Estás cansado. El simple hecho de buscar el móvil en los bolsillos se te hace un mundo. Además no importa gran cosa la hora que sea. Algo más de las 12, supones, porque se oyen fuegos artificiales en algún lugar, ni muy lejos ni muy cerca. Más bien lejos; por el ventanuco esmaltado en blanco impoluto del cuarto de baño no entra ningún resplandor. Te preguntas cómo es posible mantener tan limpio algo tan fácil de ensuciarse. Pero al fijarte en los destellos que emiten el lavabo y el inodoro comprendes que ese es un misterio que no estás en condiciones de resolver. Así que diriges la mirada hacia el espejo y piensas si esa palidez es tuya o te la regala su cromado y que sí, que deben de ser las 12 y pico porque todo el mundo sabe que los fuegos artificiales suelen dispararse a medianoche. Al menos en esta parte del planeta, le dices a tu reflejo. Aunque hace mucho tiempo viste palmeras de fuego verdes y rojas a la orilla de un río francés y te parece recordar que la noche acababa de caer. Le/te señalas con el dedo y preguntas ¿Te acuerdas? Divagas. Mantienes la mirada a tus pupilas invertidas y sigues divagando. A veces es difícil parar. De hecho cada vez te cuesta más. Sacas la lengua, observas el interior de tus párpados inferiores y piensas que a tu edad tu padre ya tenía dos hijos. Tú eras y eres el mayor. Tu hermana pequeña es propietaria del espejo, del cuarto de baño y de todo el chalé en el que estás celebrando tu cumpleaños. Es propietaria hasta de la mayor parte de los invitados. Al llegar solo has sido capaz de identificar media docena de caras. Qué más da, que presuma de casa ante sus amigos y conocidos. Se la veía feliz yendo de un lado a otro del jardín preguntándole a la gente qué tal lo estaba pasando. A ti no te ha dicho eso. Te ha dado en la mejilla un beso tan helado como su martíni y su mirada y te ha sugerido que te dieras una ducha. Pero, bueno, a quién le importa estar de más en su propia fiesta de cumpleaños. Para empezar puede que todo sean imaginaciones tuyas. Y además ya lo celebraste anoche y durante buena parte de hoy. De otra forma, con otra gente. Tal vez por eso estás escrutándote en el espejo. Te preguntas si se te nota demasiado que aún vas hasta las cejas. Un destello de lucidez te hace concluir que el mero hecho de preguntártelo ya es de por sí una mala respuesta. Pero no puedes seguir escondido mucho más rato. Ya han llamado a la puerta dos invitados. Voces desconocidas que se han encontrado con la versión más firme de la tuya que has sabido fingir desde el otro lado de la madera de roble: ocupado. Y, quién sabe, puede que haya algún enfermo de próstata pasándolo mal ahí fuera. En fin, es hora de salir. Abres el grifo y ahuecas las manos bajo el chorro. De ahí a la cara. Una, dos, tres veces. No te encuentras mucho mejor. Ni siquiera cuando te mojas la nuca y un par de regueros fríos como la muerte resbalan por tu espalda afilando tu dolor de cabeza, haciéndote sentir que sigues vivo. Pero no queda otra: es hora de salir. Te despides en silencio de tu reflejo. Reprimes una arcada. Y mientras descorres el pestillo de la puerta trazas mentalmente la ruta más rápida y segura para alcanzar el aire fresco del jardín. El cielo abierto. Esa tumbona verde-frontón que al llegar has visto junto a la piscina. Intentas relajarte. No tiene por qué ser tan difícil, te dices. Solamente se trata de tirar del pomo y echar a andar por el parqué del pasillo. Recorrerlo con la vista en el suelo, como si las vetas del wengue fueran señales de dirección. Prestarles toda tu atención para evitar las caras de sorna despectiva de quienesquiera que estén aguardando su turno para usar el retrete. Y para evitar que la visión de las geometrías de diseño enmarcadas en las paredes te mareen más si cabe. No entiendes una mierda de arte moderno. Hasta donde crees conocer a tu hermana ella tampoco. Pero determinados rincones de la casa parecen un puto museo. Y luego desembocar en el inmenso salón. Rezar para que tu cuñado y un par de tipos muy parecidos a él no reparen en ti cuando pasas por detrás del sofá en el que están repantigados viendo el Masters de Augusta mientras hablan de cosas tan diferentes o similares como el IBEX 35 y recorrer las islas griegas en un velero de 40 metros de eslora diseñado por Sparkman & Stephens. Estar a punto de lograr escabullirte pero caer en la tentación de detenerte un segundo para ver si queda alguna lata en el bol lleno de cubitos que hay sobre la mesa. Ni una. Y tropezar con una pata de la mesa y que decenas de cosas de cristal tintineen al unísono y a un volumen perfectamente audible a pesar de los estallidos e pólvora que siguen resonando afuera. Escuchar a tu espalda el roce de los vaqueros Calvin Klein de los tres clones contra el terso cuero del sofá cuando se giran para descubrirte. Y sentir que no tienes fuerzas para lo que viene a continuación. Que te pregunten con sonrisa de vendedor qué tal te va mientras su mirada es la de quien no espera obtener ninguna respuesta digna de ser retenida en la mente más de un segundo porque a un buen vendedor de éxito solo le interesas en la medida en que puedas ayudarle a acrecentarlo y es más que obvio que tú no les sirves para eso. Quizá por contraste les intereses durante un minuto de aburrimiento, eso puede ser, como el niño enclenque y torpe de la clase es utilizado por el popular de turno para serlo aún más, pero ya está. Así que lo mejor será que intentes tranquilizarte pensando que todo terminará en sesenta segundos, puede que un poco más, que pasarás de pie ante el triunvirato sedente, hablando de lugares comunes, frases de ascensor, diciéndoles concentrado en no balbucear que las cosas marchan bien, gracias, mientras notas cómo su mente colectiva penetra en tus ojos inyectados y dicta la sentencia esperada, la de siempre, esa que nunca se pronunciará de viva voz en tu presencia pero que existe y se impone sobre ti sin necesidad de que nadie la publique. Y al fin pretender distraerlos señalando la pantalla verde de un millón de pulgadas con un gesto de barbilla quizá demasiado desesperado y preguntar quién va ganando. Y que ellos se miren entre sí y comenten algo acerca del número de hoyos que todavía faltan para saber eso. Esperar durante otros cuantos momentos eternos a que se giren de nuevo hacia la pantalla y uno de ellos diga algo sobre un hotel de cinco estrellas luxor en pleno corazón de África. Es el indicador de que los tres han regresado a la dimensión a la que pertenecen, de que ya no existes para ellos. Y respirar hondo y soltar el aire muy despacio, casi suspirando, casi agradeciendo su anterior condescendencia y su indiferencia actual. Agradeciendo que ninguno de ellos te retenga un segundo más allí al caer en la cuenta de que no te ha felicitado. Atravesar el gran ventanal y salir al jardín. Ni rastro de los fuegos en el cielo. Pero al menos notarás el césped bajo tus pies, ayudándote a amortiguar el peso. Una sensación agradable pero fugaz. En cuanto eches a andar sobre la hierba, entre antorchas de bambú y música jazz, a través del aroma a barbacoa, dará paso a un hormigueo que te subirá haciendo eses por la parte interior de las piernas hasta detenerse en tus vértebras lumbares. Es probable que sientas un leve cosquilleo que podría ser hasta agradable si no fuera porque al mismo tiempo percibirás cómo un líquido denso empieza a derramarse en el interior de tu estómago y tu cerebro. Pensarás que quizá esta vez te hayas pasado. Y puede que imagines que la sangre se está ralentizando hasta límites imposibles en tus venas. Que tu corazón es una esponja carcomida empapada en tal cantidad de chapapote que es incapaz de seguir drenándolo. Mirar hacia abajo y ver cómo te tiemblan las manos no te ayudará a serenarte. Seguramente, por instinto, las levantarás hasta la altura de tus ojos y cerrarás los puños en un intento de recuperar el control sobre ti mismo. No servirá de nada. Y te sorprenderás resignándote a ello. Te sorprenderás sacando a relucir un instinto social que creías perdido y que te hará esconderlas en los bolsillos para no llamar aún más la atención. Llegados a este punto, tan cerca de la meta, no te quedará otra opción que seguir adelante. Evitar mirar hacia esa mesa bajo el pino más grande donde tu madre bebe ponche con esos ojos opacos asomando por encima de la copa, clavados en ti. Evitar echar de menos a tu padre, que no te entendía pero te quería y murió demasiado pronto. Desechar con o sin razón la idea de que quizá esos putos estallidos que nadie más busca en el cielo son la primera señal de que definitivamente algo se ha jodido dentro de tu cabeza. Esquivar a un treinteañero de calva reluciente, tu primo segundo, crees, cuando aparece ante ti e intenta darte un abrazo absurdo. No caer en la tentación de retorcerles el cuello a los dos gemelos mayores de tu hermana por mucho que te disparen con las pistolas de agua, por muchas patadas que te den en la espinilla. Simplemente has de concentrarte en seguir, seguir, seguir. Ni siquiera te detengas cuando la otra niña de la casa, la que te cae bien, a la que le caes bien, venga corriendo hacia ti con una sonrisa y te ponga en tu mano dormida una pequeña cajita deseándote feliz cumpleaños. Quizá añada algo extraño, algo como que siempre tienes cara de que te duela la cabeza. O eso creerás escuchar por encima o por debajo de los estruendos sin luz. No cometas el error de decirle Gracias, guapa y agitar su pelo de cinco años. Podría ser una trampa. Todo lo que has de hacer es seguir andando y, con un poco de suerte, pasar desapercibido para todo el mundo. Si lo haces bien se te concederá el premio. Poder respirar unos minutos el olor de los pinos o lo que sea que decidieron plantar en esta parcela sin tener que hablar de nada. Sin pensar en nada. Sin comentarios a tu espalda ni sonrisas pintadas danzando frente a tu cara. Y al fin dar con la tumbona libre a la orilla de la piscina en forma de haba con todas esas luces en el fondo. Echarte, sentir la lona amoldándose a tu cuerpo, con el líquido resplandor azul eléctrico ascendiendo y brillando sobre ti, sobre todo, como una aurora boreal. Fantasear durante un instante con que se trata de un ovni sumergido esperando el momento para salir volando y sacarte de allí. Imaginar que si fueras capaz de volar lo bastante alto la piscina parecería el riñón de un androide del siglo XXIII, de un elegante azul pálido y frío y silencioso y limpio y eficaz. Y quedarte dormido por fin en la tumbona después de, quizá, ver los fuegos ardiendo en mil colores perfectos y cegadores entre las copas oscuras de unos árboles allá, a medio camino siempre a medio camino del horizonte, dándole cierto sentido a las explosiones que no cesan. Y eso es todo. No tiene por qué ser tan difícil, te dices. Solamente se trata de tirar del pomo y echar a andar por el parqué del pasillo. Y entonces te despiertas. O empiezas a despertarte, porque lo cierto es que tardas unos minutos en saber dónde estás. La lona áspera de la tumbona te ayuda a ubicarte. Y el tufo denso a carne abrasada. Y el jazz de rigor en toda reunión selecta. Y el resplandor de las antorchas creando sombras danzarinas en el suelo, en los árboles, en el seto que delimita esta propiedad privada de la del resto del mundo. Y sobre todo ese coro de voces que parlotea a tu espalda. Sabes que vas a tener que acercarte a la reunión de conocidos y extraños. Y también sabes que para hacerlo con unas mínimas garantías necesitas una cerveza. Te levantas con esfuerzo de la tumbona dispuesto a coger un par de latas del pozal que milagrosamente hay un par de metros más allá. Al incorporarte algo rueda por tu barriga y cae al suelo. Una cajita de madera cerrada con un lazo rosa. Empiezas a recordar de verdad. A plantearte cuánto tiempo llevas dormido. Te agachas y la recoges. No pesa nada. La agitas junto a tu oreja. Suena a plástico entrechocando con arena. Al fin lo abres. Un par de nolotiles ruedan por la madera. No sabes si reírte o llorar, pero lo que importa es que el pecho se te llena de una enorme gratitud hacia tu sobrina. Hacia su sabiduría imposible. Hacia su comprensión. Necesitas darle un abrazo de inmediato y explicarle que a veces no te duele la cabeza y que seguro que dentro de poco ya no te dolerá ni en los peores días. La buscas barriendo deprisa el jardín con la mirada. Y se te eriza la nuca cuando por el rabillo del ojo ves a contraluz esa silueta hundida en el fondo de la piscina. Te lanzas al agua. Buceas. Añades un poco de sal al cloro. Y cuando llegas a ella chocas contra algo duro y te ves tirando con todas tus fuerzas del brazo de una pesadísima sirenita de piedra probablemente comprada en la sección de jardín de Ikea. Bueno, seguramente en un sitio más selecto. Y ahí abajo, mirando frente a frente a la estatua como un auténtico imbécil, entre miles de burbujas de oxígeno perdiéndose para siempre, comprendes que nunca has sido tan feliz como en ese preciso instante. Y te importan una mierda las caras de estupor que te reciben cuando emerges. En primera fila hay una, más pequeña que el resto, que sencillamente se limita a reír. De la manera más nítida y pura que jamás has escuchado. Porque sí, siguen resonando las explosiones, pero ahora las ves brillar y apagarse y brillar en el cielo. Justo encima de su risa. Bañándolo todo de luz.
Archivos para 27 julio 2011
Medicina alternativa
Algo al rojo vivo me atraviesa el pulmón izquierdo al respirar pero no pido cita por eso. Ni por el insomnio ni la ansiedad. Sencillamente busco una coartada. Un justificante que poder entregar al día siguiente. Porque llevo tiempo necesitando romper el ritmo. Escaparme en la medida de mis posibilidades. Aunque solo sea para librarme de unas horas de trabajo. Así que cuando llamo para concertar la consulta me aseguro de que me parta la mañana.
A las 11:30 de dos días después ando por mi barrio de toda la vida rumbo al ambulatorio. Con prudencia. Vigilando las esquinas, atento a quién entra o sale de los comercios, mirando de reojo a las bicicletas que circulan por el carril-bici que antes no existía. Incluso de vez en cuando me parece identificar la cadencia de los pasos que andan a mi espalda. Entonces mi corazón se pone a bombear angustia hasta que reúno el valor para girarme y comprobar que no hay fantasmas. Así que quizá sea más apropiado decir que ando con miedo, a quién pretendo engañar. Y, claro, me arrepiento de muchas cosas. Por ejemplo de ser un completo desastre y dejar siempre para más tarde cualquier trámite. Cualquier decisión. Porque en este momento podría estar paseando tranquilamente camino del consultorio de la zona en la que vivo ya desde hace mucho más tiempo del que cualquiera necesitaría para actualizar la tarjeta SIP, y en cambio me veo recorriendo asustado los lugares del pasado. El viejo campo de batalla. El escenario de la derrota, en definitiva, simplemente por no haber cambiado la dirección de mi tarjeta médica.
Pero lo cierto es que, pese al miedo y cierta dosis de rencor, encuentro algo reconfortante en moverme por las calles por las que anduve durante años y años, cuando los problemas eran muy grandes y muy pequeños a la vez. Cuando los problemas, sobre todo, acababan solucionándose de una forma u otra, y casi siempre de la mejor. No sé… El último remolino de un aroma como a inocencia perdida flotando a mi alrededor, invitándome a volver a creer en ella. Es una tentación agradable. Pero para bien o para mal he aprendido que caer en ella sería fatal. De manera que opto por evitar descender a profundidades de las que uno nunca sabe si podrá escapar y quedarme con la satisfacción inmediata: a fin de cuentas es media mañana y debería estar aguantando alguna de las locuras del jefe mientras el 99% de mi cerebro echa de menos cosas que nunca han existido ni existirán o existieron y murieron. Y, sin embargo, aquí estoy, andando despacio y fumando despacio bajo un sol solo unos años más viejo que el que empezó a alumbrarnos. Sintiéndome como un explorador clandestino. Como un furtivo. Como un viajero en el tiempo. Igual de intrépido que acojonado. O casi.
Supongo que por eso experimento cierto alivio cuando llego a la puerta del ambulatorio. Es un sitio seguro. Por alguna razón descarto que allí dentro, entre gente enferma y jubilados aburridos, se produzca un choque fatal entre mi abatimiento y su nueva vida, que inevitablemente me imagino llena de luz, salud, amor y toda esa mierda. Miro la hora en el móvil. Como siempre he llegado diez minutos antes. Tiro el cigarro, me aseguro de que me quedan chicles de menta y enciendo otro. Mi doctora es una fanática de la cruzada antitabaco. O lo era. Ya digo, hace años que no vengo por aquí. Supongo que hasta es posible que haya muerto. Quizá incluso de cáncer de pulmón, ella, que la última vez me dijo que no hay nada más absurdo que matarse a base de algo que no aporta el menor placer. En aquel momento me pareció una afirmación demasiado estúpida para ser contestada y me limité a coger la receta y largarme de allí. Ahora me lo parece aún más.
Como el sol calienta más de la cuenta si te quedas quieto camino hasta doblar la esquina. Pego la espalda a la pared para que el triángulo de sombra me cobije por completo. Y sigo pensando en lo de siempre. En ese momento dos personas surgen a mi izquierda por la acera que acabo de dejar para guarecerme de los rayos del verano. Ella y él siguen su camino calle arriba. Comentan algo sobre un viaje a Marrakech. No oigo los detalles. Puede que lo estén planificando. Puede que ya hayan regresado y estén haciendo otros planes. En cualquier caso reconozco que lo primero que me viene a la cabeza es que va a ser verdad eso que pasa en las películas malas: que si te aplastas lo suficiente contra la pared el enemigo pasará de largo sin verte. Por supuesto, enseguida empiezo a pensar en lo verdaderamente importante. En que ha ocurrido lo que temía que ocurriera. Verlos por ahí, andando, hablando, respirando… haciendo juntos cosas normales. Y no puedo evitar concluir, con una tranquilidad que tras asustarme al principio empieza a dejar paso a cierto orgullo, que hasta en la tragedia la ficción es más insoportable que la realidad. La verdad: había imaginado que esto pasaría de un modo muy diferente. Que sería mucho más triste, más duro. Que se me pondrían los pelos de punta y me empaparía un sudor frío. Pero no, ni rastro de eso. Todo lo contrario.
Mientras los veo alejarse, empequeñecer en dirección a sitios que ya conozco y ahora entiendo que no quiero volver a pisar, casi me hace reír observar lo mal que le quedan a él unos simples pantalones. Y que ella, cogida de su mano, me resulta tan vulgar como él. Sí, vale, aún brilla levemente al sol, tiene cierta luz propia. Pero antes era mucho más intensa. Quizá reflejaba la mía, me digo, a pesar de la tiniebla constante, y entonces sí creo que sonrío un poco. Sea como sea, tengo claro que está bien donde está, perdiéndose en el tiempo y el espacio a cada paso. Y yo también. La prueba es que respiro hondo y no siento el menor dolor.
Hoy no he ido a trabajar
Tres jubilados silban a una quinceañera que pasa. Uno suelta algo ininteligible. Probablemente un piropo. O una guarrada. Sea lo que sea suena a castellano antiguo. Los otros dos se ríen. Y acaban tosiendo. Luego callan. Son las 11:01. No se mueven hasta las 11:26. Ni siquiera parpadean detrás de sus gafas de cristales amarillentos. El sol los alumbra como lo hace con la pintura sucia de los pasos de cebra o ese ventilador color crema con la hélice rota que alguien ha dejado junto al contenedor. Casi a desgana. Únicamente por obligación cósmica. Pero a ellos parece no importarles. Sabios, idiotas… no tengo ni idea. Y tampoco me interesa. Me basta con tomar un par de notas mientras los veo ahí sentados en ese banco desde el que ven la vida irse. No pasar, irse para siempre. Como otra chica que pasa y se aleja calle arriba enfundada en unos vaqueros ceñidos hasta lo imposible. Unos diecisiete. Incomprensiblemente, los tres viejos sacan fuerzas de algún sitio para repetir el ritual. Las risas, las toses. Seguir viviendo un rato. Supongo que no es poca cosa.
Sucesos
Han matado al chaval de los chinos de la esquina. Hace tres noches.
Me entero mientras hago cola en su tienda. Las dos ancianas muy morenas que me preceden lo comentan con todo lujo de detalles en un simulacro inútil de voz baja. Cuando llega su turno pagan sus botes de bronceador y se van.
Yo no sé muy bien qué hacer o decir cuando dejo el paquete de café sobre el mostrador. Me he quedado sin esta mañana y hasta hace un minuto me parecía indispensable para sobrevivir a otro domingo de verano. No contaba con esto. Como es natural, supongo, me decanto por callar y pensar lo extraño que es que a pesar de la tragedia la tienda del muerto siga siendo lo único abierto en el barrio los domingos de agosto. Me siento incapaz de decidir si me parece admirable o lo más triste del mundo.
Es lo que da vueltas en mi cabeza mientras un chino muy parecido al que ya nunca estará me dice que es 1,20 y mete el café en una bolsa de plástico. Muy parecido, casi idéntico. Tal vez un poco mayor. Seguramente su hermano.
Me devuelve el cambio y me da las (muchas) gracias por mi compra. Su expresión repta por la línea que divide la pena y la ausencia. Definitivamente es exactamente igual que el que solía atenderme. La misma languidez bajo el parpadeo de los neones. La misma corrección. Milenios de educación en la sumisión al servicio de una compra de 1,20. Al servicio de alguien como yo o todavía peor.
Según las ancianas un par de borrachos quisieron divertirse a costa del chaval. Le dieron unas cuantas patadas y lo tiraron al río. Parece ser que no sabía nadar, han dicho las viejas antes de irse a la playa.
Por alguna razón me gustaría mucho, mucho, mucho saber que en aquel último trance un destello de verdadera vida relampagueó en sus ojos rasgados.
Pensamientos profundos
Hacía horas que el resto de habitantes de la ciudad, el país y la parte a oscuras del mundo dormía soñando sus sueños grandes o pequeños. Él llevaba días sin dar más que alguna cabezada suelta y en el peor momento. Como esa misma mañana, sobre el teclado del ordenador de la oficina, presionando con la ceja izquierda la tecla Supr.
Ahora, sentado en el umbral de la casa con la puerta abierta para que le llegara el dolor solidario de Micah P. cantando en el reproductor, echaba la ceniza del cigarro en la lata de cerveza que acababa de apurar. Y en lo último que pensaba era en el expediente que le habían abierto en el trabajo.
Su mente tampoco hacía la menor concesión a la grandeza del cielo de una noche de verano sin luna. Clareaba por el este. Las estrellas aún se hacían fuertes en el intenso azul oscuro del oeste. Y era esa hora en que incluso en la noche más pegajosa de julio el calor parece conceder un respiro a los animales de sangre caliente. Pero él ni siquiera reparó en la agradable brisa que se le coló por el faldón de la camisa enfriando el sudor de su espalda.
Se limitaba a mirar la tierra que tenía inmediatamente delante. La tierra que rodeaba la casa y que tan solo ocho días antes habían removido, rastrillado, surcado y otras muchas acciones pertenecientes al mismo campo semántico y que jamás habría imaginado poner en práctica. Se limitaba a mirar y a intentar digerir lo absurdo que puede llegar a ser el final de las historias que se cuentan solas, sin guión. Por ejemplo una casa cercada por lo que ahora bien podría parecer una excavación arqueológica de la que solo se extraerían los restos ruinosos de un pasado esplendoroso.
Pero, por alguna razón que ya carecía de importancia –si es que alguna vez la había tenido-, ocho días antes ambos tenían claro que era fundamental para su futuro adecentar el terreno y plantar en él centenares de pensamientos azules, amarillos y granates. Así que los dos se habían tirado todo aquel día de hace ocho días rebozados en la tierra, cavando, abonando, haciendo en unos puntos pequeños hoyos y en otros pequeños montículos que parecían las tripas terrosas de los primeros. Acabaron el trabajo cuando el sol se ponía, cuando la tierra era roja y parecía mucho más viva que ahora.
-Mañana los plantaremos –había dicho alguno de los dos, no lo recordaba con exactitud.
Tampoco recordaba quién mencionó algo sobre lo genial de despertarse todos los días en medio de una explosión de colores.
Pero al día siguiente no había habido mañana. El día siguiente amaneció siendo solamente el día 0 de una nueva era. Una nueva era de polvo en las fotos y mortajas en los armarios por la que se había arrastrado ya una semana, la peor de su vida, teniendo la sensación de no haber avanzado ni un centímetro. Una sensación que en este momento, insomne ante el paisaje agujereado por algo parecido a un bombardeo, daba paso a la escalofriante sospecha de que jamás avanzaría.
Se imaginó entrando y saliendo de la casa durante años haciendo el esfuerzo consciente de esquivar los baches. Recordándolo todo cada vez que tuviera que rectificar la trayectoria de sus pies para evitar un montón o un socavón. Y de golpe sintió instalarse en su interior el cansancio acumulado de una montaña de tiempo que no había hecho más que empezar.
En ese instante a Hinson le dio por animarse un poco a su espalda. Empezó a cantar en el mp3 más fuerte, más rápido, con más rabia que pena. Rasgaba el banjo y repetía sin cesar algo sobre cavar una tumba bajo la luz de la luna. Su inglés le daba para entender una orden tan sencilla.
Y casi sin pensarlo se vio sin luna en lo alto pero con la pala en la mano, cavando, cavando y cavando un agujero lo bastante ancho y profundo como para arrojar en él un par de álbumes de fotos, los regalos de ocho cumpleaños, los sudarios de los armarios y la ropa interior del segundo cajón empezando por abajo. Ni siquiera desfalleció cuando cayó en la cuenta de que no estaría de más agrandar el agujero para hacer caber en su interior el colchón de toda una vida.
El sol estaba ya en el centro del cielo cuando acabó de sellar la tumba. Las cigarras chirriaban. Hacía muchísimo calor, pero él se contentó con percibirlo mínimamente e intuir que al día siguiente sería capaz de apreciarlo un poco más. Se secó el sudor de la frente y dedicó un rato a rellenar los huecos en los que un día se supuso que iban a florecer los pensamientos.
Lentamente
Es domingo, con todo lo que eso suele implicar.
Ya sabes, ese vacío en expansión geométrica. Bajas a por tabaco y tienes que lidiar con comercios cerrados y parques llenos de niños gritones. El bar/refugio de todos los días ocupado por matrimonios maltrechos que comen olivas y beben bitter kas en silencio absoluto. Un hombre barrigudo en chanclas y camiseta de tirantes limpiando su coche en la esquina. Algunas docenas de viejos bloqueando la acera en la puerta de la Iglesia. La larguísima cola de padres de familia que sale del sitio de los pollos asados porque la mamá no cocina los domingos. Así se sienten mejor, ellos y ellas, perpetuando las costumbres del rebaño.
Lo de siempre. La hostilidad exacerbada de los domingos.
Por eso es urgente encontrar de una vez una máquina de tabaco. Escasean tras la Ley. Das con ella al fin y mientras introduces las monedas por la ranura del dispensador de cáncer oyes que la criatura que se mueve detrás de la barra inicia una conversación con otra criatura muy parecida que se mueve, un poco menos, delante de la barra.
-Cada día estoy más orgulloso de no haber fumado nunca.
-Yo lo dejé hace años –apunta el otro-; gané en calidad de vida “lo que no está escrito”.
Y, claro, no puedes evitar volver la cabeza, echarles un vistazo.
Te mantienen la mirada un segundo, como para asegurarse de que has recibido, asimilado y vas a poner en práctica la perla de saber con la que acaba de iluminarte.
Después se giran despacio y vuelven a centrar su atención en el televisor.
La estrella patria del automovilismo se sale en una curva. Diez o doce coches lo adelantan en cuestión de segundos.
-Hoy tampoco “ganamos” –dice el orgulloso camarero.
-Bueno, pues pon el programa ese del tío que adiestra perros.
Y entonces metes los últimos cinco céntimos y piensas que no solo la nicotina mata lentamente. Sales de nuevo a la luz. El sol brilla ahí arriba, obscenamente perfecto. Un gigantesco limón mutante haciendo crecer las naranjas amargas de los árboles urbanos. Reflejando sus rayos en el papel de plata que envuelve los pollos muertos. Secando el coche resplandeciente del jubilado ocioso. Bronceando a gente que no sabe lo que es la melanina pero está muy satisfecha de sí misma.
Desperdiciándose poco a poco, muy despacio.
El perro de Pavlov
La chica se te acercó. Te miró con sus ojos negros y perfectos rebosantes de ganas. Dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara. Hizo todo lo necesario.
Y lleno de asombro notaste aflorar en ti, al fin, la maravilla de una respuesta incondicional, primaria, tan humana como animal. Y…
Asociaciones mentales inevitables, automáticas e inquebrantables. Ni la variante más dura del método Ludovico podría acabar con ellas.
Lo sabes muy bien.
Hace años que terminó tu adiestramiento. Fue un rotundo éxito. Lo sigue siendo. Sus efectos en ti perduran aquí y ahora, cuando ya no tiene sentido que sea así, con la misma intensidad con que empezó todo aquella noche del electroshock directo al corazón. Y perdurarán mañana y pasado y al otro, cuando todo será aún más absurdo.
Lo sabes muy bien.
Tras la primera fase de su adiestramiento, el perro de Pavlov no comía salvo que le dieran la comida haciendo sonar un metrónomo.
Un poco más avanzado el experimento, el perro de Pavlov podía llevar tres días sin comer y ni siquiera salivaba ante la comida si no oía el ring del aparato.
Al final, si Pavlov así lo hubiera querido, su perro se habría dejado morir de hambre rodeado de filetes, muslos de pollo y conejos asados esperando en vano que el mágico timbre del metrónomo desatara el apetito en su vientre hundido.
No hace falta ser un perro para sucumbir a los peligros de la respuesta condicional. Si algo se repite a diario durante el número necesario de años acaba por convertirse en pauta. En modelo. En el único estímulo válido para generar determinada reacción.
Por eso cuando la chica se te acercó, te miró con sus ojos negros y perfectos llenos de ganas y dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara, cuando hizo todo lo necesario, no fue suficiente. Su voz, sus ojos, su manera de moverse no eran los que te habían enseñado a asociar con determinados sentimientos. No eran tu ring. Con cierta tristeza notaste cómo las reacciones químicas que habían empezado a producirse dentro de ti se detenían y se diluían en tus venas sin remisión.
Ella se enfadó y te llamó imbécil y otras cosas bastante peores. Decidiste asumirlo sin protestar. Tampoco era el lugar ni el momento para intentar explicarle lo jodidamente eficaz que puede llegar a ser la Teoría del Reflejo Condicional.

