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01
feb
12

A veces pasa

Que te cansas de dar vueltas en la cama y sales en plena noche, llenas el depósito y empiezas a conducir hacia un sitio al que jamás quisiste ir. La gente que dice saber de qué va esto de la vida lo verá raro. Es esa gente que se preocupa de llevarse bien con el jefe, revisa el ticket del supermercado y llama a sus amigos para decir que se va a comprar un coche nuevo o que el banco le ha concedido el crédito para la casa en el campo. Ellos no lo concebirán, pero lo juro: a veces pasa.

Llevas esa conversación telefónica clavada en la cabeza desde hace unas cuantas noches. Una de esas conversaciones que distinguen a los buenos entendedores de los malos. No os dijisteis gran cosa. Hubo más silencios que palabras. Frases acabadas en puntos suspensivos de tinta negra. Y, sin embargo, puede que no seas tan mal entendedor. Puede que comprendieras perfectamente y a la primera la tristeza metálica que brotaba del auricular. Es hasta probable que sepas que podrías ahorrarte recorrer cuatrocientos kilómetros de madrugada, que no va a servir de nada conducir hacia un final que ya ha sucedido. Pero también es posible que sientas la necesidad de hacerlo. Llegar allí sin previo aviso. Llamar al timbre y que te abra en pijama, recién salida de la cama, con los ojos hinchados y quizá al fondo la respiración lenta de alguien que aún duerme profundamente. Puede que creas merecer ese instante de gloria triste y por sorpresa. Ese patético clímax dramático. Escarnio en sangre ajena pero casi propia. Verla incomodarse. Avergonzarse. Decirle que la odias. Demostrarle que te ha hecho daño y decirle que no lo merecías. En fin, a veces pasa que necesitas exhibirte ante sus ojos verdes como la víctima inocente de su traición. Sí, a veces ocurre así.

Y al poco te ves rodando a150 através del aire frío de la autopista. Miras las estrellas que afloran entre farola y farola y tienes la sensación de que todo gira en torno a ti. De que no hay nada más importante que lo que estás haciendo. Incluso te sientes absurdamente orgulloso. Tanto que decides alargar el momento. Levantas el pie del acelerador y paras en un área de servicio. Te tomas un café mirando a través de las cristaleras sucias de polución y surcos resecos de gotas de lluvia. Luces blancas y rojas al fondo, en la carretera, y ahí al lado un par de gatos que revuelven una bolsa de basura. Te gustan los gatos. Siempre te han gustado. Hacen lo que deben hacer, aunque ello suponga ensuciarse las manos, perder cierta dignidad. Lo que cuenta es que sobrevivirán a la penuria, te dices, igual que tú.

Y te pones de nuevo en marcha. La aguja en los 160 y la mirada clavada en las luces traseras del coche que te precede. De pronto se vuelven más y más grandes y brillantes, como dos ojos de muerte viniendo hacia ti a toda velocidad, hasta que en un segundo que parece un minuto las ves justo delante de tus narices, empotradas contra el culo de un camión. Lo esquivas en el último momento y te detienes resollando en el arcén cien o doscientos metros más adelante. Las manos te tiemblan por mucho que se aferren al volante. Nunca te has visto en una de esas. ¿Qué hay que hacer? ¿Ir a ayudar o llamar a emergencias? ¿Las dos cosas? Te imaginas dentro de un rato practicándole un masaje cardíaco a una mujer. Tal vez un hombre. Solo esperas que no haya niños en el accidente. Y entonces caes en la cuenta de que llevas un minuto sin pensar lo más mínimo en el motivo de tu viaje. Y, claro, relativizas. ¿Merece la pena? Probablemente no. Y abres la puerta del coche intentando encontrar el valor para acercarte y buscar vida entre el amasijo.

Quién sabe, a lo mejor habrías tenido agallas. Es una cuestión que quedará para siempre flotando en el aire ni puro ni sucio de la autopista, porque a veces pasa que en cuanto te decides a salir y te plantas en el asfalto un autobús pasa rugiendo tan cerca de ti que su retrovisor te parte en dos el occipital. Durante una fracción de segundo sientes astillas y hierros candentes en el cerebro. Y luego, ya en el suelo, lo único que notas es el calor viscoso de tu cabeza deshaciéndose sobre el alquitrán. Las estrellas quietas ahí arriba, más brillantes y lejanas e inmisericordes que nunca. Y, claro, relativizas: comprendes que no eres el centro de nada. Nunca lo has sido, ni tenías por qué serlo. Y que no, este viaje no tenía ningún sentido. La película de tu vida, proyectada ante tus pupilas dilatadas, te lo ratifica: no sale en ningún fotograma.

07
dic
11

La hora de la verdad

Fue al salir cuando se dio cuenta de que el día que tenía ante sí era el más precioso de toda su vida. El sol caía sobre él y el resto de la ciudad en perfecta vertical. No había sombras. Todo estaba repleto de luz, como detenido en un resplandor único. Desde las señales de tráfico a la gente que pasaba, era como si los colores de las cosas se hubieran intensificado en varios grados. Se sentía raro. Agradablemente raro. Hasta ese momento no le había parecido que el día tuviera nada de particular. Se recordó a sí mismo fumándose el último antes de entrar, tan solo hacía media hora. Le pareció estar visualizando a un extraño en medio de un mundo extraño. De repente ya no sentía ningún vínculo con su anterior yo, con su vida previa. Y nunca más lo sentiría. Él y todo lo demás habían cambiado irreversible y esencialmente en los cinco segundos que le ocupó leer aquel papel. Echó a andar. Al principio sin rumbo. Luego sintió la necesidad urgente de sentarse bajo los enormes sauces de la plaza en que jugaba de pequeño. Sentarse y oír durante horas el murmullo celuloso de sus hojas, nada más. Así que se encaminó hacia allí. No había dado ni veinte pasos cuando su impulso fue sustituido por otro igualmente fuerte. Subir a la torre de la catedral y contemplar cómo era la ciudad bajo la luz pura que por primera vez la bañaba. Mientras esperaba que se pusiera en verde un semáforo volvió a cambiar de opinión. Le apetecía tomarse unos vinos en el bar en que pasó gran parte de su juventud. Ver cómo iban las cosas por allí, acodarse en la barra y hablar largo y tendido con el dueño de nada en particular, fútbol, el gobierno, mujeres, los grandes temas. Seguramente eso es lo que le hizo acordarse de ella. De aquella noche en que tenía que haber dormido con ella y no lo hizo por egoísmo, por seguir aferrado a las ruinas de una juventud que había terminado hacía tiempo. Ahora lo sabía: las demás no le importaban. Pero ya era demasiado tarde. Pensó que era una suerte que su madre hubiera muerto. Esto la habría matado, se dijo, y automáticamente dirigió sus pasos hacia el cementerio. Se preguntó si prefería ser incinerado o enterrado y en ese momento se cruzó conmigo. Por alguna razón me preguntó la hora. Las doce y media. En lugar de darme las gracias me dijo que le quedaban dos meses de vida. Joder, tengo imán para los tarados, pensé, pero no me fui. El tío me recordaba bastante a mí. Puede que por eso le dejara contarme todo esto. Lo de su meningioma. La insignificancia de nuestros problemas, la importancia de nuestras soluciones, la fugacidad del tiempo, la belleza que nos rodea, la luz total, el amor verdadero. Fíjate, me dijo, este sol es un milagro. Miré alrededor, miré arriba. Todo parecía igual que ayer. Todo parecía igual que mañana. Sí, claro, le dije. Y me despedí de él jurándome no renunciar a la verdad cuando me llegue la hora. Y no respetar jamás a ningún lector de Bucay.

03
nov
11

Todos los santos

Si lo reduzco a lo mínimo es 1 de noviembre. La gente se acuerda de los que se fueron. Sacan brillo a sus zapatos y les compran un ramo de flores muertas a la puerta del cementerio. Todo eso. Luego se toman una caña y unas bravas en el bar de enfrente. Todo eso. Al fin y al cabo el día de todos los santos es como un domingo gigantesco, profundísimo, de contundencia letal. Y en realidad no me apetece nada sacar el taxi. Me gustaría quedarme en casa y, no sé, empezar la última maqueta que me he comprado. Una abadía románica. Sant Joan de Caselles, siglo XII, Andorra (creo, el folleto informativo no es muy detallado y está en sueco, creo también). Ni siquiera estoy seguro de que sea una abadía; no es muy grande; tal vez no pase de ermita. Pero son 2.900 piezas y si las traduces a minutos obtienes un buen montón de horas ocupadas. 53,70 euros más que bien invertidos, gastos de envío incluidos. Sí, estaría bien poner un poco de música y llegar a levantar aunque solo fuera una pared de la iglesia. Exacto: como Eggers pero en pequeño. Y tal vez encontrar en la perfección de su arquitectura de juguete la inspiración necesaria para buscar en la agenda del móvil el número adecuado, marcarlo y pasar el día de los muertos en el cine, viendo cualquier peli, buena o mala, sintiéndose un poco vivo.

Lo que pasa es que, claro, hay que pagar. Las maquetas, la casa, la comida, los suministros, los vicios. Y por otra parte es bastante probable que la hipotética llamada acabara sin respuesta tras ocho o nueve tonos. Así que dan las siete y ya estoy al volante. El frío ha llegado. Desde el interior del coche es como un enemigo sigiloso esperando su ocasión aplastado contra la cara externa del cristal. Empañándolo, arañándolo con pequeñas esquirlas de hielo cuando activo el limpiaparabrisas. Acaba de empezar a llover, débilmente. Menos trabajo para hoy, sin duda, pero en el fondo me resulta una buena noticia.

Cada mañana sin excepción me digo que fue mala idea continuar con el taxi. Debería haberse ido a la tumba con mi padre. Supongo que esa es mi opinión al respecto a cualquier hora y en cualquier lugar, pero se revela con implacable contundencia cuando salgo del garaje de buena mañana y tomo la V-40 en dirección a la ciudad, que cobra poco a poco forma y color conforme se impone el amanecer. Es increíble que no conozca a ninguna de las 800.000 personas que viven en sus tripas. Bueno, a dos o tres. Pero esas no se subirían a mi taxi.

Supongo que no tengo nada que reprocharme. Ocurrió de repente, como es lo habitual. Un buen día te levantas, suena el teléfono y un desconocido te dice que tu padre ya no va a pagarte los estudios ni el techo ni las lentejas. Al día siguiente estás en lo alto de un pequeño monte en la otra punta del país. Ese era su deseo, te había dicho mientras te daba el pésame alguien que parecía conocerle bastante bien. Y, claro, qué vas a hacer sino irte hasta allí y mirar cómo el viento se lleva torpemente sus cenizas mientras tomas conciencia de tu nueva vida, mientras empiezas a comprender lo jodido que le tuvo que ser encargarse de ti solo, mientras echas de menos más que nunca a la madre que no conociste. Por otra parte, vale, tienes veinte años, todo podría ser aún más trágico, pero no eres más que un crío y no tienes ni puta idea de qué hacer con tu vida. Optas por lo fácil. Por lo que te parece más fácil. En realidad optas por lo inmediato, lo que estás acostumbrado a ver. Y como te dan facilidades para subrogarte en su licencia y todo lo que tienes que hacer es estudiarte un poco el callejero, la cosa está clara. Ahora, quince años después, todavía lo estaría más; raro es el coche que hoy en día no disponga de GPS. El mío no es la excepción.

Sigue lloviendo cuando paro frente al bar donde desayuno. Las gotas se clavan como agujas en el dorso de mis manos. Hace un frío de cojones. Hay tres colegas de profesión en la barra. Dos de ellos me saludan con un leve movimiento de cabeza al verme entrar. Hago lo propio. El otro opta por fingir que no se ha dado cuenta de mi presencia. Una vez le oí decir Pero ese de qué va, se cree mejor que nosotros. No sé, gilipolleces. El caso es que mejor así. No, no me gusta lo que hago. No me gusta tener que limpiar el coche tres veces por semana, sintonizar la radio a gusto del cliente, soportar conversaciones que ni me van ni me vienen. Y seguro que a mis tres colegas tampoco. Así que no, no me creo mejor que nadie. Simplemente nunca he sabido disimular. Supongo que por eso mismo me tomo el café de un trago y vuelvo al taxi.

Gran Vía es un buen sitio para recoger clientes un día como hoy. Gente con pasta que prefiere ahorrarse tener que dar vueltas y vueltas alrededor del cementerio en busca de un hueco. Gente con pasta que prefiere ahorrarse el euro del gorrilla. Lo que pasa es que todavía es un poco temprano y no hay mucho movimiento. De hecho casi no hay ni competencia. Dentro de tan solo media hora la cosa se animará. Me detengo frente a otro bar con la intención de meterme y hacer un poco de tiempo. No he apagado el motor cuando se abre la portezuela trasera derecha y una mujer se sube al taxi. Una mujer mayor, apenas a un lustro de la ancianidad, perfectamente enlutada. La clásica esposa devota de familia bien/muy bien. Tal vez sea por la lluvia que lo salpica pero su bolso centellea como si se tratara de charol. Sus pendientes también brillan, igual que el broche que luce en la solapa del abrigo. Elegante, sin duda, muy elegante. Y en algún momento muy lejano en su vida tuvo que ser bastante guapa. Me pregunto si mi madre habría llegado a ser una anciana así de haber tenido ocasión de envejecer. A juzgar por las escasas fotos parece que no. A juzgar por lo que parió, es obvio que no.

Me da los buenos días, se los devuelvo y cuando estoy a punto de preguntarle por puro protocolo adónde vamos es ella la que habla. Que si puedo llevarla a Villar de Hogueras. El dinero no es problema, añade enseguida, fije usted el precio que le parezca. Sobra decir que no tengo ni puta idea de dónde está eso. La mujer no ayuda demasiado. De repente parece sumirse en una especie de narcolepsia, en un estado de agotamiento extremo. Apoya la cabeza contra la ventanilla y hunde la barbilla en su pecho. Los ojos se le mueven deprisa detrás de los párpados cerrados. Tal vez debería preguntarle si se encuentra bien pero lo que hago es buscar en el GPS. Provincia de Soria. 382 kilómetros. Casi 800. Me lo pienso durante unos momentos. La mujer respira cada vez más profundamente. Se diría que se ha dormido. Al final decido aceptar. Una buena paliza, pero sacaré más que dando vueltas por la ciudad durante doce horas. Y la mujer tiene pinta de ser una buena pasajera. Callada, discreta, a lo suyo. Me giro y le doy dos golpecitos en el hombro. No hay reacción. La zarandeo ligeramente. Entreabre los ojos. Al verme se sobresalta un poco. Se remueve sobre el tapizado de eskai y aferra el bolso que lleva en el regazo. Le indico el precio. Ya le he dicho que el dinero no es problema, me dice. Y cierra los ojos y vuelve a reclinarse sobre la puerta, los dedos huesudos todavía apretando con fuerza su bolso.

El viaje no tiene nada de particular. Tráfico tranquilo, ni rastro de retenciones. La gente estirará el puente hasta última hora del día. La lluvia nos acompaña todo el tiempo. Ni un atisbo de cielo azul. Al contrario, es como si avanzáramos hacia el centro de la borrasca de la que hablaban ayer en las noticias. Las nubes cada vez más densas, negras y grandes. Como montañas. Me gusta. El ruido de las ruedas sobre el asfalto mojado. Ni un bocinazo, ni un insulto. No necesito poner la radio para que las voces se superpongan a nada. Solo yo y la viuda durmiente atrás. Es casi como estar solo, como estar en un viaje de placer. Sí, me gusta. Hasta que caigo en la cuenta del tiempo que hacía que no salía de la ciudad. Ni siquiera soy capaz de calcularlo. Un trueno explota realmente cerca. La viuda sale de su letargo por primera vez desde que nos pusimos en camino. Queda mucho, pregunta con voz pastosa. Por el retrovisor observo que se está recolocando la dentadura. Quizá sea más vieja de lo que me había parecido. Unos pocos kilómetros, contesto. Muy bien, verá el cementerio desde la carretera; es un camino de tierra; espero que no esté muy embarrado; cójalo.

Veinte minutos después enfilamos el camino. Ningún problema, el firme está en buenas condiciones. Me dispongo a detenerme a las puertas del cementerio cuando la mujer me dice que continúe. ¿Adónde? Siga, son solo un par de kilómetros. Fuera llueve cada vez más fuerte. Las montañas que nos rodean ahora son de verdad, de tierra roja. Regueros de agua sucia se deslizan por sus laderas. Me imagino arrastrado por una avenida. No sé si esto es buena idea, le digo a la anciana. Por favor, ya estamos llegando, ya estamos, es aquí mismo, replica ella. Me detengo sin apagar el motor. Espéreme aquí, me dice, será un momento. Y abre la portezuela y sale a la intemperie. Se adentra en la hierba enfangada que flanquea el camino. Los zapatos se le hunden en el barro, los tobillos se le hunden en el barro. Es casi milagroso que una mujer de esa edad conserve la vertical en tales condiciones. La veo alejarse bajo la lluvia incesante, perplejo. Unas decenas de metros más allá, desdibujada por la cortina de agua pero lo bastante cerca como para poder apreciar sus movimientos, se detiene bajo un árbol. El tronco y las ramas peladas parecen muy blancos en contraste con el cielo plomizo y el luto de sus ropas. Entonces se arrodilla y saca del bolso algo que centellea en el aire a pesar de la poca luz cuando golpea con ello el suelo una y otra vez. Se me eriza el pelo. Un escalofrío lento y profundo que se prolonga durante todo el minuto que la mujer dedica a apuñalar la tierra con una furia impropia de su edad.

De vuelta a la ciudad no cruzamos ni una palabra. Igual que a la ida, dormita durante casi todo el trayecto. Únicamente cuando la dejo en la dirección que me indica y me paga lo convenido me mira a los ojos y me dice Nunca le gustaron los cementerios; al menos eso se lo concedí; a veces me arrepiento; era un auténtico cabrón. Y sale del taxi dejando un montón de fragmentos de barro reseco sobre el tapizado. Pero creo que voy a pasar de limpiarlo.

19
oct
11

Perplejidad

El luto mundial por la muerte de Steve Jobs. Que llamen debate al mismo toma y daca entre los dos candidatos de siempre. La sonrisa telefónica que finge desvivirse por mis problemas de conexión desde un call-center situado en Ecuador. El policía que me mira fijamente desde su coche patrulla cuando se detiene junto a mí en un semáforo. El panel electrónico de la parada del autobús, 3, 2, 1 minuto, brillantemente mentiroso. La exasperante lentitud de las escaleras de los centros comerciales. El e-mail de 50 líneas de un amigo contándome sus supuestos problemas y que solo dedica la mitad de la última a preguntarme cortésmente cómo estoy. La cruel inoportunidad de los sms’s de mi compañía telefónica. Los cementerios. Los cementerios para mascotas. Los gimnasios junto a soláriums junto a tiendas de complementos nutricionales o herbolarios. El hombre-anuncio al borde de la calzada frente a un Domino Pizza. El encargado que le dice al hombre-anuncio del Domino Pizza que se ponga unos metros por delante de la tienda para que los conductores tengan tiempo de detenerse. La devoción por el trabajo, cualquier trabajo. Los perros con jersey. La llamada de la casera molestándose en molestarme por un recibo de 15 euros. Los 40 canales de la TDT. Mis canas. El deterioro no solo físico de las mujeres a las que alguna vez quise. La cuesta abajo, en general. Las ONG’s creadas para salvar a sus miembros de sus propias vidas convenciéndoles de que viajando a Somalia y sonriendo en una foto junto a un niño han hecho mucho por el Cuerno de África. El jubilado que escupe una flema verde justo cuando se va a cruzar conmigo. Los tatuajes de caracteres japoneses en los brazos de proletarios mediterráneos. El griterío de las fans tras las vallas de los conciertos y los campos de fútbol. La repentina fiebre por las bicicletas. La fascinación de ciertos sectores de la intelligentsia por el cine camboyano. Cometer la temeridad de leer de madrugada el relato ganador del último concurso al que me presenté. Lo políticamente correcto. La razón absoluta de la mayoría. La autosatisfacción por su dominio del bricolaje del segundo marido de mi hermana, aún peor que el anterior. El idioma en que de repente hablan amigos que parecían eternos. La vital importancia del Ikea de Murcia. Las catas de vino y los cursos de cocina vegetariana. La equiparación a la baja. El todo vale. Los artistas becados que van de élite a mi costa. Tener que hacer el esfuerzo consciente de beber solo dos cervezas para no acabar bebiendo bastantes más de tres. Yo. Y morirme de repente con la sensación de no haber entendido nada. Supongo que por eso hoy he llamado perplejidad a lo que me producen todas esas cosas. Otro día lo llamaría asco. La mayoría de las veces simplemente pánico.

18
oct
11

Paseo matinal sin nada de especial

Esperando al hombrecillo verde del semáforo. Uno, dos, tres minutos viendo pasar coches, notando crecer la prisa por llegar a ningún lado o a donde todos los lunes-viernes. El sol de las nueve multiplicado hasta el infinito en capós y maleteros. Un horror. Y las gafas de sol olvidadas, absurdas e inútiles sobre el mueblecito del recibidor. Y junto a ellas el paquete de tabaco. Trágico. Las putas prisas, joder. Demasiadas faltas de puntualidad acumuladas. Miedo a un despido que lo haga todo un poco más difícil. He fallado el blanco de la vida. Se me ha quedado grabada esa frase. Una genialidad del francés esmirriado al alcance de pocos. Al menos tengo lo suficiente arriba y abajo para reconocer que si me viene a la cabeza recurrentemente es solo para tapizar de cierto lirismo otras más comunes de igual significado. Soy un perdedor, un auténtico pringado. El primero en decírmelo fue mi padre. Hace años, bastantes años, mientras cenábamos huevos fritos. Un visionario. Luego otros y otras suscribieron su opinión. Y el tiempo les ha dado la razón a todos, incluida la última y más importante.

Pero bueno, el caso es que a la orilla del paso de cebra lo que de verdad pienso es que ojalá me gustaran los coches. Modelos, cilindradas, faros inteligentes. Esa mierda. Ojalá me gustaran tantas cosas. No sé, la filatelia, pescar, los perros. Verlos ladrar, babear. Comprarme uno y sacarlo a pasear. Rascarle bajo las orejas mientras miro con orgullo cómo caga en un alcorque. Así podría permitirme el lujo de no tener que entretenerme mirando a mis semejantes. Puede ser peligroso.

Justo cuando el semáforo va a ponerse en verde aparece a mi derecha una mujer. Unos cincuenta y con un gran ramo de flores entre los brazos. El celofán resplandece al sol tanto como las flores amarillas y violetas que envuelve. Resplandece más, de hecho. Es cegador. Pero esto sí que me apetece verlo así que entorno los ojos y contemplo cómo lo deja en el suelo con sumo cuidado, saca un rollo de cinta aislante del bolso, corta un trozo con los dientes y pega el ramo y un papel a una farola. Me sobrecojo. Siempre he querido ver lo que estoy viendo. Algún artista floral de la muerte en las esquinas, de la sangre y los cristales rotos. Mucho más impresionante que descubrir una obra de ese tal Bansky o de su flamante rival Robbo. En esto sí que hay verdadero sentimiento; la mujer besa las flores antes de irse. Me gustaría ver a un grafitero haciendo lo mismo.

En un instante decido ir tras ella. Por fin ha ocurrido algo diferente cerca de mí, a dos metros escasos, algo digno de ser estudiado. Que le den al trabajo. Diré que me he puesto malo y cruzaré los dedos. Antes de empezar a seguirle los pasos a la mujer leo la nota explicativa. Tiene aproximadamente las mismas dimensiones que los cartelitos que ponen a pie de foto o cuadro en el museo de arte moderno. Tu madre, que te quiere. Sin ninguna razón objetiva atribuyo a la víctima del accidente unos veinticinco años y sexo masculino. Y me digo que debe de ser porque me gustaría saber qué pensaría mi madre si me muriera. Pero luego me doy cuenta de que lo pienso por la sencilla razón de que llevo bastantes meses fantaseando con el suicidio, y que en realidad me da exactamente igual lo que pudiera pensar nadie en caso de que lo llevara a cabo.

Sigo a la mujer guardando una distancia prudencial. No sé por qué, en realidad. Es evidente que no tengo necesidad de disimular mi presencia porque ella no tiene nada que esconder. No ha hecho nada perseguible. No huye de nada. Y seguro que no se imagina que alguien haya decidido seguirle por el simple hecho de ver cómo rendía tributo a su hij¿o?. Sin embargo me aterroriza la posibilidad de que de repente se gire y venga a pedirme explicaciones.

Solo después de observar sus movimientos durante un par de horas creo que descubro la razón de mi miedo. La he visto comprar un kilo de patatas y arreglo para el cocido en una verdulería. La he visto titubear un par de minutos ante el escaparate de una zapatería para acabar entrando y llevarse unos zapatos de tazón. La he visto encontrarse con un chaval por la calle, que de manera evidente ha intentado pasarle desapercibido. Han hablado un breve rato. Él ponía cara de circunstancias. Debía de estar al tanto del aniversario. Más probablemente, debe de haber reparado en el dato al ver a la mujer, de ahí su manifiesta incomodidad. Pero ella la ha pasado por alto y se ha despedido de él dándole dos de los besos que ya nunca podrá darle a su hij¿o?. Luego ha seguido su camino entre los peatones. Lo único que en ella podría llamar la atención en caso de prestársela es que no rectificaba su rumbo lo más mínimo entre la multitud. Eran los demás los que tenían que acabar apartándose. Al final se ha sentado en la terraza de una cafetería. Yo tenía la esperanza de que se pidiera un gin-tonic o algo por el estilo, pero un simple café con leche le ha bastado. Y ahora estoy un par de mesas a su izquierda, absolutamente empequeñecido por el sol y por lo que he visto, deseando que no le dé por fijarse en mí con motivo de mi persecución o de cualquier otra cosa. No sabría qué decirle a alguien así, tan deslumbrante.

27
sep
11

Un pequeño favor (Redux)

Llevas una vida insulsa, como casi todo el mundo. Te pasas los días rezando para que ocurra algo que te ponga en situación de demostrar la clase de persona que eres. Un tío cojonudo, uno entre un millón. Algo que justa o injustamente –qué más da- te haga quedar bien. Y cuando llega ese momento te ves a ti mismo deseando que nunca hubiera ocurrido. Que todo fuera tan anodinamente fácil como ayer.

Porque puede que todo se complique con una carta.

Vives en uno de esos edificios que se están poniendo de moda en las afueras de las grandes ciudades europeas. Un concepto importado de United States. Un bloque de apartamentos de cincuenta metros cuadrados cada uno. Piscina comunitaria con la depuradora estropeada. Un barecillo cerrado con candado en medio del jardín mal cuidado, esperando que alguien adquiera su licencia. Algo así como una versión cutre del escenario de Melrose Place. Y sin tanta actividad sexual intervecinal. Nada más que una colmena de pisos pequeños para gente sola o solitaria de verdad, que no ocupa ni tiene planes reales de ocupar demasiado espacio. Gente soltera, gente solterona. Gente divorciada o abandonada. Gente que se esconde. Y algún que otro viudo. En fin, la vida real.

Te instalas allí porque es barato y por otras razones que no vienen al caso. Al cabo de un par de meses empiezas a acostumbrarte a cenar tumbado en la cama viendo la tele. No se está tan mal, te dices. O te dices Podría ser peor. Cosas así. Vale, tienes que coger tres autobuses para ir a trabajar y otros tres para volver. Pero puedes ver la serie de turno tranquilamente y no tienes que soportar los ruidos de nadie las noches en que te cuesta dormir. No hay niños gritando al otro lado de la pared. Y no se admite mascotas.

Así que vas y vienes casatrabajocasatrabajocasa y ni se te pasa por la cabeza que a lo mejor estaría bien que te relacionaras con los vecinos. No te apetece. Y tampoco le ves utilidad alguna. Al fin y al cabo, son muy parecidos a ti. Quizá sea excesivo llamaros gente marginal. Pero sí tienes claro que tú y tus vecinos vivís en las afueras de todo. De qué coño vas a hablar con gente así sino de vuestros asquerosos trayectos vitales hasta recalar en un edificio de viviendas unipersonales. No te apetece. Ni les ves utilidad alguna.

Y una noche de invierno llegas a casa y ves al tipo ese en su sitio de siempre haciendo lo de siempre. Sentado en una silla de jardín dibuja vete a saber qué en su pequeño bloc. Como todas las noches. Sin embargo, por alguna razón esta vez decides acercarte y miras el papel por encima de su hombro. Nada relevante. Círculos, espirales, líneas rectas y curvas, símbolos que te recuerdan a letras de un alfabeto que no es el tuyo. Todo con trazos muy marcados. Él ni siquiera levanta la cabeza para mirarte. Pero cuando te das la vuelta para echar a andar hacia tu cubículo te pregunta si te apetece una cerveza. Y no, no tienes ni putas ganas de beber. Pero tampoco tienes ganas de rumiar por enésima vez todas esas ideas que te asaltarán cuando cierres detrás de ti la puerta de tu apartamento. Así que por qué no. Y poco más tarde estás en un bar emborrachándote con tu vecino desconocido. Hasta las tantas de la mañana.

Al día siguiente intentas sacar algo en claro en medio de la resaca. No recuerdas exactamente de qué hablasteis. Te van por la cabeza las típicas conversaciones de borracho, nada más. Y decides que mejor así, que no tienes ningún interés en hacerte colega de ese tipo raro. Así que cuando regresas a casa esa noche cruzas el jardín sin siquiera decirle hola. Tampoco él te saluda. Perfecto, piensas, sigamos siendo dos extraños.

Y eso es lo que sois hasta unos meses después, cuando todo se complica con una carta.

Hace tiempo que has dejado de verlo en el jardín. Has oído decir por ahí que:

a) se ha mudado.

b) lo han echado porque llevaba varios alquileres de retraso.

c) quizá esté enfermo, no tenía muy buen aspecto.

La carta no tiene remitente, y tampoco hace falta. Lo primero que ves cuando abres el sobre es una foto de tu vecino-dibujante de jardín-compañero de borrachero que ratifica la opción c. Se le ve tendido en una cama de hospital, vestido con un pijama azul y con un tubo de plástico uniendo su traquea a un respirador mecánico. Y en un primer momento no te impresiona demasiado. Aunque a ti mismo te resulte extraño, el primer pensamiento que tal visión genera en tu cerebro es que ese viejo de la tele, Junior, tiene razón. El viejete de Los Soprano siempre dice que su contable, al que le han extirpado la laringe o lo que sea y anda por el mundo con uno de esos tubos incrustado en el cuello, le recuerda a un alienígena. Y, joder, tiene razón: en esa foto tu vecino parece cualquier cosa menos un ser humano.

Después de contemplar la imagen un buen rato empiezas a leer la carta. Por un instante sientes la tentación de tirarla a la basura; es evidente que sólo puede responder a algún motivo grotesco. Pero tienes curiosidad, o simplemente te aburres. Y empiezas a leerla. Quiero pedirte un pequeño favor, ésa es la primera frase. Luego tu vecino te explica que padece cáncer de pulmón en fase terminal. Un mes, con suerte. Y que lo ha pedido cien mil veces, les ha dicho que se trata de algo muy urgente que tiene que solucionar antes de que sea tarde. Hasta ha elevado una queja por escrito al director del hospital, pero nada: no van a dejarle salir. Además, escribe, estoy tan débil que ni siquiera podría reptar hasta el pasillo. Por eso he pensado en ti. Además, la verdad es que no conozco -literalmente- a nadie más. Sólo tienes que entrar en mi apartamento y adecentarlo un poco. Ve directo al congelador que tengo en la cocina. Y céntrate en las azules. Ésas son las que no quiero que encuentre mi madre cuando se entere de que he muerto y vaya a sacar mis cosas del piso. Ya sabes: las azules. Supongo que cuando veas de lo que hablo lo entenderás mejor. Dentro de ese papel doblado tienes la llave. Gracias, tu amigo.

En el piso huele a cerrado, supongo que es normal. De camino a la cocina paso por el minúsculo salón. Hay un tocadiscos sobre una mesita y una amplísima colección de vinilos ordenada por género a lo largo, ancho y alto de las estanterías que recubren las paredes. Y llego al congelador. Ocupa prácticamente toda la cocina. Un congelador industrial, de pescadería o carnicería. Lleno de bolsas de plástico. Unas pocas son azules. Cinco en total. Más gruesas. Doble capa y con precinto. Sopeso un par de ellas, las que me pillan más a mano. Guardan cosas macizas. Pienso un poco, eso sólo pasa en las pelis y este piso está mejor orientado que el mío, y vuelvo al salón y hago sonar el disco que hay puesto en el aparato. Y pienso un poco más.

En mi vida lo había escuchado.

Podrían contener cualquier cosa.

Por qué no. Esa es mi decisión. A mí tampoco me gustaría que mi madre supiera en qué se ha convertido mi vida.

Así que lo hago.

Lo hice.

Y la verdad es que tampoco es que duerma mucho peor que antes.

02
ago
11

Alegato

Supongo que para entenderlo habría que retroceder hasta aquella tarde en el parque. Para intentar entenderlo, más bien; no creo que ninguno de ustedes llegue nunca a formarse una idea siquiera aproximada de todo esto. El día anterior había sido mi cumpleaños. Ocho. Lo celebré en casa con algunos niños de mi clase. Jugamos al escondite e hicimos un concurso de dibujo y nos comimos la tarta. Me cantaron el Feliz Cumpleaños y abrí los regalos. Unos patines de plástico, un juego de diademas y un tamagotchi. Me tiraron de las orejas. Mi mejor amiga me dio un beso en la mejilla. Recuerdo que me sentía contenta. Y lo recuerdo porque casi nunca me sentía así. A la mañana siguiente mi madre me puso un vestido nuevo para ir al colegio. Era rojo y blanco, a cuadros, y me parece recordar que ni siquiera en ese momento me gustó, pero hasta esa mañana la ropa que me pusiera y otras mil o dos mil cosas no me preocupaban demasiado. También les digo una cosa: ese fue el primer y único día que lo vestí. Tan solo veinticuatro horas después de estrenarlo ya lo odiaba con todas mis fuerzas. De vez en cuando me despertaba y mi madre lo había dejado en la silla de mi cuarto. Había decidido que me lo pusiera. Yo lloraba y pataleaba. La simple visión de aquel pedazo de tela me daba ganas de vomitar. Acababa saliéndome con la mía. Pero una vez mi madre se puso seria y estuve a punto de perder. De tener que ponérmelo y salir avergonzada a la calle. En un despiste aproveché para ir al cuarto de baño y mancharlo de arriba a abajo de mercromina. Me acuerdo perfectamente de la cara de mi madre cuando me vio. Abrió mucho los ojos, se quedó callada unos segundos y al final dijo que no entendía nada, que últimamente estaba siendo muy mala, que qué me pasaba. Y ni siquiera a día de hoy sé si de verdad quería que le contestara o fue solo una especie de pregunta retórica que se le escapó y cuya respuesta prefería no escuchar. Disculpen si no estoy siendo muy clara; es la primera vez que hablo de esto. En fin, supongo que lo que quiero que sepan es que aquella tarde salí del colegio con el vestido rojo y blanco y en lugar de mi madre era mi padre quien estaba esperándome. Caminamos de la mano hacia casa. Yo notaba los callos de su palma. Hacía tiempo que me daban miedo. Los callos, las uñas como de animal, los dedos demasiado gordos y largos. Un par de veces intenté sutilmente soltarme. No lo conseguí. Me dijo que mi madre iba a trabajar hasta tarde y que él me haría la cena. Pero que aún teníamos tiempo para pasarlo bien. Al llegar al parque que había al lado de nuestro bloque se sentó en un banco, abrió el Marca y me dijo que jugara en los columpios un rato. Me acerqué al tobogán. Era invierno, casi de noche, hacía frío. Y un miedo atroz al que no sabía poner ni imágenes ni sonidos se había instalado dentro de mí. Me subí en lo alto del tobogán porque me pareció el lugar más alejado de él. Me quedé un rato allí sentada, asustada, pensando. No sé si es normal que alguien de ocho años y un día sopese la posibilidad de tirarse contra el suelo desde tres metros para ver si hay suerte y se rompe una pierna o un brazo, pero yo lo hice. No temía las heridas. No podía ser peor que el dolor que ya me habían causado aquellos dedos como estacas. En cualquier caso, no tuve tiempo de tomar una decisión. Mi padre subió por la escalera del columpio hasta poner su cara frente a la mía, me acarició las rodillas y me dijo sonriendo que era hora de irse a casa. Caminamos hasta el portal. Su mano parecía sudar un poco más a cada paso que dábamos. Justo antes de entrar en el edificio miré hacia el cielo. La luna ya había salido. Llena, blanquísima. Inútil. Perfecta en su silencio y en su distancia. Por alguna razón que entonces no supe explicarme supe que también ella me traería malos recuerdos el resto de mi vida. Igual que el vestido a cuadros que había estrenado esa misma mañana. Y no me equivoqué. Fue mucho peor que con sus dedos. Así que supongo que por eso y otras muchas cosas que ocurrieron aproximadamente dos veces a la semana durante los siguientes quince años, lo degollé mientras dormía.

02
abr
11

Alquitrán 26

Brillar a muerte y apagarse de golpe a los 27. En un momento dado dijo que eso era lo que quería. Supongo que a los 15 ya llevaba impresa esa frase en la camiseta con la que se iba a dormir. Supongo que aún era muy joven y muy dramática y muy imbécil. Al fin y al cabo solo tenía 26 y seguramente aún confiaba vagamente en llegar a ser algo en la vida. Un mito, por ejemplo, lo más fácil de soñar cuando empiezas a intuir que no lograrás nada. La conocí anoche. Pedía un tequila a mi lado. Su codo estaba helado y su voz parecía brotar del mismo aire. Fue eso lo que hizo que la mirara. Sobre todo esa voz como un susurro lejano pero nítido por encima de los bafles. No estaba mal. Todo en su sitio. Tal vez le faltaban unos kilos, pero supongo que la delgadez era requisito indispensable de su papel. Igual que el susurro audible y su palidez y sus ojeras. Pensé en horas de ensayo. La caída de sus párpados me lo confirmó. A medio camino entre la intoxicación verdadera y la mirada inspirada en la Iris de Taxi Driver. La languidez de sus muñecas cuando rebuscó en su bolso negro y sacó tabaco y fuego despejó cualquier duda al respecto. Soltó la bocanada como si la estuviera filmando Godard. Supe que soltaba la bocanada imaginando que la estaba filmando Godard. Y supe que ella no sabía que yo lo sabía. Así que después de que el camarero le recordara la vigencia de la Ley Antitabaco y ella apagara el cigarrillo con el mismo desdén mezclado con miedo con el que un niño travieso sucumbe al grito de su padre, decidí seguirle el juego y acabé invitándola a unos cuantos chupitos. Una vez más, la noche moría y no tenía nada mejor que hacer. Cuando la transparencia empezó a licuarle las pupilas me cansé del asunto. Le dije que esperaba que todo le fuera lo bien o mal que ella quisiera. Me dijo que si en seis meses no había conseguido hacer algo digno con su vida se iría a una reserva india, tallaría el tótem más grande jamás habido y se cortaría las venas a sus pies. Me parece un plan insuperable, sentencié. Y salí a la calle y eché a andar hacia casa pensando que quizá eso fuera lo normal de ser tan joven. Vender una imagen sólida. De la cordura o de la locura, pero sólida. Intentar impresionar. Ver muchas películas y leer muchos libros y creer que la vida puede ser igual de trágica que lo que en ellos se cuenta. Hasta que pasan los años y ves que todo en todas partes tiende a acomodarse. Que una persona puede rehacer su vida incluso después de que su familia entera muera de asfixia por la mala combustión de una estufa un martes de febrero sin más historia a las 04:22 de la madrugada. Entonces un golpe sonó en la calzada. Por el rabillo del ojo vi un bulto volando por los aires. Y luego vi y oí su cuerpo rodando por el asfalto desierto junto a un scooter que chirriaba y chisporroteaba. Un Astra azul del que salía una música nada apropiada para el momento se detuvo unos metros más adelante. La puerta se entreabrió. Una pierna de hombre joven pisó el suelo. Estuvo allí unos segundos, como tanteando su nuevo mundo. Al poco volvió a desaparecer en el interior del coche, la puerta se cerró y los 180 caballos del Astra arrancaron rumbo a la culpa y el insomnio. Lo sentí por él. Y lo sentí por ella. Boca arriba sobre el alquitrán, no se apagaba de golpe. Sus 26 años burbujeaban y explotaban uno a uno rojos en sus labios. Y la extenuación de sus párpados era ahora pura improvisación. Ni rastro de guión, de tragedia llevadera, de atormentado día a día. Me agaché a su lado. Le repetí al oído lo que le había dicho al despedirme. Me parece un plan insuperable. Esto no es una reserva india, pero imaginemos que lo es. Y con mi navaja le rasgué el revés blanquísimo de sus muñecas. Le di un beso en la mejilla más intacta, le limpié las babas, y me incorporé procurando parecer lo más grande posible.

09
mar
11

Rumbo a casa

Rondas los cuarenta. Pero eso podría ser más o menos llevadero. Lo que realmente te jode es que jamás pensaste que tu barriga pudiera acercarse tantotantotanto al volante de tu monovolumen. Más que el puto atasco de todas las tardes… Más que tu trabajo de mierda, que tu coche de mierda, que tu hipoteca de mierda… Mucho más que haberte convertido en una de esas personas normales con vidas aparentemente tranquilas, el principal motivo de tu mala hostia es esa barriga que te desborda el cinturón y hace que el polo PdH parezca relleno de gelatina. Es normal que así sea: se debe a que siempre viaja contigo y a que lo natural es odiar lo más cercano. Y ese pedazo de carne colgante que no puedes quitarte de encima es lo más cercano que tienes. Eres tú.

Por eso en lugar de aporrear el salpicadero quizá deberías probar a castigarte el estómago. Puede que en vez de maldecirla por haber dicho sin preguntarte que este fin de semana iréis a esa parrillada en el chalé de su hermana debieras preguntarte por el verdadero origen de toda esta mierda. Pero al fin y al cabo ella es como tu barriga: siempre está ahí, no hay manera de hacerla desaparecer. Ella también, a fin de cuentas, forma ya parte de ti. Solo que tiene una voz más fina, huele algo mejor y en ocasiones incluso se mueve autónomamente. Pero no este domingo. El próximo domingo será tu quinta extremidad. O tú serás la suya, qué importa. El caso es que este domingo no podrás quedarte en la cama hasta que te dé la gana y luego bajar a tomarte un par de cervezas al bar de la esquina y hablar un rato de fútbol. En lugar de eso pasarás el día tragando de mala gana los chorizos típicos del pueblo de tus cuñados. Él se te acercará en un momento dado y te llevará al garaje para que veas su nuevo coche. Y justo después te preguntará qué tal te va en el trabajo y escurrirás el bulto a sabiendas de que hace ya mucho tiempo que se nota demasiado que lo haces. Entonces buscarás un poco de paz echándote en una de esas tumbonas de mimbre que tantotantotanto le gustan a tu mujer. Y antes de fingir que te has quedado dormido abrirás una cerveza helada de importación que habrás cogido del supercongelador que tienen en la cocina. Pero será oírse el sshupps y materializarse tu mujer a tu lado, que se reclinará hasta poner los labios a la altura de tu oreja y te dirá bajito pero no lo bastante bajito que no te pases con la bebida. Y luego te dará una palmadita en la barriga. Esa barriga pesada como un ancla que te mantiene varado en un sitio al que no recuerdas haber querido llegar nunca.

Como este puto atasco de todas las tardes. Además hoy el tráfico avanza aún más lento que de costumbre. Más tiempo del habitual para mirar a tu alrededor por mucho que no quieras. Qué otra cosa se puede hacer en un embotellamiento. Oír la radio y mirar por la ventanilla. Toda esa gente. Cientos de situaciones calcadas a la tuya. Mínimas variaciones de una misma realidad. Lo sabes. Observas los ceños fruncidos y las mandíbulas apretadas, y lo sabes. Por eso te da igual lo que piensen al verte lanzar el móvil contra el salpicadero. Seguro que todos ellos han hecho, están haciendo o van a hacer en lo que queda de día una llamada similar. Una llamada para desahogarse un poco. Una llamada injusta, sí, pero necesaria. Lo malo es que ella no te coge el teléfono. Te la imaginas en la peluquería, leyendo esas revistas de mierda y criticándote con la peluquera. Entonces a través de los cristales de los coches de delante aparecen unos resplandores naranjas y azules. Se reflejan en los techos metalizados y en los guardarraíles que te señalan el buen camino. Bajas la ventanilla y te llega el sonido de sirenas y los pitos de los agentes de tráfico. Algún imbécil se ha comido al de delante. Al poco la marabunta rodante empieza a hacerse a la izquierda de la calzada. Te ves arrastrado por la corriente y sientes que así ha sido y será siempre. Y unos metros más allá empiezas a vislumbrar el escenario de lo que ha pasado. Un volkswagen  rojo empotrado contra el culo de un trailer. Se lo ha comido pero bien. La mitad delantera del coche ha desaparecido bajo el container. Eso o se ha replegado hasta no ocupar más que unos cuantos centímetros. Un Volkwagen rojo y viejo. Matrícula 9?2? CV. Y ese tapacubos tirado en medio de la calzada como un diminuto ovni siniestro. Totalmente manchado de grasa y aceite, pero estás seguro de que idéntico a los que hace trece años fuisteis a comprar juntos para darle un toque más moderno al Polo que os acababais de comprar. Y a través del hueco informe que se abre donde debía estar la puerta trasera izquierda el trasnochado tapizado de pata de gallo, desgarrado, la espuma color crema asomando aquí y allí. Exactamente igual que quedó la última vez que fuisteis a una de esas jodidas barbacoas familiares y el perro de tu cuñado se dedicó a entrenar sus mandíbulas en él.

No sientes ganas de vomitar. No tienes ganas de llorar. No sabes lo que sientes. Tal vez la aterradora sospecha de que todo el dolor, la angustia, la tristeza y la frustración de los que tanto te quejas no son nada comparado con lo que te espera en cuanto apagues el contacto, abras la puerta y te abras paso entre el tráfico hacia la tumba de tu mujer. Absurdamente te planteas qué le vas a decir al primer poli que te salga el paso. ¿La que está ahí es mi mujer, agente, como en las películas malas?

Estás abriendo la puerta cuando te suena el móvil. En la pantalla pone que es ella pero no puede ser. Lo coges y su voz te dice Cariño pero no puede ser su voz. Entonces te dice:

-Oye, acuérdate de revisar el agua y el aceite, que ya sabes que el domingo nos vamos a casa de mi hermana.

-No te preocupes –contestas con una voz que es como si oyeras desde fuera, como si fuera de otro.

-Bueno, te dejo, que me van a poner las mechas.

Y cuelga. Y cuelgas. Y notas una humedad creciente en la barriga. Miras hacia abajo y, como en un plano cenital, ves caer tus propias lágrimas sobre el polo que te pones los viernes para ir a trabajar. También ellas te parecen las de algún otro. Al fin y al cabo estás llorando, y no sabes muy bien por qué. 

16
feb
11

Ascenso en picado

Hay un hombre a tres mil metros sobre el nivel de mar. La población más cercana queda un kilómetro y medio por debajo de su posición. Y tendría que ascender quinientos metros más para pasar la noche en el refugio que no sale en su mapa pero que según le juraron en el bar de allá abajo construyeron el año pasado. Sin embargo, para cuando lo alcanzara ya sería de día. Así que va a tener que dormir dentro de la tienda de campaña.

Se está preparando la cena. Unos polvos mágicos que se transformarán en sopa supervitaminizada al entrar en contacto con el agua que empieza a hervir en el cazo sobre el hornillo. Ojalá todas las mezclas fueran tan sencillas y perfectas. Ese deseo y el calorcillo del fuego le relajan un momento pero solo el tiempo preciso para que el contraste se imponga obligándole a percibir el viento que agita el plástico por todas partes con un flap-zzrup-floop etcétera que no deja resquicio al silencio. El tiempo preciso para que se dé cuenta de verdad de dónde se encuentra.

Y entonces, durante un instante, siente ese miedo primario que en puridad solo los niños pueden sentir. Se imagina fosforescentes manos huesudas golpeando la tienda. Se imagina bocas de dientes descarnados haciendo ventosa contra el aislante. Y luego el viento aúlla con una fuerza aún más salvaje y el hombre siente un escalofrío y se pregunta hasta qué punto está seguro de que el último lobo de la zona pisara el cepo de un furtivo casi una década atrás. Tal vez su miedo se deba a que cuando el cielo se convirtió por completo en noche lo único que se veía era un mar de nubes grises y negras y alguna aquí y allá del color púrpura de los ojos tras las hostias y que estaba a años luz de resultar bonita. Se pregunta qué probabilidades tiene de ser alcanzado por un rayo. Y qué probabilidades tiene de sobrevivir si tal cosa llega a ocurrir. Le suena que una vez lo supo, que lo acertó durante una partida de Trivial jugada hace mucho tiempo. Una tarde de verano con cerveza helada y crepes de chocolate y música que salía de un radio-cassette, cuando todo era mucho más fácil o al menos lo parecía. Y ahora le invade la certeza de la inutilidad de muchas de las cosas que ha aprendido. O que ha llegado a saber por una razón u otra. Todo inútil ahora, aquí arriba, temblando de frío y asustado por terrores infantiles y por la brutal contundencia de saber que su mujer se muere en la cama de la habitación 308.

Le gustaría llamarla, pero faltan años para que se invente el móvil. Bueno, lo cierto es que ya está inventado pero, más allá de los usos militares, solo está al alcance de un puñado de altísimos ejecutivos. Además, aunque sus ganas de hablar con ella son tan fuertes que no le dejarán dormir en toda la noche y se jugaría la vida encantado bajando a toda velocidad hasta el pueblo, tiene que cumplir lo que le prometió. Es ahora o nunca. Un par de semanas como mucho, le susurró el doctor en un aparte. En el pasillo de la tercera planta, junto a una máquina de cafés que zumbaba y vibraba sin mostrar el menor respeto por la situación. En medio de visitantes que entraban y salían de las habitaciones con ramos de flores y sonrisas gigantescas y periódicos bajo el brazo, como si la actualidad conservara algún sentido cuando detrás de la puerta se muere la gente.

Así que es ahora o nunca. Tiene que coronar la montaña mañana y fotografiar el paisaje por última vez. Y en esta ocasión solo. Luego le llevará las fotos al hospital. Y a ella le encantarán, seguro. Dirá que cada vez hay menos verde y más cemento en el valle pero que aún así es el rincón más bonito que jamás verá. Y esta vez será absolutamente cierto. Pero él no sabe si puede hacer todo eso sin fantasear demasiado con la idea de cortar la cuerda en pleno ascenso. No, no sabe si puede hacerlo. Ni si debe hacerlo. Ni siquiera sabe si quiere contribuir de un modo tan activo al punto final. Y el agua ya hace tiempo que se ha enfriado y lo cierto es que da igual porque no tiene apetito y lo que de verdad le gustaría es quedarse ahí sentado, con el frío y los monstruos y lo irreversible al otro lado del plástico protector. Pero eso es imposible. En cuanto se haga de día tendrá que ponerse en marcha hacia la cima porque sabe que de no hacerlo le esperarán todavía muchas más noches de insomnio que las que ya tiene concertadas hasta el día que se muera.




new!!

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