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14
ago
11

El callejón

Quisimos atajar por el callejón. El cielo estrellado arriba y la avenida al fondo, centelleando en un rectángulo de neones y estelas de faros y pilotos rojos. Iba a ser nuestro paisaje durante por lo menos un año, prorrogable por otro según el contrato. Veríamos el tráfico y los peatones y el cartel del único cine de verdad de la ciudad desde un ático que habíamos alquilado a precio de ganga. Nos pareció un buen lugar en el que arriesgarnos a dar el paso. Además las ventanas eran de doble hoja. Podríamos aislarnos del mundo exterior cuando quisiéramos, y volver a abrirlas cuando estuviéramos hartos de nosotros mismos. El caso es que el callejón era largo y ella cargaba con el enorme macetero. Jadeaba y sudaba. Vi puntitos azulados brillando en su frente y en el puente de su nariz. Me vio mirándola y me sonrió al tiempo que negaba con la cabeza y sus iris desaparecían bajo sus párpados superiores. Volví a tener claro que la quería. Fue uno de esos gestos sin importancia aparente que justifican que estés dispuesto a andar con la chica a la que quieres y por ejemplo su puto macetero hasta el mismísimo fin del mundo. Como cuando se queda dormida y los dedos de los pies se le contraen de vez en cuando durante los primeros diez minutos. Como esa manía de enroscarse un mechón de pelo en el dedo mientras ve una peli de terror. Pese a su movimiento de cabeza estuve a punto de decirle que lo dejara en el suelo, que luego volvía yo a recogerlo. Pero sabía que me diría que no de viva voz, y además algo en mi interior, levemente parecido al rencor, refrenaba mi ofrecimiento. Así que seguimos caminando en medio de nuestro silencio, con los cláxones a lo lejos. Aquel jodido tronco de Brasil había vivido con ella durante los últimos cinco años. Una planta baja, tres pisos y la buhardilla clandestina del portero en un edificio en estado ruinoso. Es muy importante para mí, había dicho un par de veces durante la mudanza; si no vive con nosotros no me sentiré en casa. En fin, con la maceta y lo que yo llevaba entre las manos acabábamos el traslado. Tres cajas de cartón apiladas contra mi pecho. Las dos de abajo llenas de novelas de misterio a cuál peor. Le encantaba esa mierda. Y estaba consiguiendo que también yo me aficionara a ese falso suspense, a lo predecible disfrazado de intriga, a las dificultades fáciles de resolver, al desenlace satisfactorio. Sí, estaba consiguiendo que me gustaran muchas cosas que antes me parecían detestables. La caja de arriba contenía parte de su ropa interior. Por la ranura que quedaba entre sus solapas me pareció advertir el perfume de su suavizante. O puede que fuera el olor de la bolsita de hierbas aromáticas que había visto en su cajón aquella noche que lo abrí para buscar un condón y di con la foto de un tipo que no era yo. Estaba boca abajo, es verdad, y sepultada por un montón de prendas de algodón, lycra, creo que incluso alguna de seda, o raso, yo qué sé, no entiendo de eso. Era posible que la hubiera metido allí casualmente esa misma mañana, tras encontrarla llena de polvo debajo de un mueble, por ejemplo. Pero también podía ser que llevara allí meses, años, hundida en la suave calidez de su ropa más íntima. Así que aquella noche no hizo falta buscar los condones. No le pregunté nada. Solo le dije que no me encontraba bien y apagamos la luz. Me quedé mirando el techo desconchado de su buhardilla hasta que noté cómo su respiración se volvía más profunda a mi lado y escuché el fru-fru de sus dedos contra las sábanas. Fue la primera vez que me di cuenta de ello, y me sirvió para que a la mañana siguiente me levantara con la convicción de que el tío del cajón me importaba una mierda si al acabar el día podía volver a dormir con ella. La putada es que andando por el callejón con ella y el tronco de Brasil y su ropa interior me asaltó el temor de que la planta no fuera el único elemento cuya presencia le resultara indispensable para sentirse en casa. Tuve la certeza de que dentro de la caja que aseguraba con la barbilla viajaba la foto del hombre misterioso, misterioso y peligroso de verdad, mucho más que cualquiera de las novelas con las que cargaba. Me detuve y dejé las cajas en el suelo. No me importó en absoluto que estuviera sucio y húmedo. Adelántate tú, le dije, necesito descansar un poco. Cuando dobló la esquina de la avenida abordé el dilema. Podía abrir la caja y arriesgarme a quedarme atrapado en ese callejón un buen tiempo, el tiempo que se tarda en dejar atrás determinada clase de putadas. O tirarla sin más en el contenedor que tenía enfrente. No me llevó mucho tiempo tomar la decisión. Unos dos segundos. Lo que tardó la caja y lo que quiera que contuviera en trazar una parábola silenciosa hasta la basura. A la mañana siguiente tuvo que bajar a comprase medias, bragas, etcétera. Se habrá quedado por el camino, le dije. No advertí en ella ningún amago de tristeza o enfado. Nada que me hiciera sospechar que aquel tipo de la foto del cajón fuera tan importante para ella como su tronco de Brasil. Murió, por cierto, unos meses después. El tronco, quiero decir. Del tío nunca he sabido nada más, si es que alguna vez llegué a saber algo, aunque fuera por intuición. Hemos prorrogado ya dos veces el contrato. De tanto en tanto, si me la recomienda con mucho entusiasmo, leo alguna novela de misterio. Y aproximadamente una vez al trimestre uno de los dos necesita abrir las ventanas para que el bullicio de la calle apague la voz del otro. Todo normal, supongo. Nos queremos como se quiere la gente, es decir, a pesar de muchas cosas.

03
ago
11

Nada mucho más

Estaba en una especie de fábrica abandonada. Completamente vacía. Ni maquinaria corroída, ni bidones oxidados de combustible, ni estanterías desvencijadas. Solo yo en medio de la penumbra de la inmensa nave, evaporada levemente por la luz que se filtraba a través de las altísimas vidrieras que cubrían las cuatro paredes. Todos sus cristales estaban rotos. Pero en el suelo no se veía un solo añico. Ni piedras o bujías ni nada de lo que suelen lanzar los niños cuando hacen ese tipo de cosas. Llegaba a la conclusión de que los cristales tenían que haber sido rotos desde el interior. Y me preguntaba por qué. Quizá alguien se había quedado atrapado dentro y había tenido que salir a través de las ventanas. Pero en ese caso, ¿por qué las había roto todas? Incluso las que estaban prácticamente en el techo, a quince o veinte metros de altura, aparecían agujereadas. Y más aún: fuera quien fuera el que se hubiera quedado encerrado, ¿por qué no había utilizado esa puerta de ahí para salir, como habría hecho cualquiera? En ese punto la inquietud empezaba a invadirme. Una inquietud lenta, que parecía jugar conmigo, reptar sigilosa hacia mí desde algún punto de la oscuridad, como dándome tiempo a buscar su origen. Porque aunque el lugar era lóbrego e incluso algo siniestro, no temía por mi vida ni por mi integridad. Era más bien un sentimiento de angustia sin razón aparente que aumentaba a medida que avanzaba hacia la puerta, que estaba seguro iba a encontrar cerrada.

Entonces empezaba a oír unos golpes acompasados. Retumbaban desde algún lugar indeterminado de la oscuridad de la fábrica. Unos ruidos secos y metálicos fortalecidos por la libertad con que viajaban en el vacío de todos esos cientos o miles de metros cuadrados. Clonc-clonc-clonc-clonc. Me recordaban al sonido que de vez en cuando emitían las tuberías de la casa de mi abuela. Me recordaban a los ruidos que sobrecogen a la tripulación de un submarino justo antes de que el aparato implosione bajo el peso de cincuenta atmósferas. Y aceleraba el paso hacia la puerta y enseguida ya estaba corriendo hacia ella y justo cuando alcanzaba el picaporte, rezando por que no estuviera cerrada con llave, por que las bisagras aún funcionaran, me desperté.

Tardé unos segundos en ubicarme. La desorientación natural que se experimenta al salir de una pesadilla se veía acentuada por los golpes, que seguían sonando también a este lado de la frontera del inconsciente. A través de la ventana vi las luces lejanas de un avión parpadeando rumbo al oeste, y supuse que sí, que ya había despertado. Pero lo que de verdad me reconfortó, lo que me hizo estar seguro de que la pesadilla había acabado, fue comprobar que las dos hojas de la ventana estaban intactas. Los cristales no presentaban ni el menor arañazo. Todo estaba bien, todo era normal. Todo menos ese martilleo incesante. El despertador marcaba las 05:38. Demasiado temprano incluso para el vecino de arriba, aficionado a despertarles los domingos de buena mañana echando abajo una pared para hacerse un vestidor, serrando una mesa camilla con el fin de reconvertirla en un abrevadero para patos o haciendo cualquier otra tarea estúpida aprendida en Bricomanía.

Estiré la mano hacia la otra mitad de la cama. No toqué más que la sábana fría. Me volví. No estaba. Desde mi posición pude ver un tenue resplandor al final del pasillo, en el cuarto de baño. Pensé en llamarla. No lo hice. Me levanté y fui hacia allí. La puerta del wc estaba entreabierta, pero la luz que se colaba por la rendija no era la de las bombillas que enmarcaban el espejo. Era mucho más débil y amarilla, y parecía oscilar como el resplandor de la llama de una vela. Eso es justo lo que vi en el suelo cuando empujé la puerta: una vela a medio consumir. Y un poco más allá, arrodillada debajo del lavabo, rodeada por trozos de azulejo, de yeso y montoncitos de polvo gris, ella golpeaba la pared con un martillo. Había envuelto la cabeza en un trapo.

-No quiero despertar a los vecinos –dijo sin girarse hacia mí-; no tienen por qué enterarse de nuestras historias.

Había algo en su voz que me erizó el pelo. Reconozco que no tuve valor para dar dos pasos, cogerla por los hombros y obligarla a mirarme. Simplemente dije:

-Pero ¿qué coño estás haciendo?

-Buscar una salida –dijo.

En ese momento se revolvió con una rapidez imposible para un humano. Su cabeza emergió de la sombra del lavabo y pude verle esos ojos amarillos con las pupilas rasgadas, y el pelo de un color verde radiactivo, y la piel de la cara y los brazos salpicada de decenas de pústulas supurantes.

Pero fue ella la que gritó al verme, dejando a la vista una lengua negra larguísima y bífida.

-¿En qué te has convertido? –Preguntó, con sus espeluznantes ojos derramando lágrimas rojas-. ¡Eres un monstruo!

Nos mantuvimos la mirada durante unos segundos. Ninguno de los dos dijo nada más. Luego ella se volvió contra la pared y continuó golpeando. Yo fui al dormitorio, me puse los pantalones y me calcé. Metí en una bolsa un par de camisetas y tres o cuatros calzoncillos. Lo demás se lo podía quedar ella. Cuando puse la mano en el pomo de la puerta temí que no girara. Temí la posibilidad de verme yo también obligado a derrumbar una pared para salir de allí. Pero no: la puerta se abrió sin ofrecer resistencia, sin siquiera emitir el menor chirrido.

Salí y cerré a mi espalda y me quedé un rato en el rellano, con la oreja pegada a la madera. Ya no se oía nada dentro. Ni martillazos, ni gritos. Nada. Casi podía sentir la paz instalándose poco a poco pero probablemente para siempre en aquella casa que ya no era la mía. Me alegré. Llamé al ascensor, subí, pulsé el botón de la planta baja y mientras descendía me observé en el espejo. No encontré en mi reflejo nada mucho más monstruoso que lo que encontraría cualquiera que se observe de cerca durante el tiempo suficiente.

25
jul
11

Medicina alternativa

Algo al rojo vivo me atraviesa el pulmón izquierdo al respirar pero no pido cita por eso. Ni por el insomnio ni la ansiedad. Sencillamente busco una coartada. Un justificante que poder entregar al día siguiente. Porque llevo tiempo necesitando romper el ritmo. Escaparme en la medida de mis posibilidades. Aunque solo sea para librarme de unas horas de trabajo. Así que cuando llamo para concertar la consulta me aseguro de que me parta la mañana.

A las 11:30 de dos días después ando por mi barrio de toda la vida rumbo al ambulatorio. Con prudencia. Vigilando las esquinas, atento a quién entra o sale de los comercios, mirando de reojo a las bicicletas que circulan por el carril-bici que antes no existía. Incluso de vez en cuando me parece identificar la cadencia de los pasos que andan a mi espalda. Entonces mi corazón se pone a bombear angustia hasta que reúno el valor para girarme y comprobar que no hay fantasmas. Así que quizá sea más apropiado decir que ando con miedo, a quién pretendo engañar. Y, claro, me arrepiento de muchas cosas. Por ejemplo de ser un completo desastre y dejar siempre para más tarde cualquier trámite. Cualquier decisión. Porque en este momento podría estar paseando tranquilamente camino del consultorio de la zona en la que vivo ya desde hace mucho más tiempo del que cualquiera necesitaría para actualizar la tarjeta SIP, y en cambio me veo recorriendo asustado los lugares del pasado. El viejo campo de batalla. El escenario de la derrota, en definitiva, simplemente por no haber cambiado la dirección de mi tarjeta médica.

Pero lo cierto es que, pese al miedo y cierta dosis de rencor, encuentro algo reconfortante en moverme por las calles por las que anduve durante años y años, cuando los problemas eran muy grandes y muy pequeños a la vez. Cuando los problemas, sobre todo, acababan solucionándose de una forma u otra, y casi siempre de la mejor. No sé… El último remolino de un aroma como a inocencia perdida flotando a mi alrededor, invitándome a volver a creer en ella. Es una tentación agradable. Pero para bien o para mal he aprendido que caer en ella sería fatal. De manera que opto por evitar descender a profundidades de las que uno nunca sabe si podrá escapar y quedarme con la satisfacción inmediata: a fin de cuentas es media mañana y debería estar aguantando alguna de las locuras del jefe mientras el 99% de mi cerebro echa de menos cosas que nunca han existido ni existirán o existieron y murieron. Y, sin embargo, aquí estoy, andando despacio y fumando despacio bajo un sol solo unos años más viejo que el que empezó a alumbrarnos. Sintiéndome como un explorador clandestino. Como un furtivo. Como un viajero en el tiempo. Igual de intrépido que acojonado. O casi.

Supongo que por eso experimento cierto alivio cuando llego a la puerta del ambulatorio. Es un sitio seguro. Por alguna razón descarto que allí dentro, entre gente enferma y jubilados aburridos, se produzca un choque fatal entre mi abatimiento y su nueva vida, que inevitablemente me imagino llena de luz, salud, amor y toda esa mierda. Miro la hora en el móvil. Como siempre he llegado diez minutos antes. Tiro el cigarro, me aseguro de que me quedan chicles de menta y enciendo otro. Mi doctora es una fanática de la cruzada antitabaco. O lo era. Ya digo, hace años que no vengo por aquí. Supongo que hasta es posible que haya muerto. Quizá incluso de cáncer de pulmón, ella, que la última vez me dijo que no hay nada más absurdo que matarse a base de algo que no aporta el menor placer. En aquel momento me pareció una afirmación demasiado estúpida para ser contestada y me limité a coger la receta y largarme de allí. Ahora me lo parece aún más.

Como el sol calienta más de la cuenta si te quedas quieto camino hasta doblar la esquina. Pego la espalda a la pared para que el triángulo de sombra me cobije por completo. Y sigo pensando en lo de siempre. En ese momento dos personas surgen a mi izquierda por la acera que acabo de dejar para guarecerme de los rayos del verano. Ella y él siguen su camino calle arriba. Comentan algo sobre un viaje a Marrakech. No oigo los detalles. Puede que lo estén planificando. Puede que ya hayan regresado y estén haciendo otros planes. En cualquier caso reconozco que lo primero que me viene a la cabeza es que va a ser verdad eso que pasa en las películas malas: que si te aplastas lo suficiente contra la pared el enemigo pasará de largo sin verte. Por supuesto, enseguida empiezo a pensar en lo verdaderamente importante. En que ha ocurrido lo que temía que ocurriera. Verlos por ahí, andando, hablando, respirando… haciendo juntos cosas normales. Y no puedo evitar concluir, con una tranquilidad que tras asustarme al principio empieza a dejar paso a cierto orgullo, que hasta en la tragedia la ficción es más insoportable que la realidad. La verdad: había imaginado que esto pasaría de un modo muy diferente. Que sería mucho más triste, más duro. Que se me pondrían los pelos de punta y me empaparía un sudor frío. Pero no, ni rastro de eso. Todo lo contrario.

Mientras los veo alejarse, empequeñecer en dirección a sitios que ya conozco y ahora entiendo que no quiero volver a pisar, casi me hace reír observar lo mal que le quedan a él unos simples pantalones. Y que ella, cogida de su mano, me resulta tan vulgar como él. Sí, vale, aún brilla levemente al sol, tiene cierta luz propia. Pero antes era mucho más intensa. Quizá reflejaba la mía, me digo, a pesar de la tiniebla constante, y entonces sí creo que sonrío un poco. Sea como sea, tengo claro que está bien donde está, perdiéndose en el tiempo y el espacio a cada paso. Y yo también. La prueba es que respiro hondo y no siento el menor dolor.

16
ene
11

Coyuntura (des-)

Un hombre a la orilla del mar.

En realidad no hay nada alrededor que permita asegurar que lo que tiene delante sea el mar, entendido en general, y mucho menos cierto mar en particular. La arena que pisa bien podría ser la de un lago o un estuario. Incluso podría ser la arena industrial de una de esas playas artificiales que llevan décadas funcionando durante los veranos de las ciudades de interior más calurosas del avanzado Japón. Porque no hay conchas vacías semiocultas en ella, ni envases de plástico corroídos, ni manojos de algas mojadas pero resecas, ni brillantes cadáveres de medusa. Y tampoco se ve un alma alrededor, cosa que descarta casi por completo que se trate de una de las mencionadas playas creadas por la tecnología nipona. Por otra parte, el agua está muy tranquila: las diminutas olas que acarician los tobillos del hombre ni siquiera generan espuma. Una balsa de aceite, como suele decirse. Lo cual, si el quid de la cuestión radicara en extraer una conclusión acerca de la naturaleza de la extensión acuática que el hombre tiene ante sí, probablemente haría que la mayor parte de expertos consultados al respecto se decantara por sostener que el hombre se encuentra a la orilla de un lago, laguna, puede que un pantano, incluso. Sin embargo, lo cierto es que el nombre que le demos a la masa de agua es irrelevante. Lo que cuenta es lo que pasa, ¿no?

Y lo que pasa es que hay un hombre en una playa. De pie. Protegiéndose los ojos con la mano izquierda. Mirando al horizonte. Nada más que agua. Azul y llena de reflejos blancos tan cegadores como el sol de verano que le quema la calva. Se le irrita la mirada. El calor, la luz, el sudor… Y otras cosas. El panorama vibra y se ondula en sus retinas y el miedo le recorre el espinazo. Puede que si tuviera pelo las cosas fueran diferentes, piensa. Tiene el impulso de pasarse la mano por el cuero cabelludo para acrecentar a sabiendas su nostalgia absurda, su autocompasión. Pero al instante se siente ridículo y se reprime. Antes lo tenía. Pelo. Bastante decente. Tanto que nunca pensó que acabaría calvo. Que acabaría así, a la orilla del… digamos mar. Ni siquiera cuando el lavabo empezó a llenarse de cabellos mañana tras mañana. O puede que lo pensara y no le importara lo más mínimo. Antes las cosas iban bien y nada parecía indicar que lo que le pasa a todo el mundo, el perder pelo, el envejecer, el notar flaquear las fuerzas pudiera llegar a suponer un problema. Y mucho menos la posibilidad de no poder pagar las letras del piso, de ser despedido, de levantarse todos los días y ducharse y ponerse la corbata y salir de casa como si todo siguiera siendo igual que siempre, igual que hace… ¿cuánto…? ¿Nueve meses ya?

Y lo peor es que ahora en la televisión hablan y hablan del rescate de los bancos, de las aseguradoras, de todo tipo de entidades financieras. Hablan sin cesar del rescate del país entero. Hasta su mujer se lo ha dicho hace un rato. Ha levantado la vista del periódico y le ha dicho que las autoridades económicas de la Unión Europea se han decidido a intervenir. Por fin nos van a rescatar, ha dicho, y luego ha doblado el periódico, se lo ha puesto bajo el cogote y se ha quedado dormida sobre la toalla, en medio del silencio, bajo el sol abrasador, roncando suavemente, como si lo que acabara de leer fuera algo tan inofensivo como un pasaje de una novela de ciencia-ficción. ¿Rescatar?, ¿a quién?, ¿a nosotros?, es un poco tarde para eso, se ha dicho el hombre. Y se ha quedando mirándola durante unos minutos, bastantes minutos, con atención, poniendo todo de su parte para ver en ella a la mujer con la que se casó hace diez años, como suele decirse en las películas. No lo ha conseguido. Incluso su hijo le ha resultado difícil de reconocer ahí acuclillado en la arena dándole la espalda. Esos hombros sonrosados a pesar de la crema protectora, esa torpeza con la que intentaba levantar un castillo de arena y esas cervicales frágiles, capaces de romperse con la más mínima presión podrían ser los de cualquier niño de seis años, ha pensado el hombre con una frialdad inquietante, como si una parte de su cerebro acabara de decidir poner distancia con todo, independizarse de la sangre y los recuerdos y otros vínculos en teoría inquebrantables. Y le ha invadido una sensación de desamparo absoluto que le ha hecho pensar en cosas repugnantes. Ha pretendido librarse de ella dándose un baño. Ha nadado rápido rápido hasta la boya naranja. Ha intentado varias veces agarrarse a ella y flotar un rato, solo un rato sin esforzar sus músculos, su cerebro. Pero el tacto resbaladizo del plástico ha acrecentado su ansiedad. De repente ha tomado la bocanada de aire más grande que haya tomado en su vida y se ha zambullido decidido a tocar el fondo con las manos, con la cara, a enterrarse ahí abajo y dejar marchar todo. Por un momento el descenso progresivo de la temperatura del agua y el zumbido de las atmósferas presionando en sus oídos le ha hecho sentir algo parecido a la calma. Y la serenidad se ha roto en cuanto ha caído en la cuenta del tiempo que hace que no está en paz. Así que ha emergido a la superficie, a lo de siempre, tan desorientado como se había hundido y con lo que ha creído identificar como un principio de ataque de pánico.

De vuelta en la orilla el hombre ha sentido la necesidad apremiante de jugar a las raquetas con su hijo. De jugar a cualquier cosa con él, en realidad. Pero el niño se ha cansado al cabo de pocos golpes y ahora ambos están plantados frente al mar cogidos de la mano, con las olitas masajeándoles los tobillos, protegiéndose los ojos con las manos ahuecadas, con demasiado tiempo y espacio y calor demencial para pensar. A su espalda los ronquidos de la mujer desafían y ganan a la brisa. Llegan demasiado nítidos a los oídos del hombre. Demasiado relajados y confiados, como el ronroneo de un gato amodorrado al calor de una chimenea. Demasiado egoístas. Y el hombre siente una fuerte punzada en el torso, en alguna parte difícil de concretar de su torso pero que desde luego está mucho más cerca de las tripas que del corazón. Y no encuentra otra posibilidad de mitigar el dolor que secarse los ojos húmedos con el pulgar y el índice y tirar suavemente de la mano de su hijo en dirección al agua mientras le dice Ya es hora de que aprendas a hacer el muerto.

 

[De camino a casa pincharon. Agachado en el arcén hurgando en el reventón en forma de estrella del neumático, el hombre supo que todo se arreglaría de un modo u otro. Tres gaviotas cruzaron el cielo amoratado del atardecer sin prestar la menor atención a la escena y continuaron su vuelo hacia el vertedero municipal]

01
jul
10

Los sueños sueños son, y por la mañana más

Anoche dormía en la calina de mi habitación y soñaba que volvía a ser pequeño. Tan pequeño que jugaba y no tenía en la cabeza nada más que lo que tenía en las manos. Unos cuantos clics de playmobil o puede que todavía famobil. Y un par de Masters del Universo. He-man y un chino tan musculoso como el primero pero mucho más moreno y con una mano de imitación de metal dorado colocada siempre al más puro estilo karateka, como si esperara que alguien le pusiera un ladrillo delante para partirlo de un golpe seco y dar sentido así a su nacimiento artificial. En mi sueño los juguetes me pesaban en las manos justo lo que desde mis treinta años recordaba que pesaban al estar despierto teniendo nueve o diez, y mi niño onírico se asombraba fugazmente de tener esas diferentes perspectivas sobre un mismo hecho y no saber por qué. Pero en mi sueño yo era listo y no me preguntaba demasiado las cosas. Simplemente dejaba que ocurrieran y optaba sabiamente por seguir jugando con los muñecos. Hacía que se pelearan entre ellos en un rincón del suelo de la salita de mis padres, que dormido volvía a ser también la mía. Los pequeños clics se lanzaban sobre sus gigantescos enemigos como poseídos por una fuerza muy superior a la que cabía en sus cuerpecillos. Como si estuvieran drogados o movidos por un ansia de venganza y sangre que ocultaban a la perfección tras sus amplias sonrisas de media luna. A pesar de no tener articulaciones hundían sus rodillas y sus codos en los abdominales superdefinidos de los Masters y les rompían todas las costillas porque yo hacía ruido de huesos fracturados con la boca. Tras la pelea, cuando los dos titanes ya no eran capaces ni de mover un dedo y los clics supervivientes lanzaban rabiosos gritos de victoria, recogía solemnemente los restos de vencedores y vencidos, los transportaba entre mis manos y mis antebrazos al cuarto de baño, cerraba la puerta con el culo, los depositaba juntos en la pila del lavabo y los empapaba en alcohol 96º. Luego me sacaba una caja de cerillas del bolsillo de los pantalones cortos y los guerreros se convertían en una bola de fuego azul lento y silencioso que incendiaba la sensación de victoria y la sensación de derrota y me hacía pensar que todo era posible y que nada era definitivo. De pequeño me gustaba mirar ese fuego, cómo fluía, cómo recorría la piel sintética de los soldados cubriéndola de una espuma multicolor de burbujas y cráteres palpitantes. Me encantaba mirarlo, sí, hasta que el humo plastificado se hacía demasiado denso y me entraba miedo de que mis padres me sorprendieran jugando con fuego. Entonces dejaba correr el grifo y la dignísima pira funeraria se convertía de un plumazo en un simple montón de plástico medio quemado made in Taiwan.

Por eso no me extrañó despertar al mundo sofocante de mi cuarto justo en ese momento de mi sueño, cuando lo profundo y lo simbólico había terminado ya. Cuando lo único que quedaba de mi recreación era una mancha negra escurriéndose por el desagüe de mi mente y un mareante olor a pvc carbonizado girando en forma de volutas tóxicas en los remolinos de mis fosas nasales.

Me quedé un rato en la cama saboreando lo que había visualizado. Me había gustado la experiencia. Supuse que era lógico, supuse que a todo el mundo le gustaría volver a ser un niño. No por el tópico ese de que la infancia es una etapa llena de amor y felicidad. La verdadera explicación del dulce sabor de boca que me había dejado ese sueño, puede que muy evidente desde hacía años para quien quisiera haberla visto, vino a mí como un rayo luminoso y cruel desde la penumbra que rodeaba mi cuerpo sudado: cuando eres un crío estás a tiempo de elegirlo todo, e incluso de desechar mil veces lo elegido y volver a probar suerte. Si decides ganar o perder, si quemas tus juguetes favoritos, no deja de haber un mañana para solucionarlo o para que alguien lo solucione por ti.

Un rayo cruel porque, claro, el reverso de tal revelación de duermevela constituía también el reverso de esa dulzura, y de un modo instintivo o al menos poco racional empecé a desear no haber tenido ese sueño. No quería añorar la seguridad y las posibilidades de futuro de un pasado que ahora, a oscuras y asfixiado de calor en la habitación más abrasadora de un piso de alquiler y compartido, resultaba evidente que no se había convertido en presente del modo deseado. No había ninguna necesidad de desvelarse dándole vueltas a fracasos irreparables. No, no tenía ni putas ganas de respirar ese olor a cosas muertas e incineradas que me había traído conmigo de mi viaje al inconsciente, pero no podía quitármelo de encima, de dentro, de debajo de las sábanas. De todas partes. Me froté la nariz con el dorso de la mano y cambié de posición sobre la cama con la intención de enterrar la pituitaria en la almohada y atontarla con el olor aséptico de mi suavizante marca blanca. Fue entonces cuando me di cuenta.

El ventilador, podía oírlo, seguía girando a ritmo normal sobre la silla en que lo había depositado antes de apagar la luz e intentar dormirme. Lo inusual era que el cable que lo unía al enchufe de la pared ardía con un tenue resplandor eléctrico a lo largo del suelo. No iluminaba gran cosa, ni hacía el menor ruido. Era como una culebra sigilosa cuya lengua chisporroteaba traicionera allí donde el cable se había pelado iniciando el incendio. Eso pensé: que una bestia de medio metro ajena a la fauna de este mundo se había colado en mi casa con la sola finalidad de acabar conmigo mientras dormía. Y me puse nervioso. Me levanté deprisa, creo, pero sentí muy torpes mis movimientos. Y en un instante que me pareció un año entero me acerqué a la toma de la pared y arranqué el enchufe. Durante esos escasos segundos me invadió un montón de veces la certeza de que por alguna extraña razón que no era capaz siquiera de entender pero que me resultaba irrebatible, la electricidad se iba a extender a la velocidad de la luz por el suelo o por las paredes o por el aire para partirme en dos como a uno de esos capullos que salen en Impacto TV o en la web de Rotten, ésos a los que un buen día les atravesó un rayo mientras jugaban al golf o plantaban una sombrilla en la playa bajo una legión de nubes negras y rugientes. Sólo que yo no llevaba encima un driver de titanio ni estaba respirando salitre marino, joder. Yo sólo me había propuesto dormir un par de horas y seguir con mi modesta vida cuando abriera los ojos. Por eso, por su injusta ridiculez, me asustó todavía más la perspectiva efímeramente inexorable de que a la mañana siguiente, al darse cuenta de que no salía para irme a trabajar, mi compañero de piso abriría la puerta y me encontraría calcinado en el suelo, humeando por los ojos y por las axilas y con la licra de los calzoncillos fundida y confundida con mis genitales. Así es, de verdad: aunque parezca una tontería, por un momento estuve absolutamente convencido de que iba a morir electrocutado o quemado o asfixiado o todo a la vez en mitad de una noche tan vulgar o especial para el resto de habitantes de La Tierra como ellos mismos se hubieran ocupado de merecer.

Supongo que por eso, cuando logré templar los nervios, desconectar el ventilador y comprobé que no me sucedía nada mortal, me sentí como un niño al despertar de una pesadilla habitada por monstruos. Relajado, ligero, liberado. Me sentí casi feliz. Mientras contemplaba languidecer las llamas rojizas que aún ardían en el cable negro como estrellas en extinción, remotas e inofensivas, experimenté aquella sensación infantil casi olvidada. La de haber superado un problema y tener por delante un mañana sobre el que nada de lo ocurrido esa noche tendría la mínima repercusión. Un mañana que podría ser un punto cero sólo con que así lo deseara yo. Lleno de posibilidades, de gente, de cosas, de ratos que aprovechar aunque sólo fuera por el hecho de haber sobrevivido a un incendio que había descubierto antes de convertirse en mi incineradora. Y esos agradables pensamientos estuvieron conmigo hasta que volví a dormirme, profundamente y sin maldecir el calor ni el olor a chamusquina que se adhería a mis pulmones.

Lo malo es que hoy no he oído el despertador a la primera y mientras corría de aquí para allá lavándome los dientes, haciendo el café e imaginando la repugnante cara que pondría mi jefe por mi retraso no he encontrado el momento para recordar todo lo que aprendí anoche. Y mucho menos para ponerlo en práctica.

He salido de casa a toda prisa, he bajado la escalera de tres en tres, he pisado la calle ya sudado, he sido el primer cliente del estanco de aquí al lado y me he subido en el coche rezando para no encontrar demasiado tráfico, para no retrasar aún más mi llegada a ese trabajo que tanto asco me produce. Y he tenido suerte. He tenido suerte incluso a la hora de encontrar donde aparcar, lo cual me ha servido para establecer una nueva plusmarca personal en el único deporte que practico: atravesar la ciudad de punta a punta en mi Astra de diez años: 13:33 minutos. Todo un récord.

Además, en lugar de atravesar la avenida de la oficina por el paso de peatones he decidido optimizar tiempo y distancia y cruzarla por la parte más cercana a donde me encontraba. Era un buen momento. No venía nadie. El típico agujero que se produce en el tráfico como consecuencia de los márgenes de seguridad con que interactúan los semáforos se abría ante mí caritativo, predispuesto a facilitarme el camino. Así que he aprovechado para lanzarme al asfalto sin darme cuenta de que antes de la calzada había uno de esos carriles color ocre. Y no era precisamente el carril-bici. Era el que utiliza el bus para ahorrarse embotellamientos y hacer más eficiente el servicio de transporte urbano. No me he dado cuenta hasta que un bocinazo que bien podría haber sido el sonido de las mismísimas trompetas del infierno me ha sacudido de pies a cabeza casi físicamente, como si una supermano me zarandeara con la intención de descoyuntarme todos los huesos. Sólo me ha dado tiempo a ver de reojo cómo una silueta cúbica de color rojo sangre se agrandaba y se agrandaba en la periferia izquierda de mi campo de visión. No me ha sido difícil imaginar cómo se aplastaría mi hombro zurdo de un momento a otro. Cómo se achataría mi cráneo en cuanto las toneladas de metal municipal impactaran contra mí. He pensado en sandías reventadas y en una lata de coca-cola plegada sobre sí misma en el arcén de una autopista. Pero no: la mole ha conseguido frenar a unos centímetros de mí sin más consecuencias que el apiñamiento de viajeros en la parte delantera del vehículo, que rápidamente y con gran despliegue de aspavientos se han unido a la indignación del conductor, que salpicaba de saliva el parabrisas insultándome y amenazándome y que parecía querer matarme por no haberme matado.

Yo, la verdad, no le he prestado mucha atención. El calor que proyectaba sobre mi cara la chapa del bus y el modo en que el sol se reflejaba en el metal la acaparaban toda. Era precioso. Ni el sol de California se le podría comparar. Hipnótico y contra natura allí, arrancando destellos imposibles al logo de Renault. Incluso me ha costado más de la cuenta hacerme a un lado y dejar que el 41 y su conductor y las demás vidas que en él viajaban siguieran su destino. Estaba como en trance. Y así sigo. Dos conatos de muerte en tan sólo unas horas. Tiene que ser una señal. Es la conclusión a la que he llegado. La razón que he encontrado para intentar invertir mejor mi tiempo, volverme a casa y escribir esta sarta de gilipolleces que vienen a querer decir que no es tan difícil proponerse ser feliz.

21
dic
08

El espíritu de la navidad

El hombre que está sentado delante de mí habla y habla aparentemente ajeno a mi falta de atención a lo que dice. Ya tengo dentro bastante mierda propia por rumiar y digerir como para fijarme en la que el tipo intenta colocarme. Mi móvil y mi bandeja de entrada callados desde hace más de una semana y el desconcierto dando paso a un miedo mezclado con rabia. Más de siete días, más de ciento sesenta y ocho horas sin noticias de lo vital. Y aquí estoy, en el trabajo, intentando ganarme la vida pero olvidando un poco más a cada segundo lo que ese verbo y ese sustantivo significan. Así que pongo la cara de alguien que escucha aunque en realidad mis sentidos sólo dan para informarme de que el humano que está ahí enfrente se mueve de tanto en tanto, emite sonidos y parece un ser vivo. Cada cierto rato cruza las piernas y en una de éstas reparo en sus calcetines y sin querer, como siempre me pasa, empiezo a tirar del hilo. Calcetines negros de ejecutivo. Me parece que son de ésos que no tienen costuras en el talón ni en la puntera. De ésos que los ejecutivos superocupados pueden comprar por internet en packs de cinco pares por un precio razonable. De ésos que pueden dar el pego. Lo que pasa es que están hechos a base de poliester, poliamida o alguna materia igual de contaminante y miles de diminutas fibras reflejan cegadoramente el resplandor que cae de los fluorescentes del techo cada vez que al hombre empieza a temblequearle el pie suspendido. Destruyendo así cualquier ilusión de elegancia. Y además desde aquí veo la marca que la goma le hace en la carne pálida, en la que ya no hay pelos, nada más que una leve pelusa dispersa. Porque el hombre que habla y carraspea y vuelve a hablar al otro lado de la mesa debe rondar los sesenta. Puede que alguno más. Y de repente pienso Podría ser mi padre. Y a lo mejor por eso un tenue amago de simpatía se me remueve dentro. O puede que la razón sea que el tipo está evidentemente nervioso y tartamudea al empezar todas y cada una de las frases con las que intenta convencerme de que esta oficina sería un lugar mucho mejor si dejáramos que la empresa a la que representa nos instalara nuevo hardware, nuevo software y otras cosas igual de modernas. O igual el vendedor me cae bien porque cada vez que se inclina hacia adelante y la chaqueta se le abre un poco puedo ver los inmensos rodales de sudor que le manchan la camisa blanca mal planchada. O, por qué no, quizá se trata sólo del modo inseguro que tiene de removerse en el asiento, cruzando una pierna sobre la otra para dentro de medio minuto deshacer la operación y hacerla en el sentido contrario. O de ese flácido filete de carne rosácea que le cuelga sobre el cuello de la camisa por culpa de la corbata demasiado apretada. Qué más da. El caso es que ha vuelto a ocurrir la putada habitual: que sin razón concreta un extraño consiga despertarme simpatía, solidaridad, cierto afecto. Uno de esos sentimientos vagamente positivos que no sirven para otra cosa que hacerte comprobar de inmediato cuánto te has equivocado al darles cabida. Joder, el tipo está sufriendo y sudando al recitarme las bondades del plan de gestión informática integral que sueña con encasquetarme. Esas parrafadas no puede soltarlas uno así como así. Me lo imagino perdiendo horas de sueño para repasar las características técnicas de programas de ordenador diseñados por sus jefecillos. Chavales más jóvenes que sus propios hijos pero que son los que le pagan a final de mes y le conceden otros treinta días de supervivencia a la crisis si ha alcanzado los objetivos previstos. Me lo imagino estudiándose por enésima vez el manual de su producto estrella en el ascensor justo antes de entrar en esta oficina y poner una parte de su destino en mis manos. Y sin siquiera darme cuenta estoy aflojándome aún más el nudo de mi corbata. Para que se relaje y haga lo mismo con el suyo. Para que vea que la perfección de su corbata me importa aún menos que él hasta hace unos segundos. Pero en ese momento el tipo decide cagarla. El tipo entiende lo contrario de lo que mi gesto ha querido decir y se hiergue sobre la silla, la espalda muy recta, y aprieta un poco más su nudo mientras mueve el mentón a izquierda y derecha y estira hacia abajo las comisuras de los labios. Tío, ¿por qué lo has hecho? Eso pienso. Pienso: Sólo estaba siendo amable contigo, pero eres tan imbécil que no te das ni cuenta. Iba a comprarte lo más caro de tu catálogo. Ni siquiera puedo hacerlo sin la autorización de mi jefe de departamento, pero iba a comprártelo. Porque sí, por hacer algo digno por alguien o simple y egoístamente por tener algo digno en que pensar al irme a dormir. Pero me has demostrado que no lo mereces, que estás más muerto que vivo y ojalá te despidan mañana mismo. Eso es lo que pienso pero lo que hago es interrumpirle y lo que digo es Lo siento, no siga, no me interesa. Y el hombre se levanta y empieza a recoger sus papeles con una lentitud y una cara de idiota que me obligan a aferrarme a los brazos de la silla para no saltar sobre él y echarle a patadas. Porque de repente me siento al límite de algo oscuro y no creo que pueda tener mucho más tiempo ante mi vista una nueva prueba de que este mundo es el peor lugar en que vivir. Evitando mirarle a sus ojos de viejo tan mediocre que se ha dejado avergonzar por un gilipollas como yo le espeto que se dé prisa, que salga, por favor, que tengo muchas cosas que hacer. Pero es mentira porque lo único cierto es que en mi mente sólo hay sitio para planes que no sucederán. Deseos que sé no cobrarán forma pero con los que me quiero quedar a solas y lamentar mi suerte. Lamerme las heridas a falta de otra saliva. Y dejar pasr el tiempo hasta que el dolor se convierta en norma y resulte imperceptible. Y mientras el tipo guarda en su maletín los folletos de todo lo que me ha intentado vender de entre las páginas de uno de ellos se desliza una tarjeta. Un abeto rodeado de estrellas doradas y trineos voladores aterriza en la mesa. Cosas imposibles, cosas milagrosas. El hombre la recoge y duda un momento si dármela o no. Se decanta por lo que merezco y sale por la puerta teniendo al menos el detalle de decirme adiós y cerrarla a su espalda. Sí, es verdad, la navidad está a la vuelta de la esquina. Y asumo que este año me gustará aún menos de lo normal. Me faltará un regalo. Me faltará hacer un regalo. Caminando de vuelta a casa la noche no lo parece. Las bombillas de los escaparates y de los adornos que cuelgan sobre las calzadas lo envuelven todo en una bola de luz cálida dentro de la que la gente parece encontrarse a gusto. Pasan a mi lado cargados de bolsas y paquetes desprendiendo algo parecido a lo que la gente normal llama Felicidad. El puto espíritu de la navidad poseyéndolos a todos. Pero en lugar de alegrarme por ellos sólo puedo sentir la convicción de que están equivocados. Y que más pronto que tarde la verdad se materializará ante sus ojos, les pondrá su filo helado en el cuello y les hará conscientes de que lo bueno suele acabar pronto y de la peor manera. El móvil se pone a vibrar en mi bolsillo. A los de Movistar les ha dado por llamarme todos los días a esta hora. Quieren que me una a su club. Todas y cada una de sus teleoperadoras de dulce acento latinoamericano me han jurado que si lo hago me regalarán un teléfono nuevo y mil mensajes gratis. No tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, decidí confesarle ayer a una voz que dijo llamarse Zaida. Ya no tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, joder, deja de llamarme o tendré que buscarte y matarte. Pero parece que tampoco ella me tomó en serio. Así que saco el móvil dispuesto a decirle a la de Movistar alguna barbaridad todavía mayor y casi se me cae de las manos cuando veo el nombre que aparece en la pantalla. Y las ganas se imponen fácilmente a mi débil orgullo. Descuelgo y hablo y habla y creo que he acertado al renunciar a los principios que no tengo porque acabo escuchando lo que quería escuchar. Si me paro a pensarlo casi me da asco/vergüenza reconocer que una llamada haya servido para hacerme sentir bien. Que haya alguien en el mundo capaz de convertirme en un zombie cuya única misión sea hacer lo que me pida. Que de pronto la ciudad no me parezca un nido de ratas y que los escaparates atraigan mi atención en busca de lo que le regalaré mañana. Pero prefiero no pararme a pensarlo. Prefiero, como cualquiera, intentar estar contento y que los demás lo estén conmigo. Por eso entro en el superbazar chino que hay en la esquina de mi calle y le compro a mi hermano pequeño un Papá Noel escalador. Hace unos días me preguntó si podía poner uno en el balcón. Y le contesté que no. Y cuando insistió le dije que eso era algo de muy mal gusto y que dejara de tocarme los cojones. Le hablé como a un adulto. Peor, le hablé como un adulto que tuviera el deber de soportar mi pena. El chino del mostrador me cobra treinta euros por el muñeco más grande de cuantos tiene y estoy tan aliviado por la llamada que acabo de recibir que no me parece una estafa aunque el trasto no cante ni baile mecánicamente ni emita destellos de colores. Cuando le doy el Papá Noel a mi hermano me da las gracias y un abrazo fuerte. Y no sé qué me sorprende más. Qué fácil es satisfacer cierto tipo de deseos. Me planteo fugazmente si ella estará pensando lo mismo respecto a mí. Si le dará a su llamada la misma nimia importancia que yo le doy al detalle que acabo de tener con mi hermano. Pero me quito rápidamente ese temor de la cabeza gracias al subidón de serotonina que acabo de experimentar. Y me voy a la ducha y me recreo bajo el chorro. Hasta silbo. Hasta me pongo suavizante en el pelo. Y me hago una paja para cumplir mejor mañana. Y me corto las uñas de los pies y mientras me afeito le grito a mi hermano qué quiere para cenar. No me contesta, sólo se oye la tele emitiendo anuncios de juguetes, perfumes y chocolates y otras cosas por el estilo que se pueden comprar en El Corte Inglés. Salgo del cuarto de baño y me dirijo a la cocina. Le prepararé una pizza de las que le gustan. Y nos la comeremos juntos viendo en la tele lo que él quiera ver. Por qué no, yo ya tengo lo que quería y lo demás me da igual. Me siento bien por primera vez en bastante tiempo y todo sería perfecto si no fuera por esa sirena que no para de sonar en la calle. Meto la pizza en el horno y voy a ver qué pasa. Salgo al balcón. La cara regordeta y sonriente de Papá Noel me mira por encima de la barandilla. Me asomo. Y antes de ver la ambulancia veo que el muñeco no tiene piernas. Por debajo de su cinturón sólo hay tripas de gomaespuma agitándose al viento. Sus extremidades inferiores están en suelo, veinte metros por debajo. Junto al cuerpo reventado de mi hermano.

08
nov
08

Días felices

Mis vecinos hablan en la escalera de la entrada. En el zaguán. Pero especialmente los oigo bisbisear en los rellanos superiores. A todas horas. Y me imagino saliva rancia apelmazada en las comisuras de todos esos labios finos y translúcidos como papel de fumar. Y a veces el asco me supera y salgo de mi planta baja con la intención de pegarles un grito o una patada en la sien. Pero entonces miro hacia arriba y aseguraría que sus voces caen por el hueco de la escalera en forma de catarata de mierda y babas y vómito y otras cosas viejas y usadas, y corro a encerrarme en casa sin llegar a decir nada. En fin, os lo juro: una incesante diarrea de palabras perfectamente visible y audible y todo lo demás precipitándose de piso en piso hasta la misma puerta de mi casa. Aunque supongo que habrá quien diga que eso es imposible, que debe de ser cosa mía. El caso es que como la mayoría de ellos hace tiempo que entró en la tercera edad, sería más acertado decir que son mis ancianas vecinas super-supervivientes de otro mundo las que regurgitan palabras desgastadas en la escalera, día tras día. Porque me parece que sólo quedan dos viejos, obstinados en poner en entredicho lo que la estadística determina sobre la esperanza de vida media de los varones de este país. Y también ellos suelen unirse al coro de momias que se mueve por ahí arriba. Así que todos, ellos y ellas, pululando tan cerca de mí, igual que artríticas cucarachas enlutadas, agazapadas en cada rincón de este edificio. Con el mismo corte de pelo, el mismo tinte de pelo. Y las mismas zapatillas de felpa negra y suela amarilla que hacen ñiiie ñiiie sobre la imitación de mármol que el constructor de todo esto instaló hace cincuenta, sesenta o más años. Todos menos la del cuarto. Una tipa de unos cuarenta. A veces pienso que está bastante buena, pero otras creo que no es más que puro contraste con los muertos vivientes de este edificio. No sé, qué importa. Lo que para mí cuenta es que parece que va a la suya, que no participa en los cotilleos intervecinales de mi bloque. Pasa de largo de los corrillos casi sin saludar o despedirse. Eso he sabido gracias a la indiscreción del viejete del 2ºA. Sólo conserva un diente, entre marrón y amarillo y que se ve demasiado grande y obsceno en el agujero negro de su boca, pero resulta evidente que aún le sirve para pronunciar perfectamente las fricativas y todos los demás fonemas de nuestro idioma. Un día vuelvo del trabajo y el abuelo está esperando el ascensor y en los pocos segundos que tardo en abrir mi puerta me dice que tenga cuidado con la del cuarto. Que es mala gente. Que cree que fuma hierbas prohibidas, que él no es tonto y sabe muy bien qué es ese olor que a veces sale de su piso. Y yo me imagino al viejo arrodillado clandestinamente sobre el felpudo de la tía del cuarto, arrimando su enorme nariz aguileña a la rendija inferior y aspirando profundo humo de porro y bolitas de pelusa. Así que me entra el miedo y de nuevo me encierro en casa, sin insultarle ni empujarle para que caiga y se rompa la cadera. Sin hacer nada. Un par de semanas o meses después me encuentro a una anciana diminuta a la que juraría no haber visto antes. Pasa un paño húmedo por los barrotes del primer tramo de barandilla con máxima concentración, como si no fuera consciente de que la vida en La Tierra es un puta mierda. Y sin apartar la vista del metal bruñido me suelta que la “joven” de ahí arriba es una fresca y que por algo su marido la dejó. ¿No ha notado usted los colores que luce en las mejillas? No sé qué me sorprende más de su discurso, si la palabra joven, o la palabra fresca, o la palabra lucir, o que me haya hablado de usted o enterarme de que antes había un marido. Aunque, en realidad y seguramente por suerte, nunca me entero de nada del mundo real, por lo que decido no pensar demasiado en mi nula capacidad de observación, paso de largo de la vieja y me hago el firme propósito de pisar una mierda antes de volver a casa y luego restregar la suela a lo largo de la reluciente barandilla. En sucesivos encuentros similares con los cotillas de esta finca confirmo que la mujer del cuarto se ha quedado embarazada sin que se conozca quién es el padre de la criatura. Eso dicen, pobre criaturita y cosas por el estilo. Dicen que a la zorra se le está pasando el arroz pero que tendría que haber sido menos egoísta y haber reprimido sus instintos maternales, que es inmoral traer un niño a este mundo si no vas a poder darle un ambiente familiar como dios manda. Esa clase de basura es la que reverbera en el hueco de la escalera durante meses. Hasta que un día como cualquiera me dicen que el niño ha nacido y pocos días más tarde oigo un vocerío demasiado cordial en el zaguán y pego al ojo a mi mirilla y ahí están todos los vejestorios haciendo cola ante el carrito para tocar las mejillas del bebé con sus manos huesudas y llenas de manchas cutáneas. Le dan la enhorabuena a la madre y en cuanto se alejan unos pasos de ella se cogen del brazo de dos en dos o forman pequeños enjambres y empiezan a despellejarla. Lo bueno es que a ella parecía no importarle en absoluto y puede que hasta disfrutara bastante obteniendo reacciones políticamente correctas de todas esas brujas. Sí, creo que fueron días felices para ella. Una tarde coincidimos en el portal. Ella entraba, yo salía. Empujaba su carrito y me miró y yo la miré y creo que esperó que le sostuviera la puerta. O creo que esperó que me inclinara sobre el cochecito y le dijera algo a su hijo y luego a ella. Algo amable, básicamente. Pero no hice nada de eso porque simplemente no se me pasó por la cabeza ni por un instante. Lo lamenté levemente cosa de una semana después, cuando a través de los cauces habituales fui informado de que el crío había muerto mientras dormía. Seguro que el forense dijo Muerte súbita, pero los vecinos de este edificio dicen que a saber, porque es evidente que no era buena madre y que estaba claramente desequilibrada. Lo lamenté levemente entonces porque a un niño de semanas que a lo mejor ni siquiera es tuyo no se le coge demasiado cariño. Y lo lamento sólo un poco más intensamente ahora que, mientras me calentaba una pizza precocinada, la del cuarto acaba de atravesar el techo de uralita de mi galería.

19
sep
08

Peor/igual/mejor

La tarde es perfecta. El sol se está poniendo y la temperatura es ideal. El verano se acaba y el calor hace días que empezó a rebajarse. El mundo es tibio y la gente pasea un rato antes de cenar, o se toma unas cervezas en las terrazas. Buen ambiente. Felicidad aparente. O, al menos, ausencia de dolor. La posibilidad de un cataclismo nuclear o algo por el estilo parece remota. Pero acabo de salir del trabajo y mi futuro inminente resulta desolador. Porque sé que será el de todos los días. Tampoco es que mi pasado inmediato haya sido mucho mejor. Ha sido también el de todos los días. Sólo que hoy, además, el jefe de departamento me ha llamado la atención por llevar una mancha de algo rojo en la corbata. Y luego por encontrar otras cuantas del mismo color en el informe de riesgos y expectativas que me tiré toda la noche haciendo. A nadie debería importarle si una cadena de hostelería pierde o gana pasta montando una sucursal en determinado punto de la ciudad. Pero el caso es que me dedico a valorar la rentabilidad de ese tipo de cosas. ¿Por qué? Ni idea. Antes pensaba que era un trabajo tan normal como cualquier otro. Que me ayudaba a alimentar a mi familia y a pagar la casa. Pensaba esa clase de gilipolleces. Ahorá sólo sé que no sé por qué lo hago. No me gusta, y nadie me agradece el esfuerzo. Igual no tienen por qué hacerlo, pero sería reconfortante, coño. Y, en un mundo perfecto, con eso debería bastar. En cambio, tengo que aguantar que el jefe de departamento me abronqué en público como a un niño pequeño. ¿Y qué si no lavo la ropa tan a menudo como dictan los cánones? Hay cosas mucho más importantes. Por ejemplo reunir las fuerzas para volver a casa. Soportar ese olor a nada. A asepsia. A hospital. A guantes de cirujano o a juguetes de plástico. Todos huelen de un modo extraño en casa. Y es lo que me tocará aguantar dentro de un rato. Ése es mi futuro acechante. Así que me importa una mierda si la gente que anda por la calle irradia placidez. Lo que cuenta es lo que a mí me pasa. Y lo que me pasa es que estoy cruzando la calzada pensando en toda esta basura cuando un coche está a punto de mandarme al otro barrio. Frena a cinco centímetros de mis rodillas. Hasta noto en las mejillas el calor sucio que sube de su capó. Y una inyección de adrenalina en mi torrente sanguíneo. Y ahí medio encogido en mitad del tráfico, como un gilipollas entre conductores y peatones que me miran fijamente, me sorprendo pensando que tiene que haber formas más dignas de comprobar que soy un ser vivo. Formas diferentes a las de siempre desde hace ya un montón de años. Diferentes a la vergüenza, el miedo, el dolor, la tristeza, la culpa. Y a lo mejor por eso hoy decido posponer un rato mi vuelta a hogar, dulce hogar y echo a andar sin rumbo fijo. Total, mi familia no va a empezar a cenar sin mí. No son capaces de hacer nada sin mí. Camino y procuro mantener la vista en las puntas de mis zapatos. No quiero tropezar con nadie ni nada que me distraiga, porque por primera vez en mucho tiempo están viniendo a mi cabeza planes de fuga. Estrategias para acabar con esto. Debo aprovechar este momento de inspiración. Y sí, en casi todas ellas me veo a mí mismo recurriendo a la violencia. Reduciendo a cenizas sus cuerpos tendidos en la bañera, sobre mantas ignífugas. O descuartizándolos y arrojándolos al mar en bolsas de plástico lastradas. Pero qué más da… Pensándolo bien, no hay nada de malo en ello. Sigo andando dándole vueltas a cosas más o menos tristes y atravieso el parque central. Allí no me libro de ver a un indigente desmigando un mendrugo de pan y echándoselo a los patos del estanque. Probablemente, el mayor acto de generosidad que jamás he visto. Que se joda Bill Gates y sus fundaciones benéficas. Él lo tiene fácil; éste, no. Pero tampoco me apetece quedarme mirando su bondad, porque lo que siento dentro no es precisamente eso. Así que me alejo y el azar quiere que vuelva a ser consciente de la realidad justo cuando paso por la puerta de una cafetería de ésas que anoche me encargué de evaluar. Y entro. Y huele a café de máquina mezclado con ambientador de pino. Pero a ninguno de los clientes parece molestarle esa mezcla absurda. Agrupados en torno a las mesas, en dúos, cuartetos y otros conjuntos de composición par, hablan animadamente, más alto o más bajo, pero cordialmente. Los que aún no se han sentado hacen cola frente a la cajera para pedir sucedáneo de café o un zumo bajo en calorías. Pero también parecen alegres. Me pongo a la cola más que nada por no quedarme de pie en medio del local. De repente me invade la idea de que debo de tener una pinta sospechosa. Por eso intento pasar desapercibido, y me pongo a la cola. Delante de mí hay una pareja de emos adolescentes. Lucen cicatrices en sus muñecas. Pintadas con permanenete. Cuando quiero darme cuenta me he agenciado un vaso vacío y estoy en el servicio, llenándolo con mi orín. Luego no me resulta muy difícil dar el cambiazo al pedido de los emos. No me quedo a mirar su reacción al tragarme, pero cuando lno hace ni cinco segundos que he salido de la cafetería oigo al chico gritar y emitir sonoras arcadas. Parece que, después de todo, tu vida no era tan oscura, chaval. Eso pienso: seguro que fantaseas con una muerte dramática pero no eres capaz de aguantar el tipo si lo que bebes te resulta sospechosamente amargo. Que te jodan; mereces vivir una vida larga y mediocre. Como yo. Luego cojo el bus que definitivamente me depositará en mi casa. Y miro la ciudad a través de las ventanillas. Y me pregunto si lo que veo es feo o bonito. Si hay una verdad absoluta o todo depende del punto de vista. Pero estoy cansado y sé que no voy a llegar a ninguna conclusión plausible, por lo que me concentro en rascar las manchas de mi corbata. Cuando entro en mi portal me saluda la ancianita del quinto. Cada vez que nos vemos mantenemos la misma conversación. Ella me dice ¿Cómo está usted? Y yo le contesto Bien. Y ella añade Me alegro; y ya sabe: si necesita cualquier cosa… Y concluye: Dios le guarde. Esta noche me cuesta mucho más de lo normal tragarme su dosis diaria de lástima. Tengo que morderme la lengua hasta hacerla sangrar para no mandarla a tomar por culo. A ella y a todos, en realidad. En el ascensor mi limpio lo rojo con la corbata y procuro no hiperventilar. Pero el tedio se agudiza cuando entro en casa y veo a mi familia sentada a la mesa, todos tan silenciosos como siempre. Mi mujer me costó 6.900 euros del año 2008. Una pasta, pero es que me la hicieron de encargo y a medida. Me pareció una buena inversión. Y durante unos cuantos años conseguí que la cosa funcionara bastante bien. Me esforcé en pensar que todo había sido un mal sueño y seguí con mi vida normal. Seguimos con nuestra vida normal. Tan satisfecho estaba en aquellos primeros tiempos que también compré a mi hijo. Un niño de cinco años es más barato, claro. Más pequeño. 3.000 euros por transferencia y sólo tres semanas después descargaban en casa a Dani. De regalo, por ser tan buen cliente, un kit de mantenimiento (talco + peine) y un kit de reparación (silicona líquida + endurecedor). La verdad es que mi familia sigue tan perfecta como el primer día que me la entregaron. Tan perfecta como el último día antes de que dos de tres murieran mientras dormían. Una fuga de gas. A mí el calor me había hecho salirme a dormir al comedor, junto al balcón. Los médicos dijeron que eso me salvó. Yo he opinado justo lo contrario durante demasiados años. Pero últimamente empiezo a estar cansado de tener que compartir mi casa con un par de muertos de látex. Debería prenderles fuego o trocearlos y tirarlos al mar o al contenedor. Igual así me sentiría un poco mejor.

26
ago
08

La vida en la superficie

Llevo una hora cavando.

Cuando ayer me dicen que hoy por fin nos traerán ese árbol enfermo del jardín de los señores de Noséqué me dan ganas de quitarme el mono y tirárselo a la cara a mi jefe. Es un árbol enorme; sus raíces necesitan que les prepare un hoyo en el que cabría dos decenas de cuerpos humanos. Así que cuando ayer, casi al terminar la jornada, el jefe se me acerca mientras preparo el abono especial para los rosales, se tapa la nariz con un pañuelo increíblemente blanco y bromea conmigo diciéndome que duerma bien por la noche porque al día siguiente me espera una buena sesión de pala, estoy tentado de aplastarle la cabeza con ella. Pero no lo hago. En lugar de eso sigo removiendo mierda con las manos hasta que suena la sirena de Se acabó por hoy. Al volver a casa hay una nota sobre la mesa de la cocina. La nota. La misma desde hace semanas. No es que el texto contenga un mensaje idéntico al de la vez anterior, es que es físicamente el mismo cuadrado de papel. Tiene manchas de café y la tira adhesiva se ha impregnado de polvo y pelusa y pelos del gato que se nos murió a zarpas del perro del vecino. Ya ni siquiera se toma la molestia de perder veinte segundos escribiéndome una excusa cuando un par de veces por semana tiene que volver al trabajo de noche para resolver algún asunto urgente. Supongo que se limita a sacar el post-it de dondequiera que lo guarde y dejármelo sobre la encimera, la tele o la cisterna del váter. Los pocos lugares comunes que nos quedan. En eso pienso. En qué le pasará por la cabeza cada vez que decide desaparecer por otra noche. Si al menos la sacudirá una pequeña punzada de pena, remordimiento, culpa o si simplemente dudará entre coger la ronda de circunvalación o atravesar en línea recta la ciudad para reunirse lo más rápido posible con el hijoputa de su jefe. En eso pienso mientras saco de la nevera una porción de pizza de anteayer para calentármela en el microondas. Pero entonces me doy cuenta de que el microondas ya no está. Debe de haberse pasado por aquí algún matón del prestamista. Y automáticamente dejo de darle vueltas a posibles explicaciones para toda esta decadencia. No tiene mucho sentido buscar el origen del desastre cuando estás de mierda hasta el cuello. Así que entro en la ducha y me rasco el estiércol de la piel hasta que me duelen las uñas y todos los poros del cuerpo. Y sin secarme me voy a dormir dejando la ventana abierta, con la esperanza de que una neumonía o el ébola entren por ella y me hagan olvidarme de todo durante un tiempo. Pero ya son las cinco de la mañana y suena el despertador y estoy jodidamente sano y nada ha entrado. Ni por la ventana ni por la puerta. La otra mitad del edredón sigue insultantemente lisa, como si fuera su estado natural, lo más normal del mundo. Vale, pienso, y estampo la lamparita de noche contra la pared. Y me levanto y suelto una larga meada y me miro en el espejo y decido que hoy no me afeito. Que ni siquiera voy a lavarme los dientes. Pienso en hacer una llamada, para desahogarme. Pero tampoco lo hago. Los de Transportes ya deben de haber descargado el árbol en los viveros es lo siguiente que me viene a la mente. Y desde ese momento lo único digno de mención es que ya llevo una hora cavando en la oscuridad. Y estoy en el fondo de dos horas y un agujero de dos por dos por dos cuando asoman por el borde las ridículas botas camperas de mi jefe. Desde lo alto del contrapicado me pregunta Qué tal por ahí abajo, pero antes de que le pueda responder o matar me dice que él sólo ha madrugado porque se va a la costa a navegar un rato y que además quería comprobar que no se me hubiera ocurrido coger la retroexcavadora. Ya sabes, dice, no hay nada como un agujero hecho a pico y pala. Las excavadoras remueven demasiado la tierra, mezclan estratos, y un árbol tan delicado como el de los Noséqué no puede permitirse tierra revuelta. Eso sería una aberración, añade justo en el momento en que el cielo empieza a clarear sobre él y sobre mi agujero y supongo que sobre todo lo demás. Entonces sonrío en medio de la penumbra. Hay nubes densas como bolas de mercurio ahí arriba; mal día para coger el velero. Muy mal día, porque ráfagas de resplandores y rugidos empiezan a caer de las alturas. Dibujos de luz en el cielo. Flashes que iluminan el mundo por un segundo aleatoriamente, desde todos los ángulos posibles. Temblores que hacen que las paredes del agujero se estremezcan, que se les desprendan terruños plagados de gusanos y filamentos de raíces antiguas, muertas. Y algo así como un viento incandescente debe de recorrer el paisaje sólo un palmo por encima de mi pelo, porque veo cómo mi jefe se convierte en ceniza y se vuela con la brisa de este extraño amanecer. Y lo veo casi sin asombro, casi sin miedo, como si se tratara de un final esperado. Luego el bramido cesa y durante unos segundos mis oídos sólo son capaces de percibir un silencio denso. Pero cuando me habitúo al nuevo orden de cosas consigo escuchar lo que pasa ahí arriba. Miles o tal vez millones de personas, plantas y animales caídos, calcinados, deshaciéndose al ritmo que quiera marcar el viento. Podría pensar en ondas piroclásticas, en rayos extraterrestres o en colas de cometas. Pero no lo hago. Lo que sí hago es sentarme sobre la tierra húmeda, levantar la vista y contemplar las cataratas de polvo que se precipitan sobre mí. Eso y pensar que, en realidad, la vida en la superficie no ha cambiado gran cosa. Que todo llevaba años arrasado.

23
jun
08

Demasiado cerca

Resulta que vivo en un bloque de nueve pisos muy cerca de la universidad de esta ciudad. Todo estudiantes, todo veinteañeros y treintañeros. Cuando me los cruzo en la escalera parecen felices, con independencia de que estén borrachos o no. La portera no debe de ser mucho mayor, pero su aspecto no es tan risueño. Quizá se deba a que tiene un hijo preadolescente y probablemente no deseado de unos doce o trece y con algún tipo de autismo o algo peor. O puede que la explicación radique en que el chaval mide uno ochenta y pasa de largo los cien kilos. No sé… puede. Puede que tal envergadura haga la situación aún más inmanejable. Entre las nueve de la mañana y las nueve de la noche la mujer está en el portal, fregando los escalones o quejándose por teléfono con voz demasiado audible o limpiando los cristales del cuartucho en el que se mete de rato en rato. Dentro tiene una Singer con la que remienda los rotos de los pantalones de su hijo. Porque a las cinco de la tarde el autobús del centro especial o como se llamen esas escuelas para niños diferentes descarga al chaval en la esquina y todo lo que hace desde entonces hasta que su madre cierra con llave el cuartito es arrastrarse por el gres. Ella no puede levantarlo del suelo así que le repite que se levante y se siente a hacer no sé qué en un cuadernillo. Sin la menor señal de enfado en su tono. Ni de cariño. Pronunciando de la manera en que se habla a un perro que te ha salido un poco difícil. Pero supongo que él no se da por aludido porque jamás le he visto obedecer a una de esas órdenes. Ni siquiera reaccionar física o verbalmente. De hecho, nunca le he oído hablar. Lo único que sale de su boca son babas y sonidos guturales. La portera tiene un novio que va a verla de cuando en cuando. Bastante desagradable. Tiene la frente estrecha y la mandíbula hacia fuera y cuando saluda al chaval lo hace dándole un manotazo en el pescuezo o tirándole de la patilla. Porque el autista no es más que un niño pero ya tiene una barba cerrada. Lo bastante para que su madre tenga que afeitarle cada dos o tres días. En fin, que el novio de la portera es un tipo bastante desagradable pero por algún motivo indescifrable ella se muestra muy cariñosa con él. En varias ocasiones he oído cómo le pedía perdón por su realidad diciendo cosas como No se lo tengas en cuenta, ya sabes que no está muy bien o Qué me vas a contar; me tiene harta. Y luego le da un beso al hombre en sus labios de animal. Él siempre se echa hacia atrás. La otra tarde me decido por fin a poner la lavadora. Luego subo a la azotea a tender mis cosas. Como en cualquier edificio antiguo, la casa de la portera está en el último piso. La puerta está abierta pero no miro al pasar porque la verdad es que me importa una mierda lo que pueda ocurrir dentro. Así que salgo a la azotea y veo un par de sombras proyectadas sobre una sábana blanquísima. Se mueven, como si se abrazaran y se besaran o como si forcejearan, no lo sé. Tampoco salgo de dudas cuando retiro la tela y veo a la portera y a su hijo demasiado cerca de la barandilla y demasiado cerca el uno del otro. Ella me mira con una cara extraña, de circunstancias y de miedo al mismo tiempo. El chaval me mira con la única cara de que es capaz. No digo nada. Vuelvo a refugiarme tras la sábana. Mientras tiendo ellos siguen a lo suyo. Les oigo gemir, respiran profundo. Qué más da, pienso, sólo son dos vidas de mierda.




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Iván Rojo Tales

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