Archivos en la Categoría 'General'

26
may
12

Victoria

Lo que quiero decir es que quizá

Esto

Sea

Todo.

Quizá no haya nada más.

Está claro que los grandes,

Me refiero a los que se creen grandes,

Lo llaman triunfo,

Lo llaman victoria.

Necesitan emplear esas

Palabras

Para seguir creyéndose grandes.

Para el resto de la Humanidad

El nombre concreto es

Resistencia.

Tal vez incluso supervivencia.

Pero me gusta más

Resistencia.

Saber lo que resistes, saber contra qué te resistes

Implica algo más que el simple

Instinto

Animal de conservación.

Implica el uso de un cerebro más o menos desarrollado.

Porque al fin y al cabo

Eso

Es lo que hacemos los que no habitamos ningún Olimpo:

Resistir, la mayoría de las veces contra pronóstico.

Piénsalo:

Cada mañana de L-V en este bar,

Desayunándote con su café imbebible

Antes

De subir al trabajo.

Mientras das el primer sorbo sabes lo que te

Espera, y resistes.

A tu alrededor mujeres y más mujeres

Que acaban de dejar a sus niños en el colegio

Beben zumo de naranja,

Comen tostadas con aceite y parlotean

Sin cesar de

Cosas

Sobre las que te parece imposible hablar más de tres segundos.

Así es cada mañana, y resistes.

El camarero te pregunta Qué tal mientras

Limpia la barra ante ti con una bayeta apestosa.

No le importas,

Pero te lo pregunta.

Todos los días.

Ni siquiera te escucha cuando le respondes.

Y lo resistes.

Si lo piensas bien es casi un

Milagro,

Algo jodidamente

Mágico.

Ser capaz de dejar el

Euro diez

Sobre el mostrador y salir a la calle.

Moverte con cierto rumbo

Bajo un sol

Que nunca ardió ni arderá

Igual

En el Espacio.

Detenerte a encender un cigarrillo

Mientras el tráfico pesado

Zumba al otro lado del bordillo,

Mientras las mujeres

Que te gustan envejecen

Más

Y

Más

En sus dormitorios fríos,

Mientras el último editor que dijo

No

Despierta a un nuevo día

Creyendo ser dios,

Mientras granjas repletas de pollos

Abren sus puertas traseras

Para seguir alimentando el ciclo.

Sabes todo eso, y resistes.

Seguramente lo más lógico

Sería que te hubieran encontrado hace

Tiempo

Hecho un guiñapo en la cuneta.

Pero aquí estás,

Aquí estoy,

Más o menos entero,

En medio de una nada cada vez

Más pequeña o más grande,

Según se mire,

Con los cuatro horizontes echándose

Sobre mí

Como acantilados rugientes.

Si eso no es una victoria,

Joder,

Pues se le parece bastante.

20
may
12

Perspectiva

A las 6 y pico de la mañana

En la puerta de la discoteca

El cielo ya clarea por el este

Y un subsahariano

Sentado en el bordillo

Alza la vista

Por encima de sus

Sombreros,

Sus pulseras y

Sus mecheros

y

Observa

Lo último que

La vida

Ha decidido

Ponerle

Delante

A sus, no sé,

Cuarenta y cinco

O cincuenta años.

Una chica de unos veintilargos

Le cuenta a otra muy parecida

Lo triste que está.

La han despedido.

Más bien no la han renovado.

Una injusticia.

Ella se desvivía por la empresa.

Una verdadera injusticia.

A veces incluso

Adelantaba

Trabajo

Durante la hora de la comida.

En lugar de volver a casa

Se llevaba un tuper

Con una ensalada de pasta

O brócoli o brotes de soja.

Cabrones, dice,

Y bebe del vaso de plástico

Que lleva en la mano.

Hijos de puta,

Se solidariza la otra,

Que hace lo propio

Con su copa.

-Bueno, que les den,

Seguro que es para

Bien.

-Claro que sí.

Entonces vuelven

A beber y

Ríen y

Beben otra vez.

Cuando acaban

Sus cubatas

Los dejan caer al suelo.

Uno rueda despacio

Hasta que

Choca

Con el pie izquierdo del negro.

Lleva sandalias.

Unas gotas de ron

Le mojan el dedo gordo.

Pero él no baja la vista.

Sigue mirando

Hacia las alturas

Mientras

El blanco de sus ojos

Se inunda

Con la oscuridad

De otra noche que acaba

Y con la oscuridad

De otro día que empieza.

No creo que piense

Que sea para bien.

Pero aun así

Se levanta,

Carga con sus trastos

Y enfila la calle.

A los pocos pasos

Se le caen

Unas gafas de sol

Amarillas.

El hombre las mira.

Por un momento parece

Dudar.

Pero al final

Flexiona las rodillas

Y las recoge.

Se queda unos segundos

En cuclillas

Con las gafas en la mano,

Mirándolas mientras

Les da vuelta

Entre los dedos.

Luego mira al sol

Que emerge sobre

El mundo

Al otro extremo de la calle.

Se levanta,

Se pone las gafas

Y camina hacia él.

 

17
may
12

Genes

Una vez al mes (vale, una vez al trimestre) voy a ver a mi madre. Entro en el edificio, saludo a la enfermera de turno tras el mostrador de recepción y voy a la 204. Llamo a la puerta, nadie contesta y entro. Allí está mi madre, tres meses más empequeñecida, más flaca, más vieja que la vez anterior, mirando por la ventana. Hay naranjos alrededor del edificio. Un pequeño estanque de agua parda. Senderos de grava por los que vienen y van y vienen los internos, todos con una luz extraña en el fondo de sus ojos. Y por encima de todo eso el sol brilla en el cielo como en cualquier lugar del mundo pero al mismo tiempo de un modo diferente. Mi madre no se entera de mi presencia hasta que le toco el hombro y le digo Hola, mamá. Entonces se vuelve hacia mí y por un momento da la impresión de que se alegra de verme. Es un destello fugaz en sus facciones, un levísimo movimiento muscular. Luego adopta la expresión ausente de siempre. Entonces me coge de la mano y nos sentamos a la mesa camilla que hay en un rincón. Le pregunto:

-¿Cómo estás?

Nunca contesta. Se limita a mirarme fijamente. Siempre es igual. Yo me pongo nervioso y me levanto. Ando por la habitación. Me fijo en la maceta de geranios que le traje la última vez. Ha quemado exactamente la mitad de las flores. No le pregunto por qué. Al fin y al cabo mi madre está loca.

Entonces pregunta:

-¿Sigues pensando que estoy loca?

-Claro que no, mamá, solo estás enferma.

Mi madre dice:

-Siempre has sido un mentiroso.

Luego suspira, se levanta de la silla y dice:

-Ven.

Voy. Mi madre se coloca frente a la pared que queda a la derecha de la ventana. Pasa los dedos por la pintura, con cuidado, despacio. Recorre la superficie lisa como si leyera en braille. Sin dejar de mirar la pared dice:

-Se leen cosas horribles siguiendo los valles entre los montículos de estuco.

-Mamá, no empieces como siempre; la pared es perfectamente lisa.

-Eso es lo que tú crees, eso es lo que cree todo el mundo…

De repente me agarra fuertemente de la muñeca y planta mi palma contra la pared. Aprieta y aprieta cada vez más fuerte, con una violencia imposible para alguien de su edad y tan escuálida, tan acabada. No puedo soltarme. Miro su cara, miro mi mano, miro su cara. Me asusta el modo en que asoma la lengua entre sus encías sin dientes. Pero sobre todo me asusta notar todos esos pegotes invisibles de cal y yeso clavándose en mi mano.

Ella lo nota y dice:

-Prepárate.

11
may
12

Feria de los horrores

Suena el teléfono y mi amigo me dice que me ha conseguido una especie de cita con un tipo que viene a firmar ejemplares en la feria del libro. Hay alegría en su tono de voz, la emoción del portador de buenas nuevas, por eso me sabe un poco mal decirle que no me apetece nada el plan. Al otro extremo de la línea se hace el silencio durante cuatro o cinco segundos. Luego, tras un bufido/suspiro, mi amigo habla. Debes ir, dice en un tono demasiado paciente como para ser sincero. Yo miro por la ventana (el camión de la basura recoge la basura del restaurante chino de enfrente –cuatro o cinco gatos saltan en el último segundo de las fauces mecánicas; admiro su elegancia de bajos fondos-) y le replico que no le veo demasiado sentido porque sé de antemano lo que me va a aconsejar el famosillo en cuestión. Él insiste, más bien sentencia: tienes que ir. Es un buen tío, mi amigo, pero tiene ese defecto tan común: cree saber lo que le conviene a la gente.Y quizá sea así, lo que pasa es que yo no soy gente: yo soy yo. El caso es que por no recibir el enésimo sermón acabo diciéndole que de acuerdo, que allí estaré. Bien, tío, bien, me felicita, pues el domingo a las seis y media estate en la caseta 33.

Llego a la feria a la hora convenida. Se celebra en un gran parque lleno de imponentes árboles, lleno de rosales en flor y lleno de gente que va de caseta en caseta levantando nubes de polvo inútil. Cualquier otro domingo pasearían por este u otro parque sin pensar en comprar ningún libro. Se tomarían un granizado de limón o matarían el tiempo dando de comer a las palomas o paseando al perro. Hoy, en cambio, la publicidad dice que han de culturizarse para diferenciarse del rebaño. Y ahí están, como una manada paciendo ante los estantes de celulosa, cortándome el camino hacia la puta caseta 33.

Cuando al fin alcanzo mi destino veo a “mi cita” sentado tras un mostrador de conglomerado blanco. Nadie hace cola ante su stand, lo cual no parece importarle gran cosa. Mira hacia la multitud pululante con aire indiferente. Tal vez con excesiva despreocupación para tratarse de alguien que ha venido de Madrid a pasar el domingo aburriéndose en esta ciudad de segunda, por lo que deduzco que se trata de una indolencia impostada. En fin, no queda otra que comprobarlo.

Me dirijo hacia él. Me doy cuenta de que E. S., así se llama, me ve acercarme por el rabillo del ojo y, como poseído por un arrebato de inspiración, empieza a garabatear algo en una libretita de piel roja con la que hasta hace un segundo no hacía otra cosa que juguetear entre sus manos apáticas. Buff, pienso; todo es tan previsible, pienso; qué cojones hago aquí, pienso. Pero ya estoy delante de él. Con aire fingidamente distraído E. S. levanta la vista hacia mí. Hacia mis manos, para ser exactos. Por un momento su rostro revela cierta sorpresa ante el hecho de que no le ofrezca ningún libro que firmar. Luego disimula, sonríe de manera forzada y me saluda. Yo me presento. Menciono a mi amigo y le vengo a decir que esto no ha sido idea mía.

Supongo que el hecho de confesarle abiertamente y sin pregunta previa por su parte que nunca he leído uno de sus libros y que tampoco tengo intención de hacerlo no ayuda a que la charla sea demasiado fructífera. En cualquier caso, lo cierto es que estoy seguro de que la cosa no habría sido muy diferente aunque me hubiera arrodillado ante él suplicándole que me escarificara su firma en la espalda. Vamos, lo previsto, ese tono condescendiente. Chaval, olvídate de escribir relatos; una novela, eso es lo fundamental; los cuentos no interesan a nadie; cualquiera puede escribir un cuento; mira quién organiza concursos de relato… ayuntamientos de dos mil habitantes, la España profunda, el alcalde que necesita justificar una mínima inversión en cultura; eso es para amateurs, para ilusos y fracasados, para profesores de literatura que se apergaminan en institutos de pueblo; lo que te digo: si quieres sacar algo escribiendo escribe una novela; aunque, claro, no todo el mundo puede.

El tipo sigue soltando cosas por el estilo mientras yo asiento mecánicamente, deseando que se acabe este trámite de mierda. Asiento mientras paseo la mirada por lo que me rodea. Sobre nosotros la luz de abril chisporrotea en las hojas de los álamos y los chopos como fuego verde y blanco y verde y blanco. En el aire resuenan los gritos de los niños que juegan al fútbol en el césped que se intuye más allá de los setos. Una multitud se apelotona ante el stand de un famoso escritor de novela histórica, libro en mano, cámara en mano. Un par de casetas de editoriales infantiles, decoradas como si hubieran sido víctimas de la explosión de un almacén de pinturas, ha contratado a un grupo de payasos para amenizar el lanzamiento de su enésima saga de aventuras para niños/adolescentes, exactamente igual a la anterior y a la anterior y a la anterior y, lo que es peor, a la próxima. Y por supuesto también hay un nutrido grupo de expositores copados por editoriales de literatura homosexual (un promotor de uno de ellos se acerca y me regala un condón amarillo), asociaciones feministas y organizaciones protectoras de los derechos de los animales, los mares, los líquenes y todo lo que no sea el ser humano.

No, tío, el problema no es la forma, digo para mí mismo mientras escucho cada vez más a lo lejos la voz aleccionadora de E. S. sin dejar de observar el circo que me rodea. Es más, el relato es la forma perfecta, concisa y directa. Donde radica el problema es en el fondo. Si quieres ganar un concurso, haz que el cuento acabe bien. Si quieres que las visitas a tu blog se disparen, habla del drama de mujeres maltratadas, de inmigrantes sin recursos, de homosexuales agredidos, de menores violados, de animales enjaulados. En fin, si quieres que te publiquen, sé políticamente correcto y, sobre todo, nunca escribas sobre tu vecino, sobre tu madre, sobre tu amigo, tu jefe, tu novia o sobre el taxista que te lleva borracho a casa ni, en general, sobre cualquiera que no se atrinchere tras un rasgo supuestamente diferencial para ignorar esa mediocridad tan humana que todos llevamos dentro.

Así pues, que le den a E. S. y a sus consejos. No eres Dostoievski, tío. Le dejo con la palabra en la boca y pongo rumbo a casa con la intención de ponerme ante el pc un rato si es que no sale un plan mejor. Y mira por dónde cuando estoy a punto de salir de la feria de los horrores alguien me da un golpecito en el hombro. Me giro. Una chica me sonríe y dice que me ha visto antes hablando con E. S. Me pregunta si es amigo mío. La chica brilla al sol como, no sé, un pomelo perfecto. Y caigo en la cuenta de que en la mano llevo el condón cortesía de LAMBDA o algún ente por el estilo. Así que le digo que sí, que somos íntimos. Qué bien, qué bien, ¿me lo presentas?; no puede ser, qué pena pero ya se marcha, pero si quieres le paso algo tuyo. Sí, estaría muy guay, dice ella, que ha ganado recientemente el concurso de relato para mujeres emprendedoras de un pueblo cercano. Precisamente lleva una copia en el bolso. Lo leo en diagonal: morralla. Muy, muy bueno, le digo.

Unas horas después vuelve hacia mí su cara enrojecida por debajo de su axila sin depilar y con la respiración entrecortada me dice queescribo de puta madre. Mucho mejor que ella. Y que E. S., ya puestos. Supongo que no me puedo quejar.

22
abr
12

Memes intr-antisistema

Media tarde.

El domingo pasado cambiaron la hora.

60 minutos más de luz al día.

Estaría bien aprovecharlos.

El sol baña las fachadas

Y las naranjas bordes

De los árboles

Y los hombros de las chicas

En tirantes.

Las alas de las moscas

Enjambradas

Alrededor de un contenedor

Sin recoger

Reflejan el sol.

Un cd-espantapájaros

Centellea en el balcón del quinto.

Un niño pasa comiendo

Un helado amarillo limón.

Todo está envuelto en un

Resplandor dorado.

Al menos eso

Me parece a mí.

¿Esperanza?

¿Fe?

¿Autoengaño?

También la terraza de la esquina

Y la que hay un poco más

Abajo.

Todas las mesas ocupadas.

Gente vieja y gente joven,

El pasado y el futuro

Bronceándose como lo que somos,

Criaturas casuales

Al amparo de una

Estrella benévola,

Por el momento.

Pero sin saberlo.

Algunos se remangan,

Otros se repantigan en su asiento.

Gafas de sol y cerveza.

Sí, el aire envuelto en una especie de

Espuma

Dorada.

Un chaval pasa a mi lado

Hablando por el móvil.

Dice que hace un día

Estupeeendo

para ir a la manifestación.

Después cenarán humus en casa de Lluvia.

Es posible que diga Luna.

Qué más da.

Sigue hablando por el iPhone.

La tertulia política de los jueves,

Ya sabes…

Apúntate, tío,

Cuantos más

Mejor.

Yo sigo

Andando

Deseando

Que la voz al otro lado de la línea

Le haya contestado

Vete a tomar por culo.

Deseando que un haz

De rayos gamma

Lo reduzca a

Fosfatina

A él,

A Luna/Lluvia,

A sus amigos y enemigos

-los mismos a fin de cuentas-…

En definitiva a todos esos

Que se creen

Legitimados

Para salvarme

La vida

A su modo.

Sigo

Andando

Pensando

Que eso de

Cuantos más

Mejor

Es

Sin duda

La mentira mejor implantada

De la historia de la Humanidad.

Si Larra levantara la cabeza

Volvería a volársela

A los cinco segundos.

Un día a la semana para

Debatir con amigos mientras bebes vino caro.

Y, claro, tienes que ir.

Un día al año para

Protestar contra quien lleva pisándote toda la vida.

Y, claro, tienes que hacerte oír.

Un día de tu vida para

Sentirte un revolucionario dentro de los márgenes delimitados para revolucionarte.

Y, claro, debes aprovecharlo.

Y más ahora que

Acaban de regalarte

Una hora de sol.

No llueve, no hace frío.

Es el día ideal.

Mañana ya ficharás

Y le lamerás el culo al jefe.

Mañana, igual que el que vota

Lo contrario que tú

-lo mismo a fin de cuentas-,

 Ya consultarás el saldo

De tu cuenta en el banco,

El verdadero culpable.

Pero no sacarás la pasta,

Eso seguro.

Seguirás

Haciendo girar

La rueda

Desde dentro,

Desde muy dentro,

Desde tan adentro como te dejen.

Y darás las gracias

Por ello.

Y no notarás el menor peso

Sobre tu conciencia

Porque no será

El Día

Señalado para notarlo.

16
abr
12

Del color de

La ciudad estaba casi tan vacía como nuestra nevera, así que tuvimos que dar unas cuantas vueltas hasta que encontramos un pequeño restaurante chino. Era idéntico a cualquier otro, desde la carta salpicada de manchas de salsa de soja y faltas de ortografía hasta el camarero detrás de la barra que miraba algún programa de la televisión china en el portátil, pasando por los peces que languidecían sin remedio en el acuario. Ya casi ni boqueaban; se limitaban a mirarnos fijamente desde dentro de su ataúd de cristal, como si se hubieran cansado de pedir auxilio. O tal vez era que Lucía y yo ofrecíamos una visión mortalmente anodina hasta para un pez tonto. El hecho de que únicamente un par de mesas estuvieran ocupadas contribuía a darle al lugar un aire de abatimiento. De derrota. Incluso la voz que cantaba algo indescifrable a través del hilo musical parecía apenada. Me pregunté si los ocupantes de las otras mesas también estarían planteándose poner el punto final a lo que fuera que los había llevado a comer en un oscuro chino de barrio mientras el sol de abril ardía en el centro del cielo. Les eché un vistazo rápido. En la mesa del rincón una pareja de adolescentes que se había decantado por el menú de 6,50 intercambiaba arrumacos y sus respectivos helados de vainilla y chocolate. Junto a nosotros un matrimonio de mediana edad se tomaba el café mientras su hija corría de un lado a otro alrededor de la mesa. Tendría unos cuatro años. Tropezaba una y otra vez. Caía al suelo, se reía a carcajadas y se levantaba limpiándose las manos en los faldones del mantel. En un momento dado sus ojos se cruzaron con los míos. Eran azules, muy azules. Del color que se intuye en el fondo de las grietas de los glaciares o como la piel de aquel hombre al que una Zodiac sacó del mar una tarde de agosto en una playa de Castellón cuando yo tenía diez años. Eran del color del frío y de las células muertas. La niña me miró un segundo sin verme y siguió con sus juegos y sus risas. De tanto en tanto sus padres le daban alguna indicación, tranquilamente, sin aparente preocupación. Cuidado a la derecha, nena, o Las manos por delante, cariño. La cría obedecía unas veces y otras no, como todos los niños, y seguía riéndose y hablando sola y de vez en cuando se acercaba a su madre, le buscaba la cara con las manos y le daba un beso en la mejilla o en la nariz o donde tocara. Supongo que Lucía se dio cuenta de que estaba mirando a la niña porque bajó la voz hasta convertirla en un susurro y dijo algo así como Pobrecita, que sea feliz ahora que aún no es consciente de lo que le ha tocado. Me habría gustado preguntarle si acaso ella lo era, si era feliz y si no estaría más ciega que la niña de la mesa de al lado. Pero no lo hice. Ni siquiera la miré. No valía la pena. Habría supuesto el detonante de una nueva discusión absurda. Y no estaba dispuesto a tener ni una sola más, la duda se había resuelto. Así que seguí mirando a la niña directamente a sus ojos azulísimos como el frío y como las células muertas pero también como los atolones de los mares del Sur y como el destello en el espacio de millones de supertierras templadas, acogedoras, habitables. Sí, lo bueno era posible para ella. Y para mí también.

11
abr
12

Invasión

Llegan de repente,

Sin avisar,

Casi a traición.

A traición.

Estás tranquilo intentando

Averiguar

Quién eres,

Qué hay debajo de tu piel,

Por qué piensas

Cómo piensas.

O simplemente

Estás escuchando

Música o barriendo

Debajo de la cama

O muy de vez en cuando

Intentando

Escribir

Algo

Digno,

Qué más da,

Lo que sea.

El caso es que

De pronto los idiotas

Se presentan

En forma de sms’s,

E-mails,

Llamadas telefónicas.

A veces incluso

Aporrean la puerta.

En fin,

Ya sabes de qué

Hablo,

Formas parte de la

Invasión.

Un resplandor naranja

En el Facebook,

Por ejemplo,

Y ahí estás,

De nuevo

A la carga,

Aproximadamente

Cada dos meses,

Fingiendo al principio

Interesarte por mí,

Por mi trabajo,

Por mi dinero,

Por todas esas cosas

Tan mundanas

Y tan ajenas a ti,

Para enseguida

Empezar a

Quejarte,

Lamentarte,

Compadecerte.

Quejarte.

Qué duro es

Esto

De ser artista,

Rojo, dices,

Lo entenderás.

Pero no,

Yo no entiendo una mierda,

Y tú lo sabes.

Yo no me paso

La vida

Gritando al mundo

Entero

Que escribo,

Dibujo o

Fotografío.

Y precisamente por

Eso,

Por no recordártelo

A cada minuto,

Piensas que soy

Un perdedor

Al que puedes

Conquistar con tus

Aires de grandeza.

Piensas que

Te animaré una vez más,

Que te diré que

Alcanzarás tus metas,

Que volarás alto,

Que eres una

Maravilla de la Creación.

En el peor de los casos,

Te dices,

Recuperarás

Parte de tu fuerza

Al notar que me

Impresionas,

Como si fuera

Un indio amazónico

Que viera por

Vez Primera

Un rascacielos

O un avión

Anti-incendios

Vaciando su vientre mágico.

Pero yo no adoro

A los dioses de la lluvia.

Y mucho menos a ti

Y a los de tu calaña.

Porque no pienses

Que tu caso es único.

Disfrutas de tu beca

En un ático

De París

Manoseando pedazos

De arcilla

Con la excusa de que

Aquí no se entiende tu arte.

Y te quejas,

Te quejas,

Joder, te quejas.

Piensas que nadie

Puede comprender

Tu frustración,

Tu miedo,

Tu incertidumbre.

¿Cuándo venderé otra obra?

¿Me concederán

Un nuevo cheque público?

No, tu caso

No es único.

He conocido a gente

Que ha arrasado

Miles de kilómetros

De lecho marino

Y demasiados metros

De intestino humano

Para que valoren

Su potencial científico

Al otro lado del océano.

Incluso en esta ciudad

De tercera,

Lo creas o no,

Hay quien

Se cree el ombligo del

Universo.

Créeme,

Lo he visto.

Lo he vivido.

Se reúnen a la

Luz

De lámparas rojas,

Beben martinis y

Maldicen su destino.

Aseguran que si no triunfan

En sus disciplinas

Es por el hecho de

Estar aquí.

En fin, ponen excusas,

Se justifican,

Se lamen heridas

Imaginarias,

Borbotones de

Sangre onírica

Que ni siquiera están

Capacitados para tener.

Igual que tú

En la capital francesa y

Otros en alguna

Megaciudad yanki

Y muchos más

En cualquier parte.

Excusas.

Por eso esbozo

Una media sonrisa

Cuando me venís

Con estas.

Tranquilos,

A fin de mes

Os pagaremos entre todos

Ese puñado de monedas

Que tanto os hace sufrir.

A fin de mes

Vuestros padres

Ordenarán transferiros

Parte de lo que ganan

Con sus campos de naranjas,

Pisos alquilados

Y fondos de pensiones.

Y podréis seguir quejándoos

De la ignorancia de

Un planeta

Que no aprecia

Vuestro supuesto

Gen divino.

Y yo sonriendo de lado,

Contento de que

Me veáis como me veis,

Inofensivo,

Tonto,

Impresionable,

Apelmazado en la base,

Pero resistiendo

Vuestra

Patética

Invasión de élite.

10
abr
12

Mudanza

Dediqué la tarde del domingo a empaquetar los trastos. Es increíble la cantidad de polvo que puede acumularse en la parte alta de las estanterías si nunca piensas en la parte alta de las estanterías. El sol acuchillaba las persianas con decenas de rayos y la alergia flotaba en un aire demasiado caliente para la época. Me acordé de ti. No habrías hecho más que estornudar y protestar. En ese momento llamaron a la puerta. Abrí. No había nadie, solo un rastro de algo que parecía baba de caracol que se perdía escaleras abajo. Volví a las cajas y la cinta adhesiva y me puse con el segundo estante. Conseguí meter cincuenta y siete libros en la caja de una impresora que dejó de funcionar hace cosa de un año. Intenté colocar otro más que había quedado huérfano en el estante. Hice un estrecho hueco junto a un lateral. Empujé y empujé. No había manera. Algo impedía que encajara. Algo entre sus páginas. Un sobre de cartón azul plegado. Y dentro tú y yo en cuatro fotos de fotomatón. Me asusté un poco. Es increíble la cantidad de distancia y alteridad que puede acumularse en la cara de alguien aunque pienses en ella a menudo. Ahí estábamos, jóvenes y sonrientes. Morenos, con ropa de playa, todavía sin heridas. Tal vez medio borrachos a juzgar por nuestros ojos. Me quedé un rato mirándonos. Un buen rato. Era incapaz de recordar el momento en que nos las hicimos. Hasta dudé si no sería una ilusión de mis sentidos. Aquellos cuatro pedazos de papel me parecían cuatro islotes imposibles de felicidad en medio de la tormenta que dejaste al irte. Pero debían de ser reales. Tuvieron que existir en algún tiempo, aunque se me hubiera olvidado. Pensé que quizá aquel instante de calor congelado enterrado en la memoria fuera lo mejor que podía conservar de ti. Pero luego pensé que si lo había olvidado sería por alguna razón. Y justo después pensé que con un poco de suerte y un poco más de tiempo cualquier vestigio tuyo en mi cerebro tendría el mismo destino. Así que guardé las fotos en mi bolsillo y salí de casa. Bajé por las escaleras evitando pisar el rastro de babas. Se extendía hasta la puerta del patio y luego enfilaba la acera hacia la parte de la ciudad en la que sé que te instalaste. Centelleaba al sol, es cierto, pero enseguida se secaba dejando un surco grisáceo sobre el pavimento. Tomé la dirección opuesta. Y en el primer contenedor de papel y cartón te dejé atrás. No sé si hice bien; puede que el papel fotográfico contenga algo de plástico. Ni idea, la verdad. En fin, volví a casa y acabé de embalar mis cosas. Un día más tarde ya no sabrías dónde encontrarme, pensé mientras precintaba la última caja. Y creo que me alegré.

31
mar
12

Partiendo de la base

Partiendo de la base de que

A diario

Tienes que vértelas con

Hoteles para mascotas,

Concursos de belleza infantil,

Un arco iris político monocromático,

Las fauces del pitbull de tu vecino

A un palmo de tu entrepierna

En el ascensor,

La cola del supermercado,

La cola del DNI,

La del paro,

La del parking

Y la del carné de conducir,

Organismos internacionales

Ordenándote cómo vivir,

En qué gastar o no tu dinero,

Cada vez menos cabinas y

Cada vez menos buzones y

Cada vez menos perros callejeros

Y más mendigos en cajeros,

La correspondencia del banco,

El canal de telequiromancia

Que sintoniza la Sra. X al

Otro

Lado del tabique,

Esa gotera que vuelve a aflorar

Sobre la enésima capa de pintura,

Historias de amor

Muertas antes de nacer,

La nostalgia del futuro,

El remordimiento del pasado…

Es obvio que el mundo

Reúne méritos de sobra

Para la declaración de ruina.

Pero si te elevas un poco,

Solo un poco sobre la base

Y agudizas la vista

Encontrarás

PEQUEÑOS detalles,

Auténticos milagros

sucediendo entre el estiércol.

Una flor luminosa

En el alcorque de un

Naranjo borde,

Una jarra escarchada

Atrapando cerveza y luz solar,

La feliz lentitud de la respiración

Del gato tumbado al sol

En la azotea,

El final infinito

De un cuento de Carver,

Hierba recién cortada,

Dos caballos recortados

En negro contra las nubes del Sur,

Luces sin motivo en el cielo,

El amor contra pronóstico

En medio del estruendo de

Una cadena de montaje,

La luna metalizando

El agua de un mar tan tranquilo

Que parece de plata fundida.

Y luego el sol

Y otra vez la luna

Y de nuevo el sol.

30
mar
12

Buena idea

Sabía que era mala idea. Había intentado decírselo. Incluso le había dado plantón en un par de ocasiones echándome atrás en el último momento. Pero, bueno, el momento tenía que llegar y llegó la otra noche. Una cena con motivo de la inauguración oficial de su nuevo piso. Por alguna razón le hacía ilusión que conociera a sus amigos. Será en petit comité, dijo, no te preocupes, dijo, los cuatro amigos fundamentales, dijo. En fin, sabía que era mala idea, quizá hasta ella lo sabía, pero bueno, venga, vale, acabé diciendo yo.

Llegué premeditadamente tarde y sin nada bajo el brazo, ni vino, ni champán, ni nada. Había tenido un día duro repartiendo currículums por el polígono norte, así que debía dosificar energías mentales y económicas. Ella me abrió y me dio un beso tan espontáneo que no pareció del todo espontáneo. Una luz dorada que parecía emanar del mismo aire iluminaba el recibidor. Había un mueble y un espejo en una de las paredes. Entre los dos no debían de pesar más de dos kilos. Le iba el minimalismo, por supuesto. Al final del pasillo de parqué una puerta abierta daba a un mundo de tenue luz blanca, rollo nave espacial. Supongo que notó que fijaba mi pensamiento en el tipo de aliens que podría encontrarme detrás de aquella puerta de la Nostromo, porque me dio otro beso y me apretó la mano al decir Pasa, están deseando conocerte. Se la veía radiante. Podría asegurarse que estaba feliz. Sin duda aquello era importante para ella. Así que volví en mí y le dije Oye, muy bonita la casa. Para mí también era la primera visita, no la había ayudado con la mudanza. Pero tampoco había hecho falta: su padre le había mandado para ello a un equipo de operarios de una de sus muchas empresas, tal vez el mismo que le había reformado el piso de arriba a abajo a coste cero.

En el salón había bastante más de cuatro amigos fundamentales. Serían unos diez o doce, algunos todavía sentados a la mesa y otros desperdigados por el enorme tresillo blanco (más exactamente color iceberg, según oí decir a alguien). Sonaba chill-out, new wave, ambient o como coño se le llame a la música de ascensor cuando se quiere sacar pasta por ella. Quise preguntarle al respecto -ella me había dicho que le gustaba el rock-, pero no tuve ocasión; ya estábamos enfrascados en las presentaciones.

Había un médico que pasaba quince días cada verano en El Chad, una abogada muy contenta de defender la justicia social, un par de diseñadores gráficos/creadores multimedia que parecían gemelos pero ni siquiera eran hermanos, una arquitecta compañera del despacho de mi novia, chica o lo que fuera, y una eslovaca que en sus ratos libres escribía poemas utilizando como vocal únicamente la a en señal de protesta contra la discriminación de la mujer en el entorno rural de su país natal y de paso en cualquier rincón del planeta. De los demás no me acuerdo, supongo que más de lo mismo.

Obviamente, pedí encarecidamente una copa de algo. Alguien puso en mi mano un chato de vino. Me lo bebí de un trago, localicé la botella y me serví otro. Los creadores multimedia me dijeron que aquel era un caldo moldavo que había que paladear al menos durante un minuto. Me excusé por mi ignorancia y busqué un rincón tranquilo. No existía. Todo el mundo quería saber cómo nos habíamos conocido, a qué me dedicaba, qué hacía en mi tiempo libre, cuál era mi playa favorita de Formentera. Me zafé como pude, dejé que hablara ella, a la que a partir de cierto momento empecé a notar preocupada por la creciente hostilidad de las respuestas que yo estaba dando. Por suerte, al cabo de una hora eterna dejaron de prestarme atención y empezaron a hablar de algo que llamaban su “proyecto político-artístico secreto”.

Según entendí, todos aquellos hijos de papá llamaban a la revolución popular mediante mensajes y dibujos trazados con permanente rojo en la parte trasera de las puertas de los restaurantes de lujo que frecuentaban con sus familias sanguíneas o políticas. Aseguraban que ya se hablaba de ellos entre los maitres más cualificados de la ciudad. Demasiado Proyecto Mayhem, pensé, y seguro que solo han visto la peli. Saqué un cigarro, no podía más. Al instante el pánico se extendió por la habitación. Ella vino corriendo y me lo arrancó con fuerza de la mano como si lo que estuviera a punto de usar fuera una granada o un AK-47. Luego se giró hacia sus amigos y, con cierto rubor, dijo Sí, fuma. Ellos menearon la cabeza y poco a poco, como si les costara salir por completo del shock que acababan de sufrir, reanudaron su conversación.

Ven, me dijo ella, y me llevó al balcón.

¿Estás bien?, me preguntó.

Di la primera calada y contesté Ahora mejor.

Sonrió y volvió dentro, a su mundo.

Cuatro pisos más abajo el camión de la basura recogía unos contenedores. Desde mi posición se apreciaba una nube de insectos merodeando en torno a la boca oscura del camión y a los dos hombres apostados a cada lado. Las alas de los bichos reflejaban la luz naranja de las farolas. Por momentos parecían ascuas agitadas por el aire de la noche, y deseé que la ciudad entera ardiera en llamas. Que no quedara más que cenizas sobre las que construir algo mejor, tan solo un poco mejor. Entonces caí en que eso era lo único medianamente digno que había pensado a lo largo de la velada. Tiré la colilla al vacío y entré. Nadie reparó en mi presencia. Ahora hablaban sobre energías renovables, me pareció. Fui al baño, meé en un retrete que parecía una puñetera obra de arte moderno y rebusqué en los cajones del lavabo. Di con algo parecido a un lápiz. Y me despedí de ella escribiendo una breve nota en la parte trasera de la puerta.




new!!

Iván Rojo Tales

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