Archivos para Marzo 2009

31
Mar
09

Sentimientos de un matón

Desde aquí, de pie en medio de los escasos diez metros cuadrados de linóleo desgastado, compruebo que el despacho del jefe no se parece en nada a lo que había pensado. Imaginaba alfombras tupidas, un butacón de piel granate o de terciopelo verde pino y lujosos y oscuros muebles de nogal. Imaginaba gruesas cortinas recogidas a modo de telón y un retrato en blanco y negro de su padre, fundador del negocio, presidiéndolo todo. A lo mejor la estatua de porcelana esmaltada y a tamaño real de un doberman o un dogo argentino. Así suponía la habitación-cerebro de la Organización. Pero me encuentro con que en lugar de a humo de puro huele a ambipur lavanda. Y con una silla giratoria de plástico y un póster de las Bahamas o más bien de una chica en top-less en una playa de las Bahamas clavado con chinchetas en la pared, justo al lado de un calendario de Seur del año pasado. Y ni siquiera hay cortinas en la pequeña ventana; sólo una persiana de listones donde se acumula el polvo.

Supongo que es lógico que me invada cierta decepción. Siempre había pensado que trabajaba para alguien importante. Pero nadie lo diría a la vista de este cuartucho. Quién sabe, me digo, puede que todo obedezca a una estrategia muy bien pensada. Porque esta clase de gente es cualquier cosa menos tonta. Puede que se trate de simular austeridad. De no hacer ostentación. Está claro: la opulencia resultaría peligrosa en este mundillo. Cualquier listillo podría irse de la boca si aquí dentro hubiera plumines de oro, un supertelevisor de plasma de última generación y un par de cajas atiborradas de habanos. No, de ser así no habría que esperar mucho para que algún loco armado con un bate de béisbol o un lanzallamas derribara a patadas la puerta por la que acabo de entrar. Es mejor no generar envidias ni ningún otro de esos sentimientos de justicia rápida y sangrienta que pasan por la mente de la chusma cuando se saben en el lado débil de la comparación. Y, además, joder, claro, esto no es más que su lugar de trabajo… Me la juego a que su casa está forrada de oro y mármol. Si hasta el mismísimo Tony Soprano maneja su negocio desde una pequeña nave industrial…

Me digo todo eso mientras ratifico que el jefe no tiene la menor intención de ofrecerme asiento. Llevo ya un minuto aquí plantado y ni siquiera ha levantado un instante la vista del caos de papeles que desborda su mesa de conglomerado. Tiene la cabeza tan hundida en sus inminentes beneficios que puedo ver el descampado de su coronilla en medio de un pelo tintando de un negro tan antinaturalmente intenso que se torna rojizo por las puntas. Una calva pálida, y tirante y ajada al mismo tiempo, como el parche de un tambor viejo. Y me pregunto cómo sonaría si la aporreara bien. Porque tengo claro que el jefe es una de esas personas que me producen náuseas si se sientan a mi lado en el autobús o coinciden conmigo en la cola del híper. Ese desodorante seco que no consigue cubrir su olor corporal, que sólo se mezcla con el acre y se hace aún más irrespirable. La camisa desabrochada dejando ver un retal de piel y pelo que me recuerda mucho a la panza de los cerdos. Y anillos en todos los dedos salvo los pulgares y cadenas doradas tan gruesas como sogas colgando de su cerviz. Sin embargo, las cosas han ido de tal manera que ahora dependo de que un tipejo de tal calaña me dé un sobrecito con billetes a fin de mes poniendo cara de estar haciéndome un favor.

La gente, mi madre, el amigo recién casado y hasta el vecino, la gente dice que hay que ser prudente, respetar a tus superiores y todo eso. Especialmente en tiempos de crisis como los que corren. Pero, joder, ya he pasado mi peso corporal de una pierna a otra unas cuantas veces y he detenido mi vista en todos los objetos que pueblan mi campo visual. Incluso he contado los neones incrustados en el falso techo, cada cuántos segundos parpadea ése que falla, el número de paneles de escayola que separan una lámpara de otra tanto en el eje de abcisas como en el de ordenadas. Y empiezo a sentirme como un gilipollas. Además, los zapatos me aprietan. Tal vez Debería estrangular a este tipejo con el cordón de la persiana. Pero creo que eso está duramente sancionado legal y éticamente. Tal vez debería llamar su atención. Carraspear, igual que en las películas. Pero creo que eso sólo acentuaría la sensación de que este cabrón me está tomando el pelo. Mejor esperar. Mirar las pelusas de aquel rincón o las tetas del reclamo turístico bahameño, que curiosamente parecen aún más doradas a la luz del día nublado que se cuela por la ventana. Y atravesarla mentalmente. Saltar al vacío sin riesgo de muerte, como los cobardes. Pensar en los cientos o miles de personas que en este momento andan por la avenida unos cuantos metros más abajo. Escudarse en la estadística para conseguir que mi presente no se venga abajo. Porque la ley de probabilidades más burdamente enunciada me dice que acierto al imaginar que algunos de ellos se están muriendo por culpa de un cáncer aún no diagnosticado, que otros no duermen preocupados por sus hijos politoxicómanos, que un buen puñado está a punto de ver cómo su casa pasa a manos del banco y, por qué no, que unos pocos están relativamente felices con su vida. Pero que esta mañana todos ellos han salido de sus casas dispuestos a dejar un poco atrás su propia mierda. O al menos a mantenerse a flote en ella, a no acabar de hundirse y tragársela. Han sacado fuerzas de algún recurso interno o de lo que han encontrado en el armarito de los medicamentos y se han puesto la ropa de ir a ganarse la vida. Y ahora recorren el camino de ida o de vuelta como todos los días que no son domingo y festivo, procurando mantener sus pensamientos bastante lejos de sí mismos. Igual que yo.

Lo malo es que tengo que volver a pensar en lo mío porque un fuerte olor a coñac me devuelve a la realidad del despacho. Aparto la vista del cristal sucio de la ventana y veo que tengo la jeta del jefe demasiado cerca de la mía. Su aliento me calienta las mejillas y mientras él agita en el aire un papel que supongo refleja el resultado numérico de mis gestiones mensuales y reprocha mi rendimiento profesional con frases como ¡¿Para eso te he puesto en plantilla?! o Te aseguro que no te conviene tocarme los cojones así que mírame a los ojos, yo me planteo si el hedor que sale de su boca amarilla se impregnará en mi epidermis. Pienso en mi cabeza metida en un cubo de agua helada. En sumergir la cabeza en uno de esos agujeros que los esquimales practican en el hielo para cazar focas. Pienso en productos desinfectantes y en trajes anticontaminación bacteriológica mientras observo sus dientes amarillos como cera fosilizada, sus ojos de roedor, brillantes y tan pequeños que no dejan lugar al blanco, su papada tocinera. Y una nariz mucho más roja que el resto de piel de su cara que hipnotiza mi mirada. Casi granate, casi morada porque donde intuyo que hace años empezaron a aflorar los cabos de vena nasales que delatan a cualquier alcohólico ahora hay auténticas varices a punto de reventar. No puedo dejar de mirarla. Si la abstraes del resto de la cara ni siquiera parece un trozo de cuerpo humano. No puedo ni quiero apartar la vista. Es evidente que le pone nervioso que no le mire a los ojos, que me centre en lo que sabe más horrible de su cara de animal.

Quiero pensar que por eso da un paso atrás y rebaja la vehemencia de su discurso para decir A ver, chaval, tú sabes que tus resultados no son buenos, no me pongas las cosas más difíciles.

Yo no abro la boca y él dice:

Créeme, si fuera tan hijoputa como estás pensando hace dos meses que estarías en la puta calle.

Algo estúpido que se activa dentro de mí me provoca la tentación de darle las gracias por su confianza o su simple gracia. Pero logro contenerme.

Así que es él quien sigue hablando, con el tono que emplearía para decirle a un niño retrasado que debe esforzarse más para conseguir sumar dos y dos:

Llevas dos semanas detrás de ese tío del bar del polígono.

Yo asiento como un cordero baboso al tiempo que me escapo muy lejos de allí, a un lugar mucho más bonito, imaginando lo glorioso que sería si este hijoputa que me pone la mano derecha en el hombro y me dice Va, chaval, no pongas esa cara: te voy a dar una oportunidad tuviera un herpres genital galopante. Justo entonces, seguro que por simple casualidad, se lleva la izquierda a la bragueta y se estira la goma de los calzoncillos. Y sonrío un poco. Supongo que el gilipollas piensa que mi sonrisa es un gesto de gratitud, porque me dice:

Pero ésta será la última; más te vale aprovecharla.

Y entonces ya sí, entonces comprendo que la inmensa mayoría de los seres humanos no son nada del otro mundo, que en realidad nada importa demasiado más que comer y dormir bajo techo y que igual debo empezar a asumir que formo parte de esa masa rastrera. Así que lo digo. Digo:

Gracias, Jefe. Muchas gracias.

Y en cuanto obtiene mi sumisión matiza su gesto benevolente para conmigo señalando que no se fía de mí, y que por el bien de los dos va a decirle al Hiena que esté por la zona.

Por si vuelves a cagarla, más que nada, dice. Él sabrá cómo quitarte el marrón de encima, llegado el momento. Ahora va, largo de aquí.

Me plancha las solapas de la chaqueta con sus gordas manazas doradas. Y dice:

Y joder, cuida un poco tu ropa. La imagen es vital en este negocio.

En el bus de camino al puto bar no puedo quitarme de la cabeza al Hiena. Nunca lo he visto, pero he oído las suficientes barbaridades sobre él como para que mi cerebro le haya atribuido un amplio repertorio de cualidades aterradoras. Quizá debería pensar en el lado contrario de mi realidad laboral, en el tipo que me voy a encontrar tras la barra del bar. Pero a ése ya lo tengo muy visto, y no me preocupa lo más mínimo. Sólo es un pobre pringao que pidió un préstamo para instalar una nueva plancha en la cocina y no puede devolverlo. No creo que saque una recortada de debajo del mostrador. Esto no es América, por suerte para mí y mis colegas. Así que me inquieta mucho más que al puto Hiena se le vaya la pinza más de lo que me han contado y acabemos todos metidos en un lío de cojones. Noto que estoy sudando. Me apetece desabrocharme el cuello, pero no lo hago. Porque de repente caigo en la cuenta de que todo el pasaje del autobús me está mirando fijamente. No consigo acostumbrarme a ello, joder. Por eso le suelto Tú qué miras a un crío de unos seis años que me señala con el dedo. Pero el chaval sigue observándome de arriba a bajo con cara de no entender nada, de manera que tengo que aclararle un poco las cosas:

No, no soy un puto mago.

El bus se detiene a la entrada del polígono. Me quedan unos mil metros hasta el bar, justo en la otra punta. Supongo que el paseo que me espera es una de las razones que disparan mi mala hostia. Eso y la sensación adherida a mi traje de que todos esos cabrones del autobús ahora estarán hablando de mí o pensando en mí de muy mala manera. Me gustaría saber a qué se dedican ellos, a cambio de qué prostituyen su tiempo esos hipócritas que me han despellejado con la mirada. Seguro que ninguno de ellos es médico voluntario en una aldea de Mongolia. Serán mecánicos, empleados de la limpieza, pinches de cocina, abogados o contables, como lo que parece la gente con la que me cruzco durante la caminata. Pero está claro que creen que mi mierda huele peor que la que a ellos les da de comer. Hay que joderse… El lado bueno es que esto hace que apriete los nudillos y que tenga ganas de gritar y mandarlos a todos a tomar por culo. Así que esta vez el del bar se va a cagar. Esta vez me va a pagar por las buenas o por las malas. Le diré que deje de tocarme los huevos. Que elija: o me paga ahora mismo o tendré que hacer una visitita a su casa. O, mejor aún, me plantaré en la puerta del colegio donde cada tarde a las cinco recoge a su hijita, tan mona. Coño si se lo diré. Coño si lo haré si es necesario. No me expongo a diario a la humillación para que un hostelero de mala muerte se crea que puede torearme.

Y empujo la puerta oxidada del bar con las cosas así de claras. Pero aún no me he adentrado un paso en el local cuando, como siempre, todo se vuelve confuso. Mi plan, mi fingida convicción se deshace al ver al hombre llevando un plato combinado a un trabajador con grasa bajo las uñas que come solo

en la mesa del rincón. Me quedo paralizado. No puedo hacer nada más que observar cómo el moroso pone cara de miedo al verme y empieza a caminar hacia mí con pasos apresurados. Me fijo en las manchas de aceite reseco que salpican su delantal. Al final debe de haber tenido que despedir a la cocinera. Me dice bajito al oído que no tiene el dinero. Que, por favor, acepte una copa. Que me invita a comer. Pero que no puede pagarme porque no tiene el dinero. Y que, por lo que más quiera, no le monte un escándalo delante de los clientes.

Y un momento después, como en todas las ocasiones anteriores, me veo sentado en un taburete, en silencio, con una cerveza en la mano e intentando olvidar lo que soy. Estoy a punto de conseguirlo, la cerveza empieza a limpiarme el sabor de las náuseas cuando el Hiena entra por la puerta. Lleva un disfraz de pelo moteado y camina a cuatro patas en dirección a su presa. Da vueltas en torno al hombre, simula que le lanza algún mordisco, algún zarpazo. Hasta levanta una de sus patas traseras como si fuera a mear sobre los zapatos malos del camarero, que está paralizado. Definitivamente, es peor de lo que imaginaba. Mucho peor. En algún lugar de su disfraz debe esconder un dispositivo de voz que emite a altísimo volumen los gañidos de las hienas antes de un festín de carroña. Risas siniestras, las de la grabación y las de algún que otro cliente, que llenan el aire y hacen que me tiemblen las manos y se me derrame la cerveza. Y que me manche el frac.

21
Mar
09

Fracturas abiertas

Cada vez que huelo esa mezcla de productos químicos que usan los que se dedican a vitrificar suelos de mármol o de imitación de mármol recuerdo el día en que mi hermano pequeño se cayó por las escaleras del patio.

Tenía siete años y todavía no se había dado cuenta de que la vida no es gran cosa. Sus únicas preocupaciones eran conseguir superar la quinta pantalla de no sé qué videojuego y completar su colección de tazos. Por eso los días en que me levantaba con la sensación de no estar aportando nada al mundo especialmente acentuada me lo llevaba al quiosco y le compraba unos cuantos.

Como aquella mañana. Incluso antes de salir del ascensor ya percibí ese olor denso, como a cristasol mezclado con lejía industrial mezclada con abrillantador de muebles. Mi hermano echó a andar delante de mí de esa manera en que andan los niños cuando se mueren de ganas por llegar a algún sitio lleno de golosinas o juguetes: correteando unos metros para luego pararse en seco y darse la vuelta para ver si el adulto que puede hacer realidad sus deseos les sigue de cerca. Lo sé porque podía oír sus pasos, que chirriaban sobre las baldosas enceradas, pero a duras penas lo vislumbraba. El sol entraba de frente por la puerta de cristal, tan potente y naranja que parecía que estuviera amaneciendo justo ahí mismo, y su resplandor se multiplicaba y cegaba aún más al reflejarse sobre el suelo y los rodapiés recién pulidos. Así que mi hermano no era más que una sombra informe que oscilaba entre rayos de sol y motas de polvo en suspensión. Igual que el operario de la empresa de pulido de suelos y superficies varias que aquel día tenía en su plan de trabajo venir a sacarle brillo a mi portal y cuya silueta oscura se recortaba en medio de la luz dorada. No había nada especial en lo que hacía; había acabado su tarea y ahora simplemente recogía su instrumental con una rodilla hincada en el suelo. Pero por la razón que fuera o por ninguna, seguramente porque las cosas pasan y ya está, clavé mi mirada en él durante demasiado tiempo. O quizá no tanto pero desde luego el suficiente para seguir andando sin ver que mi hermano se detenía en la cima de los diez escalones que conectan el zaguán con el nivel de la calle. Sólo noté su presencia cuando tropecé con él. Y ya lo único que pude hacer, por puro instinto, fue alargar mi mano hacia su cuerpo.

Pero no agarré su camiseta, ni sus brazos, ni sus tobillos en pleno vuelo. Ni siquiera le rocé un pelo. Ya estaba demasiado abajo, estampándose de espaldas contra un par de escalones y de cabeza contra el suelo. Hizo croc y chac. Un ruido raro que no supe asociar con ningún referente en ese instante. Tampoco importaba demasiado. Lo que estaba claro era que su cráneo había crujido y chasqueado de tal manera que asumí que lo de ahí abajo era mi hermano muerto. Y una vez a su lado cualquier esperanza se desvaneció. La sangre me empapó las rodillas y los camales y las manos en cuestión de segundos. Mucha, muchísima sangre, con su olor metálico completando la mezcolanza química, inhumana del oxígeno del patio. Pero la verdad es que más que la cantidad de rojo me sorprendió el hecho de pensar que era demasiado oscuro, casi negro.

Probablemente la impresión se deba al contraste con el color crema del suelo recién abrillantado sobre el que el charco crece y crece, pensé un momento después, mientras deslizaba con cuidado una mano por la nuca de mi hermano e intentaba incorporarle la cabeza.

Parece una fruta aplastada, me dije al notar el tacto de lo que palpaba.

Supongo que intentaba pensar en todo aquello como si se tratara de algo ajeno a mí, una película o algo por el estilo. Quiero creer que la asepsia con que mi cerebro analizaba la situación era sólo un mecanismo de distanciamiento, una pura técnica de defensa. Porque lo cierto es que también pensé:

Ya lo tengo:

como un coco, como un martillazo en un coco, así ha sonado.

Y creo que entonces me puse a llorar o a gritar, aunque no me atrevería a asegurarlo. Puede que el que gritara fuera el puto abrillantador de suelos. Da igual. Lo que cuenta es que de pronto el pobre crío convulsionó durante unos segundos como si una superdescarga eléctrica le atravesará el pecho. Después la sacudida cesó tan repentinamente como había empezado y sus extremidades se relajaron. Incluso su expresión pareció adquirir un matiz sereno y pensé Igual es verdad, igual está viendo una luz acogedora al fondo del túnel. Lo pensé y lo deseé con todas mis fuerzas; al fin y al cabo se trataba de la muerte de mi hermano. Pero al momento los ojos se le abrieron de par en par como empujados por un resorte incomprensible. Sus iris giraban y giraban en todas direcciones dentro de los globos oculares llenos de pequeños capilares estallados y acabaron escondiéndose bajo los párpados superiores, reducidos a sendos trazos curvos de azul. Y enseguida, aterrorizado, le vi expulsar unas babas espesas impregnadas en hilos de sangre. Y le vi y le oí empezar a hablar con una voz igual de pringosa que su propio cerebro hecho papilla. Una voz absurda y escalofriante teniendo en cuenta la boca con dientes de leche de la que manaban las palabras, salpicándome la cara. Un susurro denso, gutural y grave como el burbujeo del metano al abrirse paso a través del limo fétido del fondo del pantano más contaminado del planeta. Igual de hipnótico y sabio. Mi hermano o lo que fuera a esas alturas dijo, pronunciando a la perfección fonemas en los que hasta entonces siempre se trababa y conjungando verbos cuyo significado era imposible que conociera, que prefería mil veces desangrarse sobre el gres a volver a pisar esa calle de ahí afuera tan soleada y ajardinada y vigilada policialmente y tan rebozada de excrementos de pitbull y de flemas verdosas.

Dijo que no habíamos entendido nada de lo verdaderamente importante y que eso ya no le generaba tristeza, ni vergüenza, ni siquiera hastío.

Que lo único que ya sentía por nosotros era puro asco.

Dijo:

es nauseabundo echar un vistazo a vuestros facebooks y ver que habitantes de zonas residenciales de lujo de los alrededores de cualquier gran ciudad occidental se inscriben a través de sus iPhones en grupos llamados Yo tampoco quiero que se utilicen perritos para cazar tiburones en la Isla Reunión o Si no reciclas eres mala persona.

Y también dijo que cuando la violencia de género se resuelve en un plató de televisión ante un pelotón de periodistas del corazón la única salida digna es cortarse las venas después de dinamitar una emisora de radio, una tienda de rayos UVA o una mezquita.

Dijo:

Sembráis de minas las selvas y lucháis por la supervivencia del lince ibérico.

Dijo un montón de cosas parecidas a éstas, y luego:

la habéis cagado y no quiero volver a veros.

Entonces dos hombres con chalecos naranjas entraron en el portal empujando a toda prisa una camilla. El vitirificador de suelos gritó algo así como Rápido, rápido, ahí está, se ha dado en la cabeza, ¿está muerto?, ¡creo que es una fractura abierta de cráneo de ésas que salen tan a menudo en los programas de emergecias médicas! Y diez minutos después mi hermano estaba en el hospital en buenas manos. En tan buenas manos que dos meses después salió del coma y desde ese día jura no recordar nada de lo que me dijo. Han pasado ya veinte años y ahora es auditor de grandes cuentas, colabora con Greenpeace con cinco diez al trimestre y conduce un volvo enorme. Según él todo aquello es cosa mía. Pero yo sé que no.

Y por eso frecuento los puntos negros de las carreteras para ver si tengo la suerte de encontrar a alguien atrapado en el clásico amasijo de hierros que sea capaz de iluminarme como hizo mi hermano aquella mañana.

Paseo durante horas bajo los viaductos.

Me he comprado un equipo de radioaficionado para sintonizar la frecuencia de la policía y los bomberos y seguir su rastro.

Me siento en las Ugencias de cualquier hospital e intento entablar conversación con los que veo realmente jodidos.

Pero nunca he conseguido alcanzar otro instante de revelación como el que me proporcionó mi hermano pequeño tumbado boca arriba sobre su propia sangre.

11
Mar
09

Metro

No me gusta ir en metro. Y menos de buena mañana. No es como viajar en autobús. No hay ventanillas. No puedes ir haciéndote a la idea de qué cielo te va a deparar el día. Tampoco puedes distraerte mirando el tráfico, ni los escaparates, ni los mendigos aún durmientes bajo los resplandores de Zara con los pies sobresaliendo de sus cajas de cartón. Ni siquiera puedes hundir la vista en los alcorques repletos de mierdas de perro y evadirte imaginando el millón de formas en que matarías a sus dueños. Y olvídate de oír nada aparte del chirrido del metal contra el metal y alguna que otra tos esporádica desde algún punto del convoy urbano. Suburbano.

Detesto ir en metro a las siete de la mañana porque es verse obligado a elegir entre la nada de la negrura del túnel y la nada del tipo/tipa que se sienta a tu lado o frente a ti o en la otra punta del vagón y que te recuerda demasiado a ti. Alguien al que no conoces pero del que estás seguro que a mediodía comerá solo en un bar de menú de seis euros de cualquier polígono industrial. O alguien del que podrías afirmar que vuelve a su piso de alquiler tras haber pasado la noche en la garita de la obra de un nuevo y lujoso centro comercial.

Por éstas y otras muchas razones prefiero pelarme de frío en la parada esperando el bus cuando aún se ven casi todas las estrellas o simplemente una masa de nubes de color azul marino. Pero aquel día no había oído a la primera el despertador y me vi saliendo a la calle más asqueado de lo normal de que la vida me empujara con prisa y sin un miserable café en el estómago a un sitio al que no tenía ninguna ganas de llegar. Con todo, en lugar de sentarme en el parque de al lado de mi casa para ver amanecer por encima de las antenas parabólicas de mis vecinos y pensar la manera de rectificar mi rumbo, acabé arrojándome a la boca de la línea 5 porque la parte responsable de mi cerebro no dejaba de repetirme que el metro es el medio de transporte urbano más veloz. Mientras descendía tramo a tramo las escaleras una angustia creciente iba retorciéndome las tripas, y también el gesto. Supongo que por eso es relativamente lógico que la taquillera no mostrara la menor amabilidad ni mera consideración comercial cuando me acerqué a la ventanilla y le pedí un billete clase B. Quizá hasta tendría que haberle agradecido que hiciera el favor de cambiarme los cincuenta euros con que le pagué sin hacer otra cosa que seguir mascando chicle y maldecirme de manera casi inaudible desde detrás de su cristal. Pero lo cierto es que no lo hice. Me limité a coger apresuradamente el ticket y el cambio que me desparramó en la bandeja de aluminio, pasé la barrera de cristal y bajé de tres en tres los escalones de la escalera mecánica que conducía al andén, estresado todavía más por culpa del sonido irritante de un tren que se detenía ahí abajo.

El rápido bip-bip-bip de las puertas automáticas del vagón cesó y dio paso a un ruido como de envasado al vacío, como de compartimento de nave espacial al sellarse justo en el momento en que entré. Y cuando el metro se puso en movimiento sentí que podía hacer de mí lo que quisiera. Que en realidad me daba igual que jamás se detuviera en el destino por el que acababa de pagar. Casi era preferible quedarse encerrado en las tripas del gusano de hierro de por vida, avanzando y retrocediendo en la vía a su antojo. Al fin y al cabo, eso no era muy diferente de lo que sucedía día tras día en el mundo que se extendía hacia todas partes treinta metros por encima, en la soleada, oscura, fría o cálida superficie. Así que apoyé la espalda contra las compuertas y me duele pero debo admitir que, a diferencia de otras tantas veces, ni siquiera se me pasó por la cabeza que de repente se abrieran y me dejaran caer a las vías, porque de golpe asumí que ese tipo de tragedias no tienen cabida en una vida vulgar.

Y ahí me quedé plantado, arrinconado por la multitud que saturaba el vagón, dejándome llevar, dispuesto a dejar pasar el tiempo de la manera más inocua posible. Dispuesto, por ejemplo, a leer de cabo a rabo y varias veces los carteles indicadores de capacidad del vehículo, y los que prohibían fumar y comer en su interior, y la normativa de comportamiento y las recomendaciones de seguridad para los viajeros. Y los titulares de los periódicos gratuitos tras los que se escondían algunos usuarios. Y las portadas de los libros que fingían leer los más inquietos. Todavía El Código Da Vinci. Los Pilares de La Tierra. Y las marcas de sus ipods. Y el panel de ruta de la línea adherido sobre cada puerta del vagón. Memorizar las estaciones, los puntos de transbordo, el número de serie en relieve que distinguía cada uno de los bancos atestados de gente de aspecto triste… Leerlo todo sólo para no tener que detener la vista sobre cualquiera de los otros elementos del rebaño que no viajaban, no, que simplemente eran transportados junto conmigo vete a saber hacia qué destino jamás deseado y que con un poco más de suerte habrían llevado una vida digna de ser llamada humana. Gente sentada o de pie o apoyada sobre las gomas del fuelle de articulación entre vagón y vagón bamboleando sus cabezas al ritmo monótono del tren. Personas de distinta raza y credo y equipo de fútbol, pero idénticas en su don para impregnarme de su tristeza o potenciar la mía propia.

Así que mejor quitarles la vista de encima y ponerse a leerlo absolutamente todo. Hasta las monedas y los billetes que unos minutos antes me había dado la asquerosa taquillera y que aún llevaba en la mano, humedeciéndolos con mi náusea vital y mi sudor. Y entonces, en uno de 5EURO/EYPO con copyright del BCE de fecha 2002, número de serie V12111265327 y la firma ilegible del presidente o gobernador o lo que sea del Banco Europeo, un número de teléfono escrito con tinta azul ya considerablemente desvaída. No lo pensé demasiado. Ni siquiera ensayé para mis adentros lo que diría si alguien contestaba a la llamada. Supongo que simplemente quería hacer algo diferente a lo de todos los días, y marcar ese número me pareció una buena posibilidad de introducir cierta dosis de novedad en mi vida. La posibilidad que tenía más a mano, por lo menos. Y me saqué el móvil del bolsillo cuando nos detuvimos en una estación igual que todas las anteriores y las que vendrían vía arriba o más bien vía abajo. Un montón de gente que quería salir y otro que quería entrar se apelotonaron alrededor de las puertas y forcejearon durante unos segundos, pero al final el trasvase de carne vagón-andén andén-vagón se concretó sin mayores incidencias.

Lo único digno de mención es que la marea humana quiso depositar frente a mí, tan cerca que podía notar cómo su respiración de clorofila mecía hasta el menor ejemplar de mi vello facial, a una chica guapa. Nada espectacular, nada del otro mundo. Simplemente guapa y joven. Y, con total seguridad, menos que otras muchas de las que en ese momento estuvieran en las entrañas de la Línea 5. Sin embargo, al resto no podía verlas mientras que a ésta la tenía a tan sólo un palmo. De manera que es muy posible que captara tan intensamente mi atención por una mera cuestión de proximidad física, por el hecho de que invadiera sin quererlo mi maltrecho espacio vital y sus ojos incómodos se cruzaran de cuando en cuando y fugazmente con los míos. En cualquier caso, fuera por la razón que fuera, lo que cuenta es que me gustaba tenerla delante de mí. Quizá, pensé incluso, me estaba enamorando de una extraña a la que los movimientos de la masa metropolitana habían depositado por casualidad tan cerca de mí. Y como aquello me pareció una estupidez de las que tanto detestaba en otra gente, decidí mirar hacia otro lado y seguir con mi única opción real de distracción. Leí de nuevo el número garabateado en el billete y lo marqué. Me dio un escalofrío cuando un móvil empezó a sonar en el vagón en perfecta sincronización con los tonos de llamada que el auricular me metía por la oreja derecha. Y me quedé sin respiración al observar, casi como a cámara lenta, cómo la chica rebuscaba en su bolso y sacaba su teléfono. Así que durante un instante tan aterrador como precioso para mí ambos estuvimos cara a cara con nuestros móviles preparados para acabar de desatar la sorpresa, la comedia, la historia de amor o la simple anécdota. Lo que fuera, pero por lo menos algo digno de ser contado a los amigos y sentirte un poco vivo. Fue un buen momento, sí.

Lo malo es que duró muy poco porque cuando ella apretó el botón verde de su teléfono sonrió ampliamente y se le iluminaron los ojos y enseguida le habló con voz alegre un montón de cosas bonitas a quien quiera que estuviera al otro lado de su línea. La mía, inmóvil junto a mi cara de idiota, siguió sonando un poco más y cuando al fin descolgaron escuché una grabación hecha por algún ocioso de voz plana que me decía Hola y luego añadía que mi vida no debía de ir demasiado bien si había recurrido a llamar a un número desconocido llegado a mis manos a través de un simple billete de cinco euros. Pero no te preocupes, continuó diciendo la voz de aquel hijo de puta, eres el gilipollas número quince-mil-tres-cientos-ocho que lo hace; no estás tan solo.

Aquella mañana, cuando me reincorporé a la superficie, hice lo mismo que cualquier otra. Y también el día siguiente fue igual.

04
Mar
09

Mañana pero tarde

La historia podría empezar a contarse desde algún momento anterior o posterior pero al final lo que cuenta es que salió de casa y no dijo adiós porque era absurdo; hacía demasiado tiempo que no había un Hola o un Hasta luego. Y es posible que a nadie le importe ahora pero hasta ilustres científicos aseguran que la ausencia de despedidas y de bienvenidas y de otras muchas cosas puede resultar tan fatal para cualquiera como un tumor cerebral o un aneurisma. Así que lo dicho: poco antes de las ocho de la mañana abrió la puerta de casa, salió al rellano y cerró a su espalda sin emitir otro sonido que el tap-tap de sus zapatos de piel sobre el gres-imitación de mármol de la escalera. Luego pulsó el botón del ascensor y lo esperó dándole vueltas sin saber muy bien por qué a la idea de que el volumen de mierda que uno puede tragar es limitado. Que si lo rebasas te acabas convirtiendo en otro ser, que en los casos más extremos ni siquiera será humano. Y que entonces ya no hay vuelta atrás. Era como si de repente viera con claridad ciertas cosas. Cosas de vital importancia que intuía debería haber comprendido mucho antes. Tenía la extraña sensación de que su recién adquirida sabiduría era inútil por tardía y tal convicción le provocaba náuseas y dolor torácico y crispación en las falanges, pero no podía dejar de hundirse en su revelación. Y tanto se abstrajo que cuando el ascensor por fin se detuvo ante él se llevó un buen susto al toparse cara a cara con un tipo que salía del aparato. Vestía traje y corbata, igual que él. El mismo aspecto de agente de seguros descontento con su suerte. Pero el hombre iba calado hasta los huesos. El agua volvía de color gris pálido la pechera de su camisa y rápidos regueros le resbalaban desde la punta de la nariz y de todos los dedos para formar un charco en torno a sus pies. Se dieron los buenos días al unísono y se dejaron atrás el uno al otro con la misma indiferencia con que la casualidad había cruzado sus caminos. Los veinte segundos que el ascensor tardó en depositarlo en la planta baja le bastaron para plantearse unas cuantas decenas de hipótesis acerca de qué coño hacía ese tipo a las ocho de la mañana en su rellano. Y ninguna de ellas le resultó tranquilizante. Aunque, para ser del todo sincero, tenía que admitir que tampoco lo preocupaba en exceso lo que pasara ahí arriba durante su ausencia. Del mismo modo que le dio igual y no le sorprendió demasiado el hecho de que al salir a la calle el cielo no presentara ni una sola nube, de lluvia o no. Por vez primera en su vida se sentía absolutamente impregnado de la verdad de su existencia y su cerebro se dedicaba por entero y con una prisa que no lograba explicarse a determinar si era una buena o una mala persona. Así que las trivialidades sexuales, sociales o meteorológicas y hasta el destino de la recién nacida Era Obama le importaban menos que cero. Igualmente, decidió sin tener que emplear un mecanismo racional consciente que no iría a trabajar esa mañana. Ese día venía a la empresa desde la capital del país el jefe del jefe del jefe, o algo así. La crisis económica tenía a sus superiores muy preocupados. De un tiempo a esta parte los directores de departamento, los adjuntos a dirección, los asesores financieros, los vicepresidentes y hasta, en ocasiones puntuales, el mismísimo presidente se reunían con cierta frecuencia para intentar alcanzar soluciones que garantizaran la supervivencia de la entidad un mes más. Y al día siguiente de discutir sobre ello en cualquier restaurante de lujo de la ciudad le asignaban a algún pringao la triste tarea de comunicar los despidos acordados. Lo de hoy pintaba parecido o peor, y no estaba dispuesto a dejar que las menudencias laborales le distrajeran de su tarea de aprovechar al máximo la nitidez con la que ahora observaba la realidad. Lo importante y lo banal. Por fin conseguía trazar sin la menor duda la línea que separa lo trascendente de esas circunstancias que parecen maravillosas o trágicas pero que nadie recuerda al cabo de un par de días. Y no pensaba permitir que la inercia de las cosas le privara de tal clarividencia. Así que echó a andar sin otro propósito que mantenerse el mayor tiempo posible a solas con sus pensamientos, súbitamente tan luminosos en su oscuridad. Pero nada más doblar la primera esquina le llamó la atención un coche que en ese instante arrancaba el motor expulsando al aire matinal litros y más litros de gases tóxicos pero blancos. En su interior una familia entera biparental con dos hijos de corta edad hablaba alegremente como si sólo en el interior de ese vehículo residiera el secreto de la felicidad. Y se preguntó si tal vez era así. Si dentro de ese chasis existiría algo tangible o no, medible, contable, cuantificable o no capaz de justificar que los cuatro humanos que se movían a su alrededor enseñaran todas y cada una de sus piezas dentales de tanto sonreír. Estuvo a punto de golpear con los nudillos la ventanilla del conductor y pedirle a esa gente que le revelaran su secreto. Pero enseguida se convenció de que no porque se fijó con mayor detalle en las caras de todos ellos y se sintió capaz de asegurar que lo único que había ahí dentro era un intenso aroma a ambientador de pino y una concentración altísima de estupidez. Se alejó de allí y al poco se detuvo palpándose los bolsillos porque entre unas cosas y otras todavía no se había suministrado la primera dosis de nicotina del día. No encontraba el mechero pero rebuscando en los bolsillos interiores dio al fin con una caja de cerillas de un hotel de cinco estrellas cuyo nombre le sonaba vagamente pero en el que no recordaba haber estado. Estropeó todos los fósforos contra la lija sin conseguir arrancar de ellos ni una pequeña chispa. Estaban reblandecidos, apelmazados y medio húmedos, y se dijo que fuera lo que fuera lo que algún día hubiera sucedido en aquel hotel debía de pertenecer a un pasado remoto y absolutamente ajeno al puto presente, y que por eso lo había olvidado y hasta las cerillas se habían vuelto reliquias inútiles. Así que reemprendió el camino dando caladas al cigarrillo apagado pero sin la menor intención de solicitar un favor a ningún ciudadano. No quería decir Por favor. Y mucho menos dar las gracias. Para ser exactos, de pronto sentía justo lo contrario: la necesidad de disculparse, de pedir perdón y hasta obtener castigo. Por eso decidió servirse de lo que encontró más próximo en su campo visual y apresuró el paso hasta situarse justo detrás de una anciana con el pelo de una extraña tonalidad violácea que renqueaba en dirección a vete a saber dónde, el mercado o la primera misa del día o el cementerio. Un leve roce en el tobillo sirvió para que la vieja trastabillara y cayera al suelo de cara como un saco de patatas o cualquier otro objeto sin brazos. Quedó tendida balanceándose como una peonza que se detiene, oscilando a un lado y a otro sobre unas caderas que le parecieron demasiado anchas y robustas comparadas con el resto de los huesos de la abuela. Como los de los dedos y las muñecas, de aspecto tan frágil y que él apretujó entre sus manos al intentar incorporar a la mujer al tiempo que se disculpaba con vehemencia, deseando en realidad obtener algún insulto, escupitajo o golpe de bolso. Pero quizá porque los ojos de la vieja, en galopante inflamación y desorbitados por el susto y el dolor físico, captaron que el culpable de su desgracia iba trajeado y encorbatado y aceptablemente afeitado y peinado su reacción se limitó a suplicarle ayuda con un hilo de voz que sonaba de un modo parecido a una bisagra oxidada. Ni siquiera los puños de la camisa que sobresalían de las mangas de la chaqueta del hombre que se acuclillaba junto a ella, húmedos y muy arrugados, consiguieron que la vieja pensara por un solo momento que su agresor/asistente podría ser un psicópata, un borracho, un evasor de impuestos, o algo aún peor. Así que no hubo lugar para la menor redención. Y fue entonces cuando el pobre tipo comprendió que tampoco había lugar para la mayor. Que nunca lo habría. Así que dejó de deambular en busca de males o bienes que explicaran lo jodido de su aquí y ahora. Dejó de buscar esperanza o resignación, consuelo o castigo, placer o dolor en los seres antropomorfos que se movían por la calle rumbo a sus vidas de mierda. Y se concentró en su propia mierda. En lo que le esperaba en casa. Y como un autómata desanduvo el camino, entró en el portal, subió los siete escalones del zaguán, llamó al ascensor y esta vez no saludó al hombre trajeado con el que se encontró cara a cara al abrir la puerta. Y ya en casa, por costumbre, encendió la luz del recibidor envuelto en penumbra matinal pero las bombillas no se encendieron porque cuando pasan estas cosas suelen saltar los plomos. Atravesó el salón y se fijó en las motas de polvo que flotaban en el aire como particulas en ignición iluminadas por el primer sol que se filtraba por las persianas. Le pareció lo más bonito que jamás había contemplado y le entraron ganas de llorar. Pero no lo hizo porque entendió que eso supondría su punto y final. Y entró en el cuarto de baño. Olía a pollo asado y la oscuridad era casi total dentro de esos seis metros cuadrados. Mejor, se dijo. Porque así no pudo ver el cable del pequeño calefactor adentrándose en el agua de la bañera. Ni la lividez creciente de quien una vez le quiso medio hundida bajo la superficie quietísima. Ni las quemaduras negruzcas en los tobillos y en las sienes. Ni su pelo, flotando ondulado como filamentos de medusa o como gruesos cables eléctricos. Ni siquiera su propia camisa todavía empapada, que le pegaba el frío al tórax pero seguro que no iba a hacer el favor de matarlo de una pulmonía.




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