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11
jun
11

Otra lección

Salí a pasear a mi perro y me encontré con él.

Resplandecía. Era una visión cegadora.

Las fachadas parecían aún más viejas a su lado. Casi a punto de derrumbarse.

Irradiaba una luz total que hacía palidecer

la pintura metalizada de los coches

y las manzanas verdes de esa frutería de ahí

y el mismísimo sol poniente

y el pelo teñido de las señoras que volvían de la compra

con el tedio hinchando sus ojeras.

Me dijo que todo le iba de maravilla. Que lo había conseguido.

Que había trabajado mucho y se lo merecía. Que si te esfuerzas acabas lográndolo.

Que soñaba con esto desde niño. Que los deseos se cumplen.

Que la gente que antes le negaba el saludo ahora le invitaba a copas carísimas.

Que al fin había triunfado y que solo

me lo iba a decir

una vez:

todo está

en tus manos.

Mi perro flexionó las patas traseras y se quedó ahí,

mirándolo hipnotizado.

Casi escuchando. Ni siquiera movía el rabo.

Yo le contesté Gracias, tío, lo tendré en cuenta.

Y desvié la vista hacia el hombre de la esquina

tumbado entre cartones y periódicos.

Incluso a veinte metros de distancia se podía percibir su olor

a vino barato

y calcetines apelmazados

y costras de roña y tristeza incrustadas en las ingles.

Un olor que me llegaba

con la misma potencia

que el resplandor dorado que emitía el éxito de mi amigo.

Un hedor que seguro no tenía nada que ver

con el perfume que una vez había envuelto sus sueños infantiles.

Y me pregunté por qué había de suponerse que aquel hombre no había luchado

lo bastante fuerte,

lo bastante duro,

lo bastante bien por ser feliz.

Noté cómo la pena empezaba a expandirse dentro de mí,

así que me despedí apresuradamente

de mi amigo

y de su radiación tóxica

y eché a andar hacia cualquier parte.

Cuando escuché a mi espalda las pisadas esponjosas de mi perro,

me sentí

un poco

mejor.

23
may
11

Lo raro

A veces se te olvida lo raro que es…

… que el surtidor de gasolina sea lo único que te dirija la palabra con cierta educación.

… hacer media hora de cola en el super. Que ningún carrito de familia numerosa deje pasar a tu pizza de dos euros y tu par de cervezas marca blanca.

… querer echarte uno al sol y que la foto de la cajetilla te recuerde lo muerto que estás por dentro. Pulmones como esponjas de chapapote, bocas destrozadas y un montón de manos enguantadas operándote a corazón abierto.

… que nueve de cada diez lectores de metro solo lean bestsellers y solo los lean en el metro.

… contestar Vale sin siquiera pensarlo cuando el jefe te ordena hacer cualquier gilipollez. Descubrir sin sorpresa el cansancio y la resignación en el revés de tu voz.

Cada vez más a menudo se te olvida lo raro que puede llegar a ser todo. Hasta qué punto bajas la guardia en cuanto te descuidas.

Y un día de poniente irrespirable vas a comer a casa de un amigo al que ves menos de lo que deberías por culpa de cosas igual de intrascendentes que las que a menudo dan al traste con tus deseos.

Hablas con él un rato, te tomas el café y le das un abrazo al despedirte en el umbral. Entonces dice Espera, desaparece por el pasillo y vuelve con la bufanda que te olvidaste la última vez que fuiste a verle. Ese viejo amasijo de lana que fue, es y será tan especial para ti, pero en el que no habías querido pensar ni una sola vez en medio año, en dos estaciones, en 180 días incluido el primer aniversario del día en que todo se fue a la mierda.

Y piensas que a veces se te olvida lo raro que es que a veces se te olvide lo realmente importante.

Así que vuelves a la calle con la serpiente de lana roja enroscada en el brazo.

Picándote en la mano, en el sudor extrañamente frío de la mano. Inoculando algo parecido a tristeza licuada en tu torrente sanguíneo. Algo parecido a anestesia.

Mientras andas por las aceras derretidas tienes la impresión de que la gente con la que te cruzas te mira el brazo extrañada. Tan solo un instante después tienes la certeza de que así es. Una pareja cuchichea después de que ella señale tu pasado con un gesto desdeñoso de barbilla. Un grupo de adolescentes con camisetas de tirantes se ríe abiertamente. Incluso el hombre con mugre en los tobillos que empuja un carrito de Mercadona lleno de desperdicios te mira como si no entendiera nada.

Ellos y todos los demás reaccionan de ese modo ante la visión de las fibras rojo sangre que cuelgan de tu brazo, coaguladas ya hace mucho.

Y por un momento te sorprende tanta incomprensión, tan poca imaginación.

Por un momento recuerdas lo raro que es que cinco años de vida acaben perdidos entre la trama y la urdimbre de un retal de 120 x20 cm.

Recuerdas que no debes olvidar lo raro que acaba siendo todo el día menos pensado.

Y tal vez por eso te detienes de golpe, esperas a que ese semáforo detenga el tráfico y te cuelas entre los coches ronroneantes. Enganchas el cabo de un hilo en el parachoques trasero de un Toyota no sé qué y te retiras hacia un lugar seguro. Por ejemplo el banco desde el que ese jubilado con un palillo en la boca intenta adivinar “qué cojones estás haciendo”.

-No se preocupe –respondes sin mirarle-; creo que todo va a ir bien.

Y te despides de ella mentalmente cuando el disco se ilumina de esperanza.

La bufanda se deshace en tus manos en cuestión de segundos. Su rastro centellea al sol por encima de los tubos de escape y los espejismos cuando el último centímetro del hilo sale disparado hacia la nada.

El cometa perdido más bonito del Universo. Ojalá aterrice en un buen lugar, piensas.

Y cuando desaparece de tu vista te vuelves hacia el viejo, le sonríes y dices:

-¿Ha visto cómo brillaba? Debía de ser lana de buena calidad, ¿no le parece?

-Chaval, eres muy raro –contesta apartándose un poco de ti.

Pero tienes claro que se equivoca.

Hace un día de puta madre. El día perfecto para ser feliz. Te levantas, le das las buenas tardes y te pones en marcha.

04
nov
10

Alain, un amigo francés

Se abre la puerta de llegadas y vislumbro a Alain entre los turistas pálidos pero sonrosados y muy rubios que desembarcan en la terminal. Pienso en canarios y polluelos diversos. Pienso en huevos abortados y en gambas humanas cociéndose a la orilla del mar sucio de esta ciudad. Pienso que un francés nunca debería ser rival. Y luego me fijo mejor en él y pienso que ha engordado unos cuantos kilos en este tiempo. Pero en conjunto puede decirse que está igual que hace cinco años. Me refiero a su actitud, a su lenguaje corporal. La manera indecisa en que se mueve sobre el suelo encerado. Como tanteando el mundo que se extiende bajo sus pies, como asegurándose de la corrección de cada paso mirándose los zapatos a través de sus gafas de culo de vaso. Incluso en medio de la masa de visitantes franceses, casi todos treinta años mayores que él y todos cegados por el resplandor del atardecer mediterráneo que se filtra por las amplísimas cristaleras del aeropuerto, mi amigo parece el ejemplar más torpón de la manada. No puedo evitar sonreír. Sería el primero en morir en caso de un ataque zombi o una simple estampida humana. Al menos eso dicta la lógica más básica cuando le echas un breve vistazo. Pero yo sé que a la hora de la verdad seguro que sobreviviría; siempre ha sido un tipo con suerte. El bueno de Alain… Me alegro de verle, coño.

Después de abrazarnos y todo eso cojo su maleta. Su mochila, para ser exactos. En una secuencia de flashes que no durarán más de un segundo recuerdo de principio a fin aquella semana santa de hace casi diez años en que los tres fuimos de acampada a no sé qué paraje del pirineo francés. Me sale una sonrisa pero al instante me siento mal e intento distraerme diciéndome a mí mismo que esos petates estilo campista ya no nos quedan bien; colgado de mi hombro me hace sentir más gordo, más estropeado, más viejo. Fuera de tiempo. Le digo riéndome ¿Qué pasa, Alain?, ¿con la pasta que ganas no puedes permitirte una maleta normal? Y me contesta que cogió lo primero que encontró, que ni siquiera sabe qué ropa ha puesto ahí dentro. Y por su voz y el modo en que se mueven sus labios me da la impresión de que está a punto de echarse a llorar. Evitando mirarle le digo Estoy de coña, tío, qué más da, sólo es una maleta, pero lo que en realidad pienso es que esto va a ser más difícil de lo que creía.

Nada más salir por la puerta del aeropuerto un guardia jurado se me queda mirando. Es el mismo que anoche me pidió un cigarrillo justo en este mismo lugar. La cabeza de serpiente tatuada que le asoma por el cuello de la camisa no deja lugar a dudas. Y me asusta la posibilidad de que todo se precipite. De que el tipo decida saludarme, pedirme otro, decirme algo, volver a comentarme lo buena que está mi novia. Cualquiera de las gilipolleces que suelen decir los seguratas de cerebro rapado mientras te dan una palmada en el hombro y te hacen sentir que te están perdonando la vida.

Así que bajo la cabeza y aprieto el paso y no me relajo hasta que llegamos al aparcamiento. Meto la mochila en el maletero y Alain se deja caer en el asiento del acompañante. Me pongo al volante pero no le doy al contacto. Tal vez lo mejor sea hablar con él, me digo. Bueno, es evidente que no es lo mejor pero puede que sea lo correcto. O aunque a lo mejor ni siquiera sea lo más procedente puede que me toque hacerlo y punto. Tomo aire y me giro hacia mi amigo. Alain, le digo, y entonces veo el pelo rubio largo que cae desde el reposacabezas trazando ligeras ondulaciones a un centímetro de su mejilla izquierda. Y él vuelve la cara hacia mí y toca el cabello pero parece no percibirlo. ¿Qué?, me pregunta. Se me ocurren mil respuestas. Y selecciono la más fácil: No te preocupes, Alain, ya verás cómo vuelve. No lo sé, me dice, creo que esta vez va en serio. Y añade: no se ha ido a casa de sus padres ni de una amiga ni nada de lo de siempre; me dijo que se venía a España a pasar una temporada. Una temporada…, repito ya sin mirarle. Ya, bueno, las temporadas acaban pronto. Seguro que ya te echa de menos. Hazme caso; siempre has sido un tipo con suerte.

Y arranco el coche deseando que el móvil de mi amigo francés suene lo antes posible.

24
jun
10

Coge el teléfono y llama

En cuanto suene el despertador coge el teléfono y llama. No te preocupes por el tono soñoliento de tu voz. Es el mismo que el que tendría una persona resfriada, y sólo tú sabes que no lo estás. Vale, carraspea un poco si te quedas más tranquilo. Pero no impostes la voz, no tosas, no te tapes la nariz; la farsa se notaría más. No sobreactúes. No actúes siquiera. Limítate a ser tú y sólo tú por una vez. De manera que deja de dudar y llama. Diles que hoy no irás a trabajar. Invéntate cualquier cosa sobre la marcha; servirá; no son tan listos como les gusta hacerte creer. ¿Qué van a decirte? ¿Qué estás mintiendo? Verás como no, verás como no se atreven. Te dirán que no te preocupes y que te mejores y en cuanto cuelgues te desearán la muerte por haberles dado los buenos días regalándoles un porcentaje extra de trabajo. Que se jodan. Hazles caso sólo en lo primero: no te preocupes, mejórate. Porque aunque no estés enfermo necesitas mejorarte como el que más, y lo sabes. Y nada mejor que tomarse un respiro para depurar la mayor cantidad posible de la mierda que has acumulado dentro durante años. Suéltala poco a poco, ya sabes: nada de prisa, nada de ansia: tienes todo el día por delante. Aprovecha para hacer las cosas que el ritmo hostil de tu vida te impide hacer normalmente. Acércate a la ventana y observa el exterior. Comprueba que el aire que os mantiene medio vivos a ti y a otros diez millones de ciudadanos está tan contaminado como siempre. Pero comprueba también que por alguna razón hoy no te importa. Porque hoy es uno de esos días que hacía tanto que no vivías. Hoy has roto la rutina y te sientes fuerte con respecto a lo de fuera. Mañana será otro día, pero hoy es hoy. Así que exprímelo al máximo. Respira hondo. Acódate en la repisa disfrutando de esa rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Ráscate los huevos largo y tendido sin tener la impresión de que al hacerlo estás malgastando los preciosos segundos que deberías dedicarle a tomarte de un trago el café. Luego hincha los pulmones, a tope, hasta que te duelan todos los espacios intercostales, mantén el aire ahí un momento, como si fuera algo valiosísimo de lo que no quieres desprenderte, y luego suéltalo despacio mientras levantas la cara hacia el cielo. Y dedica un instante más de lo habitual, aunque sólo sea un instante más que cero instantes, a intentar encontrar un calificativo que precise el significado del color azul que va cobrando intensidad ahí arriba. Porque sí, está despejado pero el sol no te ciega porque es lo bastante pronto para que todavía quede detrás de las azoteas desconchadas, las antenas dobladas y los futuristas repetidores telefónicos de los edificios de alrededor. Y lo más importante, recuerda: no tienes prisa. Sigue mirando hacia arriba hasta que las cervicales te empiecen a crujir. No te asustes si ocurre enseguida; es normal. Lo que debe inquietarte es haber dejado pasar tanto tiempo sin pedirle a tu cuerpo otra cosa que teclear informes ante un ordenador o vender filtros de agua de casa en casa o lo que sea que hagas de ocho a ocho. Por eso, déjalo estar cuando se te agarrote el cuello; tampoco es cuestión de causarte una contractura que arruine tu día libre. Así que, con independencia de haber encontrado o no el adjetivo idóneo para describir la luz que cae de las alturas, es momento de dejarlo estar y pasar a otra cosa. Al fin y al cabo eso carece de importancia, no son más que palabras. Lo que de verdad cuenta es que ese resplandor, ese aire y esa temperatura exteriores te parecen, por muy vulgares que seguramente sean en términos objetivos, los de un día especial. Por ejemplo como los que envuelven el momento en que se ve por primera vez el mar. O mejor como la atmósfera del momento en que se enseña por primera vez el mar a un niño pequeño rebozado de protector solar, que se asusta y se alegra al mismo tiempo y que llora y ríe poniendo caras casi idénticas y que chapotea frenético cada vez que una ola tan minúscula como incomprensible le alcanza las rodillas obligándole a replantearse su mundo entero. Por qué ha pasado su corta vida a remojo en una bañera de plástico, qué otras maravillas le regalarán sus padres si algún día vuelven a encontrar tiempo para meterlo en el asiento trasero del coche y conducir hasta un poco más allá del centro comercial. Ésa es la perspectiva que no debes perder: que hoy es uno de esos días distintos para bien. Por predisposición, por necesidad, por puro placer. Por seguir el consejo del agente Cooper y hacerte un regalo a ti mismo. Por qué no, en definitiva. Y una vez aceptada la validez de esa premisa inicial fíjala en la mente y protégela con uñas y dientes de los múltiples ataques a los que se verá sometida de manera constante y desde ya. Desconfía de las trivialidades cotidianas. No olvides que en más de una ocasión sentirte bien te ha provocado un devastador efecto secundario: la relajación de tus defensas contra los incidentes en apariencia anodinos que siembran las horas y que, como demuestran muchos estudios y experimentos llevados a cabo en las principales potencias mundiales, tienen un poder de destrucción tan violento e irreparable como el de la mina anti-persona más sofisticada. Por ello es vital que no bajes la guardia si en tu afán de limpiar tu mundo, por poner un ejemplo, te tomas la molestia de acercarte a la oficina bancaria de la esquina y hacer cola para pedirle a quien se encuentre detrás de la ventanilla que por favor proceda a darte de baja del sórdido servicio (cuya contratación ni siquiera recuerdas haber ordenado) por el que ayer recibiste un sms firmado por el Presidente del Banco de Santander felicitándote cordialmente el cumpleaños. No pierdas los nervios en caso de que, casi con total seguridad, el empleado de turno intente convencerte desde detrás de su cristal y su cara llena de dientes blancos de que sigas suscrito a tan emotiva y bienintencionada prestación. Muy al contrario, mientras leas el manojo de impresos rosas, verdes y amarillos cuyo cumplimiento te exigirán para proceder a la tramitación de tan sencilla anulación, debes pensar, repitiéndotelo mentalmente a modo de mantra si lo consideras conveniente, que al otro lado de la cristalera la luz, el aire y la temperatura siguen siendo los de un día especial. Un día lleno de oportunidades que cazar al vuelo, un día digno de ser estrujado hasta el último segundo. Certeza real o ficticia que, si te concentras y lo haces bien, mantendrás a salvo de las dudas y los miedos inherentes al ser humano en general o a algunos seres humanos en particular pese a que los spaghetti se te vuelvan a quemar en el fondo del cazo. Pese a que al mear tomes conciencia de que la taza del váter hace tiempo que olvidó su blancura para volverse del color del sarro de los viejos. Pese a que el único correo electrónico que llegue a tu bandeja de entrada sea uno de infojobs solicitando interesados en atender el teléfono a media jornada en una línea especializada en predecir el futuro. Y si mientras masticas pasta ennegrecida, o te sacudes las últimas gotas, o pulsas otra vez la pestaña del correo por si acaso, si mientras haces ésas u otras cosas intuyes que no, que la energía con la que despertaste empieza a escaparse hacia el mismo lugar imposible del que vino, deja lo que tengas entre manos y sal de donde estés. Ten claro que lo peor que puedes hacer si empiezas a flaquear es permanecer solo. Si te quedas ahí acabarás tumbado en la cama escuchando las canciones que siempre escuchas cuando notas que te estás viniendo abajo. Ésas que jamás han logrado mantenerte a flote. Las que siguen sonando cuando el hambre o las náuseas se vuelven imposibles de ignorar y te levantas de la cama con cuidado de no volcar el cenicero o las latas medio vacías. De eso nada. Sal a la calle, reclínate sobre el capó soleado de algún coche y recárgate un poco de energía aunque sólo sea para corroborar que no has perdido la capacidad de sudar. Y entra en el primer negocio que encuentres abierto. Cómprate cualquier cosa. Unas zapatillas, medio kilo de patatas. Lo que sea. Dale las gracias efusivamente al dependiente, incluso intenta abrazarlo de repente, como si jamás en tu vida te hubieran atendido tan bien. Y si ni por ésas te sonríe excúsale pensando que quizá su hija de doce años esté acariciándose la escasa pelusa que le queda en el cráneo mientras adelgaza y adelgaza y se muere de cáncer entre las sábanas ásperas de la cama de un hospital. Da igual si es verdad o mentira. Lo único importante es que consigas convencerte de que es verdad. Eso te hará sentir levemente más afortunado, más vivo. Te dará el impulso suficiente para decidir que al fin ha llegado el día en que eres capaz de llamarla y quedar con ella. Al fin y al cabo, no te engañes, es bastante probable que esto que te pasa tenga que ver con ella. Y no puedes seguir posponiendo el momento. Afróntalo de una vez. Quiere que haya normalidad entre vosotros. Quiere que os llevéis bien. Que haya buen rollo. Quiere poder decir “voy a tomarme un café con un amigo” cuando quede contigo, un par de veces al año. Y en el fondo sabes que es muy normal que desee esa paz anodina y aburrida. Sí, es normal y hasta es bueno, y lo sabes tan bien que te sientes bastante sucio por no haber correspondido a sus deseos durante todo este tiempo. Por eso concentra en un par de movimientos todo lo que de positivo queda dentro de ti: saca el móvil del bolsillo y marca su número. Aleja el auricular de tu oreja unos centímetros; evita escuchar nada más que las palabras que te dirija. Nada de exponerse a percibir sonidos desconcertantes detrás de su voz: risas, música, el tono grave de un tipo, el ruido de alguien que friega tazas de café en la cocina. No, eso está de más. Cíñete a mantener con ella una conversación rápida y bastante sencilla. Pregúntale cómo está y corta su respuesta cuando empiece a dar demasiados detalles. Proponle ir a dar una vuelta. No dudes sobre la conveniencia de seguir adelante con tu último y definitivo ritual purificador del día cuando ella sugiera que os veáis en la heladería de siempre. Si asocias la dulzura de un helado al recuerdo de una vez hace años en que ella te dijo que no eras más que un crío y que siempre lo serías, haz lo posible por obviarlo. Y haz lo mismo con el recuerdo de otra vez y otra y otras en que te dijo lo mismo. Ve hasta donde dejaste el coche anoche, deja la bolsa en el asiento del copiloto, arranca y pon rumbo a esa heladería de barrio. Cuando estés por las inmediaciones acuérdate de poner la radio. Algo de música de ésa que sabes que le gusta, por si acaso ella te ve pasar. No te preguntes si sus gustos musicales habrán cambiado tanto como sus gustos en materia de estética masculina; sobre eso no tienes la información suficiente para responder. No te vengas abajo si tardas en encontrar sitio para aparcar. Es probable que en esa recta final te tiente la posibilidad de pisar el acelerador y alejarte de allí quemando ruedas y cagándote en la puta. No lo hagas; mañana te arrepentirías. Además, quién sabe: imagina por un momento que te recibe de un modo muy diferente al que te temes. Imagina que te dice que te quiere un montón y que no puede vivir sin ti. Sin riesgo no hay gloria: tienes que aparcar ahí mismo, en doble fila, y cruzar el parque que te separa de la terraza donde ya crees vislumbrar su pelo rojo y sus gafas de sol. Procura acercarte a ella caminando con aire despreocupado. Vale, ahora que te ha visto y te saluda con la mano y te sonríe te resulta más difícil andar con naturalidad. Tienes la impresión de que tus piernas han decidido desacompasar sus movimientos, como si cada una precisara una orden individualizada para seguir en marcha. No te preocupes: simplemente estás nervioso. Relájate. Tu paso es normal y tu aspecto también. Eres una persona normal haciendo algo tan normal como reunirse después de mucho tiempo con la persona a la que quiere pero que ya no le quiere; tampoco es para tanto. ¿Ves? Ya has llegado. Sécate con disimulo las manos en el pantalón, sonríe sin que te tiemblen las comisuras y salúdala con un Hola, qué tal estás. Dale un beso en la mejilla. Cuidado con la inercia: nada de dos. Sólo un beso. Que se dé cuenta de que no eres uno de sus nuevos amigos ni su actual suegro. Que sea consciente de que sigue habiendo cierta especialidad en vuestro trato y que al menos quieres conservar ese pequeño éxito. Después empieza a hablar. Así, muy bien, qué quieres tomar, cómo va el trabajo, si ya se ha sacado el carnet de conducir. Y mientras te contesta quita los puñeteros codos de la mesa y échate hacia atrás en la silla para que vea que no tienes ninguna necesidad de estar lo más cerca posible de ella. Saborea tu helado de chocolate y plantéate fugazmente cómo es posible querer a alguien cuyo sabor favorito es la avellana. No te olvides de preguntarle por su perro y frunce el ceño en señal de preocupación cuando te informe solemnemente de que al pobre le tuvieron que operar de apendicitis hace un par de meses. Y a partir de ahí pónselo fácil y sé tú el que saque el tema en cuestión. Dile que sientes haberte comportado como un imbécil y que te encantaría mantener una relación sana y amistosa con ella. Puede que al pronunciar esas palabras algo se te rompa por dentro. Puede, incluso, que te sorprenda lo fácil que ha sido. Hasta es posible que te alegres de verdad al percibir la felicidad que le genera tu nuevo talante. Además, ya habrá tiempo para nuevas estrategias. De momento no la cagues y correspóndele con sinceridad muscular cuando ella premie tu buena actitud con un abrazo, y cómete la cucharada de avellana helada que te ofrezca evitando pensar en la lengua de un caballo que agacha el morro ante un simple azucarillo. Disfruta del momento, incluso. Por fin un poco de paz y armonía, tan verdaderas o falsas como las de cualquiera. Sí, disfrútalas. Y sobre todo no dejes de hacerlo si da el caso de que ella te diga que ayer el nuevo le pidió que se fuera a vivir con él. Puede que sea un poco difícil, pero que no se te borre de la cara esa expresión tranquila que hacía tanto que tus facciones no conseguían reflejar. Concéntrate. Ahora sí: actúa. Sobreactúa. Ni pestañees cuando recrees con todo lujo de detalles la cajita de terciopelo azul Tahití con ribetes de hilo dorado trazando una constelación de estrellas en que ella te diga que el tipo le ofreció una copia de las llaves de su casa. No parpadees cuando te diga que le hace mucha ilusión. No, haz todo lo que creas necesario pero no tires por la borda todo este esfuerzo. Intenta contagiarte de la milésima parte de la alegría que irradian esos niños que juegan al fútbol ahí en el parque. Contempla la despreocupación con que esos gorriones del tendido eléctrico rotan sus cabezas trescientos sesenta grados como si todo cuanto les rodea fuera precioso y digno de su ávida atención. Y si eso no basta sumérgete dentro de ti y saca fuerzas de órganos vitales cuya existencia ni siquiera conocías. Desciende hasta tu mismísimo nivel celular y exprime un buen puñado de ellas hasta notar en las manos la humedad de una sustancia brillante que bajo ningún concepto debes confundir con tu asqueroso sudor aunque no sea más que eso. Y esta vez, al menos esta vez, deséale que todo le vaya muy bien, que sea muy feliz o algo por el estilo para dar cumplimiento al happy end que mandan los cánones. Luego, de vuelta en tu coche y tras retirar el boletín de una multa del parabrisas, ya tendrás tiempo para otras reacciones. Lanzar una a una el medio kilo de patatas contra los transeúntes o regalarle tus zapatillas a un paralítico. Cosas así.

07
oct
09

Sexo duro

Vino un amigo a casa y se sentó en el sofá. Durante un rato se dedicó a mirar la tele cambiando de canal una y otra y otra vez. Supuse que eso iba a ser todo, como siempre, hasta que se cansara de nadanadanada y decidiera dejarme solo de nuevo. Supuse que eso iba a ser todo: intercambiar esas frases que ya hemos pronunciado mil veces mientras vemos la basura que sale por la tele. Así que le ofrecí la cerveza de costumbre. Yo tenía el estómago hecho una mierda y no le acompañé. Me dediqué a observar con una sobriedad descorazonadora cómo un chef japonés inmensamente gordo intentaba vendernos un supercuchillo de cocina. Al principió lo aborrecí y lo odié a muerte y deseé en silencio que se cortara las venas de repente y que mi día adquiriera así un nuevo color. Pero como casi todos somos horribles al poco tiempo empezó a hipnotizarme la habilidad de sus dedos rechonchos para rebanar en finísimas tajadas desde kiwis hasta tornillos. Y ya me planteaba hasta qué punto mi vida sería más plena si me hiciera con uno de esos cuchillos cuando mi amigo dijo que ese miércoles tendríamos una cita. Con su amiga no sé quién, creo que en ningún momento llegué a memorizar su nombre, y una amiga de Noséquién. Vale, le respondí. Ya te llamaré para darte los detalles, dijo él. Apuró su cerveza y cogió cuatro más “para el camino”. En realidad su camino no era tan largo, tres manzanas calle arriba, pero al fin y al cabo me había ofrecido un plan; no me pareció demasiado mal que a cambio asaltara mi nevera.
El teléfono sonó la tarde del miércoles siguiente. Mi amigo me dijo que esa noche iríamos al cine los cuatro. Bueno, era el día del espectador, de modo que si la cosa no salía bien no tendría que lamentar haber malgastado demasiado dinero. Me resultó decepcionante que esa reflexión fuera la primera que me pasara por la cabeza porque nunca he sido tacaño, más bien al contrario. Pero cuando no hay pasta, no hay pasta, y asumí como natural que también mi vertiente miserable saliera a la luz. Otras llevaban ya un tiempo haciéndolo. La incompetente, la carente de autoestima, la frustrada y algunas más por el estilo. Y cuando justo antes de despedirse y colgar mi amigo añadió Por cierto, la tuya tiene cuarenta y dos años tampoco me sorprendió que mi yo cómodo y facilón y sin escrúpulos se abriera camino hasta la superficie. No sé, quise pensar, hay mujeres de 42 (el dato era una cifra muy clara en mi cerebro, un dígito, un número relativamente alto pero que al mismo tiempo significaba un peldaño más en la cuesta abajo del deterioro físico) que aún están buenas. Además, ese día no había Champions ni tenía nada nuevo que leer y la nevera estaba bajo mínimos. No tenía nada mejor que hacer que probar suerte una vez más.
Como suele pasarme llegué antes de la hora convenida. Supongo que soy un ansioso o que me aburro bastante o que simplemente quiero que las decepciones pasen cuanto antes. El caso es que me aposté a la entrada del multicine y los vi aparecer a los tres al otro extremo de la calle. A unos cien metros. Tiempo y distancia más que suficientes para experimentar mil impresiones diferentes acerca de las mujeres que acompañaban a mi amigo. Ninguna de ellas parecía estar muy bien. Pero tampoco muy mal. Una tenía un largo pelo moreno. La otra era claramente rubia de bote a pesar de mi miopía. Deseé que no me tocara la barbie y giré la cabeza en dirección opuesta a ellos para hacerme un poco el interesante, despreocupado, superguay. Tuve suerte. Cuando llegaron frente a mí mi amigo nos presentó de tal modo que quedó claro cómo había planificado el reparto del pastel. Me habría dado igual que fuera exactamente al revés. Ambas eran dos cuarentonas, ni guapas ni feas. Simplemente dos cuarentonas que intentaban disimularlo vistiéndose con ropa pensada para mujeres mucho más jóvenes y con la agenda vacía de planes siquiera un poco más interesantes que el que suponíamos mi amigo y yo. Así que, ya digo, me habría dado igual, pero la morena era mi cita, pseudocita, pasatiempo o como se le quisiera llamar al asunto. Y yo era el suyo. Se llamaba Sara y la otra, pues eso, Noséquién.
Sacamos entradas para una película igual de mala que las que se proyectaban en el resto de salas. Y sin esforzarnos demasiado por fingir espontaneidad nos sentamos por parejas y hablamos por parejas de los mismos lugares comunes de siempre. Supongo que es hasta normal, que es lo que hay que hacer en tales circunstancias, pero me sentí ridículo. Como de adolescente, cuando todos los amigos íbamos al cine y siempre intentabas caer al lado de la chica más guapa del grupo como el que no quiere la cosa. Lo consiguieras o no, te invadía una cierta vergüenza. El hecho de percibir que tu treta se había notado demasiado. Pues ahora, quince años después, volvía a tener esa incómoda sensación. Y un ridículo más lento pero mucho más denso y difícil de digerir que el de la juventud me enrojecía y me hacía revolverme en la butaca y plantearme lo mal que debía de ir mi vida para aceptar participar en estúpidas citas a ciegas. No tenía ninguna necesidad de estar allí, hablándole por obligación a una extraña de mi trabajo de mierda o de mi pisucho de alquiler y oyendo de su boca cosas por el estilo. Oliendo la moqueta rancia del cine a la espera de que las luces se apagaran y la pantalla se encendiera y todo fuera más fácil y silencioso. Mirando sin ganas de hacerlo el exceso de maquillaje de mi cita que sin embargo no lograba ocultar la mantecosa porosidad de su cutis. Mirando y escuchando a alguien cuya vida o muerte me importaba aún menos que la de cualquier persona protagonista de un suceso del periódico, como supuse que también ella concluiría sobre mí si se detuviera un momento a pensarlo. Así que quería creer que no tenía ninguna necesidad de todo aquello. Pero si había que ser igual de honesto conmigo que con el resto del mundo, lo único cierto era que, necesaria o innecesariamente, allí estaba.
Al fin empezó la película y pasamos las dos horas siguientes viendo una de esas historias de amor que sólo acaban más o menos bien en Hollywood. La obra de algún guionista loco que se empeñaba en hacerte tragar que tras cada esquina la vida desplegaba ante tu cara un gigantesco abanico de posibilidades emocionantes y enriquecedoras. Dediqué gran parte del metraje a imaginar cómo quedaríamos los cuatro contemplados en la penumbra de la sala por ojos ajenos, por los ojos de alguien que conociera lo que yo conocía de nuestras realidades, mucho sobre la mía y la de mi amigo y poco pero más que suficiente sobre la de Sara y Noséquién. Me imaginé nuestras caras. Nuestras expresiones. Una imagen patética que sólo podría suavizarse si al final de la noche acababa imponiéndose cierta lógica natural. Algo que hiciera que toda aquella pantomima cobrara algún sentido.
Por eso cuando salimos del cine estaba decidido a ir directamente al grano y ni el aire frío que soplaba ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales debilitaron mi convicción. Durante la breve conversación pre-proyección había sabido que Sara vivía muy cerca de donde estábamos y sugerí que estaría bien que nos invitara a tomar algo en su casa para hablar y conocernos todos un poco mejor. Resultó más fácil de lo que había supuesto. Mi amigo y Noséquién tenían planes por su cuenta. Mejor. Y Sara ni dio su visto bueno a mi propuesta ni todo lo contrario. Simplemente se despidió de los otros dos, me miró y echó a andar. Y yo a su lado. No hablamos demasiado durante los cinco minutos que duró nuestro trayecto. Tampoco nos tomamos nada cuando llegamos a su piso. En cuanto cerró la puerta nos enzarzamos en una especie de lucha torpe y ansiosa hasta caer sobre su cama. Y luego todo fue sexo duro. Por la prisa desganada, por la sensación de trámite, por la laxitud de nuestros cuerpos decadentes. Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.
Supongo que por eso a la mañana siguiente me encontraba profundamente frustrado mientras me vestía. No necesitaba acercarme a la ventana para saber que era la luz de un día igual que todos los anteriores lo que entraba por ella. Lo que hice fue ir al cuarto de baño. Sin querer, lo juro, me vi en el espejo. Tampoco allí encontré nada nuevo. Pero ni por ésas, ni porque ella fuera una década más vieja que yo, ni por intuir que fingía seguir durmiendo, ni por la seguridad de que nuestras vidas nunca iban a mejorar gran cosa, me olvidé de dejarle apuntado mi teléfono en un trozo de papel higiénico.

06
ago
09

Babas

La noche había sido una de ésas de mirar durante horas el techo oscuro y a ratos aferrarse a los bordes del colchón al notar que todo da vueltas y más vueltas, al notar que lo que eres, fuiste y serás se escurre por un retrete gigantesco. Así que cuando el cielo empezó a iluminarse salí de casa sin ducharme ni peinarme pero con unos cuantos sobres tamaño folio bajo el brazo. Otro intento de escapar del remolino de mierda que me hunde en cuanto me descuido e, incluso, cuando no me descuido. Era una mañana agradable. Todavía no hacía calor y las últimas ráfagas de la brisa nocturna no eran lo bastante frías como para erizarme el vello. Había cierto equilibro en el aire, cierta paz. Supongo que la podría haber apreciado más placenteramente si no fuera por la sensación de vacío o extravío o frustración o todo eso y más cosas que me había invadido la noche anterior y que aún jugaba a retorcerme las tripas mientras caminaba por la calle. De modo que aquella mañana mi predisposición a deleitarme con las maravillas de un nuevo día de primavera era más bien nula. Mi único propósito, incómodo, angustioso y casi enfermizo, era llegar a la oficina de correos sin perderme por el camino, en cualquier esquina, con cualquier excusa, como tantas veces antes. Andaba con la cabeza gacha o bien mirando al cielo, procurando que mis ojos no enfocaran lo que habitualmente se mueve por las calles del mundo. No quería reparar en los pormenores de la gente que se cruzaba conmigo y cuya vida o muerte me importaba menos que cero. Los atascos, las excavaciones de nariz de los conductores, los niños durmiendo en sus sillitas homologadas en los asientos traseros de los coches. Los carteles publicitarios. Los escaparates desplegando sus absurdos reclamos al levantarse con un estruendo sus persianas grasientas. Los jubilados dando ya su tercera vuelta a la manzana entre los pasos apresurados de miles de personas dispuestas a ganarse el pan en sitios deprimentes. Me estremecía la posibilidad de tropezarme con esa señora que vive por aquí y que de buena mañana baja a pasear a su asqueroso cerdo vietnamita. No quería contemplar caras de felicidad por motivos incomprensibles para mí ni caras de desgracia por motivos incomprensibles para mí. No me veía capaz de sentir una vez más que no comprendía nada ni que nadie me comprendía. En fin, sabía con absoluta certeza que si me fijaba demasiado en la podredumbre cotidiana de mi alrededor sentiría con brutalidad la mía propia, desecharía la idea de enviar dos o tres relatos a sendos concursos por si sonara la flauta y acabaría metiéndome en el primer bar que encontrara. Por eso me esforzaba en seguir con la mirada las líneas de las baldosas del suelo u observaba las nubes tratando de determinar hacia qué punto cardinal se desplazaban. En eso estaba cuando oí que me llamaban. A pesar de que al instante pensé que lo mejor sería hacer oídos sordos y seguir mi camino giré la cabeza por instinto y vi a un tipo más o menos de mi edad que me saludaba con una mano mientras con la otra pulsaba el botón de cierre del mano de un coche de aspecto señorial. No supe quién era hasta que se acercó a mí exclamando saludos y haciendo aspavientos efusivos. De su nombre no me acordé en el momento en que me dio un abrazo ni me he acordado nunca después, pero es cierto que su cara me sonaba. Sin ese ultrabronceado ni ese afeitado perfecto, sin esa gomina diseñándole aerodinámicamente el pelo, sin esa corbata de seda y esos zapatos relucientes, era el chaval que durante ocho años se sentó un par de pupitres a la izquierda del mío. Podría decirse que era un amigo perdido de la infancia, pero sería mentir. En realidad era mucho menos que eso: simplemente un compañero del colegio en el que jamás había vuelto a pensar. Alguien con el que lo único que había compartido era un aula o el patio de la escuela y que luego se perdió en la nada y que, sin embargo, ahora me ponía al día de su historial de triunfos en todas las facetas de la vida. Cuando hubo acabado me preguntó Bueno, ¿y tú qué? ¿Qué haces? ¿A qué te dedicas? ¿Qué eres? Y esa cuarta pregunta fue la que me hizo sentir extraño. Me dejó sin palabras. Estaba acostumbrado a responder con evasivas más o menos decorosas a las tres primeras, pero la cuarta sonó demasiado directa, demasiado franca. Imposible de esquivar. Sonó como cuando de pequeños el niño hecho hombre con el que ahora estaba hablando u otros como él y yo imaginábamos qué seríamos de mayores. Entonces todo eran grandes proyectos, sueños deslumbrantes, planes que siempre culminaban en éxitos. Pero supuse que una respuesta tan alejada de la realidad no era lo que mi antiguo compañero de escuela esperaba de mí en ese momento. Así que, ya digo, me quedé sin palabras. No supe qué decirle. O sí, lo supe, pero al mismo tiempo entendí que contárselo sólo serviría para que después, con otra gente, hablara de mí como de un perdedor gilipollas. Así que decidí ponérselo aún más fácil y le respondí preguntándole abruptamente si podía dejarme algo de pasta a cambio de haber escuchado su aburrida mierda durante un par de minutos. Lo único que le saqué fue un cigarro y el placer intenso de ver reflejada en su cara la incómoda sensación que él acababa de causarme a mí: la de no saber qué decir. Y seguí caminando hacia correos pese a que a esas alturas ya estaba seguro de que tampoco esta vez llegaría. No obstante, seguí andando como por inercia. Como si algo en mi interior supiera que el absurdo paseo me reportaría algo de cierta utilidad. Y desvelé el sentido de mi intuición cuando, sentadas en un banco de un parque, vi a una madre y una hija cogidas de la mano, irradiando una especie de amor triste pero inquebrantable. La cría debía de tener unos diez años y sin duda sufría alguna enfermedad mental. Sus ojos medio muertos me miraron sin verme cuando pasé junto a ella. El labio inferior le colgaba bañado en una saliva que centelleaba al sol mientras se derramada en espesos hilos sobre su vestido de niña tonta. Y entonces llegó a mí, demasiado tarde, como todo en mi vida, el puto Espíritu de la Escalera. Entonces supe lo que tendría que haberle contestado a mi compañero de clase cuando me había preguntado qué era yo. Babas, debí haberle respondido. Soy las babas de los subnormales, de los ancianos, de los rabiosos que no encuentran otra manera de liberar su ira que soltar espumarajos por la boca. Soy como babas. Espeso, transparente, casi invisible, vacío, inútil. Brillante. Y siempre cayendo.

03
jul
09

Pequeños zafiros o pedazos de hielo

Esta humedad me va a matar. Es lo primero que oigo mientras viajo en el Saab de mi padre de vuelta a la urbanización, a la zona residencial, a casa. Carraspea y lo dice cuando ya hace un rato que hemos dejado atrás la estación de autobuses y los escaparates y los coches aparcados en zona azul. Sólo lo dice cuando lo que pasa al otro lado de las ventanillas ya no se puede llamar ciudad. Campos, descampados, naves industriales y otras cosas silenciosas que se extienden hacia el horizonte y que supongo le hacen oír demasiado lo que está pensando y le obligan a hablar de cualquier estupidez menos de lo que de verdad importa. Por ejemplo de que esta humedad le va a matar. Vale, es posible que al verme haya dicho Hola o haya emitido un gruñido parecido a un saludo. De hecho me ha parecido que me miraba a través del retrovisor y pronunciaba algo mientras yo metía mis cosas en el maletero. Pero lo cierto es que Esta humedad me va a matar es la primera frase de relativa complejidad que mi padre me dedica en mucho tiempo. Y yo no digo nada pero levanto la vista hacia el cielo nublado y no veo más que cielo nublado y luego la dejo caer pesadamente sobre las copas peladas de los árboles que bordean la carretera y zum-zum-zum-zumban al devolver rebotado el ruido del motor. Sus ramas están mojadas. Y la hierba y las señales de tráfico y los bancos del pequeño parque junto al que pasamos. Pero no hay gotas en el parabrisas y por un momento me pregunto si todo esto será cosa mía. Y en seguida pienso que qué más da, que el caso es que todo parece estar mojado y ser incómodo para sentarse a descansar o charlar o descansar y charlar. Todo, hasta o especialmente el asiento del copiloto/acompañante de este coche. Y es probable que la explicación sea que hoy vuelvo a casa después de seis años y tengo la impresión de que eso resulta mucho menos importante que el clima, las cotizaciones en bolsa o la nueva mesa de billar que encuentre en la sala de juegos en cuanto lleguemos.

Está empezando a oscurecer de verdad cuando nos detenemos en el puesto de control de acceso a la urbanización. Dentro ya no está el viejo de siempre. O el que para mí es el viejo de siempre. El que olía a tabaco, a alcohol y a sudor e iba mal afeitado pero resultaba agradable porque daba caramelos a los niños sin esperar nada a cambio. En vez de él, bajo el tubo fosforescente del techo de la garita hay un chaval casi imberbe que podría tener mi edad o quizá un par de años más y que tiene aspecto de no oler a nada en especial. Abre el ventanuco de la caseta y le da las buenas noches a mi padre y le sonríe de un modo que me parece sinceramente amistoso. Igual es porque tiene orejas de soplillo y en general una de esas caras feas pero que transmiten simpatía. Aunque a lo mejor, quién sabe, es un cabrón con algún interés oscuro. El infiltrado de una banda de atracadores albanokosovares o algo así. A mí me mira un segundo y me incomoda darme cuenta de que en realidad me siento incapaz de juzgarle. Sólo sé que si de ahora en adelante todo transcurre con normalidad veré a ese tipo casi todos los días. Y no me sorprende en absoluto que la barrera roja y blanca se levante y el coche arranque de nuevo sin que mi padre me presente al guardia de seguridad.

Nos adentramos en el entramado de calles de la urbanización y mi padre enciende la radio. Suena el último cd de Bruce Springsteen y es algo que no tiene nada de particular porque a mi padre siempre le ha encantado el Boss. Hubo una época en que yo también me aficioné. Por imitación, por estrechar lazos, no sé. Ráfaga de recuerdos mientras superamos badenes demasiado amarillos a la luz de los faros del coche. Debía de tener unos trece o catorce años. Menos de quince, eso seguro. Lo escuchábamos en el coche de camino al club náutico o a la clínica dental o a la fiesta en la casa de verano de algún amigo, vecino, conocido o colega. A veces incluso cantábamos discretamente los estribillos más reconocibles. En una ocasión mi padre me preguntó cuál era la canción que más me gustaba de todas las de Bruce. Por un momento me dio la impresión de que le interesaba realmente saberlo. No recuerdo con exactitud dónde íbamos pero sí que estábamos sentados en este mismo coche, en estos mismos asientos abatibles de diseño ergonómico, a un metro y poco de distancia el uno del otro, igual que ahora. Pero, en realidad, mucho más cerca que ahora. Porque también recuerdo que cuando me hizo esa pregunta sentí que nos aproximábamos el uno el otro. No físicamente, por supuesto. Lo que quiero decir es que noté que con un poco de suerte mi padre y yo podríamos llevarnos más o menos bien algún día. Fue un buen momento, aquél. Tengo la visión del perfil de mi padre recortado contra el trozo de cielo muy azul enmarcado en su ventanilla y el aire era tan agradable que por una vez no había conectado el climatizador. No sé qué le contesté ni si el me dijo la suya pero supongo que no importa gran cosa. Lo que cuenta es que aún pienso en aquel día como un día apacible, como uno de esos días en que sientes que quizá no estés en el sitio ideal ni con la gente perfecta pero al fin y al cabo tampoco estás tan mal. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Y probablemente nunca vuelva a tenerla, pienso oyendo a Springsteen preguntarme si alguna vez he visto a un espantapájaros relleno de polvo y arena. Se me encoge el estómago y valiéndome de la vista intento dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra parte. Pero afuera sólo hay enormes jardines negros y porches tenuemente iluminados y la tristeza es tan tangible que parece caer del cielo y arrastrarse por el pavimento. Así que me pongo a la defensiva conmigo mismo y me digo que la gilipollez de Bruce era uno de nuestros sucedáneos de comunicación, eso es todo. Mío y de mi padre, quiero decir, aunque en ocasiones también tenían cabida en él mi madre y mi hermano pequeño. Al fin y al cabo Springsteen es bueno, así que cualquiera puede utilizar su música para suplir carencias o llenar vacíos. Es lo que concluyo al tiempo que noto crecer a mi espalda, en los asientos traseros cuyo tapizado aún huele a nuevo, mis seis años de ausencia en viajes al extranjero, trayectos interurbanos e inclusos cortos y potencialmente peligrosos desplazamientos al centro comercial o al McDonald’s. E intento convencerme de que no había nada especial ni bonito en que nosotros también tuviéramos nuestros propios códigos para decir todas esas cosas que da vergüenza decir. Intento convencerme, en definitiva, de que no hay nada especial ni bonito en nada. Y apoyo la cabeza en el reposacabezas y me pongo a divagar un poco mientras mi padre conduce y yo intento controlar el ritmo de mi respiración sin que se me note demasiado el esfuerzo que ello me supone y ambos subimos y bajamos callados como muertos por las laderas de las colinas artificiales que hacen que este sitio se llame ridiculamente Beautiful Hills. Divago y me planteo cuántas personas en el mundo se encontrarán ahora mismo en el interior de un coche intentando encontrar cierto consuelo, fuerza, valor, ánimo, comprensión, esperanza, redención en la música de un artista endiosado al que jamás conocerán. Y me respondo que muchas, muchísimas, y cierro fuerte los ojos y quiero creer que empiezo a tranquilizarme un poco.

Llegamos al final de la amplia avenida de acceso a la urbanización y en la bifurcación mi padre toma el camino más largo para dirigirse a casa. No coge el que lleva directo a la zona de las villas más altas, donde se encuentra la nuestra, sino el que recorre las faldas de las colinas y luego, ya casi en la valla, gira y sube convertido en una pista de tierra llena de baches que sólo usa la patrulla de seguridad un par de veces cada noche para controlar que nadie intenta traspasar el perímetro. Sé que lo hace para no pasar por delante de la casa de mi amigo Jota. O del que fue mi amigo Jota. Mi familia le culpa a él y seguro que la suya a mí, no hace falta ser muy listo para suponerlo. Así que tomamos el camino más largo, absurdo y cobarde, pero no protesto. Porque me asusta la posibilidad de pasar ante su casa y que él esté recogiendo el correo del buzón o lanzándole una pelota a su perro o cualquiera de esas cosas que se hacen en sitios como éste y me vea y ni siquiera me dedique un gesto con la cabeza. Me da miedo que ya no seamos amigos después de toda esta gran mierda. Así que no protesto. Y cuando por fin salimos de la pista de tierra y el coche empieza a deslizarse suavemente por el asfalto que me conducirá a casa miro por el retrovisor y veo empequeñecer nubes de polvo de formas terribles y muy rojas al resplandor de las luces traseras. Y no puedo dejar de preguntarme si el infierno me perseguirá siempre o si algún día se cansará de mí.

Empezó hace algo más de seis años. Quizá pueda verse en Youtube. Empieza con Jota y conmigo un viernes por la noche en un cajero automático, dispuestos a llenarnos los bolsillos con el dinero de nuestros padres y pillar una de nuestras primeras borracheras sin sospechar que iba a ser la última en mucho tiempo. En la grabación de la cámara de seguridad se nos ve fumar torpemente y pasarnos entre risas sin audio una botella de Licor 43. En blanco y negro. También se ve un bulto al fondo. Un montón de mantas y trapos aplastado contra un rincón. Un vagabundo durmiendo o intentando dormir de espaldas al mundo. Huele a orines y a infección y a borracho, aunque eso no lo capta la cámara. Igual que tampoco capta que en cierto momento el tipo murmura que le demos un par de cigarros, por favor. Entonces yo desaparezco de la imagen y le dejo cuatro en un casillero de ésos que en horario de atención al público se utilizan para depositar las cosas metálicas cuando el arco detector se pone a pitar. Y tampoco se ve que me acabo el cigarrillo que estoy fumando pero como soy maravillosamente joven y quiero sentirme malo o algo por el estilo me llevo otro a los labios y le digo a Jota que me pase el mechero. Eso sí se ve en el vídeo: el Zippo Selection del padre de Jota centelleando en blanco saturado mientras cruza volando la pantalla. Y lo siguiente digno de mención que aparece en la grabación soy yo con mi nuevo cigarro ya encendido, jugueteando con el mechero y mirando a la cámara de frente y luego intentando verme de perfil como casi todo el mundo hace en esa situación. Jota se ríe y me dice que estoy gilipollas. Y probablemente tenga razón, porque sin ningún motivo me acerco al indigente y le digo Eh, tienes el tabaco en ese casillero pero el tipo no contesta y lo que también queda fuera de campo aunque esté ocurriendo justo en el centro de la imagen es que entonces me planteo darle un pequeño golpe con el pie para que reaccione pero al instante pienso que darle una patada a un pobre hombre es un gesto objetivamente despreciable así que, igualmente sin ningún motivo, me veo acuclillado junto a sus pies descalzos haciendo rodar la piedra del encendedor. Una estupidez. Algo absurdo que novecientas noventa y nueve de cada mil veces se habría quedado en nada.

Pero supongo que así ocurren las cosas en ocasiones, casi siempre: sin motivo, sin sentido. Las cosas buenas y las cosas malas. Puedes convertirte en un héroe si eres el primero en pasar por el lugar de un accidente de tráfico y tienes mínimos conocimientos sobre primeros auxilios. O tu amigo y tú podéis convertiros en los peores monstruos del país si por la tele emiten un vídeo en que se ve cómo él te lanza un mechero caro, tú te agachas junto a un montón de harapos y un segundo después un mendigo está rodando por el suelo envuelto en llamas, llenando el aire del cajero de humo rojo que en la grabación parece simplemente gris. Y da igual que no tuvierais la menor intención de quemar a un hombre a lo bonzo. Da igual que no tuvierais ni puta idea de que un rato antes el tipo había estado mendigando con calcetines pero sin zapatos por la gasolinera de al lado. Da igual que estuvierais borrachos. Lo que cuenta es que sois dos chavales de familia bien muy muy bien, con todo a vuestra disposición para ser felices y hacer felices a los demás o como mímimo estar estúpidamente agradecidos al mundo, y en cambio habéis carbonizado a un homeless en vuestro tiempo de ocio. Por pura diversión, dirán. Por no tener ningún respeto hacia el ser humano. Por fascismo, por xenofobia y por muchos otros motivos que suenan tan mal si no se comentan en privado. Cosas así dijeron durante semanas en los medios de comunicación y cosas así dirán mañana cuando se publique la noticia de que me han puesto en libertad. Las asociaciones pro derechos humanos pondrán el grito en el cielo y acapararán un poco de telediario. Y en ningún momento se plantearán que a lo mejor no saben una mierda de lo que están hablando. Pero no me importa.

Lo que de verdad me tiene acojonado es que ya entramos en el sendero de grava que recorre nuestra parcela desde la entrada hasta el garaje con capacidad para tres utilitarios y donde también hay un quad de aspecto flamante que supongo le han comprado a mi hermano como parte de su terapia psicológica para sobrellevar lo mejor posible el apestoso asunto de su hermano mayor. Alguna que otra vez he imaginado este momento desde el centro de menores. Casi siempre por la noche, cuando uno se permite más licencias para la nostalgia y la pena. Cómo sería mi regreso. Si mi familia estaría esperándome en el porche y correrían a abrazarme gritando de alegría. Pero mi padre y yo salimos del garaje y la gravilla hace scratch scratch machacada por nuestros pasos y eso es lo único que se oye y se ve alrededor. Entonces, mientras abre la puerta principal de la casa, mi padre me dice Sé… amable con tu madre; ya lo ha pasado bastante mal. Y me siento como si hubiera dicho Sé bueno con tu madre; procura no joderle/jodernos la vida más. Me siento como un problema, como una vergüenza para la gente a quien quiero. Y supongo que es normal que así sea.

Una vez dentro la primera persona a la que veo es la sirvienta, la chica. Me dice Buenas tardes, señor, mi nombre es Luci y se ofrece a subir mi equipaje a la habitación. Tanto por su aspecto como por su forma de hablar llego a la conclusión de que es peruana. Aunque luego pienso que también podría ser filipina. Y durante unos momentos siento la imperiosa necesidad de resolver esa duda. Quiero saber con quién hablo. Quiero saber dónde estoy. Quiero ir recuperando el control. Estoy a punto de preguntárselo cuando se abre la puerta corredera del salón y aparece mi madre. Luce un bronceado de solárium y parece bien de salud. Pero a medida que se me acerca reparo en sus ojos, rojos y vidriosos, y en las bolsas oscuras que cuelgan debajo de ellos, demasiado evidentes a pesar del excesivo maquillaje. Y cuando me abraza y me dice que me quiere y que no sé cuánto me ha echado de menos y que estoy pálido y flaco la noto temblar de pies a cabeza y tengo muy claro que no se debe a la emoción del momento sino a causas mucho más desagradables. Sé que no voy a tener que recurrir a la reserva de recetas que el psiquiatra del centro ha tenido a bien extenderme. Sé que cada vez que lo necesite podré acudir al botiquín de esta casa y coger una pastilla de Dumirox, Dobupal o Cipramil. Pero sobre todo tengo claro que cuando le contesto que yo también la he echado de menos estoy diciendo la verdad. Y eso me hace sentir raro. Mucho más raro que cuando mi hermano pequeño sale de algún sitio y me da un frío y blando apretón de manos en el que se percibe desdén y cierto odio. Rencor, al menos. Y supongo que es normal que así sea.

Suena el teléfono. Es probable que el motivo de la llamada sea yo. Quizá mi abuela quiera felicitarme por mi libertad. Es curioso, pienso: felicitarme por mi libertad… uno nunca se plantea que alguna vez vaya a recibir tal enhorabuena. En cualquier caso, aprovecho la distracción de la llamada para alejarme de ese pequeño centro de cariño y dolor en que por mi culpa se ha convertido mi familia y subir a mi cuarto. Está tal y como lo dejé, lo cual resulta bastante triste porque entonces era un crío de quince años y ahora soy un ex convicto. Pero lo peor es que huele demasiado a cristasol y a spray multiusos. Multiusos amoniacal, igual que el que hasta ayer me suministraba el centro para limpiar mi celda. Ellos la llamaban habitación. Pero era una celda. Esto que veo ahora sí es una habitación. Pero huele como una celda. Como mi celda. Y al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella me pregunto si algún día dejaré de sentirme un preso. El póster de Cobain no me va a contestar. Ni los cd’s que ya no me gustan. Ni los libros de cuando era niño. Así que me acerco a la ventana y miro directamente a la noche oscurísima sin estrellas y a las colinas y al valle atravesado por una carretera, y la sigo con la vista hasta donde ya no puedo distinguirla y todavía más allá y quiero creer que conduce a un sitio tranquilo. Y luego vuelvo a mi entorno inmediato, al sitio en el que tendré que intentar volver a vivir, a las grotescas Beautiful Hills. Vuelvo a esta noche de zona residencial, tan aparentemente fácil y cómoda. Tejados de pizarra más negros que el cielo, el resplandor de alguna barbacoa nocturna y piscinas decoradas con luces subacuáticas. Parecen pequeños zafiros o pedazos de hielo flotando en medio de la nada. Brillando. Me asombra ser capaz de establecer ese símil. Y también me reconforta un poco.

Mi madre llama a la puerta. Me pregunta si me encuentro bien. Le digo que sí y ella me dice Tranquilo, baja a cenar cuando quieras, no hay prisa. Pero no se va; noto su presencia al otro lado de la madera. Quizá quiera estar lo más cerca posible de mí, me digo. Y tengo la tentación de abrir la puerta y volver a abrazarla. Pero no lo hago. Simplemente sigo mirando por la ventana y entonces oigo que mi madre empieza a sollozar en el pasillo, muy bajito. Eso también me reconforta. Me gusta que llore. No he oído llorar a mi madre en seis años, no la he oído llorar por mí. Si yo me permitiera una lágrima no pararía hasta morirme. Así que me gusta que lo haga ella. Que llore por mí de una puta vez. Por tener veintiún años, el coche que me dé la gana y no saber conducir. Por tener veintiún años y como única experiencia sexual un intento de violación en el centro por parte de un joven psicópata. Por tener veintiún años y no poder alejar de mis fosas nasales aquel olor a carne humana quemada. A pesar de lo bien que la chica ha limpiado mi celda.

24
abr
09

Pobre gente

Era mi primer día en el paro y me vi sin saber muy bien qué hacer con todas esas horas de libertad. Tantos años de lo mismo, horarios, oficinas y almacenes, para qué negarlo, habían conseguido alienarme. Estaba alejado del mundo. Hasta de la vida, qué coño. Se puede decir que era uno de esos tipos que no saben vivir sin que alguien les dé una orden y les felicite o reprenda por lo bien o lo mal que la cumplen. Estaba en la fila, en el turno, en la pura cadena. Supongo que era un imbécil. Sé que era un imbécil. De hecho, ya por entonces era perfectamente consciente de hasta qué punto me había convertido en un puto sirviente plácido y agradecido, pero no me importaba. Valoraba sobremanera el hecho de firmar mi nómina a fin de mes y me deleitaba comprobar por internet que mi cuenta corriente había crecido unos cuantos euros. La tranquilidad que eso me daba tenía un valor incalculable. Los números crecientes, las cosas que podía comprarme en el centro comercial. Me gustaba ponerme la corbata ante el espejo del recibidor por las mañanas las temporadas en que trabajaba de oficinista. Hasta me gustaba limpiarme los zapatos, joder. Y cuando la ETT me ofrecía un trabajo de peón disfrutaba enfundándome el mono, los guantes o las botas con supersuela de supergoma. Las noches de fiesta me gustaba rociarme de perfumes caros y hablar con mis amigos de los altavoces que pensaba instalar en mi coche. Pero de pronto llegó mi primer día en el paro. Y, claro, mi organismo estaba acostumbrado a madrugar. Así que no eran ni las ocho y ya estaba dando vueltas por la habitación. Todavía en pijama hice la cama, vacié y lavé el cenicero y quité el polvo acumulado en los rodapiés. Todo ello con la sensación de estar perdiendo el tiempo en cosas tan irrelevantes. Con la sensación de estar haciendo el gilipollas. Mientras barría y fregaba pensé lo que estarían haciendo entonces las gentes de bien. Los que seguían en la rueda. Y empecé a sentirme mal. Poco a poco, cada vez peor. Como un si un tumor de los que tardan media vida en comerte el cerebro se estuviera atracando del mío con prisa. Con ansia. Igual que un niño gordo ante su tarta de cumpleaños. Antes de darme cuenta estaba empapado en sudor. Me metí en la ducha. Me vino bien. Supongo que dejé de transpirar. Y, como siempre, el agua caliente me adormiló un poco ahí de pie en pelotas bajo la alcachofa. Agité la cabeza de un lado a otro para despejarme. Todo el cuerpo, en realidad, como hacen los perros mojados. Pero entonces me dije que no había razón para mantenerse despierto. No me esperaban en el trabajo. No me esperaban en ningún sitio. Tal sentencia me entristeció al principio. La sensación de frustración, de pura inutilidad se expandió en mi cuerpo hasta aplastarme los pulmones contra las costillas. No podía respirar y por un momento me imaginé desmayándome, desplomándome como un saco de algo muerto o medio muerto y desnucándome silenciosa y discretamente contra la repisa del champú H&S y el gel Nivea. Fue la última vez que sentí pena de mí mismo. Porque de algún modo conseguí expandir mis bronquios y aferrarme a los azulejos, a las líneas que los separan o hasta a la mismísima pintura esmaltada que los decoraba con ridículas florecitas. Y me mantuve en pie. Y al poco empecé a encontrarme mejor. No sé, mi cerebro encontró una vía por la que escapar del miedo. Pensé, en un instante de luz pura, que podía disfrutar de la ducha y el vapor y el burbujeante rumor de la catarata de agua sin estar pendiente del reloj. Lo pensé y, como por un milagro, no cambié de opinión al segundo siguiente. No se impuso ninguna suerte de sentido común, de lógica, de responsabilidad. Ninguna de esas convenciones de mierda adquiridas o innatas se puso a graznar en mi cabeza. Por fin. No escuché la plegaria por mi futuro de mi decente madre, ni el consejo condescendiente de mi amigo triunfador y respetable, ni la queja camuflada de mi novia. Por fin. Sólo hubo silencio, un gran vacío dentro de mí. Pero no ese vacío arrasado y caótico que queda después de un terremoto o un saqueo, cuando la gente lo ha perdido todo. No ése que te hace acertar cuando presagias la inminente exclamación de lamentos y alaridos de pena y terror. Éste era un silencio nuevo, como el que zumba en tus oídos cuando entras en una luminosa casa nueva que decorarás a tu gusto y en la que sabes que podrás hacer lo que te dé la gana con tu vida. Era un silencio perfecto, como una puta sinfonía de ideas tranquilas y sin interferencias. Así que me dejé llevar por el sopor bajo la maravillosa ducha-placenta y a juzgar por cómo recuperé la consciencia creo que soñé con hermosas y atentas mujeres. Encontré que mi cuerpo estaba alegre de cintura para abajo. Y la mente relajada mientras me secaba y me vestía. Me sentía laxo, suelto. Ligero. Nuevo. Me asombraba cada uno de mis movimientos. Quiero decir que el simple acto de subir una cremallera o atarme los zapatos era un descubrimiento sublime. Era ver moverse por primera vez las manos de tu hijo. Sus pies. ¡Y eran los míos! Intenté potenciar mi creciente bienestar fumándome un cigarro en el balcón. Y lo conseguí. El sol alumbraba tibio y el ruido que ascendía desde la calle era como un arrullo. Dos hombres de diferente raza descargaban el camión parado frente al supermercado de abajo. Chorreaban el mismo sudor espeso ya de buena mañana. De sus frentes manaba el mismo vapor metálico, salado. Las regaba la misma sangre del Gran y Único Pobre Hombre Moderno al que hay que respetar porque ya tiene bastante con lo que tiene. Al que hay que respetar porque si no fuera por él las estanterías de tu carnicería, de tu pescadería, de tu boutique de moda, de tu puta vida entera estarían vacías y tu tragedia diaria, ésa a la que ni ayer ni hoy ni mañana prestas la menor atención, de pronto se haría totalmente insoportable. Eso fue lo que pensé acodado en mi barandilla. Creo, de hecho, que las palabras que se encadenaron en mi cabeza siguieron exactamente el orden que he expuesto. Y me sentí iluminado. Me sentí el auténtico Mesías de todos los tiempos y todos los mundos. Y a pesar de la náusea que la Verdad provocaba en mi estómago matinal, a pesar de que cada músculo de mi cuerpo me dolió por culpa de tal revelación y a pesar de que en ese preciso momento supe con total certeza que jamás dejaría de estar triste, lo di por bueno. Porque igualmente supe que ya nadie podría engañarme. Me había bastado un día, una mañana, la primera hora la mañana de un día sin atascos, prisas, café atragantado, máquina de fichar, compañeros, supervisores, supervisores de supervisores, putos jefes peores que yo y sonrisas obedientes para entender que la vida podía ser otra cosa de lo que había sido la mía. La vida podía ser seguir observándola, simplemente. Ahí abajo algunos niños rezagados corrían hacia el colegio de la esquina mascando chicle. Ahora que era casi un dios podía olerlo desde las alturas. Y unas cuantas señoras pasaron bajo mi atalaya arrastrando sus carros de la compra con cogotes, nucas y líneas de hombros que me parecieron resignados, casi tristes. Igual que las caras que no les podía ver. Pobre gente. Entonces me saqué la polla y decidí bautizarlos a todos.

06
abr
09

Humo

El otro día decido dejar de fumar. Suelo hacerlo justo cuando acaba el fin de semana, cuando el ruido cesa y me oigo más a mí mismo. Me oigo tanto, fiu-pss-shh-jrumpf, que me es imposible obviar lo difícil que me resulta respirar. Hace tiempo que no es un acto reflejo. Me exige un esfuerzo consciente. Extenuante, exasperante. Es como una señal de alerta permanentemente activa en mi cerebro, emitiendo su bip-bip de emergencia en una frecuencia ultra o infrarreal. Porque aunque tamborilee con los dedos en la barra, le pida un cortado a la camarera, me fije en la caspa que recubre sus hombros y mis sentidos también capten el pis reseco del viejo que está sentado en el taburete de mi izquierda, algo que a fuerza de costumbre se ha convertido en otro más de mis instintos calcula con precisión mis bocanadas de aire para que las agujas no se me claven en los costados y en el pecho y en la espalda. Y determina el punto exacto hasta el que puedo extender el brazo derecho para coger el café, porque el hombro me duele como si lo tuviera dislocado. Igual es eso. O que he cogido un poco de frío. Pero es que hace unos días leí en internet un artículo sobre el Síndrome de la Vena Cava y me asusté un poco. Porque aunque estar en este bar de mierda de barrio de mierda a las seis de la mañana no sea gran cosa supongo que es mejor que estar muerto. Porque, para decirlo claro, soy tan cobarde como el resto y quiero arrastrarme por aquí un tiempo más. Es lo que pienso mientras veo cómo el domingo amanece con destellos de luz turbia en las antenas y en la pintura impermeable de los pasos de cebra. Tres empleados del servicio de recogida de basuras entran en el bar y durante un instante lo llenan todo de un increíble amarillo fosforescente. Es bonito. Me distraigo un segundo. Alguien vestido así puede ser cualquier cosa. Se me ocurren mil posibilidades y eligo una. Y el dolor no desaparece, pero se atenúa. Pero enseguida uno de ellos se acerca a la barra y pide en mi idioma y con voz humana dos litros de cerveza y bocadillos grasientos para almorzar o comer o cenar o lo que sea que les toque en función de su horario laboral. Y la ilusión de que un escuadrón extraterrestre haya parado a abastecerse en mi bar de todos los sábados-domingos se desvanece a la vez que un punzón invisible me atraviesa rápido y sin sangre de lado a lado. Debo tener más cuidado. Los tres hombres parecen un par de décadas mayores que yo. Deberían preocuparse por su colesterol, tal y como enseña -de paso- ese anuncio en el que una pareja homosexual discute al respecto mientras friega los platos, pero ya tienen los mentones chorreando tocino y parecen completamente felices a pesar de padecer sobrepeso y tener desperdicios orgánicos pegados a los camales. Me pregunto si cuando tenga su edad cuidaré mi dieta. Me pregunto si seré feliz entonces. Aunque las respuestas que me vienen dejan de tener importancia cuando me pregunto si alcanzaré su edad. Pido otro cortado y lo remuevo largo rato en el sentido de las agujas del reloj y después en el contrario. Luego doy un sorbo y ocupo las manos convirtiendo en bolas diminutas y muy prietas un buen montón de servilletas de papel. Ya no sé dónde ponerlas. Entonces el hermano y hermano de la camarera y dueña del bar sale por la pequeña puerta que conecta el fondo del local con su almacén, cargado con una caja de tónica schweppes demasiado recubierta de polvo como para ser parte de un lote dentro de su plazo de consumición. Me alegro de verle; a la velocidad que se desplaza tardará un minuto largo en recorrer los escasos diez metros que lo separan del mostrador. Y, como tantas otras veces, mantendrá parte de mi atención ocupada durante ese tiempo. Creo que se llama Paco. O Pepe. Un nombre así. Lo conozco desde que a principios de los noventa instalaron aquí una máquina de pinball. Venía con mis amigos. Un buen montón de chavales sin nada en común aparte de amistad. Quiero creer que amistad. Ahora no sé dónde está ninguno de ellos. Puede que me haya perdido algún bautizo o algún entierro. El caso es que en aquella época el tipo aún caminaba como una persona normal. Únicamente tenía unos cuantos tics faciales que divertían el tiempo de los que esperaban su turno para jugar. Ahora se mueve a pasos tan cortos que no pueden llamarse pasos y las extremidades y la cabeza le tiemblan como si una calambrazo constante le recorriera la espina dorsal. Su hijo, de unos veinte, ya ha empezado a manifestar los síntomas de la enfermedad y hace ya unos cuantos meses, tal vez más de un año, que no lo he visto por aquí. La última madrugada que coincidí con él se le cayó al suelo media docena de huevos y se escabulló ya con cierta torpeza tras la cortinita que da acceso a la cocina. Todos los presentes le oímos llorar bajito, imaginado al menos yo las cucarachas que estaría viendo emerger del sumidero a través de sus ojos licuados. Probablemente hasta le acompañó alguna rata gris en su tristeza. Pero nadie dijo nada. Nadie hizo más que seguir con lo que hacía, ya fuera apurar un sol y sombra o intentar llevarse el bote de la tragaperras. Ni siquiera su madre. Ella y las demás mujeres de la familia no padecen el mal o no lo han desarrollado, pero es fácil darse cuenta de que son tan desgraciadas como ellos. Quizá más. Y quizá precisamente por eso a la camarera le importe una mierda llevar el pelo sucio, no se ponga antiojeras y le dé igual combinar el azul marino con el negro. Me cae bien esta mujer, pienso al pedirle el tercer café y reparar en los sabañones de sus manos. Me gusta y me tranquiliza en cierto modo que su cara parezca atraída hacia el centro de La Tierra por un peso irresistible, que esté en consonancia con la caída libre que intuyo que es su vida. Que no haya en ella cabida para un solo movimiento muscular dedicado a falsear la contundencia de su situación. Me gusta pero también pienso que nunca se lo diré porque se la traerá floja y con razón. Así que dejo de observar sus rasgos derretidos y uso mis dedos durante minutos y minutos para enfriar mi taza a base de darle vueltas. Sin embargo, la fuerza de mi adicción empieza a imponerse sobre mis técnicas de autoayuda/autoengaño, y antes de darme cuenta estoy diciéndole a la mujer que me dé cambio. Estoy a punto de pedírselo a su hermano tullido, simplemente para dilatar unos instantes el enésimo fracaso de mi voluntad. Pero la comodidad y la prisa y la indiferencia hacen que me decante por lo rápido y lo fácil. Y me planto ante la máquina de tabaco sin el menor remordimiento. Introduzco por la ranura dos euros con sesenta céntimos mientras miro a través de la cristalera del bar, a través de sus berberechos y paellas chillonamente pintados sobre el vidrio, a través de los conos de extraños colores que crea el alba al mezclarse con la luz naranja de las farolas de la calle y sobre todo a través de mis pupilas descreídas. En la acera de enfrente la propaganda de la marquesina del autobús anuncia una feria de diseño que se celebrará la semana que viene en la capital del país. Y una familia se sube al coche rumbo al apartamento de la playa o al chalé de la montaña. Parecen contentos pese a lo temprano de la hora. Parecen cosas de otra galaxia vistas desde aquí. Me parecen cuentos bonitos, como los que ganan concursos. Por suerte un pinchazo intercostal me trae de vuelta. Al humo. Al ruido. A todo eso.




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