Archivos para Junio 2009

25
Jun
09

Eustiquio y tú

Estáis los dos. Andando por la calle. Viniendo de o yendo a. A estas horas de la noche nunca se sabe. Estáis tu amigo y tú. Aunque quizá lo justo sea decir que sois tres. Porque el barril también va con vosotros. Y el barril siempre cuenta. Aunque sea más pequeño de lo que os gustaría. Aunque ya esté prácticamente eviscerado. Aunque no queden más que unas cuantas gotas doradas y perfectas danzando en sus tripas. El barril está. Y sí: cuenta. Y mucho. De hecho, es fundamental. Para vivir. Para ir viviendo, que no es exactamente lo mismo. En fin, ahí está. Casi vacío y medio muerto bajo el brazo derecho de tu amigo. Flotando entre tú y él paso tras paso como una diminuta nave espacial aterrizada de emergencia en este puto planeta o como una de esas lámparas antiguas que alberga-ba-n genios. Un tercero en discordia precioso y silencioso que nunca pregunta ni toca los cojones. Un milagro de bondad y generosidad y comprensión líquidas de tal calibre que parece sacado de una peli de ciencia-ficción o de fantasía. Eso parece. Pero en realidad es algo muy concreto y catalogable y vendible y comprable y toda esa mierda. Algo que no tiene nada de maravilloso. Simplemente es el nexo de unión que tu amigo y tú compráis cada sábado por la mañana y metéis en la nevera para que se vaya enfriando. Un punto en común de 280 mm de altura y 175 mm de diámetro de deslumbrante aluminio arañado. Un refugio de 5 litros de capacidad y 5,5 kilos de peso. Con un cartucho integrado de dióxido de carbono. Con un sistema refrigerante de 12 horas de autonomía. Y con una válvula de control que mantiene la presión a 1.0 bar. Resumiendo, un remanso de paz portátil con todo lo necesario para poder beber auténtica y muy-muy fría cerveza de barril en cualquier metro de la ciudad. Donde os dé la gana. Con todo lo necesario para poder perderse un poco en cualquier metro cuadrado de la ciudad. Donde lo necesiteis. Con todo o casi todo lo necesario para poder seguir moviéndoos un rato más bajo lo que parece el aplastamiento de un millón de atmósferas.

Y ésa es la conversación más larga que he tenido hoy, oyes de pronto decir a tu amigo. Como desde lejos. Como desde el otro extremo del mundo. Es lo que tiene el alcohol. Comprarle x cervezas marcablancademercadona al okupita de turno hasta que os quedáis sin dinero. Y luego vaciar el barril con el que salís de casa los sábados por la noche para alargarla un poco más de lo que os permiten vuestros bolsillos. Es lo que tiene el alcohol: que con la dosis suficiente todo parece maravillosamente distante. Por eso no te sorprende ser incapaz de recordar a qué se refiere tu amigo cuando dice Y ésa es la conversación más larga que he tenido hoy. Sólo recuerdas que ibais hablando y hablando. Unas veces tú a él, otras él a ti. Entre trago y trago. Por el casco antiguo de la ciudad. Bajo farolas de diseño pero que intentan mantener la estética decimonónica que los turistas presuponen que debe tener esta parte de tu mundo. Sobre vómitos de gente que no quiere emborracharse de verdad, olvidar de verdad. Entre las zanjas que el PlanE ha abierto en tu paisaje para hacértelo aún más impracticable. Así que comprendes que en cierto momento has perdido el hilo. Sin querer o adrede. Probablemente adrede. Qué más da. El caso es que has perdido el hilo y las palabras de tu amigo podrían referirse a cualquier cosa. A cuando tu madre te llama y te pregunta si has cenado bien. A cuando tu hermano te llama y te pregunta si te apetece ir a su casa a ver el fútbol. A cuando uno de tus amigos te llama y te pregunta si te encuentras bien. Sí. No. Bien. Optas por la respuesta que menos preguntas secundarias te va a generar, te despides, cuelgas y sigues respirando, fumando, cagando, escribiendo o lo que sea que estuvieras haciendo. Conversaciones breves y huidizas. Cruces de palabras que en realidad ni siquiera alcanzan la categoría de conversaciones pero que constituyen pruebas de vida. La constatación agridulce de que hay gente que cree que aún formas parte del mundo. Dulce porque al fin y al cabo tu genética dice que eres un ser humano y es agradable recibir cierto calor. Y agria por las contraprestaciones que se te reclama por ello. Aunque no tengas gran cosa que ofrecer. Te las reclaman.

Así que querrán que les cuentes qué tal tu vida a cambio de seguir considerándote protagonista secundario de la suya. Querrán oírte decir, por ejemplo, que el mundo es una mierda pero que aún lo es más cuando no tienes un céntimo y que por eso esta mañana has hecho una entrevista para trabajar en el puto Círculo de Lectores. Y arderán en deseos de conocer todos los detalles. Querrán que les digas que has tenido que soportar la visión de un escuadrón de comerciales haciendo piña en el hall de la empresa antes de salir a venderlo Todo. Ver cómo juntaban las manos en el centro del corro y oír las consignas de ánimo que exclamaban a gritos, en plan equipo de fútbol. Y mientras tus interlocutores de turno se ríen contigo o de ti te pedirán que sigas, que no pares, que qué más. Y les dirás que luego has entrado a un despachito y un mascachapas de veinticinco años te ha mirado de pies a cabeza desde debajo de sus cejas depiladas como queriendo adivinar si tienes perfil comercial incluso antes de hacerte una sola pregunta. Y que te has sentado delante de ese tipo en una silla de plástico naranja vieja como las que hay en los centros de salud. Y continuarás diciéndoles que mientras la parte sensata de tu cerebro le explicaba a tu -en el mejor de los casos- futuro jefe las razones por las que te sientes plenamente capacitado para lamerle las suelas de los zapatos si te contrata el resto de tu cerebro no podía dejar de pensar cuántos mocos y chicles resecos habría pegados bajo tu asiento. Cuánta angustia vital. Cuántas vidas tristes habrían pasado por esa silla antes que tú y cuántas pasarían después.

Sí, querrán que les cuentes todo eso. Y cuando lo hagas se reirán contigo o se reirán de ti pero sobre todo se estarán muriendo de ganas de que les preguntes Bueno, y tú qué. Y vosotros qué. Y entonces empezarán a hablar y ya no habrá forma humana de detenerlos. Y tendrás que poner tu mejor cara cuando viertan sobre ti toda la luz de sus vidas. Estirar la sonrisa hasta que te raje los labios cuando te digan que les han ascendido en el trabajo o que les han concedido una beca para estudiar cualquier gilipollez en un bonito país. O fruncir el ceño fingiendo rabia si se quejan de su mala suerte por no haber conseguido que la promotora les dé ese piso de 400.000 euros orientado al este, tal y como querían. Tendrás que aprender a exclamar con convicción Joder, un piso hacia el oeste… qué tragedia.

Y cuando el ejercicio de exhibición finalice volverán a reírse contigo o de ti. Te dirán que tienen una pareja de conocidos que busca a alguien decente para cuidar de sus hijos los sábados por la noche mientras ellos asisten a inauguraciones de galerias de arte moderno. Te dirán Oye, no está tan mal comparado con el trabajo ese de despiece de pollos que te llegó el otro día por infojobs. Cuéntanoslo, cómo era, jijijaja. Y se reirán contigo o de ti. Querrán saber más, comparar más.

Les encantaría, por ejemplo, que les contaras lo que acabas de recordar: el porqué de la frase de tu amigo. La razón de Y ésa es la conversación más larga que he tenido hoy. Que les cuentes lo que él te ha contado: que estás durmiendo y suena el teléfono a las 8 de la mañana. Que lo coges y una voz femenina dice ¿Eustiquio? Y respondes ¿Cómo? ¿Qué? Y la voz dice ¿Eres Eustiquio? Y contestas No, gracias a dios, no soy Eustiquio. Y la mujer dice Perdone. Y que ésa es la conversación más larga que has tenido hoy.

Querrán saberlo. Pero es mejor que no se lo digas.

Cada vez queda menos gente capaz de entender el mérito que tiene seguir pareciendo una persona cuando no eres nada.

08
Jun
09

Tan en el primer mundo

Justo encima del supermercado que abastece de todo lo necesario para vivir a esta parte de esta parte de la ciudad. Aquí vivo. Justo encima de la salida de sus conductos de ventilación. Un metro o un metro y medio por encima de esas rejillas que no paran ni un momento de elevar hacia mi casa chorros de aire frío en invierno y de aire caliente en verano. Aquí intento dormir. Porque son las cuatro de la madrugada de un día de junio y siguen zumbando, vomitando sin tregua nubes invisibles de calor. Para que mañana el primer cliente que entre se encuentre fresquito y a gusto y hacer la compra no le suponga el menor esfuerzo. Nunca lo he tenido en las manos pero estoy seguro de que hay un manual de protocolo para cada establecimiento de esa cadena de alimentación. Y de las demás. Un protocolo cuyo punto X precisa a qué temperatura debe mantenerse la atmósfera de la tienda. Lo visualizo perfectamente. Impreso en Times New Roman con el 21º en negrita. Y me siento tan en el primer mundo… A oscuras en este cuarto, transpirando insomne, rodeado de aparatos electrónicos y aparatos informáticos. Tan en el primer mundo. Me levanto y contribuyo a aumentar mi particular ola de calor encendiendo el ordenador. Infojobs me ha mandado un email. Esta noche el mundo me ofrece ser vendedor de libros a puerta fría. Anoche reponedor en una gran superficie treinta kilómetros al oeste. Mañana algo por el estilo. Y sudo un poco más. Mi compañero de piso también me ha mandado un email. Desde su país natal. Europeo, por supuesto. Dice que se ha ido por unos días a su tierra porque tenía cita con el dentista. Y me siento tan en el primer mundo… Con los dientes y los pulmones manchados de tabaco, sin saber dónde coño he puesto la tarjeta SIP. Tan en el primer mundo. Debajo de la pila del lavabo sólo hay frascos de aftershave y cremas exfoliantes y gomina-efecto-mojado. Todo lo necesario para ser un buen italiano. Ni rastro de analgésicos, antidepresivos o somníferos. Ni una simple aspirina. Nada de lo que se necesita para ser un buen nadie. Así que me miro un rato las ojeras en el espejo sucio de gotitas de pasta de dientes y vuelvo a mi burbuja cúbica de calor o fiebre. Podría mirar las gilipolleces ajenas en Facebook. O podría abrir el Word y escribir algunas propias. Pienso en Saroyan. Pienso en Carver. Pienso en Ford. Y me doy vergüenza. Y ése es el sentimiento del que intento huir al poner en marcha el reproductor de música y sumergirme en la inofensiva posmodernidad de mi muro, los de mis amigos y los de gente que ni siquiera conozco. Y me siento tan en el primer mundo… Relleno uno de esos estúpidos tests virtuales. Con qué celebridades vivas o muertas te gustaría emborracharte. Pongo el primero a Bukowski porque es el único que añado sinceramente a la lista. Aunque supongo que nadie se preguntará Por qué cuando lo vea por la mañana en su pantalla. Tan en el primer mundo. Es más importante salvarle la vida al gato atropellado, caído, pateado o nada más que abandonado que lleva cinco minutos quejándose sin tristeza ni miedo en algún lugar de esta calle, simplemente quejándose como el animal que es. Así que no tarda nada en llegar una camioneta del servicio de animales municipal. Y me siento tan en el primer mundo… Cuando el hombre se tumba sobre el asfalto sucio y mete medio cuerpo debajo de un coche para salvar a un gato herido. Cuando una mujer y su hijito aplauden desde su ventana el éxito de la operación de rescate. Tan en el primer mundo.

05
Jun
09

Todo está conectado

Dejé de ir a trabajar una mañana como cualquier otra. No fue algo premeditado. Había pasado un mes y creía o quería creer que estaba un poco mejor. Que todo estaba un poco mejor. Así que volvía a esperar el bus en la parada igual que tantas veces. Pero cuando vi el 8 acercarse rojo muy rojo y enorme no tuve valor para meterme en sus tripas. De pronto las imaginé oscurísimas y silenciosas y forradas de imitación de seda verde oliva o granate. Siniestras. Ahora supongo que en el fondo sabía que aquélla no era una mañana como cualquier otra. Y también supongo que me resistía a aceptarlo. Quería que la vida y sus cosas siguieran su curso habitual como si nada. Volver al trabajo y ver a los compañeros y al camarero del bar donde almorzaba con el resto de la cuadrilla. Hundir de nuevo la cabeza en los ruidos de la fábrica y de lo de fuera de la fábrica y dejar de oírme a mí y a mí. Atender a las voces familiares o de cualquiera que se cruza en la calle diciendo alguna estupidez o lo más sabio jamás pronunciado. Percibir los olores y los colores. Reaccionar ante las preocupaciones del mundo de siempre. Recordar las fechas significativas. Alegrarme cuando mi equipo ganara. Intentar cambiar de vida jugando a la primitiva. Molestarme en mirar el buzón al regresar a casa. Prestar atención al pronóstico del tiempo. Comprender otra vez el sentido y la utilidad de las luces de los semáforos. Dar los buenos días a mi familia. Limpiar la taza del váter. Quería volver a hacer todas esas cosas que te diferencian de los animales o de los muertos. Pero me quedé inmóvil bajo la marquesina y dejé que el autobús pasara de largo mientras yo recitaba por primera vez en mi vida una oración o al menos lo más parecido a una oración que me cruzó por la cabeza. Recordé el entierro. Recordé todos los entierros a los que había asistido. Y pasó ante mis ojos una película llena de fotogramas llenos de apergaminados labios de curas pronunciando palabras de consuelo que sin embargo sólo consiguieron darme miedo y pena y ganas de vomitar o de cortarme las venas. Y aun así repetí esas frases mágicas mentalmente viendo alejarse el 8. Sintiéndome en deuda con él. Sintiendo que le debía la vida. Sacando de algún sitio la esperanza de que de verdad tuvieran el poder de levantar a Lázaro. Pero el bus desapareció al doblar la esquina sin que nada hubiera cambiado. Y supe que el 8 se había ido para siempre. Que ya no volvería. Ni daría lugar al 9 y al 10 y etcétera. Y que aquélla no era una mañana como cualquiera. Que era la primera de mi nueva vida. Sucedáneo de vida. Una nueva era horrible y cargada de dolor y que por supuesto se haría demasiado larga. Un simulacro de existencia en el que el 8 sería un símbolo maldito. La hora a la que sería imposible dormirse o despertarse. No poder volver a ver la peli de Fellini. La nota que el otro crío que ya siempre sería sólo el otro crío no me podría traer nunca escrita en un examen para que se la firmara. Porque El Crío que monopoliza mi pensamiento se murió a los ocho. Un domingo mientras yo veía el fútbol por la tele. Así que ahí en la parada como un gilipollas supe que también iba a tener que odiar a los futbolistas que lucieran ese número y el fútbol en su conjunto. Desde las superestrellas del balón hasta los niños que cosen para Nike en el sudeste asiático. Y el rastro que montan los domingos en el centro. Las parrilladas en el campo. Los suplementos dominicales. Y las tiendas que fingen preocuparse por ti poniendo carteles indicando que abren ese puto día y todos los festivos. Odiar a muerte la pasta italiana y a Berlusconi y cualquier cosa, persona y animal relacionada con ese país. Porque estábamos empezando a preparar los tallarines. Aún éramos cuatro en la cocina. El telefonillo sonó. Alguien insignificante pero cuya muerte deseo con todas mis fuerzas se había ido a pasar el domingo a su caseta de campo y nos traía naranjas o melocotones o alguna de esas cosas dulces de colores que ya no puedo probar. Dijo que tenía el coche aparcado en doble fila así que ella y el otro crío bajaron a recoger el detalle. Y yo me acerqué al comedor para ver los últimos minutos del partido. Se nos olvidó. Son cosas que pasan, supongo. Cosas que pasan que no deberían pasar. Se nos olvidó durante medio minuto y fue tiempo más que suficiente para que el agua hirviendo en el cazo acabara sobre la pequeña cabeza. Gritó un momento. Luego ya no pudo. Tenía la cara derretida y su boca ya no era una boca. Los labios pegados el uno al otro. Fundidos. Derretidos. Como el resto de su cara. Y ese cráneo desollado que parecía una manzana asada absurdamente recubirta de tallarines incandescentes. También detesto las manzanas asadas, claro. Y las ferias ambulantes llenas de luces y música y otros niños divirtiéndose. También los odio. Todo está conectado.




calendario

Junio 2009
L M X J V S D
« May   Jul »
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
2930  

buscador

… y esto

Desde dónde me visitáis…