Archivos para 16 febrero 2011

16
feb
11

Ascenso en picado

Hay un hombre a tres mil metros sobre el nivel de mar. La población más cercana queda un kilómetro y medio por debajo de su posición. Y tendría que ascender quinientos metros más para pasar la noche en el refugio que no sale en su mapa pero que según le juraron en el bar de allá abajo construyeron el año pasado. Sin embargo, para cuando lo alcanzara ya sería de día. Así que va a tener que dormir dentro de la tienda de campaña.

Se está preparando la cena. Unos polvos mágicos que se transformarán en sopa supervitaminizada al entrar en contacto con el agua que empieza a hervir en el cazo sobre el hornillo. Ojalá todas las mezclas fueran tan sencillas y perfectas. Ese deseo y el calorcillo del fuego le relajan un momento pero solo el tiempo preciso para que el contraste se imponga obligándole a percibir el viento que agita el plástico por todas partes con un flap-zzrup-floop etcétera que no deja resquicio al silencio. El tiempo preciso para que se dé cuenta de verdad de dónde se encuentra.

Y entonces, durante un instante, siente ese miedo primario que en puridad solo los niños pueden sentir. Se imagina fosforescentes manos huesudas golpeando la tienda. Se imagina bocas de dientes descarnados haciendo ventosa contra el aislante. Y luego el viento aúlla con una fuerza aún más salvaje y el hombre siente un escalofrío y se pregunta hasta qué punto está seguro de que el último lobo de la zona pisara el cepo de un furtivo casi una década atrás. Tal vez su miedo se deba a que cuando el cielo se convirtió por completo en noche lo único que se veía era un mar de nubes grises y negras y alguna aquí y allá del color púrpura de los ojos tras las hostias y que estaba a años luz de resultar bonita. Se pregunta qué probabilidades tiene de ser alcanzado por un rayo. Y qué probabilidades tiene de sobrevivir si tal cosa llega a ocurrir. Le suena que una vez lo supo, que lo acertó durante una partida de Trivial jugada hace mucho tiempo. Una tarde de verano con cerveza helada y crepes de chocolate y música que salía de un radio-cassette, cuando todo era mucho más fácil o al menos lo parecía. Y ahora le invade la certeza de la inutilidad de muchas de las cosas que ha aprendido. O que ha llegado a saber por una razón u otra. Todo inútil ahora, aquí arriba, temblando de frío y asustado por terrores infantiles y por la brutal contundencia de saber que su mujer se muere en la cama de la habitación 308.

Le gustaría llamarla, pero faltan años para que se invente el móvil. Bueno, lo cierto es que ya está inventado pero, más allá de los usos militares, solo está al alcance de un puñado de altísimos ejecutivos. Además, aunque sus ganas de hablar con ella son tan fuertes que no le dejarán dormir en toda la noche y se jugaría la vida encantado bajando a toda velocidad hasta el pueblo, tiene que cumplir lo que le prometió. Es ahora o nunca. Un par de semanas como mucho, le susurró el doctor en un aparte. En el pasillo de la tercera planta, junto a una máquina de cafés que zumbaba y vibraba sin mostrar el menor respeto por la situación. En medio de visitantes que entraban y salían de las habitaciones con ramos de flores y sonrisas gigantescas y periódicos bajo el brazo, como si la actualidad conservara algún sentido cuando detrás de la puerta se muere la gente.

Así que es ahora o nunca. Tiene que coronar la montaña mañana y fotografiar el paisaje por última vez. Y en esta ocasión solo. Luego le llevará las fotos al hospital. Y a ella le encantarán, seguro. Dirá que cada vez hay menos verde y más cemento en el valle pero que aún así es el rincón más bonito que jamás verá. Y esta vez será absolutamente cierto. Pero él no sabe si puede hacer todo eso sin fantasear demasiado con la idea de cortar la cuerda en pleno ascenso. No, no sabe si puede hacerlo. Ni si debe hacerlo. Ni siquiera sabe si quiere contribuir de un modo tan activo al punto final. Y el agua ya hace tiempo que se ha enfriado y lo cierto es que da igual porque no tiene apetito y lo que de verdad le gustaría es quedarse ahí sentado, con el frío y los monstruos y lo irreversible al otro lado del plástico protector. Pero eso es imposible. En cuanto se haga de día tendrá que ponerse en marcha hacia la cima porque sabe que de no hacerlo le esperarán todavía muchas más noches de insomnio que las que ya tiene concertadas hasta el día que se muera.

12
feb
11

A la cola

Mira las zapatillas del viejo de delante y sin ningún sentido se acuerda de la otra noche. Cenando en casa de una pareja de amigos. El quemador de incienso recién traído de Marruecos humea en un rincón. Y un gato persa con nombre de divinidad hindú duerme o muere sobre un puff violeta. Por lo demás, muebles de Ikea, cerámicas hechas por ella y cuadros pintados por él. Todo en sus ratos libres, claro, porque de lo que les gusta es imposible vivir y son lo bastante maduros para adaptarse a las circunstancias. El caso es que parecen llevarse bien. Muy bien. Cualquiera podría atreverse, incluso, a decir que son una pareja feliz. Durante gran parte de la conversación la pareja se alaba mutuamente. Sus respectivos artes. La luz y el color que irradian las pinturas de él hacen de la casa el lugar en que más les gusta estar, dice ella. Él asegura que puede pasar horas contemplando cómo ella trabaja la arcilla. Jura que es algo mágico, casi como un trance. Luego se dan un beso de ensalada de canónigos y rúcula y esas bolitas negras amargas que él, el él que sin saber por qué rememora todo esto a raíz de ver las zapatillas del anciano que le antecede en la cola, siempre ha detestado. Son de esa clase de zapatillas que solo se ven en los pies de hombres de setenta años o más. De esas que tienen el empeine repleto de agujeritos para que el sudor rancio transpire, supone. De esas que están a medio camino entre unas zapatillas de estar por casa y unas alpargatas de labrador y que sin embargo los hombres que las usan no tienen reparo en lucir por la calle cuando van a comprar el pan o cuando se detienen frente a una obra y critican la técnica de las nuevas generaciones de obreros o, como ahora, cuando hacen cola en la Jefatura de Tráfico para renovar el carné de conducir que se sacaron hace medio siglo. Quizá tenga que ver con el hecho de que no quiere hacerse viejo. Más bien con el hecho de que le aterroriza levantarse un día y darse cuenta de que ya no es joven. Y sobre todo con la tragedia inherente a ello: lo que ya no tendrá sentido hacer. Algo le dice que los puffs violetas se vuelven muy incómodos a partir de cierta edad. E intuye que en ese mismo instante el incienso ya no resultará tan agradable de respirar. De golpe entiende que antes o después llega el día en que hasta los muebles suecos quedan desfasados y se tiran a la basura y se sustituyen por sillones anti-lumbalgia y mantas eléctricas y tardes eternas viendo películas ya vistas y que ya no te conmueven y crujidos de huesos y gemidos de esfuerzo cada vez que uno de los dos se levante para ir a orinar. Porque ese cierto día uno de los dos se referirá a ello como orinar. Y entonces no habrá vuelta atrás. Así que seguramente por eso de repente siente la prisa. La necesidad urgente de poner un poco de orden, ponerse un poco en orden y hacer lo necesario para darle todo eso ahora que aún están a tiempo de valorarlo y disfrutarlo sin reparar en su superfluidad y falsedad. Buscarse un trabajo. Concretamente eso que la gente llama un buen trabajo. Dar la entrada para un piso. O por lo menos alquilar algo un poco más decente que el piso que comparte con dos estudiantes extremeños e irse a vivir con ella. Pintar las paredes del color que ella decida y comprar un felpudo gracioso que protagonice los primeros minutos de conversación cuando los amigos vayan a visitarles. Sí, va a tener que hacerlo, va a tener que darse prisa. Porque por mucho que ella sepa cuánto detesta hacer papeleos, enfrentarse a la máquina burocrática y tirar a la basura unas horas en las que a lo mejor podría haber escrito un buen cuento, es más que probable que esto de madrugar para ir a renovarle a su novia el carné de conducir mientras ella trabaja de ocho a seis en la oficina deje de ser suficiente de un momento a otro.

04
feb
11

Cosasquehacendelmundounlugarmásomenoshabitable

Lo que para mí hace del mundo un lugar más o menos habitable -a ratos- son cosas muy diferentes, pero solo voy a contar una.

Creo que ya en dos ocasiones he hablado de esos loros que de vez en cuando deciden posarse en un árbol de aquí cerca. Sí, me parece que una vez era invierno y otra verano. Bien, esta mañana volvían a estar allí. Así que invierno, yo temblando bajo las ramas peladas y todos esos pájaros ahí arriba. Sus pechos latiendo en verde y rojo. Perfectas bolas de calor y color resplandecientes. Esos pájaros ahí arriba, muy cerca y muy lejos. Todos tan tranquilos. Nada parece inquietarles. Tan extraños. Miran y miran alrededor girando la cabeza hasta límites imposibles pero no parpadean ni una vez, como si las cosas del piso de abajo no fueran con ellos. En cambio a mí empiezan a dolerme las cervicales y otro buen montón de cosas, y les envidio un poco.

No sé, quizá ese árbol les hace las veces de área de descanso en su viaje anual a tierras más cálidas. La verdad es que no tengo ni idea. Lo único que sé es que siempre eligen el mismo. La tercera acacia de la hilera de diez que flanquea mi paso a lo largo de los últimos cien metros de camino al trabajo. Y supongo que debe de haber alguna razón. Me acerco al alcorque y remuevo la tierra con el pie. Rebusco no sé el qué. No encuentro nada especial, por descontado. Me agacho para que no se diga que no pongo todo de mi parte por descifrar las claves de lo que me interesa. Arenilla vulgar, arenilla de descampado. Cuatro o cinco colillas, una sonrisa perfecta en el envoltorio de un chicle y una mierda de perro reseca y de un gris muy pálido. Vuelvo a incorporarme. Miro a los loros y la C1 y la C2 me vuelven a crujir y pienso que es un ruido mucho más potente que el que harían dos mundos que chocaran en el vacío del espacio. Ellos me devuelven la mirada con una suficiencia pasmosa. Cualquiera diría que es simple estupidez animal, pero yo sé que hay algo más que eso en la densidad de sus ojos de tinta china. Algo que se parece bastante a la suficiencia, a la condescendencia y a unas cuantas gotas de compasión. Y estoy a punto de mandarles a tomar por culo, si es que es fisiológicamente posible joder de tal manera a un ave tropical. Pero en ese momento uno de los loros empieza a mover la cabeza de abajo y de golpe arriba y otra vez abajo y de golpe arriba. Se detiene, me mira con una intensidad nueva y repite el movimiento con gesto apremiante. Se está comunicando conmigo. Quiere que suba. Me doy cuenta de ello sin ser consciente del hito biológico que estoy protagonizando. Miro calle arriba y calle abajo. Solo un barrendero unas decenas de metros más allá, con la vista clavada en el suelo y su basura habitual. Así que doy un salto del que me creía incapaz y en un momento estoy sentado sobre una rama que parece lo bastante resistente. Los loros no han agitado ni una pluma al verme subir. Supongo que no me consideran presa ni depredador, y aciertan desde su sabiduría natural total. Entonces el que me ha invitado a su mundo, que parece el jefe de la bandada, alza el vuelo, aletea con seguridad entre las ramas y se posa en mi hombro. Sus hermanos, amigos o lo que sean le imitan uno tras otro y al cabo de unos segundos todos ellos están sobre mis brazos, sobre mis piernas. Incluso uno más pequeño que los demás me acaricia la cabeza con sus garras y emite un sonido agudo que se parece a la carcajada de un humano. Me siento bien aquí arriba. Y me siento mucho mejor cuando observo que las miradas de mis loros se desvían hacia el mismo lugar, ahí abajo, de donde vengo. Mi jefe se acerca por la acera con el periódico bajo el brazo y su imperturbable cara de capullo. Reconozco que durante un instante deseo que no me vea. Pero por suerte mi deseo no es escuchado por nadie ni por nada. Se detiene justo debajo de mi acacia y, como a cámara lenta, levanta su estúpida cabeza hacia la copa, hacia el cielo, hacia mí. Es maravilloso esto de cambiar el ángulo de visión, la perspectiva. Mientras sonrío a mi jefe, mientras le sonrío de verdad por primera vez en años, casi puedo oír cómo mis vértebras cervicales ríen y aúllan de alegría.

02
feb
11

Cosasquehacendelavidaunplacerdignodedioses

Cosasquehacendelavidaunplacerdignodedioses es el título de un post que he encontrado vagabundeando por Internet. Está redactado a modo de relación numerada, por supuesto. El listado es un recurso básico para el aparato propagandístico de todo adoctrinamiento: facilitar al personal la memorización rápida y la profunda asimilación de los preceptos de turno es clave a la hora de encauzar a los discípulos en una dirección determinada. Hay ejemplos por todas partes. Es de vital importancia que todos tengamos muy claras cuáles son las normas que hay que respetar como usuario de los transportes municipales. O las siete maravillas del mundo. O las razones para exterminar al diferente. O los mandamientos que un arbusto en llamas transmitió a un patriarca barbudo hace unos cuantos miles de años. En este caso concreto, ya digo, lo que debemos interiorizar son esas cosasquehacendelavidaunplacerdignodedioses. Todo apunta a que el listado está basado en las experiencias personales de su autor, las cosas que hacen de su vida un éxtasis permanente, pero no, no, ni una objeción. Se intuye tanta generosidad y bondad en sus mandamientos que tú tranquilo, da igual cómo sea la tuya, quiero decir tu vida. Sí, hay tanta sabiduría acumulada en sus palabras que si prestas atención y observancia a los consejos que se te va a dar, joder, tío, prepárate para disfrutar a tope. Hay que joderse…

Solo añadir que el ser que suscribe el artículo se hace llamar El duende multiétnico. En fin, transcribo algunas pinceladas de su sensibilidad. No olvides tomar apuntes.

1º.- Despertarse y que se te dibuje una sonrisa gigante, gigante y más gigante aún al sentir a tu lado la tibieza que irradia de la persona amada, sea hombre, mujer, niño o incluso animal doméstico.

Así abre su lista el engendro multirracial. Sin embargo, y aunque resulte difícil de creer, este primer punto no es el más hediondo. Por citar solo unos ejemplos:

9º.- Conseguir que una iniciativa legislativa popular reconozca y proteja los derechos de los ratones de laboratorio y los conejillos de Indias. Son seres de corazón puro que no han hecho daño a nadie. Acabemos con su genocidio.

16º.- Hacer todo lo posible por incluir en el calendario escolar, igual que el día de la Paz o el de la Constitución, un día del Buen Humor, o del Payaso, o de la Risa. Los niños saldrían a recorrer el barrio cogidos de la mano cantando alegres canciones sobre solidaridad mundial y terminación de las hambrunas, agitando al aire banderines y pancartas y globos de colores con forma de corazón. Y habría un concurso de carteles y otro de disfraces, y los profesores no participarían porque sería una fiesta para los niños pero también irían disfrazados, de payasos, y los padres se darían la mano unos a otros y cada uno llevaría de su casa pasteles y chocolate caliente si fuera invierno o limonada natural si fuera verano.

Pero no os asustéis demasiado todavía, que esto no es nada comparado con el ingrediente final de la receta del gnomo global para la felicidad universal. Lo siento, pero ahí va: 

25º.- Meditar una hora nada más levantarte, a ser posible al aire libre y en ayunas, acerca de la energía oscura con la que vas a tener que batallar ese día. Visualizarla, encerrarla en una bola negra e ir comprimiéndola con la fuerza de tu hermosa mente hasta que alcance el tamaño de una canica. Entonces, lánzale un rayo de luz divina proyectado desde tu frente y hazla añicos contra el muro donde mueren las cosas que nunca deberían haber existido (os prometo que eso es lo que dice al final de todo: “el muro donde mueren las cosas que nunca deberían haber existido”).

A juzgar por las náuseas que uno sufre al leerle, quizá El duende multiétnico haya heredado el peor atributo físico y mental de cada estirpe. Eso quiero creer, al menos.




new!!

Iván Rojo Tales

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