Hace semanas que me despierto a las 05:27. Con despertarme no quiero decir que me ponga en pie a la espera de la hora de ir al trabajo de mierda. Lo que pasa es que abro los ojos, miro el despertador para ver cuánto tiempo de oscuridad falta para tener que reintegrarme en la nada luminosa y ruidosa del día siguiente, y veo que son exactamente las 05:27. Entonces me quedo observando los dígitos rojos hasta que llega el ocho. Porque siempre aparece, es cierto. Por lo menos hasta la fecha. Pero también es verdad que durante esos segundos de espera me invade invariablemente una angustia creciente. El miedo a que el mundo haya dejado de existir. A que el giro monótono de los días se haya detenido mientras dormía. Quedar atrapado en las tripas estreñidas de una noche eterna, entre sábanas sucias demasiado grandes y peste a colillas, obligado a ver cómo me descompongo hasta que mis pupilas se conviertan en tumores secos. Y empiezo a pensar en las cuentas pendientes, en las cosas que ya nunca diré ni haré. Y el corazón se me acelera y la cama se humedece y me juro a mí mismo que si se me regala otro ocho, otro minuto, otro día lo aprovecharé de verdad. Y cuando al fin el número cambia me relajo de golpe. Es agradable al principio, como una bocanada de aire. Pero el alivio es fugaz. Enseguida da paso a un vacío similar a la tristeza post-coitum. Como si una vez retirada de los ojos la nube de la tensión y el miedo el presente se revelara un clon con defectos genéticos del de ayer y el futuro un lugar tan lejano que nunca estará aquí. Y sólo quiero volver a dormirme y olvidarme de mis promesas de mejora y de toda esa mierda. Fantaseo un poco con el suicidio o con ser víctima de una tragedia que merezca la comprensión sin cortapisas del común de los mortales y adopto la posición fetal cuando noto cómo voy hundiéndome de nuevo en sueños negros. Despacio y sin aspavientos. Con cierta dignidad. Con algo parecido al placer. Remotamente, vale, pero parecido. En cualquier caso mucho más amable que la forzosa resurrección con la alarma de las 07:30, que suena como la campana de un puto cuadrilátero de boxeo.
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05:27
Me acerco a la ventana en calzoncillos. Me rasco la ingle derecha.
Valencia.
Mierda.
Estoy solo en Valencia.
Pienso:
Me gustaría que esto fuera Saigón. Me gustaría estar en 1968. Me gustaría ser Willard y tener una vida interesante. Dura, sí, como casi todas, pero interesante. Digna de respeto. O, al menos, de atención. No sé. Sostener un M16 en las manos. Contemplar muerte y destrucción a lo largo y ancho de una selva en constante renacimiento. Descubrir la poética que puede esconderse en un espectáculo de playmates. Navegar contracorriente un río hacia el Apocalipsis personal, la verdad y quizá un poco de redención y de segunda oportunidad. Hacia algo mínimamente humano. Porque ahora, intuyendo mi reflejo antropomorfo en un cristal tras el que se extiende la ciudad que conozco, el mundo que conozco, siento que sí, que todo indica que soy un hombre, pero que no me sorprendería en absoluto si intentara abrir la boca para gritarlo y sólo me saliera un balido largo y repulsivo como el de esa vaca a la que matan a machetazos en la película.
Tengo que dejar de trasnochar. Sólo es cine. Sólo son libros. Y no me cuentan nada que yo no sepa ya. Cosas como que me gustaría ser cualquier otra persona y estar en cualquier otro lugar. Este simulacro de vida cada día es más difícil de poner en práctica.
Son las siete de la mañana. He dormido tres horas. Me duele el estómago, nota sangre en las encías y una vez más me he levantado con ese dolor que me atraviesa la cabeza desde el occipital hasta la órbita del ojo izquierdo. Supongo que también debería beber menos. A la gente que pasa por la calle no parece importarle lo más mínimo. Por la manera en que se mueven se diría que todos tienen bastante claro adonde se dirigen, como si hubieran encontrado su propio “río arriba”. Como si nunca hubieran dejado de conocer su camino, su destino y hasta su objetivo. Da igual que lleven un maletín de piel en una mano y un ejemplar de prensa financiera enrollado bajo el otro brazo o que luzcan sus rastas pedaleando en una bicicleta cochambrosa. Desde aquí arriba parecen todos iguales. Desde aquí arriba observo que todos ellos surcan la mañana trazando trayectorias rectilíneas, perfectas, decididas, sin la menor desviación, rumbo a lugares que jamás conoceré. Y no puedo evitar maravillarme ante tal despliegue de confianza en uno mismo. Me asombra que esas criaturas que se mueven como pez en el agua en el caos de ahí abajo compartan su mapa genético conmigo.
Porque si alguien dedicara cinco minutos a hablar conmigo no podría sino concluir que estoy a la deriva. Me da cierta vergüenza reconocerlo pero todo empezó cuando Sonia me dejó. Antes, creo, mi GPS particular era tan preciso e imperturbable como el de cualquiera de mis madrugadores conciudadanos. Cada mañana compraba el pan en el horno de la esquina y le daba educadamente los buenos días a la diminuta anciana que, sin excepción, entraba en la tienda cuando yo me disponía a salir de ella. Luego subía a casa, preparaba café y me despedía de ella con un beso cuya intensidad calculaba conscientemente: lo justo para que lo notara pero no lo bastante fuerte como para despertara del todo. Sí, me da cierta vergüenza reconocer todo eso.
Sonia trabajaba en una tienda de productos dietéticos. Mens sana in corpore sano, así de original era su propietario. Y como corresponde al tipo de vida saludable por el que abogaba la filosofía del establecimiento, abrían a las diez y media de la mañana. No sé por qué estoy empleando el pretérito imperfecto. Hasta donde tengo conocimiento, Sonia sigue viva y trabaja todavía allí. Sólo que ahora ocupa un puesto mucho más alto en el escalafón de la empresa. Es la dueña. Bueno, no sé, puede que no hayan cambiado las escrituras del negocio. Pero como mínimo es la mujer del dueño, con lo cual imagino que sus condiciones laborales habrán mejorado aún más, si cabe.
Cada mañana, ya sea frente a esta ventana o meando o duchándome, pienso en ella. Aunque he de admitir que “ella” ya no es ella. No exactamente. Ha devenido en un concepto inabarcable, como un poliedro lleno de caras cambiantes, muy diferente a la sensación de serenidad sencilla que me producía acostarme y levantarme a su lado. Ahora “ella” cristaliza en mi mente de mil maneras diferentes, y ninguna llega a ser totalmente placentera, positiva o, sin más, tranquila. Normalmente, al despertar, tras unos primeros minutos de añoranza, de notar demasiado silencio en la casa, demasiado espacio, demasiado monopolio de mi respiración y mis pisadas, la tristeza empieza a convertirse en rabia. Suele deberse a que mi imagen mental de Sonia se contamina con la irrupción de la silueta de él, su jefe, jefe-novio, jefe-marido o lo que quiera que ahora sea. Es, ya digo, sólo una silueta. Al tipo no lo he visto más que una vez en mi vida, en la fiesta que dio con motivo de la inauguración de una nueva tienda en la ciudad. Se ve que el negocio de culto al cuerpo y a la fluidez del tránsito intestinal le iba de maravilla y se atrevió a abrir un local especializado en aguas minerales. Allí estábamos todos, clientes, vecinos, empleados, familiares de clientes, de vecinos y de empleados, brindando con agua de manantial en copas de champán. Ya sé que dicen que eso trae mala suerte, pero nunca he sido supersticioso. Tal vez debí estar más alerta, pero el caso es que no percibí nada anormal cuando Sonia me cogió por el codo y me condujo hacia él. Su apretón de manos me pareció el de un tipo sin ningún carisma. Recuerdo que me tendió una mano flácida y húmeda y dijo algo acerca del buen hacer de mi novia. Y que mientras me secaba la mía con disimulo en el pantalón quise pensar que sólo me limpiaba agua de algún glaciar alpino. En resumen, aquel hombre no poseía, en mi opinión, ninguna cualidad que le hiciera especialmente atractivo. Quizá por eso no me fijé en él lo suficiente para retener su cara. Y puede que sea mejor así. Tener claro en la cabeza el rostro de ese cabrón del que no puedo dar otros detalles que se estaba quedando calvo y le sobraban bastantes kilos probablemente sería demasiado para mí.
También pienso en ella cuando, como hoy, me espera un día de mierda en la oficina. Más “de mierda” de lo habitual, quiero decir. Solía decirme que debía dejar ese (este) trabajo, que podía aspirar a algo mejor, que fortuna audaces iuvat y todo ese rollo. Había estudiado historia del arte y de vez en cuando soltaba algún latinajo para enfatizar sus opiniones. Por alguna razón yo jamás la rebatía diciendo que una licenciada en arte también merecía algo más que pasar rosquilletas de muesli por el lector de códigos de barras. Supongo que, aunque esté mal decirlo, yo la quería más que ella a mí. Y, por otra parte, en el fondo me gustaba que, fuera verdad o no, alguien asegurara que esperaba algo más de mí. Especialmente ella. Entonces yo le decía que sí, que algún día lo dejaría y dedicaría seis meses, un año o lo que hiciera falta a escribir algo bueno de verdad, pero que hasta entonces había que seguir pagando el alquiler.
El alquiler…
Se ha convertido en un problema. El Convenio de Oficinas y Despachos tuvo que redactarlo algún señor feudal del siglo XIII. Imposible llegar a fin de mes sólo con mi sueldo. Ayer me llamó el casero para “recordarme” que llevo dos meses de retraso. Me arrastré como una oruga ante su voz. Casi sentí cómo me crecían pelos-púa a lo largo de la espina dorsal. Incluso intenté, rastreramente, apelar a su solidaridad masculina explicándole lo que me ha pasado. Que ella se fue hace ya seis meses y que he estado pasando una mala racha pero que todo se está arreglando y que, descuide, estoy haciendo horas extras, de modo que no volverá a pasar, señor, tiene mi palabra. El cinco del mes que viene tiene que estar todo al día, ésa fue su respuesta.
Me estoy lavando los dientes cuando llaman a la puerta con insistencia y cierta furia. Diez timbrazos en cinco segundos acompañados de unos cuantos golpes. ¡Abran, abran!, se oye gritar a unas cuantas voces poderosas. ¡Bomberos! ¡Abran, abran, cojones!
Obedezco. No hay nadie en el rellano. Tampoco se ve humo en el ambiente. Entonces un hombre con casco asoma la cabeza por el hueco de la escalera y me dice Vamos, vamos, hay riesgo de derrumbe inminente. Mi reacción es babear un hilo de espuma Colgate sobre el suelo. Me da un minuto para coger lo que pueda y salir a la calle. Entro en casa, me pongo lo primero que pillo y meto toda la ropa que puedo en una maleta. También echo dentro unos zapatos, el móvil, la cartera y las llaves. Consigo cerrarla a duras penas. Retazos de tela asoman por todas partes. Pienso lo ridículo que voy a estar de pie sobre la acera con los labios manchados de flúor blanco, un pantalón de pinzas y una camiseta de los Chicago Bulls de la temporada 97-98 que ni entonces me sentaba bien. Y cuando me encuentro ahí abajo y me veo reflejado en la marquesina de la parada del bus compruebo que sí, estoy muy pero que muy ridículo. Por eso me inquieto al observar que un equipo de televisión aparca su unidad móvil en la esquina e intento camuflarme lo mejor posible entre el grupo de flamantes sintecho. Me sorprende la velocidad a la que se transmiten las noticias. Pero me parece que no seremos primera plana. Aprecio algo parecido a decepción en las caras de los periodistas que se nos van acercando. Y me pregunto si no desearían que el derrumbe inminente se hubiera convertido en un derrumbe consumado, con un montón de personas en pijama muertas o muriendo entre los escombros. Por aquello de la audiencia.
Fundido en la multitud que chilla y se mueve de aquí para allá y, supongo, de allá para aquí por la acera en zapatillas de estar por casa escucho y escucho y la palabra estrella es, sin duda, aluminosis. Tenemos un caso agudo de aluminosis, señores, explica en voz no lo bastante baja el jefe de bomberos al matrimonio de ancianos que vive en el bajo. ¿Qué? ¿Un caso agudo de aluminosis? ¿En pleno siglo XXI? ¡Lamentable!, grita el funcionario treintañero del ático. Dónde vamos a parar… Este país se va a la mierda, añade sin mirar a nadie en concreto pero queriendo dirigirse, me da la impresión, a todo el mundo, es decir, a la cámara que lo enfoca. La tensión se dispara cuando un vecino en albornoz y con champú apelmazado en el pelo plantea la cuestión de resolución más imperiosa, que, imagino, había sido borrada de la parte racional de nuestros cerebros durante el trascendental proceso de evacuar el edificio lo más rápido posible y salvar así la vida, esto es: ¿Y dónde coño nos metemos nosotros ahora? Eso, eso. ¡Que venga el concejal! ¡No, no, el conseller de vivienda! ¿Dónde está la puñetera Alcaldesa cuando se le necesita? ¡A mí de mi casa sólo me sacan con los pies por delante! ¡El Ritz! ¡Queremos que nos realojen en el Ritz!, gritan a pleno pulmón voces de todas las edades mientras los de la tele se frotan las manos sin soltar las cámaras ni los micrófonos.
Son casi las ocho.
Voy a llegar tarde.
Justo hoy.
Mierda.
Me dirijo a un policía que está fijando el perímetro de seguridad con una cinta de plástico y le cuento.
Disculpe agente, tengo que irme. Soy el de la puerta 9, vivo de alquiler ahí pero, si no lo importa, debo marcharme.
El poli me mira desde las chanclas hasta el escudo de los Bulls con cara de no entender lo que le digo. Vale, estoy nervioso, intento explicarme mejor:
Con vivo de alquiler no quiero decir que me dé igual que el edificio se venga abajo, entiéndame. Lo que pasa es que tengo una reunión muy importante en el trabajo, y ya debería estar allí afeitado, perfumado y reluciente en la medida de lo posible. En cambio, míreme.
Oiga, ¿a mí qué me cuenta? Circule, por favor, responde el poli.
Yo qué sé, creía que debía informar de mis movimientos, por si se precisara mi presencia en algún momento. Sólo intento colaborar. Tenga usted en cuenta que ahí arriba tengo un montón de cosas muy quer…
Entonces caigo en la cuenta. Mierda, mierda y más mierda. El portátil. El informe. ¡Y mi novela!
Su presencia no se precisa para nada, señor, me dice. Si va a quedarse más tranquilo facilítele su número de teléfono móvil a aquella señorita de allí, la de la carpetita. Ésos son los que se encargan del papeleo.
Mire, usted no lo entiende, replico con nerviosismo creciente. Tengo que subir a casa. Se me ha olvidado el ordenador allí. Y en él guardo unos documentos vitales para la reunión que ya habrá empezado sin mí. Unos putos documentos vitales para mi trabajo y mi vida, qué coño. ¡Necesito subir a mi casa!
Intento sobrepasarle con una finta izquierda-derecha pero el tipo debe de ser el único policía bien entrenado de la ciudad porque sin moverse apenas consigue neutralizar mi maniobra y tenderme boca abajo en el suelo.
Cálmese amigo, me aconseja o amenaza.
Y yo me pregunto ¿Amigo? ¿Qué es esto, Los Ángeles? Y me siento profundamente gilipollas cuando me doy cuenta de que el tipo de la cámara dirige su zoom hacia mi cara empotrada en el asfalto.
Cuando el agente de la autoridad tiene a bien dejar de clavarme la rodilla en la columna vertebral me incorporo, me limpio como puedo los rastros de alquitrán de mis pintoresca vestimenta y me concentro en pensar con claridad. La mujer de la carpetita está literalmente cercada por la jauría de vecinos y medios de comunicación. Meter la cabeza en ese maremágnum no parece tarea fácil. Que le den. Tengo que irme ya a la oficina. Lo comprenderán, lo comprenderán, repito a modo de mantra para tranquilizarme. Cojo la maleta y salgo a la calle principal a la caza de un taxi. Contra todo pronóstico no pasan ni treinta segundos hasta que veo uno. Le hago la señal y se detiene frente a mí. Entonces oigo una voz a mi espalda. Señor. Me giro y veo a mis vecinas de arriba. La madre, de unos cincuenta y tantos y con esas ojeras que sólo tienen las personas que ni siquiera tienen tiempo para pensar en sus ojeras, y la hija, no sé, unos veinticinco diría, aunque es difícil aventurar una cifra fiable puesto que sufre osteocondrodistrofia deformante o síndrome de Morquio. Ya sabéis, esas personas que van en una silla de ruedas motorizada y tienen la cabeza y los brazos del tamaño normal pero el tronco y las extremidades diminutas. Por alguna razón, oriento mi atención hacia la madre a la espera, impaciente, de que me diga qué coño pasa ahora. Pero es su hija la que habla para pedirme si me importaría cederles el taxi. Tienen cita en el especialista y ya llegan tarde. Le digo que lo lamento pero que yo también tengo prisa, y mucha. Me propone compartir el taxi, pero vamos en direcciones opuestas así que vuelvo a excusarme. Compréndalo, mi silla sólo cabe en taxis especialmente equipados, justo como éste. Dudo. Ahí de pie, con la puerta abierta y un pie dentro del vehículo, dudo. Joder, pienso. Qué vergüenza, pienso. Y me meto sin más en el coche. Joder, digo en voz baja cuando el coche arranca. Joder, joder, joder. Y el taxista me mira mal desde el espejo retrovisor.
Pero no lo comprenden. En cuanto llego al trabajo la del mostrador de recepción me informa que la reunión ha terminado y que quieren hablar conmigo, que me están esperando en el despacho del director. Cruzo la oficina arrastrando mi maleta entre murmullos y algunas risas motivados por mi ropa, supongo, aunque no me extrañaría que se debieran a mi más que predecible patada en el culo. Hago caso omiso. Llego a una puerta, leo DIRECTOR en la placa de aluminio que hay clavada en ella y golpeo toc toc, con la sumisión y cobardía de una rata. Cuando entro veo al director y a otro hombre bien plantado cuya identidad desconozco absolutamente. Un minuto después salgo del despacho sin empleo y sin saber quién coño era el secuaz del director y por qué razón ha tenido el privilegio de presenciar en primera fila mi despido.
Mis compañeros –ya ex compañeros- se han reunido en torno a la máquina de café para, intuyo, contemplar mi muerte laboral y poder analizarla en comunidad haciendo piña de ganadores, de supervivientes, sintiéndose mejores que yo, comentando que tenía que ocurrir algún día, que desde que metí por error en la trituradora de papel aquellos expedientes mi suerte estaba echada, que aún he durado demasiado, que qué puede esperarse de alguien que necesita apuntarse en la mano la contraseña de la intranet con la que trabaja cada día, que no me desean ningún mal pero lo justo sería que calificaran mi despido de procedente, que ya está bien, que no daba ni un palo al agua.
Me detengo ante ellos y digo Me voy. Bueno, me echan. Miran al suelo. Alguien dice Lo siento. Le doy las gracias y me acerco hasta la chica de administración. Le quito el vaso de plástico de la mano y me bebo de un trago el café procurando poner mis labios sobre la marca de su carmín.
Estás buena, le digo, pero desnuda pierdes bastante.
¿A qué viene esto, gilipollas?, me suelta.
El informático se adelanta hacia mí, con el tórax lleno de aire, como queriendo parecer más grande. No le hago caso y sigo:
Una noche volví a la oficina porque se me había olvidado una cosa y te vi tumbada en la mesa del jefe. Con el jefe encima, debo añadir. Fingías al gemir. Pero no te preocupes, sé por experiencia que no eres la única que lo hace. Lo del jefe y lo de fingir, quiero decir.
Al instante compruebo que el informático no sólo está hecho de aire, que también tiene huesos y músculos muy bien formados porque me estampa sus nudillos en la ceja izquierda. Sangro un poco pero no se nota demasiado porque, mira qué bien, mi camiseta es roja. Y entonces sí, me voy.
Las nueve.
En sólo dos horas he perdido la casa y el trabajo. Por no hablar de una buena porción de dignidad. Al despertarme sólo la echaba de menos a ella. Ahora también, pero tengo nuevos motivos por los que cagarme en mi vida.
Echo a andar sin saber adónde. No quiero acercarme a la zona del desastre. Al epicentro del reciente desastre aluminoso y del otro, el que ya se ha convertido en ley por repetición, el que ocurre todos los días desde que se fue.
Así que ya digo, echo a andar y me paso dos o tres horas por ahí dando vueltas. Bastante gente me mira al pasar pero otros muchos parecen no verme, y no sé qué me jode más.
Al cabo, sin ser del todo consciente de ello, entro en un bar y pido un Bitter Kas. Como nadie es perfecto, era su bebida preferida. Era. Supongo que ahora alcanzará el éxtasis degustando las delicias líquidas de algún acuífero subterráneo islandés. No me ponga hielo, le digo a la camarera.
En la barra dos tipos en bermudas y con aspecto de parados beben cerveza y despotrican contra la política económica del gobierno, los gitanos que exigen viviendas de cien metros cuadrados a cambio de sus chabolas y los progres que se van en verano a La India a pegarse la vida padre y luego cuentan la historia como si su corazón fuera más puro que el de la Madre Teresa. Estoy tentado de intervenir; mejor adaptarse a la nueva realidad cuanto antes. Pero me siento incapacitado para dar una opinión siquiera levemente elaborada al respecto de lo que hablan, así que opto por decirle a la camarera que les sirva dos tercios más a esos dos hombres, que yo les invito. Me mira extrañada pero lo hace y veo cómo les dice algo y señala hacia mí con la barbilla. Ellos me miran con la misma extrañeza defensiva que la camarera y uno dice ¿Qué te crees que es esto, una película?
Dejo de sonreír. No sé hacer amigos.
Si todo va como tiene que ir, me refiero a que si no me he perdido nada irreversible en este tiempo de monomanía, mi padre seguirá viviendo en la casa del pueblo. Podría sacar el móvil de la maleta y llamarle pero estoy seguro de que si lo hiciera acabaría por no ir a verla. Ya me ha pasado otras veces. Hablamos un minuto, se hace un silencio y poco a poco va creciendo la sensación de que lo mejor para todo el mundo es que colguemos. Así que opto por no avisar y dirigirme hacia allí en uno de esos buses interprovinciales, si es que así se llaman. Vamos, uno de ésos en que el conductor te vende el ticket, que no es más que un minúsculo papelito cuadrado igual que las entradas de los cines de hace dos décadas. Quizá sea el hecho de manosear ese objeto extemporáneo lo que hace que me ponga a recordar. Por supuesto, recordar a mi madre. En las fotos que conservo siempre aparece sonriente. Son fotos viejas así que sale guapa pero de repente no tengo claro que eso sea una verdad irrefutable. Puede que sólo sea mi impresión personal. Es bastante probable, de hecho. Y supongo que no tiene mayor importancia, que cada uno recuerda a su madre como le da la gana. Lo que es más inquietante es la sensación de vergüenza que me invade al darme cuenta de que su eterna sonrisa fotográfica no era más que un disfraz. Un disfraz muy bueno que conseguía engañar hasta a su propio hijo. Seguramente porque ni siquiera yo quise arrancarle la máscara y preocuparme de lo que ocurría debajo de ella. Cuál era la verdadera cara que le hacía poner su vida. Lo opuesto a una sonrisa, eso está claro ahora que uno ya es mayor y mira con cierta perspectiva y toda esa mierda. Lo malo es que yo ya lo sabía a los diecisiete años, cuando murió. Que ya lo sabía muy bien a los diez, cuando ella me preparaba la merienda con gafas de sol y usando un solo brazo porque el otro descansaba sobre un pañuelo como improvisado cabestrillo. Y que nunca hice nada al respecto.
De repente tengo la necesidad de bajar del autobús donde sea pero no en el destino final. Incluso los campos parduzcos salpicados de pacas de trigo que se extienden monótonos al otro lado de las ventanillas serían un buen lugar donde apearse y dejarlo todo correr, pasar, desaparecer.
Pero sigo mareándome al ritmo del traqueteo del bus.
Mi padre se alegra de verme cuando abre la puerta. Creo estar seguro de eso. Primero se sorprende de manera tan evidente que no puede ser artificial y luego me da un abrazo intenso y lo bastante prolongado como para descartar la opción de que sólo sea una convención socio-familiar. Mientras me apretuja huelo su sudor y su after-shave y la nube invisible de humo y naftalina que emana de su camisa de cuadros y no sé por qué la combinación me hace pensar que mi padre es un jubilado mucho más fuerte y sano que su hijo desempleado de treinta y tres. Coge mi maleta como si fuera de cartón piedra y pienso que es esa fuerza tan natural lo que siempre me ha hecho temerle y respetarle a la vez. Hay quien dice que atemorizar no es forma de hacerse respetar, pero supongo que los estúpidos que así opinan nunca han sentido miedo de verdad. Sea como sea, es mi caso y lo cuento como me parece.
Al entrar en la casa y echar un vistazo alrededor la impresión de fortaleza que me ha transmitido mi padre al abrirme, la que siempre me ha transmitido, empieza a desintegrarse por momentos. La casa parece un mausoleo en ruinas. Una especie de templo grotesco en homenaje a cosas bastante vulgares, salvo una. Quiero decir que las paredes están llenas de diplomas enmarcados y trastos por el estilo. Veo, por ejemplo, mi título universitario coronando la pared oblicua de la chimenea. Y en una estantería el único trofeo que gané en el colegio. Se trataba de dibujar un Papá Noel para no sé qué campaña publicitaria de una marca de yogures. Obviamente no usaron el dibujo que hice para nada, pero me dieron una copa dorada que ahora, moteada de óxido y cubierta de la espesa capa de polvo que lo forra absolutamente todo en la casa, parecía recién sacada del fondo de un pantano o algo así. En fin, objetos, hechos, momentos que van convirtiéndose en nada a medida que una vida normal sigue su curso normal, pero que a mí me sobrecogen, no sé si para bien o para mal, seguramente en ambos sentidos, por lo que tienen de indicadores del estado de mi padre. Un estado que ratifico al mirarle por primera vez a los ojos y no encontrar el brillo habitual. No me refiero sólo a las chispas rojas que el alcohol ponía en ellos todos los días de la semana menos el domingo, sino también al centelleo rebelde que hasta ahora siempre había habitado en su fondo y que hacía que no pudieras dejar de quererle a pesar de todo. Ya no está. Lo miro y es como si le hubieran extraído con una jeringuilla el líquido negro de sus pupilas. Como si se hubieran secado hasta convertirse en tumores oscuros. Y entonces pongo ese descubrimiento en conexión con la nueva prominencia de sus pómulos, con los surcos que las perneras del pantalón trazan en la suciedad del suelo y con el hecho de que lleva la bragueta medio abierta, y llego a la conclusión de que se está muriendo. Me imagino su día a día y su noche a noche en medio de todas esas reliquias cuya estrella es, sin duda, la imagen de mi madre. La imagen de mi madre por todas partes, en fotos tan viejas que empiezan a adquirir tonalidades sepia. En algunas salen los dos pero son las menos. Es ella la protagonista absoluta. Su cara repetida ocupa todas las mesillas, el aparador, la parte superior del televisor. Y de pronto me estremece la certeza de que mi padre habla con las fotos a todas horas. Que habla con ella sin parar. Que le da los buenos días y las buenas noches y le pregunta qué le gustaría comer hoy. Está claro que la soledad de mi padre pasando sus últimos años en este pueblucho apestoso es un retiro de expiación del que podría haberme enterado mucho antes si en verdad me hubiera importado qué tal le iba. Está claro, sí, para mí está claro, y lo que opinen los demás me la suda. Quiero dejar las cosas así, sea verdad o mentira; no es un mal final para la historia. En realidad, nos satisface a los tres. Mi padre cree estar ganándose ese cielo al que renunció cuando instaló su propio infierno en nuestra casa, mi madre podrá sentirse medio honrada en el sentido en que lo haría una diosa pagana vikinga o algo por el estilo si es que al otro lado hay algo más aparte de gusanos y fetidez, y yo puedo fantasear con la posibilidad de que al final una suerte de equilibrio de heridas y agresiones se instalará entre los tres.
Paso cuatro días en la casa de mi padre. Comemos juntos, vemos la tele y antes de irnos a dormir echamos una partida de ajedrez. La última noche me dejo ganar. También una mañana vamos al río, por llamarlo de alguna manera, que pasa por la parte baja del pueblo. Discurre más seco de lo habitual así que nos quedamos mirándolo con las cañas plantadas en el suelo como si fuéramos dos hombres de Neanderthal maldiciendo en silencio los oscuros designios de dioses malvados. Es una bonita experiencia eso de estar ambos unidos ante la mala suerte. Creo que a él también se lo parece porque saca del bolsillo de la camisa un par de caliqueños y me ofrece uno. Mientras tose yo le correspondo poniéndole al corriente de lo de Sonia, de lo de mi casa, el trabajo y demás. Y tiene la prudencia de no intentar darme ningún consejo.
En noventa y seis horas sólo pienso una vez en ella. Mientras corto a hachazos un árbol seco del huerto de atrás.
Llego a la ciudad de noche. Mi edificio está apuntalado con vigas color ocre ancladas a la fachada lateral. La puerta está mal precintada y no me cuesta nada colarme. Cuando entro en mi casa ya no me parece mi casa. Nadie la ha saqueado ni nada de eso. Es simplemente que lo que veo en ella ya no me parece parte de mí. El portátil y todo lo que contiene está abierto sobre la mesa de la salita. Enchufarlo y seguir escribiendo la novela en las tripas de un edificio en estado ruinoso sería una imagen más que potente, pero la verdad es que no me apetece nada. No está mal, pero tampoco está bien. Joder, tengo que admitir que es una mierda. Así que lo que hago es coger el ordenador, abrir la ventana y ver cómo cae en silencio al vacío hasta que se hace pedazos contra la acera.
Bien hecho, dice una voz detrás de mí.
La chica de la silla de ruedas aplaude mi decisión con sus manos deformes.
Me pregunto cómo se las habrá apañado para llegar hasta aquí. Supongo que todo es posible.
Viva el verano
No sé si es culpa del calor pero me cuesta dios y ayuda escribir en verano. Más exactamente en vacaciones. Me siento aquí y ni una de las ideas que anoche me parecían buenas o al menos aceptables consigue estirarse en la pantalla. Porque casi siempre vienen de noche, cuando estás a punto de dormirte. Supongo que es porque a esa hora, en la frontera entre los dos mundos, uno tiene la guardia baja y cualquier cosa parece superar los filtros de la lógica, la vis narrativa y hasta el talento más vulgar. Pero el caso es que al día siguiente me levanto, repaso mis historias bajo la lluvia helada de la ducha y me siento bien al comprobar que lo único que se ha escurrido por el desagüe es el sudor reseco. Que todo lo demás sigue ahí dentro, tan claro como anoche, dispuesto a que lo utilice. Entonces me hago un café y me lo traigo al ordenador, y empiezo a teclear. Pero al momento estoy borrándolo y enseguida reempiezo y vuelvo a borrar y así una y otra vez hasta que me cago en mi vida y elimino definitivamente el archivo y me voy a dar una vuelta a la manzana o me pongo una peli que ya he visto o me tiro en el sofá imaginando dónde me iría si pudiera permitirme un viaje de verdad.
A veces pienso que la razón de este estancamiento es que en vacaciones la parte de mí que me obliga a perder el tiempo escribiendo echa en falta su dosis diaria de mierda como si fuera una droga de la que se nutriera para mantenerse alerta frente a lo que se mueve alrededor. Y creo que mi suposición no va desencaminada. Con dosis de mierda me refiero a los horarios esclavizantes, las formalidades sociales, la capacidad para ensanchar las tragaderas ante el descomunal caudal de estupidez de mis jefes. La prisa. Sentirse solo. El silencio del móvil únicamente roto por los mensajes publicitarios de Vodafone. Sorprenderte a ti mismo yendo a última hora del día a comprarte unos pantalones para tener una novedad que estrenar por la mañana. La escasez de tiempo que invertir en uno mismo o malgastar en uno mismo. En fin, todo eso que de manera casi inconsciente te obliga a exprimir los pocos ratos en que puedes encontrarte contigo.
De manera que puede que esté mal, es verdad, que lo bueno, bonito e incluso barato fuera tener todo un arsenal de gilipolleces que contar y olvidar. Ir llenando el blog. Preocuparse por mantener un ritmo constante de visitas. No sé, escribir inofensivos cuentos infantiles o historias de amor inmortal o haikus pretenciosos. Centrarme en eso que llaman literatura juvenil o en la novela rosa y andar por ahí diciendo que soy escritor. Imagino que así todo sería mejor y más fácil. Pero por suerte o por desgracia no puedo.
Y empiezo a ir de mal en peor a medida que acumulo días en blanco. Se me genera una especie de estrés diferente al que me acompaña cuando la vida es la habitual que va creciendo y creciendo hasta que en el momento más insospechado, mientras me compro el desodorante o le doy cincuenta céntimos al mendigo de la esquina, ese agobio desaparece de golpe para dar lugar a algo parecido al desencanto. Un sentimiento de vacío que hace que los veinte días que me quedan de vacaciones parezcan una rutina tan narcoléptica como la de siempre. Una megadosis de mierda densa y apestosa de altísima calidad ideal para bucear en ella tan a gusto y a salvo como si flotaras en líquido amniótico y ver lo que se pesca a dentelladas.
Así que, no sé, pongamos que te sumerges en la vida virtual de los demás, que al fin y al cabo es el recurso más inmediato, discreto y seguro del que valerse. Amigos, conocidos, primos lejanos. También personas cuya vida o muerte te resulta indiferente. Y gente a la que te quieres follar sin esforzarte demasiado o gente que se te quiere follar sin esforzarse demasiado. Gente facebook, por resumir. Y lees que una chica ha escrito que anoche de madrugada recibió un sms desde una cabina. Explica que estaba escrito en inglés y que le dio mucho miedo porque decía: Hacer tesoros con lengua engañosa es vanidad fugitiva de quienes buscan la muerte (Proverbios 21:6 BJ2). Y le comentas que te parece genial, que eso es un mensaje y lo demás son tonterías. Y ni siquiera te preocupas de comprobar si ella te replica con un jaja porque apostarías tu mano y la conservarías a que ella va a replicarte con un jaja y alguna frase tan anodina como la tuya. Y ahí acaba la ficción de interacción, de comunicación. Alargarla sería indecoroso; las reglas que rigen el mundo internáutico son muy estrictas al respecto: frases cortas, nada de estirar la goma porque se romperá y te golpeará con fuerza en todo el ojo. Así que no puedes hacer nada más que olvidarte del asunto y dejar que el verano siga su curso hasta que una nueva chorrada te dé pie a intercambiar unas palabras muertas con algún otro de tus absurdos contactos. Pero si lo piensas un poco concluyes que hasta pagarías por recibir un sms de ese tipo en plena noche. Por que esa historia abandonara la pantalla y cobrara vida en tu teléfono a las cuatro de la mañana. Probablemente el mensaje de un bromista aún más aburrido que tú, pero que podrías convertir en la amenaza de un psicópata buscado por la Interpol que por alguna razón incomprensible te ha seleccionado como su siguiente víctima. Un motivo más que digno para apreciar un poco más tu pequeña existencia al recorrer la casa con miedo de que alguien salga de detrás de una puerta con un cuchillo de caza en la mano, anhelando la luz del nuevo día.
Pero acabas durmiéndote y despertándote sin recibir amenazas de muerte ni nada que te haga sentirte vivo en el sentido en que quieres sentirlo. El nuevo día es luminoso, sí, pero en la forma en que lo es el foco de quirófano que alumbra tumores y órganos enfermos: objetivo, analítico, quirúrgico. Cruel en la precisión con que te revela la precariedad de las cosas, las personas, los colores. Tu exterior y tu interior.
Por eso aún no son las nueve y ya estás conduciendo por la ciudad cuando ni siquiera te gusta conducir. Pero qué vas a hacer… hay pocas alternativas aparte de engañarte pensando que si quieres puedes alejarte, irte, desaparecer trazando círculos concéntricos alrededor de tu vórtice inevitable.
El sol está bajo pero ya quema y se refleja en las pantorrillas rojísimas de un grupo de extranjeros que cruzan por el paso de cebra. Pones el aire acondicionado y piensas cómo serán sus vidas en Noruega. Qué les parecerá lo que están viendo. Por qué consideran que esa fachada merece tres o cuatro fotos. Y no eres capaz de responderte nada tranquilizador, nada que te lleve a concluir que si vivieras en la otra punta del mundo la realidad sería mejor.
Por suerte unos golpecitos en la ventanilla te apartan por un momento de la espiral. Un hombre de rasgos asiáticos te ofrece un par de paquetes de kleenex luciendo una deslumbrante sonrisa. No, gracias. Un ambientador aroma pachuli. No, gracias. Un puñado de mecheros. Tampoco, gracias. Luego te pide un cigarro llevándose el índice y el corazón a los labios. En contraste con la mugre de sus uñas sus dientes adquieren una blancura casi imposible. Bajas la ventanilla, se lo das y la subes de nuevo. Y vuelves a cuestionarte cosas mientras lo observas alejarse por el retrovisor hacia los coches que ahí detrás del tuyo dispuesto estoicamente a recibir tres o cuatro negativas más. ¿Este tío no sería más feliz ordeñando cabras en alguna ladera del Himalaya? ¿Qué pasa por la mente de alguien para dejarlo todo y ganarse la vida derritiéndose como un chicle sobre el asfalto de una ciudad de la que seguramente nunca en su vida había oído hablar? Y sobre todo: ¿por qué coño sonríe constantemente?
Tampoco esta vez encuentras respuestas más o menos fiables a las preguntas, pero te hace sentir bien el hecho de experimentar un sentimiento parecido a la admiración mientras ves al inmigrante empequeñecer en el espejo. Al menos ese hombre, si un día alguien se molesta en preguntarle algo más que el precio del papel de fumar, tendrá algo interesante que contestar. Que contar.
De eso se trata, a fin de cuentas, de no quedarse callado. Hablar, actuar, moverse. No ser un sumidero sin fondo. Compartir, comunicarse. Ser más o menos humano.
Todas las mañanas a las siete un loro o algo por el estilo canta/grazna/grita en algún punto de los alrededores más inmediatos durante exactamente trece minutos. Un chillido rasposo de seis segundos de duración cada dieciocho. Entra nítido por la ventana, como una cuchilla sonora trepanándote el cerebro. Un despertador de cojones que además suena muy cerca. Y todos los días me levanto de la cama como un gilipollas, cojo de la mesita la pistola de aire comprimido que después de mucho rebuscar encontré en la caja del scalextric que hay en el armario del que fue mi cuarto en casa de mis padres, me asomo y busco el origen de los gritos. Llevo así dos meses y todavía no he dado con el bicho. Ni rastro. Estoy casi seguro de que viene del edificio de enfrente. Un barrio viejo, la fachada opuesta a no más de siete metros. Si conservo una mínima parte de la puntería que tenía cuando de pequeño me llevaban a la feria el pájaro tiene los días contados. Pero para eso tengo que localizar al hijoputa. Debe de quedar oculto tras alguna barandilla. He hecho guardia durante horas tras la persiana a la espera de que alguien salga al balcón y se ponga a hablar con una especie de amigo imaginario. O levante una jaula para darle unos besitos en el pico a su maldita mascota. Pero de momento nada de nada. Así que todo este asunto sólo me ha servido para averiguar que la parejita del tercero B pasa droga de diez a dos y que recién levantada la del cuarto A no está tan buena como cuando la ves comprando el pan. Ni de coña.
Hablando de chicles y de semáforos, el otro día, puede que el mismo día que el del vendedor pakistaní, mi camino tropezó con el de una mujer-chicle. Estaba esperando que se pusiera en verde y se detuvo a mi lado una scooter pilotada por eso, una mujer-chicle. Probablemente mujer sea una palabra demasiado grandilocuente para definir al ser en cuestión. No sé, digamos que era una entidad de sexo femenino, por lo menos en apariencia, vestida de rosa desde las medias hasta los guantes de piel, que supongo usaba para no estropearse la manicura, me juego la vida a que también rosa. No creo que sea necesario decir de qué color eran el ciclomotor y el casco. Y supongo que a nadie le sorprenderá leer que su pelo era más amarillo que el que desarrollaba Goku al convertirse en superguerrero. Mascaba chicle, tenía la piel ultrabronceada, muy cercana a la tonalidad naranja ladrillo, y llevaba unas Ray-Ban rollo Harry El Sucio que le cubrían aproximadamente el noventa por cien de la superficie de la cara. Con todo, lo que más me sobrecogió, creo que hasta el punto de forzarme una mueca, fue la pegatina de una barbie que lucía en el carenado. Ella debió verme porque sin dejar de mascar me dedicó un insulto que pude leer claramente en sus labios. Creo que nunca antes había sentido tantas ganas de matar a alguien. Pensé seriamente qué pasaría si diera un volantazo y me la llevara por delante. Sé que no tiene mucho sentido, pero quería convertir su rosa en rojo. Por alguna razón estaba y estoy convencido de que aquel ser no tenía ninguna cualidad humana, y de que sin embargo su vida era y es mucho más digna que la mía.
Es muy peligroso entrar en determinados estados. Lo pensaba mientras ordenaba los frascos de especias por orden alfabético.
Coge el teléfono y llama
En cuanto suene el despertador coge el teléfono y llama. No te preocupes por el tono soñoliento de tu voz. Es el mismo que el que tendría una persona resfriada, y sólo tú sabes que no lo estás. Vale, carraspea un poco si te quedas más tranquilo. Pero no impostes la voz, no tosas, no te tapes la nariz; la farsa se notaría más. No sobreactúes. No actúes siquiera. Limítate a ser tú y sólo tú por una vez. De manera que deja de dudar y llama. Diles que hoy no irás a trabajar. Invéntate cualquier cosa sobre la marcha; servirá; no son tan listos como les gusta hacerte creer. ¿Qué van a decirte? ¿Qué estás mintiendo? Verás como no, verás como no se atreven. Te dirán que no te preocupes y que te mejores y en cuanto cuelgues te desearán la muerte por haberles dado los buenos días regalándoles un porcentaje extra de trabajo. Que se jodan. Hazles caso sólo en lo primero: no te preocupes, mejórate. Porque aunque no estés enfermo necesitas mejorarte como el que más, y lo sabes. Y nada mejor que tomarse un respiro para depurar la mayor cantidad posible de la mierda que has acumulado dentro durante años. Suéltala poco a poco, ya sabes: nada de prisa, nada de ansia: tienes todo el día por delante. Aprovecha para hacer las cosas que el ritmo hostil de tu vida te impide hacer normalmente. Acércate a la ventana y observa el exterior. Comprueba que el aire que os mantiene medio vivos a ti y a otros diez millones de ciudadanos está tan contaminado como siempre. Pero comprueba también que por alguna razón hoy no te importa. Porque hoy es uno de esos días que hacía tanto que no vivías. Hoy has roto la rutina y te sientes fuerte con respecto a lo de fuera. Mañana será otro día, pero hoy es hoy. Así que exprímelo al máximo. Respira hondo. Acódate en la repisa disfrutando de esa rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Ráscate los huevos largo y tendido sin tener la impresión de que al hacerlo estás malgastando los preciosos segundos que deberías dedicarle a tomarte de un trago el café. Luego hincha los pulmones, a tope, hasta que te duelan todos los espacios intercostales, mantén el aire ahí un momento, como si fuera algo valiosísimo de lo que no quieres desprenderte, y luego suéltalo despacio mientras levantas la cara hacia el cielo. Y dedica un instante más de lo habitual, aunque sólo sea un instante más que cero instantes, a intentar encontrar un calificativo que precise el significado del color azul que va cobrando intensidad ahí arriba. Porque sí, está despejado pero el sol no te ciega porque es lo bastante pronto para que todavía quede detrás de las azoteas desconchadas, las antenas dobladas y los futuristas repetidores telefónicos de los edificios de alrededor. Y lo más importante, recuerda: no tienes prisa. Sigue mirando hacia arriba hasta que las cervicales te empiecen a crujir. No te asustes si ocurre enseguida; es normal. Lo que debe inquietarte es haber dejado pasar tanto tiempo sin pedirle a tu cuerpo otra cosa que teclear informes ante un ordenador o vender filtros de agua de casa en casa o lo que sea que hagas de ocho a ocho. Por eso, déjalo estar cuando se te agarrote el cuello; tampoco es cuestión de causarte una contractura que arruine tu día libre. Así que, con independencia de haber encontrado o no el adjetivo idóneo para describir la luz que cae de las alturas, es momento de dejarlo estar y pasar a otra cosa. Al fin y al cabo eso carece de importancia, no son más que palabras. Lo que de verdad cuenta es que ese resplandor, ese aire y esa temperatura exteriores te parecen, por muy vulgares que seguramente sean en términos objetivos, los de un día especial. Por ejemplo como los que envuelven el momento en que se ve por primera vez el mar. O mejor como la atmósfera del momento en que se enseña por primera vez el mar a un niño pequeño rebozado de protector solar, que se asusta y se alegra al mismo tiempo y que llora y ríe poniendo caras casi idénticas y que chapotea frenético cada vez que una ola tan minúscula como incomprensible le alcanza las rodillas obligándole a replantearse su mundo entero. Por qué ha pasado su corta vida a remojo en una bañera de plástico, qué otras maravillas le regalarán sus padres si algún día vuelven a encontrar tiempo para meterlo en el asiento trasero del coche y conducir hasta un poco más allá del centro comercial. Ésa es la perspectiva que no debes perder: que hoy es uno de esos días distintos para bien. Por predisposición, por necesidad, por puro placer. Por seguir el consejo del agente Cooper y hacerte un regalo a ti mismo. Por qué no, en definitiva. Y una vez aceptada la validez de esa premisa inicial fíjala en la mente y protégela con uñas y dientes de los múltiples ataques a los que se verá sometida de manera constante y desde ya. Desconfía de las trivialidades cotidianas. No olvides que en más de una ocasión sentirte bien te ha provocado un devastador efecto secundario: la relajación de tus defensas contra los incidentes en apariencia anodinos que siembran las horas y que, como demuestran muchos estudios y experimentos llevados a cabo en las principales potencias mundiales, tienen un poder de destrucción tan violento e irreparable como el de la mina anti-persona más sofisticada. Por ello es vital que no bajes la guardia si en tu afán de limpiar tu mundo, por poner un ejemplo, te tomas la molestia de acercarte a la oficina bancaria de la esquina y hacer cola para pedirle a quien se encuentre detrás de la ventanilla que por favor proceda a darte de baja del sórdido servicio (cuya contratación ni siquiera recuerdas haber ordenado) por el que ayer recibiste un sms firmado por el Presidente del Banco de Santander felicitándote cordialmente el cumpleaños. No pierdas los nervios en caso de que, casi con total seguridad, el empleado de turno intente convencerte desde detrás de su cristal y su cara llena de dientes blancos de que sigas suscrito a tan emotiva y bienintencionada prestación. Muy al contrario, mientras leas el manojo de impresos rosas, verdes y amarillos cuyo cumplimiento te exigirán para proceder a la tramitación de tan sencilla anulación, debes pensar, repitiéndotelo mentalmente a modo de mantra si lo consideras conveniente, que al otro lado de la cristalera la luz, el aire y la temperatura siguen siendo los de un día especial. Un día lleno de oportunidades que cazar al vuelo, un día digno de ser estrujado hasta el último segundo. Certeza real o ficticia que, si te concentras y lo haces bien, mantendrás a salvo de las dudas y los miedos inherentes al ser humano en general o a algunos seres humanos en particular pese a que los spaghetti se te vuelvan a quemar en el fondo del cazo. Pese a que al mear tomes conciencia de que la taza del váter hace tiempo que olvidó su blancura para volverse del color del sarro de los viejos. Pese a que el único correo electrónico que llegue a tu bandeja de entrada sea uno de infojobs solicitando interesados en atender el teléfono a media jornada en una línea especializada en predecir el futuro. Y si mientras masticas pasta ennegrecida, o te sacudes las últimas gotas, o pulsas otra vez la pestaña del correo por si acaso, si mientras haces ésas u otras cosas intuyes que no, que la energía con la que despertaste empieza a escaparse hacia el mismo lugar imposible del que vino, deja lo que tengas entre manos y sal de donde estés. Ten claro que lo peor que puedes hacer si empiezas a flaquear es permanecer solo. Si te quedas ahí acabarás tumbado en la cama escuchando las canciones que siempre escuchas cuando notas que te estás viniendo abajo. Ésas que jamás han logrado mantenerte a flote. Las que siguen sonando cuando el hambre o las náuseas se vuelven imposibles de ignorar y te levantas de la cama con cuidado de no volcar el cenicero o las latas medio vacías. De eso nada. Sal a la calle, reclínate sobre el capó soleado de algún coche y recárgate un poco de energía aunque sólo sea para corroborar que no has perdido la capacidad de sudar. Y entra en el primer negocio que encuentres abierto. Cómprate cualquier cosa. Unas zapatillas, medio kilo de patatas. Lo que sea. Dale las gracias efusivamente al dependiente, incluso intenta abrazarlo de repente, como si jamás en tu vida te hubieran atendido tan bien. Y si ni por ésas te sonríe excúsale pensando que quizá su hija de doce años esté acariciándose la escasa pelusa que le queda en el cráneo mientras adelgaza y adelgaza y se muere de cáncer entre las sábanas ásperas de la cama de un hospital. Da igual si es verdad o mentira. Lo único importante es que consigas convencerte de que es verdad. Eso te hará sentir levemente más afortunado, más vivo. Te dará el impulso suficiente para decidir que al fin ha llegado el día en que eres capaz de llamarla y quedar con ella. Al fin y al cabo, no te engañes, es bastante probable que esto que te pasa tenga que ver con ella. Y no puedes seguir posponiendo el momento. Afróntalo de una vez. Quiere que haya normalidad entre vosotros. Quiere que os llevéis bien. Que haya buen rollo. Quiere poder decir “voy a tomarme un café con un amigo” cuando quede contigo, un par de veces al año. Y en el fondo sabes que es muy normal que desee esa paz anodina y aburrida. Sí, es normal y hasta es bueno, y lo sabes tan bien que te sientes bastante sucio por no haber correspondido a sus deseos durante todo este tiempo. Por eso concentra en un par de movimientos todo lo que de positivo queda dentro de ti: saca el móvil del bolsillo y marca su número. Aleja el auricular de tu oreja unos centímetros; evita escuchar nada más que las palabras que te dirija. Nada de exponerse a percibir sonidos desconcertantes detrás de su voz: risas, música, el tono grave de un tipo, el ruido de alguien que friega tazas de café en la cocina. No, eso está de más. Cíñete a mantener con ella una conversación rápida y bastante sencilla. Pregúntale cómo está y corta su respuesta cuando empiece a dar demasiados detalles. Proponle ir a dar una vuelta. No dudes sobre la conveniencia de seguir adelante con tu último y definitivo ritual purificador del día cuando ella sugiera que os veáis en la heladería de siempre. Si asocias la dulzura de un helado al recuerdo de una vez hace años en que ella te dijo que no eras más que un crío y que siempre lo serías, haz lo posible por obviarlo. Y haz lo mismo con el recuerdo de otra vez y otra y otras en que te dijo lo mismo. Ve hasta donde dejaste el coche anoche, deja la bolsa en el asiento del copiloto, arranca y pon rumbo a esa heladería de barrio. Cuando estés por las inmediaciones acuérdate de poner la radio. Algo de música de ésa que sabes que le gusta, por si acaso ella te ve pasar. No te preguntes si sus gustos musicales habrán cambiado tanto como sus gustos en materia de estética masculina; sobre eso no tienes la información suficiente para responder. No te vengas abajo si tardas en encontrar sitio para aparcar. Es probable que en esa recta final te tiente la posibilidad de pisar el acelerador y alejarte de allí quemando ruedas y cagándote en la puta. No lo hagas; mañana te arrepentirías. Además, quién sabe: imagina por un momento que te recibe de un modo muy diferente al que te temes. Imagina que te dice que te quiere un montón y que no puede vivir sin ti. Sin riesgo no hay gloria: tienes que aparcar ahí mismo, en doble fila, y cruzar el parque que te separa de la terraza donde ya crees vislumbrar su pelo rojo y sus gafas de sol. Procura acercarte a ella caminando con aire despreocupado. Vale, ahora que te ha visto y te saluda con la mano y te sonríe te resulta más difícil andar con naturalidad. Tienes la impresión de que tus piernas han decidido desacompasar sus movimientos, como si cada una precisara una orden individualizada para seguir en marcha. No te preocupes: simplemente estás nervioso. Relájate. Tu paso es normal y tu aspecto también. Eres una persona normal haciendo algo tan normal como reunirse después de mucho tiempo con la persona a la que quiere pero que ya no le quiere; tampoco es para tanto. ¿Ves? Ya has llegado. Sécate con disimulo las manos en el pantalón, sonríe sin que te tiemblen las comisuras y salúdala con un Hola, qué tal estás. Dale un beso en la mejilla. Cuidado con la inercia: nada de dos. Sólo un beso. Que se dé cuenta de que no eres uno de sus nuevos amigos ni su actual suegro. Que sea consciente de que sigue habiendo cierta especialidad en vuestro trato y que al menos quieres conservar ese pequeño éxito. Después empieza a hablar. Así, muy bien, qué quieres tomar, cómo va el trabajo, si ya se ha sacado el carnet de conducir. Y mientras te contesta quita los puñeteros codos de la mesa y échate hacia atrás en la silla para que vea que no tienes ninguna necesidad de estar lo más cerca posible de ella. Saborea tu helado de chocolate y plantéate fugazmente cómo es posible querer a alguien cuyo sabor favorito es la avellana. No te olvides de preguntarle por su perro y frunce el ceño en señal de preocupación cuando te informe solemnemente de que al pobre le tuvieron que operar de apendicitis hace un par de meses. Y a partir de ahí pónselo fácil y sé tú el que saque el tema en cuestión. Dile que sientes haberte comportado como un imbécil y que te encantaría mantener una relación sana y amistosa con ella. Puede que al pronunciar esas palabras algo se te rompa por dentro. Puede, incluso, que te sorprenda lo fácil que ha sido. Hasta es posible que te alegres de verdad al percibir la felicidad que le genera tu nuevo talante. Además, ya habrá tiempo para nuevas estrategias. De momento no la cagues y correspóndele con sinceridad muscular cuando ella premie tu buena actitud con un abrazo, y cómete la cucharada de avellana helada que te ofrezca evitando pensar en la lengua de un caballo que agacha el morro ante un simple azucarillo. Disfruta del momento, incluso. Por fin un poco de paz y armonía, tan verdaderas o falsas como las de cualquiera. Sí, disfrútalas. Y sobre todo no dejes de hacerlo si da el caso de que ella te diga que ayer el nuevo le pidió que se fuera a vivir con él. Puede que sea un poco difícil, pero que no se te borre de la cara esa expresión tranquila que hacía tanto que tus facciones no conseguían reflejar. Concéntrate. Ahora sí: actúa. Sobreactúa. Ni pestañees cuando recrees con todo lujo de detalles la cajita de terciopelo azul Tahití con ribetes de hilo dorado trazando una constelación de estrellas en que ella te diga que el tipo le ofreció una copia de las llaves de su casa. No parpadees cuando te diga que le hace mucha ilusión. No, haz todo lo que creas necesario pero no tires por la borda todo este esfuerzo. Intenta contagiarte de la milésima parte de la alegría que irradian esos niños que juegan al fútbol ahí en el parque. Contempla la despreocupación con que esos gorriones del tendido eléctrico rotan sus cabezas trescientos sesenta grados como si todo cuanto les rodea fuera precioso y digno de su ávida atención. Y si eso no basta sumérgete dentro de ti y saca fuerzas de órganos vitales cuya existencia ni siquiera conocías. Desciende hasta tu mismísimo nivel celular y exprime un buen puñado de ellas hasta notar en las manos la humedad de una sustancia brillante que bajo ningún concepto debes confundir con tu asqueroso sudor aunque no sea más que eso. Y esta vez, al menos esta vez, deséale que todo le vaya muy bien, que sea muy feliz o algo por el estilo para dar cumplimiento al happy end que mandan los cánones. Luego, de vuelta en tu coche y tras retirar el boletín de una multa del parabrisas, ya tendrás tiempo para otras reacciones. Lanzar una a una el medio kilo de patatas contra los transeúntes o regalarle tus zapatillas a un paralítico. Cosas así.
Nada al cubo (2)
Andaba pensando en los meses de alquiler que debo cuando vi una pintada. Decía ESTE MURO ES MÍO. Me pareció un buen microrrelato.
El hombre limpia la piscina. No es suya, es de los que viven en este edificio de una zona rica de la ciudad. Pero el hombre procura no pensar demasiado en ello. Se limita a hundir el recogehojas y distraerse observando los reflejos del sol en el agua azul caribe. En uno de los mete-saca rescata una mariquita. Aún mueve las patas. Lo más digno que he hecho en mi vida es salvar la tuya, le dice al insecto justo antes de comérselo.
-Buenos días.
-Y una mierda.
Un montón de tiempo
Un montón de tiempo sin pasearme por ahí pero de repente se me viene todo encima y el cráneo empieza a palpitarme y a crujir como si estuviera sometido a la presión de diez o cien atmósferas y al poco me veo imprimiendo copias y más copias de mi currículum con la intención de entregarlas en cualquier negocio enorme o en cualquier negocio diminuto del centro de la ciudad y salgo a la calle con prisa y con la carpeta bajo el brazo y sin querer pensar demasiado en lo lógico u absurdo de mi decisión sino simplemente en llegar lo antes posible a mis destinos y poner mi futuro entero en manos de sus respectivos encargados, subencargados, responsables de personal o de cualquiera que sea el cargo que ostenten las caras que se parapetarán, seguro, tras el mostrador en cuestión. Caras idénticas, todas como alargados triángulos isósceles apuntando hacia abajo. No sé a vosotros, pero a mí casi todo el mundo me da la impresión de tener cara de triste triángulo isósceles, ya sea una joven resolutiva y con perfil comercial que tenga que decidir sobre mi idoneidad para ocupar un mierdoso puesto de trabajo, un viejo a quien vea dando de comer a los patos en algún estanque sucio o un niño que entra o sale del colegio cargando con una mochila más grande que él. Pero no nos desviemos del asunto. El caso es que por este barrio de mierda no pasa ningún bus en esa dirección así que me toca ponerme a patear kilómetros. Las cosas están como siempre. No es que hayan pasado años desde la última vez que anduve por las calles a media mañana pero debo reconocer que en el fondo soy un gilipollas porque nunca consigo matar del todo la esperanza de que en la próxima mirada que le eche al mundo lo vea un poco mejor. Pero qué va, ya digo, las cosas están como siempre. Lo único distinto es el frío. Ya ha llegado. Un frío de cojones pero casi mejor así porque sudar entre toda esta basura en movimiento me haría sentirme aún más sucio. Y mejor también no haber pillado el autobús. Por alguna razón siempre me toca sentarme junto a uno de esos especímenes de humanoide que no pueden mantener la boca cerrada. Aunque no te conozcan de nada, aunque por tu lenguaje no verbal intuyan que de no ser por la severa condena que castiga el asesinato ya les habrías cortado el cuello y arrancado las cuerdas vocales. Siempre hay alguien dispuesto a plantar su culo en el asiento de al lado e iluminar tu día con una cháchara infrahumana sobre lo caras que se han puesto las acelgas y que la culpa de todo la tiene el gobierno o que a su nuera le han detectado un cáncer de mama o a su hijo un cáncer de huevos o, en fin, cualquier otra cosa igual de fascinante. Y el charlatán o charlatana de turno –seamos políticamente correctos- no se contentará con ejercer ese incomprensible derecho social a derramar sobre tu cerebro hasta la última gota de su mierda vital. Ni de coña. De tanto en tanto hará una pausa y te mirará como intentando percibir en ti alguna reacción a su discurso, algo que le anime a proseguir su verborrea sin empezar a rumiar la idea de que quizá, sólo quizá, un quizá minúsculo y remotísimo pero un quizá al fin y al cabo, te trae sin cuidado su vida o su muerte y, obviamente, cualquiera de las palabras que pueda vomitar a través del megáfono que tiene por boca. De manera que mucho mejor no haber cogido el transporte público y poder así mantener la saludable distancia de seguridad con los peligros del mundo exterior. Lo malo es que no hay mecanismo de defensa capaz de borrar antes de que queden registradas en mi cerebro las imágenes que me entran por los ojos y recorren mis nervios ópticos en dirección a mi análisis y, lo que es peor, a mi memoria. No puedo hacer como que no veo a los yonkis que pululan por este barrio de mala muerte a la caza de cigarros, céntimos y, a veces, una simple interacción humana para la que no se sienten legitimados, a diferencia de los loros de autobús. La saliva que se les apelmaza en las comisuras de los labios se queda impregnada en mi cabeza, contaminándome un poco más. Me hace pensar en lo diferentes que pueden llegar a ser los objetivos vitales de seres que comparten el mismo mapa genético. Me hace imaginar el insuperable grado de felicidad que alcanzarían sus seres queridos simplemente si sus hijos o hermanos o padres politoxicómanos consiguieran vivir un día sin meterse nada en el cuerpo. Y por muy machacados física y psíquicamente que estén no puedo evitar envidiarles desde algún fondo tan siniestro como lúcido de mi entendimiento. Al fin y al cabo, ellos lo tienen fácil: les bastaría con desengancharse de un par de sustancias que en realidad ni siquiera necesitan para alcanzar el éxito a ojos de todo el mundo, de eso que llamamos Sociedad. Recuperarían su lugar en el mundo decente en tan sólo un momento. Podrían dar charlas en institutos o ser la estrella de la telebasura esa de Hermano Mayor que ponen en Cuatro. Serían modelos de dignidad, de superación, de humanidad, de toda esa mierda grandilocuente. Auténticos y deslumbrantes modelos de vida. Sí, ellos lo tienen fácil. Porque lo que de verdad es muy jodido es acabar recorriendo la ciudad para trabajar en cualquier cosa que podría desempeñar un chimpancé para tranquilizar tu mente, que cada cierto tiempo se te satura de miedos y convenciones y discursos paternalistas, y las mentes de aquéllos a quienes importas. Lo insondablemente jodido no es renunciar a lo que te inyectas en las venas sino a lo que corre por ellas generado por ti mismo. El asco que te produce el noventa y nueve por cien de lo que ves y escuchas cada día. El intenso dolor que puede suponer intentar jugar a un juego en el que de antemano sabes que no te van a tratar con justicia. Pero nadie apreciará el mérito de esa decisión. La gente que desea lo supuestamente mejor para ti considerará que el hecho de que ahora mismo estés andando triste y sin rumbo, totalmente perdido pero con diez currículums en una carpeta vieja, no merece ningún reconocimiento. Es lo que hay que hacer, y punto. Nada de quedarte en casa e intentar sacar adelante la novela, porque eso no se ve, eso nadie lo ve, ni lo mide, ni es capaz de decir cuántas horas al mes te lleva ni, por tanto, cuántos euros al mes tendría que reportarte. Qué tanto por cien de un coche nuevo. Qué tanto por mil de una hipoteca. Es lo que pienso mientras ando y ando y dejo atrás terrazas clónicas de bares de barrio clónicos plagadas de obreros de la construcción prejubilados aún más clónicos, que no pueden dejar de hablar de lo que hacían. Y me cruzo con comerciales encorbatados que nunca quisieron serlo que llaman a los porteros automáticos con la vergüenza y la angustia pintadas en sus caras afeitadas, y sigo pensando lo mismo. Igual que cuando veo a mujeres más viejas de lo que quisieran arrastrar acera arriba el carrito de la compra, esquivando las mierdas plantadas por perros más felices que todos nosotros juntos. Y casi puedo oír el sonido que emite nuestra belleza y nuestra vida entera al resquebrajarse. Creo que mejor me siento en este banco y tomo un poco el sol. Hace frío, sí, pero no hay ni una nube en el cielo y la luz cae tan limpia como lo haría si las cosas fueran un poco mejor aquí abajo; no puedo permitirme desperdiciar este regalo. Supongo que el drogata que aparece y se sienta a mi lado y mueve su boca desdentada para pedirme un cigarro y unos céntimos y menciona el frío que hace hoy piensa lo mismo que yo. Le doy lo que quiere, pero no me atrevo a pedirle un chute de lo suyo.
Esta humedad me va a matar. Es lo primero que oigo mientras viajo en el Saab de mi padre de vuelta a la urbanización, a la zona residencial, a casa. Carraspea y lo dice cuando ya hace un rato que hemos dejado atrás la estación de autobuses y los escaparates y los coches aparcados en zona azul. Sólo lo dice cuando lo que pasa al otro lado de las ventanillas ya no se puede llamar ciudad. Campos, descampados, naves industriales y otras cosas silenciosas que se extienden hacia el horizonte y que supongo le hacen oír demasiado lo que está pensando y le obligan a hablar de cualquier estupidez menos de lo que de verdad importa. Por ejemplo de que esta humedad le va a matar. Vale, es posible que al verme haya dicho Hola o haya emitido un gruñido parecido a un saludo. De hecho me ha parecido que me miraba a través del retrovisor y pronunciaba algo mientras yo metía mis cosas en el maletero. Pero lo cierto es que Esta humedad me va a matar es la primera frase de relativa complejidad que mi padre me dedica en mucho tiempo. Y yo no digo nada pero levanto la vista hacia el cielo nublado y no veo más que cielo nublado y luego la dejo caer pesadamente sobre las copas peladas de los árboles que bordean la carretera y zum-zum-zum-zumban al devolver rebotado el ruido del motor. Sus ramas están mojadas. Y la hierba y las señales de tráfico y los bancos del pequeño parque junto al que pasamos. Pero no hay gotas en el parabrisas y por un momento me pregunto si todo esto será cosa mía. Y en seguida pienso que qué más da, que el caso es que todo parece estar mojado y ser incómodo para sentarse a descansar o charlar o descansar y charlar. Todo, hasta o especialmente el asiento del copiloto/acompañante de este coche. Y es probable que la explicación sea que hoy vuelvo a casa después de seis años y tengo la impresión de que eso resulta mucho menos importante que el clima, las cotizaciones en bolsa o la nueva mesa de billar que encuentre en la sala de juegos en cuanto lleguemos.
Está empezando a oscurecer de verdad cuando nos detenemos en el puesto de control de acceso a la urbanización. Dentro ya no está el viejo de siempre. O el que para mí es el viejo de siempre. El que olía a tabaco, a alcohol y a sudor e iba mal afeitado pero resultaba agradable porque daba caramelos a los niños sin esperar nada a cambio. En vez de él, bajo el tubo fosforescente del techo de la garita hay un chaval casi imberbe que podría tener mi edad o quizá un par de años más y que tiene aspecto de no oler a nada en especial. Abre el ventanuco de la caseta y le da las buenas noches a mi padre y le sonríe de un modo que me parece sinceramente amistoso. Igual es porque tiene orejas de soplillo y en general una de esas caras feas pero que transmiten simpatía. Aunque a lo mejor, quién sabe, es un cabrón con algún interés oscuro. El infiltrado de una banda de atracadores albanokosovares o algo así. A mí me mira un segundo y me incomoda darme cuenta de que en realidad me siento incapaz de juzgarle. Sólo sé que si de ahora en adelante todo transcurre con normalidad veré a ese tipo casi todos los días. Y no me sorprende en absoluto que la barrera roja y blanca se levante y el coche arranque de nuevo sin que mi padre me presente al guardia de seguridad.
Nos adentramos en el entramado de calles de la urbanización y mi padre enciende la radio. Suena el último cd de Bruce Springsteen y es algo que no tiene nada de particular porque a mi padre siempre le ha encantado el Boss. Hubo una época en que yo también me aficioné. Por imitación, por estrechar lazos, no sé. Ráfaga de recuerdos mientras superamos badenes demasiado amarillos a la luz de los faros del coche. Debía de tener unos trece o catorce años. Menos de quince, eso seguro. Lo escuchábamos en el coche de camino al club náutico o a la clínica dental o a la fiesta en la casa de verano de algún amigo, vecino, conocido o colega. A veces incluso cantábamos discretamente los estribillos más reconocibles. En una ocasión mi padre me preguntó cuál era la canción que más me gustaba de todas las de Bruce. Por un momento me dio la impresión de que le interesaba realmente saberlo. No recuerdo con exactitud dónde íbamos pero sí que estábamos sentados en este mismo coche, en estos mismos asientos abatibles de diseño ergonómico, a un metro y poco de distancia el uno del otro, igual que ahora. Pero, en realidad, mucho más cerca que ahora. Porque también recuerdo que cuando me hizo esa pregunta sentí que nos aproximábamos el uno el otro. No físicamente, por supuesto. Lo que quiero decir es que noté que con un poco de suerte mi padre y yo podríamos llevarnos más o menos bien algún día. Fue un buen momento, aquél. Tengo la visión del perfil de mi padre recortado contra el trozo de cielo muy azul enmarcado en su ventanilla y el aire era tan agradable que por una vez no había conectado el climatizador. No sé qué le contesté ni si el me dijo la suya pero supongo que no importa gran cosa. Lo que cuenta es que aún pienso en aquel día como un día apacible, como uno de esos días en que sientes que quizá no estés en el sitio ideal ni con la gente perfecta pero al fin y al cabo tampoco estás tan mal. Nunca he vuelto a tener esa sensación. Y probablemente nunca vuelva a tenerla, pienso oyendo a Springsteen preguntarme si alguna vez he visto a un espantapájaros relleno de polvo y arena. Se me encoge el estómago y valiéndome de la vista intento dirigir mis pensamientos hacia cualquier otra parte. Pero afuera sólo hay enormes jardines negros y porches tenuemente iluminados y la tristeza es tan tangible que parece caer del cielo y arrastrarse por el pavimento. Así que me pongo a la defensiva conmigo mismo y me digo que la gilipollez de Bruce era uno de nuestros sucedáneos de comunicación, eso es todo. Mío y de mi padre, quiero decir, aunque en ocasiones también tenían cabida en él mi madre y mi hermano pequeño. Al fin y al cabo Springsteen es bueno, así que cualquiera puede utilizar su música para suplir carencias o llenar vacíos. Es lo que concluyo al tiempo que noto crecer a mi espalda, en los asientos traseros cuyo tapizado aún huele a nuevo, mis seis años de ausencia en viajes al extranjero, trayectos interurbanos e inclusos cortos y potencialmente peligrosos desplazamientos al centro comercial o al McDonald’s. E intento convencerme de que no había nada especial ni bonito en que nosotros también tuviéramos nuestros propios códigos para decir todas esas cosas que da vergüenza decir. Intento convencerme, en definitiva, de que no hay nada especial ni bonito en nada. Y apoyo la cabeza en el reposacabezas y me pongo a divagar un poco mientras mi padre conduce y yo intento controlar el ritmo de mi respiración sin que se me note demasiado el esfuerzo que ello me supone y ambos subimos y bajamos callados como muertos por las laderas de las colinas artificiales que hacen que este sitio se llame ridiculamente Beautiful Hills. Divago y me planteo cuántas personas en el mundo se encontrarán ahora mismo en el interior de un coche intentando encontrar cierto consuelo, fuerza, valor, ánimo, comprensión, esperanza, redención en la música de un artista endiosado al que jamás conocerán. Y me respondo que muchas, muchísimas, y cierro fuerte los ojos y quiero creer que empiezo a tranquilizarme un poco.
Llegamos al final de la amplia avenida de acceso a la urbanización y en la bifurcación mi padre toma el camino más largo para dirigirse a casa. No coge el que lleva directo a la zona de las villas más altas, donde se encuentra la nuestra, sino el que recorre las faldas de las colinas y luego, ya casi en la valla, gira y sube convertido en una pista de tierra llena de baches que sólo usa la patrulla de seguridad un par de veces cada noche para controlar que nadie intenta traspasar el perímetro. Sé que lo hace para no pasar por delante de la casa de mi amigo Jota. O del que fue mi amigo Jota. Mi familia le culpa a él y seguro que la suya a mí, no hace falta ser muy listo para suponerlo. Así que tomamos el camino más largo, absurdo y cobarde, pero no protesto. Porque me asusta la posibilidad de pasar ante su casa y que él esté recogiendo el correo del buzón o lanzándole una pelota a su perro o cualquiera de esas cosas que se hacen en sitios como éste y me vea y ni siquiera me dedique un gesto con la cabeza. Me da miedo que ya no seamos amigos después de toda esta gran mierda. Así que no protesto. Y cuando por fin salimos de la pista de tierra y el coche empieza a deslizarse suavemente por el asfalto que me conducirá a casa miro por el retrovisor y veo empequeñecer nubes de polvo de formas terribles y muy rojas al resplandor de las luces traseras. Y no puedo dejar de preguntarme si el infierno me perseguirá siempre o si algún día se cansará de mí.
Empezó hace algo más de seis años. Quizá pueda verse en Youtube. Empieza con Jota y conmigo un viernes por la noche en un cajero automático, dispuestos a llenarnos los bolsillos con el dinero de nuestros padres y pillar una de nuestras primeras borracheras sin sospechar que iba a ser la última en mucho tiempo. En la grabación de la cámara de seguridad se nos ve fumar torpemente y pasarnos entre risas sin audio una botella de Licor 43. En blanco y negro. También se ve un bulto al fondo. Un montón de mantas y trapos aplastado contra un rincón. Un vagabundo durmiendo o intentando dormir de espaldas al mundo. Huele a orines y a infección y a borracho, aunque eso no lo capta la cámara. Igual que tampoco capta que en cierto momento el tipo murmura que le demos un par de cigarros, por favor. Entonces yo desaparezco de la imagen y le dejo cuatro en un casillero de ésos que en horario de atención al público se utilizan para depositar las cosas metálicas cuando el arco detector se pone a pitar. Y tampoco se ve que me acabo el cigarrillo que estoy fumando pero como soy maravillosamente joven y quiero sentirme malo o algo por el estilo me llevo otro a los labios y le digo a Jota que me pase el mechero. Eso sí se ve en el vídeo: el Zippo Selection del padre de Jota centelleando en blanco saturado mientras cruza volando la pantalla. Y lo siguiente digno de mención que aparece en la grabación soy yo con mi nuevo cigarro ya encendido, jugueteando con el mechero y mirando a la cámara de frente y luego intentando verme de perfil como casi todo el mundo hace en esa situación. Jota se ríe y me dice que estoy gilipollas. Y probablemente tenga razón, porque sin ningún motivo me acerco al indigente y le digo Eh, tienes el tabaco en ese casillero pero el tipo no contesta y lo que también queda fuera de campo aunque esté ocurriendo justo en el centro de la imagen es que entonces me planteo darle un pequeño golpe con el pie para que reaccione pero al instante pienso que darle una patada a un pobre hombre es un gesto objetivamente despreciable así que, igualmente sin ningún motivo, me veo acuclillado junto a sus pies descalzos haciendo rodar la piedra del encendedor. Una estupidez. Algo absurdo que novecientas noventa y nueve de cada mil veces se habría quedado en nada.
Pero supongo que así ocurren las cosas en ocasiones, casi siempre: sin motivo, sin sentido. Las cosas buenas y las cosas malas. Puedes convertirte en un héroe si eres el primero en pasar por el lugar de un accidente de tráfico y tienes mínimos conocimientos sobre primeros auxilios. O tu amigo y tú podéis convertiros en los peores monstruos del país si por la tele emiten un vídeo en que se ve cómo él te lanza un mechero caro, tú te agachas junto a un montón de harapos y un segundo después un mendigo está rodando por el suelo envuelto en llamas, llenando el aire del cajero de humo rojo que en la grabación parece simplemente gris. Y da igual que no tuvierais la menor intención de quemar a un hombre a lo bonzo. Da igual que no tuvierais ni puta idea de que un rato antes el tipo había estado mendigando con calcetines pero sin zapatos por la gasolinera de al lado. Da igual que estuvierais borrachos. Lo que cuenta es que sois dos chavales de familia bien muy muy bien, con todo a vuestra disposición para ser felices y hacer felices a los demás o como mímimo estar estúpidamente agradecidos al mundo, y en cambio habéis carbonizado a un homeless en vuestro tiempo de ocio. Por pura diversión, dirán. Por no tener ningún respeto hacia el ser humano. Por fascismo, por xenofobia y por muchos otros motivos que suenan tan mal si no se comentan en privado. Cosas así dijeron durante semanas en los medios de comunicación y cosas así dirán mañana cuando se publique la noticia de que me han puesto en libertad. Las asociaciones pro derechos humanos pondrán el grito en el cielo y acapararán un poco de telediario. Y en ningún momento se plantearán que a lo mejor no saben una mierda de lo que están hablando. Pero no me importa.
Lo que de verdad me tiene acojonado es que ya entramos en el sendero de grava que recorre nuestra parcela desde la entrada hasta el garaje con capacidad para tres utilitarios y donde también hay un quad de aspecto flamante que supongo le han comprado a mi hermano como parte de su terapia psicológica para sobrellevar lo mejor posible el apestoso asunto de su hermano mayor. Alguna que otra vez he imaginado este momento desde el centro de menores. Casi siempre por la noche, cuando uno se permite más licencias para la nostalgia y la pena. Cómo sería mi regreso. Si mi familia estaría esperándome en el porche y correrían a abrazarme gritando de alegría. Pero mi padre y yo salimos del garaje y la gravilla hace scratch scratch machacada por nuestros pasos y eso es lo único que se oye y se ve alrededor. Entonces, mientras abre la puerta principal de la casa, mi padre me dice Sé… amable con tu madre; ya lo ha pasado bastante mal. Y me siento como si hubiera dicho Sé bueno con tu madre; procura no joderle/jodernos la vida más. Me siento como un problema, como una vergüenza para la gente a quien quiero. Y supongo que es normal que así sea.
Una vez dentro la primera persona a la que veo es la sirvienta, la chica. Me dice Buenas tardes, señor, mi nombre es Luci y se ofrece a subir mi equipaje a la habitación. Tanto por su aspecto como por su forma de hablar llego a la conclusión de que es peruana. Aunque luego pienso que también podría ser filipina. Y durante unos momentos siento la imperiosa necesidad de resolver esa duda. Quiero saber con quién hablo. Quiero saber dónde estoy. Quiero ir recuperando el control. Estoy a punto de preguntárselo cuando se abre la puerta corredera del salón y aparece mi madre. Luce un bronceado de solárium y parece bien de salud. Pero a medida que se me acerca reparo en sus ojos, rojos y vidriosos, y en las bolsas oscuras que cuelgan debajo de ellos, demasiado evidentes a pesar del excesivo maquillaje. Y cuando me abraza y me dice que me quiere y que no sé cuánto me ha echado de menos y que estoy pálido y flaco la noto temblar de pies a cabeza y tengo muy claro que no se debe a la emoción del momento sino a causas mucho más desagradables. Sé que no voy a tener que recurrir a la reserva de recetas que el psiquiatra del centro ha tenido a bien extenderme. Sé que cada vez que lo necesite podré acudir al botiquín de esta casa y coger una pastilla de Dumirox, Dobupal o Cipramil. Pero sobre todo tengo claro que cuando le contesto que yo también la he echado de menos estoy diciendo la verdad. Y eso me hace sentir raro. Mucho más raro que cuando mi hermano pequeño sale de algún sitio y me da un frío y blando apretón de manos en el que se percibe desdén y cierto odio. Rencor, al menos. Y supongo que es normal que así sea.
Suena el teléfono. Es probable que el motivo de la llamada sea yo. Quizá mi abuela quiera felicitarme por mi libertad. Es curioso, pienso: felicitarme por mi libertad… uno nunca se plantea que alguna vez vaya a recibir tal enhorabuena. En cualquier caso, aprovecho la distracción de la llamada para alejarme de ese pequeño centro de cariño y dolor en que por mi culpa se ha convertido mi familia y subir a mi cuarto. Está tal y como lo dejé, lo cual resulta bastante triste porque entonces era un crío de quince años y ahora soy un ex convicto. Pero lo peor es que huele demasiado a cristasol y a spray multiusos. Multiusos amoniacal, igual que el que hasta ayer me suministraba el centro para limpiar mi celda. Ellos la llamaban habitación. Pero era una celda. Esto que veo ahora sí es una habitación. Pero huele como una celda. Como mi celda. Y al cerrar la puerta y apoyar la espalda en ella me pregunto si algún día dejaré de sentirme un preso. El póster de Cobain no me va a contestar. Ni los cd’s que ya no me gustan. Ni los libros de cuando era niño. Así que me acerco a la ventana y miro directamente a la noche oscurísima sin estrellas y a las colinas y al valle atravesado por una carretera, y la sigo con la vista hasta donde ya no puedo distinguirla y todavía más allá y quiero creer que conduce a un sitio tranquilo. Y luego vuelvo a mi entorno inmediato, al sitio en el que tendré que intentar volver a vivir, a las grotescas Beautiful Hills. Vuelvo a esta noche de zona residencial, tan aparentemente fácil y cómoda. Tejados de pizarra más negros que el cielo, el resplandor de alguna barbacoa nocturna y piscinas decoradas con luces subacuáticas. Parecen pequeños zafiros o pedazos de hielo flotando en medio de la nada. Brillando. Me asombra ser capaz de establecer ese símil. Y también me reconforta un poco.
Mi madre llama a la puerta. Me pregunta si me encuentro bien. Le digo que sí y ella me dice Tranquilo, baja a cenar cuando quieras, no hay prisa. Pero no se va; noto su presencia al otro lado de la madera. Quizá quiera estar lo más cerca posible de mí, me digo. Y tengo la tentación de abrir la puerta y volver a abrazarla. Pero no lo hago. Simplemente sigo mirando por la ventana y entonces oigo que mi madre empieza a sollozar en el pasillo, muy bajito. Eso también me reconforta. Me gusta que llore. No he oído llorar a mi madre en seis años, no la he oído llorar por mí. Si yo me permitiera una lágrima no pararía hasta morirme. Así que me gusta que lo haga ella. Que llore por mí de una puta vez. Por tener veintiún años, el coche que me dé la gana y no saber conducir. Por tener veintiún años y como única experiencia sexual un intento de violación en el centro por parte de un joven psicópata. Por tener veintiún años y no poder alejar de mis fosas nasales aquel olor a carne humana quemada. A pesar de lo bien que la chica ha limpiado mi celda.
Ésta es tu obra
Cuando te despides del tonto de la puerta empiezas a sentirte un poco más solo de lo habitual. De repente distancias abismales abriéndose más y más y más entre tú y todo cuanto has conocido en la vida. Incluso el murmullo de la radio que sale de la garita te llega en un idioma que no entiendes o que no existe, y no te sorprende lo más mínimo. Y ese hueco oscuro, húmedo y silencioso desgarrándote las tripas o quizás el corazón en el momento que le dices al tonto Bueno, tío, hasta la vista, mañana no vendré por aquí, cuídate. Ya sabes: de repente esa lejanía, ese vacío, ese agujero negro borrándote del mapa. Mucho más que soledad. Aislamiento. Probalemente exclusión. Siempre ha estado ahí, es cierto. Al menos lleva tanto tiempo ahí adentro que puedes decir/escribir sin que resulte exagerado que Siempre ha estado ahí. Pero ahora que en lugar de largarte lo antes posible sientes la necesidad absurda de detenerte para decirle adiós a un pobre tarado que ni siquiera sabe tu nombre, ahora te agarra de golpe esa Nada en toda su inmensidad negra y terrible. Expandiéndose como cáncer. Comiéndote de dentro a afuera. Y notas cómo te difuminas todavía un poco más cuando el retrasado alza su voz por encima del zumbido de las turbinas y del planc plan bum bum de toneladas de maquinaria pesada que atraviesa los muros de cemento armado y te pregunta Por qué te vas. Nada más. Ni una exclamación de sorpresa, ni un comentario de solidaridad. Sencillamente te pregunta Por qué y espera tu respuesta mirándote fijamente con sus ojos inexpresivos. Ojos de pez. Esos peces bobos que boquean durante horas contra el cristal de su acuario hasta que deciden que lo mejor que pueden hacer es ponerse a mordisquear su propia cola. De hecho, te lo has encontrado unas cuantas noches pajeándose en el armario de los productos de limpieza o en un descansillo de las escaleras. Siempre se sube la bragueta como lo haría un crío sorprendido en plena travesura. Así que es fácil entender que te lo pregunte igual que lo haría uno de esos estúpidos peces naranjas si tuvieran capacidad de fonación. O igual que lo preguntaría, pues eso, un niño de cinco años o un borderline como él. Alguien que de verdad no entiende lo que está pasando. Alguien que de verdad muestra interés -remoto pero interés al fin y al cabo- por entenderlo. Al menos es lo que parece. Lo malo es que el gilipollas que tienen en la puerta trasera y que lo único que hace es barrer las colillas de la acera cada diez minutos no es la persona ideal ante la que maldecir la crisis, el egoísmo de todos los patrones del universo y, particularmente, cagarte en la puta madre de tu jefe. Vuestro jefe. De manera que sólo aciertas a decirle que el jefe ya no tiene dinero para pagarte. Y desde su lógica obtusa e implacable el tarado te pregunta Pero ¿quién enrosacará ahora las tuercas de los coches? Así le resumiste una noche parecida a ésta tu trabajo en la cadena de montaje. Una noche parecida a ésta y a todas, en realidad, en que la oscuridad no cae lenta y acogedora de las lucecitas que brillan en el cielo a miles de años luz, no, sino que más bien parece salir reptando de los alcorques plagados de mierdas e insectos sucios, de las alcantarillas y de los ojos rojo esputo de las ratas que se pasean por ellas. El caso es que sin ninguna necesidad, seguramente sólo por hablar un rato con alguien aparentemente inofensivo, incapacitado para juzgarte, le contaste con palabras que entendería un alumno de primaria lo que hacías seis días a la semana en la superfactoría que él vigilaba, vigila y vigilará mañana como un fiel perro guardían. Igual de estúpido, husmeando el aire con un hocico igual de baboso. Y a estas alturas tampoco tiene mucho sentido marear al pobre tipo. Ya tiene bastante con ser, probablemente, el hijo bastardo de alguno de los directivos. O algo aún peor, vete a saber. Total, que renuncias a aportarle cualquier información más ajustada a la realidad y te limitas a contestarle Tranquilo, ya han encontrado a otro que ajustará esos tornillos tan bien como yo y por la mitad de sueldo. Y notas que tus palabras le alivian. El pobre cabrón está realmente fidelizado por la compañía. Aunque de inmediato la preocupuación vuelve a invadir su entrecejo superpoblado. Y tartamudeando un poco pone en tus manos su insignificancia entera y te dice si crees que el jefe seguirá teniendo dinero para pagarle a él. Es curioso, piensas, hasta los subnormales se preocupan de sí mismos más que yo. Le respondes que claro, que su trabajo en la puerta de la fábrica es insustituible, que nadie podría hacerlo mejor que él. Entonces el tipo resopla teatralmente, llevándose una mano al pecho. Te sonríe dejando ver una fila de dientes que parecen de leche, demasiado pequeños, blancos y separados para ser los de un hombre unos diez años mayor que tú. Te suelta Que te vaya bien. Y nada más. Ni un gesto de ánimo, ni uno de esos ofrecimientos que se hacen por quedar bien. Nada de Bueno, tío, si necesitas cualquier cosa… Sencillamente te suelta Que te vaya bien y se aleja canturreando hacia su garita. Y qué vas a decirle/hacerle; no es más que un tonto. Y aunque no lo fuera tendrías que esperar justo lo mismo.
En fin. Subes al autobús de la empresa que te devolverá a casa por última vez y mientras esperas que se llene con los trabajadores que acaban el turno 14-22 te sientes un poco más solo de lo habitual. Te entretienes observando cómo crece el flujo de coches que allá en la autovía te deslumbran con sus faros al tomar el desvío hacia el complejo industrial en el que has malvendido los dos últimos años de tu vida. Son los peones del turno 22-06, acudiendo como enjambres de abejas obreras a la llamada del polen. La hipoteca, el colegio privado de sus hijos. La puta tele de plasma. Todos esos reclamos para patos humanos. Los de tu turno poco a poco van saliendo de las duchas y se desperdigan por los asientos del vehículo. Delante y detrás de ti. A tu alrededor. Desde que la crisis aprieta son muchos los que se dejan el coche en casa y usan el servicio de transporte de personal de la empresa, así que el autobús va casi lleno de vuelta a la ciudad. Y es una mierda porque nunca te ha gustado mucho la gente. Ni te gusta que el aire huela a moqueta polvorienta y a gel de baño pero la mayoría de tus compañeros de viaje aún tengan restos de grasa grasa grasa en las uñas. Tú también. Pero estás seguro de que hoy a ti te molesta más que a ellos llevar la huella de tu trabajo (antiguo trabajo) marcada en el cuerpo. Porque de golpe toda esa suciedad externa e interna ha dejado de verse disimulada por unos cuantos euros y un descuento especial si decides comprarte un utilitario de la compañía. Te han privado de un plumazo de todas esas recompensas -o meras compensaciones, sin más, simples placebos para no convertirte en un francotirador o un saboteador de transportes escolares- desde que hace un par de horas pidieron por megafonía que acudieras al despacho del jefe de personal. Si el mundo fuera justo o simplemente habitable, exactamente del mismo modo -de cuajo, con meticulosidad y para siempre- un par de señoritas de buen ver contratadas al efecto por la empresa deberían haberte limpiado la mierda que has tragado gracias a ellos o por culpa de ellos durante todo este tiempo. Haberte borrado de la memoria la porción de vida que has tirado a la basura en ese sitio que empequeñece en la luna trasera del bus, haberte pedido perdón por todas las cosas que no has podido hacer por tener que cumplir escrupulosamente tu turno de trabajo. Pero en lugar de eso el subordinado del subordinado del jefe de personal te ha explicado lo que hay (justo así: esto es lo que hay) y te ha dado un cheque y las gracias por los servicios prestados. Y ahora, sentado entre hombres cansados, algunos tatuados y unos pocos que podrían haber sido actores de hollywood o técnicos de laboratorio y otros muchos calvos y absolutamente todos evidentemente asqueados de sí mismos por mucho que de tanto en tanto una risita seguro que de génesis obscena -es lo único que queda- brote de algún punto del pasaje, te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo te convertiste en un jodido gilipollas. Por qué coño le has devuelto el agradecimiento a ese oficinista estirado en lugar de pegarle una patada en los cojones y abandonar la factoría convertido en leyenda aunque sólo fuera por unos días. Al menos ahora tendrías algo digno en que ocupar el cerebro en lugar de limitarte a mirar el paisaje nocturno que se desliza a veces rápido y a veces lento al otro lado de la ventanilla. Arcén y más arcén y señales de tráfico y manchas de aceite y un perro gris o sucio reventado con la mirada mate vuelta hacia las estrellas. Y piensas eso y otras cosas por el estilo. Tu cabeza se empeña en susurrarte cuando ya es demasiado tarde ideas según las cuales podrías haber salido de las oficinas más dignamente. Haberte largado a tiempo. Haber tenido el valor suficiente. Haber prescindido del qué dirán y haberte dedicado a escribir gracias a algún subisidio social o a alguna beca de ésas que les dan a los que tienen la cara de soltarle al funcionario de turno que son artistas desde que nacieron y que eso es mucho más duro de lo que parece y merecen beneficiarse de la bolsa y la vida que tú en la cadena de montaje y otros como tú en altos hornos, almacenes o panaderías os dejáis cada día. Ja. Y si no gracias a lo que te dieran por malvender tu viejo coche o pintar el chalé de algún conocido acomodado. Desde luego, lo que te resulta nauseabundo es haberles concedido la oportunidad de echarte como lo han hecho, como si fuera lo más normal del mundo. Como si te hubieran hecho un favor por pagarte una miseria a fin de mes durante estos años de tragar su estiércol, de tener que pedir permiso para ir a cagar, de no tener tiempo para sentirte un ser humano. Pero ahora te toca joderte porque eres un cobarde y un perdedor, te dice ese susurro, o quizá sólo demasiado permeable a la podredumbre que ataca y ataca todos los días en cuento pisas la calle. Y lo oyes perfectamente porque la radio del bus está enchufada pero ni voces ni música salen de los altavoces incrustados en el techo enmoquetado, sobre tu cabeza. Sólo emiten un zumbido magnético, iónico, eléctrico o como coño llamen a ese ruido irritante los técnicos de radio. Y, claro, te oyes demasiado bien mientras te dices que igual toda esta mierda es culpa tuya y sólo tuya.
Luego bajas del autobús y ya no te apetece despedirte de nadie. Tampoco nadie se despide de ti. Algunos obreros por los que no darías un céntimo, que imaginabas borrachos o drogados el tiempo que no estuvieran en el trabajo, se suben al asiento del acompañante de coches detenidos en doble fila y se alejan calzada arriba o abajo. Coches de personas que se han tomado la molestia de ir a recoger a esos seres tan poco interesantes con los que has compartido sudor y náusea durante dos años-siglos. Y de pronto te entran ganas de marcar El Puto Número a ver si esta vez hay suerte y te coge el teléfono. O puede que llevaras meses queriendo hacerlo. Da igual. El caso es que marcas 6 etcétera, y el resultado es el de siempre. Entonces el supervacío aumenta aún más entre tus costillas y se traga tu estómago y tus pulmones y tu corazón y ya no sientes arcadas ni te sacude la tos ni maldices tu suerte. Solamente andas sin ser consciente de ello en dirección a casa, como arrastrado por el caudal de una acequia pestilente, pensando que quizá lo mejor será empezar a comportarse de una vez como una verdadera rata. Adaptarse, aceptarse y demás, todo ese rollo de manual que la psicóloga te soltó durante tres o cuatro meses. Puede que por eso casi no te duela la visión de un grupo de adolescentes de aspecto simiesco -ellos- y de aspecto resudado -ellas- y de aspecto pura escoria -todos- chillando en el banco de un parque. Beben vino de tetrabrick y bailan como animales torpes o adeptos en trance la música entremezclada que se eleva de los móviles de última generación que todos llevan en la mano. Por primera vez en años los dejas atrás sin desearles la muerte porque comprendes que no tiene sentido seguir engañándote. Al fin y al cabo ellos son los trinfadores de la teoría de Darwin. Los que se adaptarán al medio mucho mejor que tú. Los que dentro de un lustro o puede que menos decidirán si el banco para el que trabajen te concede un préstamo para seguir tirando-tragando un tiempo más, por ejemplo. Y mientras notas que flaqueas definitivamente, que ya no hay vuelta atrás, pasas precisamente frente a uno de esos sitios. Una caja de ahorros, para ser exactos. Radiantemente iluminada con halógenos blancos que se proyectan a través de las cristaleras hasta tus pies. Hace esquina, así que tiene el aspecto de un gran cubo de cristal deslumbrante. Y con esos cajeros automáticos de diseño parecería la sala aséptica de mandos de una nave espacial si no fuera por el yonki que duerme o sólo descansa o simplemente se muere sobre el suelo de mármol. Justo bajo el stand de cartón lleno de folletos ilustrados con caras de niños africanos o chinos o sudamericanos que sonríen al bendito mundo occidental mostrando lo blanquísimos que tienen los dientes gracias a la obra social de esa entidad. Ésta es tu obra es el eslogan con el que subrayan lo bueno que es hacer el bien. Si tienes una cuenta corriente y a fin de mes te sobran cincuenta céntimos. Si no siempre puedes probar suerte en el concurso de relatos que organizan cada año. Pero procura escribir algo bonito y decente, como su empresa. Como la empresa de la que acaban de despedirte. Como la gente que anda por la calle y canta en Operación Triunfo. O como tu cuarto vacío.

