La ciudad estaba casi tan vacía como nuestra nevera, así que tuvimos que dar unas cuantas vueltas hasta que encontramos un pequeño restaurante chino. Era idéntico a cualquier otro, desde la carta salpicada de manchas de salsa de soja y faltas de ortografía hasta el camarero detrás de la barra que miraba algún programa de la televisión china en el portátil, pasando por los peces que languidecían sin remedio en el acuario. Ya casi ni boqueaban; se limitaban a mirarnos fijamente desde dentro de su ataúd de cristal, como si se hubieran cansado de pedir auxilio. O tal vez era que Lucía y yo ofrecíamos una visión mortalmente anodina hasta para un pez tonto. El hecho de que únicamente un par de mesas estuvieran ocupadas contribuía a darle al lugar un aire de abatimiento. De derrota. Incluso la voz que cantaba algo indescifrable a través del hilo musical parecía apenada. Me pregunté si los ocupantes de las otras mesas también estarían planteándose poner el punto final a lo que fuera que los había llevado a comer en un oscuro chino de barrio mientras el sol de abril ardía en el centro del cielo. Les eché un vistazo rápido. En la mesa del rincón una pareja de adolescentes que se había decantado por el menú de 6,50 intercambiaba arrumacos y sus respectivos helados de vainilla y chocolate. Junto a nosotros un matrimonio de mediana edad se tomaba el café mientras su hija corría de un lado a otro alrededor de la mesa. Tendría unos cuatro años. Tropezaba una y otra vez. Caía al suelo, se reía a carcajadas y se levantaba limpiándose las manos en los faldones del mantel. En un momento dado sus ojos se cruzaron con los míos. Eran azules, muy azules. Del color que se intuye en el fondo de las grietas de los glaciares o como la piel de aquel hombre al que una Zodiac sacó del mar una tarde de agosto en una playa de Castellón cuando yo tenía diez años. Eran del color del frío y de las células muertas. La niña me miró un segundo sin verme y siguió con sus juegos y sus risas. De tanto en tanto sus padres le daban alguna indicación, tranquilamente, sin aparente preocupación. Cuidado a la derecha, nena, o Las manos por delante, cariño. La cría obedecía unas veces y otras no, como todos los niños, y seguía riéndose y hablando sola y de vez en cuando se acercaba a su madre, le buscaba la cara con las manos y le daba un beso en la mejilla o en la nariz o donde tocara. Supongo que Lucía se dio cuenta de que estaba mirando a la niña porque bajó la voz hasta convertirla en un susurro y dijo algo así como Pobrecita, que sea feliz ahora que aún no es consciente de lo que le ha tocado. Me habría gustado preguntarle si acaso ella lo era, si era feliz y si no estaría más ciega que la niña de la mesa de al lado. Pero no lo hice. Ni siquiera la miré. No valía la pena. Habría supuesto el detonante de una nueva discusión absurda. Y no estaba dispuesto a tener ni una sola más, la duda se había resuelto. Así que seguí mirando a la niña directamente a sus ojos azulísimos como el frío y como las células muertas pero también como los atolones de los mares del Sur y como el destello en el espacio de millones de supertierras templadas, acogedoras, habitables. Sí, lo bueno era posible para ella. Y para mí también.
Entradas Etiquetadas con: ‘felicidad
Del color de
Números rojos
Coger cada mañana el 90 y pensar que tal vez todo fuera más soportable si se tratara del 89 o del 91. Pensar que a lo mejor todo tiene que ver con haber nacido un 13. Que puede que esa sea la razón de tu inclinación natural por la imperfección de los impares. Y luego pensar que no haces más que pensar gilipolleces las 24 horas del día. No hay razón para perder el tiempo buscando significados profundos en el revés de las cosas. No existe causa para lo que es. Simplemente es, y punto. Y te espera un trayecto de 35 minutos hasta la parada de tu trabajo, así que no malgastes energías. Y te esperan 15 días más de lo mismo hasta que te paguen una miseria a fin de mes; no malgastes mala hostia. Porque luego vendrá otro mes y otro y otro. Y si pretendes buscarle un sentido a la catarata de nada solo conseguirás que el tiempo parezca aún más pesado y lento, más como hecho de metal fundido. Así que mejor mira por la ventanilla y cuenta peatones positivos. Aquellos que por su andar, por la camiseta que llevan, por el modo en que una chispa casi imperceptible relampaguea en sus pupilas, por la razón más subjetiva y estúpida, crees que no merecerían ser aniquilados por Apophis. Si das con 2 durante tu viaje celébralo interiormente. Y enciende un cigarro nada más bajar del bus y fúmatelo sin temor a las consecuencias aunque sea el último del paquete. Solo necesitas 4 euros para seguir matándote y en el bolsillo aún te quedan 30. De puta madre. Todo va bien. Echa a andar sobre tus zapatillas del 43 ½. Disfruta del paseo. No corras. La velocidad no te hará acertar la meta. Ni siquiera te ayudará a acertar el camino. De manera que equivócate sin prisa. Tómate tu tiempo para cruzar el paso de cebra delante de todos esos 4×4 rugientes. No te dejes contagiar por su impaciencia descarriada. Y evita caer en la tentación de establecer relaciones entre el tamaño de los coches y las carencias sentimentales de sus conductores. Sé consciente de que no hay normas ni excepciones. Todo depende de lo que te haya tocado en el reparto. No mereces nada. No merecen nada. Se trata de una simple cuestión de suerte. Los hay con más y los hay con menos. Tienes 500 relatos en Mis documentos. Tienes 2 menciones en Mis premios. La ratio podría ser mejor. La ratio podría ser peor. Lo único que conviene tener claro es que en ningún caso está en tus manos mejorarla. Ni siquiera empeorarla. Con alcanzar el final del día y seguir respirando hay que darse por satisfecho. Lo demás es literatura, cine. Ficción. Eso al menos es lo que el 99% dela Humanidad parece entender por vivir. Así que sé listo: imítalos de una vez. Imprégnate de esa satisfacción hueca que exhiben cuando se dirigen a ti. Preocúpate por el euribor. Añade 20 euros al precio de cualquier cosa que te compres cuando se lo digas a quien sea. Compra los condones en cajas de 24. Sé el 1º de tu promoción. Memoriza tu D.N.I., el pin del móvil y la clave de tu tarjeta de crédito. Controla cada cierto tiempo tu número de glóbulos rojos. Mide hasta el último centímetro de la superficie pisable de tu piso. Cronometra los minutos que corres 3 tardes por semana. Vigila esos 2 kilos de más. Pon todo tu empeño, toda la fuerza de tu juventud en cotizar el número de años necesario para que cuando seas viejo no te falte una buena dentadura postiza. Enchufa la tele y aumenta 1 por 1.000.000 el porcentaje de share de cualquier programa de telebasura. Y luego duérmete durante las 8 horas que recomiendan los expertos. Sueña con una vida 1.000 veces mejor que la que tienes. Y a las 7 de la mañana de mañana, despiértate fresco como una rosa. Que nadie crea que de vez en cuando lo que ves a tu alrededor te parece una puta locura. Que a nadie se le ocurra imaginarlo. Intégrate. Y sé feliz.
A la cola
Mira las zapatillas del viejo de delante y sin ningún sentido se acuerda de la otra noche. Cenando en casa de una pareja de amigos. El quemador de incienso recién traído de Marruecos humea en un rincón. Y un gato persa con nombre de divinidad hindú duerme o muere sobre un puff violeta. Por lo demás, muebles de Ikea, cerámicas hechas por ella y cuadros pintados por él. Todo en sus ratos libres, claro, porque de lo que les gusta es imposible vivir y son lo bastante maduros para adaptarse a las circunstancias. El caso es que parecen llevarse bien. Muy bien. Cualquiera podría atreverse, incluso, a decir que son una pareja feliz. Durante gran parte de la conversación la pareja se alaba mutuamente. Sus respectivos artes. La luz y el color que irradian las pinturas de él hacen de la casa el lugar en que más les gusta estar, dice ella. Él asegura que puede pasar horas contemplando cómo ella trabaja la arcilla. Jura que es algo mágico, casi como un trance. Luego se dan un beso de ensalada de canónigos y rúcula y esas bolitas negras amargas que él, el él que sin saber por qué rememora todo esto a raíz de ver las zapatillas del anciano que le antecede en la cola, siempre ha detestado. Son de esa clase de zapatillas que solo se ven en los pies de hombres de setenta años o más. De esas que tienen el empeine repleto de agujeritos para que el sudor rancio transpire, supone. De esas que están a medio camino entre unas zapatillas de estar por casa y unas alpargatas de labrador y que sin embargo los hombres que las usan no tienen reparo en lucir por la calle cuando van a comprar el pan o cuando se detienen frente a una obra y critican la técnica de las nuevas generaciones de obreros o, como ahora, cuando hacen cola en la Jefatura de Tráfico para renovar el carné de conducir que se sacaron hace medio siglo. Quizá tenga que ver con el hecho de que no quiere hacerse viejo. Más bien con el hecho de que le aterroriza levantarse un día y darse cuenta de que ya no es joven. Y sobre todo con la tragedia inherente a ello: lo que ya no tendrá sentido hacer. Algo le dice que los puffs violetas se vuelven muy incómodos a partir de cierta edad. E intuye que en ese mismo instante el incienso ya no resultará tan agradable de respirar. De golpe entiende que antes o después llega el día en que hasta los muebles suecos quedan desfasados y se tiran a la basura y se sustituyen por sillones anti-lumbalgia y mantas eléctricas y tardes eternas viendo películas ya vistas y que ya no te conmueven y crujidos de huesos y gemidos de esfuerzo cada vez que uno de los dos se levante para ir a orinar. Porque ese cierto día uno de los dos se referirá a ello como orinar. Y entonces no habrá vuelta atrás. Así que seguramente por eso de repente siente la prisa. La necesidad urgente de poner un poco de orden, ponerse un poco en orden y hacer lo necesario para darle todo eso ahora que aún están a tiempo de valorarlo y disfrutarlo sin reparar en su superfluidad y falsedad. Buscarse un trabajo. Concretamente eso que la gente llama un buen trabajo. Dar la entrada para un piso. O por lo menos alquilar algo un poco más decente que el piso que comparte con dos estudiantes extremeños e irse a vivir con ella. Pintar las paredes del color que ella decida y comprar un felpudo gracioso que protagonice los primeros minutos de conversación cuando los amigos vayan a visitarles. Sí, va a tener que hacerlo, va a tener que darse prisa. Porque por mucho que ella sepa cuánto detesta hacer papeleos, enfrentarse a la máquina burocrática y tirar a la basura unas horas en las que a lo mejor podría haber escrito un buen cuento, es más que probable que esto de madrugar para ir a renovarle a su novia el carné de conducir mientras ella trabaja de ocho a seis en la oficina deje de ser suficiente de un momento a otro.
La felicidad de las hormigas
Es probable que sea lo menos importante de todo pero me levanto, me meto en la ducha y me sobreviene esa sensación de estar a punto de recordar algo. Luego lo pienso mejor y me doy cuenta de que más bien es justo lo contrario: la sensación de estar a punto de olvidar definitivamente algo. Me exprimo la cabeza goteante y solo consigo rescatar que anoche se me ocurrieron tres historias mientras daba vueltas en la cama. Y me acuerdo de que me parecieron buenas. Las vi claro a las tres. De principio a fin. Muy nítido lo que le ocurriría/no le ocurriría al personaje y muy sorprendente su desenlace/no desenlace. Y quiero dejar claro que cuando digo sorprendente bien podría decir repetitivo, optimista, descorazonador o lo que me saliera de los cojones. El caso es que el agua me va desentumeciendo el cuerpo pero ni por asomo hace lo propio con mi mente. Porque no me vienen, no me vienen esos tres putos cuentos perfectos. Bueno, digamos decentes, que ya es bastante. Y lo cierto es que eso suele ocurrir (-me) a última hora de la noche, cuando las oportunidades de lo que fue hoy se han esfumado y las ideas lentas intentan colarse en el orden del día siguiente. Me refiero a que se me ocurran historias mientras lucho contra el insomnio unas veces y contra la somnolencia otras. Y sobre todo me refiero a que esas historias siempre siempre me parezcan mejores que las que nacen cuando el sol brilla ahí arriba, cuando el trabajo absorbe tu tiempo y cuando la gente prosigue con sus vidas, tan activas o no, tan llenas de obligaciones y placeres y tristezas y demás mierdas o no, pero siempre tan adaptadas y adaptables y aceptadas y aceptables. Lo malo es que, igualmente sin excepción, no encuentro fuerzas para levantarme de la cama y tomar siquiera unas breves notas, apuntes, como queráis llamar a la planificación. Siempre me digo mañana, mañana las recordaré y las escribiré y mataré de un tiro tres fantasmas. No son muchos, pero son muchos más que ninguno. Pero al día siguiente no hay forma de llevarlo a cabo. De un modo u otro acaba ocurriendo lo de hoy o lo de otro hoy muy parecido. Es decir, por ejemplo estar bajo el agua caliente limpiándome/despejándome para otras veinticuatro horas de batalla, intentar recordar, cerrar fuerte fuerte los ojos y notar la sangre comprimida dentro de los párpados y la espuma del champú colándose quién sabe cómo y no ver ni rastro de los buenos relatos que se me ocurrieron hace tan solo unas horas. No ver más que lo que parecen diminutas estrellas rojas, verdes y azules de hemoglobina y PH neutro danzando en lo más hondo de mis cuencas oculares.
Total, que no, no recuerdo lo que en principio quería escribir, y sí, todo este rollo es para decir simplemente eso. Qué coño, puedo permitírmelo. Pese a lo que digan los datos, las estadísticas, los concursos, las visitas y la inmensa mayoría de la gente, a estas alturas puedo permitirme hacer trampas. Y que le den a Sensini.
Por eso sigo y decido que hoy no voy a ir al trabajo. Me aclararé los ojos, me aclararé todo un poco y llamaré y diré que estoy enfermo, que tengo la gripe A, cualquier cosa. O ni eso; al fin y al cabo lo que hago en la oficina no son más que gilipolleces.
Luego, no sé, digamos que me tomo un café de pie en la cocina, sin prisa. Aprecio nuevos matices en su sabor mientras el sol forma un rectángulo tibio sobre los restos de café que he esparcido al abrir el paquete, y pienso en hormigas. Pienso en la felicidad de seis mil millones de hormigas y en lo poco que se diferencia de la nuestra. Servicio, construcción, acumulación. El zumbido de la nevera de fondo crea un patrón en mi cabeza. Me maravilla que sea la primera vez que reparo en su frecuencia, en su tono, en el repiqueteo metálico que emite cada seis segundos. Todo, TODO es cuestión de tiempo y atención, y prestárselo/-la al ruido del frigorífico no es intrínsecamente más inútil que invertirlo/-la en saber el minuto exacto en que el 89 pasa por la parada más cercana a tu casa.
Y luego por ejemplo me conecto al facebook y pierdo el tiempo que he decidido ganar hoy cotilleando como un gilipollas aquí y allá. Nada, nada y más nada hasta que entro por inercia en un perfil recurrente y leo que la última chica que me dijo No se cayó el otro día por las escaleras de una discoteca. Su estado dice Magulladuras, cortes, esguince, vergüenza. Me imagino la caída. El golpe de la rótula izquierda contra el listón metálico que bordea el escalón, la muñeca doblada antinaturalmente, la ridícula contusión en el coxis. Y de inmediato me siento un poco mejor. Entonces la visualizo en el suelo, las medias rotas y su palidez manchada por la pringosa mezcla oscura de polvo de zapatos y alcoholes derramados. Y de inmediato me siento mal por sentirme mejor. Pero no puedo domar ese leve bienestar que crece y crece dentro de mí hasta ya no poder calificarse de leve. Además, solo tiene veinticinco años. Como suele decirse, aún es de goma. Cree que siempre tiene razón, cree que nunca se equivoca, pero aún es de goma.
Así que, qué coño, ¿por qué no dar rienda suelta a esta pequeña satisfacción? Pese a lo que diga ella, los otros y mi balance de éxitos y fracasos, creo que a estas alturas puedo permitirme ser un poco hijo de puta. Quizá así todo empiece a ir mejor.
Y salgo a la calle con esa fe oscura oxigenando mis pulmones. El sol no es gran cosa hoy tampoco, pero tengo un día entero por delante para malgastarlo en lo que yo decida. Sin ir más lejos, hace años que no lavo el coche. Me apetece fumar (si nadie me ve) bajo este sol vulgar a la espera de ver salir el coche del túnel de lavado. Quiero verlo blanco, blanco de verdad. Deslumbrante y con los neumáticos de un negro perfecto. Me apetece mucho estar allí de pie y por un momento pensar en ponerme al volante y largarme a cualquier parte. Pensarlo. Solo pensarlo. Hacerlo es lo de menos. Demasiados factores externos.
Carajo
“Mauricio (Moris en criollo mauriciano), oficialmente la República de Mauricio, es un país insular ubicado al suroeste del océano Índico, a 900 kilómetros de las costas orientales de Madagascar y aproximadamente a 3.943 kilómetros al suroeste de la India. Además de la isla de Mauricio, la república incluye las islas de San Brandón o Cargados Carajos, Rodrigues y las Islas Agalega”.
Palabra de Wikipedia.
Añade: “Población total: 1.240.827 (2007)”. Supongo que se refiere a personas.
Añade: “A la Isla Mauricio se le conoce en el mundo como la Isla Playa. Perdida en medio del Índico, este pequeño pedazo de paraíso está rodeado de lagunas. Los diferentes tonos azules ilustran los fondos cristalinos del mar”.
Obra de algún poeta frustrado tecleando basura en un mac mientras muerde un donut, sin duda. Peor: obra de algún don nadie que se cree un poeta malogrado con tendencia al sobrepeso por culpa de las crueles circunstancias de la vida moderna, lo estoy viendo.
Y para respaldar mi hipótesis, Wikipedia, o, bueno, su poeta reconvertido en panfletista a sueldo, se atreve a subir un peldaño más en la escalera de la belleza barata de postal o anuncio de metro y escribe a modo de indigesto colofón: “Cada fin de semana, las familias vienen a hacer picnic en la playa entre las melodías de los vendedores de helados”.
Cuando lo leí le deseé una muerte dolorosa y lenta.
En fin, eso es todo lo que sé de Mauricio, Isla Mauricio, la República del puñetero Mauricio o como quiera que se llame ese rincón del planeta. Eso y que dentro de apenas dos horas coge un avión para pasar allí los próximos ocho días y siete noches. Un paréntesis quizá eterno de verano tropical. Mierda. Ojalá un tsunami barriera del mapa el archipiélago. Justo ahora, antes del despegue.
Me he negado a conducir. Pero la acompaño porque lo contrario supondría dejar el coche en el aparcamiento del aeropuerto. Es decir, al menos una semana solo en casa y sin poder salir de esta ciudad tan pequeña. También es posible que haya venido con ella solo para joderla con mi presencia.
Sea como sea, avanzamos en silencio por las calles y luego por la carretera. Pone la calefacción pero no sirve de nada. Invierno mediterráneo, húmedo e imposible de engañar. Lo único que hace el chorro recalentado es llenar el aire de olor a polvo viejo haciéndolo aún más irrespirable. Cosas muertas. Me visualizo en un futuro inminente embalando mi ropa y mis libros. Tampoco el zumbido de los ventiladores mitiga el eco del constante clinc-clinc y de lo que nos dijimos antes de irnos a dormir o a intentarlo. Rebota burlón contra el salpicadero y contra las puertas y contra el techo y acaba explotándome en el centro de la frente. Supongo que a ella también, en mayor o menor grado. Menor, qué coño. Va atenta al asfalto, aunque intuyo que de tanto en tanto me busca de reojo. Yo miro por la ventanilla. El sol despunta como un gajo de naranja por detrás de vallas publicitarias, puentes para trenes de alta velocidad y polígonos industriales. Y es como si los campos de arroz, chufa o lo que sea esa materia verde oscuro se cubrieran de caramelo líquido. Es bonito, pienso. Seguro que mucho más que Mauricio. Hay que joderse… Un tsunami. Un terremoto de 9 grados en la escala Richter. Un petrolero convirtiendo los tonos de azul y los fondos cristalinos en una gigantesca fosa séptica por obra y gracia de miles de toneladas de crudo. Un holocausto nuclear. Un asteroide discreto, con cincuenta metros de diámetro me valdría. No es mucho pedir. Cosas por el estilo pasan todos los días en cualquiera de los muchos culos del mundo. Poner la radio y que el locutor dijera que la Isla Moris ha quedado reducida a volutas incandescentes. Que el resplandor de su fuego final es visible desde, no sé, Melbourne. Eso sí que sería precioso. El verdadero paraíso.
Pero no pulso el botón de On porque no voy a tener tanta suerte y porque estoy seguro de que ella está al acecho de cualquier mínima alteración de mi postura/silencio/distancia para empezar de nuevo a soltar mierda por la boca. Es probable que su primera frase pretendiera ser un acercamiento, algo inofensivo, un simulacro de reconciliación de pareja previo a la separación para no volar sobre medio mundo con un ligero mal sabor de boca. Pero enseguida, ante mi obstinación en el estúpido enfado, se creería legitimada para soltar todo lo que sé que está deseando soltar. Y no pienso darle ese gusto. No voy a hacer nada. No pienso decir nada. Aunque me muero de ganas de reventar, de montar una buena, de vomitarlo todo, ni siquiera voy a pronunciar ese jodido nombre que llevo oyendo desde hace meses.
En realidad son unas iniciales. C.J. Cejota. Resulta que al tipo le gusta que le llamen así. Más ridículo imposible. Estilo americano para un oriundo de Albacete, creo. Estilo americano para un aumentativo castellano. Y encima se las depila. Lo vi una vez, en la última cena de empresa a la que la acompañé. Eso: cejas como trazadas con compás, afeitado casi subcutáneo, perfecto nudo de corbata y un fuerte olor a colonia cara. Al estrecharme la mano dijo que era el nuevo director de marketing, calidad o algo parecido. Y desde entonces hasta en la sopa. Cejota ha conseguido captar tres nuevos clientes en su primera semana. Cejota es un profesional increíble. Cejota se ha comprado un coche nuevo para estar más a tono con su nuevo cargo. Cejota quiere que le ayude a alquilar un ático céntrico. Cejota dice que tengo un potencial increíble, que me quiere en exclusiva, que les ha pedido a los de arriba que sea su mano derecha. Me lo creo, palabra por palabra. En fin, Cejota esto, Cejota aquello hasta ¡Adivina! Cejota y yo hemos ganado ese viaje del que te hablé, el que los jefes prometieron regalar a los mejores empleados del semestre.
Y, bueno, después de bastante mierda acumulada en forma de llamadas a cualquier hora del día o de la noche, retrasos más o menos inexplicables a la hora de llegar a casa y ese tipo de rastros que no demuestran nada pero pueden demostrarlo todo, ahora vamos hacia el aeropuerto. Y no, no pienso decir nada porque lo cierto es que hay poco que decir, así que sigo mirando a través del cristal.
Los trabajadores fuman a las puertas de las fábricas con una especie de prisa lenta. Suena una sirena y tiran las colillas y se meten en las naves como si no hubiera otra opción. Nubecillas de humo y aliento que se pierden en la neblina general es lo único que queda de ellos. El otro día ella quiso saber si había traído mis curriculums al polígono y le mentí. En la última rotonda di un giro de 180º. Quizá si le hubiera dicho la verdad me habría ahorrado este absurdo trayecto final. Porque me gustaría decirle que en la vía de servicio un grupo de putas subsaharianas dan saltitos alrededor del fuego moribundo de un barril de gasolina. Sus dientes blanquísimos destacan en la penumbra. Parecen enmarcados en sonrisas carnosas. A pesar de todo y aunque probablemente no sea así, las negras parecen sonreír. Me gustaría decirle que me pregunto si serán felices. Ellas, los obreros y el ciclista que adelantamos sin guardar el metro y medio de distancia estipulado. Lleva gorro de lana, guantes Umbro, una braga que le cubre hasta los ojos y unos leotardos fucsia. La razón que pueda tener para salir de madrugada en pleno invierno a dar unas pedaladas me resulta un misterio pero sé que si digo todo esto en voz alta ella me responderá que el ciclista lo hace para estar en forma, que las putas no son felices pero se reconfortan pensando en lo que sus familias podrán comprar con el dinero que les envían cada quince días y que, con los tiempos que corren, los trabajadores de las fábricas dan gracias a dios por poder pagar la hipoteca. Y no me apetece que alguien que me considera poca cosa me dé lecciones de éxito vital. Así que sigo callado contemplando el espectáculo que me ofrece el mundo real, el de la gente que no triunfa ni fracasa, que sencillamente sobrelleva lo mejor posible lo que ha acabado siendo su vida. Y de repente me siento mejor. Les admiro. Y al llegar a casa escribiré un pequeño relato en el que seguramente no conseguiré transmitir lo que deseo: que hay muchas maneras de triunfar, y que solo un uno por mil de ellas son hermosas y puras y gratificantes. Y que desde luego no consisten en tumbarse al sol a la orilla del océano índico por haber aumentado el volumen de ventas de tu empresa.
Ojalá lleguemos de una puta vez al aeropuerto. No veo el momento de dejar de oír el tintineo de los palos de golf en el asiento de atrás, clinc-clinc-clinc-clinc. No veo el momento de que despegue rumbo a Cargados Carajos. De que se vaya al carajo. Y el cristal medio empañado me devuelve algo parecido a una sonrisa.
Helado
Creo que lo que más me gusta de mi amigo es el modo en que dice las cosas. Siempre claro, siempre certero pero al mismo tiempo como si la suya sólo fuera una más entre el enorme montón de opiniones que mueren nada más emitirse. Que se quedan en la forma y ni siquiera rozan el fondo. Que nunca deberían llegar a pronunciarse. Pero él reviste la suya de la misma categoría que todas ésas. Modestia natural o modestia adquirida, ni lo sé ni me importa. Lo que cuenta es que me gusta pensar que en el fondo ambos sabemos que no es así. Que en la vida las cosas casi nunca son así y que sí, hay visiones más fiables que otras.
Por eso cuando la otra noche se cansa de escuchar mis estupideces e interrumpe por un momento el buen rollo reinante en la cena para decir que lo que me propongo no es más que una huida hacia delante, no puedo pasarlo por alto. Tiene razón. Lo sé. Y se lo digo. Le digo Puede que tengas razón. Pero los demás salen en defensa de mi despropósito. Intervienen con frases del estilo de que no le haga ni caso, que un cambio de aires me sentará de maravilla, que no me deje acobardar y que cada uno tiene que hacer lo que le apetezca en cada momento de su vida. Y lo dicen como si esa premisa fuera norma. Como si cualquiera tuviera en su mano la posibilidad, el derecho y el deber de conseguir todo lo que imaginara. Como si tu vida fuera un trozo de arcilla virgen esperando a que le des la forma perfecta. Como si el tipo que te hace llegar tarde a casa cuando tienes la mala suerte de topar con el culo de un camión de la basura hubiera soñado desde pequeño con recoger nuestra inmundicia. Como si no tuviera por qué revolverme el estómago y el corazón que uno de mis colegas acabe de pedirse de postre un helado de nueces de macadamia.
Y claro, la mesa se divide en dos. Todos menos uno contra uno. Y me siento como un traidor.
Estoy en el otro lado. Voy a hacer lo contrario de lo que pienso. Él tiene razón: hay cosas que no desaparecen por mucha tierra que pongas de por medio.
Es lo que me viene a la mente mientras apuro el café y observo intentando esconder mi vergüenza cómo mis amigos menosprecian el consejo de mi mejor amigo.
Y me pregunto si tengo derecho a querer más. Puede que abuse cuando reclamo más atención del mundo. Quizá el dinero, el amor y el éxito o fracaso que me han tocado sean más que suficientes. Me pregunto, resumiendo, si no dispongo ya de todo lo necesario para ser feliz. Moderadamente feliz. Esa felicidad de la gente anónima. La que hace que uno pueda hablar de sí mismo sin preocuparse de lo que pensará el que tenga enfrente. Sin mentiras, sin excusas, sin justificaciones.
Mi amigo me mira desde el lado opuesto de la mesa y sé que eso va a ser todo. No va a decir ni una palabra más porque ya me ha dicho todo lo que tenía que decir, lo cual es mucho más de lo que la mayoría de la gente suele hacer por alguien.
Él y yo sabemos que llevo mucho tiempo mintiendo, excusándome, justificándome. Huyendo. Los dos sabemos que pasar el invierno vigilando un camping desierto en una ciudad norteña no va a significar otra cosa que el enésimo aplazamiento de las verdaderas soluciones. Eso no va a arreglar mis problemas. Por mucho que presuma de ello cuando conozco a una chica más o menos guapa y le cuento mi plan, allí no terminaré la novela que llevo media vida escribiendo. Allí no me preocuparé por cuidarme un poco más. No alcanzaré el equilibrio retirando la nieve acumulada sobre los techos de los bungalows. Mi talento ninguneado por el ritmo de la ciudad y del trabajo y de los vicios no florecerá entre bosques húmedos salpicados de setas venenosas y no venenosas. Y, por descontado, tampoco allí conseguiré olvidarme de ella. Lo sabe. Lo sé.
Pero llega el 15 de octubre y me bajo del tren en un pueblo minúsculo en medio de montañas verdes más grandes que algunos países. Hay tres personas en el apeadero y todas me dan las buenas tardes con lo que me parece amabilidad sincera. Me alegro de estar aquí. Siento que el sol cae sobre las cosas y sobre mí de la forma exacta en que siempre debería caer. Luminosidad y temperatura justas para no deslumbrar ni recalentar. Atención, luz y calor perfectos en medio de aire puro. Sí, me alegro de estar aquí. Me acerco a una de las tres personas. Es un tipo de mi edad que por lo demás no se parece en nada a mí. No se contenta con indicarme el camino al camping; carga mis maletas en un motocarro con restos de madera y hierbas y me lleva él mismo montaña arriba. Me dice su nombre y yo le digo el mío y luego me dice que en cuanto tenga un rato baje al bar, que todo el mundo estará encantado de conocerme. Después de darle las gracias me quedo un buen rato de pie en la entrada del camping viendo cómo el cacharro se aleja por el camino de tierra. Y caigo en la cuenta de que le estoy diciendo adiós con la mano, como un niño. Caigo en la cuenta de que estoy sonriendo de un modo en el que hacía mucho tiempo que no lo hacía. Y siento que me lleno de algo que si no fuera porque me conozco no dudaría en calificar de felicidad. La felicidad de la gente anónima, de la gente como yo, me digo. Por fin. La felicidad que llevaba siglos echando de menos.
Traspaso la verja de la entrada pensando que no me extraña lo más mínimo que no haya ni un miserable candado. Aquí voy a estar bien. Es un sitio agradable. Un jardín amansado en medio de naturaleza frondosa. Los bungalows son como los pintaría un crío de cinco años. Cuadrados y con el tejado en pico. De cálida madera barnizada y rodeados por una valla blanca. Árboles podados, de copas milagrosamente esféricas. Prado reconvertido en césped liso como un campo de fútbol. Flores flanqueando los senderos adoquinados al estilo medieval que unen los servicios con el salón de juegos de mesa con la oficina de administración con la piscina vacía. Sí, aquí voy a estar tranquilo. Aquí lo voy a conseguir. Todo. La novela, la salud, el equilibrio, el florecimiento. El olvido, pausado, dulce y purificador como el viento que sopla.
Me alegro de estar aquí. Me alegro de haber cometido esta locura. Hasta los sabios se equivocan, amigo, digo mientras entro en el bungalow que me han asignado para que sea mi casa durante todo el invierno. El suyo será el que no tiene número sobre la puerta, decía el último e-mail que me envió el propietario. Decido bautizarlo como Bungalow Cero. Bungalow Punto Cero. Lo va a ser. Un nuevo comienzo. Cuando me vaya de aquí dentro de medio año todo será mejor. Mucho mejor. Es tan fácil pensar en positivo a la vista de la gran chimenea, de las robustas vigas que atraviesan el techo, de la tupida alfombra en la que, quién sabe, a lo mejor acabo haciendo el Amor con alguna lugareña impresionable.
Subo al piso de arriba y dejo mis cosas sobre la cama. La palpo con las yemas de los dedos. Mullida, casi profunda. Tan agradable como todo lo demás aquí. Hago un esfuerzo consciente para reprimir las ganas de hundirme en ella. No me resulta demasiado difícil. Me siento bien y quiero aprovecharlo. Quiero mandarle un mail a mi amigo y decirle que ya estoy aquí y que tengo la impresión de que esto ha sido un acierto. Seguro que la zona wifi que se anuncia con una pegatina en la puerta de cada casa también funciona a la perfección. Absolutamente todo aquí parece estar diseñado para resultar acogedor. Para acoger a alguien como yo, por lo menos, alguien que busca descanso, espacio físico, espacio mental. Resetear.
Así que me meto en la cocina y preparo café. Mientras el fuego hace su trabajo miro por la ventana. Un ligerísimo vaho empieza a revestir el cristal. Me siento como en el vientre materno. A salvo. Respiro hondo y me levanto por hacer algo, por curiosear en cajones y estantes de mi nueva casa en busca de cualquier cosa. Abro la nevera. Ahí está. Bandejas y rejillas desiertas. Nada más que medio limón pálido en el estante de arriba. Justo bajo la tenue luz de la bombilla interna la semiesfera de gajos seccionados me parece un sol. Pero un sol pequeño y siniestro. Un sol a punto de apagarse. Puede que tenga que ver con el hecho de que junto al limón hay un helado. De nueces de macadamia. Precisamente de esa puñetera marca.
Y el bungalow empieza a venirse abajo. No es un escondite seguro. Ya no. El enemigo está dentro. Más asqueado que asustado paso la mano por el cristal húmedo de la ventana. No sé cómo me he dejado engañar tan fácilmente. Ahora lo veo claro: el camping es horrible. Grotesco. Parece una maqueta del bosque en medio del bosque. Un parque temático muy bien pensado. Una recreación en la que poder creer que uno está respirando aire puro en contacto con la naturaleza. Pero lo cierto es que hay hojas muertas pudriéndose en el fondo de la piscina. Y lo peor es que ahora el único encargado de limpiarlas soy yo.
Especies en extinción
Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.
La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.
He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.
Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.
-Jackson Ojo Divine.
Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.
-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?
-Sí.
-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?
-Eso es.
Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:
-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.
Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.
-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.
Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.
Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.
Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.
Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.
-Te echo una carrera –dijo.
De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.
-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:
-No sé… ¿Hasta aquella fuente?
-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.
Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.
Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.
-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?
El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.
-Sí, creo que sí.
-Menuda hostia te has dado, colega.
Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:
-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.
La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:
-No es verdad; son horribles.
Y yo le expliqué que no.
-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.
La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.
Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.
En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.
Anoche dormía en la calina de mi habitación y soñaba que volvía a ser pequeño. Tan pequeño que jugaba y no tenía en la cabeza nada más que lo que tenía en las manos. Unos cuantos clics de playmobil o puede que todavía famobil. Y un par de Masters del Universo. He-man y un chino tan musculoso como el primero pero mucho más moreno y con una mano de imitación de metal dorado colocada siempre al más puro estilo karateka, como si esperara que alguien le pusiera un ladrillo delante para partirlo de un golpe seco y dar sentido así a su nacimiento artificial. En mi sueño los juguetes me pesaban en las manos justo lo que desde mis treinta años recordaba que pesaban al estar despierto teniendo nueve o diez, y mi niño onírico se asombraba fugazmente de tener esas diferentes perspectivas sobre un mismo hecho y no saber por qué. Pero en mi sueño yo era listo y no me preguntaba demasiado las cosas. Simplemente dejaba que ocurrieran y optaba sabiamente por seguir jugando con los muñecos. Hacía que se pelearan entre ellos en un rincón del suelo de la salita de mis padres, que dormido volvía a ser también la mía. Los pequeños clics se lanzaban sobre sus gigantescos enemigos como poseídos por una fuerza muy superior a la que cabía en sus cuerpecillos. Como si estuvieran drogados o movidos por un ansia de venganza y sangre que ocultaban a la perfección tras sus amplias sonrisas de media luna. A pesar de no tener articulaciones hundían sus rodillas y sus codos en los abdominales superdefinidos de los Masters y les rompían todas las costillas porque yo hacía ruido de huesos fracturados con la boca. Tras la pelea, cuando los dos titanes ya no eran capaces ni de mover un dedo y los clics supervivientes lanzaban rabiosos gritos de victoria, recogía solemnemente los restos de vencedores y vencidos, los transportaba entre mis manos y mis antebrazos al cuarto de baño, cerraba la puerta con el culo, los depositaba juntos en la pila del lavabo y los empapaba en alcohol 96º. Luego me sacaba una caja de cerillas del bolsillo de los pantalones cortos y los guerreros se convertían en una bola de fuego azul lento y silencioso que incendiaba la sensación de victoria y la sensación de derrota y me hacía pensar que todo era posible y que nada era definitivo. De pequeño me gustaba mirar ese fuego, cómo fluía, cómo recorría la piel sintética de los soldados cubriéndola de una espuma multicolor de burbujas y cráteres palpitantes. Me encantaba mirarlo, sí, hasta que el humo plastificado se hacía demasiado denso y me entraba miedo de que mis padres me sorprendieran jugando con fuego. Entonces dejaba correr el grifo y la dignísima pira funeraria se convertía de un plumazo en un simple montón de plástico medio quemado made in Taiwan.
Por eso no me extrañó despertar al mundo sofocante de mi cuarto justo en ese momento de mi sueño, cuando lo profundo y lo simbólico había terminado ya. Cuando lo único que quedaba de mi recreación era una mancha negra escurriéndose por el desagüe de mi mente y un mareante olor a pvc carbonizado girando en forma de volutas tóxicas en los remolinos de mis fosas nasales.
Me quedé un rato en la cama saboreando lo que había visualizado. Me había gustado la experiencia. Supuse que era lógico, supuse que a todo el mundo le gustaría volver a ser un niño. No por el tópico ese de que la infancia es una etapa llena de amor y felicidad. La verdadera explicación del dulce sabor de boca que me había dejado ese sueño, puede que muy evidente desde hacía años para quien quisiera haberla visto, vino a mí como un rayo luminoso y cruel desde la penumbra que rodeaba mi cuerpo sudado: cuando eres un crío estás a tiempo de elegirlo todo, e incluso de desechar mil veces lo elegido y volver a probar suerte. Si decides ganar o perder, si quemas tus juguetes favoritos, no deja de haber un mañana para solucionarlo o para que alguien lo solucione por ti.
Un rayo cruel porque, claro, el reverso de tal revelación de duermevela constituía también el reverso de esa dulzura, y de un modo instintivo o al menos poco racional empecé a desear no haber tenido ese sueño. No quería añorar la seguridad y las posibilidades de futuro de un pasado que ahora, a oscuras y asfixiado de calor en la habitación más abrasadora de un piso de alquiler y compartido, resultaba evidente que no se había convertido en presente del modo deseado. No había ninguna necesidad de desvelarse dándole vueltas a fracasos irreparables. No, no tenía ni putas ganas de respirar ese olor a cosas muertas e incineradas que me había traído conmigo de mi viaje al inconsciente, pero no podía quitármelo de encima, de dentro, de debajo de las sábanas. De todas partes. Me froté la nariz con el dorso de la mano y cambié de posición sobre la cama con la intención de enterrar la pituitaria en la almohada y atontarla con el olor aséptico de mi suavizante marca blanca. Fue entonces cuando me di cuenta.
El ventilador, podía oírlo, seguía girando a ritmo normal sobre la silla en que lo había depositado antes de apagar la luz e intentar dormirme. Lo inusual era que el cable que lo unía al enchufe de la pared ardía con un tenue resplandor eléctrico a lo largo del suelo. No iluminaba gran cosa, ni hacía el menor ruido. Era como una culebra sigilosa cuya lengua chisporroteaba traicionera allí donde el cable se había pelado iniciando el incendio. Eso pensé: que una bestia de medio metro ajena a la fauna de este mundo se había colado en mi casa con la sola finalidad de acabar conmigo mientras dormía. Y me puse nervioso. Me levanté deprisa, creo, pero sentí muy torpes mis movimientos. Y en un instante que me pareció un año entero me acerqué a la toma de la pared y arranqué el enchufe. Durante esos escasos segundos me invadió un montón de veces la certeza de que por alguna extraña razón que no era capaz siquiera de entender pero que me resultaba irrebatible, la electricidad se iba a extender a la velocidad de la luz por el suelo o por las paredes o por el aire para partirme en dos como a uno de esos capullos que salen en Impacto TV o en la web de Rotten, ésos a los que un buen día les atravesó un rayo mientras jugaban al golf o plantaban una sombrilla en la playa bajo una legión de nubes negras y rugientes. Sólo que yo no llevaba encima un driver de titanio ni estaba respirando salitre marino, joder. Yo sólo me había propuesto dormir un par de horas y seguir con mi modesta vida cuando abriera los ojos. Por eso, por su injusta ridiculez, me asustó todavía más la perspectiva efímeramente inexorable de que a la mañana siguiente, al darse cuenta de que no salía para irme a trabajar, mi compañero de piso abriría la puerta y me encontraría calcinado en el suelo, humeando por los ojos y por las axilas y con la licra de los calzoncillos fundida y confundida con mis genitales. Así es, de verdad: aunque parezca una tontería, por un momento estuve absolutamente convencido de que iba a morir electrocutado o quemado o asfixiado o todo a la vez en mitad de una noche tan vulgar o especial para el resto de habitantes de La Tierra como ellos mismos se hubieran ocupado de merecer.
Supongo que por eso, cuando logré templar los nervios, desconectar el ventilador y comprobé que no me sucedía nada mortal, me sentí como un niño al despertar de una pesadilla habitada por monstruos. Relajado, ligero, liberado. Me sentí casi feliz. Mientras contemplaba languidecer las llamas rojizas que aún ardían en el cable negro como estrellas en extinción, remotas e inofensivas, experimenté aquella sensación infantil casi olvidada. La de haber superado un problema y tener por delante un mañana sobre el que nada de lo ocurrido esa noche tendría la mínima repercusión. Un mañana que podría ser un punto cero sólo con que así lo deseara yo. Lleno de posibilidades, de gente, de cosas, de ratos que aprovechar aunque sólo fuera por el hecho de haber sobrevivido a un incendio que había descubierto antes de convertirse en mi incineradora. Y esos agradables pensamientos estuvieron conmigo hasta que volví a dormirme, profundamente y sin maldecir el calor ni el olor a chamusquina que se adhería a mis pulmones.
Lo malo es que hoy no he oído el despertador a la primera y mientras corría de aquí para allá lavándome los dientes, haciendo el café e imaginando la repugnante cara que pondría mi jefe por mi retraso no he encontrado el momento para recordar todo lo que aprendí anoche. Y mucho menos para ponerlo en práctica.
He salido de casa a toda prisa, he bajado la escalera de tres en tres, he pisado la calle ya sudado, he sido el primer cliente del estanco de aquí al lado y me he subido en el coche rezando para no encontrar demasiado tráfico, para no retrasar aún más mi llegada a ese trabajo que tanto asco me produce. Y he tenido suerte. He tenido suerte incluso a la hora de encontrar donde aparcar, lo cual me ha servido para establecer una nueva plusmarca personal en el único deporte que practico: atravesar la ciudad de punta a punta en mi Astra de diez años: 13:33 minutos. Todo un récord.
Además, en lugar de atravesar la avenida de la oficina por el paso de peatones he decidido optimizar tiempo y distancia y cruzarla por la parte más cercana a donde me encontraba. Era un buen momento. No venía nadie. El típico agujero que se produce en el tráfico como consecuencia de los márgenes de seguridad con que interactúan los semáforos se abría ante mí caritativo, predispuesto a facilitarme el camino. Así que he aprovechado para lanzarme al asfalto sin darme cuenta de que antes de la calzada había uno de esos carriles color ocre. Y no era precisamente el carril-bici. Era el que utiliza el bus para ahorrarse embotellamientos y hacer más eficiente el servicio de transporte urbano. No me he dado cuenta hasta que un bocinazo que bien podría haber sido el sonido de las mismísimas trompetas del infierno me ha sacudido de pies a cabeza casi físicamente, como si una supermano me zarandeara con la intención de descoyuntarme todos los huesos. Sólo me ha dado tiempo a ver de reojo cómo una silueta cúbica de color rojo sangre se agrandaba y se agrandaba en la periferia izquierda de mi campo de visión. No me ha sido difícil imaginar cómo se aplastaría mi hombro zurdo de un momento a otro. Cómo se achataría mi cráneo en cuanto las toneladas de metal municipal impactaran contra mí. He pensado en sandías reventadas y en una lata de coca-cola plegada sobre sí misma en el arcén de una autopista. Pero no: la mole ha conseguido frenar a unos centímetros de mí sin más consecuencias que el apiñamiento de viajeros en la parte delantera del vehículo, que rápidamente y con gran despliegue de aspavientos se han unido a la indignación del conductor, que salpicaba de saliva el parabrisas insultándome y amenazándome y que parecía querer matarme por no haberme matado.
Yo, la verdad, no le he prestado mucha atención. El calor que proyectaba sobre mi cara la chapa del bus y el modo en que el sol se reflejaba en el metal la acaparaban toda. Era precioso. Ni el sol de California se le podría comparar. Hipnótico y contra natura allí, arrancando destellos imposibles al logo de Renault. Incluso me ha costado más de la cuenta hacerme a un lado y dejar que el 41 y su conductor y las demás vidas que en él viajaban siguieran su destino. Estaba como en trance. Y así sigo. Dos conatos de muerte en tan sólo unas horas. Tiene que ser una señal. Es la conclusión a la que he llegado. La razón que he encontrado para intentar invertir mejor mi tiempo, volverme a casa y escribir esta sarta de gilipolleces que vienen a querer decir que no es tan difícil proponerse ser feliz.

