El nuevo novio de mi hermana me dice que me vaya a la calle. He oído que se llama Juan Andrés pero por alguna razón se hace llamar Gianni. Allá él. Se conocieron en la India el verano pasado. Su obsesión compartida por salvar de la extinción al tigre de Bengala los reunió allí. Desgraciadamente me ha tocado sentarme frente a ellos en la mesa. Y el vino hace tiempo que se acabó. Adiós a la anestesia. Joder, toda la puta cena hablándome de la majestuosidad de aquel animal, de la inhumanidad de los furtivos, de la intolerable indiferencia de occidente ante semejante tragedia. Y me cuentan todo eso mirándome con un extraño recelo en sus ojos, como si pensaran que en cualquier momento voy a salir de la habitación decidido a volar hasta Bangladesh y esquilmar a escopetazos la población felina de los manglares. Es innegable: Gianni es todo un activista. Se emociona al recordar aquella preciosa cría al pie de un árbol, envenenada por los pesticidas. Mi hermana le ofrece una servilleta de papel. Él niega con la cabeza y balbucea algo parecido a Se me pasa, ya se me pasa, cariño. Aprovecho que tienen la guardia baja para escabullirme de la conversación, introducirme en la que mis tíos mantienen a mi derecha. Ni me escuchan cuando intento meter baza. Sus opiniones discrepantes sobre las próximas oscilaciones de la prima de riesgo y el papel dela ComisiónEuropeaen la crisis financiera parecen tenerlos en estado de trance. Por otra parte, llamar la atención del extremo opuesto de la mesa es imposible; mi hermano y algunos primos han empezado a jugar al póker. Estoy atrapado, joder. De fondo escucho los gritos de sus críos jugando en la habitación de al lado con sus flamantes juguetes. Siento la tentación de unirme a ellos; antes he visto que a uno le han regalado un pequeño helicóptero teledirigido que podría resultar bastante adecuado para pasar unos minutos entretenido. Pero salir del comedor no va ser misión fácil. La habitación es pequeña, nosotros somos muchos y para alcanzar la puerta sería necesario que los que me bloquean el paso tuvieran la amabilidad de levantarse o, al menos, dignarse a escuchar mi intención de levantarme y largarme de allí de una puta vez. Imposible. Lo mejor va a ser echarse un cigarro. Al menos el humo creará una tenue pantalla entre todos ellos y yo. Es sacar el tabaco y la cara de Gianni, que ha dejado de hipar, se transforma por completo. Ya no hay en ella rasgo alguno de mesianismo ecologista, ya no se esfuerza por ocultar su prepotencia buenista tras una sonrisa más o menos humana. Lo que hace ahora es fruncir el ceño y empujar el mentón hacia adelante mientras me mira fijamente y dice Oye, no pretenderás fumar aquí. Y lo dice como lo diría John Wayne en cualquiera de sus películas. Lo dice como quien está acostumbrado a tener siempre la razón, a saberlo todo, a distinguir sin titubeos entre el bien y el mal. O entre su bien y el mal de los demás. Todo tiene un límite. Este tipo ya me está tocando los cojones abusivamente. Pues la verdad es que sí, tío, es justo lo que pensaba hacer, le contesto. Pues olvídalo, chaval, a fumar a la puta calle; mis pulmones son sagrados. Y pienso en rebaños de vacas sagradas caminando a sus anchas por las calles de Calcuta. Pienso si también lloró de emoción mientras recorría el subcontinente indio con mi hermana de la mano, entre reses divinas y monos venerados en los templos y prostitutas de ocho años y montañas de basura. Pero no digo nada porque alrededor de la mesa se alzan otras voces que se unen a la cruzada de Gianni contra las maldades del tabaco. Así que lo que hago es deslizarme bajo la mesa como buenamente puedo y salir por el lado más cercano a la puerta. Me pongo la chaqueta y bajo a la calle. Doy la primera calada. Me satisface menos de lo que me gustaría. Jodido gilipollas, pienso, y levanto la vista hacia la ventana donde seguro que el tal Juan Andrés está jactándose de su victoria. Hay niebla. Una niebla extraña, como demasiado volátil y anaranjada, que en lugar de descender sobre el asfalto parece elevarse hacia el cielo azul marino. No, solo es humo. Toda la calle huele a gambas a la plancha. Del portal de al lado sale una familia. Los niños no parecen muy contentos a pesar de faltarles manos para llevar sus regalos. El padre va medio borracho. La mujer está enfadada; el ritmo e intensidad con que pisa sobre sus tacones lo deja muy claro. Pasa un coche. El conductor toca el claxon seis o siete veces, sonríe y saluda con la mano. Creo que a mí. No entiendo nada. En el cajero de enfrente hay dos siluetas tendidas bajo la luz límpida de los fluorescentes y sendos montones de mantas sucias. Si uno se fija bien, notará que aún respiran.
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Nochebuena
Alquitrán 26
Brillar a muerte y apagarse de golpe a los 27. En un momento dado dijo que eso era lo que quería. Supongo que a los 15 ya llevaba impresa esa frase en la camiseta con la que se iba a dormir. Supongo que aún era muy joven y muy dramática y muy imbécil. Al fin y al cabo solo tenía 26 y seguramente aún confiaba vagamente en llegar a ser algo en la vida. Un mito, por ejemplo, lo más fácil de soñar cuando empiezas a intuir que no lograrás nada. La conocí anoche. Pedía un tequila a mi lado. Su codo estaba helado y su voz parecía brotar del mismo aire. Fue eso lo que hizo que la mirara. Sobre todo esa voz como un susurro lejano pero nítido por encima de los bafles. No estaba mal. Todo en su sitio. Tal vez le faltaban unos kilos, pero supongo que la delgadez era requisito indispensable de su papel. Igual que el susurro audible y su palidez y sus ojeras. Pensé en horas de ensayo. La caída de sus párpados me lo confirmó. A medio camino entre la intoxicación verdadera y la mirada inspirada en la Iris de Taxi Driver. La languidez de sus muñecas cuando rebuscó en su bolso negro y sacó tabaco y fuego despejó cualquier duda al respecto. Soltó la bocanada como si la estuviera filmando Godard. Supe que soltaba la bocanada imaginando que la estaba filmando Godard. Y supe que ella no sabía que yo lo sabía. Así que después de que el camarero le recordara la vigencia de la Ley Antitabaco y ella apagara el cigarrillo con el mismo desdén mezclado con miedo con el que un niño travieso sucumbe al grito de su padre, decidí seguirle el juego y acabé invitándola a unos cuantos chupitos. Una vez más, la noche moría y no tenía nada mejor que hacer. Cuando la transparencia empezó a licuarle las pupilas me cansé del asunto. Le dije que esperaba que todo le fuera lo bien o mal que ella quisiera. Me dijo que si en seis meses no había conseguido hacer algo digno con su vida se iría a una reserva india, tallaría el tótem más grande jamás habido y se cortaría las venas a sus pies. Me parece un plan insuperable, sentencié. Y salí a la calle y eché a andar hacia casa pensando que quizá eso fuera lo normal de ser tan joven. Vender una imagen sólida. De la cordura o de la locura, pero sólida. Intentar impresionar. Ver muchas películas y leer muchos libros y creer que la vida puede ser igual de trágica que lo que en ellos se cuenta. Hasta que pasan los años y ves que todo en todas partes tiende a acomodarse. Que una persona puede rehacer su vida incluso después de que su familia entera muera de asfixia por la mala combustión de una estufa un martes de febrero sin más historia a las 04:22 de la madrugada. Entonces un golpe sonó en la calzada. Por el rabillo del ojo vi un bulto volando por los aires. Y luego vi y oí su cuerpo rodando por el asfalto desierto junto a un scooter que chirriaba y chisporroteaba. Un Astra azul del que salía una música nada apropiada para el momento se detuvo unos metros más adelante. La puerta se entreabrió. Una pierna de hombre joven pisó el suelo. Estuvo allí unos segundos, como tanteando su nuevo mundo. Al poco volvió a desaparecer en el interior del coche, la puerta se cerró y los 180 caballos del Astra arrancaron rumbo a la culpa y el insomnio. Lo sentí por él. Y lo sentí por ella. Boca arriba sobre el alquitrán, no se apagaba de golpe. Sus 26 años burbujeaban y explotaban uno a uno rojos en sus labios. Y la extenuación de sus párpados era ahora pura improvisación. Ni rastro de guión, de tragedia llevadera, de atormentado día a día. Me agaché a su lado. Le repetí al oído lo que le había dicho al despedirme. Me parece un plan insuperable. Esto no es una reserva india, pero imaginemos que lo es. Y con mi navaja le rasgué el revés blanquísimo de sus muñecas. Le di un beso en la mejilla más intacta, le limpié las babas, y me incorporé procurando parecer lo más grande posible.
En potencia
Creedme: lo del coche no es ninguna tontería.
Verlo brillar justo ahí y no saber si irse en él a cualquier parte o quedarse contemplándolo. Transformarlo en realidad o limitarse a cuidarlo. Conservarlo intacto, perfecto. Acariciarlo como se acaricia la potencialidad de las posibilidades. Tal vez encerarlo los domingos por la mañana aquí mismo, en la gasolinera, mientras decenas de familias paran a repostar combustible para seguir con sus vidas con ciertas garantías de progreso.
Así que apuro el cigarrillo y me planteo todo esto mientras los rodillos arrastran poco a poco mi coche hacia el sol pálido del invierno. Un perro sin collar se acerca con desgana trotona al surtidor número 3. Olisquea algo en su base. Por un momento se diría que va a levantar la pata pero no lo hace. Lo que levanta es la cabeza para mirar en dirección a mí. Puede que un perro me viniera bien. Calor animal. Pero enseguida comprendo que incluso sus ojos estúpidos me traspasan, que en realidad solo observan algo a mi espalda. Tengo la tentación de girarme, pero me contengo. Aguanto la mirada del perro con la esperanza de que me dedique algún gesto de reconocimiento, aunque sea de simple curiosidad. Entonces sacude el lomo y prosigue su camino hacia la nada con la misma indolencia con la que llegó. Y yo no hago otra cosa que seguir su escualidez con la mirada mientras me hundo más y más en mis dudas.
Por eso es posible que no caiga en la cuenta de la existencia de ese tipo hasta su quinto o sexto bocinazo. Asomado por la ventanilla de un todoterreno rojo hace gestos apremiantes con su rechoncho brazo izquierdo desde el otro extremo del túnel de lavado. Tardo unos segundos en percatarme de que van dirigidos a mí. Los segundos necesarios para darle la última calada al cigarro y para que el hombre decida bajarse del coche, dar unos pasos hacia mí y soltarme ¿Qué cojones haces? Muévelo de una puta vez. Observar que lleva el botón de los vaqueros desabrochado me llena de una repentina desolación. Y el hecho de que el triángulo de carne que queda a la vista entre sus pantalones y el primer botón de la camisa me recuerde a la textura rugosa y peluda de las cortezas de cerdo no ayuda precisamente a que me sienta mejor. Acércate más, pienso. Atrévete, atrévete, atrévete, me repito, y muevo los dedos dentro de mi bolsillo en busca de la llave más afilada. Quiero que desaparezca de mi vista. Le deseo la muerte. Como si fuera lo más natural del mundo, tal vez lo sea, deseo matarlo o al menos que se desplome ahí mismo. Que todo el colesterol de su cuerpo porcino se vuelva de pronto más inteligente y decida acumularse en el mismo punto de su sistema arterial.
Pero como el ritmo y la gravedad y todo lo aprendido empujan y empujan, en lugar de prolongar el desafío a ver si hay suerte la lógica se impone como en un fogonazo del inconsciente y casi sin darme cuenta me subo a mi Ibiza y arranco procurando no pensar demasiado en lo difícil que es elegir, por no hablar de elegir y acertar. De modo que meto primera deseando que esta vez la prisa y la corriente me lleven por el buen camino. Al fin y al cabo, supongo que lo recordaréis, me he tomado el día libre y dispongo de unas cuantas horas más de lo normal para equivocarme, rectificar y volver a fallar.
Que trabajar es una mierda lo sabe todo el mundo. Está claro que de vez en cuando tienes que tratar con gente que te dice que trabajar es necesario para mantenerte dentro del perímetro aceptado como natural y seguro por eso que llaman sociedad. Incluso hay quien emplea palabras como positivo, enriquecedor, digno o ennoblecedor para referirse a la jodienda de trabajar. Normalmente se trata de personas que han conseguido ser ese uno entre un millón que por alguna razón incomprensible siempre ha tenido muy claro su plan vital, y que además han conseguido ser ese uno entre mil millones que han alcanzado lo que siempre han deseado alcanzar en el terreno laboral. En la vida, por resumirlo. Pero, bueno, esa selecta minoría me la trae bastante floja. Por lo general se trata de profesionales liberales sin remordimientos a la hora de dar codazos en los dientes a cualquiera que se atreva a rivalizar con ellos en su carrera profesional o bien ejemplares de esa especie hedionda autodenominada El/La Artista que consideran que pintar un cuadro puede cambiar el mundo, y encima esperan que la humanidad entera se lo agradezca. En fin, gente que no sabe lo que es la vida real.
Pero, bueno, esto de empezar un extraño día libre lavando el coche por primera vez en años me ha despertado imágenes casi olvidadas. También es posible que haya lavado el coche porque por las noches me sobrevienen determinadas visiones, pero eso sería asunto del loquero al que nunca volveré. Sea como sea, tengo un buen recuerdo relacionado con un túnel de lavado. Unos diez años. Mi padre, mi hermano y yo dentro de un Opel Corsa atravesando despacio el torbellino azul y amarillo. Los tres callados mirando a través del cristal más próximo. Cada uno dedicado a sí mismo y a la vez a los demás. Un instante de comunicación no verbal al cubo. Como dentro de una burbuja de jabón industrial, espuma y colores giratorios, lejos de la tensión y los gritos y cosas por el estilo, imaginad lo que os dé la gana. En fin, un lugar seguro y tranquilo. Un oasis momentáneo. Un minuto de serenidad. Hasta el ruido de las cerdas al golpear la chapa me viene a la mente como algo agradable, acogedor.
Y quizá por eso me pongo a pensar en mi padre.
Después de aquel túnel de lavado las cosas siguieron su curso habitual durante demasiados años y con muy pocas burbujas en las que esconderse. Quiero decir que el paso del tiempo fue acentuado hasta la ruina el deterioro de lo importante, y lo cierto es que cuando se dio la situación de que la empresa donde trabajaba mi padre se fue a pique no le dediqué la menor preocupación a la nueva realidad. Obra del distanciamiento, imagino. Pero el caso es que mi padre tuvo que buscar soluciones y desde hace un par de años trabaja de camarero en un hotel de lujo de lunes a viernes en un pueblo costero que hay doscientos kilómetros hacia el sur. Justo hacia donde me doy cuenta de que estoy dirigiéndome. Nunca he ido a verlo desde que está allí. Me limito a comer con él los sábados en eso que llaman “casa de mis padres”, aceptar sin excepción, por supuesto, el dinero que me ofrece cuando mi madre no ronda cerca, y luego sin siquiera tomar el café desaparezco del mapa hasta la semana siguiente. Y así las cosas van más o menos bien. Ni tan solo le llamo por teléfono. Y ahora, mientras conduzco hacia el sur, esa certeza empieza a hacerme sentir mal. Eso de preferir sin excepción gastar mis últimos céntimos de saldo en llamar a alguna de esas que no me importan para ver si tomamos unas cervezas y acabamos follando en lugar de marcar el número de mi padre y preguntarle cómo está. Joder… Creo que la explicación reside en el miedo a los silencios. Y en el miedo a las palabras. Él acabaría la conversación mandándome un beso, un abrazo, lo que fuera, y no sé si sabría devolvérselo.
Me pongo nervioso y paro en un área de servicio. La cafetería está llena de gente. Me resulta raro. Un lunes a media mañana y tanta gente en movimiento. Tomándose un descanso con café y bollos, sí, pero en movimiento. Me siento en un taburete y le digo a la camarera que me ponga un orujo de hierbas con la esperanza de que un control de carreteras e impida llegar a mi destino. La tipa no me oye o finge no oírme. Probablemente esto último porque está escribiendo un sms de espaldas a la ventanita en la pared por la que con una frecuencia tiránica se asoma el cocinero, también jefe a juzgar por el modo en el que mira el bar. Está bastante bien. Me refiero a la chica, claro. Así que decido tocarle un poco los cojones. Levanto la voz de manera considerable y repito mi pedido. Ella gira un poco el cuello y me dedica una cara de perdonavidas. Pero al instante se le ablanda el gesto y viene directa hacia mí con la que a lo mejor es la mejor de sus sonrisas. Me asusto un poco, me yergo en el taburete. Me dice:
-¿Nos conocemos de algo?
-Creo que no.
-Sí, sí… Yo a ti te conozco.
Otra loca, pienso. Digo:
-Seguro que no. El orujo, por favor.
-Tú eres amigo de Equis.
Sí, lo era. Le digo:
-No conozco a ningún Equis. El orujo.
-¡Claro que sí! Una noche hará cosa de un año en no sé dónde. Tu colega se lió con mi amiga Jeni y tú al final pasaste de mí.
Ya caigo. Le digo:
-Oye, por favor, ya te he dicho que no nos conocemos, y tengo prisa.
Entonces la chica se inclina un poco sobre la barra. Sujetador rojo. Más que previsible teniendo en cuenta su rubio de bote. Se acerca más y más, baja el tono y con una sonrisa que ya no es la mejor que tiene sino otra muy diferente me dice:
-Pues cuando quieras acabamos lo que empezamos.
Vale, no tengo explicación racional para lo que grito a continuación:
-Mi orujo, cojones. Mi orujo o te juro que monto tal follón que te echan a la puta calle ahora mismo, zorra.
Como supongo que es natural, soy yo el que está al sol del área de servicio diez segundos después. Pensando en todo lo que ocurre y se escapa de mi control a lo largo de cualquier día. A lo largo de mi vida. Y mientras contemplo los camiones estacionados y las colillas en el suelo y ese autobús escolar que vete a saber adónde lleva de excursión a niños que quizá no estén vivos mañana, comprendo que da igual. Que está bien que las cosas se compliquen, se frustren, que nunca lleguen a materializarse de modo tan perfecto como en la cabeza. Mejor salir de aquí con la idea de que podría haberme follado a la camarera en el almacén o en el lavabo o entre esos pinos grises de ahí, antes que haberlo hecho. Mejor pillar el cambio de sentido y conducir de vuelta a casa con la sensación de que mi padre seguirá haciendo gala de su mala hostia entre los ricachones a los que sirve que llegar al hotel y verlo de aquí para allá con una bandeja en la mano y dándole las gracias por nada a todo cristo. Pese a lo que diga Carlito Brigante, mejor seguir pensando que por mucho tiempo que pase, la gente no pierde fuerza. Y que vas a tener que quererla como es. Aunque nunca se lo digas.
aa
Creía que era cosa de cine. Un giro dramático de guión. O moralina facilona de publicidad. Pedagogía para retrasados. Pero tengo que reconocer que a veces pasa en el mundo de la gente de carne y hueso. Me ha ocurrido, en la carne y en el hueso.
-He acabado un sudoku nivel medio en poco más de tres minutos. Entre las 11:48 y las 11:51 a.m., encerrado en los servicios del trabajo, sentado sobre la tapa, respirando Pato WC a pulmón lleno, sin la menor intención de satisfacer ninguna necesidad fisiológica.
-Por fin han cambiado el hilo musical del ascensor. Hoy sonaba algo a lo que no he conseguido poner título pero que estoy seguro de haber oído en alguna parte. De hecho me parece que era una de esas canciones cantadas por una rubia idéntica a su máxima rival en el estrellato pop que durante un período de uno o dos meses se escuchan en todas partes. La melodía, el ritmo y la voz de la composición eran pura mierda. Así que no es que la cosa haya mejorado demasiado, pero al menos ya no tendré que viajar ocho pisos hacia la oficina escuchando las notas mediocremente épicas de Enya; hacían de la subida algo aún más grotesco.
-A eso de las nueve de la noche he reunido la suficiente fuerza de espíritu para recorrer un par de manzanas hasta ese chino de neones azules. Las aceras estaban cubiertas por una fina capa de humedad. Tenues reflejos multicolor esparcidos por el suelo y un giro frío en el aire. El otoño está a la vuelta de la esquina. Me ha gustado ver a unos cuantos peatones arrebujándose en sus chaquetas; me daban ganas de abrazarlos. He pedido ternera con bambú y setas chinas y un poco de pan de gambas. Y un par de rollitos por si de vuelta a casa se producía algún milagro. He dejado propina. A tenor de lo uno y lo otro deduzco que conservo cierta fe en la humanidad.
Las 08:01. Tampoco hoy mi jefe decide empezar a ser un buen tío y poner en práctica la sana costumbre de llamar a la puerta antes de entrar en una habitación. O en un despacho, como es el caso. Cosa que repercute de manera considerablemente negativa en mi salud. Su voz enlatada dice Buenos días a mi espalda y el corazón se me acelera en un instante hasta rozar el colapso. Acierto a devolverle el saludo a duras penas, pues casi todo mi cerebro sobrexcitado se pone a pensar en esas gacelas de la tele. Corriendo delante del guepardo. Cortando el aire. Volando sobre la sabana a zancadas prodigiosas. Cada vez que reponen ese documental me hundo en el sofá y rezo para que logren escapar de las fauces, de las garras. Lo merecen. Lo merecen aunque sólo sea por su manera de darse a la fuga, tan elegante, sin emitir el menor berrido. Pero justo cuando parece que con un solo dribling más lo conseguirán su organismo decide que el volumen de sangre que el corazón bombea y bombea no es suficiente para oxigenar su musculatura. Y zas: lo que era la maravillosa visión de un grácil herbívoro burlando a la muerte de repente se convierte en el espectáculo grotesco de un cuadrúpedo cataléptico que se deja masticar las tripas sin hacer otra cosa que parpadear para que las moscas no le chupen los ojos medio muertos. En eso pienso cuando el jefe toma forma a mi lado como venido del más allá y me pregunta por la cuenta de pérdidas y ganancias de no sé qué empresa del grupo. En gacelas asustadas. Así me siento. Con el corazón obstruyéndome la garganta.
-La nueva cajera del supermercado de la esquina tiene las tetas más grandes que su predecesora.
-Hoy el tabaco no ha subido de precio.
-El mandamás supremo de la multinacional para la que trabajo es más feo que yo. Y más viejo. Las fotos en prensa no dejan lugar a dudas. Y, lo que es mejor, puede que en sus vacaciones recorriendo el Orinoco decidiera remojar su torso vacuno en un tibio remanso de aguas cristalinas. A salvo de cocodrilos y pirañas pero sin caer en la cuenta de que allí habitan desde hace eras unos pececillos delgados a los que no les hace puñetera gracia que invadan su hábitat. Unos pececillos delgados como alfileres que se te meten por la uretra, se anclan a las paredes gracias a unas espinas afiladísimas y te plantan en la polla el futuro entero de su sórdida especie. Cuatro o cinco mil huevos microscópicos incubándose y eclosionando en tus entrañas más sagradas. Intenta mear eso.
Y al día siguiente o cualquier otro día son las 08:04 y el jefe vuelve a darme un susto de muerte. Putas gacelas de ojos gigantes lagrimeando cobardía. Hoy quiere saber, como si la misma vida le fuera en ello, si he enviado un mail a xxxxx (ininteligible). Lo tengo a medio metro de distancia. El olor mezclado, adulterado de su after-shave y su chicle de mentol y sus sempiternos rodales de sudor se me mete por la nariz como una tuneladora hasta la base de mis sesos. Y gracias a la luz cenital de los fluorescentes puedo observar con absoluta nitidez cómo diminutos meteoritos de saliva son expulsados de su boca a cada sílaba y caen sobre mi mesa, mis papeles, mi camisa. Sobre mí. Pero oigo su voz a lo lejos, como si me hablara desde detrás de un cristal blindado. Obviamente, no lo sé. Igual de obviamente, le contesto que sí. Para que se vaya, para que me deje en paz, para que se lleve a otro lado su olor corporal, sus babas y sus órdenes. Mientras lo veo salir de mi despacho y alejarse trazando una trayectoria imprevisible entre el laberinto de cubículos me lo imagino yéndose a dormir frotándose las manos por la perspectiva de amargarme la vida nada más llegar a la oficina de buena mañana. Me pregunto si no será un sádico que me ha elegido como destinatario de su maldad innata. Y luego me pregunto por qué no consigo acostumbrarme a esto y punto.
Lejos de los números de la empresa, sigo trabajando por objetivos. Cada noche hago mi balance particular. No consigo dormirme hasta que encuentro o me invento por lo menos un par de datos reconfortantes entre la mierda imperante. Por ejemplo:
-Primer párrafo de la página 122 del libro que tengo esta noche sobre la mesita: “De regreso en La Roche-sur-Yon, compré un cuchillo de cocina en el Uniprix; empezaba a tener un esbozo de plan. El domingo fue inexistente; el lunes especialmente sombrío”. Qué cabrón… Una absoluta genialidad.
-Creo que le he gustado a una chica en el metro. Me ha costado darme cuenta; la falta de costumbre, la sorpresa. Pero al final he optado por concederme el beneficio de la duda. Estas cosas se notan, me he dicho. Me lanzaba miradas furtivas desde detrás del periódico gratuito que sostenía entre las manos. Bizqueaba sin remisión del ojo izquierdo. He pasado algunos momentos de estupor. Incluso de pánico, para ser sincero. Pero he sabido gestionarlo con relativa solvencia. Además de notarse, estas cosas son normales, me he dicho para tranquilizarme. O lo eran, por lo menos. El caso es que le he devuelto las miradas procurando canalizar hacia mis facciones mis reservas de energía vital. Procurando parecer un ser humano seguro de sí mismo. Pero no ha sucedido nada digno de mención, de manera que he salido del vagón pensando que tal vez ella me miraba y remiraba sólo porque yo contemplaba hipnotizado su descarado ojo estrábico.
-Poco antes de anochecer he subido a la azotea. No ponían nada digerible en la tele. Hay una vecina recogiendo sus sábanas. Temo que arruine mi breve escapada. Mi tercer clavo ardiente del día. Pero no me importuna demasiado; desaparece rápidamente con una palangana llena de ropa negra bajo el brazo. Su prudente mutis me alegra tanto que incluso correspondo a su despedida. Adiós, adiós. Ojalá sea feliz, he pensado, ojalá le vaya bien. Siempre me ha parecido una buena persona pero nunca se lo he dicho ni se lo diré; no es más que una vecina. Luego me enciendo un cigarro, me acodo en la barandilla y me lo fumo mirando el cielo rojo. Los tejados rojos, los cristales rojos, las antenas como metal licuado desafiando a la gravedad, y un par de aviones ahí arriba, brillando diminutos, igual que proyectiles en llamas a cámara superlenta. Un paisaje bastante bonito. Que dura muy poco. Cuando la oscuridad se lo come todo tiro la colilla al vacío. La chispa empequeñece y empequeñece hasta desintegrarse contra el pavimento sin dejar ni rastro, como si nunca hubiera calentado ni iluminado.
Acabado mi balance, como norma general, consigo dormir unas horas.
Durante uno de mis muchos tiempos muertos entre jornada y jornada paso por delante de una perfumería y el olor que sale por la puerta es el peor de todos los posibles. Se me revuelve el estómago y sudo un poco por las sienes pero consigo no detenerme. Continúo por la acera y llego a una tienda de animales. Seguramente por desalojar de mi cerebro lo que se acaba de instalar en él decido comprarme un perro. La dependienta me pregunta qué preferencias tengo. Eso sería muy largo de responder, así que me limito a decir que me da igual, que la única mascota que he tenido en mi vida fue un periquito verde, que sólo quiero un poco de compañía doméstica. Me callo que de eso hace unos veinte años y que aún a veces sueño con él, con la poca atención que le presté, con que ni siquiera llegué a ponerle nombre, con lo que le hice en las patas, y también me callo que quizá haya llegado a un momento en que todo mi ser me impulsa a tener algo a lo que cuidar.
Salgo de la tienda con un caniche enano inmaculado en una mano y una bolsa de comida para perros en la otra. No sé lo que me da más asco.
En casa compruebo que esto de responsabilizarse de un ser vivo es una auténtica jodienda. Me parece increíble que una criatura de escasos dos kilos de peso pueda generar tanta inmundicia. Hay pelos por todas partes. Hay orines por todas partes. Me pregunto a quién le puedo regalar un caniche enano blanco como la luna y con cara de ser la encarnación de la ternura. A nadie, no tengo muchos amigos. A ella podría interesarle. Le encantaban los perros; tal vez respecto a eso no haya cambiado. Aunque nunca se sabe… Mírame a mí: siempre he detestado a los chuchos y aquí estoy, acuclillado en la cocina poniéndole un plato de leche delante del hocico a mi flamante perro de pedigrí.
Lo que no me da la gana hacer es bautizarlo. Luego todo se muere o se acaba o se va y lo único que se queda dando vueltas en tu mente es un nombre o un perfume o cosas así, de ésas que es imposible borrar.
La realidad aumenta un grado en hostilidad cuando me doy cuenta de que mi tronco de Brasil ha desaparecido. Lo tenía en el centro de la minúscula terraza interior a la que da el ventanuco de mi despacho. Quizá decir terraza sea excesivo; no sé, un oscuro deslunado, un cuadrado de dos por dos metros cuya finalidad principal es impedir que las pinzas que se les caen a los vecinos de los pisos superiores alcancen el centro de la Tierra. Y también ser un hogar más que digno para mi querido tronco de Brasil. Aire más o menos puro (para una simple planta, claro). Y la incesante lluvia de esta ciudad jamás lograría anegar su terruño; imposible atravesar las decenas de plásticos azulones que cubren los tendederos todos los días del año y que hacen flap flap flarrrp sin cesar. ¡Contaminación acústica en el entorno laboral! Nunca me he quejado, por supuesto.
El caso es que como todos los viernes justo antes de disfrutar de mi permiso de cuarenta y ocho horas me dispongo a darle a mi compañera vegetal su dosis semanal de agua (ver cualquier manual de jardinería o poner en Google “tronco brasil cómo regar) y no encuentro más que la huella astillada de la maceta sobre el terrazo. Me atraviesa un escalofrío: ahora sí que estoy solo del todo. Es como si de pronto la moqueta que recubre los pasillos oliera más a sintético. Es como si el zumbido del ordenador aumentara de intensidad hasta transformarse en la turbina de un boeing 747. Es como si alcanzar el final de la siguiente semana sin tener el incentivo de dar de beber a mi sedienta planta sudamericana fuera un reto inabarcable. Joder, no molestaba a nadie. Alguien, no sé exactamente quién, pasa por el pasillo y se detiene en el umbral de mi puerta. Me dice que hay una plaga de pulgones en el edificio. Hasta el jefe se ha deshecho de su cactus. Y se va. Hijos de puta. Tal vez debería comprarme un perro.
-Decido permitirme un lujo. En los chinos de al lado del estanco compro una bolsita de sales de baño, aunque también podrían ser y a lo mejor son piedras de jardín zen. Tenía la esperanza de que el agua se llenara de espuma y de aromas frutales y que mi yo emergente fuera una versión muy mejorada del yo que acabo de hundir en la bañera. Una leve pátina irisada sobre la superficie, eso es todo. Pero el agua está caliente y los azulejos se recubren de vapor y me pongo a garabatear con el dedo figuras geométricas y luego letras y luego números y entonces me doy cuenta de que he olvidado su número de teléfono. Una sustancia ardiente me abraza las costillas, las comprime un instante hasta cortarme la respiración, y enseguida deja de hacer presa en mi pecho. Relajación. Tranquilidad. Alivio, en puridad. Exhalo una gran bocanada de aire caliente y de muchas más cosas que se esfuman en medio de la neblina cálida. Cara y perfume y casi todo lo demás siguen indelebles, es verdad. Pero, bueno, algo es algo.
-Recibo un e-mail de mi madre. De hecho, recibo el primer e-mail que mi madre ha escrito en su vida. Le insistí en lo del ordenador; la llamada de las diez de la noche me resultaba cada día más difícil de sobrellevar. Nada nuevo que contar, coño. Nada bonito, mamá, nada especial. Hola hijo, empieza, y no puedo evitar pensar en la coma que se ha dejado por el camino. Por lo demás, el mensaje es cariñoso y me resulta sumamente reconfortante tenerlo guardado en la carpeta de mensajes recibidos, entre uno que me comunica mi enésimo fracaso en un concurso y otro que me insta a comprar un artilugio espeluznante que alargará mi pene dos o tres centímetros. Así que lo leo diez o doce veces seguidas (el de mi madre, se entiende), vigilando que el cabrón no aparezca por la espalda y a traición. Me pregunta si como bien, si duermo bien. Cuando le conteste le diré que sí. Me pide que disculpe las faltas de ortografía. Joder. Creo que lo que más me gusta es que me dice que ha conocido a un señor. Me hace gracia leer la palabra señor referida a un hombre que, según parece, la lleva a bailar salsa los martes por la noche. Sea como sea me alegro por ella, que es lo que cuenta.
-Ya lo he dicho: pensaba que era cosa de cine, un giro dramático de guión, o moralina facilona de publicidad. Pedagogía para retrasados. Pero tengo que reconocer que a veces pasa en el mundo de la gente de carne y hueso. Me ha ocurrido, en la carne y en el hueso. Y en la sangre.
Acabo de tomarme un sopinstant y estoy probando suerte por tercera vez entre los no sé cuántos canales de la TDT. Entonces suena el móvil y son las diez y me digo que lo del ordenador no va a servir de nada, que mi madre es de la vieja escuela. Pero el número que leo en la pantalla me es totalmente desconocido. Una equivocación, márketing telefónico, algún medio amigo… Una equivocación, en cualquier caso. Pero supongo que aún conservo ciertos rasgos humanos porque no puedo evitar descolgar con la humillante esperanza de que sea ella la que se esté equivocando después de más de un año. Evidentemente no lo es. Una voz masculina grave pero amable me pregunta si yo soy yo. Le digo que sí. Por un momento pienso que alguien del departamento de recursos humanos ha decidido ahorrarse redactar la carta de despido y, la verdad, no me asusto gran cosa. Por un momento pienso que la espirometría que me hicieron el otro día ha salido mucho peor de lo que me esperaba, y tampoco sudo demasiado. Sí, podría tratarse de esto último. El tono estudiadamente sereno de la voz indica que mi interlocutor es un hombre acostumbrado a dar malas noticias. Me imagino a un doctor con un afeitado perfecto y raya al lado explicándole a una mujer en la flor de la vida el tamaño, densidad y peso aproximado del tumor que tiene en el pecho izquierdo. Con rostro serio pero animoso. Con el brillo programado del sucedáneo de fe centelleando en sus pupilas. Intentando transmitirle fuerza y coraje porque así le dijeron el primer día de prácticas que hay que anunciarles la muerte a los enfermos y, además, no cuesta nada. Casi acierto.
Se ve que el tipo no acabó medicina pero dentro de lo que cabe no le fue tan mal. Ahora toma café en un cuartito mirando La Ruleta de la Fortuna en una tele de catorce pulgadas dispuesto a subirse a la ambulancia en cuanto una nonagenaria solitaria se haga añicos la cadera contra el gres frío del baño o alguien se deje la vida a jirones a lo largo de cien metros de asfalto. Y justo por eso me telefonea. Un hombre que según su carné de conducir se llama… qué importa el nombre, mejor olvidarlo… se ha empotrado contra el culo de un camión hormigonera. Cuando consiguen excarcelarlo se hacen con su móvil y resulta que no sólo pasa en la tele, que el tipo lleva memorizado mi nombre en la agenda, precedido de un par de aes. Nos lo llevamos a tal hospital, dice. Y cuelga.
No quiero ir pero voy. Voy enseguida. Pasa por delante de mí en una camilla, a toda velocidad, envuelto en cables, sondas y ocho o diez manos de médicos. Muchas veces me había preguntado si lo reconocería en caso de cruzármelo por la calle. Ya no me cabe duda, mierda. Después de dos décadas distingo a la perfección su nariz aguileña y sus cejas rectas debajo de toda esa hinchazón sanguinolenta. Son las mías. Mierda.
Me quedo mirando cómo lo empujan a lo largo del pasillo hasta que desaparece detrás de una de esas puertas de hoja doble tan típicas de los hospitales. Ahí va mi padre, camino a su segunda muerte. Y no sé lo que siento al respecto. Pero no tengo mucho tiempo para analizarlo. Una mujer me coge por el codo y me dice que mi padre ha perdido mucha sangre, muchísima, y que si estoy dispuesto a conectarme a su brazo.
Y ahora estoy sentado en la sala de espera con un bocadillo de sobrasada en la mano. Esperando a que me digan algo sobre el estado del extraño al que acabo de regalarle ciertas posibilidades de supervivencia. Haciendo entre inminentes huérfanos, viudas y viudos el balance del día que suelo hacer a oscuras en mi cama.
Y no creo que esta noche pueda pegar ojo.
Me han dicho que escribo muy a menudo sobre mi jefe, mi oficina, mi trabajo.
Para ser exacto, me han dicho que escribo demasiado a menudo sobre ello.
Estoy de acuerdo en parte con el mensaje implícito: abre tu mente, tío, mira el lado bueno, hay temas más interesantes, más bonitos, más seductores, más todo. Vale, sí. Pero sólo en potencia. En el plano de lo real, con la sola excepción de mi añorado tronco de Brasil, las maravillas de la naturaleza no tienen protagonismo en mi vida. Y lo mismo pasa con el resto de grandes temas literarios. La dolorosa búsqueda del amor verdadero, el dilema moral planteado por las ansias de venganza o el más sublime proceso de redención. Todo eso no pinta nada aquí.
Y además: qué le voy a hacer si me sale de los cojones escribir que hoy es un día como cualquier otro y mi jefe se materializa a mi lado, chasquea los dedos junto a mi oreja y dice:
-¡Eh!, te estoy hablando, ¿me oyes?
Esta vez, no sé por qué, no pienso en gacelas. Sólo pienso que no estoy pensando en gacelas, lo cual me hace sentir un poco confuso. Antes de reaccionar de modo perceptible a sus palabras entreabro un ojo y miro la hora en el ordenador. 08:06. La pantalla fluctúa al otro lado de la acuosidad somnolienta de mi pupila. A escasos veinte centímetros de mi vulgar iris mediterráneo el resplandor azul cian del fondo de escritorio de Windows es una pared líquida en milagroso equilibrio. Un tsunami pequeño pero mortal a punto de descargar sobre mí.
Me dan ganas de contestarle que después de tantos años ya debería saber que a estas horas no soy capaz de oírle a él ni a nadie. Y hoy todavía menos. Pero consigo encauzar ese deseo hacia metas más prudentes: recomponer mi postura corporal hasta alcanzar una forma un poco más parecida a la que exhibiría un trabajador diligente. Así que lentamente descruzo los brazos sobre la mesa y retiro de ellos mi cabeza. Fugazmente siento la necesidad de decirle a mi jefe lo cansado que estoy. Me gustaría decirle:
-Lo siento, jefe, no he pegado ojo; ha sido la peor noche de mi vida.
Y me encantaría que él me contestara:
-No te preocupes, todos tenemos días malos. –Y que luego me pusiera una mano en el hombro y dijera-: Sigue durmiendo, te lo has ganado, no te molesto más.
De repente me doy cuenta de que, en definitiva y aunque sólo fuera por un momento, me gustaría que fuera mi padre. Hace cinco años que nos conocemos y me dobla la edad; no tendría por qué ser tan raro. Pero lo es.
Por eso no digo nada. Me incorporo despacio, tomándome el tiempo necesario para poder fabricar una cara adecuada para enfrentarme con ciertas garantías a ese rictus disciplinario con el que sin duda él me está esperando ahí de pie. Medio metro por encima de mí. Ahí arriba, en las alturas. En el selecto mundo de la responsabilidad y los horarios y la imagen y el éxito en las comisiones por objetivos.
A juzgar por lo que me suelta creo que no lo consigo. Me temo que no consigo transmitirle arrepentimiento, vergüenza, pesadumbre, sumisión. Me suelta, abriendo al máximo los párpados:
-¿Estabas dormido?
Sigue con las cejas enarcadas casi hasta donde le nace el pelo -la calva- mientras espera mi respuesta. No sé qué decirle, la verdad. Tal vez por no alargar la duración de su presencia cerca de mí elijo la verdad. Le digo:
-Sí, pero…
-Nada de peros –me interrumpe-. Ya está bien. He pasado por alto tus constantes retrasos, el incumplimiento de los plazos de entrega y tus deficiencias en cuanto a vestimenta… Mira esas arrugas, esos puños… Pero se acabó -. Y sentencia-: Esta vez voy a tener que elevar un informe.
Y es entonces cuando noto que algo hace crack dentro de mí. De pronto me invade una lucidez tan extrema que da miedo y placer al mismo tiempo. Ha tenido que pasar un lustro. Un lustro tragando mierda de ocho a seis, o tal vez una vida entera, pero al fin veo claro. No es por la amenaza de dar parte a nuestros superiores; me complace comprobar que en un instante cualquier represalia o mecanismo sancionador laboral me la trae floja. Lo que no puedo consentir más es que no se me permita hablar de humano a humano. Quiero exponerle mi pero y tengo derecho a hacerlo. Mi pero, legítimo y comprensible y digno de ser escuchado. Mi pero con mayúsculas. Sí, quiero que sucumba al poder justificador de mi PERO supremo y que luego se arrastre ante mí para pedirme perdón como la rata que es. Y no, no, no, no: bajo ningún concepto quiero que sea mi padre. Mi padre es un zombi, un muerto viviente. Un no muerto. ¡Un vampiro!
Así que me levanto sin preocuparme de la expresión que puedan reflejar mis facciones y supongo que hablo cómo nunca antes lo había hecho porque con un simple Siéntese consigo que me obedezca. Quizá también haya influido un poco el modo en que lo he cogido por el codo, ejerciendo la presión justa para dar entender que en ese contacto físico había más parte de mandato que de confianza. Y, vale, a lo mejor ha tenido algo que ver el hecho de haber desenfundado el cúter en el pequeño espacio existente entre nuestras camisas más o menos blancas. Qué importa. El caso es que ahora es su grasiento culo viejo el que calienta mi silla. Ahora es él quien ve el mundo desde abajo y, como suele ocurrir cuando alguien te habla desde las alturas, levanta su cabeza para mirarme. La boca le queda entreabierta, revelando sin compasión una expresión de estupidez babeante. Sólo junta los labios cuando traga saliva. Entonces su papada vibra como asquerosa gelatina color carne y, joder, yo vibro de emoción. Como supongo que suele ocurrir cuando le hablas a alguien desde arriba.
Sea como sea, no he llegado a este punto para recrearme, para machacarle, para cobrarme viejas cuentas. No soy de ésos. Tan sólo quiero que me escuche. Así que le digo:
-Tranquilo.
Y luego le digo:
-Lo único que Te pido son un par de minutos de atención. De atención sincera.
Vale, dice él. Y supongo que cae en la cuenta de que es una contestación muy pobre dado el recién instaurado orden jerárquico porque enseguida dice:
-Te escucho. De verdad que te escucho.
Es curioso, pienso: cinco años advirtiéndome que corrija mi tendencia a tutear a todo el mundo, incluido él, y sólo hacía falta sostener un cúter en la mano sin motivo aparente para solucionar el asunto. En fin…
Ahora mismo en algún lugar de la ciudad nace un niño y sus padres están seguros de que llegará a ser ministro o estrella del fútbol.
La vida sigue.
Así debería haber sido siempre
Nada más pisar la calle se sintió perdido. Demasiada luz, demasiado ruido y demasiado movimiento. Unos niños salieron de la nada de la esquina que estaba a punto de doblar y pasaron corriendo y gritando a su lado. Se asustó. Se irritó. El tráfico que iba y venía por la calzada hacía que todo vibrara. El cemento de los bloques, los escaparates frente a los que pasaba, las antenas de las azoteas. Hasta su caja torácica. Todo le parecía a punto de venirse abajo a causa del temblor. Se planteó la posibilidad de que alguna vena particularmente débil reventara en su cabeza a causa del temblor. No le inquietó lo más mínimo, pero tampoco se recreó en ello. No tenía mucho sentido fantasear con ese tipo de pensamientos. Al fin y al cabo sabía muy bien que tal percepción de las cosas era sólo suya. A su alrededor la gente respiraba, caminaba y hablaba con total normalidad. Sencillamente vivían, como pequeños dioses de carne y hueso, sin temor aparente a nada.
Se dio prisa en cruzar la calle y refugiarse en el supermercado. El aire acondicionado lo calmó un poco, pero fue una sensación fugaz. No tardó ni un minuto en sentirse mareado. De golpe le asqueó la obligación de soportar un alegre hilo musical para hacer algo tan intrascendente como escoger un pack de latas de atún de entre todos los que ocupaban la estantería, apilados por marcas con precisión arquitectónica por algún pobre reponedor somnoliento durante la noche anterior. Y entendió que tampoco sería ése el día en que empezara a enderezar el rumbo de su vida. Supo, en realidad, que le importaba una mierda que ese momento llegara o no. Tenía cuarenta y cuatro años y la vida tan destrozada que el solo hecho de preocuparse a estas alturas por algo tan insignificante como su propia futuro le repugnaba. Le hacía sentir sucio, indigno. Supo, en definitiva y contemplando todos los mares del mundo pintados en azules y blancos sobre los envoltorios de decenas de latas de atún muerto, que lo más decente que podía hacer consigo mismo era volver a casa y afrontar la realidad. Su realidad. Para bien o para mal, no tenía ni puta idea. Lo que estaba claro era que intentar participar del mundo exterior, incluso a un nivel de mera subsistencia, sería un esfuerzo inútil y doloroso en tanto no asumiera el suyo.
Por eso se dirigió al estante de las botellas, cogió un par de Beefeater, pagó evitando darle a la cajera el menor pie para que intercambiara con él otra frase que no fuera el importe de su compra y se encaminó a su casa.
En el ascensor se cruzó con la vieja del sexto. Ella salía, él entraba. Pero, por supuesto, el movimiento se alargó más de la cuenta porque la mujer le preguntó ¿Cómo está? Él respondió Bien, gracias sin siquiera mirarla y entró en el ascensor. Pulsó el botón de inmediato pero antes de que las puertas se cerraran por completo tuvo tiempo de intuir que la mujer echaba un vistazo a lo que tintineaba en su bolsa de la compra y oír lo que sentenciaba: Poco a poco. En contra de su voluntad se imaginó a su vecina tendida en el suelo con el cráneo reventado, vaciándose sin remedio sobre el gres sucio, con los ojos muy abiertos y mordiéndose la lengua.
Poco a poco… Menuda estupidez. Su problema era precisamente ése, que todo iba muy poco a poco.
Ya en casa fue directo a la cocina. Sacó un vaso del armario y lo llenó de ginebra hasta el mismo borde. Ni hielo, ni agua, ni tónica. Nada que pudiera suavizar la amargura y el arañazo en la garganta. De un solo trago liquidó la copa. Aún le bajaba por el esófago y la segunda ya estaba esperándole sobre la encimera.
Con ella en la mano encontró el valor o nada más que la inercia necesaria para atravesar el salón, recorrer el pasillo y abrir la puerta de la habitación. La luz le dolió en el fondo de los ojos. El sol aún potente de las cinco de la tarde entraba por la ventana y provocaba que las paredes naranjas resultaran demasiado deslumbrantes, cálidas, acogedoras. No hacía ni medio año que él mismo las había pintado y resultaba evidente que había hecho un buen trabajo. Un trabajo inútil pero un buen trabajo, que no tenía putas ganas de contemplar. Bajó la persiana hasta que el dormitorio se convirtió en algo menos luminoso, algo más acorde con el tono de -como le gustaba decir a su médico de cabecera con vocación de psicólogo cada vez que tenía que recetarle otra tanda de somníferos- su mundo interior, y se sentó en la cama. Frente a él, ametrallado a ráfagas paralelas por los rayos de sol que se colaban por los respiraderos de la persiana, estaba lo que llevaba semanas causándole terror.
Mirándolo recordó con todo detalle, como estaba seguro de que sucedería, la primera vez que tuvo vaciar un armario. La recordó a ella, para ser exactos. Cuando la conoció, cuando empezaron a salir, cuando follaron por primera vez. Recordó que aquella noche lo llamaron Hacer el amor. Ella lo llamó Hacer el amor. Se preguntó si al menos en aquel momento habría sido cierto. Dio un largo trago de Beefeater y sintió ganas de vomitar o sintió ganas de vomitar y dio un largo trago de Beefeater. En cualquier caso, le extrañó; no había comido nada en todo el día.
Siguió sentado haciendo memoria sin la menor intención de ello, como asumiendo que no tenía oportunidad alguna de controlar lo que le pasaba por la cabeza. Ni ninguna otra cosa. La vida se había encargado de dejárselo muy claro. Dentro y fuera de él la realidad era hostil. Y sabía que en adelante siempre lo sería. Una hostilidad cotidiana esperándole sin prisa cada mañana y despidiéndole cada noche, justo después o justo antes del efecto de las pastillas. Se imaginó en un segundo cómo serían sus días hasta que llegara el de su muerte y los vio todos idénticos. Tristes. Ni siquiera peligrosos o inquietantes, porque ya no conservaba nada cuya pérdida pudiera dolerle. Así que un calendario repleto de días, horas, minutos y segundos tristes. Ése era el futuro que le esperaba, y su duración no le preocupa en absoluto.
A su alrededor las motas de polvo cruzaban las filtraciones de sol brillando como lo que son, como polvo de cosas muertas, y recordó que luego todo había ocurrido como le suele ocurrir a la gente. Estuvieron juntos unos años, se compraron este piso y se casaron. Y al poco nació Borja. Él quería haberle puesto su mismo nombre. Pero por alguna razón que nunca llegó a tener clara no hubo quien negociara con ella al respecto. Así que el crío se llamó Borja. Un nombre horrible, en su opinión. Un nombre de niño pijo o de niño idiota.
Tampoco existió debate cuando menos de tres años después ella dijo que se largaba. Había conocido a alguien y se iba al extranjero, eso anunció. Y eso hizo. La gente, la familia, los amigos elaboraron muchas teorías para explicar que se fuera de modo tan repentino. Decían que aquello no era propio de ella, y tal vez tuvieran razón. Pero lo único cierto era que se había ido y que llamaba una vez al mes, luego una vez cada dos meses y después una vez al año para saber de Borja. Para cuando dejó de hacerlo hacía ya mucho tiempo que había vaciado aquel armario.
Durante mucho más tiempo del que habría debido había conservado intacto lo poco que ella se dejó en las perchas y cajones. Ropa pasada de moda, pedazos de tela que ya no le servían. Trastos viejos. Más o menos como él y el niño. Tirar a la basura todo aquello le parecía lo más doloroso a lo que tendría que enfrentarse en su vida. Era un puto sentimental, lo sabía, un gilipollas. Se lo decía a sí mismo todos los días. Ni siquiera el rencor que le ulceraba el estómago conseguía arrebatarlo lo bastante para coger un par de bolsas de basura y hacer lo que sabía que debía hacer. Necesitó que pasara más de un año para que, una mañana tan mierdosa como todas las anteriores, encontrara la fuerza necesaria para hacer limpieza vital mientras el almuerzo que el crío se comería en el recreo se calentaba en la sandwichera.
Ése fue el día en que la normalidad empezó a reinstalarse en su vida. El dolor continuó sobreviniendo de vez en cuando, a ratos sueltos. Pero ya no era algo con lo que no se pudiera vivir. Volvió a abrir la ferretería y el negocio remontó el vuelo como si nunca hubiera estado cerrado. Poco a poco todo remontó el vuelo como si tal cosa hasta esa media altura en la que suele desenvolverse la existencia de las personas corrientes. Incluso hubo mujeres dispuestas a asumir el papel que la madre de Borja no quiso quedarse. La madre de Borja, la madre de su hijo, a ese concepto irrefutable e inofensivo en su objetividad quedó reducida con el tiempo, ya sin asomo de pena al pensar en ella. Sin otro sentimiento que el que es imposible no experimentar cuando cualquiera piensa en lo que vivió cuando era mucho más joven. Cierta nostalgia asumible, en definitiva. Así debería haber sido siempre, pensó al liquidar la ginebra. Cuánto dolor malgastado con alguien que no lo merecía. Cuánta estupidez.
Nada que ver con lo que sentía ahora, sentado en una cama cubierta con sábanas de colores chillones. Entre cuatro paredes forradas de pósters de grupos malos para adolescentes. Mirando un casco reluciente acumulando polvo en la estantería. Escondido de un sol dispuesto a iluminar con obscena crueldad un armario lleno de ropa juvenil y una mancha de sangre allí, tan sólo unos metros calle arriba, que nunca dejaría de ver por mucho que asfaltaran sobre ella, por mucho que los servicios de limpieza se esforzaran en limpiarla. Por muy de noche que se hiciera.
Nada al cubo
Tenía once años cuando mi padre dijo que se iba a por tabaco. Yo ya había oído alguna vez lo que suele decirse al respecto. Así que me estremecí ante la perspectiva. Miré a mi madre. Pero ella esquivó mis pupilas girando un poco la cabeza. Aunque no lo bastante para impedirme ver en toda su crudeza el enorme moretón que le circundaba el ojo izquierdo. Otra vez. No te preocupes, dijo, todo irá bien. Pero no fue así: diez minutos después él volvía a estar en casa.
Despertador, pie, suelo, frío, ducha, cepillo, dientes, ropa, botones, café, microondas, trago, náusea, ascensor, calle, autobús, carrera, billete, masa, sudores, humanidad, calle, oficina, 8 horas de nada, calle, autobús, silencio, cansancio, ojeras, calle, ascensor, casa, facebook, nada, hotmail, nada, congelador, lasaña, microondas, bocado, náusea, botones, pijama, cama, insomnio, sueño, qué más da… Otras 8 horas de nada. Despertador, pie, suelo. Frío. Náusea.
La niña francesa jugaba con su perro en el parque. La Tête d’or. Árboles con troncos como columnas dóricas. Lagos, arroyos, un palmo de hojas caídas acolchando el mundo. Un auténtico bosque. Otro planeta, sereno y perfumado. Así que la niña era feliz saltando de un lado a otro con su perro. Hasta que tropezó al pie de un roble precioso. Su mocasín de charol rojo estaba enganchado en la boca entreabierta de una cabeza semienterrada. Era cualquier cosa menos dorada.
Nos detenemos sin apagar el motor frente al portal de sus padres. Me da un beso en la mejilla, sale después de luchar un poco con la puerta medio rota desde hace un par de años y rodea el coche por la parte delantera. Los faros la iluminan de un modo extraño cuando pasa frente a ellos. No sé, como envolviéndola por un momento en una nube de luz casi paranormal. Demasiado blanca, demasiado cegadora para ser real. Pienso que parece una aparición mariana, que si intentara tocarla ahora mi mano atravesaría su cuerpo y no notaría nada más que un frío inquietante. Y, claro, acto seguido pienso que últimamente se me ocurren cosas muy raras. Pero precisamente eso, frío, es lo que noto cuando introduce la cabeza por mi ventanilla y me besa en la otra mejilla. Echa a andar hacia el portal sin decir nada. Ni Buenas noches ni Mañana nos vemos ni Te quiero. Ni siquiera dice Que te mejores. Joder, imagínate que lo que acabo de intuir hace un rato mientras masticábamos en el chino se cumple ahora mismo. No, no puede ser, me digo, siempre fallas en tus pronósticos. Llevas años equivocándote en el resultado de todo lo que planeas; no vas a acertar justo en esto. Sí, no nos pongamos paranóicos. Pero por si acaso le grito Hasta mañana justo en el momento en que la puerta del portal se cierra a su espalda con un ruido atronador que me llena de mal rollo por alguna o algunas o un montón de razones difusas. Ella no responde. Ni siquiera se gira para despedirse con la mano, como suele hacer. Así que lo último que veo es su culo subiendo las escaleras del zaguán. Un buen culo, joder. Un gran culo, sí señor. Quizá tendría que cuidarlo mejor. Abandonar de una puta vez esta actitud renegona que se ha instalado en mí y dedicar mi energía a mantenerla cerca de mí. Es la idea capital de todo lo que pasa por mi cabeza mientras conduzco hacia mi casa. Vale: la de mis padres. Porque lo más curioso de todo es que yo no soy así. Hasta no hace mucho me sentía a gusto con todo esto. Con ella, con el trabajo, con mi familia, con mi ciudad. Nada me irritaba. Nada me quitaba el sueño ni me producía la sensación de vacío que ahora llevo constantemente incrustada en mi interior, como un puto queso gruyere antropomorfo. La oficina, la novia, los colegas y otras cosas formaban parte de mí y punto. No me planteaba si podrían ser mejores. O, de no poder mejorar, si por lo menos podrían desaparecer de mi existencia. De modo que creo poder decir que yo no soy así, tan desencantado, tan amargado. Tan hasta los huevos y tan tocahuevos como ahora me siento. O al menos nunca he sido así. Sin embargo, tengo que reconocer que en estos últimos meses mi visión de las cosas ha cambiado de forma radical. Y soy consciente de que hoy por hoy soy un tipo absolutamente insoportable. Por eso me da un poco de miedo que las cosas todavía puedan ir a peor. Quedarme más solo, por resumirlo. Pero al mismo tiempo creo que en el fondo es lo mejor que podría sucederme. No estoy siendo muy claro, lo sé. Pero es que estoy hecho un puto lío. Y los escenarios por los que me he movido durante 30 años ahora me resultan un entorno hostil. Me da ganas de salir a la calle con una pastilla de cianuro entre los dientes. O con un fusil de asalto entre las manos. Cada día te proporciona decenas de ocasiones para utilizar lo uno o lo otro. Como por ejemplo ahora que un Renault Megane verde pistacho se para a mi lado en el semáforo. Más bien parece un pequeño ovni intergaláctico. Lleno de luces violetas y emitiendo a todo volumen una música que en un universo decente no podría llamarse de tal manera. ¿De dónde sacará esta chusma la pasta para comprarse sus caprichos? Qué asco de mundo. El humanoide que va a los mandos del vehículo repantigado en plan piloto de carreras y con el pelo cortado a lo cenicero no tiene pinta de poder ganarse la vida de manera respetable. Claro, que yo ya no tengo ni idea de lo que es aceptable y lo que no. Y prefiero no planteármelo. Casi mejor pensar que el puto engendro que hay a mi lado vende tripis en el párking de una discoteca antes que creer que se desloma en una obra para después malgastar su sueldo en mantener su coche customizado. Que haga lo que le dé la gana, qué coño. Aunque me demostraran que da cobijo y sustento a mendigos en su propia casa no cambiaría la opinión que acabo de formarme sobre él. Porque, para qué ir de hipócrita: los sintecho también me la sudan. Tengo más que de sobra con mis propios problemas. No es fácil mantenerse medianamente integrado en la vida sin generar cierta cantidad de misantropía. Es un mecanismo de defensa. Pura supervivencia. Uno no puede estar en todo. Así que me la trae floja si el interior del desecho que conduce el Megane es tenebroso o resplandeciente. Lo que me importa y me jode de mi fugaz vecino de asfalto es, sin más, que parece disfrutar sobremanera de la infernal melodía que hace vibrar su coche y resquebrajarse al mío. Mueve la cabeza adelante y atrás entregado a un frenesí rítmico que me provoca arcadas. Sí, un tiro en su sien sería lo procedente. Me imagino a mí mismo explicándole al tribunal la situación. Con todo lujo de detalles: el tatuaje de letras chinas a lo largo del antebrazo hiperciclado y sacado por la ventanilla (por supuesto) del alienígena del Megane; que llevaba gafas de sol D&G a pesar de que era casi medianoche; que, créanme, señorías, el reguetón que brotaba de aquellos superaltavoces justificaba por si solo que dios o el demonio lo hubieran fulminado con sus rayos. Habrían de concluir que no me quedó otra opción. Y mi absolución pasaría a la historia como el primer caso de justicia real de todos los tiempos. Pero esto no son los USA, pertenezco a la clase media del viejo continente y no tengo ni puta idea de dónde conseguir un arma de fuego con la que, no sé, desfogarme. Y tampoco sé cuáles son los pasos para hacerse con un poco de veneno suicida glamuroso, en plan arsénico o cicuta, nada de sobredosis de heroina o matarratas. Así que sólo puedo hablar de ello conmigo mismo. Fantasear un poco. Porque lo cierto es que no tengo valor para soluciones drásticas. Ni de ese tipo sangriento ni de otro mucho más cotidiano. Estoy, para qué negarlo, fuera de control. Lo único que hago es despotricar de todo el mundo. Menuda mierda. No tengo rumbo. Estoy a merced de la puta marea, como diría mi padre. Le encanta esa expresión, vete a saber la razón. Y le encanta dedicármela a mí; eso sí que sé por qué. El caso es que la visualización de mi padre poniendo cualquiera de las dos caras que usa comigo, la de reprender o la de condescender, me hace abandonar mi imaginación autocompasiva y aterrizar de nuevo en la realidad más tangible. Supongo que autocompasiva también, pero, ya digo: jodidamente real. La inminencia de llegar a casa y encontrar a mis padres y a mi hermano pequeño ante la tele, viendo algún programa vomitivo, es una perspectiva dolorosamente incuestionable. Igual que el hecho de que alguno de ellos, de mis padres, se entiende, saque el tema habitual en cuanto llegue la publicidad y su cerebro deje por unos minutos de atiborrarse de asqueroso entretenimiento. Uno u otro, si no los dos, me preguntará qué tal va el asunto de alquilarme un pisito con ella. Por una vez, dios, por una sola vez que cometí el error de dejarme llevar por lo que supongo que esperan de mí y les dije que tenía pensado irme a vivir con ella. Joder, desde entonces parece que eso sea lo único que puede hacer que se sientan ligeramente orgullosos de mí. O menos avergonzados, por lo menos. Para ellos ya fue un shock brutal que dejara aquel trabajo que mi padre me consiguió después de dar la paliza y regalar muchos puros y botellas a un montón de amigos, viejos amigos, pseudoamigos y conocidos. El viejo estuvo tres meses sin dirigirme la palabra. Mi madre se ablandó mucho antes. Aun hoy no entiende que renunciara a un trabajo de traje y corbata con el que ahora mismo podría, probablemente, permitirme el lujo de estar hipotecado, es cierto. Pero ella se ablandó antes. Me parece que la pobre mujer ha decidido conformarse con que su hijo no retroceda mucho más en la escala social. Imagino que por eso se interesa tanto y tan frecuentemente por cómo discurre mi “relación”. Creo que la ve como una roca a la que puedo aferrarme. Alguien idóneo para darme un poco de equilibrio. Seguramente ésa es la razón de que le haga tantos regalitos y de que siempre se esmere en la cocina cuando viene a casa a cenar. Me cago en la hostia, esto de notar que todo el mundo piensa que debe estar pendiente de mí para que no termine por cagarla me saca de quicio. Estoy hasta los cojones de que cualquier mierda se crea que tiene el derecho y el deber de cuidar de mí. Mi padre, pringando como un cabrón durante treinta años en un sucio taller mecánico y ni siquiera se ofrece a arreglarme la puerta del coche. Y mi madre, que lo único que ha hecho en su vida es cocinar para nosotros y limpiarnos el culo cuando era necesario. No sé qué esperan de mí, coño. No sé qué esperan de mí todos los demás. ¿Que no sufra por tener que ir a trabajar cada mañana al departamento de administración de la fábrica de bombillas del polígono? ¿Que me contente con formar parte de su miseria? ¿O que intente progresar, aunque sólo sea un poco? ¿Querrán, en el fondo, que procure ser feliz como me plazca? Ni puta idea. Pero que les den. Que les den a todos, joder, me hacen pensar demasiado. A la mierda, paso de ir a casa a aguantar el mismo ambiente deprimente. Así que hago un cambio de sentido demasiado brusco y conduzco en dirección contraria a todo, procurando no fijarme en los ocupantes de los otros coches ni en las criaturas que se mueven por las aceras, ya sean perros o humanos.
Mañana pero tarde
La historia podría empezar a contarse desde algún momento anterior o posterior pero al final lo que cuenta es que salió de casa y no dijo adiós porque era absurdo; hacía demasiado tiempo que no había un Hola o un Hasta luego. Y es posible que a nadie le importe ahora pero hasta ilustres científicos aseguran que la ausencia de despedidas y de bienvenidas y de otras muchas cosas puede resultar tan fatal para cualquiera como un tumor cerebral o un aneurisma. Así que lo dicho: poco antes de las ocho de la mañana abrió la puerta de casa, salió al rellano y cerró a su espalda sin emitir otro sonido que el tap-tap de sus zapatos de piel sobre el gres-imitación de mármol de la escalera. Luego pulsó el botón del ascensor y lo esperó dándole vueltas sin saber muy bien por qué a la idea de que el volumen de mierda que uno puede tragar es limitado. Que si lo rebasas te acabas convirtiendo en otro ser, que en los casos más extremos ni siquiera será humano. Y que entonces ya no hay vuelta atrás. Era como si de repente viera con claridad ciertas cosas. Cosas de vital importancia que intuía debería haber comprendido mucho antes. Tenía la extraña sensación de que su recién adquirida sabiduría era inútil por tardía y tal convicción le provocaba náuseas y dolor torácico y crispación en las falanges, pero no podía dejar de hundirse en su revelación. Y tanto se abstrajo que cuando el ascensor por fin se detuvo ante él se llevó un buen susto al toparse cara a cara con un tipo que salía del aparato. Vestía traje y corbata, igual que él. El mismo aspecto de agente de seguros descontento con su suerte. Pero el hombre iba calado hasta los huesos. El agua volvía de color gris pálido la pechera de su camisa y rápidos regueros le resbalaban desde la punta de la nariz y de todos los dedos para formar un charco en torno a sus pies. Se dieron los buenos días al unísono y se dejaron atrás el uno al otro con la misma indiferencia con que la casualidad había cruzado sus caminos. Los veinte segundos que el ascensor tardó en depositarlo en la planta baja le bastaron para plantearse unas cuantas decenas de hipótesis acerca de qué coño hacía ese tipo a las ocho de la mañana en su rellano. Y ninguna de ellas le resultó tranquilizante. Aunque, para ser del todo sincero, tenía que admitir que tampoco lo preocupaba en exceso lo que pasara ahí arriba durante su ausencia. Del mismo modo que le dio igual y no le sorprendió demasiado el hecho de que al salir a la calle el cielo no presentara ni una sola nube, de lluvia o no. Por vez primera en su vida se sentía absolutamente impregnado de la verdad de su existencia y su cerebro se dedicaba por entero y con una prisa que no lograba explicarse a determinar si era una buena o una mala persona. Así que las trivialidades sexuales, sociales o meteorológicas y hasta el destino de la recién nacida Era Obama le importaban menos que cero. Igualmente, decidió sin tener que emplear un mecanismo racional consciente que no iría a trabajar esa mañana. Ese día venía a la empresa desde la capital del país el jefe del jefe del jefe, o algo así. La crisis económica tenía a sus superiores muy preocupados. De un tiempo a esta parte los directores de departamento, los adjuntos a dirección, los asesores financieros, los vicepresidentes y hasta, en ocasiones puntuales, el mismísimo presidente se reunían con cierta frecuencia para intentar alcanzar soluciones que garantizaran la supervivencia de la entidad un mes más. Y al día siguiente de discutir sobre ello en cualquier restaurante de lujo de la ciudad le asignaban a algún pringao la triste tarea de comunicar los despidos acordados. Lo de hoy pintaba parecido o peor, y no estaba dispuesto a dejar que las menudencias laborales le distrajeran de su tarea de aprovechar al máximo la nitidez con la que ahora observaba la realidad. Lo importante y lo banal. Por fin conseguía trazar sin la menor duda la línea que separa lo trascendente de esas circunstancias que parecen maravillosas o trágicas pero que nadie recuerda al cabo de un par de días. Y no pensaba permitir que la inercia de las cosas le privara de tal clarividencia. Así que echó a andar sin otro propósito que mantenerse el mayor tiempo posible a solas con sus pensamientos, súbitamente tan luminosos en su oscuridad. Pero nada más doblar la primera esquina le llamó la atención un coche que en ese instante arrancaba el motor expulsando al aire matinal litros y más litros de gases tóxicos pero blancos. En su interior una familia entera biparental con dos hijos de corta edad hablaba alegremente como si sólo en el interior de ese vehículo residiera el secreto de la felicidad. Y se preguntó si tal vez era así. Si dentro de ese chasis existiría algo tangible o no, medible, contable, cuantificable o no capaz de justificar que los cuatro humanos que se movían a su alrededor enseñaran todas y cada una de sus piezas dentales de tanto sonreír. Estuvo a punto de golpear con los nudillos la ventanilla del conductor y pedirle a esa gente que le revelaran su secreto. Pero enseguida se convenció de que no porque se fijó con mayor detalle en las caras de todos ellos y se sintió capaz de asegurar que lo único que había ahí dentro era un intenso aroma a ambientador de pino y una concentración altísima de estupidez. Se alejó de allí y al poco se detuvo palpándose los bolsillos porque entre unas cosas y otras todavía no se había suministrado la primera dosis de nicotina del día. No encontraba el mechero pero rebuscando en los bolsillos interiores dio al fin con una caja de cerillas de un hotel de cinco estrellas cuyo nombre le sonaba vagamente pero en el que no recordaba haber estado. Estropeó todos los fósforos contra la lija sin conseguir arrancar de ellos ni una pequeña chispa. Estaban reblandecidos, apelmazados y medio húmedos, y se dijo que fuera lo que fuera lo que algún día hubiera sucedido en aquel hotel debía de pertenecer a un pasado remoto y absolutamente ajeno al puto presente, y que por eso lo había olvidado y hasta las cerillas se habían vuelto reliquias inútiles. Así que reemprendió el camino dando caladas al cigarrillo apagado pero sin la menor intención de solicitar un favor a ningún ciudadano. No quería decir Por favor. Y mucho menos dar las gracias. Para ser exactos, de pronto sentía justo lo contrario: la necesidad de disculparse, de pedir perdón y hasta obtener castigo. Por eso decidió servirse de lo que encontró más próximo en su campo visual y apresuró el paso hasta situarse justo detrás de una anciana con el pelo de una extraña tonalidad violácea que renqueaba en dirección a vete a saber dónde, el mercado o la primera misa del día o el cementerio. Un leve roce en el tobillo sirvió para que la vieja trastabillara y cayera al suelo de cara como un saco de patatas o cualquier otro objeto sin brazos. Quedó tendida balanceándose como una peonza que se detiene, oscilando a un lado y a otro sobre unas caderas que le parecieron demasiado anchas y robustas comparadas con el resto de los huesos de la abuela. Como los de los dedos y las muñecas, de aspecto tan frágil y que él apretujó entre sus manos al intentar incorporar a la mujer al tiempo que se disculpaba con vehemencia, deseando en realidad obtener algún insulto, escupitajo o golpe de bolso. Pero quizá porque los ojos de la vieja, en galopante inflamación y desorbitados por el susto y el dolor físico, captaron que el culpable de su desgracia iba trajeado y encorbatado y aceptablemente afeitado y peinado su reacción se limitó a suplicarle ayuda con un hilo de voz que sonaba de un modo parecido a una bisagra oxidada. Ni siquiera los puños de la camisa que sobresalían de las mangas de la chaqueta del hombre que se acuclillaba junto a ella, húmedos y muy arrugados, consiguieron que la vieja pensara por un solo momento que su agresor/asistente podría ser un psicópata, un borracho, un evasor de impuestos, o algo aún peor. Así que no hubo lugar para la menor redención. Y fue entonces cuando el pobre tipo comprendió que tampoco había lugar para la mayor. Que nunca lo habría. Así que dejó de deambular en busca de males o bienes que explicaran lo jodido de su aquí y ahora. Dejó de buscar esperanza o resignación, consuelo o castigo, placer o dolor en los seres antropomorfos que se movían por la calle rumbo a sus vidas de mierda. Y se concentró en su propia mierda. En lo que le esperaba en casa. Y como un autómata desanduvo el camino, entró en el portal, subió los siete escalones del zaguán, llamó al ascensor y esta vez no saludó al hombre trajeado con el que se encontró cara a cara al abrir la puerta. Y ya en casa, por costumbre, encendió la luz del recibidor envuelto en penumbra matinal pero las bombillas no se encendieron porque cuando pasan estas cosas suelen saltar los plomos. Atravesó el salón y se fijó en las motas de polvo que flotaban en el aire como particulas en ignición iluminadas por el primer sol que se filtraba por las persianas. Le pareció lo más bonito que jamás había contemplado y le entraron ganas de llorar. Pero no lo hizo porque entendió que eso supondría su punto y final. Y entró en el cuarto de baño. Olía a pollo asado y la oscuridad era casi total dentro de esos seis metros cuadrados. Mejor, se dijo. Porque así no pudo ver el cable del pequeño calefactor adentrándose en el agua de la bañera. Ni la lividez creciente de quien una vez le quiso medio hundida bajo la superficie quietísima. Ni las quemaduras negruzcas en los tobillos y en las sienes. Ni su pelo, flotando ondulado como filamentos de medusa o como gruesos cables eléctricos. Ni siquiera su propia camisa todavía empapada, que le pegaba el frío al tórax pero seguro que no iba a hacer el favor de matarlo de una pulmonía.
Días felices
Mis vecinos hablan en la escalera de la entrada. En el zaguán. Pero especialmente los oigo bisbisear en los rellanos superiores. A todas horas. Y me imagino saliva rancia apelmazada en las comisuras de todos esos labios finos y translúcidos como papel de fumar. Y a veces el asco me supera y salgo de mi planta baja con la intención de pegarles un grito o una patada en la sien. Pero entonces miro hacia arriba y aseguraría que sus voces caen por el hueco de la escalera en forma de catarata de mierda y babas y vómito y otras cosas viejas y usadas, y corro a encerrarme en casa sin llegar a decir nada. En fin, os lo juro: una incesante diarrea de palabras perfectamente visible y audible y todo lo demás precipitándose de piso en piso hasta la misma puerta de mi casa. Aunque supongo que habrá quien diga que eso es imposible, que debe de ser cosa mía. El caso es que como la mayoría de ellos hace tiempo que entró en la tercera edad, sería más acertado decir que son mis ancianas vecinas super-supervivientes de otro mundo las que regurgitan palabras desgastadas en la escalera, día tras día. Porque me parece que sólo quedan dos viejos, obstinados en poner en entredicho lo que la estadística determina sobre la esperanza de vida media de los varones de este país. Y también ellos suelen unirse al coro de momias que se mueve por ahí arriba. Así que todos, ellos y ellas, pululando tan cerca de mí, igual que artríticas cucarachas enlutadas, agazapadas en cada rincón de este edificio. Con el mismo corte de pelo, el mismo tinte de pelo. Y las mismas zapatillas de felpa negra y suela amarilla que hacen ñiiie ñiiie sobre la imitación de mármol que el constructor de todo esto instaló hace cincuenta, sesenta o más años. Todos menos la del cuarto. Una tipa de unos cuarenta. A veces pienso que está bastante buena, pero otras creo que no es más que puro contraste con los muertos vivientes de este edificio. No sé, qué importa. Lo que para mí cuenta es que parece que va a la suya, que no participa en los cotilleos intervecinales de mi bloque. Pasa de largo de los corrillos casi sin saludar o despedirse. Eso he sabido gracias a la indiscreción del viejete del 2ºA. Sólo conserva un diente, entre marrón y amarillo y que se ve demasiado grande y obsceno en el agujero negro de su boca, pero resulta evidente que aún le sirve para pronunciar perfectamente las fricativas y todos los demás fonemas de nuestro idioma. Un día vuelvo del trabajo y el abuelo está esperando el ascensor y en los pocos segundos que tardo en abrir mi puerta me dice que tenga cuidado con la del cuarto. Que es mala gente. Que cree que fuma hierbas prohibidas, que él no es tonto y sabe muy bien qué es ese olor que a veces sale de su piso. Y yo me imagino al viejo arrodillado clandestinamente sobre el felpudo de la tía del cuarto, arrimando su enorme nariz aguileña a la rendija inferior y aspirando profundo humo de porro y bolitas de pelusa. Así que me entra el miedo y de nuevo me encierro en casa, sin insultarle ni empujarle para que caiga y se rompa la cadera. Sin hacer nada. Un par de semanas o meses después me encuentro a una anciana diminuta a la que juraría no haber visto antes. Pasa un paño húmedo por los barrotes del primer tramo de barandilla con máxima concentración, como si no fuera consciente de que la vida en La Tierra es un puta mierda. Y sin apartar la vista del metal bruñido me suelta que la “joven” de ahí arriba es una fresca y que por algo su marido la dejó. ¿No ha notado usted los colores que luce en las mejillas? No sé qué me sorprende más de su discurso, si la palabra joven, o la palabra fresca, o la palabra lucir, o que me haya hablado de usted o enterarme de que antes había un marido. Aunque, en realidad y seguramente por suerte, nunca me entero de nada del mundo real, por lo que decido no pensar demasiado en mi nula capacidad de observación, paso de largo de la vieja y me hago el firme propósito de pisar una mierda antes de volver a casa y luego restregar la suela a lo largo de la reluciente barandilla. En sucesivos encuentros similares con los cotillas de esta finca confirmo que la mujer del cuarto se ha quedado embarazada sin que se conozca quién es el padre de la criatura. Eso dicen, pobre criaturita y cosas por el estilo. Dicen que a la zorra se le está pasando el arroz pero que tendría que haber sido menos egoísta y haber reprimido sus instintos maternales, que es inmoral traer un niño a este mundo si no vas a poder darle un ambiente familiar como dios manda. Esa clase de basura es la que reverbera en el hueco de la escalera durante meses. Hasta que un día como cualquiera me dicen que el niño ha nacido y pocos días más tarde oigo un vocerío demasiado cordial en el zaguán y pego al ojo a mi mirilla y ahí están todos los vejestorios haciendo cola ante el carrito para tocar las mejillas del bebé con sus manos huesudas y llenas de manchas cutáneas. Le dan la enhorabuena a la madre y en cuanto se alejan unos pasos de ella se cogen del brazo de dos en dos o forman pequeños enjambres y empiezan a despellejarla. Lo bueno es que a ella parecía no importarle en absoluto y puede que hasta disfrutara bastante obteniendo reacciones políticamente correctas de todas esas brujas. Sí, creo que fueron días felices para ella. Una tarde coincidimos en el portal. Ella entraba, yo salía. Empujaba su carrito y me miró y yo la miré y creo que esperó que le sostuviera la puerta. O creo que esperó que me inclinara sobre el cochecito y le dijera algo a su hijo y luego a ella. Algo amable, básicamente. Pero no hice nada de eso porque simplemente no se me pasó por la cabeza ni por un instante. Lo lamenté levemente cosa de una semana después, cuando a través de los cauces habituales fui informado de que el crío había muerto mientras dormía. Seguro que el forense dijo Muerte súbita, pero los vecinos de este edificio dicen que a saber, porque es evidente que no era buena madre y que estaba claramente desequilibrada. Lo lamenté levemente entonces porque a un niño de semanas que a lo mejor ni siquiera es tuyo no se le coge demasiado cariño. Y lo lamento sólo un poco más intensamente ahora que, mientras me calentaba una pizza precocinada, la del cuarto acaba de atravesar el techo de uralita de mi galería.

