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23
may
11

Lo raro

A veces se te olvida lo raro que es…

… que el surtidor de gasolina sea lo único que te dirija la palabra con cierta educación.

… hacer media hora de cola en el super. Que ningún carrito de familia numerosa deje pasar a tu pizza de dos euros y tu par de cervezas marca blanca.

… querer echarte uno al sol y que la foto de la cajetilla te recuerde lo muerto que estás por dentro. Pulmones como esponjas de chapapote, bocas destrozadas y un montón de manos enguantadas operándote a corazón abierto.

… que nueve de cada diez lectores de metro solo lean bestsellers y solo los lean en el metro.

… contestar Vale sin siquiera pensarlo cuando el jefe te ordena hacer cualquier gilipollez. Descubrir sin sorpresa el cansancio y la resignación en el revés de tu voz.

Cada vez más a menudo se te olvida lo raro que puede llegar a ser todo. Hasta qué punto bajas la guardia en cuanto te descuidas.

Y un día de poniente irrespirable vas a comer a casa de un amigo al que ves menos de lo que deberías por culpa de cosas igual de intrascendentes que las que a menudo dan al traste con tus deseos.

Hablas con él un rato, te tomas el café y le das un abrazo al despedirte en el umbral. Entonces dice Espera, desaparece por el pasillo y vuelve con la bufanda que te olvidaste la última vez que fuiste a verle. Ese viejo amasijo de lana que fue, es y será tan especial para ti, pero en el que no habías querido pensar ni una sola vez en medio año, en dos estaciones, en 180 días incluido el primer aniversario del día en que todo se fue a la mierda.

Y piensas que a veces se te olvida lo raro que es que a veces se te olvide lo realmente importante.

Así que vuelves a la calle con la serpiente de lana roja enroscada en el brazo.

Picándote en la mano, en el sudor extrañamente frío de la mano. Inoculando algo parecido a tristeza licuada en tu torrente sanguíneo. Algo parecido a anestesia.

Mientras andas por las aceras derretidas tienes la impresión de que la gente con la que te cruzas te mira el brazo extrañada. Tan solo un instante después tienes la certeza de que así es. Una pareja cuchichea después de que ella señale tu pasado con un gesto desdeñoso de barbilla. Un grupo de adolescentes con camisetas de tirantes se ríe abiertamente. Incluso el hombre con mugre en los tobillos que empuja un carrito de Mercadona lleno de desperdicios te mira como si no entendiera nada.

Ellos y todos los demás reaccionan de ese modo ante la visión de las fibras rojo sangre que cuelgan de tu brazo, coaguladas ya hace mucho.

Y por un momento te sorprende tanta incomprensión, tan poca imaginación.

Por un momento recuerdas lo raro que es que cinco años de vida acaben perdidos entre la trama y la urdimbre de un retal de 120 x20 cm.

Recuerdas que no debes olvidar lo raro que acaba siendo todo el día menos pensado.

Y tal vez por eso te detienes de golpe, esperas a que ese semáforo detenga el tráfico y te cuelas entre los coches ronroneantes. Enganchas el cabo de un hilo en el parachoques trasero de un Toyota no sé qué y te retiras hacia un lugar seguro. Por ejemplo el banco desde el que ese jubilado con un palillo en la boca intenta adivinar “qué cojones estás haciendo”.

-No se preocupe –respondes sin mirarle-; creo que todo va a ir bien.

Y te despides de ella mentalmente cuando el disco se ilumina de esperanza.

La bufanda se deshace en tus manos en cuestión de segundos. Su rastro centellea al sol por encima de los tubos de escape y los espejismos cuando el último centímetro del hilo sale disparado hacia la nada.

El cometa perdido más bonito del Universo. Ojalá aterrice en un buen lugar, piensas.

Y cuando desaparece de tu vista te vuelves hacia el viejo, le sonríes y dices:

-¿Ha visto cómo brillaba? Debía de ser lana de buena calidad, ¿no le parece?

-Chaval, eres muy raro –contesta apartándose un poco de ti.

Pero tienes claro que se equivoca.

Hace un día de puta madre. El día perfecto para ser feliz. Te levantas, le das las buenas tardes y te pones en marcha.

15
ago
10

Efectos de un caso agudo de aluminosis

Me acerco a la ventana en calzoncillos. Me rasco la ingle derecha.

Valencia.

Mierda.

Estoy solo en Valencia.

Pienso:

Me gustaría que esto fuera Saigón. Me gustaría estar en 1968. Me gustaría ser Willard y tener una vida interesante. Dura, sí, como casi todas, pero interesante. Digna de respeto. O, al menos, de atención. No sé. Sostener un M16 en las manos. Contemplar muerte y destrucción a lo largo y ancho de una selva en constante renacimiento. Descubrir la poética que puede esconderse en un espectáculo de playmates. Navegar contracorriente un río hacia el Apocalipsis personal, la verdad y quizá un poco de redención y de segunda oportunidad. Hacia algo mínimamente humano. Porque ahora, intuyendo mi reflejo antropomorfo en un cristal tras el que se extiende la ciudad que conozco, el mundo que conozco, siento que sí, que todo indica que soy un hombre, pero que no me sorprendería en absoluto si intentara abrir la boca para gritarlo y sólo me saliera un balido largo y repulsivo como el de esa vaca a la que matan a machetazos en la película.

 

Tengo que dejar de trasnochar. Sólo es cine. Sólo son libros. Y no me cuentan nada que yo no sepa ya. Cosas como que me gustaría ser cualquier otra persona y estar en cualquier otro lugar. Este simulacro de vida cada día es más difícil de poner en práctica.

Son las siete de la mañana. He dormido tres horas. Me duele el estómago, nota sangre en las encías y una vez más me he levantado con ese dolor que me atraviesa la cabeza desde el occipital hasta la órbita del ojo izquierdo. Supongo que también debería beber menos. A la gente que pasa por la calle no parece importarle lo más mínimo. Por la manera en que se mueven se diría que todos tienen bastante claro adonde se dirigen, como si hubieran encontrado su propio “río arriba”. Como si nunca hubieran dejado de conocer su camino, su destino y hasta su objetivo. Da igual que lleven un maletín de piel en una mano y un ejemplar de prensa financiera enrollado bajo el otro brazo o que luzcan sus rastas pedaleando en una bicicleta cochambrosa. Desde aquí arriba parecen todos iguales. Desde aquí arriba observo que todos ellos surcan la mañana trazando trayectorias rectilíneas, perfectas, decididas, sin la menor desviación, rumbo a lugares que jamás conoceré. Y no puedo evitar maravillarme ante tal despliegue de confianza en uno mismo. Me asombra que esas criaturas que se mueven como pez en el agua en el caos de ahí abajo compartan su mapa genético conmigo.

 

Porque si alguien dedicara cinco minutos a hablar conmigo no podría sino concluir que estoy a la deriva. Me da cierta vergüenza reconocerlo pero todo empezó cuando Sonia me dejó. Antes, creo, mi GPS particular era tan preciso e imperturbable como el de cualquiera de mis madrugadores conciudadanos. Cada mañana compraba el pan en el horno de la esquina y le daba educadamente los buenos días a la diminuta anciana que, sin excepción, entraba en la tienda cuando yo me disponía a salir de ella. Luego subía a casa, preparaba café y me despedía de ella con un beso cuya intensidad calculaba conscientemente: lo justo para que lo notara pero no lo bastante fuerte como para despertara del todo. Sí, me da cierta vergüenza reconocer todo eso.

 

Sonia trabajaba en una tienda de productos dietéticos. Mens sana in corpore sano, así de original era su propietario. Y como corresponde al tipo de vida saludable por el que abogaba la filosofía del establecimiento, abrían a las diez y media de la mañana. No sé por qué estoy empleando el pretérito imperfecto. Hasta donde tengo conocimiento, Sonia sigue viva y trabaja todavía allí. Sólo que ahora ocupa un puesto mucho más alto en el escalafón de la empresa. Es la dueña. Bueno, no sé, puede que no hayan cambiado las escrituras del negocio. Pero como mínimo es la mujer del dueño, con lo cual imagino que sus condiciones laborales habrán mejorado aún más, si cabe.

 

Cada mañana, ya sea frente a esta ventana o meando o duchándome, pienso en ella. Aunque he de admitir que “ella” ya no es ella. No exactamente. Ha devenido en un concepto inabarcable, como un poliedro lleno de caras cambiantes, muy diferente a la sensación de serenidad sencilla que me producía acostarme y levantarme a su lado. Ahora “ella” cristaliza en mi mente de mil maneras diferentes, y ninguna llega a ser totalmente placentera, positiva o, sin más, tranquila. Normalmente, al despertar, tras unos primeros minutos de añoranza, de notar demasiado silencio en la casa, demasiado espacio, demasiado monopolio de mi respiración y mis pisadas, la tristeza empieza a convertirse en rabia. Suele deberse a que mi imagen mental de Sonia se contamina con la irrupción de la silueta de él, su jefe, jefe-novio, jefe-marido o lo que quiera que ahora sea. Es, ya digo, sólo una silueta. Al tipo no lo he visto más que una vez en mi vida, en la fiesta que dio con motivo de la inauguración de una nueva tienda en la ciudad. Se ve que el negocio de culto al cuerpo y a la fluidez del tránsito intestinal le iba de maravilla y se atrevió a abrir un local especializado en aguas minerales. Allí estábamos todos, clientes, vecinos, empleados, familiares de clientes, de vecinos y de empleados, brindando con agua de manantial en copas de champán. Ya sé que dicen que eso trae mala suerte, pero nunca he sido supersticioso. Tal vez debí estar más alerta, pero el caso es que no percibí nada anormal cuando Sonia me cogió por el codo y me condujo hacia él. Su apretón de manos me pareció el de un tipo sin ningún carisma. Recuerdo que me tendió una mano flácida y húmeda y dijo algo acerca del buen hacer de mi novia. Y que mientras me secaba la mía con disimulo en el pantalón quise pensar que sólo me limpiaba agua de algún glaciar alpino. En resumen, aquel hombre no poseía, en mi opinión, ninguna cualidad que le hiciera especialmente atractivo. Quizá por eso no me fijé en él lo suficiente para retener su cara. Y puede que sea mejor así. Tener claro en la cabeza el rostro de ese cabrón del que no puedo dar otros detalles que se estaba quedando calvo y le sobraban bastantes kilos probablemente sería demasiado para mí.

 

También pienso en ella cuando, como hoy, me espera un día de mierda en la oficina. Más “de mierda” de lo habitual, quiero decir. Solía decirme que debía dejar ese (este) trabajo, que podía aspirar a algo mejor, que fortuna audaces iuvat y todo ese rollo. Había estudiado historia del arte y de vez en cuando soltaba algún latinajo para enfatizar sus opiniones. Por alguna razón yo jamás la rebatía diciendo que una licenciada en arte también merecía algo más que pasar rosquilletas de muesli por el lector de códigos de barras. Supongo que, aunque esté mal decirlo, yo la quería más que ella a mí. Y, por otra parte, en el fondo me gustaba que, fuera verdad o no, alguien asegurara que esperaba algo más de mí. Especialmente ella. Entonces yo le decía que sí, que algún día lo dejaría y dedicaría seis meses, un año o lo que hiciera falta a escribir algo bueno de verdad, pero que hasta entonces había que seguir pagando el alquiler.

 

El alquiler…

Se ha convertido en un problema. El Convenio de Oficinas y Despachos tuvo que redactarlo algún señor feudal del siglo XIII. Imposible llegar a fin de mes sólo con mi sueldo. Ayer me llamó el casero para “recordarme” que llevo dos meses de retraso. Me arrastré como una oruga ante su voz. Casi sentí cómo me crecían pelos-púa a lo largo de la espina dorsal. Incluso intenté, rastreramente, apelar a su solidaridad masculina explicándole lo que me ha pasado. Que ella se fue hace ya seis meses y que he estado pasando una mala racha pero que todo se está arreglando y que, descuide, estoy haciendo horas extras, de modo que no volverá a pasar, señor, tiene mi palabra. El cinco del mes que viene tiene que estar todo al día, ésa fue su respuesta.

 

Me estoy lavando los dientes cuando llaman a la puerta con insistencia y cierta furia. Diez timbrazos en cinco segundos acompañados de unos cuantos golpes. ¡Abran, abran!, se oye gritar a unas cuantas voces poderosas. ¡Bomberos! ¡Abran, abran, cojones!

Obedezco. No hay nadie en el rellano. Tampoco se ve humo en el ambiente. Entonces un hombre con casco asoma la cabeza por el hueco de la escalera y me dice Vamos, vamos, hay riesgo de derrumbe inminente. Mi reacción es babear un hilo de espuma Colgate sobre el suelo. Me da un minuto para coger lo que pueda y salir a la calle. Entro en casa, me pongo lo primero que pillo y meto toda la ropa que puedo en una maleta. También echo dentro unos zapatos, el móvil, la cartera y las llaves. Consigo cerrarla a duras penas. Retazos de tela asoman por todas partes. Pienso lo ridículo que voy a estar de pie sobre la acera con los labios manchados de flúor blanco, un pantalón de pinzas y una camiseta de los Chicago Bulls de la temporada 97-98 que ni entonces me sentaba bien. Y cuando me encuentro ahí abajo y me veo reflejado en la marquesina de la parada del bus compruebo que sí, estoy muy pero que muy ridículo. Por eso me inquieto al observar que un equipo de televisión aparca su unidad móvil en la esquina e intento camuflarme lo mejor posible entre el grupo de flamantes sintecho. Me sorprende la velocidad a la que se transmiten las noticias. Pero me parece que no seremos primera plana. Aprecio algo parecido a decepción en las caras de los periodistas que se nos van acercando. Y me pregunto si no desearían que el derrumbe inminente se hubiera convertido en un derrumbe consumado, con un montón de personas en pijama muertas o muriendo entre los escombros. Por aquello de la audiencia.

 

Fundido en la multitud que chilla y se mueve de aquí para allá y, supongo, de allá para aquí por la acera en zapatillas de estar por casa escucho y escucho y la palabra estrella es, sin duda, aluminosis. Tenemos un caso agudo de aluminosis, señores, explica en voz no lo bastante baja el jefe de bomberos al matrimonio de ancianos que vive en el bajo. ¿Qué? ¿Un caso agudo de aluminosis? ¿En pleno siglo XXI? ¡Lamentable!, grita el funcionario treintañero del ático. Dónde vamos a parar… Este país se va a la mierda, añade sin mirar a nadie en concreto pero queriendo dirigirse, me da la impresión, a todo el mundo, es decir, a la cámara que lo enfoca. La tensión se dispara cuando un vecino en albornoz y con champú apelmazado en el pelo plantea la cuestión de resolución más imperiosa, que, imagino, había sido borrada de la parte racional de nuestros cerebros durante el trascendental proceso de evacuar el edificio lo más rápido posible y salvar así la vida, esto es: ¿Y dónde coño nos metemos nosotros ahora? Eso, eso. ¡Que venga el concejal! ¡No, no, el conseller de vivienda! ¿Dónde está la puñetera Alcaldesa cuando se le necesita? ¡A mí de mi casa sólo me sacan con los pies por delante! ¡El Ritz! ¡Queremos que nos realojen en el Ritz!, gritan a pleno pulmón voces de todas las edades mientras los de la tele se frotan las manos sin soltar las cámaras ni los micrófonos.

 

Son casi las ocho.

Voy a llegar tarde.

Justo hoy.

Mierda.

Me dirijo a un policía que está fijando el perímetro de seguridad con una cinta de plástico y le cuento.

Disculpe agente, tengo que irme. Soy el de la puerta 9, vivo de alquiler ahí pero, si no lo importa, debo marcharme.

El poli me mira desde las chanclas hasta el escudo de los Bulls con cara de no entender lo que le digo. Vale, estoy nervioso, intento explicarme mejor:

Con vivo de alquiler no quiero decir que me dé igual que el edificio se venga abajo, entiéndame. Lo que pasa es que tengo una reunión muy importante en el trabajo, y ya debería estar allí afeitado, perfumado y reluciente en la medida de lo posible. En cambio, míreme.

Oiga, ¿a mí qué me cuenta? Circule, por favor, responde el poli.

Yo qué sé, creía que debía informar de mis movimientos, por si se precisara mi presencia en algún momento. Sólo intento colaborar. Tenga usted en cuenta que ahí arriba tengo un montón de cosas muy quer…

Entonces caigo en la cuenta. Mierda, mierda y más mierda. El portátil. El informe. ¡Y mi novela!

Su presencia no se precisa para nada, señor, me dice. Si va a quedarse más tranquilo facilítele su número de teléfono móvil a aquella señorita de allí, la de la carpetita. Ésos son los que se encargan del papeleo.

Mire, usted no lo entiende, replico con nerviosismo creciente. Tengo que subir a casa. Se me ha olvidado el ordenador allí. Y en él guardo unos documentos vitales para la reunión que ya habrá empezado sin mí. Unos putos documentos vitales para mi trabajo y mi vida, qué coño. ¡Necesito subir a mi casa!

Intento sobrepasarle con una finta izquierda-derecha pero el tipo debe de ser el único policía bien entrenado de la ciudad porque sin moverse apenas consigue neutralizar mi maniobra y tenderme boca abajo en el suelo.

Cálmese amigo, me aconseja o amenaza.

Y yo me pregunto ¿Amigo? ¿Qué es esto, Los Ángeles? Y me siento profundamente gilipollas cuando me doy cuenta de que el tipo de la cámara dirige su zoom hacia mi cara empotrada en el asfalto.

 

Cuando el agente de la autoridad tiene a bien dejar de clavarme la rodilla en la columna vertebral me incorporo, me limpio como puedo los rastros de alquitrán de mis pintoresca vestimenta y me concentro en pensar con claridad. La mujer de la carpetita está literalmente cercada por la jauría de vecinos y medios de comunicación. Meter la cabeza en ese maremágnum no parece tarea fácil. Que le den. Tengo que irme ya a la oficina. Lo comprenderán, lo comprenderán, repito a modo de mantra para tranquilizarme. Cojo la maleta y salgo a la calle principal a la caza de un taxi. Contra todo pronóstico no pasan ni treinta segundos hasta que veo uno. Le hago la señal y se detiene frente a mí. Entonces oigo una voz a mi espalda. Señor. Me giro y veo a mis vecinas de arriba. La madre, de unos cincuenta y tantos y con esas ojeras que sólo tienen las personas que ni siquiera tienen tiempo para pensar en sus ojeras, y la hija, no sé, unos veinticinco diría, aunque es difícil aventurar una cifra fiable puesto que sufre osteocondrodistrofia deformante o síndrome de Morquio. Ya sabéis, esas personas que van en una silla de ruedas motorizada y tienen la cabeza y los brazos del tamaño normal pero el tronco y las extremidades diminutas. Por alguna razón, oriento mi atención hacia la madre a la espera, impaciente, de que me diga qué coño pasa ahora. Pero es su hija la que habla para pedirme si me importaría cederles el taxi. Tienen cita en el especialista y ya llegan tarde. Le digo que lo lamento pero que yo también tengo prisa, y mucha. Me propone compartir el taxi, pero vamos en direcciones opuestas así que vuelvo a excusarme. Compréndalo, mi silla sólo cabe en taxis especialmente equipados, justo como éste. Dudo. Ahí de pie, con la puerta abierta y un pie dentro del vehículo, dudo. Joder, pienso. Qué vergüenza, pienso. Y me meto sin más en el coche. Joder, digo en voz baja cuando el coche arranca. Joder, joder, joder. Y el taxista me mira mal desde el espejo retrovisor.

 

Pero no lo comprenden. En cuanto llego al trabajo la del mostrador de recepción me informa que la reunión ha terminado y que quieren hablar conmigo, que me están esperando en el despacho del director. Cruzo la oficina arrastrando mi maleta entre murmullos y algunas risas motivados por mi ropa, supongo, aunque no me extrañaría que se debieran a mi más que predecible patada en el culo. Hago caso omiso. Llego a una puerta, leo DIRECTOR en la placa de aluminio que hay clavada en ella y golpeo toc toc, con la sumisión y cobardía de una rata. Cuando entro veo al director y a otro hombre bien plantado cuya identidad desconozco absolutamente. Un minuto después salgo del despacho sin empleo y sin saber quién coño era el secuaz del director y por qué razón ha tenido el privilegio de presenciar en primera fila mi despido.

Mis compañeros –ya ex compañeros- se han reunido en torno a la máquina de café para, intuyo, contemplar mi muerte laboral y poder analizarla en comunidad haciendo piña de ganadores, de supervivientes, sintiéndose mejores que yo, comentando que tenía que ocurrir algún día, que desde que metí por error en la trituradora de papel aquellos expedientes mi suerte estaba echada, que aún he durado demasiado, que qué puede esperarse de alguien que necesita apuntarse en la mano la contraseña de la intranet con la que trabaja cada día, que no me desean ningún mal pero lo justo sería que calificaran mi despido de procedente, que ya está bien, que no daba ni un palo al agua.

Me detengo ante ellos y digo Me voy. Bueno, me echan. Miran al suelo. Alguien dice Lo siento. Le doy las gracias y me acerco hasta la chica de administración. Le quito el vaso de plástico de la mano y me bebo de un trago el café procurando poner mis labios sobre la marca de su carmín.

Estás buena, le digo, pero desnuda pierdes bastante.

¿A qué viene esto, gilipollas?, me suelta.

El informático se adelanta hacia mí, con el tórax lleno de aire, como queriendo parecer más grande. No le hago caso y sigo:

Una noche volví a la oficina porque se me había olvidado una cosa y te vi tumbada en la mesa del jefe. Con el jefe encima, debo añadir. Fingías al gemir. Pero no te preocupes, sé por experiencia que no eres la única que lo hace. Lo del jefe y lo de fingir, quiero decir.

Al instante compruebo que el informático no sólo está hecho de aire, que también tiene huesos y músculos muy bien formados porque me estampa sus nudillos en la ceja izquierda. Sangro un poco pero no se nota demasiado porque, mira qué bien, mi camiseta es roja. Y entonces sí, me voy.

 

Las nueve.

En sólo dos horas he perdido la casa y el trabajo. Por no hablar de una buena porción de dignidad. Al despertarme sólo la echaba de menos a ella. Ahora también, pero tengo nuevos motivos por los que cagarme en mi vida.

Echo a andar sin saber adónde. No quiero acercarme a la zona del desastre. Al epicentro del reciente desastre aluminoso y del otro, el que ya se ha convertido en ley por repetición, el que ocurre todos los días desde que se fue.

Así que ya digo, echo a andar y me paso dos o tres horas por ahí dando vueltas. Bastante gente me mira al pasar pero otros muchos parecen no verme, y no sé qué me jode más.

Al cabo, sin ser del todo consciente de ello, entro en un bar y pido un Bitter Kas. Como nadie es perfecto, era su bebida preferida. Era. Supongo que ahora alcanzará el éxtasis degustando las delicias líquidas de algún acuífero subterráneo islandés. No me ponga hielo, le digo a la camarera.

En la barra dos tipos en bermudas y con aspecto de parados beben cerveza y despotrican contra la política económica del gobierno, los gitanos que exigen viviendas de cien metros cuadrados a cambio de sus chabolas y los progres que se van en verano a La India a pegarse la vida padre y luego cuentan la historia como si su corazón fuera más puro que el de la Madre Teresa. Estoy tentado de intervenir; mejor adaptarse a la nueva realidad cuanto antes. Pero me siento incapacitado para dar una opinión siquiera levemente elaborada al respecto de lo que hablan, así que opto por decirle a la camarera que les sirva dos tercios más a esos dos hombres, que yo les invito. Me mira extrañada pero lo hace y veo cómo les dice algo y señala hacia mí con la barbilla. Ellos me miran con la misma extrañeza defensiva que la camarera y uno dice ¿Qué te crees que es esto, una película?

Dejo de sonreír. No sé hacer amigos.

 

Si todo va como tiene que ir, me refiero a que si no me he perdido nada irreversible en este tiempo de monomanía, mi padre seguirá viviendo en la casa del pueblo. Podría sacar el móvil de la maleta y llamarle pero estoy seguro de que si lo hiciera acabaría por no ir a verla. Ya me ha pasado otras veces. Hablamos un minuto, se hace un silencio y poco a poco va creciendo la sensación de que lo mejor para todo el mundo es que colguemos. Así que opto por no avisar y dirigirme hacia allí en uno de esos buses interprovinciales, si es que así se llaman. Vamos, uno de ésos en que el conductor te vende el ticket, que no es más que un minúsculo papelito cuadrado igual que las entradas de los cines de hace dos décadas. Quizá sea el hecho de manosear ese objeto extemporáneo lo que hace que me ponga a recordar. Por supuesto, recordar a mi madre. En las fotos que conservo siempre aparece sonriente. Son fotos viejas así que sale guapa pero de repente no tengo claro que eso sea una verdad irrefutable. Puede que sólo sea mi impresión personal. Es bastante probable, de hecho. Y supongo que no tiene mayor importancia, que cada uno recuerda a su madre como le da la gana. Lo que es más inquietante es la sensación de vergüenza que me invade al darme cuenta de que su eterna sonrisa fotográfica no era más que un disfraz. Un disfraz muy bueno que conseguía engañar hasta a su propio hijo. Seguramente porque ni siquiera yo quise arrancarle la máscara y preocuparme de lo que ocurría debajo de ella. Cuál era la verdadera cara que le hacía poner su vida. Lo opuesto a una sonrisa, eso está claro ahora que uno ya es mayor y mira con cierta perspectiva y toda esa mierda. Lo malo es que yo ya lo sabía a los diecisiete años, cuando murió. Que ya lo sabía muy bien a los diez, cuando ella me preparaba la merienda con gafas de sol y usando un solo brazo porque el otro descansaba sobre un pañuelo como improvisado cabestrillo. Y que nunca hice nada al respecto.

De repente tengo la necesidad de bajar del autobús donde sea pero no en el destino final. Incluso los campos parduzcos salpicados de pacas de trigo que se extienden monótonos al otro lado de las ventanillas serían un buen lugar donde apearse y dejarlo todo correr, pasar, desaparecer.

Pero sigo mareándome al ritmo del traqueteo del bus.

 

Mi padre se alegra de verme cuando abre la puerta. Creo estar seguro de eso. Primero se sorprende de manera tan evidente que no puede ser artificial y luego me da un abrazo intenso y lo bastante prolongado como para descartar la opción de que sólo sea una convención socio-familiar. Mientras me apretuja huelo su sudor y su after-shave y la nube invisible de humo y naftalina que emana de su camisa de cuadros y no sé por qué la combinación me hace pensar que mi padre es un jubilado mucho más fuerte y sano que su hijo desempleado de treinta y tres. Coge mi maleta como si fuera de cartón piedra y pienso que es esa fuerza tan natural lo que siempre me ha hecho temerle y respetarle a la vez. Hay quien dice que atemorizar no es forma de hacerse respetar, pero supongo que los estúpidos que así opinan nunca han sentido miedo de verdad. Sea como sea, es mi caso y lo cuento como me parece.

Al entrar en la casa y echar un vistazo alrededor la impresión de fortaleza que me ha transmitido mi padre al abrirme, la que siempre me ha transmitido, empieza a desintegrarse por momentos. La casa parece un mausoleo en ruinas. Una especie de templo grotesco en homenaje a cosas bastante vulgares, salvo una. Quiero decir que las paredes están llenas de diplomas enmarcados y trastos por el estilo. Veo, por ejemplo, mi título universitario coronando la pared oblicua de la chimenea. Y en una estantería el único trofeo que gané en el colegio. Se trataba de dibujar un Papá Noel para no sé qué campaña publicitaria de una marca de yogures. Obviamente no usaron el dibujo que hice para nada, pero me dieron una copa dorada que ahora, moteada de óxido y cubierta de la espesa capa de polvo que lo forra absolutamente todo en la casa, parecía recién sacada del fondo de un pantano o algo así. En fin, objetos, hechos, momentos que van convirtiéndose en nada a medida que una vida normal sigue su curso normal, pero que a mí me sobrecogen, no sé si para bien o para mal, seguramente en ambos sentidos, por lo que tienen de indicadores del estado de mi padre. Un estado que ratifico al mirarle por primera vez a los ojos y no encontrar el brillo habitual. No me refiero sólo a las chispas rojas que el alcohol ponía en ellos todos los días de la semana menos el domingo, sino también al centelleo rebelde que hasta ahora siempre había habitado en su fondo y que hacía que no pudieras dejar de quererle a pesar de todo. Ya no está. Lo miro y es como si le hubieran extraído con una jeringuilla el líquido negro de sus pupilas. Como si se hubieran secado hasta convertirse en tumores oscuros. Y entonces pongo ese descubrimiento en conexión con la nueva prominencia de sus pómulos, con los surcos que las perneras del pantalón trazan en la suciedad del suelo y con el hecho de que lleva la bragueta medio abierta, y llego a la conclusión de que se está muriendo. Me imagino su día a día y su noche a noche en medio de todas esas reliquias cuya estrella es, sin duda, la imagen de mi madre. La imagen de mi madre por todas partes, en fotos tan viejas que empiezan a adquirir tonalidades sepia. En algunas salen los dos pero son las menos. Es ella la protagonista absoluta. Su cara repetida ocupa todas las mesillas, el aparador, la parte superior del televisor. Y de pronto me estremece la certeza de que mi padre habla con las fotos a todas horas. Que habla con ella sin parar. Que le da los buenos días y las buenas noches y le pregunta qué le gustaría comer hoy. Está claro que la soledad de mi padre pasando sus últimos años en este pueblucho apestoso es un retiro de expiación del que podría haberme enterado mucho antes si en verdad me hubiera importado qué tal le iba. Está claro, sí, para mí está claro, y lo que opinen los demás me la suda. Quiero dejar las cosas así, sea verdad o mentira; no es un mal final para la historia. En realidad, nos satisface a los tres. Mi padre cree estar ganándose ese cielo al que renunció cuando instaló su propio infierno en nuestra casa, mi madre podrá sentirse medio honrada en el sentido en que lo haría una diosa pagana vikinga o algo por el estilo si es que al otro lado hay algo más aparte de gusanos y fetidez, y yo puedo fantasear con la posibilidad de que al final una suerte de equilibrio de heridas y agresiones se instalará entre los tres.

 

Paso cuatro días en la casa de mi padre. Comemos juntos, vemos la tele y antes de irnos a dormir echamos una partida de ajedrez. La última noche me dejo ganar. También una mañana vamos al río, por llamarlo de alguna manera, que pasa por la parte baja del pueblo. Discurre más seco de lo habitual así que nos quedamos mirándolo con las cañas plantadas en el suelo como si fuéramos dos hombres de Neanderthal maldiciendo en silencio los oscuros designios de dioses malvados. Es una bonita experiencia eso de estar ambos unidos ante la mala suerte. Creo que a él también se lo parece porque saca del bolsillo de la camisa un par de caliqueños y me ofrece uno. Mientras tose yo le correspondo poniéndole al corriente de lo de Sonia, de lo de mi casa, el trabajo y demás. Y tiene la prudencia de no intentar darme ningún consejo.

En noventa y seis horas sólo pienso una vez en ella. Mientras corto a hachazos un árbol seco del huerto de atrás.

 

Llego a la ciudad de noche. Mi edificio está apuntalado con vigas color ocre ancladas a la fachada lateral. La puerta está mal precintada y no me cuesta nada colarme. Cuando entro en mi casa ya no me parece mi casa. Nadie la ha saqueado ni nada de eso. Es simplemente que lo que veo en ella ya no me parece parte de mí. El portátil y todo lo que contiene está abierto sobre la mesa de la salita. Enchufarlo y seguir escribiendo la novela en las tripas de un edificio en estado ruinoso sería una imagen más que potente, pero la verdad es que no me apetece nada. No está mal, pero tampoco está bien. Joder, tengo que admitir que es una mierda. Así que lo que hago es coger el ordenador, abrir la ventana y ver cómo cae en silencio al vacío hasta que se hace pedazos contra la acera.

Bien hecho, dice una voz detrás de mí.

La chica de la silla de ruedas aplaude mi decisión con sus manos deformes.

Me pregunto cómo se las habrá apañado para llegar hasta aquí. Supongo que todo es posible.

05
ago
10

Viva el verano

No sé si es culpa del calor pero me cuesta dios y ayuda escribir en verano. Más exactamente en vacaciones. Me siento aquí y ni una de las ideas que anoche me parecían buenas o al menos aceptables consigue estirarse en la pantalla. Porque casi siempre vienen de noche, cuando estás a punto de dormirte. Supongo que es porque a esa hora, en la frontera entre los dos mundos, uno tiene la guardia baja y cualquier cosa parece superar los filtros de la lógica, la vis narrativa y hasta el talento más vulgar. Pero el caso es que al día siguiente me levanto, repaso mis historias bajo la lluvia helada de la ducha y me siento bien al comprobar que lo único que se ha escurrido por el desagüe es el sudor reseco. Que todo lo demás sigue ahí dentro, tan claro como anoche, dispuesto a que lo utilice. Entonces me hago un café y me lo traigo al ordenador, y empiezo a teclear. Pero al momento estoy borrándolo y enseguida reempiezo y vuelvo a borrar y así una y otra vez hasta que me cago en mi vida y elimino definitivamente el archivo y me voy a dar una vuelta a la manzana o me pongo una peli que ya he visto o me tiro en el sofá imaginando dónde me iría si pudiera permitirme un viaje de verdad.

A veces pienso que la razón de este estancamiento es que en vacaciones la parte de mí que me obliga a perder el tiempo escribiendo echa en falta su dosis diaria de mierda como si fuera una droga de la que se nutriera para mantenerse alerta frente a lo que se mueve alrededor. Y creo que mi suposición no va desencaminada. Con dosis de mierda me refiero a los horarios esclavizantes, las formalidades sociales, la capacidad para ensanchar las tragaderas ante el descomunal caudal de estupidez de mis jefes. La prisa. Sentirse solo. El silencio del móvil únicamente roto por los mensajes publicitarios de Vodafone. Sorprenderte a ti mismo yendo a última hora del día a comprarte unos pantalones para tener una novedad que estrenar por la mañana. La escasez de tiempo que invertir en uno mismo o malgastar en uno mismo. En fin, todo eso que de manera casi inconsciente te obliga a exprimir los pocos ratos en que puedes encontrarte contigo.

De manera que puede que esté mal, es verdad, que lo bueno, bonito e incluso barato fuera tener todo un arsenal de gilipolleces que contar y olvidar. Ir llenando el blog. Preocuparse por mantener un ritmo constante de visitas. No sé, escribir inofensivos cuentos infantiles o historias de amor inmortal o haikus pretenciosos. Centrarme en eso que llaman literatura juvenil o en la novela rosa y andar por ahí diciendo que soy escritor. Imagino que así todo sería mejor y más fácil. Pero por suerte o por desgracia no puedo.

Y empiezo a ir de mal en peor a medida que acumulo días en blanco. Se me genera una especie de estrés diferente al que me acompaña cuando la vida es la habitual que va creciendo y creciendo hasta que en el momento más insospechado, mientras me compro el desodorante o le doy cincuenta céntimos al mendigo de la esquina, ese agobio desaparece de golpe para dar lugar a algo parecido al desencanto. Un sentimiento de vacío que hace que los veinte días que me quedan de vacaciones parezcan una rutina tan narcoléptica como la de siempre. Una megadosis de mierda densa y apestosa de altísima calidad ideal para bucear en ella tan a gusto y a salvo como si flotaras en líquido amniótico y ver lo que se pesca a dentelladas.

 

Así que, no sé, pongamos que te sumerges en la vida virtual de los demás, que al fin y al cabo es el recurso más inmediato, discreto y seguro del que valerse. Amigos, conocidos, primos lejanos. También personas cuya vida o muerte te resulta indiferente. Y gente a la que te quieres follar sin esforzarte demasiado o gente que se te quiere follar sin esforzarse demasiado. Gente facebook, por resumir. Y lees que una chica ha escrito que anoche de madrugada recibió un sms desde una cabina. Explica que estaba escrito en inglés y que le dio mucho miedo porque decía: Hacer tesoros con lengua engañosa es vanidad fugitiva de quienes buscan la muerte (Proverbios 21:6 BJ2). Y le comentas que te parece genial, que eso es un mensaje y lo demás son tonterías. Y ni siquiera te preocupas de comprobar si ella te replica con un jaja porque apostarías tu mano y la conservarías a que ella va a replicarte con un jaja y alguna frase tan anodina como la tuya. Y ahí acaba la ficción de interacción, de comunicación. Alargarla sería indecoroso; las reglas que rigen el mundo internáutico son muy estrictas al respecto: frases cortas, nada de estirar la goma porque se romperá y te golpeará con fuerza en todo el ojo. Así que no puedes hacer nada más que olvidarte del asunto y dejar que el verano siga su curso hasta que una nueva chorrada te dé pie a intercambiar unas palabras muertas con algún otro de tus absurdos contactos. Pero si lo piensas un poco concluyes que hasta pagarías por recibir un sms de ese tipo en plena noche. Por que esa historia abandonara la pantalla y cobrara vida en tu teléfono a las cuatro de la mañana. Probablemente el mensaje de un bromista aún más aburrido que tú, pero que podrías convertir en la amenaza de un psicópata buscado por la Interpol que por alguna razón incomprensible te ha seleccionado como su siguiente víctima. Un motivo más que digno para apreciar un poco más tu pequeña existencia al recorrer la casa con miedo de que alguien salga de detrás de una puerta con un cuchillo de caza en la mano, anhelando la luz del nuevo día.

 

Pero acabas durmiéndote y despertándote sin recibir amenazas de muerte ni nada que te haga sentirte vivo en el sentido en que quieres sentirlo. El nuevo día es luminoso, sí, pero en la forma en que lo es el foco de quirófano que alumbra tumores y órganos enfermos: objetivo, analítico, quirúrgico. Cruel en la precisión con que te revela la precariedad de las cosas, las personas, los colores. Tu exterior y tu interior.

 

Por eso aún no son las nueve y ya estás conduciendo por la ciudad cuando ni siquiera te gusta conducir. Pero qué vas a hacer… hay pocas alternativas aparte de engañarte pensando que si quieres puedes alejarte, irte, desaparecer trazando círculos concéntricos alrededor de tu vórtice inevitable.

El sol está bajo pero ya quema y se refleja en las pantorrillas rojísimas de un grupo de extranjeros que cruzan por el paso de cebra. Pones el aire acondicionado y piensas cómo serán sus vidas en Noruega. Qué les parecerá lo que están viendo. Por qué consideran que esa fachada merece tres o cuatro fotos. Y no eres capaz de responderte nada tranquilizador, nada que te lleve a concluir que si vivieras en la otra punta del mundo la realidad sería mejor.

Por suerte unos golpecitos en la ventanilla te apartan por un momento de la espiral. Un hombre de rasgos asiáticos te ofrece un par de paquetes de kleenex luciendo una deslumbrante sonrisa. No, gracias. Un ambientador aroma pachuli. No, gracias. Un puñado de mecheros. Tampoco, gracias. Luego te pide un cigarro llevándose el índice y el corazón a los labios. En contraste con la mugre de sus uñas sus dientes adquieren una blancura casi imposible. Bajas la ventanilla, se lo das y la subes de nuevo. Y vuelves a cuestionarte cosas mientras lo observas alejarse por el retrovisor hacia los coches que ahí detrás del tuyo dispuesto estoicamente a recibir tres o cuatro negativas más. ¿Este tío no sería más feliz ordeñando cabras en alguna ladera del Himalaya? ¿Qué pasa por la mente de alguien para dejarlo todo y ganarse la vida derritiéndose como un chicle sobre el asfalto de una ciudad de la que seguramente nunca en su vida había oído hablar? Y sobre todo: ¿por qué coño sonríe constantemente?

Tampoco esta vez encuentras respuestas más o menos fiables a las preguntas, pero te hace sentir bien el hecho de experimentar un sentimiento parecido a la admiración mientras ves al inmigrante empequeñecer en el espejo. Al menos ese hombre, si un día alguien se molesta en preguntarle algo más que el precio del papel de fumar, tendrá algo interesante que contestar. Que contar.

 

De eso se trata, a fin de cuentas, de no quedarse callado. Hablar, actuar, moverse. No ser un sumidero sin fondo. Compartir, comunicarse. Ser más o menos humano.

Todas las mañanas a las siete un loro o algo por el estilo canta/grazna/grita en algún punto de los alrededores más inmediatos durante exactamente trece minutos. Un chillido rasposo de seis segundos de duración cada dieciocho. Entra nítido por la ventana, como una cuchilla sonora trepanándote el cerebro. Un despertador de cojones que además suena muy cerca. Y todos los días me levanto de la cama como un gilipollas, cojo de la mesita la pistola de aire comprimido que después de mucho rebuscar encontré en la caja del scalextric que hay en el armario del que fue mi cuarto en casa de mis padres, me asomo y busco el origen de los gritos. Llevo así dos meses y todavía no he dado con el bicho. Ni rastro. Estoy casi seguro de que viene del edificio de enfrente. Un barrio viejo, la fachada opuesta a no más de siete metros. Si conservo una mínima parte de la puntería que tenía cuando de pequeño me llevaban a la feria el pájaro tiene los días contados. Pero para eso tengo que localizar al hijoputa. Debe de quedar oculto tras alguna barandilla. He hecho guardia durante horas tras la persiana  a la espera de que alguien salga al balcón y se ponga a hablar con una especie de amigo imaginario. O levante una jaula para darle unos besitos en el pico a su maldita mascota. Pero de momento nada de nada. Así que todo este asunto sólo me ha servido para averiguar que la parejita del tercero B pasa droga de diez a dos y que recién levantada la del cuarto A no está tan buena como cuando la ves comprando el pan. Ni de coña.

 

Hablando de chicles y de semáforos, el otro día, puede que el mismo día que el del vendedor pakistaní, mi camino tropezó con el de una mujer-chicle. Estaba esperando que se pusiera en verde y se detuvo a mi lado una scooter pilotada por eso, una mujer-chicle. Probablemente mujer sea una palabra demasiado grandilocuente para definir al ser en cuestión. No sé, digamos que era una entidad de sexo femenino, por lo menos en apariencia, vestida de rosa desde las medias hasta los guantes de piel, que supongo usaba para no estropearse la manicura, me juego la vida a que también rosa. No creo que sea necesario decir de qué color eran el ciclomotor y el casco. Y supongo que a nadie le sorprenderá leer que su pelo era más amarillo que el que desarrollaba Goku al convertirse en superguerrero. Mascaba chicle, tenía la piel ultrabronceada, muy cercana a la tonalidad naranja ladrillo, y llevaba unas Ray-Ban rollo Harry El Sucio que le cubrían aproximadamente el noventa por cien de la superficie de la cara. Con todo, lo que más me sobrecogió, creo que hasta el punto de forzarme una mueca, fue la pegatina de una barbie que lucía en el carenado. Ella debió verme porque sin dejar de mascar me dedicó un insulto que pude leer claramente en sus labios. Creo que nunca antes había sentido tantas ganas de matar a alguien. Pensé seriamente qué pasaría si diera un volantazo y me la llevara por delante. Sé que no tiene mucho sentido, pero quería convertir su rosa en rojo. Por alguna razón estaba y estoy convencido de que aquel ser no tenía ninguna cualidad humana, y de que sin embargo su vida era y es mucho más digna que la mía.

 

Es muy peligroso entrar en determinados estados. Lo pensaba mientras ordenaba los frascos de especias por orden alfabético.

01
jul
10

Los sueños sueños son, y por la mañana más

Anoche dormía en la calina de mi habitación y soñaba que volvía a ser pequeño. Tan pequeño que jugaba y no tenía en la cabeza nada más que lo que tenía en las manos. Unos cuantos clics de playmobil o puede que todavía famobil. Y un par de Masters del Universo. He-man y un chino tan musculoso como el primero pero mucho más moreno y con una mano de imitación de metal dorado colocada siempre al más puro estilo karateka, como si esperara que alguien le pusiera un ladrillo delante para partirlo de un golpe seco y dar sentido así a su nacimiento artificial. En mi sueño los juguetes me pesaban en las manos justo lo que desde mis treinta años recordaba que pesaban al estar despierto teniendo nueve o diez, y mi niño onírico se asombraba fugazmente de tener esas diferentes perspectivas sobre un mismo hecho y no saber por qué. Pero en mi sueño yo era listo y no me preguntaba demasiado las cosas. Simplemente dejaba que ocurrieran y optaba sabiamente por seguir jugando con los muñecos. Hacía que se pelearan entre ellos en un rincón del suelo de la salita de mis padres, que dormido volvía a ser también la mía. Los pequeños clics se lanzaban sobre sus gigantescos enemigos como poseídos por una fuerza muy superior a la que cabía en sus cuerpecillos. Como si estuvieran drogados o movidos por un ansia de venganza y sangre que ocultaban a la perfección tras sus amplias sonrisas de media luna. A pesar de no tener articulaciones hundían sus rodillas y sus codos en los abdominales superdefinidos de los Masters y les rompían todas las costillas porque yo hacía ruido de huesos fracturados con la boca. Tras la pelea, cuando los dos titanes ya no eran capaces ni de mover un dedo y los clics supervivientes lanzaban rabiosos gritos de victoria, recogía solemnemente los restos de vencedores y vencidos, los transportaba entre mis manos y mis antebrazos al cuarto de baño, cerraba la puerta con el culo, los depositaba juntos en la pila del lavabo y los empapaba en alcohol 96º. Luego me sacaba una caja de cerillas del bolsillo de los pantalones cortos y los guerreros se convertían en una bola de fuego azul lento y silencioso que incendiaba la sensación de victoria y la sensación de derrota y me hacía pensar que todo era posible y que nada era definitivo. De pequeño me gustaba mirar ese fuego, cómo fluía, cómo recorría la piel sintética de los soldados cubriéndola de una espuma multicolor de burbujas y cráteres palpitantes. Me encantaba mirarlo, sí, hasta que el humo plastificado se hacía demasiado denso y me entraba miedo de que mis padres me sorprendieran jugando con fuego. Entonces dejaba correr el grifo y la dignísima pira funeraria se convertía de un plumazo en un simple montón de plástico medio quemado made in Taiwan.

Por eso no me extrañó despertar al mundo sofocante de mi cuarto justo en ese momento de mi sueño, cuando lo profundo y lo simbólico había terminado ya. Cuando lo único que quedaba de mi recreación era una mancha negra escurriéndose por el desagüe de mi mente y un mareante olor a pvc carbonizado girando en forma de volutas tóxicas en los remolinos de mis fosas nasales.

Me quedé un rato en la cama saboreando lo que había visualizado. Me había gustado la experiencia. Supuse que era lógico, supuse que a todo el mundo le gustaría volver a ser un niño. No por el tópico ese de que la infancia es una etapa llena de amor y felicidad. La verdadera explicación del dulce sabor de boca que me había dejado ese sueño, puede que muy evidente desde hacía años para quien quisiera haberla visto, vino a mí como un rayo luminoso y cruel desde la penumbra que rodeaba mi cuerpo sudado: cuando eres un crío estás a tiempo de elegirlo todo, e incluso de desechar mil veces lo elegido y volver a probar suerte. Si decides ganar o perder, si quemas tus juguetes favoritos, no deja de haber un mañana para solucionarlo o para que alguien lo solucione por ti.

Un rayo cruel porque, claro, el reverso de tal revelación de duermevela constituía también el reverso de esa dulzura, y de un modo instintivo o al menos poco racional empecé a desear no haber tenido ese sueño. No quería añorar la seguridad y las posibilidades de futuro de un pasado que ahora, a oscuras y asfixiado de calor en la habitación más abrasadora de un piso de alquiler y compartido, resultaba evidente que no se había convertido en presente del modo deseado. No había ninguna necesidad de desvelarse dándole vueltas a fracasos irreparables. No, no tenía ni putas ganas de respirar ese olor a cosas muertas e incineradas que me había traído conmigo de mi viaje al inconsciente, pero no podía quitármelo de encima, de dentro, de debajo de las sábanas. De todas partes. Me froté la nariz con el dorso de la mano y cambié de posición sobre la cama con la intención de enterrar la pituitaria en la almohada y atontarla con el olor aséptico de mi suavizante marca blanca. Fue entonces cuando me di cuenta.

El ventilador, podía oírlo, seguía girando a ritmo normal sobre la silla en que lo había depositado antes de apagar la luz e intentar dormirme. Lo inusual era que el cable que lo unía al enchufe de la pared ardía con un tenue resplandor eléctrico a lo largo del suelo. No iluminaba gran cosa, ni hacía el menor ruido. Era como una culebra sigilosa cuya lengua chisporroteaba traicionera allí donde el cable se había pelado iniciando el incendio. Eso pensé: que una bestia de medio metro ajena a la fauna de este mundo se había colado en mi casa con la sola finalidad de acabar conmigo mientras dormía. Y me puse nervioso. Me levanté deprisa, creo, pero sentí muy torpes mis movimientos. Y en un instante que me pareció un año entero me acerqué a la toma de la pared y arranqué el enchufe. Durante esos escasos segundos me invadió un montón de veces la certeza de que por alguna extraña razón que no era capaz siquiera de entender pero que me resultaba irrebatible, la electricidad se iba a extender a la velocidad de la luz por el suelo o por las paredes o por el aire para partirme en dos como a uno de esos capullos que salen en Impacto TV o en la web de Rotten, ésos a los que un buen día les atravesó un rayo mientras jugaban al golf o plantaban una sombrilla en la playa bajo una legión de nubes negras y rugientes. Sólo que yo no llevaba encima un driver de titanio ni estaba respirando salitre marino, joder. Yo sólo me había propuesto dormir un par de horas y seguir con mi modesta vida cuando abriera los ojos. Por eso, por su injusta ridiculez, me asustó todavía más la perspectiva efímeramente inexorable de que a la mañana siguiente, al darse cuenta de que no salía para irme a trabajar, mi compañero de piso abriría la puerta y me encontraría calcinado en el suelo, humeando por los ojos y por las axilas y con la licra de los calzoncillos fundida y confundida con mis genitales. Así es, de verdad: aunque parezca una tontería, por un momento estuve absolutamente convencido de que iba a morir electrocutado o quemado o asfixiado o todo a la vez en mitad de una noche tan vulgar o especial para el resto de habitantes de La Tierra como ellos mismos se hubieran ocupado de merecer.

Supongo que por eso, cuando logré templar los nervios, desconectar el ventilador y comprobé que no me sucedía nada mortal, me sentí como un niño al despertar de una pesadilla habitada por monstruos. Relajado, ligero, liberado. Me sentí casi feliz. Mientras contemplaba languidecer las llamas rojizas que aún ardían en el cable negro como estrellas en extinción, remotas e inofensivas, experimenté aquella sensación infantil casi olvidada. La de haber superado un problema y tener por delante un mañana sobre el que nada de lo ocurrido esa noche tendría la mínima repercusión. Un mañana que podría ser un punto cero sólo con que así lo deseara yo. Lleno de posibilidades, de gente, de cosas, de ratos que aprovechar aunque sólo fuera por el hecho de haber sobrevivido a un incendio que había descubierto antes de convertirse en mi incineradora. Y esos agradables pensamientos estuvieron conmigo hasta que volví a dormirme, profundamente y sin maldecir el calor ni el olor a chamusquina que se adhería a mis pulmones.

Lo malo es que hoy no he oído el despertador a la primera y mientras corría de aquí para allá lavándome los dientes, haciendo el café e imaginando la repugnante cara que pondría mi jefe por mi retraso no he encontrado el momento para recordar todo lo que aprendí anoche. Y mucho menos para ponerlo en práctica.

He salido de casa a toda prisa, he bajado la escalera de tres en tres, he pisado la calle ya sudado, he sido el primer cliente del estanco de aquí al lado y me he subido en el coche rezando para no encontrar demasiado tráfico, para no retrasar aún más mi llegada a ese trabajo que tanto asco me produce. Y he tenido suerte. He tenido suerte incluso a la hora de encontrar donde aparcar, lo cual me ha servido para establecer una nueva plusmarca personal en el único deporte que practico: atravesar la ciudad de punta a punta en mi Astra de diez años: 13:33 minutos. Todo un récord.

Además, en lugar de atravesar la avenida de la oficina por el paso de peatones he decidido optimizar tiempo y distancia y cruzarla por la parte más cercana a donde me encontraba. Era un buen momento. No venía nadie. El típico agujero que se produce en el tráfico como consecuencia de los márgenes de seguridad con que interactúan los semáforos se abría ante mí caritativo, predispuesto a facilitarme el camino. Así que he aprovechado para lanzarme al asfalto sin darme cuenta de que antes de la calzada había uno de esos carriles color ocre. Y no era precisamente el carril-bici. Era el que utiliza el bus para ahorrarse embotellamientos y hacer más eficiente el servicio de transporte urbano. No me he dado cuenta hasta que un bocinazo que bien podría haber sido el sonido de las mismísimas trompetas del infierno me ha sacudido de pies a cabeza casi físicamente, como si una supermano me zarandeara con la intención de descoyuntarme todos los huesos. Sólo me ha dado tiempo a ver de reojo cómo una silueta cúbica de color rojo sangre se agrandaba y se agrandaba en la periferia izquierda de mi campo de visión. No me ha sido difícil imaginar cómo se aplastaría mi hombro zurdo de un momento a otro. Cómo se achataría mi cráneo en cuanto las toneladas de metal municipal impactaran contra mí. He pensado en sandías reventadas y en una lata de coca-cola plegada sobre sí misma en el arcén de una autopista. Pero no: la mole ha conseguido frenar a unos centímetros de mí sin más consecuencias que el apiñamiento de viajeros en la parte delantera del vehículo, que rápidamente y con gran despliegue de aspavientos se han unido a la indignación del conductor, que salpicaba de saliva el parabrisas insultándome y amenazándome y que parecía querer matarme por no haberme matado.

Yo, la verdad, no le he prestado mucha atención. El calor que proyectaba sobre mi cara la chapa del bus y el modo en que el sol se reflejaba en el metal la acaparaban toda. Era precioso. Ni el sol de California se le podría comparar. Hipnótico y contra natura allí, arrancando destellos imposibles al logo de Renault. Incluso me ha costado más de la cuenta hacerme a un lado y dejar que el 41 y su conductor y las demás vidas que en él viajaban siguieran su destino. Estaba como en trance. Y así sigo. Dos conatos de muerte en tan sólo unas horas. Tiene que ser una señal. Es la conclusión a la que he llegado. La razón que he encontrado para intentar invertir mejor mi tiempo, volverme a casa y escribir esta sarta de gilipolleces que vienen a querer decir que no es tan difícil proponerse ser feliz.

24
jun
10

Coge el teléfono y llama

En cuanto suene el despertador coge el teléfono y llama. No te preocupes por el tono soñoliento de tu voz. Es el mismo que el que tendría una persona resfriada, y sólo tú sabes que no lo estás. Vale, carraspea un poco si te quedas más tranquilo. Pero no impostes la voz, no tosas, no te tapes la nariz; la farsa se notaría más. No sobreactúes. No actúes siquiera. Limítate a ser tú y sólo tú por una vez. De manera que deja de dudar y llama. Diles que hoy no irás a trabajar. Invéntate cualquier cosa sobre la marcha; servirá; no son tan listos como les gusta hacerte creer. ¿Qué van a decirte? ¿Qué estás mintiendo? Verás como no, verás como no se atreven. Te dirán que no te preocupes y que te mejores y en cuanto cuelgues te desearán la muerte por haberles dado los buenos días regalándoles un porcentaje extra de trabajo. Que se jodan. Hazles caso sólo en lo primero: no te preocupes, mejórate. Porque aunque no estés enfermo necesitas mejorarte como el que más, y lo sabes. Y nada mejor que tomarse un respiro para depurar la mayor cantidad posible de la mierda que has acumulado dentro durante años. Suéltala poco a poco, ya sabes: nada de prisa, nada de ansia: tienes todo el día por delante. Aprovecha para hacer las cosas que el ritmo hostil de tu vida te impide hacer normalmente. Acércate a la ventana y observa el exterior. Comprueba que el aire que os mantiene medio vivos a ti y a otros diez millones de ciudadanos está tan contaminado como siempre. Pero comprueba también que por alguna razón hoy no te importa. Porque hoy es uno de esos días que hacía tanto que no vivías. Hoy has roto la rutina y te sientes fuerte con respecto a lo de fuera. Mañana será otro día, pero hoy es hoy. Así que exprímelo al máximo. Respira hondo. Acódate en la repisa disfrutando de esa rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Ráscate los huevos largo y tendido sin tener la impresión de que al hacerlo estás malgastando los preciosos segundos que deberías dedicarle a tomarte de un trago el café. Luego hincha los pulmones, a tope, hasta que te duelan todos los espacios intercostales, mantén el aire ahí un momento, como si fuera algo valiosísimo de lo que no quieres desprenderte, y luego suéltalo despacio mientras levantas la cara hacia el cielo. Y dedica un instante más de lo habitual, aunque sólo sea un instante más que cero instantes, a intentar encontrar un calificativo que precise el significado del color azul que va cobrando intensidad ahí arriba. Porque sí, está despejado pero el sol no te ciega porque es lo bastante pronto para que todavía quede detrás de las azoteas desconchadas, las antenas dobladas y los futuristas repetidores telefónicos de los edificios de alrededor. Y lo más importante, recuerda: no tienes prisa. Sigue mirando hacia arriba hasta que las cervicales te empiecen a crujir. No te asustes si ocurre enseguida; es normal. Lo que debe inquietarte es haber dejado pasar tanto tiempo sin pedirle a tu cuerpo otra cosa que teclear informes ante un ordenador o vender filtros de agua de casa en casa o lo que sea que hagas de ocho a ocho. Por eso, déjalo estar cuando se te agarrote el cuello; tampoco es cuestión de causarte una contractura que arruine tu día libre. Así que, con independencia de haber encontrado o no el adjetivo idóneo para describir la luz que cae de las alturas, es momento de dejarlo estar y pasar a otra cosa. Al fin y al cabo eso carece de importancia, no son más que palabras. Lo que de verdad cuenta es que ese resplandor, ese aire y esa temperatura exteriores te parecen, por muy vulgares que seguramente sean en términos objetivos, los de un día especial. Por ejemplo como los que envuelven el momento en que se ve por primera vez el mar. O mejor como la atmósfera del momento en que se enseña por primera vez el mar a un niño pequeño rebozado de protector solar, que se asusta y se alegra al mismo tiempo y que llora y ríe poniendo caras casi idénticas y que chapotea frenético cada vez que una ola tan minúscula como incomprensible le alcanza las rodillas obligándole a replantearse su mundo entero. Por qué ha pasado su corta vida a remojo en una bañera de plástico, qué otras maravillas le regalarán sus padres si algún día vuelven a encontrar tiempo para meterlo en el asiento trasero del coche y conducir hasta un poco más allá del centro comercial. Ésa es la perspectiva que no debes perder: que hoy es uno de esos días distintos para bien. Por predisposición, por necesidad, por puro placer. Por seguir el consejo del agente Cooper y hacerte un regalo a ti mismo. Por qué no, en definitiva. Y una vez aceptada la validez de esa premisa inicial fíjala en la mente y protégela con uñas y dientes de los múltiples ataques a los que se verá sometida de manera constante y desde ya. Desconfía de las trivialidades cotidianas. No olvides que en más de una ocasión sentirte bien te ha provocado un devastador efecto secundario: la relajación de tus defensas contra los incidentes en apariencia anodinos que siembran las horas y que, como demuestran muchos estudios y experimentos llevados a cabo en las principales potencias mundiales, tienen un poder de destrucción tan violento e irreparable como el de la mina anti-persona más sofisticada. Por ello es vital que no bajes la guardia si en tu afán de limpiar tu mundo, por poner un ejemplo, te tomas la molestia de acercarte a la oficina bancaria de la esquina y hacer cola para pedirle a quien se encuentre detrás de la ventanilla que por favor proceda a darte de baja del sórdido servicio (cuya contratación ni siquiera recuerdas haber ordenado) por el que ayer recibiste un sms firmado por el Presidente del Banco de Santander felicitándote cordialmente el cumpleaños. No pierdas los nervios en caso de que, casi con total seguridad, el empleado de turno intente convencerte desde detrás de su cristal y su cara llena de dientes blancos de que sigas suscrito a tan emotiva y bienintencionada prestación. Muy al contrario, mientras leas el manojo de impresos rosas, verdes y amarillos cuyo cumplimiento te exigirán para proceder a la tramitación de tan sencilla anulación, debes pensar, repitiéndotelo mentalmente a modo de mantra si lo consideras conveniente, que al otro lado de la cristalera la luz, el aire y la temperatura siguen siendo los de un día especial. Un día lleno de oportunidades que cazar al vuelo, un día digno de ser estrujado hasta el último segundo. Certeza real o ficticia que, si te concentras y lo haces bien, mantendrás a salvo de las dudas y los miedos inherentes al ser humano en general o a algunos seres humanos en particular pese a que los spaghetti se te vuelvan a quemar en el fondo del cazo. Pese a que al mear tomes conciencia de que la taza del váter hace tiempo que olvidó su blancura para volverse del color del sarro de los viejos. Pese a que el único correo electrónico que llegue a tu bandeja de entrada sea uno de infojobs solicitando interesados en atender el teléfono a media jornada en una línea especializada en predecir el futuro. Y si mientras masticas pasta ennegrecida, o te sacudes las últimas gotas, o pulsas otra vez la pestaña del correo por si acaso, si mientras haces ésas u otras cosas intuyes que no, que la energía con la que despertaste empieza a escaparse hacia el mismo lugar imposible del que vino, deja lo que tengas entre manos y sal de donde estés. Ten claro que lo peor que puedes hacer si empiezas a flaquear es permanecer solo. Si te quedas ahí acabarás tumbado en la cama escuchando las canciones que siempre escuchas cuando notas que te estás viniendo abajo. Ésas que jamás han logrado mantenerte a flote. Las que siguen sonando cuando el hambre o las náuseas se vuelven imposibles de ignorar y te levantas de la cama con cuidado de no volcar el cenicero o las latas medio vacías. De eso nada. Sal a la calle, reclínate sobre el capó soleado de algún coche y recárgate un poco de energía aunque sólo sea para corroborar que no has perdido la capacidad de sudar. Y entra en el primer negocio que encuentres abierto. Cómprate cualquier cosa. Unas zapatillas, medio kilo de patatas. Lo que sea. Dale las gracias efusivamente al dependiente, incluso intenta abrazarlo de repente, como si jamás en tu vida te hubieran atendido tan bien. Y si ni por ésas te sonríe excúsale pensando que quizá su hija de doce años esté acariciándose la escasa pelusa que le queda en el cráneo mientras adelgaza y adelgaza y se muere de cáncer entre las sábanas ásperas de la cama de un hospital. Da igual si es verdad o mentira. Lo único importante es que consigas convencerte de que es verdad. Eso te hará sentir levemente más afortunado, más vivo. Te dará el impulso suficiente para decidir que al fin ha llegado el día en que eres capaz de llamarla y quedar con ella. Al fin y al cabo, no te engañes, es bastante probable que esto que te pasa tenga que ver con ella. Y no puedes seguir posponiendo el momento. Afróntalo de una vez. Quiere que haya normalidad entre vosotros. Quiere que os llevéis bien. Que haya buen rollo. Quiere poder decir “voy a tomarme un café con un amigo” cuando quede contigo, un par de veces al año. Y en el fondo sabes que es muy normal que desee esa paz anodina y aburrida. Sí, es normal y hasta es bueno, y lo sabes tan bien que te sientes bastante sucio por no haber correspondido a sus deseos durante todo este tiempo. Por eso concentra en un par de movimientos todo lo que de positivo queda dentro de ti: saca el móvil del bolsillo y marca su número. Aleja el auricular de tu oreja unos centímetros; evita escuchar nada más que las palabras que te dirija. Nada de exponerse a percibir sonidos desconcertantes detrás de su voz: risas, música, el tono grave de un tipo, el ruido de alguien que friega tazas de café en la cocina. No, eso está de más. Cíñete a mantener con ella una conversación rápida y bastante sencilla. Pregúntale cómo está y corta su respuesta cuando empiece a dar demasiados detalles. Proponle ir a dar una vuelta. No dudes sobre la conveniencia de seguir adelante con tu último y definitivo ritual purificador del día cuando ella sugiera que os veáis en la heladería de siempre. Si asocias la dulzura de un helado al recuerdo de una vez hace años en que ella te dijo que no eras más que un crío y que siempre lo serías, haz lo posible por obviarlo. Y haz lo mismo con el recuerdo de otra vez y otra y otras en que te dijo lo mismo. Ve hasta donde dejaste el coche anoche, deja la bolsa en el asiento del copiloto, arranca y pon rumbo a esa heladería de barrio. Cuando estés por las inmediaciones acuérdate de poner la radio. Algo de música de ésa que sabes que le gusta, por si acaso ella te ve pasar. No te preguntes si sus gustos musicales habrán cambiado tanto como sus gustos en materia de estética masculina; sobre eso no tienes la información suficiente para responder. No te vengas abajo si tardas en encontrar sitio para aparcar. Es probable que en esa recta final te tiente la posibilidad de pisar el acelerador y alejarte de allí quemando ruedas y cagándote en la puta. No lo hagas; mañana te arrepentirías. Además, quién sabe: imagina por un momento que te recibe de un modo muy diferente al que te temes. Imagina que te dice que te quiere un montón y que no puede vivir sin ti. Sin riesgo no hay gloria: tienes que aparcar ahí mismo, en doble fila, y cruzar el parque que te separa de la terraza donde ya crees vislumbrar su pelo rojo y sus gafas de sol. Procura acercarte a ella caminando con aire despreocupado. Vale, ahora que te ha visto y te saluda con la mano y te sonríe te resulta más difícil andar con naturalidad. Tienes la impresión de que tus piernas han decidido desacompasar sus movimientos, como si cada una precisara una orden individualizada para seguir en marcha. No te preocupes: simplemente estás nervioso. Relájate. Tu paso es normal y tu aspecto también. Eres una persona normal haciendo algo tan normal como reunirse después de mucho tiempo con la persona a la que quiere pero que ya no le quiere; tampoco es para tanto. ¿Ves? Ya has llegado. Sécate con disimulo las manos en el pantalón, sonríe sin que te tiemblen las comisuras y salúdala con un Hola, qué tal estás. Dale un beso en la mejilla. Cuidado con la inercia: nada de dos. Sólo un beso. Que se dé cuenta de que no eres uno de sus nuevos amigos ni su actual suegro. Que sea consciente de que sigue habiendo cierta especialidad en vuestro trato y que al menos quieres conservar ese pequeño éxito. Después empieza a hablar. Así, muy bien, qué quieres tomar, cómo va el trabajo, si ya se ha sacado el carnet de conducir. Y mientras te contesta quita los puñeteros codos de la mesa y échate hacia atrás en la silla para que vea que no tienes ninguna necesidad de estar lo más cerca posible de ella. Saborea tu helado de chocolate y plantéate fugazmente cómo es posible querer a alguien cuyo sabor favorito es la avellana. No te olvides de preguntarle por su perro y frunce el ceño en señal de preocupación cuando te informe solemnemente de que al pobre le tuvieron que operar de apendicitis hace un par de meses. Y a partir de ahí pónselo fácil y sé tú el que saque el tema en cuestión. Dile que sientes haberte comportado como un imbécil y que te encantaría mantener una relación sana y amistosa con ella. Puede que al pronunciar esas palabras algo se te rompa por dentro. Puede, incluso, que te sorprenda lo fácil que ha sido. Hasta es posible que te alegres de verdad al percibir la felicidad que le genera tu nuevo talante. Además, ya habrá tiempo para nuevas estrategias. De momento no la cagues y correspóndele con sinceridad muscular cuando ella premie tu buena actitud con un abrazo, y cómete la cucharada de avellana helada que te ofrezca evitando pensar en la lengua de un caballo que agacha el morro ante un simple azucarillo. Disfruta del momento, incluso. Por fin un poco de paz y armonía, tan verdaderas o falsas como las de cualquiera. Sí, disfrútalas. Y sobre todo no dejes de hacerlo si da el caso de que ella te diga que ayer el nuevo le pidió que se fuera a vivir con él. Puede que sea un poco difícil, pero que no se te borre de la cara esa expresión tranquila que hacía tanto que tus facciones no conseguían reflejar. Concéntrate. Ahora sí: actúa. Sobreactúa. Ni pestañees cuando recrees con todo lujo de detalles la cajita de terciopelo azul Tahití con ribetes de hilo dorado trazando una constelación de estrellas en que ella te diga que el tipo le ofreció una copia de las llaves de su casa. No parpadees cuando te diga que le hace mucha ilusión. No, haz todo lo que creas necesario pero no tires por la borda todo este esfuerzo. Intenta contagiarte de la milésima parte de la alegría que irradian esos niños que juegan al fútbol ahí en el parque. Contempla la despreocupación con que esos gorriones del tendido eléctrico rotan sus cabezas trescientos sesenta grados como si todo cuanto les rodea fuera precioso y digno de su ávida atención. Y si eso no basta sumérgete dentro de ti y saca fuerzas de órganos vitales cuya existencia ni siquiera conocías. Desciende hasta tu mismísimo nivel celular y exprime un buen puñado de ellas hasta notar en las manos la humedad de una sustancia brillante que bajo ningún concepto debes confundir con tu asqueroso sudor aunque no sea más que eso. Y esta vez, al menos esta vez, deséale que todo le vaya muy bien, que sea muy feliz o algo por el estilo para dar cumplimiento al happy end que mandan los cánones. Luego, de vuelta en tu coche y tras retirar el boletín de una multa del parabrisas, ya tendrás tiempo para otras reacciones. Lanzar una a una el medio kilo de patatas contra los transeúntes o regalarle tus zapatillas a un paralítico. Cosas así.

08
may
09

Más problemas de empatía

A veces tienes instantes de lucidez y por ejemplo te das cuenta de que eso de salir a la calle a caminar sin rumbo puede ser síntoma de que las cosas no van demasiado bien. Por eso decides aceptar por una vez la invitación que cada lunes te llega por email. El partidito semanal de tus amigos. No se cansan de incluirte en la convocatoria, aunque hace meses o años que dejaste de hacer el menor ejercicio. El simple acto de subir las escaleras del portal o agacharte a atarte los cordones te agota. Por las mañanas vomitas en el fregadero tu desayuno de café y cigarro y sales a toda prisa hacia el trabajo. Y en cuanto acabas vuelves a patear por las aceras. Fumas y escupes cosas rojas o marrones o verdes o de todos esos colores mezclados y ya que agachas la cabeza te fijas en los chicles resecos que motean el pavimento. Pegatinas de la grúa. Mierdas de perro y zapatos relucientes, camales ben planchados y medias finas pasando apresurados junto a ellas. O a lo mejor tus pies te hacen el favor de hacerte pasar junto a uno de esos frondosos jardines que los chinos montan a las puertas de sus comercios y dedicas unos segundos a contemplarlo, respirando su perfume de geranio urbano. En fin, andas y andas como cualquier otro ocioso prejubilado o desempleado o, como tú, con un curro de media jornada de lo más precario. Poco dinero, mucho tragar mierda. Hoy tienes que aguantar demasiadas gilipolleces sólo para poder pagarte el techo, los pantalones y las sopas de sobre. Y mañana será lo mismo. Quizá por pensamientos como ése al cabo siempre te cansas de andar y te metes en algún bar y luego en unos cuantos más hasta que la noche avanza y se convierte en madrugada y los camareros se tienen que llevar sus vidas de mierda a descansar. No es un espectáculo bonito de ver. Algunas noches puede resultarte reconfortante eso de sentir que empatizas con las ojeras negras del tipo que te sirve el alcohol. Con su mirada reptiliana, lenta y forrada de sangre fría que te observa como queriendo darte la oportunidad de parecer alguien más o menos agradable. Apreciar el mérito del sudor agrio del camarero y de las manchas grasientas de su camisa y del espasmo de dolor que le sube desde la espalda a la cara cuando coloca las sillas sobre las mesas. Y que él comprenda que tú eres otro pobre cabrón y a lo mejor te diga que a la última estás invitado. Pero lo normal es que no se dé tal feeling. Lo normal es que hasta alguien que probablemente está tan hasta los cojones como tú acabe pidiéntote que cierres la boca y liquides de una puta vez tu copa. Así que a lo mejor hoy te viene bien sudar un poco dándole al balón en lugar de pasar la tarde y la noche andando en espiral por el barrio. Sentándote de cuando en cuando en los bancos de los parques, en las paradas de autobús, en los tranquillos de los portales. En los taburetes de los bares más cutres junto a los viejos borrachines que se dejan caer en ellos y se quedan ahí como animales muertos o medio muertos, mirando de tanto en tanto el reloj de la pared. Y te plantas en el polideportivo a la hora convenida. Están todos. A unos cuantos los ves los fines de semana. Son los que dos días a la semana te acompañan cuando te emborrachas. O tú a ellos. Da igual. Son, en definitiva, los que todavía se parecen a ti, aunque sólo sea a grandes y difusos rasgos. Los otros han cambiado demasiado de un tiempo a esta parte. Desde que sólo hablan de ascensos, hipotecas e hijos hasta te cuesta recordar en qué momento se convirtieron en tus amigos. Por qué sigues considerándolos tus amigos. Pero, bueno, algo en tu interior te dice que aún los quieres. Además, si te muestras simpático quizá puedas sacarle un poco de pasta a alguno al acabar el partido, durante la confraternización del vestuario, cuando tengan cuerpo y mente atontados por el ejercicio. Por eso procuras poner buena cara cuando entras en la pista y alguien se ríe y te suelta que tires el cigarrillo de una puta vez y se ríe otra vez más fuerte y con más gente. Y comprendes en un momento menos doloroso de lo que habías temido que hace mucho tiempo que tu sitio está en otra parte o en ninguna, pero desde luego no en un pabellón deportivo con gente sana y decente y que, a fin de cuentas, ya está salvada. Pero aun así haces caso y apagas el cigarro y te quedas ahí en el medio del parqué con las manos incómodamente libres. Las manos y los pies y todo lo demás. Ahí en medio, en pantalones cortos, dando pequeños saltitos, fexionando las rodillas, desentumeciendo las caderas como si estuvieras bailando un hula-hop. Sintiéndote un gilipollas. Como cada mañana cuando llegas al trabajo de mierda que la última ETT haya tenido a bien proporcionarte. Como cuando tu madre te llama para preguntarte si has comido bien. O como cuando intentas hablar con una gafapasta en cualquier garito. Da igual lo cretina que sea toda esa gente, amigos, familia, amores o simples seres sexualmente atractivos. Al final siempre eres tú el que se siente un imbécil al interactuar con ellos.

24
abr
09

Pobre gente

Era mi primer día en el paro y me vi sin saber muy bien qué hacer con todas esas horas de libertad. Tantos años de lo mismo, horarios, oficinas y almacenes, para qué negarlo, habían conseguido alienarme. Estaba alejado del mundo. Hasta de la vida, qué coño. Se puede decir que era uno de esos tipos que no saben vivir sin que alguien les dé una orden y les felicite o reprenda por lo bien o lo mal que la cumplen. Estaba en la fila, en el turno, en la pura cadena. Supongo que era un imbécil. Sé que era un imbécil. De hecho, ya por entonces era perfectamente consciente de hasta qué punto me había convertido en un puto sirviente plácido y agradecido, pero no me importaba. Valoraba sobremanera el hecho de firmar mi nómina a fin de mes y me deleitaba comprobar por internet que mi cuenta corriente había crecido unos cuantos euros. La tranquilidad que eso me daba tenía un valor incalculable. Los números crecientes, las cosas que podía comprarme en el centro comercial. Me gustaba ponerme la corbata ante el espejo del recibidor por las mañanas las temporadas en que trabajaba de oficinista. Hasta me gustaba limpiarme los zapatos, joder. Y cuando la ETT me ofrecía un trabajo de peón disfrutaba enfundándome el mono, los guantes o las botas con supersuela de supergoma. Las noches de fiesta me gustaba rociarme de perfumes caros y hablar con mis amigos de los altavoces que pensaba instalar en mi coche. Pero de pronto llegó mi primer día en el paro. Y, claro, mi organismo estaba acostumbrado a madrugar. Así que no eran ni las ocho y ya estaba dando vueltas por la habitación. Todavía en pijama hice la cama, vacié y lavé el cenicero y quité el polvo acumulado en los rodapiés. Todo ello con la sensación de estar perdiendo el tiempo en cosas tan irrelevantes. Con la sensación de estar haciendo el gilipollas. Mientras barría y fregaba pensé lo que estarían haciendo entonces las gentes de bien. Los que seguían en la rueda. Y empecé a sentirme mal. Poco a poco, cada vez peor. Como un si un tumor de los que tardan media vida en comerte el cerebro se estuviera atracando del mío con prisa. Con ansia. Igual que un niño gordo ante su tarta de cumpleaños. Antes de darme cuenta estaba empapado en sudor. Me metí en la ducha. Me vino bien. Supongo que dejé de transpirar. Y, como siempre, el agua caliente me adormiló un poco ahí de pie en pelotas bajo la alcachofa. Agité la cabeza de un lado a otro para despejarme. Todo el cuerpo, en realidad, como hacen los perros mojados. Pero entonces me dije que no había razón para mantenerse despierto. No me esperaban en el trabajo. No me esperaban en ningún sitio. Tal sentencia me entristeció al principio. La sensación de frustración, de pura inutilidad se expandió en mi cuerpo hasta aplastarme los pulmones contra las costillas. No podía respirar y por un momento me imaginé desmayándome, desplomándome como un saco de algo muerto o medio muerto y desnucándome silenciosa y discretamente contra la repisa del champú H&S y el gel Nivea. Fue la última vez que sentí pena de mí mismo. Porque de algún modo conseguí expandir mis bronquios y aferrarme a los azulejos, a las líneas que los separan o hasta a la mismísima pintura esmaltada que los decoraba con ridículas florecitas. Y me mantuve en pie. Y al poco empecé a encontrarme mejor. No sé, mi cerebro encontró una vía por la que escapar del miedo. Pensé, en un instante de luz pura, que podía disfrutar de la ducha y el vapor y el burbujeante rumor de la catarata de agua sin estar pendiente del reloj. Lo pensé y, como por un milagro, no cambié de opinión al segundo siguiente. No se impuso ninguna suerte de sentido común, de lógica, de responsabilidad. Ninguna de esas convenciones de mierda adquiridas o innatas se puso a graznar en mi cabeza. Por fin. No escuché la plegaria por mi futuro de mi decente madre, ni el consejo condescendiente de mi amigo triunfador y respetable, ni la queja camuflada de mi novia. Por fin. Sólo hubo silencio, un gran vacío dentro de mí. Pero no ese vacío arrasado y caótico que queda después de un terremoto o un saqueo, cuando la gente lo ha perdido todo. No ése que te hace acertar cuando presagias la inminente exclamación de lamentos y alaridos de pena y terror. Éste era un silencio nuevo, como el que zumba en tus oídos cuando entras en una luminosa casa nueva que decorarás a tu gusto y en la que sabes que podrás hacer lo que te dé la gana con tu vida. Era un silencio perfecto, como una puta sinfonía de ideas tranquilas y sin interferencias. Así que me dejé llevar por el sopor bajo la maravillosa ducha-placenta y a juzgar por cómo recuperé la consciencia creo que soñé con hermosas y atentas mujeres. Encontré que mi cuerpo estaba alegre de cintura para abajo. Y la mente relajada mientras me secaba y me vestía. Me sentía laxo, suelto. Ligero. Nuevo. Me asombraba cada uno de mis movimientos. Quiero decir que el simple acto de subir una cremallera o atarme los zapatos era un descubrimiento sublime. Era ver moverse por primera vez las manos de tu hijo. Sus pies. ¡Y eran los míos! Intenté potenciar mi creciente bienestar fumándome un cigarro en el balcón. Y lo conseguí. El sol alumbraba tibio y el ruido que ascendía desde la calle era como un arrullo. Dos hombres de diferente raza descargaban el camión parado frente al supermercado de abajo. Chorreaban el mismo sudor espeso ya de buena mañana. De sus frentes manaba el mismo vapor metálico, salado. Las regaba la misma sangre del Gran y Único Pobre Hombre Moderno al que hay que respetar porque ya tiene bastante con lo que tiene. Al que hay que respetar porque si no fuera por él las estanterías de tu carnicería, de tu pescadería, de tu boutique de moda, de tu puta vida entera estarían vacías y tu tragedia diaria, ésa a la que ni ayer ni hoy ni mañana prestas la menor atención, de pronto se haría totalmente insoportable. Eso fue lo que pensé acodado en mi barandilla. Creo, de hecho, que las palabras que se encadenaron en mi cabeza siguieron exactamente el orden que he expuesto. Y me sentí iluminado. Me sentí el auténtico Mesías de todos los tiempos y todos los mundos. Y a pesar de la náusea que la Verdad provocaba en mi estómago matinal, a pesar de que cada músculo de mi cuerpo me dolió por culpa de tal revelación y a pesar de que en ese preciso momento supe con total certeza que jamás dejaría de estar triste, lo di por bueno. Porque igualmente supe que ya nadie podría engañarme. Me había bastado un día, una mañana, la primera hora la mañana de un día sin atascos, prisas, café atragantado, máquina de fichar, compañeros, supervisores, supervisores de supervisores, putos jefes peores que yo y sonrisas obedientes para entender que la vida podía ser otra cosa de lo que había sido la mía. La vida podía ser seguir observándola, simplemente. Ahí abajo algunos niños rezagados corrían hacia el colegio de la esquina mascando chicle. Ahora que era casi un dios podía olerlo desde las alturas. Y unas cuantas señoras pasaron bajo mi atalaya arrastrando sus carros de la compra con cogotes, nucas y líneas de hombros que me parecieron resignados, casi tristes. Igual que las caras que no les podía ver. Pobre gente. Entonces me saqué la polla y decidí bautizarlos a todos.

12
abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.

11
mar
09

Metro

No me gusta ir en metro. Y menos de buena mañana. No es como viajar en autobús. No hay ventanillas. No puedes ir haciéndote a la idea de qué cielo te va a deparar el día. Tampoco puedes distraerte mirando el tráfico, ni los escaparates, ni los mendigos aún durmientes bajo los resplandores de Zara con los pies sobresaliendo de sus cajas de cartón. Ni siquiera puedes hundir la vista en los alcorques repletos de mierdas de perro y evadirte imaginando el millón de formas en que matarías a sus dueños. Y olvídate de oír nada aparte del chirrido del metal contra el metal y alguna que otra tos esporádica desde algún punto del convoy urbano. Suburbano.

Detesto ir en metro a las siete de la mañana porque es verse obligado a elegir entre la nada de la negrura del túnel y la nada del tipo/tipa que se sienta a tu lado o frente a ti o en la otra punta del vagón y que te recuerda demasiado a ti. Alguien al que no conoces pero del que estás seguro que a mediodía comerá solo en un bar de menú de seis euros de cualquier polígono industrial. O alguien del que podrías afirmar que vuelve a su piso de alquiler tras haber pasado la noche en la garita de la obra de un nuevo y lujoso centro comercial.

Por éstas y otras muchas razones prefiero pelarme de frío en la parada esperando el bus cuando aún se ven casi todas las estrellas o simplemente una masa de nubes de color azul marino. Pero aquel día no había oído a la primera el despertador y me vi saliendo a la calle más asqueado de lo normal de que la vida me empujara con prisa y sin un miserable café en el estómago a un sitio al que no tenía ninguna ganas de llegar. Con todo, en lugar de sentarme en el parque de al lado de mi casa para ver amanecer por encima de las antenas parabólicas de mis vecinos y pensar la manera de rectificar mi rumbo, acabé arrojándome a la boca de la línea 5 porque la parte responsable de mi cerebro no dejaba de repetirme que el metro es el medio de transporte urbano más veloz. Mientras descendía tramo a tramo las escaleras una angustia creciente iba retorciéndome las tripas, y también el gesto. Supongo que por eso es relativamente lógico que la taquillera no mostrara la menor amabilidad ni mera consideración comercial cuando me acerqué a la ventanilla y le pedí un billete clase B. Quizá hasta tendría que haberle agradecido que hiciera el favor de cambiarme los cincuenta euros con que le pagué sin hacer otra cosa que seguir mascando chicle y maldecirme de manera casi inaudible desde detrás de su cristal. Pero lo cierto es que no lo hice. Me limité a coger apresuradamente el ticket y el cambio que me desparramó en la bandeja de aluminio, pasé la barrera de cristal y bajé de tres en tres los escalones de la escalera mecánica que conducía al andén, estresado todavía más por culpa del sonido irritante de un tren que se detenía ahí abajo.

El rápido bip-bip-bip de las puertas automáticas del vagón cesó y dio paso a un ruido como de envasado al vacío, como de compartimento de nave espacial al sellarse justo en el momento en que entré. Y cuando el metro se puso en movimiento sentí que podía hacer de mí lo que quisiera. Que en realidad me daba igual que jamás se detuviera en el destino por el que acababa de pagar. Casi era preferible quedarse encerrado en las tripas del gusano de hierro de por vida, avanzando y retrocediendo en la vía a su antojo. Al fin y al cabo, eso no era muy diferente de lo que sucedía día tras día en el mundo que se extendía hacia todas partes treinta metros por encima, en la soleada, oscura, fría o cálida superficie. Así que apoyé la espalda contra las compuertas y me duele pero debo admitir que, a diferencia de otras tantas veces, ni siquiera se me pasó por la cabeza que de repente se abrieran y me dejaran caer a las vías, porque de golpe asumí que ese tipo de tragedias no tienen cabida en una vida vulgar.

Y ahí me quedé plantado, arrinconado por la multitud que saturaba el vagón, dejándome llevar, dispuesto a dejar pasar el tiempo de la manera más inocua posible. Dispuesto, por ejemplo, a leer de cabo a rabo y varias veces los carteles indicadores de capacidad del vehículo, y los que prohibían fumar y comer en su interior, y la normativa de comportamiento y las recomendaciones de seguridad para los viajeros. Y los titulares de los periódicos gratuitos tras los que se escondían algunos usuarios. Y las portadas de los libros que fingían leer los más inquietos. Todavía El Código Da Vinci. Los Pilares de La Tierra. Y las marcas de sus ipods. Y el panel de ruta de la línea adherido sobre cada puerta del vagón. Memorizar las estaciones, los puntos de transbordo, el número de serie en relieve que distinguía cada uno de los bancos atestados de gente de aspecto triste… Leerlo todo sólo para no tener que detener la vista sobre cualquiera de los otros elementos del rebaño que no viajaban, no, que simplemente eran transportados junto conmigo vete a saber hacia qué destino jamás deseado y que con un poco más de suerte habrían llevado una vida digna de ser llamada humana. Gente sentada o de pie o apoyada sobre las gomas del fuelle de articulación entre vagón y vagón bamboleando sus cabezas al ritmo monótono del tren. Personas de distinta raza y credo y equipo de fútbol, pero idénticas en su don para impregnarme de su tristeza o potenciar la mía propia.

Así que mejor quitarles la vista de encima y ponerse a leerlo absolutamente todo. Hasta las monedas y los billetes que unos minutos antes me había dado la asquerosa taquillera y que aún llevaba en la mano, humedeciéndolos con mi náusea vital y mi sudor. Y entonces, en uno de 5EURO/EYPO con copyright del BCE de fecha 2002, número de serie V12111265327 y la firma ilegible del presidente o gobernador o lo que sea del Banco Europeo, un número de teléfono escrito con tinta azul ya considerablemente desvaída. No lo pensé demasiado. Ni siquiera ensayé para mis adentros lo que diría si alguien contestaba a la llamada. Supongo que simplemente quería hacer algo diferente a lo de todos los días, y marcar ese número me pareció una buena posibilidad de introducir cierta dosis de novedad en mi vida. La posibilidad que tenía más a mano, por lo menos. Y me saqué el móvil del bolsillo cuando nos detuvimos en una estación igual que todas las anteriores y las que vendrían vía arriba o más bien vía abajo. Un montón de gente que quería salir y otro que quería entrar se apelotonaron alrededor de las puertas y forcejearon durante unos segundos, pero al final el trasvase de carne vagón-andén andén-vagón se concretó sin mayores incidencias.

Lo único digno de mención es que la marea humana quiso depositar frente a mí, tan cerca que podía notar cómo su respiración de clorofila mecía hasta el menor ejemplar de mi vello facial, a una chica guapa. Nada espectacular, nada del otro mundo. Simplemente guapa y joven. Y, con total seguridad, menos que otras muchas de las que en ese momento estuvieran en las entrañas de la Línea 5. Sin embargo, al resto no podía verlas mientras que a ésta la tenía a tan sólo un palmo. De manera que es muy posible que captara tan intensamente mi atención por una mera cuestión de proximidad física, por el hecho de que invadiera sin quererlo mi maltrecho espacio vital y sus ojos incómodos se cruzaran de cuando en cuando y fugazmente con los míos. En cualquier caso, fuera por la razón que fuera, lo que cuenta es que me gustaba tenerla delante de mí. Quizá, pensé incluso, me estaba enamorando de una extraña a la que los movimientos de la masa metropolitana habían depositado por casualidad tan cerca de mí. Y como aquello me pareció una estupidez de las que tanto detestaba en otra gente, decidí mirar hacia otro lado y seguir con mi única opción real de distracción. Leí de nuevo el número garabateado en el billete y lo marqué. Me dio un escalofrío cuando un móvil empezó a sonar en el vagón en perfecta sincronización con los tonos de llamada que el auricular me metía por la oreja derecha. Y me quedé sin respiración al observar, casi como a cámara lenta, cómo la chica rebuscaba en su bolso y sacaba su teléfono. Así que durante un instante tan aterrador como precioso para mí ambos estuvimos cara a cara con nuestros móviles preparados para acabar de desatar la sorpresa, la comedia, la historia de amor o la simple anécdota. Lo que fuera, pero por lo menos algo digno de ser contado a los amigos y sentirte un poco vivo. Fue un buen momento, sí.

Lo malo es que duró muy poco porque cuando ella apretó el botón verde de su teléfono sonrió ampliamente y se le iluminaron los ojos y enseguida le habló con voz alegre un montón de cosas bonitas a quien quiera que estuviera al otro lado de su línea. La mía, inmóvil junto a mi cara de idiota, siguió sonando un poco más y cuando al fin descolgaron escuché una grabación hecha por algún ocioso de voz plana que me decía Hola y luego añadía que mi vida no debía de ir demasiado bien si había recurrido a llamar a un número desconocido llegado a mis manos a través de un simple billete de cinco euros. Pero no te preocupes, continuó diciendo la voz de aquel hijo de puta, eres el gilipollas número quince-mil-tres-cientos-ocho que lo hace; no estás tan solo.

Aquella mañana, cuando me reincorporé a la superficie, hice lo mismo que cualquier otra. Y también el día siguiente fue igual.

28
feb
09

Mirador

Abrir el pequeño armario superior derecha de la cocina y comprobar que aún queda café en el bote de cristal. Salir al balcón en pijama con el calor negro humeando en la mano derecha. Calor insuficiente. Igual que el que irradia el sol blanco de febrero que se desparrama por el terrazo. Ni siquiera traspasa el algodón de los calcetines. Se limita a resaltar la negrura de los goterones resecos de vete a saber qué que motean las baldosas. Es media mañana y todo lo que se mueve en la calle debe de llevar varias horas a pleno rendimiento. Pero te acabas de levantar y la vida aún parece desenvolverse a cámara lenta. En realidad siempre te lo parece. El café y el cigarro te revuelven el estómago para darte los buenos días. Aunque es posible que la razón de las náuseas sea la música de mierda que te llega desde el piso de al lado. El vecino es un tipo de aspecto sórdido que roza la cuarentena y es fan de todas esas cantantes negras clónicas que salen en la MTV. No escucha otra cosa. Las melodías de esas afroamericanas venidas a más son lo único físico que se filtra hasta ti a través de las paredes que te protegen de él. Pero es mucho peor lo que te impregna si intentas imaginar cómo es su piso por dentro. Su vida por dentro. Porque sólo puedes visualizar cortinas color beige y una moqueta atestada de pelos y pelusas y lámparas con demasiadas bombillas fundidas y un olor desagradable saliendo de la nevera. Es esa clase de sordidez la que te transmite cuando coincides con él en el ascensor. Es lo que se desprende del ejemplar de Penthouse que suele llevar medio escondido dentro del periódico doblado. De las manchas en la bragueta. De las gafas con cristales amarillentos. Del modo en que le oyes respirar al otro lado de su mirilla cada vez que entras o sales de casa. Así que si lo piensas bien la música que le gusta es incluso demasiado buena. Y si lo piensas aún mejor concluyes que si tuvieras la pasta suficiente insonorizarías tu casa o contratarías a un sicario para que eliminara el problema. Probablemente lo del exterminador sea más barato. Eso te planteas por un instante. Pero desechas la idea de inmediato porque por muy barato que sea será más caro que lo que te puedes permitir y total llevas ya dos semanas consiguiendo no salir de casa así que ni de coña vas a hacerlo para ir a mirar cuánto te queda en la cuenta corriente. Además la solución fácil es la de otras veces. Por eso arrastras los pies hasta el baño dejando algo parecido a huellas humanas en el polvo que recubre el suelo y dejando algo parecido a suciedad pero tan consistente y pesado como auténticos escombros en tus calcetines. Lo malo es que en el baño ya no queda ni una de esas bolitas multicolor de algodón que usa para desmaquillarse. Cada día desaparece algún vestigio de otra época. Podría ser una reflexión triste pero estás tan asqueado que la piensas con la frialdad y distancia que emplearía un arqueólogo o algo por el estilo. Alguien acostumbrado a llegar demasiado tarde a los sitios. Cuando ya sólo puedes contemplar las ruinas de cosas que siempre imaginaste más bonitas o más puras y casi inmortales. En fin. No hay bolitas de algodón y tienes que taponarte los oídos con dos pedazos de simple papel higiénico. Anodinamente pálido cuando lo miras. Dolorosamente rugoso cuando te lo metes hasta el tímpano. Pero en realidad agradeces sentir algo intenso y además por lo menos amortigua un poco la música y las voces y al volver a hundir la vista en la soleada calle con el filtro aséptico en las orejas todo queda envuelto en un medio silencio irreal que aleja un poco más las cosas. En la esquina de enfrente una anciana en bata rosa y con una sola zapatilla intenta sin demasiado éxito recogerse las canas en una coletita grasienta mientras mira alrededor como buscando algo o a alguien pero con cara de no saber qué o a quién. Algunos de los que pasan andando a su lado la miran con cierta extrañeza pero ninguno se detiene a ver si necesita algo. Te preguntas si tú también la ignorarías y por suerte antes de que la respuesta se defina con claridad en tu mente un grito no del todo humano atraviesa tus barreras protectoras de celulosa y te hace mirar hacia la acera. Quince metros justo por debajo de ti los hijos de la portera de tu edificio juegan a pelearse o se pelean de verdad. Lo cual sería normal y hasta saludable si no fuera porque uno de ellos padece el síndrome X frágil. No necesitas ser médico para saberlo. Basta con observarle y luego poner en Google cosas como “retraso mental” “mandíbula inferior prominente” “cara larga y estrecha” “orejas grandes” “pies planos” “estrabismo” “lenguaje desordenado y repetitivo” “ecolalia” “aleteos con las manos” “morderse los dedos”. Y si después clicas en cualquier entrada del listado que se te ofrezca aprenderás un poco más sobre genética y neurología y el fabuloso mundo de las enfermedades raras. Y sobre todo obtendrás una información que te permitirá afirmar desde tu mirador que los dos hermanos de ahí abajo no están jugando. Que se están peleando de verdad. Porque el normal ya es lo bastante mayor como para comprender que si quiere ser un buen hermano antes o después tendrá que cargar con el tarado hasta que uno de los dos se muera. Pero de momento aún es un niño y nadie se va a enfadar demasiado con él si lo putea un poco. De momento nadie le acusará de maldad. Será simple travesura. Así que quizá haga bien en resarcirse por anticipado de toda la mierda que empezará a tragar dentro de no muchos años y de la que jamás podrá librarse so pena de ser acusado de mala persona. Además tampoco pasa nada por unas leves bofetadas y collejas mientras el otro gruñe y bracea torpemente. Puede que hasta sea poco. Pero sea como sea no te resulta un espectáculo agradable. Y haces lo primero que se te ocurre para volver a poner del mismo lado a los dos chavales. Te reclinas sobre la barandilla y calculas el ángulo de tiro. El niño raro está exactamente en tu perpendicular. Ves su cabeza puntiaguda como a través de una cámara cenital. Ves incluso cómo centellea al sol ese labio inferior sobresaliente y encharcado de babas perennes. Y entonces casi sin darte cuenta has escupido y estás observando el proyectil de saliva manchada de cafeína y mil cosas peores que cae y cae y cae tan a cámara lenta que piensas que sólo lo estás imaginando. Hasta que se estrella en el mismo centro del cráneo del retrasado emitiendo un sonido indudablemente real. Lo que pasa cuando los dos niños entienden la situación es que mientras uno llora y se da manotazos en la cabeza el otro te localiza en el balcón y te grita hijo de puta y amenaza con matarte. Y los ves tan unidos en su odio hacia ti que encuentras algo reconfortante en todo ello. Algo casi mesiánico. Supones que es lo que se siente al conseguir hacer algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio. Y fugazmente piensas que no eres tan malo como solía echarte en cara. Que cuando quieres puedes ser tan altruista como un monje tibetano sólo que empleando técnicas un poco más agresivas. Aunque lo cierto es que sabes que es mentira. Que lo más probable es que hayas atentado contra el miembro más débil de la manada sin ningún motivo o simplemente por demostrarte que aún puedes hacer daño. Que todavía hay gente a la que puedes joder. Y no al revés. Así que te das por satisfecho momentáneamente y sigues oteando el horizonte de cemento y metal que te regala tu observatorio. Tres portales más para allá un hombre va y viene sobre sus pasos y mira a todos lados varias veces antes de llamar a un timbre. Es la casa de putas que abrieron hace poco. Los que la regentan son discretos. No son de ésos que ponen tarjetitas publicitarias en las ventanillas de los coches. Al menos no en los de por aquí. Pero sabes que ahí hay una casa de putas porque has visto ya a decenas de hombres feos y menos feos comportarse de igual modo ante ese portal. Además de por la colección de microtangas que las trabajadoras de la casa tienden los días que hace sol. Y sigues observando y ves al niño del tercer piso jugando en el balcón con un coche de juguete igual que tantas otras veces a estas horas. Debe de tener cinco años. Una mala edad para dejar a alguien tantos metros por encima del asfalto. Lo que pasa es que las cortinas de la casa no son lo bastante tupidas y sabes que cuando su padre decide amanecer se desayuna la media botella de ginebra que no se cenó anoche y empieza a apalizar a su madre. Y la mujer aún no ha encontrado un lugar mejor donde refugiar al niño. Está claro que la vida no es gran cosa. Tienes claro que es mejor limitarse a analizarla que participar de ella. Por eso apuras la taza y rezas para que mañana abras el pequeño armario superior derecha de la cocina y aún quede café en el bote de cristal.




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