Puede que todo sea producto del azar. Pero es posible que no. El caso es que aquella tarde subí al tren a toda prisa y no pude elegir vagón. Siempre he sido de ésos que llegan con tiempo a los sitios, que acaban con cualquier posibilidad de misterio, de inquietud. Así que lo que ocurría todos los días era que me fumaba un cigarro o dos en la estación esperando la llegada del cercanías. Y cuando el convoy se detenía yo ya estaba estratégicamente colocado para ser el primero en entrar en el último vagón y apoyarme en el rincón derecho del fondo, plancha metálica a un lado de mi espinazo y cristal de seguridad al otro, confort máximo. En fin, sabía muy bien cuál era el metro cuadrado que debía ocupar sobre el cemento del andén para que las puertas automáticas se abrieran justo delante de mí y las cosas siguieran yéndome sobre ruedas. El trabajo, la novia, mis posibilidades de futuro y todo eso que a uno le preocupa cuando tiene veintitantos años y no es un genio o un loco. De lo primero me ocupaba durante ocho horas al día y no consistía en nada especialmente interesante, así que no voy a entrar en detalles. A ella iba a verla casi todas las tardes, a eso de las siete. En tren. Vivía en una pequeña población bastante anodina, como todas las que se extienden un poco más allá del área metropolitana. Idónea para dormir e ir al gimnasio por un módico precio. Como norma general me esperaba en un banco de la estación, aunque puede que estación sea mucho decir para lo que uno pensaba al ver aquella caseta mal pintada. Da igual, el caso es que como norma general me esperaba en un banco del apeadero de su pueblo. Supongo que tampoco ella era partidaria de las emociones fuertes. En cualquier caso me gustaba que lo hiciera. Creía ver algo de idealista en aquel gesto, algo de cine y libros bonitos e inofensivos. Y yo la quería; todo encajaba. Luego dábamos una vuelta por la plaza o por las dos o tres calles que ofrecían un poco de vida y luz. Escaparates de electrodomésticos, alguna terraza más vacía que llena y poco más porque, aunque ninguno de los dos dijimos nunca que aquello nos importara demasiado, lo cierto es que aquel sitio no era precisamente un dechado de posibilidades de ocio. Y a veces me quedaba a cenar en su casa. Temprano, claro, que luego tenía que coger el tren de vuelta. Esas noches, sin excepción, su padre me preguntaba qué tal me iba en el trabajo y yo le respondía que muy bien o que no me podía quejar o de vez en cuando le mentía diciendo que a lo mejor a fin de año me ofrecían un aumento, cosas por el estilo, y seguía comiendo ñoquis al pesto, provolone con setas o lo fuera que su madre hubiera preparado. Aún conservaba ese tono cantarín con que los no italianos imitan a los italianos. Y cocinaba muy bien, eso era lo más importante. Y ella… ella era guapa y me quería. Todo muy fácil, muy cómodo. Incluso agradable. Poco más podía pedir. Confort máximo. Así que la tarde en que conocí al Desecho tenía pinta de ser idéntica a las demás. Pero cuando me dirigía a la estación me crucé con un compañero del instituto. Ahora mismo no sabría decir si se llamaba Pedro o Pablo, pero recuerdo que entonces sí que lo tenía claro. Lo recordaba bien, su nombre y a él. Nunca fuimos verdaderos amigos. Es más, Pedro/Pablo siempre me había caído mal. Una vez, en clase de gimnasia de 2º de BUP, me eligió como víctima de la humillante bajada de pantalones delante de todo el mundo que no sé por qué se había puesto de moda aquel curso. Y, con o sin sentido, ésa fue la principal información que mi mente rescató de nuestro pasado común en cuanto lo vi, lo cual hizo que mi actitud durante los primeros minutos de encontronazo no fuera especialmente receptiva. Luego tampoco, es verdad. En cambio él se mostró tan avasallador como siempre. Haría casi diez años que no nos veíamos pero el tío me saludó y me abrazó con una efusividad tal que por un momento me pregunté (con cierta esperanza) si no me estaría confundiendo con otra persona. Salí de dudas cuando de repente, tras los consabidos qué bien te veo y unos cuantos palmoteos en el hombro y en la cara exterior de los bíceps o tríceps, vete a saber, me preguntó si seguía con eso de los relatos y los poemas. Salí de dudas y a la vez me quedé profundamente desconcertado. Asombrado ante el hecho de que Pedro/Pablo, que pertenecía a la estirpe “guay” de los alumnos de mi instituto, se acordara después de una década de aunque sólo fuera una de mis aficiones, gustos, hobbies o como se quiera llamar a las chorradas en que uno malgasta su tiempo. Asombrado ante el hecho de que me hubiera preguntado por eso en lugar de querer saber a qué me dedicaba en el sentido de “cómo consigues pagarte el coche, los vicios, algún viaje, quizá un hipotético alquiler”. Bueno, sí, acerté a contestarle, aún escribo. Pero nada serio, añadí, escribo para mí. Me avergüenza un poco pero eso le dije, que escribía para mí. Menuda gilipollez. Lo sé ahora y lo supe entonces, y supongo que a él también se lo pareció porque me dijo que qué tontería era ésa, que nadie escribe para sí mismo, que para eso ya está eso que llaman pensar. En ese instante supe que Pedro/Pablo era un peligro en potencia y estuve a punto de mandarle a la mierda. Y tengo que admitir que si no lo hice fue porque mi asombro subió de nivel y se convirtió ya en paralizante estupefacción cuando Pedro/Pablo me soltó que él también escribía. Sí, prosiguió, llevo siempre esta libretita y apunto ideas, flashes, inspiraciones, y, bueno, como casi todo el mundo que sueña con lo nuestro (en este punto se me revolvió el estómago literalmente) me autoedito un fanzine mensual, lo dejo en algunos garitos del centro, en teoría son a 3 euros cada uno pero la verdad es que rara vez consigo recaudar algo, la gente es así, tío, muy rata, lo cogen, lo hojean y si les mola se lo meten en el bolso o en el bolsillo de atrás sin pararse a pensar en el esfuerzo creativo (puajj) y económico que me supone sacar un nuevo número cada mes, pero bueno, jeje, digas lo que digas lo que cuenta es que a uno lo lean, eso es lo más importante, aunque sólo sea un puñado de frikis o colegas, lo fundamental, al menos para mí, es irme a la cama con la sensación de que lo que hago tiene cierta repercusión (náusea feroz), jeje, y, por cierto, no hace falta que te diga que estaría encantado de que me pasaras un par de textos, a ver si te los puedo colar en mi fanzine (bilis agria y espesa en la boca), se llama Hank y Tonk, por cierto, y así siguió durante un buen rato, por cierto esto y por cierto lo otro. No recuerdo con exactitud cómo conseguí cortarle. Fuera como fuera, Pedro/Pablo no me dejó libre hasta que me apuntó su e-mail en un papel, me lo guardé en el bolsillo y le juré por mi honor que le enviaría algo y que claro que sí, estaríamos en contacto, claro que sí. Ya solo aceleré el paso hasta alcanzar el trote y nada más doblar la primera esquina, con urgencia, casi como alguien que se esconde de un mal acechante, apoyé la espalda en la pared y resoplé. Recuerdo que sentí con extraña intensidad la rugosidad de la pintura granate que cubría la fachada en cuestión, de una mercería o una tintorería, no estoy seguro. Y también su frío y su dureza. Y luego tuve la impresión de que todo temblaba y miré hacia arriba y no vi caer ni una maceta ni un pequeño cascote ni la menor mota de polvo. Entonces, deseando que la sacudida cesara pero sabiendo en el fondo que si en verdad lo quisiera la calma ya se habría impuesto, esperé unos segundos para descartar la posibilidad de que al autor de Hank y Tonk se le hubiera quedado alguna frase genial con la que ilustrarme y decidiera venir en mi busca. Y cuando supuse que el peligro ya había pasado tiré al suelo el puto papelito. No había ninguna papelera cerca. Empecé a correr hacia la estación. No quería perder el tren, pero en realidad lo que movía mis piernas era la necesidad apremiante de poner distancia, distancia, distancia entre mi mente y Pedro/Pablo y su verborrea. Así que corrí a lo largo de la enorme avenida y luego por unas calles ya de por sí estrechas que parecían comprimirse aún más porque era esa hora en que la noche cae a principios de otoño. Y mientras corría a toda velocidad dentro de mis posibilidades y me ardían los gemelos y las mejillas sentí una angustia llevadera pero pertinaz, quiero decir imposible de encerrar ni por un segundo en algún rincón inconsciente del cerebro, y me pregunté si era por eso, por la oscuridad y el angostamiento crecientes y por la falta de aire en mis pulmones, o más bien era que todavía no me había quitado de la lengua el sabor como a papeles mojados que me había dejado el encuentro con el puto Pedro/Pablo, antiguo líder de clase y ahora escritor de suburbio que, me atrevía a apostar, sabía combinar sin excesivos problemas y con relativo éxito entre su reducido pero al fin y al cabo real grupo de amigos-lectores, más bien amigas-lectoras, seguidoras, tenía entendido que eso siempre funcionaba así, su inclinación inherente hacia la popularidad y el liderazgo con cierta dosis de malditismo y así ostentar ante ellos y ante otros, todos, incluso ante mí si algún día llegaba a cruzarse conmigo, ese estatus tan bien considerado en los círculos más indefinidos y nunca mejor dicho exxxxcéntricos de cualquier actividad artística, me refiero a ese estatus de autor pasional y contra viento y marea de, por ejemplo en su caso, un fanzine es probable que irreverente y deslenguado y descarnado a juzgar por su título, en la línea de lo que a mí me gustaba leer, Hank, joder, en la línea de lo que a mí me gustaba escribir, joder joder, y en el que quizá podría llegar a hacerme el favor de publicarme algún texto de mierda que después pondría a parir secundado y hasta espoleado por sus mejores amigos/más fervientes admiradores durante la sobremesa de alguna cena macrobiótica en casa de algún tipo con barba de chivo o de alguna tipa reacia al uso del sujetador o en la barra de algún bar frecuentado por pintores y poetas de ésos que piensan que la única razón por la que aún no han alcanzado la gloria es que la vida es injusta y básicamente una puta mierda. Supongo por tanto que teniendo todo eso dando vueltas a mil por hora en la cabeza es normal que corriera a toda hostia pero ni aun así pude llegar a la estación a la hora a la que acostumbraba llegar y no tuve más remedio que entrar de un salto en el primer vagón, el más próximo a las escaleras de acceso al andén, el opuesto al mío de toda la vida, justo un segundo antes de que las puertas se cerraran. Así que creo que no es descabellado plantear que quizá todo sea producto del azar. Pero también es posible que no. A lo mejor el hecho de que esa tarde conociera al Desecho en un vagón al que no habría subido si todo hubiera ocurrido como siempre ocurría no explica por sí solo lo que acabó sucediendo y el aquí y el ahora en que me encuentro. Ni idea. El caso es que el tren se puso en marcha y me di cuenta de que las piernas me temblaban y no era por el traqueteo. Era algo parecido a indignación y además no estaba habituado a excesos físicos, necesitaba descansar, hacer sentado el viaje, ya puestos a cambiar de rutinas, y por eso no me importó que el único asiento libre estuviera junto al que ocupaba él. Nunca me dijo su nombre. Y yo nunca le confesé que una noche desvelado, creo que la del tercer o cuarto día a partir del que lo conocí, en cualquier caso hacia el final de nuestra relación, lo bauticé como El Desecho. A priori le eché unos cincuenta. Después supe que tenía diez menos y que había dormido durante cinco en la calle, pero por entonces vivía en una pensión muy barata que había encontrado un par de pueblos más allá del de mi novia. Tan barata que justificaba que cada mañana tomara el tren a la ciudad y cada noche regresara a dormir a cómo coño se llamara aquel pueblo. En los pueblos no se puede mendigar, me dijo una vez, ni otras muchas cosas, y se me quedó grabado de esa forma en que se te graban las cosas que no alcanzas a entender a la primera pero que, sin saber muy bien por qué, se te quedan ancladas en la mente a la espera, tal vez absurda, de que un día estés preparado para asumirlas. El Desecho olía como nada más sentarme a su lado supuse que olería la mugre de sus uñas si fuera una masa de cuarenta y pocos kilos, que es lo que debía de pesar su dueño. En ese primer codo con codo rumbo a la periferia no me extrañó, obviamente. Los verdaderos desechos suelen oler mal y éste tenía toda la pinta de estar bien jodido. Pero cuando me enteré de que tenía a su disposición la ducha de la pensión su suciedad me desconcertó y, lo reconozco, me molestó mucho más que cuando me lo imaginaba durmiendo en un cajero automático o en un desguace de coches. Hoy por hoy, han pasado años, tengo dos teorías al respecto. La primera es que lo de la porquería era una táctica de mendigo o, por así decirlo, una deformación profesional. Salvo los días en los que me levanto optimista con o sin razón, no le doy mucho pábulo. Más bien me decanto por pensar que un mendigo, un abogado, un euromillonario ocioso, en definitiva cualquiera, puede llegar a considerar innecesario y hasta inmoral dedicarse la más mínima higiene, la más mínima atención a sí mismo. Y la mayor parte del tiempo tengo bastante claro que eso es lo que le ocurría al Desecho. Aquella tarde rara El Desecho no dijo nada de esto. Durante casi todo el rato que estuvimos a un palmo de distancia se limitó a mirar por la ventanilla. O eso creía yo. Porque en determinado momento seguí su mirada y fui a dar con sus pupilas reflejadas en el cristal. Y me miraban a mí. Pensé que era extraño que una persona en la situación que las características externas del Desecho indicaban mantuviera todavía algún reparo en observar abiertamente a cualquiera. Ahora, en realidad hace ya tiempo, imagino que esa actitud huidiza estaba relacionada con la teoría que he apuntado acerca de su suciedad. Lo de la falta de legitimación para cualquier cosa y todo eso. Aunque me gustaría en este punto dejar muy claro que lo que digo no son más que suposiciones, y que es bastante probable que esté radicalmente equivocado. Lo que sí que puedo asegurar es que cuando mi mirada y el reflejo de la suya se encontraron el Desecho cambió de posición y durante un instante me miró, si no abiertamente, al menos con cierta naturalidad. Y por alguna razón, aunque confusa, estoy seguro de que fue algo que vio en mí lo que le dio pie a hacerlo. Me salió decirle hola. Y él respondió del mismo modo con una voz que parecía sabia pero supongo que era exactamente eso, una apariencia amplificada por el deslumbrante contraste en que entra cualquier rasgo de normalidad con un todo objetivamente precario. El Desecho entonces sacó un libro de una de las diversas bolsas de plástico que se extendían en torno a sus pies y se puso a leerlo. Lo miré de reojo y comprobé que no era un libro. Parecía más bien un cuaderno manuscrito. Obviamente la idea de que aquel tipo llevara encima un cuaderno de notas, aunque sólo fuera a modo de diario marginal, avivó el estupor en que me había sumido el encuentro con Pedro/Pablo. Le tuve que preguntar. Y el Desecho me confirmó que así era, que todavía conservaba la esperanza de que un golpe de suerte le pusiera en el lugar exacto en el momento propicio y su vida cambiara para bien de una manera que, confesaba, cada día le costaba más imaginar. Esa tarde me bajé del tren sintiendo un vacío en mi interior. Sintiendo que no era algo nuevo, que llevaba mucho tiempo allí dentro, luchando en silencio por crecer y crecer hasta destruirme o transformarme en otra persona. Tal vez preocupado por eso no me importó lo más mínimo que ella no estuviera esperándome en el banco de siempre. Anduve hasta su portal como ausente, llamé al timbre y bajó e hicimos lo de todos los días. Durante esa semana vi al Desecho todas las tardes en el tren. El asiento junto al suyo estaba invariablemente libre, así que en esos cuatro o cinco viajes pude saber unas cuantas cosas sobre él. Las que he mencionado antes y otras del estilo de que hay que tener mucho cuidado con las consecuencias de los actos de uno, es cierto, pero mucho más con las consecuencias de las omisiones. Que son más lentas e intangibles y a menudo no se descubren hasta que estás al borde de la muerte o de tener un hijo o de perderlo o de otras situaciones irreversibles. También averigüé que una persona decente jamás vuelve a ser la misma después de atropellar a un ciclista, se dé a la fuga o no, que se lo dijo una vez un tipo que entró a sacar dinero en el cajero en el que él dormía, que también le aseguró que a esas alturas ya le importaba una mierda la posibilidad de que él decidiera intentar salir de su miseria chantajeándolo. El Desecho me prometió que ni se le pasó por la mente esa opción. En cambio, dijo, esa noche no pudo pegar ojo preguntándose qué derecho tenía aquel tipo a joderle la creencia de que era una de las personas más jodidas de la ciudad. Y, bueno, no sé qué más. Me sabe un poco mal no haberle deseado suerte la tarde en que vi claro que no quería volver a verlo. Al contrario, antes de bajar del tren le dije, no sé por qué, hasta mañana. Tampoco ese día había nadie esperándome en el banco. No me extrañó en absoluto. Recorrí el apeadero, atravesé el paso subterráneo y esperé el tren que me llevara de vuelta a casa. Empezaba a hacer frío de verdad. Pero ni temblé ni tirité. Ni Pedro/Pablo, ni el Desecho, ni ella forman ahora parte de mi vida.