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04
feb
11

Cosasquehacendelmundounlugarmásomenoshabitable

Lo que para mí hace del mundo un lugar más o menos habitable -a ratos- son cosas muy diferentes, pero solo voy a contar una.

Creo que ya en dos ocasiones he hablado de esos loros que de vez en cuando deciden posarse en un árbol de aquí cerca. Sí, me parece que una vez era invierno y otra verano. Bien, esta mañana volvían a estar allí. Así que invierno, yo temblando bajo las ramas peladas y todos esos pájaros ahí arriba. Sus pechos latiendo en verde y rojo. Perfectas bolas de calor y color resplandecientes. Esos pájaros ahí arriba, muy cerca y muy lejos. Todos tan tranquilos. Nada parece inquietarles. Tan extraños. Miran y miran alrededor girando la cabeza hasta límites imposibles pero no parpadean ni una vez, como si las cosas del piso de abajo no fueran con ellos. En cambio a mí empiezan a dolerme las cervicales y otro buen montón de cosas, y les envidio un poco.

No sé, quizá ese árbol les hace las veces de área de descanso en su viaje anual a tierras más cálidas. La verdad es que no tengo ni idea. Lo único que sé es que siempre eligen el mismo. La tercera acacia de la hilera de diez que flanquea mi paso a lo largo de los últimos cien metros de camino al trabajo. Y supongo que debe de haber alguna razón. Me acerco al alcorque y remuevo la tierra con el pie. Rebusco no sé el qué. No encuentro nada especial, por descontado. Me agacho para que no se diga que no pongo todo de mi parte por descifrar las claves de lo que me interesa. Arenilla vulgar, arenilla de descampado. Cuatro o cinco colillas, una sonrisa perfecta en el envoltorio de un chicle y una mierda de perro reseca y de un gris muy pálido. Vuelvo a incorporarme. Miro a los loros y la C1 y la C2 me vuelven a crujir y pienso que es un ruido mucho más potente que el que harían dos mundos que chocaran en el vacío del espacio. Ellos me devuelven la mirada con una suficiencia pasmosa. Cualquiera diría que es simple estupidez animal, pero yo sé que hay algo más que eso en la densidad de sus ojos de tinta china. Algo que se parece bastante a la suficiencia, a la condescendencia y a unas cuantas gotas de compasión. Y estoy a punto de mandarles a tomar por culo, si es que es fisiológicamente posible joder de tal manera a un ave tropical. Pero en ese momento uno de los loros empieza a mover la cabeza de abajo y de golpe arriba y otra vez abajo y de golpe arriba. Se detiene, me mira con una intensidad nueva y repite el movimiento con gesto apremiante. Se está comunicando conmigo. Quiere que suba. Me doy cuenta de ello sin ser consciente del hito biológico que estoy protagonizando. Miro calle arriba y calle abajo. Solo un barrendero unas decenas de metros más allá, con la vista clavada en el suelo y su basura habitual. Así que doy un salto del que me creía incapaz y en un momento estoy sentado sobre una rama que parece lo bastante resistente. Los loros no han agitado ni una pluma al verme subir. Supongo que no me consideran presa ni depredador, y aciertan desde su sabiduría natural total. Entonces el que me ha invitado a su mundo, que parece el jefe de la bandada, alza el vuelo, aletea con seguridad entre las ramas y se posa en mi hombro. Sus hermanos, amigos o lo que sean le imitan uno tras otro y al cabo de unos segundos todos ellos están sobre mis brazos, sobre mis piernas. Incluso uno más pequeño que los demás me acaricia la cabeza con sus garras y emite un sonido agudo que se parece a la carcajada de un humano. Me siento bien aquí arriba. Y me siento mucho mejor cuando observo que las miradas de mis loros se desvían hacia el mismo lugar, ahí abajo, de donde vengo. Mi jefe se acerca por la acera con el periódico bajo el brazo y su imperturbable cara de capullo. Reconozco que durante un instante deseo que no me vea. Pero por suerte mi deseo no es escuchado por nadie ni por nada. Se detiene justo debajo de mi acacia y, como a cámara lenta, levanta su estúpida cabeza hacia la copa, hacia el cielo, hacia mí. Es maravilloso esto de cambiar el ángulo de visión, la perspectiva. Mientras sonrío a mi jefe, mientras le sonrío de verdad por primera vez en años, casi puedo oír cómo mis vértebras cervicales ríen y aúllan de alegría.

09
jul
10

Especies en extinción

Casi dos años después vuelvo a ver todos esos pájaros en el árbol de cerca de mi trabajo. No sé si alguien se acuerda. Yo sí. Recuerdo que entonces era invierno porque las ramas estaban peladas y eran de color ceniza. Esta vez me ha resultado más difícil verlos entre las hojas verdes. De hecho los he descubierto por pura casualidad. Al pasar debajo del árbol he pensado que no sería extraño que me cayera una cagada. Y claro, no he podido evitar mirar hacia arriba. Ahí estaban: treinta o cuarenta loros pequeños o periquitos enormes camuflados a la perfección en las entrañas de un modesto ejemplo de vegetación urbana, como boinas verdes en una operación secreta. Distribuidos en formación casi militar. En silencio absoluto. Con los ojos muy abiertos y muy redondos y muy negros, mirándome desde su trono vegetal. Había algo inquietante en su actitud. No en plan Hitchcock ni nada por el estilo. Quiero decir que en ningún momento he temido ser despellejado a picotazos. Más bien me ha parecido que la oscura liquidez de sus miradas escondía una sabiduría con la que me era imposible competir. En fin, no sé si es que los encargados del zoo les dejan darse una vuelta por la ciudad una vez al año si se portan bien y se comen todo el alpiste. O tal vez estuvieran de paso, en plena migración. Eso espero, pero no tengo muy claro si los loros, cotorras o lo que sea están capacitados para cruzar países enteros en busca de mejor clima. Lo más probable es que se hayan escapado del aviario privado de cualquier rico y estén escondiéndose de algún gato callejero, me he dicho. Le he preguntado su opinión a una anciana que se ha puesto a mirarlos conmigo pero desde el lado opuesto del árbol. O estaba sorda o no ha considerado necesario contestarme. Se ha quedado un rato ahí, con la cabeza levantada de forma que acentuaba la escasez de carne y músculo de su garganta. Todo era piel arrugada y tendones nudosos. Luego ha levantado los brazos en dirección a las ramas y los ha agitado de un modo grotesco. Me ha alegrado observar que ni uno de los pájaros agitaba una sola pluma. Aunque sólo sea por eso ha valido la pena ser amonestado por llegar dos minutos tarde a la oficina.

 

 

La décimo tercera llamada que atiendo ilumina mi jornada como si el mismísimo Dios se hubiera puesto en contacto conmigo. Al principio me parece tan vulgar como las demás: un hombre con voz apurada solicita hablar con mi jefe para ver si pueden llegar a un acuerdo. Igual que el resto, le debe pasta al banco para el que trabajamos. Por su acento deduzco que debe de ser de origen africano. Me imagino un amanecer azul y frío y a un negro transportando a otros negros a los campos de naranjas en una furgoneta Nissan Trade de segunda mano para cuya compra el hombre que ahora me llama se embarcó en un crédito. Seguramente un crédito más que asequible si no fuera por el hecho de que cada día le pagan un poco menos por cada kilo que recoge. Y si no fuera también por el hecho de que su mujer Fátima ya va por el tercer bombo.

He adquirido el hábito de crearle una biografía a todo el que llama para sobrellevar un poco mejor el tedio y el asco que me produce este sitio. Así consigo, además, empatizar ligeramente con mi interlocutor de turno, no colgarle el teléfono, tratarle casi como a un ser humano.

Siguiendo el protocolo de la empresa lo primero que hago es pedirle que me dé su número de teléfono. Nos lo explicaron muy bien en el curso de formación: se trata de tenerlos localizados por si se corta la llamada o por si en el último momento el tío se lo piensa mejor y decide que aún no ha llegado la hora de pagar a los cabrones del banco. El caso es que me lo da. Entonces le pregunto su nombre.

-Jackson Ojo Divine.

Eso es lo que entiendo, pero sin duda debe tratarse de un error.

-Perdón, ¿ha dicho Ojo Divine?

-Sí.

-Pero… ¿Ojo de ojo y Divine de… divine?

-Eso es.

Y empieza a deletreármelo como buenamente puede. Le dejo llegar hasta la e sin salir de mi asombro. Qué nombre más de puta madre. Luego le digo:

-Oiga, ¿sabe qué? No se preocupe demasiado por el préstamo. Voy a tocar un par de teclas del ordenador y los de recobros no le molestarán hasta dentro de unos seis meses.

Al otro lado de la línea se hace el silencio. Supongo que el hombre está tentado de colgar y quitarse por un tiempo el problema de la mente. Pero algo le hace desconfiar y me dice si puedo mandarle por escrito lo que acabo de comentarle.

-Naturalmente, Sr. Ojo Divine.

Me lo agradece varias veces y me da un número de fax. Es de un locutorio, me dice.

Cojo uno de los formularios, lo relleno con sus datos y escribo: “Conforme a la conversación telefónica mantenida con usted en el día de la fecha, su deuda queda aplazada por 6 meses, sin intereses a su cargo, debido a la concurrencia de las circunstancias previstas en el epígrafe J3 del Reglamento de Gestión Interna de esta entidad”. Y añado: “No se preocupe, Sr. Ojo, es lo menos que puedo hacer: con o sin razón ahora mismo en mi cerebro Dios es negro y tiene deudas con los bancos. Teniendo en cuenta que yo soy un simple mortal, no me va tan mal”.

 

 

Y es que a veces está bien dejarse arrastrar por un arrebato de fe en lo sobrenatural. Porque como dijo algún sabio menos sabio que el gran Giro, quien tiene esta frase como mandamiento vital en su facebook: “Hay dos maneras de ser feliz en este mundo: una es ser idiota y la otra es hacérselo”. Así que no tiene nada de malo entrar en trance místico, reprimir todo instinto violento y fingir normalidad, educación y hasta estúpida simpatía cuando el de todas las mañanas entra por la puerta del bar y se toma la libertad de saludarme con una palmada en la espalda mientras se sienta en el taburete de al lado. Podría optar por ponerme de mala leche. Al fin y al cabo este lapso entre las 8:45 y las 8:55 es el último del que voy a poder disfrutar a mis anchas desde que entre al trabajo hasta que salga. Me gustaría dedicarlo a leer la sección de sucesos del periódico o rebuscar entre las páginas a la caza de alguna columna políticamente incorrecta. Podría incluso contar los boquerones que hay en esa bandeja del expositor. Podría y seguramente debería hacer cualquier cosa que me sirviera para reunir las fuerzas con las que afrontar lo que me espera o incluso cualquier cosa que me sirviera para olvidarme de la necesidad de reunir esas fuerzas. Pedir un orujo de hierbas. Hablar del Mundial con el dueño del local. Ese Ozil es un fenómeno, qué malos son los árbitros, que la chupe Maradona. Debatir conmigo mismo si la camarera sigue en la treintena o está aún un poco más lejos de ese momento de su vida en que debió de ser una chica realmente guapa. Pero en lugar de eso dejo que mi vecino de banqueta sienta que monopoliza mi atención. Hace tiempo me dijo que es limpiador en el colegio de la esquina y que todos los días acaba con la cabeza “hecha un bombo por los chiquillos”. En realidad me lo dice todos los días, y hoy también. Quizá por eso me parece un dato indudable y atemporal que no me siento capaz de valorar positiva o negativamente. Porque aunque los chiquillos le abomben la cabeza es obvio que es feliz con su trabajo. Es más: es obvio que es una persona feliz. Con sus camisetas falsificadas de Mickey Mouse y sus pantalones cortos, con sus canas de cuarentón y su reloj de plástico del Valencia C.F., con sus constantes referencias a unos sobrinos que jamás conoceré, con su cociente borderline, con esos toquecitos que me da en el codo para que le haga caso cuando ya no puedo más y vuelvo la vista hacia la calle para saber que sigo vivo. Con todo eso, es feliz. Se nota en su espléndida sonrisa y en la manera sin complejos ni prejuicios en que saluda a la gente que no conoce de nada. Y aún lo es más si le miro a los ojos cuando me habla con pasión de la vomitona de bollycao que tuvo que limpiar ayer en los servicios de quinto de primaria. Y supongo que yo también.

 

 

Nada que ver con el otro día. Cogí la bici y me puse a pedalear. Acabé en ese parque enorme en el que desembocan todas las calles de esta ciudad. Más que un parque es una gran franja de gravilla y polvo con algún que otro árbol raquítico sobreviviendo a duras penas aquí y allá. Un paisaje ideal para morir de un golpe de calor y tener tu minuto de gloria en el telediario de las 3 de la tarde, el que ven los veraneantes mientras comen ensaladilla con los pies aún llenos de arena. Pero como estaba vegetando en casa haciéndome preguntas cuya respuesta no me apetecía confirmar, sudando como un cerdo por eso y por los 35 grados que marcaba el termómetro de la pared que algún inquilino anterior se dejó en casa y sopesando la posibilidad de cerrar las ventanas, abrir el gas y hacerlo de una puta vez, decidí coger la BH oxidada y darle cierto sentido a mi transpiración y a mis fantasías suicidas. Eran las cinco de la tarde y ahí estaba yo, inclinado sobre el manillar incandescente y dándole a los pedales como si no hubiera mañana. El sol me machacaba los riñones con golpes casi físicos, con toda la fuerza con la que caen las cosas desde ciento cincuenta millones de kilómetros de altura. Pero seguí y seguí pedaleando. El sudor cayéndome a chorros por la cara y por los brazos y la sal formando rodales crecientes en las sobaqueras de mi camiseta negra. Hubo un instante infinitesimal en que sentí que la sangre se obstruía en mi carótida como si dudara entre seguir oxigenándome el cerebro o hacerlo fosfatina con un coágulo justo y necesario. Elevé a los cielos una breve pero creo que bastante conmovedora plegaria para que la naturaleza y las teorías evolutivas y de adaptación al medio y hasta el mismísimo San Darwin decidieran con total libertad sobre mi supervivencia y enseguida volví a notar el flujo acelerado pero constante palpitando en mis sienes. Cosa que me desconcertó hasta tal punto que me costó unos cuantos segundos percatarme de la presencia junto a mí de otro ciclista que me miraba y sonreía enseñando unos dientes simiescos entre los que destacaba por méritos propios el colmillo izquierdo, anormalmente mayor que los demás y afilado como la uña de un guitarrista gitano.

-Te echo una carrera –dijo.

De repente me retrotraje en el tiempo unas dos décadas, lo necesario para ubicarme en la última ocasión en que alguien me había dicho esa frase. El retador de mi recuerdo era un conocido del barrio con el que durante mi infancia y adolescencia cultivé una animadversión sin sentido en la que no había vuelto a pensar hasta este momento. Ni siquiera el día que me enteré de que se había decapitado contra un guardarraíl en un accidente de moto le dediqué otro pensamiento que el indispensable para procesar esa información y olvidarla de inmediato. En cambio ahora el desafío del desconocido resucitaba con todo lujo de detalles la derrota que de niño me había infligido aquel muerto. No era poca cosa teniendo en cuenta que desde aquel día esa humillante sensación parecía haberse instalado cómodamente en mi vida.

-¿Hasta dónde, chulo? ¡¿Hasta dónde?! –le grité entre toses y jadeando al tipo de la dentadura espeluznante, cuya sonrisa desapareció sin dejar rastro tras vacilar brevemente ante mi agresividad. Con todo, se rehizo y dijo:

-No sé… ¿Hasta aquella fuente?

-¡Vale! –y arranqué a traición levantándome del sillín rajado y dejando caer todo mi peso sobre el pedal derecho.

Era asombroso sentir la sangre inflando mis olvidados cuádriceps. Había en ello algo épico. Algo digno de que el mejor de los poetas de suburbio compusiera en mi honor la más bella de las odas. En resumen: estaba seguro de que ganaría a aquel tipejo. Estaba pletórico. Me parecía volar sobre la gravilla. Casi lloro de emoción al imaginar la frenética polvareda que sin duda mi rueda trasera debía estar lanzando a la atmósfera a toda velocidad. Pero justo al tiempo de comprobar que el de la boca horrenda me daba alcance sin aparente esfuerzo comprendí que los lagrimones calientes que me resbalaban por las mejillas estaban compuestos a partes iguales de sudor y polvo. Una mezcla frustrante sobremanera y todavía más irritante. En definitiva, me estaba quedando ciego por momentos. Pero por mis huevos que el colmillitos no va a derrotarme tan fácilmente, me dije. Si piensa que voy a frenar sólo por que no veo ni la rueda delantera lo lleva claro. ¿Qué es lo peor que puede pasar? Teniendo en cuenta mi velocidad y peso sólo puedo atropellar mortalmente a un niño demasiado joven para tenerle aprecio a su vida o a un viejo demasiado viejo para lo mismo. ¡Así que a la mierda! Apreté los dientes y aceleré cuanto pude en dirección a una meta tan borrosa como todas las demás. No sé cuánto tiempo estuve corriendo a ciegas, pero en ninguno de esos segundos sentí el menor miedo. Mi integridad física me preocupaba mucho menos que ganarles la carrera a mis fantasmas. Por eso cuando noté que la rueda delantera se quedaba enganchada en algo y una agradable sensación de ingravidez en la boca del estómago me indicó que estaba volando por las aires sólo recé para que el accidente se estuviera produciendo una vez traspasada triunfalmente la línea de llegada.

Tras dar una vuelta de campana aterricé de espaldas sobre un montículo de arenilla que, como después observé, estaban utilizando unos obreros para construir unos urinarios públicos. Me quedé allí un buen rato, recuperando la visión y la respiración. También, lo confieso, temía afrontar la realidad, saber si había ganado o no. Cuando ya conseguía distinguir el azul descolorido del cielo, casi blanco por el calor, una voz me habló.

-Chico –una voz femenina-. Chico, ¿estás bien?

El sol quedaba eclipsado justo detrás de su cabeza, convirtiéndola a la vista en una maraña de pelos naranjas que ardían en llamas fluctuantes. Me pregunté si sería pelirroja o se trataba de un simple efecto óptico.

-Sí, creo que sí.

-Menuda hostia te has dado, colega.

Como el resplandor me abrasaba las retinas, ya bastante escocidas por la sal y la tierra, bajé la mirada. Fue entonces cuando vi que la mujer, chica o lo que fuera la voz que me estaba hablando tenía las rodillas juntas. De tijera, como suele decirse. Y, claro, sentí una punzada en la tripa o en las costillas, no sé. Lo que quiero decir es que me acordé de ella. Y hablé desde mi posición yacente:

-¿Sabes qué? Me gustan tus rodillas.

La silueta se quedó callada unos segundos. Luego dijo:

-No es verdad; son horribles.

Y yo le expliqué que no.

-No, no lo son. Tú crees que lo son. Siempre creéis que lo son. Pero no es verdad. Son muy bonitas, te lo digo yo.

La buena samaritana se fue sin decir adiós y yo me quedé allí tirado sobre la arena. Recordando. Imaginando. Pensando por dónde y con quién caminarían ahora aquellas rodillas juntas a cuyo lado caminé durante tantos años. Y, por supuesto, me olvidé por completo del asunto de la carrera, de mi probable nueva derrota, de la criatura dentuda y de lo mucho que me dolían los riñones.

Pese a todo el daño y por alguna razón que no pude explicarme, sonreí mirando hacia el azul requemado, que empezaba a vibrar, deshacerse y rodar licuado desde mis ojos.

 

 

En el fondo creo que es lo más inteligente que se puede hacer. Lo más decente. Intentar llevarlo bien. O al menos lo mejor posible. Sonreír sin llamar la atención. Sin hacer ruido. Sin que los músculos de la cara te castiguen con dolores y temblores por forzarlos a estirarse falsamente. Sonreír para ti mismo, como refugio y autodefensa. Como bálsamo y como coraza contra todo lo que te llueva. Como cuando vas por la calle y atraviesas un miserable jardín sembrado de bolsas de pipas y chicles fosilizados y pasas junto a un banco y te viene a la nariz una nube tóxica que huele a orín reseco y colonia a granel. Y te giras y ahí están los dos viejos sentados en el banco. Cogidos de la mano, arrugados y encogidos y como apunto de replegarse del todo sobre sí mismos y extinguirse definitivamente. Untándose de sol con esa cara de felicidad que sólo puede ponerse cuando se sabe que lo bueno va a durar muy poco. Intento meterme en sus cerebros. ¿Se querrán o sencillamente es que es mejor esperar el Armagedón agarrado a alguien? Qué más da es la única respuesta que me viene a la cabeza mientras una bandada de pájaros muy verdes y muy amarillos pasa volando cincuenta metros por encima de la humanidad entera.

13
abr
10

Hacer las cosas bien

Nada más entrar en el edificio veo al jefe de mantenimiento de mi oficina recorriendo el vestíbulo en dirección a mí. Me pongo nervioso al instante. Dudas. Me planteo volver a decírselo. Me planteo qué y cómo me contestará él si lo hago. Y me planteo que pensará de mí si tampoco hoy le digo nada. No quiero que se convenza de que soy aún más cobarde de lo que sospecha. Pero tampoco quiero buscarme un problema con una bestia de cien kilos acostumbrada a arreglar tuberías a martillazos. Dudas, nada nuevo. Si no lo había hecho ya, descarto la idea de hablar con él cuando reparo en su manera despreocupada de andar. Desprende una seguridad con la que no puedo competir. Recorre el hall del edificio como si fuera el dueño y señor de cuanto le rodea. El rey de esta selva de cemento y cristal. Confianza, ésa es la clave, me dice una voz muy parecida a la mía desde algún lugar de mi cerebro. El operario no hace el menor esfuerzo por evitarme. Camina tranquilo hacia mí. Con un montón de herramientas tintineando en su cinturón de piel vuelta. Pienso en hierro, pienso en acero. En puntas de estrella y en pinzas ranuradas. Pienso en heridas graves y en sangre muy roja. El hombre sigue acercándose. Aguanta mis fugaces miradas hasta obligarme a clavarlas en el gres desgastado. Y yo siento cómo me voy encogiendo más y más a cada metro que se acorta la distancia que nos separa. Una sensación casi física de insignificancia que de pronto me hace consciente de que el traje me viene demasiado grande y me impulsa a subirme las gafas, caídas siempre hasta mitad de nariz. Un vano intento de no parecer un completo estúpido. Si esto fuera la secuencia de un documental de naturaleza salvaje todos los televidentes tendrían claro quién sería el depredador y quién la presa. Eso pienso. Todos y cada uno de ellos apostarían por el triunfo del animal con mono azul y grasa debajo de las uñas.

Poco antes de que nuestros pasos se crucen me saluda con un ligero movimiento de cabeza y sin detenerse mira la bufanda que llevo en la mano. Luego intercambia una mirada cómplice con el tipo de Control de Acceso y ambos se sonríen más de la cuenta. Mucho más de la cuenta, y sin ningún disimulo. Dos sonrisas maliciosas: lo más parecido a un Buenos días que me va a dedicar esta mañana de lunes. Al dejar atrás las burlas calculo cuántos pasos me quedan para alcanzar el ascensor y procuro darlos lo más rápido posible. Por suerte llego a la puerta cuando ésta se abre para dejar salir a media docena de oficinistas. Evacuan el espacio en no más de tres segundos, pero es tiempo más que suficiente para impacientarme. Porque noto un peso creciente, para el que no encuentro otro nombre que Vergüenza, acumulándose sobre mis hombros. Así que me impaciento y maldigo la norma de Antes de entrar dejen salir que hay escrita en un cartel en la pared de imitación de mármol. Ya dentro del ascensor aprieto el número 13 y mientras espero a que la puerta me esconda finjo leer el protocolo de procedimiento en caso de incendio que hay sobre el panel de pulsadores, sólo para evitar mirar hacia el vestíbulo y recibir alguna otra humillación. Por fin a salvo, intento calmarme. Doy gracias por estar solo en el ascensor y respiro profundamente. Ojalá el trayecto durara todo el día. Un viaje ascendente hasta mucho más arriba de la planta 13. Hasta alcanzar una atmósfera limpia. Oxígeno puro y regenerador. Aquí dentro el aire huele a after shave, a café aguado de máquina, a un montón de perfumes dulzones y a friegasuelos. Una miscelánea nauseabunda, vale, pero mucho más agradable que el hedor que desprende el concepto que tengo de mí mismo.

 

Mi despacho, mi oficina dentro de la superoficina, es un cubículo de dos por dos metros justo al final del pasillo de linóleo. Las paredes no son paredes, salvo la que forma parte de la fachada. Las otras tres son “tabiques extensibles/plegables”. Al menos eso es lo que pone en la pegatina publicitaria que hay en la base de uno de ellos. Una serie de planchas de plástico encajadas entre un riel incrustado en el techo y otro en el suelo. La pegatina también dice que los módulos están hechos de un material térmica y acústicamente aislante, pero es mentira –al menos al cincuenta por cien-: si la chica del cubículo de al lado se suena la nariz lo oigo tan nítidamente que puedo imaginarme la textura de sus secreciones. Y en cuanto al aislamiento térmico que puedan proporcionarme mis paredes móviles, la verdad es que me importa poco que tal propiedad sea cierta o falsa. El aire acondicionado lleva dándome problemas desde hace más de dos semanas. La rejilla empotrada en la única pared de verdad, justo detrás de mi mesa, justo detrás de mí, no deja de emitir un chorro de aire helado. Día y noche. Cuando cada mañana descorro el tabique, como ahora, penetro en un ambiente diez grados más frío que el mundo exterior. Y durante ocho horas soporto el impacto directo de la perpetua ráfaga gélida contra mi cogote, mi nuca y mi espalda. El de mantenimiento se pasó a echar un vistazo cinco días después de que le llamara por primera vez y dos horas después de que lo hiciera por última. En esa llamada final me permití ser un poco más contundente con él. Nada fuera de lo normal, el típico tono de voz hastiada que uno pone cuando habla con un niño desobediente. Pero cuando vino me dijo que no le volviera a hablar “así”, que el mundo no giraba a mi alrededor y que yo no tenía ni puta idea del trabajo que supone mantener en buen funcionamiento todo un edificio. Y que no le tocara los cojones con gilipolleces, añadió apoyando sus manazas sobre mi mesa e inclinándose hacia mí lo justo para que el gesto quedara en esa tierra de nadie que se extiende entre la sugerencia y la amenaza. Así que de momento la bufanda me protege un poco. Pero me han salido sabañones en unos cuantos dedos y me sobrevienen ataques de tos seca repentinos, por lo que María cree que he vuelto a fumar a pesar de las innumerables veces que he intentado hacerle creer el verdadero motivo de mi bronquitis o lo que sea.

Pero hoy lo verá con sus propios ojos y tendrá que pedirme disculpas por su desconfianza.

Dentro de un rato se pasará por aquí con la cría. Tiene que llevarla al oculista aquí al lado, y ha decidido que ya es hora de que la conozca. Tendré que decirle Hola a la niña en una habitación congelada y con paredes de pega. Creo que tiene ocho o nueve años. Lo bastante mayor para darse cuenta de que el novio de su madre y quién sabe si futuro padre postizo es un pringado. Luego iremos los tres juntos a la cafetería de la planta 7 y nos comeremos unos bollos mientras cada cual calibra por su cuenta las posibilidades de que nuestra fusión resulte exitosa. No sé si me apetece hacerlo, pero tengo claro que ahora no puedo decir que no me apetece. He tenido ocasiones para hablar, y en todas opté por el silencio y la inercia; hoy me toca afrontar otra de esas situaciones a las que ni siquiera sé muy bien cómo y por qué he llegado.

Miro los expedientes que mi jefe inmediato me dejó anoche encima de la mesa. Hay dos o tres más que ayer. Su número crece cada día, a medida que aumenta mi velocidad para redactar los correspondientes informes de solvencia. Éste tiene dinero; merece que le prestemos más. Éste no lo tiene; que se busque la vida en otra parte. Después mi superior fingirá supervisarlos para justificar en cierto modo la considerable diferencia entre su sueldo y el mío. Y el ciclo habrá nacido y muerto un día más, a la espera de resucitar mañana por la mañana. Todo es cuestión de rutina, me digo, de costumbre. Dentro de unos meses estaré tan habituado a esto que podré hacer mi trabajo sin ni siquiera entender lo que lea. Sin ni siquiera pensar. Y probablemente con María y su hija pueda alcanzar el mismo nivel de anestesia. Supongo que todo es cuestión de tiempo.

Aun así, en este momento me pone nervioso su visita. Ahora mismo María debe de estar recogiendo a la niña de casa de su ex marido. Uno de cada dos fines de semana con el padre. Régimen de visitas estándar. Supongo que estoy en esa edad en que se amplía el mercado. Entre los 20 y los 35, casi cualquiera puede valer. O yo puedo valerle a casi cualquiera. Qué más da. El resultado es el mismo: un salto generacional únicamente superable si no piensas demasiado en ello. O si simulas que no piensas demasiado en ello. Supongo que por eso se me está dando bien adaptarme. Supongo que por eso, aunque ella ni siquiera lo sepa, María ha decidido presentarme a su hija. La indolencia a menudo se confunde con la serenidad, la tolerancia, la sintonía. No decir que no te gusta que se le note tanto la raya en el pelo teñido de rubio cutre puede llevar a alguien a creer que le quieres tanto que todo lo demás no te importa en absoluto.

De manera que ahora estoy aquí, medio sepultado bajo una montaña de papeles, pensando que tengo que empezar a hacer las cosas bien. Posicionarme. Mostrarme. Asumir ciertos riesgos para alcanzar ciertos logros. Hacer mis propias elecciones en lugar de permitir que otros las hagan por mí. Sin embargo, cuando se abre la puerta (sin siquiera un par de golpecitos previos) y entra mi jefe para ver cómo van esos informes no soy capaz de replicarle que no hace ni media hora que he llegado y que, obviamente, aún no están listos. Me limito a decir, no sé muy bien por qué, que antes de dos horas los habré terminado. Él me mira un momento con aire desconcertado. Ni siquiera él entiende la situación, imagino. Luego me dice Si puede ser antes, mejor. Y le contesto Muy bien cuando lo que de verdad me gustaría es estamparle la grapadora entre ceja y ceja o, al menos, pedirle un aumento de sueldo. Pero no: su sola presencia ha conseguido que me imponga a mí mismo una orden innecesaria. Que me siga dejando llevar por la corriente.

En fin, lo de siempre: va a ser mejor no pensar demasiado. Ahora sólo tengo un máximo de dos horas para despachar toda esta basura. Un poco menos, incluso; tendré que perder unos minutos actuando ante una niña a la que se supone que tengo que conquistar. Hacerme el simpático, interesarme por sus clases, bromear al preguntarle si tiene algún novio en el cole.

Tengo un golpe de tos. Me ajusto la bufanda y me pongo a trabajar. A buen ritmo, como el mejor de los borregos. Consigo aislarme de todo lo que se filtra a través de las rendijas de las pseudoparedes. No resulta difícil: es lógico suponer que la mierda de mis vecinos de cubículo es muy similar a la mía. O no. Pero, bueno, lo dicho: lo de siempre: mejor no pensar demasiado. Sigo tecleando.

Al poco me parece escuchar música. Sólo un momento y desaparece la ilusión. Dejo estar el asunto pero enseguida vuelve la melodía. Esta vez oigo con claridad una voz cantando en inglés. Juraría que es Lady Gaga. Instintivamente miro hacia el techo, como si la atmósfera gélida del despacho tuviera la explicación para la posible aparición paranormal de la diva más fea del pop. El chorro de aire acondicionado me enfría la nariz, pero aparte de eso no sucede nada digno de mención. Entonces oigo un toc-toc-toc a mi espalda. Me doy la vuelta en mi silla NO giratoria. Al otro lado de la estrecha ventana de mi cuartucho hay un hombre muy moreno como colgado de una cuerda golpeando el cristal con los nudillos. Debe de tener más o menos mi edad. Me sonríe y me hace gestos para que abra la ventana. Es de ésas típicas de los edificios de oficinas, de ésas que tienen el eje en el centro y que se abren en oblicuo a la fachada. Hacia fuera o hacia dentro, según se mire. Abro. Me dice Buenos días, soy el limpiaventanas. Ah, bien, le digo yo. Observo que está sentado en una especie de sillín de lona del que cuelgan una radio y un cubo con agua grisácea del que sobresale un trasto similar a los que usan los indigentes o casi indigentes para limpiarte el parabrisas en los semáforos. Todo podría ser aún peor, me digo, y vuelvo a mi trabajo.

Pero entonces, por primera vez en mucho tiempo, me doy cuenta con completa nitidez de que no es eso lo que debo hacer. Junto a mí hay un hombre suspendido en el vacío cincuenta metros por encima de una muerte segura. Comprendo que darle la espalda y seguir a la mía habiéndole dedicado un simple balbuceo por todo saludo supondría un punto sin retorno en el deterioro de mi condición humana. Tengo que empezar a hacer las cosas bien. Y ha de ser ahora. De modo que me acerco de nuevo a la ventana y le pregunto qué tal, si le apetece que le traiga un café de la máquina. Él contesta que bien, gracias y que no, gracias. Una conversación mínima pero que consigue que ambos nos sintamos más cómodos que hace un momento. ¿Mucho trabajo?, me pregunta para que el silencio no vuelva a instalarse mientras desliza con habilidad la lengüetilla o como se llame por el cristal recién mojado, emitiendo un chirrido gomoso. Le respondo con un bufido y, señalando la cuerda con la barbilla, añado Bueno, supongo que podría ser peor. Se ríe y me da la razón. Pienso que igual es verdad eso de que la forma de decir/hacer las cosas es tan importante como las cosas en sí. Así que me siento confiado para añadir Pero, bueno, tú no necesitas ir a un solarium ni pollas de ésas y, ya ves, yo aquí con bufanda. Y volvemos a reírnos.

De pronto me siento extraño. Me siento casi de buen humor. Ni siquiera me importa que este momento de reconciliación con el mundo se vea viciado por la música de mierda que sale de la radio del limpiaventanas. Ni siquiera me inquieto cuando suena mi móvil y veo que es María. Disculpa, le digo a mi flamante dosis colgante de trato humano agradable e inofensivo. Pulso el botón verde del teléfono y María me dice que acaban de bajar del taxi y que dentro de nada están aquí. Muy bien, le contesto a ella también, pero esta vez de verdad. Y no suele hacerlo pero hoy, por alguna razón, quizá por instinto, quizá por haber intuido en mi voz algo más puro de lo habitual, María me dice Te quiero antes de colgar. Y vuelvo a acercarme a la ventana pensando con algo parecido a ilusión que a lo mejor yo a ella también. Dentro de cinco minutos voy a conocer a la hija de mi novia, le cuento al limpia. Ahora el que resopla es él. Y me reconforta la complicidad con que lo hace. Esa solidaridad que tan pocas veces se encuentra en un perfecto desconocido. Empatía, creo que lo llaman. Sí, me reconforta.

Y así me encuentro, bien, confiado, cómodo y en camino hacia sitios mejores que los que hasta ahora he conocido, cuando sin motivo aparente la hoja del cristal se desprende de sus junturas y se precipita al vacío silenciosamente y como a cámara lenta sin que el limpiaventanas y yo podamos hacer otra cosa que seguir su caída con la mirada. Un viaje descendente hasta mucho más abajo de la planta 13. En dirección a la raya oscura en la cabeza rubia que anda por la acera llevando de la mano a otra cabeza rubia pero natural, más pequeña y con coletas. Una cabecita que pocos segundos después se convierte en un cuerpo tendido sobre el pavimento. Partido en dos desde la clavícula derecha hasta la ingle izquierda.

Quizá sea una suerte que los berridos que Lady Gaga lanza desde dentro de la radio nos impidan poner una banda sonora más apropiada a la situación.

Quizá sea una suerte estar seguro de que nunca más volveré a intentar hacer las cosas bien. Para qué…

18
may
09

Ésta es tu obra

Cuando te despides del tonto de la puerta empiezas a sentirte un poco más solo de lo habitual. De repente distancias abismales abriéndose más y más y más entre tú y todo cuanto has conocido en la vida. Incluso el murmullo de la radio que sale de la garita te llega en un idioma que no entiendes o que no existe, y no te sorprende lo más mínimo. Y ese hueco oscuro, húmedo y silencioso desgarrándote las tripas o quizás el corazón en el momento que le dices al tonto Bueno, tío, hasta la vista, mañana no vendré por aquí, cuídate. Ya sabes: de repente esa lejanía, ese vacío, ese agujero negro borrándote del mapa. Mucho más que soledad. Aislamiento. Probalemente exclusión. Siempre ha estado ahí, es cierto. Al menos lleva tanto tiempo ahí adentro que puedes decir/escribir sin que resulte exagerado que Siempre ha estado ahí. Pero ahora que en lugar de largarte lo antes posible sientes la necesidad absurda de detenerte para decirle adiós a un pobre tarado que ni siquiera sabe tu nombre, ahora te agarra de golpe esa Nada en toda su inmensidad negra y terrible. Expandiéndose como cáncer. Comiéndote de dentro a afuera. Y notas cómo te difuminas todavía un poco más cuando el retrasado alza su voz por encima del zumbido de las turbinas y del planc plan bum bum de toneladas de maquinaria pesada que atraviesa los muros de cemento armado y te pregunta Por qué te vas. Nada más. Ni una exclamación de sorpresa, ni un comentario de solidaridad. Sencillamente te pregunta Por qué y espera tu respuesta mirándote fijamente con sus ojos inexpresivos. Ojos de pez. Esos peces bobos que boquean durante horas contra el cristal de su acuario hasta que deciden que lo mejor que pueden hacer es ponerse a mordisquear su propia cola. De hecho, te lo has encontrado unas cuantas noches pajeándose en el armario de los productos de limpieza o en un descansillo de las escaleras. Siempre se sube la bragueta como lo haría un crío sorprendido en plena travesura. Así que es fácil entender que te lo pregunte igual que lo haría uno de esos estúpidos peces naranjas si tuvieran capacidad de fonación. O igual que lo preguntaría, pues eso, un niño de cinco años o un borderline como él. Alguien que de verdad no entiende lo que está pasando. Alguien que de verdad muestra interés -remoto pero interés al fin y al cabo- por entenderlo. Al menos es lo que parece. Lo malo es que el gilipollas que tienen en la puerta trasera y que lo único que hace es barrer las colillas de la acera cada diez minutos no es la persona ideal ante la que maldecir la crisis, el egoísmo de todos los patrones del universo y, particularmente, cagarte en la puta madre de tu jefe. Vuestro jefe. De manera que sólo aciertas a decirle que el jefe ya no tiene dinero para pagarte. Y desde su lógica obtusa e implacable el tarado te pregunta Pero ¿quién enrosacará ahora las tuercas de los coches? Así le resumiste una noche parecida a ésta tu trabajo en la cadena de montaje. Una noche parecida a ésta y a todas, en realidad, en que la oscuridad no cae lenta y acogedora de las lucecitas que brillan en el cielo a miles de años luz, no, sino que más bien parece salir reptando de los alcorques plagados de mierdas e insectos sucios, de las alcantarillas y de los ojos rojo esputo de las ratas que se pasean por ellas. El caso es que sin ninguna necesidad, seguramente sólo por hablar un rato con alguien aparentemente inofensivo, incapacitado para juzgarte, le contaste con palabras que entendería un alumno de primaria lo que hacías seis días a la semana en la superfactoría que él vigilaba, vigila y vigilará mañana como un fiel perro guardían. Igual de estúpido, husmeando el aire con un hocico igual de baboso. Y a estas alturas tampoco tiene mucho sentido marear al pobre tipo. Ya tiene bastante con ser, probablemente, el hijo bastardo de alguno de los directivos. O algo aún peor, vete a saber. Total, que renuncias a aportarle cualquier información más ajustada a la realidad y te limitas a contestarle Tranquilo, ya han encontrado a otro que ajustará esos tornillos tan bien como yo y por la mitad de sueldo. Y notas que tus palabras le alivian. El pobre cabrón está realmente fidelizado por la compañía. Aunque de inmediato la preocupuación vuelve a invadir su entrecejo superpoblado. Y tartamudeando un poco pone en tus manos su insignificancia entera y te dice si crees que el jefe seguirá teniendo dinero para pagarle a él. Es curioso, piensas, hasta los subnormales se preocupan de sí mismos más que yo. Le respondes que claro, que su trabajo en la puerta de la fábrica es insustituible, que nadie podría hacerlo mejor que él. Entonces el tipo resopla teatralmente, llevándose una mano al pecho. Te sonríe dejando ver una fila de dientes que parecen de leche, demasiado pequeños, blancos y separados para ser los de un hombre unos diez años mayor que tú. Te suelta Que te vaya bien. Y nada más. Ni un gesto de ánimo, ni uno de esos ofrecimientos que se hacen por quedar bien. Nada de Bueno, tío, si necesitas cualquier cosa… Sencillamente te suelta Que te vaya bien y se aleja canturreando hacia su garita. Y qué vas a decirle/hacerle; no es más que un tonto. Y aunque no lo fuera tendrías que esperar justo lo mismo.

En fin. Subes al autobús de la empresa que te devolverá a casa por última vez y mientras esperas que se llene con los trabajadores que acaban el turno 14-22 te sientes un poco más solo de lo habitual. Te entretienes observando cómo crece el flujo de coches que allá en la autovía te deslumbran con sus faros al tomar el desvío hacia el complejo industrial en el que has malvendido los dos últimos años de tu vida. Son los peones del turno 22-06, acudiendo como enjambres de abejas obreras a la llamada del polen. La hipoteca, el colegio privado de sus hijos. La puta tele de plasma. Todos esos reclamos para patos humanos. Los de tu turno poco a poco van saliendo de las duchas y se desperdigan por los asientos del vehículo. Delante y detrás de ti. A tu alrededor. Desde que la crisis aprieta son muchos los que se dejan el coche en casa y usan el servicio de transporte de personal de la empresa, así que el autobús va casi lleno de vuelta a la ciudad. Y es una mierda porque nunca te ha gustado mucho la gente. Ni te gusta que el aire huela a moqueta polvorienta y a gel de baño pero la mayoría de tus compañeros de viaje aún tengan restos de grasa grasa grasa en las uñas. Tú también. Pero estás seguro de que hoy a ti te molesta más que a ellos llevar la huella de tu trabajo (antiguo trabajo) marcada en el cuerpo. Porque de golpe toda esa suciedad externa e interna ha dejado de verse disimulada por unos cuantos euros y un descuento especial si decides comprarte un utilitario de la compañía. Te han privado de un plumazo de todas esas recompensas -o meras compensaciones, sin más, simples placebos para no convertirte en un francotirador o un saboteador de transportes escolares- desde que hace un par de horas pidieron por megafonía que acudieras al despacho del jefe de personal. Si el mundo fuera justo o simplemente habitable, exactamente del mismo modo -de cuajo, con meticulosidad y para siempre- un par de señoritas de buen ver contratadas al efecto por la empresa deberían haberte limpiado la mierda que has tragado gracias a ellos o por culpa de ellos durante todo este tiempo. Haberte borrado de la memoria la porción de vida que has tirado a la basura en ese sitio que empequeñece en la luna trasera del bus, haberte pedido perdón por todas las cosas que no has podido hacer por tener que cumplir escrupulosamente tu turno de trabajo. Pero en lugar de eso el subordinado del subordinado del jefe de personal te ha explicado lo que hay (justo así: esto es lo que hay) y te ha dado un cheque y las gracias por los servicios prestados. Y ahora, sentado entre hombres cansados, algunos tatuados y unos pocos que podrían haber sido actores de hollywood o técnicos de laboratorio y otros muchos calvos y absolutamente todos evidentemente asqueados de sí mismos por mucho que de tanto en tanto una risita seguro que de génesis obscena -es lo único que queda- brote de algún punto del pasaje, te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo te convertiste en un jodido gilipollas. Por qué coño le has devuelto el agradecimiento a ese oficinista estirado en lugar de pegarle una patada en los cojones y abandonar la factoría convertido en leyenda aunque sólo fuera por unos días. Al menos ahora tendrías algo digno en que ocupar el cerebro en lugar de limitarte a mirar el paisaje nocturno que se desliza a veces rápido y a veces lento al otro lado de la ventanilla. Arcén y más arcén y señales de tráfico y manchas de aceite y un perro gris o sucio reventado con la mirada mate vuelta hacia las estrellas. Y piensas eso y otras cosas por el estilo. Tu cabeza se empeña en susurrarte cuando ya es demasiado tarde ideas según las cuales podrías haber salido de las oficinas más dignamente. Haberte largado a tiempo. Haber tenido el valor suficiente. Haber prescindido del qué dirán y haberte dedicado a escribir gracias a algún subisidio social o a alguna beca de ésas que les dan a los que tienen la cara de soltarle al funcionario de turno que son artistas desde que nacieron y que eso es mucho más duro de lo que parece y merecen beneficiarse de la bolsa y la vida que tú en la cadena de montaje y otros como tú en altos hornos, almacenes o panaderías os dejáis cada día. Ja. Y si no gracias a lo que te dieran por malvender tu viejo coche o pintar el chalé de algún conocido acomodado. Desde luego, lo que te resulta nauseabundo es haberles concedido la oportunidad de echarte como lo han hecho, como si fuera lo más normal del mundo. Como si te hubieran hecho un favor por pagarte una miseria a fin de mes durante estos años de tragar su estiércol, de tener que pedir permiso para ir a cagar, de no tener tiempo para sentirte un ser humano. Pero ahora te toca joderte porque eres un cobarde y un perdedor, te dice ese susurro, o quizá sólo demasiado permeable a la podredumbre que ataca y ataca todos los días en cuento pisas la calle. Y lo oyes perfectamente porque la radio del bus está enchufada pero ni voces ni música salen de los altavoces incrustados en el techo enmoquetado, sobre tu cabeza. Sólo emiten un zumbido magnético, iónico, eléctrico o como coño llamen a ese ruido irritante los técnicos de radio. Y, claro, te oyes demasiado bien mientras te dices que igual toda esta mierda es culpa tuya y sólo tuya.

Luego bajas del autobús y ya no te apetece despedirte de nadie. Tampoco nadie se despide de ti. Algunos obreros por los que no darías un céntimo, que imaginabas borrachos o drogados el tiempo que no estuvieran en el trabajo, se suben al asiento del acompañante de coches detenidos en doble fila y se alejan calzada arriba o abajo. Coches de personas que se han tomado la molestia de ir a recoger a esos seres tan poco interesantes con los que has compartido sudor y náusea durante dos años-siglos. Y de pronto te entran ganas de marcar El Puto Número a ver si esta vez hay suerte y te coge el teléfono. O puede que llevaras meses queriendo hacerlo. Da igual. El caso es que marcas 6 etcétera, y el resultado es el de siempre. Entonces el supervacío aumenta aún más entre tus costillas y se traga tu estómago y tus pulmones y tu corazón y ya no sientes arcadas ni te sacude la tos ni maldices tu suerte. Solamente andas sin ser consciente de ello en dirección a casa, como arrastrado por el caudal de una acequia pestilente, pensando que quizá lo mejor será empezar a comportarse de una vez como una verdadera rata. Adaptarse, aceptarse y demás, todo ese rollo de manual que la psicóloga te soltó durante tres o cuatro meses. Puede que por eso casi no te duela la visión de un grupo de adolescentes de aspecto simiesco -ellos- y de aspecto resudado -ellas- y de aspecto pura escoria -todos- chillando en el banco de un parque. Beben vino de tetrabrick y bailan como animales torpes o adeptos en trance la música entremezclada que se eleva de los móviles de última generación que todos llevan en la mano. Por primera vez en años los dejas atrás sin desearles la muerte porque comprendes que no tiene sentido seguir engañándote. Al fin y al cabo ellos son los trinfadores de la teoría de Darwin. Los que se adaptarán al medio mucho mejor que tú. Los que dentro de un lustro o puede que menos decidirán si el banco para el que trabajen te concede un préstamo para seguir tirando-tragando un tiempo más, por ejemplo. Y mientras notas que flaqueas definitivamente, que ya no hay vuelta atrás, pasas precisamente frente a uno de esos sitios. Una caja de ahorros, para ser exactos. Radiantemente iluminada con halógenos blancos que se proyectan a través de las cristaleras hasta tus pies. Hace esquina, así que tiene el aspecto de un gran cubo de cristal deslumbrante. Y con esos cajeros automáticos de diseño parecería la sala aséptica de mandos de una nave espacial si no fuera por el yonki que duerme o sólo descansa o simplemente se muere sobre el suelo de mármol. Justo bajo el stand de cartón lleno de folletos ilustrados con caras de niños africanos o chinos o sudamericanos que sonríen al bendito mundo occidental mostrando lo blanquísimos que tienen los dientes gracias a la obra social de esa entidad. Ésta es tu obra es el eslogan con el que subrayan lo bueno que es hacer el bien. Si tienes una cuenta corriente y a fin de mes te sobran cincuenta céntimos. Si no siempre puedes probar suerte en el concurso de relatos que organizan cada año. Pero procura escribir algo bonito y decente, como su empresa. Como la empresa de la que acaban de despedirte. Como la gente que anda por la calle y canta en Operación Triunfo. O como tu cuarto vacío.

12
abr
09

Pedazos

El sol aún está muy bajo. Ni siquiera ha rebasado la fría capa de nubes/niebla matinal tan típica de esta parte del mundo. La tiñe de naranja desde abajo, en tonalidades que decrecen en intensidad desde el mar hacia el interior. Hacia donde nos dirigimos. Un pueblo de los alrededores de la ciudad costera en que los tres vivimos. Los tres que ocupamos la miníscula cabina de la camioneta en que viajamos. Trabajamos. Según la ficha técnica del vehículo, es un camión. Pero seguro que el encargado de determinar a efectos de mercado lo que es un camión y lo que es una camioneta no se pasa unas cuantas horas al día encerrado en este cubículo con estos dos tipos, desbordándolo de carne, sudores, olores y sentimientos fluctuantes en función del clima, el sueño o el grado de consciencia existencial que uno tenga. Así que le pongo al trasto el nombre que me da la gana: camioneta, por ejemplo. O carromato, o coche fúnebre, según de qué humor esté cuando alguien me pregunta a qué me dedico.

Voy pegado a la ventanilla del copiloto. Aplastado contra ella por el enorme corpachón de mi compañero, el otro peón, por decirlo de algún modo. Mi jefe es el que conduce. Dice que no nos deja el volante porque asumir el riesgo de una colisión con víctimas mortales o amputaciones para las que no hay ortopedia que valga forma parte de sus responsabilidades como patrón y contratista. Habla así, lo juro. En fin, eso argumenta. Pero lo que ocurre es, simplemente, que le gusta sentirse al mando. En cualquier caso, me alegro de que sea imbécil, porque detesto conducir casi tanto como notar que el sudor de la bola de sebo de mi izquierda me va impregnando el codo, el antebrazo, la camiseta y las costillas. Me sabe mal llamarle así; es un buen hombre. Lleva en la cartera un desplegable con fotos de carné de su mujer, una señora con permanente de un imposible color granate y, a juzgar por sus mofletes, de las mismas dimensiones que él. Se nota que la quiere por cómo limpia la cartera, soplándola suavemente y pasando con cuidado sus enormes pulgares por la piel cuarteada, las veces que se le cae al suelo. Porque al pobre todo se le cae al suelo. Su cartera, los muebles rotos, los escombros. Todo. Es el fuerte de la cuadrilla. El animal, digamos. Y, como ocurre con cualquier animal, la destreza de sus zarpas no es algo que determine su valía. A nosotros nos es útil para alzar alguna viga que nos corte el paso o para derribar las puertas atrancadas. Además, es el clásico empleado que dice demasiado a menudo Ahora mismo y que no pide aumentos de sueldo. Todo lo cual hace que su supervivencia en la empresa sea mucho más probable que la mía. Ya digo: me cae bien, en cualquier caso.

Al menos bastante mejor que mi jefe. Aparte de conducir, le encanta que le llamemos así, Jefe. Algo que me resulta realmente complicado y que intento evitar recurriendo a fórmulas de apelación más primarias cuando me tengo que dirigir a él. Empiezo las frases con un Oiga o un Disculpe. Palabras por el estilo, siempre respetuosas. Al fin y al cabo, el tipo podría ser mi padre. De hecho, la condescendencia con que nos trata hace muy fácil establecer ese paralelismo. Fumas demasiado, suele decirme sin tener ningún porqué (siempre lo hago al aire libre), a veces incluso cuando me he estado controlando y no me he encendido más que cinco o seis cigarrillos durante la mañana. Ahora mismo me fumaría uno. Tengo el estómago vacío y a lo mejor me marearía un poco. Me distanciaría. Es lo que pienso mientras observo cómo los inmensos arrozales pasan casi totalmente verdes ahí afuera. Casi, porque debe de hacer un poco de viento y las espigas forman aquí y allá fugaces ondulaciones de blanco cuando sus hojas encaran el envés hacia el sol. Es bonito. Eso pienso. Y que el aire tiene que oler bien allá en medio, entre el arroz, a pesar del agua estancada y de las acequias turbias que surcan con precisión quirúrgica los latifundios. Lástima que en la lista de demostraciones de rango del jefe se encuentre la de no permitirnos bajar las ventanillas. La gasolina la pago yo, sentencia siempre al respecto. Por eso ni me molesto en pedírselo. No me apetece en absoluto escuchar otra de sus frases lapidarias. Y me despido del verde y el agua alzando la vista hacia el cable telefónico que flanquea la carretera y sigo con la mirada la curva que describe de un poste a otro y a otro y a otro. Kilómetros y kilómetros de tendido telefónico en perfecta línea recta, de zumbido de combustión del gasoil bajo el asiento y de sudor ajeno empapándome por dentro y por fuera. Y de nada más. Hasta que un ruido atrae mi atención hacia el parabrisas y me hace pasar los cinco o diez minutos siguientes observando cómo el aire a ciento veinte por hora va secando los restos viscosos de un abejorro, una libélula o un saltamontes. No sé. Hay un ala translúcida pegada al manchurrón, pero no entiendo de insectos no humanos.

Entonces cogemos una salida y me doy cuenta de que los arrozales han quedado atrás hace rato. La tierra sigue siendo igual de plana en este lugar, pero se ha vuelto dura y parda y el único verde que hay a la vista es el cetrino de un grupo de árboles polvorientos a unos doscientos metros detrás del bar-rte. en el que parece que vamos a desayunar. De vez en cuando el jefe tiene un detalle de éstos. Nos invita, a cargo de la empresa, a un café y a una tostada de aceite y sal antes de empezar la jornada. Dice que el cuerpo humano no necesita más para poner en total funcionamiento sus sistemas. Que eso de los huevos fritos y el bacon son frivolidades anglosajonas a las que nuestra genética no responde. Total, que si nos salimos de su menú, si queremos un simple zumo de naranja, lo tenemos que pagar nosotros. Cosa que nunca hago porque, la verdad, hace bastante tiempo que mi dieta es lo que menos me preocupa y, además, beber un zumo o un café posponen exactamente por igual el momento de llegar al trabajo. De manera que me ahorro el euro y le doy las gracias al jefe por el café. El gordo también se lo agradece, sólo que un poco más rastreramente porque añade que está muy bueno, como si fuera el mismísimo jefe quien nos hubiera preparado un Blue Mountain en la mejor cafetera del mundo, pagada de su bolsillo. Y mientras les oigo sorber el café me caliento las manos con la taza y a través de los ventanales del bar miro los destellos del sol en las lunas de los coches que se alejan por la autovía. Probablemente en algunos de ellos gente feliz se dirige hacia sitios felices. Supongo que también nosotros podríamos haber sido así, como esa gente hipotética que pasa de largo de este área de servicio en coches de todos los colores y cilindradas. Pero no lo conseguimos. Y me pregunto que pensará de mí ahora. Si estará pensando en mí en este preciso instante. O si lo hará durante un solo segundo a lo largo del eterno día que acaba de empezar.

Una elevación en el tono de la conversación de la mesa de al lado me distrae lo suficiente como para no tener que responderme. Dos hombres con traje y corbata discuten de fútbol.

-Va, no me jodas -dice uno, limpiándose con la servilleta la harinilla de ensaimada que lleva pegada a la barbilla-. Reconoce que los árbitros siempre favorecen al Madrid.

-Ni de coña -le replica el otro, con prepotencia-, lo que pasa es que sois unos llorones.

-¿Llorones? ¿Llorones? No me… -entonces se calla de repente, con los ojos clavados en algún punto detrás de su compañero-. ¡Mira, mira! -le dice, señalando con la barbilla.

Y el amigo se vuelve y lo que ve es que una camarera deja a la vista el elástico de su tanga al agacharse a recoger del suelo un tenedor sucio. Me doy cuenta de que también el jefe y el bueno del gordo están mirando a la chica. Me doy cuenta, de hecho, de que buena parte de los hombres del local han disparado por un instante sus fantasías por la simple visión centesimal de un pedazo de tela íntima. Y me digo que claro, que es algo natural, que no hay nada de malo, que obedece a instintos básicos. Y que, qué coño, igual no es tan grave lo que hice, que no obedecía a un plan preconcebido y que no tendría por qué ser irreparable. Pero el consuelo se desvanece rápidamente al reparar en las risitas ahogadas de los clientes, en sus codazos, en las miradas de pringosa complicidad que se lanzan entre sí hombres que lo único que tienen en común es el bar en el que han parado a desayunar.

-¿Vas a comerte la tostada? -me pregunta mi colega gordo.

Le digo que no con la cabeza y le acerco el plato empujándolo con el dedo índice. Y por un momento pienso que lo que en realidad debería contestarle es que su sobrepeso resulta cada día más difícil de soportar cuando lo sufres empotrado contra la puerta de la camioneta y que estaría bien que controlase un poco su colesterol y sus grasas saturadas si no quiere dejar viuda a su queridísima y grandísima mujer, o que le abandone el día menos pensado. Pero descarto la idea de inmediato porque el pobre hombre parece realmente satisfecho de sí mismo mientras hace desaparecer la tostada con tan sólo dos bocados. Parece ajeno al día que nos espera, invulnerable a lo que pueda decirle el jefe si llega a hacer algo mal en el trabajo e invulnerable a cualquier tragedia planetaria de la que informen en el telediario de la noche. Comer y volver a casa con esa persona le es suficiente para no perder su aire bonachón y tranquilo. Y a lo mejor, yo qué sé, está bien que así sea. Para qué más. Al menos aquí y ahora pienso que me gustaría espolsarme las migas de la camisa con la misma naturalidad que él.

Lo bueno de este trabajo es que puedes ir preparado para lo que te vas a encontrar. Basta con leer la prensa con asiduidad o ver los programas de sucesos. Normalmente se trata sólo de recoger muebles viejos y frigoríficos averiados en los que el arrendatario de un piso meó o cagó antes de ser desahuciado. O de vacíar la casa de una pobre abuela cuyos hijos han decidido que estaría mucho mejor en una residencia. Nada complicado, en fin: descolgar crucifijos, bajar lavadoras por las escaleras, llegar a saber por qué punto se dobla exactamente un sofá-cama de cualquier marca y modelo. Pero a veces ese contacto que tiene el jefe en no sé qué departamento de la policía, creo, nos llama para algún trabajo especial y de confianza. Y entonces es conveniente tener a mano un periódico de la víspera y echarle un vistazo. Porque cuando eso ocurre, cuando llama el amigo del jefe, la camioneta nos lleva a un lugar como el de hoy.

Un chalé en lo alto de una colina pequeña y despellejada y envuelta en arena flotante, como el paisaje que ves extenderse hacia todas partes en cuanto empiezas a subir por la carretera mal asfaltada que conduce a la puerta de la parcela. Una de esas casas alzadas en lugares imposibles por su accesibilidad y su entorno que en ocasiones uno ve allí arriba o allí abajo, entre zarzas o explanadas de grava, cuando circula por la autopista. Seguramente el tipo que decidió construirse aquí su casa pensaba que esto acabaría siendo una zona residencial de lujo; no hay otra explicación. De hecho, más que una casa esto es una mansión. En el jardín hay más césped que en un campo de fútbol. Hay césped por todas partes. Hay piscina para adultos y piscina para seres de estatura inferior al metro. Hay una barbacoa y un horno bereber. Hay una puta pista de pádel allá, en la parte trasera de la casa. Hay un cobertizo de aspecto acogedor, muy rústico, donde probablemente los dos críos de los dueños habrían acabado practicando alguna clase de sexo si su padre no hubiera decidido levantar el mármol del suelo y perforar con un picahielos la canalización del gas en el mismo epicentro de la casa. Y encenderse un puro al cabo de unos minutos.

Así que lo que vamos a encontrar en cuanto atravesemos el hueco que queda donde antes estuvo la puerta acorazada de nogal y apliques de teca que el gordo ya está cargando en la camioneta es hollín en las paredes, persianas derretidas y camas infantiles convertidas en ataudes carbonizados. Cosas así. Piezas de la cubertería de plata proyectadas como dardos de lujo, clavadas de modo inverosímil en los azulejos de la cocina. La taza del váter, casi intacta, en la terraza del piso superior. Y seguro que cuando intentemos transportar entre los tres el gigantesco armario del salón se le abrirá una portezuela y caerán al suelo un par de álbumes fotográficos. O un souvenir traído de El Caribe. Hasta un par de cartas del banco. Cualquier cosa que demuestre que allí hubo vida antes de la muerte.

Y no sé los otros, pero yo me sentiré mal. Y no veré el momento de alejarme de allí. Desearé estar en casa. Estar Durmiendo en casa, en realidad, gracias al Orfidal y otras magias por el estilo. Porque sé que cuando llegue ante mi puerta, introduzca la llave en la cerradura, la gire y empuje, lo que se abrirá ante mí será algo parecido a lo que veo durante mi jornada laboral. Cosas abandonadas. Trastos viejos, rotos en medio de demasiado silencio y demasiada oscuridad. Cadáveres de cosas que dejé morir poco o poco y que luego ella abandonó aquí, en las paredes, en los cajones, en el buzón… en casa, al largarse.

31
mar
09

Sentimientos de un matón

Desde aquí, de pie en medio de los escasos diez metros cuadrados de linóleo desgastado, compruebo que el despacho del jefe no se parece en nada a lo que había pensado. Imaginaba alfombras tupidas, un butacón de piel granate o de terciopelo verde pino y lujosos y oscuros muebles de nogal. Imaginaba gruesas cortinas recogidas a modo de telón y un retrato en blanco y negro de su padre, fundador del negocio, presidiéndolo todo. A lo mejor la estatua de porcelana esmaltada y a tamaño real de un doberman o un dogo argentino. Así suponía la habitación-cerebro de la Organización. Pero me encuentro con que en lugar de a humo de puro huele a ambipur lavanda. Y con una silla giratoria de plástico y un póster de las Bahamas o más bien de una chica en top-less en una playa de las Bahamas clavado con chinchetas en la pared, justo al lado de un calendario de Seur del año pasado. Y ni siquiera hay cortinas en la pequeña ventana; sólo una persiana de listones donde se acumula el polvo.

Supongo que es lógico que me invada cierta decepción. Siempre había pensado que trabajaba para alguien importante. Pero nadie lo diría a la vista de este cuartucho. Quién sabe, me digo, puede que todo obedezca a una estrategia muy bien pensada. Porque esta clase de gente es cualquier cosa menos tonta. Puede que se trate de simular austeridad. De no hacer ostentación. Está claro: la opulencia resultaría peligrosa en este mundillo. Cualquier listillo podría irse de la boca si aquí dentro hubiera plumines de oro, un supertelevisor de plasma de última generación y un par de cajas atiborradas de habanos. No, de ser así no habría que esperar mucho para que algún loco armado con un bate de béisbol o un lanzallamas derribara a patadas la puerta por la que acabo de entrar. Es mejor no generar envidias ni ningún otro de esos sentimientos de justicia rápida y sangrienta que pasan por la mente de la chusma cuando se saben en el lado débil de la comparación. Y, además, joder, claro, esto no es más que su lugar de trabajo… Me la juego a que su casa está forrada de oro y mármol. Si hasta el mismísimo Tony Soprano maneja su negocio desde una pequeña nave industrial…

Me digo todo eso mientras ratifico que el jefe no tiene la menor intención de ofrecerme asiento. Llevo ya un minuto aquí plantado y ni siquiera ha levantado un instante la vista del caos de papeles que desborda su mesa de conglomerado. Tiene la cabeza tan hundida en sus inminentes beneficios que puedo ver el descampado de su coronilla en medio de un pelo tintando de un negro tan antinaturalmente intenso que se torna rojizo por las puntas. Una calva pálida, y tirante y ajada al mismo tiempo, como el parche de un tambor viejo. Y me pregunto cómo sonaría si la aporreara bien. Porque tengo claro que el jefe es una de esas personas que me producen náuseas si se sientan a mi lado en el autobús o coinciden conmigo en la cola del híper. Ese desodorante seco que no consigue cubrir su olor corporal, que sólo se mezcla con el acre y se hace aún más irrespirable. La camisa desabrochada dejando ver un retal de piel y pelo que me recuerda mucho a la panza de los cerdos. Y anillos en todos los dedos salvo los pulgares y cadenas doradas tan gruesas como sogas colgando de su cerviz. Sin embargo, las cosas han ido de tal manera que ahora dependo de que un tipejo de tal calaña me dé un sobrecito con billetes a fin de mes poniendo cara de estar haciéndome un favor.

La gente, mi madre, el amigo recién casado y hasta el vecino, la gente dice que hay que ser prudente, respetar a tus superiores y todo eso. Especialmente en tiempos de crisis como los que corren. Pero, joder, ya he pasado mi peso corporal de una pierna a otra unas cuantas veces y he detenido mi vista en todos los objetos que pueblan mi campo visual. Incluso he contado los neones incrustados en el falso techo, cada cuántos segundos parpadea ése que falla, el número de paneles de escayola que separan una lámpara de otra tanto en el eje de abcisas como en el de ordenadas. Y empiezo a sentirme como un gilipollas. Además, los zapatos me aprietan. Tal vez Debería estrangular a este tipejo con el cordón de la persiana. Pero creo que eso está duramente sancionado legal y éticamente. Tal vez debería llamar su atención. Carraspear, igual que en las películas. Pero creo que eso sólo acentuaría la sensación de que este cabrón me está tomando el pelo. Mejor esperar. Mirar las pelusas de aquel rincón o las tetas del reclamo turístico bahameño, que curiosamente parecen aún más doradas a la luz del día nublado que se cuela por la ventana. Y atravesarla mentalmente. Saltar al vacío sin riesgo de muerte, como los cobardes. Pensar en los cientos o miles de personas que en este momento andan por la avenida unos cuantos metros más abajo. Escudarse en la estadística para conseguir que mi presente no se venga abajo. Porque la ley de probabilidades más burdamente enunciada me dice que acierto al imaginar que algunos de ellos se están muriendo por culpa de un cáncer aún no diagnosticado, que otros no duermen preocupados por sus hijos politoxicómanos, que un buen puñado está a punto de ver cómo su casa pasa a manos del banco y, por qué no, que unos pocos están relativamente felices con su vida. Pero que esta mañana todos ellos han salido de sus casas dispuestos a dejar un poco atrás su propia mierda. O al menos a mantenerse a flote en ella, a no acabar de hundirse y tragársela. Han sacado fuerzas de algún recurso interno o de lo que han encontrado en el armarito de los medicamentos y se han puesto la ropa de ir a ganarse la vida. Y ahora recorren el camino de ida o de vuelta como todos los días que no son domingo y festivo, procurando mantener sus pensamientos bastante lejos de sí mismos. Igual que yo.

Lo malo es que tengo que volver a pensar en lo mío porque un fuerte olor a coñac me devuelve a la realidad del despacho. Aparto la vista del cristal sucio de la ventana y veo que tengo la jeta del jefe demasiado cerca de la mía. Su aliento me calienta las mejillas y mientras él agita en el aire un papel que supongo refleja el resultado numérico de mis gestiones mensuales y reprocha mi rendimiento profesional con frases como ¡¿Para eso te he puesto en plantilla?! o Te aseguro que no te conviene tocarme los cojones así que mírame a los ojos, yo me planteo si el hedor que sale de su boca amarilla se impregnará en mi epidermis. Pienso en mi cabeza metida en un cubo de agua helada. En sumergir la cabeza en uno de esos agujeros que los esquimales practican en el hielo para cazar focas. Pienso en productos desinfectantes y en trajes anticontaminación bacteriológica mientras observo sus dientes amarillos como cera fosilizada, sus ojos de roedor, brillantes y tan pequeños que no dejan lugar al blanco, su papada tocinera. Y una nariz mucho más roja que el resto de piel de su cara que hipnotiza mi mirada. Casi granate, casi morada porque donde intuyo que hace años empezaron a aflorar los cabos de vena nasales que delatan a cualquier alcohólico ahora hay auténticas varices a punto de reventar. No puedo dejar de mirarla. Si la abstraes del resto de la cara ni siquiera parece un trozo de cuerpo humano. No puedo ni quiero apartar la vista. Es evidente que le pone nervioso que no le mire a los ojos, que me centre en lo que sabe más horrible de su cara de animal.

Quiero pensar que por eso da un paso atrás y rebaja la vehemencia de su discurso para decir A ver, chaval, tú sabes que tus resultados no son buenos, no me pongas las cosas más difíciles.

Yo no abro la boca y él dice:

Créeme, si fuera tan hijoputa como estás pensando hace dos meses que estarías en la puta calle.

Algo estúpido que se activa dentro de mí me provoca la tentación de darle las gracias por su confianza o su simple gracia. Pero logro contenerme.

Así que es él quien sigue hablando, con el tono que emplearía para decirle a un niño retrasado que debe esforzarse más para conseguir sumar dos y dos:

Llevas dos semanas detrás de ese tío del bar del polígono.

Yo asiento como un cordero baboso al tiempo que me escapo muy lejos de allí, a un lugar mucho más bonito, imaginando lo glorioso que sería si este hijoputa que me pone la mano derecha en el hombro y me dice Va, chaval, no pongas esa cara: te voy a dar una oportunidad tuviera un herpres genital galopante. Justo entonces, seguro que por simple casualidad, se lleva la izquierda a la bragueta y se estira la goma de los calzoncillos. Y sonrío un poco. Supongo que el gilipollas piensa que mi sonrisa es un gesto de gratitud, porque me dice:

Pero ésta será la última; más te vale aprovecharla.

Y entonces ya sí, entonces comprendo que la inmensa mayoría de los seres humanos no son nada del otro mundo, que en realidad nada importa demasiado más que comer y dormir bajo techo y que igual debo empezar a asumir que formo parte de esa masa rastrera. Así que lo digo. Digo:

Gracias, Jefe. Muchas gracias.

Y en cuanto obtiene mi sumisión matiza su gesto benevolente para conmigo señalando que no se fía de mí, y que por el bien de los dos va a decirle al Hiena que esté por la zona.

Por si vuelves a cagarla, más que nada, dice. Él sabrá cómo quitarte el marrón de encima, llegado el momento. Ahora va, largo de aquí.

Me plancha las solapas de la chaqueta con sus gordas manazas doradas. Y dice:

Y joder, cuida un poco tu ropa. La imagen es vital en este negocio.

En el bus de camino al puto bar no puedo quitarme de la cabeza al Hiena. Nunca lo he visto, pero he oído las suficientes barbaridades sobre él como para que mi cerebro le haya atribuido un amplio repertorio de cualidades aterradoras. Quizá debería pensar en el lado contrario de mi realidad laboral, en el tipo que me voy a encontrar tras la barra del bar. Pero a ése ya lo tengo muy visto, y no me preocupa lo más mínimo. Sólo es un pobre pringao que pidió un préstamo para instalar una nueva plancha en la cocina y no puede devolverlo. No creo que saque una recortada de debajo del mostrador. Esto no es América, por suerte para mí y mis colegas. Así que me inquieta mucho más que al puto Hiena se le vaya la pinza más de lo que me han contado y acabemos todos metidos en un lío de cojones. Noto que estoy sudando. Me apetece desabrocharme el cuello, pero no lo hago. Porque de repente caigo en la cuenta de que todo el pasaje del autobús me está mirando fijamente. No consigo acostumbrarme a ello, joder. Por eso le suelto Tú qué miras a un crío de unos seis años que me señala con el dedo. Pero el chaval sigue observándome de arriba a bajo con cara de no entender nada, de manera que tengo que aclararle un poco las cosas:

No, no soy un puto mago.

El bus se detiene a la entrada del polígono. Me quedan unos mil metros hasta el bar, justo en la otra punta. Supongo que el paseo que me espera es una de las razones que disparan mi mala hostia. Eso y la sensación adherida a mi traje de que todos esos cabrones del autobús ahora estarán hablando de mí o pensando en mí de muy mala manera. Me gustaría saber a qué se dedican ellos, a cambio de qué prostituyen su tiempo esos hipócritas que me han despellejado con la mirada. Seguro que ninguno de ellos es médico voluntario en una aldea de Mongolia. Serán mecánicos, empleados de la limpieza, pinches de cocina, abogados o contables, como lo que parece la gente con la que me cruzco durante la caminata. Pero está claro que creen que mi mierda huele peor que la que a ellos les da de comer. Hay que joderse… El lado bueno es que esto hace que apriete los nudillos y que tenga ganas de gritar y mandarlos a todos a tomar por culo. Así que esta vez el del bar se va a cagar. Esta vez me va a pagar por las buenas o por las malas. Le diré que deje de tocarme los huevos. Que elija: o me paga ahora mismo o tendré que hacer una visitita a su casa. O, mejor aún, me plantaré en la puerta del colegio donde cada tarde a las cinco recoge a su hijita, tan mona. Coño si se lo diré. Coño si lo haré si es necesario. No me expongo a diario a la humillación para que un hostelero de mala muerte se crea que puede torearme.

Y empujo la puerta oxidada del bar con las cosas así de claras. Pero aún no me he adentrado un paso en el local cuando, como siempre, todo se vuelve confuso. Mi plan, mi fingida convicción se deshace al ver al hombre llevando un plato combinado a un trabajador con grasa bajo las uñas que come solo

en la mesa del rincón. Me quedo paralizado. No puedo hacer nada más que observar cómo el moroso pone cara de miedo al verme y empieza a caminar hacia mí con pasos apresurados. Me fijo en las manchas de aceite reseco que salpican su delantal. Al final debe de haber tenido que despedir a la cocinera. Me dice bajito al oído que no tiene el dinero. Que, por favor, acepte una copa. Que me invita a comer. Pero que no puede pagarme porque no tiene el dinero. Y que, por lo que más quiera, no le monte un escándalo delante de los clientes.

Y un momento después, como en todas las ocasiones anteriores, me veo sentado en un taburete, en silencio, con una cerveza en la mano e intentando olvidar lo que soy. Estoy a punto de conseguirlo, la cerveza empieza a limpiarme el sabor de las náuseas cuando el Hiena entra por la puerta. Lleva un disfraz de pelo moteado y camina a cuatro patas en dirección a su presa. Da vueltas en torno al hombre, simula que le lanza algún mordisco, algún zarpazo. Hasta levanta una de sus patas traseras como si fuera a mear sobre los zapatos malos del camarero, que está paralizado. Definitivamente, es peor de lo que imaginaba. Mucho peor. En algún lugar de su disfraz debe esconder un dispositivo de voz que emite a altísimo volumen los gañidos de las hienas antes de un festín de carroña. Risas siniestras, las de la grabación y las de algún que otro cliente, que llenan el aire y hacen que me tiemblen las manos y se me derrame la cerveza. Y que me manche el frac.

21
dic
08

El espíritu de la navidad

El hombre que está sentado delante de mí habla y habla aparentemente ajeno a mi falta de atención a lo que dice. Ya tengo dentro bastante mierda propia por rumiar y digerir como para fijarme en la que el tipo intenta colocarme. Mi móvil y mi bandeja de entrada callados desde hace más de una semana y el desconcierto dando paso a un miedo mezclado con rabia. Más de siete días, más de ciento sesenta y ocho horas sin noticias de lo vital. Y aquí estoy, en el trabajo, intentando ganarme la vida pero olvidando un poco más a cada segundo lo que ese verbo y ese sustantivo significan. Así que pongo la cara de alguien que escucha aunque en realidad mis sentidos sólo dan para informarme de que el humano que está ahí enfrente se mueve de tanto en tanto, emite sonidos y parece un ser vivo. Cada cierto rato cruza las piernas y en una de éstas reparo en sus calcetines y sin querer, como siempre me pasa, empiezo a tirar del hilo. Calcetines negros de ejecutivo. Me parece que son de ésos que no tienen costuras en el talón ni en la puntera. De ésos que los ejecutivos superocupados pueden comprar por internet en packs de cinco pares por un precio razonable. De ésos que pueden dar el pego. Lo que pasa es que están hechos a base de poliester, poliamida o alguna materia igual de contaminante y miles de diminutas fibras reflejan cegadoramente el resplandor que cae de los fluorescentes del techo cada vez que al hombre empieza a temblequearle el pie suspendido. Destruyendo así cualquier ilusión de elegancia. Y además desde aquí veo la marca que la goma le hace en la carne pálida, en la que ya no hay pelos, nada más que una leve pelusa dispersa. Porque el hombre que habla y carraspea y vuelve a hablar al otro lado de la mesa debe rondar los sesenta. Puede que alguno más. Y de repente pienso Podría ser mi padre. Y a lo mejor por eso un tenue amago de simpatía se me remueve dentro. O puede que la razón sea que el tipo está evidentemente nervioso y tartamudea al empezar todas y cada una de las frases con las que intenta convencerme de que esta oficina sería un lugar mucho mejor si dejáramos que la empresa a la que representa nos instalara nuevo hardware, nuevo software y otras cosas igual de modernas. O igual el vendedor me cae bien porque cada vez que se inclina hacia adelante y la chaqueta se le abre un poco puedo ver los inmensos rodales de sudor que le manchan la camisa blanca mal planchada. O, por qué no, quizá se trata sólo del modo inseguro que tiene de removerse en el asiento, cruzando una pierna sobre la otra para dentro de medio minuto deshacer la operación y hacerla en el sentido contrario. O de ese flácido filete de carne rosácea que le cuelga sobre el cuello de la camisa por culpa de la corbata demasiado apretada. Qué más da. El caso es que ha vuelto a ocurrir la putada habitual: que sin razón concreta un extraño consiga despertarme simpatía, solidaridad, cierto afecto. Uno de esos sentimientos vagamente positivos que no sirven para otra cosa que hacerte comprobar de inmediato cuánto te has equivocado al darles cabida. Joder, el tipo está sufriendo y sudando al recitarme las bondades del plan de gestión informática integral que sueña con encasquetarme. Esas parrafadas no puede soltarlas uno así como así. Me lo imagino perdiendo horas de sueño para repasar las características técnicas de programas de ordenador diseñados por sus jefecillos. Chavales más jóvenes que sus propios hijos pero que son los que le pagan a final de mes y le conceden otros treinta días de supervivencia a la crisis si ha alcanzado los objetivos previstos. Me lo imagino estudiándose por enésima vez el manual de su producto estrella en el ascensor justo antes de entrar en esta oficina y poner una parte de su destino en mis manos. Y sin siquiera darme cuenta estoy aflojándome aún más el nudo de mi corbata. Para que se relaje y haga lo mismo con el suyo. Para que vea que la perfección de su corbata me importa aún menos que él hasta hace unos segundos. Pero en ese momento el tipo decide cagarla. El tipo entiende lo contrario de lo que mi gesto ha querido decir y se hiergue sobre la silla, la espalda muy recta, y aprieta un poco más su nudo mientras mueve el mentón a izquierda y derecha y estira hacia abajo las comisuras de los labios. Tío, ¿por qué lo has hecho? Eso pienso. Pienso: Sólo estaba siendo amable contigo, pero eres tan imbécil que no te das ni cuenta. Iba a comprarte lo más caro de tu catálogo. Ni siquiera puedo hacerlo sin la autorización de mi jefe de departamento, pero iba a comprártelo. Porque sí, por hacer algo digno por alguien o simple y egoístamente por tener algo digno en que pensar al irme a dormir. Pero me has demostrado que no lo mereces, que estás más muerto que vivo y ojalá te despidan mañana mismo. Eso es lo que pienso pero lo que hago es interrumpirle y lo que digo es Lo siento, no siga, no me interesa. Y el hombre se levanta y empieza a recoger sus papeles con una lentitud y una cara de idiota que me obligan a aferrarme a los brazos de la silla para no saltar sobre él y echarle a patadas. Porque de repente me siento al límite de algo oscuro y no creo que pueda tener mucho más tiempo ante mi vista una nueva prueba de que este mundo es el peor lugar en que vivir. Evitando mirarle a sus ojos de viejo tan mediocre que se ha dejado avergonzar por un gilipollas como yo le espeto que se dé prisa, que salga, por favor, que tengo muchas cosas que hacer. Pero es mentira porque lo único cierto es que en mi mente sólo hay sitio para planes que no sucederán. Deseos que sé no cobrarán forma pero con los que me quiero quedar a solas y lamentar mi suerte. Lamerme las heridas a falta de otra saliva. Y dejar pasr el tiempo hasta que el dolor se convierta en norma y resulte imperceptible. Y mientras el tipo guarda en su maletín los folletos de todo lo que me ha intentado vender de entre las páginas de uno de ellos se desliza una tarjeta. Un abeto rodeado de estrellas doradas y trineos voladores aterriza en la mesa. Cosas imposibles, cosas milagrosas. El hombre la recoge y duda un momento si dármela o no. Se decanta por lo que merezco y sale por la puerta teniendo al menos el detalle de decirme adiós y cerrarla a su espalda. Sí, es verdad, la navidad está a la vuelta de la esquina. Y asumo que este año me gustará aún menos de lo normal. Me faltará un regalo. Me faltará hacer un regalo. Caminando de vuelta a casa la noche no lo parece. Las bombillas de los escaparates y de los adornos que cuelgan sobre las calzadas lo envuelven todo en una bola de luz cálida dentro de la que la gente parece encontrarse a gusto. Pasan a mi lado cargados de bolsas y paquetes desprendiendo algo parecido a lo que la gente normal llama Felicidad. El puto espíritu de la navidad poseyéndolos a todos. Pero en lugar de alegrarme por ellos sólo puedo sentir la convicción de que están equivocados. Y que más pronto que tarde la verdad se materializará ante sus ojos, les pondrá su filo helado en el cuello y les hará conscientes de que lo bueno suele acabar pronto y de la peor manera. El móvil se pone a vibrar en mi bolsillo. A los de Movistar les ha dado por llamarme todos los días a esta hora. Quieren que me una a su club. Todas y cada una de sus teleoperadoras de dulce acento latinoamericano me han jurado que si lo hago me regalarán un teléfono nuevo y mil mensajes gratis. No tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, decidí confesarle ayer a una voz que dijo llamarse Zaida. Ya no tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, joder, deja de llamarme o tendré que buscarte y matarte. Pero parece que tampoco ella me tomó en serio. Así que saco el móvil dispuesto a decirle a la de Movistar alguna barbaridad todavía mayor y casi se me cae de las manos cuando veo el nombre que aparece en la pantalla. Y las ganas se imponen fácilmente a mi débil orgullo. Descuelgo y hablo y habla y creo que he acertado al renunciar a los principios que no tengo porque acabo escuchando lo que quería escuchar. Si me paro a pensarlo casi me da asco/vergüenza reconocer que una llamada haya servido para hacerme sentir bien. Que haya alguien en el mundo capaz de convertirme en un zombie cuya única misión sea hacer lo que me pida. Que de pronto la ciudad no me parezca un nido de ratas y que los escaparates atraigan mi atención en busca de lo que le regalaré mañana. Pero prefiero no pararme a pensarlo. Prefiero, como cualquiera, intentar estar contento y que los demás lo estén conmigo. Por eso entro en el superbazar chino que hay en la esquina de mi calle y le compro a mi hermano pequeño un Papá Noel escalador. Hace unos días me preguntó si podía poner uno en el balcón. Y le contesté que no. Y cuando insistió le dije que eso era algo de muy mal gusto y que dejara de tocarme los cojones. Le hablé como a un adulto. Peor, le hablé como un adulto que tuviera el deber de soportar mi pena. El chino del mostrador me cobra treinta euros por el muñeco más grande de cuantos tiene y estoy tan aliviado por la llamada que acabo de recibir que no me parece una estafa aunque el trasto no cante ni baile mecánicamente ni emita destellos de colores. Cuando le doy el Papá Noel a mi hermano me da las gracias y un abrazo fuerte. Y no sé qué me sorprende más. Qué fácil es satisfacer cierto tipo de deseos. Me planteo fugazmente si ella estará pensando lo mismo respecto a mí. Si le dará a su llamada la misma nimia importancia que yo le doy al detalle que acabo de tener con mi hermano. Pero me quito rápidamente ese temor de la cabeza gracias al subidón de serotonina que acabo de experimentar. Y me voy a la ducha y me recreo bajo el chorro. Hasta silbo. Hasta me pongo suavizante en el pelo. Y me hago una paja para cumplir mejor mañana. Y me corto las uñas de los pies y mientras me afeito le grito a mi hermano qué quiere para cenar. No me contesta, sólo se oye la tele emitiendo anuncios de juguetes, perfumes y chocolates y otras cosas por el estilo que se pueden comprar en El Corte Inglés. Salgo del cuarto de baño y me dirijo a la cocina. Le prepararé una pizza de las que le gustan. Y nos la comeremos juntos viendo en la tele lo que él quiera ver. Por qué no, yo ya tengo lo que quería y lo demás me da igual. Me siento bien por primera vez en bastante tiempo y todo sería perfecto si no fuera por esa sirena que no para de sonar en la calle. Meto la pizza en el horno y voy a ver qué pasa. Salgo al balcón. La cara regordeta y sonriente de Papá Noel me mira por encima de la barandilla. Me asomo. Y antes de ver la ambulancia veo que el muñeco no tiene piernas. Por debajo de su cinturón sólo hay tripas de gomaespuma agitándose al viento. Sus extremidades inferiores están en suelo, veinte metros por debajo. Junto al cuerpo reventado de mi hermano.

26
nov
08

Problemas de empatía… qué coño

El otro día el perro de mi jefe se muere y el cabrón acaba deciéndome que no empatizo. Puede. Pero es que hace unos años mi cuñada intentó matarme con una aguja de ésas que se utilizan para hacer peucos o guantecitos de lana. Puede, también, que todo venga de aquello. Lo que pasa es que intento no plantearme el porqué de las cosas. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque son las siete de la mañana y Lucrecia o Lupita o algo así -nunca lo he tenido muy claro- llama a la puerta y eso significa que en teoría puedo desentenderme durante unas horas. Desconectar, suelen llamarlo. Así que como cada lunes, martes, miércoles, jueves, viernes le dejo a Lucrita quince euros sobre la mesa de la cocina. Para el taxi. Y cierro la puerta con cuidado para no despertarle y conduzco rumbo al trabajo unos tres cuartos de hora, minuto arriba o abajo en función de la suerte con los semáforos. Y mientras el sol naciente inunda el paisaje rodante de una luz color zumo de limón oigo hablar a vehementes tertulianos en la radio del coche. Parece que están muy seguros de lo que dicen, que tienen muy claro el funcionamiento del orden mundial. Y me extraña, porque yo ya no entiendo nada. Ya ni siquiera sé si prefiero llegar pronto o llegar tarde a la oficina o simplemente empotrarme contra una farola y no llegar jamás. Desconectar, en la práctica. Lo que pasa es que intento no plantearme en qué se está convirtiendo mi vida. Además, tampoco tengo demasiado tiempo para ello. Porque cuando quiero darme cuenta estoy subiendo al trabajo en el ascensor mirando sin sorpresa el reflejo de mi decadencia a la luz de los halógenos de baja intensidad y alto ahorro energético, llenándome los pulmones de un aire que huele a metal pulido y a cristasol y a muchas otras cosas ajenas a la naturaleza humana.

Contraté a Lupecia a través de un papel plagado de faltas de ortografía que vi pegado en una parada de autobús. Lo primero que me contó durante el simulacro de entrevista al que le sometí sólo para tener la mente ocupada un rato fue que en Sudamérica había dejado una hija preadolescente embarazada y un hijo pandillero y otros dos enterrados. Y que se había venido a Europa porque quería que los miembros de su familia que aún respiraban tuvieran un abanico más amplio de posibilidades para cagarla. Su ilusión era ofrecerles algo mejor. A ellos y a sí misma. Ya estaba cansada de pasarlo mal, concluyó. Encomiables intenciones, algo muy conmovedor si te lo cuenta una señora demacrada y mal vestida sentada en tu sillón, con humedad en los ojos y un potente aliento a vino barato forrando cada una de sus palabras. Aunque, la verdad, supongo que tampoco con ella empaticé. Sin embargo, me pareció una buena mujer a la que le quedaba bastante que aprender de la vida en el primer mundo, así que le dije que sí y acordamos un más que digno salario en negro. De esto hace ya un par de años. El mes pasado Lupita se marchó por diez días a su tierra para asistir al entierro de su joven ñeta o lo que fuera, y aún no ha regresado. Yo mismo la llevé al aeropuerto y le pagué el billete para generarle cierto sentimiento de deuda para conmigo. Para que no me dejara tirado. Cuando por fin dijo adiós comprobé que su boca olía a alcohol mucho más intensamente que el día que la conocí. Puede que nunca hubiera dejado de beber, no lo sé. Lo que puedo asegurar es que en ningún momento desde que le dieron la noticia por teléfono se tomó la libertad de mostrarse demasiado dramática en mi presencia. No me dio detalles, ni yo le di el pésame, ni me agradeció nada. A lo mejor es que ya había aprendido algo gracias a mí. Por ejemplo, a consolarse ella sola pensando que la ropa con la que al día siguiente metería a su hijo en el ataúd sería mejor que la que habría lucido antes de que ella decidiera prosperar al otro lado del Atántico. Y que con lo que había ahorrado trabajando en mi casa podría emborracharse muy lujosamente en su país hasta que el hígado le reventara, y olvidarse de que al fin y al cabo puso seis mil kilómetros de por medio con lo que le importaba. Y creerse un poco feliz hasta que el efecto de la anestesia se evapore.

Cuando llego a la oficina digo hola y nadie me contesta o al revés. Saco del cajón el botecito de las chinchetas y lo vacío sobre mi silla con cuidado de que todas las puntas oscuras queden orientadas hacia el cielo que debe haber muchos kilómetros por encima de estos neones. Y luego me dejo caer sobre el asiento sin hacer el menor esfuerzo por frenar el efecto de la gravitación universal sobre mi cuerpo. Decenas de pinchos se me quedan clavados pero muy pocos logran atravesar la costra que recubre la parte de atrás de mis muslos después de repetir esta acción a diario durante meses y meses. Así que hace tiempo que no me tengo que preocupar de ponerme pantalones oscuros. Tengo que preocuparme de cosas mucho más dolorosas, más difíciles. Por ejemplo, mantenerme detrás de mi mesa cuando mi jefe se planta al otro lado y me dice casi sollozando que sigue triste por la muerte de su perro. Lleva una foto del animal bajo el brazo y le echa un vistazo cada cinco segundos sin que deje de temblarle la barbilla. Yo tengo una sobre mi escritorio, de cuando tenía sentido que los dos y más gente nos fuéramos a hacer una parrillada en el monte, pero jamás me ha preguntado quién es el de la imagen. Me parece increíble no saltar sobre él y graparle la boca y los párpados. En lugar de eso concentro mis fuerzas en alzar un poco la cabeza y decirle Tranquilo, sólo es un perro. Y él me suelta con odio que no empatizo. Que no me implico en la empresa, ni con los compañeros ni con nadie. Miro el reloj que hay en la pared y calculo que me faltan siete horas y cuarenta y nueve minutos para salir de aquí. Y echo de menos lo bien que me sentaba el prozac al principio de todo esto. Y luego el cipramil y el dumirox y la cymbalta. Pero ahora necesitaría litros de fluoxetina para alcanzar el único descanso viable a estas alturas.

Porque cada vez que paso por delante de un contenedor de basura, o aunque no sea así, me acuerdo de que aquella noche habíamos estado bebiendo unas cervezas. En plan despedida de la buena vida. Mi hermano iba a ser padre en dos semanas y en adelante tendría ya pocas opciones de ver un partido de fútbol de mierda con los amigos. Lo pasamos bien hasta que mientras lo llevaba de vuelta a casa nos estrellamos contra un camión de basura que salió marcha atrás de un callejón. Cuando mi ex cuñada me vio por primera vez después de aquello quiso matarme con lo primero que encontró a mano. No se lo tengo en cuenta. Ni eso ni que haya rehecho su vida y sólo venga por nuestra casa una vez cada quince días. Ni siquiera sube a casa. Espera en el patio con la niña y yo bajo a recogerla. Pasa con nosotros un fin de semana de cada dos. Ella ya mira sin asomo de extrañeza cuando le curo a mi hermano las llagas del culo y le limpio el tubo del respirador mecánico. Es una buena cría. Muy lista. He conseguido que le llame papá. Y a mí hijoputa.

17
nov
08

Problemas de empatía

Censurado por la Autoridad Moral.

Os dejo los tags para que os montéis con ellos la historia que mejor os parezca.

21
oct
08

autoayuda

De golpe pasaron las cosas que nunca deben pasar, y se quedaron en informes abortos las que esperaba, las que a lo mejor me habrían hecho feliz. Se quedaron en montones de babas y vísceras a medio formar. Se me quedaron dentro. Podía sentirlos conmigo incluso mientras dormía o jugaba al fútbol. Siempre acechándome, dejando un rastro viscoso y de olor fétido en el que nadie más que yo parecía reparar. Así que en un momento de falsa lucidez o de algún espejismo por el estilo de ésos en los que te crees mejor de lo que eres comprendí con cierta claridad que me encontraba en la gran encrucijada. Ésa a la que nadie quiere llegar: intentar hacer algo digno con mi vida o mantenerme anestesiado en la suave y lenta y sin impacto mortal caída que mi cuerpo venía y vendría para siempre dibujando en el espacio-tiempo. Como era x tiempo más imbécil que ahora, no me quedó otra que optar por lo primero. Y una buena mañana dejé el trabajo en la cadena de montaje. Muchas veces había pensado que cuando al fin me decidiera abandonaría la factoría por la puerta grande. Flashes y micros. Con el mono manchado no sólo de grasa sino de una vez surcado de regueros del más precioso rojo tras haber metido a mi encargado en la máquina atornilladora. Por ejemplo. En la prensa de titanio. Por ejemplo. Sin embargo, ni siquiera tuve que salir de la fábrica. Me limité a no presentarme en la parada del autobús empresarial. Como cada madrugada, el despertador me insistió un rato, pero terminó callándose. Y yo seguí durmiendo, recuperando las horas de sueño perdidas durante años. Dormí dos días enteros, medio despertándome únicamente para mear o beber o sólo disfrutar de mi flamante duermevela, de no estar donde debería estar. Pero, ya digo, quería dignificarme. Así que en cuanto mi cuerpo hubo descansado lo necesario, la satisfacción de ya no estar alienado por una multinacional se volvió insuficiente. Y una mañana tan luminosa o lúgubre como cualquier otra decidí hacer lo que hacen los occidentales con ahorros en la cuenta corriente y con ansias de purificación, y me apunté a una oenegé. No fue difícil encontrar una en la que me pagaran algo de pasta a cambio de poner a su servicio unas cuantas horas de mi conciencia. Suburbia Acoge, ponía en el letrero luminoso que coronaba la planta baja a la que acudí. Ahí plantado en la acera, me pregunté por qué algún cabecilla de aquella plataforma humanitaria habría considerado conveniente poner bombillas en un rótulo en lugar de destinar esos fondos a alguna actividad de mayor utilidad cívica. Pero no llegué a ninguna conclusión plausible, así que entré y empecé mi período de activista social. Bastante aburrido, por cierto. Bastante triste. La mayor parte del tiempo mis compañeros se limitaban a ir y venir por el linóleo del local llevando de un lado a otro, muy serios, con el aspecto circunspecto del que cree que lo que hace puede cambiar el universo, impresos de color beige o salmón. Solicitudes de trabajo de algún centroafricano. La instancia para la repatriación del cadáver de algún inmigrante magrebí. Parecían muy preocupados por el éxito de las peticiones, pero lo cierto es que los papeles acumulaban polvo en las rejillas durante semanas. Y cuando alguno de aquellos negros o moros o sudacas se ponía nervioso por su futuro y sobre todo por su presente y el de su familia a orillas, no sé, del Río Congo y empezaba a dar patadas a las paredes o rompía a cabezazos el cristal de la puerta del despacho del director de la fundación lo primero que hacían era llamar a la policía, cuyo número tenían almacenado en la memoria del móvil bajo el número 1. Además, el hecho de que todos, ellos y ellas, llevaran cruzado sobre el pecho un bolso de mercadito y aspecto jipi en el que guardaban su móvil de última generación no ayudaba mucho a digerir todo aquella mierda. Con todo, iba tirando hasta que una noche, de vuelta a casa en el metro con una de mis colegas de redención, vi cómo sacaba de la mochila y empezaba a leer un libro de autoayuda. Quiérete, haz el bien. Ayuda a otros y ayúdate. Cualquier basura similar. En fin, conseguí salir del vagón sin vomitar encima de nadie y al día siguiente, otra vez, me quedé durmiendo en casa mientras, supongo, mis antiguos compañeros, tan bienintencionados y tan rastafaris y tan socialmente comprometidos intentaban facilitar la vida de personas a las que olvidarían al instante en caso de que les tocara el euromillón o la persona idónea decidiera que las quería hasta la muerte. Es lo que hago desde entonces, dormir y procurar no tener demasiado contacto con los que explotan y los que se creen defensores de los explotados. Y mis propios abortos continúan mordiéndome en cuanto me descuido con sus dientes de leche podrida, vale, pero al menos no intento matarlos a base de ver que hay gente que lo pasa peor que yo.




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Iván Rojo Tales

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