La noche había sido una de ésas de mirar durante horas el techo oscuro y a ratos aferrarse a los bordes del colchón al notar que todo da vueltas y más vueltas, al notar que lo que eres, fuiste y serás se escurre por un retrete gigantesco. Así que cuando el cielo empezó a iluminarse salí de casa sin ducharme ni peinarme pero con unos cuantos sobres tamaño folio bajo el brazo. Otro intento de escapar del remolino de mierda que me hunde en cuanto me descuido e, incluso, cuando no me descuido. Era una mañana agradable. Todavía no hacía calor y las últimas ráfagas de la brisa nocturna no eran lo bastante frías como para erizarme el vello. Había cierto equilibro en el aire, cierta paz. Supongo que la podría haber apreciado más placenteramente si no fuera por la sensación de vacío o extravío o frustración o todo eso y más cosas que me había invadido la noche anterior y que aún jugaba a retorcerme las tripas mientras caminaba por la calle. De modo que aquella mañana mi predisposición a deleitarme con las maravillas de un nuevo día de primavera era más bien nula. Mi único propósito, incómodo, angustioso y casi enfermizo, era llegar a la oficina de correos sin perderme por el camino, en cualquier esquina, con cualquier excusa, como tantas veces antes. Andaba con la cabeza gacha o bien mirando al cielo, procurando que mis ojos no enfocaran lo que habitualmente se mueve por las calles del mundo. No quería reparar en los pormenores de la gente que se cruzaba conmigo y cuya vida o muerte me importaba menos que cero. Los atascos, las excavaciones de nariz de los conductores, los niños durmiendo en sus sillitas homologadas en los asientos traseros de los coches. Los carteles publicitarios. Los escaparates desplegando sus absurdos reclamos al levantarse con un estruendo sus persianas grasientas. Los jubilados dando ya su tercera vuelta a la manzana entre los pasos apresurados de miles de personas dispuestas a ganarse el pan en sitios deprimentes. Me estremecía la posibilidad de tropezarme con esa señora que vive por aquí y que de buena mañana baja a pasear a su asqueroso cerdo vietnamita. No quería contemplar caras de felicidad por motivos incomprensibles para mí ni caras de desgracia por motivos incomprensibles para mí. No me veía capaz de sentir una vez más que no comprendía nada ni que nadie me comprendía. En fin, sabía con absoluta certeza que si me fijaba demasiado en la podredumbre cotidiana de mi alrededor sentiría con brutalidad la mía propia, desecharía la idea de enviar dos o tres relatos a sendos concursos por si sonara la flauta y acabaría metiéndome en el primer bar que encontrara. Por eso me esforzaba en seguir con la mirada las líneas de las baldosas del suelo u observaba las nubes tratando de determinar hacia qué punto cardinal se desplazaban. En eso estaba cuando oí que me llamaban. A pesar de que al instante pensé que lo mejor sería hacer oídos sordos y seguir mi camino giré la cabeza por instinto y vi a un tipo más o menos de mi edad que me saludaba con una mano mientras con la otra pulsaba el botón de cierre del mano de un coche de aspecto señorial. No supe quién era hasta que se acercó a mí exclamando saludos y haciendo aspavientos efusivos. De su nombre no me acordé en el momento en que me dio un abrazo ni me he acordado nunca después, pero es cierto que su cara me sonaba. Sin ese ultrabronceado ni ese afeitado perfecto, sin esa gomina diseñándole aerodinámicamente el pelo, sin esa corbata de seda y esos zapatos relucientes, era el chaval que durante ocho años se sentó un par de pupitres a la izquierda del mío. Podría decirse que era un amigo perdido de la infancia, pero sería mentir. En realidad era mucho menos que eso: simplemente un compañero del colegio en el que jamás había vuelto a pensar. Alguien con el que lo único que había compartido era un aula o el patio de la escuela y que luego se perdió en la nada y que, sin embargo, ahora me ponía al día de su historial de triunfos en todas las facetas de la vida. Cuando hubo acabado me preguntó Bueno, ¿y tú qué? ¿Qué haces? ¿A qué te dedicas? ¿Qué eres? Y esa cuarta pregunta fue la que me hizo sentir extraño. Me dejó sin palabras. Estaba acostumbrado a responder con evasivas más o menos decorosas a las tres primeras, pero la cuarta sonó demasiado directa, demasiado franca. Imposible de esquivar. Sonó como cuando de pequeños el niño hecho hombre con el que ahora estaba hablando u otros como él y yo imaginábamos qué seríamos de mayores. Entonces todo eran grandes proyectos, sueños deslumbrantes, planes que siempre culminaban en éxitos. Pero supuse que una respuesta tan alejada de la realidad no era lo que mi antiguo compañero de escuela esperaba de mí en ese momento. Así que, ya digo, me quedé sin palabras. No supe qué decirle. O sí, lo supe, pero al mismo tiempo entendí que contárselo sólo serviría para que después, con otra gente, hablara de mí como de un perdedor gilipollas. Así que decidí ponérselo aún más fácil y le respondí preguntándole abruptamente si podía dejarme algo de pasta a cambio de haber escuchado su aburrida mierda durante un par de minutos. Lo único que le saqué fue un cigarro y el placer intenso de ver reflejada en su cara la incómoda sensación que él acababa de causarme a mí: la de no saber qué decir. Y seguí caminando hacia correos pese a que a esas alturas ya estaba seguro de que tampoco esta vez llegaría. No obstante, seguí andando como por inercia. Como si algo en mi interior supiera que el absurdo paseo me reportaría algo de cierta utilidad. Y desvelé el sentido de mi intuición cuando, sentadas en un banco de un parque, vi a una madre y una hija cogidas de la mano, irradiando una especie de amor triste pero inquebrantable. La cría debía de tener unos diez años y sin duda sufría alguna enfermedad mental. Sus ojos medio muertos me miraron sin verme cuando pasé junto a ella. El labio inferior le colgaba bañado en una saliva que centelleaba al sol mientras se derramada en espesos hilos sobre su vestido de niña tonta. Y entonces llegó a mí, demasiado tarde, como todo en mi vida, el puto Espíritu de la Escalera. Entonces supe lo que tendría que haberle contestado a mi compañero de clase cuando me había preguntado qué era yo. Babas, debí haberle respondido. Soy las babas de los subnormales, de los ancianos, de los rabiosos que no encuentran otra manera de liberar su ira que soltar espumarajos por la boca. Soy como babas. Espeso, transparente, casi invisible, vacío, inútil. Brillante. Y siempre cayendo.
Entradas Etiquetadas con: ‘babas
Mirador
Abrir el pequeño armario superior derecha de la cocina y comprobar que aún queda café en el bote de cristal. Salir al balcón en pijama con el calor negro humeando en la mano derecha. Calor insuficiente. Igual que el que irradia el sol blanco de febrero que se desparrama por el terrazo. Ni siquiera traspasa el algodón de los calcetines. Se limita a resaltar la negrura de los goterones resecos de vete a saber qué que motean las baldosas. Es media mañana y todo lo que se mueve en la calle debe de llevar varias horas a pleno rendimiento. Pero te acabas de levantar y la vida aún parece desenvolverse a cámara lenta. En realidad siempre te lo parece. El café y el cigarro te revuelven el estómago para darte los buenos días. Aunque es posible que la razón de las náuseas sea la música de mierda que te llega desde el piso de al lado. El vecino es un tipo de aspecto sórdido que roza la cuarentena y es fan de todas esas cantantes negras clónicas que salen en la MTV. No escucha otra cosa. Las melodías de esas afroamericanas venidas a más son lo único físico que se filtra hasta ti a través de las paredes que te protegen de él. Pero es mucho peor lo que te impregna si intentas imaginar cómo es su piso por dentro. Su vida por dentro. Porque sólo puedes visualizar cortinas color beige y una moqueta atestada de pelos y pelusas y lámparas con demasiadas bombillas fundidas y un olor desagradable saliendo de la nevera. Es esa clase de sordidez la que te transmite cuando coincides con él en el ascensor. Es lo que se desprende del ejemplar de Penthouse que suele llevar medio escondido dentro del periódico doblado. De las manchas en la bragueta. De las gafas con cristales amarillentos. Del modo en que le oyes respirar al otro lado de su mirilla cada vez que entras o sales de casa. Así que si lo piensas bien la música que le gusta es incluso demasiado buena. Y si lo piensas aún mejor concluyes que si tuvieras la pasta suficiente insonorizarías tu casa o contratarías a un sicario para que eliminara el problema. Probablemente lo del exterminador sea más barato. Eso te planteas por un instante. Pero desechas la idea de inmediato porque por muy barato que sea será más caro que lo que te puedes permitir y total llevas ya dos semanas consiguiendo no salir de casa así que ni de coña vas a hacerlo para ir a mirar cuánto te queda en la cuenta corriente. Además la solución fácil es la de otras veces. Por eso arrastras los pies hasta el baño dejando algo parecido a huellas humanas en el polvo que recubre el suelo y dejando algo parecido a suciedad pero tan consistente y pesado como auténticos escombros en tus calcetines. Lo malo es que en el baño ya no queda ni una de esas bolitas multicolor de algodón que usa para desmaquillarse. Cada día desaparece algún vestigio de otra época. Podría ser una reflexión triste pero estás tan asqueado que la piensas con la frialdad y distancia que emplearía un arqueólogo o algo por el estilo. Alguien acostumbrado a llegar demasiado tarde a los sitios. Cuando ya sólo puedes contemplar las ruinas de cosas que siempre imaginaste más bonitas o más puras y casi inmortales. En fin. No hay bolitas de algodón y tienes que taponarte los oídos con dos pedazos de simple papel higiénico. Anodinamente pálido cuando lo miras. Dolorosamente rugoso cuando te lo metes hasta el tímpano. Pero en realidad agradeces sentir algo intenso y además por lo menos amortigua un poco la música y las voces y al volver a hundir la vista en la soleada calle con el filtro aséptico en las orejas todo queda envuelto en un medio silencio irreal que aleja un poco más las cosas. En la esquina de enfrente una anciana en bata rosa y con una sola zapatilla intenta sin demasiado éxito recogerse las canas en una coletita grasienta mientras mira alrededor como buscando algo o a alguien pero con cara de no saber qué o a quién. Algunos de los que pasan andando a su lado la miran con cierta extrañeza pero ninguno se detiene a ver si necesita algo. Te preguntas si tú también la ignorarías y por suerte antes de que la respuesta se defina con claridad en tu mente un grito no del todo humano atraviesa tus barreras protectoras de celulosa y te hace mirar hacia la acera. Quince metros justo por debajo de ti los hijos de la portera de tu edificio juegan a pelearse o se pelean de verdad. Lo cual sería normal y hasta saludable si no fuera porque uno de ellos padece el síndrome X frágil. No necesitas ser médico para saberlo. Basta con observarle y luego poner en Google cosas como “retraso mental” “mandíbula inferior prominente” “cara larga y estrecha” “orejas grandes” “pies planos” “estrabismo” “lenguaje desordenado y repetitivo” “ecolalia” “aleteos con las manos” “morderse los dedos”. Y si después clicas en cualquier entrada del listado que se te ofrezca aprenderás un poco más sobre genética y neurología y el fabuloso mundo de las enfermedades raras. Y sobre todo obtendrás una información que te permitirá afirmar desde tu mirador que los dos hermanos de ahí abajo no están jugando. Que se están peleando de verdad. Porque el normal ya es lo bastante mayor como para comprender que si quiere ser un buen hermano antes o después tendrá que cargar con el tarado hasta que uno de los dos se muera. Pero de momento aún es un niño y nadie se va a enfadar demasiado con él si lo putea un poco. De momento nadie le acusará de maldad. Será simple travesura. Así que quizá haga bien en resarcirse por anticipado de toda la mierda que empezará a tragar dentro de no muchos años y de la que jamás podrá librarse so pena de ser acusado de mala persona. Además tampoco pasa nada por unas leves bofetadas y collejas mientras el otro gruñe y bracea torpemente. Puede que hasta sea poco. Pero sea como sea no te resulta un espectáculo agradable. Y haces lo primero que se te ocurre para volver a poner del mismo lado a los dos chavales. Te reclinas sobre la barandilla y calculas el ángulo de tiro. El niño raro está exactamente en tu perpendicular. Ves su cabeza puntiaguda como a través de una cámara cenital. Ves incluso cómo centellea al sol ese labio inferior sobresaliente y encharcado de babas perennes. Y entonces casi sin darte cuenta has escupido y estás observando el proyectil de saliva manchada de cafeína y mil cosas peores que cae y cae y cae tan a cámara lenta que piensas que sólo lo estás imaginando. Hasta que se estrella en el mismo centro del cráneo del retrasado emitiendo un sonido indudablemente real. Lo que pasa cuando los dos niños entienden la situación es que mientras uno llora y se da manotazos en la cabeza el otro te localiza en el balcón y te grita hijo de puta y amenaza con matarte. Y los ves tan unidos en su odio hacia ti que encuentras algo reconfortante en todo ello. Algo casi mesiánico. Supones que es lo que se siente al conseguir hacer algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio. Y fugazmente piensas que no eres tan malo como solía echarte en cara. Que cuando quieres puedes ser tan altruista como un monje tibetano sólo que empleando técnicas un poco más agresivas. Aunque lo cierto es que sabes que es mentira. Que lo más probable es que hayas atentado contra el miembro más débil de la manada sin ningún motivo o simplemente por demostrarte que aún puedes hacer daño. Que todavía hay gente a la que puedes joder. Y no al revés. Así que te das por satisfecho momentáneamente y sigues oteando el horizonte de cemento y metal que te regala tu observatorio. Tres portales más para allá un hombre va y viene sobre sus pasos y mira a todos lados varias veces antes de llamar a un timbre. Es la casa de putas que abrieron hace poco. Los que la regentan son discretos. No son de ésos que ponen tarjetitas publicitarias en las ventanillas de los coches. Al menos no en los de por aquí. Pero sabes que ahí hay una casa de putas porque has visto ya a decenas de hombres feos y menos feos comportarse de igual modo ante ese portal. Además de por la colección de microtangas que las trabajadoras de la casa tienden los días que hace sol. Y sigues observando y ves al niño del tercer piso jugando en el balcón con un coche de juguete igual que tantas otras veces a estas horas. Debe de tener cinco años. Una mala edad para dejar a alguien tantos metros por encima del asfalto. Lo que pasa es que las cortinas de la casa no son lo bastante tupidas y sabes que cuando su padre decide amanecer se desayuna la media botella de ginebra que no se cenó anoche y empieza a apalizar a su madre. Y la mujer aún no ha encontrado un lugar mejor donde refugiar al niño. Está claro que la vida no es gran cosa. Tienes claro que es mejor limitarse a analizarla que participar de ella. Por eso apuras la taza y rezas para que mañana abras el pequeño armario superior derecha de la cocina y aún quede café en el bote de cristal.
Días felices
Mis vecinos hablan en la escalera de la entrada. En el zaguán. Pero especialmente los oigo bisbisear en los rellanos superiores. A todas horas. Y me imagino saliva rancia apelmazada en las comisuras de todos esos labios finos y translúcidos como papel de fumar. Y a veces el asco me supera y salgo de mi planta baja con la intención de pegarles un grito o una patada en la sien. Pero entonces miro hacia arriba y aseguraría que sus voces caen por el hueco de la escalera en forma de catarata de mierda y babas y vómito y otras cosas viejas y usadas, y corro a encerrarme en casa sin llegar a decir nada. En fin, os lo juro: una incesante diarrea de palabras perfectamente visible y audible y todo lo demás precipitándose de piso en piso hasta la misma puerta de mi casa. Aunque supongo que habrá quien diga que eso es imposible, que debe de ser cosa mía. El caso es que como la mayoría de ellos hace tiempo que entró en la tercera edad, sería más acertado decir que son mis ancianas vecinas super-supervivientes de otro mundo las que regurgitan palabras desgastadas en la escalera, día tras día. Porque me parece que sólo quedan dos viejos, obstinados en poner en entredicho lo que la estadística determina sobre la esperanza de vida media de los varones de este país. Y también ellos suelen unirse al coro de momias que se mueve por ahí arriba. Así que todos, ellos y ellas, pululando tan cerca de mí, igual que artríticas cucarachas enlutadas, agazapadas en cada rincón de este edificio. Con el mismo corte de pelo, el mismo tinte de pelo. Y las mismas zapatillas de felpa negra y suela amarilla que hacen ñiiie ñiiie sobre la imitación de mármol que el constructor de todo esto instaló hace cincuenta, sesenta o más años. Todos menos la del cuarto. Una tipa de unos cuarenta. A veces pienso que está bastante buena, pero otras creo que no es más que puro contraste con los muertos vivientes de este edificio. No sé, qué importa. Lo que para mí cuenta es que parece que va a la suya, que no participa en los cotilleos intervecinales de mi bloque. Pasa de largo de los corrillos casi sin saludar o despedirse. Eso he sabido gracias a la indiscreción del viejete del 2ºA. Sólo conserva un diente, entre marrón y amarillo y que se ve demasiado grande y obsceno en el agujero negro de su boca, pero resulta evidente que aún le sirve para pronunciar perfectamente las fricativas y todos los demás fonemas de nuestro idioma. Un día vuelvo del trabajo y el abuelo está esperando el ascensor y en los pocos segundos que tardo en abrir mi puerta me dice que tenga cuidado con la del cuarto. Que es mala gente. Que cree que fuma hierbas prohibidas, que él no es tonto y sabe muy bien qué es ese olor que a veces sale de su piso. Y yo me imagino al viejo arrodillado clandestinamente sobre el felpudo de la tía del cuarto, arrimando su enorme nariz aguileña a la rendija inferior y aspirando profundo humo de porro y bolitas de pelusa. Así que me entra el miedo y de nuevo me encierro en casa, sin insultarle ni empujarle para que caiga y se rompa la cadera. Sin hacer nada. Un par de semanas o meses después me encuentro a una anciana diminuta a la que juraría no haber visto antes. Pasa un paño húmedo por los barrotes del primer tramo de barandilla con máxima concentración, como si no fuera consciente de que la vida en La Tierra es un puta mierda. Y sin apartar la vista del metal bruñido me suelta que la “joven” de ahí arriba es una fresca y que por algo su marido la dejó. ¿No ha notado usted los colores que luce en las mejillas? No sé qué me sorprende más de su discurso, si la palabra joven, o la palabra fresca, o la palabra lucir, o que me haya hablado de usted o enterarme de que antes había un marido. Aunque, en realidad y seguramente por suerte, nunca me entero de nada del mundo real, por lo que decido no pensar demasiado en mi nula capacidad de observación, paso de largo de la vieja y me hago el firme propósito de pisar una mierda antes de volver a casa y luego restregar la suela a lo largo de la reluciente barandilla. En sucesivos encuentros similares con los cotillas de esta finca confirmo que la mujer del cuarto se ha quedado embarazada sin que se conozca quién es el padre de la criatura. Eso dicen, pobre criaturita y cosas por el estilo. Dicen que a la zorra se le está pasando el arroz pero que tendría que haber sido menos egoísta y haber reprimido sus instintos maternales, que es inmoral traer un niño a este mundo si no vas a poder darle un ambiente familiar como dios manda. Esa clase de basura es la que reverbera en el hueco de la escalera durante meses. Hasta que un día como cualquiera me dicen que el niño ha nacido y pocos días más tarde oigo un vocerío demasiado cordial en el zaguán y pego al ojo a mi mirilla y ahí están todos los vejestorios haciendo cola ante el carrito para tocar las mejillas del bebé con sus manos huesudas y llenas de manchas cutáneas. Le dan la enhorabuena a la madre y en cuanto se alejan unos pasos de ella se cogen del brazo de dos en dos o forman pequeños enjambres y empiezan a despellejarla. Lo bueno es que a ella parecía no importarle en absoluto y puede que hasta disfrutara bastante obteniendo reacciones políticamente correctas de todas esas brujas. Sí, creo que fueron días felices para ella. Una tarde coincidimos en el portal. Ella entraba, yo salía. Empujaba su carrito y me miró y yo la miré y creo que esperó que le sostuviera la puerta. O creo que esperó que me inclinara sobre el cochecito y le dijera algo a su hijo y luego a ella. Algo amable, básicamente. Pero no hice nada de eso porque simplemente no se me pasó por la cabeza ni por un instante. Lo lamenté levemente cosa de una semana después, cuando a través de los cauces habituales fui informado de que el crío había muerto mientras dormía. Seguro que el forense dijo Muerte súbita, pero los vecinos de este edificio dicen que a saber, porque es evidente que no era buena madre y que estaba claramente desequilibrada. Lo lamenté levemente entonces porque a un niño de semanas que a lo mejor ni siquiera es tuyo no se le coge demasiado cariño. Y lo lamento sólo un poco más intensamente ahora que, mientras me calentaba una pizza precocinada, la del cuarto acaba de atravesar el techo de uralita de mi galería.
autoayuda
De golpe pasaron las cosas que nunca deben pasar, y se quedaron en informes abortos las que esperaba, las que a lo mejor me habrían hecho feliz. Se quedaron en montones de babas y vísceras a medio formar. Se me quedaron dentro. Podía sentirlos conmigo incluso mientras dormía o jugaba al fútbol. Siempre acechándome, dejando un rastro viscoso y de olor fétido en el que nadie más que yo parecía reparar. Así que en un momento de falsa lucidez o de algún espejismo por el estilo de ésos en los que te crees mejor de lo que eres comprendí con cierta claridad que me encontraba en la gran encrucijada. Ésa a la que nadie quiere llegar: intentar hacer algo digno con mi vida o mantenerme anestesiado en la suave y lenta y sin impacto mortal caída que mi cuerpo venía y vendría para siempre dibujando en el espacio-tiempo. Como era x tiempo más imbécil que ahora, no me quedó otra que optar por lo primero. Y una buena mañana dejé el trabajo en la cadena de montaje. Muchas veces había pensado que cuando al fin me decidiera abandonaría la factoría por la puerta grande. Flashes y micros. Con el mono manchado no sólo de grasa sino de una vez surcado de regueros del más precioso rojo tras haber metido a mi encargado en la máquina atornilladora. Por ejemplo. En la prensa de titanio. Por ejemplo. Sin embargo, ni siquiera tuve que salir de la fábrica. Me limité a no presentarme en la parada del autobús empresarial. Como cada madrugada, el despertador me insistió un rato, pero terminó callándose. Y yo seguí durmiendo, recuperando las horas de sueño perdidas durante años. Dormí dos días enteros, medio despertándome únicamente para mear o beber o sólo disfrutar de mi flamante duermevela, de no estar donde debería estar. Pero, ya digo, quería dignificarme. Así que en cuanto mi cuerpo hubo descansado lo necesario, la satisfacción de ya no estar alienado por una multinacional se volvió insuficiente. Y una mañana tan luminosa o lúgubre como cualquier otra decidí hacer lo que hacen los occidentales con ahorros en la cuenta corriente y con ansias de purificación, y me apunté a una oenegé. No fue difícil encontrar una en la que me pagaran algo de pasta a cambio de poner a su servicio unas cuantas horas de mi conciencia. Suburbia Acoge, ponía en el letrero luminoso que coronaba la planta baja a la que acudí. Ahí plantado en la acera, me pregunté por qué algún cabecilla de aquella plataforma humanitaria habría considerado conveniente poner bombillas en un rótulo en lugar de destinar esos fondos a alguna actividad de mayor utilidad cívica. Pero no llegué a ninguna conclusión plausible, así que entré y empecé mi período de activista social. Bastante aburrido, por cierto. Bastante triste. La mayor parte del tiempo mis compañeros se limitaban a ir y venir por el linóleo del local llevando de un lado a otro, muy serios, con el aspecto circunspecto del que cree que lo que hace puede cambiar el universo, impresos de color beige o salmón. Solicitudes de trabajo de algún centroafricano. La instancia para la repatriación del cadáver de algún inmigrante magrebí. Parecían muy preocupados por el éxito de las peticiones, pero lo cierto es que los papeles acumulaban polvo en las rejillas durante semanas. Y cuando alguno de aquellos negros o moros o sudacas se ponía nervioso por su futuro y sobre todo por su presente y el de su familia a orillas, no sé, del Río Congo y empezaba a dar patadas a las paredes o rompía a cabezazos el cristal de la puerta del despacho del director de la fundación lo primero que hacían era llamar a la policía, cuyo número tenían almacenado en la memoria del móvil bajo el número 1. Además, el hecho de que todos, ellos y ellas, llevaran cruzado sobre el pecho un bolso de mercadito y aspecto jipi en el que guardaban su móvil de última generación no ayudaba mucho a digerir todo aquella mierda. Con todo, iba tirando hasta que una noche, de vuelta a casa en el metro con una de mis colegas de redención, vi cómo sacaba de la mochila y empezaba a leer un libro de autoayuda. Quiérete, haz el bien. Ayuda a otros y ayúdate. Cualquier basura similar. En fin, conseguí salir del vagón sin vomitar encima de nadie y al día siguiente, otra vez, me quedé durmiendo en casa mientras, supongo, mis antiguos compañeros, tan bienintencionados y tan rastafaris y tan socialmente comprometidos intentaban facilitar la vida de personas a las que olvidarían al instante en caso de que les tocara el euromillón o la persona idónea decidiera que las quería hasta la muerte. Es lo que hago desde entonces, dormir y procurar no tener demasiado contacto con los que explotan y los que se creen defensores de los explotados. Y mis propios abortos continúan mordiéndome en cuanto me descuido con sus dientes de leche podrida, vale, pero al menos no intento matarlos a base de ver que hay gente que lo pasa peor que yo.
Demasiado cerca
Resulta que vivo en un bloque de nueve pisos muy cerca de la universidad de esta ciudad. Todo estudiantes, todo veinteañeros y treintañeros. Cuando me los cruzo en la escalera parecen felices, con independencia de que estén borrachos o no. La portera no debe de ser mucho mayor, pero su aspecto no es tan risueño. Quizá se deba a que tiene un hijo preadolescente y probablemente no deseado de unos doce o trece y con algún tipo de autismo o algo peor. O puede que la explicación radique en que el chaval mide uno ochenta y pasa de largo los cien kilos. No sé… puede. Puede que tal envergadura haga la situación aún más inmanejable. Entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche la mujer está en el portal, fregando los escalones o quejándose por teléfono con voz demasiado audible o limpiando los cristales del cuartucho en el que se mete de rato en rato. Dentro tiene una Singer con la que remienda los rotos de los pantalones de su hijo. Porque a las cinco de la tarde el autobús del centro especial o como se llamen esas escuelas para niños diferentes descarga al chaval en la esquina y todo lo que hace desde entonces hasta que su madre cierra con llave el cuartito es arrastrarse por el gres. Ella no puede levantarlo del suelo así que le repite que se levante y se siente a hacer no sé qué en un cuadernillo. Sin la menor señal de enfado en su tono. Ni de cariño. Pronunciando de la manera en que se habla a un perro que te ha salido un poco difícil. Pero supongo que él no se da por aludido porque jamás le he visto obedecer a una de esas órdenes. Ni siquiera reaccionar física o verbalmente. De hecho, nunca le he oído hablar. Lo único que sale de su boca son babas y sonidos guturales. La portera tiene un novio que va a verla de cuando en cuando. Bastante desagradable. Tiene la frente estrecha y la mandíbula hacia fuera y cuando saluda al chaval lo hace dándole un manotazo en el pescuezo o tirándole de la patilla. Porque el autista no es más que un niño pero ya tiene una barba cerrada. Lo bastante para que su madre tenga que afeitarle cada dos o tres días. En fin, que el novio de la portera es un tipo bastante desagradable pero por algún motivo indescifrable ella se muestra muy cariñosa con él. En varias ocasiones he oído cómo le pedía perdón por su realidad diciendo cosas como No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está muy bien o Qué me vas a contar; me tiene harta. Y luego le da un beso al hombre en sus labios de animal. Él siempre se echa hacia atrás. La otra tarde me decido por fin a poner la lavadora. Luego subo a la azotea a tender mis cosas. Como en cualquier edificio antiguo, la casa de la portera está en el último piso. La puerta está abierta pero no miro al pasar porque la verdad es que me importa una mierda lo que pueda ocurrir dentro. Así que salgo a la azotea y veo un par de sombras proyectadas sobre una sábana blanquísima. Se mueven, como si se abrazaran y se besaran o como si forcejearan, no lo sé. Tampoco salgo de dudas cuando retiro la tela y veo a la portera y a su hijo demasiado cerca de la barandilla y demasiado cerca el uno del otro. Ella me mira con una cara extraña, de circunstancias y de miedo al mismo tiempo. El chaval me mira con la única cara de que es capaz. No digo nada. Vuelvo a refugiarme tras la sábana. Mientras tiendo ellos siguen a lo suyo. Les oigo gemir, respiran profundo. Qué más da, pienso, sólo son dos vidas de mierda.
A golpes
Sufro narcolepsia.
Eso es lo que han diagnosticado los médicos que me han visto: Sufre/Padece usted de narcolepsia. Y todos lo dicen con una voz neutra. Hablan de sufrir y padecer sin poner la cara y el tono apropiados. Hablan de ello como se habla del tiempo en un ascensor.
Yo, cuando tengo un día alegre, prefiero pensar que tengo el don de quedarme dormido en cualquier parte. A veces es un regalo desvanecerse, dejar de ver y pensar.
Cuando no estoy optimista, sencillamente asumo que soy un muerto viviente.
Y no está tan mal.
Cuando te desplomas en medio de la calle y tu cabeza choca contra el suelo, la gente se asusta. Hace un ruido bastante impresionante. Se asustan porque son, por ejemplo, las doce del mediodía de un día radiante de primavera y una persona se muere justo delante de sus narices. Se asustan porque piensan automáticamente en infartos, tumores y aneurismas. Y el día ya no es tan perfecto. Ni la primavera. Ni sus mejores planes para hoy. Les has jodido, les has contaminado, les has preocupado. Porque sus cerebros piensan Joder, podría haber sido yo. Y se vuelven responsables en un solo instante. No importa que el médico te diga que debes dejar de fumar, ni que los paquetes de tabaco hablen mal de sí mismos en llamativas letras negras sobre fondo blanco. No hay nada como presenciar la muerte en directo y a tu lado de un desconocido para empezar a cuestionarte tus hábitos de vida. Para hacer propósito de enmienda. Para reformarse.
Supongo que cuando oyes el crac de un cráneo contra el pavimento piensas lo horrible que sería que ese cráneo fuera el tuyo. O el de alguien de quienes te importan.
Así que no está tan mal esto de la narcolepsia. Cumple una función social. Soy algo así como un mesías. Pero no busco reconocimiento, ni agradecimiento, ni altares en mi honor: soy un mesías discreto. Seguiré cayéndome de cabeza en el asfalto, en la grava o en el mármol. Nuevas cicatrices cubrirán las antiguas. Quizá un nuevo golpe en la nariz vuelva a poner en su sitio mi tabique nasal.
Porque si una fractura abierta sirve para que algún testigo casual se convierta en una persona un poco mejor, habrá valido la pena.
Llevo una cámara colgada del cuello. Siempre.
La he forrado de una gruesa capa de goma-espuma. Lo de la goma-espuma lo aprendí de mi madre.
Cuando me despierto en cualquier parte lo primero que hago es comprobar si se ha roto con la caída. Me preocupo mucho por su integridad. Ella es mi único apóstol.
Los ataques de sueño son muy repentinos.
Empiezan con un cosquilleo en las plantas de los pies. Después sientes que las piernas y los brazos te pesan toneladas y tiran de ti hacia el centro de la tierra. Enseguida la vista se te nubla y los oídos te zumban. Y un instante después ya no estás en este mundo. Te has dormido solo en tu casa o te has muerto en plena calle ante decenas de testigos casuales.
Desde que notas el picor en los pies hasta que te duermes o te mueres no deben de pasar más de tres segundos.
Yo ya he aprendido a aprovechar ese tiempo al máximo. Antes de caerme me fijo en los privilegiados que van a tener la suerte de asistir a mi muerte y mi resurrección. Intento determinar cuál de ellos será especialmente iluminado por mi descenso a las tinieblas. Ya casi nunca fallo. Es intuición. Instinto.
Entonces, si aún te quedan fuerzas, es muy importante mirar a esa persona. Y es todavía más importante que esa persona te mire. Que cuando tú te desplomes tenga la certeza absoluta de que su imagen es lo último que has visto antes de morirte.
Se trata de crear un vínculo entre este mundo y el otro.
Para ser exactos, se trata de crear un vínculo entre tu mundo que aparentemente se acaba y el suyo, que tiene la oportunidad de continuar. Y de ser mejor.
Puede que todo sea mentira. Puede que en realidad no te hayas muerto mirándole, pero podría haber sido así. En todo caso, él o ella lo han percibido así. Y hay que aprovechar esa confusión.
Esa persona ve cómo te vas a otro lugar o a ningún sitio. Ve cómo te despides de esto a través de ella.
Y es necesario que sienta muy adentro el peso de esa responsabilidad. Tiene que sentir miedo y alegría al mismo tiempo. Podría haber sido él quien muriera hoy, pero está vivo.
Recuerdo bien el día en que me confirmaron que había sido elegido.
Que yo era el uno entre mil.
Supongo que decir que era una mañana radiante de primavera quedará bien… un contrapunto.
La verdad es que sí, que hacía un bonito día, luminoso, ni frío ni calor, jardines floreciendo, pájaros cantando, gente tomando la primera dosis de sol real después del invierno. Antes de entrar en la consulta me tomé un café en una terraza. Me sentía bien.
Dentro de la consulta, el doctor me dijo que efectivamente, que las pruebas habían confirmado lo que se deducía de los síntomas. Que yo era el uno entre mil.
Llevaba ya un tiempo sintiéndome cansado. Lo atribuía al cansancio rutinario, a que siempre he sido descuidado con mi salud. No me consideraba más enfermo que cualquier otra persona.
Pero el doctor dijo que era algo más serio que todo eso. Pronunció la palabra narcolepsia y automáticamente yo me sentí como un bicho raro. Un espécimen de laboratorio, un caso de documental. Un enfermo.
Y supongo que afuera la mañana siguió siendo objetivamente agradable, pero cuando salí de nuevo a la calle ya no me fijé en eso.
Desde que mi enfermedad fue designada con una palabra técnica, desde que el primero de una larga lista de médicos me entregó un folleto informativo en el que se me daban consejos para llevar una vida lo más normal posible, fue como si todo ese cansancio que llevaba soportando más o menos bien se elevara a la enésima potencia. Me hundí en la butaca de piel. Incluso una enfermera tuvo que acompañarme a la calle.
Los meses siguientes los pasé encerrado, durmiendo casi todo el tiempo, claro.
Existen muchos tipos de narcolepsia.
El mío se caracteriza por lo súbito de los ataques.
Otras personas, en cambio, viven en un estado constante de somnolencia. No llegan a perder por completo el control de su sistema nervioso. Pero tampoco están nunca absolutamente despiertos. No pueden concentrarse del todo pero nunca están del todo ausentes. Tengo entendido que es como vivir en una nube. Si existe un punto en el que conviven el sueño y la vigilia, ahí es donde estos tipos pasan su tiempo. Es como estar siempre colocado, escuché decir a alguien una vez. Y lo cierto es que ésa es la impresión que me daban esa clase de narcolépticos. Podías verlos en las reuniones de la Asociación, con sus ojos vacíos mirando un punto indeterminado de la sala, un punto que a veces era yo pero que igual podría ser un elefante asiático ejecutando un asombroso número circense: la expresión de su cara no habría cambiado lo más mínimo. Podías verlos con la boca medio abierta, agarrados siempre al familiar que los acompañaba. A veces hablaban como borrachos. A veces alguno de ellos conseguía articular alguna frase con su lengua de trapo en la que se deshacía la enésima pastilla que había ingerido aquel día.
Hace tiempo que dejé de asistir a las reuniones pero apuesto a que ellos siguen yendo allí arrastrados por la ciega fe en la medicina de alguno de sus familiares.
Atiborrados de pastillas que sólo les sirven para aumentar su producción salival. Empachados a base de píldoras de todos los colores del arco iris que les queman el cerebro. A pesar de no retener ni una de las palabras que puedan pronunciar los expertos asistentes a las conferencias trimestrales, ellos estarán sentados babeando en el hombro de papá o mamá.
Mi caso es distinto. Puedo pasar días sin ataques. He llegado a estar una semana sin sufrirlos. Durante esos períodos asintomáticos soy una persona normal. Una persona normal sin trabajo, sin amigos y sin facilidad para las relaciones interpersonales, claro. Mi enfermedad hace muy difícil la vida social.
Pero encontré la manera de solucionarlo.
Al principio, durante un tiempo, usé chichonera. Cuando salía a la calle me ponía uno de esos cascos que usan los ciclistas. En realidad, llevaba ese casco a todas horas. Cuando me levantaba del sofá para ir a mear, me lo ponía. Me lo dieron en la Asociación, junto con unas coderas y unas rodilleras. Complementos de skater para gente enferma. Era un casco de fibra de carbono o algo así, naranja y amarillo. La gente intenta colorear tu vida cuando supone que estás mal, deprimido, triste. Padeces narcolepsia, a partir de ahora vas a pasar buena parte de tu tiempo en el suelo, ya sea en una floreada pradera o en unos aseos públicos… Así que, ya sabes, ponte una chichonera chillona y quizá todo vaya mejor.
Vivía en casa de mis padres.
Mi madre forró los bordes de todos los muebles de goma-espuma. Yo me dormía en cualquier lado y ella no dormía obsesionada con la idea de enmoquetar todo el suelo de la casa. Pero no teníamos dinero para hacerlo. De todas formas, ahora entiendo que fue mejor que no lo hiciera. Fue en mi casa donde empecé a perder el miedo al dolor y el miedo a morirme.
No es la autoconservación lo que te hace fuerte.
Si tienes miedo, no va a desaparecer escondiéndote.
Si tienes miedo a desplomarte de repente sobre la mesita de cristal de tu salón, si te asusta pensar qué clase de heridas te produciría semejante impacto, no lo vas a superar envolviendo la mesa en goma-espuma.
No es la autoconservación lo que te hace fuerte.
Me dije: sé inteligente: cura tus heridas después de hacértelas, no antes. Cuantas más veces caigas, cuantas más veces te hieras, menos te dolerá. Menos te asustará.
Y todo fue más fácil a partir del día en que me abrí la cabeza por primera vez.
Comprendí mi poder.
Ahora mi vida social es gratificante.
A menudo, como ahora, me tumbo en la cama y contemplo el techo y las paredes de mi habitación. Ya no me molesta tanto estar tumbado. Todas esas caras allí arriba dan sentido a mi vida. Las doscientas trece fotografías clavadas en el yeso muestran doscientas trece caras que me sonríen desde el cielo de mi habitación. Todas y cada una de ellas sonríe, y se nota que lo hacen sinceramente. Es lo menos que pueden hacer. Es cierto, dan sentido a mi vida, pero primero yo di sentido a las suyas.
El día que me abrí la cabeza por primera vez, fue por accidente.
Hacía seis meses que me habían diagnosticado mi “mal”. Así se refería mi madre al asunto. Hoy lo pienso y me asombra haber sido capaz de mantener mi cuerpo intacto durante medio año. Me asombra y me irrita: todo esto, esta gran obra, podría haber empezado medio año antes, pero fui un cobarde.
Estaba tumbado en el sofá y decidí incorporarme. Es difícil para un narcoléptico estar tumbado. Es como hacer voluntariamente aquello a lo que estás condenado. Es como si alguien que por alguna extraña razón fuera paralítico sólo la mitad del día, decidiera pasar la otra mitad sentado.
El día que me abrí la cabeza por vez primera, estaba tumbado. A oscuras. Intentaba dormir, hacer aquello para lo que la naturaleza me había dotado. Pero no lo conseguía; quería dormirme y era imposible.
Me puse nervioso y me incorporé. Sentado en el sofá con la cabeza entre mis manos, entonces, sufrí un ataque. Y caí de cara contra el suelo.
Cuando volví en mí tenía un pedacito de diente clavado en el labio superior. Lo supe porque, todavía medio en sueños y obedeciendo al impulso natural de aplicar saliva en las heridas, la punta de mi lengua se deslizó por el recién creado agujero de mi dentadura y palpó el cortante trocito de marfil incrustado en la carne. Incluso antes de abrir los ojos ya podía percibir el sabor salado de la sangre y me parecía estar tumbado sobre algo cálido y húmedo. Me levanté y pude ver que la hemorragia era abundante. En el suelo había un charco perfectamente redondo en el que caían y caían nuevas gotas y chorretones. Escupí: el pedazo de diente también cayó y se hundió en la mancha roja.
Todo esto me pareció llamativo, muy digno de atención, así que no reparé en mi nariz rota hasta que pasaron unos minutos y el dolor empezó a aumentar. Me miré en el espejo del cuarto de baño, iluminado asépticamente por los halógenos blancos que lo enmarcaban, y me quedé fascinado:
Tenía el tabique nasal desviado bastantes grados hacia la izquierda y unas moraduras empezaban a extenderse alrededor de los ojos como relámpagos en cámara lenta.
La sangre me pintaba la cara y la ropa de un intenso color rojo que era mate y oscuro en las zonas secas, y brillante allí donde la sangre seguía siendo líquida y resbaladiza.
Mi aspecto era infinitamente más saludable que mi palidez habitual. El rojo, el violeta, el azul en mi cara… Los colores de la sangre en sus diferentes formas emergiendo de mis orificios o aflorando a mi cara. En cualquier caso, saliéndome de dentro. La prueba evidente de que yo, para bien o para mal, aún estaba vivo.
Por primera vez en medio año recordé que yo era una persona.
Sonreí ampliamente porque me sentí bien. El diente roto se reflejó en el espejo. El hueco oscuro hacía que el resto de mi dentadura pareciera más blanca, que las piezas aún intactas parecieran perfectas. Sonreí un poco más.
A mi madre, en cambio, no pareció agradarle mi nuevo aspecto. Yo debía de estar tan absorto ante mi flamante look, que no la oí entrar en casa. Ni siquiera escuché el grito ayayay que, sin duda, tuvo que soltar al ver la nueva tonalidad del suelo del salón. Pero cuando abrió la puerta del cuarto de baño sí que vi la expresión de su cara, la manera en la que se le desencajó la boca y el modo en que sus ojos se partieron como platos sin soltar una sola lágrima. El rostro de mi madre, por vez primera desde hacía mucho tiempo, transmitía algo diferente a pena, tristeza, dolor y resignación. En aquel momento no supe leer con exactitud el significado de lo que se intuía en sus arrugas, en sus pupilas y en sus canas, pero sí entendí que era algo mucho mejor que la pena, la tristeza, el dolor y la resignación.
Lo que vi en ella era algo que nunca imaginé que podría volver a despertar en nadie: una mezcla de admiración y miedo.
Algo parecido al respeto.
Decidí prescindir del casco y seguir investigando.
Así empezó todo esto.
Por ejemplo, mi ficha número 60 corresponde a una mujer de mediana edad.
Nuestro encuentro se produjo en la parada del autobús nocturno 5. Era muy de madrugada y no había nadie más que nosotros. Nadie pasaba cerca, y estoy convencido de que la mujer temió que yo fuera un atracador, un violador o algo peor. Aferraba el bolso de polipiel en su regazo. Me miraba de reojo cada cinco segundos. Creo que le asustaban mis por entonces escasas cicatrices. Si me viera hoy…
En realidad, lo que más llamaba la atención es que llevaba una bolsa de la que sobresalían un par de zuecos de limpiadora. Y, sobre todo, que se le notaba hasta los huevos de coger el bus de madrugada.
El caso es que aquella noche yo había salido de mi casa sin rumbo específico. Acabé en aquel barrio como podía haber acabado en cualquier otro. Recuerdo que me encontraba ligeramente abatido: durante horas había deambulado por calles concurridas, buscando adeptos, pero el sueño no me había derribado. Así que aquella mujer era mi última oportunidad de redención. Lo pensé, y automáticamente intente liberarme de aquella idea, pues la experiencia me había demostrado sobradamente que mis muertes no se eligen, que se producen sin norma ni criterio, y que si me obsesiono con el deseo de dormirme/morirme en un lugar y momento determinados, nunca lo consigo.
Sin embargo, en aquella ocasión, mientras me enfurecía más y más conmigo mismo y con la jornada perdida y la perspectiva de volver a casa sin una nueva instantánea, sentí el hormigueo, el peso y en un instante el golpe como a cámara lenta del sueño oscureció todavía un poco más la ciudad.
Desperté boca arriba sobre el suelo humedecido por el rocío, con las estrellas intentando hacerse ver por encima de las farolas y la mujer abofeteándome, cada vez más fuerte, al tiempo que pedía ayuda médica a través de su teléfono móvil. Su mano, la que me tocaba, estaba fría, pero había calor en sus ojos. Calor humano. Para ella, el momento en que yo me había puesto enfermo, en que yo había dejado de respirar y de ver, mi muerte, había servido para transformarme de un delincuente nocturno en una persona merecedora de socorro, cariño, atención desinteresada.
Y se había quedado allí a mi lado, lamentado mi sufrimiento. Y agradecida. Sobre todo agradecida. Su día ya no sería tan cotidiano. Ya no le preocupaba llegar tarde a su trabajo de mierda. Un suceso inesperado y como de otro mundo le había hecho ver la verdadera importancia de las cosas, la intrascendencia de unas y la insondable complejidad de otras.
Me incorporé, le hice una foto y me largué cojeando.
Así que, no sé, si no tienes nada mejor que hacer desencadena tu muerte, en público, como una antigua ceremonia.
Sírvete del miedo que inspira para difundir la vida en toda su intensidad.
Anticípate a la tragedia. No la esperes: ve en su busca y, si puedes, búrlala y regresa precioso de entre sus zarpas. Ensangrentado. Desdentado. Perfecto.
Sacrifícate por los demás. Sacrifícate en el sentido más puro de la palabra. Hazles ver la suerte que tienen ellos, los que no están hechos polvo.
No se trata de ser un mártir. Más bien, un animador social. Como uno de esos payasos que recorren los hospitales infantiles, pero más elegante.
Sí, es algo parecido a un voluntariado social. Pero más directo, más inmediato. Sin intermediarios. Sin cuotas mensuales ni cartas de agradecimiento en tu buzón. Tu único reconocimiento: cientos de polaroids clavadas en la pared.
Sonrisas suspendidas en el aire.
Largas noches acompañado de felices rostros extraños.

