Estáis los dos. Andando por la calle. Viniendo de o yendo a. A estas horas de la noche nunca se sabe. Estáis tu amigo y tú. Aunque quizá lo justo sea decir que sois tres. Porque el barril también va con vosotros. Y el barril siempre cuenta. Aunque sea más pequeño de lo que os gustaría. Aunque ya esté prácticamente eviscerado. Aunque no queden más que unas cuantas gotas doradas y perfectas danzando en sus tripas. El barril está. Y sí: cuenta. Y mucho. De hecho, es fundamental. Para vivir. Para ir viviendo, que no es exactamente lo mismo. En fin, ahí está. Casi vacío y medio muerto bajo el brazo derecho de tu amigo. Flotando entre tú y él paso tras paso como una diminuta nave espacial aterrizada de emergencia en este puto planeta o como una de esas lámparas antiguas que alberga-ba-n genios. Un tercero en discordia precioso y silencioso que nunca pregunta ni toca los cojones. Un milagro de bondad y generosidad y comprensión líquidas de tal calibre que parece sacado de una peli de ciencia-ficción o de fantasía. Eso parece. Pero en realidad es algo muy concreto y catalogable y vendible y comprable y toda esa mierda. Algo que no tiene nada de maravilloso. Simplemente es el nexo de unión que tu amigo y tú compráis cada sábado por la mañana y metéis en la nevera para que se vaya enfriando. Un punto en común de 280 mm de altura y 175 mm de diámetro de deslumbrante aluminio arañado. Un refugio de 5 litros de capacidad y 5,5 kilos de peso. Con un cartucho integrado de dióxido de carbono. Con un sistema refrigerante de 12 horas de autonomía. Y con una válvula de control que mantiene la presión a 1.0 bar. Resumiendo, un remanso de paz portátil con todo lo necesario para poder beber auténtica y muy-muy fría cerveza de barril en cualquier metro de la ciudad. Donde os dé la gana. Con todo lo necesario para poder perderse un poco en cualquier metro cuadrado de la ciudad. Donde lo necesiteis. Con todo o casi todo lo necesario para poder seguir moviéndoos un rato más bajo lo que parece el aplastamiento de un millón de atmósferas.
Y ésa es la conversación más larga que he tenido hoy, oyes de pronto decir a tu amigo. Como desde lejos. Como desde el otro extremo del mundo. Es lo que tiene el alcohol. Comprarle x cervezas marcablancademercadona al okupita de turno hasta que os quedáis sin dinero. Y luego vaciar el barril con el que salís de casa los sábados por la noche para alargarla un poco más de lo que os permiten vuestros bolsillos. Es lo que tiene el alcohol: que con la dosis suficiente todo parece maravillosamente distante. Por eso no te sorprende ser incapaz de recordar a qué se refiere tu amigo cuando dice Y ésa es la conversación más larga que he tenido hoy. Sólo recuerdas que ibais hablando y hablando. Unas veces tú a él, otras él a ti. Entre trago y trago. Por el casco antiguo de la ciudad. Bajo farolas de diseño pero que intentan mantener la estética decimonónica que los turistas presuponen que debe tener esta parte de tu mundo. Sobre vómitos de gente que no quiere emborracharse de verdad, olvidar de verdad. Entre las zanjas que el PlanE ha abierto en tu paisaje para hacértelo aún más impracticable. Así que comprendes que en cierto momento has perdido el hilo. Sin querer o adrede. Probablemente adrede. Qué más da. El caso es que has perdido el hilo y las palabras de tu amigo podrían referirse a cualquier cosa. A cuando tu madre te llama y te pregunta si has cenado bien. A cuando tu hermano te llama y te pregunta si te apetece ir a su casa a ver el fútbol. A cuando uno de tus amigos te llama y te pregunta si te encuentras bien. Sí. No. Bien. Optas por la respuesta que menos preguntas secundarias te va a generar, te despides, cuelgas y sigues respirando, fumando, cagando, escribiendo o lo que sea que estuvieras haciendo. Conversaciones breves y huidizas. Cruces de palabras que en realidad ni siquiera alcanzan la categoría de conversaciones pero que constituyen pruebas de vida. La constatación agridulce de que hay gente que cree que aún formas parte del mundo. Dulce porque al fin y al cabo tu genética dice que eres un ser humano y es agradable recibir cierto calor. Y agria por las contraprestaciones que se te reclama por ello. Aunque no tengas gran cosa que ofrecer. Te las reclaman.
Así que querrán que les cuentes qué tal tu vida a cambio de seguir considerándote protagonista secundario de la suya. Querrán oírte decir, por ejemplo, que el mundo es una mierda pero que aún lo es más cuando no tienes un céntimo y que por eso esta mañana has hecho una entrevista para trabajar en el puto Círculo de Lectores. Y arderán en deseos de conocer todos los detalles. Querrán que les digas que has tenido que soportar la visión de un escuadrón de comerciales haciendo piña en el hall de la empresa antes de salir a venderlo Todo. Ver cómo juntaban las manos en el centro del corro y oír las consignas de ánimo que exclamaban a gritos, en plan equipo de fútbol. Y mientras tus interlocutores de turno se ríen contigo o de ti te pedirán que sigas, que no pares, que qué más. Y les dirás que luego has entrado a un despachito y un mascachapas de veinticinco años te ha mirado de pies a cabeza desde debajo de sus cejas depiladas como queriendo adivinar si tienes perfil comercial incluso antes de hacerte una sola pregunta. Y que te has sentado delante de ese tipo en una silla de plástico naranja vieja como las que hay en los centros de salud. Y continuarás diciéndoles que mientras la parte sensata de tu cerebro le explicaba a tu -en el mejor de los casos- futuro jefe las razones por las que te sientes plenamente capacitado para lamerle las suelas de los zapatos si te contrata el resto de tu cerebro no podía dejar de pensar cuántos mocos y chicles resecos habría pegados bajo tu asiento. Cuánta angustia vital. Cuántas vidas tristes habrían pasado por esa silla antes que tú y cuántas pasarían después.
Sí, querrán que les cuentes todo eso. Y cuando lo hagas se reirán contigo o se reirán de ti pero sobre todo se estarán muriendo de ganas de que les preguntes Bueno, y tú qué. Y vosotros qué. Y entonces empezarán a hablar y ya no habrá forma humana de detenerlos. Y tendrás que poner tu mejor cara cuando viertan sobre ti toda la luz de sus vidas. Estirar la sonrisa hasta que te raje los labios cuando te digan que les han ascendido en el trabajo o que les han concedido una beca para estudiar cualquier gilipollez en un bonito país. O fruncir el ceño fingiendo rabia si se quejan de su mala suerte por no haber conseguido que la promotora les dé ese piso de 400.000 euros orientado al este, tal y como querían. Tendrás que aprender a exclamar con convicción Joder, un piso hacia el oeste… qué tragedia.
Y cuando el ejercicio de exhibición finalice volverán a reírse contigo o de ti. Te dirán que tienen una pareja de conocidos que busca a alguien decente para cuidar de sus hijos los sábados por la noche mientras ellos asisten a inauguraciones de galerias de arte moderno. Te dirán Oye, no está tan mal comparado con el trabajo ese de despiece de pollos que te llegó el otro día por infojobs. Cuéntanoslo, cómo era, jijijaja. Y se reirán contigo o de ti. Querrán saber más, comparar más.
Les encantaría, por ejemplo, que les contaras lo que acabas de recordar: el porqué de la frase de tu amigo. La razón de Y ésa es la conversación más larga que he tenido hoy. Que les cuentes lo que él te ha contado: que estás durmiendo y suena el teléfono a las 8 de la mañana. Que lo coges y una voz femenina dice ¿Eustiquio? Y respondes ¿Cómo? ¿Qué? Y la voz dice ¿Eres Eustiquio? Y contestas No, gracias a dios, no soy Eustiquio. Y la mujer dice Perdone. Y que ésa es la conversación más larga que has tenido hoy.
Querrán saberlo. Pero es mejor que no se lo digas.
Cada vez queda menos gente capaz de entender el mérito que tiene seguir pareciendo una persona cuando no eres nada.