado. No las oigo con nitidez, me duele la cabeza y todo lo demás, pero me llegan las palabras clave a partir de las que reconstruir el mensaje, tan parecido al de ayer o cualquier otro día desde hace unas semanas. Y me duele, pero menos que la vez anterior. Mientras echo una meada agria y juego a escribir mi nombre en la capa densa y superazul de Pato WC que resbala por la taza pienso por un momento dónde se irá todas las tardes. Dónde se irá en verdad. Qué coño hará. Visualizo el ticket que encontré en el cajón de su mesita y me pongo vagamente nervioso. Tan vagamente que me distraigo por culpa de una bombilla que se funde en el espejo con un chisporroteo casi inaudible. Y si no habría sido por cualquier otra cosa. El ritmo hueco del grifo al gotear. Calcular el área -en baldosas mugrientas- de las paredes. Calcular el área de las humedades. Porque es mejor no pensar demasiado, y cada vez lo consigo más fácilmente. O no. Tal vez me miento y lo cierto es que no lo consigo ni lo conseguiré. Tal vez por eso cuento mis pasos cada tarde de camino a lo único que encontré el día que le hice caso y decidí “salir a buscar algo… colaborar un poco”. Algo demasiado asqueroso para contárselo. Mejor que cuando vuelva a casa crea que me he tirado aquí toda la tarde. O que crea que vengo del bar si ella regresa antes de donde quiera que haya pasado la tarde. El caso es que en la calle cuento mis pasos y sólo voy por los cien y ya he tenido que sortear dos mierdas de perro y alguna que otra flema verdosa. El resto, pavimento agrietado. Y me pregunto cuál será la esperanza de vida útil del cemento o el hormigón. Cuántos chicles tienen que fosilizarse en el metro cuadrado que estoy pisando para que la apisonadora vuelva a hacer su trabajo. Si aún podría extraérseles el ADN y multar a los responsables. Dudas y preguntas y respuestas sin importancia simplemente por tener la cabeza ocupada en estupideces mientras mis pies siguen el rumbo hacia lo serio y sensato y decente que la gente y las agencias de noticias de todo el planeta y esa voz siniestra tan parecida a la mía que me hace dormir mal me dicen que debo seguir, dadas las circunstancias. Justo en el paso ciento cuarenta y ocho me cruzo con un enano de aspecto alegre que empuja un cochecito de bebé. Será el padre. El hermano malformado pero bellísima persona de alguno de los padres del crío. Alguien contratado para cuidar del crío antes de que crezca demasiado. No sé lo que prefiero. Bueno, sí, lo sé muy bien. Por eso pienso en detenerme y agradecerle al hombrecillo el hecho de que hayamos coincidido en el espacio-tiempo, que me haya dado una nueva imagen para mi repertorio de distracciones amables. Pero ya lo he dejado atrás cuando me decido. Así que sigo andando y me siento un poco sucio por plantearme si la cara de felicidad que he visto en el enano será cierta o solamente una máscara con la que salir a la calle. Pero tras quince o veinte pasos de reflexión llego a la conclusión de que de vez en cuando tengo derecho a establecer comparaciones en las que yo no sea la parte peor parada. Y continúo mi camino y al dejar la huella número trescientos paso por una frutería donde cuatro pakistaníes de dientes blanquísimos deslumbran con sus sonrisas perpetuas a clientas que nacieron en Andalucía o en La Mancha y les desean salud para ellas y sus familias al devolverles el cambio. Igual el mundo puede ser un lugar fácil y amable, vete a saber. Pero el sitio al que llegaré dentro de unos dos mil pasos desde luego no lo es, así que me importa una mierda lo bien que parecen desenvolverse mis congéneres en este paisaje. Todavía tengo que pasar por la caseta de la Once donde una ciega más joven que yo escucha la radio y a lo mejor se siente mal pero no se le nota en esa mirada vacía ni en cómo tararea las canciones de moda ni en el correctísimo modo en que desea buen día a gente vulgar a la que ni siquiera puede ver, como una auténtica profesional forzosa de la atención al cliente. También en cuanto a ella sé lo que prefiero. Lo sé muy bien porque me jode la gente que pone buena cara ante la mierda. Me encantaría sentir su rabia, sus ganas de quemar cruces, el odio a su madre por haberla engendrado así. La respetaría mucho más si una indignación invisible pero viscosa rebosara a diario por la ventanilla de su caseta tan alegremente verde. Aunque imagino que a ella le da igual mi respeto porque jamás le he comprado un cupón. Y al fin salgo a una avenida periférica. Seis carriles en cada sentido y los pequeños comercios han dejado su lugar en las aceras para que lo ocupen decenas de concesionarios de coches, talleres y macrotiendas de muebles baratos. Y parejas de jóvenes y no tan jóvenes entrando y saliendo, probando las características de los accesorios que seguirán decorando sus vidas cuando ellos ya hayan dejado de quererse. Porque si hay algo seguro es que la suficiente dosis de tiempo acaba pudriendo las manzanas y absolutamente todo lo biodegradable. Como la amistad que alguna vez me unió al tipo que viene en dirección a mí por la acera. Cargado de bolsas de plástico y una caja envuelta en papel de regalo bajo el brazo no puede permitirse saludarme con la mano. Se limita a pronunciar uno de esos insultos viriles que en ocasiones se emplean como sinónimo de Me alegro de verte y que resultan menos mentira. Todavía a diez metros de distancia percibo el olor de su after-shave. Lo primero que dice cuando nos detenemos y nos miramos a los ojos es que no, no es navidad pero sí el cumpleaños de su hijo. El primer cumpleaños, eso me dice al tiempo que me inspecciona de arriba abajo deteniéndose un momento, creo, en el roto que hay en la rodilla izquierda de mis vaqueros. Un agujero demasiado pequeño para que alguien que se define a sí mismo como mi amigo se entretenga en prestarle atención, por otra parte. Por eso ese simple gesto me basta para procurar que mi lenguaje corporal le informe de que su felicidad, el dúplex que se ha comprado en esta zona en expansión de la ciudad y la vida o muerte de su hijo es algo que me importa un huevo. Y parece captarlo, porque me pregunta yo qué tal, qué hago en general, qué hago por aquí, a dónde voy y demás frases de cortesía con evidente desgana. También me pregunta por ella y eso es lo que hace que cualquier asomo de corrección se me desvanezca. Y reemprendo el camino diciéndole Adiós consciente de que digo Adiós y sólo Adiós y no cualquier otra palabra. Porque hace un tiempo que ella está indisolublemente ligada al ticket que encontré buscando pasta en sus cajones, y nadie tiene por qué recordármelo. Una factura de una de esas tiendas de bronceado y depilación. La letra redondeada de la dependienta hablaba de láser, de ingles y de axilas. Y yo qué sé, puede ser. Ya no tenemos ganas de juerga, de divertirnos, de pasarlo bien. Y tampoco de follar. Al menos el uno con el otro. Y esta caminata en dirección al odioso resplandor que se proyecta hacia la noche en ciernes desde el otro lado de la circunvalación puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para plantearse ciertas cosas. Asumirlas, desconectar al moribundo del respirador mecánico. Certificar su muerte de una puta vez y llorar un poco en el entierro. Pero puede que siempre haya tenido razón cuando me dice que soy un inútil y un gilipollas porque en lugar de pararme y pensar o pensar y pararme y entretenerme, yo qué sé, contando cuántos coches rojos pasan a toda velocidad por el asfalto en los próximos diez minutos sigo y sigo y sigo y ya estoy caminando por el cemento húmedo del párking del centro comercial, entre familias tradicionales o uniones de hecho que empujan carros de la compra cargados hasta los topes a pesar de la crisis para reabastecer sus arsenales de presente y futuro inmediatos. Consumibles. Al fin y al cabo, todo el mundo es igual. Tras la puerta de cristal corrediza la temperatura aumenta quince grados de golpe y a cada paso me falta un poco más el aire. Pero las fuerzas no me abandonan del todo y llego al Happy Kangaroo. Igual que todos los días, siento una oleada de vergüenza al entrar en el local. En algún momento del pasado alguien en Australia decidió probar suerte, intentar forrarse con una cadena de comida rápida. Hamburguesas y muslitos hechos a base de carnes exóticas para el resto del mundo. Y mi presente ha acabado relacionado con aquella jodida iniciativa empresarial, trabajando en un sitio con digiridoos de plástico fabricados en serie y fotos de lo bonito que es el atardecer en las antípodas colgados de la paredes. Lo peor, con todo, es saber que en el fondo nadie más que yo tiene la culpa de que ahora atraviese la puerta de servicio, recorra un pasillo viciado de un nauseabundo olor a fritanga, por muy australiana que sea, y acceda al vestuario masculino. Como siempre, el canguro gordo que se encarga del turno que me antecede está sentado en un banquito que parece combarse bajo su peso un milímetro más con cada bocado que le da al supermenú XXL marca de la casa que se está comiendo. En realidad sólo es canguro de cintura para abajo. Tiene las patas traseras estiradas, cruzadas por los tobillos, zarpa sobre zarpa. Y la espalda apoyada contra la pared le aplasta la cola, que asoma por encima de su hombro de piel humana. Miro en mi taquilla. Tampoco hoy mi uniforme laboral está en su sitio. El encargado, un chaval de veintidós años como mucho, me dijo el otro día que había problemas con la tintorería subcontratada para la limpieza de la ropa de trabajo. Que se habían quedado en prenda algunas prendas. Supuse y supongo que estudiará derecho y esto le ayuda a pagarse la carrera. O los vicios. No sé, puede que mi joven jefe sea lo bastante gilipollas como para haberle hecho un bombo a una gilipollas y ahora tenga que alimentar a otro pequeño gilipollas. Me importa una mierda; que se joda. Que se joda igual que yo, que meto las piernas en el disfraz usado y siento cómo me moja la piel el sudor condensado de un hombre del que ni siquiera conozco su nombre. Que me enfundo los brazos-patas delanteras y me entran ganas de pedirles perdón a mis dedos por obligarles a esconderse bajo esos mechones de fibras sintéticas. Que me cierro la cremallera que recorre mi pecho peludo y noto las migas de la merienda de mi colega precipitándose hasta mis enormes pies de canguro. Que me acoplo la cabeza animal siniestramente sonriente y ya está ahí, como cada tarde, el hedor asfixiante de mi humillación concentrándose en mis orificios nasales. Frente a la entrada del Happy Kangaroo los niños se rién cuando salto y palmoteo y agito la cola cada vez que un nuevo cliente nos honra con su visita. Los niños y los adultos, todos se ríen. Supongo que lo harían con más ganas si supieran que dentro hay un tipo en calzoncillos y con ganas de llorar. La gente es así. La gente se ríe del pringaopeluchegigante y fantasea con las patinadoras que se deslizan sobre la pista de huelo sintético que han instalado en la plazoleta central los de la tienda de deportes de invierno. Yo haría lo mismo de no ser porque un cangurhombre no puede reírse de nadie ni fantasear con nadie. Y menos ahora. La última de las animadoras deslizantes, la que se queda rezagada y pierde el compás y trastabillea tantas veces. La menos flexible, la que se abre de piernas mucho menos que las otras. Ésa a la que las medias le quedan mucho peor que a las demás porque es diez o quince años más vieja. La única a la que nadie podrá verle las ingles. Es ella. Con demasiado maquillaje y cara de cualquier cosa menos alegría. Y pienso en sus viejos patines Boomerang de piel blanca, cordones azules y ruedas amarillas. Pienso que antes de ésta sólo la había visto patinar un día. Y que deberíamos haber sido más felices mientras pudimos. Ahora ya es imposible.




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