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22
sep
09

Cita con gorro verde

Llegó unos minutos antes de lo previsto. Se sentó en el escalón de cemento que bordeaba el estanque de los patos. Así habían quedado. Desde donde estaba podía ver el campo de fútbol unos cientos de metros más allá. El lugar en el que dentro de un rato disfrutaría de un espectáculo deportivo mientras en la otra punta de la ciudad ocurrían cosas sucias. Es lo que estaba pensando cuando las torres de iluminación fueron encendiéndose una a una hasta envolver el estadio en una nube de luz parecida a un hongo nuclear. Llevaba puesto un gorro verde. Eso también estaba hablado. Lo había comprado un rato antes, de camino a la cita. Le había dicho al dependiente de la tienda que quería un gorro verde. De lana, de punto, impermeable, tal vez con orejeras, con una borla en lo alto… Es lo que había querido saber el vendedor.

-Simplemente un gorro verde, me importa una mierda de qué esté hecho -había contestado.

-Como quiera.

Pero se arrepentía. Finalmente se había llevado uno de lana y era otoño y el otoño siempre era suave en esa ciudad. Y ahora se sentía ridículo y más pringoso de lo habitual sentado al borde del estanque viendo a toda esa gente en pantalón corto y manga corta haciendo footing por el parque. Era gente sana, radiadores de bienestar que por razones incomprensibles se sentían de maravilla dedicando un rato a mantener la línea después de una jornada laboral tan asquerosa como la de todo el mundo. Le bastaba con fijarse en sus expresiones esforzadas pero realizadas para darse cuenta de ello. Personas tan sanas y tan armoniosas que, a pesar de tener cuatro extremidades y dos ojos en la cara, de repente le parecían totalmente ajenas a él. Casi como de otra especie animal. Porque, por ejemplo, ellos miraban el reloj para controlar su ritmo de carrera, su ritmo cardíaco, la distancia recorrida, las calorías quemadas y otras cosas así de saludables; y él lo miraba cada treinta segundos calculando el tiempo que le faltaba para convirtirse en un monstruo.

Así que se sentía a años luz del equilibrio y la paz que notaba en cuantos se movían a su alrededor. Y todo por culpa del puto García. Un hombre vulgar con un nombre vulgar que había conseguido llevarle hasta donde se encontraba, esperando a un desconocido al borde del estanque de los patos, con miedo y con vergüenza y con el culo mojado. Se sentía, sí, ridículo, pero también malvado, o más bien siniestro, puede que hasta peligroso. Él, que nunca se había planteado que tal vez fuera una mala persona… Ahora no encontraba la palabra precisa para aunar todas las sensaciones que le pasaban por la cabeza, justo bajo su gorro absurdo y extemporáneo, al observar a todos los que pasaban a su lado correteando o saltando y sin otra preocupación en sus vidas que la de mantenerse en forma. Los odiaba. Odiaba la placidez que desprendían, su insultante despreocupación. Porque él sabía muy bien que nadie con problemas de verdad pierde tiempo en comprarse, ponerse y después lavar y planchar y volver a ponerse ropa deportiva para ensuciarla otra vez al día siguiente. Cuando estás realmente jodido no importa la barriga ni el pelo que se cae. Eso pensó, y le pareció que podría quedar bien en la página de un libro o en un sobrecito de azúcar. Pero en seguida dejó de divagar y volvió a lo importante. Y lo importante era que odiaba a todos esos corredores que hacían jruash jruash al trotar por la gravilla del parque y a los pseudoatletas que estiraban los abductores apoyándose en el respaldo de los bancos. Y que odiaba a muerte a los que practicaban la postura del loto en el césped buscando encauzar, equilibrar o potenciar su chi. Y, sobre todo, que ese odio daba un salto de calidad, intensidad y profundidad y se convertía en algo insoportable y aterrador -algo que le desgarraba la boca del estómago y le comprimía los pulmones y hacía que sus dientes mordieran hasta la sangre su labio inferior- cuando las miraba a ellas. A todas esas mujeres, jóvenes, maduras, algunas aún casi niñas, decididamente viejas otras, que pasaban sudando dentro de sus shorts ceñidos. Cuando las miraba y no podía evitar compararlas con la suya. Todas vencían la balanza hacia su lado. Todas, hasta las que eran más feas, más viejas, más gordas. Desde la primera hasta la última se imponían en la comparación por la sencilla razón de que no eran ella.

Y todo por culpa de García. Había llegado a la oficina sólo un par de meses atrás y ya se creía el puto amo. Peor aún: ya era el puto amo. Porque era el que le había quitado el ascenso por el que había trabajado durante diez años. El que ahora se iba de copas con el jefe después del trabajo. El que de golpe había acaparado las miradas de las secretarias trepas que antes se le insuanaban a él. El que ahora le tocaba los cojones cada tarde justo antes de salir de la empresa pidiéndole informes que estuvieran listos a primera hora de la mañana siguiente. Pero, por encima de todas las cosas, era el motivo de que ella se quejara continuamente. Por no poder barnizar las puertas. Por no hacer ese viaje de fin de semana a la playa. Por las constantes averías del coche. Y porque estaba segura de que en casa de García las puertas y las ventanas brillaban cegadoramente bajo su capa de laca protectora, lo cual hacía que su llegada a casa el domingo por la noche después de coger su flamante coche e irse a pasar un par de días en la costa fuera increíblemente agradable.

Siguió esperando sentado, prácticamente sin mover un músculo, con la mano derecha metida en el bolsillo de la americana. Estaba muy quieto, pero sudaba igual o más que los atletas urbanos que iban y venían. Percibía el líquido condensándose en sus sienes. Jodido gorro, pensó. Pero en realidad sabía que la razón era que estaba nervioso. El crujido que emitió el sobre que llevaba en el bolsillo al arrugarse bajo la presión de sus dedos resudados se lo corroboró. Tengo que tranquilizarme, se dijo, todo va a salir bien. Mañana recuperaré el control de mi vida. Y empezaré de nuevo. Una nueva oportunidad para alcanzar el lugar que merezco. Quizá esta vez no fracase. No, no la cagaré esta vez. Y se repitió Todo va a salir bien, todo va a salir bien hasta que reparó en que llevaba unos segundos diciéndolo en voz alta. Cuatro o cinco tipos pasaron a su lado vestidos con camisetas de fútbol y se le quedaron mirando. Tenían pinta de estúpidos, pero le asustó la posibilidad de que alguno de ellos no lo fuera del todo. Le asustó que un imbécil que salía a la calle con el uniforme y la bufanda de su equipo pudiera llegar a ser el responsable de que acabara en la cárcel. Que le reconociera cuando sin duda su foto saliera en los periódicos o en esos programas de tragedias y como buen ciudadano acudiera a la poli a decir Ya sabe, probablemente sea una tontería, el tipo no estaba haciendo nada malo ahí, en el estanque de los patos, pero repetía como ido que todo iba a salir bien y, no sé, no me dio buena espina. De manera que sonrió a los forofos como un gilipollas más y estuvo a punto de decirles Ánimo, chicos, que hoy machacamos a esos cabrones. Y eso que a él ni siquiera le gustaba demasiado el fútbol. Simplemente iba de vez en cuando a algún partido. A los partidos importantes. Por salir un rato de casa, más que nada. Y el partido de esa noche era de Champions. Una buena oportunidad para poner en marcha el plan. Tendría coartada para un par de horas. Lo único que tenía que hacer era sentarse en las gradas y procurar que alguno de los espectadores se quedara con su cara. Derramarle en los pantalones un poco de Coca-Cola, confundirse premeditadamente de asiento, quizá hasta provocar algún pequeño enfrentamiento. No parecía muy difícil. Además, si llegaba el momento en que alguien necesitara algo más que las declaraciones de unos cuantos testigos seguro que en el estadio tenían un buen montón de cámaras que le habrían grabado entrando, saliendo, meando o celebrando un gol. No, no tenía de qué preocuparse, se dijo mientras se quitaba el gorro y lo dejaba un momento en el cemento para arreglarse el pelo húmedo y apelmazado.

-Aunque ahora no lo llevas puesto, supongo que tú eres el del gorro verde -dijo entonces una voz a su lado.

Era una voz suave, muy joven, al igual que el hombre al que vio cuando levantó la vista con el corazón a punto de estallarle. Por alguna razón había imaginado que el sicario con quien le habían puesto en contacto sería un tipo de aspecto feroz. Alguien terrorífico que hacía cosas terroríficas. Pero lo que tenía ante sí era un chaval enclenque, casi un crío, sin atisbo de barba, a quien no le pegaban en absoluto el traje negro y la corbata fina con los que le habían dicho que siempre acudía a sus citas. Influencia de las películas de matones, pensó pero no se atrevió a decir. Y, además, le importaba una mierda. Sólo quería que fuese discreto y efectivo, y aquella noche de borrachera en aquel bar de aquella ciudad del norte le habían asegurado que no encontraría a nadie mejor para hacer el trabajo aunque se empeñara en recorrer el país de punta a punta.

-Sí, soy yo -contestó levantándose, intentando parecer tranquilo pero poniéndose el gorro con manos temblorosas.

-No lo alarguemos más de lo necesario.

-Muy bien.

Sacó el sobre del bolsillo y se lo tendió al chaval mientras echaba una mirada claramente asustada alrededor.

-Tranquilízate -le dijo el asesino con una voz que ya no parecía tan suave.

-Lo siento, tienes razón. Ahí tienes el dinero, cuéntalo si quieres -dijo con la extraña sensación de saber que de ahora en adelante esa frase le erizaría el pelo cuando la oyera en una película. – También está la copia de la llave. ¿Qué harás luego con ella? Tírala a una alcantarilla, fúndela, no sé, quizá…

-Te he dicho que te tranquilices. No voy a contar el dinero porque si intentas joderme iré a por ti y lo recuperaré con creces. Eso y saber poner la cara apropiada si te toca hablar con la prensa o cuando asistas al entierro es lo único que tiene que preocuparte ahora.

Y eso fue todo lo que se dijeron. El chaval se fue con el sobre en la mano. Andaba despacio, con la cabeza ligeramente levantada. Como quien pasea disfrutando de una buena noche. Y él se quedó allí, viéndole alejarse. Luego tiró el gorro al estanque y contempló cómo se hundía. Pensó en su mujer y en sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de casa. Pensó en García y en su mujer y sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de su casa. Y supuso que hasta esa noche sus vidas, al fin y al cabo, no habían sido tan diferentes. Y luego entró en el estadio y vio ganar a su equipo, contra todo pronóstico.

16
jul
08

Titán

Puede que sea verano y que estés sudando viendo la Teletienda a las tres y pico de la madrugada y que lo que siempre te persigue vuelva a atraparte. Es una pulsión que cada vez más a menudo te hace plantarte ahí en medio con un viejo radio-casette en los brazos. Las respiraciones flotando en el aire recalentado del cuarto cerrado, cada una a su ritmo. O sosteniendo un jarrón de porcelana mala. Hace años que duermen en camas separadas. Los mismos que han pasado desde que empezaron a odiarse. Seguramente toda la vida, supones. Y de pie a oscuras en el metro escaso que queda entre los dos mundos en guerra de los que vienes piensas que por qué no, que está justificado y que tú también mereces que –a falta de algo mejor- la prensa hable de ti. O notando el esfuerzo de tus bíceps al sujetar una olla exprés de ésas de acero macizo. E inoxidable. Pero la gente y los medios de comunicación hablan del asesino de la catana o del asesino de la ballesta. Y piensas que necesitas algo dotado de más glamour para reventar a tus padres mientras duermen justo cuando la voz en off de la Teletienda empieza a hablar de un las bondades del sacacorchos Titan Glam.

Una oferta irresistible. Tan útil como elegante.

De titanio.

Con punzón en espiral y cachas de madera de roble barnizada.

Y tuercas con cromado americano.

Por sólo 80 euros.

El lujo a su alcance…

Y escuche esto: si lo compra usted ahora mismo, ¡recibirá totalmente gratis este magnífico escurregotas bañado en plata de ley!

Las imágenes que complementan el discurso disipan cualquier duda al respecto. Ese tubo seccionado en diagonal, el escurregotas, parece muy capaz de perforar la carne. Pero es demasiado corto y, como no tiene mango, probablemente te cortarías uno o dos dedos si lo clavaras violentamente en un cuerpo humano. Además, ¿quién coño sabe lo que es un escurregotas? Ningún periódico de provincias se atrevería a etiquetarte como el asesino del escurregotas. Ni del radio-casette. Ni de la olla a presión. Pero el asesino del sacacorchos… Sí. El asesino del sacacorchos de titanio.

Lo más apropiado para abrir recipientes llenos de tonos rojos, cereza y carmesí. Saborearlos unos segundos. Y, después, escupir.

Así que lo tienes claro. Ya sólo estás a 80 euros de la gloria, el reconocimiento. Esas cosas.

10
jul
08

Marca personal

Algunos amigos que dicen estar estresados van a clases de yoga, pilates, taichi… como coño se escriba. Ese rollo zen de Pon tu mente en blanco y desconecta. Mierda. Nadie se relaja doblando las piernas antinaturalmente y hundiéndose en sus pensamientos. A poco que uno use su cerebro, encerrarse en una habitación aséptica oyendo la voz de un monitor/-a (que asegura estar superfeliz con su vida de mierda de monitor/-a) que te guía hacia tu animal del poder es lo más agobiante que se pueda imaginar. Por eso, cuando ya no puedo soportar más lo que me toca vivir me reúno con mi amigo Marc y nos adentramos en zona prohibida: en el germen de nuestro asco vital: en el centro de la ciudad. Concretamente, en la retícula de calles donde se concentran los comercios más importantes del mundo. Zara, El Corte Inglés, Bershka, etc. Ahora, en rebajas, el entorno es todavía más hostil de lo normal. Miles de personas correteando de una tienda a otra, con prisa, para que nadie les quite de las zarpas la ganga de turno. Marc y yo juntamos lo que cuesta un paquete de pipas y nos sentamos en un banquito o en un bordillo, reprimiendo las ganas de vomitar ante lo que desfila ante nuestros ojos, a la espera de seleccionar la presa de hoy. Hay muchos candidatos que lo merecerían. En la calle Colón de esta repugnante ciudad hay tantos emos como popis. Tantos modernitos fashion como pijos. Pero lo que ni mi amigo ni yo podemos soportar son los carteles ambulantes. Los hombres-anuncio. Con sus ces y sus kas, y sus des y sus ges. Así que le digo a Marc:

-Creo que hoy le va a tocar a ése.- Y se lo señalo.

Camiseta UCB con las letras del tamaño de cabezas humanas; pantalones Energie con el logo repetido a lo largo de las perneras; un cinturón tan grueso como el de un campeón mundial de boxeo: la E de Emporio y la A de Armani forman la descomunal hebilla.

Y me contesta:

-Puajj, realmente nauseabundo, pero mide casi dos metros… Demasiado para nosotros.

-Va, tío, nosotros somos dos.

-No sé, no sé…

Pero entonces nuestra inminente víctima saca de algún sitio unas gafas de sol y se las pone. La D y la G rebosan la patilla, joder, y Marc concluye:

-Vale, es él.

Empezamos a seguirle a distancia prudencial. Durante las siguientes dos horas le vemos entrar en una infinidad de tiendas de moda. En una de ellas se compra seis pares de calzoncillos Calvin Klein. De ésos con la marca bien visible en el elástico. De ésos que hacen que la gente vaya por ahí enseñando el culo para que todo el mundo pueda ver que llevas unos gallumbos del puto señor Klein. En fin, todo muy hiriente. Marc y yo empezamos a estar realmente cabreados. Y encima el puto engendro decide acabar su jornada de shopping tirándose media hora en una cabina de rayos UVA.

Mientras esperamos a que salga noto que la prisa me va invadiendo. A ver si este tipo sale de aquí y pilla un taxi o un deportivo descapotable para volver a casa. A ver si se nos va a escapar. ¿Por qué no entramos y nos lo cargamos mientras se broncea?

Pero Marc me frena. Marc siempre me frena. Supongo que si no fuera por él ya estaría a la sombra. Gracias, Marc, siempre a tus pies.

En efecto, no había por qué ponerse nervioso. El hombre-anuncio sale de la tienda de soles y echa a andar hacia calles cada vez más despejadas. Quince minutos después entramos tras él en su portal. Y me cago en la puta, aquello es un palacio. Por suerte, el portero ya debe de haber acabado su jornada de lameculos. Allí en el zagúan no hay nada más que un tipo realmente alto y corpulento y bronceado y depilado -ascoascoasco – y el ruido del ascensor bajando y Marc y yo, con las manos temblando.

-Tío, vas muy cargado -le suelto.

Y supongo que el especimen se siente amenazado de algún modo porque hace ademán de ponerse en guardía. Pobre cretino… Marc ya se le ha echado encima. Y en seguida yo. Y 1 + 1 es más que 1. Así que no nos resulta difícil quitarle las gafas, arrancarles las patillas y empezar a golpear, arriba y abajo, zas, zas, zas, zas, cada uno con una de ellas. Al principio el tío grita como un ser humano; pero no tarda en ponerse a chillar como una rata o algo aún más insignificante. Le amordazamos con algo que sacamos de una de sus bolsas. Son unos calcetines Adolfo Domínguez. Y, claro, seguimos clavando y clavando. Con más saña. Tiene ya varios boquetes en el torso. Las letras de UCB que utiliza para exhibir su perímetro torácico hace ya un rato que han dejado de ser blancas. Clavamos y clavamos y pienso Joder, estas gafas son realmente de buena calidad. No se han doblando ni un poquito. Y pasamos a los ojos. Todo ese vítreo manando. Parece gel. Parece semen. Algo gelatinoso y gris claro.

Ya casi no se mueve cuando veo que Marc está levantándole la camiseta y le palpa las costillas.

-Espera un momento; aún no.

Entonces le quito el cinturón y caliento la hebilla con el mechero. Se la grabo en la frente. Y le digo a mi amigo:

-Vale, adelante.

Marc busca con los dedos el tercer espacio intercostal izquierdo de lo que tenemos a los pies, e introduce poco a poco la patilla. Es carne humana, pero el plástico entra fácil. Como en mantequilla fundida.

02
jul
08

Salvavidas

Estoy en un tren y llevo un regalo sobre las rodillas. La típica imagen de un regalo, ya sabes, una caja cúbica envuelta en papel de colores chillones y rematada con un lacito. Además, voy de traje. Y vale, soy yo quién está en el vagón vestido de pingüino y soy yo a quien le sudan las manos pero podrías ser tú. Sólo necesitarías estar bastante hasta los huevos y que en tu barrio hubiera una droguería, una ferretería. Quizá una tienda de productos de bellas artes. Porque cualquier día puedes encontrarte en el buzón un sobre de papel grueso. Con tu nombre escrito con tinta plateada o dorada. Dentro hay una invitación. Un par de años después de Todo te está invitando a su boda. Se ruega confirmación, dice al pie del tarjetón. Así que después de pensarlo durante unos días decides que lo mejor es asistir. No sabes si seguirá teniendo el mismo número, pero le envías un mensaje al móvil. Felicidades, me alegro mucho por ti, allí estaré. Alguna mentira por el estilo. Y ya sólo te queda comprarle un regalo. Buscas en Internet. Y, claro, acabas optando por un reloj-despertador. Según la red de redes es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Lo ideal.

 

La “termita” es una mezcla de combustible oxidante capaz de generar temperaturas cuasinucleares. 2.200 º, más de la mitad del calor que origina una bomba atómica. Y te asombra cómo has podido vivir todo este tiempo sin tal información. Pero lo más increíble es lo fácil que es de fabricar. Fight Club tenía razón.

 

Por eso en el tren no estás tranquilo. Tienes prisa y también ganas de vomitar. Te gustaría que todo hubiera pasado ya. No entiendes por qué coño le ha dado por casarse en una pequeña ciudad a trescientos kilómetros de la que creías que era la vuestra. En realidad, no entiendes por qué coño le ha dado por casarse. El caso es que llevas ya una hora de trayecto pero aún faltan un par más. Esto no es la Alta Velocidad. Esto es uno de esos viejos cacharros demasiado ruidosos que paran en cada pueblo por el que pasan. Y durante un momento te asusta la idea de perder la noción del tiempo y cagarla bien cagada. Retiras las manos del regalo. Pero luego miras la hora en el móvil y recobras la calma. Todo va según lo previsto.

 

En la droguería te facilitarán sin hacer preguntas óxido de hierro en polvo y aluminio en polvo. Es importante que lo utilices a partes iguales. Muchas webs recomiendan 10 gramos de cada. Pero más vale asegurarse. Y pones el doble. Remueves con cuidado hasta obtener una textura y color homogéneos. Luego añades un poco de cloruro de potasio y unas gotas de ácido sulfúrico, para potenciar la velocidad ignífuga del compuesto. Y metes el polvo en una caja. Preferiblemente, de cartón. El plástico acumula electricidad estática.

 

El tren se detiene en una ciudad intermedia. Miras por la ventanilla. Una ciudad de mierda, a juzgar por el estado de abandono en que se encuentra el andén. Hay herrumbre en las barandillas y en los bancos. La caseta en la que se compran los billetes tiene las paredes desconchadas. Y piensas Joder, quizá la culpa no sea mía, quizá es que la vida no es gran cosa. Y te dispones a seguir pensando en busca de sucedáneos de legitimidad pero te distrae alguien que se sienta a tu lado. Por el rabillo del ojo y por las fosas nasales concluyes que el sujeto es Mujer Joven. Sientes cierta curiosidad. Lo típico: si estará buena. Pero hay cosas más importantes en las que ocupar la mente y logras mantener la mirada en dirección al decrépito mundo exterior. Lo malo es que no pasan ni tres minutos desde que el tren recupera la marcha hasta que te dice ¿Vas a un entierro? Aun así, sigues sin girarte hacia ella cuando le contestas:

-Llevo traje negro, pero también un regalo; saca tus propias conclusiones.

-No lo digo por el traje. Lo digo por tu cara.

-Ah, vale… Entonces sí, voy a un entierro.

El hecho de estar seguro de que la conversación va a continuar no te ayuda a soportar mejor la voz de tu vecina de asiento. Sigue:

-¿Crees en dios?

-No.

-Mejor.

Luego se calla un minuto, hasta que suelta:

-Yo antes creía en dios. Ya sabes, por esto…

Justo después de esos puntos suspensivos oyes un toc-toc de origen desconocido, pero ni siquiera eso consigue que te vuelvas y mires de una puta vez a la persona que ha decidido joderte un poco más de lo que ya estás. Ella sigue:

-Pero hace tiempo que entendí que lo que de verdad necesito es otro tipo de amor. Algo más de carne y hueso.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Hoy empiezo mis vacaciones. Llevo yendo al mismo sitio desde hace cuatro años. Un pueblecito costero. Él está allí, vigilando la costa desde su torre. No es tan espectacular como los vigilantes de la tele. Es un tío normal, pero a mí me gusta.

-Me alegro de que tengas las cosas claras.

-Lo que pasa es que no me hace ni puto caso. Todos los veranos finjo que me ahogo justo delante de él pero nunca viene a rescatarme. Termina acudiendo algún bañista buenapersona que me saca del agua y luego corre hasta la torre de vigilancia para echarle la bronca por no hacer su trabajo. Entonces, delante de mí, él explica a los curiosos que lo que pasa es que estoy loca y que todos los años igual. Eso dice, que estoy loca. Pero yo sé que lo único que explica que no venga a salvarme es esto…

Toc-toc.

En este punto cedes a la curiosidad. La miras y ella te mira directamente a los ojos y luego baja la vista hacia su falda, se la recoge un poco y te muestra su pierna ortopédica. Ella vuelve a mirarte, pero tú sigues clavado a ese pedazo de madera vieja.

Dice:

-Sé que es horrible pero… ¿sabes cuánto cuesta una de esas piernas ultraligeras y estilizadas de fibra de carbono que fabrican ahora? Ni te lo imaginas…

Y dice:

-Por cierto, ¿qué hay dentro de la caja?

 

Lo ideal es que sea un reloj-despertador electrónico. Que lleve un zumbador o un altavoz. Es lo que mejor funciona. Lo más seguro, lo más fácil. Ni siquiera necesitas haber visto Bricomanía. El ferretero de tu barrio te ayudará a continuar el proceso vendiéndote una pequeña bombilla. Pequeñísima. Con 1,5W hay de sobra. La rompes con cuidado de no cargarte el filamento incandescente y la conectas en el lugar del altavoz-zumbador-buzzer, de manera que esté en contacto con la cajita repleta de termita. Vuelves a atornillas el despertador y lo programas. Las diez de la noche es un buen momento para hacer entrega de tu regalo. En pleno banquete.

 

Dices:

-Ni te lo imaginas.

Y dices:

-Aquí no puedo enseñártelo. Vamos.

Dos minutos más tarde estás en el último vagón del convoy, en el WC. Te has olvidado del regalo. Está en el lavamanos, bajo un grifo goteante. Y tú entre las piernas de la chica. O algo parecido, ya me entiendes. Y oyes el toc-toc-toc de su prótesis chocando contra las paredes de PVC del aseo. Que es una pierna Erickson, te comenta mientras os movéis al ritmo del traqueteo del tren. Que la robó en uno de esos sanatorios tétricos donde la gente deja reliquias a cambio de obtener el derecho a un milagro. Que se vendieron millones de unidades durante la II Guerra Mundial y que ya está algo pasada de moda. Pero que da igual porque al fin y al cabo su vigilante particular nunca se fijará en ella.

-A mí me gusta –le dices-. Es raro.

Al acabar te pide que le enseñes el regalo. Cumples tu palabra.

30
jun
08

Tarjetas

De repente, me recordó a Patrick Bateman.

Estábamos cenando en un bar. Una cena de amigos de toda la vida, con bocatas, tapas y mucha sangría, así que no había ninguna trascendencia en los temas ni seriedad en las formas.

Hasta que, en cierto momento, nos pidió que le atendiéramos, para lo cual se ayudó de golpear su copa con el tenedor. Cuando se aseguró de que era el centro de nuestras miradas y de nuestros oídos, nos comunicó que le habían ascendido en su empresa. No recuerdo qué cargo nos dijo que ocuparía a partir de entonces, ni siquiera recuerdo si lo hizo. Ahora supongo que no, que seguramente prefería que lo viéramos por escrito, pero la verdad es que no podría asegurar si nos lo dijo o no. Y da igual porque lo fundamental, al menos para mí, lo que llamó poderosamente mi atención, fue que, después de darnos la noticia, se sacara del bolsillo un estuchito plateado, lo abriera y empezara a repartir de mano en mano un ejemplar de su flamante tarjeta personal.

Mientras lo hacía nos contaba los muchos motivos que habían determinado su ascenso, y también los porqués que harían que no tardara mucho en ocupar el puesto de su jefe. Y luego nos habló con gran placer y entusiasmo de tipos de cartón, de tipos de tinta, de tipos de relieve. De dimensiones, de formatos y de precios. Mencionó las tiendas de ésta y otras ciudades especializadas en la materia. Y, claro, me recordó a Patrick… Por eso y por la gomina en su pelo repeinado hacia atrás, el afeitado perfecto que enmarcaba su sonrisa resplandeciente, y la pulcritud de su ropa y sus zapatos. Sus uñas.

Estaba claro que era un producto. Todo en su aspecto estaba estudiado para contribuir a su éxito social. Creo que desde el momento en que decidió hacerse un taco de tarjetas, incluso su nombre era su nombre porque estaba impreso en papel de alta calidad. Su imagen constituía su identidad. Y sí, ya sé que eso está a la orden del día en nuestros tiempos, pero el modo rimbombante en que reclamó nuestra atención, la manera en que hablaba de lo importante que su trabajo era para su empresa y el cuidado con que manejaba aquella cajita entre sus dedos, dedos de oficinista, al fin y al cabo… todo eso me sobrecogió.

Me pregunté cómo se vería toda esa parafernalia recubierta de sangre. Porque no me cupo duda de que tarde o temprano cualquier motivo sería bueno para iniciar la carnicería. Que su mujer ganara más pasta que él, que no acabara de llegar el momento en que su jefe se jubilara. Que dentro de unos años, cuando su hijo/-a fuera a un colegio de pago, alguno de sus amigos llevara unas zapatillas más caras. Así que pensé sin querer en un montón de cosas. Un oso de peluche, ensangrentado, deshilachado, con los ojos vidriosos y saltones mirando sin ver. Y en corbatas de trescientos euros manchadas de rojo y escondidas en bolsas con precinto.

Sí, era evidente que aquel tipo mataría por conservar su estatus. Y, seguramente, por elevarlo. Aparté de mi mente toda esa mierda y me centré en beber más y más.

En resumidas cuentas, era un motivo tan bueno como cualquier otro.

16
jun
08

Esto va fenomenal

Las nueve de cada mañana. El 40 me lleva de casa al trabajo. Un cuarto de hora de trayecto y la ciudad siempre igual. Tienen razón. En alguna ocasión he oído decir que esta ciudad es amarilla y huele a cloaca los días en que sopla en determinada dirección. Eso afirman muchos de los que vienen aquí por primera vez. Pues tienen razón.

Me siento invariablemente en el lado izquierdo del bus. Para reparar lo menos posible en la gente que repta por la calle. Sí, de cuando en cuando se puede ver a una chica guapa. Pero en general sólo es gente vulgar reptando por la calle. Así que me siento del lado de las ventanillas que dan a la calzada y paso quince minutos mirando motores y tubos de escape, metal vibrando. Y hago lo posible por no fijarme en el tufo cetrino del aire. Y todo sería más o menos llevadero si no hubiera tanto gilipollas aburrido.

Porque desde hace dos meses coincido en el autobús con un tipo de ésos que hablan y hablan. De cualquier cosa. No recuerdo exactamente por qué empezó a dirigirme la palabra. Tampoco es un dato relevante. Lo que cuenta es que el tío se sube en la parada siguiente a la mía, me saluda con la mano mientras pica el bonobús y luego avanza hasta ponerse justo a mi lado. Si voy en uno de esos asientos individuales se queda de pie junto a mí, colgado de la barra superior. Si estoy sentado en una zona biplaza y la otra mitad está libre, ahí que coloca su culo y me dice Qué tal al tiempo que me da una palmadita en la rodilla, rollo colegueo, rollo asqueroso. Da igual donde me ponga. El hombre-lapa es mi sombra. Si voy de pie o medio agachado en la parte trasera del vehículo, intentando pasar desapercibido entre los viajeros, él me localiza y viene hasta mí sonriendo, con su eterna bolsa bajo el brazo. Y empieza su cháchara. Hablándome desde demasiado cerca. No le importa que intente poner un poco de espacio entre los dos echándome discretamente hacia atrás. Tampoco se da por aludido si le empujo suavemente. Al día siguiente el cabrón vuelve a violar mi espacio vital, mi oreja vital. Mi cerebro vital. Y así durante sesenta días.

He empleado todas las técnicas socialmente admitidas para que deje de tocarme los cojones.

El primer día le sigo la corriente. Contesto a sus preguntas y apostillo sus estúpidos comentarios como haría cualquier descerebrado de los que pueblan esta puta ciudad. Y cuando bajo del autobús me tranquilizo pensando que habré tenido mala suerte, que hoy me ha tocado la china del tocapelotas de turno pero que mañana haré tranquilo el camino hacia mi curro de mierda.

Pero ya es mañana y se me erizan los pelos cuando lo veo subir al autobús, llegarse hasta mí y saludarme como si fuéramos amigos de toda la vida. Así que decido ponerme borde y no le sigo la charla ni con monosílabos. Miro por la ventana, mordisqueo nervioso la funda del abono-transporte, intento pensar en cosas agradables. Pero el hijoputa no capta el lenguaje no verbal; no calla ni un segundo. Me habla de cosas de las que ni mi madre se atreve a hablarme. No deja de soltar mierda por la boca. Dice que vive pared con pared con un matrimonio octogenario que por las noches no le deja dormir porque ambos están sordos y ponen la tele a todo volumen. Jaja. El otro día llamé a su puerta para pedirle que la rebajaran pero, claro, como están como una tapia, pues no me abrieron. Jeje. Me cuenta que vive con su madre. Está enferma de los nervios. Y además tiene la tensión alta. Desde que murió mi padre soy el único que cuida de ella. No me quejo, ¿eh? Lo pasamos bien… Jugamos al parchís todas las noches. Jiji.

Esa es la clase de mierda que vierte en mis oídos día tras día.

Y no hay solución. No hay manera de deshacerse de él.

Si intento darle esquinazo pillando el bus unos minutos antes o después de lo habitual, se las apaña para subir en el que yo he cogido.

Ya no sé qué hacer.

Por eso ayer, mientras lo tengo a un palmo de mis narices soltándome sandeces –lo caro que se ha puesto el gasoil, y qué me dices de las patatas, y mientras los políticos llenándose los bolsillos…-, me doy cuenta de que tengo muy claro que voy a matarlo. Que mañana sin falta me lo cargo. Y comprendo que debo haber estado acariciando inconscientemente la idea durante mucho tiempo, porque el modus operandi se dibuja en mi mente con absoluta precisión.

Ayer mismo al salir del trabajo me acerco hasta el vertedero de la zona sur y le pido al encargado si podría indicarme donde almacena los plásticos. Más bien, tela plastificada, le aclaro. O lona. Algo así. Voy a pintar en casa y necesito cubrir muebles y suelo. Salgo de allí llevando en brazos veinte kilos de un tejido impermeable que huele a productos químicos. En metros cuadrados, unos sesenta. Y una vez en casa me dedico a forrar de arriba abajo las paredes de mi cuarto. Meto los muebles fáciles de trasladar en otra habitación. Los más grandes, los envuelvo también. El trabajo me ocupa hasta las tres de la madrugada. Gasto todas las chinchetas y grapas que encuentro en los cajones de casa y ya entrada la noche tengo que ir a abastecerme a una tienda de chinos de las que abren hasta las tantas. Pero si mañana todo sale como tiene que salir, habrá valido la pena. Mañana aceptaré su invitación y todos contentos: él experimentará un rato de alegría y yo me libraré de él para siempre.

Y ya es mañana de nuevo. Joder, veo mi reflejo traslúcido en la ventanilla del autobús: soy la viva imagen de la felicidad mientras espero ansioso a que ese cerdo suba en la siguiente parada. Tengo que contenerme un poco. Ahí viene. Lo mismo de siempre. Ya está a mi lado. Ya está hablando. A estas alturas de nuestra curiosa relación ya me lo ha contado todo tres o cuatro veces. Hoy, parece, le toca recordarme que es limpiador en un colegio. Que los niños son unos malos bichos, que lo dejan todo perdido. ¿Sabes? Limpiar los baños de un colegio público –enfatiza en lo de público- es el trabajo más duro que he hecho en mi vida. Yo le contesto. Le digo Sí, ¿en serio?, y procuro recordar cuál es la cara que se pone cuando de verdad te interesa lo que alguien te está contando. Parece que actúo bien porque el pesado se emociona y empieza a darme detalles.

Cuál es el mejor limpiacristales del mercado.

A la larga, los guantes de látex pueden producir eccema y diferentes tipos de dermatitis de contacto.

El Pato WC es insuperable; sus imitaciones marca blanca son más baratas, está claro, pero ni se te ocurra recurrir a ellas si quieres obtener un nivel de higiene óptimo.

Y sí, hoy sí: hoy toda esa mediocridad me parece música celestial porque lo único que veo cada vez que parpadeo es a este tipo, de cuyo nombre ni siquiera me acuerdo, entrando en mi habitación. Cuando abra la puerta se sorprenderá un segundo al ver el cuarto entero forrado de un plástico aislante. Pero no podrá confirmar ninguna de las posibles respuestas que le vengan a la cabeza porque ya se la habré partido con la maza que, de paso, compré anoche en los chinos. Después lo de siempre: serrar, empaquetar y enterrar.

Esta vez, si me pillan, estaré realmente jodido. Por aquello de la presión social. No creo, pero si cuando sea la época algún buscador de setas o de trufas metomentodo se topa con lo que quede del cuerpo y algún poli competente llega hasta mí, la opinión pública hablará de crimen pasional o de crimen homófobo. Tendrán que sacarle punta, porque hoy en día es más condenable matar a un homosexual que matar a un heterosexual. Es el reverso tenebroso de lo políticamente correcto. Así que a todo el mundo se la traerá muy floja que mi explicación sea que lo único que hizo el pobre comosellame fue inundarme el cerebro durante dos meses seguidos con todo tipo de detalles sobre su vida de mierda. No querrán admitir que, sencillamente, ya tenía bastante con lo mío y no podía tolerar que ese tío me contaminara más. Se empeñarán en ver cosas donde no las haya y me entraré en la cárcel con una fama muy poco conveniente. En su imbecilidad, los que crean que fue un asunto pasional verán aumentadas las probabilidades de violarme sin que me defienda. Y los que crean que fue un crimen homófobo y se den por aludidos intentarán rajarme a las primeras de cambio.

Pero no voy a ponerme en el peor de los casos. Hasta ahora siempre me ha salido bien; nadie ha desenterrado nunca una de mis cosas. Y no hay motivo para creer que esta vez surgirán problemas.

Estoy a punto de decirle que acepto lo que me propuso hace unas semanas, que pasemos de ir al trabajo y vayamos a divertirnos a mi casa, cuando el tipo empieza a hablarme de sus sueños. Dice que esto de limpiar letrinas es sólo temporal.

Dice:

Sí, ya son cinco años, pero es sólo temporal.

Y luego tartamudea un poco y dice:

Porque sé que algún día realizaré mi sueño. De hecho, quizá el mes que viene me apunte a una academia. He visto unos folletos sobre unos cursos. No sé si decantarme por el de Técnico Superior en Asesoramiento de Imagen Personal o el de Técnico en Estética Personal Decorativa.

Las ganas de cargármelo se me han ido casi por completo cuando añade:

Ojalá algún día logre maquillar a Sarita, a Conchita, a Marujita.

Un segundo después le vomito encima. Él saca de su bolsa un paquete de hojas de papel absorbente. Extra-absorbente, asegura la etiqueta.

No te preocupes, me dice con una sonrisa, esto va fenomenal. Y me quedo mirando cómo se limpia, con cuidado, sin un mal gesto, toda mi porquería. El mundo fuera y dentro de mí, amarillo y maloliente.

03
jun
08

OOPArts

OOPArt.- Acrónimo de “Out Of Place Artifact”: Objeto fuera de lugar.

Empezaba a oscurecer. Yo miraba por la ventana. La silueta de la zona financiera de la ciudad a lo lejos. Una nube de polución y rascacielos de hierro y cristal reflejando los últimos rayos del sol. Y un avión tomando altura. Pero esto es una pequeña urbanización a unos cuantos kilómetros de todo ese caos. Calles limpias y muy tranquilas. Lo bastante como para que el clinc-clinc del timbre de una bicicleta que pasa te haga acercarte a la ventana en busca de algo en movimiento. Algo que mirar. Por eso estaba ahí de pie, tomándome un café y contemplando el mundo exterior desde mi habitación.

Tenía la radio puesta. Un locutor de voz cavernosa hablaba de ovnis.

De orbes o esferas de luz.

Luego explicaba el cómo y porqué de apariciones espectrales y psicofonías. Ahora se las llama parafonías o EVP. Electronic Voice Phenomenon, decía como si fuera una información que nadie debiera ignorar.

Y después mencionaba la enésima teoría acerca de la Atlántida. Ubicación, época de esplendor, causa más plausible de su hundimiento.

Entonces vi que Jorge salía a su jardín arrastrando un saco de plástico. Eva atravesó la puerta trasera del chalet unos segundos después. Llevaba al niño en brazos. Creo que le ofreció su ayuda, pero Jorge la rechazó negando con la cabeza. Y madre e hijo volvieron al interior de la casa.

Son mis vecinos. Quiero pensar que aún son mis vecinos. Un matrimonio joven, sólo un par de años mayores que yo, y un niño.

Jorge dejó el fardo en medio del jardín y se puso a rebuscar en él. Cuando sacó las manos sujetaba una pala. Anduvo un rato por el césped. Despacio, balanceando la herramienta, trazando círculos en el aire. Miraba la hierba atentamente y de vez en cuando aplastaba con sus botas de trekking algún punto concreto. Con la punta, con el tacón. Luego se agachaba y arrancaba una mata de hierba para llevársela a la nariz. Recuerdo que cuando levantó la vista, sonrió y me saludó con la mano, empecé a sudar. En ese momento el tipo de la radio empezaba a hablar de los OOPArts.

La ciencia convencional los menosprecia, pero lo cierto es que hay catalogados más de 4.000, juraba el presentador.

OOPArt.- Acrónimo de “Out Of Place Artifact”: Objeto fuera de lugar.

Objetos hallados en contextos espaciotemporales imposibles.

Con los nervios latiéndome en las sienes vi cómo Jorge clavaba la pala en el césped y ahuecaba un poco de tierra. Un agujero pequeño. Un pequeño montículo. Supuse que para marcar el punto exacto en que seguir excavando más tarde, nada más. Luego hizo lo mismo en otros dos lugares de la parcela y se acercó de nuevo al saco. Extrajo una especie de tronquito de madera. Una simple rama, más bien, que se bifurcaba en tres extremidades. La del medio más larga y gruesa que las otras dos. Y me acordé de esa puta tradición. Por aquí, en la Noche de San Juan, los que no tienen nada mejor que hacer se distraen plantando una higuera. Pero nunca habría sospechado que mi vecino (y, después de varios años de compartir muro divisorio de jardín, ya medio amigo) fuera a amargarme la vida con su sorpresiva afición a la jardinería. Tras examinar la cepa un momento Jorge empezó a cortar las hojas con cuidado de dejar el pecíolo intacto.

La radio aseguraba que en 1927 se localizó en Belice una calavera de cristal de cuarzo sobre los restos de un altar maya. Que su pulido era perfecto. Exquisito. Ni la menor imperfección. Tanto que en una era pretecnológica un ser humano habría necesitado frotar y frotar el mineral durante ciento cincuenta años para lograr tal nivel de tersura.

Mientras, Jorge seguía deshojando las ramas que un día se convertirían en imponentes higueras de su jardín. Cuando hubo acabado con las tres se dirigió al pequeño cobertizo que hay en su terreno. Verlo desaparecer en su interior me calmó ligeramente. Me centré entonces en buscar alguna señal anormal dentro de la casa. Pero aparentemente todo estaba en orden. Eva ya había encendido las luces. De vez en cuando su silueta cruzaba cualquier ventana o sus movimientos proyectaban sombras tras los cristales. Señales de vida que me tranquilizaban. Además, si ella no se mostraba preocupada sería porque no había razón para estarlo. Con todo, no me encontraba lo bastante confiado como para dejar de escrutar los movimientos de Jorge. Apagué la luz y esperé a que saliera de la caseta. Lo hizo llevando una bolsa bajo el brazo. De papel plastificado, me pareció.

Y tras esta pausa para la publicidad, queridos oyentes, seguimos conversando sobre el fabuloso misterio de los OOPArts. Otro caso muy relevante es el de la célebre Batería de Bagdad, descubierta en 1939 por el arqueólogo alemán Wilhelm König. Se trata de una vasija de arcilla atravesada por un tubo de cobre, en cuyo interior encontramos una varilla de acero. Los expertos en la materia tardaron décadas en establecer una teoría aceptable acerca de la posible utilidad que en su día se le diera a este objeto. Hoy se cree que llenando el recipiente con algún electrolito -probablemente zumo de uvas, según los más recientes análisis- era capaz de funcionar como una pila eléctrica actual. Capaz no sólo de iluminar sino también de, incluso, galvanizar pequeñas piezas de metal vulgar, como las que se han encontrado a centenares en la antigua Babilonia. Asombroso.

Jorge se puso unos guantes de podar y metió las manazas en la bolsa y esparció unos polvos azulados sobre la parte inferior de las cepas. Hormonas enraizantes. Rooting Hormones, ponía en la bolsa en grandes letras amarillas. Y también se leía, en caracteres menores, Ácido Naftilacético. 4.000 partes x Millón. Al lado, una calavera negra que parecía mirarme se recortaba contra un cuadrado naranja. Mi vecino dejó cuidadosamente las ramas sobre el césped y se puso a la tarea de agrandar los hoyos que había empezado a excavar unos minutos antes.

La voz ronca de la radio seguía informando sobre cosas halladas en lugares inverosímiles. El planeador de Saqqara: figura de madera con forma de planeador desenterrada de una tumba del Valle de los Reyes. Un avión perfecto, con alas y alerones. Eso aseguraba el locutor. 2000 a.C. Y qué decir de la pieza de metal encontrada en un remonte de la localidad de Olancha, California, en 1961. Una bujía perfecta si no fuera porque el carbono14 le ha certificado una antigüedad de 50.000 años.

Cosas por el estilo eran lanzadas a las ondas desde esa emisora de mierda mientras Jorge trabajaba en su jardín, a escasos metros de mí y mis pensamientos. Aquel día le dije que me parecía una gilipollez, además de un riesgo innecesario. Que nadie puede librarse de sus errores de esa manera. Los errores viajan dentro de uno hasta que se muere. Si tanto te jode, le dije, confiésaselo en tu lecho de muerte o en el suyo. Entonces tendrá cosas más importantes de las que preocuparse y ya no le dolerá tanto. Pero ella no parecía dispuesta a esperar tanto tiempo. Dijo que necesitaba quitarse ese peso de encima. Y que le parecía una buena manera de hacerlo. Que estaba segura de que así podría seguir adelante sin vergüenza ni culpa.

En el jardín de la casa de al lado ya había plantadas dos higueras. Yo había estado observando con inquietud todo el proceso. Una vez profundizado el agujero hasta el medio metro, Jorge cogía una rama, se aseguraba de nuevo de que estuviera bien espolvoreada de hormonas y la introducía, curvándola ligeramente, en el hueco. Luego lo rellenaba y formaba con los pies una pequeña pirámide de tierra semihúmeda. Las ramas-tallos no sobresalían más de un palmo de la cima.

La putada se convierte en algo casi ridículo si la analizas fríamente. Porque sólo lo hicimos una vez. Coincidimos de vuelta a casa en ese autobús amarillo que sale hacia esta urbanización y al llegar subimos directamente a este cuarto. Se acababan de casar. La putada roza lo absurdo si un día ella te dice que está embarazada y que no tiene ni idea, que tú o él, qué sabe ella. Y justo nueve meses después de aquella coincidencia en el bus nace un niño. Así que supongo que es natural que Eva se volviera paranoica y no encontrara mejor manera de exorcizarse que poner toda la historia por escrito, rematarla con un triste punto final y enterrar el papel allí mismo, en su jardín, dentro de una caja de galletas. Un riesgo innecesario, ya digo.

Pero a Jorge ya sólo le quedaba una higuera por plantar; sería demasiada mala suerte. Cavaba con fuerza, con prisa. Por un instante me lo imaginé excavando mi propia tumba y mis nervios se convirtieron en miedo. Miedo bastante racional, por otra parte; supongo que es impredecible la reacción de un buen tipo al encontrar un maldito OOPArt bajo su césped. Cavó y cavó hasta que se detuvo en seco y extrajo la pala del agujero. Examinó su punta pasando el pulgar por el filo. Y luego volvió a introducir la pala en el hoyo, golpeando repetidas veces y suavemente lo que fuera que había llamado su atención allá en el fondo. Al poco se arrodilló frente a la boca oscura del pequeño precipicio y alargó los brazos hacia el interior. No pude ver qué, pues me daba la espalda, pero sé que algo sacó de allí. Porque se pasó más de una hora postrado ante el agujero, sin mover un músculo, sosteniendo algo en sus manos, la pala tirada a su lado.

El programa paranormal acabó. La súbita interrupción de la voz tétrica que había estado acompañándome durante mi espionaje me hizo reaccionar. Bajé casi corriendo a cerrar con llave mi puerta. Cuando volví a la ventana el jardín de mis vecinos estaba desierto. Y así ha seguido durante todos estos días. Todo el tiempo que no estoy en el trabajo me lo paso oculto tras las cortinas, vigilando la casa de Jorge, Eva y tal vez mi hijo. Pero sólo un par de veces he visto a Jorge regar sus tres higueras. Sin desprenderse ni un momento de su pala. Mira hacia mi ventana y me saluda con la mano. O con lo que lleva en la mano. No lo sé. El caso es que de los demás, ni rastro. Quiero pensar que aún son mis vecinos.

Pero los árboles crecen demasiado fuertes. Demasiado rápido.




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