Llevas una vida insulsa, como casi todo el mundo. Te pasas los días rezando para que ocurra algo que te ponga en situación de demostrar la clase de persona que eres. Un tío cojonudo, uno entre un millón. Algo que justa o injustamente –qué más da- te haga quedar bien. Y cuando llega ese momento te ves a ti mismo deseando que nunca hubiera ocurrido. Que todo fuera tan anodinamente fácil como ayer.
Porque puede que todo se complique con una carta.
Vives en uno de esos edificios que se están poniendo de moda en las afueras de las grandes ciudades europeas. Un concepto importado de United States. Un bloque de apartamentos de cincuenta metros cuadrados cada uno. Piscina comunitaria con la depuradora estropeada. Un barecillo cerrado con candado en medio del jardín mal cuidado, esperando que alguien adquiera su licencia. Algo así como una versión cutre del escenario de Melrose Place. Y sin tanta actividad sexual intervecinal. Nada más que una colmena de pisos pequeños para gente sola o solitaria de verdad, que no ocupa ni tiene planes reales de ocupar demasiado espacio. Gente soltera, gente solterona. Gente divorciada o abandonada. Gente que se esconde. Y algún que otro viudo. En fin, la vida real.
Te instalas allí porque es barato y por otras razones que no vienen al caso. Al cabo de un par de meses empiezas a acostumbrarte a cenar tumbado en la cama viendo la tele. No se está tan mal, te dices. O te dices Podría ser peor. Cosas así. Vale, tienes que coger tres autobuses para ir a trabajar y otros tres para volver. Pero puedes ver la serie de turno tranquilamente y no tienes que soportar los ruidos de nadie las noches en que te cuesta dormir. No hay niños gritando al otro lado de la pared. Y no se admite mascotas.
Así que vas y vienes casatrabajocasatrabajocasa y ni se te pasa por la cabeza que a lo mejor estaría bien que te relacionaras con los vecinos. No te apetece. Y tampoco le ves utilidad alguna. Al fin y al cabo, son muy parecidos a ti. Quizá sea excesivo llamaros gente marginal. Pero sí tienes claro que tú y tus vecinos vivís en las afueras de todo. De qué coño vas a hablar con gente así sino de vuestros asquerosos trayectos vitales hasta recalar en un edificio de viviendas unipersonales. No te apetece. Ni les ves utilidad alguna.
Y una noche de invierno llegas a casa y ves al tipo ese en su sitio de siempre haciendo lo de siempre. Sentado en una silla de jardín dibuja vete a saber qué en su pequeño bloc. Como todas las noches. Sin embargo, por alguna razón esta vez decides acercarte y miras el papel por encima de su hombro. Nada relevante. Círculos, espirales, líneas rectas y curvas, símbolos que te recuerdan a letras de un alfabeto que no es el tuyo. Todo con trazos muy marcados. Él ni siquiera levanta la cabeza para mirarte. Pero cuando te das la vuelta para echar a andar hacia tu cubículo te pregunta si te apetece una cerveza. Y no, no tienes ni putas ganas de beber. Pero tampoco tienes ganas de rumiar por enésima vez todas esas ideas que te asaltarán cuando cierres detrás de ti la puerta de tu apartamento. Así que por qué no. Y poco más tarde estás en un bar emborrachándote con tu vecino desconocido. Hasta las tantas de la mañana.
Al día siguiente intentas sacar algo en claro en medio de la resaca. No recuerdas exactamente de qué hablasteis. Te van por la cabeza las típicas conversaciones de borracho, nada más. Y decides que mejor así, que no tienes ningún interés en hacerte colega de ese tipo raro. Así que cuando regresas a casa esa noche cruzas el jardín sin siquiera decirle hola. Tampoco él te saluda. Perfecto, piensas, sigamos siendo dos extraños.
Y eso es lo que sois hasta unos meses después, cuando todo se complica con una carta.
Hace tiempo que has dejado de verlo en el jardín. Has oído decir por ahí que:
a) se ha mudado.
b) lo han echado porque llevaba varios alquileres de retraso.
c) quizá esté enfermo, no tenía muy buen aspecto.
La carta no tiene remitente, y tampoco hace falta. Lo primero que ves cuando abres el sobre es una foto de tu vecino-dibujante de jardín-compañero de borrachero que ratifica la opción c. Se le ve tendido en una cama de hospital, vestido con un pijama azul y con un tubo de plástico uniendo su traquea a un respirador mecánico. Y en un primer momento no te impresiona demasiado. Aunque a ti mismo te resulte extraño, el primer pensamiento que tal visión genera en tu cerebro es que ese viejo de la tele, Junior, tiene razón. El viejete de Los Soprano siempre dice que su contable, al que le han extirpado la laringe o lo que sea y anda por el mundo con uno de esos tubos incrustado en el cuello, le recuerda a un alienígena. Y, joder, tiene razón: en esa foto tu vecino parece cualquier cosa menos un ser humano.
Después de contemplar la imagen un buen rato empiezas a leer la carta. Por un instante sientes la tentación de tirarla a la basura; es evidente que sólo puede responder a algún motivo grotesco. Pero tienes curiosidad, o simplemente te aburres. Y empiezas a leerla. Quiero pedirte un pequeño favor, ésa es la primera frase. Luego tu vecino te explica que padece cáncer de pulmón en fase terminal. Un mes, con suerte. Y que lo ha pedido cien mil veces, les ha dicho que se trata de algo muy urgente que tiene que solucionar antes de que sea tarde. Hasta ha elevado una queja por escrito al director del hospital, pero nada: no van a dejarle salir. Además, escribe, estoy tan débil que ni siquiera podría reptar hasta el pasillo. Por eso he pensado en ti. Además, la verdad es que no conozco -literalmente- a nadie más. Sólo tienes que entrar en mi apartamento y adecentarlo un poco. Ve directo al congelador que tengo en la cocina. Y céntrate en las azules. Ésas son las que no quiero que encuentre mi madre cuando se entere de que he muerto y vaya a sacar mis cosas del piso. Ya sabes: las azules. Supongo que cuando veas de lo que hablo lo entenderás mejor. Dentro de ese papel doblado tienes la llave. Gracias, tu amigo.
En el piso huele a cerrado, supongo que es normal. De camino a la cocina paso por el minúsculo salón. Hay un tocadiscos sobre una mesita y una amplísima colección de vinilos ordenada por género a lo largo, ancho y alto de las estanterías que recubren las paredes. Y llego al congelador. Ocupa prácticamente toda la cocina. Un congelador industrial, de pescadería o carnicería. Lleno de bolsas de plástico. Unas pocas son azules. Cinco en total. Más gruesas. Doble capa y con precinto. Sopeso un par de ellas, las que me pillan más a mano. Guardan cosas macizas. Pienso un poco, eso sólo pasa en las pelis y este piso está mejor orientado que el mío, y vuelvo al salón y hago sonar el disco que hay puesto en el aparato. Y pienso un poco más.
En mi vida lo había escuchado.
Podrían contener cualquier cosa.
Por qué no. Esa es mi decisión. A mí tampoco me gustaría que mi madre supiera en qué se ha convertido mi vida.
Así que lo hago.
Lo hice.
Y la verdad es que tampoco es que duerma mucho peor que antes.

