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	<title>Iván Rojo</title>
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	<pubDate>Wed, 13 Aug 2008 22:09:23 +0000</pubDate>
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		<title>Huyendo</title>
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			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Aún no son las ocho de la mañana y voy por el tercer café. Esto no es bueno para mi salud. En realidad para la de nadie, pero los demás me dan igual. Por supuesto. Además, a estas horas todo el mundo es antipático. La camarera vieja que me acaba de servir me ha derramado buena parte de la taza encima de los pantalones. Ni siquiera se ha disculpado. Lo cual tampoco es bueno para mi salud. Puedo sentir, casi oír cómo se me pinzan las cervicales y la sangre late en mis sienes. Malo. Ganas de vomitar. Por no hablar de que tengo a Mario, el conductor, sentado frente a mí. No para de hablar. Es increíble la cantidad de palabras por minuto que suelta. Y es aún más increíble que ninguna de ellas despierte en mí el menor interés. Miro la autopista a través de los ventanales y él habla de que la mili le sirvió para hacerse un hombre. Dice que medio añito de prácticas militares nos vendría muy bien a unos cuantos mientras remueve su café y mira de reojo la botella de Terry que hay sobre la barra. Luego chasquea la lengua y dice que la puta de su exmujer le está sacando las entretelas a costa de la pensión. Y dice que su hijo saca malas notas en el colegio pero que no es culpa del chaval sino de la zorra de su madre que no le cuida como es debido y eso que además el pobre sufre un trastorno de atención pero que la verdad es que el crío es muy listo, muy avispao, porque para eso es hijo suyo. Yo le miro. Fuma ducados negro con ansia. Yo le miro mejor y veo cómo un par de gotas de pura sordidez, viscosas y de color mierda, le resbalan de la nariz y se hunden en su taza. Y empiezo a preocuparme seriamente por mí. Pero ya es la hora de subir de nuevo al autobús. Así que parpadeo con fuerza para borrar la visión, pago mi consumición y la del contutor y grito en medio de la cafetería del área de servicio Por favor, viaje a Extremadura, vayan dirigiéndose al autocar. La empresa nos instruye a todos los guías para que digamos autocar y no autobús. Una vez le dije a un compañero que me resultaba raro lo de decir autocar, que me sonaba a palabra de hace cincuenta años. Y me contestó que tenía entendido que ésa era precisamente la razón por la que nos obligaban a utilizarla. Me dijo Todos nuestros clientes son jubilados o prejubilados; en su época se decía autocar. No me convenció, pero me pareció estúpido profundizar en el tema. Porque lo mío no es vocacional, me importa una mierda la política de la empresa, su estrategia publicitaria, los resultados de los tests de calidad que tendré que pasarles a todos estos pensionistas dentro de una semana, durante el trayecto de regreso. Yo sólo quería alejarme un poco de mi mundo habitual y di con un anuncio en Laboris. Bastaba con tener el graduado y disponibilidad para viajar. Dos días después guiaba a mi primer rebaño hacia la otra punta de la península sin ningún problema. A estas personas les da igual que les digas que los pescadores de la Costa da Morte viven de la pesca del atún o de la del morrajo. Lo que de verdad quieren es desobedecer por una semana las recomendaciones de su médico acerca del ácido úrico y atiborrarse a percebes. Y llevarles a sus nietos algún llaverito con la fachada principal de la plaza María Pita. En fin, que ninguno de ellos va a poner en duda tus conocimientos, porque el guía es guía por algo. Es lo que le suele decir su mujer al típico abuelete sabelotodo que hay en todo grupo del INSERSO que osa cuestionar mis palabras con o sin razón. Lo malo es que esto ya se está alargando demasiado. Quería curarme, olvidar ciertas cosas. Supuse que pasarme unos cuantos meses atravesando el país por carretera en un vehículo impregnado de olor a alcanfor me ayudaría a encontrar otras ilusiones. Creí que estar todo el día rodeado de tercera edad me serviría para darme cuenta de que aún soy joven y más o menos fuerte. Pero es como si el pasillo central del autobús estuviera inclinado hacia delante y un montón de flujo senil se deslizara hasta mi asiento, porque cuando llega el séptimo día y veo reaparecer el paisaje de esta ciudad trágica al otro lado de la luna delantera del bus me aún siento tan débil, cansado, herido y repentinamente viejo como aquel día. Todavía se me revuelven las tripas por miedo a encontrármela.</p>
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		<title>Ocio Nocturno (II)</title>
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		<pubDate>Sun, 10 Aug 2008 23:39:02 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[El gordinfón del bar llega a su casa. Introduce un dvd en el aparato Siemens y se deja caer en el sofá, que chirría o gruñe como un objeto-animal viejo, igual de oxidado que harto de soportar ciento veinte kilos de manteca pastosa, resudada. Frente a él, el televisor con la pantalla en blanco del [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal" style="text-indent:36pt;text-align:justify;margin:0;">El gordinfón del bar llega a su casa. Introduce un dvd en el aparato Siemens y se deja caer en el sofá, que chirría o gruñe como un objeto-animal viejo, igual de oxidado que harto de soportar ciento veinte kilos de manteca pastosa, resudada. Frente a él, el televisor con la pantalla en blanco del canal AV a la espera de que pulse el play. Encima de la tele, a duras penas visible entre la penumbra tenue que emite la tele pero reproducible a la perfección por su mente de mirarla un millón de veces, hay una fotografía muy similar a las que le acompañan noche tras noche en su negocio. Una fotografía ampliada en la que aparece en su hábitat natural: la barra de su local de copas, la trinchera desde la que tiene cierto protagonismo en su propia vida. Se le ve rodeado de cuatro chicas que sostienen vasos de alcohol mientras con sus manos libres se abrazan al corpachón cilíndrico de su gigantesco y tontorrón osito de peluche. De su particular suministrador de diversión. Una fotografía dedicada en la que se lee “A Damián, el mejor barman de todo el mundo”. En los bordes de la imagen hay estampados labios de carmín. Diversas tonalidades palidecidas de rojo. A veces Damián los besa. Luego se pasa la lengua por los suyos, una lengua extremadamente corta, e impregna su boca de un sabor a polvo y saliva propia que a él le resulta delicioso. Hoy, sin embargo, no le apetece besar a ninguna de sus chicas. Hoy ninguna le ha hablado demasiado en el bar, hola y adiós y ya está, ya no están, están riéndose en la mesa más alejada, hablando con chicos de su misma edad en la mesa más alejada, a muchos años luz de él. Piensa en ello con la mirada perdida en algún punto del techo y el dedo índice indeciso sobre el botón del mando a distancia. Piensa que tampoco ningún chaval se ha sentado en un taburete y ha intentado caerle en gracia alabando la música que pincha en el local. Una vez se tiró a un tío. Y disfrutó. Tenía el culo duro y rasurado. Un culo perfecto, asexuado si te lo follabas como él lo hizo, poniéndolo a cuatro patas y manteniéndole la cabeza gacha para no ver la los rasgos masculinos de aquella cara. Tuvo que pagar. Quería probarlo. En el fondo sabe que lo hizo porque creía que le sería más fácil tener sexo estable si fuera gay. Pero las mujeres le gustan mucho más. Desclava del techo los ojos y los fuerza a atravesar la penumbra de la habitación en busca de su fotografía preferida, lo único remotamente similar a un recuerdo amoroso o simplemente sentimental que decora su casa. El resto, a excepción de su equipo de música e imagen de última generación, son cosas pasadas de moda. Paredes revestidas de papel floreado. Un par de figurillas de porcelana gris y rosa que, por mucho que Damián se empeñe en distanciar, aunque las obligue a darse la espalda, conforman el núcleo indivisible de un joven decimonónico retratando a su amada. Un armario de conglomerado color crema con polvo en los estantes, unas sillas de escai beige, el tapizado cuarteado, las patas apolilladas y cojas. Y él se siente un mueble viejo y ridículo. Un gran baúl vacío. Inútil. Sus ojos no le han obedecido. Tras recorrer la desolación de la estancia, se posan sobre la rotunda realidad de su cuerpo esférico. Y de modo casi inconsciente, como quien enciende el enésimo cigarro, o bebe otra copa jurando que será la última o arroja por la ranura de una tragaperras el sueldo de todo el mes, intenta escapar de sí mismo poniendo en marcha la cinta. Nunca deja de sorprenderse al ver los baños de su pub desde esa perspectiva en contrapicado. Los azulejos de las paredes están relucientes, el espejo perfectamente iluminado, ni una de las bombillas halógenas que lo enmarcan está fundida o parpadea. Una confortable sensación de limpieza, incluso asepsia, caracteriza la atmósfera de los servicios femeninos de su bar. Lo friega y lo perfuma de arriba a bajo cada día antes de abrir las puertas al público, a las once de cada noche. Es importante que las chicas se sientan absolutamente cómodas allí. De pie o sentadas, ni rastro de gérmenes. Sólo así se relajan, se toman su tiempo para retocarse el maquillaje o para quitarse las prendas superiores y colocarse correctamente las tetas, desafiando la ley de la gravedad. Para cambiarse el tampón o, de vez en cuando, alguna, hacerse un dedo mirando la papelera metálica de diseño pop-art atornillada al suelo detrás de la puerta, justo frente a la taza del váter, sin sospechar que tiene un doble fondo en el que se camufla una mini-cámara con micrófono incorporado. En la pantalla aparece la primera chica de la peli de esta noche. Ahora todas sus grabaciones duran ciento veinte minutos; filmados en tiempo real: de doce y media a dos y media de la madrugada. Hace ya bastante que descubrió que ése es el intervalo de mayor movimiento en los servicios. Apenas una hora después de empezar a beber, las vejigas femeninas se saturan. La primera protagonista de la película de hoy es una pelirroja de aspecto a la vez frágil y atlético. Alta y delgada como un junco. Sus ojos verde oscuro contribuyen a ello, a hacerle parecer un junco, un vegetal sano y flexible, una zanahoria, una acelga. También su casi absoluta carencia de glándulas mamarias. Insecto palo, mantis religiosa de ojos inmensos, la chica verde y naranja sale del plano sin haber hecho otra cosa que lavarse las manos y refrescarse la nuca. Damián imagina la fragancia que habrá quedado flotando en el ambiente, hierba recién cortada, algo así, y de pronto se siente más sucio, más pringoso de lo normal. Se despega del sofá humedecido y en la cocina, a la luz ambarina de la nevera entreabierta, se sirve un gran vaso de leche, azúcar, colacao y cereales chocolateados. Con el vaso en la mano se acerca de nuevo al televisor, despacio, retraído, mirándolo con cierto temor o vergüenza, de reojo. El escenario está desierto. Igual que su cuarto de baño doméstico, al que dirige sus pasos tras dejar la bebida hipercalórica en la mesilla que media entre la tele y el sofá. Como en cualquier váter occidental, hay un armarito-botiquín blanco anclado a la pared. Lo abre y empieza a escarbar en sus tripas. Sus dedos tiemblan ligeramente. Caen cajas y prospectos sueltos. Damián se sorprende a sí mismo alarmado. Piensa que está haciendo demasiado ruido, crujidos de cartón y de papel, frascos rodando por el suelo, piensa que alguien va a llamar a la policía por el escándalo. Que una pareja de agentes se presentará en su casa y le joderá le velada; confiscarán su videoteca y se lo llevarán esposado entre inquisidoras miradas y comentarios de mal gusto. Pero ya sostiene en las manos una docena de tabletas, pastillas redondas, píldoras de todos los colores, cápsulas rellenas de medio miligramo de yin-yang, de salud y enfermedad, de vida y muerte comprimidas. Sólo quiere sentirse bien. Vuelve a la sala de estar, que en realidad nunca ha sido más que el cuarto en el que se sienta a ver la tele y engordar. La pantalla sólo muestra la deslumbrante pulcritud de los servicios de El Último Mono. Se sienta en el sofá, justo sobre la gigantesca huella de su culo, excavada sin esfuerzo pero con cierto dolor durante años y años. Con bastante dolor, ahora lo descubre sin lugar a dudas. Un dolor lento y sordo, sin heridas ni hemorragias externas, pero que no se detiene jamás, que corre igual que una toxina por sus venas gordas como túneles oscuros que amenazan con colapsarse. Un malestar que a veces, sólo algunas pocas veces, por ejemplo durante un instante de normalidad en su bar o escuchando un cedé de Nacho Vegas en la seguridad de su casa, consigue reducir a mera molestia, a peculiaridad de su persona. A aire de malditismo. A algo que le jode pero que también le hace ser quién es, para bien o para mal. Sin embargo, lo habitual es que el dolor sea sufrimiento puro, suplicio que Damián aguanta día tras día del modo discreto en que cualquier mártir aguanta su martirio, en privado, en silencio, en la cruel intimidad. Como esta noche, en la que se encuentra agotado, tanto que ni siquiera se siente triste, abandonado o perdido. Nota su cerebro hinchado como una bolsa repleta de basura. Obsceno, corrompido. Quiere descansar, sentirse bien. O creer que se siente bien, simplemente eso. Con un movimiento pausado, inapropiado para una mano que más bien recuerda –por la grasa, por los pelos- a la pezuña de un cerdo, ciento veinte analgésicos suaves y brillantes o rugosos y mates o translúcidos o como recubiertos de polvillo, de todas las texturas imaginables, caen y se hunden en el edulcorado brebaje marrón. Y un momento después, el revoltijo de leche, chocolate y drogas cae y se hunde en el estómago sin fondo de Damián. Le sabe igual que todas las noches. Se limpia la boca con los bajos de la camiseta. Igual que todas las noches. No percibe cambio alguno en sus capacidades. Se recuesta en el sofá, que deja escapar otro gruñido oxidado, a la espera de que suceda algo distinto. Agazapado animalmente en la tiniebla añil, mira la pantalla, la foto de la pared, la pantalla, la foto… todo está quieto, callado. Y así sigue un rato. Hasta que, de pronto, se hace el sonido. El micrófono de la mini-cámara capta el subidón de ruido de fondo al abrirse la puerta del baño, voces y música y tintineo de cubitos de hielo luchando por imponerse. Una joven entra en escena. Se apoya en la pila, resopla, se estira y ordena su pelo apresuradamente, peinándolo/despeinándolo con las manos, agitando la cabeza de lado a lado, girando el cuello cada cinco segundos en dirección a la puerta. Parece un poco más bajita, menos estilizada en la pantalla, pero no hay duda de que es ella, la chica más guapa de la noche, la única que hoy ha hecho que Damián se sintiera alguien-algo visible durante un par de minutos. Es la chica más guapa y no tiene motivo alguno para repasarse el contorno de los labios como ahora está haciendo, evidentemente nerviosa. Un escalofrío recorre a Damián de pies a cabeza hasta materializarse en una punzada de sudor frío en su nuca. Tal vez sea el primer ataque de los medicamentos, piensa. Pero lo cierto es que tiene más que ver con la triste premonición que late en el centro de su cerebro desde que ella ha aparecido en la película con su despliegue de gestos excitados y su afán de mejorar aún más la imagen perfecta que le devuelve el espejo. Y ya no necesita presentir cuando un chico alto, afeitado y engominado se incorpora al plano-secuencia haciendo gala de ese saber estar que tienen las estrellas de cine. Ya no necesita presentir porque ahora todo es concreto y duro como una ostia en la cara. Como otra ostia. Damián, viendo en High Definition los dos cuerpos modélicos unidos un poco por debajo de sus respectivos centros de gravedad, oyendo en High Fidelity los gemidos, ya sólo siente una mezcla de pena y rabia que le da ganas de prepararse otro batido de calmantes. Damián, eterno espectador… siempre detrás de la barra o al otro lado de la pantalla, el lado malo, el lado del mundo en el que las cosas no suceden, simple y llanamente se suceden, se observan suceder, sin posibilidad alguna de alterarlas… adquiere la certeza de que ha hecho bien engullendo el bebedizo. Lo único que le inquieta es la posibilidad de haber calculado mal la dosis, de haberse quedado corto, de tener que quedarse aquí un tiempo más. No, eso no, se dice, no sé cuánto tiempo necesitaría para volver a experimentar un verdadero impulso suicida, porque si no me muero esta noche, mañana despertaré y la inercia me atrapará de nuevo, la parte sana de mi cerebro me dirá que lo de hoy no puede repetirse, que es una locura, que en realidad no tengo razones para hacer esto, y luego llamará mi madre como todas las mañanas, para desearme un buen día y decirme si iré a comer a su casa, y yo le diré que sí y a mediodía me presentaré allí y me comeré siete u ocho morcillas ante su satisfecha mirada maternal, de madre de niño un poco inútil del que hay que estar siempre pendiente, aunque tenga cuarenta y cuatro años… No, eso no, ya no más… Tiene que ocurrir ahora. Damián intenta incorporarse para hacerse otro vaso de drogas y descubre que sus músculos no le responden. Están fofos, dormidos. Una arcada profundísima, como nacida en el mismo centro de su alma, le dobla por la mitad. Le saca de dudas, le reconforta. Incluso le hace querer sonreír, pero sus labios están aflojados y sólo logran conformar una mueca torcida desde la que se escurre una babilla densa y espumosa, como la de las vacas. Queda postrado en posición fetal sobre el sofá. Su campo de visión ya es sólo un túnel, un círculo del negro más puro y una lejana luz de treinta y ocho pulgadas centelleando en el centro, una luz blanca como los azulejos del wc de su pub y como las tetas de la última chica que verá en su vida. La sabiduría o la tozudez de la naturaleza hacen que las entrañas de Damián se contorsionen intentando expulsar el veneno que las ha invadido. Pero esta vez está decidido a ganar: se tapona la boca mordiendo un almohadón polvoriento y, con un gran esfuerzo, carga todo su peso sobre su mordaza. Una oleada de vómito, sangre y última despedida le desborda por la nariz, encharcando sus ojos. La trémula chica de la pantalla se está poniendo las bragas cuando el corazón de Damián se para.</p>
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		<title>Vacaciones</title>
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		<pubDate>Sat, 02 Aug 2008 15:24:48 +0000</pubDate>
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		<description><![CDATA[En cuanto cierro la puerta se entreabre la de al lado y mi vecino asoma por el hueco su cabeza arrugada y calva. Y se queda ahí, mirándome en absoluto silencio si no fuera porque aún no se ha puesto la dentadura postiza y de cuando en cuando tiene que sorber la baba que se le [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">En cuanto cierro la puerta se entreabre la de al lado y mi vecino asoma por el hueco su cabeza arrugada y calva. Y se queda ahí, mirándome en absoluto silencio si no fuera porque aún no se ha puesto la dentadura postiza y de cuando en cuando tiene que sorber la baba que se le empieza a derramar. Joder&#8230; Sería más agradable vivir en una pensión del barrio chino. Intento evitar a esta chusma decadente, así que lo he visto muy pocas veces. Un hola o adiós rápido en el rellano y me libro de él cogiendo las escaleras. Por ahí ni él ni los demás ancianos de esta comunidad pueden seguirme. No les pongo nada fácil que me asquéen con sus conversaciones sobre el tiempo, las pastillas para la tensión o si ya me he echado novia. Pero hoy son las siete de la mañana, llevo a cuestas un par de maletas y prefiero coger el ascensor. Así que ahí estoy, esperando a que llegue con la cara color cerumen de mi vecino escrutándome con gesto de mala ostia. Éste, además de viejo, es minusválido. Tendrá ochenta tacos y aún usa una de ésas prótesis ortopédicas que les ponen a los niños que nacen con una pierna más corta que la otra. También se sirve de un bastón. Reluciente. Barnizado y acabado en un mango plateado. La cabeza de una cobra con dos piedras rojas por ojos. Y eso es lo que blande cuando con dos pasitos torpes se atreve a salir de la seguridad de su piso y me espeta A ti quería yo verte, cabrón. Reprimo las ganas de escupirle a la cara o romperle el cuello pensando con todas mis fuerzas de que es un pobre abuelo solitario y que las hordas del Alzheimer deben de estar arrasándole el cerebro. Imagino que le habrá dado alguna clase de derrame, algo que le hace confundirme con alguno de sus demonios internos. Pero entonces me dice que lleva semanas sin dormir por mi culpa, que mire que ojeras tiene. Le doy la razón como se les da a los locos y le digo que no se preocupe. Me voy de vacaciones; durante una semana no le molestaré con la música tan alta. ¡Qué coño dices, hijoputa!, me suelta. Lo que me toca los cojones son los gritos que das en mitad de la madrugada. Y esos golpes que no cesan, como si estuvieras pegándote cabezazos contra las paredes. Mírate, chaval; estás hecho polvo. Entonces se abren las puertas del ascensor recién llegado y en el espejo veo a alguien más muerto que vivo.</p>
<p>El abuelo tiene razón.</p>
<p>Quizá me vengan bien estas vacaciones.</p>
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		<title>Revelaciones</title>
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		<pubDate>Fri, 01 Aug 2008 09:09:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ivanrojo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Es madrugada de fin de semana y no tenemos nada mejor que hacer que beber. Vamos a una tienda de chinos y el sonriente dependiente no pone ningún problema para vendernos un par de botellas. Somos tres; se supone que será suficiente. El calor es nauseabundo. Hace que la ciudad entera huela como un vertedero. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Es madrugada de fin de semana y no tenemos nada mejor que hacer que beber. Vamos a una tienda de chinos y el sonriente dependiente no pone ningún problema para vendernos un par de botellas. Somos tres; se supone que será suficiente. El calor es nauseabundo. Hace que la ciudad entera huela como un vertedero. O quizá el hedor provenga de nuestros propios cuerpos, resudados y adheridos a los asientos de piel falsa del coche. No tiene aire acondicionado, claro. Sin necesidad de mencionarlo decidimos que lo mejor va a ser ir a la playa. Puede que allí el ambiente sea más respirable, pienso. Todo más soportable. No sé. Es lo que a menudo sale en las pelis, ¿no? El protagonista de turno –en plena crisis existencial- se tira varias horas mirando la espuma del mar, a solas con las cosas de su cerebro, y después se reincorpora a su vida de perdedor como fortalecido de algún modo. Como inundado por una revelación mística. Como antihéroe mutado en héroe por arte de magia. En fin, ficción. Nosotros llevamos años acercándonos al mar en verano, cuando el apestoso caldo de cultivo de esta puta ciudad se recalienta aún más de lo normal y estalla en burbujas de pura mierda. Y la verdad es que nunca nos ha servido para convertirnos en algo mejor. Simplemente nos ponemos ciegos y disfrutamos de ver las cosas borrosas durante unas horas. Y eso nos basta para seguir un día más. Así que por fin llegamos y dejamos el coche en un parking de cemento, arena y salitre sucio y vemos que un gorrita negro se acerca. Como ninguno de nosotros lleva el euro, el tipo pide que le demos un cigarro.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Toma.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Lo coge y mira el logotipo en el papel y dice:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">¿No tienes Marlboro?</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Pues no tío, no soy un estanco ambulante.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Entonces paso.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Me lo devuelve y se larga insultándonos en voz baja. Y de golpe ratifico con absoluta certeza algo que venía intuyendo desde hace tiempo. Que el fin del mundo ya ha empezado. Que ya no hay nada que hacer, que la especie humana es basura antropomorfa y que además de justo sería hasta bonito que el asteroide del 2019 nos convirtiera a todos en polvo cósmico. Porque alguien que buscaba bienestar y que se jugó la vida al atravesar el estrecho en patera o se desolló vivo saltando la superalambrada esa de Ceuta o Melilla acaba de rechazarme un cigarro por no ser de su marca favorita. Pero en lugar de correr tras él y darle motivos para matarme saltándole encima e intentando degollarle con cualquier objeto más o menos afilado, me enciendo el cigarro menospreciado y me adentro en la playa con mis amigos. Unos metros hacia el norte hay una terraza de ésas que alternan los grandes éxitos de los triunfitos con los grandes éxitos de los reyes del reguetón o como coño se escriba. La reverberación se impone incluso sobre el sonido del mar, así que la arena está repleta de grupitos de gente disfrutando de la buena música. Calentando motores. Emborrachándose contrarreloj para entrar a la disco con el puntito exacto de desinhibición. La mayor parte de los animales que pueblan la arena son chavales jóvenes hiperciclados y chavalas jóvenes siliconadas. Putas y chulos de putas, por resumir. Al menos, eso es lo que parecen. Mientras avanzamos entre ellos, mi amigo A dice que tengamos cuidado, que no levantemos mucha arena al caminar, que esta chusma necesita muy poco para reventarle a uno la cabeza. Mi amigo B dice Sí, ojito. Y yo no digo nada pero pienso que por desgracia tienen razón. Y ahí estamos: los tres andando en fila india y de puntillas para evitar problemas. Y me sorprendo a mí mismo confeccionando mentalmente una lista de lugares prioritarios en los que colocar una bomba.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Tiendas de rayos UVA.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Gimnasios.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Multicines.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Discotecas.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Centros comerciales.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Tiendas de scooters.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Para mantener una distancia de seguridad con las bestias aparentemente más peligrosas acabamos por acampar casi en la misma orilla. Nos mojamos el culo al sentarnos y me sube una náusea repentina y se me van las ganas de pillarme una buena castaña. Pero en el fondo sé que la sobriedad es el peor estado posible para pasar un buen rato en tal escenario. Por eso ya voy bastante cocido cuando cuatro tipejos se nos acercan y nos piden que les pongamos un cubata. En realidad, no lo piden. Uno de ellos, más ancho que alto, se recoloca la cadena dorada del grosor de un dedo humano que lleva colgada de la cerviz y ordena:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">PoneRnos unos cubatas.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">¿Unos cubatas…?</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Sí, ¿no me oyes? Unos cubatas.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Y, joder, puede que sea un momento tan bueno como cualquier otro para dejar de ser una presa fácil. Pero los jodidos mecanismos de autodefensa se activan automáticamente en mi interior. Se resumen en una máxima: me da miedo el dolor físico. Total, que antes de darme cuenta los cuatro gorilas ya tienen sus respectivos cubatas entre sus zarpas. Entonces, por alguna razón que no comprendo, el mono jefe dice Gracias y después me pregunta cómo me llamo. Se lo digo. Y él/ello:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Coño, somos tocayos.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Ah.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">¿No te lo crees? Mira, lo llevo tatuado.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Se levanta la minúscula y apretadísima manga y me enseña la cara interna de su bíceps, del tamaño de mi muslo:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Ivan en letras azules.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Se me eriza el pelo y casi puedo oír el estertor de mi último átomo de fe en la humanidad, recién desintegrado por cansancio y tedio y pura repulsión.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">En ese mismo instante sé que no voy a poder aguantarme. Necesito una pequeña revancha. Un arranque de dignidad, por insignificante que sea, para levantarme mañana sin pensar demasiado en lo asombroso del poder cortante de la cuchilla de afeitar. Sin la obsesión de hurgar en los enchufes en busca de diminutos tesoros ocultos. Y digo:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Joder, tanta carne para escribir en ella y se te olvida el acento…</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;">Recobro el conocimiento con un diente partido por la mitad y la boca y los ojos llenos de arena y sangre. Una revelación tan esclarecedora como otra cualquiera, al borde del mar.</p>
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		<title>Cosas pegadas</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Jul 2008 15:16:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ivanrojo</dc:creator>
		
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			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Mi madre murió de cáncer un par de años después de que consiguiera irme de casa. Recuerdo que cuando sonó el teléfono yo estaba tirado en mi piso de alquiler viendo por la tele un partido de segunda división. Y también recuerdo que nada más escuchar la noticia calculé con absoluta precisión cuánto tiempo, mesessemanasdías, hacía que no hablaba con ella. Aquello debió de afectarme de algún modo porque me propuse limpiar -en la medida de lo posible- la mierda de mi vida. Quiero decir que acababa de desaparecer para siempre uno de los dos seres humanos que me habían creado y, a pesar de que mi padre siempre me había dado una mezcla de miedo y asco, de pronto tenía la firme sensación de que lo mejor que podía hacer era normalizar un poco mi relación con él. Llamarle de vez en cuando, en navidad o por su cumpleaños, invitarle a comer algún día, contarle lo de la hepatitis que me pegó aquella puta. Cosas así. Un poco de feedback padre-hijo, o algo por el estilo. Lo que pasa es que los viejos dicen que las desgracias nunca vienen solas y tienen que ser muy sabios porque no pasaron ni tres días desde la incineración de mi madre hasta que mi padre sufrió el ataque. En el hospital encontraron en en bolsillo de su chaqueta un papelito con mi número de teléfono. Eso fue lo primero que me dijo la voz desde el otro extremo de la línea. Bueno, lo cierto es que antes que nada se identificó como la enfermera García, del Hospital General Universitario. Y luego me contó lo del papelito en el bolsillo del Sr. Sánchez -estatura media, complexión normal, pelo entrecano, ni fu ni fa- y quiso saber, por favor, con quién hablaba. Con su hijo; voy para allá. Lo encontré tumbado con los ojos abiertos pero inmóviles en una de las camillas que colapsaban el pasillo principal de la zona de urgencias. No reaccionó externamente cuando le toqué el hombro y le dije Padre al oído. Así que sólo tuve que fijarme en que llevaba el mismo traje oscuro con que había asistido a la cremación de mi madre. Y olía como si no se lo hubiera cambiado en todos esos días. Olía a alcohol de diversas marcas y a sudor apelmazado. La misma voz que me había hablado por teléfono sonó a mi espalda: Disculpe, me lo llevo a hacerle unas pruebas. Vale. Y cuando la mujer giró la camilla intentando enfilar el pasillo me di cuenta de que mi padre aún llevaba la etiqueta con el precio en la suela de su zapato izquierdo. Le pedí a la enfermera que esperara un momento y me acerqué para despegársela. Por alguna razón ese detalle me dio vergüenza ajena. Tal vez propia. Como si ese trozo de papel adhesivo en el zapato de mi padre fuera la materialización, naranja chillón y a la vista de cualquiera, de hasta qué punto me había jodido la vida, nos había jodido la vida. Aunque aquí no voy a contar los detalles. El caso es que no sé qué debió ver la enfermera en mi cara mientras yo intentaba arrancar la pegatina con mis uñas comidas, pero dijo -en ese tono que utiliza quien finge empatizar-: No es el mejor final para una boda. Supongo que se dejó engañar por el traje de mi padre, sucio pero elegante. Y yo no respondí nada pero pensé que no, no era el mejor final, y que en realidad la señora no iba tan desencaminada. Al cabo de un buen rato mi nombre crepitó por la megafonía y acudí a una pequeña sala, donde una doctora me hizo saber que, aunque nunca se debe perder la esperanza, lo más probable era que mi padre no volviera a moverse nunca más. Dijo: Para que usted me entienda, se le ha quemado buena parte del cerebro. No podrá alimentarse solo. Ni vestirse. Ni asearse. Lo tendremos ingresado unos días, por precaución. Sepa usted que su padre aún conserva cierta actividad cerebral. Y quizá en determinados momentos pueda comprender lo que oiga y lo que vea; así que trátelo con cariño. Es lo que más aprecian estos enfermos. Y además es lo único que podrá usted hacer por él: darle cariño. Eso fue lo último que me dijo aquella tía desde dentro de su bata blanca inmaculada. Y lo dijo como si fuera lo más normal del mundo.</p>
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		<title>ns/nc</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Jul 2008 10:19:32 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ivanrojo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Por mi experiencia. Dijeron que ésa era la razón para escogerme. Aunque puede que fuera porque no puse pegas cuando me explicaron el sueldo y el horario. Una mierda ambas cosas. Pero, bueno, supongo que como en cualquier parte.
Poco después reapareció Leo. Si llevas el suficiente tiempo frecuentando determinado tipo de sitios acabas mezclándote con [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Por mi experiencia. Dijeron que ésa era la razón para escogerme. Aunque puede que fuera porque no puse pegas cuando me explicaron el sueldo y el horario. Una mierda ambas cosas. Pero, bueno, supongo que como en cualquier parte.</p>
<p>Poco después reapareció Leo. Si llevas el suficiente tiempo frecuentando determinado tipo de sitios acabas mezclándote con gente como Leo. Hacía bastante que no nos veíamos. En realidad, nunca habíamos sido amigos, medioamigos, colegas. Simplemente coincidíamos de cuando en cuando en ciertos bares y a lo mejor yo necesitaba meterme algo o conseguir un poco de pasta o un arma más o menos limpia. Él se encargaba de todo. Yo nunca me retrasaba en los pagos. Así que todo era muy cordial. Fácil, rápido. Los problemas no me gustan; los elimino. Eso solía decirme cada vez que nos despedíamos, justo después de asegurarme que le gustaba hacer negocios conmigo.</p>
<p>Total, que hacía bastante que no nos veíamos hasta que tropezamos con él en la calle, un par de meses atrás. Tropezamos. M. Barbaresco y yo. Un apellido raro. Un compañero del centro me dijo que el viejo era rumano o albanés, no lo sabía exactamente. Que en su tierra había sido músico en una de esas orquestinas zíngaras que salen tan a menudo en las pelis del Este. Luego se había venido aquí con su hijo y al poco un ictus lo dejó así, en silla de ruedas y babeando. Y con esos ojos como descolgados mostrando el revés desvaído del párpado inferior. Un apellido realmente raro; supongo que lo recordaría aunque no lo hubiera leído todas esas veces, bordado en cada pieza de la ropa interior del abuelo. Porque este trabajo no sólo consiste en sacarlos a dar una vuelta, asegurarte de que les dé el sol un rato. Si quieren mear tienes que ayudarles. Si quieren cagar, también. Y es de verdad complicado saber en qué momento se le van a aflojar los esfínteres a un vegetal.</p>
<p>El caso es que nos sentamos los tres en un banco del jardín donde siempre llevaba a M. Barbaresco y a los demás. Leo me preguntó si el mudo era pariente mío. Y yo le presenté a Eme y le expliqué lo de mi nuevo trabajo. ¿Ahora eres decente?, dijo Leo. Habló en un tono extraño. De hecho, estoy casi seguro de que la frase no era una pregunta pero, mira, ya he puesto los signos de interrogación. Así que ahí se quedan.</p>
<p>Al acabar de fumarnos el purito ya hacía un buen rato que había aceptado la oferta de Leo. Era algo fácil y rápido, como a él le gustaba. Sólo que esta vez yo sería el suministrador. Me dijo que conocía a personas que estarían interesadas. Hay gente para todo, ya sabes. Y resultó que Leo tenía razón.</p>
<p>Con el Sr. Barbaresco la cosa resultaba aún muy precipitada, y decidimos esperar a que me asignaran el siguiente anciano con la capacidad de habla atrofiada. Recuerdo la cara de aquel pionero, pero he olvidado su nombre; debía de ser menos exótico que el de Eme. Luego vinieron unos cuantos más. Era fácil y rápido, he de reconocerlo. En lugar de llevarlos a un parque los metía en un taxi y nos íbamos a una parcela que Leo había alquilado a las afueras de la ciudad. Aquello debía de ser suelo industrial. Nada más que un pequeño cuadrado de terreno pedregoso con una caseta cúbica de cemento en el medio. Como una especie de cobertizo destinado en tiempos a guardar herramientas agrícolas. En un rincón había una azada oxidada y la hoja abandonada de una guadaña. Eso y botes vacíos de pesticidas y otras cosas por el estilo ya estaban allí cuando Leo alquiló el escondrijo. Lo que él o sus clientes habían instalado era más moderno. Casi sin querer me dio tiempo a echar un vistazo rápido en una ocasión en que la operación de entrega se alargó más de la cuenta por culpa de la resistencia que ofrecía el paquete. Una camilla acolchada, tipo sala de dentista, a la que se le habían acoplado diversas correas de cuero. Cosida al cabezal, una mordaza. De ésas con una bola de goma en el centro. También había una cámara digital montada sobre un trípode.</p>
<p>Cuando el taxi desaparecía acercaba al viejo de turno a la puerta de la casucha y esperaba a que alguien la entreabriera. Un instante después el anciano era absorbido a través del hueco para permanecer allí dentro una hora. Ése era el trato: una hora y nada de señales visibles. Sin sangre. Rápido y fácil. Yo hacía tiempo tomándome algo potente en cualquier bar del polígono anexo hasta que transcurría el plazo e iba a recogerlos. Normalmente el viejo/-a ya estaba esperando en la puerta de la parcela. Sentado/-a en su silla, perfectamente vestido/-a y con cara indescriptible. Y con quinientos euros en el bolsillo trasero del pantalón. Supongo que podría haber sacado más, pero ése era el trato.</p>
<p>Y poco más que contar. Los llevaba de vuelta a la residencia y Hasta la próxima. Lo que pasa es que el otro día, mientras me despedía afectuosamente del último viejete delante de buena parte del personal de la recepción de la residencia, el tipo empezó a mover los labios y acertó a preguntarme Por qué. Y no supe qué contestarle. Una enfermera me miró fijamente, pero me la quité de encima diciendo que el hombre llevaba todo el día muy raro, que le dieran un valium.</p>
<p>Al volver a casa vi que mi hermano pequeño había tenido una de sus pataletas. Quiero decir que se había liado a patadas con los muebles. A pesar de usar una diminuta 36 había perforado las puertas de varios armarios. No sé&#8230; quizá cuando no tienes brazos la fuerza se te concentra en las piernas. Él los perdió hace un par de años. Mi madre se los metió en un puchero con agua hirviendo. A veces el chaval me pregunta por qué. Y, a pesar de mi experiencia, no se me ocurre qué contestarle.</p>
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		<title>Titán</title>
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		<pubDate>Wed, 16 Jul 2008 14:23:11 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ivanrojo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Puede que sea verano y que estés sudando viendo la Teletienda a las tres y pico de la madrugada y que lo que siempre te persigue vuelva a atraparte. Es una pulsión que cada vez más a menudo te hace plantarte ahí en medio con un viejo radio-casette en los brazos. Las respiraciones flotando en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Puede que sea verano y que estés sudando viendo la Teletienda a las tres y pico de la madrugada y que lo que siempre te persigue vuelva a atraparte. Es una pulsión que cada vez más a menudo te hace plantarte ahí en medio con un viejo radio-casette en los brazos. Las respiraciones flotando en el aire recalentado del cuarto cerrado, cada una a su ritmo. O sosteniendo un jarrón de porcelana mala. Hace años que duermen en camas separadas. Los mismos que han pasado desde que empezaron a odiarse. Seguramente toda la vida, supones. Y de pie a oscuras en el metro escaso que queda entre los dos mundos en guerra de los que vienes piensas que por qué no, que está justificado y que tú también mereces que –a falta de algo mejor- la prensa hable de ti. O notando el esfuerzo de tus bíceps al sujetar una olla exprés de ésas de acero macizo. E inoxidable. Pero la gente y los medios de comunicación hablan del asesino de la catana o del asesino de la ballesta. Y piensas que necesitas algo dotado de más glamour para reventar a tus padres mientras duermen justo cuando la voz en off de la Teletienda empieza a hablar de un las bondades del sacacorchos Titan Glam.</p>
<p style="text-align:justify;">Una oferta irresistible. Tan útil como elegante.</p>
<p style="text-align:justify;">De titanio.</p>
<p style="text-align:justify;">Con punzón en espiral y cachas de madera de roble barnizada.</p>
<p style="text-align:justify;">Y tuercas con cromado americano.</p>
<p style="text-align:justify;">Por sólo 80 euros.</p>
<p style="text-align:justify;">El lujo a su alcance…</p>
<p style="text-align:justify;">Y escuche esto: si lo compra usted ahora mismo, ¡recibirá totalmente gratis este magnífico escurregotas bañado en plata de ley!</p>
<p style="text-align:justify;">Las imágenes que complementan el discurso disipan cualquier duda al respecto. Ese tubo seccionado en diagonal, el escurregotas, parece muy capaz de perforar la carne. Pero es demasiado corto y, como no tiene mango, probablemente te cortarías uno o dos dedos si lo clavaras violentamente en un cuerpo humano. Además, ¿quién coño sabe lo que es un escurregotas? Ningún periódico de provincias se atrevería a etiquetarte como el asesino del escurregotas. Ni del radio-casette. Ni de la olla a presión. Pero el asesino del sacacorchos… Sí. El asesino del sacacorchos de titanio.</p>
<p style="text-align:justify;">Lo más apropiado para abrir recipientes llenos de tonos rojos, cereza y carmesí. Saborearlos unos segundos. Y, después, escupir.</p>
<p style="text-align:justify;">Así que lo tienes claro. Ya sólo estás a 80 euros de la gloria, el reconocimiento. Esas cosas.</p>
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		<title>Marca personal</title>
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		<pubDate>Thu, 10 Jul 2008 14:35:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ivanrojo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Algunos amigos que dicen estar estresados van a clases de yoga, pilates, taichi&#8230; como coño se escriba. Ese rollo zen de Pon tu mente en blanco y desconecta. Mierda. Nadie se relaja doblando las piernas antinaturalmente y hundiéndose en sus pensamientos. A poco que uno use su cerebro, encerrarse en una habitación aséptica oyendo la voz [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>Algunos amigos que dicen estar estresados van a clases de yoga, pilates, taichi&#8230; como coño se escriba. Ese rollo zen de Pon tu mente en blanco y desconecta. Mierda. Nadie se relaja doblando las piernas antinaturalmente y hundiéndose en sus pensamientos. A poco que uno use su cerebro, encerrarse en una habitación aséptica oyendo la voz de un monitor/-a (que asegura estar superfeliz con su vida de mierda de monitor/-a) que te guía hacia tu animal del poder es lo más agobiante que se pueda imaginar. Por eso, cuando ya no puedo soportar más lo que me toca vivir me reúno con mi amigo Marc y nos adentramos en zona prohibida: en el germen de nuestro asco vital: en el centro de la ciudad. Concretamente, en la retícula de calles donde se concentran los comercios más importantes del mundo. Zara, El Corte Inglés, Bershka, etc. Ahora, en rebajas, el entorno es todavía más hostil de lo normal. Miles de personas correteando de una tienda a otra, con prisa, para que nadie les quite de las zarpas la ganga de turno. Marc y yo juntamos lo que cuesta un paquete de pipas y nos sentamos en un banquito o en un bordillo, reprimiendo las ganas de vomitar ante lo que desfila ante nuestros ojos, a la espera de seleccionar la presa de hoy. Hay muchos candidatos que lo merecerían. En la calle Colón de esta repugnante ciudad hay tantos emos como popis. Tantos modernitos fashion como pijos. Pero lo que ni mi amigo ni yo podemos soportar son los carteles ambulantes. Los hombres-anuncio. Con sus ces y sus kas, y sus des y sus ges. Así que le digo a Marc:</p>
<p>-Creo que hoy le va a tocar a ése.- Y se lo señalo.</p>
<p>Camiseta UCB con las letras del tamaño de cabezas humanas; pantalones Energie con el logo repetido a lo largo de las perneras; un cinturón tan grueso como el de un campeón mundial de boxeo: la E de Emporio y la A de Armani forman la descomunal hebilla.</p>
<p>Y me contesta:</p>
<p>-Puajj, realmente nauseabundo, pero mide casi dos metros&#8230; Demasiado para nosotros.</p>
<p>-Va, tío, nosotros somos dos.</p>
<p>-No sé, no sé&#8230;</p>
<p>Pero entonces nuestra inminente víctima saca de algún sitio unas gafas de sol y se las pone. La D y la G rebosan la patilla, joder, y Marc concluye:</p>
<p>-Vale, es él.</p>
<p>Empezamos a seguirle a distancia prudencial. Durante las siguientes dos horas le vemos entrar en una infinidad de tiendas de moda. En una de ellas se compra seis pares de calzoncillos Calvin Klein. De ésos con la marca bien visible en el elástico. De ésos que hacen que la gente vaya por ahí enseñando el culo para que todo el mundo pueda ver que llevas unos gallumbos del puto señor Klein. En fin, todo muy hiriente. Marc y yo empezamos a estar realmente cabreados. Y encima el puto engendro decide acabar su jornada de shopping tirándose media hora en una cabina de rayos UVA.</p>
<p>Mientras esperamos a que salga noto que la prisa me va invadiendo. A ver si este tipo sale de aquí y pilla un taxi o un deportivo descapotable para volver a casa. A ver si se nos va a escapar. ¿Por qué no entramos y nos lo cargamos mientras se broncea?</p>
<p>Pero Marc me frena. Marc siempre me frena. Supongo que si no fuera por él ya estaría a la sombra. Gracias, Marc, siempre a tus pies.</p>
<p>En efecto, no había por qué ponerse nervioso. El hombre-anuncio sale de la tienda de soles y echa a andar hacia calles cada vez más despejadas. Quince minutos después entramos tras él en su portal. Y me cago en la puta, aquello es un palacio. Por suerte, el portero ya debe de haber acabado su jornada de lameculos. Allí en el zagúan no hay nada más que un tipo realmente alto y corpulento y bronceado y depilado -ascoascoasco - y el ruido del ascensor bajando y Marc y yo, con las manos temblando.</p>
<p>-Tío, vas muy cargado -le suelto.</p>
<p>Y supongo que el especimen se siente amenazado de algún modo porque hace ademán de ponerse en guardía. Pobre cretino&#8230; Marc ya se le ha echado encima. Y en seguida yo. Y 1 + 1 es más que 1. Así que no nos resulta difícil quitarle las gafas, arrancarles las patillas y empezar a golpear, arriba y abajo, zas, zas, zas, zas, cada uno con una de ellas. Al principio el tío grita como un ser humano; pero no tarda en ponerse a chillar como una rata o algo aún más insignificante. Le amordazamos con algo que sacamos de una de sus bolsas. Son unos calcetines Adolfo Domínguez. Y, claro, seguimos clavando y clavando. Con más saña. Tiene ya varios boquetes en el torso. Las letras de UCB que utiliza para exhibir su perímetro torácico hace ya un rato que han dejado de ser blancas. Clavamos y clavamos y pienso Joder, estas gafas son realmente de buena calidad. No se han doblando ni un poquito. Y pasamos a los ojos. Todo ese vítreo manando. Parece gel. Parece semen. Algo gelatinoso y gris claro.</p>
<p>Ya casi no se mueve cuando veo que Marc está levantándole la camiseta y le palpa las costillas.</p>
<p>-Espera un momento; aún no.</p>
<p>Entonces le quito el cinturón y caliento la hebilla con el mechero. Se la grabo en la frente. Y le digo a mi amigo:</p>
<p>-Vale, adelante.</p>
<p>Marc busca con los dedos el tercer espacio intercostal izquierdo de lo que tenemos a los pies, e introduce poco a poco la patilla. Es carne humana, pero el plástico entra fácil. Como en mantequilla fundida.</p>
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		<title>Anestesia</title>
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		<pubDate>Mon, 07 Jul 2008 15:29:47 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ivanrojo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Resulta que unos pisos por encima vive un pobre hombre. Como no hay ascensor puedes saber qué tal le va siguiendo el rastro que deja en la escalera. Si al salir de casa por la mañana sólo tienes que esquivar charcos de vómito es que ayer fue otro día normal en su vida de mierda. Cuando además [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p style="text-align:justify;">Resulta que unos pisos por encima vive un pobre hombre. Como no hay ascensor puedes saber qué tal le va siguiendo el rastro que deja en la escalera. Si al salir de casa por la mañana sólo tienes que esquivar charcos de vómito es que ayer fue otro día normal en su vida de mierda. Cuando además encuentras sangre o, quizá, algún diente, te alegras por él. Porque anoche consiguió meterse en un lío gordo y ahora el dolor le durará un poco más de lo habitual. Y le dará un respiro. Porque su cerebro pasará unos días ocupado en asumir las molestías de los cortes o las costillas rotas. Y lo otro quedará en segundo plano. Lo otro se lo has oído balbucear a veces. Todos murieron. Él fue el único que se salvó. Quizá fue culpa suya, no lo sabe o no quiere saberlo. La verdad es que da igual. Lo que cuenta es que eso es lo que opina la gente que antes le quería. Le dicen que él es quien tendría que haberse carbonizado allí. Han dejado de hablarle, asegura. Ya nadie le llama. Lleva años solo. Y sólo cuando está al borde del desmayo etílico consigue sentirse un poco menos triste. Por eso bebe tanto, te dice un buen día, qué coño te has pensado. Tiene sus razones. Y son tan poderosas que cuando no tiene alcohol procura apartar su mente de lo de siempre machacándose las falanges con un martillo. Y te fijas en su mano izquierda y, joder, parece que un coche le haya pasado por encima. Ahí dentro tiene huesos rotos en más de cinco ocasiones. Frases por el estilo, torpes y babosas como su lengua de borracho, son las que has ido acumulando durante años hasta lograr formar tu propia versión de lo que tuvo que pasarle a tu vecino. Los demás miembros de la comunidad están hasta los huevos de él. Muchos de ellos han interpuesto denuncias y demandas. Dicen que por las noches pone la tele muy fuerte y que de su casa suele salir un olor insoportable a basura. También salen pequeños ratones, juró una mujer joven en la última reunión de propietarios. Da muy mala imagen a nuestra comunidad. Puede que tengan razón. A lo mejor lo ideal sería que un día viniera algún funcionario y se lo llevara a un sanatorio-residencia. Pero resulta que este mundo no es ideal, y que probablemente lo que tu vecino tiene grabado en la cabeza es tan horrible que no se puede soportar sin alcohol ni dolor físico. Por eso cada mañana le dejas una botella de algo junto a su puerta. Si te va bien vodka del bueno. Si estás en una mala racha, Don Simón. Es tu manera de ayudarle. Estás honestamente convencido de que no hay alternativa mejor. Bueno, si lo encuentras dormitando en un rellano, manchado de mierda y bilis pero no de sangre, completas su pasaporte a la anestesia dándole alguna patada en la boca.</p>
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		<title>Salvavidas</title>
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		<pubDate>Wed, 02 Jul 2008 15:58:45 +0000</pubDate>
		<dc:creator>ivanrojo</dc:creator>
		
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		<description><![CDATA[Estoy en un tren y llevo un regalo sobre las rodillas. La típica imagen de un regalo, ya sabes, una caja cúbica envuelta en papel de colores chillones y rematada con un lacito. Además, voy de traje. Y vale, soy yo quién está en el vagón vestido de pingüino y soy yo a quien le [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Estoy en un tren y llevo un regalo sobre las rodillas. La típica imagen de un regalo, ya sabes, una caja cúbica envuelta en papel de colores chillones y rematada con un lacito. Además, voy de traje. Y vale, soy yo quién está en el vagón vestido de pingüino y soy yo a quien le sudan las manos pero podrías ser tú. Sólo necesitarías estar bastante hasta los huevos y que en tu barrio hubiera una droguería, una ferretería. Quizá una tienda de productos de bellas artes. Porque cualquier día puedes encontrarte en el buzón un sobre de papel grueso. Con tu nombre escrito con tinta plateada o dorada. Dentro hay una invitación. Un par de años después de Todo te está invitando a su boda. Se ruega confirmación, dice al pie del tarjetón. Así que después de pensarlo durante unos días decides que lo mejor es asistir. No sabes si seguirá teniendo el mismo número, pero le envías un mensaje al móvil. Felicidades, me alegro mucho por ti, allí estaré. Alguna mentira por el estilo. Y ya sólo te queda comprarle un regalo. Buscas en Internet. Y, claro, acabas optando por un reloj-despertador. Según la red de redes es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Lo ideal.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">La “termita” es una mezcla de combustible oxidante capaz de generar temperaturas cuasinucleares. 2.200 º, más de la mitad del calor que origina una bomba atómica. Y te asombra cómo has podido vivir todo este tiempo sin tal información. Pero lo más increíble es lo fácil que es de fabricar. Fight Club tenía razón.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Por eso en el tren no estás tranquilo. Tienes prisa y también ganas de vomitar. Te gustaría que todo hubiera pasado ya. No entiendes por qué coño le ha dado por casarse en una pequeña ciudad a trescientos kilómetros de la que creías que era la vuestra. En realidad, no entiendes por qué coño le ha dado por casarse. El caso es que llevas ya una hora de trayecto pero aún faltan un par más. Esto no es la Alta Velocidad. Esto es uno de esos viejos cacharros demasiado ruidosos que paran en cada pueblo por el que pasan. Y durante un momento te asusta la idea de perder la noción del tiempo y cagarla bien cagada. Retiras las manos del regalo. Pero luego miras la hora en el móvil y recobras la calma. Todo va según lo previsto.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">En la droguería te facilitarán sin hacer preguntas óxido de hierro en polvo y aluminio en polvo. Es importante que lo utilices a partes iguales. Muchas webs recomiendan 10 gramos de cada. Pero más vale asegurarse. Y pones el doble. Remueves con cuidado hasta obtener una textura y color homogéneos. Luego añades un poco de cloruro de potasio y unas gotas de ácido sulfúrico, para potenciar la velocidad ignífuga del compuesto. Y metes el polvo en una caja. Preferiblemente, de cartón. El plástico acumula electricidad estática.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">El tren se detiene en una ciudad intermedia. Miras por la ventanilla. Una ciudad de mierda, a juzgar por el estado de abandono en que se encuentra el andén. Hay herrumbre en las barandillas y en los bancos. La caseta en la que se compran los billetes tiene las paredes desconchadas. Y piensas Joder, quizá la culpa no sea mía, quizá es que la vida no es gran cosa. Y te dispones a seguir pensando en busca de sucedáneos de legitimidad pero te distrae alguien que se sienta a tu lado. Por el rabillo del ojo y por las fosas nasales concluyes que el sujeto es Mujer Joven. Sientes cierta curiosidad. Lo típico: si estará buena. Pero hay cosas más importantes en las que ocupar la mente y logras mantener la mirada en dirección al decrépito mundo exterior. Lo malo es que no pasan ni tres minutos desde que el tren recupera la marcha hasta que te dice ¿Vas a un entierro? Aun así, sigues sin girarte hacia ella cuando le contestas:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Llevo traje negro, pero también un regalo; saca tus propias conclusiones.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-No lo digo por el traje. Lo digo por tu cara.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Ah, vale… Entonces sí, voy a un entierro.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">El hecho de estar seguro de que la conversación va a continuar no te ayuda a soportar mejor la voz de tu vecina de asiento. Sigue:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-¿Crees en dios?</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-No.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Mejor.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Luego se calla un minuto, hasta que suelta:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Yo antes creía en dios. Ya sabes, por esto…</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Justo después de esos puntos suspensivos oyes un toc-toc de origen desconocido, pero ni siquiera eso consigue que te vuelvas y mires de una puta vez a la persona que ha decidido joderte un poco más de lo que ya estás. Ella sigue:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Pero hace tiempo que entendí que lo que de verdad necesito es otro tipo de amor. Algo más de carne y hueso.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Me alegro de que tengas las cosas claras.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Hoy empiezo mis vacaciones. Llevo yendo al mismo sitio desde hace cuatro años. Un pueblecito costero. Él está allí, vigilando la costa desde su torre. No es tan espectacular como los vigilantes de la tele. Es un tío normal, pero a mí me gusta.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Me alegro de que tengas las cosas claras.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Lo que pasa es que no me hace ni puto caso. Todos los veranos finjo que me ahogo justo delante de él pero nunca viene a rescatarme. Termina acudiendo algún bañista buenapersona que me saca del agua y luego corre hasta la torre de vigilancia para echarle la bronca por no hacer su trabajo. Entonces, delante de mí, él explica a los curiosos que lo que pasa es que estoy loca y que todos los años igual. Eso dice, que estoy loca. Pero yo sé que lo único que explica que no venga a salvarme es esto…</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Toc-toc.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">En este punto cedes a la curiosidad. La miras y ella te mira directamente a los ojos y luego baja la vista hacia su falda, se la recoge un poco y te muestra su pierna ortopédica. Ella vuelve a mirarte, pero tú sigues clavado a ese pedazo de madera vieja.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Dice:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Sé que es horrible pero… ¿sabes cuánto cuesta una de esas piernas ultraligeras y estilizadas de fibra de carbono que fabrican ahora? Ni te lo imaginas…</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Y dice:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Por cierto, ¿qué hay dentro de la caja?</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Lo ideal es que sea un reloj-despertador electrónico. Que lleve un zumbador o un altavoz. Es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Ni siquiera necesitas haber visto Bricomanía. El ferretero de tu barrio te ayudará a continuar el proceso vendiéndote una pequeña bombilla. Pequeñísima. Con 1,5W hay de sobra. La rompes con cuidado de no cargarte el filamento incandescente y la conectas en el lugar del altavoz-zumbador-buzzer, de manera que esté en contacto con la cajita repleta de termita. Vuelves a atornillas el despertador y lo programas. Las diez de la noche es un buen momento para hacer entrega de tu regalo. En pleno banquete.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-align:justify;margin:0;"> </p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Dices:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Ni te lo imaginas.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Y dices:</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-Aquí no puedo enseñártelo. Vamos.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Dos minutos más tarde estás en el último vagón del convoy, en el WC. Te has olvidado del regalo. Está en el lavamanos, bajo un grifo goteante. Y tú entre las piernas de la chica. O algo parecido, ya me entiendes. Y oyes el toc-toc-toc de su prótesis chocando contra las paredes de PVC del aseo. Que es una pierna Erickson, te comenta mientras os movéis al ritmo del traqueteo del tren. Que la robó en uno de esos sanatorios tétricos donde la gente deja reliquias a cambio de obtener el derecho a un milagro. Que se vendieron millones de unidades durante la II Guerra Mundial y que ya está algo pasada de moda. Pero que da igual porque al fin y al cabo su vigilante particular nunca se fijará en ella.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">-A mí me gusta –le dices-. Es raro.</p>
<p class="MsoNormal" style="text-indent:27pt;text-align:justify;margin:0;">Al acabar te pide que le enseñes el regalo. Cumples tu palabra.</p>
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