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19
oct
10

Renglones de autoayuda

No te fíes nunca de los que leen libros de autoayuda; es obvio que son unos putos egoístas. Todos.

Si no puedes dormir aprovecha las horas oscuras para dar con la razón. Si es el bebé del piso de arriba sube, llama al timbre y maldice al hijo del hombre o de la mujer que te abra la puerta. Y de paso a todos los hermanitos que tenga o pueda tener en el futuro. Si es la pareja feliz del otro lado del tabique aporrea el estucado y grita tu deseo de que se les rompa el condón y dentro de un año te plantes en su puerta para cagarte en su flamante estirpe.

En caso de que el motivo sea más difícil de ubicar en el espacio-tiempo, simplemente espera a que se haga de día. Sigue tumbado mirando hacia donde supones que debe de estar el techo, escucha la sangre golpeando enferma en tus sienes, regocíjate levemente de estar vivo, y observa. Verás que el aire negro de tu habitación se irá transformando en una atmósfera de variedades de azul cada vez más suaves y en cierto momento la claridad total se impondrá casi sin darte cuenta y dará a luz un glorioso nuevo día de mierda. Y te sentirás un poco mejor. Como un ganador pírrico. Hasta echarás de menos un pedazo de tiza con el que poder trazar y tachar unas cuantas rayas en la pared. Te sabrás un auténtico superviviente, y algo medio muerto pero cuya fuerza te asombrará se removerá dentro de ti. Hazme caso: no puedes aspirar a nada mejor, así que no te quejes. Enorgullécete de tus ojeras cuando te mires en el espejo del baño y piensa que mañana estarán aún más cerca de desfigurarte por completo la expresión. En fin, haz lo que tengas que hacer pero jamás recurras a un libro de autoayuda.

Y bueno, claro, etcétera.

Con etcétera quiero decir que bajo ningún concepto se te ocurra apuntarte a clases de yoga en la asociación de vecinos de tu barrio. Ésos también creen que el mundo y su jodido yin y su jodido yang giran en torno a ellos. Tú no. Tú convéncete de que no tienes nada que equilibrar, ni la inclinación de tu columna ni tu flujo de energía interior. Asume que tus cervicales están todo lo bien que pueden estar llegados a este punto. Y tu vida entera también. No necesitas adoptar la posición del loto, poner la mente en blanco y respirar hondo para ver si hay suerte y unas cuantas moléculas de pura energía positiva se instalan en tus pulmones.

No tienes por qué sentirte mejor, por resumírtelo.

Lo que tienes que hacer es salir a la calle y comprobar que el indigente del banco de la esquina está durmiéndola como todas las mañanas. Sentado, con la cara hundida en el pecho y el tetra-brick entre los tobillos mugrientos e hinchados. Y que algunos de los jubilados y parados que se amontonan en el bar que hay frente a él se asoman a la puerta cuando ceden su turno a otro en el dominó, apestan el aire de Royal Ambree, miran a la nada calle arriba y calle abajo y se ríen y fuman y si hay sol forman una visera con la mano en que no sostienen el carajillo y parecen no darse cuenta de la existencia del hombre que lleva muriéndose en ese banco, a dos metros de distancia del mundo decente, por lo menos doscientas cegadoras mañanas.

Y si quieres puedes seguir andando bajo la luz matinal. Es bastante probable que te encuentres cosas por el estilo en la siguiente manzana. Y si de verdad eres de los que pasan de los libros de autoayuda, del yoga y del tai-chi, si la muerte de los toros en las plazas no te genera un problema ético, si la extensión de la red de carril-bici de tu ciudad no es precisamente lo que te quita el sueño, si los glaciares que se deshielan en arroyos de agua sucia a miles de kilómetros de distancia no te hacen llorar, y si tampoco la mano de obra infantil de las factorías asiáticas abandera tu conciencia, entonces tal vez repares en ellas y te digas que no, que a lo mejor no tienes por qué sentirte mucho mejor que de costumbre.

Al fin y al cabo no perteneces a ningún colectivo especialmente proclive a ser discriminado. Eres varón. Eres heterosexual. Eres occidental. Eres relativamente joven. Tu piel es blanca. Tienes las cuatro extremidades. Tus cinco sentidos funcionan relativamente bien. Tu cociente intelectual es el del humano medio. Tus adicciones no son socialmente excluyentes. No tienes antecedentes penales. No tienes el sida. No te estás muriendo. ¿De qué coño te vas a quejar?, te dirán.

Y como mucho te dejarán encauzar tu solidaridad (en realidad tu descontento general) a través de una ONG tan obvia como inofensiva. En función de la flexibilidad de tu horario laboral te sentarás dos o tres horas a la semana detrás de un pupitre en un bajo de un barrio periférico con alta densidad de inmigrantes y le traducirás a algún que otro subsahariano la multa de tráfico o la tasa de basuras que ha recibido por correo. Y una vez al mes acudirás a la cena de la organización (sólo empleados y voluntarios, claro) y es probable que entre copa de rioja y copa de rioja llegues a la conclusión de que todos esos treintañeros buenistas no son más que un hatajo de farsantes. Y dependiendo de hasta qué punto estés hasta los cojones de tantas mentiras quizá lo digas en voz alta. Y en principio ellos intentarán convencerte con buenas maneras de que ni hablar, de que están muy implicados en la lucha contra las injusticias del mundo y de que se esfuerzan al máximo en ayudar al prójimo desfavorecido. Pero a esas alturas ya sabrás unas cuantas cosas de la vida de cada uno de ellos y no podrás frenarte. Tendrás que decirles que todo eso es mentira, que hacen lo que hacen única y exclusivamente por ellos mismos, por tener algo más o menos digno que poner al final del día en su balance personal. Y que así las cosas sería mejor y más decente que antes de irse a dormir se metieran un par de lorazepanes, clonazepanes, orfidales, etcétera. Con etcétera quiero decir que sería mejor y más decente que se apuntaran a yoga, tai-chi o pilates. O a clases de cocina vegetariana. O al club excursionista más cercano. Que invirtieran cinco euros al mes en apadrinar un niño etíope. Que se embarcaran en el Rainbow Warrior. O que se leyeran uno de esos libros de autoayuda que jamás hay que leer. En fin, que hicieran ese tipo de cosas que hacen que uno se levante radiante, purificado, como nuevo y coronado por una aureola casi mesiánica al día siguiente.

Pero tú no, no jodas.

13
oct
10

Confort máximo

Puede que todo sea producto del azar. Pero es posible que no. El caso es que aquella tarde subí al tren a toda prisa y no pude elegir vagón. Siempre he sido de ésos que llegan con tiempo a los sitios, que acaban con cualquier posibilidad de misterio, de inquietud. Así que lo que ocurría todos los días era que me fumaba un cigarro o dos en la estación esperando la llegada del cercanías. Y cuando el convoy se detenía yo ya estaba estratégicamente colocado para ser el primero en entrar en el último vagón y apoyarme en el rincón derecho del fondo, plancha metálica a un lado de mi espinazo y cristal de seguridad al otro, confort máximo. En fin, sabía muy bien cuál era el metro cuadrado que debía ocupar sobre el cemento del andén para que las puertas automáticas se abrieran justo delante de mí y las cosas siguieran yéndome sobre ruedas. El trabajo, la novia, mis posibilidades de futuro y todo eso que a uno le preocupa cuando tiene veintitantos años y no es un genio o un loco. De lo primero me ocupaba durante ocho horas al día y no consistía en nada especialmente interesante, así que no voy a entrar en detalles. A ella iba a verla casi todas las tardes, a eso de las siete. En tren. Vivía en una pequeña población bastante anodina, como todas las que se extienden un poco más allá del área metropolitana. Idónea para dormir e ir al gimnasio por un módico precio. Como norma general me esperaba en un banco de la estación, aunque puede que estación sea mucho decir para lo que uno pensaba al ver aquella caseta mal pintada. Da igual, el caso es que como norma general me esperaba en un banco del apeadero de su pueblo. Supongo que tampoco ella era partidaria de las emociones fuertes. En cualquier caso me gustaba que lo hiciera. Creía ver algo de idealista en aquel gesto, algo de cine y libros bonitos e inofensivos. Y yo la quería; todo encajaba. Luego dábamos una vuelta por la plaza o por las dos o tres calles que ofrecían un poco de vida y luz. Escaparates de electrodomésticos, alguna terraza más vacía que llena y poco más porque, aunque ninguno de los dos dijimos nunca que aquello nos importara demasiado, lo cierto es que aquel sitio no era precisamente un dechado de posibilidades de ocio. Y a veces me quedaba a cenar en su casa. Temprano, claro, que luego tenía que coger el tren de vuelta. Esas noches, sin excepción, su padre me preguntaba qué tal me iba en el trabajo y yo le respondía que muy bien o que no me podía quejar o de vez en cuando le mentía diciendo que a lo mejor a fin de año me ofrecían un aumento, cosas por el estilo, y seguía comiendo ñoquis al pesto, provolone con setas o lo fuera que su madre hubiera preparado. Aún conservaba ese tono cantarín con que los no italianos imitan a los italianos. Y cocinaba muy bien, eso era lo más importante. Y ella… ella era guapa y me quería. Todo muy fácil, muy cómodo. Incluso agradable. Poco más podía pedir. Confort máximo. Así que la tarde en que conocí al Desecho tenía pinta de ser idéntica a las demás. Pero cuando me dirigía a la estación me crucé con un compañero del instituto. Ahora mismo no sabría decir si se llamaba Pedro o Pablo, pero recuerdo que entonces sí que lo tenía claro. Lo recordaba bien, su nombre y a él. Nunca fuimos verdaderos amigos. Es más, Pedro/Pablo siempre me había caído mal. Una vez, en clase de gimnasia de 2º de BUP, me eligió como víctima de la humillante bajada de pantalones delante de todo el mundo que no sé por qué se había puesto de moda aquel curso. Y, con o sin sentido, ésa fue la principal información que mi mente rescató de nuestro pasado común en cuanto lo vi, lo cual hizo que mi actitud durante los primeros minutos de encontronazo no fuera especialmente receptiva. Luego tampoco, es verdad. En cambio él se mostró tan avasallador como siempre. Haría casi diez años que no nos veíamos pero el tío me saludó y me abrazó con una efusividad tal que por un momento me pregunté (con cierta esperanza) si no me estaría confundiendo con otra persona. Salí de dudas cuando de repente, tras los consabidos qué bien te veo y unos cuantos palmoteos en el hombro y en la cara exterior de los bíceps o tríceps, vete a saber, me preguntó si seguía con eso de los relatos y los poemas. Salí de dudas y a la vez me quedé profundamente desconcertado. Asombrado ante el hecho de que Pedro/Pablo, que pertenecía a la estirpe “guay” de los alumnos de mi instituto, se acordara después de una década de aunque sólo fuera una de mis aficiones, gustos, hobbies o como se quiera llamar a las chorradas en que uno malgasta su tiempo. Asombrado ante el hecho de que me hubiera preguntado por eso en lugar de querer saber a qué me dedicaba en el sentido de “cómo consigues pagarte el coche, los vicios, algún viaje, quizá un hipotético alquiler”. Bueno, sí, acerté a contestarle, aún escribo. Pero nada serio, añadí, escribo para mí. Me avergüenza un poco pero eso le dije, que escribía para mí. Menuda gilipollez. Lo sé ahora y lo supe entonces, y supongo que a él también se lo pareció porque me dijo que qué tontería era ésa, que nadie escribe para sí mismo, que para eso ya está eso que llaman pensar. En ese instante supe que Pedro/Pablo era un peligro en potencia y estuve a punto de mandarle a la mierda. Y tengo que admitir que si no lo hice fue porque mi asombro subió de nivel y se convirtió ya en paralizante estupefacción cuando Pedro/Pablo me soltó que él también escribía. Sí, prosiguió, llevo siempre esta libretita y apunto ideas, flashes, inspiraciones, y, bueno, como casi todo el mundo que sueña con lo nuestro (en este punto se me revolvió el estómago literalmente) me autoedito un fanzine mensual, lo dejo en algunos garitos del centro, en teoría son a 3 euros cada uno pero la verdad es que rara vez consigo recaudar algo, la gente es así, tío, muy rata, lo cogen, lo hojean y si les mola se lo meten en el bolso o en el bolsillo de atrás sin pararse a pensar en el esfuerzo creativo (puajj) y económico que me supone sacar un nuevo número cada mes, pero bueno, jeje, digas lo que digas lo que cuenta es que a uno lo lean, eso es lo más importante, aunque sólo sea un puñado de frikis o colegas, lo fundamental, al menos para mí, es irme a la cama con la sensación de que lo que hago tiene cierta repercusión (náusea feroz), jeje, y, por cierto, no hace falta que te diga que estaría encantado de que me pasaras un par de textos, a ver si te los puedo colar en mi fanzine (bilis agria y espesa en la boca), se llama Hank y Tonk, por cierto, y así siguió durante un buen rato, por cierto esto y por cierto lo otro. No recuerdo con exactitud cómo conseguí cortarle. Fuera como fuera, Pedro/Pablo no me dejó libre hasta que me apuntó su e-mail en un papel, me lo guardé en el bolsillo y le juré por mi honor que le enviaría algo y que claro que sí, estaríamos en contacto, claro que sí. Ya solo aceleré el paso hasta alcanzar el trote y nada más doblar la primera esquina, con urgencia, casi como alguien que se esconde de un mal acechante, apoyé la espalda en la pared y resoplé. Recuerdo que sentí con extraña intensidad la rugosidad de la pintura granate que cubría la fachada en cuestión, de una mercería o una tintorería, no estoy seguro. Y también su frío y su dureza. Y luego tuve la impresión de que todo temblaba y miré hacia arriba y no vi caer ni una maceta ni un pequeño cascote ni la menor mota de polvo. Entonces, deseando que la sacudida cesara pero sabiendo en el fondo que si en verdad lo quisiera la calma ya se habría impuesto, esperé unos segundos para descartar la posibilidad de que al autor de Hank y Tonk se le hubiera quedado alguna frase genial con la que ilustrarme y decidiera venir en mi busca. Y cuando supuse que el peligro ya había pasado tiré al suelo el puto papelito. No había ninguna papelera cerca. Empecé a correr hacia la estación. No quería perder el tren, pero en realidad lo que movía mis piernas era la necesidad apremiante de poner distancia, distancia, distancia entre mi mente y Pedro/Pablo y su verborrea. Así que corrí a lo largo de la enorme avenida y luego por unas calles ya de por sí estrechas que parecían comprimirse aún más porque era esa hora en que la noche cae a principios de otoño. Y mientras corría a toda velocidad dentro de mis posibilidades y me ardían los gemelos y las mejillas sentí una angustia llevadera pero pertinaz, quiero decir imposible de encerrar ni por un segundo en algún rincón inconsciente del cerebro, y me pregunté si era por eso, por la oscuridad y el angostamiento crecientes y por la falta de aire en mis pulmones, o más bien era que todavía no me había quitado de la lengua el sabor como a papeles mojados que me había dejado el encuentro con el puto Pedro/Pablo, antiguo líder de clase y ahora escritor de suburbio que, me atrevía a apostar, sabía combinar sin excesivos problemas y con relativo éxito entre su reducido pero al fin y al cabo real grupo de amigos-lectores, más bien amigas-lectoras, seguidoras, tenía entendido que eso siempre funcionaba así, su inclinación inherente hacia la popularidad y el liderazgo con cierta dosis de malditismo y así ostentar ante ellos y ante otros, todos, incluso ante mí si algún día llegaba a cruzarse conmigo, ese estatus tan bien considerado en los círculos más indefinidos y nunca mejor dicho exxxxcéntricos de cualquier actividad artística, me refiero a ese estatus de autor pasional y contra viento y marea de, por ejemplo en su caso, un fanzine es probable que irreverente y deslenguado y descarnado a juzgar por su título, en la línea de lo que a mí me gustaba leer, Hank, joder, en la línea de lo que a mí me gustaba escribir, joder joder, y en el que quizá podría llegar a hacerme el favor de publicarme algún texto de mierda que después pondría a parir secundado y hasta espoleado por sus mejores amigos/más fervientes admiradores durante la sobremesa de alguna cena macrobiótica en casa de algún tipo con barba de chivo o de alguna tipa reacia al uso del sujetador o en la barra de algún bar frecuentado por pintores y poetas de ésos que piensan que la única razón por la que aún no han alcanzado la gloria es que la vida es injusta y básicamente una puta mierda. Supongo por tanto que teniendo todo eso dando vueltas a mil por hora en la cabeza es normal que corriera a toda hostia pero ni aun así pude llegar a la estación a la hora a la que acostumbraba llegar y no tuve más remedio que entrar de un salto en el primer vagón, el más próximo a las escaleras de acceso al andén, el opuesto al mío de toda la vida, justo un segundo antes de que las puertas se cerraran. Así que creo que no es descabellado plantear que quizá todo sea producto del azar. Pero también es posible que no. A lo mejor el hecho de que esa tarde conociera al Desecho en un vagón al que no habría subido si todo hubiera ocurrido como siempre ocurría no explica por sí solo lo que acabó sucediendo y el aquí y el ahora en que me encuentro. Ni idea. El caso es que el tren se puso en marcha y me di cuenta de que las piernas me temblaban y no era por el traqueteo. Era algo parecido a indignación y además no estaba habituado a excesos físicos, necesitaba descansar, hacer sentado el viaje, ya puestos a cambiar de rutinas, y por eso no me importó que el único asiento libre estuviera junto al que ocupaba él. Nunca me dijo su nombre. Y yo nunca le confesé que una noche desvelado, creo que la del tercer o cuarto día a partir del que lo conocí, en cualquier caso hacia el final de nuestra relación, lo bauticé como El Desecho. A priori le eché unos cincuenta. Después supe que tenía diez menos y que había dormido durante cinco en la calle, pero por entonces vivía en una pensión muy barata que había encontrado un par de pueblos más allá del de mi novia. Tan barata que justificaba que cada mañana tomara el tren a la ciudad y cada noche regresara a dormir a cómo coño se llamara aquel pueblo. En los pueblos no se puede mendigar, me dijo una vez, ni otras muchas cosas, y se me quedó grabado de esa forma en que se te graban las cosas que no alcanzas a entender a la primera pero que, sin saber muy bien por qué, se te quedan ancladas en la mente a la espera, tal vez absurda, de que un día estés preparado para asumirlas. El Desecho olía como nada más sentarme a su lado supuse que olería la mugre de sus uñas si fuera una masa de cuarenta y pocos kilos, que es lo que debía de pesar su dueño. En ese primer codo con codo rumbo a la periferia no me extrañó, obviamente. Los verdaderos desechos suelen oler mal y éste tenía toda la pinta de estar bien jodido. Pero cuando me enteré de que tenía a su disposición la ducha de la pensión su suciedad me desconcertó y, lo reconozco, me molestó mucho más que cuando me lo imaginaba durmiendo en un cajero automático o en un desguace de coches. Hoy por hoy, han pasado años, tengo dos teorías al respecto. La primera es que lo de la porquería era una táctica de mendigo o, por así decirlo, una deformación profesional. Salvo los días en los que me levanto optimista con o sin razón, no le doy mucho pábulo. Más bien me decanto por pensar que un mendigo, un abogado, un euromillonario ocioso, en definitiva cualquiera, puede llegar a considerar innecesario y hasta inmoral dedicarse la más mínima higiene, la más mínima atención a sí mismo. Y la mayor parte del tiempo tengo bastante claro que eso es lo que le ocurría al Desecho. Aquella tarde rara El Desecho no dijo nada de esto. Durante casi todo el rato que estuvimos a un palmo de distancia se limitó a mirar por la ventanilla. O eso creía yo. Porque en determinado momento seguí su mirada y fui a dar con sus pupilas reflejadas en el cristal. Y me miraban a mí. Pensé que era extraño que una persona en la situación que las características externas del Desecho indicaban mantuviera todavía algún reparo en observar abiertamente a cualquiera. Ahora, en realidad hace ya tiempo, imagino que esa actitud huidiza estaba relacionada con la teoría que he apuntado acerca de su suciedad. Lo de la falta de legitimación para cualquier cosa y todo eso. Aunque me gustaría en este punto dejar muy claro que lo que digo no son más que suposiciones, y que es bastante probable que esté radicalmente equivocado. Lo que sí que puedo asegurar es que cuando mi mirada y el reflejo de la suya se encontraron el Desecho cambió de posición y durante un instante me miró, si no abiertamente, al menos con cierta naturalidad. Y por alguna razón, aunque confusa, estoy seguro de que fue algo que vio en mí lo que le dio pie a hacerlo. Me salió decirle hola. Y él respondió del mismo modo con una voz que parecía sabia pero supongo que era exactamente eso, una apariencia amplificada por el deslumbrante contraste en que entra cualquier rasgo de normalidad con un todo objetivamente precario. El Desecho entonces sacó un libro de una de las diversas bolsas de plástico que se extendían en torno a sus pies y se puso a leerlo. Lo miré de reojo y comprobé que no era un libro. Parecía más bien un cuaderno manuscrito. Obviamente la idea de que aquel tipo llevara encima un cuaderno de notas, aunque sólo fuera a modo de diario marginal, avivó el estupor en que me había sumido el encuentro con Pedro/Pablo. Le tuve que preguntar. Y el Desecho me confirmó que así era, que todavía conservaba la esperanza de que un golpe de suerte le pusiera en el lugar exacto en el momento propicio y su vida cambiara para bien de una manera que, confesaba, cada día le costaba más imaginar. Esa tarde me bajé del tren sintiendo un vacío en mi interior. Sintiendo que no era algo nuevo, que llevaba mucho tiempo allí dentro, luchando en silencio por crecer y crecer hasta destruirme o transformarme en otra persona. Tal vez preocupado por eso no me importó lo más mínimo que ella no estuviera esperándome en el banco de siempre. Anduve hasta su portal como ausente, llamé al timbre y bajó e hicimos lo de todos los días. Durante esa semana vi al Desecho todas las tardes en el tren. El asiento junto al suyo estaba invariablemente libre, así que en esos cuatro o cinco viajes pude saber unas cuantas cosas sobre él. Las que he mencionado antes y otras del estilo de que hay que tener mucho cuidado con las consecuencias de los actos de uno, es cierto, pero mucho más con las consecuencias de las omisiones. Que son más lentas e intangibles y a menudo no se descubren hasta que estás al borde de la muerte o de tener un hijo o de perderlo o de otras situaciones irreversibles. También averigüé que una persona decente jamás vuelve a ser la misma después de atropellar a un ciclista, se dé a la fuga o no, que se lo dijo una vez un tipo que entró a sacar dinero en el cajero en el que él dormía, que también le aseguró que a esas alturas ya le importaba una mierda la posibilidad de que él decidiera intentar salir de su miseria chantajeándolo. El Desecho me prometió que ni se le pasó por la mente esa opción. En cambio, dijo, esa noche no pudo pegar ojo preguntándose qué derecho tenía aquel tipo a joderle la creencia de que era una de las personas más jodidas de la ciudad. Y, bueno, no sé qué más. Me sabe un poco mal no haberle deseado suerte la tarde en que vi claro que no quería volver a verlo. Al contrario, antes de bajar del tren le dije, no sé por qué, hasta mañana. Tampoco ese día había nadie esperándome en el banco. No me extrañó en absoluto. Recorrí el apeadero, atravesé el paso subterráneo y esperé el tren que me llevara de vuelta a casa. Empezaba a hacer frío de verdad. Pero ni temblé ni tirité. Ni Pedro/Pablo, ni el Desecho, ni ella forman ahora parte de mi vida.

01
jul
10

Los sueños sueños son, y por la mañana más

Anoche dormía en la calina de mi habitación y soñaba que volvía a ser pequeño. Tan pequeño que jugaba y no tenía en la cabeza nada más que lo que tenía en las manos. Unos cuantos clics de playmobil o puede que todavía famobil. Y un par de Masters del Universo. He-man y un chino tan musculoso como el primero pero mucho más moreno y con una mano de imitación de metal dorado colocada siempre al más puro estilo karateka, como si esperara que alguien le pusiera un ladrillo delante para partirlo de un golpe seco y dar sentido así a su nacimiento artificial. En mi sueño los juguetes me pesaban en las manos justo lo que desde mis treinta años recordaba que pesaban al estar despierto teniendo nueve o diez, y mi niño onírico se asombraba fugazmente de tener esas diferentes perspectivas sobre un mismo hecho y no saber por qué. Pero en mi sueño yo era listo y no me preguntaba demasiado las cosas. Simplemente dejaba que ocurrieran y optaba sabiamente por seguir jugando con los muñecos. Hacía que se pelearan entre ellos en un rincón del suelo de la salita de mis padres, que dormido volvía a ser también la mía. Los pequeños clics se lanzaban sobre sus gigantescos enemigos como poseídos por una fuerza muy superior a la que cabía en sus cuerpecillos. Como si estuvieran drogados o movidos por un ansia de venganza y sangre que ocultaban a la perfección tras sus amplias sonrisas de media luna. A pesar de no tener articulaciones hundían sus rodillas y sus codos en los abdominales superdefinidos de los Masters y les rompían todas las costillas porque yo hacía ruido de huesos fracturados con la boca. Tras la pelea, cuando los dos titanes ya no eran capaces ni de mover un dedo y los clics supervivientes lanzaban rabiosos gritos de victoria, recogía solemnemente los restos de vencedores y vencidos, los transportaba entre mis manos y mis antebrazos al cuarto de baño, cerraba la puerta con el culo, los depositaba juntos en la pila del lavabo y los empapaba en alcohol 96º. Luego me sacaba una caja de cerillas del bolsillo de los pantalones cortos y los guerreros se convertían en una bola de fuego azul lento y silencioso que incendiaba la sensación de victoria y la sensación de derrota y me hacía pensar que todo era posible y que nada era definitivo. De pequeño me gustaba mirar ese fuego, cómo fluía, cómo recorría la piel sintética de los soldados cubriéndola de una espuma multicolor de burbujas y cráteres palpitantes. Me encantaba mirarlo, sí, hasta que el humo plastificado se hacía demasiado denso y me entraba miedo de que mis padres me sorprendieran jugando con fuego. Entonces dejaba correr el grifo y la dignísima pira funeraria se convertía de un plumazo en un simple montón de plástico medio quemado made in Taiwan.

Por eso no me extrañó despertar al mundo sofocante de mi cuarto justo en ese momento de mi sueño, cuando lo profundo y lo simbólico había terminado ya. Cuando lo único que quedaba de mi recreación era una mancha negra escurriéndose por el desagüe de mi mente y un mareante olor a pvc carbonizado girando en forma de volutas tóxicas en los remolinos de mis fosas nasales.

Me quedé un rato en la cama saboreando lo que había visualizado. Me había gustado la experiencia. Supuse que era lógico, supuse que a todo el mundo le gustaría volver a ser un niño. No por el tópico ese de que la infancia es una etapa llena de amor y felicidad. La verdadera explicación del dulce sabor de boca que me había dejado ese sueño, puede que muy evidente desde hacía años para quien quisiera haberla visto, vino a mí como un rayo luminoso y cruel desde la penumbra que rodeaba mi cuerpo sudado: cuando eres un crío estás a tiempo de elegirlo todo, e incluso de desechar mil veces lo elegido y volver a probar suerte. Si decides ganar o perder, si quemas tus juguetes favoritos, no deja de haber un mañana para solucionarlo o para que alguien lo solucione por ti.

Un rayo cruel porque, claro, el reverso de tal revelación de duermevela constituía también el reverso de esa dulzura, y de un modo instintivo o al menos poco racional empecé a desear no haber tenido ese sueño. No quería añorar la seguridad y las posibilidades de futuro de un pasado que ahora, a oscuras y asfixiado de calor en la habitación más abrasadora de un piso de alquiler y compartido, resultaba evidente que no se había convertido en presente del modo deseado. No había ninguna necesidad de desvelarse dándole vueltas a fracasos irreparables. No, no tenía ni putas ganas de respirar ese olor a cosas muertas e incineradas que me había traído conmigo de mi viaje al inconsciente, pero no podía quitármelo de encima, de dentro, de debajo de las sábanas. De todas partes. Me froté la nariz con el dorso de la mano y cambié de posición sobre la cama con la intención de enterrar la pituitaria en la almohada y atontarla con el olor aséptico de mi suavizante marca blanca. Fue entonces cuando me di cuenta.

El ventilador, podía oírlo, seguía girando a ritmo normal sobre la silla en que lo había depositado antes de apagar la luz e intentar dormirme. Lo inusual era que el cable que lo unía al enchufe de la pared ardía con un tenue resplandor eléctrico a lo largo del suelo. No iluminaba gran cosa, ni hacía el menor ruido. Era como una culebra sigilosa cuya lengua chisporroteaba traicionera allí donde el cable se había pelado iniciando el incendio. Eso pensé: que una bestia de medio metro ajena a la fauna de este mundo se había colado en mi casa con la sola finalidad de acabar conmigo mientras dormía. Y me puse nervioso. Me levanté deprisa, creo, pero sentí muy torpes mis movimientos. Y en un instante que me pareció un año entero me acerqué a la toma de la pared y arranqué el enchufe. Durante esos escasos segundos me invadió un montón de veces la certeza de que por alguna extraña razón que no era capaz siquiera de entender pero que me resultaba irrebatible, la electricidad se iba a extender a la velocidad de la luz por el suelo o por las paredes o por el aire para partirme en dos como a uno de esos capullos que salen en Impacto TV o en la web de Rotten, ésos a los que un buen día les atravesó un rayo mientras jugaban al golf o plantaban una sombrilla en la playa bajo una legión de nubes negras y rugientes. Sólo que yo no llevaba encima un driver de titanio ni estaba respirando salitre marino, joder. Yo sólo me había propuesto dormir un par de horas y seguir con mi modesta vida cuando abriera los ojos. Por eso, por su injusta ridiculez, me asustó todavía más la perspectiva efímeramente inexorable de que a la mañana siguiente, al darse cuenta de que no salía para irme a trabajar, mi compañero de piso abriría la puerta y me encontraría calcinado en el suelo, humeando por los ojos y por las axilas y con la licra de los calzoncillos fundida y confundida con mis genitales. Así es, de verdad: aunque parezca una tontería, por un momento estuve absolutamente convencido de que iba a morir electrocutado o quemado o asfixiado o todo a la vez en mitad de una noche tan vulgar o especial para el resto de habitantes de La Tierra como ellos mismos se hubieran ocupado de merecer.

Supongo que por eso, cuando logré templar los nervios, desconectar el ventilador y comprobé que no me sucedía nada mortal, me sentí como un niño al despertar de una pesadilla habitada por monstruos. Relajado, ligero, liberado. Me sentí casi feliz. Mientras contemplaba languidecer las llamas rojizas que aún ardían en el cable negro como estrellas en extinción, remotas e inofensivas, experimenté aquella sensación infantil casi olvidada. La de haber superado un problema y tener por delante un mañana sobre el que nada de lo ocurrido esa noche tendría la mínima repercusión. Un mañana que podría ser un punto cero sólo con que así lo deseara yo. Lleno de posibilidades, de gente, de cosas, de ratos que aprovechar aunque sólo fuera por el hecho de haber sobrevivido a un incendio que había descubierto antes de convertirse en mi incineradora. Y esos agradables pensamientos estuvieron conmigo hasta que volví a dormirme, profundamente y sin maldecir el calor ni el olor a chamusquina que se adhería a mis pulmones.

Lo malo es que hoy no he oído el despertador a la primera y mientras corría de aquí para allá lavándome los dientes, haciendo el café e imaginando la repugnante cara que pondría mi jefe por mi retraso no he encontrado el momento para recordar todo lo que aprendí anoche. Y mucho menos para ponerlo en práctica.

He salido de casa a toda prisa, he bajado la escalera de tres en tres, he pisado la calle ya sudado, he sido el primer cliente del estanco de aquí al lado y me he subido en el coche rezando para no encontrar demasiado tráfico, para no retrasar aún más mi llegada a ese trabajo que tanto asco me produce. Y he tenido suerte. He tenido suerte incluso a la hora de encontrar donde aparcar, lo cual me ha servido para establecer una nueva plusmarca personal en el único deporte que practico: atravesar la ciudad de punta a punta en mi Astra de diez años: 13:33 minutos. Todo un récord.

Además, en lugar de atravesar la avenida de la oficina por el paso de peatones he decidido optimizar tiempo y distancia y cruzarla por la parte más cercana a donde me encontraba. Era un buen momento. No venía nadie. El típico agujero que se produce en el tráfico como consecuencia de los márgenes de seguridad con que interactúan los semáforos se abría ante mí caritativo, predispuesto a facilitarme el camino. Así que he aprovechado para lanzarme al asfalto sin darme cuenta de que antes de la calzada había uno de esos carriles color ocre. Y no era precisamente el carril-bici. Era el que utiliza el bus para ahorrarse embotellamientos y hacer más eficiente el servicio de transporte urbano. No me he dado cuenta hasta que un bocinazo que bien podría haber sido el sonido de las mismísimas trompetas del infierno me ha sacudido de pies a cabeza casi físicamente, como si una supermano me zarandeara con la intención de descoyuntarme todos los huesos. Sólo me ha dado tiempo a ver de reojo cómo una silueta cúbica de color rojo sangre se agrandaba y se agrandaba en la periferia izquierda de mi campo de visión. No me ha sido difícil imaginar cómo se aplastaría mi hombro zurdo de un momento a otro. Cómo se achataría mi cráneo en cuanto las toneladas de metal municipal impactaran contra mí. He pensado en sandías reventadas y en una lata de coca-cola plegada sobre sí misma en el arcén de una autopista. Pero no: la mole ha conseguido frenar a unos centímetros de mí sin más consecuencias que el apiñamiento de viajeros en la parte delantera del vehículo, que rápidamente y con gran despliegue de aspavientos se han unido a la indignación del conductor, que salpicaba de saliva el parabrisas insultándome y amenazándome y que parecía querer matarme por no haberme matado.

Yo, la verdad, no le he prestado mucha atención. El calor que proyectaba sobre mi cara la chapa del bus y el modo en que el sol se reflejaba en el metal la acaparaban toda. Era precioso. Ni el sol de California se le podría comparar. Hipnótico y contra natura allí, arrancando destellos imposibles al logo de Renault. Incluso me ha costado más de la cuenta hacerme a un lado y dejar que el 41 y su conductor y las demás vidas que en él viajaban siguieran su destino. Estaba como en trance. Y así sigo. Dos conatos de muerte en tan sólo unas horas. Tiene que ser una señal. Es la conclusión a la que he llegado. La razón que he encontrado para intentar invertir mejor mi tiempo, volverme a casa y escribir esta sarta de gilipolleces que vienen a querer decir que no es tan difícil proponerse ser feliz.

14
dic
09

Arpones

No sé muy bien qué hago en la calle a las 10:00 de la mañana. Probablemente la razón sea la habitual: buscar la sensación de que aprovecho el tiempo de algún modo, que voy y vengo y voy como cualquier otro ser vivo. Y sí, a veces me basta con dar una vuelta por los alrededores y oír el ruido del tráfico y el blablabla subterráneo de la gente para creerme medio integrado en una especie de Todo confuso y hostil pero Todo al fin y al cabo. Sin embargo, lo cierto es que es excepcional que esto me sirva de algo. Hoy tampoco me está siendo útil. Al contrario; no me he alejado más de cien metros de casa y ya estoy saturado de recorrer este Esto en el que he nacido y vivo y procuro vivir un día más. Así que cuando estoy a la altura de la armería de la esquina doy media vuelta sin siquiera echar un vistazo a lo que hay en su escaparate. Sin tan siquiera fantasear con la idea de que si viviera en USA podría odiar también a la gente con casas con jardín y con tartas de manzana en la ventana y con rancheras con puertas de contrachapado y con perros llamados Skip y con rifles bajo la almohada. Podría odiar a los hiphoperos del cuarto mundo rellenos de crack. Y a los gerentes de motel rancio de superautopista. Y a los brokers y a los vaqueros analfabetos y a las patinadoras de Malibú con sus piernas intocables. Y entonces escribiría mejor. Mucho mejor. Y tendría más posibilidades de que un tarado llegara a ser el mandamás de una editorial de medio pelo y de que debido por una parte a su cociente de borderline y por otra a mi exótico nombre europeo decidiera publicarme algo. Porque aquí todo es light. Jodidamente light. Desde las armerías hasta las editoriales, pasando por la tristeza, la felicidad, la mediocridad, el éxito, el fracaso, el amor e incluso la violencia de la gente. De manera que decido desandar el trecho mirando al suelo y encerrarme en mi cuartito a intentar poner algo por escrito o a intentar poner algo en orden, que viene a ser lo mismo. Quienes se cruzan conmigo durante el breve trayecto podrían no ser nadie o ser mi padre, mi jefe, mi asesino o la futura madre de mis hijos, pero eso es una remota posibilidad que prefiero matar por completo. Prefiero reducirlos a todos a un par de piernas, sin cara y sin voz. Simples piernas, todas ellas calzadas con zapatos de mal gusto, lo cual me hace aún más fácil de lo normal despreciar a sus propietarios, o compadecerlos si su falta de elegancia es especialmente lamentable. Por suerte o por desgracia, cuando estoy a punto de alcanzar la seguridad fría de mi portal algo se me mete en la nariz. Un aroma que se impone sobre el tufo del humo, el asfalto y la basura más o menos orgánica en descomposición. Sin duda, huele a perfume femenino. Pero lo que estoy inhalando no es solamente una combinación de extractos aromáticos y potenciadores químicos. Lo sé porque una de las cosas que hago cuando me aburro o me asqueo más de la cuenta es recorrer la sección de Salud y Belleza del supermercado de aquí al lado. Higiene y Cosmética sería más exacto. En cualquier caso, no importa. El hecho es que me planto allí y me rocío con esos mejunjes que las chicas y las mujeres de barrio se ponen para sentirse un poco más guapas. Naturalmente, ninguno de los que pueblan la estantería supera los treinta euros. Pero da igual; todos huelen bien. Mejor dicho: todos huelen de un modo agradable, dulce, tranquilo. Huelen mucho mejor, sea el que sea, que una alcantarilla o que mi piso de alquiler compartido. Y, qué coño, con eso basta para vaporizármelo sobre las muñecas, detrás de las orejas o a lo largo de la yugular. Así que los conozco bien, y lo que estoy oliendo recuerda a uno que descubrí el otro día medio oculto al fondo del estante; aunque sólo vagamente. No me acuerdo de su nombre. Sé que no era Farala ni ninguno de esa calaña. Era uno que jamás había oído nombrar y del que no había visto nunca un miserable anuncio. Sentí curiosidad por conocerlo y me eché un poco en la muñeca. Ya no pude librarme de él en todo el día. Era un olor peculiar, como a flores, sí, pero flores de jardín de ciudad, mustias y sucias y que únicamente crecen gracias a los abonos industriales que les suministra el servicio de jardinería del ayuntamiento. Lo que quiero decir es que su esencia olía bien pero al mismo tiempo no evocaba nada especial. No pecaba por empalagoso ni por seco. Simplemente era un aroma discreto, ni vulgar ni arrebatador. Algo inocuo a lo que resultaba fácil acostumbrarse pero que a la vez no podías dejar de considerar una novedad agradable y digna de conservar en tu mundo. Justo igual que un parque o un jardín: una cosa diseñada para disimilar lo feo de una ciudad. Justo eso era aquella colonia: una cosa diseñada para disimular un poco lo feo de una persona. Una compañía inofensiva, cómoda y predecible. Un mero adorno. Anestesia ante la nada, y poco más. Y quizá el hecho de que se notara que no aspiraba a ser nada más fue lo que consiguió dejar marcada mi pituitaria. Quizá. Sea como sea, ya digo, no logré quitármelo de encima ni lavándome dos veces las manos. Y ahora vuelvo a percibirlo justo cuando estoy a punto de refugiarme en casa. Ya estoy tocando las llaves en el fondo del bolsillo y el olorcillo me sorprende y me hace levantar la vista en busca de su origen. O igual es lo que he dicho antes: igual todo lo que pasa es que en realidad no quiero enclaustrarme de nuevo. Puede que algo en mi interior me impulse a intentar aprovechar cualquier ocasión de distracción. Puede, incluso, que sólo se trate de hambre. No necesito esforzarme demasiado para llegar a la conclusión de que la ráfaga perfumada proviene del par de zapatos rojos de tacón que he visto pasar hace unos segundos, justo antes de unas deportivas chillonamente multicolor y después de unos mocasines desgastados. Así que me giro y arrastro la mirada por la acera y los localizo unos diez metros calle arriba o calle abajo, no sé, emitiendo a cada paso estridentes impulsos visuales que se clavan zaszaszas en mis pupilas. Como arpones, retienen mi visión y la arrastran con ellos. Y no es que sean especialmente bonitos. Son dos zapatos imitación de piel, con los bordes de las suelas repintados y tacos de goma en los tacones. Ni siquiera suenan como tendrían que sonar al pisar. Pero son rojos y brillan un poco, y eso es mucho más de lo que ofrecen todos los demás bultos que se mueven en el gris. Un buen reclamo, en definitiva. Al menos, un reclamo fugazmente atractivo desde una perspectiva sensorial, primaria. Lo seguiré un rato, por hacer algo, hasta que se diluya entre las pezuñas como el perfume barato en la polución. No le doy más de dos manzanas de vida. Lo malo es que a veces las cosas huecas dan de sí más de lo esperado. Corres el riesgo de que te atrapen para siempre. Me basta con atreverme a levantar la barbilla un segundo para ratificarlo por enésima vez. Ver a toda esa gente vacía, sin una verdadera expresión en sus caras, como resignados a esperar eternamente algo que nunca llegará porque para eso deberían dejar de recorrer el mismo tramo de acera día tras día. Engañándose a sí mismos. Intentando convencerse de que las cosas no les van tan mal porque quizá el mes que viene les suban diez euros el sueldo, porque su pareja les ha dicho que siempre les querrá o porque el perro por fin ha aprendido a no mearse en la alfombra. Con todo, me concentro en el filo de esos tacones y me digo que estaría bien mantenerlos a mi alcance más de dos manzanas. No, no sería un mal final.

16
sep
09

Otra terapia fallida

Mientras meto el bote de tomate frito en la cesta me invade una sensación de triunfo y pienso que a lo mejor las cosas no tienen que ser siempre así. Que quizá en algún momento de su pasado la vieja que acaba de preguntarme si sé dónde está el papel higiénico no olía a orines y lucía más dientes que mellas y te miraba a los ojos al hacerte esa u otra pregunta y no hablaba de ese modo avergonzado y tembloroso de quien se sabe desagradable a los sentidos. Pienso o me esfuerzo en pensar en que tal vez hubo una época en la que no salía a la calle con las medias sucias enrolladas en los tobillos. Incluso es probable que así sea, me digo. Pero lo que es casi seguro es que esa suciedad, esa peste, ese deterioro con los que deambula desorientada por el supermercado le acompañarán hasta que se muera. Dentro de poco. Desnucada en la ducha mientras en un arranque de pseudorresurrección intenta limpiarse la roña de los pies. Mientras su hijo o sus hijos cagan o follan o roncan o cumplen eficientemente con su jornada laboral en una cadena de montaje o en la sección de ropa de señora de un centro comercial o en un despacho de abogados, qué más da.

Me identifico con la anciana. Aún no tengo hijos cabrones, pero también me pierdo en los supermercados. Y cada vez que me veo en la necesidad de entrar en uno de ellos siento que se me vienen encima esas montañas de productos. El ir y venir de la gente, el bip-bip de las cajas registradoras, los reponedores a punto de atropellarte en cada recodo con sus pequeños montacargas hidráulicos. Todo ese derroche y esa prisa absurda. Me ciegan, me hacen perder la perspectiva y a menudo salgo huyendo de la tienda sin lo que había ido a buscar. Por eso el hecho de haber sido capaz de encontrar el tomate frito con el que a lo mejor consigo condimentar algo de pasta hace que hoy me sienta más realizado que cualquier día de los últimos meses. Mi madre estaría orgullosa de mis progresos en el terreno de lo que mi terapeuta llamaría habilidades sociales. La venera igual que el más ignorante de los indígenas del más sucio culo del mundo veneran al brujo de su tribu. Lo que mi madre no sabe ni sospecha, gracias al respeto que le obligué a jurar a la confidencialidad médico-paciente como condición para concederle su deseo de someterme a tratamiento, es que mi terapeuta murió hace ya medio año y que desde entonces el dinero que me da cada lunes para mis supuestas dos sesiones semanales me sirve para sufragar otro tipo de terapias.

Tenía las paredes de la consulta repletas de diplomas y otros títulos impresos en papel de arroz de ésos que se utilizan para demostrarle al mundo lo inteligente que has llegado a ser después de años siguiendo diversos planes de estudios. Que puedes servir de modelo, guía o faro para algunos de tus congéneres, más jodidos que tú. Puede que así fuera, no tuve tiempo de comprobarlo. Además era una mujer relativamente guapa para tener cuarentaitantos. No sé, quizá lo tenía todo. Pero al poco de empezar mi tratamiento llegué una tarde al edificio donde se encontraba su consulta-casa y un cordón policial me impidió entrar en el portal. Había caído justo delante. Imaginé su despacho en el séptimo piso, unos treinta metros en vertical y hacia arriba desde la sábana que se abombaba en la acera cada vez que se levantaba una ráfaga de viento un poco más fuerte de lo normal. Imaginé sus diplomas allí arriba, colgando de las paredes de la habitación. Si sus átomos de celulosa pudieran pensar o hacer algo parecido a pensar se sentirían un auténtico fracaso. Tan inútiles como los protagonistas de las fotos enmarcadas de, supongo, parientes o amigos o un Yorkshire que había encima de su escritorio y de las que yo sólo llegué a ver su aterciopelada parte trasera durante el par de sesiones que me senté frente a ella a escuchar cómo podía y debía mejorar mi vida.

Le dio tiempo a hacerme un test de inteligencia y otro de personalidad. Poco más. Algunos comentarios al respecto. Dijo que no debía preocuparme demasiado, que mis resultados se movían en los parámetros de la normalidad, que lo mío no era un problema especialmente grave. Nada que no pudiera solucionarse con su ayuda y un firme propósito de mejora y actitud positiva por mi parte, algo así dijo, irradiando empatía y buen rollo, pocos días antes de decidir tirarse por la ventana. Tópicos, en definitiva. Lo que te dicen tus amigos cuando te sinceras con ellos. Lo que te dice gente que no ha dedicado gran parte de su vida a estudiar los entresijos de la mente humana. Gente que reparte cajas de Fanta por los bares o gente que espera que su papá ricachón le ingrese su asignación mensual en la cuenta corriente. Gente que se mueve en los parámetros de la normalidad. Supongo que por eso no me afectó gran cosa la muerte de mi psicoterapeuta; incluso en los alrededores de la vida del más retraído de los seres humanos puedes encontrar docenas de buenos samaritanos dispuestos a prestarte sus oídos y regalarte unos minutos de su sabia voz. Y por otra parte, ya digo, desde que mi doctora decidió borrarse de la vida a la que ayudaba a adaptarse a tipos como yo cuento con quinientos euros extra al mes. Y eso, al menos para mí, es cantidad suficiente para asimilar mejor la muerte de una absoluta desconocida, aunque quizá le hubiera empezado a relatar algunos de mis miedos y mis deseos, que en realidad vienen a ser lo mismo.

De manera que está muy bien que mi madre ignore la condición cadavérica de mi loquera y siga confiando ciegamente en su supuesto poder para reconducir mis procesos cerebrales. Todos contentos. Los lunes y los jueves, antes de supuestamente asistir a mi sesión de psicoterapia, voy a comer a casa de mi madre. Le doy un beso al llegar y otro al irme. En el intervalo como de caliente, alguna que otra vez me ducho con gel de ph neutro y abuso del Axe Musk que mi hermano pequeño esconde en el fondo del armario para sus citas especiales. Y mientras tomamos el café le cuento a mi santa madre historias inventadas sobre mis maravillosos avances. Lo mucho mejor que me siento desde que tuvo la valentía de obligarme a ir al médico. Que ya no recordaba lo que era estar más o menos en paz conmigo mismo. Lo orgullosa que se siente la doctora de mi evolución. Que me ha pedido permiso para exponer mi caso en una conferencia que dará la semana que viene. Cosas así. Cuánto me alegro, hijo mío, suele contestar ella. Sólo si la conversación es especialmente afable hasta se atreve a besarme la frente. Y de tanto en tanto se deja llevar por un arrebato temerario y me sugiere con delicadeza que tal vez dentro de poco ya esté en condiciones para buscarme un buen trabajo. Entonces, dice, ya me podría morir tranquila. Pero lo normal es que simplemente me verbalice su alegría y me deje marchar en paz, sintiéndome bien por haber encontrado una manera de hacer que ella se sienta bien. Lo malo es que a veces se emociona demasiado al escucharme y se le saltan unas pocas lágrimas. Lo que invariablemente me hace dudar si llora de felicidad o es que de algún modo percibe, racional o irracionalmente, mis mentiras. Y como no estoy dispuesto a renunciar a mi modesto salario mensual, cuando eso ocurre opto por quedarme con tal incertidumbre, renunciar a la efímera placidez de saberme un bienhechor y dejarle a ella la responsabilidad de desvelar mi pequeño secreto, si es que realmente quiere hacerlo.

Con los quinientos euros pago mi mitad del alquiler de un piso en el extrarradio. La otra parte la atiende un estudiante alemán que ha venido a aprender castellano. Se llama Sven, es de padre sueco y tal vez por eso al principio sus facciones me resultaron mucho más suaves y agradables que las que, según mis escasos conocimientos antropológicos, corresponderían a un teutón de pura cepa. Las primeras semanas la convivencia fue bastante fluida. Una transacción cómoda y justa: yo le dedicaba unos minutos al día de conversación, normalmente breves y sencillos comentarios a colación de los larguísimos discursos sobre su familia, amigos, aficiones, intereses y deseos vitales que me brindaba mientras yo navegaba por la red o fumaba asomado a la ventana, y el sueco-alemán me correspondía llenando la nevera de cervezas y cocinando suculentos platos de la tierra de sus antepasados. Como su dominio de nuestra lengua estaba lejos de ser profundo y/o extenso y/o exacto, las cosas marchaban bien para mis intereses. Si yo me callaba él se callaba. Ni siquiera tenía que pedirle que cerrara la boca de una puta vez y se largara a cazar renos. Como mucho en alguna que otra ocasión se ponía a murmurar lo que intuyo que serían insultos en alemán o sueco o lo que fuera y me miraba con el ceño fruncido desde sus casi dos metros de altura. Pero no me importaba. Oír aquélla sucesión de fonemas ininteligibles llegaba a ser casi como uno de esos estúpidos mantras. Como oír llover: algo que la mayoría de las veces puedes sobrellevar, como mínimo, sin alterarte demasiado. Y puesto el tipo provenía del civilizado norte de Europa tampoco temí nunca por mi integridad.

Pero lo bueno acaba pronto. Las cosas empezaron a torcerse cuando un buen día me di cuenta de la culminación de un proceso que seguramente había durado un tiempo relativamente largo y que me había pasado totalmente desapercibido. Estaba tumbado en el sofá jugando a la Play sin sentirme llamativamente bien ni llamativamente mal conmigo mismo ni con nada ni nadie en especial cuando Sven apareció en el salón, se acercó a mí, me agarró de los tobillos y depositó mis pies en el suelo. Entonces sentó sus cien kilos de carne rosada y pelo rubio en el espacio que antes habían ocupado mis extremidades inferiores y me dijo, juraría que con estas precisas palabras, Eh, tío, ¿no crees que deberías hacer algo con tu vida de una puta vez? En un primer momento, más que el contenido de su mensaje me chocó la forma en que lo había expuesto. De la noche a la mañana el tipo conjugaba los verbos con total solvencia y manejaba a la perfección expresiones malsonantes sin apenas manifestar el acento de su lengua materna. Lo cual me hizo comprender de golpe que la idílica relación que hasta ahora habíamos mantenido se acababa de ir a la mierda. Entendí que desde ese instante estaba condenado a un nivel de interacción más profundo y cercano con mi compañero bárbaro-vikingo. Algo así, imagino, como cuando un crío les dice por primera vez papá o mamá a sus progenitores. Un salto de calidad quizá inevitable pero que no por ello dejaba de llenarme de pereza y, por qué no decirlo, de un cierto y creciente desasosiego. Básicamente porque por el tono en que el gran Sven me había formulado su pregunta-reproche y el lenguaje gestual con el que se había dirigido a mis frágiles tobillos entendí que el rol de niño en nuestra repentina y extrañísima relación paterno-filial se me acababa de adjudicar a mí. Y es que, y para ello no había más que analizar someramente la morfonsintaxis de la cuestión que el germano me había planteado, era evidente que me había catalogado como un inútil, un fracasado, un outsider y todos esos sinónimos que, con mayor o menor recurrencia a lo largo de mi vida en función de mi estado anímico coyuntural, siempre he tenido la impresión de que la gente que se mueve en los parámetros de la normalidad asocia a mi persona.

En definitiva, aquel día Sven ejecutó de modo implacable pero al menos sin derramamiento de sangre un golpe de estado en nuestro modesto piso compartido. Ni que decir tiene que desde entonces nuestro trueque migajas de atención-comida y bebida dejó de regir las operaciones comerciales de la casa. Además, casi al mismo tiempo el invasor bávaro empezó a hacer amistades más allá de nuestros tabiques. Amistades que, probablemente por su imponente físico y el toque exótico que supone ser extranjero -pero europeo- en un país de mierda como éste, pertenecían al sexo femenino. De modo que hoy por hoy la colonización de mi morada ha alcanzado a todas las estancias comunes. El dvd del salón está perennemente ocupado por las películas suecas o los documentales de National Geographic o los cursos de perfeccionamiento del castellano que tanto les gustan a mi tiránico compañero y a sus flamantes coleguitas, tan obsesionados como él con la mierda de aprovechar el tiempo, aprovechar la vida, cultivarse, cuidarse, mejorar personalmente y mejorar este glorioso mundo. Ya ni siquiera encuentro en la nevera las cervezas con que en tiempos mejores tan gentilmente me obsequiaba este tipejo. Ahora lo que abunda son los tetrabricks de soja y el zumo de pomelo. Pero lo peor es que la enorme invasión rubia ha traspasado incluso las paredes de mi humilde cuarto, pues Sven duerme en la habitación contigua, donde también folla, sonoramente.

Así que en mis pocos ratos de paz me encierro en mi cubículo y pienso que algún día las cosas mejorarán. Y procuro salir a la calle lo menos posible. Hoy he ido a por tomate, es cierto, pero aún es más cierto que lo he cogido de paso, después de comprar veinticuatro cervezas. En fin, intento salir a la calle sólo cuando es estrictamente necesario. Porque cada vez que lo hago me doy cuenta de que, por ejemplo, no me gustan los supermercados. Ni la gente que se ve por sus pasillos o detrás de sus cajas registradoras. No me gusta lo que se mueve por la calle. Ni los que son escoria ni los que se creen brillantes.

18
may
09

Ésta es tu obra

Cuando te despides del tonto de la puerta empiezas a sentirte un poco más solo de lo habitual. De repente distancias abismales abriéndose más y más y más entre tú y todo cuanto has conocido en la vida. Incluso el murmullo de la radio que sale de la garita te llega en un idioma que no entiendes o que no existe, y no te sorprende lo más mínimo. Y ese hueco oscuro, húmedo y silencioso desgarrándote las tripas o quizás el corazón en el momento que le dices al tonto Bueno, tío, hasta la vista, mañana no vendré por aquí, cuídate. Ya sabes: de repente esa lejanía, ese vacío, ese agujero negro borrándote del mapa. Mucho más que soledad. Aislamiento. Probalemente exclusión. Siempre ha estado ahí, es cierto. Al menos lleva tanto tiempo ahí adentro que puedes decir/escribir sin que resulte exagerado que Siempre ha estado ahí. Pero ahora que en lugar de largarte lo antes posible sientes la necesidad absurda de detenerte para decirle adiós a un pobre tarado que ni siquiera sabe tu nombre, ahora te agarra de golpe esa Nada en toda su inmensidad negra y terrible. Expandiéndose como cáncer. Comiéndote de dentro a afuera. Y notas cómo te difuminas todavía un poco más cuando el retrasado alza su voz por encima del zumbido de las turbinas y del planc plan bum bum de toneladas de maquinaria pesada que atraviesa los muros de cemento armado y te pregunta Por qué te vas. Nada más. Ni una exclamación de sorpresa, ni un comentario de solidaridad. Sencillamente te pregunta Por qué y espera tu respuesta mirándote fijamente con sus ojos inexpresivos. Ojos de pez. Esos peces bobos que boquean durante horas contra el cristal de su acuario hasta que deciden que lo mejor que pueden hacer es ponerse a mordisquear su propia cola. De hecho, te lo has encontrado unas cuantas noches pajeándose en el armario de los productos de limpieza o en un descansillo de las escaleras. Siempre se sube la bragueta como lo haría un crío sorprendido en plena travesura. Así que es fácil entender que te lo pregunte igual que lo haría uno de esos estúpidos peces naranjas si tuvieran capacidad de fonación. O igual que lo preguntaría, pues eso, un niño de cinco años o un borderline como él. Alguien que de verdad no entiende lo que está pasando. Alguien que de verdad muestra interés -remoto pero interés al fin y al cabo- por entenderlo. Al menos es lo que parece. Lo malo es que el gilipollas que tienen en la puerta trasera y que lo único que hace es barrer las colillas de la acera cada diez minutos no es la persona ideal ante la que maldecir la crisis, el egoísmo de todos los patrones del universo y, particularmente, cagarte en la puta madre de tu jefe. Vuestro jefe. De manera que sólo aciertas a decirle que el jefe ya no tiene dinero para pagarte. Y desde su lógica obtusa e implacable el tarado te pregunta Pero ¿quién enrosacará ahora las tuercas de los coches? Así le resumiste una noche parecida a ésta tu trabajo en la cadena de montaje. Una noche parecida a ésta y a todas, en realidad, en que la oscuridad no cae lenta y acogedora de las lucecitas que brillan en el cielo a miles de años luz, no, sino que más bien parece salir reptando de los alcorques plagados de mierdas e insectos sucios, de las alcantarillas y de los ojos rojo esputo de las ratas que se pasean por ellas. El caso es que sin ninguna necesidad, seguramente sólo por hablar un rato con alguien aparentemente inofensivo, incapacitado para juzgarte, le contaste con palabras que entendería un alumno de primaria lo que hacías seis días a la semana en la superfactoría que él vigilaba, vigila y vigilará mañana como un fiel perro guardían. Igual de estúpido, husmeando el aire con un hocico igual de baboso. Y a estas alturas tampoco tiene mucho sentido marear al pobre tipo. Ya tiene bastante con ser, probablemente, el hijo bastardo de alguno de los directivos. O algo aún peor, vete a saber. Total, que renuncias a aportarle cualquier información más ajustada a la realidad y te limitas a contestarle Tranquilo, ya han encontrado a otro que ajustará esos tornillos tan bien como yo y por la mitad de sueldo. Y notas que tus palabras le alivian. El pobre cabrón está realmente fidelizado por la compañía. Aunque de inmediato la preocupuación vuelve a invadir su entrecejo superpoblado. Y tartamudeando un poco pone en tus manos su insignificancia entera y te dice si crees que el jefe seguirá teniendo dinero para pagarle a él. Es curioso, piensas, hasta los subnormales se preocupan de sí mismos más que yo. Le respondes que claro, que su trabajo en la puerta de la fábrica es insustituible, que nadie podría hacerlo mejor que él. Entonces el tipo resopla teatralmente, llevándose una mano al pecho. Te sonríe dejando ver una fila de dientes que parecen de leche, demasiado pequeños, blancos y separados para ser los de un hombre unos diez años mayor que tú. Te suelta Que te vaya bien. Y nada más. Ni un gesto de ánimo, ni uno de esos ofrecimientos que se hacen por quedar bien. Nada de Bueno, tío, si necesitas cualquier cosa… Sencillamente te suelta Que te vaya bien y se aleja canturreando hacia su garita. Y qué vas a decirle/hacerle; no es más que un tonto. Y aunque no lo fuera tendrías que esperar justo lo mismo.

En fin. Subes al autobús de la empresa que te devolverá a casa por última vez y mientras esperas que se llene con los trabajadores que acaban el turno 14-22 te sientes un poco más solo de lo habitual. Te entretienes observando cómo crece el flujo de coches que allá en la autovía te deslumbran con sus faros al tomar el desvío hacia el complejo industrial en el que has malvendido los dos últimos años de tu vida. Son los peones del turno 22-06, acudiendo como enjambres de abejas obreras a la llamada del polen. La hipoteca, el colegio privado de sus hijos. La puta tele de plasma. Todos esos reclamos para patos humanos. Los de tu turno poco a poco van saliendo de las duchas y se desperdigan por los asientos del vehículo. Delante y detrás de ti. A tu alrededor. Desde que la crisis aprieta son muchos los que se dejan el coche en casa y usan el servicio de transporte de personal de la empresa, así que el autobús va casi lleno de vuelta a la ciudad. Y es una mierda porque nunca te ha gustado mucho la gente. Ni te gusta que el aire huela a moqueta polvorienta y a gel de baño pero la mayoría de tus compañeros de viaje aún tengan restos de grasa grasa grasa en las uñas. Tú también. Pero estás seguro de que hoy a ti te molesta más que a ellos llevar la huella de tu trabajo (antiguo trabajo) marcada en el cuerpo. Porque de golpe toda esa suciedad externa e interna ha dejado de verse disimulada por unos cuantos euros y un descuento especial si decides comprarte un utilitario de la compañía. Te han privado de un plumazo de todas esas recompensas -o meras compensaciones, sin más, simples placebos para no convertirte en un francotirador o un saboteador de transportes escolares- desde que hace un par de horas pidieron por megafonía que acudieras al despacho del jefe de personal. Si el mundo fuera justo o simplemente habitable, exactamente del mismo modo -de cuajo, con meticulosidad y para siempre- un par de señoritas de buen ver contratadas al efecto por la empresa deberían haberte limpiado la mierda que has tragado gracias a ellos o por culpa de ellos durante todo este tiempo. Haberte borrado de la memoria la porción de vida que has tirado a la basura en ese sitio que empequeñece en la luna trasera del bus, haberte pedido perdón por todas las cosas que no has podido hacer por tener que cumplir escrupulosamente tu turno de trabajo. Pero en lugar de eso el subordinado del subordinado del jefe de personal te ha explicado lo que hay (justo así: esto es lo que hay) y te ha dado un cheque y las gracias por los servicios prestados. Y ahora, sentado entre hombres cansados, algunos tatuados y unos pocos que podrían haber sido actores de hollywood o técnicos de laboratorio y otros muchos calvos y absolutamente todos evidentemente asqueados de sí mismos por mucho que de tanto en tanto una risita seguro que de génesis obscena -es lo único que queda- brote de algún punto del pasaje, te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo te convertiste en un jodido gilipollas. Por qué coño le has devuelto el agradecimiento a ese oficinista estirado en lugar de pegarle una patada en los cojones y abandonar la factoría convertido en leyenda aunque sólo fuera por unos días. Al menos ahora tendrías algo digno en que ocupar el cerebro en lugar de limitarte a mirar el paisaje nocturno que se desliza a veces rápido y a veces lento al otro lado de la ventanilla. Arcén y más arcén y señales de tráfico y manchas de aceite y un perro gris o sucio reventado con la mirada mate vuelta hacia las estrellas. Y piensas eso y otras cosas por el estilo. Tu cabeza se empeña en susurrarte cuando ya es demasiado tarde ideas según las cuales podrías haber salido de las oficinas más dignamente. Haberte largado a tiempo. Haber tenido el valor suficiente. Haber prescindido del qué dirán y haberte dedicado a escribir gracias a algún subisidio social o a alguna beca de ésas que les dan a los que tienen la cara de soltarle al funcionario de turno que son artistas desde que nacieron y que eso es mucho más duro de lo que parece y merecen beneficiarse de la bolsa y la vida que tú en la cadena de montaje y otros como tú en altos hornos, almacenes o panaderías os dejáis cada día. Ja. Y si no gracias a lo que te dieran por malvender tu viejo coche o pintar el chalé de algún conocido acomodado. Desde luego, lo que te resulta nauseabundo es haberles concedido la oportunidad de echarte como lo han hecho, como si fuera lo más normal del mundo. Como si te hubieran hecho un favor por pagarte una miseria a fin de mes durante estos años de tragar su estiércol, de tener que pedir permiso para ir a cagar, de no tener tiempo para sentirte un ser humano. Pero ahora te toca joderte porque eres un cobarde y un perdedor, te dice ese susurro, o quizá sólo demasiado permeable a la podredumbre que ataca y ataca todos los días en cuento pisas la calle. Y lo oyes perfectamente porque la radio del bus está enchufada pero ni voces ni música salen de los altavoces incrustados en el techo enmoquetado, sobre tu cabeza. Sólo emiten un zumbido magnético, iónico, eléctrico o como coño llamen a ese ruido irritante los técnicos de radio. Y, claro, te oyes demasiado bien mientras te dices que igual toda esta mierda es culpa tuya y sólo tuya.

Luego bajas del autobús y ya no te apetece despedirte de nadie. Tampoco nadie se despide de ti. Algunos obreros por los que no darías un céntimo, que imaginabas borrachos o drogados el tiempo que no estuvieran en el trabajo, se suben al asiento del acompañante de coches detenidos en doble fila y se alejan calzada arriba o abajo. Coches de personas que se han tomado la molestia de ir a recoger a esos seres tan poco interesantes con los que has compartido sudor y náusea durante dos años-siglos. Y de pronto te entran ganas de marcar El Puto Número a ver si esta vez hay suerte y te coge el teléfono. O puede que llevaras meses queriendo hacerlo. Da igual. El caso es que marcas 6 etcétera, y el resultado es el de siempre. Entonces el supervacío aumenta aún más entre tus costillas y se traga tu estómago y tus pulmones y tu corazón y ya no sientes arcadas ni te sacude la tos ni maldices tu suerte. Solamente andas sin ser consciente de ello en dirección a casa, como arrastrado por el caudal de una acequia pestilente, pensando que quizá lo mejor será empezar a comportarse de una vez como una verdadera rata. Adaptarse, aceptarse y demás, todo ese rollo de manual que la psicóloga te soltó durante tres o cuatro meses. Puede que por eso casi no te duela la visión de un grupo de adolescentes de aspecto simiesco -ellos- y de aspecto resudado -ellas- y de aspecto pura escoria -todos- chillando en el banco de un parque. Beben vino de tetrabrick y bailan como animales torpes o adeptos en trance la música entremezclada que se eleva de los móviles de última generación que todos llevan en la mano. Por primera vez en años los dejas atrás sin desearles la muerte porque comprendes que no tiene sentido seguir engañándote. Al fin y al cabo ellos son los trinfadores de la teoría de Darwin. Los que se adaptarán al medio mucho mejor que tú. Los que dentro de un lustro o puede que menos decidirán si el banco para el que trabajen te concede un préstamo para seguir tirando-tragando un tiempo más, por ejemplo. Y mientras notas que flaqueas definitivamente, que ya no hay vuelta atrás, pasas precisamente frente a uno de esos sitios. Una caja de ahorros, para ser exactos. Radiantemente iluminada con halógenos blancos que se proyectan a través de las cristaleras hasta tus pies. Hace esquina, así que tiene el aspecto de un gran cubo de cristal deslumbrante. Y con esos cajeros automáticos de diseño parecería la sala aséptica de mandos de una nave espacial si no fuera por el yonki que duerme o sólo descansa o simplemente se muere sobre el suelo de mármol. Justo bajo el stand de cartón lleno de folletos ilustrados con caras de niños africanos o chinos o sudamericanos que sonríen al bendito mundo occidental mostrando lo blanquísimos que tienen los dientes gracias a la obra social de esa entidad. Ésta es tu obra es el eslogan con el que subrayan lo bueno que es hacer el bien. Si tienes una cuenta corriente y a fin de mes te sobran cincuenta céntimos. Si no siempre puedes probar suerte en el concurso de relatos que organizan cada año. Pero procura escribir algo bonito y decente, como su empresa. Como la empresa de la que acaban de despedirte. Como la gente que anda por la calle y canta en Operación Triunfo. O como tu cuarto vacío.

11
mar
09

Metro

No me gusta ir en metro. Y menos de buena mañana. No es como viajar en autobús. No hay ventanillas. No puedes ir haciéndote a la idea de qué cielo te va a deparar el día. Tampoco puedes distraerte mirando el tráfico, ni los escaparates, ni los mendigos aún durmientes bajo los resplandores de Zara con los pies sobresaliendo de sus cajas de cartón. Ni siquiera puedes hundir la vista en los alcorques repletos de mierdas de perro y evadirte imaginando el millón de formas en que matarías a sus dueños. Y olvídate de oír nada aparte del chirrido del metal contra el metal y alguna que otra tos esporádica desde algún punto del convoy urbano. Suburbano.

Detesto ir en metro a las siete de la mañana porque es verse obligado a elegir entre la nada de la negrura del túnel y la nada del tipo/tipa que se sienta a tu lado o frente a ti o en la otra punta del vagón y que te recuerda demasiado a ti. Alguien al que no conoces pero del que estás seguro que a mediodía comerá solo en un bar de menú de seis euros de cualquier polígono industrial. O alguien del que podrías afirmar que vuelve a su piso de alquiler tras haber pasado la noche en la garita de la obra de un nuevo y lujoso centro comercial.

Por éstas y otras muchas razones prefiero pelarme de frío en la parada esperando el bus cuando aún se ven casi todas las estrellas o simplemente una masa de nubes de color azul marino. Pero aquel día no había oído a la primera el despertador y me vi saliendo a la calle más asqueado de lo normal de que la vida me empujara con prisa y sin un miserable café en el estómago a un sitio al que no tenía ninguna ganas de llegar. Con todo, en lugar de sentarme en el parque de al lado de mi casa para ver amanecer por encima de las antenas parabólicas de mis vecinos y pensar la manera de rectificar mi rumbo, acabé arrojándome a la boca de la línea 5 porque la parte responsable de mi cerebro no dejaba de repetirme que el metro es el medio de transporte urbano más veloz. Mientras descendía tramo a tramo las escaleras una angustia creciente iba retorciéndome las tripas, y también el gesto. Supongo que por eso es relativamente lógico que la taquillera no mostrara la menor amabilidad ni mera consideración comercial cuando me acerqué a la ventanilla y le pedí un billete clase B. Quizá hasta tendría que haberle agradecido que hiciera el favor de cambiarme los cincuenta euros con que le pagué sin hacer otra cosa que seguir mascando chicle y maldecirme de manera casi inaudible desde detrás de su cristal. Pero lo cierto es que no lo hice. Me limité a coger apresuradamente el ticket y el cambio que me desparramó en la bandeja de aluminio, pasé la barrera de cristal y bajé de tres en tres los escalones de la escalera mecánica que conducía al andén, estresado todavía más por culpa del sonido irritante de un tren que se detenía ahí abajo.

El rápido bip-bip-bip de las puertas automáticas del vagón cesó y dio paso a un ruido como de envasado al vacío, como de compartimento de nave espacial al sellarse justo en el momento en que entré. Y cuando el metro se puso en movimiento sentí que podía hacer de mí lo que quisiera. Que en realidad me daba igual que jamás se detuviera en el destino por el que acababa de pagar. Casi era preferible quedarse encerrado en las tripas del gusano de hierro de por vida, avanzando y retrocediendo en la vía a su antojo. Al fin y al cabo, eso no era muy diferente de lo que sucedía día tras día en el mundo que se extendía hacia todas partes treinta metros por encima, en la soleada, oscura, fría o cálida superficie. Así que apoyé la espalda contra las compuertas y me duele pero debo admitir que, a diferencia de otras tantas veces, ni siquiera se me pasó por la cabeza que de repente se abrieran y me dejaran caer a las vías, porque de golpe asumí que ese tipo de tragedias no tienen cabida en una vida vulgar.

Y ahí me quedé plantado, arrinconado por la multitud que saturaba el vagón, dejándome llevar, dispuesto a dejar pasar el tiempo de la manera más inocua posible. Dispuesto, por ejemplo, a leer de cabo a rabo y varias veces los carteles indicadores de capacidad del vehículo, y los que prohibían fumar y comer en su interior, y la normativa de comportamiento y las recomendaciones de seguridad para los viajeros. Y los titulares de los periódicos gratuitos tras los que se escondían algunos usuarios. Y las portadas de los libros que fingían leer los más inquietos. Todavía El Código Da Vinci. Los Pilares de La Tierra. Y las marcas de sus ipods. Y el panel de ruta de la línea adherido sobre cada puerta del vagón. Memorizar las estaciones, los puntos de transbordo, el número de serie en relieve que distinguía cada uno de los bancos atestados de gente de aspecto triste… Leerlo todo sólo para no tener que detener la vista sobre cualquiera de los otros elementos del rebaño que no viajaban, no, que simplemente eran transportados junto conmigo vete a saber hacia qué destino jamás deseado y que con un poco más de suerte habrían llevado una vida digna de ser llamada humana. Gente sentada o de pie o apoyada sobre las gomas del fuelle de articulación entre vagón y vagón bamboleando sus cabezas al ritmo monótono del tren. Personas de distinta raza y credo y equipo de fútbol, pero idénticas en su don para impregnarme de su tristeza o potenciar la mía propia.

Así que mejor quitarles la vista de encima y ponerse a leerlo absolutamente todo. Hasta las monedas y los billetes que unos minutos antes me había dado la asquerosa taquillera y que aún llevaba en la mano, humedeciéndolos con mi náusea vital y mi sudor. Y entonces, en uno de 5EURO/EYPO con copyright del BCE de fecha 2002, número de serie V12111265327 y la firma ilegible del presidente o gobernador o lo que sea del Banco Europeo, un número de teléfono escrito con tinta azul ya considerablemente desvaída. No lo pensé demasiado. Ni siquiera ensayé para mis adentros lo que diría si alguien contestaba a la llamada. Supongo que simplemente quería hacer algo diferente a lo de todos los días, y marcar ese número me pareció una buena posibilidad de introducir cierta dosis de novedad en mi vida. La posibilidad que tenía más a mano, por lo menos. Y me saqué el móvil del bolsillo cuando nos detuvimos en una estación igual que todas las anteriores y las que vendrían vía arriba o más bien vía abajo. Un montón de gente que quería salir y otro que quería entrar se apelotonaron alrededor de las puertas y forcejearon durante unos segundos, pero al final el trasvase de carne vagón-andén andén-vagón se concretó sin mayores incidencias.

Lo único digno de mención es que la marea humana quiso depositar frente a mí, tan cerca que podía notar cómo su respiración de clorofila mecía hasta el menor ejemplar de mi vello facial, a una chica guapa. Nada espectacular, nada del otro mundo. Simplemente guapa y joven. Y, con total seguridad, menos que otras muchas de las que en ese momento estuvieran en las entrañas de la Línea 5. Sin embargo, al resto no podía verlas mientras que a ésta la tenía a tan sólo un palmo. De manera que es muy posible que captara tan intensamente mi atención por una mera cuestión de proximidad física, por el hecho de que invadiera sin quererlo mi maltrecho espacio vital y sus ojos incómodos se cruzaran de cuando en cuando y fugazmente con los míos. En cualquier caso, fuera por la razón que fuera, lo que cuenta es que me gustaba tenerla delante de mí. Quizá, pensé incluso, me estaba enamorando de una extraña a la que los movimientos de la masa metropolitana habían depositado por casualidad tan cerca de mí. Y como aquello me pareció una estupidez de las que tanto detestaba en otra gente, decidí mirar hacia otro lado y seguir con mi única opción real de distracción. Leí de nuevo el número garabateado en el billete y lo marqué. Me dio un escalofrío cuando un móvil empezó a sonar en el vagón en perfecta sincronización con los tonos de llamada que el auricular me metía por la oreja derecha. Y me quedé sin respiración al observar, casi como a cámara lenta, cómo la chica rebuscaba en su bolso y sacaba su teléfono. Así que durante un instante tan aterrador como precioso para mí ambos estuvimos cara a cara con nuestros móviles preparados para acabar de desatar la sorpresa, la comedia, la historia de amor o la simple anécdota. Lo que fuera, pero por lo menos algo digno de ser contado a los amigos y sentirte un poco vivo. Fue un buen momento, sí.

Lo malo es que duró muy poco porque cuando ella apretó el botón verde de su teléfono sonrió ampliamente y se le iluminaron los ojos y enseguida le habló con voz alegre un montón de cosas bonitas a quien quiera que estuviera al otro lado de su línea. La mía, inmóvil junto a mi cara de idiota, siguió sonando un poco más y cuando al fin descolgaron escuché una grabación hecha por algún ocioso de voz plana que me decía Hola y luego añadía que mi vida no debía de ir demasiado bien si había recurrido a llamar a un número desconocido llegado a mis manos a través de un simple billete de cinco euros. Pero no te preocupes, continuó diciendo la voz de aquel hijo de puta, eres el gilipollas número quince-mil-tres-cientos-ocho que lo hace; no estás tan solo.

Aquella mañana, cuando me reincorporé a la superficie, hice lo mismo que cualquier otra. Y también el día siguiente fue igual.

28
feb
09

Mirador

Abrir el pequeño armario superior derecha de la cocina y comprobar que aún queda café en el bote de cristal. Salir al balcón en pijama con el calor negro humeando en la mano derecha. Calor insuficiente. Igual que el que irradia el sol blanco de febrero que se desparrama por el terrazo. Ni siquiera traspasa el algodón de los calcetines. Se limita a resaltar la negrura de los goterones resecos de vete a saber qué que motean las baldosas. Es media mañana y todo lo que se mueve en la calle debe de llevar varias horas a pleno rendimiento. Pero te acabas de levantar y la vida aún parece desenvolverse a cámara lenta. En realidad siempre te lo parece. El café y el cigarro te revuelven el estómago para darte los buenos días. Aunque es posible que la razón de las náuseas sea la música de mierda que te llega desde el piso de al lado. El vecino es un tipo de aspecto sórdido que roza la cuarentena y es fan de todas esas cantantes negras clónicas que salen en la MTV. No escucha otra cosa. Las melodías de esas afroamericanas venidas a más son lo único físico que se filtra hasta ti a través de las paredes que te protegen de él. Pero es mucho peor lo que te impregna si intentas imaginar cómo es su piso por dentro. Su vida por dentro. Porque sólo puedes visualizar cortinas color beige y una moqueta atestada de pelos y pelusas y lámparas con demasiadas bombillas fundidas y un olor desagradable saliendo de la nevera. Es esa clase de sordidez la que te transmite cuando coincides con él en el ascensor. Es lo que se desprende del ejemplar de Penthouse que suele llevar medio escondido dentro del periódico doblado. De las manchas en la bragueta. De las gafas con cristales amarillentos. Del modo en que le oyes respirar al otro lado de su mirilla cada vez que entras o sales de casa. Así que si lo piensas bien la música que le gusta es incluso demasiado buena. Y si lo piensas aún mejor concluyes que si tuvieras la pasta suficiente insonorizarías tu casa o contratarías a un sicario para que eliminara el problema. Probablemente lo del exterminador sea más barato. Eso te planteas por un instante. Pero desechas la idea de inmediato porque por muy barato que sea será más caro que lo que te puedes permitir y total llevas ya dos semanas consiguiendo no salir de casa así que ni de coña vas a hacerlo para ir a mirar cuánto te queda en la cuenta corriente. Además la solución fácil es la de otras veces. Por eso arrastras los pies hasta el baño dejando algo parecido a huellas humanas en el polvo que recubre el suelo y dejando algo parecido a suciedad pero tan consistente y pesado como auténticos escombros en tus calcetines. Lo malo es que en el baño ya no queda ni una de esas bolitas multicolor de algodón que usa para desmaquillarse. Cada día desaparece algún vestigio de otra época. Podría ser una reflexión triste pero estás tan asqueado que la piensas con la frialdad y distancia que emplearía un arqueólogo o algo por el estilo. Alguien acostumbrado a llegar demasiado tarde a los sitios. Cuando ya sólo puedes contemplar las ruinas de cosas que siempre imaginaste más bonitas o más puras y casi inmortales. En fin. No hay bolitas de algodón y tienes que taponarte los oídos con dos pedazos de simple papel higiénico. Anodinamente pálido cuando lo miras. Dolorosamente rugoso cuando te lo metes hasta el tímpano. Pero en realidad agradeces sentir algo intenso y además por lo menos amortigua un poco la música y las voces y al volver a hundir la vista en la soleada calle con el filtro aséptico en las orejas todo queda envuelto en un medio silencio irreal que aleja un poco más las cosas. En la esquina de enfrente una anciana en bata rosa y con una sola zapatilla intenta sin demasiado éxito recogerse las canas en una coletita grasienta mientras mira alrededor como buscando algo o a alguien pero con cara de no saber qué o a quién. Algunos de los que pasan andando a su lado la miran con cierta extrañeza pero ninguno se detiene a ver si necesita algo. Te preguntas si tú también la ignorarías y por suerte antes de que la respuesta se defina con claridad en tu mente un grito no del todo humano atraviesa tus barreras protectoras de celulosa y te hace mirar hacia la acera. Quince metros justo por debajo de ti los hijos de la portera de tu edificio juegan a pelearse o se pelean de verdad. Lo cual sería normal y hasta saludable si no fuera porque uno de ellos padece el síndrome X frágil. No necesitas ser médico para saberlo. Basta con observarle y luego poner en Google cosas como “retraso mental” “mandíbula inferior prominente” “cara larga y estrecha” “orejas grandes” “pies planos” “estrabismo” “lenguaje desordenado y repetitivo” “ecolalia” “aleteos con las manos” “morderse los dedos”. Y si después clicas en cualquier entrada del listado que se te ofrezca aprenderás un poco más sobre genética y neurología y el fabuloso mundo de las enfermedades raras. Y sobre todo obtendrás una información que te permitirá afirmar desde tu mirador que los dos hermanos de ahí abajo no están jugando. Que se están peleando de verdad. Porque el normal ya es lo bastante mayor como para comprender que si quiere ser un buen hermano antes o después tendrá que cargar con el tarado hasta que uno de los dos se muera. Pero de momento aún es un niño y nadie se va a enfadar demasiado con él si lo putea un poco. De momento nadie le acusará de maldad. Será simple travesura. Así que quizá haga bien en resarcirse por anticipado de toda la mierda que empezará a tragar dentro de no muchos años y de la que jamás podrá librarse so pena de ser acusado de mala persona. Además tampoco pasa nada por unas leves bofetadas y collejas mientras el otro gruñe y bracea torpemente. Puede que hasta sea poco. Pero sea como sea no te resulta un espectáculo agradable. Y haces lo primero que se te ocurre para volver a poner del mismo lado a los dos chavales. Te reclinas sobre la barandilla y calculas el ángulo de tiro. El niño raro está exactamente en tu perpendicular. Ves su cabeza puntiaguda como a través de una cámara cenital. Ves incluso cómo centellea al sol ese labio inferior sobresaliente y encharcado de babas perennes. Y entonces casi sin darte cuenta has escupido y estás observando el proyectil de saliva manchada de cafeína y mil cosas peores que cae y cae y cae tan a cámara lenta que piensas que sólo lo estás imaginando. Hasta que se estrella en el mismo centro del cráneo del retrasado emitiendo un sonido indudablemente real. Lo que pasa cuando los dos niños entienden la situación es que mientras uno llora y se da manotazos en la cabeza el otro te localiza en el balcón y te grita hijo de puta y amenaza con matarte. Y los ves tan unidos en su odio hacia ti que encuentras algo reconfortante en todo ello. Algo casi mesiánico. Supones que es lo que se siente al conseguir hacer algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio. Y fugazmente piensas que no eres tan malo como solía echarte en cara. Que cuando quieres puedes ser tan altruista como un monje tibetano sólo que empleando técnicas un poco más agresivas. Aunque lo cierto es que sabes que es mentira. Que lo más probable es que hayas atentado contra el miembro más débil de la manada sin ningún motivo o simplemente por demostrarte que aún puedes hacer daño. Que todavía hay gente a la que puedes joder. Y no al revés. Así que te das por satisfecho momentáneamente y sigues oteando el horizonte de cemento y metal que te regala tu observatorio. Tres portales más para allá un hombre va y viene sobre sus pasos y mira a todos lados varias veces antes de llamar a un timbre. Es la casa de putas que abrieron hace poco. Los que la regentan son discretos. No son de ésos que ponen tarjetitas publicitarias en las ventanillas de los coches. Al menos no en los de por aquí. Pero sabes que ahí hay una casa de putas porque has visto ya a decenas de hombres feos y menos feos comportarse de igual modo ante ese portal. Además de por la colección de microtangas que las trabajadoras de la casa tienden los días que hace sol. Y sigues observando y ves al niño del tercer piso jugando en el balcón con un coche de juguete igual que tantas otras veces a estas horas. Debe de tener cinco años. Una mala edad para dejar a alguien tantos metros por encima del asfalto. Lo que pasa es que las cortinas de la casa no son lo bastante tupidas y sabes que cuando su padre decide amanecer se desayuna la media botella de ginebra que no se cenó anoche y empieza a apalizar a su madre. Y la mujer aún no ha encontrado un lugar mejor donde refugiar al niño. Está claro que la vida no es gran cosa. Tienes claro que es mejor limitarse a analizarla que participar de ella. Por eso apuras la taza y rezas para que mañana abras el pequeño armario superior derecha de la cocina y aún quede café en el bote de cristal.

14
ene
09

Gran nevada

[Nunca nevaba en esa ciudad. Estaba demasiado cerca del mar y sus aires templados.

Un día de aguanieve cada diez o quince años, como mucho. Pero los viejos decían que una noche de febrero de 1946 sí que había caído de verdad. Que a primera hora de la mañana siguiente había al menos dos dedos de nieve cubriendo las calles y los tejados. Y que, claro, el paisaje se fundió mucho antes de que el sol llegara a lo más alto.

En fin, nunca nevaba en La Ciudad.

 

 

Fragmento del libro La Toxicología (La Toxicologie), de René Fabre. Editorial Oikos-tau, 1971 (en adelante, La Toxicología):

 

Estadística general de suicidios (Departamento del Sena, 1927-51)

                           Total       Hombres     Mujeres     Asfixia     Veneno

 

          1927       1.628        1.069            559             170              69

          1937        2.533       1.461           1.072          397            442

          1947        1.473          663               840           983            116

          1951         3.297       1.559           1.738        1.174           692

 

 

[Por eso a Prisco no dejaba de sorprenderle el tiempo que hacía últimamente. Al despertarse por la mañana, después de hacer una esfuerzo cada día mayor para salir de la cama, subía la persiana y se quedaba hipnotizado un buen rato mirando el irresoluble misterio que ocurría al otro lado de la ventana, en su barrio, en Periferia Sur. El tiempo pasando ante sus ojos. Los dos tiempos. Uno caía del cielo lenta pero incesantemente. El otro simplemente transcurría al ritmo habitual, el que alguien había establecido siglos atrás al inventar los segundos y su tic tac tic tac. Y se perdía para siempre con cada latido o respiración.

 

 

Última anotación en el diario personal de Prisco (Sin fecha. Por contraste de datos, se calcula que corresponde, aproximadamente, a mediados de abril del año en curso):

 

Lo más extraño de todo es que nadie parece preocupado por lo que está ocurriendo. Eso es lo que no me quito de la cabeza. La gente sigue andando, respirando, viviendo como si nada. Si ahora mismo me asomara a la ventana vería decenas y decenas de personas yendo o viniendo con total normalidad bajo este absurdo diluvio. Algunas en manga corta, muchas con gafas de sol…

Eso es… lo que de verdad me da miedo: que no sientan el frío.

 

 

[No llegaba a ser nieve. Lo que bajaba desde el cielo no eran copos. Ni siquiera diminutos cristales hexagonales de hielo. Era más bien como una continua llovizna translúcida que no mojaba, ni pesaba, ni se acumulaba sobre las cosas. Era aún menos que caspa, algo insignificante que desaparecía nada más tocar cualquier superficie. Pero hacía días que aquello no dejaba de llover. Miles y miles de briznas de algo indefinido atravesaban de arriba a abajo el campo de visión de Prisco cada vez que se asomaba a la ventana o salía de casa por el motivo que fuera.

 

 

Fragmento de La Toxicología:

 

Agentes tóxicos desencadenantes de enfermedades profesionales que dan derecho a indemnización, declaradas en Dinamarca (1952)

 

Plomo y sus sales 302

Mercurio y sus sales 9

Benceno 173

Fósforo 2

Cemento 1.256

Derivados clorados del etileno 118

Rayos X 13

Cromo y derivados 167

Aminas aromáticas 106

Brea 46

Estreptomicina y derivados 23

 

TOTAL 3.267

 

 

Declaración de Dolores Calurana, estanquera del barrio de Periferia Sur, al inspector de policía Juan García.

 

La verdad es que al principio no percibí en él nada fuera de lo normal. Venía casi todas las tardes. Compraba un paquete de Fortuna, y se iba. Pero de un par de meses a esta parte empezó a hacer cosas raras. La primera vez que fui consciente de que aquel chaval me ponía los pelos de punta sería a finales de enero o principios de febrero. Disculpe, pero no sabría decírselo con mayor precisión. Como de costumbre, me compró un paquete y se fue. Pero antes de medio minuto volvió a entrar en mi estanco para comprar otro. Le pregunté si quería otro Fortuna y se quedó en silencio un buen rato, mirándome como sin verme. Muchos segundos, demasiados, ya me entiende, todo muy raro. Al final me contestó que le daba igual la marca, que le bastaba con que los cigarrillos estuvieran bien cargados de nicotina y alquitrán y monóxido de carbono y benzinonosequé. Bien, le dije, y me giré hacia la estantería para coger rápidamente cualquier american blend, vendérselo y que el chaval se largara cuanto antes. Se lo aseguro: el tal Prisco, así dice usted que se llamaba, ¿no?, me estaba inquietando bastante. Pues eso, mientras cogía el paquete del estante el chico añadió que mejor le diera tres más, de la marca que yo quisiera. Le dejé sobre el mostrador dos paquetes de Marlboro y uno de Lucky, me acuerdo perfectamente. Aceptó los Marlboro pero, no sé por qué, rechazó el Lucky farfullando algo que no entendí. Se lo cambié por un Camel. Pagó y se largó sin decir adiós. Ése fue el día en que el chaval empezó a ponerme nerviosa. Siguió viniendo por aquí casi a diario. Compraba un montón de cajetillas, cuando digo un montón quiero decir cinco o seis o diez, y al cabo de un par de días volvía a por otra remesa. Cuando me entregaba el dinero me fijaba en sus dedos: eran cada vez más amarillos. Igual que el borde de su labio superior.

 

 

[Aquella lluvia absurda ganaba poco a poco en intensidad. Los filamentos eran cada día más tangibles que los que habían caído el anterior. Seguían siendo diminutos pero ya no parecían entidades microscópicas casi totalmente transparentes y sólo visibles por un loco o un aparato de laboratorio. Ahora tenían corporeidad. Y cuando Prisco se veía obligado a salir de casa -para arreglar unos asuntos en el banco, por ejemplo-, podía percibir el levísimo pero gélido roce de incontables partículas extrañas sobre la piel. Igual que cualquiera nota en su piel la oleada de arenilla que lo forra todo cuando un coche pasa por un camino polvoriento. Igual que un fumador empedernido, como Prisco, se da cuenta al instante de que una pizca de ceniza le ha caído sobre el dorso de la mano. Por minúscula que sea. Con esa precisión notaba Prisco cómo, en cuanto se encontraba a la intemperie, se enredaban en su vello corporal miles de átomos de aquella rara sustancia. Pero eso, el simple contacto con su epidermis, era todo lo que podía analizar al respecto. Los corpúsculos carecían de cualquier otra cualidad física más allá de su ligerísimo peso helado y el tenue telón descendente con que difuminaban la visión de Prisco.

 

 

Anotación en el diario personal de Prisco. 12 de marzo:

 

A pesar de los riesgos laborales de cualquier empleo… o quizá gracias a ellos… todo sería más fácil si trabajara. Todo. Me refiero a trabajar en sentido tradicional, con un jefe asqueroso y una incómoda silla giratoria y un bote lleno de bolis mordisqueados. Rodeado de tóners nocivos y con conjuntivitis por culpa del ordenador. Por ejemplo. Me refiero a saturar de alquitrán tus bronquios asfaltando autopistas, por poner otro ejemplo, y no tener que dejarse un montón de pasta comprándola en estancos o máquinas de bar. O contraer rinitis crónica por inhalar cada día gasolina al llenarles el depósito a otros en una estación de servicio. Quiero decir que aguantar ese tipo de mierda tiene que simplificar las cosas. Acabar el día cansado de tragar basura ajena en vez de harto de revolverte en la propia. Diversificar la inquina. Irte a dormir odiando algo que está más allá de lo que tienes dentro. Tener un motivo distinto a tu propio ser para lo bueno y para lo malo. Disponer cotidianamente de un referente exógeno perjudicial para, fundamentalmente, estar seguro de quién eres y dónde estás. Y de quién quieres ser y dónde te gustaría estar.

 

 

Parte meteorológico publicado en la página-web meteortoday.com. 17 de marzo:

 

El anticiclón continúa instalado frente a la vertiente oriental del país. Hoy de nuevo brillará el sol sobre La Ciudad y sus alrededores. Además, el viento de poniente elevará las temperaturas hasta los 24º desde mediada la mañana. Ligero descenso térmico al caer la noche. Riesgo de precipitaciones: 0%.

 

 

 

Último sms recibido en el móvil de Prisco. Emisor: 0034698765432. Fecha: 25 de marzo, 09:01 horas (Transcripción litera del texto):

 

¡¡Felicidades, Don Prisco!! Desde El Banco del Este le deseamos lo mejor en el día de su 30º cumpleaños. Quedamos a su entera disposición para cualquier cosa que necesite. Recuerde que nuestra sucursal más próxima a su domicilio está ubicada en La Ciudad, C/ Mayor, s/n. ; )

 

 

 

[Puede que su adicción se acentuara con el inicio de lo que él llamaba "lluvias". Pero que esto sea o no así carece de relevancia. Quizá la explicación sea todavía más irracional. O perfectamente lógica, por el contrario. El caso es que más allá de la ciencia, en el mundo real, llega un momento en que es imposible atribuir un efecto a una sola causa. Lo que cuenta aquí es que Prisco llevaba semanas, tal vez meses, fumando mucho más de lo habitual. Tal vez la llovizna de la que habla en su cuaderno fuera ceniza en suspensión -aunque el informe policial no menciona esta posibilidad-. Fumaba un cigarrillo detrás de otro desde que se despertaba hasta que el sueño por fin lo atrapaba, siempre de madrugada. Es normal que sus viajes al estanco fueran el principal motivo por el que salía a la calle. Al regresar a casa después de uno de tantos, llevaba dos libros en la mano. Escogió uno de ellos porque su lomo era de color negro, y empezó a leerlo.

 

  

Anotación en el diario personal de Prisco. 25 de marzo:

 

Esta mañana he cancelado mi cuenta bancaria. Tenía unos céntimos de saldo a mi favor. Restos de una vida anterior que ya ni siquiera puedo recordar como propia. Me he negado a que me los devolvieran. Me resultaba humillante extender la mano para que ese cajero anodino depositara en ella un par de monedas de cobre. Luego lo he lamentado; me han faltado diez céntimos para poder comprarme la dosis. Y creo que he tocado fondo.

 

[Y no hay más datos con los que explicar que Prisco no se levantara un día, que lo encontraran sucio y frío en su habitación. Un libro viejo, un diario difícil de entender y los testimonios de algunas personas que ni siquiera lo conocieron. Nada más que confusión y desorientación. Pero bueno, así es la vida.




new!!

Iván Rojo Tales

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