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06
jul
11

El perro de Pavlov

La chica se te acercó. Te miró con sus ojos negros y perfectos rebosantes de ganas. Dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara. Hizo todo lo necesario.

Y lleno de asombro notaste aflorar en ti, al fin, la maravilla de una respuesta incondicional, primaria, tan humana como animal. Y…

Asociaciones mentales inevitables, automáticas e inquebrantables. Ni la variante más dura del método Ludovico podría acabar con ellas.

Lo sabes muy bien.

Hace años que terminó tu adiestramiento. Fue un rotundo éxito. Lo sigue siendo. Sus efectos en ti perduran aquí y ahora, cuando ya no tiene sentido que sea así, con la misma intensidad con que empezó todo aquella noche del electroshock directo al corazón. Y perdurarán mañana y pasado y al otro, cuando todo será aún más absurdo.

Lo sabes muy bien.

Tras la primera fase de su adiestramiento, el perro de Pavlov no comía salvo que le dieran la comida haciendo sonar un metrónomo.

Un poco más avanzado el experimento, el perro de Pavlov podía llevar tres días sin comer y ni siquiera salivaba ante la comida si no oía el ring del aparato.

Al final, si Pavlov así lo hubiera querido, su perro se habría dejado morir de hambre rodeado de filetes, muslos de pollo y conejos asados esperando en vano que el mágico timbre del metrónomo desatara el apetito en su vientre hundido.

No hace falta ser un perro para sucumbir a los peligros de la respuesta condicional. Si algo se repite a diario durante el número necesario de años acaba por convertirse en pauta. En modelo. En el único estímulo válido para generar determinada reacción.

Por eso cuando la chica se te acercó, te miró con sus ojos negros y perfectos llenos de ganas y dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara, cuando hizo todo lo necesario, no fue suficiente. Su voz, sus ojos, su manera de moverse no eran los que te habían enseñado a asociar con determinados sentimientos. No eran tu ring. Con cierta tristeza notaste cómo las reacciones químicas que habían empezado a producirse dentro de ti se detenían y se diluían en tus venas sin remisión.

Ella se enfadó y te llamó imbécil y otras cosas bastante peores. Decidiste asumirlo sin protestar. Tampoco era el lugar ni el momento para intentar explicarle lo jodidamente eficaz que puede llegar a ser la Teoría del Reflejo Condicional.

31
ene
11

En potencia

Creedme: lo del coche no es ninguna tontería.

Verlo brillar justo ahí y no saber si irse en él a cualquier parte o quedarse contemplándolo. Transformarlo en realidad o limitarse a cuidarlo. Conservarlo intacto, perfecto. Acariciarlo como se acaricia la potencialidad de las posibilidades. Tal vez encerarlo los domingos por la mañana aquí mismo, en la gasolinera, mientras decenas de familias paran a repostar combustible para seguir con sus vidas con ciertas garantías de progreso.

Así que apuro el cigarrillo y me planteo todo esto mientras los rodillos arrastran poco a poco mi coche hacia el sol pálido del invierno. Un perro sin collar se acerca con desgana trotona al surtidor número 3. Olisquea algo en su base. Por un momento se diría que va a levantar la pata pero no lo hace. Lo que levanta es la cabeza para mirar en dirección a mí. Puede que un perro me viniera bien. Calor animal. Pero enseguida comprendo que incluso sus ojos estúpidos me traspasan, que en realidad solo observan algo a mi espalda. Tengo la tentación de girarme, pero me contengo. Aguanto la mirada del perro con la esperanza de que me dedique algún gesto de reconocimiento, aunque sea de simple curiosidad. Entonces sacude el lomo y prosigue su camino hacia la nada con la misma indolencia con la que llegó. Y yo no hago otra cosa que seguir su escualidez con la mirada mientras me hundo más y más en mis dudas.

Por eso es posible que no caiga en la cuenta de la existencia de ese tipo hasta su quinto o sexto bocinazo. Asomado por la ventanilla de un todoterreno rojo hace gestos apremiantes con su rechoncho brazo izquierdo desde el otro extremo del túnel de lavado. Tardo unos segundos en percatarme de que van dirigidos a mí. Los segundos necesarios para darle la última calada al cigarro y para que el hombre decida bajarse del coche, dar unos pasos hacia mí y soltarme ¿Qué cojones haces? Muévelo de una puta vez. Observar que lleva el botón de los vaqueros desabrochado me llena de una repentina desolación. Y el hecho de que el triángulo de carne que queda a la vista entre sus pantalones y el primer botón de la camisa me recuerde a la textura rugosa y peluda de las cortezas de cerdo no ayuda precisamente a que me sienta mejor. Acércate más, pienso. Atrévete, atrévete, atrévete, me repito, y muevo los dedos dentro de mi bolsillo en busca de la llave más afilada. Quiero que desaparezca de mi vista. Le deseo la muerte. Como si fuera lo más natural del mundo, tal vez lo sea, deseo matarlo o al menos que se desplome ahí mismo. Que todo el colesterol de su cuerpo porcino se vuelva de pronto más inteligente y decida acumularse en el mismo punto de su sistema arterial.

Pero como el ritmo y la gravedad y todo lo aprendido empujan y empujan, en lugar de prolongar el desafío a ver si hay suerte la lógica se impone como en un fogonazo del inconsciente y casi sin darme cuenta me subo a mi Ibiza y arranco procurando no pensar demasiado en lo difícil que es elegir, por no hablar de elegir y acertar. De modo que meto primera deseando que esta vez la prisa y la corriente me lleven por el buen camino. Al fin y al cabo, supongo que lo recordaréis, me he tomado el día libre y dispongo de unas cuantas horas más de lo normal para equivocarme, rectificar y volver a fallar.

 

Que trabajar es una mierda lo sabe todo el mundo. Está claro que de vez en cuando tienes que tratar con gente que te dice que trabajar es necesario para mantenerte dentro del perímetro aceptado como natural y seguro por eso que llaman sociedad. Incluso hay quien emplea palabras como positivo, enriquecedor, digno o ennoblecedor para referirse a la jodienda de trabajar. Normalmente se trata de personas que han conseguido ser ese uno entre un millón que por alguna razón incomprensible siempre ha tenido muy claro su plan vital, y que además han conseguido ser ese uno entre mil millones que han alcanzado lo que siempre han deseado alcanzar en el terreno laboral. En la vida, por resumirlo. Pero, bueno, esa selecta minoría me la trae bastante floja. Por lo general se trata de profesionales liberales sin remordimientos a la hora de dar codazos en los dientes a cualquiera que se atreva a rivalizar con ellos en su carrera profesional o bien ejemplares de esa especie hedionda autodenominada El/La Artista que consideran que pintar un cuadro puede cambiar el mundo, y encima esperan que la humanidad entera se lo agradezca. En fin, gente que no sabe lo que es la vida real.

 

Pero, bueno, esto de empezar un extraño día libre lavando el coche por primera vez en años me ha despertado imágenes casi olvidadas. También es posible que haya lavado el coche porque por las noches me sobrevienen determinadas visiones, pero eso sería asunto del loquero al que nunca volveré. Sea como sea, tengo un buen recuerdo relacionado con un túnel de lavado. Unos diez años. Mi padre, mi hermano y yo dentro de un Opel Corsa atravesando despacio el torbellino azul y amarillo. Los tres callados mirando a través del cristal más próximo. Cada uno dedicado a sí mismo y a la vez a los demás. Un instante de comunicación no verbal al cubo. Como dentro de una burbuja de jabón industrial, espuma y colores giratorios, lejos de la tensión y los gritos y cosas por el estilo, imaginad lo que os dé la gana. En fin, un lugar seguro y tranquilo. Un oasis momentáneo. Un minuto de serenidad. Hasta el ruido de las cerdas al golpear la chapa me viene a la mente como algo agradable, acogedor.

Y quizá por eso me pongo a pensar en mi padre.

 

Después de aquel túnel de lavado las cosas siguieron su curso habitual durante demasiados años y con muy pocas burbujas en las que esconderse. Quiero decir que el paso del tiempo fue acentuado hasta la ruina el deterioro de lo importante, y lo cierto es que cuando se dio la situación de que la empresa donde trabajaba mi padre se fue a pique no le dediqué la menor preocupación a la nueva realidad. Obra del distanciamiento, imagino. Pero el caso es que mi padre tuvo que buscar soluciones y desde hace un par de años trabaja de camarero en un hotel de lujo de lunes a viernes en un pueblo costero que hay doscientos kilómetros hacia el sur. Justo hacia donde me doy cuenta de que estoy dirigiéndome. Nunca he ido a verlo desde que está allí. Me limito a comer con él los sábados en eso que llaman “casa de mis padres”, aceptar sin excepción, por supuesto, el dinero que me ofrece cuando mi madre no ronda cerca, y luego sin siquiera tomar el café desaparezco del mapa hasta la semana siguiente. Y así las cosas van más o menos bien. Ni tan solo le llamo por teléfono. Y ahora, mientras conduzco hacia el sur, esa certeza empieza a hacerme sentir mal. Eso de preferir sin excepción gastar mis últimos céntimos de saldo en llamar a alguna de esas que no me importan para ver si tomamos unas cervezas y acabamos follando en lugar de marcar el número de mi padre y preguntarle cómo está. Joder… Creo que la explicación reside en el miedo a los silencios. Y en el miedo a las palabras. Él acabaría la conversación mandándome un beso, un abrazo, lo que fuera, y no sé si sabría devolvérselo.

 

Me pongo nervioso y paro en un área de servicio. La cafetería está llena de gente. Me resulta raro. Un lunes a media mañana y tanta gente en movimiento. Tomándose un descanso con café y bollos, sí, pero en movimiento. Me siento en un taburete y le digo a la camarera que me ponga un orujo de hierbas con la esperanza de que un control de carreteras e impida llegar a mi destino. La tipa no me oye o finge no oírme. Probablemente esto último porque está escribiendo un sms de espaldas a la ventanita en la pared por la que con una frecuencia tiránica se asoma el cocinero, también jefe a juzgar por el modo en el que mira el bar. Está bastante bien. Me refiero a la chica, claro. Así que decido tocarle un poco los cojones. Levanto la voz de manera considerable y repito mi pedido. Ella gira un poco el cuello y me dedica una cara de perdonavidas. Pero al instante se le ablanda el gesto y viene directa hacia mí con la que a lo mejor es la mejor de sus sonrisas. Me asusto un poco, me yergo en el taburete. Me dice:

-¿Nos conocemos de algo?

-Creo que no.

-Sí, sí… Yo a ti te conozco.

Otra loca, pienso. Digo:

-Seguro que no. El orujo, por favor.

-Tú eres amigo de Equis.

Sí, lo era. Le digo:

-No conozco a ningún Equis. El orujo.

-¡Claro que sí! Una noche hará cosa de un año en no sé dónde. Tu colega se lió con mi amiga Jeni y tú al final pasaste de mí.

Ya caigo. Le digo:

-Oye, por favor, ya te he dicho que no nos conocemos, y tengo prisa.

Entonces la chica se inclina un poco sobre la barra. Sujetador rojo. Más que previsible teniendo en cuenta su rubio de bote. Se acerca más y más, baja el tono y con una sonrisa que ya no es la mejor que tiene sino otra muy diferente me dice:

-Pues cuando quieras acabamos lo que empezamos.

Vale, no tengo explicación racional para lo que grito a continuación:

-Mi orujo, cojones. Mi orujo o te juro que monto tal follón que te echan a la puta calle ahora mismo, zorra.

 

Como supongo que es natural, soy yo el que está al sol del área de servicio diez segundos después. Pensando en todo lo que ocurre y se escapa de mi control a lo largo de cualquier día. A lo largo de mi vida. Y mientras contemplo los camiones estacionados y las colillas en el suelo y ese autobús escolar que vete a saber adónde lleva de excursión a niños que quizá no estén vivos mañana, comprendo que da igual. Que está bien que las cosas se compliquen, se frustren, que nunca lleguen a materializarse de modo tan perfecto como en la cabeza. Mejor salir de aquí con la idea de que podría haberme follado a la camarera en el almacén o en el lavabo o entre esos pinos grises de ahí, antes que haberlo hecho. Mejor pillar el cambio de sentido y conducir de vuelta a casa con la sensación de que mi padre seguirá haciendo gala de su mala hostia entre los ricachones a los que sirve que llegar al hotel y verlo de aquí para allá con una bandeja en la mano y dándole las gracias por nada a todo cristo. Pese a lo que diga Carlito Brigante, mejor seguir pensando que por mucho tiempo que pase, la gente no pierde fuerza. Y que vas a tener que quererla como es. Aunque nunca se lo digas.

13
abr
10

Hacer las cosas bien

Nada más entrar en el edificio veo al jefe de mantenimiento de mi oficina recorriendo el vestíbulo en dirección a mí. Me pongo nervioso al instante. Dudas. Me planteo volver a decírselo. Me planteo qué y cómo me contestará él si lo hago. Y me planteo que pensará de mí si tampoco hoy le digo nada. No quiero que se convenza de que soy aún más cobarde de lo que sospecha. Pero tampoco quiero buscarme un problema con una bestia de cien kilos acostumbrada a arreglar tuberías a martillazos. Dudas, nada nuevo. Si no lo había hecho ya, descarto la idea de hablar con él cuando reparo en su manera despreocupada de andar. Desprende una seguridad con la que no puedo competir. Recorre el hall del edificio como si fuera el dueño y señor de cuanto le rodea. El rey de esta selva de cemento y cristal. Confianza, ésa es la clave, me dice una voz muy parecida a la mía desde algún lugar de mi cerebro. El operario no hace el menor esfuerzo por evitarme. Camina tranquilo hacia mí. Con un montón de herramientas tintineando en su cinturón de piel vuelta. Pienso en hierro, pienso en acero. En puntas de estrella y en pinzas ranuradas. Pienso en heridas graves y en sangre muy roja. El hombre sigue acercándose. Aguanta mis fugaces miradas hasta obligarme a clavarlas en el gres desgastado. Y yo siento cómo me voy encogiendo más y más a cada metro que se acorta la distancia que nos separa. Una sensación casi física de insignificancia que de pronto me hace consciente de que el traje me viene demasiado grande y me impulsa a subirme las gafas, caídas siempre hasta mitad de nariz. Un vano intento de no parecer un completo estúpido. Si esto fuera la secuencia de un documental de naturaleza salvaje todos los televidentes tendrían claro quién sería el depredador y quién la presa. Eso pienso. Todos y cada uno de ellos apostarían por el triunfo del animal con mono azul y grasa debajo de las uñas.

Poco antes de que nuestros pasos se crucen me saluda con un ligero movimiento de cabeza y sin detenerse mira la bufanda que llevo en la mano. Luego intercambia una mirada cómplice con el tipo de Control de Acceso y ambos se sonríen más de la cuenta. Mucho más de la cuenta, y sin ningún disimulo. Dos sonrisas maliciosas: lo más parecido a un Buenos días que me va a dedicar esta mañana de lunes. Al dejar atrás las burlas calculo cuántos pasos me quedan para alcanzar el ascensor y procuro darlos lo más rápido posible. Por suerte llego a la puerta cuando ésta se abre para dejar salir a media docena de oficinistas. Evacuan el espacio en no más de tres segundos, pero es tiempo más que suficiente para impacientarme. Porque noto un peso creciente, para el que no encuentro otro nombre que Vergüenza, acumulándose sobre mis hombros. Así que me impaciento y maldigo la norma de Antes de entrar dejen salir que hay escrita en un cartel en la pared de imitación de mármol. Ya dentro del ascensor aprieto el número 13 y mientras espero a que la puerta me esconda finjo leer el protocolo de procedimiento en caso de incendio que hay sobre el panel de pulsadores, sólo para evitar mirar hacia el vestíbulo y recibir alguna otra humillación. Por fin a salvo, intento calmarme. Doy gracias por estar solo en el ascensor y respiro profundamente. Ojalá el trayecto durara todo el día. Un viaje ascendente hasta mucho más arriba de la planta 13. Hasta alcanzar una atmósfera limpia. Oxígeno puro y regenerador. Aquí dentro el aire huele a after shave, a café aguado de máquina, a un montón de perfumes dulzones y a friegasuelos. Una miscelánea nauseabunda, vale, pero mucho más agradable que el hedor que desprende el concepto que tengo de mí mismo.

 

Mi despacho, mi oficina dentro de la superoficina, es un cubículo de dos por dos metros justo al final del pasillo de linóleo. Las paredes no son paredes, salvo la que forma parte de la fachada. Las otras tres son “tabiques extensibles/plegables”. Al menos eso es lo que pone en la pegatina publicitaria que hay en la base de uno de ellos. Una serie de planchas de plástico encajadas entre un riel incrustado en el techo y otro en el suelo. La pegatina también dice que los módulos están hechos de un material térmica y acústicamente aislante, pero es mentira –al menos al cincuenta por cien-: si la chica del cubículo de al lado se suena la nariz lo oigo tan nítidamente que puedo imaginarme la textura de sus secreciones. Y en cuanto al aislamiento térmico que puedan proporcionarme mis paredes móviles, la verdad es que me importa poco que tal propiedad sea cierta o falsa. El aire acondicionado lleva dándome problemas desde hace más de dos semanas. La rejilla empotrada en la única pared de verdad, justo detrás de mi mesa, justo detrás de mí, no deja de emitir un chorro de aire helado. Día y noche. Cuando cada mañana descorro el tabique, como ahora, penetro en un ambiente diez grados más frío que el mundo exterior. Y durante ocho horas soporto el impacto directo de la perpetua ráfaga gélida contra mi cogote, mi nuca y mi espalda. El de mantenimiento se pasó a echar un vistazo cinco días después de que le llamara por primera vez y dos horas después de que lo hiciera por última. En esa llamada final me permití ser un poco más contundente con él. Nada fuera de lo normal, el típico tono de voz hastiada que uno pone cuando habla con un niño desobediente. Pero cuando vino me dijo que no le volviera a hablar “así”, que el mundo no giraba a mi alrededor y que yo no tenía ni puta idea del trabajo que supone mantener en buen funcionamiento todo un edificio. Y que no le tocara los cojones con gilipolleces, añadió apoyando sus manazas sobre mi mesa e inclinándose hacia mí lo justo para que el gesto quedara en esa tierra de nadie que se extiende entre la sugerencia y la amenaza. Así que de momento la bufanda me protege un poco. Pero me han salido sabañones en unos cuantos dedos y me sobrevienen ataques de tos seca repentinos, por lo que María cree que he vuelto a fumar a pesar de las innumerables veces que he intentado hacerle creer el verdadero motivo de mi bronquitis o lo que sea.

Pero hoy lo verá con sus propios ojos y tendrá que pedirme disculpas por su desconfianza.

Dentro de un rato se pasará por aquí con la cría. Tiene que llevarla al oculista aquí al lado, y ha decidido que ya es hora de que la conozca. Tendré que decirle Hola a la niña en una habitación congelada y con paredes de pega. Creo que tiene ocho o nueve años. Lo bastante mayor para darse cuenta de que el novio de su madre y quién sabe si futuro padre postizo es un pringado. Luego iremos los tres juntos a la cafetería de la planta 7 y nos comeremos unos bollos mientras cada cual calibra por su cuenta las posibilidades de que nuestra fusión resulte exitosa. No sé si me apetece hacerlo, pero tengo claro que ahora no puedo decir que no me apetece. He tenido ocasiones para hablar, y en todas opté por el silencio y la inercia; hoy me toca afrontar otra de esas situaciones a las que ni siquiera sé muy bien cómo y por qué he llegado.

Miro los expedientes que mi jefe inmediato me dejó anoche encima de la mesa. Hay dos o tres más que ayer. Su número crece cada día, a medida que aumenta mi velocidad para redactar los correspondientes informes de solvencia. Éste tiene dinero; merece que le prestemos más. Éste no lo tiene; que se busque la vida en otra parte. Después mi superior fingirá supervisarlos para justificar en cierto modo la considerable diferencia entre su sueldo y el mío. Y el ciclo habrá nacido y muerto un día más, a la espera de resucitar mañana por la mañana. Todo es cuestión de rutina, me digo, de costumbre. Dentro de unos meses estaré tan habituado a esto que podré hacer mi trabajo sin ni siquiera entender lo que lea. Sin ni siquiera pensar. Y probablemente con María y su hija pueda alcanzar el mismo nivel de anestesia. Supongo que todo es cuestión de tiempo.

Aun así, en este momento me pone nervioso su visita. Ahora mismo María debe de estar recogiendo a la niña de casa de su ex marido. Uno de cada dos fines de semana con el padre. Régimen de visitas estándar. Supongo que estoy en esa edad en que se amplía el mercado. Entre los 20 y los 35, casi cualquiera puede valer. O yo puedo valerle a casi cualquiera. Qué más da. El resultado es el mismo: un salto generacional únicamente superable si no piensas demasiado en ello. O si simulas que no piensas demasiado en ello. Supongo que por eso se me está dando bien adaptarme. Supongo que por eso, aunque ella ni siquiera lo sepa, María ha decidido presentarme a su hija. La indolencia a menudo se confunde con la serenidad, la tolerancia, la sintonía. No decir que no te gusta que se le note tanto la raya en el pelo teñido de rubio cutre puede llevar a alguien a creer que le quieres tanto que todo lo demás no te importa en absoluto.

De manera que ahora estoy aquí, medio sepultado bajo una montaña de papeles, pensando que tengo que empezar a hacer las cosas bien. Posicionarme. Mostrarme. Asumir ciertos riesgos para alcanzar ciertos logros. Hacer mis propias elecciones en lugar de permitir que otros las hagan por mí. Sin embargo, cuando se abre la puerta (sin siquiera un par de golpecitos previos) y entra mi jefe para ver cómo van esos informes no soy capaz de replicarle que no hace ni media hora que he llegado y que, obviamente, aún no están listos. Me limito a decir, no sé muy bien por qué, que antes de dos horas los habré terminado. Él me mira un momento con aire desconcertado. Ni siquiera él entiende la situación, imagino. Luego me dice Si puede ser antes, mejor. Y le contesto Muy bien cuando lo que de verdad me gustaría es estamparle la grapadora entre ceja y ceja o, al menos, pedirle un aumento de sueldo. Pero no: su sola presencia ha conseguido que me imponga a mí mismo una orden innecesaria. Que me siga dejando llevar por la corriente.

En fin, lo de siempre: va a ser mejor no pensar demasiado. Ahora sólo tengo un máximo de dos horas para despachar toda esta basura. Un poco menos, incluso; tendré que perder unos minutos actuando ante una niña a la que se supone que tengo que conquistar. Hacerme el simpático, interesarme por sus clases, bromear al preguntarle si tiene algún novio en el cole.

Tengo un golpe de tos. Me ajusto la bufanda y me pongo a trabajar. A buen ritmo, como el mejor de los borregos. Consigo aislarme de todo lo que se filtra a través de las rendijas de las pseudoparedes. No resulta difícil: es lógico suponer que la mierda de mis vecinos de cubículo es muy similar a la mía. O no. Pero, bueno, lo dicho: lo de siempre: mejor no pensar demasiado. Sigo tecleando.

Al poco me parece escuchar música. Sólo un momento y desaparece la ilusión. Dejo estar el asunto pero enseguida vuelve la melodía. Esta vez oigo con claridad una voz cantando en inglés. Juraría que es Lady Gaga. Instintivamente miro hacia el techo, como si la atmósfera gélida del despacho tuviera la explicación para la posible aparición paranormal de la diva más fea del pop. El chorro de aire acondicionado me enfría la nariz, pero aparte de eso no sucede nada digno de mención. Entonces oigo un toc-toc-toc a mi espalda. Me doy la vuelta en mi silla NO giratoria. Al otro lado de la estrecha ventana de mi cuartucho hay un hombre muy moreno como colgado de una cuerda golpeando el cristal con los nudillos. Debe de tener más o menos mi edad. Me sonríe y me hace gestos para que abra la ventana. Es de ésas típicas de los edificios de oficinas, de ésas que tienen el eje en el centro y que se abren en oblicuo a la fachada. Hacia fuera o hacia dentro, según se mire. Abro. Me dice Buenos días, soy el limpiaventanas. Ah, bien, le digo yo. Observo que está sentado en una especie de sillín de lona del que cuelgan una radio y un cubo con agua grisácea del que sobresale un trasto similar a los que usan los indigentes o casi indigentes para limpiarte el parabrisas en los semáforos. Todo podría ser aún peor, me digo, y vuelvo a mi trabajo.

Pero entonces, por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta con completa nitidez de que no es eso lo que debo hacer. Junto a mí hay un hombre suspendido en el vacío cincuenta metros por encima de una muerte segura. Comprendo que darle la espalda y seguir a la mía habiéndole dedicado un simple balbuceo por todo saludo supondría un punto sin retorno en el deterioro de mi condición humana. Tengo que empezar a hacer las cosas bien. Y ha de ser ahora. De modo que me acerco de nuevo a la ventana y le pregunto qué tal, si le apetece que le traiga un café de la máquina. Él contesta que bien, gracias y que no, gracias. Una conversación mínima pero que consigue que ambos nos sintamos más cómodos que hace un momento. ¿Mucho trabajo?, me pregunta para que el silencio no vuelva a instalarse mientras desliza con habilidad la lengüetilla o como se llame por el cristal recién mojado, emitiendo un chirrido gomoso. Le respondo con un bufido y, señalando la cuerda con la barbilla, añado Bueno, supongo que podría ser peor. Se ríe y me da la razón. Pienso que igual es verdad eso de que la forma de decir/hacer las cosas es tan importante como las cosas en sí. Así que me siento confiado para añadir Pero, bueno, tú no necesitas ir a un solarium ni pollas de ésas y, ya ves, yo aquí con bufanda. Y volvemos a reírnos.

De pronto me siento extraño. Me siento casi de buen humor. Ni siquiera me importa que este momento de reconciliación con el mundo se vea viciado por la música de mierda que sale de la radio del limpiaventanas. Ni siquiera me inquieto cuando suena mi móvil y veo que es María. Disculpa, le digo a mi flamante dosis colgante de trato humano agradable e inofensivo. Pulso el botón verde del teléfono y María me dice que acaban de bajar del taxi y que dentro de nada están aquí. Muy bien, le contesto a ella también, pero esta vez de verdad. Y no suele hacerlo pero hoy, por alguna razón, quizá por instinto, quizá por haber intuido en mi voz algo más puro de lo habitual, María me dice Te quiero antes de colgar. Y vuelvo a acercarme a la ventana pensando con algo parecido a ilusión que a lo mejor yo a ella también. Dentro de cinco minutos voy a conocer a la hija de mi novia, le cuento al limpia. Ahora el que resopla es él. Y me reconforta la complicidad con que lo hace. Esa solidaridad que tan pocas veces se encuentra en un perfecto desconocido. Empatía, creo que lo llaman. Sí, me reconforta.

Y así me encuentro, bien, confiado, cómodo y en camino hacia sitios mejores que los que hasta ahora he conocido, cuando sin motivo aparente la hoja del cristal se desprende de sus junturas y se precipita al vacío silenciosamente y como a cámara lenta sin que el limpiaventanas y yo podamos hacer otra cosa que seguir su caída con la mirada. Un viaje descendente hasta mucho más abajo de la planta 13. En dirección a la raya oscura en la cabeza rubia que anda por la acera llevando de la mano a otra cabeza rubia pero natural, más pequeña y con coletas. Una cabecita que pocos segundos después se convierte en un cuerpo tendido sobre el pavimento. Partido en dos desde la clavícula derecha hasta la ingle izquierda.

Quizá sea una suerte que los berridos que Lady Gaga lanza desde dentro de la radio nos impidan poner una banda sonora más apropiada a la situación.

Quizá sea una suerte estar seguro de que nunca más volveré a intentar hacer las cosas bien. Para qué…

12
abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.

07
dic
08

Un día en el mundo

A las 8 a.m. estoy en la ducha. Ojalá pudiera alargar hasta el infinito mi vida bajo el chorro caliente. Eso pienso cada mañana. Quedarme ahí para siempre, ciego y sordo dentro de la nube de vapor y ruido líquido. No pisar la calle dura nunca más. Lo que pasa es que ni siquiera ese refugio es invulnerable. Porque a intervalos regulares una ráfaga de gotas frías cae sobre mi hombro derecho. Alguna de las tías del piso de arriba tiene la puta costumbre de ducharse a la misma hora que yo. Tan estudiantes, tan teenagers, tan pijas y aparentemente tan inofensivas. Dejan el aire del ascensor impregnado de perfumes frescos y champú Johnson’s. Olores casi infantiles. Y cuando hablan por el móvil con sus padres que las esperan por navidad en cualquier pueblo interior de mala muerte se despiden con un dulce Te quiero, papi/mami. Pero todas las noches las oigo follar ahí arriba como expertos animales salvajes. O quizá es que las paredes de este edificio son demasiado finas. No lo sé. El caso es que las oigo, durante horas. Mi compañero también y de vez en cuando entra en mi cuarto de madrugada con las manos en la cabeza. Maldice su suerte en su lengua materna y asegura que así no puede dormir y que necesita hacerse otro porro. Él lo lleva peor; es italiano. En fin, me resulta inevitable imaginar de qué están preñadas las gotas turbias que se precipitan plop-pesadamente-plop sobre mí desde la parduzca humedad que crece y crece en el techo del cuarto de baño. Así que me veo obligado a salir de mi cálida catarata y reincorporarme a un nuevo día viejo. Eso implica toparme con la portera en el zaguán. Una mujer diminuta, sin un gramo de grasa, exasperantemente jovial y objetivamente fea. Y con un hijo autista al que está limpiando los mocos o atusando el pelo o recolocando la mochila o dando besos en sus supermejillas el noventa por ciento de las veces que salgo del ascensor. Un chaval con mirada espeluznante, de unos doce años y unos cien kilos en canal. Sólo le he oído pronunciar palabras como Hola, Adiós, Polla o Helado. Cosas primarias. Y, con independencia de cuál sea su indescifrable estado anímico, las dice a pleno pulmón con voz de cochinillo en día de matanza. -Hoy también- chilla Hola al verme y yo me cago en su madre por dentro porque casi me explota la cabeza de la resaca que -hoy también- empieza a desperezarse en mi organismo. Por alguna razón, me aclaró en cierta ocasión la mujer, el crío me ha cogido cariño. Lo cual es muy raro, añadió mirándome sonriente a los ojos como si tal revelación debiera realizarme como persona. Aquella confesión me tuvo agobiado durante varios días. Quién sabía, igual la mujer, siempre atareada fregando nueve pisos de escaleras o pasando el plumero por los buzones, maquinaba convertirme en un colaborador en la educación de su hijo. Igual cualquier día me pedía por favor que lo llevara al parque de atracciones o a ver a los gorilas del bioparc. Sí, me agobié y, sin saber cómo reaccionar ante su afecto, una tarde de debilidad y buenas intenciones el destino me dio la oportunidad de saldar mis deudas sentimentales. Y cometí el error de regalarle al chico un cochecito de juguete que me encontré en el suelo junto a un contenedor. Algo aséptico y convencional, nada más que un gesto amable, como darle las gracias al camarero cuando te pone un café. Pero desde entonces tengo que soportar los gritos y los torpes palmoteos del tonto del barrio de buena mañana. A veces hasta se atreve a abalanzarse sobre mí, cogerme la mano y apretarla entre sus dedos rechonchos mientras balbucea desde sus profundidades y me enseña demenciales dibujos escolares o algún aborto de pesebre hecho a base de palos de polo. No necesito esta clase de amor unidireccional e inmerecido, joder; si fuera así ya me habría comprado un perro. Quizá si soltara algo por el estilo en adelante la portera se cuidaría de coincidir conmigo y tendría un motivo menos para salir a la calle cagándome en dios. Pero en lugar de verbalizar mi pensamiento me escabullo del portal sin dar los buenos días a la madre, ni al hijo ni al fontanero al borde de la jubilación que entra en ese momento ya manchado de polvo y escayola y puro asco vital frunciéndole el ceño, hecho a la idea de meter por enésima vez sus manos en un váter ajeno. Que la especie humana está sobrevalorada es algo que compruebo mientras espero que el bus llegue a mi parada. Una mujer de mediana edad se queja del retraso. Es una de las habituales de la línea 71. Maquillaje excesivo y el pelo teñido de un rubio solar demasiado llamativo para lo que tiene que enseñar. Aires de marquesa de solarium de barrio, aires de encargada de perfumería Prieto. Lo sé porque ella misma se ha encargado, a lo largo de cientos de trayectos, de que todos sus compañeros de viaje lo sepamos. Igual que sabemos que su marido es jefe de ventas de una empresa de recambios de automoción y lleva un par de meses dudando entre comprarse un BMW o un Saab. En fin, una vida magnífica que le da derecho a vomitar su cháchara de cotorra cabreada en cuanto el autobús se retrasa un minuto más de lo que ella considera aceptable. Se queja y se queja y sólo deja de despotricar para rellenar sus pulmones de aire y volver a ladrar. Se caga en la EMT y luego en el metro, que, según dice, tampoco es que funcione como un reloj suizo. Y después se caga en los políticos porque ellos se mueven en limusina y los problemas de los ciudadanos y contribuyentes les importan una mierda. Otro gallo cantaría si mandara quien tiene que mandar, pero claro… Saca un kleenex del bolso y escupe en él un chicle rosa y tira el papel y la goma al suelo. Y continúa lamentando la ineficiencia de los servicios publicos. Sus comentarios suben de tono y volumen cuando el autobús se detiene por fin ante nosotros y ella y yo y unos cuantos desgraciados más entramos en él como reses voluntarias. Sube la primera con paso decidido y focaliza toda su ira en el conductor. Se planta ahí, frente a la bandejita, y comienza a soltarle lo que los de la parada hemos oído cinco veces en diez minutos. Pero el tipo, que lleva un número de tres dígitos tatuado en la mano derecha y el Marca apoyado contra la luna delantera, la corta en seco. Le ordena que se aparte porque está taponando la entrada y con tanta gilipollez no vamos a acabar nunca este puto trayecto. Y la rubia teñida obedece, se retira farfullando de un modo casi inaudible y se sienta al fondo del bus. Y a mí me dan ganas de correr hasta allí y arrancarle su inútil lengua que sólo le ha servido para aumentar varios puntos mi nivel de angustia existencial de buena mañana. Algo parecido a lo que me pasa minutos después con el tipo del bar donde me tomo un café antes de subir a la oficina. Se cree con derecho-deber de darme conversación durante cada uno de los minutos que permanezco apoyado en su barra, metiéndome en la sangre dosis triples de cafeína y nicotina con la sola intención de terminar de revolverme el estómago y tener que ir a cagar en cuanto suba a la oficina. Cualquier recurso es bueno para mantenerme alejado del ordenador, el fax, la fotocopiadora y todos esos aparatos electrónicos que hacen que demasiado a menudo me quede absorto observando el dorso azulado de mis muñecas. El caso es que tampoco el camarero me deja digerir tranquilo mi propia mierda cotidiana. Se empeña en mezclarla con la suya. Que su hijo tiene unas ojeras con muy mala pinta, que está preocupado. Que si se estará drogando. O que le está costando dios y ayuda devolver el préstamo que pidió para comprarse un apartamento en Santa Pola. Y a él tampoco le digo que a lo mejor su problema es que no debería tener un apartamento ni siquiera tener hijos. Que a lo mejor es tan patético que no debería aspirar a otra cosa que tirar las cañas de cerveza con la espuma exacta. Que así sería más feliz. A lo mejor. No, no se lo digo. Lo que hago es dejarle unos céntimos de propina y dirigirme al trabajo. Paso junto al mostrador del conserje y, como ya es norma, el chaval que sustituye al empleado titular me llama por mi nombre. No sé cómo lo sabe, pero sé que no se lo preguntaré nunca. Me llama para lo de siempre, para enseñarme cómo mola lo que se está leyendo. Porque resulta que el tipo que me sube el correo a la oficina y limpia las cagadas que se hacen en el patio los caniches de los ricachones que viven en este lujoso edificio es un cerebrito que está preparando una tesis doctoral sobre literatura de ciencia-ficción. Y seguramente por mi pinta se ha hecho la idea de que me encanta que me aborde con sus historias de o sobre Vonnegut o Simak o Lem. Lo que pasa es que hace muchos años que leí y olvidé lo que este tipo ha decidido convertir en el centro de su vida. Hace muchos años que escribí mi último relato fantástico. Y volver atrás, a un tiempo en el que las historias sobre futuros llenos de viajes interesterales y rayos gamma me parecían interesantes, es lo último que necesito cuando estoy a punto de empezar una nueva jornada en mi presente de mierda. Así que echo un vistazo a la página que hoy me da a leer pero en lugar de concatenar letras me limito a visualizarme a mí mismo haciéndole tragar sus libritos, sus apuntes y todos sus planes de progreso vital. Luego le digo Sí, tío, qué chulo y me siento un imbécil al verme reflejado en sus gafas de culo de vaso. Y me siento aún más imbécil cuando el tío me sonríe y me veo devolverle el gesto. Joder… Nada más entrar en la oficina el jefe me dice que llego tarde. Tiene razón: según la esfera de medio metro de diámetro que cuelga de la pared llego con un minuto quince segundos de retraso. Tiene razón, sí, pero según mi concepto personal de justicia ese comentario me legitimaría para sacarle los ojos con las manecillas del reloj. Sin darme tiempo a quitarme la chaqueta me pregunta si he mandado las cartas que me dijo. Y, la verdad, no me acuerdo. Es una pregunta muy similar a la que me hizo ayer y anteayer y hace un año. Tal vez por eso no me acuerdo pero le digo que sí y me olvido del tema hasta que me lo vuelva a preguntar. Cada media hora aproximadamente hago alguna de las tareas por las que se supone que me pagan pero lo cierto es que paso la mayor parte de la jornada mirando porno en internet y mandando violentos correos electrónicos a ong’s. No sé por qué, ellos se toman a diario la libertad de intentar captarme vía e-mail para alguna de sus excelsas causas. ¿Sabías que en África occidental quedan menos de tres mil ejemplares de Moitú? No permitas que desaparezca, ¡únete a nuestra organización! O El niño de la foto se llama Sebastián Ramírez Yamchapaxi y en menos de dos años se quedará ciego por culpa de la fortísima radiación solar que incide sobre sus montañas natales. Apadrínalo. O Mejor desnudos que vestir con pieles. O las ballenas azules y los zorros árticos. O el derecho sagrado de las hijas de integristas a envolverse la cabeza en un trozo de tela en cualquier parte del mundo. Esa clase de mierda. Así que contestarles con emails igual de intimidatorios es la única válvula de escape que me tomo al cabo del día. Ya de noche vuelvo a casa y en la mente me da vueltas la idea de que en realidad la vida no es gran cosa. Así que nada de todo esto debería ponerme tan enfermo. Me compro unas cervezas en consum y miro un rato por la ventana.

26
nov
08

Problemas de empatía… qué coño

El otro día el perro de mi jefe se muere y el cabrón acaba deciéndome que no empatizo. Puede. Pero es que hace unos años mi cuñada intentó matarme con una aguja de ésas que se utilizan para hacer peucos o guantecitos de lana. Puede, también, que todo venga de aquello. Lo que pasa es que intento no plantearme el porqué de las cosas. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque son las siete de la mañana y Lucrecia o Lupita o algo así -nunca lo he tenido muy claro- llama a la puerta y eso significa que en teoría puedo desentenderme durante unas horas. Desconectar, suelen llamarlo. Así que como cada lunes, martes, miércoles, jueves, viernes le dejo a Lucrita quince euros sobre la mesa de la cocina. Para el taxi. Y cierro la puerta con cuidado para no despertarle y conduzco rumbo al trabajo unos tres cuartos de hora, minuto arriba o abajo en función de la suerte con los semáforos. Y mientras el sol naciente inunda el paisaje rodante de una luz color zumo de limón oigo hablar a vehementes tertulianos en la radio del coche. Parece que están muy seguros de lo que dicen, que tienen muy claro el funcionamiento del orden mundial. Y me extraña, porque yo ya no entiendo nada. Ya ni siquiera sé si prefiero llegar pronto o llegar tarde a la oficina o simplemente empotrarme contra una farola y no llegar jamás. Desconectar, en la práctica. Lo que pasa es que intento no plantearme en qué se está convirtiendo mi vida. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque cuando quiero darme cuenta estoy subiendo al trabajo en el ascensor mirando sin sorpresa el reflejo de mi decadencia a la luz de los halógenos de baja intensidad y alto ahorro energético, llenándome los pulmones de un aire que huele a metal pulido y a cristasol y a muchas otras cosas ajenas a la naturaleza humana.

Contraté a Lupecia a través de un papel plagado de faltas de ortografía que vi pegado en una parada de autobús. Lo primero que me contó durante el simulacro de entrevista al que le sometí sólo para tener la mente ocupada un rato fue que en Sudamérica había dejado una hija preadolescente embarazada y un hijo pandillero y otros dos enterrados. Y que se había venido a Europa porque quería que los miembros de su familia que aún respiraban tuvieran un abanico más amplio de posibilidades para cagarla. Su ilusión era ofrecerles algo mejor. A ellos y a sí misma. Ya estaba cansada de pasarlo mal, concluyó. Encomiables intenciones, algo muy conmovedor si te lo cuenta una señora demacrada y mal vestida sentada en tu sillón, con humedad en los ojos y un potente aliento a vino barato forrando cada una de sus palabras. Aunque, la verdad, supongo que tampoco con ella empaticé. Sin embargo, me pareció una buena mujer a la que le quedaba bastante que aprender de la vida en el primer mundo, así que le dije que sí y acordamos un más que digno salario en negro. De esto hace ya un par de años. El mes pasado Lupita se marchó por diez días a su tierra para asistir al entierro de su joven ñeta o lo que fuera, y aún no ha regresado. Yo mismo la llevé al aeropuerto y le pagué el billete para generarle cierto sentimiento de deuda para conmigo. Para que no me dejara tirado. Cuando por fin dijo adiós comprobé que su boca olía a alcohol mucho más intensamente que el día que la conocí. Puede que nunca hubiera dejado de beber, no lo sé. Lo que puedo asegurar es que en ningún momento desde que le dieron la noticia por teléfono se tomó la libertad de mostrarse demasiado dramática en mi presencia. No me dio detalles, ni yo le di el pésame, ni me agradeció nada. A lo mejor es que ya había aprendido algo gracias a mí. Por ejemplo, a consolarse ella sola pensando que la ropa con la que al día siguiente metería a su hijo en el ataúd sería mejor que la que habría lucido antes de que ella decidiera prosperar al otro lado del Atántico. Y que con lo que había ahorrado trabajando en mi casa podría emborracharse muy lujosamente en su país hasta que el hígado le reventara, y olvidarse de que al fin y al cabo puso seis mil kilómetros de por medio con lo que le importaba. Y creerse un poco feliz hasta que el efecto de la anestesia se evapore.

Cuando llego a la oficina digo hola y nadie me contesta o al revés. Saco del cajón el botecito de las chinchetas y lo vacío sobre mi silla con cuidado de que todas las puntas oscuras queden orientadas hacia el cielo que debe haber muchos kilómetros por encima de estos neones. Y luego me dejo caer sobre el asiento sin hacer el menor esfuerzo por frenar el efecto de la gravitación universal sobre mi cuerpo. Decenas de pinchos se me quedan clavados pero muy pocos logran atravesar la costra que recubre la parte de atrás de mis muslos después de repetir esta acción a diario durante meses y meses. Así que hace tiempo que no me tengo que preocupar de ponerme pantalones oscuros. Tengo que preocuparme de cosas mucho más dolorosas, más difíciles. Por ejemplo, mantenerme detrás de mi mesa cuando mi jefe se planta al otro lado y me dice casi sollozando que sigue triste por la muerte de su perro. Lleva una foto del animal bajo el brazo y le echa un vistazo cada cinco segundos sin que deje de temblarle la barbilla. Yo tengo una sobre mi escritorio, de cuando tenía sentido que los dos y más gente nos fuéramos a hacer una parrillada en el monte, pero jamás me ha preguntado quién es el de la imagen. Me parece increíble no saltar sobre él y graparle la boca y los párpados. En lugar de eso concentro mis fuerzas en alzar un poco la cabeza y decirle Tranquilo, sólo es un perro. Y él me suelta con odio que no empatizo. Que no me implico en la empresa, ni con los compañeros ni con nadie. Miro el reloj que hay en la pared y calculo que me faltan siete horas y cuarenta y nueve minutos para salir de aquí. Y echo de menos lo bien que me sentaba el prozac al principio de todo esto. Y luego el cipramil y el dumirox y la cymbalta. Pero ahora necesitaría litros de fluoxetina para alcanzar el único descanso viable a estas alturas.

Porque cada vez que paso por delante de un contenedor de basura, o aunque no sea así, me acuerdo de que aquella noche habíamos estado bebiendo unas cervezas. En plan despedida de la buena vida. Mi hermano iba a ser padre en dos semanas y en adelante tendría ya pocas opciones de ver un partido de fútbol de mierda con los amigos. Lo pasamos bien hasta que mientras lo llevaba de vuelta a casa nos estrellamos contra un camión de basura que salió marcha atrás de un callejón. Cuando mi ex cuñada me vio por primera vez después de aquello quiso matarme con lo primero que encontró a mano. No se lo tengo en cuenta. Ni eso ni que haya rehecho su vida y sólo venga por nuestra casa una vez cada quince días. Ni siquiera sube a casa. Espera en el patio con la niña y yo bajo a recogerla. Pasa con nosotros un fin de semana de cada dos. Ella ya mira sin asomo de extrañeza cuando le curo a mi hermano las llagas del culo y le limpio el tubo del respirador mecánico. Es una buena cría. Muy lista. He conseguido que le llame papá. Y a mí hijoputa.

17
nov
08

Problemas de empatía

Censurado por la Autoridad Moral.

Os dejo los tags para que os montéis con ellos la historia que mejor os parezca.

23
jun
08

Demasiado cerca

Resulta que vivo en un bloque de nueve pisos muy cerca de la universidad de esta ciudad. Todo estudiantes, todo veinteañeros y treintañeros. Cuando me los cruzo en la escalera parecen felices, con independencia de que estén borrachos o no. La portera no debe de ser mucho mayor, pero su aspecto no es tan risueño. Quizá se deba a que tiene un hijo preadolescente y probablemente no deseado de unos doce o trece y con algún tipo de autismo o algo peor. O puede que la explicación radique en que el chaval mide uno ochenta y pasa de largo los cien kilos. No sé… puede. Puede que tal envergadura haga la situación aún más inmanejable. Entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche la mujer está en el portal, fregando los escalones o quejándose por teléfono con voz demasiado audible o limpiando los cristales del cuartucho en el que se mete de rato en rato. Dentro tiene una Singer con la que remienda los rotos de los pantalones de su hijo. Porque a las cinco de la tarde el autobús del centro especial o como se llamen esas escuelas para niños diferentes descarga al chaval en la esquina y todo lo que hace desde entonces hasta que su madre cierra con llave el cuartito es arrastrarse por el gres. Ella no puede levantarlo del suelo así que le repite que se levante y se siente a hacer no sé qué en un cuadernillo. Sin la menor señal de enfado en su tono. Ni de cariño. Pronunciando de la manera en que se habla a un perro que te ha salido un poco difícil. Pero supongo que él no se da por aludido porque jamás le he visto obedecer a una de esas órdenes. Ni siquiera reaccionar física o verbalmente. De hecho, nunca le he oído hablar. Lo único que sale de su boca son babas y sonidos guturales. La portera tiene un novio que va a verla de cuando en cuando. Bastante desagradable. Tiene la frente estrecha y la mandíbula hacia fuera y cuando saluda al chaval lo hace dándole un manotazo en el pescuezo o tirándole de la patilla. Porque el autista no es más que un niño pero ya tiene una barba cerrada. Lo bastante para que su madre tenga que afeitarle cada dos o tres días. En fin, que el novio de la portera es un tipo bastante desagradable pero por algún motivo indescifrable ella se muestra muy cariñosa con él. En varias ocasiones he oído cómo le pedía perdón por su realidad diciendo cosas como No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está muy bien o Qué me vas a contar; me tiene harta. Y luego le da un beso al hombre en sus labios de animal. Él siempre se echa hacia atrás. La otra tarde me decido por fin a poner la lavadora. Luego subo a la azotea a tender mis cosas. Como en cualquier edificio antiguo, la casa de la portera está en el último piso. La puerta está abierta pero no miro al pasar porque la verdad es que me importa una mierda lo que pueda ocurrir dentro. Así que salgo a la azotea y veo un par de sombras proyectadas sobre una sábana blanquísima. Se mueven, como si se abrazaran y se besaran o como si forcejearan, no lo sé. Tampoco salgo de dudas cuando retiro la tela y veo a la portera y a su hijo demasiado cerca de la barandilla y demasiado cerca el uno del otro. Ella me mira con una cara extraña, de circunstancias y de miedo al mismo tiempo. El chaval me mira con la única cara de que es capaz. No digo nada. Vuelvo a refugiarme tras la sábana. Mientras tiendo ellos siguen a lo suyo. Les oigo gemir, respiran profundo. Qué más da, pienso, sólo son dos vidas de mierda.

18
jun
08

La vida salvaje

Estaba en el pasillo y un neón parpadeaba en el techo y no pudo evitar pensar que todo tendía a estropearse.

Miraba la tele que había anclada en la pared casi a la altura del techo. Un documental. Animales en su hábitat. Las técnicas de caza de las criaturas salvajes. Su procreación. Su crecimiento. Su muerte anunciada entre las zarpas de otros seres más fuertes. Cosas así. Y el hombre no podía evitar pensar que todo tendía a terminarse. Quizá no en el mundo entero, pero sí en el suyo. Aunque tal vez, por qué no, el mundo entero. La idea no le consoló.

Las últimas visitas salieron de la habitación. Hace un rato habían llegado igual que todos los demás, contentos. Sonriendo y cargados de regalos. Ahora, al salir de la 313, ponían la misma cara que el resto. Un gesto contenido, forzado para permanecer a medio camino entre la tragedia y la comedia. El último en salir de la habitación fue Marcos, su amigo de toda la vida. Fue el único que se le acercó y consiguió mirarle cara a cara, sinceramente, durante unos segundos. Luego le abrazó sin decir nada y se marchó.

El televisor seguía proyectando escenas de violencia animal. Violencia sexual o violencia alimenticia. Daba igual. Supervivencia primaria, al fin y al cabo.

Entonces se levantó y echó a andar hacia las escaleras. A las puertas del hospital se fumó un cigarro. Le habría gustado que estuviera lloviendo, por ejemplo. Que fuera de noche e hiciera frío, por ejemplo. Pero eran las cuatro de la tarde y un sol enorme ardía en el cielo, cegándolo todavía más. Con el cigarro aún entre sus dedos se dirigió de nuevo a la tercera planta. Al fin y al cabo, estaba seguro de que nadie tendría cojones de llamarle la atención. La recorrió varias veces de punta a punta del pasillo. Le sorprendió un poco que en la mayoría de las habitaciones hubiera gente feliz. A él le costaba reunir el valor para entrar en la suya. Cuando lo hizo, ella estaba dormida. Y muy plácidamente. No se agitaba, no sudaba. No había en su expresión el menor atisbo de preocupación. Un hilillo de baba tan transparente y pura como el agua se deslizaba desde la comisura izquierda de sus labios. Y el hombre se estremeció. De repente fue consciente de que nunca antes en su vida había visto nada tan aterrador.

Al poco ya estaba en la calle, llevando en la mano una bolsa de Toys R’ Us en la que alguno de los visitantes de su mujer había guardado un oso de peluche con ojos incomprensiblemente azules.

Una larga fila de alumnos de preescolar salía del zoo justo cuando él estaba sacándose la entrada. Veinte euros. Un poco caro. Pero es que según lo que ponía en el ticket y en los folletos de publicidad y en los mapas que le había dado el tipo de la taquilla aquello no era un zoo. Era un Bioparc, lo que fuera que significara. Así que a lo mejor lo caro de la entrada estaba justificado.

Tenía prisa por ver de cerca a los leones. Y a las hienas. Y a la pantera negra. Pero algo le obligaba a desviar su rumbo en cuanto veía un cartel que indicaba el camino hacia el sector Sabana. Así que pasó un par de horas vagando por el Amazonas, por la Polinesia y por el Acuario Antártico.

Estaban a punto de cerrar cuando al fin se sentó en un banco ante el foso de los leones. Con el sol poniente frente a él tiñéndolo todo de rojo reparó en el cartel. Los carteles. El mismo cartelito de plástico cada cinco de metros: Está prohibido alimentar a los animales. Y la misma idea en su cabeza cada cinco segundos: ojalá fuera una de esas bestias. Un guepardo, un perro salvaje. Algo así. Ojalá no supiera leer ni pensar más allá de la sangre y el instinto.

Por primera vez desde que había salido del hospital se atrevió a palpar la bolsa. Con cuidado. La sopesó. Allí sentado, oyendo rugidos, viendo comillos amarillentos y oliendo el tufo animal, intentó convencerse de que lo que había dentro del plástico no era más que tres kilos de carne fresca, tierna y caliente. Luego introdujo la mano en la bolsa y sacó al bebé. Volvió a comprobar que no se parecía en nada a él. Ni en los ojos, ni en la nariz, ni en la boca. Ni en el color. Era la cría de otro, dormida y venida de algún lugar lejano. Probablemente, de otro continente.

Mientras se acercaba al borde de la parcela con el niño en brazos rezó para que no se despertara. No tenía la menor idea de lo que pasaría por su mente si sus ojos se cruzaban.

Señor, vamos a cerrar, dijo una voz a su espalda. Y los pasos de quien había hablado se alejaron por un camino de grava.

Fue en ese instante cuando los párpados del bebé empezaron a despegarse.

Y el hombre se arrepintió, al menos un rato durante cada uno del resto de sus días, de su decisión.




new!!

Iván Rojo Tales

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