Lleva tres días lloviendo sin cesar. Estoy intentando escribir algo, paro a encender un cigarro y de repente caigo en la cuenta de que esto es un primero. Y que no he limpiado la terraza desde que te fuiste. Solo los que viven en el primer piso de un patio de vecinos saben lo que puede llegar a caer de las ventanas. El desagüe ese del rincón tiene que haberse embozado, seguro. Es más, la última vez que salí a tender reparé en que el sumidero ya ni siquiera era visible. Había quedado oculto bajo una capa solidificada de polvo y mugre. Puta mierda. Me da miedo acercarme a echar un vistazo. Ya me veo teniendo que llamar a los caseros para decirles que se me ha inundado la terraza porque en casi un año no se me ha pasado por la cabeza la idea de barrer o lo que sea que se haga para mantener en condiciones una terraza. Además, ya digo, llueve con ganas, hace frío y es de noche. No sería el mejor momento para intentar solucionar una hipotética catástrofe doméstica. Pero, bueno, habrá que ir a ver si mis temores son fundados. Así que me dirijo al salón, enciendo la débil bombilla exterior y miro a través del ventanal. La mitad derecha de la terraza se ha convertido en un estanque negruzco en el que flotan cientos de reflejos de la bombilla y un montón de cosas más. Joder. Descorro el ventanal y salgo para estudiar de cerca la situación. Obviamente, en ese momento la lluvia arrecia. Me acerco a la orilla. Miro hacia el rincón donde se supone que está el desagüe. Allí el agua es aún más oscura, completamente negra. Como supongo que es arquitectónicamente natural, el escurridero está a un nivel más bajo que el resto de la terraza. La pregunta es cuánto más bajo. Bastante, me temo. A ojo se diría que el agua ya tiene casi medio metro de altura en el rincón. Si sigue lloviendo así no tardará mucho en alcanzar la ventana del dormitorio y agravar el desastre. Voy a tener que meterme. Joder, mierda, qué asco, qué pereza. Pero vuelvo dentro, me quito los pantalones y me pongo las Converse rotas que hace mucho que debería haber tirado. También necesitaré algo con lo que rascar el suelo en busca del jodido desagüe. Entonces me acuerdo del peine que te dejaste en el mueble del baño. Me toca los huevos verlo ahí cada vez que me lavo los dientes, pero no los he tenido para tirarlo. Es de plástico negro y tiene un mango firme y unas púas largas y de aspecto resistente. Casi parece un pequeño rastrillo. Podría servir. Servirá, me digo mientras me adentro en calzoncillos en mi flamante piscina sucia con el peine aferrado muy, muy fuerte en la zurda. Tú también lo eras, y te enorgullecías de ello. Nunca le encontré el sentido. Ni a eso ni a otras cosas de las que alardeabas. Y pienso que es curioso tener que verme en una de estas para darme cuenta. Avanzo entre los restos flotantes de un naufragio surrealista. Un par de calcetines ajenos, multitud de pinzas de plástico (las de madera deben de hundirse), el prospecto medio deshecho de un Flutox Jarabe ¿2mg/ml?, cinco o seis cadáveres de una especie de insecto a medio camino entre el escarabajo y la cucaracha que saltan de vez en cuando al recibir el impacto directo de una gota. Por supuesto también está el clásico condón usado, serpenteando caprichosamente al vaivén del leve oleaje. Bajo el resplandor mortecino de la bombilla parece una víscera, el envoltorio de un embutido. Siempre lo parece, supongo. Entonces algo me roza la pierna. Siento un escalofrío. Hace un par de semanas pusieron un cartel en el patio; algo sobre una inminente desratización del edificio. Pero no. Por suerte solo es un tanga (¿o se dice una tanga? Me parece que últimamente hay una tendencia en este sentido. Yo qué sé, me decanto por un tanga). Curiosamente es idéntico a uno de los tuyos. Aquel a rayas multicolores. Tenía un aire juvenil. No sé qué pensarías tú, pero lo cierto es que cada vez te costaba más aprehenderlo. En ese momento un relámpago me da unas décimas de verdadera luz que me sirven para intuir el lugar donde debo rascar y para comprobar por el rabillo del ojo que tus rosales ya no son más que palos resecos y retorcidos en sus maceteros. Tienen un aspecto siniestro. Deben de llevar bastantes meses muertos. Eran bonitos pero mejor, qué coño, estaba harto de pulgones, cochinillas y tórtrix del rosal. Estaba harto del olor del plaguicida con que había que rociarlos todos los putos sábados a mediodía. Mientras pienso todo esto me doy cuenta de que ya tengo el brazo metido hasta el hombro en el agua y peino con furia el lodazal del fondo. Noto unos chasquidos de plástico, un par de púas aparecen flotando en la superficie entre remolinos cenagosos. Creo que estoy rascando en el lugar acertado. Siento una leve succión bajo mi mano que de pronto se intensifica hasta convertirse en un auténtico trago. Saco el peine-rastrillo, lo oriento a la luz, los restos deshilachados de un pañal (supongo que sucio) enredados en él. Instantáneamente el agua empieza a bajar de nivel a una velocidad asombrosa. Los desperdicios van formando un círculo menguante alrededor del desagüe, que uno tras otro va engulléndolos. Al final lo único que queda en el suelo mojado es esa ropa interior idéntica a la que tú usabas. Pero no pasa nada. Calarse hasta los huesos ha servido para algo. Yo también me he drenado. Y además hace años que pasé la fase de fascinación por los tangas. Así que después de ducharme bajaré a tirarlo a la basura. Y tu peine también.
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Pensamientos profundos
Hacía horas que el resto de habitantes de la ciudad, el país y la parte a oscuras del mundo dormía soñando sus sueños grandes o pequeños. Él llevaba días sin dar más que alguna cabezada suelta y en el peor momento. Como esa misma mañana, sobre el teclado del ordenador de la oficina, presionando con la ceja izquierda la tecla Supr.
Ahora, sentado en el umbral de la casa con la puerta abierta para que le llegara el dolor solidario de Micah P. cantando en el reproductor, echaba la ceniza del cigarro en la lata de cerveza que acababa de apurar. Y en lo último que pensaba era en el expediente que le habían abierto en el trabajo.
Su mente tampoco hacía la menor concesión a la grandeza del cielo de una noche de verano sin luna. Clareaba por el este. Las estrellas aún se hacían fuertes en el intenso azul oscuro del oeste. Y era esa hora en que incluso en la noche más pegajosa de julio el calor parece conceder un respiro a los animales de sangre caliente. Pero él ni siquiera reparó en la agradable brisa que se le coló por el faldón de la camisa enfriando el sudor de su espalda.
Se limitaba a mirar la tierra que tenía inmediatamente delante. La tierra que rodeaba la casa y que tan solo ocho días antes habían removido, rastrillado, surcado y otras muchas acciones pertenecientes al mismo campo semántico y que jamás habría imaginado poner en práctica. Se limitaba a mirar y a intentar digerir lo absurdo que puede llegar a ser el final de las historias que se cuentan solas, sin guión. Por ejemplo una casa cercada por lo que ahora bien podría parecer una excavación arqueológica de la que solo se extraerían los restos ruinosos de un pasado esplendoroso.
Pero, por alguna razón que ya carecía de importancia –si es que alguna vez la había tenido-, ocho días antes ambos tenían claro que era fundamental para su futuro adecentar el terreno y plantar en él centenares de pensamientos azules, amarillos y granates. Así que los dos se habían tirado todo aquel día de hace ocho días rebozados en la tierra, cavando, abonando, haciendo en unos puntos pequeños hoyos y en otros pequeños montículos que parecían las tripas terrosas de los primeros. Acabaron el trabajo cuando el sol se ponía, cuando la tierra era roja y parecía mucho más viva que ahora.
-Mañana los plantaremos –había dicho alguno de los dos, no lo recordaba con exactitud.
Tampoco recordaba quién mencionó algo sobre lo genial de despertarse todos los días en medio de una explosión de colores.
Pero al día siguiente no había habido mañana. El día siguiente amaneció siendo solamente el día 0 de una nueva era. Una nueva era de polvo en las fotos y mortajas en los armarios por la que se había arrastrado ya una semana, la peor de su vida, teniendo la sensación de no haber avanzado ni un centímetro. Una sensación que en este momento, insomne ante el paisaje agujereado por algo parecido a un bombardeo, daba paso a la escalofriante sospecha de que jamás avanzaría.
Se imaginó entrando y saliendo de la casa durante años haciendo el esfuerzo consciente de esquivar los baches. Recordándolo todo cada vez que tuviera que rectificar la trayectoria de sus pies para evitar un montón o un socavón. Y de golpe sintió instalarse en su interior el cansancio acumulado de una montaña de tiempo que no había hecho más que empezar.
En ese instante a Hinson le dio por animarse un poco a su espalda. Empezó a cantar en el mp3 más fuerte, más rápido, con más rabia que pena. Rasgaba el banjo y repetía sin cesar algo sobre cavar una tumba bajo la luz de la luna. Su inglés le daba para entender una orden tan sencilla.
Y casi sin pensarlo se vio sin luna en lo alto pero con la pala en la mano, cavando, cavando y cavando un agujero lo bastante ancho y profundo como para arrojar en él un par de álbumes de fotos, los regalos de ocho cumpleaños, los sudarios de los armarios y la ropa interior del segundo cajón empezando por abajo. Ni siquiera desfalleció cuando cayó en la cuenta de que no estaría de más agrandar el agujero para hacer caber en su interior el colchón de toda una vida.
El sol estaba ya en el centro del cielo cuando acabó de sellar la tumba. Las cigarras chirriaban. Hacía muchísimo calor, pero él se contentó con percibirlo mínimamente e intuir que al día siguiente sería capaz de apreciarlo un poco más. Se secó el sudor de la frente y dedicó un rato a rellenar los huecos en los que un día se supuso que iban a florecer los pensamientos.
Cita con gorro verde
Llegó unos minutos antes de lo previsto. Se sentó en el escalón de cemento que bordeaba el estanque de los patos. Así habían quedado. Desde donde estaba podía ver el campo de fútbol unos cientos de metros más allá. El lugar en el que dentro de un rato disfrutaría de un espectáculo deportivo mientras en la otra punta de la ciudad ocurrían cosas sucias. Es lo que estaba pensando cuando las torres de iluminación fueron encendiéndose una a una hasta envolver el estadio en una nube de luz parecida a un hongo nuclear. Llevaba puesto un gorro verde. Eso también estaba hablado. Lo había comprado un rato antes, de camino a la cita. Le había dicho al dependiente de la tienda que quería un gorro verde. De lana, de punto, impermeable, tal vez con orejeras, con una borla en lo alto… Es lo que había querido saber el vendedor.
-Simplemente un gorro verde, me importa una mierda de qué esté hecho -había contestado.
-Como quiera.
Pero se arrepentía. Finalmente se había llevado uno de lana y era otoño y el otoño siempre era suave en esa ciudad. Y ahora se sentía ridículo y más pringoso de lo habitual sentado al borde del estanque viendo a toda esa gente en pantalón corto y manga corta haciendo footing por el parque. Era gente sana, radiadores de bienestar que por razones incomprensibles se sentían de maravilla dedicando un rato a mantener la línea después de una jornada laboral tan asquerosa como la de todo el mundo. Le bastaba con fijarse en sus expresiones esforzadas pero realizadas para darse cuenta de ello. Personas tan sanas y tan armoniosas que, a pesar de tener cuatro extremidades y dos ojos en la cara, de repente le parecían totalmente ajenas a él. Casi como de otra especie animal. Porque, por ejemplo, ellos miraban el reloj para controlar su ritmo de carrera, su ritmo cardíaco, la distancia recorrida, las calorías quemadas y otras cosas así de saludables; y él lo miraba cada treinta segundos calculando el tiempo que le faltaba para convirtirse en un monstruo.
Así que se sentía a años luz del equilibrio y la paz que notaba en cuantos se movían a su alrededor. Y todo por culpa del puto García. Un hombre vulgar con un nombre vulgar que había conseguido llevarle hasta donde se encontraba, esperando a un desconocido al borde del estanque de los patos, con miedo y con vergüenza y con el culo mojado. Se sentía, sí, ridículo, pero también malvado, o más bien siniestro, puede que hasta peligroso. Él, que nunca se había planteado que tal vez fuera una mala persona… Ahora no encontraba la palabra precisa para aunar todas las sensaciones que le pasaban por la cabeza, justo bajo su gorro absurdo y extemporáneo, al observar a todos los que pasaban a su lado correteando o saltando y sin otra preocupación en sus vidas que la de mantenerse en forma. Los odiaba. Odiaba la placidez que desprendían, su insultante despreocupación. Porque él sabía muy bien que nadie con problemas de verdad pierde tiempo en comprarse, ponerse y después lavar y planchar y volver a ponerse ropa deportiva para ensuciarla otra vez al día siguiente. Cuando estás realmente jodido no importa la barriga ni el pelo que se cae. Eso pensó, y le pareció que podría quedar bien en la página de un libro o en un sobrecito de azúcar. Pero en seguida dejó de divagar y volvió a lo importante. Y lo importante era que odiaba a todos esos corredores que hacían jruash jruash al trotar por la gravilla del parque y a los pseudoatletas que estiraban los abductores apoyándose en el respaldo de los bancos. Y que odiaba a muerte a los que practicaban la postura del loto en el césped buscando encauzar, equilibrar o potenciar su chi. Y, sobre todo, que ese odio daba un salto de calidad, intensidad y profundidad y se convertía en algo insoportable y aterrador -algo que le desgarraba la boca del estómago y le comprimía los pulmones y hacía que sus dientes mordieran hasta la sangre su labio inferior- cuando las miraba a ellas. A todas esas mujeres, jóvenes, maduras, algunas aún casi niñas, decididamente viejas otras, que pasaban sudando dentro de sus shorts ceñidos. Cuando las miraba y no podía evitar compararlas con la suya. Todas vencían la balanza hacia su lado. Todas, hasta las que eran más feas, más viejas, más gordas. Desde la primera hasta la última se imponían en la comparación por la sencilla razón de que no eran ella.
Y todo por culpa de García. Había llegado a la oficina sólo un par de meses atrás y ya se creía el puto amo. Peor aún: ya era el puto amo. Porque era el que le había quitado el ascenso por el que había trabajado durante diez años. El que ahora se iba de copas con el jefe después del trabajo. El que de golpe había acaparado las miradas de las secretarias trepas que antes se le insuanaban a él. El que ahora le tocaba los cojones cada tarde justo antes de salir de la empresa pidiéndole informes que estuvieran listos a primera hora de la mañana siguiente. Pero, por encima de todas las cosas, era el motivo de que ella se quejara continuamente. Por no poder barnizar las puertas. Por no hacer ese viaje de fin de semana a la playa. Por las constantes averías del coche. Y porque estaba segura de que en casa de García las puertas y las ventanas brillaban cegadoramente bajo su capa de laca protectora, lo cual hacía que su llegada a casa el domingo por la noche después de coger su flamante coche e irse a pasar un par de días en la costa fuera increíblemente agradable.
Siguió esperando sentado, prácticamente sin mover un músculo, con la mano derecha metida en el bolsillo de la americana. Estaba muy quieto, pero sudaba igual o más que los atletas urbanos que iban y venían. Percibía el líquido condensándose en sus sienes. Jodido gorro, pensó. Pero en realidad sabía que la razón era que estaba nervioso. El crujido que emitió el sobre que llevaba en el bolsillo al arrugarse bajo la presión de sus dedos resudados se lo corroboró. Tengo que tranquilizarme, se dijo, todo va a salir bien. Mañana recuperaré el control de mi vida. Y empezaré de nuevo. Una nueva oportunidad para alcanzar el lugar que merezco. Quizá esta vez no fracase. No, no la cagaré esta vez. Y se repitió Todo va a salir bien, todo va a salir bien hasta que reparó en que llevaba unos segundos diciéndolo en voz alta. Cuatro o cinco tipos pasaron a su lado vestidos con camisetas de fútbol y se le quedaron mirando. Tenían pinta de estúpidos, pero le asustó la posibilidad de que alguno de ellos no lo fuera del todo. Le asustó que un imbécil que salía a la calle con el uniforme y la bufanda de su equipo pudiera llegar a ser el responsable de que acabara en la cárcel. Que le reconociera cuando sin duda su foto saliera en los periódicos o en esos programas de tragedias y como buen ciudadano acudiera a la poli a decir Ya sabe, probablemente sea una tontería, el tipo no estaba haciendo nada malo ahí, en el estanque de los patos, pero repetía como ido que todo iba a salir bien y, no sé, no me dio buena espina. De manera que sonrió a los forofos como un gilipollas más y estuvo a punto de decirles Ánimo, chicos, que hoy machacamos a esos cabrones. Y eso que a él ni siquiera le gustaba demasiado el fútbol. Simplemente iba de vez en cuando a algún partido. A los partidos importantes. Por salir un rato de casa, más que nada. Y el partido de esa noche era de Champions. Una buena oportunidad para poner en marcha el plan. Tendría coartada para un par de horas. Lo único que tenía que hacer era sentarse en las gradas y procurar que alguno de los espectadores se quedara con su cara. Derramarle en los pantalones un poco de Coca-Cola, confundirse premeditadamente de asiento, quizá hasta provocar algún pequeño enfrentamiento. No parecía muy difícil. Además, si llegaba el momento en que alguien necesitara algo más que las declaraciones de unos cuantos testigos seguro que en el estadio tenían un buen montón de cámaras que le habrían grabado entrando, saliendo, meando o celebrando un gol. No, no tenía de qué preocuparse, se dijo mientras se quitaba el gorro y lo dejaba un momento en el cemento para arreglarse el pelo húmedo y apelmazado.
-Aunque ahora no lo llevas puesto, supongo que tú eres el del gorro verde -dijo entonces una voz a su lado.
Era una voz suave, muy joven, al igual que el hombre al que vio cuando levantó la vista con el corazón a punto de estallarle. Por alguna razón había imaginado que el sicario con quien le habían puesto en contacto sería un tipo de aspecto feroz. Alguien terrorífico que hacía cosas terroríficas. Pero lo que tenía ante sí era un chaval enclenque, casi un crío, sin atisbo de barba, a quien no le pegaban en absoluto el traje negro y la corbata fina con los que le habían dicho que siempre acudía a sus citas. Influencia de las películas de matones, pensó pero no se atrevió a decir. Y, además, le importaba una mierda. Sólo quería que fuese discreto y efectivo, y aquella noche de borrachera en aquel bar de aquella ciudad del norte le habían asegurado que no encontraría a nadie mejor para hacer el trabajo aunque se empeñara en recorrer el país de punta a punta.
-Sí, soy yo -contestó levantándose, intentando parecer tranquilo pero poniéndose el gorro con manos temblorosas.
-No lo alarguemos más de lo necesario.
-Muy bien.
Sacó el sobre del bolsillo y se lo tendió al chaval mientras echaba una mirada claramente asustada alrededor.
-Tranquilízate -le dijo el asesino con una voz que ya no parecía tan suave.
-Lo siento, tienes razón. Ahí tienes el dinero, cuéntalo si quieres -dijo con la extraña sensación de saber que de ahora en adelante esa frase le erizaría el pelo cuando la oyera en una película. – También está la copia de la llave. ¿Qué harás luego con ella? Tírala a una alcantarilla, fúndela, no sé, quizá…
-Te he dicho que te tranquilices. No voy a contar el dinero porque si intentas joderme iré a por ti y lo recuperaré con creces. Eso y saber poner la cara apropiada si te toca hablar con la prensa o cuando asistas al entierro es lo único que tiene que preocuparte ahora.
Y eso fue todo lo que se dijeron. El chaval se fue con el sobre en la mano. Andaba despacio, con la cabeza ligeramente levantada. Como quien pasea disfrutando de una buena noche. Y él se quedó allí, viéndole alejarse. Luego tiró el gorro al estanque y contempló cómo se hundía. Pensó en su mujer y en sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de casa. Pensó en García y en su mujer y sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de su casa. Y supuso que hasta esa noche sus vidas, al fin y al cabo, no habían sido tan diferentes. Y luego entró en el estadio y vio ganar a su equipo, contra todo pronóstico.
Otra terapia fallida
Mientras meto el bote de tomate frito en la cesta me invade una sensación de triunfo y pienso que a lo mejor las cosas no tienen que ser siempre así. Que quizá en algún momento de su pasado la vieja que acaba de preguntarme si sé dónde está el papel higiénico no olía a orines y lucía más dientes que mellas y te miraba a los ojos al hacerte esa u otra pregunta y no hablaba de ese modo avergonzado y tembloroso de quien se sabe desagradable a los sentidos. Pienso o me esfuerzo en pensar en que tal vez hubo una época en la que no salía a la calle con las medias sucias enrolladas en los tobillos. Incluso es probable que así sea, me digo. Pero lo que es casi seguro es que esa suciedad, esa peste, ese deterioro con los que deambula desorientada por el supermercado le acompañarán hasta que se muera. Dentro de poco. Desnucada en la ducha mientras en un arranque de pseudorresurrección intenta limpiarse la roña de los pies. Mientras su hijo o sus hijos cagan o follan o roncan o cumplen eficientemente con su jornada laboral en una cadena de montaje o en la sección de ropa de señora de un centro comercial o en un despacho de abogados, qué más da.
Me identifico con la anciana. Aún no tengo hijos cabrones, pero también me pierdo en los supermercados. Y cada vez que me veo en la necesidad de entrar en uno de ellos siento que se me vienen encima esas montañas de productos. El ir y venir de la gente, el bip-bip de las cajas registradoras, los reponedores a punto de atropellarte en cada recodo con sus pequeños montacargas hidráulicos. Todo ese derroche y esa prisa absurda. Me ciegan, me hacen perder la perspectiva y a menudo salgo huyendo de la tienda sin lo que había ido a buscar. Por eso el hecho de haber sido capaz de encontrar el tomate frito con el que a lo mejor consigo condimentar algo de pasta hace que hoy me sienta más realizado que cualquier día de los últimos meses. Mi madre estaría orgullosa de mis progresos en el terreno de lo que mi terapeuta llamaría habilidades sociales. La venera igual que el más ignorante de los indígenas del más sucio culo del mundo veneran al brujo de su tribu. Lo que mi madre no sabe ni sospecha, gracias al respeto que le obligué a jurar a la confidencialidad médico-paciente como condición para concederle su deseo de someterme a tratamiento, es que mi terapeuta murió hace ya medio año y que desde entonces el dinero que me da cada lunes para mis supuestas dos sesiones semanales me sirve para sufragar otro tipo de terapias.
Tenía las paredes de la consulta repletas de diplomas y otros títulos impresos en papel de arroz de ésos que se utilizan para demostrarle al mundo lo inteligente que has llegado a ser después de años siguiendo diversos planes de estudios. Que puedes servir de modelo, guía o faro para algunos de tus congéneres, más jodidos que tú. Puede que así fuera, no tuve tiempo de comprobarlo. Además era una mujer relativamente guapa para tener cuarentaitantos. No sé, quizá lo tenía todo. Pero al poco de empezar mi tratamiento llegué una tarde al edificio donde se encontraba su consulta-casa y un cordón policial me impidió entrar en el portal. Había caído justo delante. Imaginé su despacho en el séptimo piso, unos treinta metros en vertical y hacia arriba desde la sábana que se abombaba en la acera cada vez que se levantaba una ráfaga de viento un poco más fuerte de lo normal. Imaginé sus diplomas allí arriba, colgando de las paredes de la habitación. Si sus átomos de celulosa pudieran pensar o hacer algo parecido a pensar se sentirían un auténtico fracaso. Tan inútiles como los protagonistas de las fotos enmarcadas de, supongo, parientes o amigos o un Yorkshire que había encima de su escritorio y de las que yo sólo llegué a ver su aterciopelada parte trasera durante el par de sesiones que me senté frente a ella a escuchar cómo podía y debía mejorar mi vida.
Le dio tiempo a hacerme un test de inteligencia y otro de personalidad. Poco más. Algunos comentarios al respecto. Dijo que no debía preocuparme demasiado, que mis resultados se movían en los parámetros de la normalidad, que lo mío no era un problema especialmente grave. Nada que no pudiera solucionarse con su ayuda y un firme propósito de mejora y actitud positiva por mi parte, algo así dijo, irradiando empatía y buen rollo, pocos días antes de decidir tirarse por la ventana. Tópicos, en definitiva. Lo que te dicen tus amigos cuando te sinceras con ellos. Lo que te dice gente que no ha dedicado gran parte de su vida a estudiar los entresijos de la mente humana. Gente que reparte cajas de Fanta por los bares o gente que espera que su papá ricachón le ingrese su asignación mensual en la cuenta corriente. Gente que se mueve en los parámetros de la normalidad. Supongo que por eso no me afectó gran cosa la muerte de mi psicoterapeuta; incluso en los alrededores de la vida del más retraído de los seres humanos puedes encontrar docenas de buenos samaritanos dispuestos a prestarte sus oídos y regalarte unos minutos de su sabia voz. Y por otra parte, ya digo, desde que mi doctora decidió borrarse de la vida a la que ayudaba a adaptarse a tipos como yo cuento con quinientos euros extra al mes. Y eso, al menos para mí, es cantidad suficiente para asimilar mejor la muerte de una absoluta desconocida, aunque quizá le hubiera empezado a relatar algunos de mis miedos y mis deseos, que en realidad vienen a ser lo mismo.
De manera que está muy bien que mi madre ignore la condición cadavérica de mi loquera y siga confiando ciegamente en su supuesto poder para reconducir mis procesos cerebrales. Todos contentos. Los lunes y los jueves, antes de supuestamente asistir a mi sesión de psicoterapia, voy a comer a casa de mi madre. Le doy un beso al llegar y otro al irme. En el intervalo como de caliente, alguna que otra vez me ducho con gel de ph neutro y abuso del Axe Musk que mi hermano pequeño esconde en el fondo del armario para sus citas especiales. Y mientras tomamos el café le cuento a mi santa madre historias inventadas sobre mis maravillosos avances. Lo mucho mejor que me siento desde que tuvo la valentía de obligarme a ir al médico. Que ya no recordaba lo que era estar más o menos en paz conmigo mismo. Lo orgullosa que se siente la doctora de mi evolución. Que me ha pedido permiso para exponer mi caso en una conferencia que dará la semana que viene. Cosas así. Cuánto me alegro, hijo mío, suele contestar ella. Sólo si la conversación es especialmente afable hasta se atreve a besarme la frente. Y de tanto en tanto se deja llevar por un arrebato temerario y me sugiere con delicadeza que tal vez dentro de poco ya esté en condiciones para buscarme un buen trabajo. Entonces, dice, ya me podría morir tranquila. Pero lo normal es que simplemente me verbalice su alegría y me deje marchar en paz, sintiéndome bien por haber encontrado una manera de hacer que ella se sienta bien. Lo malo es que a veces se emociona demasiado al escucharme y se le saltan unas pocas lágrimas. Lo que invariablemente me hace dudar si llora de felicidad o es que de algún modo percibe, racional o irracionalmente, mis mentiras. Y como no estoy dispuesto a renunciar a mi modesto salario mensual, cuando eso ocurre opto por quedarme con tal incertidumbre, renunciar a la efímera placidez de saberme un bienhechor y dejarle a ella la responsabilidad de desvelar mi pequeño secreto, si es que realmente quiere hacerlo.
Con los quinientos euros pago mi mitad del alquiler de un piso en el extrarradio. La otra parte la atiende un estudiante alemán que ha venido a aprender castellano. Se llama Sven, es de padre sueco y tal vez por eso al principio sus facciones me resultaron mucho más suaves y agradables que las que, según mis escasos conocimientos antropológicos, corresponderían a un teutón de pura cepa. Las primeras semanas la convivencia fue bastante fluida. Una transacción cómoda y justa: yo le dedicaba unos minutos al día de conversación, normalmente breves y sencillos comentarios a colación de los larguísimos discursos sobre su familia, amigos, aficiones, intereses y deseos vitales que me brindaba mientras yo navegaba por la red o fumaba asomado a la ventana, y el sueco-alemán me correspondía llenando la nevera de cervezas y cocinando suculentos platos de la tierra de sus antepasados. Como su dominio de nuestra lengua estaba lejos de ser profundo y/o extenso y/o exacto, las cosas marchaban bien para mis intereses. Si yo me callaba él se callaba. Ni siquiera tenía que pedirle que cerrara la boca de una puta vez y se largara a cazar renos. Como mucho en alguna que otra ocasión se ponía a murmurar lo que intuyo que serían insultos en alemán o sueco o lo que fuera y me miraba con el ceño fruncido desde sus casi dos metros de altura. Pero no me importaba. Oír aquélla sucesión de fonemas ininteligibles llegaba a ser casi como uno de esos estúpidos mantras. Como oír llover: algo que la mayoría de las veces puedes sobrellevar, como mínimo, sin alterarte demasiado. Y puesto el tipo provenía del civilizado norte de Europa tampoco temí nunca por mi integridad.
Pero lo bueno acaba pronto. Las cosas empezaron a torcerse cuando un buen día me di cuenta de la culminación de un proceso que seguramente había durado un tiempo relativamente largo y que me había pasado totalmente desapercibido. Estaba tumbado en el sofá jugando a la Play sin sentirme llamativamente bien ni llamativamente mal conmigo mismo ni con nada ni nadie en especial cuando Sven apareció en el salón, se acercó a mí, me agarró de los tobillos y depositó mis pies en el suelo. Entonces sentó sus cien kilos de carne rosada y pelo rubio en el espacio que antes habían ocupado mis extremidades inferiores y me dijo, juraría que con estas precisas palabras, Eh, tío, ¿no crees que deberías hacer algo con tu vida de una puta vez? En un primer momento, más que el contenido de su mensaje me chocó la forma en que lo había expuesto. De la noche a la mañana el tipo conjugaba los verbos con total solvencia y manejaba a la perfección expresiones malsonantes sin apenas manifestar el acento de su lengua materna. Lo cual me hizo comprender de golpe que la idílica relación que hasta ahora habíamos mantenido se acababa de ir a la mierda. Entendí que desde ese instante estaba condenado a un nivel de interacción más profundo y cercano con mi compañero bárbaro-vikingo. Algo así, imagino, como cuando un crío les dice por primera vez papá o mamá a sus progenitores. Un salto de calidad quizá inevitable pero que no por ello dejaba de llenarme de pereza y, por qué no decirlo, de un cierto y creciente desasosiego. Básicamente porque por el tono en que el gran Sven me había formulado su pregunta-reproche y el lenguaje gestual con el que se había dirigido a mis frágiles tobillos entendí que el rol de niño en nuestra repentina y extrañísima relación paterno-filial se me acababa de adjudicar a mí. Y es que, y para ello no había más que analizar someramente la morfonsintaxis de la cuestión que el germano me había planteado, era evidente que me había catalogado como un inútil, un fracasado, un outsider y todos esos sinónimos que, con mayor o menor recurrencia a lo largo de mi vida en función de mi estado anímico coyuntural, siempre he tenido la impresión de que la gente que se mueve en los parámetros de la normalidad asocia a mi persona.
En definitiva, aquel día Sven ejecutó de modo implacable pero al menos sin derramamiento de sangre un golpe de estado en nuestro modesto piso compartido. Ni que decir tiene que desde entonces nuestro trueque migajas de atención-comida y bebida dejó de regir las operaciones comerciales de la casa. Además, casi al mismo tiempo el invasor bávaro empezó a hacer amistades más allá de nuestros tabiques. Amistades que, probablemente por su imponente físico y el toque exótico que supone ser extranjero -pero europeo- en un país de mierda como éste, pertenecían al sexo femenino. De modo que hoy por hoy la colonización de mi morada ha alcanzado a todas las estancias comunes. El dvd del salón está perennemente ocupado por las películas suecas o los documentales de National Geographic o los cursos de perfeccionamiento del castellano que tanto les gustan a mi tiránico compañero y a sus flamantes coleguitas, tan obsesionados como él con la mierda de aprovechar el tiempo, aprovechar la vida, cultivarse, cuidarse, mejorar personalmente y mejorar este glorioso mundo. Ya ni siquiera encuentro en la nevera las cervezas con que en tiempos mejores tan gentilmente me obsequiaba este tipejo. Ahora lo que abunda son los tetrabricks de soja y el zumo de pomelo. Pero lo peor es que la enorme invasión rubia ha traspasado incluso las paredes de mi humilde cuarto, pues Sven duerme en la habitación contigua, donde también folla, sonoramente.
Así que en mis pocos ratos de paz me encierro en mi cubículo y pienso que algún día las cosas mejorarán. Y procuro salir a la calle lo menos posible. Hoy he ido a por tomate, es cierto, pero aún es más cierto que lo he cogido de paso, después de comprar veinticuatro cervezas. En fin, intento salir a la calle sólo cuando es estrictamente necesario. Porque cada vez que lo hago me doy cuenta de que, por ejemplo, no me gustan los supermercados. Ni la gente que se ve por sus pasillos o detrás de sus cajas registradoras. No me gusta lo que se mueve por la calle. Ni los que son escoria ni los que se creen brillantes.
Esta humedad me va a matar. Es lo primero que oigo mientras viajo en el Saab de mi padre de vuelta a la urbanización, a la zona residencial, a casa. Carraspea y lo dice cuando ya hace un rato que hemos dejado atrás la estación de autobuses y los escaparates y los coches aparcados en zona azul. Sólo lo dice cuando lo que pasa al otro lado de las ventanillas ya no se puede llamar ciudad. Campos, descampados, naves industriales y otras cosas silenciosas que se extienden hacia el horizonte y que supongo le hacen oír demasiado lo que está pensando y le obligan a hablar de cualquier estupidez menos de lo que de verdad importa. Por ejemplo de que esta humedad le va a matar. Vale, es posible que al verme haya dicho Hola o haya emitido un gruñido parecido a un saludo. De hecho me ha parecido que me miraba a través del retrovisor y pronunciaba algo mientras yo metía mis cosas en el maletero. Pero lo cierto es que Esta humedad me va a matar es la primera frase de relativa complejidad que mi padre me dedica en mucho tiempo. Y yo no digo nada pero levanto la vista hacia el cielo nublado y no veo más que cielo nublado y luego la dejo caer pesadamente sobre las copas peladas de los árboles que bordean la carretera y zum-zum-zum-zumban al devolver rebotado el ruido del motor. Sus ramas están mojadas. Y la hierba y las señales de tráfico y los bancos del pequeño parque junto al que pasamos. Pero no hay gotas en el parabrisas y por un momento me pregunto si todo esto será cosa mía. Y en seguida pienso que qué más da, que el caso es que todo parece estar mojado y ser incómodo para sentarse a descansar o charlar o descansar y charlar. Todo, hasta o especialmente el asiento del copiloto/acompañante de este coche. Y es probable que la explicación sea que hoy vuelvo a casa después de seis años y tengo la impresión de que eso resulta mucho menos importante que el clima, las cotizaciones en bolsa o la nueva mesa de billar que encuentre en la sala de juegos en cuanto lleguemos.
Está empezando a oscurecer de verdad cuando nos detenemos en el puesto de control de acceso a la urbanización. Dentro ya no está el viejo de siempre. O el que para mí es el viejo de siempre. El que olía a tabaco, a alcohol y a sudor e iba mal afeitado pero resultaba agradable porque daba caramelos a los niños sin esperar nada a cambio. En vez de él, bajo el tubo fosforescente del techo de la garita hay un chaval casi imberbe que podría tener mi edad o quizá un par de años más y que tiene aspecto de no oler a nada en especial. Abre el ventanuco de la caseta y le da las buenas noches a mi padre y le sonríe de un modo que me parece sinceramente amistoso. Igual es porque tiene orejas de soplillo y en general una de esas caras feas pero que transmiten simpatía. Aunque a lo mejor, quién sabe, es un cabrón con algún interés oscuro. El infiltrado de una banda de atracadores albanokosovares o algo así. A mí me mira un segundo y me incomoda darme cuenta de que en realidad me siento incapaz de juzgarle. Sólo sé que si de ahora en adelante todo transcurre con normalidad veré a ese tipo casi todos los días. Y no me sorprende en absoluto que la barrera roja y blanca se levante y el coche arranque de nuevo sin que mi padre me presente al guardia de seguridad.
Nos adentramos en el entramado de calles de la urbanización y mi padre enciende la radio. Suena el último cd de Bruce Springsteen y es algo que no tiene nada de particular porque a mi padre siempre le ha encantado el Boss. Hubo una época en que yo también me aficioné. Por imitación, por estrechar lazos, no sé. Ráfaga de recuerdos mientras superamos badenes demasiado amarillos a la luz de los faros del coche. Debía de tener unos trece o catorce años. Menos de quince, eso seguro. Lo escuchábamos en el coche de camino al club náutico o a la clínica dental o a la fiesta en la casa de verano de algún amigo, vecino, conocido o colega. A veces incluso cantábamos discretamente los estribillos más reconocibles. En una ocasión mi padre me preguntó cuál era la canción que más me gustaba de todas las de Bruce. Por un momento me dio la impresión de que le interesaba realmente saberlo. No recuerdo con exactitud dónde íbamos pero sí que estábamos sentados en este mismo coche, en estos mismos asientos abatibles de diseño ergonómico, a un metro y poco de distancia el uno del otro, igual que ahora. Pero, en realidad, mucho más cerca que ahora. Porque también recuerdo que cuando me hizo esa pregunta sentí que nos aproximábamos el uno el otro. No físicamente, por supuesto. Lo que quiero decir es que noté que con un poco de suerte mi padre y yo podríamos llevarnos más o menos bien algún día. Fue un buen momento, aquél. Tengo la visión del perfil de mi padre recortado contra el trozo de cielo muy azul enmarcado en su ventanilla y el aire era tan agradable que por una vez no había conectado el climatizador. No sé qué le contesté ni si el me dijo la suya pero supongo que no importa gran cosa. Lo que cuenta es que aún pienso en aquel día como un día apacible, como uno de esos días en que sientes que quizá no estés en el sitio ideal ni con la gente perfecta pero al fin y al cabo tampoco estás tan mal. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Y probablemente nunca vuelva a tenerla, pienso oyendo a Springsteen preguntarme si alguna vez he visto a un espantapájaros relleno de polvo y arena. Se me encoge el estómago y valiéndome de la vista intento dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra parte. Pero afuera sólo hay enormes jardines negros y porches tenuemente iluminados y la tristeza es tan tangible que parece caer del cielo y arrastrarse por el pavimento. Así que me pongo a la defensiva conmigo mismo y me digo que la gilipollez de Bruce era uno de nuestros sucedáneos de comunicación, eso es todo. Mío y de mi padre, quiero decir, aunque en ocasiones también tenían cabida en él mi madre y mi hermano pequeño. Al fin y al cabo Springsteen es bueno, así que cualquiera puede utilizar su música para suplir carencias o llenar vacíos. Es lo que concluyo al tiempo que noto crecer a mi espalda, en los asientos traseros cuyo tapizado aún huele a nuevo, mis seis años de ausencia en viajes al extranjero, trayectos interurbanos e inclusos cortos y potencialmente peligrosos desplazamientos al centro comercial o al McDonald’s. E intento convencerme de que no había nada especial ni bonito en que nosotros también tuviéramos nuestros propios códigos para decir todas esas cosas que da vergüenza decir. Intento convencerme, en definitiva, de que no hay nada especial ni bonito en nada. Y apoyo la cabeza en el reposacabezas y me pongo a divagar un poco mientras mi padre conduce y yo intento controlar el ritmo de mi respiración sin que se me note demasiado el esfuerzo que ello me supone y ambos subimos y bajamos callados como muertos por las laderas de las colinas artificiales que hacen que este sitio se llame ridiculamente Beautiful Hills. Divago y me planteo cuántas personas en el mundo se encontrarán ahora mismo en el interior de un coche intentando encontrar cierto consuelo, fuerza, valor, ánimo, comprensión, esperanza, redención en la música de un artista endiosado al que jamás conocerán. Y me respondo que muchas, muchísimas, y cierro fuerte los ojos y quiero creer que empiezo a tranquilizarme un poco.
Llegamos al final de la amplia avenida de acceso a la urbanización y en la bifurcación mi padre toma el camino más largo para dirigirse a casa. No coge el que lleva directo a la zona de las villas más altas, donde se encuentra la nuestra, sino el que recorre las faldas de las colinas y luego, ya casi en la valla, gira y sube convertido en una pista de tierra llena de baches que sólo usa la patrulla de seguridad un par de veces cada noche para controlar que nadie intenta traspasar el perímetro. Sé que lo hace para no pasar por delante de la casa de mi amigo Jota. O del que fue mi amigo Jota. Mi familia le culpa a él y seguro que la suya a mí, no hace falta ser muy listo para suponerlo. Así que tomamos el camino más largo, absurdo y cobarde, pero no protesto. Porque me asusta la posibilidad de pasar ante su casa y que él esté recogiendo el correo del buzón o lanzándole una pelota a su perro o cualquiera de esas cosas que se hacen en sitios como éste y me vea y ni siquiera me dedique un gesto con la cabeza. Me da miedo que ya no seamos amigos después de toda esta gran mierda. Así que no protesto. Y cuando por fin salimos de la pista de tierra y el coche empieza a deslizarse suavemente por el asfalto que me conducirá a casa miro por el retrovisor y veo empequeñecer nubes de polvo de formas terribles y muy rojas al resplandor de las luces traseras. Y no puedo dejar de preguntarme si el infierno me perseguirá siempre o si algún día se cansará de mí.
Empezó hace algo más de seis años. Quizá pueda verse en Youtube. Empieza con Jota y conmigo un viernes por la noche en un cajero automático, dispuestos a llenarnos los bolsillos con el dinero de nuestros padres y pillar una de nuestras primeras borracheras sin sospechar que iba a ser la última en mucho tiempo. En la grabación de la cámara de seguridad se nos ve fumar torpemente y pasarnos entre risas sin audio una botella de Licor 43. En blanco y negro. También se ve un bulto al fondo. Un montón de mantas y trapos aplastado contra un rincón. Un vagabundo durmiendo o intentando dormir de espaldas al mundo. Huele a orines y a infección y a borracho, aunque eso no lo capta la cámara. Igual que tampoco capta que en cierto momento el tipo murmura que le demos un par de cigarros, por favor. Entonces yo desaparezco de la imagen y le dejo cuatro en un casillero de ésos que en horario de atención al público se utilizan para depositar las cosas metálicas cuando el arco detector se pone a pitar. Y tampoco se ve que me acabo el cigarrillo que estoy fumando pero como soy maravillosamente joven y quiero sentirme malo o algo por el estilo me llevo otro a los labios y le digo a Jota que me pase el mechero. Eso sí se ve en el vídeo: el Zippo Selection del padre de Jota centelleando en blanco saturado mientras cruza volando la pantalla. Y lo siguiente digno de mención que aparece en la grabación soy yo con mi nuevo cigarro ya encendido, jugueteando con el mechero y mirando a la cámara de frente y luego intentando verme de perfil como casi todo el mundo hace en esa situación. Jota se ríe y me dice que estoy gilipollas. Y probablemente tenga razón, porque sin ningún motivo me acerco al indigente y le digo Eh, tienes el tabaco en ese casillero pero el tipo no contesta y lo que también queda fuera de campo aunque esté ocurriendo justo en el centro de la imagen es que entonces me planteo darle un pequeño golpe con el pie para que reaccione pero al instante pienso que darle una patada a un pobre hombre es un gesto objetivamente despreciable así que, igualmente sin ningún motivo, me veo acuclillado junto a sus pies descalzos haciendo rodar la piedra del encendedor. Una estupidez. Algo absurdo que novecientas noventa y nueve de cada mil veces se habría quedado en nada.
Pero supongo que así ocurren las cosas en ocasiones, casi siempre: sin motivo, sin sentido. Las cosas buenas y las cosas malas. Puedes convertirte en un héroe si eres el primero en pasar por el lugar de un accidente de tráfico y tienes mínimos conocimientos sobre primeros auxilios. O tu amigo y tú podéis convertiros en los peores monstruos del país si por la tele emiten un vídeo en que se ve cómo él te lanza un mechero caro, tú te agachas junto a un montón de harapos y un segundo después un mendigo está rodando por el suelo envuelto en llamas, llenando el aire del cajero de humo rojo que en la grabación parece simplemente gris. Y da igual que no tuvierais la menor intención de quemar a un hombre a lo bonzo. Da igual que no tuvierais ni puta idea de que un rato antes el tipo había estado mendigando con calcetines pero sin zapatos por la gasolinera de al lado. Da igual que estuvierais borrachos. Lo que cuenta es que sois dos chavales de familia bien muy muy bien, con todo a vuestra disposición para ser felices y hacer felices a los demás o como mímimo estar estúpidamente agradecidos al mundo, y en cambio habéis carbonizado a un homeless en vuestro tiempo de ocio. Por pura diversión, dirán. Por no tener ningún respeto hacia el ser humano. Por fascismo, por xenofobia y por muchos otros motivos que suenan tan mal si no se comentan en privado. Cosas así dijeron durante semanas en los medios de comunicación y cosas así dirán mañana cuando se publique la noticia de que me han puesto en libertad. Las asociaciones pro derechos humanos pondrán el grito en el cielo y acapararán un poco de telediario. Y en ningún momento se plantearán que a lo mejor no saben una mierda de lo que están hablando. Pero no me importa.
Lo que de verdad me tiene acojonado es que ya entramos en el sendero de grava que recorre nuestra parcela desde la entrada hasta el garaje con capacidad para tres utilitarios y donde también hay un quad de aspecto flamante que supongo le han comprado a mi hermano como parte de su terapia psicológica para sobrellevar lo mejor posible el apestoso asunto de su hermano mayor. Alguna que otra vez he imaginado este momento desde el centro de menores. Casi siempre por la noche, cuando uno se permite más licencias para la nostalgia y la pena. Cómo sería mi regreso. Si mi familia estaría esperándome en el porche y correrían a abrazarme gritando de alegría. Pero mi padre y yo salimos del garaje y la gravilla hace scratch scratch machacada por nuestros pasos y eso es lo único que se oye y se ve alrededor. Entonces, mientras abre la puerta principal de la casa, mi padre me dice Sé… amable con tu madre; ya lo ha pasado bastante mal. Y me siento como si hubiera dicho Sé bueno con tu madre; procura no joderle/jodernos la vida más. Me siento como un problema, como una vergüenza para la gente a quien quiero. Y supongo que es normal que así sea.
Una vez dentro la primera persona a la que veo es la sirvienta, la chica. Me dice Buenas tardes, señor, mi nombre es Luci y se ofrece a subir mi equipaje a la habitación. Tanto por su aspecto como por su forma de hablar llego a la conclusión de que es peruana. Aunque luego pienso que también podría ser filipina. Y durante unos momentos siento la imperiosa necesidad de resolver esa duda. Quiero saber con quién hablo. Quiero saber dónde estoy. Quiero ir recuperando el control. Estoy a punto de preguntárselo cuando se abre la puerta corredera del salón y aparece mi madre. Luce un bronceado de solárium y parece bien de salud. Pero a medida que se me acerca reparo en sus ojos, rojos y vidriosos, y en las bolsas oscuras que cuelgan debajo de ellos, demasiado evidentes a pesar del excesivo maquillaje. Y cuando me abraza y me dice que me quiere y que no sé cuánto me ha echado de menos y que estoy pálido y flaco la noto temblar de pies a cabeza y tengo muy claro que no se debe a la emoción del momento sino a causas mucho más desagradables. Sé que no voy a tener que recurrir a la reserva de recetas que el psiquiatra del centro ha tenido a bien extenderme. Sé que cada vez que lo necesite podré acudir al botiquín de esta casa y coger una pastilla de Dumirox, Dobupal o Cipramil. Pero sobre todo tengo claro que cuando le contesto que yo también la he echado de menos estoy diciendo la verdad. Y eso me hace sentir raro. Mucho más raro que cuando mi hermano pequeño sale de algún sitio y me da un frío y blando apretón de manos en el que se percibe desdén y cierto odio. Rencor, al menos. Y supongo que es normal que así sea.
Suena el teléfono. Es probable que el motivo de la llamada sea yo. Quizá mi abuela quiera felicitarme por mi libertad. Es curioso, pienso: felicitarme por mi libertad… uno nunca se plantea que alguna vez vaya a recibir tal enhorabuena. En cualquier caso, aprovecho la distracción de la llamada para alejarme de ese pequeño centro de cariño y dolor en que por mi culpa se ha convertido mi familia y subir a mi cuarto. Está tal y como lo dejé, lo cual resulta bastante triste porque entonces era un crío de quince años y ahora soy un ex convicto. Pero lo peor es que huele demasiado a cristasol y a spray multiusos. Multiusos amoniacal, igual que el que hasta ayer me suministraba el centro para limpiar mi celda. Ellos la llamaban habitación. Pero era una celda. Esto que veo ahora sí es una habitación. Pero huele como una celda. Como mi celda. Y al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella me pregunto si algún día dejaré de sentirme un preso. El póster de Cobain no me va a contestar. Ni los cd’s que ya no me gustan. Ni los libros de cuando era niño. Así que me acerco a la ventana y miro directamente a la noche oscurísima sin estrellas y a las colinas y al valle atravesado por una carretera, y la sigo con la vista hasta donde ya no puedo distinguirla y todavía más allá y quiero creer que conduce a un sitio tranquilo. Y luego vuelvo a mi entorno inmediato, al sitio en el que tendré que intentar volver a vivir, a las grotescas Beautiful Hills. Vuelvo a esta noche de zona residencial, tan aparentemente fácil y cómoda. Tejados de pizarra más negros que el cielo, el resplandor de alguna barbacoa nocturna y piscinas decoradas con luces subacuáticas. Parecen pequeños zafiros o pedazos de hielo flotando en medio de la nada. Brillando. Me asombra ser capaz de establecer ese símil. Y también me reconforta un poco.
Mi madre llama a la puerta. Me pregunta si me encuentro bien. Le digo que sí y ella me dice Tranquilo, baja a cenar cuando quieras, no hay prisa. Pero no se va; noto su presencia al otro lado de la madera. Quizá quiera estar lo más cerca posible de mí, me digo. Y tengo la tentación de abrir la puerta y volver a abrazarla. Pero no lo hago. Simplemente sigo mirando por la ventana y entonces oigo que mi madre empieza a sollozar en el pasillo, muy bajito. Eso también me reconforta. Me gusta que llore. No he oído llorar a mi madre en seis años, no la he oído llorar por mí. Si yo me permitiera una lágrima no pararía hasta morirme. Así que me gusta que lo haga ella. Que llore por mí de una puta vez. Por tener veintiún años, el coche que me dé la gana y no saber conducir. Por tener veintiún años y como única experiencia sexual un intento de violación en el centro por parte de un joven psicópata. Por tener veintiún años y no poder alejar de mis fosas nasales aquel olor a carne humana quemada. A pesar de lo bien que la chica ha limpiado mi celda.
Mañana pero tarde
La historia podría empezar a contarse desde algún momento anterior o posterior pero al final lo que cuenta es que salió de casa y no dijo adiós porque era absurdo; hacía demasiado tiempo que no había un Hola o un Hasta luego. Y es posible que a nadie le importe ahora pero hasta ilustres científicos aseguran que la ausencia de despedidas y de bienvenidas y de otras muchas cosas puede resultar tan fatal para cualquiera como un tumor cerebral o un aneurisma. Así que lo dicho: poco antes de las ocho de la mañana abrió la puerta de casa, salió al rellano y cerró a su espalda sin emitir otro sonido que el tap-tap de sus zapatos de piel sobre el gres-imitación de mármol de la escalera. Luego pulsó el botón del ascensor y lo esperó dándole vueltas sin saber muy bien por qué a la idea de que el volumen de mierda que uno puede tragar es limitado. Que si lo rebasas te acabas convirtiendo en otro ser, que en los casos más extremos ni siquiera será humano. Y que entonces ya no hay vuelta atrás. Era como si de repente viera con claridad ciertas cosas. Cosas de vital importancia que intuía debería haber comprendido mucho antes. Tenía la extraña sensación de que su recién adquirida sabiduría era inútil por tardía y tal convicción le provocaba náuseas y dolor torácico y crispación en las falanges, pero no podía dejar de hundirse en su revelación. Y tanto se abstrajo que cuando el ascensor por fin se detuvo ante él se llevó un buen susto al toparse cara a cara con un tipo que salía del aparato. Vestía traje y corbata, igual que él. El mismo aspecto de agente de seguros descontento con su suerte. Pero el hombre iba calado hasta los huesos. El agua volvía de color gris pálido la pechera de su camisa y rápidos regueros le resbalaban desde la punta de la nariz y de todos los dedos para formar un charco en torno a sus pies. Se dieron los buenos días al unísono y se dejaron atrás el uno al otro con la misma indiferencia con que la casualidad había cruzado sus caminos. Los veinte segundos que el ascensor tardó en depositarlo en la planta baja le bastaron para plantearse unas cuantas decenas de hipótesis acerca de qué coño hacía ese tipo a las ocho de la mañana en su rellano. Y ninguna de ellas le resultó tranquilizante. Aunque, para ser del todo sincero, tenía que admitir que tampoco lo preocupaba en exceso lo que pasara ahí arriba durante su ausencia. Del mismo modo que le dio igual y no le sorprendió demasiado el hecho de que al salir a la calle el cielo no presentara ni una sola nube, de lluvia o no. Por vez primera en su vida se sentía absolutamente impregnado de la verdad de su existencia y su cerebro se dedicaba por entero y con una prisa que no lograba explicarse a determinar si era una buena o una mala persona. Así que las trivialidades sexuales, sociales o meteorológicas y hasta el destino de la recién nacida Era Obama le importaban menos que cero. Igualmente, decidió sin tener que emplear un mecanismo racional consciente que no iría a trabajar esa mañana. Ese día venía a la empresa desde la capital del país el jefe del jefe del jefe, o algo así. La crisis económica tenía a sus superiores muy preocupados. De un tiempo a esta parte los directores de departamento, los adjuntos a dirección, los asesores financieros, los vicepresidentes y hasta, en ocasiones puntuales, el mismísimo presidente se reunían con cierta frecuencia para intentar alcanzar soluciones que garantizaran la supervivencia de la entidad un mes más. Y al día siguiente de discutir sobre ello en cualquier restaurante de lujo de la ciudad le asignaban a algún pringao la triste tarea de comunicar los despidos acordados. Lo de hoy pintaba parecido o peor, y no estaba dispuesto a dejar que las menudencias laborales le distrajeran de su tarea de aprovechar al máximo la nitidez con la que ahora observaba la realidad. Lo importante y lo banal. Por fin conseguía trazar sin la menor duda la línea que separa lo trascendente de esas circunstancias que parecen maravillosas o trágicas pero que nadie recuerda al cabo de un par de días. Y no pensaba permitir que la inercia de las cosas le privara de tal clarividencia. Así que echó a andar sin otro propósito que mantenerse el mayor tiempo posible a solas con sus pensamientos, súbitamente tan luminosos en su oscuridad. Pero nada más doblar la primera esquina le llamó la atención un coche que en ese instante arrancaba el motor expulsando al aire matinal litros y más litros de gases tóxicos pero blancos. En su interior una familia entera biparental con dos hijos de corta edad hablaba alegremente como si sólo en el interior de ese vehículo residiera el secreto de la felicidad. Y se preguntó si tal vez era así. Si dentro de ese chasis existiría algo tangible o no, medible, contable, cuantificable o no capaz de justificar que los cuatro humanos que se movían a su alrededor enseñaran todas y cada una de sus piezas dentales de tanto sonreír. Estuvo a punto de golpear con los nudillos la ventanilla del conductor y pedirle a esa gente que le revelaran su secreto. Pero enseguida se convenció de que no porque se fijó con mayor detalle en las caras de todos ellos y se sintió capaz de asegurar que lo único que había ahí dentro era un intenso aroma a ambientador de pino y una concentración altísima de estupidez. Se alejó de allí y al poco se detuvo palpándose los bolsillos porque entre unas cosas y otras todavía no se había suministrado la primera dosis de nicotina del día. No encontraba el mechero pero rebuscando en los bolsillos interiores dio al fin con una caja de cerillas de un hotel de cinco estrellas cuyo nombre le sonaba vagamente pero en el que no recordaba haber estado. Estropeó todos los fósforos contra la lija sin conseguir arrancar de ellos ni una pequeña chispa. Estaban reblandecidos, apelmazados y medio húmedos, y se dijo que fuera lo que fuera lo que algún día hubiera sucedido en aquel hotel debía de pertenecer a un pasado remoto y absolutamente ajeno al puto presente, y que por eso lo había olvidado y hasta las cerillas se habían vuelto reliquias inútiles. Así que reemprendió el camino dando caladas al cigarrillo apagado pero sin la menor intención de solicitar un favor a ningún ciudadano. No quería decir Por favor. Y mucho menos dar las gracias. Para ser exactos, de pronto sentía justo lo contrario: la necesidad de disculparse, de pedir perdón y hasta obtener castigo. Por eso decidió servirse de lo que encontró más próximo en su campo visual y apresuró el paso hasta situarse justo detrás de una anciana con el pelo de una extraña tonalidad violácea que renqueaba en dirección a vete a saber dónde, el mercado o la primera misa del día o el cementerio. Un leve roce en el tobillo sirvió para que la vieja trastabillara y cayera al suelo de cara como un saco de patatas o cualquier otro objeto sin brazos. Quedó tendida balanceándose como una peonza que se detiene, oscilando a un lado y a otro sobre unas caderas que le parecieron demasiado anchas y robustas comparadas con el resto de los huesos de la abuela. Como los de los dedos y las muñecas, de aspecto tan frágil y que él apretujó entre sus manos al intentar incorporar a la mujer al tiempo que se disculpaba con vehemencia, deseando en realidad obtener algún insulto, escupitajo o golpe de bolso. Pero quizá porque los ojos de la vieja, en galopante inflamación y desorbitados por el susto y el dolor físico, captaron que el culpable de su desgracia iba trajeado y encorbatado y aceptablemente afeitado y peinado su reacción se limitó a suplicarle ayuda con un hilo de voz que sonaba de un modo parecido a una bisagra oxidada. Ni siquiera los puños de la camisa que sobresalían de las mangas de la chaqueta del hombre que se acuclillaba junto a ella, húmedos y muy arrugados, consiguieron que la vieja pensara por un solo momento que su agresor/asistente podría ser un psicópata, un borracho, un evasor de impuestos, o algo aún peor. Así que no hubo lugar para la menor redención. Y fue entonces cuando el pobre tipo comprendió que tampoco había lugar para la mayor. Que nunca lo habría. Así que dejó de deambular en busca de males o bienes que explicaran lo jodido de su aquí y ahora. Dejó de buscar esperanza o resignación, consuelo o castigo, placer o dolor en los seres antropomorfos que se movían por la calle rumbo a sus vidas de mierda. Y se concentró en su propia mierda. En lo que le esperaba en casa. Y como un autómata desanduvo el camino, entró en el portal, subió los siete escalones del zaguán, llamó al ascensor y esta vez no saludó al hombre trajeado con el que se encontró cara a cara al abrir la puerta. Y ya en casa, por costumbre, encendió la luz del recibidor envuelto en penumbra matinal pero las bombillas no se encendieron porque cuando pasan estas cosas suelen saltar los plomos. Atravesó el salón y se fijó en las motas de polvo que flotaban en el aire como particulas en ignición iluminadas por el primer sol que se filtraba por las persianas. Le pareció lo más bonito que jamás había contemplado y le entraron ganas de llorar. Pero no lo hizo porque entendió que eso supondría su punto y final. Y entró en el cuarto de baño. Olía a pollo asado y la oscuridad era casi total dentro de esos seis metros cuadrados. Mejor, se dijo. Porque así no pudo ver el cable del pequeño calefactor adentrándose en el agua de la bañera. Ni la lividez creciente de quien una vez le quiso medio hundida bajo la superficie quietísima. Ni las quemaduras negruzcas en los tobillos y en las sienes. Ni su pelo, flotando ondulado como filamentos de medusa o como gruesos cables eléctricos. Ni siquiera su propia camisa todavía empapada, que le pegaba el frío al tórax pero seguro que no iba a hacer el favor de matarlo de una pulmonía.

