Todo ese tiempo queriendo ver llegar el momento. Esperando. Algunos días de manera obsesiva. Esa idea en la cabeza las veinticuatro horas. Otros días con más calma. Pensando en ello durante la pausa para el cigarro o en la parada del autobús o justo después de vaciarse un poco más dentro de cualquiera de esas que dan igual. Fueron unos dos años así. Hasta que una tarde ocurrió. Se habían fundido las farolas de esa calle. Quizá por eso las luces del tráfico a lo lejos brillaban más de lo habitual. No recuerda adónde iba ni de dónde venía. Ningún sitio digno de mención, en cualquier caso. Y a día de hoy tampoco sabe qué hacía ella por allí, tan lejos de lo que había sido su mundo hasta el último día que se le permitió saberlo. La cuestión es que caminaba por la acera y ella surgió de la penumbra en dirección a él unos metros más adelante. Había imaginado ese momento cientos de veces. Había trazado en su mente muy diversas estrategias para salir victorioso del encontronazo. Pero lo cierto es que ninguna de ellas le iluminó cuando al fin llegó la ocasión. Todo lo que le vino a la cabeza fue que aquella aparición le recordaba mucho a algo que había visto en el puerto aquel domingo nublado cuando era pequeño. Con su padre. A bordo de aquel pequeño barco que llevaba a los pocos turistas y a los padres divorciados y a sus hijos a la punta del espigón. Un pez muerto emergiendo de las aguas sucias de gasoil y bolsas de plástico para quedarse flotando bajo un cielo plomizo. Apoyado en la barandilla oxidada, se había quedado mirándolo hasta perderlo de vista entre el leve oleaje. No era más que un crío, pero aquella visión le hizo pensar por primera vez en su vida que los buenos finales debían de ser realmente escasos en el reino animal. Y que no tenía demasiado sentido esperarlos. Lo había olvidado hasta ahora, que la veía avanzar hacia él con la cabeza gacha y los ojos falsamente clavados en el incomprensible interés del pavimento. La inercia de sus trayectorias, claro, acabó por hacer que se cruzaran en silencio y volvieran a separarse en direcciones opuestas a lo largo de una gran línea imaginaria imposible de desandar. Cuando desembocó en la avenida iluminada se volvió hacia la calle oscura y vio una silueta perdiéndose en la distancia, cada vez más oscura y pequeña. Era difícil determinar su verdadera forma. Podría ser la persona a la que más había querido, sí, pero también un simple pez, feo, a la deriva y absolutamente fuera de tiempo y lugar. En fin, de alguna manera supo que pasaría un cuarto de siglo hasta que volviera a pensar en ella. Y le sorprendió un poco que aquello no le doliera en absoluto. Luego siguió andando y se mezcló con la luz. Artificial, pero luz.
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