Archivos para 29 febrero 2012

29
feb
12

Lo indecible

“Hay cosas más graves, tío”. Claro, y menos mal. Por ejemplo esta tarde subo al tercero a pagar el alquiler a los caseros. Me abre la mujer. Nada más entrar percibo algo extraño. Una especie de silencio enlatado, como de envase al vacío. Pero la verdad es que ya son trece visitas a esa casa y siempre ha estado invadida por la misma atmósfera. Incluso cuando tienen la telenovela puesta a todo volumen flota en el aire algo parecido al zumbido que nace en los oídos cuando no hay sonido exterior alguno. Supongo que es el ambiente lógico  para el sitio en el que vive un matrimonio que roza las bodas de oro. Demasiados silencios acumulados. Así que decido no darle cuerda a la imaginación y como de costumbre me siento en la mesa donde siempre practicamos el ritual del pago de los recibos y demás. Es entonces cuando me fijo en los ojos de la casera. Ligeramente enrojecidos. Sus pupilas se mueven despacio de la factura de Iberdrola a mis ojos y de ellos a una puerta entreabierta que hay a mi espalda. Mira hacia allí tantas veces que no puedo evitar girarme a echar un vistazo. A través del hueco veo a su marido tendido en la cama. En realidad veo el trozo de sus piernas comprendido entre los pies y las rodillas. Me vuelvo de nuevo hacia la mujer. Lo siento, digo, estaban echando la siesta… No, no te preocupes, me contesta desde el otro lado de la mesa ya con la vista definitivamente anclada en el dormitorio. Si quiere vuelvo más tarde, le insito. La mujer parece no oírme. Sus manos tiemblan muy, muy levemente sobre el tapete de ganchillo. El sol naranja de las seis de la tarde que entra por la ventana acentúa las arrugas de su cara. Es vieja. Es muy vieja. Queda muy poca carne entre su piel y su cráneo y de pronto es como si pudiera ver el interior de su cerebro. De pronto lo entiendo todo. Ni siquiera necesito ver rodar esa lágrima por su mejilla izquierda. Ni siquiera necesito que lo diga. Pero lo dice: Ha muerto hace un rato. Y yo no sé qué decirle. Me giro de nuevo hacia el dormitorio. Prefiero la cara de la muerte a la cara de la pena. Además no es la cara de la muerte; son sus pies. Unos calcetines finos azul marino y esas zapatillas beige con el empeine enrejado que suelen llevar los viejos. En fin, prendas que demuestran que nada de lo que ya no ocurre en ese dormitorio puede ser considerado un drama. No son los patucos de un bebé ni las deportivas de un adolescente. Ni siquiera son los zapatos brillantes de un hombre en la flor de la vida. Son, en realidad, unas zapatillas de estar por casa, de sentarse a ver telebasura o Jara y Sedal a la espera de que ocurra lo que acaba de ocurrir. Así que no, no es un puto drama. Es lo que me gustaría decirle a la mujer ahora que me giro hacia ella. Me gustaría decirle que yo ni siquiera tenía que estar allí, que en realidad este mes le tocaba a mi compañero de piso pero que no sé dónde coño se ha metido. Que esta misma mañana me han despedido. Que en breve tendré que atrincherarme en casa para que no me desahucien. Y que estoy hasta los huevos de que incluso el simple hecho de subir a pagar un alquiler demasiado caro para lo que es mi piso se convierta en algo demasiado complicado. Pero supongo que eso no se puede decir. Al fin y al cabo hay cosas más graves. Y siempre les pasan a los demás.

24
feb
12

Todo llega

Todo ese tiempo queriendo ver llegar el momento. Esperando. Algunos días de manera obsesiva. Esa idea en la cabeza las veinticuatro horas. Otros días con más calma. Pensando en ello durante la pausa para el cigarro o en la parada del autobús o justo después de vaciarse un poco más dentro de cualquiera de esas que dan igual. Fueron unos dos años así. Hasta que una tarde ocurrió. Se habían fundido las farolas de esa calle. Quizá por eso las luces del tráfico a lo lejos brillaban más de lo habitual. No recuerda adónde iba ni de dónde venía. Ningún sitio digno de mención, en cualquier caso. Y a día de hoy tampoco sabe qué hacía ella por allí, tan lejos de lo que había sido su mundo hasta el último día que se le permitió saberlo. La cuestión es que caminaba por la acera y ella surgió de la penumbra en dirección a él unos metros más adelante. Había imaginado ese momento cientos de veces. Había trazado en su mente muy diversas estrategias para salir victorioso del encontronazo. Pero lo cierto es que ninguna de ellas le iluminó cuando al fin llegó la ocasión. Todo lo que le vino a la cabeza fue que aquella aparición le recordaba mucho a algo que había visto en el puerto aquel domingo nublado cuando era pequeño. Con su padre. A bordo de aquel pequeño barco que llevaba a los pocos turistas y a los padres divorciados y a sus hijos a la punta del espigón. Un pez muerto emergiendo de las aguas sucias de gasoil y bolsas de plástico para quedarse flotando bajo un cielo plomizo. Apoyado en la barandilla oxidada, se había quedado mirándolo hasta perderlo de vista entre el leve oleaje. No era más que un crío, pero aquella visión le hizo pensar por primera vez en su vida que los buenos finales debían de ser realmente escasos en el reino animal. Y que no tenía demasiado sentido esperarlos. Lo había olvidado hasta ahora, que la veía avanzar hacia él con la cabeza gacha y los ojos falsamente clavados en el incomprensible interés del pavimento. La inercia de sus trayectorias, claro, acabó por hacer que se cruzaran en silencio y volvieran a separarse en direcciones opuestas a lo largo de una gran línea imaginaria imposible de desandar. Cuando desembocó en la avenida iluminada se volvió hacia la calle oscura y vio una silueta perdiéndose en la distancia, cada vez más oscura y pequeña. Era difícil determinar su verdadera forma. Podría ser la persona a la que más había querido, sí, pero también un simple pez, feo, a la deriva y absolutamente fuera de tiempo y lugar. En fin, de alguna manera supo que pasaría un cuarto de siglo hasta que volviera a pensar en ella. Y le sorprendió un poco que aquello no le doliera en absoluto. Luego siguió andando y se mezcló con la luz. Artificial, pero luz.

21
feb
12

La cabeza de Lis

A oscuras sobre la almohada, dando vueltas de un lado a otro, la cabeza de Lis sufre.

Físicamente: dolor ahí, entre las cejas y derramándose sobre ellas hacia sus sienes suaves. Cada vez menos, pero aún suaves.

Todos esos días, semanas, meses tras el mostrador. Años.

Un lapso de tiempo que tiende a infinito, a convertirse en toda una vida con esa placa en la solapa -Srta. Lis-, viendo pasar caras, bocas, voces que piden cafés y algún que otro sándwich mixto.

También sufre psicológicamente, la cabeza de Lis.

Tiene unos días libres a final de mes y le gustaría pasarlos en la montaña, disfrutar de las últimas nieves.

Se lo dijo una amiga el otro día. Algo así como:

X y yo vamos; venid vosotros también, chica, hace mucho que no salís.

Sí, a la cabeza de Lis le vendría muy bien la nieve. Las nubes blancas y el sol blanco y todo ese aire azul brillante alrededor. Les vendría muy bien a los dos.

El forfait está tirado de precio, añadió la amiga aquel día.

Pero la cabeza de Lis sabe que no lo suficiente. Su X particular lleva meses en el paro, puede que ya más de un año.

Y sobre todo la cabeza de Lis sabe que él ni siquiera sabe lo que significa esa palabra. Para empezar a atisbar el sentido de ese galicismo tendría que conocer primero el significado de unos cuantos anglicismos. Check list, job matching, mobbing. Pero no, él no quiere saber en qué consiste todo eso.

Solo aguantó quince días en el último trabajo, piensa la cabeza de Lis mientras escucha la sintonía de despedida de Windows en la habitación de al lado.

Eso es todo lo que hace desde el invierno pasado: el gilipollas a tiempo completo delante del ordenador. 300 euros en un concurso de Soria, nada más.

La cabeza de Lis es consciente de que fue ella misma quien le animó.

En parte es responsable de todo esto; hubo un tiempo en que creyó que la cosa podría funcionar de esta manera. Pero ahora está cansada de cansarse sola.

Es natural, le ha dicho mucha gente últimamente.

Tanta que: Es natural, piensa esa noche por sí sola por primera vez.

Y al poco le oye orinar al fondo del pasillo. Ese burbujeo, esas últimas gotas impactando contra el líquido sucio. Luego escucha el sonido del cepillo contra sus dientes. Unas breves gárgaras. Y sus pies arrastrando las zapatillas de estar por casa en dirección al dormitorio donde la cabeza de Lis ya ha tomado una decisión.

Al fin y al cabo tampoco era tan especial, piensa la cabeza de Lis, y ni siquiera se sorprende de estar conjugando verbos en pasado.

Lo que la cabeza de Lis no sabe es que, mientras ella finge estar dormida en su extremo de la almohada, de la oscuridad y del mundo, la cabeza que se acuesta a su lado intentando no hacer ruido también acaba de decidir otras cosas por su cuenta. Quizá sean importantes, aunque también es posible que no sean más que estupideces.

Mañana se sabrá, si es que hay ocasión.

08
feb
12

Todo lo que sube

Estoy tranquilamente escuchando a los Band Of Horses y llaman a la puerta. De inmediato me acuerdo de los coreanos que vinieron el otro día. Debía de ser más o menos sobre esta hora. Dos mujeres y un hombre, los tres muy jóvenes y vestidos como de misa de domingo. Me dieron las buenas tardes con una reverencia casi medieval y empezaron a parlotear sobre algo llamado Dios Madre en un castellano mucho mejor de lo que jamás llegará a ser mi coreano. No dejaban de sonreír, me miraban sin pestañear. Y cada cinco segundos daban un pequeño paso adelante al tiempo que me pedían permiso para entrar y hablar con calma de las bondades de su fe. El chico llevaba un portátil en el que quería mostrarme un dvd explicativo de las razones por las que Dios Madre es el único dios verdadero. Claro, me asusté y les cerré la puerta en las narices. Por la mirilla los vi cuchichear. Luego deslizaron un folleto por debajo de la puerta. No pude evitar leerlo por encima. Aterrador, en efecto. En fin, que no abro ni de coña.

Aunque quizá sea el tipo ese que viene de vez en cuando a mirar el contador de no sé qué que hay debajo del fregadero. Que le den también a él. Total, después te ponen en la factura lo que les sale de los cojones.

Pero el timbre vuelve a sonar. Ring, ring y otra vez ring. Al final me levanto y abro dispuesto a afrontar lo que sea. Me encuentro con lo más parecido a Afrodita que me he echado a la cara. Una aparición angelical. Maldita sea, tal vez sea Dios Madre en carne y hueso que viene a pedirme cuentas por mi falta de fe. Casi me parece que levita sobre el sucio gres de mi rellano. El caso es que la chica está mirando con aire divertido el felpudo de Darth Vader que me regaló mi amigo Rubén cuando me vine a vivir aquí. Levanta la vista, sonríe y dice:

-Hola.

-Muy buenas –contesto.

-Las bragas… que se me han caído.

Le miro los tobillos: nada de particular. No comprendo. Alzo de nuevo la vista hasta sus deslumbrantes ojos negros.

-Vivo en el cuarto –añade.

Entonces caigo en la cuenta. Siempre se me olvida que vivo en un primero con terraza.

-Ah… Pues no he visto nada –le digo.

Ella sonríe un poco más y me dice:

-Creo que sé donde están.

Si se trata de un acertijo me siento incapaz de resolverlo, así que opto por callar y esperar nuevas pistas.

-¿Puedo echar un vistazo en la terraza? –me pregunta sabiendo que le voy a contestar que claro que sí.

-Por supuestísimo que sí.

Abro la puerta de par en par y digo:

-Adelante.

Entra y se para en el recibidor a la espera de que le indique el camino hacia la terraza. Está realmente encantadora ahí plantada, con su faldita de cuadrillé y esos labios tan rojos. Soy el primer sorprendido por el hecho de ser capaz de reaccionar de un modo aceptable; creía que todos mis sentidos y toda mi capacidad de socialización iban a quedar subyugados a causa del fascinante perfume que desprende.

-Por aquí.

La guío por la casa lo más rápido posible para que no repare en el desorden y en la precaria limpieza. Llegamos al ventanal, deslizo la hoja y salimos al exterior.

-Ya te digo que yo no he visto nada –insisto por decir algo, por miedo a que se instale el silencio.

Va directa al par de cuerdas de plástico verde que tengo para tender la ropa. Resulta que habían aterrizado allí. Las coge haciendo pinza con el índice y el pulgar y las agita con el brazo extendido hacia mí.

-¿Ves cómo sí? –y se ríe.

Yo me río también, qué cosas.

-Bueno, pues nada… –dice mientras balancea su peso un par de veces de los talones a las puntas de los pies-, muchas gracias.

-De nada, ya sabes donde estoy.

Y la acompaño hasta la puerta mientras ella me dice Muy bonita tu casa y Encantada de conocerte y Supongo que nos veremos por el barrio. En el último momento, sin ninguna necesidad de hacerlo, se detiene sobre la imperial efigie de Darth Vader, vuelve la vista hacia mí y me dice que le encantan los Band of Horses. Y se esfuma escaleras arriba igual de mágicamente que ha aparecido en mi vida.

En cuanto me quedo solo cojo el folleto de Dios Madre que había reconvertido en posavasos improvisado, recorto la figura de la deidad y con dos velas y un poco de incienso confecciono un humilde altar que coloco sobre la tele. Mi plegaria es solo una: que alguna prenda vuelva a caer desde ese cuarto piso. Cada noche la recito en plan mantra antes de irme a dormir. Pero nada milagroso ocurre en los días sucesivos y el martes por la tarde el icono sagrado acaba colocado en el centro de la diana que cuelga tras la puerta de mi habitación.

Un par de días después, mientras recojo la ropa del tendedero, se me ocurre algo genial: ¿por qué dejarlo todo en manos de los dioses si al fin y al cabo no soy manco? Así que descuelgo mis calzoncillos amarillo limón, los mejores, hago una especie de pelota con ellos valiéndome del elástico de su cintura y los lanzo fachada arriba. El proyectil sube y sube en el aire brillando como un segundo sol. Y contra todo pronóstico aterriza en el balcón del cuarto después de unos instantes de emoción e incertidumbre al botar dos veces sobre la barandilla. Primera fase superada.

Ya solo queda la parte fácil: subir, llamar al timbre y cuando abra decir Nada… Los calzoncillos… que se me han encalado. No puede salir mal; el factor sorpresa está de mi parte; es imposible que le hayan dicho algo así antes.

Pero incomprensiblemente mi actuación estelar se ve ninguneada con un portazo en plena cara. Me quedo allí plantado esperando que ella reflexione y vuelva a abrir la puerta. En las películas pasa. Pero parece que en mi edificio las cosas son diferentes. Tras cinco minutos empiezo a bajar las escaleras. En el tercero me doy de bruces con los predicadores coreanos a puerta fría. Me saludan como si me conocieran de toda la vida. Hasta se acuerdan de mi nombre. El chaval me da un abrazo y las dos chicas dan saltitos a mi alrededor mientras ríen y ríen tapándose los dientes con las manos en una especie de éxtasis recatado, oriental. Joder, por qué no habré nacido en Corea, del Norte o del Sur, me importa un carajo. Qué menos que invitarles a un café, me digo, o mejor un té.

Ya en mi salón, a punto de convertirme a la doctrina de Dios Madre después de tragarme los noventa y cinco minutos de duración del dvd, veo caer mis calzoncillos al otro lado del ventanal. Ruedan por el suelo rebozándose de polvo y pelusas. Parecen cualquier cosa menos un segundo sol. Joder, tenía que haber elegido cualquiera de los otros, los de mercadillo.

03
feb
12

Primeras personas

Se llama Estefanía y su madre la ha acompañado hasta aquí. Le ha dado un beso en la frente y la ha dejado sola en ese pupitre de la primera fila. Debe de tener unos catorce años. Luego la madre se ha acercado a la mesa del profesor y ha hablado breve pero intensamente con él. Intensamente porque se ha notado que ella es la verdadera interesada en que su hija asista al curso. Y se ha notado también que la razón de ese interés es el profesor. El tipo la ha despachado rápidamente. Le ha dicho que la clase iba a empezar y le ha señalado educadamente la puerta con su perilla de chivo y una sonrisa. Pero también es cierto que cuando la mujer se dirigía hacia la salida no ha podido evitar mirarle el culo. Quién sabe, puede que ambos saquen de esto algo más que la nada habitual. Al fin y al cabo él tiene pinta de buenazo y ella no está del todo mal para ser al menos un lustro mayor. La típica madre soltera moderna. Soltera, separada, divorciada o viuda, lo que sea, pero aún relativamente potable, que es lo que cuenta incluso para el profesor de un taller literario. Ella lo sabe e intenta potenciarlo usando una ropa más cercana a la generación de Estefanía que a la que suya propia. Seguramente van juntas de compras y se lo pasan requetebién en los probadores. Es probable que hasta hablen de los dependientes del Zara de turno. De chicos, hombres, esas cosas. Ambas están muy en la onda, se quieren un montón y se lo cuentan todo. Parecen personajes de una comedia americana de televisión por cable. Si vivieran en Nebraska asistirían juntas al baile de graduación. Y es que la madre de Estefanía está muy orgullosa de su hija. Qué cosas tan bonitas escribe la niña en ese diario que enseña sin pudor a su madre. Qué cosas tan bonitas y qué bien escritas. Sobre todo si las leen los ojos de una cajera de Carrefour. Así que, hijita, pórtate bien en clase y muéstrate encantadora con el profe.

 

Para Cristóbal Sánchez la vida dejó de tener sentido hace un año y medio. Tras el shock inicial intentó volver a su rutina, pero la rutina de un jubilado difícilmente puede servir para despejar la mente. Ni siquiera para distraerla. Además, los viajes del Imserso no eran lo mismo sin su mujer. Cuando sus pseudo-amigos le llaman para intentar convencerle de que se apunte al viaje a Roquetes se inventa cualquier excusa. No se atreve a decirles que en julio de 2010 ambos se acostaron en sus respectivas camas, se dieron las buenas noches y apagaron la luz. A mitad de noche la oyó quejarse del calor. Él pensó en levantarse y traer el ventilador de pie que ponían en el salón cada verano desde el Mundial del 82. Le dio pereza. Por la mañana estaba muerta. Un derrame cerebral, dijeron. Y desde ese día a Cristóbal se le inundó el cerebro con una riada de cosas que no llegó a decirle a su mujer ni a hacer por ella. Las escribe en cuartillas y las guarda en la caja donde ella guardaba los dedales, las tijeras y los alfileres. Por alguna razón que no comprende del todo le gusta esa mezcla de hilos de colores y papeles blancos. Quizá sea la manera elegida por su subconsciente para volver a sentirse cerca de ella, con ella, dentro. De vez en cuando relee las cuartillas y llora. Tiró el ventilador a la basura en plena ola de calor el verano pasado. Cuando por casualidad vio el cartel anunciador del cursillo que organizaban en el centro cultural de debajo de su casa no pudo reprimir el impulso de apuntarse. Se dijo a sí mismo que a ella le gustaría que volviera a escribir poemas rimados como aquellos que le mandaba cuando eran novios. Pero la verdad es que se inscribió en el taller para poder exhibir su pena en público.

 

El del rincón es sin duda el escritor amateur arquetípico. Veinteañero, aire de derrotado a la espera de justicia y una Moleskine negra con las páginas sucias de tanto manosearla. Lo de la libretita no es irrelevante: es el instrumento idóneo para transmitir a sus -en potencia- infinitos lectores la sensación de que está acostumbrado a ser tocado por los dioses en el momento menos pensado: el autobús, el parque, el wc de un centro comercial y especialmente la terraza de alguna cafetería en la que abunde el género femenino. Sí, es un genio, y necesita ir pertrechado de diez bolis, un bloc y algunos folios sueltos plegados en el bolsillo del raído chaquetón de lana para asegurarse de que ninguna de sus abundantes ideas deslumbrantes se quede sin ser plasmada en el papel. Cuando al fin se decida a trabajar, por presiones externas o por empezar a atisbar la idea de que quizá no sea tan genial como había imaginado desde que decidió vivir sin dar un palo al agua, invertirá su primer sueldo en sustituir la libreta por un Mac. Entonces la temática de sus cuentos cambiará, se centrará en el entorno laboral, se cagará en su jefe, despotricará sobre la fotocopiadora, escribirá un relato explicando por qué merece un aumento de sueldo. Hasta entonces, sin embargo, seguirá regalándonos textos con las razones que explican por qué merece triunfar con sus textos. Y de vez en cuando intentará deslumbrar a alguna incauta con los tesoros bidimensionales escondidos en las páginas de su Moleskine.

 

El tipo este se toca la perilla y dice: Recordad, debéis tener cuidado con la primera persona. Es un recurso fácil, una trampa de la que se suelen valer quienes no saben escribir. Al usar el Yo como voz principal de un relato se propicia el descuido del estilo, se da cabida al tono coloquial, a la jerga, a las palabras malsonantes y, en última instancia, se vulnera la norma de oro que todo escritor, profesional o aficionado, debe esforzarse por obedecer: no confundir jamás escribir con hacer literatura. Sí, eso dice, y se queda tan ancho. Y luego añade: Así que quiero que la semana que viene traigáis un relato en tercera persona. Para ponéroslo fácil, se me ocurre que me contéis algo que os venga a la cabeza al mirar a alguno de los alumnos del curso. Sabía que esto iba a ser un error, pero no sospechaba que de tal calibre. Por mis cojones que no voy a escribir una mierda acerca de todos estos pringados. Además, ¿de qué coño cree este subnormal que van a escribir los alumnos de un taller literario de barrio sino sobre ellos mismos? El chaval ese del rincón ha venido aquí con la vana esperanza de aprender un par de trucos fáciles con los que dar fuerza y ritmo a sus eternas peroratas sobre la falta de sensibilidad del mundillo editorial para apreciar su talento. El abuelete quiere que el profesor alabe la belleza rancia de sus versos de amor de ultratumba. Y la preadolescente aquella arde en deseos de que el de la perilla le diga que escribe muy bien para tener la edad que tiene. Y todos los demás, pues más de lo mismo. Vamos, no me jodas.

 

Pero de todas la mejor es la segunda persona. Tú lo sabes como el que más, lo que pasa es que te da miedo utilizarla. ¿Por qué? Porque sirve para decir cosas como que debe de ser realmente triste dar clase dos veces por semana a pringados como nosotros a cambio de 100 pavos más a fin de mes. Intentas darle la vuelta a la historia, es verdad. Cuando hablas con determinado tipo de amigos, los más políticamente correctos, escuchas tu propia voz como distorsionada, casi como ajena, diciendo cosas del estilo de Es realmente gratificante comprobar cómo se esfuerzan, y además hay algunos que no lo hacen mal del todo, quiero decir que nunca han leído a Goethe pero qué más da, yo me siento pagado de sobra con compartir con ellos mi pasión por la literatura. Lo malo es que luego, cuando llegas a casa y empiezas a oír tu verdadera VOZ, te das cuenta de que todo eso no son más que mentiras. ¿Cuál es tu verdadera razón? Va, hombre, confiesa. ¿Quieres follarte a la madre de Estefanía? ¿Tal vez a esa mujer pequeñita de edad indefinible y con el pelo entre azul y morado que imparte el cursillo de alfarería en el aula de al lado? ¿O es que hace tiempo que te olvidaste de que lo que realmente te gustaba era escribir y ya no tienes ni puta idea de cómo se hace?

01
feb
12

A veces pasa

Que te cansas de dar vueltas en la cama y sales en plena noche, llenas el depósito y empiezas a conducir hacia un sitio al que jamás quisiste ir. La gente que dice saber de qué va esto de la vida lo verá raro. Es esa gente que se preocupa de llevarse bien con el jefe, revisa el ticket del supermercado y llama a sus amigos para decir que se va a comprar un coche nuevo o que el banco le ha concedido el crédito para la casa en el campo. Ellos no lo concebirán, pero lo juro: a veces pasa.

Llevas esa conversación telefónica clavada en la cabeza desde hace unas cuantas noches. Una de esas conversaciones que distinguen a los buenos entendedores de los malos. No os dijisteis gran cosa. Hubo más silencios que palabras. Frases acabadas en puntos suspensivos de tinta negra. Y, sin embargo, puede que no seas tan mal entendedor. Puede que comprendieras perfectamente y a la primera la tristeza metálica que brotaba del auricular. Es hasta probable que sepas que podrías ahorrarte recorrer cuatrocientos kilómetros de madrugada, que no va a servir de nada conducir hacia un final que ya ha sucedido. Pero también es posible que sientas la necesidad de hacerlo. Llegar allí sin previo aviso. Llamar al timbre y que te abra en pijama, recién salida de la cama, con los ojos hinchados y quizá al fondo la respiración lenta de alguien que aún duerme profundamente. Puede que creas merecer ese instante de gloria triste y por sorpresa. Ese patético clímax dramático. Escarnio en sangre ajena pero casi propia. Verla incomodarse. Avergonzarse. Decirle que la odias. Demostrarle que te ha hecho daño y decirle que no lo merecías. En fin, a veces pasa que necesitas exhibirte ante sus ojos verdes como la víctima inocente de su traición. Sí, a veces ocurre así.

Y al poco te ves rodando a150 através del aire frío de la autopista. Miras las estrellas que afloran entre farola y farola y tienes la sensación de que todo gira en torno a ti. De que no hay nada más importante que lo que estás haciendo. Incluso te sientes absurdamente orgulloso. Tanto que decides alargar el momento. Levantas el pie del acelerador y paras en un área de servicio. Te tomas un café mirando a través de las cristaleras sucias de polución y surcos resecos de gotas de lluvia. Luces blancas y rojas al fondo, en la carretera, y ahí al lado un par de gatos que revuelven una bolsa de basura. Te gustan los gatos. Siempre te han gustado. Hacen lo que deben hacer, aunque ello suponga ensuciarse las manos, perder cierta dignidad. Lo que cuenta es que sobrevivirán a la penuria, te dices, igual que tú.

Y te pones de nuevo en marcha. La aguja en los 160 y la mirada clavada en las luces traseras del coche que te precede. De pronto se vuelven más y más grandes y brillantes, como dos ojos de muerte viniendo hacia ti a toda velocidad, hasta que en un segundo que parece un minuto las ves justo delante de tus narices, empotradas contra el culo de un camión. Lo esquivas en el último momento y te detienes resollando en el arcén cien o doscientos metros más adelante. Las manos te tiemblan por mucho que se aferren al volante. Nunca te has visto en una de esas. ¿Qué hay que hacer? ¿Ir a ayudar o llamar a emergencias? ¿Las dos cosas? Te imaginas dentro de un rato practicándole un masaje cardíaco a una mujer. Tal vez un hombre. Solo esperas que no haya niños en el accidente. Y entonces caes en la cuenta de que llevas un minuto sin pensar lo más mínimo en el motivo de tu viaje. Y, claro, relativizas. ¿Merece la pena? Probablemente no. Y abres la puerta del coche intentando encontrar el valor para acercarte y buscar vida entre el amasijo.

Quién sabe, a lo mejor habrías tenido agallas. Es una cuestión que quedará para siempre flotando en el aire ni puro ni sucio de la autopista, porque a veces pasa que en cuanto te decides a salir y te plantas en el asfalto un autobús pasa rugiendo tan cerca de ti que su retrovisor te parte en dos el occipital. Durante una fracción de segundo sientes astillas y hierros candentes en el cerebro. Y luego, ya en el suelo, lo único que notas es el calor viscoso de tu cabeza deshaciéndose sobre el alquitrán. Las estrellas quietas ahí arriba, más brillantes y lejanas e inmisericordes que nunca. Y, claro, relativizas: comprendes que no eres el centro de nada. Nunca lo has sido, ni tenías por qué serlo. Y que no, este viaje no tenía ningún sentido. La película de tu vida, proyectada ante tus pupilas dilatadas, te lo ratifica: no sale en ningún fotograma.

01
feb
12

s/t

Alejandra nunca ha tenido la cuenta en números rojos, pero jura y perjura que sabe lo dura que es la vida. Me mira y me lo dice intentando poner sentimiento en sus palabras, tal vez poniéndolo de verdad, pero su voz suena y hasta huele a aire hueco. Como lo oyes, el verano pasado tuve que conformarme con Tailandia -me cuenta como si sobrevivir a ese drama le hubiera costado la salud-; dos meses enteros en las Fidji me complicaban la navidad en Balmoral.

Sí, reconozco que a veces es difícil reprimir el impulso de partirle los dientes. Pero al fin y al cabo ella no tiene la culpa. Quiero decir que aprendió a vestirse sola en su vestidor privado y a los dieciocho le regalaron un Golf. Diez años después va por la ciudad en un pequeño Mercedes de cambio automático. Azul Tahití metalizado, el rojo o el gris o el azul de toda la vida son demasiado corrientes. Para los trayectos interurbanos coge el Saab, más robusto, más seguro.

Pero, ya digo, para ir al estudio de arquitectos de su padre usa el automático. Dice que trabaja allí. En realidad todo lo que hace es hablar por teléfono con sus amigas del colegio de monjas. No ha estudiado arquitectura, ni falta que le hace. También, de vez en cuando, le dice a su padre que es hora de cambiar el color de las paredes. Es lo único que le queda de aquel impulso artístico que le hizo apuntarse a bellas artes hace un par de años. Lo dejó a mitad del primer cuatrimestre y se puso a hablar por teléfono desde la oficina de su padre por 3.000 euros al mes. Supongo que no es tan tonta como parece.

Y además está bastante bien y creo que me quiere de verdad. Así que a veces dejo volar la imaginación y pienso durante diez o quince segundos seguidos en las cosas buenas que tendría formalizar esta mezcla imposible. Toda esa vitamina D cayendo sobre mí en una playa de las Bahamas. Una piscina para el verano y otra climatizada. Conocer a gente importante en el cóctel de la semana. Tener un cuarto con vistas al mar o a la montaña o a las dos cosas destinado única y exclusivamente a ser mi sitio donde escribir. Lo malo es que me temo que no se me ocurriría nada.




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