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27
sep
11

Un pequeño favor (Redux)

Llevas una vida insulsa, como casi todo el mundo. Te pasas los días rezando para que ocurra algo que te ponga en situación de demostrar la clase de persona que eres. Un tío cojonudo, uno entre un millón. Algo que justa o injustamente –qué más da- te haga quedar bien. Y cuando llega ese momento te ves a ti mismo deseando que nunca hubiera ocurrido. Que todo fuera tan anodinamente fácil como ayer.

Porque puede que todo se complique con una carta.

Vives en uno de esos edificios que se están poniendo de moda en las afueras de las grandes ciudades europeas. Un concepto importado de United States. Un bloque de apartamentos de cincuenta metros cuadrados cada uno. Piscina comunitaria con la depuradora estropeada. Un barecillo cerrado con candado en medio del jardín mal cuidado, esperando que alguien adquiera su licencia. Algo así como una versión cutre del escenario de Melrose Place. Y sin tanta actividad sexual intervecinal. Nada más que una colmena de pisos pequeños para gente sola o solitaria de verdad, que no ocupa ni tiene planes reales de ocupar demasiado espacio. Gente soltera, gente solterona. Gente divorciada o abandonada. Gente que se esconde. Y algún que otro viudo. En fin, la vida real.

Te instalas allí porque es barato y por otras razones que no vienen al caso. Al cabo de un par de meses empiezas a acostumbrarte a cenar tumbado en la cama viendo la tele. No se está tan mal, te dices. O te dices Podría ser peor. Cosas así. Vale, tienes que coger tres autobuses para ir a trabajar y otros tres para volver. Pero puedes ver la serie de turno tranquilamente y no tienes que soportar los ruidos de nadie las noches en que te cuesta dormir. No hay niños gritando al otro lado de la pared. Y no se admite mascotas.

Así que vas y vienes casatrabajocasatrabajocasa y ni se te pasa por la cabeza que a lo mejor estaría bien que te relacionaras con los vecinos. No te apetece. Y tampoco le ves utilidad alguna. Al fin y al cabo, son muy parecidos a ti. Quizá sea excesivo llamaros gente marginal. Pero sí tienes claro que tú y tus vecinos vivís en las afueras de todo. De qué coño vas a hablar con gente así sino de vuestros asquerosos trayectos vitales hasta recalar en un edificio de viviendas unipersonales. No te apetece. Ni les ves utilidad alguna.

Y una noche de invierno llegas a casa y ves al tipo ese en su sitio de siempre haciendo lo de siempre. Sentado en una silla de jardín dibuja vete a saber qué en su pequeño bloc. Como todas las noches. Sin embargo, por alguna razón esta vez decides acercarte y miras el papel por encima de su hombro. Nada relevante. Círculos, espirales, líneas rectas y curvas, símbolos que te recuerdan a letras de un alfabeto que no es el tuyo. Todo con trazos muy marcados. Él ni siquiera levanta la cabeza para mirarte. Pero cuando te das la vuelta para echar a andar hacia tu cubículo te pregunta si te apetece una cerveza. Y no, no tienes ni putas ganas de beber. Pero tampoco tienes ganas de rumiar por enésima vez todas esas ideas que te asaltarán cuando cierres detrás de ti la puerta de tu apartamento. Así que por qué no. Y poco más tarde estás en un bar emborrachándote con tu vecino desconocido. Hasta las tantas de la mañana.

Al día siguiente intentas sacar algo en claro en medio de la resaca. No recuerdas exactamente de qué hablasteis. Te van por la cabeza las típicas conversaciones de borracho, nada más. Y decides que mejor así, que no tienes ningún interés en hacerte colega de ese tipo raro. Así que cuando regresas a casa esa noche cruzas el jardín sin siquiera decirle hola. Tampoco él te saluda. Perfecto, piensas, sigamos siendo dos extraños.

Y eso es lo que sois hasta unos meses después, cuando todo se complica con una carta.

Hace tiempo que has dejado de verlo en el jardín. Has oído decir por ahí que:

a) se ha mudado.

b) lo han echado porque llevaba varios alquileres de retraso.

c) quizá esté enfermo, no tenía muy buen aspecto.

La carta no tiene remitente, y tampoco hace falta. Lo primero que ves cuando abres el sobre es una foto de tu vecino-dibujante de jardín-compañero de borrachero que ratifica la opción c. Se le ve tendido en una cama de hospital, vestido con un pijama azul y con un tubo de plástico uniendo su traquea a un respirador mecánico. Y en un primer momento no te impresiona demasiado. Aunque a ti mismo te resulte extraño, el primer pensamiento que tal visión genera en tu cerebro es que ese viejo de la tele, Junior, tiene razón. El viejete de Los Soprano siempre dice que su contable, al que le han extirpado la laringe o lo que sea y anda por el mundo con uno de esos tubos incrustado en el cuello, le recuerda a un alienígena. Y, joder, tiene razón: en esa foto tu vecino parece cualquier cosa menos un ser humano.

Después de contemplar la imagen un buen rato empiezas a leer la carta. Por un instante sientes la tentación de tirarla a la basura; es evidente que sólo puede responder a algún motivo grotesco. Pero tienes curiosidad, o simplemente te aburres. Y empiezas a leerla. Quiero pedirte un pequeño favor, ésa es la primera frase. Luego tu vecino te explica que padece cáncer de pulmón en fase terminal. Un mes, con suerte. Y que lo ha pedido cien mil veces, les ha dicho que se trata de algo muy urgente que tiene que solucionar antes de que sea tarde. Hasta ha elevado una queja por escrito al director del hospital, pero nada: no van a dejarle salir. Además, escribe, estoy tan débil que ni siquiera podría reptar hasta el pasillo. Por eso he pensado en ti. Además, la verdad es que no conozco -literalmente- a nadie más. Sólo tienes que entrar en mi apartamento y adecentarlo un poco. Ve directo al congelador que tengo en la cocina. Y céntrate en las azules. Ésas son las que no quiero que encuentre mi madre cuando se entere de que he muerto y vaya a sacar mis cosas del piso. Ya sabes: las azules. Supongo que cuando veas de lo que hablo lo entenderás mejor. Dentro de ese papel doblado tienes la llave. Gracias, tu amigo.

En el piso huele a cerrado, supongo que es normal. De camino a la cocina paso por el minúsculo salón. Hay un tocadiscos sobre una mesita y una amplísima colección de vinilos ordenada por género a lo largo, ancho y alto de las estanterías que recubren las paredes. Y llego al congelador. Ocupa prácticamente toda la cocina. Un congelador industrial, de pescadería o carnicería. Lleno de bolsas de plástico. Unas pocas son azules. Cinco en total. Más gruesas. Doble capa y con precinto. Sopeso un par de ellas, las que me pillan más a mano. Guardan cosas macizas. Pienso un poco, eso sólo pasa en las pelis y este piso está mejor orientado que el mío, y vuelvo al salón y hago sonar el disco que hay puesto en el aparato. Y pienso un poco más.

En mi vida lo había escuchado.

Podrían contener cualquier cosa.

Por qué no. Esa es mi decisión. A mí tampoco me gustaría que mi madre supiera en qué se ha convertido mi vida.

Así que lo hago.

Lo hice.

Y la verdad es que tampoco es que duerma mucho peor que antes.

29
jun
11

Desayuno a deshoras

No había mucho con lo que entretenerse en el bar, pero la pareja de la mesa del fondo me ayudó a pasar el rato.

Sentados frente a frente ambos miraban a cualquier sitio menos a la cara que tenían delante. Cogían la grasienta carta plastificada y la leían durante mucho más tiempo del que habría tardado en memorizarla un niño retrasado. Reacomodaban sus culos en la silla y observaban durante cinco segundos, quince, treinta la leve oscilación de las lámparas pasadas de moda que colgaban del techo mal pintado. Cada cinco minutos sacaban sus respectivos móviles y comprobaban la hora. En fin, pese a que todavía eran relativamente jóvenes, resultaba evidente que estaban atrapados en una burbuja de tedio, que intentaban escapar de su rutina paseando sus ojos cansados a lo largo y ancho de la decadencia del local. A veces, incluso, me miraban a mí. Como sin verme, con la misma atención moribunda que dedicaban a las fotos/dibujos de platos combinados que decoraban la pared de detrás de la barra.

Y mientras hacían eso, nada, tampoco se decían gran cosa. Algún comentario sobre la escasez del menú. Deberíamos haber parado en el McAuto, dijo ella. Al cabo de demasiados minutos él respondió sin mirarla y sin el menor sentido que la rueda delantera izquierda estaba un poco deshinchada. Después se comieron en completo silencio la ensalada de la casa y el arroz a la milanesa por los que al final habían optado. Desde donde estaba podía oírles masticar. Era desagradable. No quise ni pensar hasta qué punto les resultaría insoportable a ellos. No quise ni imaginar que a lo mejor estaban constatando su fracaso en ese preciso momento. Pero sobre todo no quise dejar crecer la terrorífica intuición que había empezado a brotar en mi cerebro: que nunca llegaran a darse cuenta de ello.

Demasiada tragedia para estar recién levantado. Llamé de un grito al camarero. Llevaba ya media hora allí sentado y aún no había reparado en mi presencia. Un café y un croissant, coño, le dije. Eran las tres de la tarde, sí, pero yo aún no había desayunado. Supongo que todo es cuestión de ritmos.

15
may
11

Absurda, sí

Me callo durante quince minutos, tal vez más. Puede que permanezca escuchando en silencio a mi amigo durante toda una hora, medio paralizado, mientras el mundo sigue girando. Porque es un silencio a medio camino entre el respeto y el terror. Es esa clase de vacío que flota en el aire cuando los operarios tapian el nicho y las miradas más despiertas reparan en lo absurdo de intentar sobrellevar el sufrimiento mientras el ritual te obliga a mirar la parte trasera de un mono azul manchado de cal y cemento. Es, en definitiva, el mutismo en el que se traduce la asunción de lo irreversible.

Solo que nosotros no estamos exactamente en un entierro. Ya he dicho que es de noche, y lo que contrasta grotescamente con nuestro estado no es la artesana habilidad del enterrador sino la alegría gritona a nuestra espalda. Montones de personas que se han peinado y arreglado para ir a tomar una copa entran y salen del bar más moderno de este barrio. Riendo, hablando, besándose. Cargados todos de energía. Supongo que esa era también nuestra intención inicial. Pero a veces basta una mirada o un gesto para saber que hoy tampoco vas a conseguirlo, así que hemos apurado las cervezas y salido a tomar un poco el aire. Poner distancia con la alegría circundante, evitar el ensañamiento del contraste.

Y ya en la calle veo que las farolas no brillan veinte metros por encima de nosotros. Han descendido como chispas en el aire frío para acabar temblando discretamente en los ojos de mi amigo, apoyado frente a mí en un coche cubierto de polvo. Manchándose el faldón de la camisa que se ha comprado unas horas antes sin que le importe en absoluto. Una camisa de cuadros chillones que palidece y enmudece un poco más con cada palabra de mi amigo. Igual que la música de baile que inunda la calle cada vez que algún desaprensivo entreabre la puerta del local. Igual que las pisadas del perro callejero que pasa a nuestro lado con la lengua fuera y la mirada en el suelo. Igual que yo.

Pienso. Pienso muchas cosas. Entre ellas que quizá es la primera vez en mi vida en que ni siquiera tengo fuerzas para decir eso de No sé qué decir. Y me limito a sentir la vergonzosa impotencia de no poder ayudarle. Me limito a sentirme mal y a lamentar no poder sentirme ni remotamente tan mal como él. Me gustaría que su espíritu superara la frontera de su voz rota y entrara en mi cuerpo. Poder observar desde cerca, desde dentro la profundidad abisal de la herida de su corazón. Y llenarme de su rabia.

Pero todo lo que puedo hacer es encenderme otro cigarro, maldecir la imposibilidad de que cualquier cosa se consuma con la misma intranscendencia que el tabaco y escuchar la historia una vez más, con algún detalle nuevo, igual de lamentable que los que me ha ido contando desde principios de enero.

Y esperar que decida que se va a dormir ya, que mañana nos vemos. Y verlo alejarse con un montón de planes rotos a rastras, increíblemente pesados a pesar de haber quedado huecos. Ver cómo le pega una patada al tercio de cerveza que alguien ha tirado en medio de la acera aún a sabiendas de que lo único que esos añicos conseguirán será recordarle demasiado su mundo resquebrajado. Y verlo doblar la esquina rumbo a una casa que le parece el doble de grande y fría desde que le faltan la mitad de las voces y los ruidos del día a día. La mitad de él.

Entonces echo a andar hacia mi piso. Y el camino se me hace muy largo a pesar de que son solo doscientos metros. No me duele ningún músculo pero un cansancio extremo ralentiza mis zancadas y hace que me asalte el deseo de dormir durante un año y despertar en un presente donde la gente que quiero se sienta feliz, feliz de verdad. Un deseo absurdo, irrealizable.

Por suerte la casualidad pone en mi camino mi propio botellín de cerveza. Un coche amarillo parado en un semáforo. El enorme alerón vibrando al ritmo del motor y una luz violeta que baña de mal gusto las dos cabezas que se mueven en su interior. Y por supuesto el nombre de él y el nombre de ella en ostentosos caracteres adheridos a la luna trasera. El de la chica es justo el que necesito. El palíndromo más simple del santoral. Las tres letras más letales que ahora mismo me vienen a la mente. Así que cojo un ladrillo providencial del suelo y un segundo después del crash estoy corriendo a una velocidad que jamás creí poder volver a desarrollar. Y aunque cada vez oigo más cerca los insultos y la respiración animalesca de un tipo seguro que más fuerte que yo, no miro ni una vez atrás. Quiero conservar la esperanza de haber acertado. Quiero que sea ella la que estaba en el asiento del acompañante. Quiero seguir sintiendo unos metros más que a lo mejor he colaborado a la venganza de mi amigo, absurda, sí, pero venganza al fin y al cabo. Y pensar que cuando mañana se lo cuente nos reiremos de verdad. Así que solo corro y corro y corro.

18
abr
11

Espacio-tiempo

Por una parte había un hombre con sus dos hijos, dos críos pequeños, digamos de cuatro y siete.

Por otra parte había dos chavales en esa edad absurda en la que conducir un coche te parece tan emocionante que no puedes esperar un par de meses.

Supongo que por una parte estaba el padre y los dos niños comprando el periódico y golosinas o cromos o un sobre-sorpresa de aquéllos de plástico rojo en el kiosco que había y hay en la siguiente manzana.

Y supongo que, por otra parte, los dos amigos adolescentes riendo nerviosos y alegres y estúpidos y rebozados de acné mientras remontaban la rampa del garaje en el Ford Orion “prestado” del padre de uno de ellos.

Así que por una parte digamos que el padre salía del kiosco hojeando el suplemento dominical y los dos críos revoloteaban a su alrededor chillando y peleándose por comerse el mayor número de chucherías, abrir el mayor número de paquetes de cromos o hacerse con el mayor número de baratijas del sobre-sorpresa. Mientras tanto, por otra parte, la clandestina práctica de conducción de los dos amigos los había llevado sin más incidentes que un par de rascones al meter segunda a doblar la esquina de la Óptica y enfilar la calle principal del barrio.

Seguro que es fácil de intuir que a esas alturas faltaban escasos segundos para que ambas partes chocaran en el espacio-tiempo. No hay por qué entrar en detalles rojos, calientes, viscosos.

Creo que ya he dicho que era una mañana de domingo. Hace unos diez años. En esta misma acera. Unos pocos números calle arriba.

No recuerdo adónde iba o de dónde venía aquel día, probablemente de o a algún sitio sin importancia. Sólo tengo claro que pasaba en el coche por esta misma calle y debía de ser más o menos esta época del año porque el sol y el calor eran muy parecidos: empezaban a acercarse y la gente estaba dispuesta a recibirlos en manga corta un poco antes de tiempo. Sí, lo recuerdo bien. La tibieza dorada en mi brazo izquierdo apoyado en la portezuela mientras pasaba a veinte por hora a la altura de la tragedia. Un color muy distinto al de la cara del hombre. De cuclillas, abrazando a su -en un instante- único hijo vivo, con el escaparate de un vídeo-club y la vida de un hijo hechos añicos a su espalda. Me miró. Recuerdo que me miró. No es una de esas imágenes creadas a fuerza de imaginarlas. Sé que me miró y que a pesar de que me había puesto las gafas de sol para dar la bienvenida al buen tiempo la palidez de su cara superó el filtro de mis cristales. La palidez y todo lo demás. No sé cómo explicarlo. Aquel conjunto de facciones era la cara de un hombre pero al mismo tiempo no lo era. Como si le hubieran extraído la sangre y los nervios y los tendones para dejar una simple careta hiperrealista de expresión desbordada. Me impresionó tanto que en ese mismo segundo, mucho antes de que la noticia corriera por el barrio, supe que acababa de ocurrir algo brutal. Me impresionó tanto que ni siquiera soy capaz de decir si ya había llegado la policía, si los dos chavales se habían desmayado de la angustia o si quizá estaban apoyados en el morro de cualquier coche fumando tranquilos sabedores de que, coño, los accidentes suceden y, sobre todo, de su condición de menores.

El caso es que, claro, he pasado una década sin pensar en esto ni un solo minuto. Pero hoy el azar me ha traído de nuevo a esta parte de la ciudad. Me estoy tomando una cerveza en el bar al que solía venir cuando vivía por aquí. Supongo que todo está igual que entonces. La misma barra desgastada, el mismo polvo en las botellas de la tercera fila, los mismos codos huesudos o inflados por la misma causa. Todo está igual menos yo. Yo he cambiado: estoy diez años más cerca de acabar como los que se consumen en explosión o implosión a mi alrededor. He avanzado diez años hacia ese destino. Podría haber sido otro, es cierto. Quizá incluso aún pudiera ser otro, pero es una década más difícil conseguirlo. Tres mil seiscientas cincuenta oportunidades de retraso con respecto a cualquier alternativa. Y hace ya bastante que dudo que valga la pena intentar ponerse al día.

Así que me pido otra y observo al tipo cojo que mete moneda tras moneda en la tragaperras. Mueve el brazo como un resorte. Es un androide feo y defectuoso, un artefacto mecánico en perfecta comunión con la máquina a la que alimenta. Y luego miro a la jubilada gorda maquillada como una puerta pero que no consigue disimular el color berenjena de su nariz. Debería renovarse la peluca. Quizá en los setenta diera el pego pero ahora es como llevar las cerdas de una escoba en la cabeza. Y luego a ese que entra por la puerta ya despidiendo tufo a ginebra. Trajeado pero mal. Le sobra americana por todas partes y el cuello que asoma por la camisa me recuerda al garganchón despellejado de un buitre. Entonces uno de los viejos que juegan al dominó en la mesa del rincón se enfada, maldice babeando y le tira una ficha al que tiene enfrente. Le da en pleno ojo. Por un momento cunde el temor de que se lo haya sacado. Pero no. Claro que no: a la gente así nunca le pasa nada que sea verdaderamente trágico, que distorsione mínimamente la simple decadencia. Eso es lo verdaderamente insoportable.

Y es entonces cuando salgo a tomar un poco el aire. Ahí están: la luz y el calor y la mayoría de la gente viviendo en medio de ello como si fuera el mismísimo Paraíso. Puedo distinguir a decenas de metros de distancia los que van a acabar pidiendo asilo en el bar y los que no necesitan hacerlo. No fallo ni uno. Solo aquellos dos me plantean ciertas dudas. Hay cansancio en sus pasos. Hay un peso oscuro anidado en el centro de sus nucas. Se nota en la forma y en la velocidad en que se mueven y miran y hasta respiran. Pero uno de ellos es demasiado joven para llevar semejante carga encima.

Me lo explico cuando pasan de largo frente a mí. El mayor conserva la palidez de aquella mañana y cuando me mira sus ojos son los de un animal disecado. El menor camina a su lado como si tras cualquier paso acechara el mayor de los peligros. Pero ambos lo hacen: caminan y respiran y hablan de una película, me parece entender. Sí, hacen cosas normales y caminan calle arriba, justo hacia el lugar en que se vieron condenados a vivir con la culpa de no haber sido lo bastante rápido, de no haberlos apartado a los dos, de ser el que primero se aferró a la mano de su padre.

Ahora el vídeo-club es una tienda de rayos UVA de la que entran y salen cuerpos perfectos nada admirables. Justo al contrario que ellos, a los que me quedo mirando hasta que desaparecen de mi vista.

Pago y me voy con la intención de tardar lo más posible en volver.

09
mar
11

Rumbo a casa

Rondas los cuarenta. Pero eso podría ser más o menos llevadero. Lo que realmente te jode es que jamás pensaste que tu barriga pudiera acercarse tantotantotanto al volante de tu monovolumen. Más que el puto atasco de todas las tardes… Más que tu trabajo de mierda, que tu coche de mierda, que tu hipoteca de mierda… Mucho más que haberte convertido en una de esas personas normales con vidas aparentemente tranquilas, el principal motivo de tu mala hostia es esa barriga que te desborda el cinturón y hace que el polo PdH parezca relleno de gelatina. Es normal que así sea: se debe a que siempre viaja contigo y a que lo natural es odiar lo más cercano. Y ese pedazo de carne colgante que no puedes quitarte de encima es lo más cercano que tienes. Eres tú.

Por eso en lugar de aporrear el salpicadero quizá deberías probar a castigarte el estómago. Puede que en vez de maldecirla por haber dicho sin preguntarte que este fin de semana iréis a esa parrillada en el chalé de su hermana debieras preguntarte por el verdadero origen de toda esta mierda. Pero al fin y al cabo ella es como tu barriga: siempre está ahí, no hay manera de hacerla desaparecer. Ella también, a fin de cuentas, forma ya parte de ti. Solo que tiene una voz más fina, huele algo mejor y en ocasiones incluso se mueve autónomamente. Pero no este domingo. El próximo domingo será tu quinta extremidad. O tú serás la suya, qué importa. El caso es que este domingo no podrás quedarte en la cama hasta que te dé la gana y luego bajar a tomarte un par de cervezas al bar de la esquina y hablar un rato de fútbol. En lugar de eso pasarás el día tragando de mala gana los chorizos típicos del pueblo de tus cuñados. Él se te acercará en un momento dado y te llevará al garaje para que veas su nuevo coche. Y justo después te preguntará qué tal te va en el trabajo y escurrirás el bulto a sabiendas de que hace ya mucho tiempo que se nota demasiado que lo haces. Entonces buscarás un poco de paz echándote en una de esas tumbonas de mimbre que tantotantotanto le gustan a tu mujer. Y antes de fingir que te has quedado dormido abrirás una cerveza helada de importación que habrás cogido del supercongelador que tienen en la cocina. Pero será oírse el sshupps y materializarse tu mujer a tu lado, que se reclinará hasta poner los labios a la altura de tu oreja y te dirá bajito pero no lo bastante bajito que no te pases con la bebida. Y luego te dará una palmadita en la barriga. Esa barriga pesada como un ancla que te mantiene varado en un sitio al que no recuerdas haber querido llegar nunca.

Como este puto atasco de todas las tardes. Además hoy el tráfico avanza aún más lento que de costumbre. Más tiempo del habitual para mirar a tu alrededor por mucho que no quieras. Qué otra cosa se puede hacer en un embotellamiento. Oír la radio y mirar por la ventanilla. Toda esa gente. Cientos de situaciones calcadas a la tuya. Mínimas variaciones de una misma realidad. Lo sabes. Observas los ceños fruncidos y las mandíbulas apretadas, y lo sabes. Por eso te da igual lo que piensen al verte lanzar el móvil contra el salpicadero. Seguro que todos ellos han hecho, están haciendo o van a hacer en lo que queda de día una llamada similar. Una llamada para desahogarse un poco. Una llamada injusta, sí, pero necesaria. Lo malo es que ella no te coge el teléfono. Te la imaginas en la peluquería, leyendo esas revistas de mierda y criticándote con la peluquera. Entonces a través de los cristales de los coches de delante aparecen unos resplandores naranjas y azules. Se reflejan en los techos metalizados y en los guardarraíles que te señalan el buen camino. Bajas la ventanilla y te llega el sonido de sirenas y los pitos de los agentes de tráfico. Algún imbécil se ha comido al de delante. Al poco la marabunta rodante empieza a hacerse a la izquierda de la calzada. Te ves arrastrado por la corriente y sientes que así ha sido y será siempre. Y unos metros más allá empiezas a vislumbrar el escenario de lo que ha pasado. Un volkswagen  rojo empotrado contra el culo de un trailer. Se lo ha comido pero bien. La mitad delantera del coche ha desaparecido bajo el container. Eso o se ha replegado hasta no ocupar más que unos cuantos centímetros. Un Volkwagen rojo y viejo. Matrícula 9?2? CV. Y ese tapacubos tirado en medio de la calzada como un diminuto ovni siniestro. Totalmente manchado de grasa y aceite, pero estás seguro de que idéntico a los que hace trece años fuisteis a comprar juntos para darle un toque más moderno al Polo que os acababais de comprar. Y a través del hueco informe que se abre donde debía estar la puerta trasera izquierda el trasnochado tapizado de pata de gallo, desgarrado, la espuma color crema asomando aquí y allí. Exactamente igual que quedó la última vez que fuisteis a una de esas jodidas barbacoas familiares y el perro de tu cuñado se dedicó a entrenar sus mandíbulas en él.

No sientes ganas de vomitar. No tienes ganas de llorar. No sabes lo que sientes. Tal vez la aterradora sospecha de que todo el dolor, la angustia, la tristeza y la frustración de los que tanto te quejas no son nada comparado con lo que te espera en cuanto apagues el contacto, abras la puerta y te abras paso entre el tráfico hacia la tumba de tu mujer. Absurdamente te planteas qué le vas a decir al primer poli que te salga el paso. ¿La que está ahí es mi mujer, agente, como en las películas malas?

Estás abriendo la puerta cuando te suena el móvil. En la pantalla pone que es ella pero no puede ser. Lo coges y su voz te dice Cariño pero no puede ser su voz. Entonces te dice:

-Oye, acuérdate de revisar el agua y el aceite, que ya sabes que el domingo nos vamos a casa de mi hermana.

-No te preocupes –contestas con una voz que es como si oyeras desde fuera, como si fuera de otro.

-Bueno, te dejo, que me van a poner las mechas.

Y cuelga. Y cuelgas. Y notas una humedad creciente en la barriga. Miras hacia abajo y, como en un plano cenital, ves caer tus propias lágrimas sobre el polo que te pones los viernes para ir a trabajar. También ellas te parecen las de algún otro. Al fin y al cabo estás llorando, y no sabes muy bien por qué. 

21
jun
10

El viaje

Su padre era metódico, organizado y, sobre todo, puntual. Por eso le extrañó que en el último momento, cuando ya habían desayunado y cargado el maletero, le pidiera que esperara un momento, que tenía que ir al baño. Vale, una necesidad física es una necesidad física, y hasta la persona más cuadriculada antepone su satisfacción al simple hecho de cumplir el horario previsto. Pero incluso teniendo eso claro le sorprendió que su padre la dejara un par de minutos en la acera para vaciarse a última hora la vejiga. Pensar en la palabra vejiga le hizo pensar en la palabra uretra y ésta, por una vía bastante directa, la llevó a la palabra polla. Y un instante después estaba imaginándose a su padre meando, con todo lujo de detalles. Se sintió incómoda. Sacudió un poco la cabeza y miró hacia la puerta de casa. Seguía entornada y el débil resplandor que bajaba desde el cuarto de baño del piso de arriba rellenaba el hueco de un color entre amarillo y ocre que le resultó casi irreal a esas horas, las cuatro y treinta y uno de la mañana según su móvil. Igual que le pareció extraño el sonido burbujeante del chorro de orina de su padre, nítido a pesar de las paredes que se interponían entre el mismo y sus oídos. Un chorro que parecía precipitarse a intervalos cortos y rápidos en el agua de la taza, como si expulsar aquellos residuos le supusiera un gran esfuerzo al propietario del pene, que, otra vez, volvió a visualizar con sobrecogedor realismo. Tiene que ser cosa de la próstata, se dijo para poner cierta frialdad científica a los absurdos pensamientos que le pasaban por la cabeza. Y le maravilló la posibilidad de haber prestado tanta atención a la lección sobre el aparato genital masculino que había medio escuchado en clase la semana pasada mientras, en su mesa de la última fila, grababa con compás su inicial y la de ella a ambos lados de una equis.

Volvió a iluminar la pantalla de su teléfono y ni siquiera el último de los dígitos que componían la hora exacta había mutado. Resopló. No era sólo que no le apeteciera en absoluto pasar el día entero codo con codo con su padre. Al fin y al cabo vivía con él y estaba acostumbrada a soportar su presencia con aparente indiferencia. O con una hostilidad indemostrable, que viene a ser lo mismo que lo anterior cuando se tiene dieciséis años. Además, aunque era cierto que hacía por lo menos tres años que no salía de caza con su padre y que ella habría aplazado gustosamente la jornada otros tres más, el plan en sí no le disgustaba tanto en lo que no tenía que ver irremediablemente con él. Un poco de sol, un poco de aire puro, esas cosas que dicen los fanáticos de la vida sana, entre los que incluía a su padre. Y a la menor ocasión se las apañaría para escabullirse y pasar la mayor cantidad de horas posible fumando el mayor número posible de porros subida en alguna rama, sin preocuparse por una vez de que él olisqueara el humo. Para acabar de fortalecer su ánimo pensó que si trepaba lo suficiente podría recibir una mínima señal de cobertura gracias a la que comprobar si su novia la había llamado o escrito algún sms para hacerle más fácil el día.

Eso era lo que hacía de aquella excursión padre-hija un panorama tan poco atractivo. Estaba convencida de que él aprovecharía un altísimo porcentaje de los minutos del día para volver a poner en duda el amor que ambas se tenían. Le diría por enésima vez que a su edad era imposible estar segura de lo que sentía, que aquello acabaría cayendo por su propio peso, que no se creara una fama de la que después seguro se arrepentiría.

Oyó voces calle arriba y enseguida un par de sombras salieron de detrás de una esquina. Caminaban en dirección a ella dando traspiés y hablaban alto y se reían, y cuando pasaron debajo del cono pálido de una farola comprobó que eran dos chicos del pueblo de al lado que iban a su mismo instituto. Supuso que vendrían de la fiesta de la que había oído hablar durante toda la semana. Ninguna de las dos había sido invitada, y ambas se habían enorgullecido de ello. Les gustaba tener el mundo en contra, por lo menos a ella. Sentía que así su unión se reforzaba, se volvía casi épica. Cuando los chicos la vieron aminoraron el paso y se callaron un momento. Luego cuchichearon algo que no pudo oír y rompieron a reír de manera frenética, casi teatral. Ella estaba decidida a mantenerles la mirada sin ni siquiera contestar al saludo que le dirigieran. Ensayó mentalmente la cara más despectiva y desafiante con la que corresponder a la mención expresa o tácita a su condición sexual que sin duda le iban a dedicar. ¿Dónde está tu novia? o ¿Por qué no habéis venido a la fiesta…? Había muchas parejas. Pero en lugar de eso, cuando pasaron junto a ella manchando el aire de un aroma denso y dulzón le hicieron un comentario muy gráfico y muy poco irónico sobre el tamaño de sus tetas que la descolocó por completo. Tanto que instintivamente bajó la mirada hacia su pecho. En ese momento su padre apareció en la puerta de casa. Los dos chicos volvieron a estallar en carcajadas y salieron corriendo hasta un ciclomotor que había aparcado unos metros más allá. Sus risas todavía se oían por encima del ruido del escape cuando la luz roja se desvaneció en la oscuridad dejando atrás un rastro de olor a semen y alcohol. Y ella deseó que su padre no hubiera escuchado nada. Que el azar no le hubiera dado pie para empezar su asqueroso discurso ya, a las cuatro y treinta y dos de la madrugada.

Por si acaso nada más subir al asiento del copiloto se provocó un bostezo que le quedó bastante convincente y se encogió de cara a la ventanilla en una forma parecida a la posición fetal. Su padre le pasó la mano por el pelo y le preguntó si tenía frío, y ella se replegó un poco más y le contestó que estaban en junio. Y luego se hizo la dormida mientras al otro lado del cristal pasaban árboles negros y campos negros y alguna que otra casa casi igual de negra. Hasta que se quedó dormida.

Recuperó la consciencia con la voz de un locutor radiofónico que leía el boletín informativo de las ocho.

-Buenos días otra vez –le dijo su padre-. Hemos acertado; han dicho que vamos a tener buen tiempo por aquí.

Ella se preguntó cómo sabía que se había despertado pero durante un par de minutos no dijo nada al respecto ni al respecto de ninguna otra cosa. Se concentró en asumir la perspectiva de tener que interactuar mínimamente con él y, bostezando de verdad, se enderezó en el asiento.

-¿Falta mucho? –preguntó al fin aunque sabía que no.

Recordaba aquel paisaje. Recordaba aquel paisaje años atrás a la misma hora del día, tan cegador como ahora. El sol bajo y grande formando enormes lagos de luz y enormes charcos de sombra entre las montañas. Los chopos más altos de cuantos flanqueaban un pequeño arroyo allá abajo aprovechándose los primeros de toda esa energía dorada ascendente que encendía la parte superior de sus copas verdes y blancas. El embalse tan azul oscuro como el cielo todavía en parte nocturno, que ya se vislumbraba tres o cuatro curvas más adelante. Sólo faltaba su madre volviéndose para mirarla sonriente desde el asiento que ahora ocupaba ella. O volviéndose enfadada. Estando, respirando. Viva, al fin y al cabo.

-En cinco minutos llegamos.

La chica tardó un rato en continuar la conversación, pero al final lo hizo.

-Buenos días otra vez –dijo, y bajó la ventanilla.

El viento la despeinó su pelo corto y le secó los ojos y le metió por la nariz una mezcla de olores verdes y de tufo a asfalto y de polvo viejo acumulado en la tapicería, y todo ello hizo que se sintiera ligeramente mejor. Más insignificante, menos culpable. Algo así como la mejor versión posible de sí misma después de reconocerse como víctima o simple producto del azar. Por lo que entendió que no tenía mucho sentido regodearse en las dificultades de su diminuta vida. ¿Para qué buscar más problemas? ¿Por qué no darle al hombre que manejaba el volante tarareando una canción irreconocible la oportunidad de tener una relación normal con su hija? Se metió la mano en el bolsillo derecho de sus bermudas y desconectó el móvil.

Abandonaron la carretera y avanzaron por un camino de tierra muy oscura y apelmazada, sin levantar la menor nube. Detuvieron el coche cinco kilómetros monte adentro, en una pequeña explanada sembrada de minúsculas flores blancas y lilas y amarillas idénticas en su forma. Al abrir la puerta, justo antes de poner el pie en ese frondoso jardín, la chica se dijo que iba a ser imposible salir de allí sin pisar y matar cientos de plantas que ni siquiera eran conscientes de su presencia.

-Da pena aplastarlas, ¿verdad? –dijo su padre.

Sí –miró hacia atrás y vio los dos surcos de muerte multicolor que habían trazado las ruedas del coche-. Pero ya hemos aplastado un buen montón.

Y ambos salieron del coche y sacaron la escopeta y los demás trastos del maletero y anduvieron de aquí para allá sin pensar ni un segundo más en lo que moría a sus pies.

Cuando lo tuvieron todo preparado se sentaron en un pequeño montículo de piedra y se comieron entre los dos una lata de mejillones. No hablaron mucho, y cuando se dijeron algo no alcanzaron ni de lejos la fluidez que seguramente ambos habrían deseado, pero por alguna razón ella empezó a relajarse paulatinamente. Había algo en la manera en que su padre la miraba cuando se pasaban el palillo que le hizo estar casi segura de que esta vez no iba a ser sometida a un lavado de cerebro. Ni sus párpados ni sus cejas revelaban signos de tensión. Tampoco su boca parecía a punto de explotar en un reproche. Más bien su cara entera se contraía en una muy discreta expresión de pena o vergüenza. O de pena y vergüenza. Una expresión de derrota que la tranquilizó.

Así fue. Pasaron casi doce horas juntos, sin posibilidad de escapar el uno del otro si las cosas empezaban a ponerse feas, y en ningún momento sintió la necesidad de poner tierra de por medio. Ni siquiera se acordó del costo que llevaba escondido en el calcetín. Recorrieron uno al lado del otro cualquier sendero de los alrededores del campamento base, por estrecho y empinado que fuera. Sudaron juntos. Vio cómo su padre disparaba cuatro escopetazos con la intención de cobrarse sendas perdices, y cómo los fallaba todos. Tras uno de ellos tuvo que sujetar el arma y se quemó levemente el pulgar al cogerla por descuido por la parte baja del cañón. Y a eso de las seis de la tarde emprendieron el camino a casa.

En el coche hablaron vagamente de las clases, de la conveniencia de que estudiara un poco más. Si acababa bien el curso a lo mejor podría acudir al siguiente subida en una moto, y ella se ilusionó como la cría que era.

Luego, a pesar de que ninguno de los dos tenía hambre, pararon en un bar de carretera y pidieron dos copas de helado de chocolate. Podría haber sido la guinda a una jornada de reconciliación. Pero estar sentados cara a cara resultaba más difícil que caminar por el monte pendiente de que algún ejemplar de la escasa fauna se moviera detrás de un arbusto. Por eso la chica se apresuró en comerse su helado. Todo había ido bien; no había por qué estropearlo ahora. El padre, en cambio, ni lo tocó. Estaba como abstraído. Ni siquiera se giró cuando un grupo de hombres que jugaban al billar al fondo del local empezaron a discutir y a amenazarse de muerte unos a otros. Ni siquiera comentó algo al respecto. Permaneció inmóvil frente a su hija, mirándola con unos ojos absortos que en ciertos momentos, estaba segura, pasaban, se ralentizaban y hasta se detenían sobre su pecho, revelando sentimientos muy lejanos a la vergüenza y la tristeza que habían trasmitido en el campo.

Ella acercó la copa hacia sí, lentamente, como movida por un instinto recién descubierto pero a la vez lo bastante utilizado como para hacerle tener claro que era mejor no darse por enterada de ciertas cosas. Entonces su padre salió de su repentino trance y se levantó de manera torpe y apresurada.

-Acábate eso pronto. Voy al servicio y nos vamos.

-Vale.

Y mientras observaba cómo el hombre que la había engendrado se hacía cada vez más pequeño alejándose hacia el aseo algo cedió de manera casi sonora en su interior y se recordó a sí misma en otro cuarto de baño. El de su casa, tal y como iba a encontrarlo al llegar a excepción de las cortinas de las ducha, que habían renovado hacía poco. En el espejo sucio de ese recuerdo su padre aparecía mucho más joven y grande que ahora. Y ella era mucho más pequeña, tanto que no era capaz de correr rápido, ni de pegar fuerte, ni de pronunciar sin equivocarse palabras como uretra, pene o polla. Pero la niña del reflejo conocía sus significantes a la perfección.

Miró el chocolate medio derretido que se espesaba al fondo de la copa. Pensó que si no hacía algo rápido e irreversible la textura pringosa de esos restos podía ser muy parecida a la que tuvieran muchos de los ratos de vida que le quedaba por delante. Luego contempló la quemadura de su dedo. Y le entristeció que careciera de sentido. Y calculó en tiempo, distancia y fuerzas cuánto la separaba del maletero del coche.

23
feb
10

Colesterol y otras cosas pringosas

La mujer de al lado ya me ha visto varias veces por aquí. Supongo que eso le hace pensar que puede hablar conmigo. Porque se pide un vino de 55 céntimos, gira la papada hacia mí y utiliza unas cuerdas vocales que imagino como pedazos viscosos de careta de cerdo para decirme que ahora sólo viene un par de días a la semana.

-Me he propuesto adelgazar –añade con una voz que no encaja en absoluto en un cuerpo que tiene ovarios y que me hace plantearme la posibilidad de que todo esté siendo una pesadilla.

Pero frente a ella en la barra hay cuatro vasos vacíos idénticos al que tiene entre sus dedos inflados y enrojecidos y que apura de un trago. Idénticos al que le traen cuando pide el sexto de inmediato. Saco la libreta y apunto

-         Venas reventadas

-         Derrames internos

-         Suicidio lento. Posibles vías (investigar)

Percibo que la mujer se acerca un poco a mí. Mantengo la vista clavada en el papel pero noto cómo el ya de por sí inmenso volumen de su corpachón va creciendo y creciendo en el margen izquierdo de mi campo visual. Preferiría que ahora mismo rompiera el vaso contra la barra e intentara degollarme antes que tener que interactuar de modo semihumano con ella. Sólo he venido para estar un rato solo conmigo. Por eso no me he sentado en la mesa 8 con los del departamento de contabilidad. Por eso no quiero comer un menú de 6 euros en compañía. Por eso ni aunque me acode 1.000 día seguidos en esta barra el camarero llegará a saber mi nombre. Y por eso no quiero que una gorda vieja reventada por el alcohol me haga cómplice de su vida de mierda. Es lo que me digo justo cuando vuelvo a oír esa voz arenosa que me eriza el vello.

-¿Qué escribes ahí?

No quiero mirarla, y mucho menos hablar con ella. Lo que me apetece es llenarme el estómago vacío con una cerveza o dos o tres antes de volver al trabajo. En realidad, con las que mi organismo considere necesarias para acelerar el tiempo y difuminar las cosas. Así que no quiero mirarla y mucho menos hablar con ella. Me lo repito diez veces en un segundo pero parece que ya hasta mis movimientos escapan a mi control porque cuando voy a decírmelo por decimoprimera vez mis ojos ya están clavados en las rodajas de globo ocular que le asoman encima de los mofletes.

-Nada. Cosas.

-Sobre mí, ¿verdad?

-No.

Le he dirigido tres palabras. Cinco sílabas. Y he sido capaz de sostenerle la mirada. Es lo que pienso mientras, tan estúpidamente asustado como estúpidamente orgulloso, espero que ella diga lo que tenga que decir.

-Sí, quiero adelgazar por mi marido.

En ese momento sé con absoluta certeza que no debo oír más. Que no quiero oír más, incluso. Pero el dato de que la montaña humana tiene marido dispara mi curiosidad. Estupor, para ser exacto. Además, no puedo dejar de mirarla. Es como si al hacerlo tuviera mayor control sobre su influencia sobre mí, que intuyo muy potente. Sobre mi tranquilidad, mi modesto bienestar, mi salud, mi orden establecido. Mi precario equilibrio. Bajo ningún concepto quiero que La Voz vuelva a pillarme por sorpresa. Así que la miro y, temblando ligeramente, espero que prosiga.

-Sí, te podrás hacer una idea… Mírame; el pobre tiene que cortarme las uñas de los pies. Y frotarme la espalda. Y todo lo demás.

Joder… Saco un billete del bolsillo y le hago un gesto torpe al camarero para que me traiga la cuenta.

Pago y ni siquiera espero que me devuelva el cambio.

Salgo a la calle. El cielo parece mucho más azul de lo normal. La temperatura es ideal para no pasar frío y para no sudar. Pero tiemblo y sudo. Y sólo puedo pensar que si abriera en canal a mi compañera de barra encontraría en el fondo de su corazón cúmulos de colesterol y, a lo mejor, de amor verdadero y de otras cosas de ésas que manchan y matan.

06
ago
09

Babas

La noche había sido una de ésas de mirar durante horas el techo oscuro y a ratos aferrarse a los bordes del colchón al notar que todo da vueltas y más vueltas, al notar que lo que eres, fuiste y serás se escurre por un retrete gigantesco. Así que cuando el cielo empezó a iluminarse salí de casa sin ducharme ni peinarme pero con unos cuantos sobres tamaño folio bajo el brazo. Otro intento de escapar del remolino de mierda que me hunde en cuanto me descuido e, incluso, cuando no me descuido. Era una mañana agradable. Todavía no hacía calor y las últimas ráfagas de la brisa nocturna no eran lo bastante frías como para erizarme el vello. Había cierto equilibro en el aire, cierta paz. Supongo que la podría haber apreciado más placenteramente si no fuera por la sensación de vacío o extravío o frustración o todo eso y más cosas que me había invadido la noche anterior y que aún jugaba a retorcerme las tripas mientras caminaba por la calle. De modo que aquella mañana mi predisposición a deleitarme con las maravillas de un nuevo día de primavera era más bien nula. Mi único propósito, incómodo, angustioso y casi enfermizo, era llegar a la oficina de correos sin perderme por el camino, en cualquier esquina, con cualquier excusa, como tantas veces antes. Andaba con la cabeza gacha o bien mirando al cielo, procurando que mis ojos no enfocaran lo que habitualmente se mueve por las calles del mundo. No quería reparar en los pormenores de la gente que se cruzaba conmigo y cuya vida o muerte me importaba menos que cero. Los atascos, las excavaciones de nariz de los conductores, los niños durmiendo en sus sillitas homologadas en los asientos traseros de los coches. Los carteles publicitarios. Los escaparates desplegando sus absurdos reclamos al levantarse con un estruendo sus persianas grasientas. Los jubilados dando ya su tercera vuelta a la manzana entre los pasos apresurados de miles de personas dispuestas a ganarse el pan en sitios deprimentes. Me estremecía la posibilidad de tropezarme con esa señora que vive por aquí y que de buena mañana baja a pasear a su asqueroso cerdo vietnamita. No quería contemplar caras de felicidad por motivos incomprensibles para mí ni caras de desgracia por motivos incomprensibles para mí. No me veía capaz de sentir una vez más que no comprendía nada ni que nadie me comprendía. En fin, sabía con absoluta certeza que si me fijaba demasiado en la podredumbre cotidiana de mi alrededor sentiría con brutalidad la mía propia, desecharía la idea de enviar dos o tres relatos a sendos concursos por si sonara la flauta y acabaría metiéndome en el primer bar que encontrara. Por eso me esforzaba en seguir con la mirada las líneas de las baldosas del suelo u observaba las nubes tratando de determinar hacia qué punto cardinal se desplazaban. En eso estaba cuando oí que me llamaban. A pesar de que al instante pensé que lo mejor sería hacer oídos sordos y seguir mi camino giré la cabeza por instinto y vi a un tipo más o menos de mi edad que me saludaba con una mano mientras con la otra pulsaba el botón de cierre del mano de un coche de aspecto señorial. No supe quién era hasta que se acercó a mí exclamando saludos y haciendo aspavientos efusivos. De su nombre no me acordé en el momento en que me dio un abrazo ni me he acordado nunca después, pero es cierto que su cara me sonaba. Sin ese ultrabronceado ni ese afeitado perfecto, sin esa gomina diseñándole aerodinámicamente el pelo, sin esa corbata de seda y esos zapatos relucientes, era el chaval que durante ocho años se sentó un par de pupitres a la izquierda del mío. Podría decirse que era un amigo perdido de la infancia, pero sería mentir. En realidad era mucho menos que eso: simplemente un compañero del colegio en el que jamás había vuelto a pensar. Alguien con el que lo único que había compartido era un aula o el patio de la escuela y que luego se perdió en la nada y que, sin embargo, ahora me ponía al día de su historial de triunfos en todas las facetas de la vida. Cuando hubo acabado me preguntó Bueno, ¿y tú qué? ¿Qué haces? ¿A qué te dedicas? ¿Qué eres? Y esa cuarta pregunta fue la que me hizo sentir extraño. Me dejó sin palabras. Estaba acostumbrado a responder con evasivas más o menos decorosas a las tres primeras, pero la cuarta sonó demasiado directa, demasiado franca. Imposible de esquivar. Sonó como cuando de pequeños el niño hecho hombre con el que ahora estaba hablando u otros como él y yo imaginábamos qué seríamos de mayores. Entonces todo eran grandes proyectos, sueños deslumbrantes, planes que siempre culminaban en éxitos. Pero supuse que una respuesta tan alejada de la realidad no era lo que mi antiguo compañero de escuela esperaba de mí en ese momento. Así que, ya digo, me quedé sin palabras. No supe qué decirle. O sí, lo supe, pero al mismo tiempo entendí que contárselo sólo serviría para que después, con otra gente, hablara de mí como de un perdedor gilipollas. Así que decidí ponérselo aún más fácil y le respondí preguntándole abruptamente si podía dejarme algo de pasta a cambio de haber escuchado su aburrida mierda durante un par de minutos. Lo único que le saqué fue un cigarro y el placer intenso de ver reflejada en su cara la incómoda sensación que él acababa de causarme a mí: la de no saber qué decir. Y seguí caminando hacia correos pese a que a esas alturas ya estaba seguro de que tampoco esta vez llegaría. No obstante, seguí andando como por inercia. Como si algo en mi interior supiera que el absurdo paseo me reportaría algo de cierta utilidad. Y desvelé el sentido de mi intuición cuando, sentadas en un banco de un parque, vi a una madre y una hija cogidas de la mano, irradiando una especie de amor triste pero inquebrantable. La cría debía de tener unos diez años y sin duda sufría alguna enfermedad mental. Sus ojos medio muertos me miraron sin verme cuando pasé junto a ella. El labio inferior le colgaba bañado en una saliva que centelleaba al sol mientras se derramada en espesos hilos sobre su vestido de niña tonta. Y entonces llegó a mí, demasiado tarde, como todo en mi vida, el puto Espíritu de la Escalera. Entonces supe lo que tendría que haberle contestado a mi compañero de clase cuando me había preguntado qué era yo. Babas, debí haberle respondido. Soy las babas de los subnormales, de los ancianos, de los rabiosos que no encuentran otra manera de liberar su ira que soltar espumarajos por la boca. Soy como babas. Espeso, transparente, casi invisible, vacío, inútil. Brillante. Y siempre cayendo.

16
jul
09

13 de julio

Me levanté y sin siquiera tener que mirar por la ventana supe que era una mañana igual de mierdosa que las demás. Pleno verano, un calor de muerte cuando todavía no eran las nueve y tenía que estudiar. Quería escribir pero tenía que estudiar para intentar conseguir un trabajo fijo y calmar a la gente de mi alrededor y supongo que calmarme a mí de paso. Así que cogí los libros y me senté todavía en calzoncillos y empecé a leer una vez más las cosas aburridas que llevaba años leyendo. Pasé y repasé decenas de páginas que ya había pasado y repasado mil veces y subrayé alguna nueva palabra y escribí un par de comentarios al margen sólo para que no todo fuera leer cosas gastadas. Y cuando se hizo la hora de comer me puse los pantalones y bajé al bar de la esquina a tomarme un café rápido pero en lugar de eso ocurrió lo de últimamente y me pedí un tercio rápido y luego otro más rápido y procuré alejarme un poco. Pensé en ponerme a hablar con algún camarero pero era hora punta en el bar. Cuadrillas de obreros con camisetas sin mangas y axilas sucias tenían 30 minutos para comerse el menú del día y querían que les sirvieran sus filetes y sus tintos de verano de inmediato, de manera que los camareros ya tenían bastante con sudar llevando y trayendo platos calientes de un lado a otro como si les fuera la vida en ello. Quizá así fuera. Y el que se encargaba de la barra tenía ojos de sapo muerto y el pelo, todo el pelo, el de la cabeza, el de las cejas y hasta el del pecho teñido de un horrible tono marrón chocolate que me hacía imposible mirarle durante más de dos segundos. Total, que lo de intimar con los empleados para ver si algún día caía alguna cerveza gratis estaba difícil. Y en realidad tampoco me apetecía demasiado soportar -seguro- las quejas de un hostelero cincuentón. Oírle hablar del pueblo en que nació, de que esta ciudad no le gusta, de que los dirigentes de su equipo de fútbol son unos sinvergüenzas y de lo jodido que es levantarse a las 5:30 cuando te toca el primer turno en el bar. Tenía bastante con lo mío, así que casi mejor que nadie me dirigiera la palabra. Me puse a contar las botellas de alcohol expuestas en las estanterías que se extendían a lo largo y alto de la pared de detrás de la barra. 218. Conté las que había probado o creía recordar que había probado. 23. Y me sentí mal al admitir que tampoco en esa materia era nada del otro mundo. Y luego conté el dinero que llevaba en el bolsillo y me alivió ligeramente comprobar que tenía para otras dos cervezas. Aún podía quedarme un rato allí, en medio de un aire acondicionado no lo bastante potente como para impedir que el frío condensado en el vidrio naranja se convirtiera en gotas sobre la barra. Aún podía estar unos minutos más a salvo de mi vida aunque fuera a costa de observar otras que tampoco eran gran cosa. Entonces entró en el bar una chica calva o rapada, yo diría que calva, que llevaba botas militares, unas mallas rojas rotas por todas partes y una cazadora de motero tres o cuatro tallas mayor que la suya. Se sentó en el taburete de al lado y pidió una ración de caracoles y un gin-tonic. Y se puso a hablar sola. Decía tacos y se reía a carcajadas, eso era básicamente lo que hacía. Sólo estuvo callada el par de minutos que le llevó acabar con los caracoles. Después se limpió las manos en las mallas, pidió otra copa y siguió maldiciendo y riéndose burlonamente de todo cuanto sus ojos enfocaban, incluido yo. Se me ocurrieron varias explicaciones para la conducta de la chica. Al final me quedé con dos. Era una enferma terminal de leucemia que había decidido pasar del tratamiento y vivir lo que le quedara al margen de cualquier convención social o bien unos meses antes yendo con su novio a una concentración de Harley’s habían tenido un accidente y sólo ella estaba aquí para lamentarlo. Al cabo de unos minutos preguntó sin dejar de reírse dónde estaba el servicio. Tenía que pasar por detrás de mí para dirigirse allí y cuando lo hizo temí que me diera una puñalada o al menos un golpetazo en la nuca. Pero a mi espalda no pasó nada más que su carcajada sucia a pesar de oler a hierbabuena. Decidí no concederle una segunda oportunidad para matarme. Pagué y salí al sol y se me revolvieron las tripas por el calor y por el hecho de estar acercándome otra vez a mi vida, al cuartito, a los libros, a un futuro oscuro, a toda esa nada. Y ya no me parecía tan insoportable el tinte del camarero ni la risa de la loca.

08
may
09

Más problemas de empatía

A veces tienes instantes de lucidez y por ejemplo te das cuenta de que eso de salir a la calle a caminar sin rumbo puede ser síntoma de que las cosas no van demasiado bien. Por eso decides aceptar por una vez la invitación que cada lunes te llega por email. El partidito semanal de tus amigos. No se cansan de incluirte en la convocatoria, aunque hace meses o años que dejaste de hacer el menor ejercicio. El simple acto de subir las escaleras del portal o agacharte a atarte los cordones te agota. Por las mañanas vomitas en el fregadero tu desayuno de café y cigarro y sales a toda prisa hacia el trabajo. Y en cuanto acabas vuelves a patear por las aceras. Fumas y escupes cosas rojas o marrones o verdes o de todos esos colores mezclados y ya que agachas la cabeza te fijas en los chicles resecos que motean el pavimento. Pegatinas de la grúa. Mierdas de perro y zapatos relucientes, camales ben planchados y medias finas pasando apresurados junto a ellas. O a lo mejor tus pies te hacen el favor de hacerte pasar junto a uno de esos frondosos jardines que los chinos montan a las puertas de sus comercios y dedicas unos segundos a contemplarlo, respirando su perfume de geranio urbano. En fin, andas y andas como cualquier otro ocioso prejubilado o desempleado o, como tú, con un curro de media jornada de lo más precario. Poco dinero, mucho tragar mierda. Hoy tienes que aguantar demasiadas gilipolleces sólo para poder pagarte el techo, los pantalones y las sopas de sobre. Y mañana será lo mismo. Quizá por pensamientos como ése al cabo siempre te cansas de andar y te metes en algún bar y luego en unos cuantos más hasta que la noche avanza y se convierte en madrugada y los camareros se tienen que llevar sus vidas de mierda a descansar. No es un espectáculo bonito de ver. Algunas noches puede resultarte reconfortante eso de sentir que empatizas con las ojeras negras del tipo que te sirve el alcohol. Con su mirada reptiliana, lenta y forrada de sangre fría que te observa como queriendo darte la oportunidad de parecer alguien más o menos agradable. Apreciar el mérito del sudor agrio del camarero y de las manchas grasientas de su camisa y del espasmo de dolor que le sube desde la espalda a la cara cuando coloca las sillas sobre las mesas. Y que él comprenda que tú eres otro pobre cabrón y a lo mejor te diga que a la última estás invitado. Pero lo normal es que no se dé tal feeling. Lo normal es que hasta alguien que probablemente está tan hasta los cojones como tú acabe pidiéntote que cierres la boca y liquides de una puta vez tu copa. Así que a lo mejor hoy te viene bien sudar un poco dándole al balón en lugar de pasar la tarde y la noche andando en espiral por el barrio. Sentándote de cuando en cuando en los bancos de los parques, en las paradas de autobús, en los tranquillos de los portales. En los taburetes de los bares más cutres junto a los viejos borrachines que se dejan caer en ellos y se quedan ahí como animales muertos o medio muertos, mirando de tanto en tanto el reloj de la pared. Y te plantas en el polideportivo a la hora convenida. Están todos. A unos cuantos los ves los fines de semana. Son los que dos días a la semana te acompañan cuando te emborrachas. O tú a ellos. Da igual. Son, en definitiva, los que todavía se parecen a ti, aunque sólo sea a grandes y difusos rasgos. Los otros han cambiado demasiado de un tiempo a esta parte. Desde que sólo hablan de ascensos, hipotecas e hijos hasta te cuesta recordar en qué momento se convirtieron en tus amigos. Por qué sigues considerándolos tus amigos. Pero, bueno, algo en tu interior te dice que aún los quieres. Además, si te muestras simpático quizá puedas sacarle un poco de pasta a alguno al acabar el partido, durante la confraternización del vestuario, cuando tengan cuerpo y mente atontados por el ejercicio. Por eso procuras poner buena cara cuando entras en la pista y alguien se ríe y te suelta que tires el cigarrillo de una puta vez y se ríe otra vez más fuerte y con más gente. Y comprendes en un momento menos doloroso de lo que habías temido que hace mucho tiempo que tu sitio está en otra parte o en ninguna, pero desde luego no en un pabellón deportivo con gente sana y decente y que, a fin de cuentas, ya está salvada. Pero aun así haces caso y apagas el cigarro y te quedas ahí en el medio del parqué con las manos incómodamente libres. Las manos y los pies y todo lo demás. Ahí en medio, en pantalones cortos, dando pequeños saltitos, fexionando las rodillas, desentumeciendo las caderas como si estuvieras bailando un hula-hop. Sintiéndote un gilipollas. Como cada mañana cuando llegas al trabajo de mierda que la última ETT haya tenido a bien proporcionarte. Como cuando tu madre te llama para preguntarte si has comido bien. O como cuando intentas hablar con una gafapasta en cualquier garito. Da igual lo cretina que sea toda esa gente, amigos, familia, amores o simples seres sexualmente atractivos. Al final siempre eres tú el que se siente un imbécil al interactuar con ellos.




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