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31
ene
11

En potencia

Creedme: lo del coche no es ninguna tontería.

Verlo brillar justo ahí y no saber si irse en él a cualquier parte o quedarse contemplándolo. Transformarlo en realidad o limitarse a cuidarlo. Conservarlo intacto, perfecto. Acariciarlo como se acaricia la potencialidad de las posibilidades. Tal vez encerarlo los domingos por la mañana aquí mismo, en la gasolinera, mientras decenas de familias paran a repostar combustible para seguir con sus vidas con ciertas garantías de progreso.

Así que apuro el cigarrillo y me planteo todo esto mientras los rodillos arrastran poco a poco mi coche hacia el sol pálido del invierno. Un perro sin collar se acerca con desgana trotona al surtidor número 3. Olisquea algo en su base. Por un momento se diría que va a levantar la pata pero no lo hace. Lo que levanta es la cabeza para mirar en dirección a mí. Puede que un perro me viniera bien. Calor animal. Pero enseguida comprendo que incluso sus ojos estúpidos me traspasan, que en realidad solo observan algo a mi espalda. Tengo la tentación de girarme, pero me contengo. Aguanto la mirada del perro con la esperanza de que me dedique algún gesto de reconocimiento, aunque sea de simple curiosidad. Entonces sacude el lomo y prosigue su camino hacia la nada con la misma indolencia con la que llegó. Y yo no hago otra cosa que seguir su escualidez con la mirada mientras me hundo más y más en mis dudas.

Por eso es posible que no caiga en la cuenta de la existencia de ese tipo hasta su quinto o sexto bocinazo. Asomado por la ventanilla de un todoterreno rojo hace gestos apremiantes con su rechoncho brazo izquierdo desde el otro extremo del túnel de lavado. Tardo unos segundos en percatarme de que van dirigidos a mí. Los segundos necesarios para darle la última calada al cigarro y para que el hombre decida bajarse del coche, dar unos pasos hacia mí y soltarme ¿Qué cojones haces? Muévelo de una puta vez. Observar que lleva el botón de los vaqueros desabrochado me llena de una repentina desolación. Y el hecho de que el triángulo de carne que queda a la vista entre sus pantalones y el primer botón de la camisa me recuerde a la textura rugosa y peluda de las cortezas de cerdo no ayuda precisamente a que me sienta mejor. Acércate más, pienso. Atrévete, atrévete, atrévete, me repito, y muevo los dedos dentro de mi bolsillo en busca de la llave más afilada. Quiero que desaparezca de mi vista. Le deseo la muerte. Como si fuera lo más natural del mundo, tal vez lo sea, deseo matarlo o al menos que se desplome ahí mismo. Que todo el colesterol de su cuerpo porcino se vuelva de pronto más inteligente y decida acumularse en el mismo punto de su sistema arterial.

Pero como el ritmo y la gravedad y todo lo aprendido empujan y empujan, en lugar de prolongar el desafío a ver si hay suerte la lógica se impone como en un fogonazo del inconsciente y casi sin darme cuenta me subo a mi Ibiza y arranco procurando no pensar demasiado en lo difícil que es elegir, por no hablar de elegir y acertar. De modo que meto primera deseando que esta vez la prisa y la corriente me lleven por el buen camino. Al fin y al cabo, supongo que lo recordaréis, me he tomado el día libre y dispongo de unas cuantas horas más de lo normal para equivocarme, rectificar y volver a fallar.

 

Que trabajar es una mierda lo sabe todo el mundo. Está claro que de vez en cuando tienes que tratar con gente que te dice que trabajar es necesario para mantenerte dentro del perímetro aceptado como natural y seguro por eso que llaman sociedad. Incluso hay quien emplea palabras como positivo, enriquecedor, digno o ennoblecedor para referirse a la jodienda de trabajar. Normalmente se trata de personas que han conseguido ser ese uno entre un millón que por alguna razón incomprensible siempre ha tenido muy claro su plan vital, y que además han conseguido ser ese uno entre mil millones que han alcanzado lo que siempre han deseado alcanzar en el terreno laboral. En la vida, por resumirlo. Pero, bueno, esa selecta minoría me la trae bastante floja. Por lo general se trata de profesionales liberales sin remordimientos a la hora de dar codazos en los dientes a cualquiera que se atreva a rivalizar con ellos en su carrera profesional o bien ejemplares de esa especie hedionda autodenominada El/La Artista que consideran que pintar un cuadro puede cambiar el mundo, y encima esperan que la humanidad entera se lo agradezca. En fin, gente que no sabe lo que es la vida real.

 

Pero, bueno, esto de empezar un extraño día libre lavando el coche por primera vez en años me ha despertado imágenes casi olvidadas. También es posible que haya lavado el coche porque por las noches me sobrevienen determinadas visiones, pero eso sería asunto del loquero al que nunca volveré. Sea como sea, tengo un buen recuerdo relacionado con un túnel de lavado. Unos diez años. Mi padre, mi hermano y yo dentro de un Opel Corsa atravesando despacio el torbellino azul y amarillo. Los tres callados mirando a través del cristal más próximo. Cada uno dedicado a sí mismo y a la vez a los demás. Un instante de comunicación no verbal al cubo. Como dentro de una burbuja de jabón industrial, espuma y colores giratorios, lejos de la tensión y los gritos y cosas por el estilo, imaginad lo que os dé la gana. En fin, un lugar seguro y tranquilo. Un oasis momentáneo. Un minuto de serenidad. Hasta el ruido de las cerdas al golpear la chapa me viene a la mente como algo agradable, acogedor.

Y quizá por eso me pongo a pensar en mi padre.

 

Después de aquel túnel de lavado las cosas siguieron su curso habitual durante demasiados años y con muy pocas burbujas en las que esconderse. Quiero decir que el paso del tiempo fue acentuado hasta la ruina el deterioro de lo importante, y lo cierto es que cuando se dio la situación de que la empresa donde trabajaba mi padre se fue a pique no le dediqué la menor preocupación a la nueva realidad. Obra del distanciamiento, imagino. Pero el caso es que mi padre tuvo que buscar soluciones y desde hace un par de años trabaja de camarero en un hotel de lujo de lunes a viernes en un pueblo costero que hay doscientos kilómetros hacia el sur. Justo hacia donde me doy cuenta de que estoy dirigiéndome. Nunca he ido a verlo desde que está allí. Me limito a comer con él los sábados en eso que llaman “casa de mis padres”, aceptar sin excepción, por supuesto, el dinero que me ofrece cuando mi madre no ronda cerca, y luego sin siquiera tomar el café desaparezco del mapa hasta la semana siguiente. Y así las cosas van más o menos bien. Ni tan solo le llamo por teléfono. Y ahora, mientras conduzco hacia el sur, esa certeza empieza a hacerme sentir mal. Eso de preferir sin excepción gastar mis últimos céntimos de saldo en llamar a alguna de esas que no me importan para ver si tomamos unas cervezas y acabamos follando en lugar de marcar el número de mi padre y preguntarle cómo está. Joder… Creo que la explicación reside en el miedo a los silencios. Y en el miedo a las palabras. Él acabaría la conversación mandándome un beso, un abrazo, lo que fuera, y no sé si sabría devolvérselo.

 

Me pongo nervioso y paro en un área de servicio. La cafetería está llena de gente. Me resulta raro. Un lunes a media mañana y tanta gente en movimiento. Tomándose un descanso con café y bollos, sí, pero en movimiento. Me siento en un taburete y le digo a la camarera que me ponga un orujo de hierbas con la esperanza de que un control de carreteras e impida llegar a mi destino. La tipa no me oye o finge no oírme. Probablemente esto último porque está escribiendo un sms de espaldas a la ventanita en la pared por la que con una frecuencia tiránica se asoma el cocinero, también jefe a juzgar por el modo en el que mira el bar. Está bastante bien. Me refiero a la chica, claro. Así que decido tocarle un poco los cojones. Levanto la voz de manera considerable y repito mi pedido. Ella gira un poco el cuello y me dedica una cara de perdonavidas. Pero al instante se le ablanda el gesto y viene directa hacia mí con la que a lo mejor es la mejor de sus sonrisas. Me asusto un poco, me yergo en el taburete. Me dice:

-¿Nos conocemos de algo?

-Creo que no.

-Sí, sí… Yo a ti te conozco.

Otra loca, pienso. Digo:

-Seguro que no. El orujo, por favor.

-Tú eres amigo de Equis.

Sí, lo era. Le digo:

-No conozco a ningún Equis. El orujo.

-¡Claro que sí! Una noche hará cosa de un año en no sé dónde. Tu colega se lió con mi amiga Jeni y tú al final pasaste de mí.

Ya caigo. Le digo:

-Oye, por favor, ya te he dicho que no nos conocemos, y tengo prisa.

Entonces la chica se inclina un poco sobre la barra. Sujetador rojo. Más que previsible teniendo en cuenta su rubio de bote. Se acerca más y más, baja el tono y con una sonrisa que ya no es la mejor que tiene sino otra muy diferente me dice:

-Pues cuando quieras acabamos lo que empezamos.

Vale, no tengo explicación racional para lo que grito a continuación:

-Mi orujo, cojones. Mi orujo o te juro que monto tal follón que te echan a la puta calle ahora mismo, zorra.

 

Como supongo que es natural, soy yo el que está al sol del área de servicio diez segundos después. Pensando en todo lo que ocurre y se escapa de mi control a lo largo de cualquier día. A lo largo de mi vida. Y mientras contemplo los camiones estacionados y las colillas en el suelo y ese autobús escolar que vete a saber adónde lleva de excursión a niños que quizá no estén vivos mañana, comprendo que da igual. Que está bien que las cosas se compliquen, se frustren, que nunca lleguen a materializarse de modo tan perfecto como en la cabeza. Mejor salir de aquí con la idea de que podría haberme follado a la camarera en el almacén o en el lavabo o entre esos pinos grises de ahí, antes que haberlo hecho. Mejor pillar el cambio de sentido y conducir de vuelta a casa con la sensación de que mi padre seguirá haciendo gala de su mala hostia entre los ricachones a los que sirve que llegar al hotel y verlo de aquí para allá con una bandeja en la mano y dándole las gracias por nada a todo cristo. Pese a lo que diga Carlito Brigante, mejor seguir pensando que por mucho tiempo que pase, la gente no pierde fuerza. Y que vas a tener que quererla como es. Aunque nunca se lo digas.

27
sep
10

Revelación más o menos maravillosa sobre el capó de un coche sueco

Es domingo. Lo cual significa que no es casi nada. Pero eso sí: anoche la vida fue maravillosa. Quedé con éstos para lo de siempre, de manera que en plena resaca no sé muy bien si lo que recuerdo pertenece a anoche o a cualquier otra noche clónica anterior. Pero, bueno, qué más da. Digamos que fue anoche y que fue genial.

Salí del bar, pub, disco-bar, disco-pub o lo que fuera aquel antro de moda. Necesitaba aire fresco y fumarme un cigarro tranquilo, aunque haya quien diga que son pretensiones incoherentes. El mundo giraba acelerado y ligeramente deforme en torno a mí. La reverberación de la música de ahí dentro llegaba incesante aumentando mi aturdimiento hasta límites a los que hacía tiempo que no me acercaba. Quizá por eso fantaseé que todo empezaba a arder. Que un bafle cortocicuitaba y las luces estroboscópicas, los taburetes imitación de terciopelo, los tacones de las mujeres, las camisas blancas de los hombres, la banda que cruzaba el pecho de ésa que se despedía de la soltería y el jabón de manos neutro de los aseos se llenaban de llamas y chorreaban grumos incandescentes. Y que yo era el único superviviente borracho de un pavoroso incendio, como sin duda lo calificarían en el primer, en el segundo y en el último boletín radiofónico. Alguna entrevista, una foto con cara apesadumbrada en la sección de sucesos, las llamadas de la gente que me quiere, un par de años sabáticos yendo a terapia. Ese sentimiento de culpa que generan los que se salvan de una catástrofe, con el que todo el mundo se muestra tan comprensivo. Ese cheque en blanco que se le extiende a todo el que se libra de una tragedia por casualidad.

En fin. Di la primera calada y apoyé el culo en el capó sucio de un viejo Volvo. Él también era víctima de un pasado mejor. Resultaba evidente a la vista de la cola reseca que amarilleaba allí donde una vez había lucido una insignia lustrosa, a la vista de la última pegatina de la ITV, caducada un lustro atrás. Apoyé el culo en el polvo que sepulta las cosas viejas y el frío plateado del metal sueco me recorrió la columna desde el coxis hasta las cervicales. Me estremecí por un instante y vomité humo y cerveza a medio digerir sobre el asfalto, con la mirada fija en la matrícula del coche de delante. 1879. Mierda, la peor fecha posible. El estómago se me contrajo de nuevo y volví a vomitar. Esta vez un líquido oscuro. Pura bilis. Auténtico humor negro en el que, tras flotar precariamente durante unos segundos, se hundió la colilla escupida, se hundió mi mirada y se hundió para siempre una buena parte de lo que hasta entonces había sido mi vida. Ya lo intuía, pero en ese momento lo vi con absoluta claridad. Una epifanía etílica. Las cosas habían cambiado. Y jamás volverían a ser como habían venido siendo durante, joder, más de cinco años. -Y ya está, -tampoco exageres, -no hagas un drama de esto, coño, -deja de dar por culo. Eso dirían. Ya había empezado a oírlo, de hecho. Ni rastro de mi cheque en blanco.

Quizá el peso de la revelación me impedía incorporarme. Seguía plegado sobre mi vientre con la boca y los ojos goteantes y sudor frío en la frente cuando noté una mano en ella. Levanté como pude la cara y la vi. A pesar del resplandor naranja de las farolas que iluminaban nuestras vidas desde quince metros de altura y que se multiplicaba por mil en mis ojos vidriosos, pude ver su cara nítidamente. Me pareció muy guapa. Olía a cosas puras y el pelo le brillaba como si lo que me cegaba desde arriba fuera el más radiante de los soles. Me preguntó cómo estaba y por suerte no me dio ocasión de contestarle. Enseguida añadió Bueno, no te preocupes; todo pasa, y trasladó la mano de mi frente a mi nuca helada de humedad. Imposición de manos. Sanación. Brujería tan blanca como su palidez perfecta. No sé, quiero decir que noté su calor, llenándome, acogiéndome, llevándome a un lugar mejor sin necesidad de que nadie me sujetara por las axilas y me tumbara en el asiento trasero de un taxi. Lo situé en el top 3 de mis mejores momentos en el último año. Y quise decírselo. Me limpié con la manga y, fuera por valentía sincera o por la intrepidez que confieren las drogas, decidí decírselo.

Cuánto necesitaba una cosa así.

El bien que acababa de hacerme.

Que hasta se me había pasado el mareo.

Que tenía las manos muy suaves.

Que me gustaría invitarla a tomar algo un día de éstos, cuando mi aliento no dé asco.

Que podríamos ir a un sitio que conozco en el que hacen las mejores alcachofas rebozadas de la ciudad.

Que por alguna razón estoy seguro de que le encantarán.

O ir a algún concierto. Que tiene pinta de gustarle el rock garajero, la distorsión.

Quise decirle que me acompañara el lunes por la tarde a comprarme unas converse rojas de las de toda la vida, porque ambos coincidimos en que los clásicos son inmortales.

O también podríamos quedar mañana mismo y pasar mi resaca viendo cuadros abstractos en el museo de arte moderno. Que prometía no ponerme tocapelotas, que esta vez estaba dispuesto a pasar quince minutos ante cada manchurrón sin rechistar lo más mínimo.

O ir al cine. Que, además y si no recuerdo mal, esta semana le tocaba a ella elegir la película.

Yo qué sé, un montón de cosas por el estilo.

Fumar un par de porros en la parte de atrás del chalé de sus tíos. Sentados en el suelo, claro, por si me vuelve a dar un bajón de tensión.

Conducir hasta el pueblo ese de las cuevas de los moros y comernos un arroz con alubias junto al fuego.

Ir a ver el enorme sol rojo desaparecer bajo las aguas del lago salado donde una vez hicimos las paces.

Comprarnos medio kilo/litro de helado de chocolate belga.

Pintar de naranja mi habitación y follar sobre cientos de noticias viejas.

Decidí decirle que tenía las manos muy suaves y que eso era algo que siempre me había parecido increíble teniendo en cuenta que se dedica a esculpir granito con martillos y cinceles más pesados que yo e ir por ahí diciendo que es artista. Pero mi lengua se pasó por el forro las órdenes que le transmitía mi cerebro y sólo acerté a emitir un balbuceo bastante lamentable. Casi mejor; tenía a otra en la cabeza; me habría tomado por loco. O no, vete a saber. En cualquier caso da igual: mi buena samaritana particular ya se alejaba calle abajo, con la banda ondeando al aire de la madrugada y flanqueada por un séquito de amigas tocadas con pollas de peluche que se giraban de vez en cuando para reírse de mí. Pero, bueno, qué más da. Digamos que anoche, durante cosa de un minuto, la vida fue maravillosa. Y luego amaneció.

18
jul
09

13 de julio (2)

Y mientras caminaba los pocos metros que me separaban de mi portal empecé a notar la boca seca muy seca y áspera y tan asquerosa como si tuviera dentro un puñado de tierra y supe que se debía a todo esto de no comer y beber demasiado y fue como si mi mente ordenara a mi cuerpo que dejara de hacer el idiota y le obedeciera de una puta vez o tal vez como si mi propio cuerpo hubiera convencido de algún modo a mi mente autodestructiva de que necesitaba con urgencia una dosis de vitaminas y demás nutrientes y puesto que me había tomado un litro de cerveza en menos de un cuarto de hora y había leído estudios sobre cómo combatir la oxidación decidí que lo que más me apetecía en el mundo era un tomate o dos y me vino a la cabeza la tiendecita que esos hermanos pakistaníes tienen en la calle de atrás así que por eso o puede que sencillamente por retrasar unos minutos mi vuelta a casa me vi andando hacia esa tienda tan llena de piezas de naturaleza redondas de todos los colores en la que los dependientes me recibirían con sus sonrisas superblancas y me entregarían ese deslumbrante tomate por el que babeaba mientras andaba por la acera entre gente que se movía con mucha más desenvoltura que yo bajo el sol calcinador que caía el 13 de julio en esta parte del mundo y se unía a las toxinas en su labor de secarme la boca y las entrañas y las ideas en plan Yunque del Sol pero sin héroe ni por supuesto heroína que viniera en camello a rescatarme procurando pensar sólo en el premio rojo y jugoso y no sé si dulce o salado que me esperaba si conseguía llegar a la frutería para continuar caminando como si en ello me fuera la vida entera de manera que el tomate en mis manos dientes lengua esófago y estómago y luego esparciéndose por mis venas y demás tejidos en forma de partículas diminutas pero muy muy rojas y llenas de energía y vida era la única imagen que en realidad visualizaba mientras mantenía la mirada fija en las puntas de mis pies y que me impulsaba para dar un paso y luego otro e ir acortando metros con la meta que estaba ahí al lado pero que me parecía estar a tomar por culo pero entonces noté que el sonido de la calle ya no sólo era el habitual de motores y cláxones y alguna conversación aislada de transeúntes cruzándose conmigo sino que por encima de todo eso se alzaba un discreto coro de voces amontonadas que se pisaban las unas y las otras todas hablando bajito como en murmullos o incluso cuchicheos así que levanté la vista y me di de bruces con un corro de gente que obstruía la acera frente a la puerta del gimnasio del barrio y todos miraban alternativamente hacia el interior de la puertas correderas automáticas de cristal del local y hacia una UVI móvil que estaba detenida con las sirenas centelleando pero en silencio justo a la altura del gimnasio y entonces me di cuenta de que el curioso que tenía a mi lado era un jubilado y le adjudiqué una vida aburrida de contemplación de obras públicas y de vez en cuando algún incidente en un gimnasio y supuse que era un buen candidato para contestarme con todo lujo de detalles a la pregunta Oiga buen hombre qué ha pasado aquí pero el viejo se limitó a contestarme Parece que ha muerto alguien ahí adentro y debió de parecerle que mi reacción o ausencia de reacción obedecía a la parquedad de la información que me había facilitado porque entonces añadió solemnemente que el muerto era joven y siguió escrutándome la cara en busca de algún gesto de solidaridad con la desgracia del cadáver desconocido o algo por el estilo y yo no me atreví a decirle que quizá mi rostro no reflejara sentimiento alguno pero que podía asegurarle que en mi interior la sangre corría con una fuerza desconocida como si acabara de pegarme el mejor de los chutes porque estaba imaginándome a un joven robusto de aspecto saludable al máximo y con el vello corporal depilado cayendo fulminado por el reventón de una vena en su cerebro mientras levantaba una pesa de cien kilos para mantener a tono sus bíceps y deltoides o a una joven siliconada y con el estómago lleno de pastillitas de homeopatía para adelgazar sorprendida por un golpe de calor en la sauna y que en cambio yo estaba ahí con el resto del mundo de mierda haciendo una especie de pasillo de morbo y algo parecido a secreto triunfo a la espera de que los sanitarios desfilaran ante nosotros transportando un joven y hermoso cadáver que ya jamás comería un tomate como el que yo estaba a punto de devorar y que ahora sí que seguro me iba a saber de muerte.

16
jul
09

13 de julio

Me levanté y sin siquiera tener que mirar por la ventana supe que era una mañana igual de mierdosa que las demás. Pleno verano, un calor de muerte cuando todavía no eran las nueve y tenía que estudiar. Quería escribir pero tenía que estudiar para intentar conseguir un trabajo fijo y calmar a la gente de mi alrededor y supongo que calmarme a mí de paso. Así que cogí los libros y me senté todavía en calzoncillos y empecé a leer una vez más las cosas aburridas que llevaba años leyendo. Pasé y repasé decenas de páginas que ya había pasado y repasado mil veces y subrayé alguna nueva palabra y escribí un par de comentarios al margen sólo para que no todo fuera leer cosas gastadas. Y cuando se hizo la hora de comer me puse los pantalones y bajé al bar de la esquina a tomarme un café rápido pero en lugar de eso ocurrió lo de últimamente y me pedí un tercio rápido y luego otro más rápido y procuré alejarme un poco. Pensé en ponerme a hablar con algún camarero pero era hora punta en el bar. Cuadrillas de obreros con camisetas sin mangas y axilas sucias tenían 30 minutos para comerse el menú del día y querían que les sirvieran sus filetes y sus tintos de verano de inmediato, de manera que los camareros ya tenían bastante con sudar llevando y trayendo platos calientes de un lado a otro como si les fuera la vida en ello. Quizá así fuera. Y el que se encargaba de la barra tenía ojos de sapo muerto y el pelo, todo el pelo, el de la cabeza, el de las cejas y hasta el del pecho teñido de un horrible tono marrón chocolate que me hacía imposible mirarle durante más de dos segundos. Total, que lo de intimar con los empleados para ver si algún día caía alguna cerveza gratis estaba difícil. Y en realidad tampoco me apetecía demasiado soportar -seguro- las quejas de un hostelero cincuentón. Oírle hablar del pueblo en que nació, de que esta ciudad no le gusta, de que los dirigentes de su equipo de fútbol son unos sinvergüenzas y de lo jodido que es levantarse a las 5:30 cuando te toca el primer turno en el bar. Tenía bastante con lo mío, así que casi mejor que nadie me dirigiera la palabra. Me puse a contar las botellas de alcohol expuestas en las estanterías que se extendían a lo largo y alto de la pared de detrás de la barra. 218. Conté las que había probado o creía recordar que había probado. 23. Y me sentí mal al admitir que tampoco en esa materia era nada del otro mundo. Y luego conté el dinero que llevaba en el bolsillo y me alivió ligeramente comprobar que tenía para otras dos cervezas. Aún podía quedarme un rato allí, en medio de un aire acondicionado no lo bastante potente como para impedir que el frío condensado en el vidrio naranja se convirtiera en gotas sobre la barra. Aún podía estar unos minutos más a salvo de mi vida aunque fuera a costa de observar otras que tampoco eran gran cosa. Entonces entró en el bar una chica calva o rapada, yo diría que calva, que llevaba botas militares, unas mallas rojas rotas por todas partes y una cazadora de motero tres o cuatro tallas mayor que la suya. Se sentó en el taburete de al lado y pidió una ración de caracoles y un gin-tonic. Y se puso a hablar sola. Decía tacos y se reía a carcajadas, eso era básicamente lo que hacía. Sólo estuvo callada el par de minutos que le llevó acabar con los caracoles. Después se limpió las manos en las mallas, pidió otra copa y siguió maldiciendo y riéndose burlonamente de todo cuanto sus ojos enfocaban, incluido yo. Se me ocurrieron varias explicaciones para la conducta de la chica. Al final me quedé con dos. Era una enferma terminal de leucemia que había decidido pasar del tratamiento y vivir lo que le quedara al margen de cualquier convención social o bien unos meses antes yendo con su novio a una concentración de Harley’s habían tenido un accidente y sólo ella estaba aquí para lamentarlo. Al cabo de unos minutos preguntó sin dejar de reírse dónde estaba el servicio. Tenía que pasar por detrás de mí para dirigirse allí y cuando lo hizo temí que me diera una puñalada o al menos un golpetazo en la nuca. Pero a mi espalda no pasó nada más que su carcajada sucia a pesar de oler a hierbabuena. Decidí no concederle una segunda oportunidad para matarme. Pagué y salí al sol y se me revolvieron las tripas por el calor y por el hecho de estar acercándome otra vez a mi vida, al cuartito, a los libros, a un futuro oscuro, a toda esa nada. Y ya no me parecía tan insoportable el tinte del camarero ni la risa de la loca.

03
jul
09

Pequeños zafiros o pedazos de hielo

Esta humedad me va a matar. Es lo primero que oigo mientras viajo en el Saab de mi padre de vuelta a la urbanización, a la zona residencial, a casa. Carraspea y lo dice cuando ya hace un rato que hemos dejado atrás la estación de autobuses y los escaparates y los coches aparcados en zona azul. Sólo lo dice cuando lo que pasa al otro lado de las ventanillas ya no se puede llamar ciudad. Campos, descampados, naves industriales y otras cosas silenciosas que se extienden hacia el horizonte y que supongo le hacen oír demasiado lo que está pensando y le obligan a hablar de cualquier estupidez menos de lo que de verdad importa. Por ejemplo de que esta humedad le va a matar. Vale, es posible que al verme haya dicho Hola o haya emitido un gruñido parecido a un saludo. De hecho me ha parecido que me miraba a través del retrovisor y pronunciaba algo mientras yo metía mis cosas en el maletero. Pero lo cierto es que Esta humedad me va a matar es la primera frase de relativa complejidad que mi padre me dedica en mucho tiempo. Y yo no digo nada pero levanto la vista hacia el cielo nublado y no veo más que cielo nublado y luego la dejo caer pesadamente sobre las copas peladas de los árboles que bordean la carretera y zum-zum-zum-zumban al devolver rebotado el ruido del motor. Sus ramas están mojadas. Y la hierba y las señales de tráfico y los bancos del pequeño parque junto al que pasamos. Pero no hay gotas en el parabrisas y por un momento me pregunto si todo esto será cosa mía. Y en seguida pienso que qué más da, que el caso es que todo parece estar mojado y ser incómodo para sentarse a descansar o charlar o descansar y charlar. Todo, hasta o especialmente el asiento del copiloto/acompañante de este coche. Y es probable que la explicación sea que hoy vuelvo a casa después de seis años y tengo la impresión de que eso resulta mucho menos importante que el clima, las cotizaciones en bolsa o la nueva mesa de billar que encuentre en la sala de juegos en cuanto lleguemos.

Está empezando a oscurecer de verdad cuando nos detenemos en el puesto de control de acceso a la urbanización. Dentro ya no está el viejo de siempre. O el que para mí es el viejo de siempre. El que olía a tabaco, a alcohol y a sudor e iba mal afeitado pero resultaba agradable porque daba caramelos a los niños sin esperar nada a cambio. En vez de él, bajo el tubo fosforescente del techo de la garita hay un chaval casi imberbe que podría tener mi edad o quizá un par de años más y que tiene aspecto de no oler a nada en especial. Abre el ventanuco de la caseta y le da las buenas noches a mi padre y le sonríe de un modo que me parece sinceramente amistoso. Igual es porque tiene orejas de soplillo y en general una de esas caras feas pero que transmiten simpatía. Aunque a lo mejor, quién sabe, es un cabrón con algún interés oscuro. El infiltrado de una banda de atracadores albanokosovares o algo así. A mí me mira un segundo y me incomoda darme cuenta de que en realidad me siento incapaz de juzgarle. Sólo sé que si de ahora en adelante todo transcurre con normalidad veré a ese tipo casi todos los días. Y no me sorprende en absoluto que la barrera roja y blanca se levante y el coche arranque de nuevo sin que mi padre me presente al guardia de seguridad.

Nos adentramos en el entramado de calles de la urbanización y mi padre enciende la radio. Suena el último cd de Bruce Springsteen y es algo que no tiene nada de particular porque a mi padre siempre le ha encantado el Boss. Hubo una época en que yo también me aficioné. Por imitación, por estrechar lazos, no sé. Ráfaga de recuerdos mientras superamos badenes demasiado amarillos a la luz de los faros del coche. Debía de tener unos trece o catorce años. Menos de quince, eso seguro. Lo escuchábamos en el coche de camino al club náutico o a la clínica dental o a la fiesta en la casa de verano de algún amigo, vecino, conocido o colega. A veces incluso cantábamos discretamente los estribillos más reconocibles. En una ocasión mi padre me preguntó cuál era la canción que más me gustaba de todas las de Bruce. Por un momento me dio la impresión de que le interesaba realmente saberlo. No recuerdo con exactitud dónde íbamos pero sí que estábamos sentados en este mismo coche, en estos mismos asientos abatibles de diseño ergonómico, a un metro y poco de distancia el uno del otro, igual que ahora. Pero, en realidad, mucho más cerca que ahora. Porque también recuerdo que cuando me hizo esa pregunta sentí que nos aproximábamos el uno el otro. No físicamente, por supuesto. Lo que quiero decir es que noté que con un poco de suerte mi padre y yo podríamos llevarnos más o menos bien algún día. Fue un buen momento, aquél. Tengo la visión del perfil de mi padre recortado contra el trozo de cielo muy azul enmarcado en su ventanilla y el aire era tan agradable que por una vez no había conectado el climatizador. No sé qué le contesté ni si el me dijo la suya pero supongo que no importa gran cosa. Lo que cuenta es que aún pienso en aquel día como un día apacible, como uno de esos días en que sientes que quizá no estés en el sitio ideal ni con la gente perfecta pero al fin y al cabo tampoco estás tan mal. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Y probablemente nunca vuelva a tenerla, pienso oyendo a Springsteen preguntarme si alguna vez he visto a un espantapájaros relleno de polvo y arena. Se me encoge el estómago y valiéndome de la vista intento dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra parte. Pero afuera sólo hay enormes jardines negros y porches tenuemente iluminados y la tristeza es tan tangible que parece caer del cielo y arrastrarse por el pavimento. Así que me pongo a la defensiva conmigo mismo y me digo que la gilipollez de Bruce era uno de nuestros sucedáneos de comunicación, eso es todo. Mío y de mi padre, quiero decir, aunque en ocasiones también tenían cabida en él mi madre y mi hermano pequeño. Al fin y al cabo Springsteen es bueno, así que cualquiera puede utilizar su música para suplir carencias o llenar vacíos. Es lo que concluyo al tiempo que noto crecer a mi espalda, en los asientos traseros cuyo tapizado aún huele a nuevo, mis seis años de ausencia en viajes al extranjero, trayectos interurbanos e inclusos cortos y potencialmente peligrosos desplazamientos al centro comercial o al McDonald’s. E intento convencerme de que no había nada especial ni bonito en que nosotros también tuviéramos nuestros propios códigos para decir todas esas cosas que da vergüenza decir. Intento convencerme, en definitiva, de que no hay nada especial ni bonito en nada. Y apoyo la cabeza en el reposacabezas y me pongo a divagar un poco mientras mi padre conduce y yo intento controlar el ritmo de mi respiración sin que se me note demasiado el esfuerzo que ello me supone y ambos subimos y bajamos callados como muertos por las laderas de las colinas artificiales que hacen que este sitio se llame ridiculamente Beautiful Hills. Divago y me planteo cuántas personas en el mundo se encontrarán ahora mismo en el interior de un coche intentando encontrar cierto consuelo, fuerza, valor, ánimo, comprensión, esperanza, redención en la música de un artista endiosado al que jamás conocerán. Y me respondo que muchas, muchísimas, y cierro fuerte los ojos y quiero creer que empiezo a tranquilizarme un poco.

Llegamos al final de la amplia avenida de acceso a la urbanización y en la bifurcación mi padre toma el camino más largo para dirigirse a casa. No coge el que lleva directo a la zona de las villas más altas, donde se encuentra la nuestra, sino el que recorre las faldas de las colinas y luego, ya casi en la valla, gira y sube convertido en una pista de tierra llena de baches que sólo usa la patrulla de seguridad un par de veces cada noche para controlar que nadie intenta traspasar el perímetro. Sé que lo hace para no pasar por delante de la casa de mi amigo Jota. O del que fue mi amigo Jota. Mi familia le culpa a él y seguro que la suya a mí, no hace falta ser muy listo para suponerlo. Así que tomamos el camino más largo, absurdo y cobarde, pero no protesto. Porque me asusta la posibilidad de pasar ante su casa y que él esté recogiendo el correo del buzón o lanzándole una pelota a su perro o cualquiera de esas cosas que se hacen en sitios como éste y me vea y ni siquiera me dedique un gesto con la cabeza. Me da miedo que ya no seamos amigos después de toda esta gran mierda. Así que no protesto. Y cuando por fin salimos de la pista de tierra y el coche empieza a deslizarse suavemente por el asfalto que me conducirá a casa miro por el retrovisor y veo empequeñecer nubes de polvo de formas terribles y muy rojas al resplandor de las luces traseras. Y no puedo dejar de preguntarme si el infierno me perseguirá siempre o si algún día se cansará de mí.

Empezó hace algo más de seis años. Quizá pueda verse en Youtube. Empieza con Jota y conmigo un viernes por la noche en un cajero automático, dispuestos a llenarnos los bolsillos con el dinero de nuestros padres y pillar una de nuestras primeras borracheras sin sospechar que iba a ser la última en mucho tiempo. En la grabación de la cámara de seguridad se nos ve fumar torpemente y pasarnos entre risas sin audio una botella de Licor 43. En blanco y negro. También se ve un bulto al fondo. Un montón de mantas y trapos aplastado contra un rincón. Un vagabundo durmiendo o intentando dormir de espaldas al mundo. Huele a orines y a infección y a borracho, aunque eso no lo capta la cámara. Igual que tampoco capta que en cierto momento el tipo murmura que le demos un par de cigarros, por favor. Entonces yo desaparezco de la imagen y le dejo cuatro en un casillero de ésos que en horario de atención al público se utilizan para depositar las cosas metálicas cuando el arco detector se pone a pitar. Y tampoco se ve que me acabo el cigarrillo que estoy fumando pero como soy maravillosamente joven y quiero sentirme malo o algo por el estilo me llevo otro a los labios y le digo a Jota que me pase el mechero. Eso sí se ve en el vídeo: el Zippo Selection del padre de Jota centelleando en blanco saturado mientras cruza volando la pantalla. Y lo siguiente digno de mención que aparece en la grabación soy yo con mi nuevo cigarro ya encendido, jugueteando con el mechero y mirando a la cámara de frente y luego intentando verme de perfil como casi todo el mundo hace en esa situación. Jota se ríe y me dice que estoy gilipollas. Y probablemente tenga razón, porque sin ningún motivo me acerco al indigente y le digo Eh, tienes el tabaco en ese casillero pero el tipo no contesta y lo que también queda fuera de campo aunque esté ocurriendo justo en el centro de la imagen es que entonces me planteo darle un pequeño golpe con el pie para que reaccione pero al instante pienso que darle una patada a un pobre hombre es un gesto objetivamente despreciable así que, igualmente sin ningún motivo, me veo acuclillado junto a sus pies descalzos haciendo rodar la piedra del encendedor. Una estupidez. Algo absurdo que novecientas noventa y nueve de cada mil veces se habría quedado en nada.

Pero supongo que así ocurren las cosas en ocasiones, casi siempre: sin motivo, sin sentido. Las cosas buenas y las cosas malas. Puedes convertirte en un héroe si eres el primero en pasar por el lugar de un accidente de tráfico y tienes mínimos conocimientos sobre primeros auxilios. O tu amigo y tú podéis convertiros en los peores monstruos del país si por la tele emiten un vídeo en que se ve cómo él te lanza un mechero caro, tú te agachas junto a un montón de harapos y un segundo después un mendigo está rodando por el suelo envuelto en llamas, llenando el aire del cajero de humo rojo que en la grabación parece simplemente gris. Y da igual que no tuvierais la menor intención de quemar a un hombre a lo bonzo. Da igual que no tuvierais ni puta idea de que un rato antes el tipo había estado mendigando con calcetines pero sin zapatos por la gasolinera de al lado. Da igual que estuvierais borrachos. Lo que cuenta es que sois dos chavales de familia bien muy muy bien, con todo a vuestra disposición para ser felices y hacer felices a los demás o como mímimo estar estúpidamente agradecidos al mundo, y en cambio habéis carbonizado a un homeless en vuestro tiempo de ocio. Por pura diversión, dirán. Por no tener ningún respeto hacia el ser humano. Por fascismo, por xenofobia y por muchos otros motivos que suenan tan mal si no se comentan en privado. Cosas así dijeron durante semanas en los medios de comunicación y cosas así dirán mañana cuando se publique la noticia de que me han puesto en libertad. Las asociaciones pro derechos humanos pondrán el grito en el cielo y acapararán un poco de telediario. Y en ningún momento se plantearán que a lo mejor no saben una mierda de lo que están hablando. Pero no me importa.

Lo que de verdad me tiene acojonado es que ya entramos en el sendero de grava que recorre nuestra parcela desde la entrada hasta el garaje con capacidad para tres utilitarios y donde también hay un quad de aspecto flamante que supongo le han comprado a mi hermano como parte de su terapia psicológica para sobrellevar lo mejor posible el apestoso asunto de su hermano mayor. Alguna que otra vez he imaginado este momento desde el centro de menores. Casi siempre por la noche, cuando uno se permite más licencias para la nostalgia y la pena. Cómo sería mi regreso. Si mi familia estaría esperándome en el porche y correrían a abrazarme gritando de alegría. Pero mi padre y yo salimos del garaje y la gravilla hace scratch scratch machacada por nuestros pasos y eso es lo único que se oye y se ve alrededor. Entonces, mientras abre la puerta principal de la casa, mi padre me dice Sé… amable con tu madre; ya lo ha pasado bastante mal. Y me siento como si hubiera dicho Sé bueno con tu madre; procura no joderle/jodernos la vida más. Me siento como un problema, como una vergüenza para la gente a quien quiero. Y supongo que es normal que así sea.

Una vez dentro la primera persona a la que veo es la sirvienta, la chica. Me dice Buenas tardes, señor, mi nombre es Luci y se ofrece a subir mi equipaje a la habitación. Tanto por su aspecto como por su forma de hablar llego a la conclusión de que es peruana. Aunque luego pienso que también podría ser filipina. Y durante unos momentos siento la imperiosa necesidad de resolver esa duda. Quiero saber con quién hablo. Quiero saber dónde estoy. Quiero ir recuperando el control. Estoy a punto de preguntárselo cuando se abre la puerta corredera del salón y aparece mi madre. Luce un bronceado de solárium y parece bien de salud. Pero a medida que se me acerca reparo en sus ojos, rojos y vidriosos, y en las bolsas oscuras que cuelgan debajo de ellos, demasiado evidentes a pesar del excesivo maquillaje. Y cuando me abraza y me dice que me quiere y que no sé cuánto me ha echado de menos y que estoy pálido y flaco la noto temblar de pies a cabeza y tengo muy claro que no se debe a la emoción del momento sino a causas mucho más desagradables. Sé que no voy a tener que recurrir a la reserva de recetas que el psiquiatra del centro ha tenido a bien extenderme. Sé que cada vez que lo necesite podré acudir al botiquín de esta casa y coger una pastilla de Dumirox, Dobupal o Cipramil. Pero sobre todo tengo claro que cuando le contesto que yo también la he echado de menos estoy diciendo la verdad. Y eso me hace sentir raro. Mucho más raro que cuando mi hermano pequeño sale de algún sitio y me da un frío y blando apretón de manos en el que se percibe desdén y cierto odio. Rencor, al menos. Y supongo que es normal que así sea.

Suena el teléfono. Es probable que el motivo de la llamada sea yo. Quizá mi abuela quiera felicitarme por mi libertad. Es curioso, pienso: felicitarme por mi libertad… uno nunca se plantea que alguna vez vaya a recibir tal enhorabuena. En cualquier caso, aprovecho la distracción de la llamada para alejarme de ese pequeño centro de cariño y dolor en que por mi culpa se ha convertido mi familia y subir a mi cuarto. Está tal y como lo dejé, lo cual resulta bastante triste porque entonces era un crío de quince años y ahora soy un ex convicto. Pero lo peor es que huele demasiado a cristasol y a spray multiusos. Multiusos amoniacal, igual que el que hasta ayer me suministraba el centro para limpiar mi celda. Ellos la llamaban habitación. Pero era una celda. Esto que veo ahora sí es una habitación. Pero huele como una celda. Como mi celda. Y al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella me pregunto si algún día dejaré de sentirme un preso. El póster de Cobain no me va a contestar. Ni los cd’s que ya no me gustan. Ni los libros de cuando era niño. Así que me acerco a la ventana y miro directamente a la noche oscurísima sin estrellas y a las colinas y al valle atravesado por una carretera, y la sigo con la vista hasta donde ya no puedo distinguirla y todavía más allá y quiero creer que conduce a un sitio tranquilo. Y luego vuelvo a mi entorno inmediato, al sitio en el que tendré que intentar volver a vivir, a las grotescas Beautiful Hills. Vuelvo a esta noche de zona residencial, tan aparentemente fácil y cómoda. Tejados de pizarra más negros que el cielo, el resplandor de alguna barbacoa nocturna y piscinas decoradas con luces subacuáticas. Parecen pequeños zafiros o pedazos de hielo flotando en medio de la nada. Brillando. Me asombra ser capaz de establecer ese símil. Y también me reconforta un poco.

Mi madre llama a la puerta. Me pregunta si me encuentro bien. Le digo que sí y ella me dice Tranquilo, baja a cenar cuando quieras, no hay prisa. Pero no se va; noto su presencia al otro lado de la madera. Quizá quiera estar lo más cerca posible de mí, me digo. Y tengo la tentación de abrir la puerta y volver a abrazarla. Pero no lo hago. Simplemente sigo mirando por la ventana y entonces oigo que mi madre empieza a sollozar en el pasillo, muy bajito. Eso también me reconforta. Me gusta que llore. No he oído llorar a mi madre en seis años, no la he oído llorar por mí. Si yo me permitiera una lágrima no pararía hasta morirme. Así que me gusta que lo haga ella. Que llore por mí de una puta vez. Por tener veintiún años, el coche que me dé la gana y no saber conducir. Por tener veintiún años y como única experiencia sexual un intento de violación en el centro por parte de un joven psicópata. Por tener veintiún años y no poder alejar de mis fosas nasales aquel olor a carne humana quemada. A pesar de lo bien que la chica ha limpiado mi celda.

18
may
09

Ésta es tu obra

Cuando te despides del tonto de la puerta empiezas a sentirte un poco más solo de lo habitual. De repente distancias abismales abriéndose más y más y más entre tú y todo cuanto has conocido en la vida. Incluso el murmullo de la radio que sale de la garita te llega en un idioma que no entiendes o que no existe, y no te sorprende lo más mínimo. Y ese hueco oscuro, húmedo y silencioso desgarrándote las tripas o quizás el corazón en el momento que le dices al tonto Bueno, tío, hasta la vista, mañana no vendré por aquí, cuídate. Ya sabes: de repente esa lejanía, ese vacío, ese agujero negro borrándote del mapa. Mucho más que soledad. Aislamiento. Probalemente exclusión. Siempre ha estado ahí, es cierto. Al menos lleva tanto tiempo ahí adentro que puedes decir/escribir sin que resulte exagerado que Siempre ha estado ahí. Pero ahora que en lugar de largarte lo antes posible sientes la necesidad absurda de detenerte para decirle adiós a un pobre tarado que ni siquiera sabe tu nombre, ahora te agarra de golpe esa Nada en toda su inmensidad negra y terrible. Expandiéndose como cáncer. Comiéndote de dentro a afuera. Y notas cómo te difuminas todavía un poco más cuando el retrasado alza su voz por encima del zumbido de las turbinas y del planc plan bum bum de toneladas de maquinaria pesada que atraviesa los muros de cemento armado y te pregunta Por qué te vas. Nada más. Ni una exclamación de sorpresa, ni un comentario de solidaridad. Sencillamente te pregunta Por qué y espera tu respuesta mirándote fijamente con sus ojos inexpresivos. Ojos de pez. Esos peces bobos que boquean durante horas contra el cristal de su acuario hasta que deciden que lo mejor que pueden hacer es ponerse a mordisquear su propia cola. De hecho, te lo has encontrado unas cuantas noches pajeándose en el armario de los productos de limpieza o en un descansillo de las escaleras. Siempre se sube la bragueta como lo haría un crío sorprendido en plena travesura. Así que es fácil entender que te lo pregunte igual que lo haría uno de esos estúpidos peces naranjas si tuvieran capacidad de fonación. O igual que lo preguntaría, pues eso, un niño de cinco años o un borderline como él. Alguien que de verdad no entiende lo que está pasando. Alguien que de verdad muestra interés -remoto pero interés al fin y al cabo- por entenderlo. Al menos es lo que parece. Lo malo es que el gilipollas que tienen en la puerta trasera y que lo único que hace es barrer las colillas de la acera cada diez minutos no es la persona ideal ante la que maldecir la crisis, el egoísmo de todos los patrones del universo y, particularmente, cagarte en la puta madre de tu jefe. Vuestro jefe. De manera que sólo aciertas a decirle que el jefe ya no tiene dinero para pagarte. Y desde su lógica obtusa e implacable el tarado te pregunta Pero ¿quién enrosacará ahora las tuercas de los coches? Así le resumiste una noche parecida a ésta tu trabajo en la cadena de montaje. Una noche parecida a ésta y a todas, en realidad, en que la oscuridad no cae lenta y acogedora de las lucecitas que brillan en el cielo a miles de años luz, no, sino que más bien parece salir reptando de los alcorques plagados de mierdas e insectos sucios, de las alcantarillas y de los ojos rojo esputo de las ratas que se pasean por ellas. El caso es que sin ninguna necesidad, seguramente sólo por hablar un rato con alguien aparentemente inofensivo, incapacitado para juzgarte, le contaste con palabras que entendería un alumno de primaria lo que hacías seis días a la semana en la superfactoría que él vigilaba, vigila y vigilará mañana como un fiel perro guardían. Igual de estúpido, husmeando el aire con un hocico igual de baboso. Y a estas alturas tampoco tiene mucho sentido marear al pobre tipo. Ya tiene bastante con ser, probablemente, el hijo bastardo de alguno de los directivos. O algo aún peor, vete a saber. Total, que renuncias a aportarle cualquier información más ajustada a la realidad y te limitas a contestarle Tranquilo, ya han encontrado a otro que ajustará esos tornillos tan bien como yo y por la mitad de sueldo. Y notas que tus palabras le alivian. El pobre cabrón está realmente fidelizado por la compañía. Aunque de inmediato la preocupuación vuelve a invadir su entrecejo superpoblado. Y tartamudeando un poco pone en tus manos su insignificancia entera y te dice si crees que el jefe seguirá teniendo dinero para pagarle a él. Es curioso, piensas, hasta los subnormales se preocupan de sí mismos más que yo. Le respondes que claro, que su trabajo en la puerta de la fábrica es insustituible, que nadie podría hacerlo mejor que él. Entonces el tipo resopla teatralmente, llevándose una mano al pecho. Te sonríe dejando ver una fila de dientes que parecen de leche, demasiado pequeños, blancos y separados para ser los de un hombre unos diez años mayor que tú. Te suelta Que te vaya bien. Y nada más. Ni un gesto de ánimo, ni uno de esos ofrecimientos que se hacen por quedar bien. Nada de Bueno, tío, si necesitas cualquier cosa… Sencillamente te suelta Que te vaya bien y se aleja canturreando hacia su garita. Y qué vas a decirle/hacerle; no es más que un tonto. Y aunque no lo fuera tendrías que esperar justo lo mismo.

En fin. Subes al autobús de la empresa que te devolverá a casa por última vez y mientras esperas que se llene con los trabajadores que acaban el turno 14-22 te sientes un poco más solo de lo habitual. Te entretienes observando cómo crece el flujo de coches que allá en la autovía te deslumbran con sus faros al tomar el desvío hacia el complejo industrial en el que has malvendido los dos últimos años de tu vida. Son los peones del turno 22-06, acudiendo como enjambres de abejas obreras a la llamada del polen. La hipoteca, el colegio privado de sus hijos. La puta tele de plasma. Todos esos reclamos para patos humanos. Los de tu turno poco a poco van saliendo de las duchas y se desperdigan por los asientos del vehículo. Delante y detrás de ti. A tu alrededor. Desde que la crisis aprieta son muchos los que se dejan el coche en casa y usan el servicio de transporte de personal de la empresa, así que el autobús va casi lleno de vuelta a la ciudad. Y es una mierda porque nunca te ha gustado mucho la gente. Ni te gusta que el aire huela a moqueta polvorienta y a gel de baño pero la mayoría de tus compañeros de viaje aún tengan restos de grasa grasa grasa en las uñas. Tú también. Pero estás seguro de que hoy a ti te molesta más que a ellos llevar la huella de tu trabajo (antiguo trabajo) marcada en el cuerpo. Porque de golpe toda esa suciedad externa e interna ha dejado de verse disimulada por unos cuantos euros y un descuento especial si decides comprarte un utilitario de la compañía. Te han privado de un plumazo de todas esas recompensas -o meras compensaciones, sin más, simples placebos para no convertirte en un francotirador o un saboteador de transportes escolares- desde que hace un par de horas pidieron por megafonía que acudieras al despacho del jefe de personal. Si el mundo fuera justo o simplemente habitable, exactamente del mismo modo -de cuajo, con meticulosidad y para siempre- un par de señoritas de buen ver contratadas al efecto por la empresa deberían haberte limpiado la mierda que has tragado gracias a ellos o por culpa de ellos durante todo este tiempo. Haberte borrado de la memoria la porción de vida que has tirado a la basura en ese sitio que empequeñece en la luna trasera del bus, haberte pedido perdón por todas las cosas que no has podido hacer por tener que cumplir escrupulosamente tu turno de trabajo. Pero en lugar de eso el subordinado del subordinado del jefe de personal te ha explicado lo que hay (justo así: esto es lo que hay) y te ha dado un cheque y las gracias por los servicios prestados. Y ahora, sentado entre hombres cansados, algunos tatuados y unos pocos que podrían haber sido actores de hollywood o técnicos de laboratorio y otros muchos calvos y absolutamente todos evidentemente asqueados de sí mismos por mucho que de tanto en tanto una risita seguro que de génesis obscena -es lo único que queda- brote de algún punto del pasaje, te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo te convertiste en un jodido gilipollas. Por qué coño le has devuelto el agradecimiento a ese oficinista estirado en lugar de pegarle una patada en los cojones y abandonar la factoría convertido en leyenda aunque sólo fuera por unos días. Al menos ahora tendrías algo digno en que ocupar el cerebro en lugar de limitarte a mirar el paisaje nocturno que se desliza a veces rápido y a veces lento al otro lado de la ventanilla. Arcén y más arcén y señales de tráfico y manchas de aceite y un perro gris o sucio reventado con la mirada mate vuelta hacia las estrellas. Y piensas eso y otras cosas por el estilo. Tu cabeza se empeña en susurrarte cuando ya es demasiado tarde ideas según las cuales podrías haber salido de las oficinas más dignamente. Haberte largado a tiempo. Haber tenido el valor suficiente. Haber prescindido del qué dirán y haberte dedicado a escribir gracias a algún subisidio social o a alguna beca de ésas que les dan a los que tienen la cara de soltarle al funcionario de turno que son artistas desde que nacieron y que eso es mucho más duro de lo que parece y merecen beneficiarse de la bolsa y la vida que tú en la cadena de montaje y otros como tú en altos hornos, almacenes o panaderías os dejáis cada día. Ja. Y si no gracias a lo que te dieran por malvender tu viejo coche o pintar el chalé de algún conocido acomodado. Desde luego, lo que te resulta nauseabundo es haberles concedido la oportunidad de echarte como lo han hecho, como si fuera lo más normal del mundo. Como si te hubieran hecho un favor por pagarte una miseria a fin de mes durante estos años de tragar su estiércol, de tener que pedir permiso para ir a cagar, de no tener tiempo para sentirte un ser humano. Pero ahora te toca joderte porque eres un cobarde y un perdedor, te dice ese susurro, o quizá sólo demasiado permeable a la podredumbre que ataca y ataca todos los días en cuento pisas la calle. Y lo oyes perfectamente porque la radio del bus está enchufada pero ni voces ni música salen de los altavoces incrustados en el techo enmoquetado, sobre tu cabeza. Sólo emiten un zumbido magnético, iónico, eléctrico o como coño llamen a ese ruido irritante los técnicos de radio. Y, claro, te oyes demasiado bien mientras te dices que igual toda esta mierda es culpa tuya y sólo tuya.

Luego bajas del autobús y ya no te apetece despedirte de nadie. Tampoco nadie se despide de ti. Algunos obreros por los que no darías un céntimo, que imaginabas borrachos o drogados el tiempo que no estuvieran en el trabajo, se suben al asiento del acompañante de coches detenidos en doble fila y se alejan calzada arriba o abajo. Coches de personas que se han tomado la molestia de ir a recoger a esos seres tan poco interesantes con los que has compartido sudor y náusea durante dos años-siglos. Y de pronto te entran ganas de marcar El Puto Número a ver si esta vez hay suerte y te coge el teléfono. O puede que llevaras meses queriendo hacerlo. Da igual. El caso es que marcas 6 etcétera, y el resultado es el de siempre. Entonces el supervacío aumenta aún más entre tus costillas y se traga tu estómago y tus pulmones y tu corazón y ya no sientes arcadas ni te sacude la tos ni maldices tu suerte. Solamente andas sin ser consciente de ello en dirección a casa, como arrastrado por el caudal de una acequia pestilente, pensando que quizá lo mejor será empezar a comportarse de una vez como una verdadera rata. Adaptarse, aceptarse y demás, todo ese rollo de manual que la psicóloga te soltó durante tres o cuatro meses. Puede que por eso casi no te duela la visión de un grupo de adolescentes de aspecto simiesco -ellos- y de aspecto resudado -ellas- y de aspecto pura escoria -todos- chillando en el banco de un parque. Beben vino de tetrabrick y bailan como animales torpes o adeptos en trance la música entremezclada que se eleva de los móviles de última generación que todos llevan en la mano. Por primera vez en años los dejas atrás sin desearles la muerte porque comprendes que no tiene sentido seguir engañándote. Al fin y al cabo ellos son los trinfadores de la teoría de Darwin. Los que se adaptarán al medio mucho mejor que tú. Los que dentro de un lustro o puede que menos decidirán si el banco para el que trabajen te concede un préstamo para seguir tirando-tragando un tiempo más, por ejemplo. Y mientras notas que flaqueas definitivamente, que ya no hay vuelta atrás, pasas precisamente frente a uno de esos sitios. Una caja de ahorros, para ser exactos. Radiantemente iluminada con halógenos blancos que se proyectan a través de las cristaleras hasta tus pies. Hace esquina, así que tiene el aspecto de un gran cubo de cristal deslumbrante. Y con esos cajeros automáticos de diseño parecería la sala aséptica de mandos de una nave espacial si no fuera por el yonki que duerme o sólo descansa o simplemente se muere sobre el suelo de mármol. Justo bajo el stand de cartón lleno de folletos ilustrados con caras de niños africanos o chinos o sudamericanos que sonríen al bendito mundo occidental mostrando lo blanquísimos que tienen los dientes gracias a la obra social de esa entidad. Ésta es tu obra es el eslogan con el que subrayan lo bueno que es hacer el bien. Si tienes una cuenta corriente y a fin de mes te sobran cincuenta céntimos. Si no siempre puedes probar suerte en el concurso de relatos que organizan cada año. Pero procura escribir algo bonito y decente, como su empresa. Como la empresa de la que acaban de despedirte. Como la gente que anda por la calle y canta en Operación Triunfo. O como tu cuarto vacío.

08
may
09

Más problemas de empatía

A veces tienes instantes de lucidez y por ejemplo te das cuenta de que eso de salir a la calle a caminar sin rumbo puede ser síntoma de que las cosas no van demasiado bien. Por eso decides aceptar por una vez la invitación que cada lunes te llega por email. El partidito semanal de tus amigos. No se cansan de incluirte en la convocatoria, aunque hace meses o años que dejaste de hacer el menor ejercicio. El simple acto de subir las escaleras del portal o agacharte a atarte los cordones te agota. Por las mañanas vomitas en el fregadero tu desayuno de café y cigarro y sales a toda prisa hacia el trabajo. Y en cuanto acabas vuelves a patear por las aceras. Fumas y escupes cosas rojas o marrones o verdes o de todos esos colores mezclados y ya que agachas la cabeza te fijas en los chicles resecos que motean el pavimento. Pegatinas de la grúa. Mierdas de perro y zapatos relucientes, camales ben planchados y medias finas pasando apresurados junto a ellas. O a lo mejor tus pies te hacen el favor de hacerte pasar junto a uno de esos frondosos jardines que los chinos montan a las puertas de sus comercios y dedicas unos segundos a contemplarlo, respirando su perfume de geranio urbano. En fin, andas y andas como cualquier otro ocioso prejubilado o desempleado o, como tú, con un curro de media jornada de lo más precario. Poco dinero, mucho tragar mierda. Hoy tienes que aguantar demasiadas gilipolleces sólo para poder pagarte el techo, los pantalones y las sopas de sobre. Y mañana será lo mismo. Quizá por pensamientos como ése al cabo siempre te cansas de andar y te metes en algún bar y luego en unos cuantos más hasta que la noche avanza y se convierte en madrugada y los camareros se tienen que llevar sus vidas de mierda a descansar. No es un espectáculo bonito de ver. Algunas noches puede resultarte reconfortante eso de sentir que empatizas con las ojeras negras del tipo que te sirve el alcohol. Con su mirada reptiliana, lenta y forrada de sangre fría que te observa como queriendo darte la oportunidad de parecer alguien más o menos agradable. Apreciar el mérito del sudor agrio del camarero y de las manchas grasientas de su camisa y del espasmo de dolor que le sube desde la espalda a la cara cuando coloca las sillas sobre las mesas. Y que él comprenda que tú eres otro pobre cabrón y a lo mejor te diga que a la última estás invitado. Pero lo normal es que no se dé tal feeling. Lo normal es que hasta alguien que probablemente está tan hasta los cojones como tú acabe pidiéntote que cierres la boca y liquides de una puta vez tu copa. Así que a lo mejor hoy te viene bien sudar un poco dándole al balón en lugar de pasar la tarde y la noche andando en espiral por el barrio. Sentándote de cuando en cuando en los bancos de los parques, en las paradas de autobús, en los tranquillos de los portales. En los taburetes de los bares más cutres junto a los viejos borrachines que se dejan caer en ellos y se quedan ahí como animales muertos o medio muertos, mirando de tanto en tanto el reloj de la pared. Y te plantas en el polideportivo a la hora convenida. Están todos. A unos cuantos los ves los fines de semana. Son los que dos días a la semana te acompañan cuando te emborrachas. O tú a ellos. Da igual. Son, en definitiva, los que todavía se parecen a ti, aunque sólo sea a grandes y difusos rasgos. Los otros han cambiado demasiado de un tiempo a esta parte. Desde que sólo hablan de ascensos, hipotecas e hijos hasta te cuesta recordar en qué momento se convirtieron en tus amigos. Por qué sigues considerándolos tus amigos. Pero, bueno, algo en tu interior te dice que aún los quieres. Además, si te muestras simpático quizá puedas sacarle un poco de pasta a alguno al acabar el partido, durante la confraternización del vestuario, cuando tengan cuerpo y mente atontados por el ejercicio. Por eso procuras poner buena cara cuando entras en la pista y alguien se ríe y te suelta que tires el cigarrillo de una puta vez y se ríe otra vez más fuerte y con más gente. Y comprendes en un momento menos doloroso de lo que habías temido que hace mucho tiempo que tu sitio está en otra parte o en ninguna, pero desde luego no en un pabellón deportivo con gente sana y decente y que, a fin de cuentas, ya está salvada. Pero aun así haces caso y apagas el cigarro y te quedas ahí en el medio del parqué con las manos incómodamente libres. Las manos y los pies y todo lo demás. Ahí en medio, en pantalones cortos, dando pequeños saltitos, fexionando las rodillas, desentumeciendo las caderas como si estuvieras bailando un hula-hop. Sintiéndote un gilipollas. Como cada mañana cuando llegas al trabajo de mierda que la última ETT haya tenido a bien proporcionarte. Como cuando tu madre te llama para preguntarte si has comido bien. O como cuando intentas hablar con una gafapasta en cualquier garito. Da igual lo cretina que sea toda esa gente, amigos, familia, amores o simples seres sexualmente atractivos. Al final siempre eres tú el que se siente un imbécil al interactuar con ellos.

10
abr
09

Retrato familiar (con la crisis al fondo)

Era el año de La Supercrisis. Ahora en las facultades de economía la estudian con ese nombre para indicar que fue mucho más devastadora que la Gran Depresión. Pero entonces la gente la llamaba simplemente crisis. Era el 2009. Todo el mundo, en el sentido de “el mundo entero: continentes, estados, ciudades y barrios”, estaba sumido en una especie de paranoia económica. Yo tenía quince años y recuerdo que un viernes por la noche, mientras esperaba en el salón a que empezara la peli porno de Canal+ para hacerme una paja y así ahorrarme -a lo mejor- el mal trago de amanecer al día siguiente con las sábanas sucias, mi padre se levantó de la cama, resoplando. Dijo que había tenido una pesadilla. Sin mirarle oí cómo se sentaba en el sillón de eskai de al lado y empezaba a contar que en su sueño me había visto tendido inconsciente o muerto, no se atrevía a pronunciarse, en la orilla enfangada de un río que discurría casi en absoluto silencio a la luz de la luna. Entonces sí que giré la cabeza hacia él, y al azul pálido y fluctuante que brotaba de la pantalla me pareció mucho más viejo que la última vez que lo había visto, sólo un par de horas antes. Como si las canas hubieran colonizado hasta el último mechón de su pelo durante su fugaz sueño, como si sus arrugas le hubieran horadado la piel uno o dos milímetros en ese breve lapso de tiempo. Pero no dije nada. Él sí. Dijo que no identificaba el lugar. Nada. Ni el cielo, ni el río, ni los bosques que se extendían deshojados y entre telarañas de niebla, como víctimas de la onda expansiva de algún artefacto atómico, desde casi la misma orilla hasta donde su vista alcanzaba. Pero que eso era lo de menos porque lo que de verdad le había asustado lo bastante como para despertarle sudoroso era que al acercarse a mi cuerpo lo había descubierto esquelético y con una cara cadavérica que, sin dejar de ser la mía, al mismo tiempo se parecía antinaturalmente a la de nuestra madre. Y como siempre que escuchaba esa palabra, que la veía escrita en cualquier parte, que en clase nos explicaban los órganos humanos o que abría el armario donde el olor de su ropa aún se resistía a los efectos de la naftalina, pensé en ella. En cómo era. En su cara. Cada vez me costaba más recordar sus rasgos. Había noches que no pegaba ojo intentando darle forma a su rostro. Sí, era capaz de visualizar sus labios carnosos, su nariz de tabique un poco grueso pero bonita, sus enormes ojos marrones bajo esas cejas de curva perfecta. Pero cuando intentaba ubicar sus facciones en la masa informe de piel en que poco a poco pero sin solución el tiempo iba convirtiendo su cara, me sentía como un niño retrasado ante un Mister Potato. Un inútil incapaz de reproducir mentalmente lo guapa que había sido su madre. Un cabrón capaz de olvidarse tan pronto de algo tan bonito y tan importante. Así que maldije en silencio a mi padre y su estúpida historia por haber provocado que toda esa mierda se removiera en mi cabeza. Y por fastidiarme la película. Y también por no ser él quien hubiera muerto de cáncer de páncreas. Pero él no intuyó nada de lo que me estaba sacudiendo por dentro y lo único que hizo fue encenderse un cigarro y seguir hablando.

-Creo que la causa es que estoy preocupado por el trabajo -dijo después de dar unas cuantas caladas mirando al techo. El humo y el resplandor del televisor se mezclaban en el aire atribuyendo a los muebles, a los gestos, a mí, a mi padre y a sus palabras un contexto irreal. Al menos así lo recuerdo hoy: como una situación absurda, porque no podía dar crédito a lo que mi padre había empezado a decir y sabía que iba a seguir diciendo-. Ayer despidieron al tipo que he tenido al lado durante casi diez años.

Puede que esperara que le dijera algo, unas palabras de ánimo, un simple No te preocupes. Pero no lo hice. No dije ni hice nada en absoluto; no me apetecía consolar torpemente y sin atisbo de sinceridad a mi padre. Por mí, la fábrica de tractores en cuya cadena de montaje trabajaba podía volar por los aires con él dentro. Por mí le podía dar un infarto o una angina de pecho en ese mismo momento. Me resultaba inmoral hasta un punto nauseabundo que algo tan material, tan cuantificable y tan mesurable como sus apuros económicos fuera lo que le había despertado en plena noche. Quería oírle decir que en realidad todo aquello carecía de importancia en comparación con lo verdaderamente dramático, que seguro que eran simples artimañas de su subconsciente para intentar sepultar la muerte de su mujer. Mi madre. Quería que dijera que la echaba de menos, que ojalá la hubiera tratado mejor cuando tenía la oportunidad de hacerlo. Y que lo sentía mucho por mí. Pero lo cierto era que mis padres nunca se habían querido demasiado y me planteé la posibilidad de que, en efecto, a él no me doliera gran cosa lo que había sucedido. Me pregunté, incluso, si le había apenado más la muerte de aquel perro que según contaba cuando se emborrachaba había tenido de pequeño y que había sido atropellado por un tranvía. Y, justa o injustamente, me contesté que probablemente, que seguramente, que sin duda. De manera que pulsé el botón de on/off de la tele con la intención de irme a mi cuarto e intentar dormir un rato. Y si, como era de prever, no lo conseguía encendería la luz y me pondría a leer cómics o alguna novelita igual de fácil, de detectives, crímenes y agentes secretos. Y luego volvería a apagarla y escucharía durante horas la música de mi mp3. Y también ese programa de la radio al que llaman los insomnes para vomitar sus tragedias. Hasta que al amanecer por fin lograra dar una cabezada. Ésa era la rutina de las noches desde hacía un mes, y aquélla no tenía por qué ser una excepción. Lo malo es que nada más apagar la tele me arrepentí de haberlo hecho. Porque el silencio y la oscuridad en que se sumió la habitación debieron de hacerme bajar la guardia, soltarme, no sé, algo así. Y en lugar de irme a la cama me quedé sentado en el sofá notando cómo el zumbido iónico del tubo de imagen se iba desvaneciendo en mis oídos, viendo cómo la silueta de mi padre se definía poco a poco sobre la tenue fosforescencia anaranjada que el alumbrado público elevaba hasta nuestro quinto piso. Dándole, a fin de cuentas, la última oportunidad de decir algo digno sobre lo único verdaderamente bonito que habíamos tenido en la vida. No podía verle las arrugas, ni las canas, ni las ojeras, pero mientras esperaba el alivio de unas palabras que no llegó a pronunciar me invadió la certeza de que esa impresión de vejez que por primera vez me había transmitido mi padre hacía unos minutos había venido para quedarse. Que ya siempre sería así. Y que tampoco tenía mucho sentido enfadarse con un pobre viejo. Por eso no me dolió cuando dijo:

-¿Entiendes? El tipo era mi amigo. Sé que su mujer se llama Pilar. O puede que amparo. Da igual. Sé que tiene tres hijos y un perro. Y los jueves llevaba al trabajo arroz tres delicias en un tuper. A veces me ofrecía un poco. Y ahora me siento como en una de esas películas de campos de exterminio, cuando ponen a los judíos en formación y un oficial pasea entre ellos disparando en la sien a unos cuantos y dejando absurdamente vivos a los demás. Y culpables por haberse salvado.

Eso dijo.

Su cara permanecía invisible en la oscuridad. Lo único de él que alcanzaba a vislumbrar era su mano derecha iluminada por la chispa de la colilla, apoyada en el reposabrazos del sillón. Pero me pareció notar que desclavaba la vista del techo y me miraba a través de la negrura al añadir, con un susurro que estaba a la misma distancia de denotar tristeza que vergüenza o que resignación:

-Así me siento últimamente: bastante solo.

Y a fecha de hoy, quince años después, aún no tengo claro si ese diagnóstico, confesión o llamada de socorro que mi padre me reveló aquella noche tenía algo que ver con el hecho de que mi madre ya no estuviera. Pero quiero pensar que sí. Al fin y al cabo, de eso se trata: de confiar en quien quieres, aunque no haya motivo racional para hacerlo (ninguna de las dos cosas). Por eso, supongo, cuando las cosas se tuercen más de la cuenta en mi vida, cuando sobrevienen esas noches de hundimiento en las que otros lanzan sus gritos de auxilio a través de las ondas de una emisora de radio, yo llamo a mi padre. Vive solo y sigue pasándose con la bebida. No tardará mucho en desnucarse en la bañera. Así que sí, cada dos o tres meses le llamo y hablamos un rato. De tonterías. Nada serio. Mujeres, sexo, trabajo. Y a veces, muy pocas, de mi madre. Y, a diferencia de aquella noche tan lejana, al despedirme le deseo buenas noches.

02
feb
09

Canguro en el extrarradio

Cuesta levantarse. Los vapores de demasiadas cervezas me pesan como piedras en el estómago y me infectan la boca. No es que anoche hubiera juerga. Ya no hay ni ganas de eso. Me las bebí tumbado frente a la tele viendo uno de esos programas de catástrofes aéreas, atracos a licorerías americanas y niños dejándose los dientes en cualquier columpio con aplausos de fondo. Tragedias grandes o pequeñas contadas por sus supervivientes. Enseñanza: lo malo acaba pasando. O, en el peor de los casos, acaba siendo asimilado. Y después la teletienda, ya en plena madrugada. Robots multifuncionales para la cocina, colchones ergonómicos, modelos anoréxicas adelgazando un poco más a base de microdescargas eléctricas. Un montón de recursos a disposición de los insomnes para hacerles creer que su mañana puede ser mejor. Enseñanza: lo bueno siempre acaba llegando. Si tienes la pasta suficiente. Pero ya es mañana y la habitación huele a cerrado a pesar de que deben haber pasado ya unas horas desde que ella haya abierto la ventana. No sé qué hora es pero la intensidad y el ángulo con que el sol choca contra las paredes me dicen que no se me ha hecho tarde. Que si quiero hoy será un día normal. Otro. Como ayer. Que en mi mano está ser responsable, darle continuidad a todo lo que he conseguido reunir en esta casa que ni siquiera es mía, desde el dvd capaz de leer copias piratas hasta la propia Ella. Retenerlo todo un tiempo más. Y en lugar de alivio siento angustia. Y ganas de vomitar al meterme el cepillo de dientes en la boca mientras miro mi reflejo y no sé muy bien qué pensar sobre lo que veo. Desde el otro lado de la puerta del cuarto de baño su voz dice fríamente que se va a dar una vuelta, tiene cosas que hacer, ha quedado con no sé quién, nos vemos esta noche, a lo mejor yo podría hacer el esfuerzo de aprovechar el rato y salir a buscar algo de una puta vez. Dejar de tocarme los cojones frente al teclado y colaborar un poco. Frases por el estilo se despedazan al atravesar el conglomerado. No las oigo con nitidez, me duele la cabeza y todo lo demás, pero me llegan las palabras clave a partir de las que reconstruir el mensaje, tan parecido al de ayer o cualquier otro día desde hace unas semanas. Y me duele, pero menos que la vez anterior. Mientras echo una meada agria y juego a escribir mi nombre en la capa densa y superazul de Pato WC que resbala por la taza pienso por un momento dónde se irá todas las tardes. Dónde se irá en verdad. Qué coño hará. Visualizo el ticket que encontré en el cajón de su mesita y me pongo vagamente nervioso. Tan vagamente que me distraigo por culpa de una bombilla que se funde en el espejo con un chisporroteo casi inaudible. Y si no habría sido por cualquier otra cosa. El ritmo hueco del grifo al gotear. Calcular el área -en baldosas mugrientas- de las paredes. Calcular el área de las humedades. Porque es mejor no pensar demasiado, y cada vez lo consigo más fácilmente. O no. Tal vez me miento y lo cierto es que no lo consigo ni lo conseguiré. Tal vez por eso cuento mis pasos cada tarde de camino a lo único que encontré el día que le hice caso y decidí “salir a buscar algo… colaborar un poco”. Algo demasiado asqueroso para contárselo. Mejor que cuando vuelva a casa crea que me he tirado aquí toda la tarde. O que crea que vengo del bar si ella regresa antes de donde quiera que haya pasado la tarde. El caso es que en la calle cuento mis pasos y sólo voy por los cien y ya he tenido que sortear dos mierdas de perro y alguna que otra flema verdosa. El resto, pavimento agrietado. Y me pregunto cuál será la esperanza de vida útil del cemento o el hormigón. Cuántos chicles tienen que fosilizarse en el metro cuadrado que estoy pisando para que la apisonadora vuelva a hacer su trabajo. Si aún podría extraérseles el ADN y multar a los responsables. Dudas y preguntas y respuestas sin importancia simplemente por tener la cabeza ocupada en estupideces mientras mis pies siguen el rumbo hacia lo serio y sensato y decente que la gente y las agencias de noticias de todo el planeta y esa voz siniestra tan parecida a la mía que me hace dormir mal me dicen que debo seguir, dadas las circunstancias. Justo en el paso ciento cuarenta y ocho me cruzo con un enano de aspecto alegre que empuja un cochecito de bebé. Será el padre. El hermano malformado pero bellísima persona de alguno de los padres del crío. Alguien contratado para cuidar del crío antes de que crezca demasiado. No sé lo que prefiero. Bueno, sí, lo sé muy bien. Por eso pienso en detenerme y agradecerle al hombrecillo el hecho de que hayamos coincidido en el espacio-tiempo, que me haya dado una nueva imagen para mi repertorio de distracciones amables. Pero ya lo he dejado atrás cuando me decido. Así que sigo andando y me siento un poco sucio por plantearme si la cara de felicidad que he visto en el enano será cierta o solamente una máscara con la que salir a la calle. Pero tras quince o veinte pasos de reflexión llego a la conclusión de que de vez en cuando tengo derecho a establecer comparaciones en las que yo no sea la parte peor parada. Y continúo mi camino y al dejar la huella número trescientos paso por una frutería donde cuatro pakistaníes de dientes blanquísimos deslumbran con sus sonrisas perpetuas a clientas que nacieron en Andalucía o en La Mancha y les desean salud para ellas y sus familias al devolverles el cambio. Igual el mundo puede ser un lugar fácil y amable, vete a saber. Pero el sitio al que llegaré dentro de unos dos mil pasos desde luego no lo es, así que me importa una mierda lo bien que parecen desenvolverse mis congéneres en este paisaje. Todavía tengo que pasar por la caseta de la Once donde una ciega más joven que yo escucha la radio y a lo mejor se siente mal pero no se le nota en esa mirada vacía ni en cómo tararea las canciones de moda ni en el correctísimo modo en que desea buen día a gente vulgar a la que ni siquiera puede ver, como una auténtica profesional forzosa de la atención al cliente. También en cuanto a ella sé lo que prefiero. Lo sé muy bien porque me jode la gente que pone buena cara ante la mierda. Me encantaría sentir su rabia, sus ganas de quemar cruces, el odio a su madre por haberla engendrado así. La respetaría mucho más si una indignación invisible pero viscosa rebosara a diario por la ventanilla de su caseta tan alegremente verde. Aunque imagino que a ella le da igual mi respeto porque jamás le he comprado un cupón. Y al fin salgo a una avenida periférica. Seis carriles en cada sentido y los pequeños comercios han dejado su lugar en las aceras para que lo ocupen decenas de concesionarios de coches, talleres y macrotiendas de muebles baratos. Y parejas de jóvenes y no tan jóvenes entrando y saliendo, probando las características de los accesorios que seguirán decorando sus vidas cuando ellos ya hayan dejado de quererse. Porque si hay algo seguro es que la suficiente dosis de tiempo acaba pudriendo las manzanas y absolutamente todo lo biodegradable. Como la amistad que alguna vez me unió al tipo que viene en dirección a mí por la acera. Cargado de bolsas de plástico y una caja envuelta en papel de regalo bajo el brazo no puede permitirse saludarme con la mano. Se limita a pronunciar uno de esos insultos viriles que en ocasiones se emplean como sinónimo de Me alegro de verte y que resultan menos mentira. Todavía a diez metros de distancia percibo el olor de su after-shave. Lo primero que dice cuando nos detenemos y nos miramos a los ojos es que no, no es navidad pero sí el cumpleaños de su hijo. El primer cumpleaños, eso me dice al tiempo que me inspecciona de arriba abajo deteniéndose un momento, creo, en el roto que hay en la rodilla izquierda de mis vaqueros. Un agujero demasiado pequeño para que alguien que se define a sí mismo como mi amigo se entretenga en prestarle atención, por otra parte. Por eso ese simple gesto me basta para procurar que mi lenguaje corporal le informe de que su felicidad, el dúplex que se ha comprado en esta zona en expansión de la ciudad y la vida o muerte de su hijo es algo que me importa un huevo. Y parece captarlo, porque me pregunta yo qué tal, qué hago en general, qué hago por aquí, a dónde voy y demás frases de cortesía con evidente desgana. También me pregunta por ella y eso es lo que hace que cualquier asomo de corrección se me desvanezca. Y reemprendo el camino diciéndole Adiós consciente de que digo Adiós y sólo Adiós y no cualquier otra palabra. Porque hace un tiempo que ella está indisolublemente ligada al ticket que encontré buscando pasta en sus cajones, y nadie tiene por qué recordármelo. Una factura de una de esas tiendas de bronceado y depilación. La letra redondeada de la dependienta hablaba de láser, de ingles y de axilas. Y yo qué sé, puede ser. Ya no tenemos ganas de juerga, de divertirnos, de pasarlo bien. Y tampoco de follar. Al menos el uno con el otro. Y esta caminata en dirección al odioso resplandor que se proyecta hacia la noche en ciernes desde el otro lado de la circunvalación puede ser un momento tan bueno como cualquier otro para plantearse ciertas cosas. Asumirlas, desconectar al moribundo del respirador mecánico. Certificar su muerte de una puta vez y llorar un poco en el entierro. Pero puede que siempre haya tenido razón cuando me dice que soy un inútil y un gilipollas porque en lugar de pararme y pensar o pensar y pararme y entretenerme, yo qué sé, contando cuántos coches rojos pasan a toda velocidad por el asfalto en los próximos diez minutos sigo y sigo y sigo y ya estoy caminando por el cemento húmedo del párking del centro comercial, entre familias tradicionales o uniones de hecho que empujan carros de la compra cargados hasta los topes a pesar de la crisis para reabastecer sus arsenales de presente y futuro inmediatos. Consumibles. Al fin y al cabo, todo el mundo es igual. Tras la puerta de cristal corrediza la temperatura aumenta quince grados de golpe y a cada paso me falta un poco más el aire. Pero las fuerzas no me abandonan del todo y llego al Happy Kangaroo. Igual que todos los días, siento una oleada de vergüenza al entrar en el local. En algún momento del pasado alguien en Australia decidió probar suerte, intentar forrarse con una cadena de comida rápida. Hamburguesas y muslitos hechos a base de carnes exóticas para el resto del mundo. Y mi presente ha acabado relacionado con aquella jodida iniciativa empresarial, trabajando en un sitio con digiridoos de plástico fabricados en serie y fotos de lo bonito que es el atardecer en las antípodas colgados de la paredes. Lo peor, con todo, es saber que en el fondo nadie más que yo tiene la culpa de que ahora atraviese la puerta de servicio, recorra un pasillo viciado de un nauseabundo olor a fritanga, por muy australiana que sea, y acceda al vestuario masculino. Como siempre, el canguro gordo que se encarga del turno que me antecede está sentado en un banquito que parece combarse bajo su peso un milímetro más con cada bocado que le da al supermenú XXL marca de la casa que se está comiendo. En realidad sólo es canguro de cintura para abajo. Tiene las patas traseras estiradas, cruzadas por los tobillos, zarpa sobre zarpa. Y la espalda apoyada contra la pared le aplasta la cola, que asoma por encima de su hombro de piel humana. Miro en mi taquilla. Tampoco hoy mi uniforme laboral está en su sitio. El encargado, un chaval de veintidós años como mucho, me dijo el otro día que había problemas con la tintorería subcontratada para la limpieza de la ropa de trabajo. Que se habían quedado en prenda algunas prendas. Supuse y supongo que estudiará derecho y esto le ayuda a pagarse la carrera. O los vicios. No sé, puede que mi joven jefe sea lo bastante gilipollas como para haberle hecho un bombo a una gilipollas y ahora tenga que alimentar a otro pequeño gilipollas. Me importa una mierda; que se joda. Que se joda igual que yo, que meto las piernas en el disfraz usado y siento cómo me moja la piel el sudor condensado de un hombre del que ni siquiera conozco su nombre. Que me enfundo los brazos-patas delanteras y me entran ganas de pedirles perdón a mis dedos por obligarles a esconderse bajo esos mechones de fibras sintéticas. Que me cierro la cremallera que recorre mi pecho peludo y noto las migas de la merienda de mi colega precipitándose hasta mis enormes pies de canguro. Que me acoplo la cabeza animal siniestramente sonriente y ya está ahí, como cada tarde, el hedor asfixiante de mi humillación concentrándose en mis orificios nasales. Frente a la entrada del Happy Kangaroo los niños se rién cuando salto y palmoteo y agito la cola cada vez que un nuevo cliente nos honra con su visita. Los niños y los adultos, todos se ríen. Supongo que lo harían con más ganas si supieran que dentro hay un tipo en calzoncillos y con ganas de llorar. La gente es así. La gente se ríe del pringaopeluchegigante y fantasea con las patinadoras que se deslizan sobre la pista de huelo sintético que han instalado en la plazoleta central los de la tienda de deportes de invierno. Yo haría lo mismo de no ser porque un cangurhombre no puede reírse de nadie ni fantasear con nadie. Y menos ahora. La última de las animadoras deslizantes, la que se queda rezagada y pierde el compás y trastabillea tantas veces. La menos flexible, la que se abre de piernas mucho menos que las otras. Ésa a la que las medias le quedan mucho peor que a las demás porque es diez o quince años más vieja. La única a la que nadie podrá verle las ingles. Es ella. Con demasiado maquillaje y cara de cualquier cosa menos alegría. Y pienso en sus viejos patines Boomerang de piel blanca, cordones azules y ruedas amarillas. Pienso que antes de ésta sólo la había visto patinar un día. Y que deberíamos haber sido más felices mientras pudimos. Ahora ya es imposible.




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