Nadie piensa que acabará siendo técnico de antenas. Supongo.
Y supongo que pasa lo mismo con los carniceros, administradores de fincas, revisores de tren.
Pero un día te das cuenta de que eso es lo que eres: un antenista, por ejemplo. Y no te queda otra que llevarlo lo mejor posible.
Con todo, lo más raro es que, si lo piensas un poco, antenista o técnico de antenas no suena nada mal. Suena muy bien, de hecho. Demasiado bien para lo que realmente haces.
Incluso es posible que quede de lo más respetable cuando se lo digas a la chica de turno de la noche de turno. Te atribuirá un buen montón de conocimientos técnicos de esos que tanto asombran al común de los mortales. Saber qué cable va con cuál. Entender de circuitos eléctricos y electrónicos. Ser capaz de destripar el aire acondicionado y hacerlo funcionar de nuevo en una tarde incandescente de agosto.
Cosas que la gente valora mucho.
En fin, salvo que seas tú el que lo mencione nadie pensará que la parte principal de tu trabajo consiste en escalar antenas de televisión o repetidores de telefonía móvil y limpiar con un vulgar trapo las cagadas de las gaviotas. Y, por supuesto, nadie pensará que además de ser la parte fundamental de tu trabajo también es lo que hace que ser un antenista te parezca como mínimo tan bueno o tan malo como ser cualquier otra cosa. Tan irrelevante, en definitiva. Porque quien más quien menos se dedica a limpiar alguna clase de desperdicios. Y es más que probable que lo hagan en un entorno mucho menos exótico que el de tu trabajo.
De modo que se trata de mantener fuerte la idea de que no eres lo que haces, eres lo que te gusta. Y así consigues verlo todavía en algún que otro momento inspirado.
Y es que a lo mejor a todo el mundo le gustaría ser tú cuando estás ahí arriba, muy por encima de las azoteas y las copas de los árboles más altos y el más alto de los humanos, tan cerca de los círculos móviles que trazan los pájaros. Seguramente a cualquiera le gustaría tener esa perspectiva por un instante. Ese punto de vista que te ayuda a relativizarlo todo cuando sientes que el viento sopla incesante entre tu pelo y te enfría los pensamientos hasta en el día más tórrido del año. Llevándoselos a cualquier otra parte. Tan lejos que a veces, muy pocas pero algo es algo, no encuentran el camino de vuelta a tu cerebro.


Que bonito sería que los pensamientos no volvieran…
…no eres lo que haces, eres lo que te gusta…