Archivos para 29 junio 2011

29
jun
11

Desayuno a deshoras

No había mucho con lo que entretenerse en el bar, pero la pareja de la mesa del fondo me ayudó a pasar el rato.

Sentados frente a frente ambos miraban a cualquier sitio menos a la cara que tenían delante. Cogían la grasienta carta plastificada y la leían durante mucho más tiempo del que habría tardado en memorizarla un niño retrasado. Reacomodaban sus culos en la silla y observaban durante cinco segundos, quince, treinta la leve oscilación de las lámparas pasadas de moda que colgaban del techo mal pintado. Cada cinco minutos sacaban sus respectivos móviles y comprobaban la hora. En fin, pese a que todavía eran relativamente jóvenes, resultaba evidente que estaban atrapados en una burbuja de tedio, que intentaban escapar de su rutina paseando sus ojos cansados a lo largo y ancho de la decadencia del local. A veces, incluso, me miraban a mí. Como sin verme, con la misma atención moribunda que dedicaban a las fotos/dibujos de platos combinados que decoraban la pared de detrás de la barra.

Y mientras hacían eso, nada, tampoco se decían gran cosa. Algún comentario sobre la escasez del menú. Deberíamos haber parado en el McAuto, dijo ella. Al cabo de demasiados minutos él respondió sin mirarla y sin el menor sentido que la rueda delantera izquierda estaba un poco deshinchada. Después se comieron en completo silencio la ensalada de la casa y el arroz a la milanesa por los que al final habían optado. Desde donde estaba podía oírles masticar. Era desagradable. No quise ni pensar hasta qué punto les resultaría insoportable a ellos. No quise ni imaginar que a lo mejor estaban constatando su fracaso en ese preciso momento. Pero sobre todo no quise dejar crecer la terrorífica intuición que había empezado a brotar en mi cerebro: que nunca llegaran a darse cuenta de ello.

Demasiada tragedia para estar recién levantado. Llamé de un grito al camarero. Llevaba ya media hora allí sentado y aún no había reparado en mi presencia. Un café y un croissant, coño, le dije. Eran las tres de la tarde, sí, pero yo aún no había desayunado. Supongo que todo es cuestión de ritmos.

28
jun
11

Redbird

Ahí, en el rincón, vive mi pájaro.

En su jaula de pie de segunda mano.

Plumas rojas tras barrotes de latón. Aunque quizá no sean de latón. En fin, a quién le importa.

Es una jaula grande.

Al verla podría pensarse que lo que hay bajo el trapo es un loro o un papagayo. Algún ave cara y exótica.

Pero lo cierto es que lo que vive en ella es un pájaro mucho menos selecto. Sin pedigrí. Sin especie. Incluso sin nombre. Solo un pequeño pájaro rojo que hincha su raquítico pecho al respirar

y de tanto en tanto agita con torpeza sus alas atrofiadas

y aún más de tanto en tanto me mira como si me reconociera. O como si no me reconociera, no sé qué me inquieta más.

Me mira fijamente con sus ojos redondos de denso petróleo,

perfectos,

sin superficie

ni fondo,

insondables e inevitables como desagües. Como agujeros negros.

Y durante un instante se me eriza el pelo por miedo a ser engullido por ellos.

Por miedo a desaparecer para siempre de este cuarto

y de esta vida

sin haber hecho nada más o menos digno. Sin dejar huella. Sin siquiera dejar en el disco duro del ordenador

el

menor

rastro

merecedor

de

seguimiento.

En esos momentos odio a mi pájaro. Me armo de valor, le mantengo la mirada y me concentro en que de algún modo sepa que le odio a muerte.

Me imagino estrangulándolo con facilidad con mi peor mano,

aplastándolo con el puño,

reduciéndolo a plumón ensangrentado.

A veces incluso le digo lo que me gustaría hacerle. Rojo líquido sobre rojo suave, le amenazo, rojo viscoso; así vas a acabar.

Pero nunca lo hago.

O mejor: hasta el momento no lo he hecho.

Y creo que es porque una vez al día el sol lanza sus rayos desde el punto

exacto del espacio

y baña la jaula en una luz indescriptible.

Y cuando eso sucede el pequeño, escuálido y enfermizo pájaro al que en tantas ocasiones he fantaseado con liquidar

se transforma en una criatura maravillosa.

Lentas

ondas

de fuego

recorren sin cesar todo su cuerpo

y dos chispas de vida relampaguean en el centro de sus ojos.

Y vuela.

Vuela hasta quedar en mágica suspensión dentro de la jaula, como si fuera el colibrí que no es.

Y luego se lanza contra los barrotes. Los funde.

Los

atraviesa

sin

problemas.

Y vuela un rato por la habitación, iluminándolo, incendiándolo todo con un fuego que no quema,

hasta que se posa en mi hombro y me recarga de energía a través de sus garras-enchufes.

La descarga dura muy poco, solo unos segundos.

Lo justo para, por ejemplo, este homenaje de mierda.

Enseguida se agota, es un pájaro diminuto.

Cuando me quiero dar cuenta el fuego ha desaparecido

y sus plumas vuelven a ser de un rojo vulgar,

feo,

desgastado.

Nada que me apetezca demasiado contemplar.

Así que lo devuelvo a su jaula

y contengo las ganas de detener de una vez por todas

esos latidos que reverberan en mi palma

mientras –con cuidado de no dejar caer ni un grano-

relleno de alpiste su

comedero.

24
jun
11

Reverso tenebroso

Juan es mi reflejo al otro lado de la ciudad. El pringado que interpreta mi papel de pringado en la otra sucursal de la empresa. Hablamos por teléfono con cierta frecuencia. Envíame escaneado esto, ¿sabes el número de expediente de no sé quién?, no me mandes nada al fax que se ha jodido. Esa clase de mierda. De vez en cuando, incluso,  intentamos dignificar nuestra jornada enviándonos un FWD supuestamente divertido.

Nunca lo he visto. Lo que sé sobre Juan lo sé de oídas. Aproximadamente de mi edad, de aspecto bastante descuidado, un auténtico apasionado del mundo de la construcción de maquetas con palillos. Un tío bastante gris, me dijo una vez alguien que había trabajado con él. Y todavía vive con su madre, añadió aquel imbécil como si me estuviera contando algo aberrante.

El caso es que, pese a no conocerlo en absoluto, le he cogido cariño. Ya sabes, tiene una de esas voces amables. Siempre habla despacio y en un tono tranquilo, casi resignado. Ni rastro de la sonrisa telefónica marca de la casa. Ni el menor asomo de preocupación por parecer eficiente. No sé, por resumirlo: es un alivio coger el teléfono y que sea él quien hable desde el otro extremo de la línea. Hace del momento un lugar más llevadero. Menos hostil. Más normal.

Sin embargo no me doy cuenta del tiempo que llevo sin hablar con Juan hasta que me llama esta mañana. El número que veo reflejado en la pantalla del teléfono no es el de su oficina. Le digo Eh, tío, ¿qué pasa? ¿Estás de vacaciones? Suelta una risa brevísima que es cualquier cosa menos una risa y me contesta No exactamente en un tono que no es el suyo, que parece el de alguien más viejo, más muerto, más derrotado.

Lo primero que se me pasa por la cabeza es que le han despedido. Y casi me alegro por él. Casi le envidio. Una liberación gratuita de esas en las que no tienes nada que reprocharte. No te has cansado, no has cometido el incomprensible acto de mandarlo todo a tomar por culo. Nadie podrá echarte en cara tu falta de disciplina, de responsabilidad, de puto sentido común, signifique lo que signifique eso. La crisis, dirás simplemente, y todo el mundo pondrá cara de pena y te dará una palmadita en la espalda. Te han despedido y durante un tiempo vas a poder tomar el sol por las mañanas, irte a comprar al mercado central, levantarte cuando te salga de los huevos. Hacer todas esas cosas inalcanzables que se te amontonan en un segundo de pensamiento cada vez que la cuenta atrás del despertador explota en la mesita.

Así que estoy a punto de decirle que no se preocupe, que no es para tanto, que mire el lado bueno: ya no tienes que aguantar a todos estos cabrones, cuando me dice que hace 52 días, 2 horas y 14 minutos que está ciego. Yo cojo la calculadora y no sé si me estremece más saber de su ceguera repentina o el siniestro dato numérico que me facilita.

Mientras me explica algo sobre el azúcar de su sangre y me cuenta lo raro (no dice jodido ni duro ni triste, dice raro) que es conservar solo el 5% de los ojos discurro a toda velocidad acerca de qué decirle y solo me vienen flashes de lugares comunes de lo más inapropiado: ya verás cómo todo se arregla y estupideces por el estilo. Y, claro, no se las digo. Tras un silencio imposible de medir lo que al final me sale es decirle que sobrevivir 75.014 minutos sin poder construir ni la maqueta de una canoa es el mayor logro del que tengo constancia y que, aunque entendería que se rindiera, de verdad deseo que pulverice ese récord minuto tras minuto.

Gracias, tío, por alguna razón sabía que tú me entenderías, me dice, no sabes lo harto que estoy de palmaditas en la espalda. Y añade: Oye, cuando quieras nos vemos en persona.

Ya mismo, le digo. Anoto la dirección, cuelgo de golpe, hago volar la papelera de una patada y me largo de allí sin decirle adiós a ninguno de los que me miran entre extrañados y asustados pero sin dejar de sonreír, muy profesionalmente.

23
jun
11

Piraguas rojas y otras cosas flotantes

Cogimos la piragua, el kayak, como se llame, y nos metimos en el agua. Era de dos plazas, así que todo encajaba. Más o menos. Yo iba detrás y remaba con la vista puesta en su espalda. Por primera vez me pareció demasiado lisa, demasiado pálida. Demasiado “otra”. Y a pesar de saber que solo era una mala pasada de mi memoria y mi deseo, la sensación de echar algo de menos en su piel era tan absurda como real. Lo identifiqué de inmediato: buscaba los rayos de tinta que nunca habían brillado entre los hombros que se movían simétricamente delante de mí.

En fin, seguimos remando, intentando en vano sincronizarnos aunque solo fuera a nivel físico. Ella de vez en cuando se giraba y me miraba sonriente con sus inmensos ojos azules, su pelo rubio deshecho por el viento en todas direcciones. Se giraba y me decía cosas intrascendentes que me llegaban como desde muy lejos a través del aire salado. Hablaba por hablar, como se habla cuando se es feliz. O se está. Yo me esforzaba en aguantarle la mirada y le respondía lo mejor que podía.

Cuando la playa ya no era más que una fina línea dorada dejamos de dar paladas. Ella se dio la vuelta para sentarse cara a mí. Su bikini azul chirrió más de la cuenta contra el plástico rojo. Puede que fueran sus muslos demasiado perfectos, no lo sé. Lo que sé es que incluso mirándome a los ojos siguió sonriendo como si todo le resultara maravilloso, hablando de un montón de cosas que no soy capaz de recordar. Sus palabras se diluían en el rumor del agua y me alegré de que así fuera o me lo pareciera. Por un momento pensé que iba a poder recuperar el control de mis pensamientos y disfrutar del sol que ardía ahí arriba, del mar meciéndome desde abajo, del aire caliente en medio y sobre todo de la tierra, lo bastante lejos como para intentar olvidar lo que de verdad me gustaría hacer en cuanto volviera a pisarla. Olvidar lo que no podía contarle a ella ni a nadie. Lo imposible. Sí, durante una fracción de segundo pensé que iba a poder disfrutar de estar allí, flotando con ella. Pero entonces me di cuenta de que la deriva nos arrastraba lentamente hacia el horizonte y de repente sentí que una cápsula de algo viscoso a medio camino entre la pena y la impotencia se rompía y derramaba en mi interior. Quise disimularlo. Me levanté. Le dije Vamos a bañarnos y salté torpemente al agua. Estaba fría, pero no lo suficiente. No me hizo caso. También eso lo agradecí en secreto. Braceé hasta alejarme quince o veinte metros de la piragua. A cierta distancia, sin gafas, con el salitre quemándome los ojos y miles de añicos de sol reflejándose en la superficie, ella podía no ser ella. Ella podía ser Ella.

Quise conservar esa esperanza todo lo posible. No quería que mis ojos se acostumbraran al sol y la sal. No quería que la evidencia de su voz me alcanzara por encima del leve oleaje. Así que tomé aire e impulso y buceé hasta enterrar las manos en la arena helada del fondo. Me quedé allí cabeza abajo, entre algas, conchas, plancton y otras pequeñas criaturas más dotadas que yo para disfrutar de sus insignificantes vidas, hasta que mis pulmones hubieron consumido varias veces el último átomo de oxígeno. Concentrado en irrigar el deseo de que durante mi hundimiento pasaran el tiempo suficiente y las cosas necesarias y los milagros impensables para hacer del mundo seco un lugar mejor.

Escasos segundos más tarde emergí. Agotado, tosiendo. La corriente había alejado la piragua. La espera se me hizo eterna. Cuando por fin llegó a mi posición conseguí alzar un brazo y aferrarme con todas mis fuerzas al plástico muy rojo y muy duro y muy áspero pero también mucho más confortable que la inconsistencia de la nada. Ella me preguntó si estaba bien y me tendió la mano. Se pasará, le dije sin cogérsela, sin siquiera mirarla; todo pasa. Qué tonto estás, me respondió, y no pude evitar sonreír ante la nitidez con que por una vez me llegaron sus palabras. Se sentó y empezó a remar hacia la playa. Era agradable dejarse remolcar como un mamífero desorientado y harto de nadar y nadar para nada. Notar los músculos relajarse poco a poco al fin. Sentir esa tranquilidad resignada que da el saber que te diriges hacia un destino bueno o malo pero que no depende de ti. Sí, era agradable. Al menos más agradable que luchar contra la corriente, aunque solo fuera durante el tiempo necesario para volver a tierra firme. Para volver a perderme.

22
jun
11

Nadie piensa que acabará siendo técnico de antenas

Nadie piensa que acabará siendo técnico de antenas. Supongo.

Y supongo que pasa lo mismo con los carniceros, administradores de fincas, revisores de tren.

Pero un día te das cuenta de que eso es lo que eres: un antenista, por ejemplo. Y no te queda otra que llevarlo lo mejor posible.

Con todo, lo más raro es que, si lo piensas un poco, antenista o técnico de antenas no suena nada mal. Suena muy bien, de hecho. Demasiado bien para lo que realmente haces.

Incluso es posible que quede de lo más respetable cuando se lo digas a la chica de turno de la noche de turno. Te atribuirá un buen montón de conocimientos técnicos de esos que tanto asombran al común de los mortales. Saber qué cable va con cuál. Entender de circuitos eléctricos y electrónicos. Ser capaz de destripar el aire acondicionado y hacerlo funcionar de nuevo en una tarde incandescente de agosto.

Cosas que la gente valora mucho.

En fin, salvo que seas tú el que lo mencione nadie pensará que la parte principal de tu trabajo consiste en escalar antenas de televisión o repetidores de telefonía móvil y limpiar con un vulgar trapo las cagadas de las gaviotas. Y, por supuesto, nadie pensará que además de ser la parte fundamental de tu trabajo también es lo que hace que ser un antenista te parezca como mínimo tan bueno o tan malo como ser cualquier otra cosa. Tan irrelevante, en definitiva. Porque quien más quien menos se dedica a limpiar alguna clase de desperdicios. Y es más que probable que lo hagan en un entorno mucho menos exótico que el de tu trabajo.

De modo que se trata de mantener fuerte la idea de que no eres lo que haces, eres lo que te gusta. Y así consigues verlo todavía en algún que otro momento inspirado.

Y es que a lo mejor a todo el mundo le gustaría ser tú cuando estás ahí arriba, muy por encima de las azoteas y las copas de los árboles más altos y el más alto de los humanos, tan cerca de los círculos móviles que trazan los pájaros. Seguramente a cualquiera le gustaría tener esa perspectiva por un instante. Ese punto de vista que te ayuda a relativizarlo todo cuando sientes que el viento sopla incesante entre tu pelo y te enfría los pensamientos hasta en el día más tórrido del año. Llevándoselos a cualquier otra parte. Tan lejos que a veces, muy pocas pero algo es algo, no encuentran el camino de vuelta a tu cerebro.

17
jun
11

Día 2 después del eclipse

Viernes por la tarde escribiendo a ciegas. He empezado tres historias. Para ser exacto he escrito tres comienzos diferentes para la misma historia. Porque ahora mismo solo hay una aquí adentro. La tengo en la mente desde el miércoles un poco antes de la medianoche. Era la noche del eclipse. La Lunade Sangre. Un nombre demasiado impresionante para referirse a algo que se dejó ocultar por una simple capa de polución urbana. El caso es que quiero contar esa historia. Algo ahí al fondo me dice que me hará bien. Pero al décimo renglón todo se enturbia y no veo claro el camino. Sé el porqué: tengo miedo de que también se termine sobre el papel. Supongo que también yo soy un cobarde. Así que me levanto y doy vueltas por la habitación y de vez en cuando miro de reojo las diez líneas escritas. Y al final me alejo con cualquier excusa. Vacío el cenicero. Riego por cuarta vez mi planta favorita. Pongo la cafetera al fuego. Hago un par de flexiones sintiéndome absolutamente ridículo. Me miro en el espejo el revés de los párpados inferiores y me pregunto si están pálidos o demasiado inyectados. Abro la nevera y compruebo la necesidad de bajar a por cervezas. Y me pongo las zapatillas dispuesto a enfrentarme con el insoportable hilo musical y la cruel luz neón del super de la esquina. Pero enseguida me lo pienso mejor y vuelvo a sentarme frente al que va a tener que ser el último cuento. Y al minuto me levanto y saco la cabeza por la ventana y miro hacia arriba y pienso que esta noche el eclipse se vería resplandeciente. Todo ese rojo cósmico descendiendo sobre las playas y las azoteas. Encendiendo el rocío del asfalto. Incendiando los iris de la gente. Haciendo parecer vivo lo muerto. Haciendo parecer más vivo lo vivo. Y no puedo evitar pensar que es una putada la falta de sincronización con que suceden las cosas. Lo mejor no debería pasar en el peor momento, me digo mientras observo cómo el café sube, hierve y se quema en mi minúscula cafetera.

11
jun
11

Otra lección

Salí a pasear a mi perro y me encontré con él.

Resplandecía. Era una visión cegadora.

Las fachadas parecían aún más viejas a su lado. Casi a punto de derrumbarse.

Irradiaba una luz total que hacía palidecer

la pintura metalizada de los coches

y las manzanas verdes de esa frutería de ahí

y el mismísimo sol poniente

y el pelo teñido de las señoras que volvían de la compra

con el tedio hinchando sus ojeras.

Me dijo que todo le iba de maravilla. Que lo había conseguido.

Que había trabajado mucho y se lo merecía. Que si te esfuerzas acabas lográndolo.

Que soñaba con esto desde niño. Que los deseos se cumplen.

Que la gente que antes le negaba el saludo ahora le invitaba a copas carísimas.

Que al fin había triunfado y que solo

me lo iba a decir

una vez:

todo está

en tus manos.

Mi perro flexionó las patas traseras y se quedó ahí,

mirándolo hipnotizado.

Casi escuchando. Ni siquiera movía el rabo.

Yo le contesté Gracias, tío, lo tendré en cuenta.

Y desvié la vista hacia el hombre de la esquina

tumbado entre cartones y periódicos.

Incluso a veinte metros de distancia se podía percibir su olor

a vino barato

y calcetines apelmazados

y costras de roña y tristeza incrustadas en las ingles.

Un olor que me llegaba

con la misma potencia

que el resplandor dorado que emitía el éxito de mi amigo.

Un hedor que seguro no tenía nada que ver

con el perfume que una vez había envuelto sus sueños infantiles.

Y me pregunté por qué había de suponerse que aquel hombre no había luchado

lo bastante fuerte,

lo bastante duro,

lo bastante bien por ser feliz.

Noté cómo la pena empezaba a expandirse dentro de mí,

así que me despedí apresuradamente

de mi amigo

y de su radiación tóxica

y eché a andar hacia cualquier parte.

Cuando escuché a mi espalda las pisadas esponjosas de mi perro,

me sentí

un poco

mejor.

07
jun
11

Tormenta de verano

El limpiaparabrisas no daba abasto. Llovía a mares. Llovía como cuando llueve en verano: como si no fuera a ocurrir nunca más. Y a través de la catarata en que se había convertido el parabrisas se veía gente en chanclas atravesando charcos y motoristas enfadados por el inevitable atasco. Y vale, yo no había puesto el intermitente pero era evidente que intentaba echarme a la izquierda. Meterme de lleno en el remolino de la rotonda, salir por el otro lado y enfilar hacia su trabajo, recogerla y pasar la mejor tarde posible. Sentía (visto desde aquí y ahora imagino que todo encaja) una extraña sensación de claustrofobia. Algo parecido a una prisa estática que me hacía mover nerviosamente la pierna del acelerador. Me visualicé sacando un pañuelo blanco por la ventanilla y saliendo de allí a todo gas. Pero los conductores de autobús son como son y no respetan ni la angustia ajena. Al menos en esta ciudad. Supongo que en todas partes. Hombres que de niños querían estar al mando de máquinas enormes. Portaviones, jumbos, naves espaciales. Cosas mucho más grandes que la que les ha tocado conducir y, claro, están jodidos y, claro, conducen como gente jodida. O puede que sea más sencillo: puede que sean como cualquier persona y acaben haciendo con su vida lo que puedan. Qué más da, eso no importa ahora. El caso es que de repente un enorme rectángulo rojo apareció a menos de un palmo de mi ventanilla. A menos de diez centímetros, cinco, tres, dos, uno. Lo siguiente fue que el cristal reventó con una explosión sorda y el retrovisor desapareció entre las ruedas mojadas arrancado de cuajo por la bestia de metal. Supongo que lo mismo habría pasado con mi brazo izquierdo si no fuera por el volantazo que di en dirección contraria. Noté cómo se desviaba el eje de la dirección al chocar contra el bordillo de una isleta, esquivé una señal de zona escolar y finalmente salí rebotado del caos por una estrecha calle en la que nunca había reparado. Ni siquiera había tenido tiempo de ver el número del bus. Mierda, pensé mientras me sacudía añicos de encima y la lluvia torrencial me mojaba mi mejor lado. Seguí conduciendo mientras maldecía a la empresa municipal de transportes, al hombre del tiempo, al inventor de las rotondas y la inminente factura del taller. Entonces la calle se abrió y comprobé que había ido a parar al paseo marítimo. Pero sobre todo comprendí que lo que de verdad estaba maldiciendo era su miedo a mojarse en cuanto caían cuatro gotas. Su inevitable llamada pidiéndome que fuera a recogerla. Y recordé que antes eso no me importaba. O al menos no me había planteado si me importaba. Pero ahora notaba cómo una sustancia densa compuesta a partes iguales de alegría y tristeza y de decencia y culpa se extendía por mis venas. Tal vez alivio fuera un buen nombre para ese compuesto. No lo sé. Guiado por sus efectos secundarios aparqué. Sin problemas; la playa estaba desierta; todo el mundo tiene miedo a mojarse. Pero a veces hay que hacerlo. Así que salí y me adentré en la arena. Estaba dura y salpicada de millones de diminutos cráteres que desaparecían a cada segundo borrados por un nuevo mapa de impactos. El cielo oscurísimo ayudaba a que aquello, si pasabas por alto el ruido de las olas y la gravedad y la mismísima lluvia, fuera bastante parecido a estar en la Luna. Un lugar lo bastante alejado de todo para intentar dilucidar si lo que atronaba por dentro también era una simple tormenta de verano. O eso creí entonces. A día de hoy aún no  tengo ni idea.

02
jun
11

Números rojos

Coger cada mañana el 90 y pensar que tal vez todo fuera más soportable si se tratara del 89 o del 91. Pensar que a lo mejor todo tiene que ver con haber nacido un 13. Que puede que esa sea la razón de tu inclinación natural por la imperfección de los impares. Y luego pensar que no haces más que pensar gilipolleces las 24 horas del día. No hay razón para perder el tiempo buscando significados profundos en el revés de las cosas. No existe causa para lo que es. Simplemente es, y punto. Y te espera un trayecto de 35 minutos hasta la parada de tu trabajo, así que no malgastes energías. Y te esperan 15 días más de lo mismo hasta que te paguen una miseria a fin de mes; no malgastes mala hostia. Porque luego vendrá otro mes y otro y otro. Y si pretendes buscarle un sentido a la catarata de nada solo conseguirás que el tiempo parezca aún más pesado y lento, más como hecho de metal fundido. Así que mejor mira por la ventanilla y cuenta peatones positivos. Aquellos que por su andar, por la camiseta que llevan, por el modo en que una chispa casi imperceptible relampaguea en sus pupilas, por la razón más subjetiva y estúpida, crees que no merecerían ser aniquilados por Apophis. Si das con 2 durante tu viaje celébralo interiormente. Y enciende un cigarro nada más bajar del bus y fúmatelo sin temor a las consecuencias aunque sea el último del paquete. Solo necesitas 4 euros para seguir matándote y en el bolsillo aún te quedan 30. De puta madre. Todo va bien. Echa a andar sobre tus zapatillas del 43 ½. Disfruta del paseo. No corras. La velocidad no te hará acertar la meta. Ni siquiera te ayudará a acertar el camino. De manera que equivócate sin prisa. Tómate tu tiempo para cruzar el paso de cebra delante de todos esos 4×4 rugientes. No te dejes contagiar por su impaciencia descarriada. Y evita caer en la tentación de establecer relaciones entre el tamaño de los coches y las carencias sentimentales de sus conductores. Sé consciente de que no hay normas ni excepciones. Todo depende de lo que te haya tocado en el reparto. No mereces nada. No merecen nada. Se trata de una simple cuestión de suerte. Los hay con más y los hay con menos. Tienes 500 relatos en Mis documentos. Tienes 2 menciones en Mis premios. La ratio podría ser mejor. La ratio podría ser peor. Lo único que conviene tener claro es que en ningún caso está en tus manos mejorarla. Ni siquiera empeorarla. Con alcanzar el final del día y seguir respirando hay que darse por satisfecho. Lo demás es literatura, cine. Ficción. Eso al menos es lo que el 99% dela Humanidad parece entender por vivir. Así que sé listo: imítalos de una vez. Imprégnate de esa satisfacción hueca que exhiben cuando se dirigen a ti. Preocúpate por el euribor. Añade 20 euros al precio de cualquier cosa que te compres cuando se lo digas a quien sea. Compra los condones en cajas de 24. Sé el 1º de tu promoción. Memoriza tu D.N.I., el pin del móvil y la clave de tu tarjeta de crédito. Controla cada cierto tiempo tu número de glóbulos rojos. Mide hasta el último centímetro de la superficie pisable de tu piso. Cronometra los minutos que corres 3 tardes por semana. Vigila esos 2 kilos de más. Pon todo tu empeño, toda la fuerza de tu juventud en cotizar el número de años necesario para que cuando seas viejo no te falte una buena dentadura postiza. Enchufa la tele y aumenta 1 por 1.000.000 el porcentaje de share de cualquier programa de telebasura. Y luego duérmete durante las 8 horas que recomiendan los expertos. Sueña con una vida 1.000 veces mejor que la que tienes. Y a las 7 de la mañana de mañana, despiértate fresco como una rosa. Que nadie crea que de vez en cuando lo que ves a tu alrededor te parece una puta locura. Que a nadie se le ocurra imaginarlo. Intégrate. Y sé feliz.




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Iván Rojo Tales

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