Entradas Etiquetadas con: ‘móvil

22
abr
12

Memes intr-antisistema

Media tarde.

El domingo pasado cambiaron la hora.

60 minutos más de luz al día.

Estaría bien aprovecharlos.

El sol baña las fachadas

Y las naranjas bordes

De los árboles

Y los hombros de las chicas

En tirantes.

Las alas de las moscas

Enjambradas

Alrededor de un contenedor

Sin recoger

Reflejan el sol.

Un cd-espantapájaros

Centellea en el balcón del quinto.

Un niño pasa comiendo

Un helado amarillo limón.

Todo está envuelto en un

Resplandor dorado.

Al menos eso

Me parece a mí.

¿Esperanza?

¿Fe?

¿Autoengaño?

También la terraza de la esquina

Y la que hay un poco más

Abajo.

Todas las mesas ocupadas.

Gente vieja y gente joven,

El pasado y el futuro

Bronceándose como lo que somos,

Criaturas casuales

Al amparo de una

Estrella benévola,

Por el momento.

Pero sin saberlo.

Algunos se remangan,

Otros se repantigan en su asiento.

Gafas de sol y cerveza.

Sí, el aire envuelto en una especie de

Espuma

Dorada.

Un chaval pasa a mi lado

Hablando por el móvil.

Dice que hace un día

Estupeeendo

para ir a la manifestación.

Después cenarán humus en casa de Lluvia.

Es posible que diga Luna.

Qué más da.

Sigue hablando por el iPhone.

La tertulia política de los jueves,

Ya sabes…

Apúntate, tío,

Cuantos más

Mejor.

Yo sigo

Andando

Deseando

Que la voz al otro lado de la línea

Le haya contestado

Vete a tomar por culo.

Deseando que un haz

De rayos gamma

Lo reduzca a

Fosfatina

A él,

A Luna/Lluvia,

A sus amigos y enemigos

-los mismos a fin de cuentas-…

En definitiva a todos esos

Que se creen

Legitimados

Para salvarme

La vida

A su modo.

Sigo

Andando

Pensando

Que eso de

Cuantos más

Mejor

Es

Sin duda

La mentira mejor implantada

De la historia de la Humanidad.

Si Larra levantara la cabeza

Volvería a volársela

A los cinco segundos.

Un día a la semana para

Debatir con amigos mientras bebes vino caro.

Y, claro, tienes que ir.

Un día al año para

Protestar contra quien lleva pisándote toda la vida.

Y, claro, tienes que hacerte oír.

Un día de tu vida para

Sentirte un revolucionario dentro de los márgenes delimitados para revolucionarte.

Y, claro, debes aprovecharlo.

Y más ahora que

Acaban de regalarte

Una hora de sol.

No llueve, no hace frío.

Es el día ideal.

Mañana ya ficharás

Y le lamerás el culo al jefe.

Mañana, igual que el que vota

Lo contrario que tú

-lo mismo a fin de cuentas-,

 Ya consultarás el saldo

De tu cuenta en el banco,

El verdadero culpable.

Pero no sacarás la pasta,

Eso seguro.

Seguirás

Haciendo girar

La rueda

Desde dentro,

Desde muy dentro,

Desde tan adentro como te dejen.

Y darás las gracias

Por ello.

Y no notarás el menor peso

Sobre tu conciencia

Porque no será

El Día

Señalado para notarlo.

16
feb
11

Ascenso en picado

Hay un hombre a tres mil metros sobre el nivel de mar. La población más cercana queda un kilómetro y medio por debajo de su posición. Y tendría que ascender quinientos metros más para pasar la noche en el refugio que no sale en su mapa pero que según le juraron en el bar de allá abajo construyeron el año pasado. Sin embargo, para cuando lo alcanzara ya sería de día. Así que va a tener que dormir dentro de la tienda de campaña.

Se está preparando la cena. Unos polvos mágicos que se transformarán en sopa supervitaminizada al entrar en contacto con el agua que empieza a hervir en el cazo sobre el hornillo. Ojalá todas las mezclas fueran tan sencillas y perfectas. Ese deseo y el calorcillo del fuego le relajan un momento pero solo el tiempo preciso para que el contraste se imponga obligándole a percibir el viento que agita el plástico por todas partes con un flap-zzrup-floop etcétera que no deja resquicio al silencio. El tiempo preciso para que se dé cuenta de verdad de dónde se encuentra.

Y entonces, durante un instante, siente ese miedo primario que en puridad solo los niños pueden sentir. Se imagina fosforescentes manos huesudas golpeando la tienda. Se imagina bocas de dientes descarnados haciendo ventosa contra el aislante. Y luego el viento aúlla con una fuerza aún más salvaje y el hombre siente un escalofrío y se pregunta hasta qué punto está seguro de que el último lobo de la zona pisara el cepo de un furtivo casi una década atrás. Tal vez su miedo se deba a que cuando el cielo se convirtió por completo en noche lo único que se veía era un mar de nubes grises y negras y alguna aquí y allá del color púrpura de los ojos tras las hostias y que estaba a años luz de resultar bonita. Se pregunta qué probabilidades tiene de ser alcanzado por un rayo. Y qué probabilidades tiene de sobrevivir si tal cosa llega a ocurrir. Le suena que una vez lo supo, que lo acertó durante una partida de Trivial jugada hace mucho tiempo. Una tarde de verano con cerveza helada y crepes de chocolate y música que salía de un radio-cassette, cuando todo era mucho más fácil o al menos lo parecía. Y ahora le invade la certeza de la inutilidad de muchas de las cosas que ha aprendido. O que ha llegado a saber por una razón u otra. Todo inútil ahora, aquí arriba, temblando de frío y asustado por terrores infantiles y por la brutal contundencia de saber que su mujer se muere en la cama de la habitación 308.

Le gustaría llamarla, pero faltan años para que se invente el móvil. Bueno, lo cierto es que ya está inventado pero, más allá de los usos militares, solo está al alcance de un puñado de altísimos ejecutivos. Además, aunque sus ganas de hablar con ella son tan fuertes que no le dejarán dormir en toda la noche y se jugaría la vida encantado bajando a toda velocidad hasta el pueblo, tiene que cumplir lo que le prometió. Es ahora o nunca. Un par de semanas como mucho, le susurró el doctor en un aparte. En el pasillo de la tercera planta, junto a una máquina de cafés que zumbaba y vibraba sin mostrar el menor respeto por la situación. En medio de visitantes que entraban y salían de las habitaciones con ramos de flores y sonrisas gigantescas y periódicos bajo el brazo, como si la actualidad conservara algún sentido cuando detrás de la puerta se muere la gente.

Así que es ahora o nunca. Tiene que coronar la montaña mañana y fotografiar el paisaje por última vez. Y en esta ocasión solo. Luego le llevará las fotos al hospital. Y a ella le encantarán, seguro. Dirá que cada vez hay menos verde y más cemento en el valle pero que aún así es el rincón más bonito que jamás verá. Y esta vez será absolutamente cierto. Pero él no sabe si puede hacer todo eso sin fantasear demasiado con la idea de cortar la cuerda en pleno ascenso. No, no sabe si puede hacerlo. Ni si debe hacerlo. Ni siquiera sabe si quiere contribuir de un modo tan activo al punto final. Y el agua ya hace tiempo que se ha enfriado y lo cierto es que da igual porque no tiene apetito y lo que de verdad le gustaría es quedarse ahí sentado, con el frío y los monstruos y lo irreversible al otro lado del plástico protector. Pero eso es imposible. En cuanto se haga de día tendrá que ponerse en marcha hacia la cima porque sabe que de no hacerlo le esperarán todavía muchas más noches de insomnio que las que ya tiene concertadas hasta el día que se muera.

05
ago
10

Viva el verano

No sé si es culpa del calor pero me cuesta dios y ayuda escribir en verano. Más exactamente en vacaciones. Me siento aquí y ni una de las ideas que anoche me parecían buenas o al menos aceptables consigue estirarse en la pantalla. Porque casi siempre vienen de noche, cuando estás a punto de dormirte. Supongo que es porque a esa hora, en la frontera entre los dos mundos, uno tiene la guardia baja y cualquier cosa parece superar los filtros de la lógica, la vis narrativa y hasta el talento más vulgar. Pero el caso es que al día siguiente me levanto, repaso mis historias bajo la lluvia helada de la ducha y me siento bien al comprobar que lo único que se ha escurrido por el desagüe es el sudor reseco. Que todo lo demás sigue ahí dentro, tan claro como anoche, dispuesto a que lo utilice. Entonces me hago un café y me lo traigo al ordenador, y empiezo a teclear. Pero al momento estoy borrándolo y enseguida reempiezo y vuelvo a borrar y así una y otra vez hasta que me cago en mi vida y elimino definitivamente el archivo y me voy a dar una vuelta a la manzana o me pongo una peli que ya he visto o me tiro en el sofá imaginando dónde me iría si pudiera permitirme un viaje de verdad.

A veces pienso que la razón de este estancamiento es que en vacaciones la parte de mí que me obliga a perder el tiempo escribiendo echa en falta su dosis diaria de mierda como si fuera una droga de la que se nutriera para mantenerse alerta frente a lo que se mueve alrededor. Y creo que mi suposición no va desencaminada. Con dosis de mierda me refiero a los horarios esclavizantes, las formalidades sociales, la capacidad para ensanchar las tragaderas ante el descomunal caudal de estupidez de mis jefes. La prisa. Sentirse solo. El silencio del móvil únicamente roto por los mensajes publicitarios de Vodafone. Sorprenderte a ti mismo yendo a última hora del día a comprarte unos pantalones para tener una novedad que estrenar por la mañana. La escasez de tiempo que invertir en uno mismo o malgastar en uno mismo. En fin, todo eso que de manera casi inconsciente te obliga a exprimir los pocos ratos en que puedes encontrarte contigo.

De manera que puede que esté mal, es verdad, que lo bueno, bonito e incluso barato fuera tener todo un arsenal de gilipolleces que contar y olvidar. Ir llenando el blog. Preocuparse por mantener un ritmo constante de visitas. No sé, escribir inofensivos cuentos infantiles o historias de amor inmortal o haikus pretenciosos. Centrarme en eso que llaman literatura juvenil o en la novela rosa y andar por ahí diciendo que soy escritor. Imagino que así todo sería mejor y más fácil. Pero por suerte o por desgracia no puedo.

Y empiezo a ir de mal en peor a medida que acumulo días en blanco. Se me genera una especie de estrés diferente al que me acompaña cuando la vida es la habitual que va creciendo y creciendo hasta que en el momento más insospechado, mientras me compro el desodorante o le doy cincuenta céntimos al mendigo de la esquina, ese agobio desaparece de golpe para dar lugar a algo parecido al desencanto. Un sentimiento de vacío que hace que los veinte días que me quedan de vacaciones parezcan una rutina tan narcoléptica como la de siempre. Una megadosis de mierda densa y apestosa de altísima calidad ideal para bucear en ella tan a gusto y a salvo como si flotaras en líquido amniótico y ver lo que se pesca a dentelladas.

 

Así que, no sé, pongamos que te sumerges en la vida virtual de los demás, que al fin y al cabo es el recurso más inmediato, discreto y seguro del que valerse. Amigos, conocidos, primos lejanos. También personas cuya vida o muerte te resulta indiferente. Y gente a la que te quieres follar sin esforzarte demasiado o gente que se te quiere follar sin esforzarse demasiado. Gente facebook, por resumir. Y lees que una chica ha escrito que anoche de madrugada recibió un sms desde una cabina. Explica que estaba escrito en inglés y que le dio mucho miedo porque decía: Hacer tesoros con lengua engañosa es vanidad fugitiva de quienes buscan la muerte (Proverbios 21:6 BJ2). Y le comentas que te parece genial, que eso es un mensaje y lo demás son tonterías. Y ni siquiera te preocupas de comprobar si ella te replica con un jaja porque apostarías tu mano y la conservarías a que ella va a replicarte con un jaja y alguna frase tan anodina como la tuya. Y ahí acaba la ficción de interacción, de comunicación. Alargarla sería indecoroso; las reglas que rigen el mundo internáutico son muy estrictas al respecto: frases cortas, nada de estirar la goma porque se romperá y te golpeará con fuerza en todo el ojo. Así que no puedes hacer nada más que olvidarte del asunto y dejar que el verano siga su curso hasta que una nueva chorrada te dé pie a intercambiar unas palabras muertas con algún otro de tus absurdos contactos. Pero si lo piensas un poco concluyes que hasta pagarías por recibir un sms de ese tipo en plena noche. Por que esa historia abandonara la pantalla y cobrara vida en tu teléfono a las cuatro de la mañana. Probablemente el mensaje de un bromista aún más aburrido que tú, pero que podrías convertir en la amenaza de un psicópata buscado por la Interpol que por alguna razón incomprensible te ha seleccionado como su siguiente víctima. Un motivo más que digno para apreciar un poco más tu pequeña existencia al recorrer la casa con miedo de que alguien salga de detrás de una puerta con un cuchillo de caza en la mano, anhelando la luz del nuevo día.

 

Pero acabas durmiéndote y despertándote sin recibir amenazas de muerte ni nada que te haga sentirte vivo en el sentido en que quieres sentirlo. El nuevo día es luminoso, sí, pero en la forma en que lo es el foco de quirófano que alumbra tumores y órganos enfermos: objetivo, analítico, quirúrgico. Cruel en la precisión con que te revela la precariedad de las cosas, las personas, los colores. Tu exterior y tu interior.

 

Por eso aún no son las nueve y ya estás conduciendo por la ciudad cuando ni siquiera te gusta conducir. Pero qué vas a hacer… hay pocas alternativas aparte de engañarte pensando que si quieres puedes alejarte, irte, desaparecer trazando círculos concéntricos alrededor de tu vórtice inevitable.

El sol está bajo pero ya quema y se refleja en las pantorrillas rojísimas de un grupo de extranjeros que cruzan por el paso de cebra. Pones el aire acondicionado y piensas cómo serán sus vidas en Noruega. Qué les parecerá lo que están viendo. Por qué consideran que esa fachada merece tres o cuatro fotos. Y no eres capaz de responderte nada tranquilizador, nada que te lleve a concluir que si vivieras en la otra punta del mundo la realidad sería mejor.

Por suerte unos golpecitos en la ventanilla te apartan por un momento de la espiral. Un hombre de rasgos asiáticos te ofrece un par de paquetes de kleenex luciendo una deslumbrante sonrisa. No, gracias. Un ambientador aroma pachuli. No, gracias. Un puñado de mecheros. Tampoco, gracias. Luego te pide un cigarro llevándose el índice y el corazón a los labios. En contraste con la mugre de sus uñas sus dientes adquieren una blancura casi imposible. Bajas la ventanilla, se lo das y la subes de nuevo. Y vuelves a cuestionarte cosas mientras lo observas alejarse por el retrovisor hacia los coches que ahí detrás del tuyo dispuesto estoicamente a recibir tres o cuatro negativas más. ¿Este tío no sería más feliz ordeñando cabras en alguna ladera del Himalaya? ¿Qué pasa por la mente de alguien para dejarlo todo y ganarse la vida derritiéndose como un chicle sobre el asfalto de una ciudad de la que seguramente nunca en su vida había oído hablar? Y sobre todo: ¿por qué coño sonríe constantemente?

Tampoco esta vez encuentras respuestas más o menos fiables a las preguntas, pero te hace sentir bien el hecho de experimentar un sentimiento parecido a la admiración mientras ves al inmigrante empequeñecer en el espejo. Al menos ese hombre, si un día alguien se molesta en preguntarle algo más que el precio del papel de fumar, tendrá algo interesante que contestar. Que contar.

 

De eso se trata, a fin de cuentas, de no quedarse callado. Hablar, actuar, moverse. No ser un sumidero sin fondo. Compartir, comunicarse. Ser más o menos humano.

Todas las mañanas a las siete un loro o algo por el estilo canta/grazna/grita en algún punto de los alrededores más inmediatos durante exactamente trece minutos. Un chillido rasposo de seis segundos de duración cada dieciocho. Entra nítido por la ventana, como una cuchilla sonora trepanándote el cerebro. Un despertador de cojones que además suena muy cerca. Y todos los días me levanto de la cama como un gilipollas, cojo de la mesita la pistola de aire comprimido que después de mucho rebuscar encontré en la caja del scalextric que hay en el armario del que fue mi cuarto en casa de mis padres, me asomo y busco el origen de los gritos. Llevo así dos meses y todavía no he dado con el bicho. Ni rastro. Estoy casi seguro de que viene del edificio de enfrente. Un barrio viejo, la fachada opuesta a no más de siete metros. Si conservo una mínima parte de la puntería que tenía cuando de pequeño me llevaban a la feria el pájaro tiene los días contados. Pero para eso tengo que localizar al hijoputa. Debe de quedar oculto tras alguna barandilla. He hecho guardia durante horas tras la persiana  a la espera de que alguien salga al balcón y se ponga a hablar con una especie de amigo imaginario. O levante una jaula para darle unos besitos en el pico a su maldita mascota. Pero de momento nada de nada. Así que todo este asunto sólo me ha servido para averiguar que la parejita del tercero B pasa droga de diez a dos y que recién levantada la del cuarto A no está tan buena como cuando la ves comprando el pan. Ni de coña.

 

Hablando de chicles y de semáforos, el otro día, puede que el mismo día que el del vendedor pakistaní, mi camino tropezó con el de una mujer-chicle. Estaba esperando que se pusiera en verde y se detuvo a mi lado una scooter pilotada por eso, una mujer-chicle. Probablemente mujer sea una palabra demasiado grandilocuente para definir al ser en cuestión. No sé, digamos que era una entidad de sexo femenino, por lo menos en apariencia, vestida de rosa desde las medias hasta los guantes de piel, que supongo usaba para no estropearse la manicura, me juego la vida a que también rosa. No creo que sea necesario decir de qué color eran el ciclomotor y el casco. Y supongo que a nadie le sorprenderá leer que su pelo era más amarillo que el que desarrollaba Goku al convertirse en superguerrero. Mascaba chicle, tenía la piel ultrabronceada, muy cercana a la tonalidad naranja ladrillo, y llevaba unas Ray-Ban rollo Harry El Sucio que le cubrían aproximadamente el noventa por cien de la superficie de la cara. Con todo, lo que más me sobrecogió, creo que hasta el punto de forzarme una mueca, fue la pegatina de una barbie que lucía en el carenado. Ella debió verme porque sin dejar de mascar me dedicó un insulto que pude leer claramente en sus labios. Creo que nunca antes había sentido tantas ganas de matar a alguien. Pensé seriamente qué pasaría si diera un volantazo y me la llevara por delante. Sé que no tiene mucho sentido, pero quería convertir su rosa en rojo. Por alguna razón estaba y estoy convencido de que aquel ser no tenía ninguna cualidad humana, y de que sin embargo su vida era y es mucho más digna que la mía.

 

Es muy peligroso entrar en determinados estados. Lo pensaba mientras ordenaba los frascos de especias por orden alfabético.

24
jun
10

Coge el teléfono y llama

En cuanto suene el despertador coge el teléfono y llama. No te preocupes por el tono soñoliento de tu voz. Es el mismo que el que tendría una persona resfriada, y sólo tú sabes que no lo estás. Vale, carraspea un poco si te quedas más tranquilo. Pero no impostes la voz, no tosas, no te tapes la nariz; la farsa se notaría más. No sobreactúes. No actúes siquiera. Limítate a ser tú y sólo tú por una vez. De manera que deja de dudar y llama. Diles que hoy no irás a trabajar. Invéntate cualquier cosa sobre la marcha; servirá; no son tan listos como les gusta hacerte creer. ¿Qué van a decirte? ¿Qué estás mintiendo? Verás como no, verás como no se atreven. Te dirán que no te preocupes y que te mejores y en cuanto cuelgues te desearán la muerte por haberles dado los buenos días regalándoles un porcentaje extra de trabajo. Que se jodan. Hazles caso sólo en lo primero: no te preocupes, mejórate. Porque aunque no estés enfermo necesitas mejorarte como el que más, y lo sabes. Y nada mejor que tomarse un respiro para depurar la mayor cantidad posible de la mierda que has acumulado dentro durante años. Suéltala poco a poco, ya sabes: nada de prisa, nada de ansia: tienes todo el día por delante. Aprovecha para hacer las cosas que el ritmo hostil de tu vida te impide hacer normalmente. Acércate a la ventana y observa el exterior. Comprueba que el aire que os mantiene medio vivos a ti y a otros diez millones de ciudadanos está tan contaminado como siempre. Pero comprueba también que por alguna razón hoy no te importa. Porque hoy es uno de esos días que hacía tanto que no vivías. Hoy has roto la rutina y te sientes fuerte con respecto a lo de fuera. Mañana será otro día, pero hoy es hoy. Así que exprímelo al máximo. Respira hondo. Acódate en la repisa disfrutando de esa rara sensación de no tener nada urgente que hacer. Ráscate los huevos largo y tendido sin tener la impresión de que al hacerlo estás malgastando los preciosos segundos que deberías dedicarle a tomarte de un trago el café. Luego hincha los pulmones, a tope, hasta que te duelan todos los espacios intercostales, mantén el aire ahí un momento, como si fuera algo valiosísimo de lo que no quieres desprenderte, y luego suéltalo despacio mientras levantas la cara hacia el cielo. Y dedica un instante más de lo habitual, aunque sólo sea un instante más que cero instantes, a intentar encontrar un calificativo que precise el significado del color azul que va cobrando intensidad ahí arriba. Porque sí, está despejado pero el sol no te ciega porque es lo bastante pronto para que todavía quede detrás de las azoteas desconchadas, las antenas dobladas y los futuristas repetidores telefónicos de los edificios de alrededor. Y lo más importante, recuerda: no tienes prisa. Sigue mirando hacia arriba hasta que las cervicales te empiecen a crujir. No te asustes si ocurre enseguida; es normal. Lo que debe inquietarte es haber dejado pasar tanto tiempo sin pedirle a tu cuerpo otra cosa que teclear informes ante un ordenador o vender filtros de agua de casa en casa o lo que sea que hagas de ocho a ocho. Por eso, déjalo estar cuando se te agarrote el cuello; tampoco es cuestión de causarte una contractura que arruine tu día libre. Así que, con independencia de haber encontrado o no el adjetivo idóneo para describir la luz que cae de las alturas, es momento de dejarlo estar y pasar a otra cosa. Al fin y al cabo eso carece de importancia, no son más que palabras. Lo que de verdad cuenta es que ese resplandor, ese aire y esa temperatura exteriores te parecen, por muy vulgares que seguramente sean en términos objetivos, los de un día especial. Por ejemplo como los que envuelven el momento en que se ve por primera vez el mar. O mejor como la atmósfera del momento en que se enseña por primera vez el mar a un niño pequeño rebozado de protector solar, que se asusta y se alegra al mismo tiempo y que llora y ríe poniendo caras casi idénticas y que chapotea frenético cada vez que una ola tan minúscula como incomprensible le alcanza las rodillas obligándole a replantearse su mundo entero. Por qué ha pasado su corta vida a remojo en una bañera de plástico, qué otras maravillas le regalarán sus padres si algún día vuelven a encontrar tiempo para meterlo en el asiento trasero del coche y conducir hasta un poco más allá del centro comercial. Ésa es la perspectiva que no debes perder: que hoy es uno de esos días distintos para bien. Por predisposición, por necesidad, por puro placer. Por seguir el consejo del agente Cooper y hacerte un regalo a ti mismo. Por qué no, en definitiva. Y una vez aceptada la validez de esa premisa inicial fíjala en la mente y protégela con uñas y dientes de los múltiples ataques a los que se verá sometida de manera constante y desde ya. Desconfía de las trivialidades cotidianas. No olvides que en más de una ocasión sentirte bien te ha provocado un devastador efecto secundario: la relajación de tus defensas contra los incidentes en apariencia anodinos que siembran las horas y que, como demuestran muchos estudios y experimentos llevados a cabo en las principales potencias mundiales, tienen un poder de destrucción tan violento e irreparable como el de la mina anti-persona más sofisticada. Por ello es vital que no bajes la guardia si en tu afán de limpiar tu mundo, por poner un ejemplo, te tomas la molestia de acercarte a la oficina bancaria de la esquina y hacer cola para pedirle a quien se encuentre detrás de la ventanilla que por favor proceda a darte de baja del sórdido servicio (cuya contratación ni siquiera recuerdas haber ordenado) por el que ayer recibiste un sms firmado por el Presidente del Banco de Santander felicitándote cordialmente el cumpleaños. No pierdas los nervios en caso de que, casi con total seguridad, el empleado de turno intente convencerte desde detrás de su cristal y su cara llena de dientes blancos de que sigas suscrito a tan emotiva y bienintencionada prestación. Muy al contrario, mientras leas el manojo de impresos rosas, verdes y amarillos cuyo cumplimiento te exigirán para proceder a la tramitación de tan sencilla anulación, debes pensar, repitiéndotelo mentalmente a modo de mantra si lo consideras conveniente, que al otro lado de la cristalera la luz, el aire y la temperatura siguen siendo los de un día especial. Un día lleno de oportunidades que cazar al vuelo, un día digno de ser estrujado hasta el último segundo. Certeza real o ficticia que, si te concentras y lo haces bien, mantendrás a salvo de las dudas y los miedos inherentes al ser humano en general o a algunos seres humanos en particular pese a que los spaghetti se te vuelvan a quemar en el fondo del cazo. Pese a que al mear tomes conciencia de que la taza del váter hace tiempo que olvidó su blancura para volverse del color del sarro de los viejos. Pese a que el único correo electrónico que llegue a tu bandeja de entrada sea uno de infojobs solicitando interesados en atender el teléfono a media jornada en una línea especializada en predecir el futuro. Y si mientras masticas pasta ennegrecida, o te sacudes las últimas gotas, o pulsas otra vez la pestaña del correo por si acaso, si mientras haces ésas u otras cosas intuyes que no, que la energía con la que despertaste empieza a escaparse hacia el mismo lugar imposible del que vino, deja lo que tengas entre manos y sal de donde estés. Ten claro que lo peor que puedes hacer si empiezas a flaquear es permanecer solo. Si te quedas ahí acabarás tumbado en la cama escuchando las canciones que siempre escuchas cuando notas que te estás viniendo abajo. Ésas que jamás han logrado mantenerte a flote. Las que siguen sonando cuando el hambre o las náuseas se vuelven imposibles de ignorar y te levantas de la cama con cuidado de no volcar el cenicero o las latas medio vacías. De eso nada. Sal a la calle, reclínate sobre el capó soleado de algún coche y recárgate un poco de energía aunque sólo sea para corroborar que no has perdido la capacidad de sudar. Y entra en el primer negocio que encuentres abierto. Cómprate cualquier cosa. Unas zapatillas, medio kilo de patatas. Lo que sea. Dale las gracias efusivamente al dependiente, incluso intenta abrazarlo de repente, como si jamás en tu vida te hubieran atendido tan bien. Y si ni por ésas te sonríe excúsale pensando que quizá su hija de doce años esté acariciándose la escasa pelusa que le queda en el cráneo mientras adelgaza y adelgaza y se muere de cáncer entre las sábanas ásperas de la cama de un hospital. Da igual si es verdad o mentira. Lo único importante es que consigas convencerte de que es verdad. Eso te hará sentir levemente más afortunado, más vivo. Te dará el impulso suficiente para decidir que al fin ha llegado el día en que eres capaz de llamarla y quedar con ella. Al fin y al cabo, no te engañes, es bastante probable que esto que te pasa tenga que ver con ella. Y no puedes seguir posponiendo el momento. Afróntalo de una vez. Quiere que haya normalidad entre vosotros. Quiere que os llevéis bien. Que haya buen rollo. Quiere poder decir “voy a tomarme un café con un amigo” cuando quede contigo, un par de veces al año. Y en el fondo sabes que es muy normal que desee esa paz anodina y aburrida. Sí, es normal y hasta es bueno, y lo sabes tan bien que te sientes bastante sucio por no haber correspondido a sus deseos durante todo este tiempo. Por eso concentra en un par de movimientos todo lo que de positivo queda dentro de ti: saca el móvil del bolsillo y marca su número. Aleja el auricular de tu oreja unos centímetros; evita escuchar nada más que las palabras que te dirija. Nada de exponerse a percibir sonidos desconcertantes detrás de su voz: risas, música, el tono grave de un tipo, el ruido de alguien que friega tazas de café en la cocina. No, eso está de más. Cíñete a mantener con ella una conversación rápida y bastante sencilla. Pregúntale cómo está y corta su respuesta cuando empiece a dar demasiados detalles. Proponle ir a dar una vuelta. No dudes sobre la conveniencia de seguir adelante con tu último y definitivo ritual purificador del día cuando ella sugiera que os veáis en la heladería de siempre. Si asocias la dulzura de un helado al recuerdo de una vez hace años en que ella te dijo que no eras más que un crío y que siempre lo serías, haz lo posible por obviarlo. Y haz lo mismo con el recuerdo de otra vez y otra y otras en que te dijo lo mismo. Ve hasta donde dejaste el coche anoche, deja la bolsa en el asiento del copiloto, arranca y pon rumbo a esa heladería de barrio. Cuando estés por las inmediaciones acuérdate de poner la radio. Algo de música de ésa que sabes que le gusta, por si acaso ella te ve pasar. No te preguntes si sus gustos musicales habrán cambiado tanto como sus gustos en materia de estética masculina; sobre eso no tienes la información suficiente para responder. No te vengas abajo si tardas en encontrar sitio para aparcar. Es probable que en esa recta final te tiente la posibilidad de pisar el acelerador y alejarte de allí quemando ruedas y cagándote en la puta. No lo hagas; mañana te arrepentirías. Además, quién sabe: imagina por un momento que te recibe de un modo muy diferente al que te temes. Imagina que te dice que te quiere un montón y que no puede vivir sin ti. Sin riesgo no hay gloria: tienes que aparcar ahí mismo, en doble fila, y cruzar el parque que te separa de la terraza donde ya crees vislumbrar su pelo rojo y sus gafas de sol. Procura acercarte a ella caminando con aire despreocupado. Vale, ahora que te ha visto y te saluda con la mano y te sonríe te resulta más difícil andar con naturalidad. Tienes la impresión de que tus piernas han decidido desacompasar sus movimientos, como si cada una precisara una orden individualizada para seguir en marcha. No te preocupes: simplemente estás nervioso. Relájate. Tu paso es normal y tu aspecto también. Eres una persona normal haciendo algo tan normal como reunirse después de mucho tiempo con la persona a la que quiere pero que ya no le quiere; tampoco es para tanto. ¿Ves? Ya has llegado. Sécate con disimulo las manos en el pantalón, sonríe sin que te tiemblen las comisuras y salúdala con un Hola, qué tal estás. Dale un beso en la mejilla. Cuidado con la inercia: nada de dos. Sólo un beso. Que se dé cuenta de que no eres uno de sus nuevos amigos ni su actual suegro. Que sea consciente de que sigue habiendo cierta especialidad en vuestro trato y que al menos quieres conservar ese pequeño éxito. Después empieza a hablar. Así, muy bien, qué quieres tomar, cómo va el trabajo, si ya se ha sacado el carnet de conducir. Y mientras te contesta quita los puñeteros codos de la mesa y échate hacia atrás en la silla para que vea que no tienes ninguna necesidad de estar lo más cerca posible de ella. Saborea tu helado de chocolate y plantéate fugazmente cómo es posible querer a alguien cuyo sabor favorito es la avellana. No te olvides de preguntarle por su perro y frunce el ceño en señal de preocupación cuando te informe solemnemente de que al pobre le tuvieron que operar de apendicitis hace un par de meses. Y a partir de ahí pónselo fácil y sé tú el que saque el tema en cuestión. Dile que sientes haberte comportado como un imbécil y que te encantaría mantener una relación sana y amistosa con ella. Puede que al pronunciar esas palabras algo se te rompa por dentro. Puede, incluso, que te sorprenda lo fácil que ha sido. Hasta es posible que te alegres de verdad al percibir la felicidad que le genera tu nuevo talante. Además, ya habrá tiempo para nuevas estrategias. De momento no la cagues y correspóndele con sinceridad muscular cuando ella premie tu buena actitud con un abrazo, y cómete la cucharada de avellana helada que te ofrezca evitando pensar en la lengua de un caballo que agacha el morro ante un simple azucarillo. Disfruta del momento, incluso. Por fin un poco de paz y armonía, tan verdaderas o falsas como las de cualquiera. Sí, disfrútalas. Y sobre todo no dejes de hacerlo si da el caso de que ella te diga que ayer el nuevo le pidió que se fuera a vivir con él. Puede que sea un poco difícil, pero que no se te borre de la cara esa expresión tranquila que hacía tanto que tus facciones no conseguían reflejar. Concéntrate. Ahora sí: actúa. Sobreactúa. Ni pestañees cuando recrees con todo lujo de detalles la cajita de terciopelo azul Tahití con ribetes de hilo dorado trazando una constelación de estrellas en que ella te diga que el tipo le ofreció una copia de las llaves de su casa. No parpadees cuando te diga que le hace mucha ilusión. No, haz todo lo que creas necesario pero no tires por la borda todo este esfuerzo. Intenta contagiarte de la milésima parte de la alegría que irradian esos niños que juegan al fútbol ahí en el parque. Contempla la despreocupación con que esos gorriones del tendido eléctrico rotan sus cabezas trescientos sesenta grados como si todo cuanto les rodea fuera precioso y digno de su ávida atención. Y si eso no basta sumérgete dentro de ti y saca fuerzas de órganos vitales cuya existencia ni siquiera conocías. Desciende hasta tu mismísimo nivel celular y exprime un buen puñado de ellas hasta notar en las manos la humedad de una sustancia brillante que bajo ningún concepto debes confundir con tu asqueroso sudor aunque no sea más que eso. Y esta vez, al menos esta vez, deséale que todo le vaya muy bien, que sea muy feliz o algo por el estilo para dar cumplimiento al happy end que mandan los cánones. Luego, de vuelta en tu coche y tras retirar el boletín de una multa del parabrisas, ya tendrás tiempo para otras reacciones. Lanzar una a una el medio kilo de patatas contra los transeúntes o regalarle tus zapatillas a un paralítico. Cosas así.

21
jun
10

El viaje

Su padre era metódico, organizado y, sobre todo, puntual. Por eso le extrañó que en el último momento, cuando ya habían desayunado y cargado el maletero, le pidiera que esperara un momento, que tenía que ir al baño. Vale, una necesidad física es una necesidad física, y hasta la persona más cuadriculada antepone su satisfacción al simple hecho de cumplir el horario previsto. Pero incluso teniendo eso claro le sorprendió que su padre la dejara un par de minutos en la acera para vaciarse a última hora la vejiga. Pensar en la palabra vejiga le hizo pensar en la palabra uretra y ésta, por una vía bastante directa, la llevó a la palabra polla. Y un instante después estaba imaginándose a su padre meando, con todo lujo de detalles. Se sintió incómoda. Sacudió un poco la cabeza y miró hacia la puerta de casa. Seguía entornada y el débil resplandor que bajaba desde el cuarto de baño del piso de arriba rellenaba el hueco de un color entre amarillo y ocre que le resultó casi irreal a esas horas, las cuatro y treinta y uno de la mañana según su móvil. Igual que le pareció extraño el sonido burbujeante del chorro de orina de su padre, nítido a pesar de las paredes que se interponían entre el mismo y sus oídos. Un chorro que parecía precipitarse a intervalos cortos y rápidos en el agua de la taza, como si expulsar aquellos residuos le supusiera un gran esfuerzo al propietario del pene, que, otra vez, volvió a visualizar con sobrecogedor realismo. Tiene que ser cosa de la próstata, se dijo para poner cierta frialdad científica a los absurdos pensamientos que le pasaban por la cabeza. Y le maravilló la posibilidad de haber prestado tanta atención a la lección sobre el aparato genital masculino que había medio escuchado en clase la semana pasada mientras, en su mesa de la última fila, grababa con compás su inicial y la de ella a ambos lados de una equis.

Volvió a iluminar la pantalla de su teléfono y ni siquiera el último de los dígitos que componían la hora exacta había mutado. Resopló. No era sólo que no le apeteciera en absoluto pasar el día entero codo con codo con su padre. Al fin y al cabo vivía con él y estaba acostumbrada a soportar su presencia con aparente indiferencia. O con una hostilidad indemostrable, que viene a ser lo mismo que lo anterior cuando se tiene dieciséis años. Además, aunque era cierto que hacía por lo menos tres años que no salía de caza con su padre y que ella habría aplazado gustosamente la jornada otros tres más, el plan en sí no le disgustaba tanto en lo que no tenía que ver irremediablemente con él. Un poco de sol, un poco de aire puro, esas cosas que dicen los fanáticos de la vida sana, entre los que incluía a su padre. Y a la menor ocasión se las apañaría para escabullirse y pasar la mayor cantidad de horas posible fumando el mayor número posible de porros subida en alguna rama, sin preocuparse por una vez de que él olisqueara el humo. Para acabar de fortalecer su ánimo pensó que si trepaba lo suficiente podría recibir una mínima señal de cobertura gracias a la que comprobar si su novia la había llamado o escrito algún sms para hacerle más fácil el día.

Eso era lo que hacía de aquella excursión padre-hija un panorama tan poco atractivo. Estaba convencida de que él aprovecharía un altísimo porcentaje de los minutos del día para volver a poner en duda el amor que ambas se tenían. Le diría por enésima vez que a su edad era imposible estar segura de lo que sentía, que aquello acabaría cayendo por su propio peso, que no se creara una fama de la que después seguro se arrepentiría.

Oyó voces calle arriba y enseguida un par de sombras salieron de detrás de una esquina. Caminaban en dirección a ella dando traspiés y hablaban alto y se reían, y cuando pasaron debajo del cono pálido de una farola comprobó que eran dos chicos del pueblo de al lado que iban a su mismo instituto. Supuso que vendrían de la fiesta de la que había oído hablar durante toda la semana. Ninguna de las dos había sido invitada, y ambas se habían enorgullecido de ello. Les gustaba tener el mundo en contra, por lo menos a ella. Sentía que así su unión se reforzaba, se volvía casi épica. Cuando los chicos la vieron aminoraron el paso y se callaron un momento. Luego cuchichearon algo que no pudo oír y rompieron a reír de manera frenética, casi teatral. Ella estaba decidida a mantenerles la mirada sin ni siquiera contestar al saludo que le dirigieran. Ensayó mentalmente la cara más despectiva y desafiante con la que corresponder a la mención expresa o tácita a su condición sexual que sin duda le iban a dedicar. ¿Dónde está tu novia? o ¿Por qué no habéis venido a la fiesta…? Había muchas parejas. Pero en lugar de eso, cuando pasaron junto a ella manchando el aire de un aroma denso y dulzón le hicieron un comentario muy gráfico y muy poco irónico sobre el tamaño de sus tetas que la descolocó por completo. Tanto que instintivamente bajó la mirada hacia su pecho. En ese momento su padre apareció en la puerta de casa. Los dos chicos volvieron a estallar en carcajadas y salieron corriendo hasta un ciclomotor que había aparcado unos metros más allá. Sus risas todavía se oían por encima del ruido del escape cuando la luz roja se desvaneció en la oscuridad dejando atrás un rastro de olor a semen y alcohol. Y ella deseó que su padre no hubiera escuchado nada. Que el azar no le hubiera dado pie para empezar su asqueroso discurso ya, a las cuatro y treinta y dos de la madrugada.

Por si acaso nada más subir al asiento del copiloto se provocó un bostezo que le quedó bastante convincente y se encogió de cara a la ventanilla en una forma parecida a la posición fetal. Su padre le pasó la mano por el pelo y le preguntó si tenía frío, y ella se replegó un poco más y le contestó que estaban en junio. Y luego se hizo la dormida mientras al otro lado del cristal pasaban árboles negros y campos negros y alguna que otra casa casi igual de negra. Hasta que se quedó dormida.

Recuperó la consciencia con la voz de un locutor radiofónico que leía el boletín informativo de las ocho.

-Buenos días otra vez –le dijo su padre-. Hemos acertado; han dicho que vamos a tener buen tiempo por aquí.

Ella se preguntó cómo sabía que se había despertado pero durante un par de minutos no dijo nada al respecto ni al respecto de ninguna otra cosa. Se concentró en asumir la perspectiva de tener que interactuar mínimamente con él y, bostezando de verdad, se enderezó en el asiento.

-¿Falta mucho? –preguntó al fin aunque sabía que no.

Recordaba aquel paisaje. Recordaba aquel paisaje años atrás a la misma hora del día, tan cegador como ahora. El sol bajo y grande formando enormes lagos de luz y enormes charcos de sombra entre las montañas. Los chopos más altos de cuantos flanqueaban un pequeño arroyo allá abajo aprovechándose los primeros de toda esa energía dorada ascendente que encendía la parte superior de sus copas verdes y blancas. El embalse tan azul oscuro como el cielo todavía en parte nocturno, que ya se vislumbraba tres o cuatro curvas más adelante. Sólo faltaba su madre volviéndose para mirarla sonriente desde el asiento que ahora ocupaba ella. O volviéndose enfadada. Estando, respirando. Viva, al fin y al cabo.

-En cinco minutos llegamos.

La chica tardó un rato en continuar la conversación, pero al final lo hizo.

-Buenos días otra vez –dijo, y bajó la ventanilla.

El viento la despeinó su pelo corto y le secó los ojos y le metió por la nariz una mezcla de olores verdes y de tufo a asfalto y de polvo viejo acumulado en la tapicería, y todo ello hizo que se sintiera ligeramente mejor. Más insignificante, menos culpable. Algo así como la mejor versión posible de sí misma después de reconocerse como víctima o simple producto del azar. Por lo que entendió que no tenía mucho sentido regodearse en las dificultades de su diminuta vida. ¿Para qué buscar más problemas? ¿Por qué no darle al hombre que manejaba el volante tarareando una canción irreconocible la oportunidad de tener una relación normal con su hija? Se metió la mano en el bolsillo derecho de sus bermudas y desconectó el móvil.

Abandonaron la carretera y avanzaron por un camino de tierra muy oscura y apelmazada, sin levantar la menor nube. Detuvieron el coche cinco kilómetros monte adentro, en una pequeña explanada sembrada de minúsculas flores blancas y lilas y amarillas idénticas en su forma. Al abrir la puerta, justo antes de poner el pie en ese frondoso jardín, la chica se dijo que iba a ser imposible salir de allí sin pisar y matar cientos de plantas que ni siquiera eran conscientes de su presencia.

-Da pena aplastarlas, ¿verdad? –dijo su padre.

Sí –miró hacia atrás y vio los dos surcos de muerte multicolor que habían trazado las ruedas del coche-. Pero ya hemos aplastado un buen montón.

Y ambos salieron del coche y sacaron la escopeta y los demás trastos del maletero y anduvieron de aquí para allá sin pensar ni un segundo más en lo que moría a sus pies.

Cuando lo tuvieron todo preparado se sentaron en un pequeño montículo de piedra y se comieron entre los dos una lata de mejillones. No hablaron mucho, y cuando se dijeron algo no alcanzaron ni de lejos la fluidez que seguramente ambos habrían deseado, pero por alguna razón ella empezó a relajarse paulatinamente. Había algo en la manera en que su padre la miraba cuando se pasaban el palillo que le hizo estar casi segura de que esta vez no iba a ser sometida a un lavado de cerebro. Ni sus párpados ni sus cejas revelaban signos de tensión. Tampoco su boca parecía a punto de explotar en un reproche. Más bien su cara entera se contraía en una muy discreta expresión de pena o vergüenza. O de pena y vergüenza. Una expresión de derrota que la tranquilizó.

Así fue. Pasaron casi doce horas juntos, sin posibilidad de escapar el uno del otro si las cosas empezaban a ponerse feas, y en ningún momento sintió la necesidad de poner tierra de por medio. Ni siquiera se acordó del costo que llevaba escondido en el calcetín. Recorrieron uno al lado del otro cualquier sendero de los alrededores del campamento base, por estrecho y empinado que fuera. Sudaron juntos. Vio cómo su padre disparaba cuatro escopetazos con la intención de cobrarse sendas perdices, y cómo los fallaba todos. Tras uno de ellos tuvo que sujetar el arma y se quemó levemente el pulgar al cogerla por descuido por la parte baja del cañón. Y a eso de las seis de la tarde emprendieron el camino a casa.

En el coche hablaron vagamente de las clases, de la conveniencia de que estudiara un poco más. Si acababa bien el curso a lo mejor podría acudir al siguiente subida en una moto, y ella se ilusionó como la cría que era.

Luego, a pesar de que ninguno de los dos tenía hambre, pararon en un bar de carretera y pidieron dos copas de helado de chocolate. Podría haber sido la guinda a una jornada de reconciliación. Pero estar sentados cara a cara resultaba más difícil que caminar por el monte pendiente de que algún ejemplar de la escasa fauna se moviera detrás de un arbusto. Por eso la chica se apresuró en comerse su helado. Todo había ido bien; no había por qué estropearlo ahora. El padre, en cambio, ni lo tocó. Estaba como abstraído. Ni siquiera se giró cuando un grupo de hombres que jugaban al billar al fondo del local empezaron a discutir y a amenazarse de muerte unos a otros. Ni siquiera comentó algo al respecto. Permaneció inmóvil frente a su hija, mirándola con unos ojos absortos que en ciertos momentos, estaba segura, pasaban, se ralentizaban y hasta se detenían sobre su pecho, revelando sentimientos muy lejanos a la vergüenza y la tristeza que habían trasmitido en el campo.

Ella acercó la copa hacia sí, lentamente, como movida por un instinto recién descubierto pero a la vez lo bastante utilizado como para hacerle tener claro que era mejor no darse por enterada de ciertas cosas. Entonces su padre salió de su repentino trance y se levantó de manera torpe y apresurada.

-Acábate eso pronto. Voy al servicio y nos vamos.

-Vale.

Y mientras observaba cómo el hombre que la había engendrado se hacía cada vez más pequeño alejándose hacia el aseo algo cedió de manera casi sonora en su interior y se recordó a sí misma en otro cuarto de baño. El de su casa, tal y como iba a encontrarlo al llegar a excepción de las cortinas de las ducha, que habían renovado hacía poco. En el espejo sucio de ese recuerdo su padre aparecía mucho más joven y grande que ahora. Y ella era mucho más pequeña, tanto que no era capaz de correr rápido, ni de pegar fuerte, ni de pronunciar sin equivocarse palabras como uretra, pene o polla. Pero la niña del reflejo conocía sus significantes a la perfección.

Miró el chocolate medio derretido que se espesaba al fondo de la copa. Pensó que si no hacía algo rápido e irreversible la textura pringosa de esos restos podía ser muy parecida a la que tuvieran muchos de los ratos de vida que le quedaba por delante. Luego contempló la quemadura de su dedo. Y le entristeció que careciera de sentido. Y calculó en tiempo, distancia y fuerzas cuánto la separaba del maletero del coche.

07
oct
09

Sexo duro

Vino un amigo a casa y se sentó en el sofá. Durante un rato se dedicó a mirar la tele cambiando de canal una y otra y otra vez. Supuse que eso iba a ser todo, como siempre, hasta que se cansara de nadanadanada y decidiera dejarme solo de nuevo. Supuse que eso iba a ser todo: intercambiar esas frases que ya hemos pronunciado mil veces mientras vemos la basura que sale por la tele. Así que le ofrecí la cerveza de costumbre. Yo tenía el estómago hecho una mierda y no le acompañé. Me dediqué a observar con una sobriedad descorazonadora cómo un chef japonés inmensamente gordo intentaba vendernos un supercuchillo de cocina. Al principió lo aborrecí y lo odié a muerte y deseé en silencio que se cortara las venas de repente y que mi día adquiriera así un nuevo color. Pero como casi todos somos horribles al poco tiempo empezó a hipnotizarme la habilidad de sus dedos rechonchos para rebanar en finísimas tajadas desde kiwis hasta tornillos. Y ya me planteaba hasta qué punto mi vida sería más plena si me hiciera con uno de esos cuchillos cuando mi amigo dijo que ese miércoles tendríamos una cita. Con su amiga no sé quién, creo que en ningún momento llegué a memorizar su nombre, y una amiga de Noséquién. Vale, le respondí. Ya te llamaré para darte los detalles, dijo él. Apuró su cerveza y cogió cuatro más “para el camino”. En realidad su camino no era tan largo, tres manzanas calle arriba, pero al fin y al cabo me había ofrecido un plan; no me pareció demasiado mal que a cambio asaltara mi nevera.
El teléfono sonó la tarde del miércoles siguiente. Mi amigo me dijo que esa noche iríamos al cine los cuatro. Bueno, era el día del espectador, de modo que si la cosa no salía bien no tendría que lamentar haber malgastado demasiado dinero. Me resultó decepcionante que esa reflexión fuera la primera que me pasara por la cabeza porque nunca he sido tacaño, más bien al contrario. Pero cuando no hay pasta, no hay pasta, y asumí como natural que también mi vertiente miserable saliera a la luz. Otras llevaban ya un tiempo haciéndolo. La incompetente, la carente de autoestima, la frustrada y algunas más por el estilo. Y cuando justo antes de despedirse y colgar mi amigo añadió Por cierto, la tuya tiene cuarenta y dos años tampoco me sorprendió que mi yo cómodo y facilón y sin escrúpulos se abriera camino hasta la superficie. No sé, quise pensar, hay mujeres de 42 (el dato era una cifra muy clara en mi cerebro, un dígito, un número relativamente alto pero que al mismo tiempo significaba un peldaño más en la cuesta abajo del deterioro físico) que aún están buenas. Además, ese día no había Champions ni tenía nada nuevo que leer y la nevera estaba bajo mínimos. No tenía nada mejor que hacer que probar suerte una vez más.
Como suele pasarme llegué antes de la hora convenida. Supongo que soy un ansioso o que me aburro bastante o que simplemente quiero que las decepciones pasen cuanto antes. El caso es que me aposté a la entrada del multicine y los vi aparecer a los tres al otro extremo de la calle. A unos cien metros. Tiempo y distancia más que suficientes para experimentar mil impresiones diferentes acerca de las mujeres que acompañaban a mi amigo. Ninguna de ellas parecía estar muy bien. Pero tampoco muy mal. Una tenía un largo pelo moreno. La otra era claramente rubia de bote a pesar de mi miopía. Deseé que no me tocara la barbie y giré la cabeza en dirección opuesta a ellos para hacerme un poco el interesante, despreocupado, superguay. Tuve suerte. Cuando llegaron frente a mí mi amigo nos presentó de tal modo que quedó claro cómo había planificado el reparto del pastel. Me habría dado igual que fuera exactamente al revés. Ambas eran dos cuarentonas, ni guapas ni feas. Simplemente dos cuarentonas que intentaban disimularlo vistiéndose con ropa pensada para mujeres mucho más jóvenes y con la agenda vacía de planes siquiera un poco más interesantes que el que suponíamos mi amigo y yo. Así que, ya digo, me habría dado igual, pero la morena era mi cita, pseudocita, pasatiempo o como se le quisiera llamar al asunto. Y yo era el suyo. Se llamaba Sara y la otra, pues eso, Noséquién.
Sacamos entradas para una película igual de mala que las que se proyectaban en el resto de salas. Y sin esforzarnos demasiado por fingir espontaneidad nos sentamos por parejas y hablamos por parejas de los mismos lugares comunes de siempre. Supongo que es hasta normal, que es lo que hay que hacer en tales circunstancias, pero me sentí ridículo. Como de adolescente, cuando todos los amigos íbamos al cine y siempre intentabas caer al lado de la chica más guapa del grupo como el que no quiere la cosa. Lo consiguieras o no, te invadía una cierta vergüenza. El hecho de percibir que tu treta se había notado demasiado. Pues ahora, quince años después, volvía a tener esa incómoda sensación. Y un ridículo más lento pero mucho más denso y difícil de digerir que el de la juventud me enrojecía y me hacía revolverme en la butaca y plantearme lo mal que debía de ir mi vida para aceptar participar en estúpidas citas a ciegas. No tenía ninguna necesidad de estar allí, hablándole por obligación a una extraña de mi trabajo de mierda o de mi pisucho de alquiler y oyendo de su boca cosas por el estilo. Oliendo la moqueta rancia del cine a la espera de que las luces se apagaran y la pantalla se encendiera y todo fuera más fácil y silencioso. Mirando sin ganas de hacerlo el exceso de maquillaje de mi cita que sin embargo no lograba ocultar la mantecosa porosidad de su cutis. Mirando y escuchando a alguien cuya vida o muerte me importaba aún menos que la de cualquier persona protagonista de un suceso del periódico, como supuse que también ella concluiría sobre mí si se detuviera un momento a pensarlo. Así que quería creer que no tenía ninguna necesidad de todo aquello. Pero si había que ser igual de honesto conmigo que con el resto del mundo, lo único cierto era que, necesaria o innecesariamente, allí estaba.
Al fin empezó la película y pasamos las dos horas siguientes viendo una de esas historias de amor que sólo acaban más o menos bien en Hollywood. La obra de algún guionista loco que se empeñaba en hacerte tragar que tras cada esquina la vida desplegaba ante tu cara un gigantesco abanico de posibilidades emocionantes y enriquecedoras. Dediqué gran parte del metraje a imaginar cómo quedaríamos los cuatro contemplados en la penumbra de la sala por ojos ajenos, por los ojos de alguien que conociera lo que yo conocía de nuestras realidades, mucho sobre la mía y la de mi amigo y poco pero más que suficiente sobre la de Sara y Noséquién. Me imaginé nuestras caras. Nuestras expresiones. Una imagen patética que sólo podría suavizarse si al final de la noche acababa imponiéndose cierta lógica natural. Algo que hiciera que toda aquella pantomima cobrara algún sentido.
Por eso cuando salimos del cine estaba decidido a ir directamente al grano y ni el aire frío que soplaba ni la tristeza que siempre me transmiten las calles recién lavadas por los servicios municipales debilitaron mi convicción. Durante la breve conversación pre-proyección había sabido que Sara vivía muy cerca de donde estábamos y sugerí que estaría bien que nos invitara a tomar algo en su casa para hablar y conocernos todos un poco mejor. Resultó más fácil de lo que había supuesto. Mi amigo y Noséquién tenían planes por su cuenta. Mejor. Y Sara ni dio su visto bueno a mi propuesta ni todo lo contrario. Simplemente se despidió de los otros dos, me miró y echó a andar. Y yo a su lado. No hablamos demasiado durante los cinco minutos que duró nuestro trayecto. Tampoco nos tomamos nada cuando llegamos a su piso. En cuanto cerró la puerta nos enzarzamos en una especie de lucha torpe y ansiosa hasta caer sobre su cama. Y luego todo fue sexo duro. Por la prisa desganada, por la sensación de trámite, por la laxitud de nuestros cuerpos decadentes. Los románticos dirían que la razón era la ausencia absoluta de amor. Pero se equivocarían. Fue sexo duro, simple y tristemente, por la certeza compartida de que, en el fondo, no había atisbo de voluntad en nuestros actos. Por la certeza de que éramos dos personas que en ningún momento habían querido acabar juntas desnudas en la cama de aquella habitación. Y de que todo había sido producto de algún automatismo para huir de nuestras respectivas soledades.
Supongo que por eso a la mañana siguiente me encontraba profundamente frustrado mientras me vestía. No necesitaba acercarme a la ventana para saber que era la luz de un día igual que todos los anteriores lo que entraba por ella. Lo que hice fue ir al cuarto de baño. Sin querer, lo juro, me vi en el espejo. Tampoco allí encontré nada nuevo. Pero ni por ésas, ni porque ella fuera una década más vieja que yo, ni por intuir que fingía seguir durmiendo, ni por la seguridad de que nuestras vidas nunca iban a mejorar gran cosa, me olvidé de dejarle apuntado mi teléfono en un trozo de papel higiénico.

18
may
09

Ésta es tu obra

Cuando te despides del tonto de la puerta empiezas a sentirte un poco más solo de lo habitual. De repente distancias abismales abriéndose más y más y más entre tú y todo cuanto has conocido en la vida. Incluso el murmullo de la radio que sale de la garita te llega en un idioma que no entiendes o que no existe, y no te sorprende lo más mínimo. Y ese hueco oscuro, húmedo y silencioso desgarrándote las tripas o quizás el corazón en el momento que le dices al tonto Bueno, tío, hasta la vista, mañana no vendré por aquí, cuídate. Ya sabes: de repente esa lejanía, ese vacío, ese agujero negro borrándote del mapa. Mucho más que soledad. Aislamiento. Probalemente exclusión. Siempre ha estado ahí, es cierto. Al menos lleva tanto tiempo ahí adentro que puedes decir/escribir sin que resulte exagerado que Siempre ha estado ahí. Pero ahora que en lugar de largarte lo antes posible sientes la necesidad absurda de detenerte para decirle adiós a un pobre tarado que ni siquiera sabe tu nombre, ahora te agarra de golpe esa Nada en toda su inmensidad negra y terrible. Expandiéndose como cáncer. Comiéndote de dentro a afuera. Y notas cómo te difuminas todavía un poco más cuando el retrasado alza su voz por encima del zumbido de las turbinas y del planc plan bum bum de toneladas de maquinaria pesada que atraviesa los muros de cemento armado y te pregunta Por qué te vas. Nada más. Ni una exclamación de sorpresa, ni un comentario de solidaridad. Sencillamente te pregunta Por qué y espera tu respuesta mirándote fijamente con sus ojos inexpresivos. Ojos de pez. Esos peces bobos que boquean durante horas contra el cristal de su acuario hasta que deciden que lo mejor que pueden hacer es ponerse a mordisquear su propia cola. De hecho, te lo has encontrado unas cuantas noches pajeándose en el armario de los productos de limpieza o en un descansillo de las escaleras. Siempre se sube la bragueta como lo haría un crío sorprendido en plena travesura. Así que es fácil entender que te lo pregunte igual que lo haría uno de esos estúpidos peces naranjas si tuvieran capacidad de fonación. O igual que lo preguntaría, pues eso, un niño de cinco años o un borderline como él. Alguien que de verdad no entiende lo que está pasando. Alguien que de verdad muestra interés -remoto pero interés al fin y al cabo- por entenderlo. Al menos es lo que parece. Lo malo es que el gilipollas que tienen en la puerta trasera y que lo único que hace es barrer las colillas de la acera cada diez minutos no es la persona ideal ante la que maldecir la crisis, el egoísmo de todos los patrones del universo y, particularmente, cagarte en la puta madre de tu jefe. Vuestro jefe. De manera que sólo aciertas a decirle que el jefe ya no tiene dinero para pagarte. Y desde su lógica obtusa e implacable el tarado te pregunta Pero ¿quién enrosacará ahora las tuercas de los coches? Así le resumiste una noche parecida a ésta tu trabajo en la cadena de montaje. Una noche parecida a ésta y a todas, en realidad, en que la oscuridad no cae lenta y acogedora de las lucecitas que brillan en el cielo a miles de años luz, no, sino que más bien parece salir reptando de los alcorques plagados de mierdas e insectos sucios, de las alcantarillas y de los ojos rojo esputo de las ratas que se pasean por ellas. El caso es que sin ninguna necesidad, seguramente sólo por hablar un rato con alguien aparentemente inofensivo, incapacitado para juzgarte, le contaste con palabras que entendería un alumno de primaria lo que hacías seis días a la semana en la superfactoría que él vigilaba, vigila y vigilará mañana como un fiel perro guardían. Igual de estúpido, husmeando el aire con un hocico igual de baboso. Y a estas alturas tampoco tiene mucho sentido marear al pobre tipo. Ya tiene bastante con ser, probablemente, el hijo bastardo de alguno de los directivos. O algo aún peor, vete a saber. Total, que renuncias a aportarle cualquier información más ajustada a la realidad y te limitas a contestarle Tranquilo, ya han encontrado a otro que ajustará esos tornillos tan bien como yo y por la mitad de sueldo. Y notas que tus palabras le alivian. El pobre cabrón está realmente fidelizado por la compañía. Aunque de inmediato la preocupuación vuelve a invadir su entrecejo superpoblado. Y tartamudeando un poco pone en tus manos su insignificancia entera y te dice si crees que el jefe seguirá teniendo dinero para pagarle a él. Es curioso, piensas, hasta los subnormales se preocupan de sí mismos más que yo. Le respondes que claro, que su trabajo en la puerta de la fábrica es insustituible, que nadie podría hacerlo mejor que él. Entonces el tipo resopla teatralmente, llevándose una mano al pecho. Te sonríe dejando ver una fila de dientes que parecen de leche, demasiado pequeños, blancos y separados para ser los de un hombre unos diez años mayor que tú. Te suelta Que te vaya bien. Y nada más. Ni un gesto de ánimo, ni uno de esos ofrecimientos que se hacen por quedar bien. Nada de Bueno, tío, si necesitas cualquier cosa… Sencillamente te suelta Que te vaya bien y se aleja canturreando hacia su garita. Y qué vas a decirle/hacerle; no es más que un tonto. Y aunque no lo fuera tendrías que esperar justo lo mismo.

En fin. Subes al autobús de la empresa que te devolverá a casa por última vez y mientras esperas que se llene con los trabajadores que acaban el turno 14-22 te sientes un poco más solo de lo habitual. Te entretienes observando cómo crece el flujo de coches que allá en la autovía te deslumbran con sus faros al tomar el desvío hacia el complejo industrial en el que has malvendido los dos últimos años de tu vida. Son los peones del turno 22-06, acudiendo como enjambres de abejas obreras a la llamada del polen. La hipoteca, el colegio privado de sus hijos. La puta tele de plasma. Todos esos reclamos para patos humanos. Los de tu turno poco a poco van saliendo de las duchas y se desperdigan por los asientos del vehículo. Delante y detrás de ti. A tu alrededor. Desde que la crisis aprieta son muchos los que se dejan el coche en casa y usan el servicio de transporte de personal de la empresa, así que el autobús va casi lleno de vuelta a la ciudad. Y es una mierda porque nunca te ha gustado mucho la gente. Ni te gusta que el aire huela a moqueta polvorienta y a gel de baño pero la mayoría de tus compañeros de viaje aún tengan restos de grasa grasa grasa en las uñas. Tú también. Pero estás seguro de que hoy a ti te molesta más que a ellos llevar la huella de tu trabajo (antiguo trabajo) marcada en el cuerpo. Porque de golpe toda esa suciedad externa e interna ha dejado de verse disimulada por unos cuantos euros y un descuento especial si decides comprarte un utilitario de la compañía. Te han privado de un plumazo de todas esas recompensas -o meras compensaciones, sin más, simples placebos para no convertirte en un francotirador o un saboteador de transportes escolares- desde que hace un par de horas pidieron por megafonía que acudieras al despacho del jefe de personal. Si el mundo fuera justo o simplemente habitable, exactamente del mismo modo -de cuajo, con meticulosidad y para siempre- un par de señoritas de buen ver contratadas al efecto por la empresa deberían haberte limpiado la mierda que has tragado gracias a ellos o por culpa de ellos durante todo este tiempo. Haberte borrado de la memoria la porción de vida que has tirado a la basura en ese sitio que empequeñece en la luna trasera del bus, haberte pedido perdón por todas las cosas que no has podido hacer por tener que cumplir escrupulosamente tu turno de trabajo. Pero en lugar de eso el subordinado del subordinado del jefe de personal te ha explicado lo que hay (justo así: esto es lo que hay) y te ha dado un cheque y las gracias por los servicios prestados. Y ahora, sentado entre hombres cansados, algunos tatuados y unos pocos que podrían haber sido actores de hollywood o técnicos de laboratorio y otros muchos calvos y absolutamente todos evidentemente asqueados de sí mismos por mucho que de tanto en tanto una risita seguro que de génesis obscena -es lo único que queda- brote de algún punto del pasaje, te preguntas en qué momento se fue todo a la mierda. Cuándo te convertiste en un jodido gilipollas. Por qué coño le has devuelto el agradecimiento a ese oficinista estirado en lugar de pegarle una patada en los cojones y abandonar la factoría convertido en leyenda aunque sólo fuera por unos días. Al menos ahora tendrías algo digno en que ocupar el cerebro en lugar de limitarte a mirar el paisaje nocturno que se desliza a veces rápido y a veces lento al otro lado de la ventanilla. Arcén y más arcén y señales de tráfico y manchas de aceite y un perro gris o sucio reventado con la mirada mate vuelta hacia las estrellas. Y piensas eso y otras cosas por el estilo. Tu cabeza se empeña en susurrarte cuando ya es demasiado tarde ideas según las cuales podrías haber salido de las oficinas más dignamente. Haberte largado a tiempo. Haber tenido el valor suficiente. Haber prescindido del qué dirán y haberte dedicado a escribir gracias a algún subisidio social o a alguna beca de ésas que les dan a los que tienen la cara de soltarle al funcionario de turno que son artistas desde que nacieron y que eso es mucho más duro de lo que parece y merecen beneficiarse de la bolsa y la vida que tú en la cadena de montaje y otros como tú en altos hornos, almacenes o panaderías os dejáis cada día. Ja. Y si no gracias a lo que te dieran por malvender tu viejo coche o pintar el chalé de algún conocido acomodado. Desde luego, lo que te resulta nauseabundo es haberles concedido la oportunidad de echarte como lo han hecho, como si fuera lo más normal del mundo. Como si te hubieran hecho un favor por pagarte una miseria a fin de mes durante estos años de tragar su estiércol, de tener que pedir permiso para ir a cagar, de no tener tiempo para sentirte un ser humano. Pero ahora te toca joderte porque eres un cobarde y un perdedor, te dice ese susurro, o quizá sólo demasiado permeable a la podredumbre que ataca y ataca todos los días en cuento pisas la calle. Y lo oyes perfectamente porque la radio del bus está enchufada pero ni voces ni música salen de los altavoces incrustados en el techo enmoquetado, sobre tu cabeza. Sólo emiten un zumbido magnético, iónico, eléctrico o como coño llamen a ese ruido irritante los técnicos de radio. Y, claro, te oyes demasiado bien mientras te dices que igual toda esta mierda es culpa tuya y sólo tuya.

Luego bajas del autobús y ya no te apetece despedirte de nadie. Tampoco nadie se despide de ti. Algunos obreros por los que no darías un céntimo, que imaginabas borrachos o drogados el tiempo que no estuvieran en el trabajo, se suben al asiento del acompañante de coches detenidos en doble fila y se alejan calzada arriba o abajo. Coches de personas que se han tomado la molestia de ir a recoger a esos seres tan poco interesantes con los que has compartido sudor y náusea durante dos años-siglos. Y de pronto te entran ganas de marcar El Puto Número a ver si esta vez hay suerte y te coge el teléfono. O puede que llevaras meses queriendo hacerlo. Da igual. El caso es que marcas 6 etcétera, y el resultado es el de siempre. Entonces el supervacío aumenta aún más entre tus costillas y se traga tu estómago y tus pulmones y tu corazón y ya no sientes arcadas ni te sacude la tos ni maldices tu suerte. Solamente andas sin ser consciente de ello en dirección a casa, como arrastrado por el caudal de una acequia pestilente, pensando que quizá lo mejor será empezar a comportarse de una vez como una verdadera rata. Adaptarse, aceptarse y demás, todo ese rollo de manual que la psicóloga te soltó durante tres o cuatro meses. Puede que por eso casi no te duela la visión de un grupo de adolescentes de aspecto simiesco -ellos- y de aspecto resudado -ellas- y de aspecto pura escoria -todos- chillando en el banco de un parque. Beben vino de tetrabrick y bailan como animales torpes o adeptos en trance la música entremezclada que se eleva de los móviles de última generación que todos llevan en la mano. Por primera vez en años los dejas atrás sin desearles la muerte porque comprendes que no tiene sentido seguir engañándote. Al fin y al cabo ellos son los trinfadores de la teoría de Darwin. Los que se adaptarán al medio mucho mejor que tú. Los que dentro de un lustro o puede que menos decidirán si el banco para el que trabajen te concede un préstamo para seguir tirando-tragando un tiempo más, por ejemplo. Y mientras notas que flaqueas definitivamente, que ya no hay vuelta atrás, pasas precisamente frente a uno de esos sitios. Una caja de ahorros, para ser exactos. Radiantemente iluminada con halógenos blancos que se proyectan a través de las cristaleras hasta tus pies. Hace esquina, así que tiene el aspecto de un gran cubo de cristal deslumbrante. Y con esos cajeros automáticos de diseño parecería la sala aséptica de mandos de una nave espacial si no fuera por el yonki que duerme o sólo descansa o simplemente se muere sobre el suelo de mármol. Justo bajo el stand de cartón lleno de folletos ilustrados con caras de niños africanos o chinos o sudamericanos que sonríen al bendito mundo occidental mostrando lo blanquísimos que tienen los dientes gracias a la obra social de esa entidad. Ésta es tu obra es el eslogan con el que subrayan lo bueno que es hacer el bien. Si tienes una cuenta corriente y a fin de mes te sobran cincuenta céntimos. Si no siempre puedes probar suerte en el concurso de relatos que organizan cada año. Pero procura escribir algo bonito y decente, como su empresa. Como la empresa de la que acaban de despedirte. Como la gente que anda por la calle y canta en Operación Triunfo. O como tu cuarto vacío.

11
mar
09

Metro

No me gusta ir en metro. Y menos de buena mañana. No es como viajar en autobús. No hay ventanillas. No puedes ir haciéndote a la idea de qué cielo te va a deparar el día. Tampoco puedes distraerte mirando el tráfico, ni los escaparates, ni los mendigos aún durmientes bajo los resplandores de Zara con los pies sobresaliendo de sus cajas de cartón. Ni siquiera puedes hundir la vista en los alcorques repletos de mierdas de perro y evadirte imaginando el millón de formas en que matarías a sus dueños. Y olvídate de oír nada aparte del chirrido del metal contra el metal y alguna que otra tos esporádica desde algún punto del convoy urbano. Suburbano.

Detesto ir en metro a las siete de la mañana porque es verse obligado a elegir entre la nada de la negrura del túnel y la nada del tipo/tipa que se sienta a tu lado o frente a ti o en la otra punta del vagón y que te recuerda demasiado a ti. Alguien al que no conoces pero del que estás seguro que a mediodía comerá solo en un bar de menú de seis euros de cualquier polígono industrial. O alguien del que podrías afirmar que vuelve a su piso de alquiler tras haber pasado la noche en la garita de la obra de un nuevo y lujoso centro comercial.

Por éstas y otras muchas razones prefiero pelarme de frío en la parada esperando el bus cuando aún se ven casi todas las estrellas o simplemente una masa de nubes de color azul marino. Pero aquel día no había oído a la primera el despertador y me vi saliendo a la calle más asqueado de lo normal de que la vida me empujara con prisa y sin un miserable café en el estómago a un sitio al que no tenía ninguna ganas de llegar. Con todo, en lugar de sentarme en el parque de al lado de mi casa para ver amanecer por encima de las antenas parabólicas de mis vecinos y pensar la manera de rectificar mi rumbo, acabé arrojándome a la boca de la línea 5 porque la parte responsable de mi cerebro no dejaba de repetirme que el metro es el medio de transporte urbano más veloz. Mientras descendía tramo a tramo las escaleras una angustia creciente iba retorciéndome las tripas, y también el gesto. Supongo que por eso es relativamente lógico que la taquillera no mostrara la menor amabilidad ni mera consideración comercial cuando me acerqué a la ventanilla y le pedí un billete clase B. Quizá hasta tendría que haberle agradecido que hiciera el favor de cambiarme los cincuenta euros con que le pagué sin hacer otra cosa que seguir mascando chicle y maldecirme de manera casi inaudible desde detrás de su cristal. Pero lo cierto es que no lo hice. Me limité a coger apresuradamente el ticket y el cambio que me desparramó en la bandeja de aluminio, pasé la barrera de cristal y bajé de tres en tres los escalones de la escalera mecánica que conducía al andén, estresado todavía más por culpa del sonido irritante de un tren que se detenía ahí abajo.

El rápido bip-bip-bip de las puertas automáticas del vagón cesó y dio paso a un ruido como de envasado al vacío, como de compartimento de nave espacial al sellarse justo en el momento en que entré. Y cuando el metro se puso en movimiento sentí que podía hacer de mí lo que quisiera. Que en realidad me daba igual que jamás se detuviera en el destino por el que acababa de pagar. Casi era preferible quedarse encerrado en las tripas del gusano de hierro de por vida, avanzando y retrocediendo en la vía a su antojo. Al fin y al cabo, eso no era muy diferente de lo que sucedía día tras día en el mundo que se extendía hacia todas partes treinta metros por encima, en la soleada, oscura, fría o cálida superficie. Así que apoyé la espalda contra las compuertas y me duele pero debo admitir que, a diferencia de otras tantas veces, ni siquiera se me pasó por la cabeza que de repente se abrieran y me dejaran caer a las vías, porque de golpe asumí que ese tipo de tragedias no tienen cabida en una vida vulgar.

Y ahí me quedé plantado, arrinconado por la multitud que saturaba el vagón, dejándome llevar, dispuesto a dejar pasar el tiempo de la manera más inocua posible. Dispuesto, por ejemplo, a leer de cabo a rabo y varias veces los carteles indicadores de capacidad del vehículo, y los que prohibían fumar y comer en su interior, y la normativa de comportamiento y las recomendaciones de seguridad para los viajeros. Y los titulares de los periódicos gratuitos tras los que se escondían algunos usuarios. Y las portadas de los libros que fingían leer los más inquietos. Todavía El Código Da Vinci. Los Pilares de La Tierra. Y las marcas de sus ipods. Y el panel de ruta de la línea adherido sobre cada puerta del vagón. Memorizar las estaciones, los puntos de transbordo, el número de serie en relieve que distinguía cada uno de los bancos atestados de gente de aspecto triste… Leerlo todo sólo para no tener que detener la vista sobre cualquiera de los otros elementos del rebaño que no viajaban, no, que simplemente eran transportados junto conmigo vete a saber hacia qué destino jamás deseado y que con un poco más de suerte habrían llevado una vida digna de ser llamada humana. Gente sentada o de pie o apoyada sobre las gomas del fuelle de articulación entre vagón y vagón bamboleando sus cabezas al ritmo monótono del tren. Personas de distinta raza y credo y equipo de fútbol, pero idénticas en su don para impregnarme de su tristeza o potenciar la mía propia.

Así que mejor quitarles la vista de encima y ponerse a leerlo absolutamente todo. Hasta las monedas y los billetes que unos minutos antes me había dado la asquerosa taquillera y que aún llevaba en la mano, humedeciéndolos con mi náusea vital y mi sudor. Y entonces, en uno de 5EURO/EYPO con copyright del BCE de fecha 2002, número de serie V12111265327 y la firma ilegible del presidente o gobernador o lo que sea del Banco Europeo, un número de teléfono escrito con tinta azul ya considerablemente desvaída. No lo pensé demasiado. Ni siquiera ensayé para mis adentros lo que diría si alguien contestaba a la llamada. Supongo que simplemente quería hacer algo diferente a lo de todos los días, y marcar ese número me pareció una buena posibilidad de introducir cierta dosis de novedad en mi vida. La posibilidad que tenía más a mano, por lo menos. Y me saqué el móvil del bolsillo cuando nos detuvimos en una estación igual que todas las anteriores y las que vendrían vía arriba o más bien vía abajo. Un montón de gente que quería salir y otro que quería entrar se apelotonaron alrededor de las puertas y forcejearon durante unos segundos, pero al final el trasvase de carne vagón-andén andén-vagón se concretó sin mayores incidencias.

Lo único digno de mención es que la marea humana quiso depositar frente a mí, tan cerca que podía notar cómo su respiración de clorofila mecía hasta el menor ejemplar de mi vello facial, a una chica guapa. Nada espectacular, nada del otro mundo. Simplemente guapa y joven. Y, con total seguridad, menos que otras muchas de las que en ese momento estuvieran en las entrañas de la Línea 5. Sin embargo, al resto no podía verlas mientras que a ésta la tenía a tan sólo un palmo. De manera que es muy posible que captara tan intensamente mi atención por una mera cuestión de proximidad física, por el hecho de que invadiera sin quererlo mi maltrecho espacio vital y sus ojos incómodos se cruzaran de cuando en cuando y fugazmente con los míos. En cualquier caso, fuera por la razón que fuera, lo que cuenta es que me gustaba tenerla delante de mí. Quizá, pensé incluso, me estaba enamorando de una extraña a la que los movimientos de la masa metropolitana habían depositado por casualidad tan cerca de mí. Y como aquello me pareció una estupidez de las que tanto detestaba en otra gente, decidí mirar hacia otro lado y seguir con mi única opción real de distracción. Leí de nuevo el número garabateado en el billete y lo marqué. Me dio un escalofrío cuando un móvil empezó a sonar en el vagón en perfecta sincronización con los tonos de llamada que el auricular me metía por la oreja derecha. Y me quedé sin respiración al observar, casi como a cámara lenta, cómo la chica rebuscaba en su bolso y sacaba su teléfono. Así que durante un instante tan aterrador como precioso para mí ambos estuvimos cara a cara con nuestros móviles preparados para acabar de desatar la sorpresa, la comedia, la historia de amor o la simple anécdota. Lo que fuera, pero por lo menos algo digno de ser contado a los amigos y sentirte un poco vivo. Fue un buen momento, sí.

Lo malo es que duró muy poco porque cuando ella apretó el botón verde de su teléfono sonrió ampliamente y se le iluminaron los ojos y enseguida le habló con voz alegre un montón de cosas bonitas a quien quiera que estuviera al otro lado de su línea. La mía, inmóvil junto a mi cara de idiota, siguió sonando un poco más y cuando al fin descolgaron escuché una grabación hecha por algún ocioso de voz plana que me decía Hola y luego añadía que mi vida no debía de ir demasiado bien si había recurrido a llamar a un número desconocido llegado a mis manos a través de un simple billete de cinco euros. Pero no te preocupes, continuó diciendo la voz de aquel hijo de puta, eres el gilipollas número quince-mil-tres-cientos-ocho que lo hace; no estás tan solo.

Aquella mañana, cuando me reincorporé a la superficie, hice lo mismo que cualquier otra. Y también el día siguiente fue igual.

21
dic
08

El espíritu de la navidad

El hombre que está sentado delante de mí habla y habla aparentemente ajeno a mi falta de atención a lo que dice. Ya tengo dentro bastante mierda propia por rumiar y digerir como para fijarme en la que el tipo intenta colocarme. Mi móvil y mi bandeja de entrada callados desde hace más de una semana y el desconcierto dando paso a un miedo mezclado con rabia. Más de siete días, más de ciento sesenta y ocho horas sin noticias de lo vital. Y aquí estoy, en el trabajo, intentando ganarme la vida pero olvidando un poco más a cada segundo lo que ese verbo y ese sustantivo significan. Así que pongo la cara de alguien que escucha aunque en realidad mis sentidos sólo dan para informarme de que el humano que está ahí enfrente se mueve de tanto en tanto, emite sonidos y parece un ser vivo. Cada cierto rato cruza las piernas y en una de éstas reparo en sus calcetines y sin querer, como siempre me pasa, empiezo a tirar del hilo. Calcetines negros de ejecutivo. Me parece que son de ésos que no tienen costuras en el talón ni en la puntera. De ésos que los ejecutivos superocupados pueden comprar por internet en packs de cinco pares por un precio razonable. De ésos que pueden dar el pego. Lo que pasa es que están hechos a base de poliester, poliamida o alguna materia igual de contaminante y miles de diminutas fibras reflejan cegadoramente el resplandor que cae de los fluorescentes del techo cada vez que al hombre empieza a temblequearle el pie suspendido. Destruyendo así cualquier ilusión de elegancia. Y además desde aquí veo la marca que la goma le hace en la carne pálida, en la que ya no hay pelos, nada más que una leve pelusa dispersa. Porque el hombre que habla y carraspea y vuelve a hablar al otro lado de la mesa debe rondar los sesenta. Puede que alguno más. Y de repente pienso Podría ser mi padre. Y a lo mejor por eso un tenue amago de simpatía se me remueve dentro. O puede que la razón sea que el tipo está evidentemente nervioso y tartamudea al empezar todas y cada una de las frases con las que intenta convencerme de que esta oficina sería un lugar mucho mejor si dejáramos que la empresa a la que representa nos instalara nuevo hardware, nuevo software y otras cosas igual de modernas. O igual el vendedor me cae bien porque cada vez que se inclina hacia adelante y la chaqueta se le abre un poco puedo ver los inmensos rodales de sudor que le manchan la camisa blanca mal planchada. O, por qué no, quizá se trata sólo del modo inseguro que tiene de removerse en el asiento, cruzando una pierna sobre la otra para dentro de medio minuto deshacer la operación y hacerla en el sentido contrario. O de ese flácido filete de carne rosácea que le cuelga sobre el cuello de la camisa por culpa de la corbata demasiado apretada. Qué más da. El caso es que ha vuelto a ocurrir la putada habitual: que sin razón concreta un extraño consiga despertarme simpatía, solidaridad, cierto afecto. Uno de esos sentimientos vagamente positivos que no sirven para otra cosa que hacerte comprobar de inmediato cuánto te has equivocado al darles cabida. Joder, el tipo está sufriendo y sudando al recitarme las bondades del plan de gestión informática integral que sueña con encasquetarme. Esas parrafadas no puede soltarlas uno así como así. Me lo imagino perdiendo horas de sueño para repasar las características técnicas de programas de ordenador diseñados por sus jefecillos. Chavales más jóvenes que sus propios hijos pero que son los que le pagan a final de mes y le conceden otros treinta días de supervivencia a la crisis si ha alcanzado los objetivos previstos. Me lo imagino estudiándose por enésima vez el manual de su producto estrella en el ascensor justo antes de entrar en esta oficina y poner una parte de su destino en mis manos. Y sin siquiera darme cuenta estoy aflojándome aún más el nudo de mi corbata. Para que se relaje y haga lo mismo con el suyo. Para que vea que la perfección de su corbata me importa aún menos que él hasta hace unos segundos. Pero en ese momento el tipo decide cagarla. El tipo entiende lo contrario de lo que mi gesto ha querido decir y se hiergue sobre la silla, la espalda muy recta, y aprieta un poco más su nudo mientras mueve el mentón a izquierda y derecha y estira hacia abajo las comisuras de los labios. Tío, ¿por qué lo has hecho? Eso pienso. Pienso: Sólo estaba siendo amable contigo, pero eres tan imbécil que no te das ni cuenta. Iba a comprarte lo más caro de tu catálogo. Ni siquiera puedo hacerlo sin la autorización de mi jefe de departamento, pero iba a comprártelo. Porque sí, por hacer algo digno por alguien o simple y egoístamente por tener algo digno en que pensar al irme a dormir. Pero me has demostrado que no lo mereces, que estás más muerto que vivo y ojalá te despidan mañana mismo. Eso es lo que pienso pero lo que hago es interrumpirle y lo que digo es Lo siento, no siga, no me interesa. Y el hombre se levanta y empieza a recoger sus papeles con una lentitud y una cara de idiota que me obligan a aferrarme a los brazos de la silla para no saltar sobre él y echarle a patadas. Porque de repente me siento al límite de algo oscuro y no creo que pueda tener mucho más tiempo ante mi vista una nueva prueba de que este mundo es el peor lugar en que vivir. Evitando mirarle a sus ojos de viejo tan mediocre que se ha dejado avergonzar por un gilipollas como yo le espeto que se dé prisa, que salga, por favor, que tengo muchas cosas que hacer. Pero es mentira porque lo único cierto es que en mi mente sólo hay sitio para planes que no sucederán. Deseos que sé no cobrarán forma pero con los que me quiero quedar a solas y lamentar mi suerte. Lamerme las heridas a falta de otra saliva. Y dejar pasr el tiempo hasta que el dolor se convierta en norma y resulte imperceptible. Y mientras el tipo guarda en su maletín los folletos de todo lo que me ha intentado vender de entre las páginas de uno de ellos se desliza una tarjeta. Un abeto rodeado de estrellas doradas y trineos voladores aterriza en la mesa. Cosas imposibles, cosas milagrosas. El hombre la recoge y duda un momento si dármela o no. Se decanta por lo que merezco y sale por la puerta teniendo al menos el detalle de decirme adiós y cerrarla a su espalda. Sí, es verdad, la navidad está a la vuelta de la esquina. Y asumo que este año me gustará aún menos de lo normal. Me faltará un regalo. Me faltará hacer un regalo. Caminando de vuelta a casa la noche no lo parece. Las bombillas de los escaparates y de los adornos que cuelgan sobre las calzadas lo envuelven todo en una bola de luz cálida dentro de la que la gente parece encontrarse a gusto. Pasan a mi lado cargados de bolsas y paquetes desprendiendo algo parecido a lo que la gente normal llama Felicidad. El puto espíritu de la navidad poseyéndolos a todos. Pero en lugar de alegrarme por ellos sólo puedo sentir la convicción de que están equivocados. Y que más pronto que tarde la verdad se materializará ante sus ojos, les pondrá su filo helado en el cuello y les hará conscientes de que lo bueno suele acabar pronto y de la peor manera. El móvil se pone a vibrar en mi bolsillo. A los de Movistar les ha dado por llamarme todos los días a esta hora. Quieren que me una a su club. Todas y cada una de sus teleoperadoras de dulce acento latinoamericano me han jurado que si lo hago me regalarán un teléfono nuevo y mil mensajes gratis. No tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, decidí confesarle ayer a una voz que dijo llamarse Zaida. Ya no tengo a nadie a quien escribir mil mensajes, joder, deja de llamarme o tendré que buscarte y matarte. Pero parece que tampoco ella me tomó en serio. Así que saco el móvil dispuesto a decirle a la de Movistar alguna barbaridad todavía mayor y casi se me cae de las manos cuando veo el nombre que aparece en la pantalla. Y las ganas se imponen fácilmente a mi débil orgullo. Descuelgo y hablo y habla y creo que he acertado al renunciar a los principios que no tengo porque acabo escuchando lo que quería escuchar. Si me paro a pensarlo casi me da asco/vergüenza reconocer que una llamada haya servido para hacerme sentir bien. Que haya alguien en el mundo capaz de convertirme en un zombie cuya única misión sea hacer lo que me pida. Que de pronto la ciudad no me parezca un nido de ratas y que los escaparates atraigan mi atención en busca de lo que le regalaré mañana. Pero prefiero no pararme a pensarlo. Prefiero, como cualquiera, intentar estar contento y que los demás lo estén conmigo. Por eso entro en el superbazar chino que hay en la esquina de mi calle y le compro a mi hermano pequeño un Papá Noel escalador. Hace unos días me preguntó si podía poner uno en el balcón. Y le contesté que no. Y cuando insistió le dije que eso era algo de muy mal gusto y que dejara de tocarme los cojones. Le hablé como a un adulto. Peor, le hablé como un adulto que tuviera el deber de soportar mi pena. El chino del mostrador me cobra treinta euros por el muñeco más grande de cuantos tiene y estoy tan aliviado por la llamada que acabo de recibir que no me parece una estafa aunque el trasto no cante ni baile mecánicamente ni emita destellos de colores. Cuando le doy el Papá Noel a mi hermano me da las gracias y un abrazo fuerte. Y no sé qué me sorprende más. Qué fácil es satisfacer cierto tipo de deseos. Me planteo fugazmente si ella estará pensando lo mismo respecto a mí. Si le dará a su llamada la misma nimia importancia que yo le doy al detalle que acabo de tener con mi hermano. Pero me quito rápidamente ese temor de la cabeza gracias al subidón de serotonina que acabo de experimentar. Y me voy a la ducha y me recreo bajo el chorro. Hasta silbo. Hasta me pongo suavizante en el pelo. Y me hago una paja para cumplir mejor mañana. Y me corto las uñas de los pies y mientras me afeito le grito a mi hermano qué quiere para cenar. No me contesta, sólo se oye la tele emitiendo anuncios de juguetes, perfumes y chocolates y otras cosas por el estilo que se pueden comprar en El Corte Inglés. Salgo del cuarto de baño y me dirijo a la cocina. Le prepararé una pizza de las que le gustan. Y nos la comeremos juntos viendo en la tele lo que él quiera ver. Por qué no, yo ya tengo lo que quería y lo demás me da igual. Me siento bien por primera vez en bastante tiempo y todo sería perfecto si no fuera por esa sirena que no para de sonar en la calle. Meto la pizza en el horno y voy a ver qué pasa. Salgo al balcón. La cara regordeta y sonriente de Papá Noel me mira por encima de la barandilla. Me asomo. Y antes de ver la ambulancia veo que el muñeco no tiene piernas. Por debajo de su cinturón sólo hay tripas de gomaespuma agitándose al viento. Sus extremidades inferiores están en suelo, veinte metros por debajo. Junto al cuerpo reventado de mi hermano.

21
oct
08

autoayuda

De golpe pasaron las cosas que nunca deben pasar, y se quedaron en informes abortos las que esperaba, las que a lo mejor me habrían hecho feliz. Se quedaron en montones de babas y vísceras a medio formar. Se me quedaron dentro. Podía sentirlos conmigo incluso mientras dormía o jugaba al fútbol. Siempre acechándome, dejando un rastro viscoso y de olor fétido en el que nadie más que yo parecía reparar. Así que en un momento de falsa lucidez o de algún espejismo por el estilo de ésos en los que te crees mejor de lo que eres comprendí con cierta claridad que me encontraba en la gran encrucijada. Ésa a la que nadie quiere llegar: intentar hacer algo digno con mi vida o mantenerme anestesiado en la suave y lenta y sin impacto mortal caída que mi cuerpo venía y vendría para siempre dibujando en el espacio-tiempo. Como era x tiempo más imbécil que ahora, no me quedó otra que optar por lo primero. Y una buena mañana dejé el trabajo en la cadena de montaje. Muchas veces había pensado que cuando al fin me decidiera abandonaría la factoría por la puerta grande. Flashes y micros. Con el mono manchado no sólo de grasa sino de una vez surcado de regueros del más precioso rojo tras haber metido a mi encargado en la máquina atornilladora. Por ejemplo. En la prensa de titanio. Por ejemplo. Sin embargo, ni siquiera tuve que salir de la fábrica. Me limité a no presentarme en la parada del autobús empresarial. Como cada madrugada, el despertador me insistió un rato, pero terminó callándose. Y yo seguí durmiendo, recuperando las horas de sueño perdidas durante años. Dormí dos días enteros, medio despertándome únicamente para mear o beber o sólo disfrutar de mi flamante duermevela, de no estar donde debería estar. Pero, ya digo, quería dignificarme. Así que en cuanto mi cuerpo hubo descansado lo necesario, la satisfacción de ya no estar alienado por una multinacional se volvió insuficiente. Y una mañana tan luminosa o lúgubre como cualquier otra decidí hacer lo que hacen los occidentales con ahorros en la cuenta corriente y con ansias de purificación, y me apunté a una oenegé. No fue difícil encontrar una en la que me pagaran algo de pasta a cambio de poner a su servicio unas cuantas horas de mi conciencia. Suburbia Acoge, ponía en el letrero luminoso que coronaba la planta baja a la que acudí. Ahí plantado en la acera, me pregunté por qué algún cabecilla de aquella plataforma humanitaria habría considerado conveniente poner bombillas en un rótulo en lugar de destinar esos fondos a alguna actividad de mayor utilidad cívica. Pero no llegué a ninguna conclusión plausible, así que entré y empecé mi período de activista social. Bastante aburrido, por cierto. Bastante triste. La mayor parte del tiempo mis compañeros se limitaban a ir y venir por el linóleo del local llevando de un lado a otro, muy serios, con el aspecto circunspecto del que cree que lo que hace puede cambiar el universo, impresos de color beige o salmón. Solicitudes de trabajo de algún centroafricano. La instancia para la repatriación del cadáver de algún inmigrante magrebí. Parecían muy preocupados por el éxito de las peticiones, pero lo cierto es que los papeles acumulaban polvo en las rejillas durante semanas. Y cuando alguno de aquellos negros o moros o sudacas se ponía nervioso por su futuro y sobre todo por su presente y el de su familia a orillas, no sé, del Río Congo y empezaba a dar patadas a las paredes o rompía a cabezazos el cristal de la puerta del despacho del director de la fundación lo primero que hacían era llamar a la policía, cuyo número tenían almacenado en la memoria del móvil bajo el número 1. Además, el hecho de que todos, ellos y ellas, llevaran cruzado sobre el pecho un bolso de mercadito y aspecto jipi en el que guardaban su móvil de última generación no ayudaba mucho a digerir todo aquella mierda. Con todo, iba tirando hasta que una noche, de vuelta a casa en el metro con una de mis colegas de redención, vi cómo sacaba de la mochila y empezaba a leer un libro de autoayuda. Quiérete, haz el bien. Ayuda a otros y ayúdate. Cualquier basura similar. En fin, conseguí salir del vagón sin vomitar encima de nadie y al día siguiente, otra vez, me quedé durmiendo en casa mientras, supongo, mis antiguos compañeros, tan bienintencionados y tan rastafaris y tan socialmente comprometidos intentaban facilitar la vida de personas a las que olvidarían al instante en caso de que les tocara el euromillón o la persona idónea decidiera que las quería hasta la muerte. Es lo que hago desde entonces, dormir y procurar no tener demasiado contacto con los que explotan y los que se creen defensores de los explotados. Y mis propios abortos continúan mordiéndome en cuanto me descuido con sus dientes de leche podrida, vale, pero al menos no intento matarlos a base de ver que hay gente que lo pasa peor que yo.




new!!

Iván Rojo Tales

También en facebook

IvánRojo en Facebook

Recomendado

calendario

mayo 2012
L M X J V S D
« abr    
 123456
78910111213
14151617181920
21222324252627
28293031  

visitantes

Free counters!

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.