Archivos para 19 enero 2012

19
ene
12

Por encima de tus posibilidades

Todas las mañanas…

Dejas caer una moneda en la cazoleta del viejo de los cartones. Cuando no llevas suelto te anticipas y le das un cigarro sin que tenga que pedírtelo. Nunca te da las gracias, ni falta que hace. ¿Tú agradecerías unos céntimos caídos del cielo si estuvieras sentado sobre orines de perro?

Luego te tomas el café en el bar de abajo de tu oficina. Mes a mes, semana a semana, casi día a día observas cómo se dispara la cantidad de gente abollada que se acoda en la barra. Algunos todavía buscan su última oportunidad en la sección de clasificados del periódico. Sujetan el papel con dedos crispados y de vez en cuando aún tienen fuerzas para maldecir su suerte. Pero la mayoría han comprendido que son demasiado viejos. Apuraron sus opciones hace tanto que ni siquiera son capaces de recordar cuándo. Ya no esperan un giro brillante del azar, y hacen bien. Así que se limitan a beber anís o coñac o cazalla, cosas potentes, anestésicos sin receta y de efecto rápido. Si los observas durante un par de minutos te darás cuenta de que el fulgor etílico de sus miradas esconde unas pupilas mates.

Pero, por si fuera poco, no se trata solo de eso. No se trata solo de los excluidos sociales, ni de los “alcohólicos de larga duración”, ni de los cajeros-dormitorio repletos de un tiempo a esta parte, ni del tipo con “4 ijos peqeños” y las uñas negras que te ofrece unos kleenex en el semáforo mientras escuchas a los Black Keys o, seguramente, algo mucho peor.

También está la señora de la limpieza que saca fuerzas de donde ya no tiene para fregar los siete pisos de tu escalera a las siete de la mañana de la víspera de su despido. Y su hijo pequeño mirándola desde unos peldaños más abajo con sus oscuros ojos bolivianos, esperando que ella lo lleve al colegio entre esta comunidad y otra que también será la última.

Y la gente que hace cola los martes y los jueves en el banco de ropa que hay dos manzanas más arriba. Cuando pases a su lado mirarán hacia abajo. Supongo que es normal.

Y tu padre, viejo y cansado y trabajando en la otra punta del país porque es allí donde le ha salido algo que le ayudará a mejorar su mierdosa pensión de jubilación.

O tú, contento, casi orgulloso de conservar tu trabajo de mierda un día más. Mil euros. Un poco menos, un poco más… Lo justo para pagar el alquiler de tu piso compartido. Lo justo para no salir rebotado del gran engranaje como una pieza rota. De momento.

En fin, cuando estés parado en el semáforo en tu coche de tercera mano y el de los pañuelos golpee tu ventanilla no se te ocurra quitar la música aunque te sientas incómodo disfrutando de algo mientras otro mendiga al otro lado del cristal. No pongas la radio. Si lo haces puede que oigas a alguien decir que has estado viviendo por encima de tus posibilidades. Y será alguien que no tenga ni puta idea de quién eres. Y mucho menos de lo altas que podrían llegar a ser tus posibilidades.

17
ene
12

Polución ambiental

El coche no arranca de buena mañana. Veinte minutos para llegar al trabajo. Guerra desde el primer minuto. Vuelvo a darle al contacto. Un estertor ahogado. Presagio de muerte. Vamos, viejo, tú puedes. Se lo digo mientras le acaricio el salpicadero. Ni puñetero caso. No confía en mí ni yo en él. Tampoco hay reacción cuando golpeo el volante maldiciendo hasta al último operario de la cadena de montaje dela Seat.Tomouna nota mental: incendiar el taller del mecánico que me sableó doscientos euros hace un mes tras jurarme que el coche aguantaría por lo menos un par de años. Cuánto hijo de puta, joder.

Además llueve a mares. El parabrisas parece el tobogán de un parque acuático. Pero sin sol en lo alto ni adolescentes en bikini. Luego me pregunto qué coño hice con aquel paraguas. Era una de las pocas cosas que conservaba de mi padre. Se me ocurre que quizá se quedara en el maletero de mi anterior coche. Se lo vendí a un rumano. Puede que alguien sea más feliz con él en la mano bajo la lluvia de Bucarest. Probablemente no. Probablemente esté en algún vertedero, entre latas de atún y parachoques y marcos de fotos viejas. Hablo del paraguas, insisto.

En fin, habrá que hacerse el ánimo. Me ajusto la capucha y me acerco a la parada del bus. El 89 se parece mucho a un camión de ganado. Suele ir a reventar, suele oler a rayos. Intento mentalizarme mientras espero que llegue. Por suerte hoy no va demasiado lleno. Y el tufo mezclado a sudor y after-shave y halitosis matinal es bastante soportable. Al fondo vislumbro un asiento. Contra todo pronóstico lo alcanzo antes de que me lo quiten. Debe de ser mi día de suerte. Ni siquiera el abuelete que tengo al lado parece de esos dados a parlotear sin ton ni son sobre el tiempo, el fútbol o cómo atrapaban renacuajos en la acequia de su pueblo cuando eran niños. Está enfrascado en la lectura de un periódico gratuito. Debe de rozar los ochenta pero aún queda algún tenue destello de inteligencia en su mirada. Por eso me extraña que crea que puede sacar algo en claro de todas esas palabras huecas. Pero, bueno, allá él. Por mi parte me dispongo a “disfrutar” del trayecto en la medida de lo posible. Me arrellano en el asiento y hago un pequeño ventanuco con la mano en el cristal empañado. Los coches, las tiendas, la gente parecen más lejanos cuando llueve. Sobre todo la gente. Más difuminada. Más inofensiva. Más hermosa. Menos “gente”. Cuando llueve, desde la distancia adecuada, puedes mirar a esos seres como se mira un cuadro abstracto. Los puedes mirar e imaginar lo que te venga en gana. Que son mejores de lo que son, por ejemplo y fundamentalmente. Por eso me gusta que llueva, sí, aunque antes haya podido parecer que no.

Lo malo es que la tranquilidad dura poco. Lo que le cuesta al bus alcanzar la siguiente parada. Suben un par de chavalitos, de unos diecisiete-dieciocho, chico y chica. No van juntos pero sin duda harían buena pareja, por el asco que ambos me producen instantáneamente. Ella habla a gritos por el móvil. Algo sobre lo “zorra” que es una tal Vanessa, que ya sabe que ella (su interlocutora telefónica) es muy amiga suya pero que lo siente mucho, tía, ella no se puede callar, no es una hipócrita (esto lo dice varas veces en cuestión de quince segundos, seguramente orgullosa de emplear una palabra de cuatro sílabas):la Vanessaes muy zorra. Y habla y habla sin mostrar la menor preocupación por que todos los pasajeros oigamos lo que dice. Es más, habla y habla con cierto tono declamatorio, como si realmente le gustara que la escuchemos o, al menos, como si le importara una mierda que su voz nos taladre el cerebro, como está haciendo con el mío.

El chaval, por su parte, lleva en la mano un móvil del que supura una música que haría que los lingüistas y los músicos se replantearan el concepto del término. La peor que un oído humano se haya visto jamás forzado a escuchar. Si existe el infierno, sin duda esa composición aberrante será lo que brote en bucle eterno de su hilo musical. Por supuesto el chico la exhibe a todo volumen, incomprensiblemente orgulloso de tener tan mal gusto, inquietantemente orgulloso de ser él, con esa cresta engominada que se retoca cada tres segundos, con esa mirada de perdonavidas que ya me ha lanzado tres veces.

Intento abstraerme. Mirar por la ventanilla en busca de la distancia, la seguridad, el hueco para la fe enla Humanidadque siempre encuentro cuando miro las cosas desde lejos. Pero ya es imposible. La invasión se ha consumado. El enemigo está dentro, a escasos metros, plantado desafiante en el centro del autobús como un DJ demencial o sentada en ese asiento de ahí insultando a una amiga a las ocho de la mañana. Dios… ¿Cómo es posible? Catorce mil millones de años desde el Big Bang para esto. Eones y eones de ingeniería cósmica, catástrofes espaciales, casualidades milagrosas para esto. ¿De verdad somos el ser más evolucionado, lo más cercano a la perfección que flota en la galaxia? Descorazonador. ¿En serio que no puedo fumar en el transporte público ni casi en ningún otro sitio pero tengo que aguantar estas formas de contaminación?

Entonces el viejo del asiento de al lado levanta la vista del periódico y le pide educadamente al chaval de la música de mierda que haga el favor de bajar un poco el volumen. El chico le manda literalmente a tomar por culo y sube un poco más la música. Se genera un tímido murmullo entre los pasajeros, y eso es todo. Incluso el anciano calla y vuelve a sumergirse en la lectura de un diario en el que no hallará respuesta alguna para este tipo de situaciones ni para ninguna otra. ¿La crisis mundial? A quién coño le importa eso cuando hasta en las tripas del bus que te lleva al trabajo, a la cola del paro, al médico o al psiquiatra fluye la mierda presente y futura de esta sociedad.

Joder, necesito fumar y todavía faltan ocho paradas para la mía. Pero necesito fumar. Lo necesito urgentemente. Me pongo un cigarro en los labios, aprieto los dientes. Noto un calor cerca de mi mano. He encendido el mechero sin siquiera darme cuenta. Me quedo mirando la llama. Perfecta, estable, luminosa. Un pequeño Big Bang poniendo incandescente la rosca del mechero. Levanto la mirada y miro al chaval. Me está mirando él también. Me hace un gesto que quiere ser entre amenazante y despectivo con la barbilla. No consigue más que darme pena. Pero no se va a librar. La llama sigue ardiendo y el metal al rojo. Y ellos y yo nos pondremos a su espalda, muy cerca, en cuanto solicite parada. Que le den al trabajo. No se puede estar en todo.

11
ene
12

Sin título

A veces, bastante a menudo, cuando ando por la calle me invade el miedo a que un pájaro se me cague encima. Y últimamente esta ciudad se está llenando de palomas. Las hay a miles. Así que la otra noche iba andando bajo ese techo de ramas enroscadas que forman los árboles de la alameda y me vino otra vez a la cabeza. Pensé en cuántas palomas o pájaros de cualquier especie estarían ocultos ahí arriba, mirándome fijamente con sus ojos sin párpados. Y tuve la certeza de que esa vez no iba a librarme. Fue como una premonición. Un instante después sentía el impacto. Me miré el brazo. El proyectil me había alcanzado de la peor manera posible, en el ángulo más dañino. Un surco de mierda blanca y verde moco me recorría la manga izquierda de arriba a abajo. Justo ese día, joder, cuando por fin habíamos quedado. Cogí un puñado de hojas resecas del suelo e intenté limpiarme un poco. Mala idea: solo conseguí extender la porquería. Me planteé volver a casa y cambiarme de chaqueta. Pero eso supondría llegar tarde. Tendría que llamarla y decirle que iba a retrasarme inventándome cualquier excusa. En fin, ese tipo de cosas que no quieres que pasen cuando se trata de algo importante. Así que decidí comportarme con naturalidad, tranquilidad, solvencia, con todo eso que guía a la gente a la que le suele ir todo sobre ruedas. Son cosas que pasan, le diría al llegar, a cualquiera le puede cagar un pájaro encima en el peor momento. Y los dos nos reiríamos de la situación. Sí, eso decidí, y seguí andando hacia donde habíamos quedado. Todavía quedaba un largo trecho. Tiempo para pensar. Quizá por eso estaba bastante seguro de mí mismo cuando llegué a aquel bar un par de minutos antes de la hora convenida. La verdad es que podría haberme ahorrado el paseo. Cincuenta y tres minutos y dos cervezas más tarde aún no había aparecido. Pagué y me dispuse a deshacer el camino. Al pasar de nuevo bajo los álamos estaba absolutamente seguro de que no corría peligro. Era imposible. Tres mierdas en un día sería algo excesivo para cualquiera. Tan convencido estaba que me atreví incluso a desafiar a los hados y levanté la vista. Obtuve una buena recompensa. El cielo era de un azul eléctrico en contraste con las sombras de los árboles y las estrellas brillaban perfectas entre las ramas. Pero entonces recordé eso que dicen, lo de que no hay dos sin tres. Bajé la mirada y aceleré el paso, por si acaso. No había dado ni diez pasos cuando los pájaros empezaron a ulular sobre mí. Me pareció que se reían. Lo sé, lo sé, solo fue una impresión, y se fue tan rápidamente como había venido. Sabía que ellos no eran más que pájaros, tontos y cobardes y con la respiración agitada hasta en reposo. Pero aun así me agaché igual que había hecho a la ida. Esta vez cogí una piedra. Rebotó en un par de ramas y un puñado de palomas salió volando en desbandada hacia algún rincón de la noche. Me arrepentí al instante. Hacía frío. No tenían culpa de nada.

04
ene
12

Bloqueo

Es verdad: el año acaba de empezar y hay pocas fuerzas.

Llevo lo que llevamos de 2012 sin leer una línea. En cuanto a escribir más o menos igual.

Además el ordenador se cuelga cada 11 minutos exactos. Resucita al tercer minuto, como un dios cibernético tan inmortal como inútil.

Así es difícil avanzar.

Así es difícil incluso empezar.

De modo que la otra mañana fui a buscar un portátil antes de entrar al trabajo. No pasé del escaparate. Todas esas creaciones de silicio y microchips ahí expuestas.

Me intimidaron.

Parecían perfectas en su despliegue de diseños ergonómicos y colores a la última. Pero contemplándolas supe que más pronto que tarde me la jugarían.

Me acordé de la olivetti de mi madre. Mi hermano se la llevó una noche. Quería venderla para sacarse unos duros con lo que poder hacerse con un par de dosis.

Fue la última vez que lo vimos. A la olivetti también.

De vez en cuando los echo de menos. Cuando empieza un nuevo año, cuando llega el 3 de abril o cuando no puedo dormir.

Vamos, de vez en cuando. Luego la vida echa a rodar de nuevo. Y todo va quedando cada vez más atrás. Y me preocupo por agenciarme un ordenador potente, o me compro unos nuevos vaqueros, o me lo paso bien con mis amigos, o intento escribir un relato decente.

Supongo que es lo normal.




new!!

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