Archivos para Abril 2009

24
Abr
09

Pobre gente

Era mi primer día en el paro y me vi sin saber muy bien qué hacer con todas esas horas de libertad. Tantos años de lo mismo, horarios, oficinas y almacenes, para qué negarlo, habían conseguido alienarme. Estaba alejado del mundo. Hasta de la vida, qué coño. Se puede decir que era uno de esos tipos que no saben vivir sin que alguien les dé una orden y les felicite o reprenda por lo bien o lo mal que la cumplen. Estaba en la fila, en el turno, en la pura cadena. Supongo que era un imbécil. Sé que era un imbécil. De hecho, ya por entonces era perfectamente consciente de hasta qué punto me había convertido en un puto sirviente plácido y agradecido, pero no me importaba. Valoraba sobremanera el hecho de firmar mi nómina a fin de mes y me deleitaba comprobar por internet que mi cuenta corriente había crecido unos cuantos euros. La tranquilidad que eso me daba tenía un valor incalculable. Los números crecientes, las cosas que podía comprarme en el centro comercial. Me gustaba ponerme la corbata ante el espejo del recibidor por las mañanas las temporadas en que trabajaba de oficinista. Hasta me gustaba limpiarme los zapatos, joder. Y cuando la ETT me ofrecía un trabajo de peón disfrutaba enfundándome el mono, los guantes o las botas con supersuela de supergoma. Las noches de fiesta me gustaba rociarme de perfumes caros y hablar con mis amigos de los altavoces que pensaba instalar en mi coche. Pero de pronto llegó mi primer día en el paro. Y, claro, mi organismo estaba acostumbrado a madrugar. Así que no eran ni las ocho y ya estaba dando vueltas por la habitación. Todavía en pijama hice la cama, vacié y lavé el cenicero y quité el polvo acumulado en los rodapiés. Todo ello con la sensación de estar perdiendo el tiempo en cosas tan irrelevantes. Con la sensación de estar haciendo el gilipollas. Mientras barría y fregaba pensé lo que estarían haciendo entonces las gentes de bien. Los que seguían en la rueda. Y empecé a sentirme mal. Poco a poco, cada vez peor. Como un si un tumor de los que tardan media vida en comerte el cerebro se estuviera atracando del mío con prisa. Con ansia. Igual que un niño gordo ante su tarta de cumpleaños. Antes de darme cuenta estaba empapado en sudor. Me metí en la ducha. Me vino bien. Supongo que dejé de transpirar. Y, como siempre, el agua caliente me adormiló un poco ahí de pie en pelotas bajo la alcachofa. Agité la cabeza de un lado a otro para despejarme. Todo el cuerpo, en realidad, como hacen los perros mojados. Pero entonces me dije que no había razón para mantenerse despierto. No me esperaban en el trabajo. No me esperaban en ningún sitio. Tal sentencia me entristeció al principio. La sensación de frustración, de pura inutilidad se expandió en mi cuerpo hasta aplastarme los pulmones contra las costillas. No podía respirar y por un momento me imaginé desmayándome, desplomándome como un saco de algo muerto o medio muerto y desnucándome silenciosa y discretamente contra la repisa del champú H&S y el gel Nivea. Fue la última vez que sentí pena de mí mismo. Porque de algún modo conseguí expandir mis bronquios y aferrarme a los azulejos, a las líneas que los separan o hasta a la mismísima pintura esmaltada que los decoraba con ridículas florecitas. Y me mantuve en pie. Y al poco empecé a encontrarme mejor. No sé, mi cerebro encontró una vía por la que escapar del miedo. Pensé, en un instante de luz pura, que podía disfrutar de la ducha y el vapor y el burbujeante rumor de la catarata de agua sin estar pendiente del reloj. Lo pensé y, como por un milagro, no cambié de opinión al segundo siguiente. No se impuso ninguna suerte de sentido común, de lógica, de responsabilidad. Ninguna de esas convenciones de mierda adquiridas o innatas se puso a graznar en mi cabeza. Por fin. No escuché la plegaria por mi futuro de mi decente madre, ni el consejo condescendiente de mi amigo triunfador y respetable, ni la queja camuflada de mi novia. Por fin. Sólo hubo silencio, un gran vacío dentro de mí. Pero no ese vacío arrasado y caótico que queda después de un terremoto o un saqueo, cuando la gente lo ha perdido todo. No ése que te hace acertar cuando presagias la inminente exclamación de lamentos y alaridos de pena y terror. Éste era un silencio nuevo, como el que zumba en tus oídos cuando entras en una luminosa casa nueva que decorarás a tu gusto y en la que sabes que podrás hacer lo que te dé la gana con tu vida. Era un silencio perfecto, como una puta sinfonía de ideas tranquilas y sin interferencias. Así que me dejé llevar por el sopor bajo la maravillosa ducha-placenta y a juzgar por cómo recuperé la consciencia creo que soñé con hermosas y atentas mujeres. Encontré que mi cuerpo estaba alegre de cintura para abajo. Y la mente relajada mientras me secaba y me vestía. Me sentía laxo, suelto. Ligero. Nuevo. Me asombraba cada uno de mis movimientos. Quiero decir que el simple acto de subir una cremallera o atarme los zapatos era un descubrimiento sublime. Era ver moverse por primera vez las manos de tu hijo. Sus pies. ¡Y eran los míos! Intenté potenciar mi creciente bienestar fumándome un cigarro en el balcón. Y lo conseguí. El sol alumbraba tibio y el ruido que ascendía desde la calle era como un arrullo. Dos hombres de diferente raza descargaban el camión parado frente al supermercado de abajo. Chorreaban el mismo sudor espeso ya de buena mañana. De sus frentes manaba el mismo vapor metálico, salado. Las regaba la misma sangre del Gran y Único Pobre Hombre Moderno al que hay que respetar porque ya tiene bastante con lo que tiene. Al que hay que respetar porque si no fuera por él las estanterías de tu carnicería, de tu pescadería, de tu boutique de moda, de tu puta vida entera estarían vacías y tu tragedia diaria, ésa a la que ni ayer ni hoy ni mañana prestas la menor atención, de pronto se haría totalmente insoportable. Eso fue lo que pensé acodado en mi barandilla. Creo, de hecho, que las palabras que se encadenaron en mi cabeza siguieron exactamente el orden que he expuesto. Y me sentí iluminado. Me sentí el auténtico Mesías de todos los tiempos y todos los mundos. Y a pesar de la náusea que la Verdad provocaba en mi estómago matinal, a pesar de que cada músculo de mi cuerpo me dolió por culpa de tal revelación y a pesar de que en ese preciso momento supe con total certeza que jamás dejaría de estar triste, lo di por bueno. Porque igualmente supe que ya nadie podría engañarme. Me había bastado un día, una mañana, la primera hora la mañana de un día sin atascos, prisas, café atragantado, máquina de fichar, compañeros, supervisores, supervisores de supervisores, putos jefes peores que yo y sonrisas obedientes para entender que la vida podía ser otra cosa de lo que había sido la mía. La vida podía ser seguir observándola, simplemente. Ahí abajo algunos niños rezagados corrían hacia el colegio de la esquina mascando chicle. Ahora que era casi un dios podía olerlo desde las alturas. Y unas cuantas señoras pasaron bajo mi atalaya arrastrando sus carros de la compra con cogotes, nucas y líneas de hombros que me parecieron resignados, casi tristes. Igual que las caras que no les podía ver. Pobre gente. Entonces me saqué la polla y decidí bautizarlos a todos.

12
Abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.

10
Abr
09

Retrato familiar (con la crisis al fondo)

Era el año de La Supercrisis. Ahora en las facultades de economía la estudian con ese nombre para indicar que fue mucho más devastadora que la Gran Depresión. Pero entonces la gente la llamaba simplemente crisis. Era el 2009. Todo el mundo, en el sentido de “el mundo entero: continentes, estados, ciudades y barrios”, estaba sumido en una especie de paranoia económica. Yo tenía quince años y recuerdo que un viernes por la noche, mientras esperaba en el salón a que empezara la peli porno de Canal+ para hacerme una paja y así ahorrarme -a lo mejor- el mal trago de amanecer al día siguiente con las sábanas sucias, mi padre se levantó de la cama, resoplando. Dijo que había tenido una pesadilla. Sin mirarle oí cómo se sentaba en el sillón de eskai de al lado y empezaba a contar que en su sueño me había visto tendido inconsciente o muerto, no se atrevía a pronunciarse, en la orilla enfangada de un río que discurría casi en absoluto silencio a la luz de la luna. Entonces sí que giré la cabeza hacia él, y al azul pálido y fluctuante que brotaba de la pantalla me pareció mucho más viejo que la última vez que lo había visto, sólo un par de horas antes. Como si las canas hubieran colonizado hasta el último mechón de su pelo durante su fugaz sueño, como si sus arrugas le hubieran horadado la piel uno o dos milímetros en ese breve lapso de tiempo. Pero no dije nada. Él sí. Dijo que no identificaba el lugar. Nada. Ni el cielo, ni el río, ni los bosques que se extendían deshojados y entre telarañas de niebla, como víctimas de la onda expansiva de algún artefacto atómico, desde casi la misma orilla hasta donde su vista alcanzaba. Pero que eso era lo de menos porque lo que de verdad le había asustado lo bastante como para despertarle sudoroso era que al acercarse a mi cuerpo lo había descubierto esquelético y con una cara cadavérica que, sin dejar de ser la mía, al mismo tiempo se parecía antinaturalmente a la de nuestra madre. Y como siempre que escuchaba esa palabra, que la veía escrita en cualquier parte, que en clase nos explicaban los órganos humanos o que abría el armario donde el olor de su ropa aún se resistía a los efectos de la naftalina, pensé en ella. En cómo era. En su cara. Cada vez me costaba más recordar sus rasgos. Había noches que no pegaba ojo intentando darle forma a su rostro. Sí, era capaz de visualizar sus labios carnosos, su nariz de tabique un poco grueso pero bonita, sus enormes ojos marrones bajo esas cejas de curva perfecta. Pero cuando intentaba ubicar sus facciones en la masa informe de piel en que poco a poco pero sin solución el tiempo iba convirtiendo su cara, me sentía como un niño retrasado ante un Mister Potato. Un inútil incapaz de reproducir mentalmente lo guapa que había sido su madre. Un cabrón capaz de olvidarse tan pronto de algo tan bonito y tan importante. Así que maldije en silencio a mi padre y su estúpida historia por haber provocado que toda esa mierda se removiera en mi cabeza. Y por fastidiarme la película. Y también por no ser él quien hubiera muerto de cáncer de páncreas. Pero él no intuyó nada de lo que me estaba sacudiendo por dentro y lo único que hizo fue encenderse un cigarro y seguir hablando.

-Creo que la causa es que estoy preocupado por el trabajo -dijo después de dar unas cuantas caladas mirando al techo. El humo y el resplandor del televisor se mezclaban en el aire atribuyendo a los muebles, a los gestos, a mí, a mi padre y a sus palabras un contexto irreal. Al menos así lo recuerdo hoy: como una situación absurda, porque no podía dar crédito a lo que mi padre había empezado a decir y sabía que iba a seguir diciendo-. Ayer despidieron al tipo que he tenido al lado durante casi diez años.

Puede que esperara que le dijera algo, unas palabras de ánimo, un simple No te preocupes. Pero no lo hice. No dije ni hice nada en absoluto; no me apetecía consolar torpemente y sin atisbo de sinceridad a mi padre. Por mí, la fábrica de tractores en cuya cadena de montaje trabajaba podía volar por los aires con él dentro. Por mí le podía dar un infarto o una angina de pecho en ese mismo momento. Me resultaba inmoral hasta un punto nauseabundo que algo tan material, tan cuantificable y tan mesurable como sus apuros económicos fuera lo que le había despertado en plena noche. Quería oírle decir que en realidad todo aquello carecía de importancia en comparación con lo verdaderamente dramático, que seguro que eran simples artimañas de su subconsciente para intentar sepultar la muerte de su mujer. Mi madre. Quería que dijera que la echaba de menos, que ojalá la hubiera tratado mejor cuando tenía la oportunidad de hacerlo. Y que lo sentía mucho por mí. Pero lo cierto era que mis padres nunca se habían querido demasiado y me planteé la posibilidad de que, en efecto, a él no me doliera gran cosa lo que había sucedido. Me pregunté, incluso, si le había apenado más la muerte de aquel perro que según contaba cuando se emborrachaba había tenido de pequeño y que había sido atropellado por un tranvía. Y, justa o injustamente, me contesté que probablemente, que seguramente, que sin duda. De manera que pulsé el botón de on/off de la tele con la intención de irme a mi cuarto e intentar dormir un rato. Y si, como era de prever, no lo conseguía encendería la luz y me pondría a leer cómics o alguna novelita igual de fácil, de detectives, crímenes y agentes secretos. Y luego volvería a apagarla y escucharía durante horas la música de mi mp3. Y también ese programa de la radio al que llaman los insomnes para vomitar sus tragedias. Hasta que al amanecer por fin lograra dar una cabezada. Ésa era la rutina de las noches desde hacía un mes, y aquélla no tenía por qué ser una excepción. Lo malo es que nada más apagar la tele me arrepentí de haberlo hecho. Porque el silencio y la oscuridad en que se sumió la habitación debieron de hacerme bajar la guardia, soltarme, no sé, algo así. Y en lugar de irme a la cama me quedé sentado en el sofá notando cómo el zumbido iónico del tubo de imagen se iba desvaneciendo en mis oídos, viendo cómo la silueta de mi padre se definía poco a poco sobre la tenue fosforescencia anaranjada que el alumbrado público elevaba hasta nuestro quinto piso. Dándole, a fin de cuentas, la última oportunidad de decir algo digno sobre lo único verdaderamente bonito que habíamos tenido en la vida. No podía verle las arrugas, ni las canas, ni las ojeras, pero mientras esperaba el alivio de unas palabras que no llegó a pronunciar me invadió la certeza de que esa impresión de vejez que por primera vez me había transmitido mi padre hacía unos minutos había venido para quedarse. Que ya siempre sería así. Y que tampoco tenía mucho sentido enfadarse con un pobre viejo. Por eso no me dolió cuando dijo:

-¿Entiendes? El tipo era mi amigo. Sé que su mujer se llama Pilar. O puede que amparo. Da igual. Sé que tiene tres hijos y un perro. Y los jueves llevaba al trabajo arroz tres delicias en un tuper. A veces me ofrecía un poco. Y ahora me siento como en una de esas películas de campos de exterminio, cuando ponen a los judíos en formación y un oficial pasea entre ellos disparando en la sien a unos cuantos y dejando absurdamente vivos a los demás. Y culpables por haberse salvado.

Eso dijo.

Su cara permanecía invisible en la oscuridad. Lo único de él que alcanzaba a vislumbrar era su mano derecha iluminada por la chispa de la colilla, apoyada en el reposabrazos del sillón. Pero me pareció notar que desclavaba la vista del techo y me miraba a través de la negrura al añadir, con un susurro que estaba a la misma distancia de denotar tristeza que vergüenza o que resignación:

-Así me siento últimamente: bastante solo.

Y a fecha de hoy, quince años después, aún no tengo claro si ese diagnóstico, confesión o llamada de socorro que mi padre me reveló aquella noche tenía algo que ver con el hecho de que mi madre ya no estuviera. Pero quiero pensar que sí. Al fin y al cabo, de eso se trata: de confiar en quien quieres, aunque no haya motivo racional para hacerlo (ninguna de las dos cosas). Por eso, supongo, cuando las cosas se tuercen más de la cuenta en mi vida, cuando sobrevienen esas noches de hundimiento en las que otros lanzan sus gritos de auxilio a través de las ondas de una emisora de radio, yo llamo a mi padre. Vive solo y sigue pasándose con la bebida. No tardará mucho en desnucarse en la bañera. Así que sí, cada dos o tres meses le llamo y hablamos un rato. De tonterías. Nada serio. Mujeres, sexo, trabajo. Y a veces, muy pocas, de mi madre. Y, a diferencia de aquella noche tan lejana, al despedirme le deseo buenas noches.

06
Abr
09

Humo

El otro día decido dejar de fumar. Suelo hacerlo justo cuando acaba el fin de semana, cuando el ruido cesa y me oigo más a mí mismo. Me oigo tanto, fiu-pss-shh-jrumpf, que me es imposible obviar lo difícil que me resulta respirar. Hace tiempo que no es un acto reflejo. Me exige un esfuerzo consciente. Extenuante, exasperante. Es como una señal de alerta permanentemente activa en mi cerebro, emitiendo su bip-bip de emergencia en una frecuencia ultra o infrarreal. Porque aunque tamborilee con los dedos en la barra, le pida un cortado a la camarera, me fije en la caspa que recubre sus hombros y mis sentidos también capten el pis reseco del viejo que está sentado en el taburete de mi izquierda, algo que a fuerza de costumbre se ha convertido en otro más de mis instintos calcula con precisión mis bocanadas de aire para que las agujas no se me claven en los costados y en el pecho y en la espalda. Y determina el punto exacto hasta el que puedo extender el brazo derecho para coger el café, porque el hombro me duele como si lo tuviera dislocado. Igual es eso. O que he cogido un poco de frío. Pero es que hace unos días leí en internet un artículo sobre el Síndrome de la Vena Cava y me asusté un poco. Porque aunque estar en este bar de mierda de barrio de mierda a las seis de la mañana no sea gran cosa supongo que es mejor que estar muerto. Porque, para decirlo claro, soy tan cobarde como el resto y quiero arrastrarme por aquí un tiempo más. Es lo que pienso mientras veo cómo el domingo amanece con destellos de luz turbia en las antenas y en la pintura impermeable de los pasos de cebra. Tres empleados del servicio de recogida de basuras entran en el bar y durante un instante lo llenan todo de un increíble amarillo fosforescente. Es bonito. Me distraigo un segundo. Alguien vestido así puede ser cualquier cosa. Se me ocurren mil posibilidades y eligo una. Y el dolor no desaparece, pero se atenúa. Pero enseguida uno de ellos se acerca a la barra y pide en mi idioma y con voz humana dos litros de cerveza y bocadillos grasientos para almorzar o comer o cenar o lo que sea que les toque en función de su horario laboral. Y la ilusión de que un escuadrón extraterrestre haya parado a abastecerse en mi bar de todos los sábados-domingos se desvanece a la vez que un punzón invisible me atraviesa rápido y sin sangre de lado a lado. Debo tener más cuidado. Los tres hombres parecen un par de décadas mayores que yo. Deberían preocuparse por su colesterol, tal y como enseña -de paso- ese anuncio en el que una pareja homosexual discute al respecto mientras friega los platos, pero ya tienen los mentones chorreando tocino y parecen completamente felices a pesar de padecer sobrepeso y tener desperdicios orgánicos pegados a los camales. Me pregunto si cuando tenga su edad cuidaré mi dieta. Me pregunto si seré feliz entonces. Aunque las respuestas que me vienen dejan de tener importancia cuando me pregunto si alcanzaré su edad. Pido otro cortado y lo remuevo largo rato en el sentido de las agujas del reloj y después en el contrario. Luego doy un sorbo y ocupo las manos convirtiendo en bolas diminutas y muy prietas un buen montón de servilletas de papel. Ya no sé dónde ponerlas. Entonces el hermano y hermano de la camarera y dueña del bar sale por la pequeña puerta que conecta el fondo del local con su almacén, cargado con una caja de tónica schweppes demasiado recubierta de polvo como para ser parte de un lote dentro de su plazo de consumición. Me alegro de verle; a la velocidad que se desplaza tardará un minuto largo en recorrer los escasos diez metros que lo separan del mostrador. Y, como tantas otras veces, mantendrá parte de mi atención ocupada durante ese tiempo. Creo que se llama Paco. O Pepe. Un nombre así. Lo conozco desde que a principios de los noventa instalaron aquí una máquina de pinball. Venía con mis amigos. Un buen montón de chavales sin nada en común aparte de amistad. Quiero creer que amistad. Ahora no sé dónde está ninguno de ellos. Puede que me haya perdido algún bautizo o algún entierro. El caso es que en aquella época el tipo aún caminaba como una persona normal. Únicamente tenía unos cuantos tics faciales que divertían el tiempo de los que esperaban su turno para jugar. Ahora se mueve a pasos tan cortos que no pueden llamarse pasos y las extremidades y la cabeza le tiemblan como si una calambrazo constante le recorriera la espina dorsal. Su hijo, de unos veinte, ya ha empezado a manifestar los síntomas de la enfermedad y hace ya unos cuantos meses, tal vez más de un año, que no lo he visto por aquí. La última madrugada que coincidí con él se le cayó al suelo media docena de huevos y se escabulló ya con cierta torpeza tras la cortinita que da acceso a la cocina. Todos los presentes le oímos llorar bajito, imaginado al menos yo las cucarachas que estaría viendo emerger del sumidero a través de sus ojos licuados. Probablemente hasta le acompañó alguna rata gris en su tristeza. Pero nadie dijo nada. Nadie hizo más que seguir con lo que hacía, ya fuera apurar un sol y sombra o intentar llevarse el bote de la tragaperras. Ni siquiera su madre. Ella y las demás mujeres de la familia no padecen el mal o no lo han desarrollado, pero es fácil darse cuenta de que son tan desgraciadas como ellos. Quizá más. Y quizá precisamente por eso a la camarera le importe una mierda llevar el pelo sucio, no se ponga antiojeras y le dé igual combinar el azul marino con el negro. Me cae bien esta mujer, pienso al pedirle el tercer café y reparar en los sabañones de sus manos. Me gusta y me tranquiliza en cierto modo que su cara parezca atraída hacia el centro de La Tierra por un peso irresistible, que esté en consonancia con la caída libre que intuyo que es su vida. Que no haya en ella cabida para un solo movimiento muscular dedicado a falsear la contundencia de su situación. Me gusta pero también pienso que nunca se lo diré porque se la traerá floja y con razón. Así que dejo de observar sus rasgos derretidos y uso mis dedos durante minutos y minutos para enfriar mi taza a base de darle vueltas. Sin embargo, la fuerza de mi adicción empieza a imponerse sobre mis técnicas de autoayuda/autoengaño, y antes de darme cuenta estoy diciéndole a la mujer que me dé cambio. Estoy a punto de pedírselo a su hermano tullido, simplemente para dilatar unos instantes el enésimo fracaso de mi voluntad. Pero la comodidad y la prisa y la indiferencia hacen que me decante por lo rápido y lo fácil. Y me planto ante la máquina de tabaco sin el menor remordimiento. Introduzco por la ranura dos euros con sesenta céntimos mientras miro a través de la cristalera del bar, a través de sus berberechos y paellas chillonamente pintados sobre el vidrio, a través de los conos de extraños colores que crea el alba al mezclarse con la luz naranja de las farolas de la calle y sobre todo a través de mis pupilas descreídas. En la acera de enfrente la propaganda de la marquesina del autobús anuncia una feria de diseño que se celebrará la semana que viene en la capital del país. Y una familia se sube al coche rumbo al apartamento de la playa o al chalé de la montaña. Parecen contentos pese a lo temprano de la hora. Parecen cosas de otra galaxia vistas desde aquí. Me parecen cuentos bonitos, como los que ganan concursos. Por suerte un pinchazo intercostal me trae de vuelta. Al humo. Al ruido. A todo eso.




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