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31
ene
11

En potencia

Creedme: lo del coche no es ninguna tontería.

Verlo brillar justo ahí y no saber si irse en él a cualquier parte o quedarse contemplándolo. Transformarlo en realidad o limitarse a cuidarlo. Conservarlo intacto, perfecto. Acariciarlo como se acaricia la potencialidad de las posibilidades. Tal vez encerarlo los domingos por la mañana aquí mismo, en la gasolinera, mientras decenas de familias paran a repostar combustible para seguir con sus vidas con ciertas garantías de progreso.

Así que apuro el cigarrillo y me planteo todo esto mientras los rodillos arrastran poco a poco mi coche hacia el sol pálido del invierno. Un perro sin collar se acerca con desgana trotona al surtidor número 3. Olisquea algo en su base. Por un momento se diría que va a levantar la pata pero no lo hace. Lo que levanta es la cabeza para mirar en dirección a mí. Puede que un perro me viniera bien. Calor animal. Pero enseguida comprendo que incluso sus ojos estúpidos me traspasan, que en realidad solo observan algo a mi espalda. Tengo la tentación de girarme, pero me contengo. Aguanto la mirada del perro con la esperanza de que me dedique algún gesto de reconocimiento, aunque sea de simple curiosidad. Entonces sacude el lomo y prosigue su camino hacia la nada con la misma indolencia con la que llegó. Y yo no hago otra cosa que seguir su escualidez con la mirada mientras me hundo más y más en mis dudas.

Por eso es posible que no caiga en la cuenta de la existencia de ese tipo hasta su quinto o sexto bocinazo. Asomado por la ventanilla de un todoterreno rojo hace gestos apremiantes con su rechoncho brazo izquierdo desde el otro extremo del túnel de lavado. Tardo unos segundos en percatarme de que van dirigidos a mí. Los segundos necesarios para darle la última calada al cigarro y para que el hombre decida bajarse del coche, dar unos pasos hacia mí y soltarme ¿Qué cojones haces? Muévelo de una puta vez. Observar que lleva el botón de los vaqueros desabrochado me llena de una repentina desolación. Y el hecho de que el triángulo de carne que queda a la vista entre sus pantalones y el primer botón de la camisa me recuerde a la textura rugosa y peluda de las cortezas de cerdo no ayuda precisamente a que me sienta mejor. Acércate más, pienso. Atrévete, atrévete, atrévete, me repito, y muevo los dedos dentro de mi bolsillo en busca de la llave más afilada. Quiero que desaparezca de mi vista. Le deseo la muerte. Como si fuera lo más natural del mundo, tal vez lo sea, deseo matarlo o al menos que se desplome ahí mismo. Que todo el colesterol de su cuerpo porcino se vuelva de pronto más inteligente y decida acumularse en el mismo punto de su sistema arterial.

Pero como el ritmo y la gravedad y todo lo aprendido empujan y empujan, en lugar de prolongar el desafío a ver si hay suerte la lógica se impone como en un fogonazo del inconsciente y casi sin darme cuenta me subo a mi Ibiza y arranco procurando no pensar demasiado en lo difícil que es elegir, por no hablar de elegir y acertar. De modo que meto primera deseando que esta vez la prisa y la corriente me lleven por el buen camino. Al fin y al cabo, supongo que lo recordaréis, me he tomado el día libre y dispongo de unas cuantas horas más de lo normal para equivocarme, rectificar y volver a fallar.

 

Que trabajar es una mierda lo sabe todo el mundo. Está claro que de vez en cuando tienes que tratar con gente que te dice que trabajar es necesario para mantenerte dentro del perímetro aceptado como natural y seguro por eso que llaman sociedad. Incluso hay quien emplea palabras como positivo, enriquecedor, digno o ennoblecedor para referirse a la jodienda de trabajar. Normalmente se trata de personas que han conseguido ser ese uno entre un millón que por alguna razón incomprensible siempre ha tenido muy claro su plan vital, y que además han conseguido ser ese uno entre mil millones que han alcanzado lo que siempre han deseado alcanzar en el terreno laboral. En la vida, por resumirlo. Pero, bueno, esa selecta minoría me la trae bastante floja. Por lo general se trata de profesionales liberales sin remordimientos a la hora de dar codazos en los dientes a cualquiera que se atreva a rivalizar con ellos en su carrera profesional o bien ejemplares de esa especie hedionda autodenominada El/La Artista que consideran que pintar un cuadro puede cambiar el mundo, y encima esperan que la humanidad entera se lo agradezca. En fin, gente que no sabe lo que es la vida real.

 

Pero, bueno, esto de empezar un extraño día libre lavando el coche por primera vez en años me ha despertado imágenes casi olvidadas. También es posible que haya lavado el coche porque por las noches me sobrevienen determinadas visiones, pero eso sería asunto del loquero al que nunca volveré. Sea como sea, tengo un buen recuerdo relacionado con un túnel de lavado. Unos diez años. Mi padre, mi hermano y yo dentro de un Opel Corsa atravesando despacio el torbellino azul y amarillo. Los tres callados mirando a través del cristal más próximo. Cada uno dedicado a sí mismo y a la vez a los demás. Un instante de comunicación no verbal al cubo. Como dentro de una burbuja de jabón industrial, espuma y colores giratorios, lejos de la tensión y los gritos y cosas por el estilo, imaginad lo que os dé la gana. En fin, un lugar seguro y tranquilo. Un oasis momentáneo. Un minuto de serenidad. Hasta el ruido de las cerdas al golpear la chapa me viene a la mente como algo agradable, acogedor.

Y quizá por eso me pongo a pensar en mi padre.

 

Después de aquel túnel de lavado las cosas siguieron su curso habitual durante demasiados años y con muy pocas burbujas en las que esconderse. Quiero decir que el paso del tiempo fue acentuado hasta la ruina el deterioro de lo importante, y lo cierto es que cuando se dio la situación de que la empresa donde trabajaba mi padre se fue a pique no le dediqué la menor preocupación a la nueva realidad. Obra del distanciamiento, imagino. Pero el caso es que mi padre tuvo que buscar soluciones y desde hace un par de años trabaja de camarero en un hotel de lujo de lunes a viernes en un pueblo costero que hay doscientos kilómetros hacia el sur. Justo hacia donde me doy cuenta de que estoy dirigiéndome. Nunca he ido a verlo desde que está allí. Me limito a comer con él los sábados en eso que llaman “casa de mis padres”, aceptar sin excepción, por supuesto, el dinero que me ofrece cuando mi madre no ronda cerca, y luego sin siquiera tomar el café desaparezco del mapa hasta la semana siguiente. Y así las cosas van más o menos bien. Ni tan solo le llamo por teléfono. Y ahora, mientras conduzco hacia el sur, esa certeza empieza a hacerme sentir mal. Eso de preferir sin excepción gastar mis últimos céntimos de saldo en llamar a alguna de esas que no me importan para ver si tomamos unas cervezas y acabamos follando en lugar de marcar el número de mi padre y preguntarle cómo está. Joder… Creo que la explicación reside en el miedo a los silencios. Y en el miedo a las palabras. Él acabaría la conversación mandándome un beso, un abrazo, lo que fuera, y no sé si sabría devolvérselo.

 

Me pongo nervioso y paro en un área de servicio. La cafetería está llena de gente. Me resulta raro. Un lunes a media mañana y tanta gente en movimiento. Tomándose un descanso con café y bollos, sí, pero en movimiento. Me siento en un taburete y le digo a la camarera que me ponga un orujo de hierbas con la esperanza de que un control de carreteras e impida llegar a mi destino. La tipa no me oye o finge no oírme. Probablemente esto último porque está escribiendo un sms de espaldas a la ventanita en la pared por la que con una frecuencia tiránica se asoma el cocinero, también jefe a juzgar por el modo en el que mira el bar. Está bastante bien. Me refiero a la chica, claro. Así que decido tocarle un poco los cojones. Levanto la voz de manera considerable y repito mi pedido. Ella gira un poco el cuello y me dedica una cara de perdonavidas. Pero al instante se le ablanda el gesto y viene directa hacia mí con la que a lo mejor es la mejor de sus sonrisas. Me asusto un poco, me yergo en el taburete. Me dice:

-¿Nos conocemos de algo?

-Creo que no.

-Sí, sí… Yo a ti te conozco.

Otra loca, pienso. Digo:

-Seguro que no. El orujo, por favor.

-Tú eres amigo de Equis.

Sí, lo era. Le digo:

-No conozco a ningún Equis. El orujo.

-¡Claro que sí! Una noche hará cosa de un año en no sé dónde. Tu colega se lió con mi amiga Jeni y tú al final pasaste de mí.

Ya caigo. Le digo:

-Oye, por favor, ya te he dicho que no nos conocemos, y tengo prisa.

Entonces la chica se inclina un poco sobre la barra. Sujetador rojo. Más que previsible teniendo en cuenta su rubio de bote. Se acerca más y más, baja el tono y con una sonrisa que ya no es la mejor que tiene sino otra muy diferente me dice:

-Pues cuando quieras acabamos lo que empezamos.

Vale, no tengo explicación racional para lo que grito a continuación:

-Mi orujo, cojones. Mi orujo o te juro que monto tal follón que te echan a la puta calle ahora mismo, zorra.

 

Como supongo que es natural, soy yo el que está al sol del área de servicio diez segundos después. Pensando en todo lo que ocurre y se escapa de mi control a lo largo de cualquier día. A lo largo de mi vida. Y mientras contemplo los camiones estacionados y las colillas en el suelo y ese autobús escolar que vete a saber adónde lleva de excursión a niños que quizá no estén vivos mañana, comprendo que da igual. Que está bien que las cosas se compliquen, se frustren, que nunca lleguen a materializarse de modo tan perfecto como en la cabeza. Mejor salir de aquí con la idea de que podría haberme follado a la camarera en el almacén o en el lavabo o entre esos pinos grises de ahí, antes que haberlo hecho. Mejor pillar el cambio de sentido y conducir de vuelta a casa con la sensación de que mi padre seguirá haciendo gala de su mala hostia entre los ricachones a los que sirve que llegar al hotel y verlo de aquí para allá con una bandeja en la mano y dándole las gracias por nada a todo cristo. Pese a lo que diga Carlito Brigante, mejor seguir pensando que por mucho tiempo que pase, la gente no pierde fuerza. Y que vas a tener que quererla como es. Aunque nunca se lo digas.

21
nov
10

La otra ventanilla. Lo otro en general.

Tres años seguidos.

La tercera vez que tengo que hacer este paripé.

El banco está más o menos concurrido. La gente ingresa o extrae dinero de sus cuentas. Se agachan hasta poner la cara a la altura del hueco de la ventanilla y mencionan en tono intrascendente cantidades que me permitirían  intentar ser un poco más feliz durante dos semanas, dos meses, dos días, un tiempo, algo es algo.

Pero yo no entiendo de números. No puedo permitírmelo. Y no he venido para eso.

Solo estoy aquí para –volver a- pedir que no me envíen un sms felicitándome el cumpleaños. De paso aprovechan para publicitarse, está claro, pero no es eso lo que me toca los cojones. Es la felicitación en sí, que se tomen la libertad de interferir en mi vida privada. Que se arroguen ese derecho, que digan ser mis amigos. Que una macroempresa finja preocuparse por mí.

Tendrían que ver mi casa. Mi habitación. La suciedad que forra mi cuarto de baño. Las cosas que me pasan por la cabeza en cuanto me descuido. Que, por ejemplo, cumplir años, envejecer, vivir puede llegar a resultarte inmoral. Si supieran todo eso quizá se pensaran mejor en quién invertir su presupuesto para campañas de captación y fidelización.

Pienso en decírselo ALTO y CLARO mientras me pongo a la cola sin pedir la vez. Pero me invade un cansancio casi tan profundo como mi tristeza cuando calculo el tiempo que voy a perder solucionando esta gilipollez. El tiempo que he perdido, pierdo y perderé, en general.

Alguien me toca el hombro y vuelvo al mundo físico de fronteras adhesivas de Espere aquí su turno, cristales blindados y expositores florecidos de folletos verdes que no invitan a mantener la esperanza. Es un anciano con boina y pantalones de pana gruesa. No puedo evitar pensar que estaría mejor dando de comer a los patos que nunca he visto en el estanque maloliente del parque. Sin embargo me pregunta cómo funciona ese trasto para poner al día la libreta de ahorros. Le digo que no tengo ni idea. Pone cara de no creerme. Se lo juro por dios pero su expresión indica que sigue catalogándome como un joven irrespetuoso y egoísta. Casi sin darme cuenta cojo su cartilla y la meto en la única ranura del aparato susceptible de ser penetrada. Supongo que no lo hago bien porque la cosa empieza a zumbar y traquetear y la libreta se queda a medio tragar o escupir. El viejo me mira. Ya no hay desdén en sus ojos; los inunda algo parecido al terror lento e incrédulo de quien se siente perdido. Es un niño arrugado y con manchas de vejez llamando a gritos a su madre en medio de un centro comercial. No entiendo nada. Me planteo soltarle un vengativo Ya se lo dije. Pero la cola avanza y me alejo un paso del anciano y de su estúpido problema.

Un par de metros más adelante la hilera humana se bifurca en dos cauces idénticos pero con destinos bien diferentes. Uno conduce a una ventanilla tras la cual reina una chica de unos veinticinco cuyo rostro roza el 9’5 sobre 10. La otra fila muere frente a un cajero que intenta despistar a la calvicie embadurnándose sus cuatro pelos con medio kilo de gomina y estirándolos de manera que cubran la mayor superficie de cráneo posible. Un rotundo fracaso. Además tiene ojos de pez y tal vez por eso la flacidez de su papada le hace a uno pensar en un filete de panga. No tengo la menor duda de en qué dirección me arrastrará la corriente.

Efectivamente. Tras un cuarto de hora en que lo único reseñable que sucede es que en determinado momento la cajera del reverso del destino se levanta para coger unos impresos amarillos de una estantería y constato que no sólo su cara es digna de veneración, desemboco en la charca gris del bancario-pez. Digo Buenos días, tomo aire y voy a soltarle todo lo que he planeado pero mirándome por un centésima de segundo con una caída de ojos cargada de desprecio me interrumpe con un Un momento, por favor y se pone a teclear algo en el ordenador. 30 segundos. 60. 90. Le odio. Y más aún cuando, justo en el instante en que parece dispuesto a atenderme, un empleado sin duda jerárquicamente superior a él sale de un despacho interior, le dice algo al jodido hombre-panga y éste le contesta Sí, señor, vuelve a pedirme que le disculpe y se zambulle de nuevo en el resplandor mortecino de su monitor.

No hay esperanza, me digo, ni un miserable anfibio humano me toma en serio. Y decido que lo mejor va a ser volver a casa y salir de ella lo menos posible. Ya intentaré resolver este asunto el año que viene. Si sigo vivo las cosas serán exactamente igual que hoy, de eso no hay duda. La misma vulgaridad, la misma frustración. Irrelevancia, incapacidad. Prácticamente inexistencia. Una antivida entre antividas.

Así que estoy a punto de largarme sin decir nada cuando el hombre de la pecera abre un cajón para guardar unos papeles y veo dentro uno de esos viejos bolígrafos. De esos que al usarlos parecen un boli normal pero que si los pones boca abajo dejan al descubierto la silueta de una mujer desnuda. Lo sé porque es idéntico al que aquella tarde encontré en un bolsillo de la mochila de mi hermano pequeño cuando la Guardia Civil nos devolvió por fin sus cosas. Y, claro, ya no me parece tan servil, ni tan feo, ni tan cabrón. Ya no puedo odiarle. ¿Cuántos años tendrá Pangaman? Unos cuarenta y cinco, por ejemplo. Mi hermano tenía dieciséis. Aún no era gordo ni calvo, aunque se dejó un tercio del cuero cabelludo sobre el asfalto. Aún no se había visto en la circunstancia de pasar sus días tras un cristal blindado pero también muy transparente aguantando mis impertinencias y las de gente peor o mejor.

Señor, ¿está bien?, le pregunto que en qué puedo ayudarle, me dice.

En nada. Pero no se lo digo, sólo lo pienso.

08
sep
10

El chico poco popular

El chico poco popular abrió los ojos y casi simultáneamente se levantó de la cama dos minutos antes de que sonara el despertador y sin esfuerzo aparente -hay que decir que le faltaban once días para cumplir los diecisiete y que estaba delgado. No extremadamente enclenque, como entre otras frases del estilo “Déjate el pelo más largo para que te tape las orejas y ya puestos la nariz” solía decirle su madre cuando no se terminaba esa bazofia que ella preparaba para cenar al menos dos veces a la semana y que desde tiempos inmemoriales había bautizado, por alguna razón que sólo ella alcanzaba a entender, como “nuggets de foie agridulce con algas griegas turgentes al paladar”, sino simplemente delgado, al menos en su opinión-. Cruzó la habitación sintiendo la incomodidad del frío del gres y el finísimo polvo que lo recubría adhiriéndose a las plantas de sus pies y le dio al play del equipo compacto HI-FI que sus padres le habían regalado como reconocimiento al esfuerzo académico que había realizado el curso anterior y que se había traducido en cuatro sobresalientes, cinco notables y un irrelevante bien en educación física. Sonó a volumen 21 una música ni buena ni mala, tan aceptable o tan digna de quemar en una purificadora pira musical como la que habría elegido el común de los chavales de su edad, de su acomodada condición social casa-jardín-piscina y de su cultura general, en satisfactoria progresión pero aún en indudable estado larvario y profundamente influenciada por los cómics huecos que apilaba debajo de la cama, las recomendaciones literario-cinematográficas -tan sabias, a su entender- de su mejor amigo, Leo, y los chillones programas de la MTV con los que se quedaba dormido casi todas las noches.

El chico poco popular se sentó al borde de la cama y observó a través de la ventana el cielo de las siete y media a.m. sin proponerse sacar conclusiones lógicas al respecto ni, por supuesto, hacer ningún vaticinio irracional de qué le depararía el día en base a las formas de las escasas nubes blancas que pasaban lentas de norte a sur. Cuando oyó, separados como siempre por un intervalo de cuatro minutos, los dos portazos que indicaban la marcha de sus padres a sus respectivos trabajos liberales en el centro de la ciudad, subió el volumen hasta el 28 y se metió en la ducha. La ruidosa cortina líquida que caía desde el flexo de acero inoxidable –término técnico este, flexo, que según había averiguado en internet era la manera correcta de referirse a la pieza de la ducha popularmente conocida como alcachofa y que el chico poco popular se negaba a denominar así porque una vez, en una conversación informal con su amigo Leo y unos cuantos pseudoamigos, había empleado esa palabra para designar tal objeto y todos se habían reído de un modo que le pareció tan incomprensible como altivo y ofensivo, y aunque parezca una tontería estaba seguro de que sus risas no se habían debido bajo ningún concepto a algún comentario o chiste más o menos gracioso emitido por cualquier otra persona del grupo, ni al tropezón y posterior caída de alguien que pasara por allí en aquel momento, ni a ningún otro hecho o dicho coincidente en el tiempo y que, en cualquier caso, él no había podido observar- no le impedía seguir la melodía y la letra del cd que giraba en el reproductor. Había escuchado decenas de veces la canción que estaba sonando pero jamás hasta ese preciso instante había apreciado en justicia lo conmovedor de su letra desgarrada y lo épico de esas pulsaciones del bajo que vibraban con la misma solemnidad que los latidos del más puro y sensible corazón humano. Como en una epifanía que le inquietaba y le extasiaba al mismo tiempo y con igual intensidad, se imaginó con todo detalle, hasta el punto de sorprenderse a sí mismo, un reluciente corazón rojo oscuro colocado pulcramente en el centro de una bandeja cromada como las que usan los de Urgencias para poner los tumores que les extirpan a sus pacientes televisivos. Un corazón terso y de aspecto evidentemente juvenil que aún se contraía y se hinchaba y que en lugar de salpicarlo todo de sangre inútil manaba notas musicales perfectas que iban llenando el recipiente hasta desbordarlo. La letra, no hace falta decirlo, trataba del dolor del amor y en la siguiente estrofa profundizaba en el dolor del desamor para dar paso a un estribillo en el que el cantante juraba que en el futuro todo sería mejor porque si ella decidía ayudarle y stay with him no tendría demasiados problemas para llegar a ser el mejor hombre del condado. Luego el ciclo se repetía dos veces y culminaba con un grito de desesperación bastante creíble que alargaba la o de la palabra world, elegida muy acertadamente para sustituir a la palabra county en tan sobrecogedor clímax final.

Seguía medio en trance mientras se secaba con la toalla, se lavaba los dientes dos veces, se envolvía de ombligo hacia arriba en una espesa nube del desodorante Axe Pulse que había comprado ayer y deseaba que la esperanzadora publicidad del mismo que emitían por la tele a todas horas no fuera radicalmente engañosa. Pero un vistazo un poco más largo de lo que sabía conveniente a su reflejo en proceso de desempaño lo devolvió a la realidad física de golpe. Un grano rojo, casi púrpura, enorme, aproximadamente del tamaño de medio guisante y coronado por una sucia capa de pus había aparecido en su cara durante la noche. Se alzaba grotesco ahí, justo en el trozo de piel donde la aleta nasal derecha se une con la cara propiamente dicha, que seguro también tiene un nombre científico particular, quizá frontis facial, pensó el chico popular, dato que ni siquiera se planteó confirmar, agobiado como estaba y con el cerebro bloqueado, pongamos al 75%, por la morbosa contemplación de la flamante formación cutánea ponzoñosa que había decidido instalarse en su rostro ese día, precisamente ese día.

Tras los primeros minutos de estupor, el chico poco popular quiso comprobar si la tragedia purulenta era irreversible desde una perspectiva inmediata o por el contrario había modo humano de, por lo menos, mitigar sus consecuencias deformantes. Para ello abrió un cajón y cogió las pinzas que su madre usaba para quitarse los pelos invisibles que, según ella, le crecían en el entrecejo. Con mano temblorosa, y tras varios intentos, consiguió al fin apresar la formación putrefacta entre las palas de las pinzas. Instantáneamente un dolor agudo le perforó la epidermis, la dermis, la carne y cuantos tejidos de todo tipo profundizaban en su cabeza. Dos lagrimones cristalinos, probablemente de aspecto más resplandeciente de lo habitual por puro contraste con la vergonzosa tumoración junto a la cual se veían condenados a discurrir, desbordaron sus párpados inferiores y cayeron en silencio y como a cámara lenta hasta desintegrarse contra la pila del lavabo justo en el instante en que le vino a la cabeza el primer y todavía confuso recuerdo del sueño que había tenido esa noche. Corría aterrorizado por una calle llena de tiendas y luces de colores y gente en apariencia final, llevando en la espalda a una vieja esquelética que le susurraba cosas al oído, babeándole de paso la oreja, el cuello y hasta la parte superior de la camiseta.

 

Según establece cualquier tratado médico, biológico y/o antropológico, un ser humano de cinco años se encuentra en pleno estado de infancia o niñez.

Según establece cualquier tratado médico, biológico y/o antropológico, un ser humano de nueve años también se encuentra en pleno estado de infancia o niñez.

 

Diez minutos más tarde ya se estaba terminando el desayuno sobre la barra de la cocina americana. Por un momento se culpó a sí mismo. Quería haberse levantado un poco antes y así poder comentarle a su padre lo que le pasaba en la polla de un tiempo a esta parte. Pensó que era probable que la incómoda cuestión de decidir el término con que referirse a eso, su polla, al hablar con su padre fuera la razón de que al final estuviera comiéndose los cereales solo, igual que todos los días. Luego, sin embargo, comprendió que la verdadera razón de no haber mantenido tal conversación con su padre se debía, al menos en un altísimo porcentaje, a la casi absoluta ausencia de precedentes de intimidad paterno-filial entre ellos. Así que decidió no darle más vueltas al asunto y esperar que el dolor que le taladraba los testículos fuera propio de su edad y se esfumara tan repentinamente como había aparecido un par de meses antes.

Se había quedado absorto mirando el billete de cinco euros que su madre o su padre, seguramente cada día uno, le dejaban para que se comprara el almuerzo de lunes a viernes bajo una de las tazas de café que alguno de ellos, era imposible determinar cuál –ni carmín ni nada-, acababa de utilizar. No pensaba en dinero. Elucubraba sus posibles respuestas. Las de ella, se entiende. Su amigo Leo no dejaba de decirle que no tenía mucho sentido intentarlo, que el NO estaba garantizado, que ella estaba con el tipo ese, el repetidor, ése tan alto y tan rubio que siempre era el centro de todo. Pero el chico poco popular había decidido probar suerte. No era imbécil y sabía que la cosa estaba muy difícil, pero se había fijado una fecha límite y se cumplía justo hoy. Por eso cuando Leo llamó al timbre a la hora de todos los días salió de casa olvidándose los cinco euros porque lo único que tenía en mente era decirle a su amigo que al menos hoy tuviera la delicadeza de no soltarle el rollo desmoralizador que llevaba semanas repitiéndole. Y eso exactamente fue lo que le dijo. También, por supuesto, negó con la cabeza con gesto resignado cuando Leo le apuntó con el índice hacia su cara y quiso preguntarle por el repugnante grano. Quería recorrer el camino hacia el instituto tranquilo y con cierta ilusión, como la que percibía que muchos de sus compañeros y medio amigos sentían a diario por un montón de cosas absurdas estilo fumar, drogarse ligeramente, hacer caballitos con la scooter, viajar a una ciudad próxima para ver un concierto, descubrir algo novedoso en una web porno o follar con alguna chica a la que ninguno de los colegas que escuchaban la historia llegaba a conocer nunca pero que el protagonista siempre juraba que estaba superbuena. Tal vez quería, en definitiva, como bastantes años después dijo un renombrado experto rememorando el asunto en un magazine matinal destinado en esencia a amas de casa y desempleados de ambos sexos, sentirse más o menos vivo o, sobre todo, según le puntualizó en tono trascendental otro tertuliano que se creía aún más listo, sentirse con ganas de vivir.

 

Y tanto a los cinco años como a los diez se está travesando una etapa de descubrimiento y aprendizaje, cosa en la que coinciden sin matices los autores de tratados científicos y los que no saben leer ni escribir. Cada día se aprende unas cuantas palabras nuevas y a manejar el mecanismo de funcionamiento, por ejemplo, de las tijeras o del ascensor. Es la fase en que aventurarse dos calles más allá de la propia equivale en emoción, sensación de peligro y liberación de endorfinas a perderse en un bazar de Kabul siendo adulto y occidental. Por eso no resulta extraño que a esas edades se aproveche el más mínimo descuido en la diligencia in vigilando de los padres para experimentar un poco más allá de los límites establecidos por la autoridad. En tales casos es posible y hasta probable que dos hermanos decidan reconvertir la tabla de planchar que hay en el armario del pasillo en un rudimentario trineo y lanzarse escaleras abajo sin preocuparse demasiado por las consecuencias. Hay que tener muy mala suerte para que haya lesiones serias, y hay que tener pero que muy mala suerte para que, en caso de que se produzcan, su seriedad vaya más allá de una fisura de cúbito o una brecha en la ceja que, además, al día siguiente será contemplada con respeto y hasta veneración por los compañeros de clase.

 

Pero prescindiendo de profundas reflexiones, teorías e hipótesis al respecto, tal vez no sería descabellado pensar que al chico poco popular, simplemente, le gustaba esa chica y que, como suele ocurrirle a los chicos de su edad que no son muy rubios ni muy altos ni muy populares, no tenía ni idea de cómo afrontar el asunto pero comprendía que había llegado el momento de afrontarlo. Por eso es probable que se alegrara de que su amigo Leo respetara su petición y no hiciera mención alguna a sus intenciones durante el trayecto hacia el instituto. Recorrieron el kilómetro escaso despacio. Mucho más de lo habitual. Él marcaba el ritmo, y a Leo le resultó evidente que quería posponer todo lo posible lo que había decidido hacer. Temía el momento de afrontar el reto. Estaba nervioso, como es natural. Y quizá por eso empezó a hablar de la pesadilla que había tenido. Lo único que recordaba con nitidez era las últimas palabras que le había dicho la vieja cadavérica: ¡Ni lo intentes! ¡No te lo mereces!

El chico poco popular y su mejor amigo –creo que es hora de que diga que no sólo era su mejor amigo sino también el único, cosa que me llevó mucho tiempo asumir por mis lógicas, en opinión de mi psicóloga, reticencias a reconocer el monopolio de mi responsabilidad amistosa- chocamos las manos cuando nos despedimos en el pasillo principal del segundo piso y quedamos en reunirnos a la salida para que me lo contara todo. Y luego las primeras clases de la mañana transcurrieron tan anodinas como de costumbre. Cuando sonó la campana de inicio del recreo me planteé la posibilidad de apresurarme en salir para coger un sitio estratégico entre las filas superiores de las gradas del campo de fútbol. Desde allí podría localizar a mi amigo y ver cómo se las apañaba. Pero las filas superiores de las gradas estaban tradicionalmente reservadas para los chicos y chicas más populares, y la verdad es que me incomodó la idea de que alguno de aquellos gilipollas decidiera tomarla conmigo. Así que pasé el recreo echándole de menos y, debo reconocerlo, temiendo la impracticable contingencia de que a la tía le diera por decirle que sí. Cualquier pringado necesita a otro pringado a su lado; su éxito me habría condenado a caer en una inevitable, absoluta e irreversible exclusión social, en cuyo filo estaba acostumbrado a caminar desde el primer curso, pero siempre en su compañía.

 

Mi amigo no se llevaba muy bien con su padre. Quiero decir que el padre de mi amigo no se llevaba muy bien con él. No podía soportar su torpeza congénita. Era relativamente bueno en los estudios, como lo es casi todo el mundo que no ha sido dotado con grandes aptitudes físicas. Me refiero a que el padre de mi amigo llevaba muy mal que su hijo tuviera tendencia a tropezar con cualquier obstáculo y a recibir balonazos sin siquiera estar jugando a nada. Puede que esa ineptitud que observaba en su hijo mayor día tras día le hiciera recordar la tarde en que éste, sólo una semana después de haberse roto dos incisivos tirándose escaleras abajo sobre la tabla de planchar, había aprovechado los cinco minutos durante los que sus padres hablaron –sin ninguna necesidad, sólo porque son cosas que hay que hacer para que la comunidad no te tache de raro- con sus vecinos de la casa del otro lado de la calle acerca las nuevas farolas que el ayuntamiento había instalado en el vecindario para subir con su hermano pequeño al desván sin ningún propósito concreto, revolver entre las bolsas de ropa vieja y las cajas de antiguas vajillas que se amontonaban en los rincones, empezar a aburrirse, decidir volver abajo pero tropezar a medio camino con un listón que sobresalía del precario contrachapado del suelo, arrodillarse y ensuciarse los pantalones, levantar el tablón lo justo para no romper la madera pero también para observar algo que brillaba allí abajo, a los rayos de luz caliente y naranja que se colaban oblicuos por el tragaluz, atreverse a asumir el riesgo de romper el listón al forzarlo unos centímetros más, meter la mano en el hueco y sacar el objeto, que resultó ser una caja de galletas medio oxidada que se resistió un poco a abrirse pero que al final cedió y reveló que lo que escondía era ni más ni menos que una pistola hiperrealista en caso de ser una pistola de juguete y simplemente realista en caso de ser una pistola real, una pistola que le pareció muy pesada y que se le escurrió de las manos cuando su hermano pequeño dijo “A ver” con la boca muy abierta y alargó las manos hacia ella y durante la brevísima fracción de segundo en que el arma estuvo en el aire pensó que si caía al suelo podía dispararse y herirle o, aún peor, herir a su hermano o, muchísimo peor, matarlo, porque lo había visto en algunas películas y una vez en el telediario, a la gente se le caía por accidente una pistola y alguien que no tenía culpa de nada acababa muerto, así que manoteó en al aire y el arma saltó varias veces de una a otra de sus palmas como cuando un baloncestista pierde el control de la pelota pero al final la cogió por la empuñadura y fue justo entonces cuando se quedó sordo por unos minutos y su hermano pequeño se quedó para siempre sin la parte central y delantera de su cabeza, se llame o no frontis facial. Y puede que todo esto fuera la razón de, entre otros muchos problemas quizá todavía más importantes, la casi absoluta ausencia de ejemplos de intimidad paterno-filial que en los años sucesivos se extendió entre mi mejor amigo y, especialmente, su padre, pero también, aunque de un modo más sutil, entre mi mejor amigo y su madre.

 

No vi lo que pasó en el patio del instituto durante aquel recreo pero escuché de manera entrecortada cómo una chica que se sentaba dos filas detrás de mí en clase de matemáticas le contaba a su compañera de pupitre que al final el tarado de las orejas de soplillo se había vuelto completamente loco y se lo había preguntado a ésa tan mona de la clase de al lado y que ella, claro, se había reído en su cara y le había dicho algo en tono burlón mientras formaba una pistola con el dedo índice y el corazón y fingía dispararse en la sien. En ese momento sentí ganas de vomitar, más ganas de vomitar que nunca antes en mi vida, incluso más que cuando me intoxiqué con una gamba en mal estado, pero no pedí permiso para salir del aula y poder buscar a mi amigo. Me limité a quedarme allí sentado fantaseando inofensivamente con la idea de matar a esas dos gilipollas que cotorreaban a mi espalda, matar de manera lenta y dolorosa y sobre todo agresiva con su belleza a la chica más guapa del instituto que no tenía bastante con serlo sino que necesitaba humillar a los que tenía por debajo en el asqueroso escalafón social del instituto y, ya puestos, matar a unas cuantas y unos cuantos más. Pero esto está a varios miles de kilómetros de Columbine, de modo que lo único que hice cuando sonó el timbrazo de salida fue recoger mis cosas lo más rápido posible y en la puerta a mi amigo durante casi una hora. Volví solo a mi casa pensando en llamarle luego y decirle que no le diera más vueltas, que sólo nos quedaban seis meses más en aquel agujero y que luego nos iría mejor, mucho mejor que a todos esos hijos de puta. Pero nadie cogió el teléfono cuando lo hice.

 

El conductor de un camión de reparto de Coca-Cola aseguró haberlo visto aquella misma tarde sentado en uno de los bancos que bordean el parque central. Le había llamado la atención aquel chico que tiraba migas y hablaba con unas palomas inexistentes. Supuso, frase con la que finalizó su declaración, que estaría colocado. Otros testigos –dos de los cuales hicieron hincapié en el grano que el sujeto exhibía en el rostro- ayudaron a que posteriormente, en su informe, la policía pudiera trazar el camino, sin lugar a dudas carente de destino predeterminado, que mi amigo el chico poco popular había recorrido durante un par de horas hasta llegar a la esquina en la que una inmigrante boliviana que trabajaba en la casa de la familia X como empleada del hogar -antiguamente doncella o chica de la limpieza- lo había visto hablar con el pobre niñito mientras limpiaba los cristales de la ventana del dormitorio principal –al que ella se refirió como dormitorio de los señores-. Aquel punto distaba escasos diez metros del minúsculo jardincito entre cuyos miserables arbustos había aparecido lo que quedaba del crío. En realidad era bastante; todo intacto menos la cara. Supongo que tuvo mala suerte. Pero su mala suerte pareció importar más que la de otros. No me extraña. Era tan perfecto que el país entero se conmovió cuando su madre salió en televisión llorando mientras sostenía una foto reciente del muerto y clamaba justicia o venganza. Era tan rubio que sus cabellos debieron deslumbrar al chico poco popular como los filamentos de bambú carbonizado de la primera bombilla de Edison. Como algo mágico, casi milagrosos y, sin duda, sobrehumano.

03
jul
09

Pequeños zafiros o pedazos de hielo

Esta humedad me va a matar. Es lo primero que oigo mientras viajo en el Saab de mi padre de vuelta a la urbanización, a la zona residencial, a casa. Carraspea y lo dice cuando ya hace un rato que hemos dejado atrás la estación de autobuses y los escaparates y los coches aparcados en zona azul. Sólo lo dice cuando lo que pasa al otro lado de las ventanillas ya no se puede llamar ciudad. Campos, descampados, naves industriales y otras cosas silenciosas que se extienden hacia el horizonte y que supongo le hacen oír demasiado lo que está pensando y le obligan a hablar de cualquier estupidez menos de lo que de verdad importa. Por ejemplo de que esta humedad le va a matar. Vale, es posible que al verme haya dicho Hola o haya emitido un gruñido parecido a un saludo. De hecho me ha parecido que me miraba a través del retrovisor y pronunciaba algo mientras yo metía mis cosas en el maletero. Pero lo cierto es que Esta humedad me va a matar es la primera frase de relativa complejidad que mi padre me dedica en mucho tiempo. Y yo no digo nada pero levanto la vista hacia el cielo nublado y no veo más que cielo nublado y luego la dejo caer pesadamente sobre las copas peladas de los árboles que bordean la carretera y zum-zum-zum-zumban al devolver rebotado el ruido del motor. Sus ramas están mojadas. Y la hierba y las señales de tráfico y los bancos del pequeño parque junto al que pasamos. Pero no hay gotas en el parabrisas y por un momento me pregunto si todo esto será cosa mía. Y en seguida pienso que qué más da, que el caso es que todo parece estar mojado y ser incómodo para sentarse a descansar o charlar o descansar y charlar. Todo, hasta o especialmente el asiento del copiloto/acompañante de este coche. Y es probable que la explicación sea que hoy vuelvo a casa después de seis años y tengo la impresión de que eso resulta mucho menos importante que el clima, las cotizaciones en bolsa o la nueva mesa de billar que encuentre en la sala de juegos en cuanto lleguemos.

Está empezando a oscurecer de verdad cuando nos detenemos en el puesto de control de acceso a la urbanización. Dentro ya no está el viejo de siempre. O el que para mí es el viejo de siempre. El que olía a tabaco, a alcohol y a sudor e iba mal afeitado pero resultaba agradable porque daba caramelos a los niños sin esperar nada a cambio. En vez de él, bajo el tubo fosforescente del techo de la garita hay un chaval casi imberbe que podría tener mi edad o quizá un par de años más y que tiene aspecto de no oler a nada en especial. Abre el ventanuco de la caseta y le da las buenas noches a mi padre y le sonríe de un modo que me parece sinceramente amistoso. Igual es porque tiene orejas de soplillo y en general una de esas caras feas pero que transmiten simpatía. Aunque a lo mejor, quién sabe, es un cabrón con algún interés oscuro. El infiltrado de una banda de atracadores albanokosovares o algo así. A mí me mira un segundo y me incomoda darme cuenta de que en realidad me siento incapaz de juzgarle. Sólo sé que si de ahora en adelante todo transcurre con normalidad veré a ese tipo casi todos los días. Y no me sorprende en absoluto que la barrera roja y blanca se levante y el coche arranque de nuevo sin que mi padre me presente al guardia de seguridad.

Nos adentramos en el entramado de calles de la urbanización y mi padre enciende la radio. Suena el último cd de Bruce Springsteen y es algo que no tiene nada de particular porque a mi padre siempre le ha encantado el Boss. Hubo una época en que yo también me aficioné. Por imitación, por estrechar lazos, no sé. Ráfaga de recuerdos mientras superamos badenes demasiado amarillos a la luz de los faros del coche. Debía de tener unos trece o catorce años. Menos de quince, eso seguro. Lo escuchábamos en el coche de camino al club náutico o a la clínica dental o a la fiesta en la casa de verano de algún amigo, vecino, conocido o colega. A veces incluso cantábamos discretamente los estribillos más reconocibles. En una ocasión mi padre me preguntó cuál era la canción que más me gustaba de todas las de Bruce. Por un momento me dio la impresión de que le interesaba realmente saberlo. No recuerdo con exactitud dónde íbamos pero sí que estábamos sentados en este mismo coche, en estos mismos asientos abatibles de diseño ergonómico, a un metro y poco de distancia el uno del otro, igual que ahora. Pero, en realidad, mucho más cerca que ahora. Porque también recuerdo que cuando me hizo esa pregunta sentí que nos aproximábamos el uno el otro. No físicamente, por supuesto. Lo que quiero decir es que noté que con un poco de suerte mi padre y yo podríamos llevarnos más o menos bien algún día. Fue un buen momento, aquél. Tengo la visión del perfil de mi padre recortado contra el trozo de cielo muy azul enmarcado en su ventanilla y el aire era tan agradable que por una vez no había conectado el climatizador. No sé qué le contesté ni si el me dijo la suya pero supongo que no importa gran cosa. Lo que cuenta es que aún pienso en aquel día como un día apacible, como uno de esos días en que sientes que quizá no estés en el sitio ideal ni con la gente perfecta pero al fin y al cabo tampoco estás tan mal. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Y probablemente nunca vuelva a tenerla, pienso oyendo a Springsteen preguntarme si alguna vez he visto a un espantapájaros relleno de polvo y arena. Se me encoge el estómago y valiéndome de la vista intento dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra parte. Pero afuera sólo hay enormes jardines negros y porches tenuemente iluminados y la tristeza es tan tangible que parece caer del cielo y arrastrarse por el pavimento. Así que me pongo a la defensiva conmigo mismo y me digo que la gilipollez de Bruce era uno de nuestros sucedáneos de comunicación, eso es todo. Mío y de mi padre, quiero decir, aunque en ocasiones también tenían cabida en él mi madre y mi hermano pequeño. Al fin y al cabo Springsteen es bueno, así que cualquiera puede utilizar su música para suplir carencias o llenar vacíos. Es lo que concluyo al tiempo que noto crecer a mi espalda, en los asientos traseros cuyo tapizado aún huele a nuevo, mis seis años de ausencia en viajes al extranjero, trayectos interurbanos e inclusos cortos y potencialmente peligrosos desplazamientos al centro comercial o al McDonald’s. E intento convencerme de que no había nada especial ni bonito en que nosotros también tuviéramos nuestros propios códigos para decir todas esas cosas que da vergüenza decir. Intento convencerme, en definitiva, de que no hay nada especial ni bonito en nada. Y apoyo la cabeza en el reposacabezas y me pongo a divagar un poco mientras mi padre conduce y yo intento controlar el ritmo de mi respiración sin que se me note demasiado el esfuerzo que ello me supone y ambos subimos y bajamos callados como muertos por las laderas de las colinas artificiales que hacen que este sitio se llame ridiculamente Beautiful Hills. Divago y me planteo cuántas personas en el mundo se encontrarán ahora mismo en el interior de un coche intentando encontrar cierto consuelo, fuerza, valor, ánimo, comprensión, esperanza, redención en la música de un artista endiosado al que jamás conocerán. Y me respondo que muchas, muchísimas, y cierro fuerte los ojos y quiero creer que empiezo a tranquilizarme un poco.

Llegamos al final de la amplia avenida de acceso a la urbanización y en la bifurcación mi padre toma el camino más largo para dirigirse a casa. No coge el que lleva directo a la zona de las villas más altas, donde se encuentra la nuestra, sino el que recorre las faldas de las colinas y luego, ya casi en la valla, gira y sube convertido en una pista de tierra llena de baches que sólo usa la patrulla de seguridad un par de veces cada noche para controlar que nadie intenta traspasar el perímetro. Sé que lo hace para no pasar por delante de la casa de mi amigo Jota. O del que fue mi amigo Jota. Mi familia le culpa a él y seguro que la suya a mí, no hace falta ser muy listo para suponerlo. Así que tomamos el camino más largo, absurdo y cobarde, pero no protesto. Porque me asusta la posibilidad de pasar ante su casa y que él esté recogiendo el correo del buzón o lanzándole una pelota a su perro o cualquiera de esas cosas que se hacen en sitios como éste y me vea y ni siquiera me dedique un gesto con la cabeza. Me da miedo que ya no seamos amigos después de toda esta gran mierda. Así que no protesto. Y cuando por fin salimos de la pista de tierra y el coche empieza a deslizarse suavemente por el asfalto que me conducirá a casa miro por el retrovisor y veo empequeñecer nubes de polvo de formas terribles y muy rojas al resplandor de las luces traseras. Y no puedo dejar de preguntarme si el infierno me perseguirá siempre o si algún día se cansará de mí.

Empezó hace algo más de seis años. Quizá pueda verse en Youtube. Empieza con Jota y conmigo un viernes por la noche en un cajero automático, dispuestos a llenarnos los bolsillos con el dinero de nuestros padres y pillar una de nuestras primeras borracheras sin sospechar que iba a ser la última en mucho tiempo. En la grabación de la cámara de seguridad se nos ve fumar torpemente y pasarnos entre risas sin audio una botella de Licor 43. En blanco y negro. También se ve un bulto al fondo. Un montón de mantas y trapos aplastado contra un rincón. Un vagabundo durmiendo o intentando dormir de espaldas al mundo. Huele a orines y a infección y a borracho, aunque eso no lo capta la cámara. Igual que tampoco capta que en cierto momento el tipo murmura que le demos un par de cigarros, por favor. Entonces yo desaparezco de la imagen y le dejo cuatro en un casillero de ésos que en horario de atención al público se utilizan para depositar las cosas metálicas cuando el arco detector se pone a pitar. Y tampoco se ve que me acabo el cigarrillo que estoy fumando pero como soy maravillosamente joven y quiero sentirme malo o algo por el estilo me llevo otro a los labios y le digo a Jota que me pase el mechero. Eso sí se ve en el vídeo: el Zippo Selection del padre de Jota centelleando en blanco saturado mientras cruza volando la pantalla. Y lo siguiente digno de mención que aparece en la grabación soy yo con mi nuevo cigarro ya encendido, jugueteando con el mechero y mirando a la cámara de frente y luego intentando verme de perfil como casi todo el mundo hace en esa situación. Jota se ríe y me dice que estoy gilipollas. Y probablemente tenga razón, porque sin ningún motivo me acerco al indigente y le digo Eh, tienes el tabaco en ese casillero pero el tipo no contesta y lo que también queda fuera de campo aunque esté ocurriendo justo en el centro de la imagen es que entonces me planteo darle un pequeño golpe con el pie para que reaccione pero al instante pienso que darle una patada a un pobre hombre es un gesto objetivamente despreciable así que, igualmente sin ningún motivo, me veo acuclillado junto a sus pies descalzos haciendo rodar la piedra del encendedor. Una estupidez. Algo absurdo que novecientas noventa y nueve de cada mil veces se habría quedado en nada.

Pero supongo que así ocurren las cosas en ocasiones, casi siempre: sin motivo, sin sentido. Las cosas buenas y las cosas malas. Puedes convertirte en un héroe si eres el primero en pasar por el lugar de un accidente de tráfico y tienes mínimos conocimientos sobre primeros auxilios. O tu amigo y tú podéis convertiros en los peores monstruos del país si por la tele emiten un vídeo en que se ve cómo él te lanza un mechero caro, tú te agachas junto a un montón de harapos y un segundo después un mendigo está rodando por el suelo envuelto en llamas, llenando el aire del cajero de humo rojo que en la grabación parece simplemente gris. Y da igual que no tuvierais la menor intención de quemar a un hombre a lo bonzo. Da igual que no tuvierais ni puta idea de que un rato antes el tipo había estado mendigando con calcetines pero sin zapatos por la gasolinera de al lado. Da igual que estuvierais borrachos. Lo que cuenta es que sois dos chavales de familia bien muy muy bien, con todo a vuestra disposición para ser felices y hacer felices a los demás o como mímimo estar estúpidamente agradecidos al mundo, y en cambio habéis carbonizado a un homeless en vuestro tiempo de ocio. Por pura diversión, dirán. Por no tener ningún respeto hacia el ser humano. Por fascismo, por xenofobia y por muchos otros motivos que suenan tan mal si no se comentan en privado. Cosas así dijeron durante semanas en los medios de comunicación y cosas así dirán mañana cuando se publique la noticia de que me han puesto en libertad. Las asociaciones pro derechos humanos pondrán el grito en el cielo y acapararán un poco de telediario. Y en ningún momento se plantearán que a lo mejor no saben una mierda de lo que están hablando. Pero no me importa.

Lo que de verdad me tiene acojonado es que ya entramos en el sendero de grava que recorre nuestra parcela desde la entrada hasta el garaje con capacidad para tres utilitarios y donde también hay un quad de aspecto flamante que supongo le han comprado a mi hermano como parte de su terapia psicológica para sobrellevar lo mejor posible el apestoso asunto de su hermano mayor. Alguna que otra vez he imaginado este momento desde el centro de menores. Casi siempre por la noche, cuando uno se permite más licencias para la nostalgia y la pena. Cómo sería mi regreso. Si mi familia estaría esperándome en el porche y correrían a abrazarme gritando de alegría. Pero mi padre y yo salimos del garaje y la gravilla hace scratch scratch machacada por nuestros pasos y eso es lo único que se oye y se ve alrededor. Entonces, mientras abre la puerta principal de la casa, mi padre me dice Sé… amable con tu madre; ya lo ha pasado bastante mal. Y me siento como si hubiera dicho Sé bueno con tu madre; procura no joderle/jodernos la vida más. Me siento como un problema, como una vergüenza para la gente a quien quiero. Y supongo que es normal que así sea.

Una vez dentro la primera persona a la que veo es la sirvienta, la chica. Me dice Buenas tardes, señor, mi nombre es Luci y se ofrece a subir mi equipaje a la habitación. Tanto por su aspecto como por su forma de hablar llego a la conclusión de que es peruana. Aunque luego pienso que también podría ser filipina. Y durante unos momentos siento la imperiosa necesidad de resolver esa duda. Quiero saber con quién hablo. Quiero saber dónde estoy. Quiero ir recuperando el control. Estoy a punto de preguntárselo cuando se abre la puerta corredera del salón y aparece mi madre. Luce un bronceado de solárium y parece bien de salud. Pero a medida que se me acerca reparo en sus ojos, rojos y vidriosos, y en las bolsas oscuras que cuelgan debajo de ellos, demasiado evidentes a pesar del excesivo maquillaje. Y cuando me abraza y me dice que me quiere y que no sé cuánto me ha echado de menos y que estoy pálido y flaco la noto temblar de pies a cabeza y tengo muy claro que no se debe a la emoción del momento sino a causas mucho más desagradables. Sé que no voy a tener que recurrir a la reserva de recetas que el psiquiatra del centro ha tenido a bien extenderme. Sé que cada vez que lo necesite podré acudir al botiquín de esta casa y coger una pastilla de Dumirox, Dobupal o Cipramil. Pero sobre todo tengo claro que cuando le contesto que yo también la he echado de menos estoy diciendo la verdad. Y eso me hace sentir raro. Mucho más raro que cuando mi hermano pequeño sale de algún sitio y me da un frío y blando apretón de manos en el que se percibe desdén y cierto odio. Rencor, al menos. Y supongo que es normal que así sea.

Suena el teléfono. Es probable que el motivo de la llamada sea yo. Quizá mi abuela quiera felicitarme por mi libertad. Es curioso, pienso: felicitarme por mi libertad… uno nunca se plantea que alguna vez vaya a recibir tal enhorabuena. En cualquier caso, aprovecho la distracción de la llamada para alejarme de ese pequeño centro de cariño y dolor en que por mi culpa se ha convertido mi familia y subir a mi cuarto. Está tal y como lo dejé, lo cual resulta bastante triste porque entonces era un crío de quince años y ahora soy un ex convicto. Pero lo peor es que huele demasiado a cristasol y a spray multiusos. Multiusos amoniacal, igual que el que hasta ayer me suministraba el centro para limpiar mi celda. Ellos la llamaban habitación. Pero era una celda. Esto que veo ahora sí es una habitación. Pero huele como una celda. Como mi celda. Y al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella me pregunto si algún día dejaré de sentirme un preso. El póster de Cobain no me va a contestar. Ni los cd’s que ya no me gustan. Ni los libros de cuando era niño. Así que me acerco a la ventana y miro directamente a la noche oscurísima sin estrellas y a las colinas y al valle atravesado por una carretera, y la sigo con la vista hasta donde ya no puedo distinguirla y todavía más allá y quiero creer que conduce a un sitio tranquilo. Y luego vuelvo a mi entorno inmediato, al sitio en el que tendré que intentar volver a vivir, a las grotescas Beautiful Hills. Vuelvo a esta noche de zona residencial, tan aparentemente fácil y cómoda. Tejados de pizarra más negros que el cielo, el resplandor de alguna barbacoa nocturna y piscinas decoradas con luces subacuáticas. Parecen pequeños zafiros o pedazos de hielo flotando en medio de la nada. Brillando. Me asombra ser capaz de establecer ese símil. Y también me reconforta un poco.

Mi madre llama a la puerta. Me pregunta si me encuentro bien. Le digo que sí y ella me dice Tranquilo, baja a cenar cuando quieras, no hay prisa. Pero no se va; noto su presencia al otro lado de la madera. Quizá quiera estar lo más cerca posible de mí, me digo. Y tengo la tentación de abrir la puerta y volver a abrazarla. Pero no lo hago. Simplemente sigo mirando por la ventana y entonces oigo que mi madre empieza a sollozar en el pasillo, muy bajito. Eso también me reconforta. Me gusta que llore. No he oído llorar a mi madre en seis años, no la he oído llorar por mí. Si yo me permitiera una lágrima no pararía hasta morirme. Así que me gusta que lo haga ella. Que llore por mí de una puta vez. Por tener veintiún años, el coche que me dé la gana y no saber conducir. Por tener veintiún años y como única experiencia sexual un intento de violación en el centro por parte de un joven psicópata. Por tener veintiún años y no poder alejar de mis fosas nasales aquel olor a carne humana quemada. A pesar de lo bien que la chica ha limpiado mi celda.

21
mar
09

Fracturas abiertas

Cada vez que huelo esa mezcla de productos químicos que usan los que se dedican a vitrificar suelos de mármol o de imitación de mármol recuerdo el día en que mi hermano pequeño se cayó por las escaleras del patio.

Tenía siete años y todavía no se había dado cuenta de que la vida no es gran cosa. Sus únicas preocupaciones eran conseguir superar la quinta pantalla de no sé qué videojuego y completar su colección de tazos. Por eso los días en que me levantaba con la sensación de no estar aportando nada al mundo especialmente acentuada me lo llevaba al quiosco y le compraba unos cuantos.

Como aquella mañana. Incluso antes de salir del ascensor ya percibí ese olor denso, como a cristasol mezclado con lejía industrial mezclada con abrillantador de muebles. Mi hermano echó a andar delante de mí de esa manera en que andan los niños cuando se mueren de ganas por llegar a algún sitio lleno de golosinas o juguetes: correteando unos metros para luego pararse en seco y darse la vuelta para ver si el adulto que puede hacer realidad sus deseos les sigue de cerca. Lo sé porque podía oír sus pasos, que chirriaban sobre las baldosas enceradas, pero a duras penas lo vislumbraba. El sol entraba de frente por la puerta de cristal, tan potente y naranja que parecía que estuviera amaneciendo justo ahí mismo, y su resplandor se multiplicaba y cegaba aún más al reflejarse sobre el suelo y los rodapiés recién pulidos. Así que mi hermano no era más que una sombra informe que oscilaba entre rayos de sol y motas de polvo en suspensión. Igual que el operario de la empresa de pulido de suelos y superficies varias que aquel día tenía en su plan de trabajo venir a sacarle brillo a mi portal y cuya silueta oscura se recortaba en medio de la luz dorada. No había nada especial en lo que hacía; había acabado su tarea y ahora simplemente recogía su instrumental con una rodilla hincada en el suelo. Pero por la razón que fuera o por ninguna, seguramente porque las cosas pasan y ya está, clavé mi mirada en él durante demasiado tiempo. O quizá no tanto pero desde luego el suficiente para seguir andando sin ver que mi hermano se detenía en la cima de los diez escalones que conectan el zaguán con el nivel de la calle. Sólo noté su presencia cuando tropecé con él. Y ya lo único que pude hacer, por puro instinto, fue alargar mi mano hacia su cuerpo.

Pero no agarré su camiseta, ni sus brazos, ni sus tobillos en pleno vuelo. Ni siquiera le rocé un pelo. Ya estaba demasiado abajo, estampándose de espaldas contra un par de escalones y de cabeza contra el suelo. Hizo croc y chac. Un ruido raro que no supe asociar con ningún referente en ese instante. Tampoco importaba demasiado. Lo que estaba claro era que su cráneo había crujido y chasqueado de tal manera que asumí que lo de ahí abajo era mi hermano muerto. Y una vez a su lado cualquier esperanza se desvaneció. La sangre me empapó las rodillas y los camales y las manos en cuestión de segundos. Mucha, muchísima sangre, con su olor metálico completando la mezcolanza química, inhumana del oxígeno del patio. Pero la verdad es que más que la cantidad de rojo me sorprendió el hecho de pensar que era demasiado oscuro, casi negro.

Probablemente la impresión se deba al contraste con el color crema del suelo recién abrillantado sobre el que el charco crece y crece, pensé un momento después, mientras deslizaba con cuidado una mano por la nuca de mi hermano e intentaba incorporarle la cabeza.

Parece una fruta aplastada, me dije al notar el tacto de lo que palpaba.

Supongo que intentaba pensar en todo aquello como si se tratara de algo ajeno a mí, una película o algo por el estilo. Quiero creer que la asepsia con que mi cerebro analizaba la situación era sólo un mecanismo de distanciamiento, una pura técnica de defensa. Porque lo cierto es que también pensé:

Ya lo tengo:

como un coco, como un martillazo en un coco, así ha sonado.

Y creo que entonces me puse a llorar o a gritar, aunque no me atrevería a asegurarlo. Puede que el que gritara fuera el puto abrillantador de suelos. Da igual. Lo que cuenta es que de pronto el pobre crío convulsionó durante unos segundos como si una superdescarga eléctrica le atravesará el pecho. Después la sacudida cesó tan repentinamente como había empezado y sus extremidades se relajaron. Incluso su expresión pareció adquirir un matiz sereno y pensé Igual es verdad, igual está viendo una luz acogedora al fondo del túnel. Lo pensé y lo deseé con todas mis fuerzas; al fin y al cabo se trataba de la muerte de mi hermano. Pero al momento los ojos se le abrieron de par en par como empujados por un resorte incomprensible. Sus iris giraban y giraban en todas direcciones dentro de los globos oculares llenos de pequeños capilares estallados y acabaron escondiéndose bajo los párpados superiores, reducidos a sendos trazos curvos de azul. Y enseguida, aterrorizado, le vi expulsar unas babas espesas impregnadas en hilos de sangre. Y le vi y le oí empezar a hablar con una voz igual de pringosa que su propio cerebro hecho papilla. Una voz absurda y escalofriante teniendo en cuenta la boca con dientes de leche de la que manaban las palabras, salpicándome la cara. Un susurro denso, gutural y grave como el burbujeo del metano al abrirse paso a través del limo fétido del fondo del pantano más contaminado del planeta. Igual de hipnótico y sabio. Mi hermano o lo que fuera a esas alturas dijo, pronunciando a la perfección fonemas en los que hasta entonces siempre se trababa y conjungando verbos cuyo significado era imposible que conociera, que prefería mil veces desangrarse sobre el gres a volver a pisar esa calle de ahí afuera tan soleada y ajardinada y vigilada policialmente y tan rebozada de excrementos de pitbull y de flemas verdosas.

Dijo que no habíamos entendido nada de lo verdaderamente importante y que eso ya no le generaba tristeza, ni vergüenza, ni siquiera hastío.

Que lo único que ya sentía por nosotros era puro asco.

Dijo:

es nauseabundo echar un vistazo a vuestros facebooks y ver que habitantes de zonas residenciales de lujo de los alrededores de cualquier gran ciudad occidental se inscriben a través de sus iPhones en grupos llamados Yo tampoco quiero que se utilicen perritos para cazar tiburones en la Isla Reunión o Si no reciclas eres mala persona.

Y también dijo que cuando la violencia de género se resuelve en un plató de televisión ante un pelotón de periodistas del corazón la única salida digna es cortarse las venas después de dinamitar una emisora de radio, una tienda de rayos UVA o una mezquita.

Dijo:

Sembráis de minas las selvas y lucháis por la supervivencia del lince ibérico.

Dijo un montón de cosas parecidas a éstas, y luego:

la habéis cagado y no quiero volver a veros.

Entonces dos hombres con chalecos naranjas entraron en el portal empujando a toda prisa una camilla. El vitirificador de suelos gritó algo así como Rápido, rápido, ahí está, se ha dado en la cabeza, ¿está muerto?, ¡creo que es una fractura abierta de cráneo de ésas que salen tan a menudo en los programas de emergecias médicas! Y diez minutos después mi hermano estaba en el hospital en buenas manos. En tan buenas manos que dos meses después salió del coma y desde ese día jura no recordar nada de lo que me dijo. Han pasado ya veinte años y ahora es auditor de grandes cuentas, colabora con Greenpeace con cinco diez al trimestre y conduce un volvo enorme. Según él todo aquello es cosa mía. Pero yo sé que no.

Y por eso frecuento los puntos negros de las carreteras para ver si tengo la suerte de encontrar a alguien atrapado en el clásico amasijo de hierros que sea capaz de iluminarme como hizo mi hermano aquella mañana.

Paseo durante horas bajo los viaductos.

Me he comprado un equipo de radioaficionado para sintonizar la frecuencia de la policía y los bomberos y seguir su rastro.

Me siento en las Ugencias de cualquier hospital e intento entablar conversación con los que veo realmente jodidos.

Pero nunca he conseguido alcanzar otro instante de revelación como el que me proporcionó mi hermano pequeño tumbado boca arriba sobre su propia sangre.

28
feb
09

Mirador

Abrir el pequeño armario superior derecha de la cocina y comprobar que aún queda café en el bote de cristal. Salir al balcón en pijama con el calor negro humeando en la mano derecha. Calor insuficiente. Igual que el que irradia el sol blanco de febrero que se desparrama por el terrazo. Ni siquiera traspasa el algodón de los calcetines. Se limita a resaltar la negrura de los goterones resecos de vete a saber qué que motean las baldosas. Es media mañana y todo lo que se mueve en la calle debe de llevar varias horas a pleno rendimiento. Pero te acabas de levantar y la vida aún parece desenvolverse a cámara lenta. En realidad siempre te lo parece. El café y el cigarro te revuelven el estómago para darte los buenos días. Aunque es posible que la razón de las náuseas sea la música de mierda que te llega desde el piso de al lado. El vecino es un tipo de aspecto sórdido que roza la cuarentena y es fan de todas esas cantantes negras clónicas que salen en la MTV. No escucha otra cosa. Las melodías de esas afroamericanas venidas a más son lo único físico que se filtra hasta ti a través de las paredes que te protegen de él. Pero es mucho peor lo que te impregna si intentas imaginar cómo es su piso por dentro. Su vida por dentro. Porque sólo puedes visualizar cortinas color beige y una moqueta atestada de pelos y pelusas y lámparas con demasiadas bombillas fundidas y un olor desagradable saliendo de la nevera. Es esa clase de sordidez la que te transmite cuando coincides con él en el ascensor. Es lo que se desprende del ejemplar de Penthouse que suele llevar medio escondido dentro del periódico doblado. De las manchas en la bragueta. De las gafas con cristales amarillentos. Del modo en que le oyes respirar al otro lado de su mirilla cada vez que entras o sales de casa. Así que si lo piensas bien la música que le gusta es incluso demasiado buena. Y si lo piensas aún mejor concluyes que si tuvieras la pasta suficiente insonorizarías tu casa o contratarías a un sicario para que eliminara el problema. Probablemente lo del exterminador sea más barato. Eso te planteas por un instante. Pero desechas la idea de inmediato porque por muy barato que sea será más caro que lo que te puedes permitir y total llevas ya dos semanas consiguiendo no salir de casa así que ni de coña vas a hacerlo para ir a mirar cuánto te queda en la cuenta corriente. Además la solución fácil es la de otras veces. Por eso arrastras los pies hasta el baño dejando algo parecido a huellas humanas en el polvo que recubre el suelo y dejando algo parecido a suciedad pero tan consistente y pesado como auténticos escombros en tus calcetines. Lo malo es que en el baño ya no queda ni una de esas bolitas multicolor de algodón que usa para desmaquillarse. Cada día desaparece algún vestigio de otra época. Podría ser una reflexión triste pero estás tan asqueado que la piensas con la frialdad y distancia que emplearía un arqueólogo o algo por el estilo. Alguien acostumbrado a llegar demasiado tarde a los sitios. Cuando ya sólo puedes contemplar las ruinas de cosas que siempre imaginaste más bonitas o más puras y casi inmortales. En fin. No hay bolitas de algodón y tienes que taponarte los oídos con dos pedazos de simple papel higiénico. Anodinamente pálido cuando lo miras. Dolorosamente rugoso cuando te lo metes hasta el tímpano. Pero en realidad agradeces sentir algo intenso y además por lo menos amortigua un poco la música y las voces y al volver a hundir la vista en la soleada calle con el filtro aséptico en las orejas todo queda envuelto en un medio silencio irreal que aleja un poco más las cosas. En la esquina de enfrente una anciana en bata rosa y con una sola zapatilla intenta sin demasiado éxito recogerse las canas en una coletita grasienta mientras mira alrededor como buscando algo o a alguien pero con cara de no saber qué o a quién. Algunos de los que pasan andando a su lado la miran con cierta extrañeza pero ninguno se detiene a ver si necesita algo. Te preguntas si tú también la ignorarías y por suerte antes de que la respuesta se defina con claridad en tu mente un grito no del todo humano atraviesa tus barreras protectoras de celulosa y te hace mirar hacia la acera. Quince metros justo por debajo de ti los hijos de la portera de tu edificio juegan a pelearse o se pelean de verdad. Lo cual sería normal y hasta saludable si no fuera porque uno de ellos padece el síndrome X frágil. No necesitas ser médico para saberlo. Basta con observarle y luego poner en Google cosas como “retraso mental” “mandíbula inferior prominente” “cara larga y estrecha” “orejas grandes” “pies planos” “estrabismo” “lenguaje desordenado y repetitivo” “ecolalia” “aleteos con las manos” “morderse los dedos”. Y si después clicas en cualquier entrada del listado que se te ofrezca aprenderás un poco más sobre genética y neurología y el fabuloso mundo de las enfermedades raras. Y sobre todo obtendrás una información que te permitirá afirmar desde tu mirador que los dos hermanos de ahí abajo no están jugando. Que se están peleando de verdad. Porque el normal ya es lo bastante mayor como para comprender que si quiere ser un buen hermano antes o después tendrá que cargar con el tarado hasta que uno de los dos se muera. Pero de momento aún es un niño y nadie se va a enfadar demasiado con él si lo putea un poco. De momento nadie le acusará de maldad. Será simple travesura. Así que quizá haga bien en resarcirse por anticipado de toda la mierda que empezará a tragar dentro de no muchos años y de la que jamás podrá librarse so pena de ser acusado de mala persona. Además tampoco pasa nada por unas leves bofetadas y collejas mientras el otro gruñe y bracea torpemente. Puede que hasta sea poco. Pero sea como sea no te resulta un espectáculo agradable. Y haces lo primero que se te ocurre para volver a poner del mismo lado a los dos chavales. Te reclinas sobre la barandilla y calculas el ángulo de tiro. El niño raro está exactamente en tu perpendicular. Ves su cabeza puntiaguda como a través de una cámara cenital. Ves incluso cómo centellea al sol ese labio inferior sobresaliente y encharcado de babas perennes. Y entonces casi sin darte cuenta has escupido y estás observando el proyectil de saliva manchada de cafeína y mil cosas peores que cae y cae y cae tan a cámara lenta que piensas que sólo lo estás imaginando. Hasta que se estrella en el mismo centro del cráneo del retrasado emitiendo un sonido indudablemente real. Lo que pasa cuando los dos niños entienden la situación es que mientras uno llora y se da manotazos en la cabeza el otro te localiza en el balcón y te grita hijo de puta y amenaza con matarte. Y los ves tan unidos en su odio hacia ti que encuentras algo reconfortante en todo ello. Algo casi mesiánico. Supones que es lo que se siente al conseguir hacer algo bueno por alguien sin esperar nada a cambio. Y fugazmente piensas que no eres tan malo como solía echarte en cara. Que cuando quieres puedes ser tan altruista como un monje tibetano sólo que empleando técnicas un poco más agresivas. Aunque lo cierto es que sabes que es mentira. Que lo más probable es que hayas atentado contra el miembro más débil de la manada sin ningún motivo o simplemente por demostrarte que aún puedes hacer daño. Que todavía hay gente a la que puedes joder. Y no al revés. Así que te das por satisfecho momentáneamente y sigues oteando el horizonte de cemento y metal que te regala tu observatorio. Tres portales más para allá un hombre va y viene sobre sus pasos y mira a todos lados varias veces antes de llamar a un timbre. Es la casa de putas que abrieron hace poco. Los que la regentan son discretos. No son de ésos que ponen tarjetitas publicitarias en las ventanillas de los coches. Al menos no en los de por aquí. Pero sabes que ahí hay una casa de putas porque has visto ya a decenas de hombres feos y menos feos comportarse de igual modo ante ese portal. Además de por la colección de microtangas que las trabajadoras de la casa tienden los días que hace sol. Y sigues observando y ves al niño del tercer piso jugando en el balcón con un coche de juguete igual que tantas otras veces a estas horas. Debe de tener cinco años. Una mala edad para dejar a alguien tantos metros por encima del asfalto. Lo que pasa es que las cortinas de la casa no son lo bastante tupidas y sabes que cuando su padre decide amanecer se desayuna la media botella de ginebra que no se cenó anoche y empieza a apalizar a su madre. Y la mujer aún no ha encontrado un lugar mejor donde refugiar al niño. Está claro que la vida no es gran cosa. Tienes claro que es mejor limitarse a analizarla que participar de ella. Por eso apuras la taza y rezas para que mañana abras el pequeño armario superior derecha de la cocina y aún quede café en el bote de cristal.

21
dic
08

El espíritu de la navidad

El hombre que está sentado delante de mí habla y habla aparentemente ajeno a mi falta de atención a lo que dice. Ya tengo dentro bastante mierda propia por rumiar y digerir como para fijarme en la que el tipo intenta colocarme. Mi móvil y mi bandeja de entrada callados desde hace más de una semana y el desconcierto dando paso a un miedo mezclado con rabia. Más de siete días, más de ciento sesenta y ocho horas sin noticias de lo vital. Y aquí estoy, en el trabajo, intentando ganarme la vida pero olvidando un poco más a cada segundo lo que ese verbo y ese sustantivo significan. Así que pongo la cara de alguien que escucha aunque en realidad mis sentidos sólo dan para informarme de que el humano que está ahí enfrente se mueve de tanto en tanto, emite sonidos y parece un ser vivo. Cada cierto rato cruza las piernas y en una de éstas reparo en sus calcetines y sin querer, como siempre me pasa, empiezo a tirar del hilo. Calcetines negros de ejecutivo. Me parece que son de ésos que no tienen costuras en el talón ni en la puntera. De ésos que los ejecutivos superocupados pueden comprar por internet en packs de cinco pares por un precio razonable. De ésos que pueden dar el pego. Lo que pasa es que están hechos a base de poliester, poliamida o alguna materia igual de contaminante y miles de diminutas fibras reflejan cegadoramente el resplandor que cae de los fluorescentes del techo cada vez que al hombre empieza a temblequearle el pie suspendido. Destruyendo así cualquier ilusión de elegancia. Y además desde aquí veo la marca que la goma le hace en la carne pálida, en la que ya no hay pelos, nada más que una leve pelusa dispersa. Porque el hombre que habla y carraspea y vuelve a hablar al otro lado de la mesa debe rondar los sesenta. Puede que alguno más. Y de repente pienso Podría ser mi padre. Y a lo mejor por eso un tenue amago de simpatía se me remueve dentro. O puede que la razón sea que el tipo está evidentemente nervioso y tartamudea al empezar todas y cada una de las frases con las que intenta convencerme de que esta oficina sería un lugar mucho mejor si dejáramos que la empresa a la que representa nos instalara nuevo hardware, nuevo software y otras cosas igual de modernas. O igual el vendedor me cae bien porque cada vez que se inclina hacia adelante y la chaqueta se le abre un poco puedo ver los inmensos rodales de sudor que le manchan la camisa blanca mal planchada. O, por qué no, quizá se trata sólo del modo inseguro que tiene de removerse en el asiento, cruzando una pierna sobre la otra para dentro de medio minuto deshacer la operación y hacerla en el sentido contrario. O de ese flácido filete de carne rosácea que le cuelga sobre el cuello de la camisa por culpa de la corbata demasiado apretada. Qué más da. El caso es que ha vuelto a ocurrir la putada habitual: que sin razón concreta un extraño consiga despertarme simpatía, solidaridad, cierto afecto. Uno de esos sentimientos vagamente positivos que no sirven para otra cosa que hacerte comprobar de inmediato cuánto te has equivocado al darles cabida. Joder, el tipo está sufriendo y sudando al recitarme las bondades del plan de gestión informática integral que sueña con encasquetarme. Esas parrafadas no puede soltarlas uno así como así. Me lo imagino perdiendo horas de sueño para repasar las características técnicas de programas de ordenador diseñados por sus jefecillos. Chavales más jóvenes que sus propios hijos pero que son los que le pagan a final de mes y le conceden otros treinta días de supervivencia a la crisis si ha alcanzado los objetivos previstos. Me lo imagino estudiándose por enésima vez el manual de su producto estrella en el ascensor justo antes de entrar en esta oficina y poner una parte de su destino en mis manos. Y sin siquiera darme cuenta estoy aflojándome aún más el nudo de mi corbata. Para que se relaje y haga lo mismo con el suyo. Para que vea que la perfección de su corbata me importa aún menos que él hasta hace unos segundos. Pero en ese momento el tipo decide cagarla. El tipo entiende lo contrario de lo que mi gesto ha querido decir y se hiergue sobre la silla, la espalda muy recta, y aprieta un poco más su nudo mientras mueve el mentón a izquierda y derecha y estira hacia abajo las comisuras de los labios. Tío, ¿por qué lo has hecho? Eso pienso. Pienso: Sólo estaba siendo amable contigo, pero eres tan imbécil que no te das ni cuenta. Iba a comprarte lo más caro de tu catálogo. Ni siquiera puedo hacerlo sin la autorización de mi jefe de departamento, pero iba a comprártelo. Porque sí, por hacer algo digno por alguien o simple y egoístamente por tener algo digno en que pensar al irme a dormir. Pero me has demostrado que no lo mereces, que estás más muerto que vivo y ojalá te despidan mañana mismo. Eso es lo que pienso pero lo que hago es interrumpirle y lo que digo es Lo siento, no siga, no me interesa. Y el hombre se levanta y empieza a recoger sus papeles con una lentitud y una cara de idiota que me obligan a aferrarme a los brazos de la silla para no saltar sobre él y echarle a patadas. Porque de repente me siento al límite de algo oscuro y no creo que pueda tener mucho más tiempo ante mi vista una nueva prueba de que este mundo es el peor lugar en que vivir. Evitando mirarle a sus ojos de viejo tan mediocre que se ha dejado avergonzar por un gilipollas como yo le espeto que se dé prisa, que salga, por favor, que tengo muchas cosas que hacer. Pero es mentira porque lo único cierto es que en mi mente sólo hay sitio para planes que no sucederán. Deseos que sé no cobrarán forma pero con los que me quiero quedar a solas y lamentar mi suerte. Lamerme las heridas a falta de otra saliva. Y dejar pasr el tiempo hasta que el dolor se convierta en norma y resulte imperceptible. Y mientras el tipo guarda en su maletín los folletos de todo lo que me ha intentado vender de entre las páginas de uno de ellos se desliza una tarjeta. Un abeto rodeado de estrellas doradas y trineos voladores aterriza en la mesa. Cosas imposibles, cosas milagrosas. El hombre la recoge y duda un momento si dármela o no. Se decanta por lo que merezco y sale por la puerta teniendo al menos el detalle de decirme adiós y cerrarla a su espalda. Sí, es verdad, la navidad está a la vuelta de la esquina. Y asumo que este año me gustará aún menos de lo normal. Me faltará un regalo. Me faltará hacer un regalo. Caminando de vuelta a casa la noche no lo parece. Las bombillas de los escaparates y de los adornos que cuelgan sobre las calzadas lo envuelven todo en una bola de luz cálida dentro de la que la gente parece encontrarse a gusto. Pasan a mi lado cargados de bolsas y paquetes desprendiendo algo parecido a lo que la gente normal llama Felicidad. El puto espíritu de la navidad poseyéndolos a todos. Pero en lugar de alegrarme por ellos sólo puedo sentir la convicción de que están equivocados. Y que más pronto que tarde la verdad se materializará ante sus ojos, les pondrá su filo helado en el cuello y les hará conscientes de que lo bueno suele acabar pronto y de la peor manera. El móvil se pone a vibrar en mi bolsillo. A los de Movistar les ha dado por llamarme todos los días a esta hora. Quieren que me una a su club. Todas y cada una de sus teleoperadoras de dulce acento latinoamericano me han jurado que si lo hago me regalarán un teléfono nuevo y mil mensajes gratis. No tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, decidí confesarle ayer a una voz que dijo llamarse Zaida. Ya no tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, joder, deja de llamarme o tendré que buscarte y matarte. Pero parece que tampoco ella me tomó en serio. Así que saco el móvil dispuesto a decirle a la de Movistar alguna barbaridad todavía mayor y casi se me cae de las manos cuando veo el nombre que aparece en la pantalla. Y las ganas se imponen fácilmente a mi débil orgullo. Descuelgo y hablo y habla y creo que he acertado al renunciar a los principios que no tengo porque acabo escuchando lo que quería escuchar. Si me paro a pensarlo casi me da asco/vergüenza reconocer que una llamada haya servido para hacerme sentir bien. Que haya alguien en el mundo capaz de convertirme en un zombie cuya única misión sea hacer lo que me pida. Que de pronto la ciudad no me parezca un nido de ratas y que los escaparates atraigan mi atención en busca de lo que le regalaré mañana. Pero prefiero no pararme a pensarlo. Prefiero, como cualquiera, intentar estar contento y que los demás lo estén conmigo. Por eso entro en el superbazar chino que hay en la esquina de mi calle y le compro a mi hermano pequeño un Papá Noel escalador. Hace unos días me preguntó si podía poner uno en el balcón. Y le contesté que no. Y cuando insistió le dije que eso era algo de muy mal gusto y que dejara de tocarme los cojones. Le hablé como a un adulto. Peor, le hablé como un adulto que tuviera el deber de soportar mi pena. El chino del mostrador me cobra treinta euros por el muñeco más grande de cuantos tiene y estoy tan aliviado por la llamada que acabo de recibir que no me parece una estafa aunque el trasto no cante ni baile mecánicamente ni emita destellos de colores. Cuando le doy el Papá Noel a mi hermano me da las gracias y un abrazo fuerte. Y no sé qué me sorprende más. Qué fácil es satisfacer cierto tipo de deseos. Me planteo fugazmente si ella estará pensando lo mismo respecto a mí. Si le dará a su llamada la misma nimia importancia que yo le doy al detalle que acabo de tener con mi hermano. Pero me quito rápidamente ese temor de la cabeza gracias al subidón de serotonina que acabo de experimentar. Y me voy a la ducha y me recreo bajo el chorro. Hasta silbo. Hasta me pongo suavizante en el pelo. Y me hago una paja para cumplir mejor mañana. Y me corto las uñas de los pies y mientras me afeito le grito a mi hermano qué quiere para cenar. No me contesta, sólo se oye la tele emitiendo anuncios de juguetes, perfumes y chocolates y otras cosas por el estilo que se pueden comprar en El Corte Inglés. Salgo del cuarto de baño y me dirijo a la cocina. Le prepararé una pizza de las que le gustan. Y nos la comeremos juntos viendo en la tele lo que él quiera ver. Por qué no, yo ya tengo lo que quería y lo demás me da igual. Me siento bien por primera vez en bastante tiempo y todo sería perfecto si no fuera por esa sirena que no para de sonar en la calle. Meto la pizza en el horno y voy a ver qué pasa. Salgo al balcón. La cara regordeta y sonriente de Papá Noel me mira por encima de la barandilla. Me asomo. Y antes de ver la ambulancia veo que el muñeco no tiene piernas. Por debajo de su cinturón sólo hay tripas de gomaespuma agitándose al viento. Sus extremidades inferiores están en suelo, veinte metros por debajo. Junto al cuerpo reventado de mi hermano.

26
nov
08

Problemas de empatía… qué coño

El otro día el perro de mi jefe se muere y el cabrón acaba deciéndome que no empatizo. Puede. Pero es que hace unos años mi cuñada intentó matarme con una aguja de ésas que se utilizan para hacer peucos o guantecitos de lana. Puede, también, que todo venga de aquello. Lo que pasa es que intento no plantearme el porqué de las cosas. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque son las siete de la mañana y Lucrecia o Lupita o algo así -nunca lo he tenido muy claro- llama a la puerta y eso significa que en teoría puedo desentenderme durante unas horas. Desconectar, suelen llamarlo. Así que como cada lunes, martes, miércoles, jueves, viernes le dejo a Lucrita quince euros sobre la mesa de la cocina. Para el taxi. Y cierro la puerta con cuidado para no despertarle y conduzco rumbo al trabajo unos tres cuartos de hora, minuto arriba o abajo en función de la suerte con los semáforos. Y mientras el sol naciente inunda el paisaje rodante de una luz color zumo de limón oigo hablar a vehementes tertulianos en la radio del coche. Parece que están muy seguros de lo que dicen, que tienen muy claro el funcionamiento del orden mundial. Y me extraña, porque yo ya no entiendo nada. Ya ni siquiera sé si prefiero llegar pronto o llegar tarde a la oficina o simplemente empotrarme contra una farola y no llegar jamás. Desconectar, en la práctica. Lo que pasa es que intento no plantearme en qué se está convirtiendo mi vida. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque cuando quiero darme cuenta estoy subiendo al trabajo en el ascensor mirando sin sorpresa el reflejo de mi decadencia a la luz de los halógenos de baja intensidad y alto ahorro energético, llenándome los pulmones de un aire que huele a metal pulido y a cristasol y a muchas otras cosas ajenas a la naturaleza humana.

Contraté a Lupecia a través de un papel plagado de faltas de ortografía que vi pegado en una parada de autobús. Lo primero que me contó durante el simulacro de entrevista al que le sometí sólo para tener la mente ocupada un rato fue que en Sudamérica había dejado una hija preadolescente embarazada y un hijo pandillero y otros dos enterrados. Y que se había venido a Europa porque quería que los miembros de su familia que aún respiraban tuvieran un abanico más amplio de posibilidades para cagarla. Su ilusión era ofrecerles algo mejor. A ellos y a sí misma. Ya estaba cansada de pasarlo mal, concluyó. Encomiables intenciones, algo muy conmovedor si te lo cuenta una señora demacrada y mal vestida sentada en tu sillón, con humedad en los ojos y un potente aliento a vino barato forrando cada una de sus palabras. Aunque, la verdad, supongo que tampoco con ella empaticé. Sin embargo, me pareció una buena mujer a la que le quedaba bastante que aprender de la vida en el primer mundo, así que le dije que sí y acordamos un más que digno salario en negro. De esto hace ya un par de años. El mes pasado Lupita se marchó por diez días a su tierra para asistir al entierro de su joven ñeta o lo que fuera, y aún no ha regresado. Yo mismo la llevé al aeropuerto y le pagué el billete para generarle cierto sentimiento de deuda para conmigo. Para que no me dejara tirado. Cuando por fin dijo adiós comprobé que su boca olía a alcohol mucho más intensamente que el día que la conocí. Puede que nunca hubiera dejado de beber, no lo sé. Lo que puedo asegurar es que en ningún momento desde que le dieron la noticia por teléfono se tomó la libertad de mostrarse demasiado dramática en mi presencia. No me dio detalles, ni yo le di el pésame, ni me agradeció nada. A lo mejor es que ya había aprendido algo gracias a mí. Por ejemplo, a consolarse ella sola pensando que la ropa con la que al día siguiente metería a su hijo en el ataúd sería mejor que la que habría lucido antes de que ella decidiera prosperar al otro lado del Atántico. Y que con lo que había ahorrado trabajando en mi casa podría emborracharse muy lujosamente en su país hasta que el hígado le reventara, y olvidarse de que al fin y al cabo puso seis mil kilómetros de por medio con lo que le importaba. Y creerse un poco feliz hasta que el efecto de la anestesia se evapore.

Cuando llego a la oficina digo hola y nadie me contesta o al revés. Saco del cajón el botecito de las chinchetas y lo vacío sobre mi silla con cuidado de que todas las puntas oscuras queden orientadas hacia el cielo que debe haber muchos kilómetros por encima de estos neones. Y luego me dejo caer sobre el asiento sin hacer el menor esfuerzo por frenar el efecto de la gravitación universal sobre mi cuerpo. Decenas de pinchos se me quedan clavados pero muy pocos logran atravesar la costra que recubre la parte de atrás de mis muslos después de repetir esta acción a diario durante meses y meses. Así que hace tiempo que no me tengo que preocupar de ponerme pantalones oscuros. Tengo que preocuparme de cosas mucho más dolorosas, más difíciles. Por ejemplo, mantenerme detrás de mi mesa cuando mi jefe se planta al otro lado y me dice casi sollozando que sigue triste por la muerte de su perro. Lleva una foto del animal bajo el brazo y le echa un vistazo cada cinco segundos sin que deje de temblarle la barbilla. Yo tengo una sobre mi escritorio, de cuando tenía sentido que los dos y más gente nos fuéramos a hacer una parrillada en el monte, pero jamás me ha preguntado quién es el de la imagen. Me parece increíble no saltar sobre él y graparle la boca y los párpados. En lugar de eso concentro mis fuerzas en alzar un poco la cabeza y decirle Tranquilo, sólo es un perro. Y él me suelta con odio que no empatizo. Que no me implico en la empresa, ni con los compañeros ni con nadie. Miro el reloj que hay en la pared y calculo que me faltan siete horas y cuarenta y nueve minutos para salir de aquí. Y echo de menos lo bien que me sentaba el prozac al principio de todo esto. Y luego el cipramil y el dumirox y la cymbalta. Pero ahora necesitaría litros de fluoxetina para alcanzar el único descanso viable a estas alturas.

Porque cada vez que paso por delante de un contenedor de basura, o aunque no sea así, me acuerdo de que aquella noche habíamos estado bebiendo unas cervezas. En plan despedida de la buena vida. Mi hermano iba a ser padre en dos semanas y en adelante tendría ya pocas opciones de ver un partido de fútbol de mierda con los amigos. Lo pasamos bien hasta que mientras lo llevaba de vuelta a casa nos estrellamos contra un camión de basura que salió marcha atrás de un callejón. Cuando mi ex cuñada me vio por primera vez después de aquello quiso matarme con lo primero que encontró a mano. No se lo tengo en cuenta. Ni eso ni que haya rehecho su vida y sólo venga por nuestra casa una vez cada quince días. Ni siquiera sube a casa. Espera en el patio con la niña y yo bajo a recogerla. Pasa con nosotros un fin de semana de cada dos. Ella ya mira sin asomo de extrañeza cuando le curo a mi hermano las llagas del culo y le limpio el tubo del respirador mecánico. Es una buena cría. Muy lista. He conseguido que le llame papá. Y a mí hijoputa.

17
nov
08

Problemas de empatía

Censurado por la Autoridad Moral.

Os dejo los tags para que os montéis con ellos la historia que mejor os parezca.




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