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31
mar
12

Partiendo de la base

Partiendo de la base de que

A diario

Tienes que vértelas con

Hoteles para mascotas,

Concursos de belleza infantil,

Un arco iris político monocromático,

Las fauces del pitbull de tu vecino

A un palmo de tu entrepierna

En el ascensor,

La cola del supermercado,

La cola del DNI,

La del paro,

La del parking

Y la del carné de conducir,

Organismos internacionales

Ordenándote cómo vivir,

En qué gastar o no tu dinero,

Cada vez menos cabinas y

Cada vez menos buzones y

Cada vez menos perros callejeros

Y más mendigos en cajeros,

La correspondencia del banco,

El canal de telequiromancia

Que sintoniza la Sra. X al

Otro

Lado del tabique,

Esa gotera que vuelve a aflorar

Sobre la enésima capa de pintura,

Historias de amor

Muertas antes de nacer,

La nostalgia del futuro,

El remordimiento del pasado…

Es obvio que el mundo

Reúne méritos de sobra

Para la declaración de ruina.

Pero si te elevas un poco,

Solo un poco sobre la base

Y agudizas la vista

Encontrarás

PEQUEÑOS detalles,

Auténticos milagros

sucediendo entre el estiércol.

Una flor luminosa

En el alcorque de un

Naranjo borde,

Una jarra escarchada

Atrapando cerveza y luz solar,

La feliz lentitud de la respiración

Del gato tumbado al sol

En la azotea,

El final infinito

De un cuento de Carver,

Hierba recién cortada,

Dos caballos recortados

En negro contra las nubes del Sur,

Luces sin motivo en el cielo,

El amor contra pronóstico

En medio del estruendo de

Una cadena de montaje,

La luna metalizando

El agua de un mar tan tranquilo

Que parece de plata fundida.

Y luego el sol

Y otra vez la luna

Y de nuevo el sol.

27
sep
11

Un pequeño favor (Redux)

Llevas una vida insulsa, como casi todo el mundo. Te pasas los días rezando para que ocurra algo que te ponga en situación de demostrar la clase de persona que eres. Un tío cojonudo, uno entre un millón. Algo que justa o injustamente –qué más da- te haga quedar bien. Y cuando llega ese momento te ves a ti mismo deseando que nunca hubiera ocurrido. Que todo fuera tan anodinamente fácil como ayer.

Porque puede que todo se complique con una carta.

Vives en uno de esos edificios que se están poniendo de moda en las afueras de las grandes ciudades europeas. Un concepto importado de United States. Un bloque de apartamentos de cincuenta metros cuadrados cada uno. Piscina comunitaria con la depuradora estropeada. Un barecillo cerrado con candado en medio del jardín mal cuidado, esperando que alguien adquiera su licencia. Algo así como una versión cutre del escenario de Melrose Place. Y sin tanta actividad sexual intervecinal. Nada más que una colmena de pisos pequeños para gente sola o solitaria de verdad, que no ocupa ni tiene planes reales de ocupar demasiado espacio. Gente soltera, gente solterona. Gente divorciada o abandonada. Gente que se esconde. Y algún que otro viudo. En fin, la vida real.

Te instalas allí porque es barato y por otras razones que no vienen al caso. Al cabo de un par de meses empiezas a acostumbrarte a cenar tumbado en la cama viendo la tele. No se está tan mal, te dices. O te dices Podría ser peor. Cosas así. Vale, tienes que coger tres autobuses para ir a trabajar y otros tres para volver. Pero puedes ver la serie de turno tranquilamente y no tienes que soportar los ruidos de nadie las noches en que te cuesta dormir. No hay niños gritando al otro lado de la pared. Y no se admite mascotas.

Así que vas y vienes casatrabajocasatrabajocasa y ni se te pasa por la cabeza que a lo mejor estaría bien que te relacionaras con los vecinos. No te apetece. Y tampoco le ves utilidad alguna. Al fin y al cabo, son muy parecidos a ti. Quizá sea excesivo llamaros gente marginal. Pero sí tienes claro que tú y tus vecinos vivís en las afueras de todo. De qué coño vas a hablar con gente así sino de vuestros asquerosos trayectos vitales hasta recalar en un edificio de viviendas unipersonales. No te apetece. Ni les ves utilidad alguna.

Y una noche de invierno llegas a casa y ves al tipo ese en su sitio de siempre haciendo lo de siempre. Sentado en una silla de jardín dibuja vete a saber qué en su pequeño bloc. Como todas las noches. Sin embargo, por alguna razón esta vez decides acercarte y miras el papel por encima de su hombro. Nada relevante. Círculos, espirales, líneas rectas y curvas, símbolos que te recuerdan a letras de un alfabeto que no es el tuyo. Todo con trazos muy marcados. Él ni siquiera levanta la cabeza para mirarte. Pero cuando te das la vuelta para echar a andar hacia tu cubículo te pregunta si te apetece una cerveza. Y no, no tienes ni putas ganas de beber. Pero tampoco tienes ganas de rumiar por enésima vez todas esas ideas que te asaltarán cuando cierres detrás de ti la puerta de tu apartamento. Así que por qué no. Y poco más tarde estás en un bar emborrachándote con tu vecino desconocido. Hasta las tantas de la mañana.

Al día siguiente intentas sacar algo en claro en medio de la resaca. No recuerdas exactamente de qué hablasteis. Te van por la cabeza las típicas conversaciones de borracho, nada más. Y decides que mejor así, que no tienes ningún interés en hacerte colega de ese tipo raro. Así que cuando regresas a casa esa noche cruzas el jardín sin siquiera decirle hola. Tampoco él te saluda. Perfecto, piensas, sigamos siendo dos extraños.

Y eso es lo que sois hasta unos meses después, cuando todo se complica con una carta.

Hace tiempo que has dejado de verlo en el jardín. Has oído decir por ahí que:

a) se ha mudado.

b) lo han echado porque llevaba varios alquileres de retraso.

c) quizá esté enfermo, no tenía muy buen aspecto.

La carta no tiene remitente, y tampoco hace falta. Lo primero que ves cuando abres el sobre es una foto de tu vecino-dibujante de jardín-compañero de borrachero que ratifica la opción c. Se le ve tendido en una cama de hospital, vestido con un pijama azul y con un tubo de plástico uniendo su traquea a un respirador mecánico. Y en un primer momento no te impresiona demasiado. Aunque a ti mismo te resulte extraño, el primer pensamiento que tal visión genera en tu cerebro es que ese viejo de la tele, Junior, tiene razón. El viejete de Los Soprano siempre dice que su contable, al que le han extirpado la laringe o lo que sea y anda por el mundo con uno de esos tubos incrustado en el cuello, le recuerda a un alienígena. Y, joder, tiene razón: en esa foto tu vecino parece cualquier cosa menos un ser humano.

Después de contemplar la imagen un buen rato empiezas a leer la carta. Por un instante sientes la tentación de tirarla a la basura; es evidente que sólo puede responder a algún motivo grotesco. Pero tienes curiosidad, o simplemente te aburres. Y empiezas a leerla. Quiero pedirte un pequeño favor, ésa es la primera frase. Luego tu vecino te explica que padece cáncer de pulmón en fase terminal. Un mes, con suerte. Y que lo ha pedido cien mil veces, les ha dicho que se trata de algo muy urgente que tiene que solucionar antes de que sea tarde. Hasta ha elevado una queja por escrito al director del hospital, pero nada: no van a dejarle salir. Además, escribe, estoy tan débil que ni siquiera podría reptar hasta el pasillo. Por eso he pensado en ti. Además, la verdad es que no conozco -literalmente- a nadie más. Sólo tienes que entrar en mi apartamento y adecentarlo un poco. Ve directo al congelador que tengo en la cocina. Y céntrate en las azules. Ésas son las que no quiero que encuentre mi madre cuando se entere de que he muerto y vaya a sacar mis cosas del piso. Ya sabes: las azules. Supongo que cuando veas de lo que hablo lo entenderás mejor. Dentro de ese papel doblado tienes la llave. Gracias, tu amigo.

En el piso huele a cerrado, supongo que es normal. De camino a la cocina paso por el minúsculo salón. Hay un tocadiscos sobre una mesita y una amplísima colección de vinilos ordenada por género a lo largo, ancho y alto de las estanterías que recubren las paredes. Y llego al congelador. Ocupa prácticamente toda la cocina. Un congelador industrial, de pescadería o carnicería. Lleno de bolsas de plástico. Unas pocas son azules. Cinco en total. Más gruesas. Doble capa y con precinto. Sopeso un par de ellas, las que me pillan más a mano. Guardan cosas macizas. Pienso un poco, eso sólo pasa en las pelis y este piso está mejor orientado que el mío, y vuelvo al salón y hago sonar el disco que hay puesto en el aparato. Y pienso un poco más.

En mi vida lo había escuchado.

Podrían contener cualquier cosa.

Por qué no. Esa es mi decisión. A mí tampoco me gustaría que mi madre supiera en qué se ha convertido mi vida.

Así que lo hago.

Lo hice.

Y la verdad es que tampoco es que duerma mucho peor que antes.

11
jul
11

Pensamientos profundos

Hacía horas que el resto de habitantes de la ciudad, el país y la parte a oscuras del mundo dormía soñando sus sueños grandes o pequeños. Él llevaba días sin dar más que alguna cabezada suelta y en el peor momento. Como esa misma mañana, sobre el teclado del ordenador de la oficina, presionando con la ceja izquierda la tecla Supr.

Ahora, sentado en el umbral de la casa con la puerta abierta para que le llegara el dolor solidario de Micah P. cantando en el reproductor, echaba la ceniza del cigarro en la lata de cerveza que acababa de apurar. Y en lo último que pensaba era en el expediente que le habían abierto en el trabajo.

Su mente tampoco hacía la menor concesión a la grandeza del cielo de una noche de verano sin luna. Clareaba por el este. Las estrellas aún se hacían fuertes en el intenso azul oscuro del oeste. Y era esa hora en que incluso en la noche más pegajosa de julio el calor parece conceder un respiro a los animales de sangre caliente. Pero él ni siquiera reparó en la agradable brisa que se le coló por el faldón de la camisa enfriando el sudor de su espalda.

Se limitaba a mirar la tierra que tenía inmediatamente delante. La tierra que rodeaba la casa y que tan solo ocho días antes habían removido, rastrillado, surcado y otras muchas acciones pertenecientes al mismo campo semántico y que jamás habría imaginado poner en práctica. Se limitaba a mirar y a intentar digerir lo absurdo que puede llegar a ser el final de las historias que se cuentan solas, sin guión. Por ejemplo una casa cercada por lo que ahora bien podría parecer una excavación arqueológica de la que solo se extraerían los restos ruinosos de un pasado esplendoroso.

Pero, por alguna razón que ya carecía de importancia –si es que alguna vez la había tenido-, ocho días antes ambos tenían claro que era fundamental para su futuro adecentar el terreno y plantar en él centenares de pensamientos azules, amarillos y granates. Así que los dos se habían tirado todo aquel día de hace ocho días rebozados en la tierra, cavando, abonando, haciendo en unos puntos pequeños hoyos y en otros pequeños montículos que parecían las tripas terrosas de los primeros. Acabaron el trabajo cuando el sol se ponía, cuando la tierra era roja y parecía mucho más viva que ahora.

-Mañana los plantaremos –había dicho alguno de los dos, no lo recordaba con exactitud.

Tampoco recordaba quién mencionó algo sobre lo genial de despertarse todos los días en medio de una explosión de colores.

Pero al día siguiente no había habido mañana. El día siguiente amaneció siendo solamente el día 0 de una nueva era. Una nueva era de polvo en las fotos y mortajas en los armarios por la que se había arrastrado ya una semana, la peor de su vida, teniendo la sensación de no haber avanzado ni un centímetro. Una sensación que en este momento, insomne ante el paisaje agujereado por algo parecido a un bombardeo, daba paso a la escalofriante sospecha de que jamás avanzaría.

Se imaginó entrando y saliendo de la casa durante años haciendo el esfuerzo consciente de esquivar los baches. Recordándolo todo cada vez que tuviera que rectificar la trayectoria de sus pies para evitar un montón o un socavón. Y de golpe sintió instalarse en su interior el cansancio acumulado de una montaña de tiempo que no había hecho más que empezar.

En ese instante a Hinson le dio por animarse un poco a su espalda. Empezó a cantar en el mp3 más fuerte, más rápido, con más rabia que pena. Rasgaba el banjo y repetía sin cesar algo sobre cavar una tumba bajo la luz de la luna. Su inglés le daba para entender una orden tan sencilla.

Y casi sin pensarlo se vio sin luna en lo alto pero con la pala en la mano, cavando, cavando y cavando un agujero lo bastante ancho y profundo como para arrojar en él un par de álbumes de fotos, los regalos de ocho cumpleaños, los sudarios de los armarios y la ropa interior del segundo cajón empezando por abajo. Ni siquiera desfalleció cuando cayó en la cuenta de que no estaría de más agrandar el agujero para hacer caber en su interior el colchón de toda una vida.

El sol estaba ya en el centro del cielo cuando acabó de sellar la tumba. Las cigarras chirriaban. Hacía muchísimo calor, pero él se contentó con percibirlo mínimamente e intuir que al día siguiente sería capaz de apreciarlo un poco más. Se secó el sudor de la frente y dedicó un rato a rellenar los huecos en los que un día se supuso que iban a florecer los pensamientos.

17
jun
11

Día 2 después del eclipse

Viernes por la tarde escribiendo a ciegas. He empezado tres historias. Para ser exacto he escrito tres comienzos diferentes para la misma historia. Porque ahora mismo solo hay una aquí adentro. La tengo en la mente desde el miércoles un poco antes de la medianoche. Era la noche del eclipse. La Lunade Sangre. Un nombre demasiado impresionante para referirse a algo que se dejó ocultar por una simple capa de polución urbana. El caso es que quiero contar esa historia. Algo ahí al fondo me dice que me hará bien. Pero al décimo renglón todo se enturbia y no veo claro el camino. Sé el porqué: tengo miedo de que también se termine sobre el papel. Supongo que también yo soy un cobarde. Así que me levanto y doy vueltas por la habitación y de vez en cuando miro de reojo las diez líneas escritas. Y al final me alejo con cualquier excusa. Vacío el cenicero. Riego por cuarta vez mi planta favorita. Pongo la cafetera al fuego. Hago un par de flexiones sintiéndome absolutamente ridículo. Me miro en el espejo el revés de los párpados inferiores y me pregunto si están pálidos o demasiado inyectados. Abro la nevera y compruebo la necesidad de bajar a por cervezas. Y me pongo las zapatillas dispuesto a enfrentarme con el insoportable hilo musical y la cruel luz neón del super de la esquina. Pero enseguida me lo pienso mejor y vuelvo a sentarme frente al que va a tener que ser el último cuento. Y al minuto me levanto y saco la cabeza por la ventana y miro hacia arriba y pienso que esta noche el eclipse se vería resplandeciente. Todo ese rojo cósmico descendiendo sobre las playas y las azoteas. Encendiendo el rocío del asfalto. Incendiando los iris de la gente. Haciendo parecer vivo lo muerto. Haciendo parecer más vivo lo vivo. Y no puedo evitar pensar que es una putada la falta de sincronización con que suceden las cosas. Lo mejor no debería pasar en el peor momento, me digo mientras observo cómo el café sube, hierve y se quema en mi minúscula cafetera.

15
may
11

Absurda, sí

Me callo durante quince minutos, tal vez más. Puede que permanezca escuchando en silencio a mi amigo durante toda una hora, medio paralizado, mientras el mundo sigue girando. Porque es un silencio a medio camino entre el respeto y el terror. Es esa clase de vacío que flota en el aire cuando los operarios tapian el nicho y las miradas más despiertas reparan en lo absurdo de intentar sobrellevar el sufrimiento mientras el ritual te obliga a mirar la parte trasera de un mono azul manchado de cal y cemento. Es, en definitiva, el mutismo en el que se traduce la asunción de lo irreversible.

Solo que nosotros no estamos exactamente en un entierro. Ya he dicho que es de noche, y lo que contrasta grotescamente con nuestro estado no es la artesana habilidad del enterrador sino la alegría gritona a nuestra espalda. Montones de personas que se han peinado y arreglado para ir a tomar una copa entran y salen del bar más moderno de este barrio. Riendo, hablando, besándose. Cargados todos de energía. Supongo que esa era también nuestra intención inicial. Pero a veces basta una mirada o un gesto para saber que hoy tampoco vas a conseguirlo, así que hemos apurado las cervezas y salido a tomar un poco el aire. Poner distancia con la alegría circundante, evitar el ensañamiento del contraste.

Y ya en la calle veo que las farolas no brillan veinte metros por encima de nosotros. Han descendido como chispas en el aire frío para acabar temblando discretamente en los ojos de mi amigo, apoyado frente a mí en un coche cubierto de polvo. Manchándose el faldón de la camisa que se ha comprado unas horas antes sin que le importe en absoluto. Una camisa de cuadros chillones que palidece y enmudece un poco más con cada palabra de mi amigo. Igual que la música de baile que inunda la calle cada vez que algún desaprensivo entreabre la puerta del local. Igual que las pisadas del perro callejero que pasa a nuestro lado con la lengua fuera y la mirada en el suelo. Igual que yo.

Pienso. Pienso muchas cosas. Entre ellas que quizá es la primera vez en mi vida en que ni siquiera tengo fuerzas para decir eso de No sé qué decir. Y me limito a sentir la vergonzosa impotencia de no poder ayudarle. Me limito a sentirme mal y a lamentar no poder sentirme ni remotamente tan mal como él. Me gustaría que su espíritu superara la frontera de su voz rota y entrara en mi cuerpo. Poder observar desde cerca, desde dentro la profundidad abisal de la herida de su corazón. Y llenarme de su rabia.

Pero todo lo que puedo hacer es encenderme otro cigarro, maldecir la imposibilidad de que cualquier cosa se consuma con la misma intranscendencia que el tabaco y escuchar la historia una vez más, con algún detalle nuevo, igual de lamentable que los que me ha ido contando desde principios de enero.

Y esperar que decida que se va a dormir ya, que mañana nos vemos. Y verlo alejarse con un montón de planes rotos a rastras, increíblemente pesados a pesar de haber quedado huecos. Ver cómo le pega una patada al tercio de cerveza que alguien ha tirado en medio de la acera aún a sabiendas de que lo único que esos añicos conseguirán será recordarle demasiado su mundo resquebrajado. Y verlo doblar la esquina rumbo a una casa que le parece el doble de grande y fría desde que le faltan la mitad de las voces y los ruidos del día a día. La mitad de él.

Entonces echo a andar hacia mi piso. Y el camino se me hace muy largo a pesar de que son solo doscientos metros. No me duele ningún músculo pero un cansancio extremo ralentiza mis zancadas y hace que me asalte el deseo de dormir durante un año y despertar en un presente donde la gente que quiero se sienta feliz, feliz de verdad. Un deseo absurdo, irrealizable.

Por suerte la casualidad pone en mi camino mi propio botellín de cerveza. Un coche amarillo parado en un semáforo. El enorme alerón vibrando al ritmo del motor y una luz violeta que baña de mal gusto las dos cabezas que se mueven en su interior. Y por supuesto el nombre de él y el nombre de ella en ostentosos caracteres adheridos a la luna trasera. El de la chica es justo el que necesito. El palíndromo más simple del santoral. Las tres letras más letales que ahora mismo me vienen a la mente. Así que cojo un ladrillo providencial del suelo y un segundo después del crash estoy corriendo a una velocidad que jamás creí poder volver a desarrollar. Y aunque cada vez oigo más cerca los insultos y la respiración animalesca de un tipo seguro que más fuerte que yo, no miro ni una vez atrás. Quiero conservar la esperanza de haber acertado. Quiero que sea ella la que estaba en el asiento del acompañante. Quiero seguir sintiendo unos metros más que a lo mejor he colaborado a la venganza de mi amigo, absurda, sí, pero venganza al fin y al cabo. Y pensar que cuando mañana se lo cuente nos reiremos de verdad. Así que solo corro y corro y corro.

09
mar
11

Rumbo a casa

Rondas los cuarenta. Pero eso podría ser más o menos llevadero. Lo que realmente te jode es que jamás pensaste que tu barriga pudiera acercarse tantotantotanto al volante de tu monovolumen. Más que el puto atasco de todas las tardes… Más que tu trabajo de mierda, que tu coche de mierda, que tu hipoteca de mierda… Mucho más que haberte convertido en una de esas personas normales con vidas aparentemente tranquilas, el principal motivo de tu mala hostia es esa barriga que te desborda el cinturón y hace que el polo PdH parezca relleno de gelatina. Es normal que así sea: se debe a que siempre viaja contigo y a que lo natural es odiar lo más cercano. Y ese pedazo de carne colgante que no puedes quitarte de encima es lo más cercano que tienes. Eres tú.

Por eso en lugar de aporrear el salpicadero quizá deberías probar a castigarte el estómago. Puede que en vez de maldecirla por haber dicho sin preguntarte que este fin de semana iréis a esa parrillada en el chalé de su hermana debieras preguntarte por el verdadero origen de toda esta mierda. Pero al fin y al cabo ella es como tu barriga: siempre está ahí, no hay manera de hacerla desaparecer. Ella también, a fin de cuentas, forma ya parte de ti. Solo que tiene una voz más fina, huele algo mejor y en ocasiones incluso se mueve autónomamente. Pero no este domingo. El próximo domingo será tu quinta extremidad. O tú serás la suya, qué importa. El caso es que este domingo no podrás quedarte en la cama hasta que te dé la gana y luego bajar a tomarte un par de cervezas al bar de la esquina y hablar un rato de fútbol. En lugar de eso pasarás el día tragando de mala gana los chorizos típicos del pueblo de tus cuñados. Él se te acercará en un momento dado y te llevará al garaje para que veas su nuevo coche. Y justo después te preguntará qué tal te va en el trabajo y escurrirás el bulto a sabiendas de que hace ya mucho tiempo que se nota demasiado que lo haces. Entonces buscarás un poco de paz echándote en una de esas tumbonas de mimbre que tantotantotanto le gustan a tu mujer. Y antes de fingir que te has quedado dormido abrirás una cerveza helada de importación que habrás cogido del supercongelador que tienen en la cocina. Pero será oírse el sshupps y materializarse tu mujer a tu lado, que se reclinará hasta poner los labios a la altura de tu oreja y te dirá bajito pero no lo bastante bajito que no te pases con la bebida. Y luego te dará una palmadita en la barriga. Esa barriga pesada como un ancla que te mantiene varado en un sitio al que no recuerdas haber querido llegar nunca.

Como este puto atasco de todas las tardes. Además hoy el tráfico avanza aún más lento que de costumbre. Más tiempo del habitual para mirar a tu alrededor por mucho que no quieras. Qué otra cosa se puede hacer en un embotellamiento. Oír la radio y mirar por la ventanilla. Toda esa gente. Cientos de situaciones calcadas a la tuya. Mínimas variaciones de una misma realidad. Lo sabes. Observas los ceños fruncidos y las mandíbulas apretadas, y lo sabes. Por eso te da igual lo que piensen al verte lanzar el móvil contra el salpicadero. Seguro que todos ellos han hecho, están haciendo o van a hacer en lo que queda de día una llamada similar. Una llamada para desahogarse un poco. Una llamada injusta, sí, pero necesaria. Lo malo es que ella no te coge el teléfono. Te la imaginas en la peluquería, leyendo esas revistas de mierda y criticándote con la peluquera. Entonces a través de los cristales de los coches de delante aparecen unos resplandores naranjas y azules. Se reflejan en los techos metalizados y en los guardarraíles que te señalan el buen camino. Bajas la ventanilla y te llega el sonido de sirenas y los pitos de los agentes de tráfico. Algún imbécil se ha comido al de delante. Al poco la marabunta rodante empieza a hacerse a la izquierda de la calzada. Te ves arrastrado por la corriente y sientes que así ha sido y será siempre. Y unos metros más allá empiezas a vislumbrar el escenario de lo que ha pasado. Un volkswagen  rojo empotrado contra el culo de un trailer. Se lo ha comido pero bien. La mitad delantera del coche ha desaparecido bajo el container. Eso o se ha replegado hasta no ocupar más que unos cuantos centímetros. Un Volkwagen rojo y viejo. Matrícula 9?2? CV. Y ese tapacubos tirado en medio de la calzada como un diminuto ovni siniestro. Totalmente manchado de grasa y aceite, pero estás seguro de que idéntico a los que hace trece años fuisteis a comprar juntos para darle un toque más moderno al Polo que os acababais de comprar. Y a través del hueco informe que se abre donde debía estar la puerta trasera izquierda el trasnochado tapizado de pata de gallo, desgarrado, la espuma color crema asomando aquí y allí. Exactamente igual que quedó la última vez que fuisteis a una de esas jodidas barbacoas familiares y el perro de tu cuñado se dedicó a entrenar sus mandíbulas en él.

No sientes ganas de vomitar. No tienes ganas de llorar. No sabes lo que sientes. Tal vez la aterradora sospecha de que todo el dolor, la angustia, la tristeza y la frustración de los que tanto te quejas no son nada comparado con lo que te espera en cuanto apagues el contacto, abras la puerta y te abras paso entre el tráfico hacia la tumba de tu mujer. Absurdamente te planteas qué le vas a decir al primer poli que te salga el paso. ¿La que está ahí es mi mujer, agente, como en las películas malas?

Estás abriendo la puerta cuando te suena el móvil. En la pantalla pone que es ella pero no puede ser. Lo coges y su voz te dice Cariño pero no puede ser su voz. Entonces te dice:

-Oye, acuérdate de revisar el agua y el aceite, que ya sabes que el domingo nos vamos a casa de mi hermana.

-No te preocupes –contestas con una voz que es como si oyeras desde fuera, como si fuera de otro.

-Bueno, te dejo, que me van a poner las mechas.

Y cuelga. Y cuelgas. Y notas una humedad creciente en la barriga. Miras hacia abajo y, como en un plano cenital, ves caer tus propias lágrimas sobre el polo que te pones los viernes para ir a trabajar. También ellas te parecen las de algún otro. Al fin y al cabo estás llorando, y no sabes muy bien por qué. 

23
feb
10

Colesterol y otras cosas pringosas

La mujer de al lado ya me ha visto varias veces por aquí. Supongo que eso le hace pensar que puede hablar conmigo. Porque se pide un vino de 55 céntimos, gira la papada hacia mí y utiliza unas cuerdas vocales que imagino como pedazos viscosos de careta de cerdo para decirme que ahora sólo viene un par de días a la semana.

-Me he propuesto adelgazar –añade con una voz que no encaja en absoluto en un cuerpo que tiene ovarios y que me hace plantearme la posibilidad de que todo esté siendo una pesadilla.

Pero frente a ella en la barra hay cuatro vasos vacíos idénticos al que tiene entre sus dedos inflados y enrojecidos y que apura de un trago. Idénticos al que le traen cuando pide el sexto de inmediato. Saco la libreta y apunto

-         Venas reventadas

-         Derrames internos

-         Suicidio lento. Posibles vías (investigar)

Percibo que la mujer se acerca un poco a mí. Mantengo la vista clavada en el papel pero noto cómo el ya de por sí inmenso volumen de su corpachón va creciendo y creciendo en el margen izquierdo de mi campo visual. Preferiría que ahora mismo rompiera el vaso contra la barra e intentara degollarme antes que tener que interactuar de modo semihumano con ella. Sólo he venido para estar un rato solo conmigo. Por eso no me he sentado en la mesa 8 con los del departamento de contabilidad. Por eso no quiero comer un menú de 6 euros en compañía. Por eso ni aunque me acode 1.000 día seguidos en esta barra el camarero llegará a saber mi nombre. Y por eso no quiero que una gorda vieja reventada por el alcohol me haga cómplice de su vida de mierda. Es lo que me digo justo cuando vuelvo a oír esa voz arenosa que me eriza el vello.

-¿Qué escribes ahí?

No quiero mirarla, y mucho menos hablar con ella. Lo que me apetece es llenarme el estómago vacío con una cerveza o dos o tres antes de volver al trabajo. En realidad, con las que mi organismo considere necesarias para acelerar el tiempo y difuminar las cosas. Así que no quiero mirarla y mucho menos hablar con ella. Me lo repito diez veces en un segundo pero parece que ya hasta mis movimientos escapan a mi control porque cuando voy a decírmelo por decimoprimera vez mis ojos ya están clavados en las rodajas de globo ocular que le asoman encima de los mofletes.

-Nada. Cosas.

-Sobre mí, ¿verdad?

-No.

Le he dirigido tres palabras. Cinco sílabas. Y he sido capaz de sostenerle la mirada. Es lo que pienso mientras, tan estúpidamente asustado como estúpidamente orgulloso, espero que ella diga lo que tenga que decir.

-Sí, quiero adelgazar por mi marido.

En ese momento sé con absoluta certeza que no debo oír más. Que no quiero oír más, incluso. Pero el dato de que la montaña humana tiene marido dispara mi curiosidad. Estupor, para ser exacto. Además, no puedo dejar de mirarla. Es como si al hacerlo tuviera mayor control sobre su influencia sobre mí, que intuyo muy potente. Sobre mi tranquilidad, mi modesto bienestar, mi salud, mi orden establecido. Mi precario equilibrio. Bajo ningún concepto quiero que La Voz vuelva a pillarme por sorpresa. Así que la miro y, temblando ligeramente, espero que prosiga.

-Sí, te podrás hacer una idea… Mírame; el pobre tiene que cortarme las uñas de los pies. Y frotarme la espalda. Y todo lo demás.

Joder… Saco un billete del bolsillo y le hago un gesto torpe al camarero para que me traiga la cuenta.

Pago y ni siquiera espero que me devuelva el cambio.

Salgo a la calle. El cielo parece mucho más azul de lo normal. La temperatura es ideal para no pasar frío y para no sudar. Pero tiemblo y sudo. Y sólo puedo pensar que si abriera en canal a mi compañera de barra encontraría en el fondo de su corazón cúmulos de colesterol y, a lo mejor, de amor verdadero y de otras cosas de ésas que manchan y matan.

03
feb
10

2010

Desperté. Estaba tirado en el sofá de la salita. Por la luz que entraba por la ventana estaba claro que la mañana había terminado hacía ya rato. Me dolía la cabeza, me dolían los ojos y cada vez que tragaba saliva sentía una especie de arañazo en la garganta. Al incorporarme me entraron ganas de vomitar. Lo hice, pero poco. Llené de bilis los carrillos, apreté fuerte los labios y los puños y empujé todo aquel líquido agrio y recalentado hacia abajo, a su lugar de origen. Nunca me ha gustado vomitar. Es feo, nada elegante. Y sin siquiera tener que verme en el espejo sabía que un toque extra de deterioro era lo último necesitaba en ese momento. Me apetecía ducharme, eso sí. Me apetecía mucho. Era urgente quitarme de encima el olor y el sabor y hasta la textura que se habían apropiado de mi cuerpo. Pero el baño estaba y sigue estando al final del pasillo. A unos diez metros de donde yo pugnaba por despertar del todo, recuperarme, recuperar el control o creer que podía recuperarlo. Diez metros. Diez razones para que se impusiera la pereza. De modo que me quedé allí sentado, empezando a notar en mi espalda las consecuencias de haber pasado la noche en un sofá hecho trizas. Pensando como en sueños en alargar el brazo y coger el mando a distancia. Preguntándome como en sueños por qué cojones no había dormido en mi cama. Reconozco que algo intuía. Pero lo que pasaba por mi cabeza era como una sucesión rapidísima de fotos inconexas y movidas. Todo muy difuso, demasiado. Algo imposible de analizar de manera mínimamente objetiva, y menos aún hundido en plena resaca. Así que opté por decirme que las imágenes eran los últimos coletazos de un mal sueño de borrachera o, como mucho, recuerdos grotescamente deformados de cosas que había vivido o imaginado durante la noche anterior. En definitiva, decidí ser benévolo conmigo mismo. Al fin y al cabo, era 1 de enero. Año Nuevo. Y si no ¡Feliz!, al menos quería pasarlo tranquilo. Atontado, distraído. Por eso hice un esfuerzo y alcancé el mando a distancia. En La 1 reponían el programaespecialresumenmejoresmomentos del año pasado. En La 2 un hombre calvo y barbudo fumaba en pipa mientras ilustraba a los que habíamos sobrevivido al 2009 con sabios consejos, técnicas y hasta tácticas destinados a alcanzar la plenitud personal, superarse a sí mismo y ser mejor ser humano en el año recién nacido. Cambié. Cambié, cambié y cambié. En todos los demás canales, salvo en una televisión local en la que un predicador de aspecto caribeño aseguraba a voz en grito y con los ojos muy abiertos que según un calendario precolombino ya sólo quedaban dos años para el fin del mundo, también repetían los Especiales 2009 que habían emitido el día anterior. Dudé fugazmente. El hombre de La 2 parecía buen tipo además de sabio. Pero en seguida supuse que sería tan falso como el común de los mortales. Probablemente me resultaba afable por ser calvo y barbudo, padecer cierto sobrepeso y tener la extravagancia de fumar tabaco en pipa, y por nada más. Además, quién coño era él para indicarnos cómo teníamos que proceder. Lo más seguro era que no fuera más que un gestor de Recursos Humanos o un psicólogo de medio pelo. Nadie, en resumen. A la mierda. Prefería ver los High Lights de 2009. Con un poco de suerte pondrían alguna catástrofe aérea o el desnudo robado/posado de cualquier estrellita de cine. Cosas sencillas, sin pretensiones intelectuales. Simplemente miedo, deseo, morbo, violencia y demás instintos primarios. Pero después de regalarme por enésima vez la imagen de Puyol levantando la Champions la pantalla emitió la cara de Aminatu Haidar. Era de antes de que regresara a su casa, cuando comía, dormía y cagaba en un cuartito del aeropuerto de Tenerife y tenía a los buitres de comunicación pendientes de cada uno de sus precarios movimientos y aún más precarias palabras. Vamos, cuando su piel parecía de cera vieja y hablaba con un hilito de voz. El caso es que, quizá con un poco de retraso con respecto a cuando debí haberlo hecho, pensé: joder, qué puto asco me da esta tía. Ella y el resto de abanderados de grandes causas. Su reivindicación y todas las buenas intenciones tan “de moda” que determinan si eres un humano correcto o incorrecto. El problema del cambio climático, la libre determinación del Tíbet, las matanzas de focas en Canadá. Sí: qué asco, pensé. Un asco, en realidad, mezclado con envidia. Porque lo que se retorcía en algún hueco primario de mi cerebro luchando por escalar hasta estadios más conscientes de pensamiento, hasta el mecanismo de expresión verbal o ése que te hace coger lo primero que tienes a mano y lanzarlo contra el televisor, era sencillamente rencor. Un rencor puro y brillante y afilado contra todos esos estandartes de la grandeza y la bondad humanas, y contra todos sus seguidores. Un odio envidioso contra todos, azules o  rojos, ricos o pobres o anodina y aplastantemente mayoritaria clase media. Contra todos los que son capaces de sentir sus vidas plenas con sólo ponerse un pin en la solaba o una pegatina en el cristal de su coche que demuestren lo comprometidos que están en la mejora del mundo de mierda en que les ha tocado vivir. De verdad: de repente, el 1 de enero de 2010, envidié profundamente a millones y millones de personas por el modo en apariencia natural en que se desenvolvían sobre La Tierra. Y durante uno o dos segundos deseé con todas mis fuerzas ser como ellos. Por suerte, la locura me duró poco. Como en un flash rescatador visualicé el par de latas de cerveza que suelo esconder de mí mismo, reservadas para ocasiones especiales, en el cajón de la nevera donde guardo las verduras. El remedio ideal para la resaca, dicen a menudo. El remedio más probable para mi resaca y para todo lo demás, me dije yo. Y un objetivo más o menos estimulante para levantarme del sofá. Así que con una mano me agarré el estómago revuelto y con la otra me impulsé para incorporarme. No logré estirar por completo la espalda; la noche anterior debía haberme despedido del 2009 por todo lo alto o, quizá, lo bajo. Medio encogido recorrí el pasillo contando las bolas de pelusa que se acumulaban en el rodapié hasta que frente a la puerta de mi habitación encontré una pierna ortopédica apoyada en la pared. Una imagen potente y, al menos para mí, poco habitual. Una imagen que, en principio, debía haber rellenado algunas de mis lagunas cerebrales acerca de la noche anterior. Pero no fue así. Necesité empujar la puerta entreabierta y asomar la cabeza para obtener más información. En mi cama dormía una chica completamente desnuda. O desnuda al 75%, como queráis. Me quedé un rato mirándola. Era guapa y roncaba tranquila y con la comisura izquierda de sus labios levemente estirada hacia arriba, como en un amago de sonrisa, a pesar de que supuse que la vida no le había tratado demasiado bien. Me quedé un rato más mirándola y decidí esperar a que se despertara para proponerle que se tomara conmigo una de mis cervezas especiales. Quise pensar que aceptaría ser partícipe de la pequeña causa que me había traído el 2010.

07
oct
09

Sexo duro

Vino un amigo a casa y se sentó en el sofá. Durante un rato se dedicó a mirar la tele cambiando de canal una y otra y otra vez. Supuse que eso iba a ser todo, como siempre, hasta que se cansara de nadanadanada y decidiera dejarme solo de nuevo. Supuse que eso iba a ser todo: intercambiar esas frases que ya hemos pronunciado mil veces mientras vemos la basura que sale por la tele. Así que le ofrecí la cerveza de costumbre. Yo tenía el estómago hecho una mierda y no le acompañé. Me dediqué a observar con una sobriedad descorazonadora cómo un chef japonés inmensamente gordo intentaba vendernos un supercuchillo de cocina. Al principió lo aborrecí y lo odié a muerte y deseé en silencio que se cortara las venas de repente y que mi día adquiriera así un nuevo color. Pero como casi todos somos horribles al poco tiempo empezó a hipnotizarme la habilidad de sus dedos rechonchos para rebanar en finísimas tajadas desde kiwis hasta tornillos. Y ya me planteaba hasta qué punto mi vida sería más plena si me hiciera con uno de esos cuchillos cuando mi amigo dijo que ese miércoles tendríamos una cita. Con su amiga no sé quién, creo que en ningún momento llegué a memorizar su nombre, y una amiga de Noséquién. Vale, le respondí. Ya te llamaré para darte los detalles, dijo él. Apuró su cerveza y cogió cuatro más “para el camino”. En realidad su camino no era tan largo, tres manzanas calle arriba, pero al fin y al cabo me había ofrecido un plan; no me pareció demasiado mal que a cambio asaltara mi nevera.
El teléfono sonó la tarde del miércoles siguiente. Mi amigo me dijo que esa noche iríamos al cine los cuatro. Bueno, era el día del espectador, de modo que si la cosa no salía bien no tendría que lamentar haber malgastado demasiado dinero. Me resultó decepcionante que esa reflexión fuera la primera que me pasara por la cabeza porque nunca he sido tacaño, más bien al contrario. Pero cuando no hay pasta, no hay pasta, y asumí como natural que también mi vertiente miserable saliera a la luz. Otras llevaban ya un tiempo haciéndolo. La incompetente, la carente de autoestima, la frustrada y algunas más por el estilo. Y cuando justo antes de despedirse y colgar mi amigo añadió Por cierto, la tuya tiene cuarenta y dos años tampoco me sorprendió que mi yo cómodo y facilón y sin escrúpulos se abriera camino hasta la superficie. No sé, quise pensar, hay mujeres de 42 (el dato era una cifra muy clara en mi cerebro, un dígito, un número relativamente alto pero que al mismo tiempo significaba un peldaño más en la cuesta abajo del deterioro físico) que aún están buenas. Además, ese día no había Champions ni tenía nada nuevo que leer y la nevera estaba bajo mínimos. No tenía nada mejor que hacer que probar suerte una vez más.
Como suele pasarme llegué antes de la hora convenida. Supongo que soy un ansioso o que me aburro bastante o que simplemente quiero que las decepciones pasen cuanto antes. El caso es que me aposté a la entrada del multicine y los vi aparecer a los tres al otro extremo de la calle. A unos cien metros. Tiempo y distancia más que suficientes para experimentar mil impresiones diferentes acerca de las mujeres que acompañaban a mi amigo. Ninguna de ellas parecía estar muy bien. Pero tampoco muy mal. Una tenía un largo pelo moreno. La otra era claramente rubia de bote a pesar de mi miopía. Deseé que no me tocara la barbie y giré la cabeza en dirección opuesta a ellos para hacerme un poco el interesante, despreocupado, superguay. Tuve suerte. Cuando llegaron frente a mí mi amigo nos presentó de tal modo que quedó claro cómo había planificado el reparto del pastel. Me habría dado igual que fuera exactamente al revés. Ambas eran dos cuarentonas, ni guapas ni feas. Simplemente dos cuarentonas que intentaban disimularlo vistiéndose con ropa pensada para mujeres mucho más jóvenes y con la agenda vacía de planes siquiera un poco más interesantes que el que suponíamos mi amigo y yo. Así que, ya digo, me habría dado igual, pero la morena era mi cita, pseudocita, pasatiempo o como se le quisiera llamar al asunto. Y yo era el suyo. Se llamaba Sara y la otra, pues eso, Noséquién.
Sacamos entradas para una película igual de mala que las que se proyectaban en el resto de salas. Y sin esforzarnos demasiado por fingir espontaneidad nos sentamos por parejas y hablamos por parejas de los mismos lugares comunes de siempre. Supongo que es hasta normal, que es lo que hay que hacer en tales circunstancias, pero me sentí ridículo. Como de adolescente, cuando todos los amigos íbamos al cine y siempre intentabas caer al lado de la chica más guapa del grupo como el que no quiere la cosa. Lo consiguieras o no, te invadía una cierta vergüenza. El hecho de percibir que tu treta se había notado demasiado. Pues ahora, quince años después, volvía a tener esa incómoda sensación. Y un ridículo más lento pero mucho más denso y difícil de digerir que el de la juventud me enrojecía y me hacía revolverme en la butaca y plantearme lo mal que debía de ir mi vida para aceptar participar en estúpidas citas a ciegas. No tenía ninguna necesidad de estar allí, hablándole por obligación a una extraña de mi trabajo de mierda o de mi pisucho de alquiler y oyendo de su boca cosas por el estilo. Oliendo la moqueta rancia del cine a la espera de que las luces se apagaran y la pantalla se encendiera y todo fuera más fácil y silencioso. Mirando sin ganas de hacerlo el exceso de maquillaje de mi cita que sin embargo no lograba ocultar la mantecosa porosidad de su cutis. Mirando y escuchando a alguien cuya vida o muerte me importaba aún menos que la de cualquier persona protagonista de un suceso del periódico, como supuse que también ella concluiría sobre mí si se detuviera un momento a pensarlo. Así que quería creer que no tenía ninguna necesidad de todo aquello. Pero si había que ser igual de honesto conmigo que con el resto del mundo, lo único cierto era que, necesaria o innecesariamente, allí estaba.
Al fin empezó la película y pasamos las dos horas siguientes viendo una de esas historias de amor que sólo acaban más o menos bien en Hollywood. La obra de algún guionista loco que se empeñaba en hacerte tragar que tras cada esquina la vida desplegaba ante tu cara un gigantesco abanico de posibilidades emocionantes y enriquecedoras. Dediqué gran parte del metraje a imaginar cómo quedaríamos los cuatro contemplados en la penumbra de la sala por ojos ajenos, por los ojos de alguien que conociera lo que yo conocía de nuestras realidades, mucho sobre la mía y la de mi amigo y poco pero más que suficiente sobre la de Sara y Noséquién. Me imaginé nuestras caras. Nuestras expresiones. Una imagen patética que sólo podría suavizarse si al final de la noche acababa imponiéndose cierta lógica natural. Algo que hiciera que toda aquella pantomima cobrara algún sentido.
Por eso cuando salimos del cine estaba decidido a ir directamente al grano y ni el aire frío que soplaba ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales debilitaron mi convicción. Durante la breve conversación pre-proyección había sabido que Sara vivía muy cerca de donde estábamos y sugerí que estaría bien que nos invitara a tomar algo en su casa para hablar y conocernos todos un poco mejor. Resultó más fácil de lo que había supuesto. Mi amigo y Noséquién tenían planes por su cuenta. Mejor. Y Sara ni dio su visto bueno a mi propuesta ni todo lo contrario. Simplemente se despidió de los otros dos, me miró y echó a andar. Y yo a su lado. No hablamos demasiado durante los cinco minutos que duró nuestro trayecto. Tampoco nos tomamos nada cuando llegamos a su piso. En cuanto cerró la puerta nos enzarzamos en una especie de lucha torpe y ansiosa hasta caer sobre su cama. Y luego todo fue sexo duro. Por la prisa desganada, por la sensación de trámite, por la laxitud de nuestros cuerpos decadentes. Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.
Supongo que por eso a la mañana siguiente me encontraba profundamente frustrado mientras me vestía. No necesitaba acercarme a la ventana para saber que era la luz de un día igual que todos los anteriores lo que entraba por ella. Lo que hice fue ir al cuarto de baño. Sin querer, lo juro, me vi en el espejo. Tampoco allí encontré nada nuevo. Pero ni por ésas, ni porque ella fuera una década más vieja que yo, ni por intuir que fingía seguir durmiendo, ni por la seguridad de que nuestras vidas nunca iban a mejorar gran cosa, me olvidé de dejarle apuntado mi teléfono en un trozo de papel higiénico.

16
sep
09

Otra terapia fallida

Mientras meto el bote de tomate frito en la cesta me invade una sensación de triunfo y pienso que a lo mejor las cosas no tienen que ser siempre así. Que quizá en algún momento de su pasado la vieja que acaba de preguntarme si sé dónde está el papel higiénico no olía a orines y lucía más dientes que mellas y te miraba a los ojos al hacerte esa u otra pregunta y no hablaba de ese modo avergonzado y tembloroso de quien se sabe desagradable a los sentidos. Pienso o me esfuerzo en pensar en que tal vez hubo una época en la que no salía a la calle con las medias sucias enrolladas en los tobillos. Incluso es probable que así sea, me digo. Pero lo que es casi seguro es que esa suciedad, esa peste, ese deterioro con los que deambula desorientada por el supermercado le acompañarán hasta que se muera. Dentro de poco. Desnucada en la ducha mientras en un arranque de pseudorresurrección intenta limpiarse la roña de los pies. Mientras su hijo o sus hijos cagan o follan o roncan o cumplen eficientemente con su jornada laboral en una cadena de montaje o en la sección de ropa de señora de un centro comercial o en un despacho de abogados, qué más da.

Me identifico con la anciana. Aún no tengo hijos cabrones, pero también me pierdo en los supermercados. Y cada vez que me veo en la necesidad de entrar en uno de ellos siento que se me vienen encima esas montañas de productos. El ir y venir de la gente, el bip-bip de las cajas registradoras, los reponedores a punto de atropellarte en cada recodo con sus pequeños montacargas hidráulicos. Todo ese derroche y esa prisa absurda. Me ciegan, me hacen perder la perspectiva y a menudo salgo huyendo de la tienda sin lo que había ido a buscar. Por eso el hecho de haber sido capaz de encontrar el tomate frito con el que a lo mejor consigo condimentar algo de pasta hace que hoy me sienta más realizado que cualquier día de los últimos meses. Mi madre estaría orgullosa de mis progresos en el terreno de lo que mi terapeuta llamaría habilidades sociales. La venera igual que el más ignorante de los indígenas del más sucio culo del mundo veneran al brujo de su tribu. Lo que mi madre no sabe ni sospecha, gracias al respeto que le obligué a jurar a la confidencialidad médico-paciente como condición para concederle su deseo de someterme a tratamiento, es que mi terapeuta murió hace ya medio año y que desde entonces el dinero que me da cada lunes para mis supuestas dos sesiones semanales me sirve para sufragar otro tipo de terapias.

Tenía las paredes de la consulta repletas de diplomas y otros títulos impresos en papel de arroz de ésos que se utilizan para demostrarle al mundo lo inteligente que has llegado a ser después de años siguiendo diversos planes de estudios. Que puedes servir de modelo, guía o faro para algunos de tus congéneres, más jodidos que tú. Puede que así fuera, no tuve tiempo de comprobarlo. Además era una mujer relativamente guapa para tener cuarentaitantos. No sé, quizá lo tenía todo. Pero al poco de empezar mi tratamiento llegué una tarde al edificio donde se encontraba su consulta-casa y un cordón policial me impidió entrar en el portal. Había caído justo delante. Imaginé su despacho en el séptimo piso, unos treinta metros en vertical y hacia arriba desde la sábana que se abombaba en la acera cada vez que se levantaba una ráfaga de viento un poco más fuerte de lo normal. Imaginé sus diplomas allí arriba, colgando de las paredes de la habitación. Si sus átomos de celulosa pudieran pensar o hacer algo parecido a pensar se sentirían un auténtico fracaso. Tan inútiles como los protagonistas de las fotos enmarcadas de, supongo, parientes o amigos o un Yorkshire que había encima de su escritorio y de las que yo sólo llegué a ver su aterciopelada parte trasera durante el par de sesiones que me senté frente a ella a escuchar cómo podía y debía mejorar mi vida.

Le dio tiempo a hacerme un test de inteligencia y otro de personalidad. Poco más. Algunos comentarios al respecto. Dijo que no debía preocuparme demasiado, que mis resultados se movían en los parámetros de la normalidad, que lo mío no era un problema especialmente grave. Nada que no pudiera solucionarse con su ayuda y un firme propósito de mejora y actitud positiva por mi parte, algo así dijo, irradiando empatía y buen rollo, pocos días antes de decidir tirarse por la ventana. Tópicos, en definitiva. Lo que te dicen tus amigos cuando te sinceras con ellos. Lo que te dice gente que no ha dedicado gran parte de su vida a estudiar los entresijos de la mente humana. Gente que reparte cajas de Fanta por los bares o gente que espera que su papá ricachón le ingrese su asignación mensual en la cuenta corriente. Gente que se mueve en los parámetros de la normalidad. Supongo que por eso no me afectó gran cosa la muerte de mi psicoterapeuta; incluso en los alrededores de la vida del más retraído de los seres humanos puedes encontrar docenas de buenos samaritanos dispuestos a prestarte sus oídos y regalarte unos minutos de su sabia voz. Y por otra parte, ya digo, desde que mi doctora decidió borrarse de la vida a la que ayudaba a adaptarse a tipos como yo cuento con quinientos euros extra al mes. Y eso, al menos para mí, es cantidad suficiente para asimilar mejor la muerte de una absoluta desconocida, aunque quizá le hubiera empezado a relatar algunos de mis miedos y mis deseos, que en realidad vienen a ser lo mismo.

De manera que está muy bien que mi madre ignore la condición cadavérica de mi loquera y siga confiando ciegamente en su supuesto poder para reconducir mis procesos cerebrales. Todos contentos. Los lunes y los jueves, antes de supuestamente asistir a mi sesión de psicoterapia, voy a comer a casa de mi madre. Le doy un beso al llegar y otro al irme. En el intervalo como de caliente, alguna que otra vez me ducho con gel de ph neutro y abuso del Axe Musk que mi hermano pequeño esconde en el fondo del armario para sus citas especiales. Y mientras tomamos el café le cuento a mi santa madre historias inventadas sobre mis maravillosos avances. Lo mucho mejor que me siento desde que tuvo la valentía de obligarme a ir al médico. Que ya no recordaba lo que era estar más o menos en paz conmigo mismo. Lo orgullosa que se siente la doctora de mi evolución. Que me ha pedido permiso para exponer mi caso en una conferencia que dará la semana que viene. Cosas así. Cuánto me alegro, hijo mío, suele contestar ella. Sólo si la conversación es especialmente afable hasta se atreve a besarme la frente. Y de tanto en tanto se deja llevar por un arrebato temerario y me sugiere con delicadeza que tal vez dentro de poco ya esté en condiciones para buscarme un buen trabajo. Entonces, dice, ya me podría morir tranquila. Pero lo normal es que simplemente me verbalice su alegría y me deje marchar en paz, sintiéndome bien por haber encontrado una manera de hacer que ella se sienta bien. Lo malo es que a veces se emociona demasiado al escucharme y se le saltan unas pocas lágrimas. Lo que invariablemente me hace dudar si llora de felicidad o es que de algún modo percibe, racional o irracionalmente, mis mentiras. Y como no estoy dispuesto a renunciar a mi modesto salario mensual, cuando eso ocurre opto por quedarme con tal incertidumbre, renunciar a la efímera placidez de saberme un bienhechor y dejarle a ella la responsabilidad de desvelar mi pequeño secreto, si es que realmente quiere hacerlo.

Con los quinientos euros pago mi mitad del alquiler de un piso en el extrarradio. La otra parte la atiende un estudiante alemán que ha venido a aprender castellano. Se llama Sven, es de padre sueco y tal vez por eso al principio sus facciones me resultaron mucho más suaves y agradables que las que, según mis escasos conocimientos antropológicos, corresponderían a un teutón de pura cepa. Las primeras semanas la convivencia fue bastante fluida. Una transacción cómoda y justa: yo le dedicaba unos minutos al día de conversación, normalmente breves y sencillos comentarios a colación de los larguísimos discursos sobre su familia, amigos, aficiones, intereses y deseos vitales que me brindaba mientras yo navegaba por la red o fumaba asomado a la ventana, y el sueco-alemán me correspondía llenando la nevera de cervezas y cocinando suculentos platos de la tierra de sus antepasados. Como su dominio de nuestra lengua estaba lejos de ser profundo y/o extenso y/o exacto, las cosas marchaban bien para mis intereses. Si yo me callaba él se callaba. Ni siquiera tenía que pedirle que cerrara la boca de una puta vez y se largara a cazar renos. Como mucho en alguna que otra ocasión se ponía a murmurar lo que intuyo que serían insultos en alemán o sueco o lo que fuera y me miraba con el ceño fruncido desde sus casi dos metros de altura. Pero no me importaba. Oír aquélla sucesión de fonemas ininteligibles llegaba a ser casi como uno de esos estúpidos mantras. Como oír llover: algo que la mayoría de las veces puedes sobrellevar, como mínimo, sin alterarte demasiado. Y puesto el tipo provenía del civilizado norte de Europa tampoco temí nunca por mi integridad.

Pero lo bueno acaba pronto. Las cosas empezaron a torcerse cuando un buen día me di cuenta de la culminación de un proceso que seguramente había durado un tiempo relativamente largo y que me había pasado totalmente desapercibido. Estaba tumbado en el sofá jugando a la Play sin sentirme llamativamente bien ni llamativamente mal conmigo mismo ni con nada ni nadie en especial cuando Sven apareció en el salón, se acercó a mí, me agarró de los tobillos y depositó mis pies en el suelo. Entonces sentó sus cien kilos de carne rosada y pelo rubio en el espacio que antes habían ocupado mis extremidades inferiores y me dijo, juraría que con estas precisas palabras, Eh, tío, ¿no crees que deberías hacer algo con tu vida de una puta vez? En un primer momento, más que el contenido de su mensaje me chocó la forma en que lo había expuesto. De la noche a la mañana el tipo conjugaba los verbos con total solvencia y manejaba a la perfección expresiones malsonantes sin apenas manifestar el acento de su lengua materna. Lo cual me hizo comprender de golpe que la idílica relación que hasta ahora habíamos mantenido se acababa de ir a la mierda. Entendí que desde ese instante estaba condenado a un nivel de interacción más profundo y cercano con mi compañero bárbaro-vikingo. Algo así, imagino, como cuando un crío les dice por primera vez papá o mamá a sus progenitores. Un salto de calidad quizá inevitable pero que no por ello dejaba de llenarme de pereza y, por qué no decirlo, de un cierto y creciente desasosiego. Básicamente porque por el tono en que el gran Sven me había formulado su pregunta-reproche y el lenguaje gestual con el que se había dirigido a mis frágiles tobillos entendí que el rol de niño en nuestra repentina y extrañísima relación paterno-filial se me acababa de adjudicar a mí. Y es que, y para ello no había más que analizar someramente la morfonsintaxis de la cuestión que el germano me había planteado, era evidente que me había catalogado como un inútil, un fracasado, un outsider y todos esos sinónimos que, con mayor o menor recurrencia a lo largo de mi vida en función de mi estado anímico coyuntural, siempre he tenido la impresión de que la gente que se mueve en los parámetros de la normalidad asocia a mi persona.

En definitiva, aquel día Sven ejecutó de modo implacable pero al menos sin derramamiento de sangre un golpe de estado en nuestro modesto piso compartido. Ni que decir tiene que desde entonces nuestro trueque migajas de atención-comida y bebida dejó de regir las operaciones comerciales de la casa. Además, casi al mismo tiempo el invasor bávaro empezó a hacer amistades más allá de nuestros tabiques. Amistades que, probablemente por su imponente físico y el toque exótico que supone ser extranjero -pero europeo- en un país de mierda como éste, pertenecían al sexo femenino. De modo que hoy por hoy la colonización de mi morada ha alcanzado a todas las estancias comunes. El dvd del salón está perennemente ocupado por las películas suecas o los documentales de National Geographic o los cursos de perfeccionamiento del castellano que tanto les gustan a mi tiránico compañero y a sus flamantes coleguitas, tan obsesionados como él con la mierda de aprovechar el tiempo, aprovechar la vida, cultivarse, cuidarse, mejorar personalmente y mejorar este glorioso mundo. Ya ni siquiera encuentro en la nevera las cervezas con que en tiempos mejores tan gentilmente me obsequiaba este tipejo. Ahora lo que abunda son los tetrabricks de soja y el zumo de pomelo. Pero lo peor es que la enorme invasión rubia ha traspasado incluso las paredes de mi humilde cuarto, pues Sven duerme en la habitación contigua, donde también folla, sonoramente.

Así que en mis pocos ratos de paz me encierro en mi cubículo y pienso que algún día las cosas mejorarán. Y procuro salir a la calle lo menos posible. Hoy he ido a por tomate, es cierto, pero aún es más cierto que lo he cogido de paso, después de comprar veinticuatro cervezas. En fin, intento salir a la calle sólo cuando es estrictamente necesario. Porque cada vez que lo hago me doy cuenta de que, por ejemplo, no me gustan los supermercados. Ni la gente que se ve por sus pasillos o detrás de sus cajas registradoras. No me gusta lo que se mueve por la calle. Ni los que son escoria ni los que se creen brillantes.




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