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09
mar
11

Rumbo a casa

Rondas los cuarenta. Pero eso podría ser más o menos llevadero. Lo que realmente te jode es que jamás pensaste que tu barriga pudiera acercarse tantotantotanto al volante de tu monovolumen. Más que el puto atasco de todas las tardes… Más que tu trabajo de mierda, que tu coche de mierda, que tu hipoteca de mierda… Mucho más que haberte convertido en una de esas personas normales con vidas aparentemente tranquilas, el principal motivo de tu mala hostia es esa barriga que te desborda el cinturón y hace que el polo PdH parezca relleno de gelatina. Es normal que así sea: se debe a que siempre viaja contigo y a que lo natural es odiar lo más cercano. Y ese pedazo de carne colgante que no puedes quitarte de encima es lo más cercano que tienes. Eres tú.

Por eso en lugar de aporrear el salpicadero quizá deberías probar a castigarte el estómago. Puede que en vez de maldecirla por haber dicho sin preguntarte que este fin de semana iréis a esa parrillada en el chalé de su hermana debieras preguntarte por el verdadero origen de toda esta mierda. Pero al fin y al cabo ella es como tu barriga: siempre está ahí, no hay manera de hacerla desaparecer. Ella también, a fin de cuentas, forma ya parte de ti. Solo que tiene una voz más fina, huele algo mejor y en ocasiones incluso se mueve autónomamente. Pero no este domingo. El próximo domingo será tu quinta extremidad. O tú serás la suya, qué importa. El caso es que este domingo no podrás quedarte en la cama hasta que te dé la gana y luego bajar a tomarte un par de cervezas al bar de la esquina y hablar un rato de fútbol. En lugar de eso pasarás el día tragando de mala gana los chorizos típicos del pueblo de tus cuñados. Él se te acercará en un momento dado y te llevará al garaje para que veas su nuevo coche. Y justo después te preguntará qué tal te va en el trabajo y escurrirás el bulto a sabiendas de que hace ya mucho tiempo que se nota demasiado que lo haces. Entonces buscarás un poco de paz echándote en una de esas tumbonas de mimbre que tantotantotanto le gustan a tu mujer. Y antes de fingir que te has quedado dormido abrirás una cerveza helada de importación que habrás cogido del supercongelador que tienen en la cocina. Pero será oírse el sshupps y materializarse tu mujer a tu lado, que se reclinará hasta poner los labios a la altura de tu oreja y te dirá bajito pero no lo bastante bajito que no te pases con la bebida. Y luego te dará una palmadita en la barriga. Esa barriga pesada como un ancla que te mantiene varado en un sitio al que no recuerdas haber querido llegar nunca.

Como este puto atasco de todas las tardes. Además hoy el tráfico avanza aún más lento que de costumbre. Más tiempo del habitual para mirar a tu alrededor por mucho que no quieras. Qué otra cosa se puede hacer en un embotellamiento. Oír la radio y mirar por la ventanilla. Toda esa gente. Cientos de situaciones calcadas a la tuya. Mínimas variaciones de una misma realidad. Lo sabes. Observas los ceños fruncidos y las mandíbulas apretadas, y lo sabes. Por eso te da igual lo que piensen al verte lanzar el móvil contra el salpicadero. Seguro que todos ellos han hecho, están haciendo o van a hacer en lo que queda de día una llamada similar. Una llamada para desahogarse un poco. Una llamada injusta, sí, pero necesaria. Lo malo es que ella no te coge el teléfono. Te la imaginas en la peluquería, leyendo esas revistas de mierda y criticándote con la peluquera. Entonces a través de los cristales de los coches de delante aparecen unos resplandores naranjas y azules. Se reflejan en los techos metalizados y en los guardarraíles que te señalan el buen camino. Bajas la ventanilla y te llega el sonido de sirenas y los pitos de los agentes de tráfico. Algún imbécil se ha comido al de delante. Al poco la marabunta rodante empieza a hacerse a la izquierda de la calzada. Te ves arrastrado por la corriente y sientes que así ha sido y será siempre. Y unos metros más allá empiezas a vislumbrar el escenario de lo que ha pasado. Un volkswagen  rojo empotrado contra el culo de un trailer. Se lo ha comido pero bien. La mitad delantera del coche ha desaparecido bajo el container. Eso o se ha replegado hasta no ocupar más que unos cuantos centímetros. Un Volkwagen rojo y viejo. Matrícula 9?2? CV. Y ese tapacubos tirado en medio de la calzada como un diminuto ovni siniestro. Totalmente manchado de grasa y aceite, pero estás seguro de que idéntico a los que hace trece años fuisteis a comprar juntos para darle un toque más moderno al Polo que os acababais de comprar. Y a través del hueco informe que se abre donde debía estar la puerta trasera izquierda el trasnochado tapizado de pata de gallo, desgarrado, la espuma color crema asomando aquí y allí. Exactamente igual que quedó la última vez que fuisteis a una de esas jodidas barbacoas familiares y el perro de tu cuñado se dedicó a entrenar sus mandíbulas en él.

No sientes ganas de vomitar. No tienes ganas de llorar. No sabes lo que sientes. Tal vez la aterradora sospecha de que todo el dolor, la angustia, la tristeza y la frustración de los que tanto te quejas no son nada comparado con lo que te espera en cuanto apagues el contacto, abras la puerta y te abras paso entre el tráfico hacia la tumba de tu mujer. Absurdamente te planteas qué le vas a decir al primer poli que te salga el paso. ¿La que está ahí es mi mujer, agente, como en las películas malas?

Estás abriendo la puerta cuando te suena el móvil. En la pantalla pone que es ella pero no puede ser. Lo coges y su voz te dice Cariño pero no puede ser su voz. Entonces te dice:

-Oye, acuérdate de revisar el agua y el aceite, que ya sabes que el domingo nos vamos a casa de mi hermana.

-No te preocupes –contestas con una voz que es como si oyeras desde fuera, como si fuera de otro.

-Bueno, te dejo, que me van a poner las mechas.

Y cuelga. Y cuelgas. Y notas una humedad creciente en la barriga. Miras hacia abajo y, como en un plano cenital, ves caer tus propias lágrimas sobre el polo que te pones los viernes para ir a trabajar. También ellas te parecen las de algún otro. Al fin y al cabo estás llorando, y no sabes muy bien por qué. 

22
sep
09

Cita con gorro verde

Llegó unos minutos antes de lo previsto. Se sentó en el escalón de cemento que bordeaba el estanque de los patos. Así habían quedado. Desde donde estaba podía ver el campo de fútbol unos cientos de metros más allá. El lugar en el que dentro de un rato disfrutaría de un espectáculo deportivo mientras en la otra punta de la ciudad ocurrían cosas sucias. Es lo que estaba pensando cuando las torres de iluminación fueron encendiéndose una a una hasta envolver el estadio en una nube de luz parecida a un hongo nuclear. Llevaba puesto un gorro verde. Eso también estaba hablado. Lo había comprado un rato antes, de camino a la cita. Le había dicho al dependiente de la tienda que quería un gorro verde. De lana, de punto, impermeable, tal vez con orejeras, con una borla en lo alto… Es lo que había querido saber el vendedor.

-Simplemente un gorro verde, me importa una mierda de qué esté hecho -había contestado.

-Como quiera.

Pero se arrepentía. Finalmente se había llevado uno de lana y era otoño y el otoño siempre era suave en esa ciudad. Y ahora se sentía ridículo y más pringoso de lo habitual sentado al borde del estanque viendo a toda esa gente en pantalón corto y manga corta haciendo footing por el parque. Era gente sana, radiadores de bienestar que por razones incomprensibles se sentían de maravilla dedicando un rato a mantener la línea después de una jornada laboral tan asquerosa como la de todo el mundo. Le bastaba con fijarse en sus expresiones esforzadas pero realizadas para darse cuenta de ello. Personas tan sanas y tan armoniosas que, a pesar de tener cuatro extremidades y dos ojos en la cara, de repente le parecían totalmente ajenas a él. Casi como de otra especie animal. Porque, por ejemplo, ellos miraban el reloj para controlar su ritmo de carrera, su ritmo cardíaco, la distancia recorrida, las calorías quemadas y otras cosas así de saludables; y él lo miraba cada treinta segundos calculando el tiempo que le faltaba para convirtirse en un monstruo.

Así que se sentía a años luz del equilibrio y la paz que notaba en cuantos se movían a su alrededor. Y todo por culpa del puto García. Un hombre vulgar con un nombre vulgar que había conseguido llevarle hasta donde se encontraba, esperando a un desconocido al borde del estanque de los patos, con miedo y con vergüenza y con el culo mojado. Se sentía, sí, ridículo, pero también malvado, o más bien siniestro, puede que hasta peligroso. Él, que nunca se había planteado que tal vez fuera una mala persona… Ahora no encontraba la palabra precisa para aunar todas las sensaciones que le pasaban por la cabeza, justo bajo su gorro absurdo y extemporáneo, al observar a todos los que pasaban a su lado correteando o saltando y sin otra preocupación en sus vidas que la de mantenerse en forma. Los odiaba. Odiaba la placidez que desprendían, su insultante despreocupación. Porque él sabía muy bien que nadie con problemas de verdad pierde tiempo en comprarse, ponerse y después lavar y planchar y volver a ponerse ropa deportiva para ensuciarla otra vez al día siguiente. Cuando estás realmente jodido no importa la barriga ni el pelo que se cae. Eso pensó, y le pareció que podría quedar bien en la página de un libro o en un sobrecito de azúcar. Pero en seguida dejó de divagar y volvió a lo importante. Y lo importante era que odiaba a todos esos corredores que hacían jruash jruash al trotar por la gravilla del parque y a los pseudoatletas que estiraban los abductores apoyándose en el respaldo de los bancos. Y que odiaba a muerte a los que practicaban la postura del loto en el césped buscando encauzar, equilibrar o potenciar su chi. Y, sobre todo, que ese odio daba un salto de calidad, intensidad y profundidad y se convertía en algo insoportable y aterrador -algo que le desgarraba la boca del estómago y le comprimía los pulmones y hacía que sus dientes mordieran hasta la sangre su labio inferior- cuando las miraba a ellas. A todas esas mujeres, jóvenes, maduras, algunas aún casi niñas, decididamente viejas otras, que pasaban sudando dentro de sus shorts ceñidos. Cuando las miraba y no podía evitar compararlas con la suya. Todas vencían la balanza hacia su lado. Todas, hasta las que eran más feas, más viejas, más gordas. Desde la primera hasta la última se imponían en la comparación por la sencilla razón de que no eran ella.

Y todo por culpa de García. Había llegado a la oficina sólo un par de meses atrás y ya se creía el puto amo. Peor aún: ya era el puto amo. Porque era el que le había quitado el ascenso por el que había trabajado durante diez años. El que ahora se iba de copas con el jefe después del trabajo. El que de golpe había acaparado las miradas de las secretarias trepas que antes se le insuanaban a él. El que ahora le tocaba los cojones cada tarde justo antes de salir de la empresa pidiéndole informes que estuvieran listos a primera hora de la mañana siguiente. Pero, por encima de todas las cosas, era el motivo de que ella se quejara continuamente. Por no poder barnizar las puertas. Por no hacer ese viaje de fin de semana a la playa. Por las constantes averías del coche. Y porque estaba segura de que en casa de García las puertas y las ventanas brillaban cegadoramente bajo su capa de laca protectora, lo cual hacía que su llegada a casa el domingo por la noche después de coger su flamante coche e irse a pasar un par de días en la costa fuera increíblemente agradable.

Siguió esperando sentado, prácticamente sin mover un músculo, con la mano derecha metida en el bolsillo de la americana. Estaba muy quieto, pero sudaba igual o más que los atletas urbanos que iban y venían. Percibía el líquido condensándose en sus sienes. Jodido gorro, pensó. Pero en realidad sabía que la razón era que estaba nervioso. El crujido que emitió el sobre que llevaba en el bolsillo al arrugarse bajo la presión de sus dedos resudados se lo corroboró. Tengo que tranquilizarme, se dijo, todo va a salir bien. Mañana recuperaré el control de mi vida. Y empezaré de nuevo. Una nueva oportunidad para alcanzar el lugar que merezco. Quizá esta vez no fracase. No, no la cagaré esta vez. Y se repitió Todo va a salir bien, todo va a salir bien hasta que reparó en que llevaba unos segundos diciéndolo en voz alta. Cuatro o cinco tipos pasaron a su lado vestidos con camisetas de fútbol y se le quedaron mirando. Tenían pinta de estúpidos, pero le asustó la posibilidad de que alguno de ellos no lo fuera del todo. Le asustó que un imbécil que salía a la calle con el uniforme y la bufanda de su equipo pudiera llegar a ser el responsable de que acabara en la cárcel. Que le reconociera cuando sin duda su foto saliera en los periódicos o en esos programas de tragedias y como buen ciudadano acudiera a la poli a decir Ya sabe, probablemente sea una tontería, el tipo no estaba haciendo nada malo ahí, en el estanque de los patos, pero repetía como ido que todo iba a salir bien y, no sé, no me dio buena espina. De manera que sonrió a los forofos como un gilipollas más y estuvo a punto de decirles Ánimo, chicos, que hoy machacamos a esos cabrones. Y eso que a él ni siquiera le gustaba demasiado el fútbol. Simplemente iba de vez en cuando a algún partido. A los partidos importantes. Por salir un rato de casa, más que nada. Y el partido de esa noche era de Champions. Una buena oportunidad para poner en marcha el plan. Tendría coartada para un par de horas. Lo único que tenía que hacer era sentarse en las gradas y procurar que alguno de los espectadores se quedara con su cara. Derramarle en los pantalones un poco de Coca-Cola, confundirse premeditadamente de asiento, quizá hasta provocar algún pequeño enfrentamiento. No parecía muy difícil. Además, si llegaba el momento en que alguien necesitara algo más que las declaraciones de unos cuantos testigos seguro que en el estadio tenían un buen montón de cámaras que le habrían grabado entrando, saliendo, meando o celebrando un gol. No, no tenía de qué preocuparse, se dijo mientras se quitaba el gorro y lo dejaba un momento en el cemento para arreglarse el pelo húmedo y apelmazado.

-Aunque ahora no lo llevas puesto, supongo que tú eres el del gorro verde -dijo entonces una voz a su lado.

Era una voz suave, muy joven, al igual que el hombre al que vio cuando levantó la vista con el corazón a punto de estallarle. Por alguna razón había imaginado que el sicario con quien le habían puesto en contacto sería un tipo de aspecto feroz. Alguien terrorífico que hacía cosas terroríficas. Pero lo que tenía ante sí era un chaval enclenque, casi un crío, sin atisbo de barba, a quien no le pegaban en absoluto el traje negro y la corbata fina con los que le habían dicho que siempre acudía a sus citas. Influencia de las películas de matones, pensó pero no se atrevió a decir. Y, además, le importaba una mierda. Sólo quería que fuese discreto y efectivo, y aquella noche de borrachera en aquel bar de aquella ciudad del norte le habían asegurado que no encontraría a nadie mejor para hacer el trabajo aunque se empeñara en recorrer el país de punta a punta.

-Sí, soy yo -contestó levantándose, intentando parecer tranquilo pero poniéndose el gorro con manos temblorosas.

-No lo alarguemos más de lo necesario.

-Muy bien.

Sacó el sobre del bolsillo y se lo tendió al chaval mientras echaba una mirada claramente asustada alrededor.

-Tranquilízate -le dijo el asesino con una voz que ya no parecía tan suave.

-Lo siento, tienes razón. Ahí tienes el dinero, cuéntalo si quieres -dijo con la extraña sensación de saber que de ahora en adelante esa frase le erizaría el pelo cuando la oyera en una película. – También está la copia de la llave. ¿Qué harás luego con ella? Tírala a una alcantarilla, fúndela, no sé, quizá…

-Te he dicho que te tranquilices. No voy a contar el dinero porque si intentas joderme iré a por ti y lo recuperaré con creces. Eso y saber poner la cara apropiada si te toca hablar con la prensa o cuando asistas al entierro es lo único que tiene que preocuparte ahora.

Y eso fue todo lo que se dijeron. El chaval se fue con el sobre en la mano. Andaba despacio, con la cabeza ligeramente levantada. Como quien pasea disfrutando de una buena noche. Y él se quedó allí, viéndole alejarse. Luego tiró el gorro al estanque y contempló cómo se hundía. Pensó en su mujer y en sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de casa. Pensó en García y en su mujer y sus hijos. En lo que estarían haciendo al otro lado de la puerta de su casa. Y supuso que hasta esa noche sus vidas, al fin y al cabo, no habían sido tan diferentes. Y luego entró en el estadio y vio ganar a su equipo, contra todo pronóstico.

16
jul
09

13 de julio

Me levanté y sin siquiera tener que mirar por la ventana supe que era una mañana igual de mierdosa que las demás. Pleno verano, un calor de muerte cuando todavía no eran las nueve y tenía que estudiar. Quería escribir pero tenía que estudiar para intentar conseguir un trabajo fijo y calmar a la gente de mi alrededor y supongo que calmarme a mí de paso. Así que cogí los libros y me senté todavía en calzoncillos y empecé a leer una vez más las cosas aburridas que llevaba años leyendo. Pasé y repasé decenas de páginas que ya había pasado y repasado mil veces y subrayé alguna nueva palabra y escribí un par de comentarios al margen sólo para que no todo fuera leer cosas gastadas. Y cuando se hizo la hora de comer me puse los pantalones y bajé al bar de la esquina a tomarme un café rápido pero en lugar de eso ocurrió lo de últimamente y me pedí un tercio rápido y luego otro más rápido y procuré alejarme un poco. Pensé en ponerme a hablar con algún camarero pero era hora punta en el bar. Cuadrillas de obreros con camisetas sin mangas y axilas sucias tenían 30 minutos para comerse el menú del día y querían que les sirvieran sus filetes y sus tintos de verano de inmediato, de manera que los camareros ya tenían bastante con sudar llevando y trayendo platos calientes de un lado a otro como si les fuera la vida en ello. Quizá así fuera. Y el que se encargaba de la barra tenía ojos de sapo muerto y el pelo, todo el pelo, el de la cabeza, el de las cejas y hasta el del pecho teñido de un horrible tono marrón chocolate que me hacía imposible mirarle durante más de dos segundos. Total, que lo de intimar con los empleados para ver si algún día caía alguna cerveza gratis estaba difícil. Y en realidad tampoco me apetecía demasiado soportar -seguro- las quejas de un hostelero cincuentón. Oírle hablar del pueblo en que nació, de que esta ciudad no le gusta, de que los dirigentes de su equipo de fútbol son unos sinvergüenzas y de lo jodido que es levantarse a las 5:30 cuando te toca el primer turno en el bar. Tenía bastante con lo mío, así que casi mejor que nadie me dirigiera la palabra. Me puse a contar las botellas de alcohol expuestas en las estanterías que se extendían a lo largo y alto de la pared de detrás de la barra. 218. Conté las que había probado o creía recordar que había probado. 23. Y me sentí mal al admitir que tampoco en esa materia era nada del otro mundo. Y luego conté el dinero que llevaba en el bolsillo y me alivió ligeramente comprobar que tenía para otras dos cervezas. Aún podía quedarme un rato allí, en medio de un aire acondicionado no lo bastante potente como para impedir que el frío condensado en el vidrio naranja se convirtiera en gotas sobre la barra. Aún podía estar unos minutos más a salvo de mi vida aunque fuera a costa de observar otras que tampoco eran gran cosa. Entonces entró en el bar una chica calva o rapada, yo diría que calva, que llevaba botas militares, unas mallas rojas rotas por todas partes y una cazadora de motero tres o cuatro tallas mayor que la suya. Se sentó en el taburete de al lado y pidió una ración de caracoles y un gin-tonic. Y se puso a hablar sola. Decía tacos y se reía a carcajadas, eso era básicamente lo que hacía. Sólo estuvo callada el par de minutos que le llevó acabar con los caracoles. Después se limpió las manos en las mallas, pidió otra copa y siguió maldiciendo y riéndose burlonamente de todo cuanto sus ojos enfocaban, incluido yo. Se me ocurrieron varias explicaciones para la conducta de la chica. Al final me quedé con dos. Era una enferma terminal de leucemia que había decidido pasar del tratamiento y vivir lo que le quedara al margen de cualquier convención social o bien unos meses antes yendo con su novio a una concentración de Harley’s habían tenido un accidente y sólo ella estaba aquí para lamentarlo. Al cabo de unos minutos preguntó sin dejar de reírse dónde estaba el servicio. Tenía que pasar por detrás de mí para dirigirse allí y cuando lo hizo temí que me diera una puñalada o al menos un golpetazo en la nuca. Pero a mi espalda no pasó nada más que su carcajada sucia a pesar de oler a hierbabuena. Decidí no concederle una segunda oportunidad para matarme. Pagué y salí al sol y se me revolvieron las tripas por el calor y por el hecho de estar acercándome otra vez a mi vida, al cuartito, a los libros, a un futuro oscuro, a toda esa nada. Y ya no me parecía tan insoportable el tinte del camarero ni la risa de la loca.

05
jun
09

Todo está conectado

Dejé de ir a trabajar una mañana como cualquier otra. No fue algo premeditado. Había pasado un mes y creía o quería creer que estaba un poco mejor. Que todo estaba un poco mejor. Así que volvía a esperar el bus en la parada igual que tantas veces. Pero cuando vi el 8 acercarse rojo muy rojo y enorme no tuve valor para meterme en sus tripas. De pronto las imaginé oscurísimas y silenciosas y forradas de imitación de seda verde oliva o granate. Siniestras. Ahora supongo que en el fondo sabía que aquélla no era una mañana como cualquier otra. Y también supongo que me resistía a aceptarlo. Quería que la vida y sus cosas siguieran su curso habitual como si nada. Volver al trabajo y ver a los compañeros y al camarero del bar donde almorzaba con el resto de la cuadrilla. Hundir de nuevo la cabeza en los ruidos de la fábrica y de lo de fuera de la fábrica y dejar de oírme a mí y a mí. Atender a las voces familiares o de cualquiera que se cruza en la calle diciendo alguna estupidez o lo más sabio jamás pronunciado. Percibir los olores y los colores. Reaccionar ante las preocupaciones del mundo de siempre. Recordar las fechas significativas. Alegrarme cuando mi equipo ganara. Intentar cambiar de vida jugando a la primitiva. Molestarme en mirar el buzón al regresar a casa. Prestar atención al pronóstico del tiempo. Comprender otra vez el sentido y la utilidad de las luces de los semáforos. Dar los buenos días a mi familia. Limpiar la taza del váter. Quería volver a hacer todas esas cosas que te diferencian de los animales o de los muertos. Pero me quedé inmóvil bajo la marquesina y dejé que el autobús pasara de largo mientras yo recitaba por primera vez en mi vida una oración o al menos lo más parecido a una oración que me cruzó por la cabeza. Recordé el entierro. Recordé todos los entierros a los que había asistido. Y pasó ante mis ojos una película llena de fotogramas llenos de apergaminados labios de curas pronunciando palabras de consuelo que sin embargo sólo consiguieron darme miedo y pena y ganas de vomitar o de cortarme las venas. Y aun así repetí esas frases mágicas mentalmente viendo alejarse el 8. Sintiéndome en deuda con él. Sintiendo que le debía la vida. Sacando de algún sitio la esperanza de que de verdad tuvieran el poder de levantar a Lázaro. Pero el bus desapareció al doblar la esquina sin que nada hubiera cambiado. Y supe que el 8 se había ido para siempre. Que ya no volvería. Ni daría lugar al 9 y al 10 y etcétera. Y que aquélla no era una mañana como cualquiera. Que era la primera de mi nueva vida. Sucedáneo de vida. Una nueva era horrible y cargada de dolor y que por supuesto se haría demasiado larga. Un simulacro de existencia en el que el 8 sería un símbolo maldito. La hora a la que sería imposible dormirse o despertarse. No poder volver a ver la peli de Fellini. La nota que el otro crío que ya siempre sería sólo el otro crío no me podría traer nunca escrita en un examen para que se la firmara. Porque El Crío que monopoliza mi pensamiento se murió a los ocho. Un domingo mientras yo veía el fútbol por la tele. Así que ahí en la parada como un gilipollas supe que también iba a tener que odiar a los futbolistas que lucieran ese número y el fútbol en su conjunto. Desde las superestrellas del balón hasta los niños que cosen para Nike en el sudeste asiático. Y el rastro que montan los domingos en el centro. Las parrilladas en el campo. Los suplementos dominicales. Y las tiendas que fingen preocuparse por ti poniendo carteles indicando que abren ese puto día y todos los festivos. Odiar a muerte la pasta italiana y a Berlusconi y cualquier cosa, persona y animal relacionada con ese país. Porque estábamos empezando a preparar los tallarines. Aún éramos cuatro en la cocina. El telefonillo sonó. Alguien insignificante pero cuya muerte deseo con todas mis fuerzas se había ido a pasar el domingo a su caseta de campo y nos traía naranjas o melocotones o alguna de esas cosas dulces de colores que ya no puedo probar. Dijo que tenía el coche aparcado en doble fila así que ella y el otro crío bajaron a recoger el detalle. Y yo me acerqué al comedor para ver los últimos minutos del partido. Se nos olvidó. Son cosas que pasan, supongo. Cosas que pasan que no deberían pasar. Se nos olvidó durante medio minuto y fue tiempo más que suficiente para que el agua hirviendo en el cazo acabara sobre la pequeña cabeza. Gritó un momento. Luego ya no pudo. Tenía la cara derretida y su boca ya no era una boca. Los labios pegados el uno al otro. Fundidos. Derretidos. Como el resto de su cara. Y ese cráneo desollado que parecía una manzana asada absurdamente recubirta de tallarines incandescentes. También detesto las manzanas asadas, claro. Y las ferias ambulantes llenas de luces y música y otros niños divirtiéndose. También los odio. Todo está conectado.

08
may
09

Más problemas de empatía

A veces tienes instantes de lucidez y por ejemplo te das cuenta de que eso de salir a la calle a caminar sin rumbo puede ser síntoma de que las cosas no van demasiado bien. Por eso decides aceptar por una vez la invitación que cada lunes te llega por email. El partidito semanal de tus amigos. No se cansan de incluirte en la convocatoria, aunque hace meses o años que dejaste de hacer el menor ejercicio. El simple acto de subir las escaleras del portal o agacharte a atarte los cordones te agota. Por las mañanas vomitas en el fregadero tu desayuno de café y cigarro y sales a toda prisa hacia el trabajo. Y en cuanto acabas vuelves a patear por las aceras. Fumas y escupes cosas rojas o marrones o verdes o de todos esos colores mezclados y ya que agachas la cabeza te fijas en los chicles resecos que motean el pavimento. Pegatinas de la grúa. Mierdas de perro y zapatos relucientes, camales ben planchados y medias finas pasando apresurados junto a ellas. O a lo mejor tus pies te hacen el favor de hacerte pasar junto a uno de esos frondosos jardines que los chinos montan a las puertas de sus comercios y dedicas unos segundos a contemplarlo, respirando su perfume de geranio urbano. En fin, andas y andas como cualquier otro ocioso prejubilado o desempleado o, como tú, con un curro de media jornada de lo más precario. Poco dinero, mucho tragar mierda. Hoy tienes que aguantar demasiadas gilipolleces sólo para poder pagarte el techo, los pantalones y las sopas de sobre. Y mañana será lo mismo. Quizá por pensamientos como ése al cabo siempre te cansas de andar y te metes en algún bar y luego en unos cuantos más hasta que la noche avanza y se convierte en madrugada y los camareros se tienen que llevar sus vidas de mierda a descansar. No es un espectáculo bonito de ver. Algunas noches puede resultarte reconfortante eso de sentir que empatizas con las ojeras negras del tipo que te sirve el alcohol. Con su mirada reptiliana, lenta y forrada de sangre fría que te observa como queriendo darte la oportunidad de parecer alguien más o menos agradable. Apreciar el mérito del sudor agrio del camarero y de las manchas grasientas de su camisa y del espasmo de dolor que le sube desde la espalda a la cara cuando coloca las sillas sobre las mesas. Y que él comprenda que tú eres otro pobre cabrón y a lo mejor te diga que a la última estás invitado. Pero lo normal es que no se dé tal feeling. Lo normal es que hasta alguien que probablemente está tan hasta los cojones como tú acabe pidiéntote que cierres la boca y liquides de una puta vez tu copa. Así que a lo mejor hoy te viene bien sudar un poco dándole al balón en lugar de pasar la tarde y la noche andando en espiral por el barrio. Sentándote de cuando en cuando en los bancos de los parques, en las paradas de autobús, en los tranquillos de los portales. En los taburetes de los bares más cutres junto a los viejos borrachines que se dejan caer en ellos y se quedan ahí como animales muertos o medio muertos, mirando de tanto en tanto el reloj de la pared. Y te plantas en el polideportivo a la hora convenida. Están todos. A unos cuantos los ves los fines de semana. Son los que dos días a la semana te acompañan cuando te emborrachas. O tú a ellos. Da igual. Son, en definitiva, los que todavía se parecen a ti, aunque sólo sea a grandes y difusos rasgos. Los otros han cambiado demasiado de un tiempo a esta parte. Desde que sólo hablan de ascensos, hipotecas e hijos hasta te cuesta recordar en qué momento se convirtieron en tus amigos. Por qué sigues considerándolos tus amigos. Pero, bueno, algo en tu interior te dice que aún los quieres. Además, si te muestras simpático quizá puedas sacarle un poco de pasta a alguno al acabar el partido, durante la confraternización del vestuario, cuando tengan cuerpo y mente atontados por el ejercicio. Por eso procuras poner buena cara cuando entras en la pista y alguien se ríe y te suelta que tires el cigarrillo de una puta vez y se ríe otra vez más fuerte y con más gente. Y comprendes en un momento menos doloroso de lo que habías temido que hace mucho tiempo que tu sitio está en otra parte o en ninguna, pero desde luego no en un pabellón deportivo con gente sana y decente y que, a fin de cuentas, ya está salvada. Pero aun así haces caso y apagas el cigarro y te quedas ahí en el medio del parqué con las manos incómodamente libres. Las manos y los pies y todo lo demás. Ahí en medio, en pantalones cortos, dando pequeños saltitos, fexionando las rodillas, desentumeciendo las caderas como si estuvieras bailando un hula-hop. Sintiéndote un gilipollas. Como cada mañana cuando llegas al trabajo de mierda que la última ETT haya tenido a bien proporcionarte. Como cuando tu madre te llama para preguntarte si has comido bien. O como cuando intentas hablar con una gafapasta en cualquier garito. Da igual lo cretina que sea toda esa gente, amigos, familia, amores o simples seres sexualmente atractivos. Al final siempre eres tú el que se siente un imbécil al interactuar con ellos.

12
abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.

26
nov
08

Problemas de empatía… qué coño

El otro día el perro de mi jefe se muere y el cabrón acaba deciéndome que no empatizo. Puede. Pero es que hace unos años mi cuñada intentó matarme con una aguja de ésas que se utilizan para hacer peucos o guantecitos de lana. Puede, también, que todo venga de aquello. Lo que pasa es que intento no plantearme el porqué de las cosas. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque son las siete de la mañana y Lucrecia o Lupita o algo así -nunca lo he tenido muy claro- llama a la puerta y eso significa que en teoría puedo desentenderme durante unas horas. Desconectar, suelen llamarlo. Así que como cada lunes, martes, miércoles, jueves, viernes le dejo a Lucrita quince euros sobre la mesa de la cocina. Para el taxi. Y cierro la puerta con cuidado para no despertarle y conduzco rumbo al trabajo unos tres cuartos de hora, minuto arriba o abajo en función de la suerte con los semáforos. Y mientras el sol naciente inunda el paisaje rodante de una luz color zumo de limón oigo hablar a vehementes tertulianos en la radio del coche. Parece que están muy seguros de lo que dicen, que tienen muy claro el funcionamiento del orden mundial. Y me extraña, porque yo ya no entiendo nada. Ya ni siquiera sé si prefiero llegar pronto o llegar tarde a la oficina o simplemente empotrarme contra una farola y no llegar jamás. Desconectar, en la práctica. Lo que pasa es que intento no plantearme en qué se está convirtiendo mi vida. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque cuando quiero darme cuenta estoy subiendo al trabajo en el ascensor mirando sin sorpresa el reflejo de mi decadencia a la luz de los halógenos de baja intensidad y alto ahorro energético, llenándome los pulmones de un aire que huele a metal pulido y a cristasol y a muchas otras cosas ajenas a la naturaleza humana.

Contraté a Lupecia a través de un papel plagado de faltas de ortografía que vi pegado en una parada de autobús. Lo primero que me contó durante el simulacro de entrevista al que le sometí sólo para tener la mente ocupada un rato fue que en Sudamérica había dejado una hija preadolescente embarazada y un hijo pandillero y otros dos enterrados. Y que se había venido a Europa porque quería que los miembros de su familia que aún respiraban tuvieran un abanico más amplio de posibilidades para cagarla. Su ilusión era ofrecerles algo mejor. A ellos y a sí misma. Ya estaba cansada de pasarlo mal, concluyó. Encomiables intenciones, algo muy conmovedor si te lo cuenta una señora demacrada y mal vestida sentada en tu sillón, con humedad en los ojos y un potente aliento a vino barato forrando cada una de sus palabras. Aunque, la verdad, supongo que tampoco con ella empaticé. Sin embargo, me pareció una buena mujer a la que le quedaba bastante que aprender de la vida en el primer mundo, así que le dije que sí y acordamos un más que digno salario en negro. De esto hace ya un par de años. El mes pasado Lupita se marchó por diez días a su tierra para asistir al entierro de su joven ñeta o lo que fuera, y aún no ha regresado. Yo mismo la llevé al aeropuerto y le pagué el billete para generarle cierto sentimiento de deuda para conmigo. Para que no me dejara tirado. Cuando por fin dijo adiós comprobé que su boca olía a alcohol mucho más intensamente que el día que la conocí. Puede que nunca hubiera dejado de beber, no lo sé. Lo que puedo asegurar es que en ningún momento desde que le dieron la noticia por teléfono se tomó la libertad de mostrarse demasiado dramática en mi presencia. No me dio detalles, ni yo le di el pésame, ni me agradeció nada. A lo mejor es que ya había aprendido algo gracias a mí. Por ejemplo, a consolarse ella sola pensando que la ropa con la que al día siguiente metería a su hijo en el ataúd sería mejor que la que habría lucido antes de que ella decidiera prosperar al otro lado del Atántico. Y que con lo que había ahorrado trabajando en mi casa podría emborracharse muy lujosamente en su país hasta que el hígado le reventara, y olvidarse de que al fin y al cabo puso seis mil kilómetros de por medio con lo que le importaba. Y creerse un poco feliz hasta que el efecto de la anestesia se evapore.

Cuando llego a la oficina digo hola y nadie me contesta o al revés. Saco del cajón el botecito de las chinchetas y lo vacío sobre mi silla con cuidado de que todas las puntas oscuras queden orientadas hacia el cielo que debe haber muchos kilómetros por encima de estos neones. Y luego me dejo caer sobre el asiento sin hacer el menor esfuerzo por frenar el efecto de la gravitación universal sobre mi cuerpo. Decenas de pinchos se me quedan clavados pero muy pocos logran atravesar la costra que recubre la parte de atrás de mis muslos después de repetir esta acción a diario durante meses y meses. Así que hace tiempo que no me tengo que preocupar de ponerme pantalones oscuros. Tengo que preocuparme de cosas mucho más dolorosas, más difíciles. Por ejemplo, mantenerme detrás de mi mesa cuando mi jefe se planta al otro lado y me dice casi sollozando que sigue triste por la muerte de su perro. Lleva una foto del animal bajo el brazo y le echa un vistazo cada cinco segundos sin que deje de temblarle la barbilla. Yo tengo una sobre mi escritorio, de cuando tenía sentido que los dos y más gente nos fuéramos a hacer una parrillada en el monte, pero jamás me ha preguntado quién es el de la imagen. Me parece increíble no saltar sobre él y graparle la boca y los párpados. En lugar de eso concentro mis fuerzas en alzar un poco la cabeza y decirle Tranquilo, sólo es un perro. Y él me suelta con odio que no empatizo. Que no me implico en la empresa, ni con los compañeros ni con nadie. Miro el reloj que hay en la pared y calculo que me faltan siete horas y cuarenta y nueve minutos para salir de aquí. Y echo de menos lo bien que me sentaba el prozac al principio de todo esto. Y luego el cipramil y el dumirox y la cymbalta. Pero ahora necesitaría litros de fluoxetina para alcanzar el único descanso viable a estas alturas.

Porque cada vez que paso por delante de un contenedor de basura, o aunque no sea así, me acuerdo de que aquella noche habíamos estado bebiendo unas cervezas. En plan despedida de la buena vida. Mi hermano iba a ser padre en dos semanas y en adelante tendría ya pocas opciones de ver un partido de fútbol de mierda con los amigos. Lo pasamos bien hasta que mientras lo llevaba de vuelta a casa nos estrellamos contra un camión de basura que salió marcha atrás de un callejón. Cuando mi ex cuñada me vio por primera vez después de aquello quiso matarme con lo primero que encontró a mano. No se lo tengo en cuenta. Ni eso ni que haya rehecho su vida y sólo venga por nuestra casa una vez cada quince días. Ni siquiera sube a casa. Espera en el patio con la niña y yo bajo a recogerla. Pasa con nosotros un fin de semana de cada dos. Ella ya mira sin asomo de extrañeza cuando le curo a mi hermano las llagas del culo y le limpio el tubo del respirador mecánico. Es una buena cría. Muy lista. He conseguido que le llame papá. Y a mí hijoputa.

17
nov
08

Problemas de empatía

Censurado por la Autoridad Moral.

Os dejo los tags para que os montéis con ellos la historia que mejor os parezca.

29
oct
08

Al lado

Sábado por la mañana y aún tengo legañas cuando algo me nubla el cerebro y el día recién nacido y no sé por qué me da por pensar en la cena de esa noche y decido que debería cocinar yo, así que me voy a la carnicería que hay dos calles más abajo intentando recordar alguna de las recetas de ese tío de la tele. Compro el periódico de camino. El viejo del quiosco me habla un rato. De lo de siempre, del tiempo y de la inminente jornada de fútbol. Y sí, puede que hoy por fin el cielo esté despejado pero dice que le duele la rodilla izquierda y apuesta su vida a que el temporal no tardará mucho en volver. Tampoco se juega gran cosa; roza los ochenta y la dentadura postiza le baila dentro de la boca cuando pronuncia las eses. Me deshago de su cháchara al tercer intento y sigo caminando bajo un sol agradablemente tibio que hace que me sienta un poco mejor a cada paso. Consigo disipar el mal recuerdo de anoche mucho antes de llegar a la carnicería. Cuatro niños juegan al fútbol en la puerta de un garaje, y me quedo mirándolos un momento. Recibo un pelotazo accidental en plena cara pero no me importa demasiado porque estoy convencido de que las cosas están a punto de mejorar. Así que les devuelvo el balón con un toque sutil que sin embargo me produce una microrrotura fibrilar en la parte posterior del muslo izquierdo, pese a lo cual reanudo mi trayecto sin apenas dolor ni cojera visible pero pensando que hacer un poco de ejercicio me/nos sentaría bien. Justo sobre el letrero de la carnicería una pareja de jubilados acodada en la repisa mira la mañana con caras tan cercanas a la diversión como al tedio más profundo, pero decido que, sin duda, debe de tratarse de lo primero, porque de lo contrario estarían dentro de casa haciendo calceta o buscando las gafas de cerca para leer el prospecto de cualquier medicamento contra la hipertensión. Una vez en la tienda ese olor condensado a sangre fría/carne fría que siempre me ha dado asco me resulta de pronto acogedor y ni siquiera la visión de los brazos inhumanamente peludos del tipo de detrás del mostrador altera mi flamante fe en la posibilidad de la felicidad. Hay cierta inconsciencia en ella, es cierto. La que conlleva el saber que es ahora o nunca, que quizá mañana mismo sólo queden las ruinas de lo que hoy aún resiste en pie. Por eso dejo de divagar y me concentro en ser muy preciso al pedirle al carnicero que me ponga dos filetes o bistecs o chuletones o como coño se llame su producto estrella. Lo mejor que tenga. Lo más fresco y jugoso. Sin asomo de vetas nervudas ni grasa fea para la vista. Un par de pedazos de pura carne pura, uniforme y tersa y apetitosa hasta para el más recalcitrante de los vegetarianos. Y lo más simétricos posible, que queden muy bien uno al lado del otro. Un segundo antes de que ocurra presiento que el tipo va a soltar una de esas frases que el secundario de turno dice en las películas en situaciones de este tipo. Intuyo que va a decir Ah, parece que tiene usted una cena romántica… Y casi acierto porque lo único que cambia es que, claro, me habla de tú y sustituye la palabra Romántica por Íntima. Y automáticamente pienso en esos amigos a los que les puedes contar cualquier cosa y en productos para la higiene de las partes más sensibles. Pero la mayor parte de mis conexiones neuronales se esfuerzan por saber por qué lo ha dicho con esa medio sonrisa. Dejando escapar un soplido a través de sus fosas nasales. Y con la vista clavada en el taco de carne que está a punto de rebanar. No le contesto. Me limito a mirarle ahí plantado al otro lado del expositor refrigerado, tan de blanco y tan manchado de rojo y manejando con habilidad un cuchillo gigantesco que centellea como una espada láser cuando refleja los tristes neones blancos incrustados en el techo. Pero no quiero que se me dispare la imaginación. Es lo que siempre me dice, que me invento cosas que no vienen a cuento. Eso, y que le jodo la vida. Lo mejor va a ser coger el paquete de papel de estraza que me tiende el carnicero con la misma mueca de antes y preocuparme sólo de si vuelvo a casa directamente o paro a tomarme una cerveza en el bar de la esquina. Lo primero que oigo cuando entro es su voz. Habla por teléfono desde la salita. Tiene puesta la tele. Yo digo Hola pero es evidente que no me oye porque se sorprende y deja de reír cuando vuelve la cabeza y me ve al final del pasillo, con la carne enfriándome las manos. Termina la conversación diciendo cualquier frase anodina y no me pregunta cuánto tiempo llevo ahí escuchando. En realidad unos pocos segundos, pero tal vez los más importantes. Por eso no guardo la carne en la nevera sino que abro un armario de la cocina y la meto absurdamente en la olla a presión que nunca utilizamos. Por eso ni le respondo cuando por la tarde me dice Hasta luego, he quedado con mi hermana y sale por la puerta envuelta en disimulo de gloria. Pero miro por la ventana y cuando veo que se sube al bus que conduce al centro de la ciudad corro a por un taxi y le pido que pise a fondo hasta el hotel que le he oído mencionar cuando hablaba por teléfono. Le doy su nombre al tío de recepción y no me contesta que esa información es confidencial ni ninguna excusa por el estilo. Me dice Sí, tiene reservada la 313, pero aún no ha llegado. No importa, deme cualquiera de las habitaciones contiguas. Y el tipo obedece y antes de darme la llave me dice que serán sesenta euros. Joder. El cuarto huele a resudor, tiene desgastada la moqueta y las paredes están forradas de un papel grueso y medio despegado a la altura del techo y con dibujos de floreros en tonos chillones rojos y verdes. No es el mejor sitio para esperar a comprobar si lo que he oído por teléfono es lo que imagino o todavía cabe una explicación amable para todo esto. Por suerte estamos en Europa y la tele no funciona a base de monedas y la cama no es de agua y no existe la opción de ponerle un filtro rojo a la lámpara del techo. Eso haría la situación demasiado sórdida. Con todo, no me quito los zapatos ni la chaqueta cuando me dejo caer sobre el colchón. Por si me entran ganas de salir a toda prisa de la habitación. Estoy palpándome la rotura muscular que me hice esta mañana cuando oigo voces dos voces avanzando alegremente por el pasillo. No necesito acercarme a la puerta para identificar una de ellas. La otra me suena, pero no siento la urgencia de saber si mis sospechas son acertadas. Ni de oír lo que va a pasar al otro lado de la pared. Eso son sólo detalles que podré improvisar cuando quede con algún amigo y le cuente lo que para él será la última historia que me habré inventado. En fin, oigo que se meten en la habitación y salgo de la mía sin la precipitación ni la rabia ni la fuerza que había pensado que me invadirían. Al contrario, con cierta tranquilidad. Sintiéndome un poco más listo. Y ya en casa saco los dos filetes de su escondite en la olla y los meto poco a poco en el triturador de basura. Hay algo solemne en mi manera de sostenerlos entre las manos por última vez. Algo así como ese cuidado y respeto con que se trata a los cadáveres. Y pienso en los viejos de esta mañana, los de la ventana. Y comprendo que, sin duda, estaban hartos el uno del otro. Y que lo único que pasa es que siempre es mejor mirar hacia otra parte. Y se pone a llover.




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Iván Rojo Tales

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