La ciudad estaba casi tan vacía como nuestra nevera, así que tuvimos que dar unas cuantas vueltas hasta que encontramos un pequeño restaurante chino. Era idéntico a cualquier otro, desde la carta salpicada de manchas de salsa de soja y faltas de ortografía hasta el camarero detrás de la barra que miraba algún programa de la televisión china en el portátil, pasando por los peces que languidecían sin remedio en el acuario. Ya casi ni boqueaban; se limitaban a mirarnos fijamente desde dentro de su ataúd de cristal, como si se hubieran cansado de pedir auxilio. O tal vez era que Lucía y yo ofrecíamos una visión mortalmente anodina hasta para un pez tonto. El hecho de que únicamente un par de mesas estuvieran ocupadas contribuía a darle al lugar un aire de abatimiento. De derrota. Incluso la voz que cantaba algo indescifrable a través del hilo musical parecía apenada. Me pregunté si los ocupantes de las otras mesas también estarían planteándose poner el punto final a lo que fuera que los había llevado a comer en un oscuro chino de barrio mientras el sol de abril ardía en el centro del cielo. Les eché un vistazo rápido. En la mesa del rincón una pareja de adolescentes que se había decantado por el menú de 6,50 intercambiaba arrumacos y sus respectivos helados de vainilla y chocolate. Junto a nosotros un matrimonio de mediana edad se tomaba el café mientras su hija corría de un lado a otro alrededor de la mesa. Tendría unos cuatro años. Tropezaba una y otra vez. Caía al suelo, se reía a carcajadas y se levantaba limpiándose las manos en los faldones del mantel. En un momento dado sus ojos se cruzaron con los míos. Eran azules, muy azules. Del color que se intuye en el fondo de las grietas de los glaciares o como la piel de aquel hombre al que una Zodiac sacó del mar una tarde de agosto en una playa de Castellón cuando yo tenía diez años. Eran del color del frío y de las células muertas. La niña me miró un segundo sin verme y siguió con sus juegos y sus risas. De tanto en tanto sus padres le daban alguna indicación, tranquilamente, sin aparente preocupación. Cuidado a la derecha, nena, o Las manos por delante, cariño. La cría obedecía unas veces y otras no, como todos los niños, y seguía riéndose y hablando sola y de vez en cuando se acercaba a su madre, le buscaba la cara con las manos y le daba un beso en la mejilla o en la nariz o donde tocara. Supongo que Lucía se dio cuenta de que estaba mirando a la niña porque bajó la voz hasta convertirla en un susurro y dijo algo así como Pobrecita, que sea feliz ahora que aún no es consciente de lo que le ha tocado. Me habría gustado preguntarle si acaso ella lo era, si era feliz y si no estaría más ciega que la niña de la mesa de al lado. Pero no lo hice. Ni siquiera la miré. No valía la pena. Habría supuesto el detonante de una nueva discusión absurda. Y no estaba dispuesto a tener ni una sola más, la duda se había resuelto. Así que seguí mirando a la niña directamente a sus ojos azulísimos como el frío y como las células muertas pero también como los atolones de los mares del Sur y como el destello en el espacio de millones de supertierras templadas, acogedoras, habitables. Sí, lo bueno era posible para ella. Y para mí también.
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Del color de
Partiendo de la base
Partiendo de la base de que
A diario
Tienes que vértelas con
Hoteles para mascotas,
Concursos de belleza infantil,
Un arco iris político monocromático,
Las fauces del pitbull de tu vecino
A un palmo de tu entrepierna
En el ascensor,
La cola del supermercado,
La cola del DNI,
La del paro,
La del parking
Y la del carné de conducir,
Organismos internacionales
Ordenándote cómo vivir,
En qué gastar o no tu dinero,
Cada vez menos cabinas y
Cada vez menos buzones y
Cada vez menos perros callejeros
Y más mendigos en cajeros,
La correspondencia del banco,
El canal de telequiromancia
Que sintoniza la Sra. X al
Otro
Lado del tabique,
Esa gotera que vuelve a aflorar
Sobre la enésima capa de pintura,
Historias de amor
Muertas antes de nacer,
La nostalgia del futuro,
El remordimiento del pasado…
Es obvio que el mundo
Reúne méritos de sobra
Para la declaración de ruina.
Pero si te elevas un poco,
Solo un poco sobre la base
Y agudizas la vista
Encontrarás
PEQUEÑOS detalles,
Auténticos milagros
sucediendo entre el estiércol.
Una flor luminosa
En el alcorque de un
Naranjo borde,
Una jarra escarchada
Atrapando cerveza y luz solar,
La feliz lentitud de la respiración
Del gato tumbado al sol
En la azotea,
El final infinito
De un cuento de Carver,
Hierba recién cortada,
Dos caballos recortados
En negro contra las nubes del Sur,
Luces sin motivo en el cielo,
El amor contra pronóstico
En medio del estruendo de
Una cadena de montaje,
La luna metalizando
El agua de un mar tan tranquilo
Que parece de plata fundida.
Y luego el sol
Y otra vez la luna
Y de nuevo el sol.
Buena idea
Sabía que era mala idea. Había intentado decírselo. Incluso le había dado plantón en un par de ocasiones echándome atrás en el último momento. Pero, bueno, el momento tenía que llegar y llegó la otra noche. Una cena con motivo de la inauguración oficial de su nuevo piso. Por alguna razón le hacía ilusión que conociera a sus amigos. Será en petit comité, dijo, no te preocupes, dijo, los cuatro amigos fundamentales, dijo. En fin, sabía que era mala idea, quizá hasta ella lo sabía, pero bueno, venga, vale, acabé diciendo yo.
Llegué premeditadamente tarde y sin nada bajo el brazo, ni vino, ni champán, ni nada. Había tenido un día duro repartiendo currículums por el polígono norte, así que debía dosificar energías mentales y económicas. Ella me abrió y me dio un beso tan espontáneo que no pareció del todo espontáneo. Una luz dorada que parecía emanar del mismo aire iluminaba el recibidor. Había un mueble y un espejo en una de las paredes. Entre los dos no debían de pesar más de dos kilos. Le iba el minimalismo, por supuesto. Al final del pasillo de parqué una puerta abierta daba a un mundo de tenue luz blanca, rollo nave espacial. Supongo que notó que fijaba mi pensamiento en el tipo de aliens que podría encontrarme detrás de aquella puerta de la Nostromo, porque me dio otro beso y me apretó la mano al decir Pasa, están deseando conocerte. Se la veía radiante. Podría asegurarse que estaba feliz. Sin duda aquello era importante para ella. Así que volví en mí y le dije Oye, muy bonita la casa. Para mí también era la primera visita, no la había ayudado con la mudanza. Pero tampoco había hecho falta: su padre le había mandado para ello a un equipo de operarios de una de sus muchas empresas, tal vez el mismo que le había reformado el piso de arriba a abajo a coste cero.
En el salón había bastante más de cuatro amigos fundamentales. Serían unos diez o doce, algunos todavía sentados a la mesa y otros desperdigados por el enorme tresillo blanco (más exactamente color iceberg, según oí decir a alguien). Sonaba chill-out, new wave, ambient o como coño se le llame a la música de ascensor cuando se quiere sacar pasta por ella. Quise preguntarle al respecto -ella me había dicho que le gustaba el rock-, pero no tuve ocasión; ya estábamos enfrascados en las presentaciones.
Había un médico que pasaba quince días cada verano en El Chad, una abogada muy contenta de defender la justicia social, un par de diseñadores gráficos/creadores multimedia que parecían gemelos pero ni siquiera eran hermanos, una arquitecta compañera del despacho de mi novia, chica o lo que fuera, y una eslovaca que en sus ratos libres escribía poemas utilizando como vocal únicamente la a en señal de protesta contra la discriminación de la mujer en el entorno rural de su país natal y de paso en cualquier rincón del planeta. De los demás no me acuerdo, supongo que más de lo mismo.
Obviamente, pedí encarecidamente una copa de algo. Alguien puso en mi mano un chato de vino. Me lo bebí de un trago, localicé la botella y me serví otro. Los creadores multimedia me dijeron que aquel era un caldo moldavo que había que paladear al menos durante un minuto. Me excusé por mi ignorancia y busqué un rincón tranquilo. No existía. Todo el mundo quería saber cómo nos habíamos conocido, a qué me dedicaba, qué hacía en mi tiempo libre, cuál era mi playa favorita de Formentera. Me zafé como pude, dejé que hablara ella, a la que a partir de cierto momento empecé a notar preocupada por la creciente hostilidad de las respuestas que yo estaba dando. Por suerte, al cabo de una hora eterna dejaron de prestarme atención y empezaron a hablar de algo que llamaban su “proyecto político-artístico secreto”.
Según entendí, todos aquellos hijos de papá llamaban a la revolución popular mediante mensajes y dibujos trazados con permanente rojo en la parte trasera de las puertas de los restaurantes de lujo que frecuentaban con sus familias sanguíneas o políticas. Aseguraban que ya se hablaba de ellos entre los maitres más cualificados de la ciudad. Demasiado Proyecto Mayhem, pensé, y seguro que solo han visto la peli. Saqué un cigarro, no podía más. Al instante el pánico se extendió por la habitación. Ella vino corriendo y me lo arrancó con fuerza de la mano como si lo que estuviera a punto de usar fuera una granada o un AK-47. Luego se giró hacia sus amigos y, con cierto rubor, dijo Sí, fuma. Ellos menearon la cabeza y poco a poco, como si les costara salir por completo del shock que acababan de sufrir, reanudaron su conversación.
Ven, me dijo ella, y me llevó al balcón.
¿Estás bien?, me preguntó.
Di la primera calada y contesté Ahora mejor.
Sonrió y volvió dentro, a su mundo.
Cuatro pisos más abajo el camión de la basura recogía unos contenedores. Desde mi posición se apreciaba una nube de insectos merodeando en torno a la boca oscura del camión y a los dos hombres apostados a cada lado. Las alas de los bichos reflejaban la luz naranja de las farolas. Por momentos parecían ascuas agitadas por el aire de la noche, y deseé que la ciudad entera ardiera en llamas. Que no quedara más que cenizas sobre las que construir algo mejor, tan solo un poco mejor. Entonces caí en que eso era lo único medianamente digno que había pensado a lo largo de la velada. Tiré la colilla al vacío y entré. Nadie reparó en mi presencia. Ahora hablaban sobre energías renovables, me pareció. Fui al baño, meé en un retrete que parecía una puñetera obra de arte moderno y rebusqué en los cajones del lavabo. Di con algo parecido a un lápiz. Y me despedí de ella escribiendo una breve nota en la parte trasera de la puerta.
La cabeza de Lis
A oscuras sobre la almohada, dando vueltas de un lado a otro, la cabeza de Lis sufre.
Físicamente: dolor ahí, entre las cejas y derramándose sobre ellas hacia sus sienes suaves. Cada vez menos, pero aún suaves.
Todos esos días, semanas, meses tras el mostrador. Años.
Un lapso de tiempo que tiende a infinito, a convertirse en toda una vida con esa placa en la solapa -Srta. Lis-, viendo pasar caras, bocas, voces que piden cafés y algún que otro sándwich mixto.
También sufre psicológicamente, la cabeza de Lis.
Tiene unos días libres a final de mes y le gustaría pasarlos en la montaña, disfrutar de las últimas nieves.
Se lo dijo una amiga el otro día. Algo así como:
X y yo vamos; venid vosotros también, chica, hace mucho que no salís.
Sí, a la cabeza de Lis le vendría muy bien la nieve. Las nubes blancas y el sol blanco y todo ese aire azul brillante alrededor. Les vendría muy bien a los dos.
El forfait está tirado de precio, añadió la amiga aquel día.
Pero la cabeza de Lis sabe que no lo suficiente. Su X particular lleva meses en el paro, puede que ya más de un año.
Y sobre todo la cabeza de Lis sabe que él ni siquiera sabe lo que significa esa palabra. Para empezar a atisbar el sentido de ese galicismo tendría que conocer primero el significado de unos cuantos anglicismos. Check list, job matching, mobbing. Pero no, él no quiere saber en qué consiste todo eso.
Solo aguantó quince días en el último trabajo, piensa la cabeza de Lis mientras escucha la sintonía de despedida de Windows en la habitación de al lado.
Eso es todo lo que hace desde el invierno pasado: el gilipollas a tiempo completo delante del ordenador. 300 euros en un concurso de Soria, nada más.
La cabeza de Lis es consciente de que fue ella misma quien le animó.
En parte es responsable de todo esto; hubo un tiempo en que creyó que la cosa podría funcionar de esta manera. Pero ahora está cansada de cansarse sola.
Es natural, le ha dicho mucha gente últimamente.
Tanta que: Es natural, piensa esa noche por sí sola por primera vez.
Y al poco le oye orinar al fondo del pasillo. Ese burbujeo, esas últimas gotas impactando contra el líquido sucio. Luego escucha el sonido del cepillo contra sus dientes. Unas breves gárgaras. Y sus pies arrastrando las zapatillas de estar por casa en dirección al dormitorio donde la cabeza de Lis ya ha tomado una decisión.
Al fin y al cabo tampoco era tan especial, piensa la cabeza de Lis, y ni siquiera se sorprende de estar conjugando verbos en pasado.
Lo que la cabeza de Lis no sabe es que, mientras ella finge estar dormida en su extremo de la almohada, de la oscuridad y del mundo, la cabeza que se acuesta a su lado intentando no hacer ruido también acaba de decidir otras cosas por su cuenta. Quizá sean importantes, aunque también es posible que no sean más que estupideces.
Mañana se sabrá, si es que hay ocasión.
Todo lo que sube
Estoy tranquilamente escuchando a los Band Of Horses y llaman a la puerta. De inmediato me acuerdo de los coreanos que vinieron el otro día. Debía de ser más o menos sobre esta hora. Dos mujeres y un hombre, los tres muy jóvenes y vestidos como de misa de domingo. Me dieron las buenas tardes con una reverencia casi medieval y empezaron a parlotear sobre algo llamado Dios Madre en un castellano mucho mejor de lo que jamás llegará a ser mi coreano. No dejaban de sonreír, me miraban sin pestañear. Y cada cinco segundos daban un pequeño paso adelante al tiempo que me pedían permiso para entrar y hablar con calma de las bondades de su fe. El chico llevaba un portátil en el que quería mostrarme un dvd explicativo de las razones por las que Dios Madre es el único dios verdadero. Claro, me asusté y les cerré la puerta en las narices. Por la mirilla los vi cuchichear. Luego deslizaron un folleto por debajo de la puerta. No pude evitar leerlo por encima. Aterrador, en efecto. En fin, que no abro ni de coña.
Aunque quizá sea el tipo ese que viene de vez en cuando a mirar el contador de no sé qué que hay debajo del fregadero. Que le den también a él. Total, después te ponen en la factura lo que les sale de los cojones.
Pero el timbre vuelve a sonar. Ring, ring y otra vez ring. Al final me levanto y abro dispuesto a afrontar lo que sea. Me encuentro con lo más parecido a Afrodita que me he echado a la cara. Una aparición angelical. Maldita sea, tal vez sea Dios Madre en carne y hueso que viene a pedirme cuentas por mi falta de fe. Casi me parece que levita sobre el sucio gres de mi rellano. El caso es que la chica está mirando con aire divertido el felpudo de Darth Vader que me regaló mi amigo Rubén cuando me vine a vivir aquí. Levanta la vista, sonríe y dice:
-Hola.
-Muy buenas –contesto.
-Las bragas… que se me han caído.
Le miro los tobillos: nada de particular. No comprendo. Alzo de nuevo la vista hasta sus deslumbrantes ojos negros.
-Vivo en el cuarto –añade.
Entonces caigo en la cuenta. Siempre se me olvida que vivo en un primero con terraza.
-Ah… Pues no he visto nada –le digo.
Ella sonríe un poco más y me dice:
-Creo que sé donde están.
Si se trata de un acertijo me siento incapaz de resolverlo, así que opto por callar y esperar nuevas pistas.
-¿Puedo echar un vistazo en la terraza? –me pregunta sabiendo que le voy a contestar que claro que sí.
-Por supuestísimo que sí.
Abro la puerta de par en par y digo:
-Adelante.
Entra y se para en el recibidor a la espera de que le indique el camino hacia la terraza. Está realmente encantadora ahí plantada, con su faldita de cuadrillé y esos labios tan rojos. Soy el primer sorprendido por el hecho de ser capaz de reaccionar de un modo aceptable; creía que todos mis sentidos y toda mi capacidad de socialización iban a quedar subyugados a causa del fascinante perfume que desprende.
-Por aquí.
La guío por la casa lo más rápido posible para que no repare en el desorden y en la precaria limpieza. Llegamos al ventanal, deslizo la hoja y salimos al exterior.
-Ya te digo que yo no he visto nada –insisto por decir algo, por miedo a que se instale el silencio.
Va directa al par de cuerdas de plástico verde que tengo para tender la ropa. Resulta que habían aterrizado allí. Las coge haciendo pinza con el índice y el pulgar y las agita con el brazo extendido hacia mí.
-¿Ves cómo sí? –y se ríe.
Yo me río también, qué cosas.
-Bueno, pues nada… –dice mientras balancea su peso un par de veces de los talones a las puntas de los pies-, muchas gracias.
-De nada, ya sabes donde estoy.
Y la acompaño hasta la puerta mientras ella me dice Muy bonita tu casa y Encantada de conocerte y Supongo que nos veremos por el barrio. En el último momento, sin ninguna necesidad de hacerlo, se detiene sobre la imperial efigie de Darth Vader, vuelve la vista hacia mí y me dice que le encantan los Band of Horses. Y se esfuma escaleras arriba igual de mágicamente que ha aparecido en mi vida.
En cuanto me quedo solo cojo el folleto de Dios Madre que había reconvertido en posavasos improvisado, recorto la figura de la deidad y con dos velas y un poco de incienso confecciono un humilde altar que coloco sobre la tele. Mi plegaria es solo una: que alguna prenda vuelva a caer desde ese cuarto piso. Cada noche la recito en plan mantra antes de irme a dormir. Pero nada milagroso ocurre en los días sucesivos y el martes por la tarde el icono sagrado acaba colocado en el centro de la diana que cuelga tras la puerta de mi habitación.
Un par de días después, mientras recojo la ropa del tendedero, se me ocurre algo genial: ¿por qué dejarlo todo en manos de los dioses si al fin y al cabo no soy manco? Así que descuelgo mis calzoncillos amarillo limón, los mejores, hago una especie de pelota con ellos valiéndome del elástico de su cintura y los lanzo fachada arriba. El proyectil sube y sube en el aire brillando como un segundo sol. Y contra todo pronóstico aterriza en el balcón del cuarto después de unos instantes de emoción e incertidumbre al botar dos veces sobre la barandilla. Primera fase superada.
Ya solo queda la parte fácil: subir, llamar al timbre y cuando abra decir Nada… Los calzoncillos… que se me han encalado. No puede salir mal; el factor sorpresa está de mi parte; es imposible que le hayan dicho algo así antes.
Pero incomprensiblemente mi actuación estelar se ve ninguneada con un portazo en plena cara. Me quedo allí plantado esperando que ella reflexione y vuelva a abrir la puerta. En las películas pasa. Pero parece que en mi edificio las cosas son diferentes. Tras cinco minutos empiezo a bajar las escaleras. En el tercero me doy de bruces con los predicadores coreanos a puerta fría. Me saludan como si me conocieran de toda la vida. Hasta se acuerdan de mi nombre. El chaval me da un abrazo y las dos chicas dan saltitos a mi alrededor mientras ríen y ríen tapándose los dientes con las manos en una especie de éxtasis recatado, oriental. Joder, por qué no habré nacido en Corea, del Norte o del Sur, me importa un carajo. Qué menos que invitarles a un café, me digo, o mejor un té.
Ya en mi salón, a punto de convertirme a la doctrina de Dios Madre después de tragarme los noventa y cinco minutos de duración del dvd, veo caer mis calzoncillos al otro lado del ventanal. Ruedan por el suelo rebozándose de polvo y pelusas. Parecen cualquier cosa menos un segundo sol. Joder, tenía que haber elegido cualquiera de los otros, los de mercadillo.
A veces pasa
Que te cansas de dar vueltas en la cama y sales en plena noche, llenas el depósito y empiezas a conducir hacia un sitio al que jamás quisiste ir. La gente que dice saber de qué va esto de la vida lo verá raro. Es esa gente que se preocupa de llevarse bien con el jefe, revisa el ticket del supermercado y llama a sus amigos para decir que se va a comprar un coche nuevo o que el banco le ha concedido el crédito para la casa en el campo. Ellos no lo concebirán, pero lo juro: a veces pasa.
Llevas esa conversación telefónica clavada en la cabeza desde hace unas cuantas noches. Una de esas conversaciones que distinguen a los buenos entendedores de los malos. No os dijisteis gran cosa. Hubo más silencios que palabras. Frases acabadas en puntos suspensivos de tinta negra. Y, sin embargo, puede que no seas tan mal entendedor. Puede que comprendieras perfectamente y a la primera la tristeza metálica que brotaba del auricular. Es hasta probable que sepas que podrías ahorrarte recorrer cuatrocientos kilómetros de madrugada, que no va a servir de nada conducir hacia un final que ya ha sucedido. Pero también es posible que sientas la necesidad de hacerlo. Llegar allí sin previo aviso. Llamar al timbre y que te abra en pijama, recién salida de la cama, con los ojos hinchados y quizá al fondo la respiración lenta de alguien que aún duerme profundamente. Puede que creas merecer ese instante de gloria triste y por sorpresa. Ese patético clímax dramático. Escarnio en sangre ajena pero casi propia. Verla incomodarse. Avergonzarse. Decirle que la odias. Demostrarle que te ha hecho daño y decirle que no lo merecías. En fin, a veces pasa que necesitas exhibirte ante sus ojos verdes como la víctima inocente de su traición. Sí, a veces ocurre así.
Y al poco te ves rodando a150 através del aire frío de la autopista. Miras las estrellas que afloran entre farola y farola y tienes la sensación de que todo gira en torno a ti. De que no hay nada más importante que lo que estás haciendo. Incluso te sientes absurdamente orgulloso. Tanto que decides alargar el momento. Levantas el pie del acelerador y paras en un área de servicio. Te tomas un café mirando a través de las cristaleras sucias de polución y surcos resecos de gotas de lluvia. Luces blancas y rojas al fondo, en la carretera, y ahí al lado un par de gatos que revuelven una bolsa de basura. Te gustan los gatos. Siempre te han gustado. Hacen lo que deben hacer, aunque ello suponga ensuciarse las manos, perder cierta dignidad. Lo que cuenta es que sobrevivirán a la penuria, te dices, igual que tú.
Y te pones de nuevo en marcha. La aguja en los 160 y la mirada clavada en las luces traseras del coche que te precede. De pronto se vuelven más y más grandes y brillantes, como dos ojos de muerte viniendo hacia ti a toda velocidad, hasta que en un segundo que parece un minuto las ves justo delante de tus narices, empotradas contra el culo de un camión. Lo esquivas en el último momento y te detienes resollando en el arcén cien o doscientos metros más adelante. Las manos te tiemblan por mucho que se aferren al volante. Nunca te has visto en una de esas. ¿Qué hay que hacer? ¿Ir a ayudar o llamar a emergencias? ¿Las dos cosas? Te imaginas dentro de un rato practicándole un masaje cardíaco a una mujer. Tal vez un hombre. Solo esperas que no haya niños en el accidente. Y entonces caes en la cuenta de que llevas un minuto sin pensar lo más mínimo en el motivo de tu viaje. Y, claro, relativizas. ¿Merece la pena? Probablemente no. Y abres la puerta del coche intentando encontrar el valor para acercarte y buscar vida entre el amasijo.
Quién sabe, a lo mejor habrías tenido agallas. Es una cuestión que quedará para siempre flotando en el aire ni puro ni sucio de la autopista, porque a veces pasa que en cuanto te decides a salir y te plantas en el asfalto un autobús pasa rugiendo tan cerca de ti que su retrovisor te parte en dos el occipital. Durante una fracción de segundo sientes astillas y hierros candentes en el cerebro. Y luego, ya en el suelo, lo único que notas es el calor viscoso de tu cabeza deshaciéndose sobre el alquitrán. Las estrellas quietas ahí arriba, más brillantes y lejanas e inmisericordes que nunca. Y, claro, relativizas: comprendes que no eres el centro de nada. Nunca lo has sido, ni tenías por qué serlo. Y que no, este viaje no tenía ningún sentido. La película de tu vida, proyectada ante tus pupilas dilatadas, te lo ratifica: no sale en ningún fotograma.
Mentiras como puños
La colilla mal apagada en el cenicero.
Sobre la mesita.
Entre las dos camas.
La chispa languideciendo poco a poco,
Preñando de una mortecina luz naranja
El vientre de cristal del cenicero,
Resistiéndose a ser tragada por la oscuridad.
Deben de ser las cuatro de la mañana.
Y entonces ruido de sábanas en la cama de ella.
Su respiración ya no es profunda y serena.
Ya no es la de alguien ajeno a las circunstancias.
La de alguien felizmente inconsciente.
Un suspiro/bufido y
Desde el otro extremo de la tiniebla
Ella dice:
No estarás fumando…
No.
Y técnicamente no es mentira.
Pero él sabe que podría ser más sincero.
Que a ella le gustaría que fuera más sincero.
Aunque eso no es exactamente lo que ella desea,
Se dice.
Lo que a ella le gustaría es que
Nunca hubiera ocurrido
Lo que ocurrió hace un año.
La razón por la que duermen en camas separadas.
Y eso no tiene nada que ver con la mentira o la verdad.
No especialmente, al menos.
Conecta más bien con la dicotomía
Paz Vs. Guerra.
Igual que cuando, de tanto en tanto,
En los momentos más insospechados,
Cambiando el alpiste del canario
O en la sección de congelados del Carrefour,
Ella le pregunta si todavía la quiere
Él, claro, le contesta que sí.
Porque técnicamente no es mentira.
Pero sobre todo porque la otra respuesta,
De hecho cualquier mínima matización al sí,
Desataría la batalla.
Y ambos han pasado los cincuenta.
No sobreviviríamos, piensa
Mientras gira la cabeza en la oscuridad
Y observa cómo se apaga para siempre
La chispa entre los dos.
Sin drama, sin emoción, sin dolor.
Discretamente.
Como si nunca hubiera ardido.
En fin, de ese modo en que suele acabar todo.
La hora de la verdad
Fue al salir cuando se dio cuenta de que el día que tenía ante sí era el más precioso de toda su vida. El sol caía sobre él y el resto de la ciudad en perfecta vertical. No había sombras. Todo estaba repleto de luz, como detenido en un resplandor único. Desde las señales de tráfico a la gente que pasaba, era como si los colores de las cosas se hubieran intensificado en varios grados. Se sentía raro. Agradablemente raro. Hasta ese momento no le había parecido que el día tuviera nada de particular. Se recordó a sí mismo fumándose el último antes de entrar, tan solo hacía media hora. Le pareció estar visualizando a un extraño en medio de un mundo extraño. De repente ya no sentía ningún vínculo con su anterior yo, con su vida previa. Y nunca más lo sentiría. Él y todo lo demás habían cambiado irreversible y esencialmente en los cinco segundos que le ocupó leer aquel papel. Echó a andar. Al principio sin rumbo. Luego sintió la necesidad urgente de sentarse bajo los enormes sauces de la plaza en que jugaba de pequeño. Sentarse y oír durante horas el murmullo celuloso de sus hojas, nada más. Así que se encaminó hacia allí. No había dado ni veinte pasos cuando su impulso fue sustituido por otro igualmente fuerte. Subir a la torre de la catedral y contemplar cómo era la ciudad bajo la luz pura que por primera vez la bañaba. Mientras esperaba que se pusiera en verde un semáforo volvió a cambiar de opinión. Le apetecía tomarse unos vinos en el bar en que pasó gran parte de su juventud. Ver cómo iban las cosas por allí, acodarse en la barra y hablar largo y tendido con el dueño de nada en particular, fútbol, el gobierno, mujeres, los grandes temas. Seguramente eso es lo que le hizo acordarse de ella. De aquella noche en que tenía que haber dormido con ella y no lo hizo por egoísmo, por seguir aferrado a las ruinas de una juventud que había terminado hacía tiempo. Ahora lo sabía: las demás no le importaban. Pero ya era demasiado tarde. Pensó que era una suerte que su madre hubiera muerto. Esto la habría matado, se dijo, y automáticamente dirigió sus pasos hacia el cementerio. Se preguntó si prefería ser incinerado o enterrado y en ese momento se cruzó conmigo. Por alguna razón me preguntó la hora. Las doce y media. En lugar de darme las gracias me dijo que le quedaban dos meses de vida. Joder, tengo imán para los tarados, pensé, pero no me fui. El tío me recordaba bastante a mí. Puede que por eso le dejara contarme todo esto. Lo de su meningioma. La insignificancia de nuestros problemas, la importancia de nuestras soluciones, la fugacidad del tiempo, la belleza que nos rodea, la luz total, el amor verdadero. Fíjate, me dijo, este sol es un milagro. Miré alrededor, miré arriba. Todo parecía igual que ayer. Todo parecía igual que mañana. Sí, claro, le dije. Y me despedí de él jurándome no renunciar a la verdad cuando me llegue la hora. Y no respetar jamás a ningún lector de Bucay.
Cuestión de fe
Había salido nublado pero se empeñó en mantener el plan.
El invierno está a punto de llegar, dijo, aprovechemos que aún hace buen tiempo.
Andaba feliz de un lado a otro de la casa, preparando el café, metiendo los tuppers y la fruta en la cesta. Desde el baño gritó que nunca había ido de picnic. Luego se oyó la cisterna y al poco añadió que le hacía ilusión. Yo tampoco. Pero resultaba evidente que para ella no era una pérdida de tiempo. Todavía era abiertamente joven. Lo ratificó diciendo Seguro que sale el sol con esa fe irreductible y desdeñosa para con la experiencia de la que solo se puede hacer gala hasta los veintipocos.
Yo llevaba meses deseando que el calor desapareciera, pero no puse demasiadas pegas.
Eran las diez de la mañana cuando salimos a la calle. Unos 25 grados ya. Sin concesiones.
Las nubes empezaban a deshacerse. Aquí y allá afloraban retales azules en expansión. La esperanza de que un aguacero nos hiciera volver a casa se esfumaba por momentos. Creo que me encogí de hombros con resignación y nos pusimos a recorrer el barrio, ella cogida a mi brazo mientras yo intentaba recordar dónde coño había aparcado.
El coche olía a manzanas. La cesta que había dejado en el asiento de atrás, supuse. Me vino a la cabeza algo que había leído una vez: Algunos científicos atribuyen al olor de la manzana un efecto relajante que ayuda a bajar la tensión. Falso. Fue en un libro de cocina, la temporada que me dio por hacer tartas. Recordaba con exactitud las palabras del recetario. Su lugar exacto en la estantería de aquella casa, otra casa, de la que ya hacía bastante que me habían desalojado sin demasiado preaviso.
Recordaba hasta las fotos de aquel libro en el que en cierto momento pensé que podría encontrar el secreto para resolver nuestros problemas, pero en lo demás aquel tiempo me parecía tan remoto como el sueño de una vida anterior dentro de una vida anterior. Algo que a mí mismo me costaba identificar con mi pasado real.
Así que arrinconé aquella evocación aromática en mi cerebro y di cabida al dato más reciente al respecto:
Cetoacidosis o complicación con olor a manzana. Carencia o deficiencia de insulina, o bien su incapacidad para actuar de forma adecuada. Inestabilidad en los niveles de glucosa, grasas y proteínas. Híperglucemia, cetosis, acidosis. Coma diabético caracterizado por un aliento y olor de la piel semejante al de la manzana o el vinagre.
Las reposiciones nocturnas de Discovery Channel tenían que ser a la fuerza más precisas y fiables que los apuntes científicos de cualquier recetario de postres y hojaldres. Eso me dije, y recuperé un poco el control.
Cogimos la avenida hacia la salida principal de la ciudad, la que conducía a todas partes, incluido el bosque sucio y moribundo que a ella le parecía un lugar perfecto para sentarse/tumbarse entre las malas hierbas y los desperdicios urbanos.
Ella iba hablando en tono cantarín de esa y otras cosas por el estilo. Deberíamos hacer cosas así más a menudo. Por aquí cerca hay muchos sitios bonitos. Pequeñas excursiones baratas, tranquilo. Además mis amigos tal y cual suelen hacer una barbacoa los domingos en su jardín. Estaría bien que nos pasáramos un día. Te caerían bien.
Me refugié en el tacómetro justo en el instante en que el chivato de la gasolina se encendía. Joder.
¿Tienes diez euros?, le pregunté abruptamente para acelerar el trago.
Los sacó del monedero sin dejar de hablar de lo que estaba hablando, como si mi pregunta no le importara en absoluto. Sentí un ligero alivio. Fugaz. Enseguida volví a instalarme en la realidad: tarde o temprano su fe se rompería.
Estuve a punto de decírselo. Lo sentía como una obligación. Pero cuando quise empezar a hablar me miró y me sonrió de tal modo que me hizo dudar sobre mi predicción. Así que decidí callarme. Olía a manzanas, el sol había salido, ella estaba a medio metro de mí y aún a unos años de los treinta. En realidad la cosa no estaba tan mal. Quién podía saberlo, igual duraba una temporada. Quizá hasta que acabara el día.

