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22
abr
12

Memes intr-antisistema

Media tarde.

El domingo pasado cambiaron la hora.

60 minutos más de luz al día.

Estaría bien aprovecharlos.

El sol baña las fachadas

Y las naranjas bordes

De los árboles

Y los hombros de las chicas

En tirantes.

Las alas de las moscas

Enjambradas

Alrededor de un contenedor

Sin recoger

Reflejan el sol.

Un cd-espantapájaros

Centellea en el balcón del quinto.

Un niño pasa comiendo

Un helado amarillo limón.

Todo está envuelto en un

Resplandor dorado.

Al menos eso

Me parece a mí.

¿Esperanza?

¿Fe?

¿Autoengaño?

También la terraza de la esquina

Y la que hay un poco más

Abajo.

Todas las mesas ocupadas.

Gente vieja y gente joven,

El pasado y el futuro

Bronceándose como lo que somos,

Criaturas casuales

Al amparo de una

Estrella benévola,

Por el momento.

Pero sin saberlo.

Algunos se remangan,

Otros se repantigan en su asiento.

Gafas de sol y cerveza.

Sí, el aire envuelto en una especie de

Espuma

Dorada.

Un chaval pasa a mi lado

Hablando por el móvil.

Dice que hace un día

Estupeeendo

para ir a la manifestación.

Después cenarán humus en casa de Lluvia.

Es posible que diga Luna.

Qué más da.

Sigue hablando por el iPhone.

La tertulia política de los jueves,

Ya sabes…

Apúntate, tío,

Cuantos más

Mejor.

Yo sigo

Andando

Deseando

Que la voz al otro lado de la línea

Le haya contestado

Vete a tomar por culo.

Deseando que un haz

De rayos gamma

Lo reduzca a

Fosfatina

A él,

A Luna/Lluvia,

A sus amigos y enemigos

-los mismos a fin de cuentas-…

En definitiva a todos esos

Que se creen

Legitimados

Para salvarme

La vida

A su modo.

Sigo

Andando

Pensando

Que eso de

Cuantos más

Mejor

Es

Sin duda

La mentira mejor implantada

De la historia de la Humanidad.

Si Larra levantara la cabeza

Volvería a volársela

A los cinco segundos.

Un día a la semana para

Debatir con amigos mientras bebes vino caro.

Y, claro, tienes que ir.

Un día al año para

Protestar contra quien lleva pisándote toda la vida.

Y, claro, tienes que hacerte oír.

Un día de tu vida para

Sentirte un revolucionario dentro de los márgenes delimitados para revolucionarte.

Y, claro, debes aprovecharlo.

Y más ahora que

Acaban de regalarte

Una hora de sol.

No llueve, no hace frío.

Es el día ideal.

Mañana ya ficharás

Y le lamerás el culo al jefe.

Mañana, igual que el que vota

Lo contrario que tú

-lo mismo a fin de cuentas-,

 Ya consultarás el saldo

De tu cuenta en el banco,

El verdadero culpable.

Pero no sacarás la pasta,

Eso seguro.

Seguirás

Haciendo girar

La rueda

Desde dentro,

Desde muy dentro,

Desde tan adentro como te dejen.

Y darás las gracias

Por ello.

Y no notarás el menor peso

Sobre tu conciencia

Porque no será

El Día

Señalado para notarlo.

06
jul
11

El perro de Pavlov

La chica se te acercó. Te miró con sus ojos negros y perfectos rebosantes de ganas. Dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara. Hizo todo lo necesario.

Y lleno de asombro notaste aflorar en ti, al fin, la maravilla de una respuesta incondicional, primaria, tan humana como animal. Y…

Asociaciones mentales inevitables, automáticas e inquebrantables. Ni la variante más dura del método Ludovico podría acabar con ellas.

Lo sabes muy bien.

Hace años que terminó tu adiestramiento. Fue un rotundo éxito. Lo sigue siendo. Sus efectos en ti perduran aquí y ahora, cuando ya no tiene sentido que sea así, con la misma intensidad con que empezó todo aquella noche del electroshock directo al corazón. Y perdurarán mañana y pasado y al otro, cuando todo será aún más absurdo.

Lo sabes muy bien.

Tras la primera fase de su adiestramiento, el perro de Pavlov no comía salvo que le dieran la comida haciendo sonar un metrónomo.

Un poco más avanzado el experimento, el perro de Pavlov podía llevar tres días sin comer y ni siquiera salivaba ante la comida si no oía el ring del aparato.

Al final, si Pavlov así lo hubiera querido, su perro se habría dejado morir de hambre rodeado de filetes, muslos de pollo y conejos asados esperando en vano que el mágico timbre del metrónomo desatara el apetito en su vientre hundido.

No hace falta ser un perro para sucumbir a los peligros de la respuesta condicional. Si algo se repite a diario durante el número necesario de años acaba por convertirse en pauta. En modelo. En el único estímulo válido para generar determinada reacción.

Por eso cuando la chica se te acercó, te miró con sus ojos negros y perfectos llenos de ganas y dijo justo las palabras que querías que dijera en el tono que querías que empleara, cuando hizo todo lo necesario, no fue suficiente. Su voz, sus ojos, su manera de moverse no eran los que te habían enseñado a asociar con determinados sentimientos. No eran tu ring. Con cierta tristeza notaste cómo las reacciones químicas que habían empezado a producirse dentro de ti se detenían y se diluían en tus venas sin remisión.

Ella se enfadó y te llamó imbécil y otras cosas bastante peores. Decidiste asumirlo sin protestar. Tampoco era el lugar ni el momento para intentar explicarle lo jodidamente eficaz que puede llegar a ser la Teoría del Reflejo Condicional.

22
jun
11

Nadie piensa que acabará siendo técnico de antenas

Nadie piensa que acabará siendo técnico de antenas. Supongo.

Y supongo que pasa lo mismo con los carniceros, administradores de fincas, revisores de tren.

Pero un día te das cuenta de que eso es lo que eres: un antenista, por ejemplo. Y no te queda otra que llevarlo lo mejor posible.

Con todo, lo más raro es que, si lo piensas un poco, antenista o técnico de antenas no suena nada mal. Suena muy bien, de hecho. Demasiado bien para lo que realmente haces.

Incluso es posible que quede de lo más respetable cuando se lo digas a la chica de turno de la noche de turno. Te atribuirá un buen montón de conocimientos técnicos de esos que tanto asombran al común de los mortales. Saber qué cable va con cuál. Entender de circuitos eléctricos y electrónicos. Ser capaz de destripar el aire acondicionado y hacerlo funcionar de nuevo en una tarde incandescente de agosto.

Cosas que la gente valora mucho.

En fin, salvo que seas tú el que lo mencione nadie pensará que la parte principal de tu trabajo consiste en escalar antenas de televisión o repetidores de telefonía móvil y limpiar con un vulgar trapo las cagadas de las gaviotas. Y, por supuesto, nadie pensará que además de ser la parte fundamental de tu trabajo también es lo que hace que ser un antenista te parezca como mínimo tan bueno o tan malo como ser cualquier otra cosa. Tan irrelevante, en definitiva. Porque quien más quien menos se dedica a limpiar alguna clase de desperdicios. Y es más que probable que lo hagan en un entorno mucho menos exótico que el de tu trabajo.

De modo que se trata de mantener fuerte la idea de que no eres lo que haces, eres lo que te gusta. Y así consigues verlo todavía en algún que otro momento inspirado.

Y es que a lo mejor a todo el mundo le gustaría ser tú cuando estás ahí arriba, muy por encima de las azoteas y las copas de los árboles más altos y el más alto de los humanos, tan cerca de los círculos móviles que trazan los pájaros. Seguramente a cualquiera le gustaría tener esa perspectiva por un instante. Ese punto de vista que te ayuda a relativizarlo todo cuando sientes que el viento sopla incesante entre tu pelo y te enfría los pensamientos hasta en el día más tórrido del año. Llevándoselos a cualquier otra parte. Tan lejos que a veces, muy pocas pero algo es algo, no encuentran el camino de vuelta a tu cerebro.

02
abr
11

Alquitrán 26

Brillar a muerte y apagarse de golpe a los 27. En un momento dado dijo que eso era lo que quería. Supongo que a los 15 ya llevaba impresa esa frase en la camiseta con la que se iba a dormir. Supongo que aún era muy joven y muy dramática y muy imbécil. Al fin y al cabo solo tenía 26 y seguramente aún confiaba vagamente en llegar a ser algo en la vida. Un mito, por ejemplo, lo más fácil de soñar cuando empiezas a intuir que no lograrás nada. La conocí anoche. Pedía un tequila a mi lado. Su codo estaba helado y su voz parecía brotar del mismo aire. Fue eso lo que hizo que la mirara. Sobre todo esa voz como un susurro lejano pero nítido por encima de los bafles. No estaba mal. Todo en su sitio. Tal vez le faltaban unos kilos, pero supongo que la delgadez era requisito indispensable de su papel. Igual que el susurro audible y su palidez y sus ojeras. Pensé en horas de ensayo. La caída de sus párpados me lo confirmó. A medio camino entre la intoxicación verdadera y la mirada inspirada en la Iris de Taxi Driver. La languidez de sus muñecas cuando rebuscó en su bolso negro y sacó tabaco y fuego despejó cualquier duda al respecto. Soltó la bocanada como si la estuviera filmando Godard. Supe que soltaba la bocanada imaginando que la estaba filmando Godard. Y supe que ella no sabía que yo lo sabía. Así que después de que el camarero le recordara la vigencia de la Ley Antitabaco y ella apagara el cigarrillo con el mismo desdén mezclado con miedo con el que un niño travieso sucumbe al grito de su padre, decidí seguirle el juego y acabé invitándola a unos cuantos chupitos. Una vez más, la noche moría y no tenía nada mejor que hacer. Cuando la transparencia empezó a licuarle las pupilas me cansé del asunto. Le dije que esperaba que todo le fuera lo bien o mal que ella quisiera. Me dijo que si en seis meses no había conseguido hacer algo digno con su vida se iría a una reserva india, tallaría el tótem más grande jamás habido y se cortaría las venas a sus pies. Me parece un plan insuperable, sentencié. Y salí a la calle y eché a andar hacia casa pensando que quizá eso fuera lo normal de ser tan joven. Vender una imagen sólida. De la cordura o de la locura, pero sólida. Intentar impresionar. Ver muchas películas y leer muchos libros y creer que la vida puede ser igual de trágica que lo que en ellos se cuenta. Hasta que pasan los años y ves que todo en todas partes tiende a acomodarse. Que una persona puede rehacer su vida incluso después de que su familia entera muera de asfixia por la mala combustión de una estufa un martes de febrero sin más historia a las 04:22 de la madrugada. Entonces un golpe sonó en la calzada. Por el rabillo del ojo vi un bulto volando por los aires. Y luego vi y oí su cuerpo rodando por el asfalto desierto junto a un scooter que chirriaba y chisporroteaba. Un Astra azul del que salía una música nada apropiada para el momento se detuvo unos metros más adelante. La puerta se entreabrió. Una pierna de hombre joven pisó el suelo. Estuvo allí unos segundos, como tanteando su nuevo mundo. Al poco volvió a desaparecer en el interior del coche, la puerta se cerró y los 180 caballos del Astra arrancaron rumbo a la culpa y el insomnio. Lo sentí por él. Y lo sentí por ella. Boca arriba sobre el alquitrán, no se apagaba de golpe. Sus 26 años burbujeaban y explotaban uno a uno rojos en sus labios. Y la extenuación de sus párpados era ahora pura improvisación. Ni rastro de guión, de tragedia llevadera, de atormentado día a día. Me agaché a su lado. Le repetí al oído lo que le había dicho al despedirme. Me parece un plan insuperable. Esto no es una reserva india, pero imaginemos que lo es. Y con mi navaja le rasgué el revés blanquísimo de sus muñecas. Le di un beso en la mejilla más intacta, le limpié las babas, y me incorporé procurando parecer lo más grande posible.

27
ene
11

La felicidad de las hormigas

Es probable que sea lo menos importante de todo pero me levanto, me meto en la ducha y me sobreviene esa sensación de estar a punto de recordar algo. Luego lo pienso mejor y me doy cuenta de que más bien es justo lo contrario: la sensación de estar a punto de olvidar definitivamente algo. Me exprimo la cabeza goteante y solo consigo rescatar que anoche se me ocurrieron tres historias mientras daba vueltas en la cama. Y me acuerdo de que me parecieron buenas. Las vi claro a las tres. De principio a fin. Muy nítido lo que le ocurriría/no le ocurriría al personaje y muy sorprendente su desenlace/no desenlace. Y quiero dejar claro que cuando digo sorprendente bien podría decir repetitivo, optimista, descorazonador o lo que me saliera de los cojones. El caso es que el agua me va desentumeciendo el cuerpo pero ni por asomo hace lo propio con mi mente. Porque no me vienen, no me vienen esos tres putos cuentos perfectos. Bueno, digamos decentes, que ya es bastante. Y lo cierto es que eso suele ocurrir (-me) a última hora de la noche, cuando las oportunidades de lo que fue hoy se han esfumado y las ideas lentas intentan colarse en el orden del día siguiente. Me refiero a que se me ocurran historias mientras lucho contra el insomnio unas veces y contra la somnolencia otras. Y sobre todo me refiero a que esas historias siempre siempre me parezcan mejores que las que nacen cuando el sol brilla ahí arriba, cuando el trabajo absorbe tu tiempo y cuando la gente prosigue con sus vidas, tan activas o no, tan llenas de obligaciones y placeres y tristezas y demás mierdas o no, pero siempre tan adaptadas y adaptables y aceptadas y aceptables. Lo malo es que, igualmente sin excepción, no encuentro fuerzas para levantarme de la cama y tomar siquiera unas breves notas, apuntes, como queráis llamar a la planificación. Siempre me digo mañana, mañana las recordaré y las escribiré y mataré de un tiro tres fantasmas. No son muchos, pero son muchos más que ninguno. Pero al día siguiente no hay forma de llevarlo a cabo. De un modo u otro acaba ocurriendo lo de hoy o lo de otro hoy muy parecido. Es decir, por ejemplo estar bajo el agua caliente limpiándome/despejándome para otras veinticuatro horas de batalla, intentar recordar, cerrar fuerte fuerte los ojos y notar la sangre comprimida dentro de los párpados y la espuma del champú colándose quién sabe cómo y no ver ni rastro de los buenos relatos que se me ocurrieron hace tan solo unas horas. No ver más que lo que parecen diminutas estrellas rojas, verdes y azules de hemoglobina y PH neutro danzando en lo más hondo de mis cuencas oculares.

Total, que no, no recuerdo lo que en principio quería escribir, y sí, todo este rollo es para decir simplemente eso. Qué coño, puedo permitírmelo. Pese a lo que digan los datos, las estadísticas, los concursos, las visitas y la inmensa mayoría de la gente, a estas alturas puedo permitirme hacer trampas. Y que le den a Sensini.

Por eso sigo y decido que hoy no voy a ir al trabajo. Me aclararé los ojos, me aclararé todo un poco y llamaré y diré que estoy enfermo, que tengo la gripe A, cualquier cosa. O ni eso; al fin y al cabo lo que hago en la oficina no son más que gilipolleces.

Luego, no sé, digamos que me tomo un café de pie en la cocina, sin prisa. Aprecio nuevos matices en su sabor mientras el sol forma un rectángulo tibio sobre los restos de café que he esparcido al abrir el paquete, y pienso en hormigas. Pienso en la felicidad de seis mil millones de hormigas y en lo poco que se diferencia de la nuestra. Servicio, construcción, acumulación. El zumbido de la nevera de fondo crea un patrón en mi cabeza. Me maravilla que sea la primera vez que reparo en su frecuencia, en su tono, en el repiqueteo metálico que emite cada seis segundos. Todo, TODO es cuestión de tiempo y atención, y prestárselo/-la al ruido del frigorífico no es intrínsecamente más inútil que invertirlo/-la en saber el minuto exacto en que el 89 pasa por la parada más cercana a tu casa.

Y luego por ejemplo me conecto al facebook y pierdo el tiempo que he decidido ganar hoy cotilleando como un gilipollas aquí y allá. Nada, nada y más nada hasta que entro por inercia en un perfil recurrente y leo que la última chica que me dijo No se cayó el otro día por las escaleras de una discoteca. Su estado dice Magulladuras, cortes, esguince, vergüenza. Me imagino la caída. El golpe de la rótula izquierda contra el listón metálico que bordea el escalón, la muñeca doblada antinaturalmente, la ridícula contusión en el coxis. Y de inmediato me siento un poco mejor. Entonces la visualizo en el suelo, las medias rotas y su palidez manchada por la pringosa mezcla oscura de polvo de zapatos y alcoholes derramados. Y de inmediato me siento mal por sentirme mejor. Pero no puedo domar ese leve bienestar que crece y crece dentro de mí hasta ya no poder calificarse de leve. Además, solo tiene veinticinco años. Como suele decirse, aún es de goma. Cree que siempre tiene razón, cree que nunca se equivoca, pero aún es de goma.

Así que, qué coño, ¿por qué no dar rienda suelta a esta pequeña satisfacción? Pese a lo que diga ella, los otros y mi balance de éxitos y fracasos, creo que a estas alturas puedo permitirme ser un poco hijo de puta. Quizá así todo empiece a ir mejor.

Y salgo a la calle con esa fe oscura oxigenando mis pulmones. El sol no es gran cosa hoy tampoco, pero tengo un día entero por delante para malgastarlo en lo que yo decida. Sin ir más lejos, hace años que no lavo el coche. Me apetece fumar (si nadie me ve) bajo este sol vulgar a la espera de ver salir el coche del túnel de lavado. Quiero verlo blanco, blanco de verdad. Deslumbrante y con los neumáticos de un negro perfecto. Me apetece mucho estar allí de pie y por un momento pensar en ponerme al volante y largarme a cualquier parte. Pensarlo. Solo pensarlo. Hacerlo es lo de menos. Demasiados factores externos.

21
nov
10

La otra ventanilla. Lo otro en general.

Tres años seguidos.

La tercera vez que tengo que hacer este paripé.

El banco está más o menos concurrido. La gente ingresa o extrae dinero de sus cuentas. Se agachan hasta poner la cara a la altura del hueco de la ventanilla y mencionan en tono intrascendente cantidades que me permitirían  intentar ser un poco más feliz durante dos semanas, dos meses, dos días, un tiempo, algo es algo.

Pero yo no entiendo de números. No puedo permitírmelo. Y no he venido para eso.

Solo estoy aquí para –volver a- pedir que no me envíen un sms felicitándome el cumpleaños. De paso aprovechan para publicitarse, está claro, pero no es eso lo que me toca los cojones. Es la felicitación en sí, que se tomen la libertad de interferir en mi vida privada. Que se arroguen ese derecho, que digan ser mis amigos. Que una macroempresa finja preocuparse por mí.

Tendrían que ver mi casa. Mi habitación. La suciedad que forra mi cuarto de baño. Las cosas que me pasan por la cabeza en cuanto me descuido. Que, por ejemplo, cumplir años, envejecer, vivir puede llegar a resultarte inmoral. Si supieran todo eso quizá se pensaran mejor en quién invertir su presupuesto para campañas de captación y fidelización.

Pienso en decírselo ALTO y CLARO mientras me pongo a la cola sin pedir la vez. Pero me invade un cansancio casi tan profundo como mi tristeza cuando calculo el tiempo que voy a perder solucionando esta gilipollez. El tiempo que he perdido, pierdo y perderé, en general.

Alguien me toca el hombro y vuelvo al mundo físico de fronteras adhesivas de Espere aquí su turno, cristales blindados y expositores florecidos de folletos verdes que no invitan a mantener la esperanza. Es un anciano con boina y pantalones de pana gruesa. No puedo evitar pensar que estaría mejor dando de comer a los patos que nunca he visto en el estanque maloliente del parque. Sin embargo me pregunta cómo funciona ese trasto para poner al día la libreta de ahorros. Le digo que no tengo ni idea. Pone cara de no creerme. Se lo juro por dios pero su expresión indica que sigue catalogándome como un joven irrespetuoso y egoísta. Casi sin darme cuenta cojo su cartilla y la meto en la única ranura del aparato susceptible de ser penetrada. Supongo que no lo hago bien porque la cosa empieza a zumbar y traquetear y la libreta se queda a medio tragar o escupir. El viejo me mira. Ya no hay desdén en sus ojos; los inunda algo parecido al terror lento e incrédulo de quien se siente perdido. Es un niño arrugado y con manchas de vejez llamando a gritos a su madre en medio de un centro comercial. No entiendo nada. Me planteo soltarle un vengativo Ya se lo dije. Pero la cola avanza y me alejo un paso del anciano y de su estúpido problema.

Un par de metros más adelante la hilera humana se bifurca en dos cauces idénticos pero con destinos bien diferentes. Uno conduce a una ventanilla tras la cual reina una chica de unos veinticinco cuyo rostro roza el 9’5 sobre 10. La otra fila muere frente a un cajero que intenta despistar a la calvicie embadurnándose sus cuatro pelos con medio kilo de gomina y estirándolos de manera que cubran la mayor superficie de cráneo posible. Un rotundo fracaso. Además tiene ojos de pez y tal vez por eso la flacidez de su papada le hace a uno pensar en un filete de panga. No tengo la menor duda de en qué dirección me arrastrará la corriente.

Efectivamente. Tras un cuarto de hora en que lo único reseñable que sucede es que en determinado momento la cajera del reverso del destino se levanta para coger unos impresos amarillos de una estantería y constato que no sólo su cara es digna de veneración, desemboco en la charca gris del bancario-pez. Digo Buenos días, tomo aire y voy a soltarle todo lo que he planeado pero mirándome por un centésima de segundo con una caída de ojos cargada de desprecio me interrumpe con un Un momento, por favor y se pone a teclear algo en el ordenador. 30 segundos. 60. 90. Le odio. Y más aún cuando, justo en el instante en que parece dispuesto a atenderme, un empleado sin duda jerárquicamente superior a él sale de un despacho interior, le dice algo al jodido hombre-panga y éste le contesta Sí, señor, vuelve a pedirme que le disculpe y se zambulle de nuevo en el resplandor mortecino de su monitor.

No hay esperanza, me digo, ni un miserable anfibio humano me toma en serio. Y decido que lo mejor va a ser volver a casa y salir de ella lo menos posible. Ya intentaré resolver este asunto el año que viene. Si sigo vivo las cosas serán exactamente igual que hoy, de eso no hay duda. La misma vulgaridad, la misma frustración. Irrelevancia, incapacidad. Prácticamente inexistencia. Una antivida entre antividas.

Así que estoy a punto de largarme sin decir nada cuando el hombre de la pecera abre un cajón para guardar unos papeles y veo dentro uno de esos viejos bolígrafos. De esos que al usarlos parecen un boli normal pero que si los pones boca abajo dejan al descubierto la silueta de una mujer desnuda. Lo sé porque es idéntico al que aquella tarde encontré en un bolsillo de la mochila de mi hermano pequeño cuando la Guardia Civil nos devolvió por fin sus cosas. Y, claro, ya no me parece tan servil, ni tan feo, ni tan cabrón. Ya no puedo odiarle. ¿Cuántos años tendrá Pangaman? Unos cuarenta y cinco, por ejemplo. Mi hermano tenía dieciséis. Aún no era gordo ni calvo, aunque se dejó un tercio del cuero cabelludo sobre el asfalto. Aún no se había visto en la circunstancia de pasar sus días tras un cristal blindado pero también muy transparente aguantando mis impertinencias y las de gente peor o mejor.

Señor, ¿está bien?, le pregunto que en qué puedo ayudarle, me dice.

En nada. Pero no se lo digo, sólo lo pienso.

09
jul
10

Especies en extinción

Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.

 

 

La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.

He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.

Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.

-Jackson Ojo Divine.

Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.

-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?

-Sí.

-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?

-Eso es.

Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:

-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.

-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.

Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.

Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.

 

 

Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.

 

 

Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.

-Te echo una carrera –dijo.

De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.

-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:

-No sé… ¿Hasta aquella fuente?

-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.

Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.

Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.

-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?

El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.

-Sí, creo que sí.

-Menuda hostia te has dado, colega.

Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:

-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.

La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:

-No es verdad; son horribles.

Y yo le expliqué que no.

-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.

La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.

Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.

 

 

En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.

21
jun
10

El viaje

Su padre era metódico, organizado y, sobre todo, puntual. Por eso le extrañó que en el último momento, cuando ya habían desayunado y cargado el maletero, le pidiera que esperara un momento, que tenía que ir al baño. Vale, una necesidad física es una necesidad física, y hasta la persona más cuadriculada antepone su satisfacción al simple hecho de cumplir el horario previsto. Pero incluso teniendo eso claro le sorprendió que su padre la dejara un par de minutos en la acera para vaciarse a última hora la vejiga. Pensar en la palabra vejiga le hizo pensar en la palabra uretra y ésta, por una vía bastante directa, la llevó a la palabra polla. Y un instante después estaba imaginándose a su padre meando, con todo lujo de detalles. Se sintió incómoda. Sacudió un poco la cabeza y miró hacia la puerta de casa. Seguía entornada y el débil resplandor que bajaba desde el cuarto de baño del piso de arriba rellenaba el hueco de un color entre amarillo y ocre que le resultó casi irreal a esas horas, las cuatro y treinta y uno de la mañana según su móvil. Igual que le pareció extraño el sonido burbujeante del chorro de orina de su padre, nítido a pesar de las paredes que se interponían entre el mismo y sus oídos. Un chorro que parecía precipitarse a intervalos cortos y rápidos en el agua de la taza, como si expulsar aquellos residuos le supusiera un gran esfuerzo al propietario del pene, que, otra vez, volvió a visualizar con sobrecogedor realismo. Tiene que ser cosa de la próstata, se dijo para poner cierta frialdad científica a los absurdos pensamientos que le pasaban por la cabeza. Y le maravilló la posibilidad de haber prestado tanta atención a la lección sobre el aparato genital masculino que había medio escuchado en clase la semana pasada mientras, en su mesa de la última fila, grababa con compás su inicial y la de ella a ambos lados de una equis.

Volvió a iluminar la pantalla de su teléfono y ni siquiera el último de los dígitos que componían la hora exacta había mutado. Resopló. No era sólo que no le apeteciera en absoluto pasar el día entero codo con codo con su padre. Al fin y al cabo vivía con él y estaba acostumbrada a soportar su presencia con aparente indiferencia. O con una hostilidad indemostrable, que viene a ser lo mismo que lo anterior cuando se tiene dieciséis años. Además, aunque era cierto que hacía por lo menos tres años que no salía de caza con su padre y que ella habría aplazado gustosamente la jornada otros tres más, el plan en sí no le disgustaba tanto en lo que no tenía que ver irremediablemente con él. Un poco de sol, un poco de aire puro, esas cosas que dicen los fanáticos de la vida sana, entre los que incluía a su padre. Y a la menor ocasión se las apañaría para escabullirse y pasar la mayor cantidad de horas posible fumando el mayor número posible de porros subida en alguna rama, sin preocuparse por una vez de que él olisqueara el humo. Para acabar de fortalecer su ánimo pensó que si trepaba lo suficiente podría recibir una mínima señal de cobertura gracias a la que comprobar si su novia la había llamado o escrito algún sms para hacerle más fácil el día.

Eso era lo que hacía de aquella excursión padre-hija un panorama tan poco atractivo. Estaba convencida de que él aprovecharía un altísimo porcentaje de los minutos del día para volver a poner en duda el amor que ambas se tenían. Le diría por enésima vez que a su edad era imposible estar segura de lo que sentía, que aquello acabaría cayendo por su propio peso, que no se creara una fama de la que después seguro se arrepentiría.

Oyó voces calle arriba y enseguida un par de sombras salieron de detrás de una esquina. Caminaban en dirección a ella dando traspiés y hablaban alto y se reían, y cuando pasaron debajo del cono pálido de una farola comprobó que eran dos chicos del pueblo de al lado que iban a su mismo instituto. Supuso que vendrían de la fiesta de la que había oído hablar durante toda la semana. Ninguna de las dos había sido invitada, y ambas se habían enorgullecido de ello. Les gustaba tener el mundo en contra, por lo menos a ella. Sentía que así su unión se reforzaba, se volvía casi épica. Cuando los chicos la vieron aminoraron el paso y se callaron un momento. Luego cuchichearon algo que no pudo oír y rompieron a reír de manera frenética, casi teatral. Ella estaba decidida a mantenerles la mirada sin ni siquiera contestar al saludo que le dirigieran. Ensayó mentalmente la cara más despectiva y desafiante con la que corresponder a la mención expresa o tácita a su condición sexual que sin duda le iban a dedicar. ¿Dónde está tu novia? o ¿Por qué no habéis venido a la fiesta…? Había muchas parejas. Pero en lugar de eso, cuando pasaron junto a ella manchando el aire de un aroma denso y dulzón le hicieron un comentario muy gráfico y muy poco irónico sobre el tamaño de sus tetas que la descolocó por completo. Tanto que instintivamente bajó la mirada hacia su pecho. En ese momento su padre apareció en la puerta de casa. Los dos chicos volvieron a estallar en carcajadas y salieron corriendo hasta un ciclomotor que había aparcado unos metros más allá. Sus risas todavía se oían por encima del ruido del escape cuando la luz roja se desvaneció en la oscuridad dejando atrás un rastro de olor a semen y alcohol. Y ella deseó que su padre no hubiera escuchado nada. Que el azar no le hubiera dado pie para empezar su asqueroso discurso ya, a las cuatro y treinta y dos de la madrugada.

Por si acaso nada más subir al asiento del copiloto se provocó un bostezo que le quedó bastante convincente y se encogió de cara a la ventanilla en una forma parecida a la posición fetal. Su padre le pasó la mano por el pelo y le preguntó si tenía frío, y ella se replegó un poco más y le contestó que estaban en junio. Y luego se hizo la dormida mientras al otro lado del cristal pasaban árboles negros y campos negros y alguna que otra casa casi igual de negra. Hasta que se quedó dormida.

Recuperó la consciencia con la voz de un locutor radiofónico que leía el boletín informativo de las ocho.

-Buenos días otra vez –le dijo su padre-. Hemos acertado; han dicho que vamos a tener buen tiempo por aquí.

Ella se preguntó cómo sabía que se había despertado pero durante un par de minutos no dijo nada al respecto ni al respecto de ninguna otra cosa. Se concentró en asumir la perspectiva de tener que interactuar mínimamente con él y, bostezando de verdad, se enderezó en el asiento.

-¿Falta mucho? –preguntó al fin aunque sabía que no.

Recordaba aquel paisaje. Recordaba aquel paisaje años atrás a la misma hora del día, tan cegador como ahora. El sol bajo y grande formando enormes lagos de luz y enormes charcos de sombra entre las montañas. Los chopos más altos de cuantos flanqueaban un pequeño arroyo allá abajo aprovechándose los primeros de toda esa energía dorada ascendente que encendía la parte superior de sus copas verdes y blancas. El embalse tan azul oscuro como el cielo todavía en parte nocturno, que ya se vislumbraba tres o cuatro curvas más adelante. Sólo faltaba su madre volviéndose para mirarla sonriente desde el asiento que ahora ocupaba ella. O volviéndose enfadada. Estando, respirando. Viva, al fin y al cabo.

-En cinco minutos llegamos.

La chica tardó un rato en continuar la conversación, pero al final lo hizo.

-Buenos días otra vez –dijo, y bajó la ventanilla.

El viento la despeinó su pelo corto y le secó los ojos y le metió por la nariz una mezcla de olores verdes y de tufo a asfalto y de polvo viejo acumulado en la tapicería, y todo ello hizo que se sintiera ligeramente mejor. Más insignificante, menos culpable. Algo así como la mejor versión posible de sí misma después de reconocerse como víctima o simple producto del azar. Por lo que entendió que no tenía mucho sentido regodearse en las dificultades de su diminuta vida. ¿Para qué buscar más problemas? ¿Por qué no darle al hombre que manejaba el volante tarareando una canción irreconocible la oportunidad de tener una relación normal con su hija? Se metió la mano en el bolsillo derecho de sus bermudas y desconectó el móvil.

Abandonaron la carretera y avanzaron por un camino de tierra muy oscura y apelmazada, sin levantar la menor nube. Detuvieron el coche cinco kilómetros monte adentro, en una pequeña explanada sembrada de minúsculas flores blancas y lilas y amarillas idénticas en su forma. Al abrir la puerta, justo antes de poner el pie en ese frondoso jardín, la chica se dijo que iba a ser imposible salir de allí sin pisar y matar cientos de plantas que ni siquiera eran conscientes de su presencia.

-Da pena aplastarlas, ¿verdad? –dijo su padre.

Sí –miró hacia atrás y vio los dos surcos de muerte multicolor que habían trazado las ruedas del coche-. Pero ya hemos aplastado un buen montón.

Y ambos salieron del coche y sacaron la escopeta y los demás trastos del maletero y anduvieron de aquí para allá sin pensar ni un segundo más en lo que moría a sus pies.

Cuando lo tuvieron todo preparado se sentaron en un pequeño montículo de piedra y se comieron entre los dos una lata de mejillones. No hablaron mucho, y cuando se dijeron algo no alcanzaron ni de lejos la fluidez que seguramente ambos habrían deseado, pero por alguna razón ella empezó a relajarse paulatinamente. Había algo en la manera en que su padre la miraba cuando se pasaban el palillo que le hizo estar casi segura de que esta vez no iba a ser sometida a un lavado de cerebro. Ni sus párpados ni sus cejas revelaban signos de tensión. Tampoco su boca parecía a punto de explotar en un reproche. Más bien su cara entera se contraía en una muy discreta expresión de pena o vergüenza. O de pena y vergüenza. Una expresión de derrota que la tranquilizó.

Así fue. Pasaron casi doce horas juntos, sin posibilidad de escapar el uno del otro si las cosas empezaban a ponerse feas, y en ningún momento sintió la necesidad de poner tierra de por medio. Ni siquiera se acordó del costo que llevaba escondido en el calcetín. Recorrieron uno al lado del otro cualquier sendero de los alrededores del campamento base, por estrecho y empinado que fuera. Sudaron juntos. Vio cómo su padre disparaba cuatro escopetazos con la intención de cobrarse sendas perdices, y cómo los fallaba todos. Tras uno de ellos tuvo que sujetar el arma y se quemó levemente el pulgar al cogerla por descuido por la parte baja del cañón. Y a eso de las seis de la tarde emprendieron el camino a casa.

En el coche hablaron vagamente de las clases, de la conveniencia de que estudiara un poco más. Si acababa bien el curso a lo mejor podría acudir al siguiente subida en una moto, y ella se ilusionó como la cría que era.

Luego, a pesar de que ninguno de los dos tenía hambre, pararon en un bar de carretera y pidieron dos copas de helado de chocolate. Podría haber sido la guinda a una jornada de reconciliación. Pero estar sentados cara a cara resultaba más difícil que caminar por el monte pendiente de que algún ejemplar de la escasa fauna se moviera detrás de un arbusto. Por eso la chica se apresuró en comerse su helado. Todo había ido bien; no había por qué estropearlo ahora. El padre, en cambio, ni lo tocó. Estaba como abstraído. Ni siquiera se giró cuando un grupo de hombres que jugaban al billar al fondo del local empezaron a discutir y a amenazarse de muerte unos a otros. Ni siquiera comentó algo al respecto. Permaneció inmóvil frente a su hija, mirándola con unos ojos absortos que en ciertos momentos, estaba segura, pasaban, se ralentizaban y hasta se detenían sobre su pecho, revelando sentimientos muy lejanos a la vergüenza y la tristeza que habían trasmitido en el campo.

Ella acercó la copa hacia sí, lentamente, como movida por un instinto recién descubierto pero a la vez lo bastante utilizado como para hacerle tener claro que era mejor no darse por enterada de ciertas cosas. Entonces su padre salió de su repentino trance y se levantó de manera torpe y apresurada.

-Acábate eso pronto. Voy al servicio y nos vamos.

-Vale.

Y mientras observaba cómo el hombre que la había engendrado se hacía cada vez más pequeño alejándose hacia el aseo algo cedió de manera casi sonora en su interior y se recordó a sí misma en otro cuarto de baño. El de su casa, tal y como iba a encontrarlo al llegar a excepción de las cortinas de las ducha, que habían renovado hacía poco. En el espejo sucio de ese recuerdo su padre aparecía mucho más joven y grande que ahora. Y ella era mucho más pequeña, tanto que no era capaz de correr rápido, ni de pegar fuerte, ni de pronunciar sin equivocarse palabras como uretra, pene o polla. Pero la niña del reflejo conocía sus significantes a la perfección.

Miró el chocolate medio derretido que se espesaba al fondo de la copa. Pensó que si no hacía algo rápido e irreversible la textura pringosa de esos restos podía ser muy parecida a la que tuvieran muchos de los ratos de vida que le quedaba por delante. Luego contempló la quemadura de su dedo. Y le entristeció que careciera de sentido. Y calculó en tiempo, distancia y fuerzas cuánto la separaba del maletero del coche.

08
jun
10

John Paul Young tiene razón

Sábado, 17:30. Demasiado calor y casi dos semanas sin salir de casa. Es algo en lo que no conviene pensar más de la cuenta. Se traga una pastilla y se tira en la cama.

Abre los ojos boca arriba aferrado a un almohadón. Mira el reloj. 21:41. Más de dos semanas sin salir de casa. Algo en lo que no conviene pensar nada. Por otra parte, nadie le obliga. Ha sido una decisión personal y, en la medida de lo posible, bien meditada. Así quiere que sea, en definitiva. No puede arrepentirse tan pronto. No puede avergonzarse a sí mismo tan pronto, una vez más.

Tiene que aguantar.

Tres metros por encima de la penumbra que le aplasta contra el colchón el techo podría ser de un blanco deslumbrante o estar sucio por culpa del tabaco y sus respiraciones. Y ni lo uno ni lo otro modificaría en nada el transcurso de las cosas.

Todo le resulta tan gratuito que a veces, cuando se deja llevar y pierde el control y hace cosas horribles, intenta consolarse con la idea de que tampoco sus actos tienen la menor repercusión. Ni para él ni para nadie.

Se levanta, se pone las gafas y anda de aquí para allá por la casa sin encender las luces. Pero no es suficiente. El resplandor anaranjado de las farolas se cuela por todas partes definiendo las siluetas de los objetos junto a los que pasa y que está cansado de ver. Para solucionarlo se acerca a la ventana del salón dispuesto a bajar la persiana cuanto sea necesario. Desde la calle llegan risas. Risas jóvenes. Y no tan jóvenes. Pero todas comparten el tono alegre de una despreocupación que roza lo pueril. Y aunque está seguro de que ahí abajo no encontrará nada que le cause el menor bien no logra reprimirse y echa un vistazo.

Por suerte o por desgracia vive en una de las zonas de la ciudad que la juventud ha elegido como centro estratégico de sus operaciones de ocio nocturno. Decenas de personas en clara actitud lúdica se mueven por las aceras con aparente soltura. Como si éste fuera un buen lugar en que vivir. Cruzan la calzada distraídamente y los faros de los coches les iluminan en su alegría durante un segundo. Como si éste fuera un buen lugar en que morir. Lo que está claro es que de un modo u otro están en lo cierto. Lo apuestan casi todo al rojo y lo apuestan casi todo al negro, y siempre ganan.

El caso es que calle arriba y calle abajo entran y salen de los bares riendo y llenan el aire de ruido hablando en voz muy alta. Como si todo el mundo debiera oír y compartir los motivos de su felicidad de fin de semana. O pseudofelicidad. O simple expansión. Lo que sea. Tal vez nada más que una vía fácil de escape. Una forma de huida. Porque quizá no estén igual de contentos el lunes por la mañana, sin alcohol de por medio ni nadie al lado riéndoles las gracias. Nadie al lado, en general.

Quién sabe: puede que las vidas de los de ahí abajo sean todos los días tan plenas y dignas de ser vividas como parecen en este momento.

Porque ahora mismo la diversión callejera le resulta más evidente que otras noches. Más tangible y pesada. Casi la percibe elevarse desde el asfalto recalentado. Desprenderse de los chicles rosas pegados en las aceras y ascender burlona hacia él como un gas que sus pulmones no están preparados para respirar.

Puede que tenga que ver con la llegada del auténtico buen tiempo, se dice.

El calor se ha instalado definitivamente, y todo lo que ello implica para él desde hace unos cuantos veranos. De hecho cada año lo lleva peor. Esa sensación de aproximarse peligrosamente a algo parecido a un punto de cocción neuronal. El sentir que el mundo entero alrededor, con todas sus personas, animales y cosas, se calienta y derrite poco a poco, volviéndose todavía más extraño e intocable.

Justo como los seres que se mueven en la calle. Especialmente como ellas. Todas ellas. La temperatura sube unos cuantos grados y ellas multiplican hasta casi el infinito los centímetros de piel desnuda que lucen al salir a pasear o comprar el pan. Hombros, piernas y escotes inalcanzables que de forma misteriosa consiguen mantenerse limpios y secos y perfumados pese a la luz y el aire calientes que puedan envolverlos.

Él, en cambio, suda. Son casi las diez de la noche y no puede dejar de sudar como un cerdo. Por alguna razón tiene más calor ahí, medio asomado a la ventana, respirando el aire urbano, contemplando el falso millón de oportunidades que se supone ofrece el mundo exterior. Tras echarle un último vistazo obligado por una voz que a lo mejor es su conciencia busca refugio en la penumbra del interior de la casa. Se deja caer en el sofá y siente cierto asco de sí mismo al notar cómo la ropa resudada se le adhiere a la entrepierna y a las axilas. Sin incorporarse del todo se desnuda con torpeza. El eskay marrón chocolate del sofá resalta la palidez de su piel. Y la palidez de su piel resalta los pelos negros de su considerable barriga, apelmazados en grotescos mechones húmedos. Podría ser la tripa de un animal tonto y feo, piensa, de ésos que aguardan apacibles en la fila hasta que el matarife los deja secos con su pistola eléctrica. En un sentido vago, así es como se siente en relación a todo lo que se encuentra al otro lado de las paredes de su casa. Confuso, engañado. En un estado constante de desorientación hasta que la vida le propina un puñetazo con cualquiera de sus brazos-faceta y le hace tener un poco más claro que el único sitio que le ofrece una seguridad relativa es su piso. Y dentro de su piso, su dormitorio. Y dentro de su dormitorio, su cama.

Sí, está convencido. Hizo bien en comprar las provisiones. Latas de conservas y bebida embotellada para unos cuantos meses. Quizá años. Lo necesario para convertir su casa en un refugio, por fin.

Un lugar impenetrable para las miradas de asco y las voces desdeñosas que está harto de recibir. Un sitio donde poder disfrutar del amor.

 

Se levanta del sofá. Sus pies semiplanos hacen plap plap sobre el gres mientras recorre el pasillo en dirección a la cocina. Al pasar frente a la puerta de su cuarto se detiene. Duda un momento. Al final se decide a entrar. Aparta con una leve patada el montón de ropa sucia que hay en el suelo, se huele rápidamente los sobacos y se arrodilla para echar una mirada bajo la cama. Siempre siente una punzada de miedo en ese instante de comprobación. Si ella también le dejara no podría soportarlo. Pero no: todo está en orden: sigue ahí, envuelta en un plástico transparente y con esa pinta de cadáver, de momia. Los brazos aplastados, el pecho hundido, el pelo de cualquier manera. De no ser por esos enormes ojos azules tan abiertos, hasta su cara sería la de una muerta.

-Hola –dice la chica.

-Ho… Hola –responde él. No puede evitar ponerse nervioso cada vez que habla con ella. La quiere tanto.

-Pensaba que esta noche ya no vendrías.

-¿Por qué dices eso? Sabes que no nos hemos separado ni una noche desde que nos conocimos.

-Es verdad, perdona.

Silencio.

-Ni siquiera cuando mi madre tuvo que quedarse a dormir…

-Es que temía que te hubieras cansado de mí –confiesa al cabo ella, con encantadora timidez.

-Eso nunca pasará, puedes estar segura.

-Te quiero.

-Yo también te quiero.

Se miran unos segundos sin decir nada. Luego él se tiende en el suelo y se arrastra hasta introducir el torso bajo la cama. Huele a polvo y a plástico y a lápiz de labios rancio. Pero no se está mal. El suelo está frío Lo único que cuenta es que a medida que se acerca a ella aprecia cómo sus ojos son de un azul imposible, sobrehumano. Y se pregunta si no se habrá enamorado de una especie de diosa.

-¿Qué tal si te saco de ahí? –susurra al oído de la chica, apartándole de la cara unos cuantas greñas resecas.

-Sí, por favor.

La agarra de uno de sus escuálidos bíceps y tira de ella. Con cuidado. Con amor, para ser precisos. No pesa nada. Con una sola mano y sin el menor esfuerzo la tumba en la cama, boca arriba. No puede evitar sentir cierta tristeza al verla en ese estado cadavérico. Siempre le pasa. Y ella lo nota:

-Ya sabes que no me gusta que me veas así –habla como enfurruñada, con un deje casi infantil en la voz-.

-Lo siento.

-Anda, lléname cuanto antes.

Él, obediente, se levanta, abre el armario y saca una pequeña caja rectangular. Extrae de ella algo parecido a un hinchador de colchoneta de playa. Sí, seguramente también podría servir para inflar flotadores o ruedas de bicicleta, pero eso es para otra gente, y es mejor no planteárselo siquiera.

Se tumba de lado junto a la chica y le inserta la boca del bombín en la válvula que tiene en la nuca. Y empieza a bombear al mismo ritmo que ella va creciendo poco a poco. Sus extremidades ganan en consistencia y en el pecho se le levantan dos enormes montículos. Y él siente algo que se parece mucho al amor al verla llenarse de aire. De vida.

Cuando termina tapona la válvula con el doble cierre de seguridad. Sistema antiaplastamiento efectivo hasta 150kg, leyó en el folleto que encontró la primera vez que abrió la caja. Pero eso ya no importa. Sólo son datos, información fría.

Ahora lo que importa es que esa caja que llegó un día desde Taiwan trajo consigo un amor mucho más puro y correspondido del que jamás habría creído poder experimentar.

Y eso es lo que piensa mientras se tumba encima de ella y se hunde en sus azulísimos ojos sobreimpresos, poniendo años luz de distancia con todo lo que pueda estar pasando en el mundo de afuera.

Sólo sale de su trance cuando la chica dice:

-No me gusta hacerlo sin protección, ya lo sabes.

-Lo siento, tienes razón –y alarga el brazo hasta la mesilla de noche para sacar del cajón un par de parches de ésos con los que se reparan las colchonetas de playa, las ruedas de las bicis y un montón de cosas por el estilo, de las que se estropean a diario.

02
abr
10

El ciclo de la vida animal

Conduzco despacio, buscando sitio para aparcar. Es un domingo y voy a un concierto y me siento raro porque lo normal es que los domingos me limite a vegetar, intentar convencerme de que voy a cuidar un poco más mi cuerpo y hacer balance involuntario pero inevitable de un montón de cosas que se me escapan los demás días. Todo eso que se pierde cuando el ruido es constante y hay un destino obligatorio para cada movimiento y horarios que cumplir y tráfico pesado por las calzadas de la ciudad.

Pero ahora la calle está despejada. Algunos pasean a sus perros pero en general la gente empieza a abrir los snacks que se comerá viendo el partido de las nueve o hace cosas por el estilo al otro lado de las ventanas iluminadas. Supongo. Definitivamente, eso de adelantar una hora todos los relojes del hemisferio para disminuir el despilfarro de energía no funciona. Anoche mismo tuvo lugar el cambio de hora y la novedad de que sean las ocho y media y el sol todavía relampaguee en las antenas de los edificios más altos no consigue apagar más que un puñado de bombillas domésticas en la manzana, en el barrio, en la ciudad y en todo el continente. Las de unos pocos absolutamente concienciados de la gravedad del cambio climático. Fundamentalistas del ecologismo extremo que probablemente protegerán del frío a sus mascotas con mantas eléctricas. Supongo.

El caso es que la ciudad vertical se muestra tan iluminada como siempre. Pero aquí abajo las farolas no se han encendido y mi coche recorre la penumbra creciente de la calle a través de una nebulosa grisácea que gana en densidad a medida que el viento aumenta ahí afuera. El aire lleno de diminutas cosas de colores fríos en aparente suspensión. Hojas secas, palitos, pelusas desvaídas, cadáveres de insectos  y todo un universo de partículas flotantes que se desprenden de las acacias que la bordean y parecen explotar en mil colores cuando enciendo los faros.

Encender las luces del coche también contribuye a la muerte del planeta. Supongo. Seguro que causa un incremento de la emisión a la atmósfera de alguna sustancia invisible de nombre impronunciable. Pero en este momento eso me importa menos que cero. En realidad siempre me ha importado y me temo que siempre me importará menos que cero. De eso que se preocupen quienes no tengan nada más inmediatamente inquietante y doloroso atravesándoles el cerebro, impidiéndoles pensar con claridad, ver con claridad, bloqueando cada una de sus acciones como un puto virus informático. No voy a decir la causa de ese apuñalamiento mental. Menos unos privilegiados, cada cual tiene la suya o las suyas. Puede tratarse de un tumor inoperable en los mismos sesos, los propios o los de alguien que te importa más que el común de los mortales. Puede tratarse de un desahucio inminente. Puede tratarse de que violen a tu hija o de ver cómo el avión en el que acaba de despegar tu familia se convierte en una bola de fuego cuando aún estás diciéndoles adiós con la mano tras unos cristales sucios. O puede que se trate de cosas más mundanas. El paro, la soledad, la frustración. O coger el mismo autobús todas las mañanas, saber que en la siguiente parada va a subir una señora gorda con tres verrugas en el cuello y que en la otra se bajará el anciano del bastón para ir a cuidar a su nieto mientras sus padres trabajan. Puede ser algo tan simple y tan complejo a la vez como la sensación de sentirse perdido. Mil cosas. Por eso no voy a decir ninguna y por eso me siento un poco mejor teniendo como guía ficticio pero reconfortante el haz de luz que sale del morro del coche. No alumbra demasiado lejos, es cierto. Y, por supuesto, no alcanza a iluminar lo que me gustaría ver con nitidez de una vez. Al fin y al cabo, nadie es capaz de ver el futuro. Supongo. Pero mejor proyectar un resplandor sobre unos pocos metros que dejar que la oscuridad te invada por completo hasta físicamente. O no.

Sea como sea, quizá debería regular la altura de los faros. Lo que ocurre es que hasta este momento nunca he sentido la necesidad o simple deseo de hacerlo, por lo que es probable que si ahora empezara a manipular los botones y palancas del salpicadero acabara por tocar algo indebido y las cosas, como de costumbre, virarán un poco más a peor. Puede que hasta se apagaran las luces y nunca más se encendieran. Eso pienso. En fin, estupideces a las que uno se aferra para no arriesgar. Además, me acabo de encender un cigarrillo y tengo las manos ocupadas. Gilipolleces a las que uno se aferra para poder seguir echándole la culpa de todo a cualquier factor exógeno.

No hay ni un solo sitio donde aparcar en la calle del concierto ni en la paralela ni en la perpendicular ni en sus bocacalles. Voy alejándome de mi destino, expandiendo la espiral rodante de mi búsqueda. Y acabo en una zona a la que no tenía previsto llegar. Doblo una esquina y casi por sorpresa me encuentro en la calle del colegio del que salí hace casi veinte años. No es un buen sitio por el que pasar un domingo, un día tan propenso al análisis y la reflexión y la autocrítica. Pero no hay más remedio: la calzada es de un solo sentido y no hay ninguna travesía por la que pueda escapar. Así que, puesto que no hay solución, rebusco algún resto de dignidad en mi interior, me miento diciéndome que soy un poco más valiente de lo que soy y decido echarle un buen vistazo a esa fachada. En realidad, no siento miedo ni nada parecido ante la visión del lugar. No es que dentro de ese edificio que empieza a ensancharse a la derecha de mi campo de visión conforme avanzo hacia el punto de fuga de la calle ocurriera algo insoportable. Más bien es lo contrario: representa un tiempo en el que todo era posible todavía. Con lo cual, lo que siento es nostalgia. Supongo. Un eufemismo como otro cualquiera con el que referirse a la tristeza.

Paso por delante de la gran puerta de madera color marrón chocolate. Salvo por el hecho de que en la imagen mental que hasta ahora tenía de ella aparecía bañada por el sol y el chocolate era de una tonalidad más clara, está exactamente igual que cuando la atravesaba cinco días a la semana. El mismo aspecto basto, tosco. Y aunque no pueda tocarla me basta con la mirada para saber que tiene el tacto rasposo y polvoriento que notaba de pequeño al empujarla cada vez que llegaba tarde. El tacto de las ruinas, como si fuera el vestigio de una época de la que no debería quedar ninguno.

Hablando de restos arqueológicos, reduzco la velocidad todavía un poco más y me fijo en el escudo que corona la entrada del colegio. He oído decir que es el único de toda la provincia que aún conserva el emblema franquista. El águila, las flechas, el plus ultra y todo ese rollo en relieve de cemento armado, cubierto de huevazos y manchas de pintura de todos los colores. Igual la democracia no es el mejor sistema, pero desde luego es el más colorista. Y eso está bien. Supongo.

Acelero un poco pensando cuánto tiempo me durará la incómoda sensación que siempre me deja retrotraerme a cosas muertas. Unos metros más adelante tres palomas picotean el asfalto en busca de comida o basura. Como de costumbre, me pregunto si levantarán el vuelo a tiempo. Siempre lo hacen. Da igual que, como ahora, desaparezcan de tu vista bajo el morro del coche. Siempre se las apañan para salir volando. Pero esta vez noto cómo la rueda delantera izquierda coge un pequeño bache y a través del retrovisor sólo veo el aleteo de dos palomas.

Sin ninguna preocupación, sin necesidad de hacerlo, sino más bien por la simple curiosidad de saber si mi intuición es cierta, me echo a un lado y salgo del coche. El tercer pájaro está en medio de la calzada, con la mitad posterior de su cuerpo aplastada, casi fundida con el pavimento. No hay mucha sangre. La muerte es más bien negra y mugrienta. Plumas blancas cubiertas de alquitrán y un ala sucia que todavía se mueve espasmódicamente durante unos segundos. Un instante después es sólo el viento lo que agita el cadáver.

Me agacho y lo miro de cerca. Un pájaro feo. No siento asco ni pena. Un pájaro inútil destinado a cagarse en los hombros de la gente y transmitir enfermedades. Nada que ver con el símbolo de la paz y del amor que me enseñaron a ver en él en ese edificio de ahí. Como todo lo demás. De manera que, sí, está mejor muerto. El pasado, lo perdido y todo lo que jamás alcanzarás es mejor darlo por muerto. Y por un momento casi me siento orgulloso de haber aplastado a la paloma, de creerme capaz de mirar hacia adelante y seguir como si tal cosa con mi vida.

Pero cuando me levanto hay una chica a mi lado. Bastante guapa. Mira la paloma, me mira a mí. Mira la paloma y vuelve a mirarme a mí. Hay una expresión de dolor sincero en sus ojos. Me pregunta, como asustada:

-¿Has sido tú?

-No –le contesto-. Pobrecita…

Y pienso que pagaría por tener la habilidad de llorar a voluntad.




new!!

Iván Rojo Tales

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