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07
dic
11

La hora de la verdad

Fue al salir cuando se dio cuenta de que el día que tenía ante sí era el más precioso de toda su vida. El sol caía sobre él y el resto de la ciudad en perfecta vertical. No había sombras. Todo estaba repleto de luz, como detenido en un resplandor único. Desde las señales de tráfico a la gente que pasaba, era como si los colores de las cosas se hubieran intensificado en varios grados. Se sentía raro. Agradablemente raro. Hasta ese momento no le había parecido que el día tuviera nada de particular. Se recordó a sí mismo fumándose el último antes de entrar, tan solo hacía media hora. Le pareció estar visualizando a un extraño en medio de un mundo extraño. De repente ya no sentía ningún vínculo con su anterior yo, con su vida previa. Y nunca más lo sentiría. Él y todo lo demás habían cambiado irreversible y esencialmente en los cinco segundos que le ocupó leer aquel papel. Echó a andar. Al principio sin rumbo. Luego sintió la necesidad urgente de sentarse bajo los enormes sauces de la plaza en que jugaba de pequeño. Sentarse y oír durante horas el murmullo celuloso de sus hojas, nada más. Así que se encaminó hacia allí. No había dado ni veinte pasos cuando su impulso fue sustituido por otro igualmente fuerte. Subir a la torre de la catedral y contemplar cómo era la ciudad bajo la luz pura que por primera vez la bañaba. Mientras esperaba que se pusiera en verde un semáforo volvió a cambiar de opinión. Le apetecía tomarse unos vinos en el bar en que pasó gran parte de su juventud. Ver cómo iban las cosas por allí, acodarse en la barra y hablar largo y tendido con el dueño de nada en particular, fútbol, el gobierno, mujeres, los grandes temas. Seguramente eso es lo que le hizo acordarse de ella. De aquella noche en que tenía que haber dormido con ella y no lo hizo por egoísmo, por seguir aferrado a las ruinas de una juventud que había terminado hacía tiempo. Ahora lo sabía: las demás no le importaban. Pero ya era demasiado tarde. Pensó que era una suerte que su madre hubiera muerto. Esto la habría matado, se dijo, y automáticamente dirigió sus pasos hacia el cementerio. Se preguntó si prefería ser incinerado o enterrado y en ese momento se cruzó conmigo. Por alguna razón me preguntó la hora. Las doce y media. En lugar de darme las gracias me dijo que le quedaban dos meses de vida. Joder, tengo imán para los tarados, pensé, pero no me fui. El tío me recordaba bastante a mí. Puede que por eso le dejara contarme todo esto. Lo de su meningioma. La insignificancia de nuestros problemas, la importancia de nuestras soluciones, la fugacidad del tiempo, la belleza que nos rodea, la luz total, el amor verdadero. Fíjate, me dijo, este sol es un milagro. Miré alrededor, miré arriba. Todo parecía igual que ayer. Todo parecía igual que mañana. Sí, claro, le dije. Y me despedí de él jurándome no renunciar a la verdad cuando me llegue la hora. Y no respetar jamás a ningún lector de Bucay.

11
jul
11

Pensamientos profundos

Hacía horas que el resto de habitantes de la ciudad, el país y la parte a oscuras del mundo dormía soñando sus sueños grandes o pequeños. Él llevaba días sin dar más que alguna cabezada suelta y en el peor momento. Como esa misma mañana, sobre el teclado del ordenador de la oficina, presionando con la ceja izquierda la tecla Supr.

Ahora, sentado en el umbral de la casa con la puerta abierta para que le llegara el dolor solidario de Micah P. cantando en el reproductor, echaba la ceniza del cigarro en la lata de cerveza que acababa de apurar. Y en lo último que pensaba era en el expediente que le habían abierto en el trabajo.

Su mente tampoco hacía la menor concesión a la grandeza del cielo de una noche de verano sin luna. Clareaba por el este. Las estrellas aún se hacían fuertes en el intenso azul oscuro del oeste. Y era esa hora en que incluso en la noche más pegajosa de julio el calor parece conceder un respiro a los animales de sangre caliente. Pero él ni siquiera reparó en la agradable brisa que se le coló por el faldón de la camisa enfriando el sudor de su espalda.

Se limitaba a mirar la tierra que tenía inmediatamente delante. La tierra que rodeaba la casa y que tan solo ocho días antes habían removido, rastrillado, surcado y otras muchas acciones pertenecientes al mismo campo semántico y que jamás habría imaginado poner en práctica. Se limitaba a mirar y a intentar digerir lo absurdo que puede llegar a ser el final de las historias que se cuentan solas, sin guión. Por ejemplo una casa cercada por lo que ahora bien podría parecer una excavación arqueológica de la que solo se extraerían los restos ruinosos de un pasado esplendoroso.

Pero, por alguna razón que ya carecía de importancia –si es que alguna vez la había tenido-, ocho días antes ambos tenían claro que era fundamental para su futuro adecentar el terreno y plantar en él centenares de pensamientos azules, amarillos y granates. Así que los dos se habían tirado todo aquel día de hace ocho días rebozados en la tierra, cavando, abonando, haciendo en unos puntos pequeños hoyos y en otros pequeños montículos que parecían las tripas terrosas de los primeros. Acabaron el trabajo cuando el sol se ponía, cuando la tierra era roja y parecía mucho más viva que ahora.

-Mañana los plantaremos –había dicho alguno de los dos, no lo recordaba con exactitud.

Tampoco recordaba quién mencionó algo sobre lo genial de despertarse todos los días en medio de una explosión de colores.

Pero al día siguiente no había habido mañana. El día siguiente amaneció siendo solamente el día 0 de una nueva era. Una nueva era de polvo en las fotos y mortajas en los armarios por la que se había arrastrado ya una semana, la peor de su vida, teniendo la sensación de no haber avanzado ni un centímetro. Una sensación que en este momento, insomne ante el paisaje agujereado por algo parecido a un bombardeo, daba paso a la escalofriante sospecha de que jamás avanzaría.

Se imaginó entrando y saliendo de la casa durante años haciendo el esfuerzo consciente de esquivar los baches. Recordándolo todo cada vez que tuviera que rectificar la trayectoria de sus pies para evitar un montón o un socavón. Y de golpe sintió instalarse en su interior el cansancio acumulado de una montaña de tiempo que no había hecho más que empezar.

En ese instante a Hinson le dio por animarse un poco a su espalda. Empezó a cantar en el mp3 más fuerte, más rápido, con más rabia que pena. Rasgaba el banjo y repetía sin cesar algo sobre cavar una tumba bajo la luz de la luna. Su inglés le daba para entender una orden tan sencilla.

Y casi sin pensarlo se vio sin luna en lo alto pero con la pala en la mano, cavando, cavando y cavando un agujero lo bastante ancho y profundo como para arrojar en él un par de álbumes de fotos, los regalos de ocho cumpleaños, los sudarios de los armarios y la ropa interior del segundo cajón empezando por abajo. Ni siquiera desfalleció cuando cayó en la cuenta de que no estaría de más agrandar el agujero para hacer caber en su interior el colchón de toda una vida.

El sol estaba ya en el centro del cielo cuando acabó de sellar la tumba. Las cigarras chirriaban. Hacía muchísimo calor, pero él se contentó con percibirlo mínimamente e intuir que al día siguiente sería capaz de apreciarlo un poco más. Se secó el sudor de la frente y dedicó un rato a rellenar los huecos en los que un día se supuso que iban a florecer los pensamientos.

07
jun
11

Tormenta de verano

El limpiaparabrisas no daba abasto. Llovía a mares. Llovía como cuando llueve en verano: como si no fuera a ocurrir nunca más. Y a través de la catarata en que se había convertido el parabrisas se veía gente en chanclas atravesando charcos y motoristas enfadados por el inevitable atasco. Y vale, yo no había puesto el intermitente pero era evidente que intentaba echarme a la izquierda. Meterme de lleno en el remolino de la rotonda, salir por el otro lado y enfilar hacia su trabajo, recogerla y pasar la mejor tarde posible. Sentía (visto desde aquí y ahora imagino que todo encaja) una extraña sensación de claustrofobia. Algo parecido a una prisa estática que me hacía mover nerviosamente la pierna del acelerador. Me visualicé sacando un pañuelo blanco por la ventanilla y saliendo de allí a todo gas. Pero los conductores de autobús son como son y no respetan ni la angustia ajena. Al menos en esta ciudad. Supongo que en todas partes. Hombres que de niños querían estar al mando de máquinas enormes. Portaviones, jumbos, naves espaciales. Cosas mucho más grandes que la que les ha tocado conducir y, claro, están jodidos y, claro, conducen como gente jodida. O puede que sea más sencillo: puede que sean como cualquier persona y acaben haciendo con su vida lo que puedan. Qué más da, eso no importa ahora. El caso es que de repente un enorme rectángulo rojo apareció a menos de un palmo de mi ventanilla. A menos de diez centímetros, cinco, tres, dos, uno. Lo siguiente fue que el cristal reventó con una explosión sorda y el retrovisor desapareció entre las ruedas mojadas arrancado de cuajo por la bestia de metal. Supongo que lo mismo habría pasado con mi brazo izquierdo si no fuera por el volantazo que di en dirección contraria. Noté cómo se desviaba el eje de la dirección al chocar contra el bordillo de una isleta, esquivé una señal de zona escolar y finalmente salí rebotado del caos por una estrecha calle en la que nunca había reparado. Ni siquiera había tenido tiempo de ver el número del bus. Mierda, pensé mientras me sacudía añicos de encima y la lluvia torrencial me mojaba mi mejor lado. Seguí conduciendo mientras maldecía a la empresa municipal de transportes, al hombre del tiempo, al inventor de las rotondas y la inminente factura del taller. Entonces la calle se abrió y comprobé que había ido a parar al paseo marítimo. Pero sobre todo comprendí que lo que de verdad estaba maldiciendo era su miedo a mojarse en cuanto caían cuatro gotas. Su inevitable llamada pidiéndome que fuera a recogerla. Y recordé que antes eso no me importaba. O al menos no me había planteado si me importaba. Pero ahora notaba cómo una sustancia densa compuesta a partes iguales de alegría y tristeza y de decencia y culpa se extendía por mis venas. Tal vez alivio fuera un buen nombre para ese compuesto. No lo sé. Guiado por sus efectos secundarios aparqué. Sin problemas; la playa estaba desierta; todo el mundo tiene miedo a mojarse. Pero a veces hay que hacerlo. Así que salí y me adentré en la arena. Estaba dura y salpicada de millones de diminutos cráteres que desaparecían a cada segundo borrados por un nuevo mapa de impactos. El cielo oscurísimo ayudaba a que aquello, si pasabas por alto el ruido de las olas y la gravedad y la mismísima lluvia, fuera bastante parecido a estar en la Luna. Un lugar lo bastante alejado de todo para intentar dilucidar si lo que atronaba por dentro también era una simple tormenta de verano. O eso creí entonces. A día de hoy aún no  tengo ni idea.

09
jul
10

Especies en extinción

Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.

 

 

La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.

He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.

Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.

-Jackson Ojo Divine.

Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.

-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?

-Sí.

-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?

-Eso es.

Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:

-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.

-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.

Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.

Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.

 

 

Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.

 

 

Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.

-Te echo una carrera –dijo.

De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.

-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:

-No sé… ¿Hasta aquella fuente?

-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.

Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.

Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.

-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?

El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.

-Sí, creo que sí.

-Menuda hostia te has dado, colega.

Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:

-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.

La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:

-No es verdad; son horribles.

Y yo le expliqué que no.

-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.

La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.

Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.

 

 

En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.

02
dic
09

Un montón de tiempo

Un montón de tiempo sin pasearme por ahí pero de repente se me viene todo encima y el cráneo empieza a palpitarme y a crujir como si estuviera sometido a la presión de diez o cien atmósferas y al poco me veo imprimiendo copias y más copias de mi currículum con la intención de entregarlas en cualquier negocio enorme o en cualquier negocio diminuto del centro de la ciudad y salgo a la calle con prisa y con la carpeta bajo el brazo y sin querer pensar demasiado en lo lógico u absurdo de mi decisión sino simplemente en llegar lo antes posible a mis destinos y poner mi futuro entero en manos de sus respectivos encargados, subencargados, responsables de personal o de cualquiera que sea el cargo que ostenten las caras que se parapetarán, seguro, tras el mostrador en cuestión. Caras idénticas, todas como alargados triángulos isósceles apuntando hacia abajo. No sé a vosotros, pero a mí casi todo el mundo me da la impresión de tener cara de triste triángulo isósceles, ya sea una joven resolutiva y con perfil comercial que tenga que decidir sobre mi idoneidad para ocupar un mierdoso puesto de trabajo, un viejo a quien vea dando de comer a los patos en algún estanque sucio o un niño que entra o sale del colegio cargando con una mochila más grande que él. Pero no nos desviemos del asunto. El caso es que por este barrio de mierda no pasa ningún bus en esa dirección así que me toca ponerme a patear kilómetros. Las cosas están como siempre. No es que hayan pasado años desde la última vez que anduve por las calles a media mañana pero debo reconocer que en el fondo soy un gilipollas porque nunca consigo matar del todo la esperanza de que en la próxima mirada que le eche al mundo lo vea un poco mejor. Pero qué va, ya digo, las cosas están como siempre. Lo único distinto es el frío. Ya ha llegado. Un frío de cojones pero casi mejor así porque sudar entre toda esta basura en movimiento me haría sentirme aún más sucio. Y mejor también no haber pillado el autobús. Por alguna razón siempre me toca sentarme junto a uno de esos especímenes de humanoide que no pueden mantener la boca cerrada. Aunque no te conozcan de nada, aunque por tu lenguaje no verbal intuyan que de no ser por la severa condena que castiga el asesinato ya les habrías cortado el cuello y arrancado las cuerdas vocales. Siempre hay alguien dispuesto a plantar su culo en el asiento de al lado e iluminar tu día con una cháchara infrahumana sobre lo caras que se han puesto las acelgas y que la culpa de todo la tiene el gobierno o que a su nuera le han detectado un cáncer de mama o a su hijo un cáncer de huevos o, en fin, cualquier otra cosa igual de fascinante. Y el charlatán o charlatana de turno –seamos políticamente correctos- no se contentará con ejercer ese incomprensible derecho social a derramar sobre tu cerebro hasta la última gota de su mierda vital. Ni de coña. De tanto en tanto hará una pausa y te mirará como intentando percibir en ti alguna reacción a su discurso, algo que le anime a proseguir su verborrea sin empezar a rumiar la idea de que quizá, sólo quizá, un quizá minúsculo y remotísimo pero un quizá al fin y al cabo, te trae sin cuidado su vida o su muerte y, obviamente, cualquiera de las palabras que pueda vomitar a través del megáfono que tiene por boca. De manera que mucho mejor no haber cogido el transporte público y poder así mantener la saludable distancia de seguridad con los peligros del mundo exterior. Lo malo es que no hay mecanismo de defensa capaz de borrar antes de que queden registradas en mi cerebro las imágenes que me entran por los ojos y recorren mis nervios ópticos en dirección a mi análisis y, lo que es peor, a mi memoria. No puedo hacer como que no veo a los yonkis que pululan por este barrio de mala muerte a la caza de cigarros, céntimos y, a veces, una simple interacción humana para la que no se sienten legitimados, a diferencia de los loros de autobús. La saliva que se les apelmaza en las comisuras de los labios se queda impregnada en mi cabeza, contaminándome un poco más. Me hace pensar en lo diferentes que pueden llegar a ser los objetivos vitales de seres que comparten el mismo mapa genético. Me hace imaginar el insuperable grado de felicidad que alcanzarían sus seres queridos simplemente si sus hijos o hermanos o padres politoxicómanos consiguieran vivir un día sin meterse nada en el cuerpo. Y por muy machacados física y psíquicamente que estén no puedo evitar envidiarles desde algún fondo tan siniestro como lúcido de mi entendimiento. Al fin y al cabo, ellos lo tienen fácil: les bastaría con desengancharse de un par de sustancias que en realidad ni siquiera necesitan para alcanzar el éxito a ojos de todo el mundo, de eso que llamamos Sociedad. Recuperarían su lugar en el mundo decente en tan sólo un momento. Podrían dar charlas en institutos o ser la estrella de la telebasura esa de Hermano Mayor que ponen en Cuatro. Serían modelos de dignidad, de superación, de humanidad, de toda esa mierda grandilocuente. Auténticos y deslumbrantes modelos de vida. Sí, ellos lo tienen fácil. Porque lo que de verdad es muy jodido es acabar recorriendo la ciudad para trabajar en cualquier cosa que podría desempeñar un chimpancé para tranquilizar tu mente, que cada cierto tiempo se te satura de miedos y convenciones y discursos paternalistas, y las mentes de aquéllos a quienes importas. Lo insondablemente jodido no es renunciar a lo que te inyectas en las venas sino a lo que corre por ellas generado por ti mismo. El asco que te produce el noventa y nueve por cien de lo que ves y escuchas cada día. El intenso dolor que puede suponer intentar jugar a un juego en el que de antemano sabes que no te van a tratar con justicia. Pero nadie apreciará el mérito de esa decisión. La gente que desea lo supuestamente mejor para ti considerará que el hecho de que ahora mismo estés andando triste y sin rumbo, totalmente perdido pero con diez currículums en una carpeta vieja, no merece ningún reconocimiento. Es lo que hay que hacer, y punto. Nada de quedarte en casa e intentar sacar adelante la novela, porque eso no se ve, eso nadie lo ve, ni lo mide, ni es capaz de decir cuántas horas al mes te lleva ni, por tanto, cuántos euros al mes tendría que reportarte. Qué tanto por cien de un coche nuevo. Qué tanto por mil de una hipoteca. Es lo que pienso mientras ando y ando y dejo atrás terrazas clónicas de bares de barrio clónicos plagadas de obreros de la construcción prejubilados aún más clónicos, que no pueden dejar de hablar de lo que hacían. Y me cruzo con comerciales encorbatados que nunca quisieron serlo que llaman a los porteros automáticos con la vergüenza y la angustia pintadas en sus caras afeitadas, y sigo pensando lo mismo. Igual que cuando veo a mujeres más viejas de lo que quisieran arrastrar acera arriba el carrito de la compra, esquivando las mierdas plantadas por perros más felices que todos nosotros juntos. Y casi puedo oír el sonido que emite nuestra belleza y nuestra vida entera al resquebrajarse. Creo que mejor me siento en este banco y tomo un poco el sol. Hace frío, sí, pero no hay ni una nube en el cielo y la luz cae tan limpia como lo haría si las cosas fueran un poco mejor aquí abajo; no puedo permitirme desperdiciar este regalo. Supongo que el drogata que aparece y se sienta a mi lado y mueve su boca desdentada para pedirme un cigarro y unos céntimos y menciona el frío que hace hoy piensa lo mismo que yo. Le doy lo que quiere, pero no me atrevo a pedirle un chute de lo suyo.

03
jul
09

Pequeños zafiros o pedazos de hielo

Esta humedad me va a matar. Es lo primero que oigo mientras viajo en el Saab de mi padre de vuelta a la urbanización, a la zona residencial, a casa. Carraspea y lo dice cuando ya hace un rato que hemos dejado atrás la estación de autobuses y los escaparates y los coches aparcados en zona azul. Sólo lo dice cuando lo que pasa al otro lado de las ventanillas ya no se puede llamar ciudad. Campos, descampados, naves industriales y otras cosas silenciosas que se extienden hacia el horizonte y que supongo le hacen oír demasiado lo que está pensando y le obligan a hablar de cualquier estupidez menos de lo que de verdad importa. Por ejemplo de que esta humedad le va a matar. Vale, es posible que al verme haya dicho Hola o haya emitido un gruñido parecido a un saludo. De hecho me ha parecido que me miraba a través del retrovisor y pronunciaba algo mientras yo metía mis cosas en el maletero. Pero lo cierto es que Esta humedad me va a matar es la primera frase de relativa complejidad que mi padre me dedica en mucho tiempo. Y yo no digo nada pero levanto la vista hacia el cielo nublado y no veo más que cielo nublado y luego la dejo caer pesadamente sobre las copas peladas de los árboles que bordean la carretera y zum-zum-zum-zumban al devolver rebotado el ruido del motor. Sus ramas están mojadas. Y la hierba y las señales de tráfico y los bancos del pequeño parque junto al que pasamos. Pero no hay gotas en el parabrisas y por un momento me pregunto si todo esto será cosa mía. Y en seguida pienso que qué más da, que el caso es que todo parece estar mojado y ser incómodo para sentarse a descansar o charlar o descansar y charlar. Todo, hasta o especialmente el asiento del copiloto/acompañante de este coche. Y es probable que la explicación sea que hoy vuelvo a casa después de seis años y tengo la impresión de que eso resulta mucho menos importante que el clima, las cotizaciones en bolsa o la nueva mesa de billar que encuentre en la sala de juegos en cuanto lleguemos.

Está empezando a oscurecer de verdad cuando nos detenemos en el puesto de control de acceso a la urbanización. Dentro ya no está el viejo de siempre. O el que para mí es el viejo de siempre. El que olía a tabaco, a alcohol y a sudor e iba mal afeitado pero resultaba agradable porque daba caramelos a los niños sin esperar nada a cambio. En vez de él, bajo el tubo fosforescente del techo de la garita hay un chaval casi imberbe que podría tener mi edad o quizá un par de años más y que tiene aspecto de no oler a nada en especial. Abre el ventanuco de la caseta y le da las buenas noches a mi padre y le sonríe de un modo que me parece sinceramente amistoso. Igual es porque tiene orejas de soplillo y en general una de esas caras feas pero que transmiten simpatía. Aunque a lo mejor, quién sabe, es un cabrón con algún interés oscuro. El infiltrado de una banda de atracadores albanokosovares o algo así. A mí me mira un segundo y me incomoda darme cuenta de que en realidad me siento incapaz de juzgarle. Sólo sé que si de ahora en adelante todo transcurre con normalidad veré a ese tipo casi todos los días. Y no me sorprende en absoluto que la barrera roja y blanca se levante y el coche arranque de nuevo sin que mi padre me presente al guardia de seguridad.

Nos adentramos en el entramado de calles de la urbanización y mi padre enciende la radio. Suena el último cd de Bruce Springsteen y es algo que no tiene nada de particular porque a mi padre siempre le ha encantado el Boss. Hubo una época en que yo también me aficioné. Por imitación, por estrechar lazos, no sé. Ráfaga de recuerdos mientras superamos badenes demasiado amarillos a la luz de los faros del coche. Debía de tener unos trece o catorce años. Menos de quince, eso seguro. Lo escuchábamos en el coche de camino al club náutico o a la clínica dental o a la fiesta en la casa de verano de algún amigo, vecino, conocido o colega. A veces incluso cantábamos discretamente los estribillos más reconocibles. En una ocasión mi padre me preguntó cuál era la canción que más me gustaba de todas las de Bruce. Por un momento me dio la impresión de que le interesaba realmente saberlo. No recuerdo con exactitud dónde íbamos pero sí que estábamos sentados en este mismo coche, en estos mismos asientos abatibles de diseño ergonómico, a un metro y poco de distancia el uno del otro, igual que ahora. Pero, en realidad, mucho más cerca que ahora. Porque también recuerdo que cuando me hizo esa pregunta sentí que nos aproximábamos el uno el otro. No físicamente, por supuesto. Lo que quiero decir es que noté que con un poco de suerte mi padre y yo podríamos llevarnos más o menos bien algún día. Fue un buen momento, aquél. Tengo la visión del perfil de mi padre recortado contra el trozo de cielo muy azul enmarcado en su ventanilla y el aire era tan agradable que por una vez no había conectado el climatizador. No sé qué le contesté ni si el me dijo la suya pero supongo que no importa gran cosa. Lo que cuenta es que aún pienso en aquel día como un día apacible, como uno de esos días en que sientes que quizá no estés en el sitio ideal ni con la gente perfecta pero al fin y al cabo tampoco estás tan mal. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Y probablemente nunca vuelva a tenerla, pienso oyendo a Springsteen preguntarme si alguna vez he visto a un espantapájaros relleno de polvo y arena. Se me encoge el estómago y valiéndome de la vista intento dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra parte. Pero afuera sólo hay enormes jardines negros y porches tenuemente iluminados y la tristeza es tan tangible que parece caer del cielo y arrastrarse por el pavimento. Así que me pongo a la defensiva conmigo mismo y me digo que la gilipollez de Bruce era uno de nuestros sucedáneos de comunicación, eso es todo. Mío y de mi padre, quiero decir, aunque en ocasiones también tenían cabida en él mi madre y mi hermano pequeño. Al fin y al cabo Springsteen es bueno, así que cualquiera puede utilizar su música para suplir carencias o llenar vacíos. Es lo que concluyo al tiempo que noto crecer a mi espalda, en los asientos traseros cuyo tapizado aún huele a nuevo, mis seis años de ausencia en viajes al extranjero, trayectos interurbanos e inclusos cortos y potencialmente peligrosos desplazamientos al centro comercial o al McDonald’s. E intento convencerme de que no había nada especial ni bonito en que nosotros también tuviéramos nuestros propios códigos para decir todas esas cosas que da vergüenza decir. Intento convencerme, en definitiva, de que no hay nada especial ni bonito en nada. Y apoyo la cabeza en el reposacabezas y me pongo a divagar un poco mientras mi padre conduce y yo intento controlar el ritmo de mi respiración sin que se me note demasiado el esfuerzo que ello me supone y ambos subimos y bajamos callados como muertos por las laderas de las colinas artificiales que hacen que este sitio se llame ridiculamente Beautiful Hills. Divago y me planteo cuántas personas en el mundo se encontrarán ahora mismo en el interior de un coche intentando encontrar cierto consuelo, fuerza, valor, ánimo, comprensión, esperanza, redención en la música de un artista endiosado al que jamás conocerán. Y me respondo que muchas, muchísimas, y cierro fuerte los ojos y quiero creer que empiezo a tranquilizarme un poco.

Llegamos al final de la amplia avenida de acceso a la urbanización y en la bifurcación mi padre toma el camino más largo para dirigirse a casa. No coge el que lleva directo a la zona de las villas más altas, donde se encuentra la nuestra, sino el que recorre las faldas de las colinas y luego, ya casi en la valla, gira y sube convertido en una pista de tierra llena de baches que sólo usa la patrulla de seguridad un par de veces cada noche para controlar que nadie intenta traspasar el perímetro. Sé que lo hace para no pasar por delante de la casa de mi amigo Jota. O del que fue mi amigo Jota. Mi familia le culpa a él y seguro que la suya a mí, no hace falta ser muy listo para suponerlo. Así que tomamos el camino más largo, absurdo y cobarde, pero no protesto. Porque me asusta la posibilidad de pasar ante su casa y que él esté recogiendo el correo del buzón o lanzándole una pelota a su perro o cualquiera de esas cosas que se hacen en sitios como éste y me vea y ni siquiera me dedique un gesto con la cabeza. Me da miedo que ya no seamos amigos después de toda esta gran mierda. Así que no protesto. Y cuando por fin salimos de la pista de tierra y el coche empieza a deslizarse suavemente por el asfalto que me conducirá a casa miro por el retrovisor y veo empequeñecer nubes de polvo de formas terribles y muy rojas al resplandor de las luces traseras. Y no puedo dejar de preguntarme si el infierno me perseguirá siempre o si algún día se cansará de mí.

Empezó hace algo más de seis años. Quizá pueda verse en Youtube. Empieza con Jota y conmigo un viernes por la noche en un cajero automático, dispuestos a llenarnos los bolsillos con el dinero de nuestros padres y pillar una de nuestras primeras borracheras sin sospechar que iba a ser la última en mucho tiempo. En la grabación de la cámara de seguridad se nos ve fumar torpemente y pasarnos entre risas sin audio una botella de Licor 43. En blanco y negro. También se ve un bulto al fondo. Un montón de mantas y trapos aplastado contra un rincón. Un vagabundo durmiendo o intentando dormir de espaldas al mundo. Huele a orines y a infección y a borracho, aunque eso no lo capta la cámara. Igual que tampoco capta que en cierto momento el tipo murmura que le demos un par de cigarros, por favor. Entonces yo desaparezco de la imagen y le dejo cuatro en un casillero de ésos que en horario de atención al público se utilizan para depositar las cosas metálicas cuando el arco detector se pone a pitar. Y tampoco se ve que me acabo el cigarrillo que estoy fumando pero como soy maravillosamente joven y quiero sentirme malo o algo por el estilo me llevo otro a los labios y le digo a Jota que me pase el mechero. Eso sí se ve en el vídeo: el Zippo Selection del padre de Jota centelleando en blanco saturado mientras cruza volando la pantalla. Y lo siguiente digno de mención que aparece en la grabación soy yo con mi nuevo cigarro ya encendido, jugueteando con el mechero y mirando a la cámara de frente y luego intentando verme de perfil como casi todo el mundo hace en esa situación. Jota se ríe y me dice que estoy gilipollas. Y probablemente tenga razón, porque sin ningún motivo me acerco al indigente y le digo Eh, tienes el tabaco en ese casillero pero el tipo no contesta y lo que también queda fuera de campo aunque esté ocurriendo justo en el centro de la imagen es que entonces me planteo darle un pequeño golpe con el pie para que reaccione pero al instante pienso que darle una patada a un pobre hombre es un gesto objetivamente despreciable así que, igualmente sin ningún motivo, me veo acuclillado junto a sus pies descalzos haciendo rodar la piedra del encendedor. Una estupidez. Algo absurdo que novecientas noventa y nueve de cada mil veces se habría quedado en nada.

Pero supongo que así ocurren las cosas en ocasiones, casi siempre: sin motivo, sin sentido. Las cosas buenas y las cosas malas. Puedes convertirte en un héroe si eres el primero en pasar por el lugar de un accidente de tráfico y tienes mínimos conocimientos sobre primeros auxilios. O tu amigo y tú podéis convertiros en los peores monstruos del país si por la tele emiten un vídeo en que se ve cómo él te lanza un mechero caro, tú te agachas junto a un montón de harapos y un segundo después un mendigo está rodando por el suelo envuelto en llamas, llenando el aire del cajero de humo rojo que en la grabación parece simplemente gris. Y da igual que no tuvierais la menor intención de quemar a un hombre a lo bonzo. Da igual que no tuvierais ni puta idea de que un rato antes el tipo había estado mendigando con calcetines pero sin zapatos por la gasolinera de al lado. Da igual que estuvierais borrachos. Lo que cuenta es que sois dos chavales de familia bien muy muy bien, con todo a vuestra disposición para ser felices y hacer felices a los demás o como mímimo estar estúpidamente agradecidos al mundo, y en cambio habéis carbonizado a un homeless en vuestro tiempo de ocio. Por pura diversión, dirán. Por no tener ningún respeto hacia el ser humano. Por fascismo, por xenofobia y por muchos otros motivos que suenan tan mal si no se comentan en privado. Cosas así dijeron durante semanas en los medios de comunicación y cosas así dirán mañana cuando se publique la noticia de que me han puesto en libertad. Las asociaciones pro derechos humanos pondrán el grito en el cielo y acapararán un poco de telediario. Y en ningún momento se plantearán que a lo mejor no saben una mierda de lo que están hablando. Pero no me importa.

Lo que de verdad me tiene acojonado es que ya entramos en el sendero de grava que recorre nuestra parcela desde la entrada hasta el garaje con capacidad para tres utilitarios y donde también hay un quad de aspecto flamante que supongo le han comprado a mi hermano como parte de su terapia psicológica para sobrellevar lo mejor posible el apestoso asunto de su hermano mayor. Alguna que otra vez he imaginado este momento desde el centro de menores. Casi siempre por la noche, cuando uno se permite más licencias para la nostalgia y la pena. Cómo sería mi regreso. Si mi familia estaría esperándome en el porche y correrían a abrazarme gritando de alegría. Pero mi padre y yo salimos del garaje y la gravilla hace scratch scratch machacada por nuestros pasos y eso es lo único que se oye y se ve alrededor. Entonces, mientras abre la puerta principal de la casa, mi padre me dice Sé… amable con tu madre; ya lo ha pasado bastante mal. Y me siento como si hubiera dicho Sé bueno con tu madre; procura no joderle/jodernos la vida más. Me siento como un problema, como una vergüenza para la gente a quien quiero. Y supongo que es normal que así sea.

Una vez dentro la primera persona a la que veo es la sirvienta, la chica. Me dice Buenas tardes, señor, mi nombre es Luci y se ofrece a subir mi equipaje a la habitación. Tanto por su aspecto como por su forma de hablar llego a la conclusión de que es peruana. Aunque luego pienso que también podría ser filipina. Y durante unos momentos siento la imperiosa necesidad de resolver esa duda. Quiero saber con quién hablo. Quiero saber dónde estoy. Quiero ir recuperando el control. Estoy a punto de preguntárselo cuando se abre la puerta corredera del salón y aparece mi madre. Luce un bronceado de solárium y parece bien de salud. Pero a medida que se me acerca reparo en sus ojos, rojos y vidriosos, y en las bolsas oscuras que cuelgan debajo de ellos, demasiado evidentes a pesar del excesivo maquillaje. Y cuando me abraza y me dice que me quiere y que no sé cuánto me ha echado de menos y que estoy pálido y flaco la noto temblar de pies a cabeza y tengo muy claro que no se debe a la emoción del momento sino a causas mucho más desagradables. Sé que no voy a tener que recurrir a la reserva de recetas que el psiquiatra del centro ha tenido a bien extenderme. Sé que cada vez que lo necesite podré acudir al botiquín de esta casa y coger una pastilla de Dumirox, Dobupal o Cipramil. Pero sobre todo tengo claro que cuando le contesto que yo también la he echado de menos estoy diciendo la verdad. Y eso me hace sentir raro. Mucho más raro que cuando mi hermano pequeño sale de algún sitio y me da un frío y blando apretón de manos en el que se percibe desdén y cierto odio. Rencor, al menos. Y supongo que es normal que así sea.

Suena el teléfono. Es probable que el motivo de la llamada sea yo. Quizá mi abuela quiera felicitarme por mi libertad. Es curioso, pienso: felicitarme por mi libertad… uno nunca se plantea que alguna vez vaya a recibir tal enhorabuena. En cualquier caso, aprovecho la distracción de la llamada para alejarme de ese pequeño centro de cariño y dolor en que por mi culpa se ha convertido mi familia y subir a mi cuarto. Está tal y como lo dejé, lo cual resulta bastante triste porque entonces era un crío de quince años y ahora soy un ex convicto. Pero lo peor es que huele demasiado a cristasol y a spray multiusos. Multiusos amoniacal, igual que el que hasta ayer me suministraba el centro para limpiar mi celda. Ellos la llamaban habitación. Pero era una celda. Esto que veo ahora sí es una habitación. Pero huele como una celda. Como mi celda. Y al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella me pregunto si algún día dejaré de sentirme un preso. El póster de Cobain no me va a contestar. Ni los cd’s que ya no me gustan. Ni los libros de cuando era niño. Así que me acerco a la ventana y miro directamente a la noche oscurísima sin estrellas y a las colinas y al valle atravesado por una carretera, y la sigo con la vista hasta donde ya no puedo distinguirla y todavía más allá y quiero creer que conduce a un sitio tranquilo. Y luego vuelvo a mi entorno inmediato, al sitio en el que tendré que intentar volver a vivir, a las grotescas Beautiful Hills. Vuelvo a esta noche de zona residencial, tan aparentemente fácil y cómoda. Tejados de pizarra más negros que el cielo, el resplandor de alguna barbacoa nocturna y piscinas decoradas con luces subacuáticas. Parecen pequeños zafiros o pedazos de hielo flotando en medio de la nada. Brillando. Me asombra ser capaz de establecer ese símil. Y también me reconforta un poco.

Mi madre llama a la puerta. Me pregunta si me encuentro bien. Le digo que sí y ella me dice Tranquilo, baja a cenar cuando quieras, no hay prisa. Pero no se va; noto su presencia al otro lado de la madera. Quizá quiera estar lo más cerca posible de mí, me digo. Y tengo la tentación de abrir la puerta y volver a abrazarla. Pero no lo hago. Simplemente sigo mirando por la ventana y entonces oigo que mi madre empieza a sollozar en el pasillo, muy bajito. Eso también me reconforta. Me gusta que llore. No he oído llorar a mi madre en seis años, no la he oído llorar por mí. Si yo me permitiera una lágrima no pararía hasta morirme. Así que me gusta que lo haga ella. Que llore por mí de una puta vez. Por tener veintiún años, el coche que me dé la gana y no saber conducir. Por tener veintiún años y como única experiencia sexual un intento de violación en el centro por parte de un joven psicópata. Por tener veintiún años y no poder alejar de mis fosas nasales aquel olor a carne humana quemada. A pesar de lo bien que la chica ha limpiado mi celda.

18
may
09

Ésta es tu obra

Cuando te despides del tonto de la puerta empiezas a sentirte un poco más solo de lo habitual. De repente distancias abismales abriéndose más y más y más entre tú y todo cuanto has conocido en la vida. Incluso el murmullo de la radio que sale de la garita te llega en un idioma que no entiendes o que no existe, y no te sorprende lo más mínimo. Y ese hueco oscuro, húmedo y silencioso desgarrándote las tripas o quizás el corazón en el momento que le dices al tonto Bueno, tío, hasta la vista, mañana no vendré por aquí, cuídate. Ya sabes: de repente esa lejanía, ese vacío, ese agujero negro borrándote del mapa. Mucho más que soledad. Aislamiento. Probalemente exclusión. Siempre ha estado ahí, es cierto. Al menos lleva tanto tiempo ahí adentro que puedes decir/escribir sin que resulte exagerado que Siempre ha estado ahí. Pero ahora que en lugar de largarte lo antes posible sientes la necesidad absurda de detenerte para decirle adiós a un pobre tarado que ni siquiera sabe tu nombre, ahora te agarra de golpe esa Nada en toda su inmensidad negra y terrible. Expandiéndose como cáncer. Comiéndote de dentro a afuera. Y notas cómo te difuminas todavía un poco más cuando el retrasado alza su voz por encima del zumbido de las turbinas y del planc plan bum bum de toneladas de maquinaria pesada que atraviesa los muros de cemento armado y te pregunta Por qué te vas. Nada más. Ni una exclamación de sorpresa, ni un comentario de solidaridad. Sencillamente te pregunta Por qué y espera tu respuesta mirándote fijamente con sus ojos inexpresivos. Ojos de pez. Esos peces bobos que boquean durante horas contra el cristal de su acuario hasta que deciden que lo mejor que pueden hacer es ponerse a mordisquear su propia cola. De hecho, te lo has encontrado unas cuantas noches pajeándose en el armario de los productos de limpieza o en un descansillo de las escaleras. Siempre se sube la bragueta como lo haría un crío sorprendido en plena travesura. Así que es fácil entender que te lo pregunte igual que lo haría uno de esos estúpidos peces naranjas si tuvieran capacidad de fonación. O igual que lo preguntaría, pues eso, un niño de cinco años o un borderline como él. Alguien que de verdad no entiende lo que está pasando. Alguien que de verdad muestra interés -remoto pero interés al fin y al cabo- por entenderlo. Al menos es lo que parece. Lo malo es que el gilipollas que tienen en la puerta trasera y que lo único que hace es barrer las colillas de la acera cada diez minutos no es la persona ideal ante la que maldecir la crisis, el egoísmo de todos los patrones del universo y, particularmente, cagarte en la puta madre de tu jefe. Vuestro jefe. De manera que sólo aciertas a decirle que el jefe ya no tiene dinero para pagarte. Y desde su lógica obtusa e implacable el tarado te pregunta Pero ¿quién enrosacará ahora las tuercas de los coches? Así le resumiste una noche parecida a ésta tu trabajo en la cadena de montaje. Una noche parecida a ésta y a todas, en realidad, en que la oscuridad no cae lenta y acogedora de las lucecitas que brillan en el cielo a miles de años luz, no, sino que más bien parece salir reptando de los alcorques plagados de mierdas e insectos sucios, de las alcantarillas y de los ojos rojo esputo de las ratas que se pasean por ellas. El caso es que sin ninguna necesidad, seguramente sólo por hablar un rato con alguien aparentemente inofensivo, incapacitado para juzgarte, le contaste con palabras que entendería un alumno de primaria lo que hacías seis días a la semana en la superfactoría que él vigilaba, vigila y vigilará mañana como un fiel perro guardían. Igual de estúpido, husmeando el aire con un hocico igual de baboso. Y a estas alturas tampoco tiene mucho sentido marear al pobre tipo. Ya tiene bastante con ser, probablemente, el hijo bastardo de alguno de los directivos. O algo aún peor, vete a saber. Total, que renuncias a aportarle cualquier información más ajustada a la realidad y te limitas a contestarle Tranquilo, ya han encontrado a otro que ajustará esos tornillos tan bien como yo y por la mitad de sueldo. Y notas que tus palabras le alivian. El pobre cabrón está realmente fidelizado por la compañía. Aunque de inmediato la preocupuación vuelve a invadir su entrecejo superpoblado. Y tartamudeando un poco pone en tus manos su insignificancia entera y te dice si crees que el jefe seguirá teniendo dinero para pagarle a él. Es curioso, piensas, hasta los subnormales se preocupan de sí mismos más que yo. Le respondes que claro, que su trabajo en la puerta de la fábrica es insustituible, que nadie podría hacerlo mejor que él. Entonces el tipo resopla teatralmente, llevándose una mano al pecho. Te sonríe dejando ver una fila de dientes que parecen de leche, demasiado pequeños, blancos y separados para ser los de un hombre unos diez años mayor que tú. Te suelta Que te vaya bien. Y nada más. Ni un gesto de ánimo, ni uno de esos ofrecimientos que se hacen por quedar bien. Nada de Bueno, tío, si necesitas cualquier cosa… Sencillamente te suelta Que te vaya bien y se aleja canturreando hacia su garita. Y qué vas a decirle/hacerle; no es más que un tonto. Y aunque no lo fuera tendrías que esperar justo lo mismo.

En fin. Subes al autobús de la empresa que te devolverá a casa por última vez y mientras esperas que se llene con los trabajadores que acaban el turno 14-22 te sientes un poco más solo de lo habitual. Te entretienes observando cómo crece el flujo de coches que allá en la autovía te deslumbran con sus faros al tomar el desvío hacia el complejo industrial en el que has malvendido los dos últimos años de tu vida. Son los peones del turno 22-06, acudiendo como enjambres de abejas obreras a la llamada del polen. La hipoteca, el colegio privado de sus hijos. La puta tele de plasma. Todos esos reclamos para patos humanos. Los de tu turno poco a poco van saliendo de las duchas y se desperdigan por los asientos del vehículo. Delante y detrás de ti. A tu alrededor. Desde que la crisis aprieta son muchos los que se dejan el coche en casa y usan el servicio de transporte de personal de la empresa, así que el autobús va casi lleno de vuelta a la ciudad. Y es una mierda porque nunca te ha gustado mucho la gente. Ni te gusta que el aire huela a moqueta polvorienta y a gel de baño pero la mayoría de tus compañeros de viaje aún tengan restos de grasa grasa grasa en las uñas. Tú también. Pero estás seguro de que hoy a ti te molesta más que a ellos llevar la huella de tu trabajo (antiguo trabajo) marcada en el cuerpo. Porque de golpe toda esa suciedad externa e interna ha dejado de verse disimulada por unos cuantos euros y un descuento especial si decides comprarte un utilitario de la compañía. Te han privado de un plumazo de todas esas recompensas -o meras compensaciones, sin más, simples placebos para no convertirte en un francotirador o un saboteador de transportes escolares- desde que hace un par de horas pidieron por megafonía que acudieras al despacho del jefe de personal. Si el mundo fuera justo o simplemente habitable, exactamente del mismo modo -de cuajo, con meticulosidad y para siempre- un par de señoritas de buen ver contratadas al efecto por la empresa deberían haberte limpiado la mierda que has tragado gracias a ellos o por culpa de ellos durante todo este tiempo. Haberte borrado de la memoria la porción de vida que has tirado a la basura en ese sitio que empequeñece en la luna trasera del bus, haberte pedido perdón por todas las cosas que no has podido hacer por tener que cumplir escrupulosamente tu turno de trabajo. Pero en lugar de eso el subordinado del subordinado del jefe de personal te ha explicado lo que hay (justo así: esto es lo que hay) y te ha dado un cheque y las gracias por los servicios prestados. Y ahora, sentado entre hombres cansados, algunos tatuados y unos pocos que podrían haber sido actores de hollywood o técnicos de laboratorio y otros muchos calvos y absolutamente todos evidentemente asqueados de sí mismos por mucho que de tanto en tanto una risita seguro que de génesis obscena -es lo único que queda- brote de algún punto del pasaje, te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo te convertiste en un jodido gilipollas. Por qué coño le has devuelto el agradecimiento a ese oficinista estirado en lugar de pegarle una patada en los cojones y abandonar la factoría convertido en leyenda aunque sólo fuera por unos días. Al menos ahora tendrías algo digno en que ocupar el cerebro en lugar de limitarte a mirar el paisaje nocturno que se desliza a veces rápido y a veces lento al otro lado de la ventanilla. Arcén y más arcén y señales de tráfico y manchas de aceite y un perro gris o sucio reventado con la mirada mate vuelta hacia las estrellas. Y piensas eso y otras cosas por el estilo. Tu cabeza se empeña en susurrarte cuando ya es demasiado tarde ideas según las cuales podrías haber salido de las oficinas más dignamente. Haberte largado a tiempo. Haber tenido el valor suficiente. Haber prescindido del qué dirán y haberte dedicado a escribir gracias a algún subisidio social o a alguna beca de ésas que les dan a los que tienen la cara de soltarle al funcionario de turno que son artistas desde que nacieron y que eso es mucho más duro de lo que parece y merecen beneficiarse de la bolsa y la vida que tú en la cadena de montaje y otros como tú en altos hornos, almacenes o panaderías os dejáis cada día. Ja. Y si no gracias a lo que te dieran por malvender tu viejo coche o pintar el chalé de algún conocido acomodado. Desde luego, lo que te resulta nauseabundo es haberles concedido la oportunidad de echarte como lo han hecho, como si fuera lo más normal del mundo. Como si te hubieran hecho un favor por pagarte una miseria a fin de mes durante estos años de tragar su estiércol, de tener que pedir permiso para ir a cagar, de no tener tiempo para sentirte un ser humano. Pero ahora te toca joderte porque eres un cobarde y un perdedor, te dice ese susurro, o quizá sólo demasiado permeable a la podredumbre que ataca y ataca todos los días en cuento pisas la calle. Y lo oyes perfectamente porque la radio del bus está enchufada pero ni voces ni música salen de los altavoces incrustados en el techo enmoquetado, sobre tu cabeza. Sólo emiten un zumbido magnético, iónico, eléctrico o como coño llamen a ese ruido irritante los técnicos de radio. Y, claro, te oyes demasiado bien mientras te dices que igual toda esta mierda es culpa tuya y sólo tuya.

Luego bajas del autobús y ya no te apetece despedirte de nadie. Tampoco nadie se despide de ti. Algunos obreros por los que no darías un céntimo, que imaginabas borrachos o drogados el tiempo que no estuvieran en el trabajo, se suben al asiento del acompañante de coches detenidos en doble fila y se alejan calzada arriba o abajo. Coches de personas que se han tomado la molestia de ir a recoger a esos seres tan poco interesantes con los que has compartido sudor y náusea durante dos años-siglos. Y de pronto te entran ganas de marcar El Puto Número a ver si esta vez hay suerte y te coge el teléfono. O puede que llevaras meses queriendo hacerlo. Da igual. El caso es que marcas 6 etcétera, y el resultado es el de siempre. Entonces el supervacío aumenta aún más entre tus costillas y se traga tu estómago y tus pulmones y tu corazón y ya no sientes arcadas ni te sacude la tos ni maldices tu suerte. Solamente andas sin ser consciente de ello en dirección a casa, como arrastrado por el caudal de una acequia pestilente, pensando que quizá lo mejor será empezar a comportarse de una vez como una verdadera rata. Adaptarse, aceptarse y demás, todo ese rollo de manual que la psicóloga te soltó durante tres o cuatro meses. Puede que por eso casi no te duela la visión de un grupo de adolescentes de aspecto simiesco -ellos- y de aspecto resudado -ellas- y de aspecto pura escoria -todos- chillando en el banco de un parque. Beben vino de tetrabrick y bailan como animales torpes o adeptos en trance la música entremezclada que se eleva de los móviles de última generación que todos llevan en la mano. Por primera vez en años los dejas atrás sin desearles la muerte porque comprendes que no tiene sentido seguir engañándote. Al fin y al cabo ellos son los trinfadores de la teoría de Darwin. Los que se adaptarán al medio mucho mejor que tú. Los que dentro de un lustro o puede que menos decidirán si el banco para el que trabajen te concede un préstamo para seguir tirando-tragando un tiempo más, por ejemplo. Y mientras notas que flaqueas definitivamente, que ya no hay vuelta atrás, pasas precisamente frente a uno de esos sitios. Una caja de ahorros, para ser exactos. Radiantemente iluminada con halógenos blancos que se proyectan a través de las cristaleras hasta tus pies. Hace esquina, así que tiene el aspecto de un gran cubo de cristal deslumbrante. Y con esos cajeros automáticos de diseño parecería la sala aséptica de mandos de una nave espacial si no fuera por el yonki que duerme o sólo descansa o simplemente se muere sobre el suelo de mármol. Justo bajo el stand de cartón lleno de folletos ilustrados con caras de niños africanos o chinos o sudamericanos que sonríen al bendito mundo occidental mostrando lo blanquísimos que tienen los dientes gracias a la obra social de esa entidad. Ésta es tu obra es el eslogan con el que subrayan lo bueno que es hacer el bien. Si tienes una cuenta corriente y a fin de mes te sobran cincuenta céntimos. Si no siempre puedes probar suerte en el concurso de relatos que organizan cada año. Pero procura escribir algo bonito y decente, como su empresa. Como la empresa de la que acaban de despedirte. Como la gente que anda por la calle y canta en Operación Triunfo. O como tu cuarto vacío.

12
abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.

09
feb
09

Medianías

Estás en una ciudad mediana sin ese tranquilo encanto de lo pequeño ni una enorme cantidad de alternativas de ocio y ni siquiera te molestas en coger del mostrador de la recepción del hotel el típico folleto de vulgaridades locales. Sabes que tu sitio habitual presume de idénticas mediocridades y que mañana o dentro de diez años estarás en un lugar en que la gente se aburra con las mismas cosas. Un nuevo parque de atracciones. Gente girando en una noria forrada de fluorescentes en torno a un mecanismo que fue revolucionario a principios del siglo pasado. Un zoo sobrepoblado de animales encerrados pero sin rejas oxidadas ni candados a la vista del público. Burdas formas de autoengaño en las que a veces apetece caer. Sobre todo los domingos. Porque en estos domingos de sol todo se ralentiza y se te concede el tiempo para hacer lo que estás haciendo ahora. Estés donde estés. Contemplar e insensibilizarte aún más. Contemplar hectáreas y hectáreas de terrazas de cafetería alrededor de plazas que en un mundo más amable serían peatonales. Cualquiera de ellas te vale para pretender convencerte de que tu cansancio es físico y apoyar los riñones en un respaldo marcado con el logotipo de un refresco o una cerveza. Y desde tu mirador de plástico arrastras entre la multitud miradas serpenteantes como culebras huyendo del incendio simplemente por si se detienen en alguien tan evidentemente desahuciado que te haga sentir medio vivo por contraste. Pero no. Nadie parece a punto de atravesarse el corazón con el tenedor manchado de salsa brava. Ningún valiente hunde la cabeza en la fuente pública del centro de la plaza que expulsa y traga y expulsa y traga agua no potable que sólo sirve para que hordas de palomas sucias de CO2 se laven las alas. No encuentras más que muestras de la decadencia socialmente admitida. Hombres que cumplen con sus familias pagando una ensaladilla rusa al sol mientras les ignoran leyendo en el Marca la crónica del partido de ayer o la previa del de esta tarde. Grupos de chavales con gafas oscuras que se tocan la nariz mecánicamente y toman café con leche y tostadas de mermelada de frambuesa porque alguien les ha dicho que internet dice que ésa es la pócima de la resurrección más efectiva. Eso y poco más. Un hemipléjico sudoroso que intenta abrirse camino nervioso entre un laberinto de mesas y sillas y piernas muchas piernas bien formadas despreocupademente estiradas. Pasos demasiado rápidos y a la vez demasiado torpes para lo que dan de sí sus extremidades. Asumiendo el riesgo de tener que amortiguar con una sola mano el golpe que se da al caer de cara al suelo infestado de colillas, servilletas usadas y cagadas de pájaro porque un rechoncho borderline con gorra y riñonera pero sin el lastre de la muleta le está haciendo la competencia lotera unos metros más allá. Y entonces el silencio de cientos de ojos clavándose en el desgraciado y una chica joven que le ayuda a levantarse evitando cogerle por las axilas mientras los demás os limitáis a seguir masticando aceitunas y tragando cerveza. Justo lo mismo que habría ocurrido en tu ciudad natal. Lo sabes. Sabes muy bien que no tiene mucho sentido seguir huyendo de la vida que te espera cuando a última hora de este domingo 8 este tren te deje de nuevo en casa. Y sabes aún mejor algo mucho peor. Que tampoco lograrás escapar de tu modo de ver las cosas. Que esta misma noche retomarás la lectura de los relatos de ese tal Sepúlveda o de los de Montaner y al finalizar cada párrafo no podrás evitar darle la vuelta al libro y sentir el dolor de leer “estilo luminoso”, “su hermosa descripción le coloca en la élite de los cuentistas”, “su prosa elegante destila auténtica sabiduría”, “un gran don de evocación que le permite estilizar las cosas, los seres y los acontecimientos más complejos hasta sublimarlos en pura y objetiva belleza”. Y tampoco esta vez podrás dar crédito a esas palabras. Buscarás en cada página de ésos y de todos los otros libros algo que justifique el éxito ajeno y tu enésimo fracaso. Algo que te haga darle la razón al tipo de la editorial más insignificante de esta ciudad clon de la tuya que ayer te dijo lo de siempre. Muchas gracias pero el suyo no es el producto que buscamos. Pero no lo encontrarás. Porque junto a ti se ha sentado un viejo que sostiene en la palma de la mano una pequeña caja de cerillas a la que de tanto en tanto acerca los labios y susurra algo. Es un anciano sin dientes y no tarda mucho en ponerse a hablar. Dice que su mascota se marea con el traqueteo del tren. Que siempre la lleva consigo para que no le pase nada malo. Que cuando deja de hacer ruido la sustituye por otra y punto. Que ésta en concreto es la número dos mil setecientos treinta y siete y que es lo que más quiere en el mundo aunque lo que a él de verdad le encanta son los gorriones. Pero que su padrastro era el hombre más salvaje que te puedas imaginar y hace mil años le cortó las patas a aquél que él había encontrado herido bajo un árbol. Y que luego le obligó a mirar cómo se desangraba. Desde entonces no es capaz de acercarse a ningún pájaro pero tampoco puede evitar sentir adoración por las criaturas con alas. Eso te cuenta. Y que a veces se le saltan las lágrimas por el simple hecho de verlos volar. Eso te cuenta mientras te percatas de que al anciano le supone un auténtico esfuerzo no mirar hacia los campos tardíos que se extienden fuera del vagón. Pero luego añade que no pasa nada. Que hay cosas peores. Que casi todo tiene solución. Y abre un par de milímetros la caja de cerillas. Con sumo cuidado. Casi con devoción. Al otro lado de la ranura una mosca zumba y zumba intentando escapar de su cárcel de cartón. Y te quedas callado un rato. Un buen rato. El necesario para asimilar el sucedáneo de felicidad que ha encontrado el anciano. Y luego empiezas a pensar el modo de contarlo. Porque es verdad. Hay cosas peores.

 

 

 

14
ene
09

Gran nevada

[Nunca nevaba en esa ciudad. Estaba demasiado cerca del mar y sus aires templados.

Un día de aguanieve cada diez o quince años, como mucho. Pero los viejos decían que una noche de febrero de 1946 sí que había caído de verdad. Que a primera hora de la mañana siguiente había al menos dos dedos de nieve cubriendo las calles y los tejados. Y que, claro, el paisaje se fundió mucho antes de que el sol llegara a lo más alto.

En fin, nunca nevaba en La Ciudad.

 

 

Fragmento del libro La Toxicología (La Toxicologie), de René Fabre. Editorial Oikos-tau, 1971 (en adelante, La Toxicología):

 

Estadística general de suicidios (Departamento del Sena, 1927-51)

                           Total       Hombres     Mujeres     Asfixia     Veneno

 

          1927       1.628        1.069            559             170              69

          1937        2.533       1.461           1.072          397            442

          1947        1.473          663               840           983            116

          1951         3.297       1.559           1.738        1.174           692

 

 

[Por eso a Prisco no dejaba de sorprenderle el tiempo que hacía últimamente. Al despertarse por la mañana, después de hacer una esfuerzo cada día mayor para salir de la cama, subía la persiana y se quedaba hipnotizado un buen rato mirando el irresoluble misterio que ocurría al otro lado de la ventana, en su barrio, en Periferia Sur. El tiempo pasando ante sus ojos. Los dos tiempos. Uno caía del cielo lenta pero incesantemente. El otro simplemente transcurría al ritmo habitual, el que alguien había establecido siglos atrás al inventar los segundos y su tic tac tic tac. Y se perdía para siempre con cada latido o respiración.

 

 

Última anotación en el diario personal de Prisco (Sin fecha. Por contraste de datos, se calcula que corresponde, aproximadamente, a mediados de abril del año en curso):

 

Lo más extraño de todo es que nadie parece preocupado por lo que está ocurriendo. Eso es lo que no me quito de la cabeza. La gente sigue andando, respirando, viviendo como si nada. Si ahora mismo me asomara a la ventana vería decenas y decenas de personas yendo o viniendo con total normalidad bajo este absurdo diluvio. Algunas en manga corta, muchas con gafas de sol…

Eso es… lo que de verdad me da miedo: que no sientan el frío.

 

 

[No llegaba a ser nieve. Lo que bajaba desde el cielo no eran copos. Ni siquiera diminutos cristales hexagonales de hielo. Era más bien como una continua llovizna translúcida que no mojaba, ni pesaba, ni se acumulaba sobre las cosas. Era aún menos que caspa, algo insignificante que desaparecía nada más tocar cualquier superficie. Pero hacía días que aquello no dejaba de llover. Miles y miles de briznas de algo indefinido atravesaban de arriba a abajo el campo de visión de Prisco cada vez que se asomaba a la ventana o salía de casa por el motivo que fuera.

 

 

Fragmento de La Toxicología:

 

Agentes tóxicos desencadenantes de enfermedades profesionales que dan derecho a indemnización, declaradas en Dinamarca (1952)

 

Plomo y sus sales 302

Mercurio y sus sales 9

Benceno 173

Fósforo 2

Cemento 1.256

Derivados clorados del etileno 118

Rayos X 13

Cromo y derivados 167

Aminas aromáticas 106

Brea 46

Estreptomicina y derivados 23

 

TOTAL 3.267

 

 

Declaración de Dolores Calurana, estanquera del barrio de Periferia Sur, al inspector de policía Juan García.

 

La verdad es que al principio no percibí en él nada fuera de lo normal. Venía casi todas las tardes. Compraba un paquete de Fortuna, y se iba. Pero de un par de meses a esta parte empezó a hacer cosas raras. La primera vez que fui consciente de que aquel chaval me ponía los pelos de punta sería a finales de enero o principios de febrero. Disculpe, pero no sabría decírselo con mayor precisión. Como de costumbre, me compró un paquete y se fue. Pero antes de medio minuto volvió a entrar en mi estanco para comprar otro. Le pregunté si quería otro Fortuna y se quedó en silencio un buen rato, mirándome como sin verme. Muchos segundos, demasiados, ya me entiende, todo muy raro. Al final me contestó que le daba igual la marca, que le bastaba con que los cigarrillos estuvieran bien cargados de nicotina y alquitrán y monóxido de carbono y benzinonosequé. Bien, le dije, y me giré hacia la estantería para coger rápidamente cualquier american blend, vendérselo y que el chaval se largara cuanto antes. Se lo aseguro: el tal Prisco, así dice usted que se llamaba, ¿no?, me estaba inquietando bastante. Pues eso, mientras cogía el paquete del estante el chico añadió que mejor le diera tres más, de la marca que yo quisiera. Le dejé sobre el mostrador dos paquetes de Marlboro y uno de Lucky, me acuerdo perfectamente. Aceptó los Marlboro pero, no sé por qué, rechazó el Lucky farfullando algo que no entendí. Se lo cambié por un Camel. Pagó y se largó sin decir adiós. Ése fue el día en que el chaval empezó a ponerme nerviosa. Siguió viniendo por aquí casi a diario. Compraba un montón de cajetillas, cuando digo un montón quiero decir cinco o seis o diez, y al cabo de un par de días volvía a por otra remesa. Cuando me entregaba el dinero me fijaba en sus dedos: eran cada vez más amarillos. Igual que el borde de su labio superior.

 

 

[Aquella lluvia absurda ganaba poco a poco en intensidad. Los filamentos eran cada día más tangibles que los que habían caído el anterior. Seguían siendo diminutos pero ya no parecían entidades microscópicas casi totalmente transparentes y sólo visibles por un loco o un aparato de laboratorio. Ahora tenían corporeidad. Y cuando Prisco se veía obligado a salir de casa -para arreglar unos asuntos en el banco, por ejemplo-, podía percibir el levísimo pero gélido roce de incontables partículas extrañas sobre la piel. Igual que cualquiera nota en su piel la oleada de arenilla que lo forra todo cuando un coche pasa por un camino polvoriento. Igual que un fumador empedernido, como Prisco, se da cuenta al instante de que una pizca de ceniza le ha caído sobre el dorso de la mano. Por minúscula que sea. Con esa precisión notaba Prisco cómo, en cuanto se encontraba a la intemperie, se enredaban en su vello corporal miles de átomos de aquella rara sustancia. Pero eso, el simple contacto con su epidermis, era todo lo que podía analizar al respecto. Los corpúsculos carecían de cualquier otra cualidad física más allá de su ligerísimo peso helado y el tenue telón descendente con que difuminaban la visión de Prisco.

 

 

Anotación en el diario personal de Prisco. 12 de marzo:

 

A pesar de los riesgos laborales de cualquier empleo… o quizá gracias a ellos… todo sería más fácil si trabajara. Todo. Me refiero a trabajar en sentido tradicional, con un jefe asqueroso y una incómoda silla giratoria y un bote lleno de bolis mordisqueados. Rodeado de tóners nocivos y con conjuntivitis por culpa del ordenador. Por ejemplo. Me refiero a saturar de alquitrán tus bronquios asfaltando autopistas, por poner otro ejemplo, y no tener que dejarse un montón de pasta comprándola en estancos o máquinas de bar. O contraer rinitis crónica por inhalar cada día gasolina al llenarles el depósito a otros en una estación de servicio. Quiero decir que aguantar ese tipo de mierda tiene que simplificar las cosas. Acabar el día cansado de tragar basura ajena en vez de harto de revolverte en la propia. Diversificar la inquina. Irte a dormir odiando algo que está más allá de lo que tienes dentro. Tener un motivo distinto a tu propio ser para lo bueno y para lo malo. Disponer cotidianamente de un referente exógeno perjudicial para, fundamentalmente, estar seguro de quién eres y dónde estás. Y de quién quieres ser y dónde te gustaría estar.

 

 

Parte meteorológico publicado en la página-web meteortoday.com. 17 de marzo:

 

El anticiclón continúa instalado frente a la vertiente oriental del país. Hoy de nuevo brillará el sol sobre La Ciudad y sus alrededores. Además, el viento de poniente elevará las temperaturas hasta los 24º desde mediada la mañana. Ligero descenso térmico al caer la noche. Riesgo de precipitaciones: 0%.

 

 

 

Último sms recibido en el móvil de Prisco. Emisor: 0034698765432. Fecha: 25 de marzo, 09:01 horas (Transcripción litera del texto):

 

¡¡Felicidades, Don Prisco!! Desde El Banco del Este le deseamos lo mejor en el día de su 30º cumpleaños. Quedamos a su entera disposición para cualquier cosa que necesite. Recuerde que nuestra sucursal más próxima a su domicilio está ubicada en La Ciudad, C/ Mayor, s/n. ; )

 

 

 

[Puede que su adicción se acentuara con el inicio de lo que él llamaba "lluvias". Pero que esto sea o no así carece de relevancia. Quizá la explicación sea todavía más irracional. O perfectamente lógica, por el contrario. El caso es que más allá de la ciencia, en el mundo real, llega un momento en que es imposible atribuir un efecto a una sola causa. Lo que cuenta aquí es que Prisco llevaba semanas, tal vez meses, fumando mucho más de lo habitual. Tal vez la llovizna de la que habla en su cuaderno fuera ceniza en suspensión -aunque el informe policial no menciona esta posibilidad-. Fumaba un cigarrillo detrás de otro desde que se despertaba hasta que el sueño por fin lo atrapaba, siempre de madrugada. Es normal que sus viajes al estanco fueran el principal motivo por el que salía a la calle. Al regresar a casa después de uno de tantos, llevaba dos libros en la mano. Escogió uno de ellos porque su lomo era de color negro, y empezó a leerlo.

 

  

Anotación en el diario personal de Prisco. 25 de marzo:

 

Esta mañana he cancelado mi cuenta bancaria. Tenía unos céntimos de saldo a mi favor. Restos de una vida anterior que ya ni siquiera puedo recordar como propia. Me he negado a que me los devolvieran. Me resultaba humillante extender la mano para que ese cajero anodino depositara en ella un par de monedas de cobre. Luego lo he lamentado; me han faltado diez céntimos para poder comprarme la dosis. Y creo que he tocado fondo.

 

[Y no hay más datos con los que explicar que Prisco no se levantara un día, que lo encontraran sucio y frío en su habitación. Un libro viejo, un diario difícil de entender y los testimonios de algunas personas que ni siquiera lo conocieron. Nada más que confusión y desorientación. Pero bueno, así es la vida.




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